La mesa-misa de Jesús

¿Son nuestras misas una continuación de las mesas-misas de Jesús?

Mesa-misa
Mesa-misa

«Estamos celebrando la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. El Concilio Vaticano II lo dijo claramente: ‘Es la fuente y el culmen de toda la vida cristiana’ (LG 11)»

«Para comprender bien esta última comida de Jesús no podemos separarla de las comidas anteriores e históricas del Señor. Para los judíos sentarse a comer con alguien era signo de comunión de vida, por eso los judíos de aquella época no comían con cualquiera»

«Existe un acuerdo común entre los eruditos bíblicos en que las comidas de Jesús generaron un profundo escándalo y provocaron enemistad con los líderes religiosos judíos»

«Imaginemos por unos minutos la emoción y alegría que habría en esas mesas. Todos salían transformados…»

«¿Son nuestras misas una continuación de las mesas-misas de Jesús? ¿Son nuestras mesas-misas inclusivas, acogedoras, transformadoras, hospitalarias?»

«La invitación es clara: Nutrirnos de Dios y convertirnos en lo que comulgamos. Si comulgamos, queremos convertirnos en lo que comemos»

¿Qué reflejamos? «Miren cómo se aman» decían de los primeros cristianos. ¿Qué dirán de nuestras misas? ¿Seremos acaso expertos en excluir? 

Por | Patricio Lynch

Estamos celebrando la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. El Concilio Vaticano II lo dijo claramente: “Es la fuente y el culmen de toda la vida cristiana” (LG 11) La segunda lectura (Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 11, 23-26) nos lleva a la Última Cena previa a los hechos que llevaron a Jesús a la cruz. Fue una cena especial, sentida, preparada con antelación, una cena íntima y revelatoria. Jesús deseaba compartir esta comida con sus discípulos y amigos: “He deseado con ansias comer esta Pascua con ustedes” (Lucas 22,15) Una mesa preparada, palabras profundas, gestos conmovedores (lavatorio de los pies), intimidad, comunión y un mandamiento de vivir como pan partido y repartido: “Hagan esto en memoria mía”. (Lucas 22:19)

Mesa con Jesús

Para comprender bien esta última comida de Jesús no podemos separarla de las comidas anteriores e históricas del Señor. La última Cena es la culminación de una intensa e intencional actividad de Jesús en su ministerio público: algo tan sencillo como el gesto de sentarse a la mesa y compartir una comida con otros. Jesús era judío y para los judíos, en su mentalidad semítica, la comensalidad era extremadamente importante.

«Es la fuente y el culmen de toda la vida cristiana»

Todos sabemos que compartir alimentos y sentarse a la mesa juntos ayuda a construir relaciones entre unos y otros, favorece las interacciones grupales, acerca posiciones, genera fraternidad. No estamos ante un mensaje neutral e ingenuo de Jesús. Para los judíos sentarse a comer con alguien era signo de comunión de vida, por eso los judíos de aquella época no comían con cualquiera. Sentarse a la mesa con alguien era decirle que estaba en comunión de vida con ese alguien.

Podríamos decirle a Jesús un refrán: “muéstrame con quién comes y te diré quién eres”. En este gesto sencillo y cotidiano de sentarse a comer hay una profunda revelación de Dios. En la persona de Jesús se manifiesta la plena comunicación del misterio de Dios. En sus palabras y obras revela el Reino y al Padre. La comida es instrumento de revelación. La pregunta es: ¿Con quién se sentaba Jesús a comer? 

Existe un acuerdo común entre los eruditos bíblicos en que las comidas de Jesús generaron un profundo escándalo y provocaron enemistad con los líderes religiosos judíos. Decían de él: “He aquí un comilón y un borracho, amigo de recaudadores de impuestos y de pecadores” (Mateo 11:19). Jesús lo tenía claro: vino a servir a los pobres: esta era su misión (cf. Lucas 4,18) Jesús comía asiduamente con los que estaban excluidos de las mesas de los demás, con los “nadie” de la época, con los marginados por el sistema religioso y político. Podríamos decir que la mesa de Jesús era una mesa de marginales.

Mesas de Jesús

La observancia en la ley de pureza era intransigente para los religiosos judíos y esto generó conflicto con el Señor. Jesús fue visto como amigo de los pecadores y publicanos, esos que eran marginados y rechazados.

Imaginemos por unos minutos la emoción y alegría que habría en esas mesas. Los que siempre fueron excluidos eran invitados a sentarse a comer con Él. Experimentaban su amor y calidez acogedora. Todos salían transformados. Su misión era preclara: Jesús vino a darnos vida (cf. Juan 10,10), a hacer de la humanidad una comunidad de hermanos y hermanas, con el sueño y horizonte de una mesa fraterna donde todos tengan un lugar para sentarse.

¿Son nuestras mesas-misas inclusivas, acogedoras, transformadoras, hospitalarias?

No es una utopía sino camino a seguir para quienes nos profesamos cristianos. Nos podríamos preguntar: ¿Cómo son nuestras mesas-misas? ¿Quiénes son los excluidos de nuestras mesas-misas? ¿Son nuestras misas una continuación de las mesas-misas de Jesús?¿Son nuestras mesas-misas inclusivas, acogedoras, transformadoras, hospitalarias?

Muchos tienen la pretensión de decidir quien se sienta a la mesa del altar y quien no. Muchos no han entendido el mensaje de Jesús de no juzgar (cf. Mateo 7,1), que Dios no hace acepción de personas (Hechos 10, 34; Romanos 2,11; Gálatas 2,6; Efesios 6,9), que “no necesitan médico los sanos, sino los enfermos”, que no “ha venido a llamar a justos, sino a pecadores» (cf. Marcos 2,17) y que, como dice el Papa Francisco, retomando una expresión sobre la Eucaristía atribuida a San Ambrosio, “no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles.” (EG 47)

En las mesas de Jesús las relaciones humanas pasaban de la lógica de la dominación, la exclusión y el privilegio a la lógica de la fraternidad, la igualdad y la inclusión. Todos estában invitados a las mesas de Jesús. Por eso Jesús habla del Reino de Dios consumado como un banquete. (cf. Mateo 22, 1-14). Allí hay fiesta, reconciliación, plenitud de fraternidad. 

La Iglesia desde el principio ha entendido que la Eucaristía es el banquete de la comunidad cristiana, en el que todos los miembros de la familia de Dios están alrededor de la mesaalimentados de la Palabra de Dios y del Cuerpo y la Sangre del Señor.

La invitación es clara: Nutrirnos de Dios y convertirnos en lo que comulgamos. Hacemos comunión con la Persona de Jesús que entrega su vida por todos. Celebrar la Eucaristía es recordar su actitud, como decía al principio: la vocación a ser pan partido y repartido. Queremos reafirmar nuestra opción de vivir siguiendo sus huellas.

«La invitación es clara: Nutrirnos de Dios y convertirnos en lo que comulgamos»

Si comulgamos, queremos convertirnos en lo que comemos. Nuestras vidas están invitadas a ser entregadas a los demás como la de Jesús. No puede ser que la Eucaristía sea solo para anestesiar conciencias, cumplimentar con ritos, vaciarse de compromisos. La Eucaristía tiene sentido cuando nuestras vidas se transforman en eucarísticas. ¿Salgo transformado de la Misa? ¿Mi corazón se expande con más lugar para otros cada vez que comulgo? ¿Se genera un proceso de cristificación en mi vida? 

Reconocer la persona de Jesús en los signos sacramentales es una invitación a reconocer la presencia del mismo Jesús en la vida de todos, especialmente de los más pequeños (cf. Mateo 25, 40) Y fíjense que interesante. El reconocerlo en los pequeños y marginados tiene repercusión en la eternidad, pero no si reconocemos o no su presencia en la Eucaristía. ¿De qué sirve reconocer su presencia en la hostia consagrada si menosprecio su presencial real en los pequeños y marginados? Es una tragedia e incomprensión profunda del Evangelio. Santa Teresa de Calcuta decía al respecto: «Que fácil es reconocer a Jesús Sacramentado cuando lo hemos encontrado en el rostro del pobre a quien hemos servido». ¿Es así en nosotros? 

La última cena
La última cena

«Miren cómo se aman» decían de los primeros cristianos. ¿Qué dirán de nuestras misas? ¿Seremos acaso expertos en excluir?»

Estamos llamados a ser fieles a las comidas históricas de Jesús. Nuestras Misas deben ser de Jesús, no son nuestras, pero sí tenemos la responsabilidad de no pervertirlas, de no convertirlas en mesas de club de golf, de grupos ideologizados excluyentes de la diversidad, de mentalidad dual, rigorista y discriminadora. Mesas universales, sí, católicas en su sentido más literal. Me pregunto: ¿Cómo ven nuestras misas la sociedad en general? Sería interesante consultar y escuchar. ¿Qué reflejamos? «Miren cómo se aman» decían de los primeros cristianos. ¿Qué dirán de nuestras misas? ¿Seremos acaso expertos en excluir? 

No es cristiano reconocer la presencia real de Jesús en la Hostia y no reconocer su presencia real en los pobres y marginados. Que la mesa de nuestra Eucaristía sea un espacio de participación, celebración y verdadera fraternidad. Todos estamos invitados a comer, no hay privilegios ni puestos de honor. No hay Eucaristías VIP. No es un premio para los “perfectos” y puros sino una medicina para los pecadores.

Dios tiene un sueño: una humanidad reconciliada, sentada a la misma mesa, celebrando la fiesta del amor fraterno. Jesús lo llamó el Reino. Oremos para que nuestras celebraciones sean una presencia real del sueño de Dios

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