Corpus e identidad cristiana

Haced esto en memoria mía (Lc 22,19; 1 Cor 15, 25).

Nuestro profesor del Bíblico (Roma), en los años 60 del siglo pasado, acabado el Vaticano II, nos decía que ha de hacerlo cada iglesia o comunidad cristiana.  Con el recuerdo de aquellas lecciones, culminando las postales anteriores de RD sobre  Corpus e identidad cristiana, quiero hoy comentar esas palabras , partiendo de las páginas finales de mi libro Fiesta del Pan, fiesta del vino. Mesa común y eucaristía (Verbo Divino, Estella 2002).

Por | X Pikaza Ibarrondo

Eucaristía, leche de Dios. Acción de Gracias

  Como niño que vive de la madre, así se siente y sabe el ser humano; no está arrojado sobre el mundo, perdido y expulsado sobre un páramo infinito, sino que se descubre acariciado y bien fundado en el ser de lo divino. Dios es Fuente de Vida, como cuerpo bello y fecundo de madre (más que padre), centrado en unos pechos, como sabe y dice Teresa de Jesús:

Porque de aquellos Pechos Divinos, adonde parece está Dios siempre sustentando el alma, salen unos rayos de leche que toda la gente del castillo conforta, que parece que quiere el Señor que gocen de alguna manera de lo mucho que goza el alma, y de aquel río caudaloso, adonde se consumió esta fontecita pequeña, salga algún golpe de aquel agua para sustentar a los que en lo corporal han de servir a estos dos desposados (Moradas 7, 2, 7).

Éste es el dios primero, Gran Madre, que puede llamar y decir a sus hijos los hombres y mujeres: ¡Tomad y bebed, éste es mi pecho!, mi carne mi sangre (=mi leche), Vida de vuestra vida, Sustento de vuestro sustento. Por eso, la primera forma de agradecer la existencia es acogerla (=recibir la leche de los pechos divinos) y vivir así para crecer. Esta es la más honda eucaristía: dejarse querer por Dios, agradecer la vida, asumiéndola de forma apasionada, pudiéndolo decir y diciéndolo: ¡Gracias, Padre/Madre por la vida!

Recibir la vida de Dios, reconocer su gracia y responder en fiesta compartida: eso es la eucaristía. Así lo ha expresado Jesús, el Enviado de esa como “diosa madre” de la vida, que ha querido ofrecernos su más rica intimidad: ¡Tomad, esto es mi cuerpo! ¡Bebed, esta es mi sangre! Quizá pudiéramos llamarle Maternidad encarnada, como ha sabido y dicho Teresa de Jesús

Experiencia de amor, dar gracia a Dios

Esta es una experiencia de amor: quien se siente implantado en la vida y agradece ese Don sabe que hay lo divino. Quien se siente alimentado por los pechos de la vida, sabemos que hay Dios y ppodemos invocarle como Madre, Fuented agua y leche de la vida,  Natura Naturans o Naturaleza Generante de la que proviene y donde se sustenta lo que existe. Éste es el Dios de la Jerusalén cristiana, el Dios de Isaías y los profetas.

Alegraos con Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis;

Alegraos de su alegría, con ella, todos los que por llevasteis duelo;

mamaréis de sus pechos, os saciaréis de sus consolaciones,

chuparéis las delicias de su senos abundantes.

 Pues así dice Yahvé:  Yo haré expandirse hacia ella paz como un río,

como torrente desbordado la delicia de las naciones

Llevarán en brazos a sus criatura, sobre las rodillas las acariciarán.  Como un niño a quien consuela su madre, así os consolaré yo;

en Jerusalén seréis consolados (Is 66, 10-13). 

En este contexto, eucaristía significa acción de gracias y esto es lo que proclama el celebrante principal en el momento más solemne del prefacio: situado ante el misterio de Dios, que aparece de forma generosa en los dones del pan y del vino, en nombre de todos, eleva la voz presentando ante Dios una fuerte acción de gracias: te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos… El hombre es plenamente humano donde da gracias a Dios, donde es eucaristía.

  Memoria de Jesús, cuerpo compartido.

La  Eucaristía es  un pacto de unión corporal (de carne y sangre) como Teresa de Jesús sigue diciendo en las Moradas:

Pues vengamos ahora a tratar del divino y espiritual matrimonio… A esta persona de quien hablamos (=Teresa de Jesús) se le representó el Señor, acabando de comulgar, con forma de gran resplandor y hermosura y majestad, y le dijo que   era ya tiempo de que sus cosas (de Jesús) tomase ella por suyas y Él tenía cuidado de las suyas (de Teresa) (Moradas 7, 2, 1).

 Esta experiencia se expresa en forma de comunión de carne y sangre (¡mi carne es comida, mi sangre es bebida¡Bebed es mi sangre!)(¡Yo seré vuestro Dios, vosotros seréis mi Pueblo!). Éste es el Jesús que da su cuerpo a Teresa, es decir, se ocupa de sus cosas. Ésta es la Teresa que da su cuerpo a Jesús, es decir, se ocupa de sus cosas. Ésta es la comunión de Dios en nosotros, de nosotros en Dios un desposorio de comunicación libertad y entrega mutua, abierta a todos los hombres y mujeres, pues todos han de ser y son Cuerpo del Cristo.

  Sólo aquí recibe su sentido la eucaristía, que, siendo compromiso de vida entre Jesús y los hombres, es compromiso de amor y de vida  de todos los hombres y mujeres que aceptan el camino de Jesús  y responden a la voz de su llamada, de manera que cada uno empieza a ser y vivir desde, para y con el otro. 

Si Cristo dice “esta es mi carne, ésta es  mi sangre”, así lo han de decir, unos a otros, todos los cristianos (¡Esto es mi cuerpo, ésta es mi sangre!), al comunicarse y darse entre sí, al compartir la vida con los necesitados del entorno (del mundo entero), en gesto de liberación y comunión. 

 Sólo unos hombres y mujeres que viven en-amorados pueden ofrecerse así la vidadiciendo ¡comed, bebed, esto es mi cuerpo. Entendida así, la eucaristía es una experiencia de la comunicación personal, en carne y sangre, pues (como he dicho) lo que dice el Cristo pueden  y deben decirlo con él  y en él todos los cristianos, en comunión interior (diálogo de amor ) y en servicio de vida: Comida compartida, economía. No sólo el presidente de la celebración, sino todos  los participantes se dicen por tanto, entre sí: tomad, esto es mi cuerpo, bebed ésta es mi sangre.

Dl Dios de Cristo no se revela en palabras separadas de la vida, sino en la comunión concreta y en la vida de amor de los hombres y mujeres.

 La Eucaristía es un misterio de intimidad (Jesús es Dios enamorado) y de solidaridad liberadora: el Dios de Jesús, Dios eucarístico, nos capacita para vincularnos como cuerpo, en amor enamorado y en servicio mutuo, en torno a (a través del) pan y el vino, de la carne y sangre de la vida.

Éste es el Dios de Jesucristo, es la Fiesta de la Eucaristía. Aquellos que reciben la vida (cuerpo y sangre) de Jesús y la comparten con los demás (en corro de amor íntimo y en irradiación de amor liberador hacia los más necesitados): ésos son los cristianos, son eucaristía. Éste es el Dios que hace a los hombres y mujeres capaces abrir entre ellos caminos y espacios de solidaridad intensa(cf. 1 Cor 3, 2), en gesto intenso de comunicación amistosa liberadora y sabrosa 

Por eso, las palabra central “esta es mi carne”, “ésta es mi sangre” no es exclusivas de un sacerdote que planea sobre la comunidad, sino de todos y cada uno de los presentes,  hombres y mujeres, que con-celebran la eucaristía. Cuando un niño puede entender y decir esas palabras empieza a ser ministro eucarístico, sacerdote de la nueva alianza en la Iglesia… Esas palabras son de Jesús, el Cristo, haciéndose palabras de cada uno de los celebrantes, es decir, de todos los cristianos. 

Por eso, una eucaristía escuchada de lejos (como por televisión) no sería eucaristía (para aquel que así la mira). Una eucaristía de celebrante aislado tampoco es cristiana. Sólo hay celebración de Jesús allí donde un grupo de cristianos celebran su vida (la propia del grupo, la misma de Jesús) y se regalan mutuamente vida humana (que es ya divina), en el gesto del pan/vino, en la palabra compartida, en la mirada de amor.

Por eso, palabra de Jesús (¡esto es mi cuerpo, ésta es mi sangre!) no es una palabra separada de la vida, sino que ha de ser la “vida misma” que dicen y comparten todos los fieles, sacerdotes del gran “sacrificio” de Dios, que es la misma comunión de amor de los hombres y mujeres en la tierra.

Esa experiencia y palabra de amor eucarístico es la esencia del camino cristiano, de tal manera que sólo quien se atreve a recorrerlo (con el riesgo de perderse o poder equivocarse) vive plenamente en Jesús (viviendo por él en los demás, especialmente en los expulsados y perdidos de la tierra). Éste es el recuerdo de Jesús, esta es su anámnesis

 Recordar a  Jesús. Eucaristía como anamnesis

La Eucaristía es recuerdo y presencia de Jesús, Hijo de Dios, Hombre en plenitudrealizado (Hijo del humano). Por eso, al celebrarla retornamos a las raíces mesiánicas, aprendemos el oficio gozoso de ser hombre y /o mujer, en el rito liberador y enamorado de darnos mutuamente vida.  Este es el único oficio, la tarea gozosa y salvadora de la historia: aprender a ser (hacerse) humanos en plenitud, con el mismo Dios que en Jesús ha querido en compañero nuestro, entregando su cuerpo y sangre por/con el intento. Recordar significa repetir y actualizar, no de una forma literal o esclavista, como si nada hubiera pasado desde entonces, sino en libertad creadora. La iglesia no puede limitarse a copiar lo que hizo Jesús, sino que ha de hacerse ella misma Jesús (=comunidad mesiánica), actualizando en la historia actual la fiesta mesiánica del pan compartido y la sangre entregada, en camino de resurrección.

Epíclesis, Invocación del Espíritu Santo. 

   Por dos veces, en el centro de la gran Oración Eucarística del rito oriental y latino (en general), los fieles invocan al Espíritu Santo: para que actúe sobre los dones ofrecidos (pan y vino) y sobres los celebrantes, convirtiéndolos en carne/sangre de Cristo; para que venga sobre los fieles, de forma que ellos mismos sean (seamos) en plenitud Cuerpo mesiánico podamos vivir en comunión, dando la sangre (vida) unos por otros.

 La Eucaristía es presencia creadora del Espíritu de Dios en Cristo, poder de amor que nos permite darnos vida unos a otros, diciéndonos así, con Jesús, como Jesús: Aquí estoy para ti, esto es mi cuerpo… Aquí esto contigo, ésta es mi sangre…. Aquí somos, en esta comida concreta, presencia de Dios.

Eucaristía y Trinidad

 Las reflexiones y experiencias anteriores han querido mostrar que el verdadero Dios aparece y actúa como Madre fundante y Amigo/Esposo universal, en Cristo.   No está fuera, en los bordes de la vida, ni se esconde en aquellos agujeros negros que aún no hemos logrado explicar con nuestra ciencia. Al contrario, este Dios vive y actúa en el centro de la vida: en su origen materno (Padre), en su camino de amor (Hijo), en su proyecto de familia (Espíritu Santo).

En este contexto se sitúa uno de los iconos teológicos más conocidos: la Trinidad de Rublev, con laescena de los “Convidados de Mambré” (Gen 18, 1-15), que es  la Encina Eucarística de Abraham. Tres seres divinos caminan por la tierra como peregrinos; Abraham les invita a comer y ellos se sientan, compartiendo vida y alimento. Así los ha visto el pintor, así los ha venerado la iglesia: sentados a la mesa, en torno a un plato de Cordero (signo de la entrega amorosa de Jesús), que puede estar simbolizado también por el pan y vino compartido.

Son tres, ángeles del cielo, peregrinos en la tierra, revestidos de cielo (cada uno con su color celeste) y sentados a la mesa, dialogando en gesto de felicidad completa. Ellos representan la belleza de Dios, la gloria que esperamos y se expresa ya (anticipada y fuerte) en la mesa compartida de Jesús. La familia humana, reunida en comunicación vital y personal, palabra y comida: este es el supremo signo trinitario, esta es la iglesia.

Por eso, la Trinidad cristiana es misterio del gozo y gloria que mana del ser fundante (Madre/Padre) y se expresa en la vida compartida (unión de Padre/Madre con el Hijo) y en unión de los cristianos, que se dan la vida, diciéndose los unos a los otros: ¡Esto es mi cuerpo, Ésta es mi sangre!), superando así todo egoísmo y toda muerte. Ésta es la experiencia suprema del Espíritu

No hay supremacía ni inferioridad: Dios no quiere ni puede humillarnos, poniéndose encima, como Alguien que por pura condescendencia nos visita y saluda a la caída de la tarde, sino que viene a quedarse y ser Dios en (por) nosotros,, de manera que en él somos (nos hacemos) plenamente hermanos y amigos, en fiesta de amor y resurrección. Por eso, el signo trinitario final no son el padre o la madre en cuanto tales, sino la familia entera, reunida en torno a la mesa, la comida fraterna, pan y vino, carne y sangre de hermanos, amor de enamorados.

Diez proposiciones  finales

La eucaristía constituye el centro de la experiencia cristiana. Pero, en sí misma, no es una experiencia solamente cristiana, sino que se encuentra vinculada a la experiencia universal de comer y comer juntos, dándose la vida unos a otros y comprometiéndose a compartirla. En ese sentido, lo que está en el fondo de la eucaristía es el sacramento de la comunicación universal. Por eso es importante vincular la eucaristía cristiana con otras experiencias religiosas y sociales de amor y vida compartida.

Históricamente, Jesús ha podido decir en la última cena las palabras centrales de la eucaristía, en la forma en que las ha conservado la tradición de la iglesia: Esto es mi Cuerpo… Ésta es carne, ésta es mi sangre (la nueva alianza en mi sangre).  Pero el dato histórico externo puede ser discutido, pues los estudiosos no están de acuerdo sobre la forma concfera de la última cena. Pero estoy convencido de que las palabras centrales de la eucaristía condensan de forma admirable lo que ha sido la vida de Jesús, expresada como anuncio de Reino, amor que cura y pan compartido, vino de Reino. Sin la referencia al Jesús histórico, la eucaristía cristiana pierde su sentido.

Tal como han sido recogidas, transmitidas y celebradas por la Iglesia, esas palabras eucarísticas han sido y siguen siendo pronunciadas por el Cristo Pascual. Ellas definen y actualizan su presencia: son la herencia y palabra que él nos ha dejado a sus discípulos, a todos los cristianos: Decid y Haced esto en memoria de mí. Pero esas palabras sólo son del Cristo en la medida en que las dicen con su propio “yo” los mismos cristianos, el conjunto de la iglesia. Ellas son el “dogma” central, la vida de la Iglesia. En esa línea, podemos y debemos decir que sólo son cristianos conscientes y maduros, en sentido activo, los que pueden ofrecer a los demás su cuerpo y su vida (como Cristo, con Cristo, en Cristo) diciendo: ¡tomad, esto es mi cuerpo…!

El Cuerpo de Cristo es ante todo la Iglesia, la comunidad de los creyentes reunidos, que recuerdan a Jesús y se comprometen a seguir realizado su obra, en comunicación de palabra, de amor, de vida (economía). Ellos, los cristianos reunidos en gesto de comunión y de misión evangelizadora, son (somos) la “res”, la realidad del Sacramento. No son los hombres y mujeres para el pan; es el pan para los hombres y mujeres. Por eso, el pan y vino son signo-sacramento real de la presencia de Cristo y de la comunicación entre los cristianos.

Esa presencia es “real”, siendo sacramental, una “presencia corporalizaea”. No es puro intercamgio de ideas o afectos intimistas… sino encuentro total de amor en unos signos económicos/alimenticios, que expresan el compromiso de dar y recibir, de compartir la vida. La realidad de la eucaristía es, por tanto, la comunión/comunicación de vida de todos los cristianos. La eucaristía no es algo que unos (los sacerdotes) hacen en nombre de todos, sino un gesto/don de amor que hacen y son todos los cristianos.

Referencia histórica. A lo largo de los siglos, las Iglesias han organizado la eucaristía de Jesús conforme a los modelos sociales y sacrales de cada tiempo. Lo han hecho bien, han conservado la eucaristía. Lo han hecho bien: han precisado el sentido “dogmático” de la celebración y de la vida cristiana, dentro de su contexto cultural, tanto en los diversos documentos de la Edad Media latina como en el Concilio de Trento. Esa historia sigue siendo normativa para los cristianos, pero no para encerrarse en ella, sino para seguir caminando desde ella.

La celebración solemne de la eucaristía, seguirá estando presidida por un ministro de la Iglesia, que en el momento actual, en la iglesia católica, es un obispo o presbítero varón. Ese tipo de celebración seguirá siendo oficial para la Iglesia oficial, mientras ella misma no cambia sus normas. En esa línea, es importante recordar y actualizar el pasado, un pasado definido por la organización y celebración jerárquica patriarcal de una eucaristía donde los celebrantes principales sólo han sido varones consagrados de un tipo especial. Esa historia ha sido positiva, pero es necesario completarla y actualizarla, desde el evangelio, desde la experiencia actual de la vida y desde el encuentro con las restantes religiones y culturas sociales. Pero lo que importa es la palabra-experiencia de Jesús y de la Iglesia, donde hombres y mujeres comparten el cuerpo y la sangre: la vida… Esa no es una experiencia de algunos cristianos especiales, sino de todos… Esa tiene que ser una experiencia integradora, en tres niveles.

Nivel particular. Cada comunidad cristiana puede y debe organizar su eucaristía, sabiendo que todos los cristianos son ministros de ella, por el hecho de estar bautizados (ser cristianos). Todos los cristianos, varones y mujeres, pueden y deben decirse “esto es mi cuerpo… tomad…”; todos son sacerdotes por don de Cristo.

Nivel de catolicidad. Las eucaristía cristianas han de estar vinculadas, formando un “cuerpo universal”, católico, mesiánico, de humanidad. En ese sentido, las eucaristías de las diversas iglesias  han de estar conectadas entre sí. La función del Papa y de las “autoridades” centrales de la iglesia no está en imponer un tipo de eucaristía, sino en mostrar y potenciar la unidad de todas las eucaristías.

La eucaristía es, finalmente, signo de apertura misionera: la Iglesia (el conjunto de iglesias) tienen que ofrecer al mundo la experiencia y realidad mesiánica del amor y del pan compartido; la misma eucaristía se expresa y traduce en forma de misión, tal como lo han puesto de relieve los textos evangélicos de las multiplicaciones de los panes y los peces.

Bibliografía.    

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Martín Pindado, V. y Sánchez Caro, J. M. (1969), La Gran Oración Eucarística, Muralla, Madrid

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