San Pedro y San Pablo 1

San Pedro y San Pablo (1). Autoridad del Papa y de la Iglesia

Estatua de San Pedro, en el Vaticano

Se celebra hoy la fiesta de San Pedro y san Pablo y, de un modo consecuente, recordamos y celebramos la autoridad del Papa y de la Iglesia, en línea de evangelio (primacía de los pobres) y de comunión dialogal (palabra escuchada y compartida). En esa línea quiere avanzar el Papa Francisco. En ella ofrezco las reflexiones que siguen

En ciertos momentos, las celebraciones oficiales de la iglesia católica tienden a ser verticales, con un Papa, obispo o presbítero que actúan como “patrono”, diciendo desde arriba su palabra, mientras los fieles escuchan, reciben, asienten. Conforme a todo lo que vengo diciendo, ese modelo no es cristiano»

Por Xabier Pikaza

Vaticano I. Primado del Papa[1]

Si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene sólo deber de inspección y dirección, pero no plena y suprema potestad de jurisdicción sobre la iglesia universal, no sólo en las materias que pertenecen a la fe y costumbres, sino también en las de régimen y disciplina de la Iglesia difundida por todo el orbe, o que tiene la parte principal, pero no toda la plenitud de esta suprema potestad; o que esta potestad suya no es ordinaria e inmediata, tanto sobre todas y cada una de las iglesias, como sobre todos y cada uno de los pastores y de los fieles, sea anatema (Denz-H., 3064).

La palabras centrales de esta declaración (potestad y jurisdicción) provienen de la práctica jurídico/política del imperio romano y del feudalismo germano, pero ellas debe entenderse y ejercerse desde la misión del evangelio (cf. Mt 28, 16-20), no en en línea de jerarquía ontológica, del sacerdocio del AT, de política romana o autoridad feudal, sino de evangelio y sinodalidad cristiana (cf. Mc 9, 33-37 y 10, 35-45 par; Mt 1 y 23).

El poder de la iglesia, representada en un sentido católico por el Papa, se funda en la palabra de Dios, de manera que es poder de amor, para ofrecer y compartir fraternidad, en la línea de Mt 28, 16-20, sin privilegio, imposición o ventaja que sería contraria al evangelio. Un Papa que pretendiera tener más potestad que los «simples» creyentes, un Papa que quisiera situarse por encima de los pobres (y no a su servicio) dejaría de ser cristiano[2].

Infalibilidad [3]

El Romano Pontífice, cuando habla ex cátedra –esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal–, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia (Denz-H., 3074).

El Papa no es infalible en línea de poder, sino de escucha y comunión de la palabra de Jesús, acogida y dialogada en línea “sinodal” por el conjunto de la Iglesia. De esa forma, en contra de una lectura literalista del Vaticano I, podemos afirmar que la autoridad de la Iglesia (Papa, concilios y pueblo cristiano) es «plena, suprema, inmediata», siempre que sea cristiana, es decir, que renuncie a toda superioridad e imposición, mando y jer-arquía (sea en línea de monárquíca, oligarquía o demo-krática,), porque es la autoridad de los pobres, a quienes pertenece el evangelio, es decir, el futuro de la vida, es la autoridad sinodal del diálogo de toda la iglesia, en línea de comunicación, de búsqueda y escucha común de la Palabra de Dios, según el evangelio[4].

Papa sin jerarquía. Papado de los pobres y de la palabra compartida

El Nuevo Testamento no conoce jerarcas, sino hermanos y hermanas que comparten el sacerdocio y la palabra universal de Cristo, pudiendo asumir las tareas o ministerios de la iglesia, en línea de servicio (diaconado), presidencia colegiada (presbiterado) o supervisión personal (obispado), al servicio de la comunión de vida de todos los creyentes. Por eso, todos y cada uno de los cristianos (y en el fondo todos los hombres y mujeres) son «puentes sagrados», presencia de Dios (cf. Mt 25, 31-46 [5].

 Desde ese fondo se plantea el tema y tarea de un papado sin autoridad jerárquica, como representante de la autoridad de los pobres y de la palabra compartida en clave de evangelio. Actualmente, (a pesar de las críticas que elevan incluso algunos teólogos más tradicionales)[6], el Papa parece Obispo de todos los obispos, portador de la plenitud de toda jerarquía (dentro de un evangelio y con un Dios que no es jerárquico. Pues bien, dado que, como venimos indicando, esa función jerárquica suprema está perdiendo su sentido, hay muchos que dicen que el mismo papado tiene que desaparecer. Pues bien, en contra de eso, afirmamos que es ahora cuando puede haber un Papa de verdad cristiano, con autoridad «evangélica» (de entrega de la vida), como Pedro, que no fue Gran Jerarca, sino testigo de resurrección para los pobres y de comunión entre los cristianos[7].

Reformular el CIC

El Derecho Canónico afirma que el Papa, «en virtud de su función, tiene potestad ordinaria, esto es, suprema, plena, inmediata y universal en la iglesia y la puede ejercer libremente» (CIC, 331). Como he dicho al ocuparme de Vaticano I, esta formulación resulta ambigua pues el Papa no puede tener más autoridad cristiana que aquella que brota del don de la vida (morir por los otros) y que se concreta en el amor mutuo, en línea de sínodo universal. de tal forma que el menor es el mayor o primado todos (cf. Mc 9, 35 par; 35-45 y Mt 18, 15-20; 23, 1-12). El modelo de pirámide o sistema de poder no es evangélico. Por eso, el Papa no puede situarse en la cumbre de ninguna institución objetivada, pues la iglesia de Jesús es un organismo vivo, hecho de conexiones inmediatas de amor, con ministerios o servicios de testimonio fraterno y solidaridad, de palabra y acogida, de pan y de vino (comida), que se ejercen y comparten de un modo inmediato, entre todos los creyentes, por la fuerza del Espíritu de Jesús[8].

La unidad jerárquica responde a un tipo de platonismo ontológico (los diversos seres se escalonan formando un todo) y político (los sabios de la República gobiernan a los menos sabios). Pues bien, llevada hasta el final, esa visión no es cristiana (ni siquiera israelita), pues presenta a Dios como poder abarcador (un todo), no como amor infinito. En contra de eso, como ya hemos dicho, la unidad cristiana se identifica con la misma comunicación inmediata de vida de todos los creyentes, como palabra compartida (sínoco universal) al servicio de los pobres. En esa línea podemos añadir que la «potestad» (suprema, plena, universal e inmediata) del Papa se identifica con el amor supremo, pleno, universal e inmediato con que han de amarse entre sí todos los creyentes

La Iglesia no es poder, sino palabra creadora (sinodal), al servicio de los pobres

La unidad y autoridad cristiana no reside en un poder unificado, ni en una organización central, sino en la comunión multi-forme de todos los creyentes, que despliegan, comunican y comparte la palabra y el pan, empezando por los excluidos (pobres y enfermos, impuros y locos…). Lo que define a la iglesia no es la eficacia de una organización superior (objetivada), sino la vida de cada uno de los hombres y mujeres y el hecho de que todos puedan compartir esa vida de un modo gratuito, por encima de las mismas diferencias confesionales, en servicio de amor y comunión que se inspira en Cristo. Sólo superando una visión del poder como potestad o capacidad de imposición de unos sobre otros (de los que tienen sobre los que no tienen, de los que enseñan sobre los que aprenden), podrá surgir la verdadera iglesia, que es comunión de comuniones, comunidad de comunidades. Sólo en ese contexto podrá hablarse de un Papa, que no sea mayor que nadie, ni depositario de poderes que sólo él posee, ni primado sobre otros, sino amigo/a de amigos, hermano/a de hermanos[9].

Tarea de la iglesia: No tomar el poder, sino superarlo

 Los papas y obispos (jerarcas cleicales de antaño pensaron que un tipo de «toma de poder» les ayudaría a realizar mejor su tarea. También otros movimientos políticos (desde la revolución francesa a la soviética), que han marcado la historia de Europa y del mundo, a partir del siglo XVIII, quisieron tomar el poder y lo tomaron para cumplir sus objetivos. Pues bien, tras el fracaso de varias revoluciones, y en especial de la marxista, muchos empiezan a pensar que la verdadera revolución no se realiza con la toma de poder, sino con otros tipos de presencia. Eso ha de aplicarse de un modo eminente a la iglesia[10]

 Ciertamente, el poder tiene un aspecto fácticamente necesario, como indicó Jesús al hablr de «las cosas del Cesar» (Mc 12, 17) y ratificó San Pablo al decir que es signo de Dios para ese mundo (Rom 13, 1-7). Pero tanto Jesús como Pablo situaron las «cosas de Dios» en un plano distinto. Lo esencial del cristianismo no es la toma, sino la superación del poder. No se trata, por tanto, de que los pobres lo asumen y gobiernen bien, sino de que lo superen, de una forma positiva, desde el evangelio, no para volver al puro caos, sino para crear formas distintas de vinculación social gratuita, entre las que puede ocupar un lugar el Papa.

Meta-noia o conversión cristiana (Mc 1, 15)  

La «conversión» (revolución) cristiana debe hacerse desde fuera del poder. Por eso, las iglesias de Jesús han de expresarse por otros tipos de presencia y comunicación, sin mediaciones políticas. No se trata de que el Papa deba delegar funciones, regalando a las comunidades cristianas más autonomía, pues no puede dar lo que no es suyo, sino que debe retirarse, para que los cristianos sean lo que son (hombres y mujeres que se aman, en libertad) y para que las iglesias se expandan y organicen por sí mismas, desde la Vida y Recuerdo de Jesús, para unirse luego (al mismo tiempo) en comunión dialogal, realizando así la revolución del evangelio.

La unidad de la iglesia no se logra por mediación de un Papa más alto, sino por la misma comunión de los creyentes, que se vinculan por gracia y servicio a los pobres.

Un Papa evangélico no romano  

Pero dicho eso queremos añadir que, como símbolo y garante de servicio mesiánico y encuentro de amor, puede (y creemos que debe) haber un hombre o mujer especial, vinculado a la memoria de Pedro y a la historia de la iglesia, un «Papa» que no sea signo de poder, sino de comunión, vinculado históricamente a la comunidad de Roma, que se puede expresar el amor y unidad de las iglesia. Ese «Papa» es obispo de la diócesis de Roma (o de la que se pueda tomar como signo de Pedro), dejando que las demás iglesias (conferencias episcopales, patriarcados, diócesis, comunidades no episcopales etc), se organicen por sí mismas.

Una vez que el papado abandona el poder central que ha tomado (y que no era suyo), las comunidades cristianas quedan libres para crear sus comuniones y concilios, asambleas y encuentros, de manera que pueda surgir una iglesia recreada por un diálogo múltiple de personas y palabras, que se expanden por doquier, sin que exista un centro, porque todos son centro, partiendo de los pobres, en comunión múltiple, expresada por la Eucaristía o comida real, abierta a los pobres.

Según eso, la autoridad llaves de Dios la tienen los pobres y, en su nombre, las iglesias, es decir, las comunidades que quieran escuchar y cultivar el evangelio a través del encuentro concreto de sus miembros, que comparten de un modo inmediato (mano a mano, mesa a mesa, plato a plato) la palabra y el pan, vinculando los dos grandes signos de Cristo, que son el cuidado de los excluidos (crucificados, pobres) y el amor de los enamorados y amigos. Las comunidades, centradas en los pobres y en aquellos que saben quererles y quererse (cf. Mt 25, 31-45; Jn 13-15), podrán configurarse como lugares y espacios de encuentro humano, siempre concreto y abierto a los de fuera y a todo el resto de las comunidades mesiánicas[11].

Diálogo católico. Una iglesia sinodal

Debemos volver al principio. No podemos empezar queriendo resolver el tema de la posible cúpula del papado, sino que, como sucedió al comienzo de la iglesia, debemos insistir primero y sobre todo en el anuncio del evangelio a los pobres y en el surgimiento de espacios de gratuidad cristiana compartida, es decir, de iglesia. Sólo allí donde se empiece a recorrer ese camino, los diversos grupos cristianos podrán y deberán hablar de instancias de unidad y comunión, al servicio de los pobres, planteando de nuevo el tema del Papa, allí donde lo exija la dinámica de la historia y la experiencia concreta de comunicación entre las iglesias. Desde ese fondo destacamos de nuevo los tres principios del imaginario cristiano: pobreza, gracia, comunicación.

Autoridad de Jesús y de la Iglesia, principios.

1.-Principio de autoridad de Jesús son los pobres en su sentido más extenso, es decir, los expulsados e impuros, los empobrecidos y enfermos, sean cristianos o «gentiles». Eso significa que la iglesia tiene su corazón fuera de ella, de manera que debe empezar siendo esencialmente misionera, portadora de un germen universal de vida, a partir de la pequeñez y miseria de este mundo. En la raíz del imaginario cristiano está, por tanto, la autoridad divina de los oprimidos y expulsados del sistema de poder, que así aparecen como signo de Dios y principio de acción misionera.

2.-Centro de la autoridad de la iglesia es la gracia creadora (=Dios), internamente vinculada a la fe (somos en Dios) y al regalo de la vida: sólo existimos en la medida en que damos y nos damos, invirtiendo así el camino de la empresa productora de tipo capitalista, donde todo es resultado de un esfuerzo programado de los hombres. Este es el lugar donde se manifiesta el signo de Dios: podemos ser y somos porque él nos ama y amando a los pobres, de manera que ellos son principio y centro autoridad e infalibilidad cristiana.

3.-La plenitud de la autoridad de la iglesia se expresa en la comunión interna, es decir, en la comunicación gratuita entre los creyentes, de manera que sólo en la medida en que se vinculan entre si por lazos de vida compartida, al servicio de los pobres, los hombres y mujeres son cristianos y las iglesias pueden presentare como revelación del evangelio. Por eso, un Papa que estuviera fuera de la comunión cristiana no seria Papa, ni cristiano.

Sobre esa triple base se funda la experiencia de la libertad cristiana, no sólo en el aspecto individual (cada hombre/mujer es Hijo de Dios, llamado a la gracia), sino también en el comunitario (cada iglesia debe trazar su propio espacio de humanidad concreta), en un camino que se abre a todos los hombres, a través de una experiencia de resurrección, a partir de los enfermos y los pobres. Este es el dogma de la iglesia, el verdadero «Nicea y Calcedonia» donde se apoya la vida y confesión de fe de los creyentes.

Por eso hemos querido comenzar por la misión, volviendo a la experiencia base de Jesús que quiere que «los pobres sean evangelizados», de un modo gratuito, por don de Dios (cf. Mt 11, 5 par). Esa misión es la que importa, ella es la que une de hecho a las diversas iglesias, de tal forma que siendo misionera pueden presentarse como expresión de la unidad de Cristo, sin apresurarnos a buscar con nerviosismo la función de un obispo central a quien puedan entregarse las llaves del Reino de Dios en sentido normativo. Quizá sería bueno aparcar por un tiempo el signo del Papa, unos decenios, quizá hasta un siglo, como sucedió al principio del cristianismo, dejando así que se desarrollen las comunidades, libremente, desde la raíz común del evangelio, pues sólo en un segundo momento puede surgir un tipo de papado, si es que surge, de manera diferente a la de antaño, cuando existan condiciones para ello.

Lo que importa no es apresurarse a fijar las instituciones, sino cultivar la libertad del evangelio al servicio de los más pobres, en diálogo de amor, esto es, de un modo sinodal. Sólo podremos ofrecer la bienvenida a Papa en la medida en que surja libremente y su influjo se vaya extiendo por sí mismo, en gracia y libertad, por amor a los pobres, entre todas las iglesias. Evidentemente, esto no puede programarse.

Un Papa impuesto o que se impone no sería cristiano. Un Papa que logra su autoridad a través de conveniencias o estrategias políticas estaría fuera del evangelio. Sólo un Papa que brota de un modo normal del imaginario evangélico (del anuncio de la salvación a los pobres) y de la experiencia católica (comunión de amor de los creyentes, al servicio de los pobres) puede ser cristiano. Por eso, lo que hoy buscamos de verdad es crear las bases para el surgimiento de un nuevo imaginario sinodal en cuya base estén los pobres y en cuyo centro esté la comunión de las iglesias. Sólo en un segundo momento puede surgir la figura de un Papa que exprese y encarne algunos valores importantes de ese imaginario.

Eso supone que necesitamos un tiempo para explorar de nuevo el evangelio, recreando de esa forma un posible modelo de unidad cristiana, a partir de los más pobres. Si no fuera así, no merecería la pena el surgimiento de un Papa, pues carecería de valor cristiano. No necesitamos apresurarnos, definiendo de antemano lo que podrá ser ese Papa/Mama, Amigo/a…, pues lo dirá la historia y no el Magisterio doctrinal, ni algunos teólogos teóricos más o menos carismáticos o lúcidos. Lo que importa es vivir el evangelio, en gratuidad, desde el servicio concreto a los pobres, hasta que las tareas y caminos de unidad se vayan clarificando, pues todavía estamos inmersos en grandes cambios y no tenemos perspectivas para anticipar el futuro.

Pero Más que un Concilio, que decida desde arriba lo que son o deben hacer los creyentes, queremos iglesias sinodales que exploren y busquen caminos de evangelio, por sí mismas, mientras sirven a los pobres, sin esperar soluciones exteriores

Un concilio cerrado sobre sí, ocupado sólo de temas internos de la iglesia, sería signo de egoísmo. Lo que importa son los pobres, no un concilio hermoso. Solo en la medida en que se reúnen para compartir mejor la vida con los pobres, abriendo así un camino de libertad, se puede decir que los cristianos son un auténtico Concilio en el sentido de sínodo constituyente. En ese sentido, en cuanto comunión y servicio de amor, toda la vida cristiana es concilio, es decir, reunión permanente de los convocados por el Espíritu de Cristo, para anunciar el evangelio de la libertad y de la vida. Según eso, el posible Concilio no es un acto separado, sino expresión de la vida de la iglesia, entendida como bazar permanente de contactos múltiples donde los hombres y mujeres regalan y comparten su vida, como sabe el Nuevo Testamento, desde 1 Cor 13 hasta el evangelio de Juan.

Sea como fuere, antes o después, deberá haber algún tipo de Concilio específico, que escuche la voz de las iglesias, en las nuevas condiciones de experiencia católica (universal) y de diálogo ecuménico, para unificar el servicio a los pobres, sin el ansia de hacer cosas, ni de tomar decisiones vinculantes para el conjunto de la cristiandad, ni de redactar documentos, sino por el gozo de encontrarse, compartir experiencias y celebrar la vida. Ese Concilio podría celebrarse en Roma, pero no en el Vaticano actual (marcado por una historia de poder y jerarquía), sino en algún lugar abierto a los diversos movimientos cristianos y a todos los que sirven a los pobres. Para ello habría que encontrar otras formas de participación, de manera que no intervinieran sólo los obispos católicos, sino todos aquellos que quieran cultivar el evangelio, sin vincularse a las actuales estructuras jerárquicas.

Éste puede ser un camino sinodal promovidos por católicos, protestantes u ortodoxos o, si fuere el caso, por todos, pero debería ser un sínodo de los pobres de Jesús, en la línea del primero de Jerusalén, según Hechos 15, que se reunió para tratar de la extensión del evangelio a los gentiles (es decir, a los expulsados del sistema sacral judío). En ese nuevo Concilio, el Papa (si lo hubiere) no podría imponer su autoridad, ni declararse primado sobre las iglesias, sino que debería presentarse como testigo de la apertura a los pobres (como hizo Pedro en Hech 15) y como posible signo de la unidad que viene dada por la fe en el mismo Cristo mesías y no por organizaciones eclesiásticas[12].

Este es el principio de todo imaginario cristiano: que la iglesia pueda alzarse y decir que «los pobres son evangelizados», añadiendo que todos los cristianos pueden reunirse, en un gesto de amor, para comunicarse entre sí, para ofrecer libertad a los oprimidos y expulsados de la vida, proclamando así su fe en el Dios creador. El auténtico Concilio de las iglesias es su vida diaria, en la que se van creando formas concretas y comprometidas de presencia y servicio a los pobres, a quienes ofrecen palabra y pan, dignidad y comunión de amor.

Esa es la primera eucaristía, la vida compartida con los pobres. Sólo en un segundo momento se puede celebrar dentro de la iglesia la experiencia eucarística del sacramento de la Cena de Jesús. En ese sentido, queremos añadir que el verdadero Concilio es la Palabra de diálogo que se abre a todos los hombres, conforme al modelo de Jesús. Este concilio no debe estar dirigido por el deseo de que triunfe la propia verdad, sino la verdad de los otros (conforme al mandamiento del Sermón de la Montaña: amar a los enemigos), pues este el dogma mesiánico del Cristo.

Estaríamos así ante un Concilio cristiano permanente, llamados a crear un lenguaje de comunicación directa (no sacralizada), un lenguaje de salud y apertura a los marginados, uniendo razón y sentimiento, gozo por Dios y compromiso a favor de la vida (desde los pobres y excluidos de la sociedad), partiendo de unas iglesias donde hombres y mujeres de diverso origen comparten la palabra y el pan. Por eso, más que celebrar un Concilio importa ser concilio: promover redes de comunicación directa y universal, que se expresan en el pan compartido, redes multifocales, autónomas, que no cierran, ni excluyen a nadie, sino que capacitan a todos para recorrer con amor y esperanza la travesía de lo humano. En ese sentido, ser cristiano es «vivir en concilio», cultivando la unidad que brota de la palabra y de la vida compartida, desde los más pobres. Sólo en ese contexto podrá hablarse de un posible Papa[13].

Trasndfiguración eclesial: de arriba abajo, de abajo arriba  

 Por eso, mucho más que el Papa en cuanto persona separada importa la experiencia y camino de las comunidades cristianas, llamadas a ofrecer su testimonio de Reino, en estos tiempos duros y hermosos, amenazados por la bomba, pero abiertos como nunca hacia un diálogo social, humano y religioso. Sólo en ese contexto se puede imaginar un Papa que sea signo de riqueza eclesial y de su servicio a los pobres. Este Papa aún no existe, pero podemos concebirlo ya e imaginarlo, partiendo de la situación actual, con las diversas experiencias que ya se han dado. En ese sentido hablamos de un camino de la cúpula y de un camino de las comunidades:

-Camino del Papado actual. Auto­-reforma de la cúpula.Es muy posible que los próximos papas inicien unas vías de trasformación controlada del aparato vaticano, con cambios de imagen y funcionamiento, en una línea reformista. Lógicamente, dado el peso de la tradición y de los organismos existentes, es difícil que esos cambios lleguen a ser como proponemos (liquidación del Estado Vaticano, fin de la Curia, abandono del Primado y del Sacerdocio…). Además, es muy probable que el Vaticano quiera mantener la mayor parte de sus funciones y se sienta apoyado por otros «poderes», incluso no cristianos, que apuestan por la estabilidad de las instituciones y por la persistencia de los símbolos de legalidad actual. De todas formas, podríamos imaginar la figura de un Papa que renuncie a sus poderes, iniciando de manera voluntaria un proceso de muerte y recreación cristiana del papado.

-Camino de las comunidades. Refundación de las iglesias.Han empezado a surgir y surgirán en el futuro nuevas comunidades cristianas, gestionadas desde sí mismas, con deseos de vivir de una manera radical el evangelio, en apertura hacia los pobres. Algunas de ellas, como gran parte de las pentecostales, estarán separadas de la iglesia católica e incluso de las iglesias protestantes históricas, aunque no por rechazo directo, sino por búsqueda de identidad evangélica. Otras seguirán vinculadas a la iglesia oficial (papal), por gozo y comunión, no por obligación. Otras formarán parte de las iglesias históricas. Importa que ellas, todas las iglesias que se sienten vinculadas al evangelio de Jesús, por llamada de Dios y evangelio, empiecen a buscar formas de comunión desde el servicio a los pobres (en la línea que pide Jesús en Jn 10). Lo que importa es que las iglesias que surjan del «caos de los pobres» (y al servicio de ellos) formen tejidos de comunicación mesiánica, dentro del gran bazar del mundo, en apertura hacia todos los hombres y mujeres de la tierra. Soñar iglesias cristianas es empezar a crearlas. Pues bien, como signo de unidad de esas iglesias podrá imaginarse la figura de un Papa/Mama, Amigo/a…

Estos dos caminos se cortan y vinculan en esta encrucijada histórica del comienzo del tercer milenio, que sigue estando lleno de problemas.

El problema de los agnósticos. Abundan y crecen aquellos a quienes ya no les importa esta «historia» cristiana, ni en la línea del papado patriarcal antiguo, ni en la línea del cristianismo mesiánico nuevo que estamos proponiendo. Muchos están cansados, quizá no creen en el valor de lo humano; en general, no niegan a Dios (no son ateos), pero viven de un modo agnóstico, como si Dios no existiera.

Abundan y crecen aún más los expulsados y marginados de la mesa del pan y la palabra. Hoy son muchos más aquellos a los que Jesús quiso curar, animar, ofreciéndoles su bienaventuranza desde el Dios creador.

-El sistema crece y se vuelve cada más duro. Tiene quizá unas raíces ilustradas, pero que va en contra de muchos valores de la ilustración. A veces se afirma que tiene un origen judeo-cristiano, pero va en contra de la inspiración básica de la Biblia. Es un sistema de muerte.

En este contexto de agnosticismo, pobreza y sistema queremos «soñar en línea de evangelio», esperando la llegada de una iglesia donde los pobres sean protagonistas de su propia identidad, sabiendo que ellos, y sólo ellos, pueden evangelizar a los que parecen dejar a un lado toda religión. Han de ser los pobres y expulsados los que escriban con su vida la historia del futuro, no nosotros, teólogos o pensadores. Han de ser ellos los que hagan posible el nuevo surgimiento de una iglesia vinculada en amor, para servicio de los expulsados y condenados del mundo en la que surgirá de nuevo un Papa.

En ese fondo, recogiendo las observaciones de conjunto de esta postal, ofrecemos mañana (día más especial de San Pablo) unas reflexiones bíblicas y unas propuestas operativas y simbólicas, de modo que sirvan para ir formando ese imaginario cristiano que puede abrirnos al futuro de la iglesia.  Buen día de Pedro y pablo. Hasta mañana.

NOTAS

[1] Cf. G. Alberigo, Historia de los concilios ecuménicos, Sígueme, Salamanca 1993; A. Carrasco Rouco, Le primat de l’éveque de Rome. Étude sur la cohérence ecclésiologique et canonique du primat de jurisdiction, Studia Friburgensia, Fribourg 1990; A. B. Hasler Pius IX. (1846-1878): päpstliche Unfehlbarkeit und 1. Vatikanisches Konzil: Dogmatisierung und Durchsetzung einer Ideologie, Hiersemann, Stuttgart 1977; A. Riccardi, Il potere del Papa da Pio XII a Paolo VI, Laterza, Roma 1988; K. Schatz, Los concilios ecuménicos, Trotta, Madrid 1998; G. Thiels, Primauté et infaillibilité du Pontife Romain à Vatican I, Leuven University Press, 1989.

[2] Sólo ahora, después que los papas han perdido un poder político inmediato que habían venido ejerciendo a lo largo de casi 1.700 años, tenemos distancia suficiente para entender el tema en clave de evangelio. Sólo ahora que no poseen jurisdicción ni potestad fundada sobre esquemas imperiales (romanos), jerárquicos (platónicos) o sacerdotales (judaísmo del templo), los papas pueden presentarse, en la iglesia (con ella), como portadores de una autoridad plena y suprema, en línea de evangelio de los pobres y de sinodalidad cristiana.

[3] Cf. L. M. Bermejo, Infallibility on trial: Church, conciliarity, and communion, Westminster, Maryland 1992A. B. Hasler, Cómo llegó el Papa a ser infalible, Planeta, Barcelona 1980; H. Kung, ¿Infalible?: una pregunta, Herder, Buenos Aires 1972; Respuestas a propósito del debate sobre «infalible: una pregunta», Paulinas, Madrid, 1971; Ch. Ohly, Sensus Fidei Fidelium: zur Einordnung des Glaubenssinnes aller Gläubigen in die Communio-Struktur der Kirche im geschichtlichen Spiegel dogmatisch-kanonistischer Erkenntnisse und der Aussagen des II. Vaticanum, EOS, St. Ottilien 1999; K. Rahner (ed.), La infalibilidad de la Iglesia: Respuesta a Hans Küng, Ed. Católica, Madrid 1978; B. Sesboüé, El magisterio a examen: autoridad, verdad y libertad en la Iglesia, Mensajero, Bilbao 2004; G. Thiels, L’infaillibilité pontificale: source, conditions, limites, Duculot, Gembloux, 1969;AAVV, «Verdad y Certeza, en Torno al Tema de la Infalibilidad»: Concilium 81, 82, 83, Cristiandad, Madrid 1973.

[4] Aplicamos al Papa un modelo que suele aplicarse a los «dogmas» católicos marianos, pues cuando se afirma que María es Inmaculada y Asunta al cielo se está diciendo de ella algo que corresponde a todo el pueblo cristiano.

[5] Por eso, los ministerios eclesiales no deberían haber tenido un carácter jerárquico,  (cf. Mc 9, 33-37; 10, 35-45; Mt 23, 1-11). El Sumo Pontífice era un antiguo jerarca de Roma, vinculado al control sagrado del puente a cuyo lado había surgido la ciudad. Más tarde tomaron ese título y función los emperadores y por último los papas, que habían asumido ya la figura teocrática de los Sumos Sacerdotes de Jerusalén, viniendo a presentarse como los hombres sacralmente más significativos de occidente, como indicaban sus vestiduras y ceremonias. La Tiara del Papa era un «tocado alto», al que desde el año 1314 se aplicaban tres coronas que simbolizan su triple poder: político (padre de reyes), cósmico (representante del orden del mundo) y religioso (vicario de Cristo). Su uso, antes obligatorio en las ceremonias solemnes, fue abandonado a partir de Pablo VI.

[6] Cf. J. Ratzinger, «Primado, episcopado y «Successio apostólica» en general», en (K. Rahner y J. Ratzinger), Episcopado y primado, Herder, Barcelona 1965, 43-69.

[7] Esta superación del sacerdocio sacrificial está en la base del proyecto de R. Girard, aunque no haya deducido, que yo sepa, las consecuencias de su planteamiento. Entre sus obras: La violencia y lo sagrado, Anagrama, Barcelona 1983; El misterio de nuestro mundo, Sígueme, Salamanca 1982.

[8] La iglesia no es una agencia religiosa, donde unos ejercen funciones por otros (y el Papa por todos), sino experiencia de encuentro directo entre hombres y mujeres que aprenden a compartir compartiendo y a amar amando. Todo en la iglesia es comunicación personal, nada se delega, pues no hay en ella nada ya hecho (fabricado), sino que todo se va haciendo, a partir de lo que cada uno habla y come, siente, consiente y comparte, en comunión con (desde) los pobres. Todo es en ella mediación (cada uno ha de entregar la vida a los demás), pero nada se puede objetivar o delegar en unos mediadores entendidos como intermediarios, que deciden o realicen algo por los otros.

[9] La teología de los últimos decenios ha querido superar el platonismo, como ha mostrado J. Moingt, El hombre que venía de Dios I-IIDesclée de Brouwer, Bilbao 1995. Un esquema semejante debería aplicarse a la eclesiología.

[10]Ciertamente, el hecho de que el Papa sea Jefe de Estado no es una herejía (en el sentido actual del magisterio), ni siquiera parece un problema grave (como en otros tiempos), pero es un anacronismo folklórico y una falta de sentido, pues permite que el Papa actúe como Jefe de Estado (con una pequeña base territorial), con embajadores o nuncios, de tipo más político que cristiano. Sin duda, el Papa puede afirmar que está al servicio de los pobres y excluidos, pero no es uno de ellos (como Jesús y Pedro), sino que aparece más bien como magnate político-social. Por eso pedimos la disolución del Vaticano, cuyo territorio pasaría, sin contra-prestaciones, al Estado de Italia (o a los organismos de la UNESCO), de manera que el Papa fuera como los demás obispos, un simple ciudadano de la nación o sistema social en el que habita, sin más garantías que los restantes ciudadanos. Se pensó en otro tiempo que el Papa necesitaba poder político para realizar su función. Hoy sabemos que eso no es cierto. Sobre el aspecto social del tema, cf. AAVV, La Chiesa e il potere político del Medioevo all’età contemporanea, Storia d’Italia, Annali 9, Torino 1986; A. Riccardi, Il potere del papa da Pio XII a Giovanni Paolo II, Bari 1993; A. Alberigo y A. Riccardi (eds.), Chiesa e papato nel mondo contemporaneo, Bari 1990.

[11] Lógicamente, al obispo de Roma tendrá que elegirlo la diócesis de Roma, quizá a través de compromisarios que podrían llamarse incluso cardenales. Por otra parte, cada iglesia tiene sentido por sí misma, de manera que puede y debe suscitar sus ministros al servicio del evangelio, hombres o mujeres de comunión, para acoger a los excluidos y para fomentar la vida compartida; cada una tiene la misma autoridad de Cristo (cf. Mt 18, 15-20), pero, al mismo tiempo, cada una forma parte de una comunión de iglesias que comparten el único evangelio No se trata de que el Vaticano pierda su «poder» para que lo tomen los obispos de cada diócesis, sino de que desaparezca todo tipo de poder en la iglesia, para que ella pueda ser signo de la palabra de Jesús y de su amor gratuito, con unos posibles obispos y un Papa como representantes de ese encuentro de amor entre los hombres.

[12] Ciertamente, en ese concilio se podría seguir declarando extra ecclesiam nulla est salus (no hay salvación fuera de la iglesia), pero sólo en el sentido original de esas palabras: «no hay salvación sin comunión humana, pues la misma salvación es comunión (iglesia), comunicación de amor, que se ofrece a todos de un modo gratuito, desde los pobres y expulsados del sistema». No hay Dios sin donación de vida, no hay Dios sin expansión de amor, que se hace comunión y se abre a todos, por encima de las diversas religiones.

[13] El cristianismo es un Sínodo o red de relaciones que nunca se pueden objetivar, a fin de que nunca pueda surgir una persona (un Papa) o un comité (autoridad colegiada) que acalle a los demás y hable en su nombre sin haberles escuchado. Esta iglesia conciliar (con o sin Papa) sólo puede hablar si sus palabras son Palabra de los excluidos del sistema dominante (siendo así Voz de Dios). Este cristianismo conciliar no tiene que hacer cosas (alzar catedrales, crear comisiones, ganar guerras), sino simplemente ser puente o cátedra donde todos se encuentren dialogando. En este contexto se sitúan las funciones del Concilio y del Papa, que fueron discutidas en las controversias conciliaristas de la primera mitad del siglo XV (Constanza, Basilea, Florencia…). Son funciones inseparables y complementarias.

(1) El Concilio expresa la primacía de la comunicación, el surgimiento de redes que incluyan lo mediático, pero que no se encierren nunca en ello, en la pura red (web) de informaciones y conexiones impersonales, pues lo que importa es el contacto inmediato, en el plano de la vida, el encuentro directo, de los ojos con los ojos, de las manos con las manos, de la palabra con la palabra, en afecto corporal y espiritual, simbolizado en el pan compartido.

(2) Por eso es necesario volver a las personas, al Papa y a los hombres y mujeres insertos en esa red de conexiones y concilios, para recordarnos que son ellos, los hombres y mujeres concretos, los que entregan la vida y la comparten, en esperanza de resurrección. Una sociedad cuyas funciones pudieran realizarse por computadora no sería iglesia. No hay amor de carne y sangre, amor cristiano, por orden-ordenador (o por documento eclesial, o por ley organizada en archivos), sin comunión real, sin caricia concreta, sin pasión de vida. No hay iglesia sin comunicación directa, de palabra y pan, de humanidad mesiánica. En ciertos momentos, las celebraciones oficiales de la iglesia católica tienden a ser verticales, con un Papa, obispo o presbítero que actúan como “patrono”, diciendo desde arriba su palabra, mientras los fieles escuchan, reciben, asienten. Conforme a todo lo que vengo diciendo, ese modelo no es cristiano.

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