Catequesis sobre la ancianidad

Papa: «Los ancianos tenemos que escuchar el cuerpo y aceptar los límites. Todos, también yo tengo que caminar con el bastón»

El Papa, con bastón
El Papa, con bastón

«Cuando eres anciano, ya no mandas sobre tu  cuerpo…El vigor del cuerpo falla y nos abandona,  aunque nuestro corazón no deja de desear»

«Es la comunidad cristiana que debe cuidar de los ancianos: parientes y amigos. La visita a los  ancianos debe ser hecha por muchos, juntos y con frecuencia»

«Esta cultura del descarte intenta marginar a los ancianos, como si fuesen un peso, que es mejor esconder. Esto es una traición a la propia humanidad. Es algo terrible»

«Cuanto más se relacionen los ancianos con los jóvenes más futuro de esperanza habrá para la humanidad»

Por José Manuel Vidal

En su ciclo de catequesis sobre la ancianidad, el Papa Francisco aprovecha el relato de Marcos sobre la curación de la suegra de Pedro, para invitar a la comunidad cristiana a visitar “muchos, juntos y con frecuencia” a los ancianos, que “a menudo están solos”. Bergoglio, que saludo a la gente congregada en la Plaza de San Pedro, sentado en el papamóvil, reconoce, asimimso, que “cuando eres anciano, ya no mandas en tu cuerpo”, porque “el vigor del cuerpo falla y nos abandona,  aunque nuestro corazón no deja de desear”. Y el Papa aporta su propia experiencia al respecto: “Tenemos que escuchar el cuerpo y aceptar los límites. Todos, también yo tengo que caminar con el bastón”.

Por eso, el Papa denuncia, una vez más, que “esta cultura del descarte intenta marginar a los ancianos, como si fuesen un peso, que es mejor esconder; Esto es una traición a la propia humanidad, es algo terrible”. Y recuerda que “cuanto más se relacionen los ancianos con los jóvenes más futuro de esperanza habrá para la humanidad”.

En el saludo en italiano, el Papa volvió a recordar, una vez más, a la martirizada Ucrania: «Por favor, no olvidemos al pueblo martirizado de Ucrania en guerra. No nos acostumbremos a vivir como si la guerra fuese una cosa lejana. Nuestro recuerdo, nuestro afecto, nuestra oración, nuestra ayuda estén siempre cercanos a este pueblo que sufre tanto y que está sufriendo un auténtico martirio».

Texto íntegro de la catequésis del Papa

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!  

Hemos escuchado la sencilla y conmovedora historia de la sanación de la suegra de Simón – que  todavía no era llamado Pedro – en la versión del evangelio de Marcos. El breve episodio es narrado con  ligeras pero sugerentes variaciones también en los otros dos evangelios sinópticos. «La suegra de Simón  estaba en la cama con fiebre», escribe Marcos. No sabemos si se trataba de una enfermedad leve, pero en  la vejez también una simple fiebre puede ser peligrosa. Cuando eres anciano, ya no mandas sobre tu  cuerpo. Es necesario aprender a elegir qué hacer y qué no hacer. El vigor del cuerpo falla y nos abandona,  aunque nuestro corazón no deja de desear. Por eso es necesario aprender a purificar el deseo: tener  paciencia, elegir qué pedir al cuerpo, a la vida. Tenemos que escuchar el cuerpo y aceptar los límites. Todos, incluso yo tengo que caminar con el bastón.

La enfermedad pesa sobre los ancianos de una manera diferente y nueva que cuando uno es joven  o adulto. Es como un golpe duro que se abate en un momento ya difícil. La enfermedad del anciano  parece acelerar la muerte y en todo caso disminuir ese tiempo de vida que ya consideramos breve. Se  insinúa la duda de que no nos recuperaremos, de que “esta vez será la última que me enferme…”.

No se  logra soñar la esperanza en un futuro que aparece ya inexistente. Un famoso escritor italiano, Italo  Calvino, notaba la amargura de los ancianos que sufren el perderse las cosas de antes, más de lo que  disfrutan la llegada de las nuevas. Pero la escena evangélica que hemos escuchado nos ayuda a esperar y  nos ofrece ya una primera enseñanza: Jesús no visita solo a esa anciana mujer enferma, va con los  discípulos.  

Es la comunidad cristiana que debe cuidar de los ancianos: parientes y amigos. La visita a los  ancianos debe ser hecha por muchos, juntos y con frecuencia. Nunca debemos olvidar estas tres líneas del  Evangelio. Sobre todo hoy que el número de los ancianos ha crecido considerablemente.Hay muhcos ancianos y poco jóvenes, a causa del invierno demográfico. Debemos sentir  la responsabilidad de visitar a los ancianos que a menudo están solos y presentarlos al Señor con nuestra  oración. El mismo Jesús nos enseñará a amarlos. «Una sociedad es verdaderamente acogedora de la vida  cuando reconoce que ella es valiosa también en la ancianidad, en la discapacidad, en la enfermedad grave  e, incluso, cuando se está extinguiendo» (Mensaje a la Pontificia Academia por la Vida, 19 de febrero de  2014).

Curación de la suegra de Pedro
Jesús cura a la suegra de Pedro

Jesús, cuando ve a la anciana mujer enferma, la toma de la mano y la sana poniéndola de nuevo de  pie. Jesús, con este gesto tierno de amor, da la primera lección a los discípulos: la salvación se anuncia o,  mejor, se comunica a través de la atención a esa persona enferma; y la fe de esa mujer resplandece en la  gratitud por la ternura de Dios que se inclinó ante ella.  Vuelvo sobre un tema que he repetido: Esta cultura del descarte intenta marginar a los ancianos, como si fuesen un peso, que es mejor esconder. Esto es una traición a la propia humanidad. Es algo terrible. Los viejos tienen mucho que darnos: la sabiduría de la vida. Hay que enseñar a los niños a que vayan a aver a sus abuelos. El diálogo entre jóvenes y viejos es fundamental para la sociedad y la Iglesia. Sin ese diálogo, crece una sociedad sin sabiduría y sin raíces.

Si la primera lección la dio Jesús, la segunda nos la da la anciana, que “se levantó y se puso a  servirles”. También como ancianos se puede, es más, se debe servir a la comunidad. Está bien que los  ancianos cultiven todavía la responsabilidad de servir, venciendo a la tentación de ponerse a un lado. El  Señor no les descarta, al contrario les dona de nuevo la fuerza para servir. Y me gusta señalar que no hay  un énfasis especial en la historia por parte de los evangelistas: es la normalidad del seguimiento, que los  discípulos aprenderán, en todo su significado, a lo largo del camino de formación que vivirán en la  escuela de Jesús. Los ancianos que conservan la disposición para la sanación, el consuelo, la intercesión  por sus hermanos y hermanas – sean discípulos, sean centuriones, personas molestadas por espíritus malignos, personas descartadas… -, son quizá el testimonio más elevado de pureza de esta gratitud que  acompaña la fe.

Audiencia papal
Audiencia papal

Si los ancianos, en vez de ser descartados y apartados de la escena de los eventos que  marcan la vida de la comunidad, fueran puestos en el centro de la atención colectiva, se verían animados a  ejercer el valioso ministerio de la gratitud hacia Dios, que no se olvida de nadie. La gratitud de las  personas ancianas por los dones recibidos por Dios en su vida, así como nos enseña la suegra de Pedro,  devuelve a la comunidad la alegría de la convivencia, y confiere a la fe de los discípulos el rasgo esencial  de su destino.  

Pero tenemos que entender bien que el espíritu de la intercesión y del servicio, que Jesús prescribe a todos sus discípulos, no es simplemente una cosa de mujeres: en las palabras y en los gestos de Jesús no  hay ni rastro de esta limitación. El servicio evangélico de la gratitud por la ternura de Dios no se escribe  de ninguna manera en la gramática del hombre amo y de la mujer sierva. Sin embargo, esto no significa que las mujeres, sobre la gratitud y sobre la ternura de la fe, puedan enseñar a los hombres cosas que a  ellos les cuesta más comprender. La suegra de Pedro, antes de que los apóstoles llegaran, a lo largo del  camino de la secuela de Jesús, les mostró el camino también a ellos. Y la delicadeza especial de Jesús,  que le “tocó la mano” y se “inclinó delicadamente” ante ella, dejó claro, desde el principio, su  sensibilidad especial hacia los débiles y los enfermos, que el Hijo de Dios ciertamente había aprendido de  su Madre. Por favor, intentemos que los viejos estén cercanos a los jóvenes, para transmitirles la sabiduría de la vida. Cuanto más se relacionen los ancianos con los jóvenes más futuro de esperanza habrá para la humanidad.

Ancianos

Saludo en español

Queridos hermanos y hermanas: 

Hoy nos ayuda a reflexionar sobre la ancianidad el relato de la curación de la suegra de Simón,  una mujer enferma que recibe la visita de Jesús, y su vida cambia. En este breve pasaje evangélico  encontramos varias enseñanzas. Vemos, en primer lugar, que Jesús no va solo, sino acompañado de  sus discípulos. Esto nos recuerda que son los miembros de la comunidad cristiana —los familiares, los amigos— quienes visitan, consuelan y ayudan a las personas mayores que atraviesan momentos  de dificultad.  

También son significativos los gestos que realiza Jesús y la actitud de esta mujer. Jesús se  acerca a ella, la toma de la mano y hace que se levante, con delicadeza y ternura. Inclinándose ante  quien lo necesita, Jesús revela su sensibilidad por los que sufren y anuncia la salvación. La suegra de  Pedro, al verse curada, responde con gratitud y espíritu de servicio. Podemos decir que agradece los  dones que ha recibido de Dios con fe y alegría, a través de obras concretas

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