S. Buenaventura (El Doctor Seráfico)

San Buenaventura
San Buenaventura

Los siglos XII y XIII representan la culminación de la Escolástica, que jugó un importante papel en la filosofía y teología cristiana de todos los tiempos. El triunvirato filosófico-teológico formado por Juan Duns Scoto, (Doctor sutil), Tomás de Aquino (Doctor angélico) y Buenaventura (Doctor seráfico), elevaron las disputas escolásticas a unos niveles difíciles de alcanzar.

Ángel Gutiérrez Sanz

Los siglos XII y XIII representan la culminación de la Escolástica, que jugó un importante papel en la filosofía y teología cristiana de todos los tiempos. El triunvirato filosófico-teológico formado por Juan Duns Scoto, (Doctor sutil), Tomás de Aquino (Doctor angélico) y Buenaventura (Doctor seráfico), elevaron las disputas escolásticas a unos niveles difíciles de alcanzar.

Juan de Fidanza, que así se llamaba nuestro santo de hoy, nació en Bagnoregio, población italiana (Viterbo) en la Toscana, entre los años 1217 o 1218. El padre, que llevaba su mismo nombre, ejercía la profesión de médico y su madre, María, tuvo que cuidarle con desvelos durante una grave enfermedad que sufrió durante su infancia y de la que sanó por especial intercesión de S. Francisco de Asís a quien fue consagrado. 

 Sujeto dotado de cualidades intelectuales excepcionales, ingresa como alumno en la Universidad de Paris a los 14 años, donde impartían sus lecciones, acreditados maestros como Alejandro de Hales. En este periodo de su vida a la vez que su inteligencia se llenaba de conocimientos, su corazón se iba empapando del espíritu franciscano. Según sus propias palabras, la orden de S, Francisco le atraía porque veía en ella el hermoso maridaje entre la sencillez evangélica y la ciencia. En esta orden acabaría ingresando siendo todavía muy joven, para entregarse por entero y ponerse a su servicio en cuerpo y alma. 

 Al poco tiempo de haber terminado sus estudios a pleno rendimiento, le vemos ya impartiendo clases en esta misma universidad. Durante un decenio que ejerció como profesor universitario fue la admiración, no solo de los alumnos, sino también de los profesores.  De su profundo y vasto conocimiento teológico da sobradas muestras en su gran obra titulada “Comentario sobre las Sentencias de Pedro Lombardo”, que venía a ser, al ejemplo de Sto. Tomás, una Suma Teológica en toda regla. Esta lumbrera, que causaba admiración en el mundo universitario, estaba también dotado de unas cualidades humanas envidiables, entre las que había que destacar el buen juicio, prudencia, sencillez, paciencia, naturalidad, espíritu de oración y por supuesto la humildad, tal como viene a corroborar el hecho de que en una ocasión unos legados del papa llegaron al convento para informarle de su nombramiento cardenalicio y se lo encontraron lavando platos.

Aparte de intelectual de altos vuelos era un hombre organizador. La orden franciscana hacía no más de 50 años que había sido fundada y necesitaba una estructuración en toda regla, por lo que la comunidad franciscana pensó en este hombre para desempeñar el puesto de maestro general de la Orden en 1257 y la elección fue un acierto, porque en estos momentos era exactamente la persona que se necesitaba. Desde este nuevo cargo armonizó las corrientes enfrentadas que habían surgido con la muerte de su fundador.  Durante 18 años viajó por Francia, Alemania, Italia y España, celebrando capítulos generales y provinciales, elaboró unos estatutos equilibrados y supo dotar de sólida estructura a la obra recibida en herencia, hasta el punto que podía decirse que si S. Francisco fue quien fundo la orden franciscana, Buenaventura fue quien la dotó de la organización necesaria para su correcto funcionamiento, por lo que mereció justamente que fuera considerado como “el segundo fundador”.

En cuanto escritor baste decir que, tanto en sus obras teológicas como místicas, encontramos una síntesis del pensamiento y la espiritualidad cristiana, expresados con claridad, precisión y elegancia. Nada de particular tiene que las gentes buscaran su consejo, que papas y reyes le pidieran asesoramiento. En lógica consecuencia fue nombrado cardenal y se le encargó la preparación del segundo concilio ecuménico de Lyon, siendo él mismo quien se encargaría de dirigir los debates. Este sería su último servicio a la Iglesia y a su orden, pues la muerte le iba a sorprender un 15 de Julio de 1274, poco antes de finalizar el concilio.  Semejantes a los honores y reconocimientos que este humilde franciscano tuvo en vida fueron los que tuvo después de su muerte, siendo reconocido y admirado como, “santo” “doctor seráfico”, “segundo fundador de la orden franciscana” y “príncipe de los místicos”

 Reflexión desde el contexto actual:

Los escritos bonaventurianos siguen leyéndose en nuestro mundo dominado por la técnica, la velocidad y las prisas, como lo prueba el hecho de que están siendo reeditados. El secreto de este hecho infrecuente está en que la obra de S. Buenaventura no es solo fruto de la inteligencia, sino también producto de los pálpitos del corazón y éstos, como bien se sabe, no envejecen nunca. De entre los muchos pensamientos bonaventurianos que pueden servirnos para una reflexión serena, yo me quedaría con éste de una aplicación práctica innegable: «El gozo espiritual es la mejor señal de que la gracia habita en un alma».

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