La humanización de la vejez

La humanización de la vejez
La humanización de la vejez

«‘En la vejez seguirán dando frutos’ es la respuesta a la contracorriente de lo que piensa el mundo y de la actitud resignada de muchos en esa situación»

«Ahora mismo prima la cultura del descarte: marginación o puesta de distancia»

«Son momentos muy delicados. A pesar de todo: ¡Bendita la casa que cuida a un anciano! ¡Bendita la familia que honra a sus abuelos!»

«Quizás nos haría bien, por el contrario, escuchar e interiorizar este mantra: ¡Envejecer no es una condena, es una bendición!»

«Se podría llevar una ancianidad activa en todos los órdenes. Pero, muy especialmente, humanizando este mundo tan deshumanizado. Reviste un carácter transversal»

«Prestando una atención específica a las relaciones humanas con los demás, amigos y no tan amigos, restañando muchas heridas del pasado. Con la ayuda a los pobres y afligidos a quienes siempre podemos dar consuelo y afecto. Sobre todo, con nuestra propia familia, con nuestros hijos y nietos»

«Frente a todo esto, ha subrayado Francisco, necesitamos un cambio profundo, una conversión que desmilitarice los corazones, permitiendo que cada uno reconozca en el otro a un hermano»

Por Gregorio Delgado del Río

Con motivo de la Jornada mundial de los abuelos y mayores, el papa Francisco ha querido transmitirnos a todos una buena noticia, un verdadero evangelio. Lo ha hecho con el versículo 15 del Salmo 92: “en la vejez seguirán dando frutos”. Maravilloso pensamiento positivo, transmisor de estimulante optimismo y energía. Es la respuesta a contracorriente de lo que se piensa, generalmente, en esta sociedad tan narcisista. Y, lo que es más grave, a contracorriente de la actitud resignada de muchos de nosotros, ya en el atardecer final de la vida, que, por circunstancias diferentes, deambulamos sin ya esperanza alguna de futuro. Pues, no. ¡Todavía podemos dar frutos! Claro que sí.

Es obvio, sin embargo, que en la sociedad actual prima la cultura del descarte. A muchos en ella, nuestra situación les da miedo. Probablemente, con infinita pena, lo veamos reflejado, a veces, en la cara de nuestros propios hijos. Parece como si, a esta sociedad tan egoísta, los ancianos no le concerniesen y, por ello, hasta fuese mejor su alejamiento. Quizás, incluso, se prefiera y se propicie su encerramiento en centros al respecto y, de este modo, evitar el tener que hacerse cargo de sus preocupaciones. Da la impresión, en ocasiones, que se busca y se desea poner distancia o tierra de por medio.

No es fácil gestionar la situación. Hemos llegado al final de la actividad laboral. Los hijos ya hacen su vida independiente con sus propias familias. Desaparecen las motivaciones por las que, en su momento, gastamos tantas energías. Las fuerzas van claramente en baja o la aparición de alguna enfermedad trastorna nuestra quietud. A los hijos no siempre les es fácil prestarnos la atención que solicitamos. Nos cuesta mantener el paso en la vida. Nos sentimos solos, frágiles y abandonados.

Son momentos muy complicados. Se hace presente la tentación de interiorizar el descarte. Es ahora, y a pesar de todo, cuando necesitamos proclamar con Francisco una grata realidad, siempre posible: ¡Bendita la casa que cuida a un anciano! ¡Bendita la familia que honra a sus abuelos!

En realidad, la situación a la que se nos ha dado llegar no es fácil de comprender ni para quienes ya la vivimos por necesidad. Lo cierto es que nadie nos ha preparado para adaptarnos a ella. Ni siquiera nosotros nos hemos preocupado de cultivar actitudes, aficiones y oportunidades para ese futuro seguro. Suele presentarse por sorpresa y nos pilla sin resortes para interpretarla. Y ante semejante panorama, “por una parte, estamos tentados de exorcizar la vejez escondiendo las arrugas y fingiendo que somos siempre jóvenes, y, por otra, parece que no nos quedaría más que vivir sin ilusión, resignados a no tener ya “frutos para dar” (Francisco). Se ha de huir de ambas tentaciones.

Quizás nos haría bien, por el contrario, escuchar e interiorizar este mantra: ¡Envejecer no es una condena, es una bendición! Sobre el mismo, se podría llevar una ancianidad activa en todos los órdenes. Pero, muy especialmente, humanizando este mundo tan deshumanizado.

Aunque, personalmente, lo entiendo como la derivada del misterio más esencial del cristianismo, reviste un carácter trasversal. Esto es, no es necesario ser cristiano para vivirla de ese modo. ¿Cómo llevarlo a cabo? Muy sencillo: Prestando una atención específica a las relaciones humanas con los demás, amigos y no tan amigos, restañando muchas heridas del pasado. Con la ayuda a los pobres y afligidos a quienes siempre podemos dar consuelo y afecto. Sobre todo, con nuestra propia familia, con nuestros hijos y nietos. Siempre se puede dulcificar la convivencia si se cambia de actitud, si se pone amor y ternura. Los demás, ante ese tu testimonio de amor, cambiarán su actitud.

Existe un pasaje evangélico (Mt 25, 31-46) que, personalmente, he interpretado como concluyente y definitivo. El criterio del bien y del mal, en el juicio final, no es puesto en nuestra relación con Dios a través de los rituales y ceremonias en que hayamos participado, ni en las doctrinas que hayamos abrazado, ni en la sumisión y obediencia a los líderes religiosos, ni en el cumplimiento riguroso de los preceptos religiosos. El criterio estará en función de lo que hayamos hecho con los demás, y especialmente con los más necesitados, con los enfermos, los marginados y despreciados de este mundo. “Dios, se funde y confunde con lo humano” (Castillo). Por tanto, “solo se tendrá en cuenta la humanidad de cada uno”.

Frutos

Para comprender la verdadera dimensión de esta novedosa realidad, enseñada por Jesús, es suficiente la lectura de dos versículos que contienen la respuesta del Rey a las preguntas de los aceptados en el reino y de los apartados del mismo. ¿Cuándo te vimos hambriento, sediento, inmigrante, desnudo, enfermo o encarcelado? (vs. 37-39). El Rey les responderá: “Os digo que cuanto hicisteis al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hicisteis” (v. 40). ¿Cuándo te vimos hambriento….? (v. 44). Él les responderá: “Os dijo que cuanto dejasteis de hacer a uno de estos más pequeños, a mí dejasteis de hacerlo”(v. 45). La enseñanza es muy clara: “… lo que se haga o se deje de hacer con cualquier ser humano, en definitiva, a quien se le hace o se le deja de hacer es a Dios (…) La respuesta del Señor … no es poner al hombre en lugar de Dios, sino la afirmación de que los humanos no tenemos otro sitio ni otra forma de encontrar a Dios que nuestra propia humanidad” (Castillo).

“Frente a todo esto, ha subrayado Francisco, necesitamos un cambio profundo, una conversión que desmilitarice los corazones, permitiendo que cada uno reconozca en el otro a un hermano”. Todos somos hijos de Dios, y hermanos, pues fuimos creados a su imagen y semejanza. Podemos, no obstante nuestra ancianidad, dar el testimonio de ver a los demás con la mirada amorosa y humanizadora de Dios.

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