Jesús y Francisco

escrito por  J. I. González Faus

Hay en los evangelios un dicho sobre Jesús que parece repetirse en el actual obispo de Roma. No en plan de igualdad, por supuesto, pero sí como el ejemplo y el estilo del Maestro que se reflejan en el discípulo. Me estoy refiriendo a la frase de Lucas (2,35): “Este ha venido para que salgan a la luz los pensamientos de fondo de muchos corazones”.

1. Datos. En efecto: Jesús puso en evidencia lo que había en el fondo de muchos sumos sacerdotes, de muchos saduceos y de muchos “judíos respetables”. Tanto que todos los evangelios repiten varias veces que la reacción ante algunas conductas de Jesús fue que “tomaron la determinación de acabar con Él”.

Encontramos esa reacción en Marcos (3,6), ya al comienzo de su relato y cuando las cosas iban mejor. Y con el significativo detalle de que en esa decisión se unen enemigos irreconciliables como eran “los fariseos y los herodianos”. La encontramos también en Mateo (26,4) en una reunión celebrada ex profeso para eso, y con el cuidado de hacerlo de manera “que no se amotine el pueblo”. La encontramos repetida en Juan, el evangelio que parece presentar a un Jesús más celestial: “pretendían matarle porque no solo curaba en sábado sino que se hacía igual a Dios” (5,18), lo que acabará en la decisión “oficial” de 11,53: “acordaron matarle”. Lucas habla de un intento de despeñarle (4,29) y de un afán por “tenderle lazos” (11,53). Y eso que Lucas parece mucho menos preocupado por la reacción de los poderosos y más por la del pueblo sencillo que alababa y daba gracias a Dios porque sentían que un gran Profeta les había visitado (cf. 7,17).

2. Razones. Si nos preguntamos qué es lo que provocaba esas decisiones tan furiosas y tan retorcidas, creo que hay tres rasgos en la conducta de Jesús que las explican suficientemente y que sacan a la luz lo que hay por debajo de las apariencias, en el fondo de nuestros corazones:

a.- Por un lado, Jesús parece poner a las personas concretas (y sobre todo: sus necesidades más primarias) por encima de las instituciones más sagradas. Suena muy aceptable la argumentación del jefe de la sinagoga en Lc 13,14: “la semana tiene seis días para que vengáis a curaros en vez de hacerlo en día de precepto”. Pero Jesús considera que aquella enferma tiene derecho a no esperar ni un día más, tras tantos años de sufrimiento y porque (en el lenguaje de la época) la enfermedad es obra de Satán y no de Dios; mientras que los hombres ponemos las excepciones a la ley en nuestros animales antes que en las personas (cf. Lc 13,15 y 14,5). Algo parecido se refleja en alguna parábola como la del buen samaritano: pues, según explican los exegetas, aquellos que pasan de largo tenían buenas razones sociales para obrar así.

b.- Por otro lado, Jesús da la sensación de ser acogedor y comprensivo con “los de fuera”, mientras resulta autocrítico y hasta duro con los de dentro. En los evangelios, los samaritanos quedan mejor que los judíos. Recordemos además que las dos únicas veces que Jesús alaba la fe de alguien (Él que tanto se quejaba de la “poca fe” de los suyos), se trata de dos personas no judías: el centurión y la mujer cananea. Y recordemos también la amenaza de que vendrán muchos “de fuera” a sentarse a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob, mientras los hijos del pueblo no entrarán (Mt 8, 11.12).

c.- Finalmente Jesús es implacable con los ricos, a los que dice: “ay de vosotros porque ya tenéis aquí vuestro consuelo” (Lc 6,24), y les enseña que es imposible que se salven mientras no pongan su riqueza al servicio de los pobres (cf. Mc 10, 22-24): porque el ídolo más contrario a Dios es precisamente la riqueza privada (“Mammon”, Mt 6,24).

Es muy comprensible que esos tres rasgos del proceder de Jesús fueran desatando poco a poco recelos, hostilidades y finalmente una ira y una rabia mal contenidas: porque, efectivamente, pueden poner en evidencia lo que hay en el fondo de nuestros corazones.

Pues bien: lo curioso es que este mismo proceso parece ser el de las reacciones de muchos bienestantes frente al actual obispo de Roma. Veamos algunas

3. En Francisco. Ya no es simplemente que se le llame comunista o tercermundista, ni que todo un cardenal le acuse de no cumplir el evangelio, ni que se le llame el papa de los ateos. Es la furia de todo un diputado brasileño que le tacha simplemente de “sinvergüenza”: aquí, la crítica con algún contenido aparente, se ha transformado sin más en insulto barriobajero. Y eso mismo parecen reflejar (aunque no sé si son ciertas) estas palabras que me envía un amigo como escritas por un periodista español: “Juan Pablo II fue un papa santo; Benedicto XVI un papa sabio, Francisco es un papa-natas”. Semejante falta, no ya de respeto, sino de educación elemental, refleja esa rabia impotente y descontrolada de quien, si pudiera, acabaría con él. Pero claro: al reflejar esa rabia pone otra vez en evidencia lo que hay en el fondo de muchos corazones…

Y es que las tres formas de conducta destacadas en Jesús atacaban nuestra estabilidad, nuestra vanidad autocomplaciente y nuestra seguridad y pretensión de ser superiores. “Una mica massa” que dirían mis hermanos catalanes. 

Pues bien: algo de eso parecen amenazar también algunas conductas de este papa que prefiere viajar a Irak, a Lampedusa, a Palestina, a Cuba, a la República Centroafricana y a Marruecos, antes que a “la católica España”. O que se reúne con los gitanos, que grita a favor de los inmigrantes y se deja quitar el solideo por un niño de diez años… Ya en los comienzos de su ministerio, se le acusó con razón de “desacralizar el papado”. Lo cual es muy serio: porque el papa era antes una especie de “depósito de sacralidad” que funcionaba muy bien como arma defensiva de los bienestantes. Y eso se ha evaporado. 

Por otro lado, aunque muchas de las cosas que Francisco dice de economía, las habían dicho ya sus predecesores, estos las dijeron en largas encíclicas (que muy pocos leían), entre mil frases teológicas, donde perdían sabor como un trago de un vino fuerte disuelto en un litro de agua… En cambio Francisco ha dicho muchas de esas cosas sin aguarlas y en cualquier sitio, de modo que todo el mundo se entera y hasta las repite como eslóganes: “una economía que mata”, “la cultura del descarte”… Así se comprende lo furibundo de algunas reacciones y lo que el mismo Francisco dijo en Eslovaquia: “Algunos me querrían muerto”. ¡Y tanto!

Seguramente ya es tarde para planear algún atentado bien disimulado. Quedan recursos como desacreditar a la Iglesia presentándola como la única culpable del horror de la pederastia, a pesar de que Francisco ha sido quien más valientemente ha actuado contra esa plaga. En cualquier caso, me temo que a Francisco le queden días harto difíciles. Porque, por el otro lado, se le acusa de ser remiso en el tema de la mujer, a pesar de que es el papa que más ha hablado de la necesidad de un mayor protagonismo de la mujer en la marcha de la Iglesia, y que más cargos de cierta entidad ha procurado cubrirlos con mujeres. Pero una impaciencia, más humana que divina, impide comprender que Francisco tiene aquí las manos muy atadas no solo por declaraciones aún muy cercanas de sus predecesores inmediatos, sino por razones ecuménicas, como son las iglesias de la llamada “Ortodoxia”. Olvidamos aquí que la sinodalidad, a la que tanto cantamos ahora, muchas veces ha de significar “paciencia”. Por lo demás, es esta una conducta muy frecuente en las sociedades humanas: en el campo político hemos sido testigos muchas veces de que reivindicaciones extremas, que estaban muy calladas cuando el gobierno estaba en manos de la derecha, se levantan con urgencia cuando acceden al poder las izquierdas, creando problemas innecesarios a gobiernos de mayoría frágil. Humano, demasiado humano…

4. Acusaciones concretas. Un último punto a destacar puede ser la vacuidad de contenidos de esas acusaciones tan furibundas en los dos casos que comentamos: de Jesús se dice que “ha blasfemado”, “amotina al pueblo”, quiere proclamarse rey… Y por eso “reo es de muerte”. Pero resulta que Jesús enseñaba la paternidad y el amor de Dios, curaba al pueblo y huyó cuando quisieron proclamarlo rey. Una vacuidad parecida podemos encontrarla en el insulto contra Francisco antes citado, que hablaba de Wojtila como papa santo, de Ratzinger como papa sabio y de Bergoglio como papanatas. Vale la pena analizar esas comparaciones.

Personalmente, no tengo nada contra la santidad personal del papa Wojtila. Incluso escribí un pequeño librito para hacer comprensible a Juan Pablo II, situándolo en su contexto polaco. Digo esto como muestra de que no hay, en lo que sigue, nada contra él. Simplemente sucede que los santos canonizados deben ser modelos para nosotros. 

Y bien: no resulta nada modélica la conducta de quien encubrió al monstruo de Maciel, lo presentó como modelo a la juventud y hasta se negó a actuar cuando las pruebas llegadas a Roma eran más que evidentes (recordemos que una de las primeras decisiones que tomó Ratzinger, nada más llegar a la silla de Pedro fue ordenar a Maciel que se retirara de toda actividad sacerdotal y se dedicara a la oración y silencio). Tampoco impidió esa santidad las profundas diferencias con otro santo canonizado: San Oscar Romero, amenazado por Roma con ponerle un “coadjutor con derecho a sucesión” que le apartaba prácticamente del gobierno de la diócesis. Tampoco resulta muy modélica la sospecha de connivencia de Roma, en aquella época, con las dictaduras sudamericanas donde el anticomunismo justificó crueldades increíbles: estamos simplemente ante la reacción típica de un mundo dividido en dos sistemas, donde las víctimas de uno de los dos sistemas no toleran las críticas al otro al que miran como alternativa. Una reacción que ha sido típica tanto de las derechas como de las izquierdas. Finalmente, queda lo irregular de su proceso de beatificación que se saltó las normas canónicas establecidas. El grito de “santo súbito” no quiso ser un grito piadoso sino un grito interesado: el papa enemigo feroz del comunismo era una excelente vacuna contra todo intento de reforma social entre nosotros.

Por lo que hace al papa sabio, a cuyas clases asistí en Tübingen en el curso 1966-67, queda la pregunta de si su sabiduría está en lo que los comentaristas llaman “el primer Ratzinger” o en su evolución posterior. Probablemente estuvo en su valiente e insólita decisión de dimitir, cuando comprendió que no era él la persona adecuada para afrontar el dossier sobre la situación de la Curia, que luego hizo que los cardenales eligieran a Bergoglio: al “papanatas” le cayó aquel problemón. Y basta, por ejemplo, con leer las declaraciones de Francisco a la curia romana, para comprender que quien tuvo el valor de hablar así, podía estar sembrando hostilidades ciegas que algún día mirarían de pasarle factura.

Por eso podemos cerrar este paralelismo entre el destino de Jesús y el de Bergoglio, con las mismas palabras del Maestro: “Si al Señor de la casa le han llamado Beelcebul, ¿qué no llamarán a sus servidores?” (Mt 10,25). Donde lo de papanatas todavía casi resulta caritativo. Creo, pues, que lo mejor que podrían hacer esos críticos es releer la carta de Pablo a los romanos, como dirigida no a una comunidad cristiana del pasado, sino a ellos mismos y a todo el género humano. Verían así cómo la liberación por Cristo de nuestro afán de autoafirmación (Rom 1-8) es una espléndida ayuda para construir comunidad (Rom 12-16).

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