Los talentos

La parábola de los talentos: hace falta armarse de valor

  


Las breves reflexiones que siguen no se sitúan en el plano exegético ni académico, sino en el de la experiencia de una existencia que, desde hace mucho tiempo, se enfrenta a la parábola de los talentos viéndola como un texto que puede suponer un programa de vida completo ; aspectos que solo pueden emerger con un estudio largo y cuidadoso. Por otra parte, el plano ni siquiera es el académico ya que aquí no pretendemos hacer alarde de doctrina y erudición, sino simplemente compartir los estímulos y sugerencias que la parábola me inspiró y aún me sigue inspirando.

Esto no significa tratar de plegar el sentido del pasaje evangélico a mis necesidades y mi búsqueda de sentido, sino, dejarme guiar y moldear por las palabras que relata Mateo.

Concretar la experiencia

En mi experiencia, la lectura de la parábola de los talentos se estructura en torno a dos preguntas fundamentales: ¿qué son para mí los talentos?, ¿para qué los recibí? En consecuencia, mi primer objetivo es tratar de responder a estas preguntas y, posteriormente, tratar de resumir con algunas conclusiones que se refieren a la concreción de la experiencia.

Para responder a las dos preguntas recién mencionadas es necesario adelantar una premisa a la que se dirige inmediatamente el texto de Mateo: los talentos no son ni pueden ser exigidos, sino que son dados gratuitamente a cada uno según una medida que no nos corresponde a nosotros juzgar.

Si ahora abordamos la primera pregunta, se pueden formular dos respuestas relacionadas pero distintas. En primer lugar, los talentos para mí están constituidos por el tiempo, por la existencia que se me permite vivir, recordando que cada momento no es solo un instante del kronos que fluye inexorablemente, sino un kairos único e irrepetible, en el que debo saber ponerme juego con todas mis fuerzas.

Los talentos son mis aptitudes y habilidades, pocas o muchas, que debo aprender, ante todo, a discernir y reconocer, y luego comprometerme a hacerlas fructificar con una lógica de multiplicación que es lo que nos recuerda la parábola. Queriendo responder a la segunda pregunta y hablando como creyente, debo subrayar que el primer fin para el que me han sido dados los talentos es la edificación del Reino de Dios y esto, en la parábola, es precisamente lo que supone el retorno del patrón que tiene un significado escatológico, pero también terrenal porque el Reino debe tomar ya forma concreta en nuestra vida y en nuestro compromiso.

Los talentos deben ser invertidos para el bien y el crecimiento de la comunidad eclesial en la que nadie es espectador o receptor pasivo, sino protagonista de iniciativas y acciones para las que es absolutamente necesaria su contribución insustituible. Finalmente, los talentos son dados a cada uno para su crecimiento personal y para hacer su propia existencia cada vez más conforme al plan que Dios tiene para cada uno de nosotros.

Atreverse

Para poder cooperar eficazmente en este plan, este debe ser conocido y aquí tiene mucho que ver el tema del discernimiento al que debe seguir, como decíamos al principio, un claro programa de vida, que es programa de Dios para cada uno de nosotros y que hemos de poner en práctica en todo momento y en toda circunstancia.

Llegados a este punto, es posible sacar algunas conclusiones concisas y la primera, que para mí es especialmente significativa, se puede resumir en dos palabras clave: saber atreverse. No importa cuántos y qué talentos hayamos recibido, lo que importa es tener el valor de invertirlos y arriesgarse sin ser perezosos ni conformarse con lo que ya se tiene y se es porque siempre nos lo pueden quitar si no cooperamos a un crecimiento continuo de nosotros mismos y de lo que tenemos.

En el compromiso de invertir los talentos, pues, nunca debemos olvidar que todo es don y que estamos llamados a ser administradores eficaces, pero nunca dueños de lo que no nos hemos dado a nosotros mismos, sino que proviene solo de la bondad gratuita de Dios.

La última consideración final es consecuencia directa de las dos anteriores: si todo me es dado y si no me lo he dado yo, seré llamado a dar cuenta de ello debiendo justificar no tanto el resultado concreto (diez o cuatro talentos), sino mi actitud y mi adhesión vital a la voluntad de Dios.

«Es como un hombre que, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”. Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”. Su señor le dijo: “¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó también el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. El señor le respondió: “Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”».

Mateo 25, 14-3

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