Dios como Abba e Imma

No temas, pequeño rebaño; vuestro Padre ha querido daros el reino (Lc 12, 32)

El Dios de Jesús es Abba, Padre, siendo también Imma, es decir, madre. Estos dos nombres unidos, que Jesús ha recreado (como mesías materno/paterno) nos sitúan ante  la experiencia más honda de la vida humana, en la raíz del evangelio.

Mons. Romero en La Chacra

Por| X. Pikaza

 Las dos palabras (Abba Imma) son inseparables, pues, en principio, el Padre depende de la Madre. En el centro del Nuevo Testamento se encuentra la palabra Abba, que Jesús ha utilizado en su oración, al referirse al Padre (cf. Mc 14, 36 par). Ésta es una palabra de la Biblia Cristiana, pero ella sólo puede interpretarse a partir de la madre (Imma), que se la transmite al niño, aunque luego ella queda a veces en la penumbra. Sólo cuando Imma (o la que hace sus veces) enseña al niño a decir Padre , y cuando el niño dice así (Abba)  la vida tiene sentido y el hombre se sabe enraizado en la marcha divina de la vida.

Diciendo Abba, el niño no se aleja de la madre, para caer en manos de un mal patriarcalismo, sino que penetra en la experiencia más honda de la madre, que pone al niño ante su padre.  Para que la vida del niño madure en riqueza y diálogo hace falta una buena madre (Imma) que le lleve al Abba,  entrando en la relación mutua del padre y de la madre, que será principio de todas las restantes relaciones (con los hermanos, con los otros).

Abba no es una palabra técnica, propia de discusiones eruditas,  sino la más sencilla de todas las palabras, casi onomatopéyica, que el niño pronuncia y comprende en el mismo principio de su vida, al referirse cariñosamente al padre (abba), en unión (a partir) de la madre (imma) como primera de todas las experiencias que son, al mismo tiempo, profanas y sagradas. No es palabra aislada, que se entiende por sí misma, sino que forma parte de una relación doble: Imma-Abba, Madre-Padre. Por eso, tomada en sí misma, ella alude a un padre que no solamente incluye elementos de madre (padre materno, padre tierno), sino que sigue teniendo a su lado a la madre, de la que depende (la Madre es la que sigue haciendo que el hijo diga Padre).

Un Abba sin Imma no es sólo enfermizo sino contrario al evangelio, pues al lado del Abba ha de estar la Imma como iniciadora y testigo del Padre. Su misma cercanía (las dos palabras marcan el acceso del niño a la vida personal consciente) definen su identidad. Muchos han aplicado a Dios palabras muy sabias, como si hubiera que dejar la infancia para encontrarle, como si la experiencia del niño fuera incapaz de abrirnos a la hondura de la Realidad. Pues bien, Jesús ha vuelto de algún modo a la infancia (en ejercicio de intensa neotenia), recuperando ante Dios su primera experiencia de niño en brazos de la madre (Imma) que le lleva al padre, pudiendo decía así Abba (que es siempre Padre desde la Madre).

Otros no se han atrevido, Jesús, en cambio, lo ha hecho  y de esa forma ha saludado a Dios de un modo intenso con la más fuerte de todas las palabras, aquella que los niños confiados y gozosos aprenden de boca de la Madre (Imma) para referirse al Padre (Abba) en quien creen y confían, sin dejar por eso a la Madre (sino todo lo contrario). Conocer a Dios resulta, para Jesús, lo más fácil y primero; no ha necesitado argumentos para comprender su esencia, no ha buscado demostraciones: Su madre María le ha enseñado a decir Abba y en el abba familiar (José) ha podido descubrir el rostro de Dios Abba, un Padre con madre o, mejor dicho, desde la madre.

La experiencia de Dios como Madre-Padre resulta inseparable del camino concreto, diario, de su vida. Jesús se ha confiado en Dios Madre-Padre y de esa forma ha vivido, dialogando con la tradición de su pueblo y de su entorno religioso pero, sobre todo, viviendo de un modo trasparente, ante el Dios que es madre-padre. No ha dejado de ser niño para hacerse mayor, sino que se ha hecho mayor profundizando en su experiencia de niño. 

  No os preocupéis…Don y tarea del Padre

 El punto de partida del mensaje de Jesús es el don del Dios Padre/madre; la conversión (transformación) del hombre vendrá después. Mirado así, el mensaje de Jesús resulta sencillo, asombrosamente claro, lo más simple y normal: Nos conduce de nuevo, como a niños, con la ayuda de la madre, al lugar del verdadero nacimiento, al gozo y presencia del Padre. Otros personajes religiosos, históricos o simbólicos (Daniel, Henoc, Esdras…) habían realizado largos “viajes” para encontrar a Dios, Señor de Espíritus, envuelto en Halo de Misterio, Anciano de Días. Jesús no los ha hecho, sabe que Dios está a su lado. Jesús dice: 

 No os preocupéis, diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos o con qué nos vestiremos? Porque los gentiles buscan ansiosamente todas estas cosas; pero vuestro Padre (Mt: celestial] sabe que las necesitáis. Por eso, buscad primero el reino y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura (Lc 12, 22-32; cf. Mt 6, 25-33).

Éste pasaje sapiencial nos sitúa ante el principio de la vida (cf. Gen 1-3), para descubrir allí la mano bondadosa de un Dios Padre, que realiza acciones y gestos maternos: Alimenta y viste a los hombres, como Madre que da leche al hijo y que le abriga, para que pueda así crecer y madurar sin miedo. Pues bien, cuando Jesús compara a los hombres con cuervos (Mt: aves) que no siembran y con lirios que no hilan, lo hace precisamente para marcar la diferencia, dentro de las semejanzas; aves y plantas no trabajan, pero los hombres han de hacerlo (sembrar, hilar…), aunque sabiendo que en el fondo de todo, más profundo que el trabajo, está el gozo y confianza de la vida, que se funda en el Padre y en su don del reino.

Lo primero es la experiencia del Dios Creador, que cuida a los pájaros del cielo y a los li­rios del campo, apareciendo después como Padre de los pequeños, de aquellos que parecen más pobres y perdidos, como Fuente de Amor entrañable, principio de existencia, alimento y protección (vestido). Por eso, el evangelio es ante todo palabra de consuelo para hombres y mujeres agobiados y oprimidos (cf. Mt 11, 28), revelación de Padre/Madre, principio de vida. ­Por eso, en principio, situados ante el Padre/Madre, los hombres no tenemos que hacer nada, sino ser: Dejar que nos ame el Padre/Madre y nos ponga en camino de reino.  

  La oración al Padre

 Los textos anteriores han mostrado la bondad universal y reconciliadora de Dios en cuyo nombre ha salido Jesús a proclamar el reino. Desde ese fondo y desde la necesidad de los hombres se entiende su oración:

Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino. Danos hoy nuestro pan cotidiano, y perdona nuestra deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores (versión de Mt), y no nos metas en tentación (Lc 11, 2-4; cf. Mt 6, 9-13).

Éste es el nombre de Dios, simplemente padre, padre-madre. El primer nombre, el más hondo de la vida

‒ Santificado sea tu Nombre.   Al decir a Dios “santificado sea tu Nombre” (=santifica tu nombre), le pedimos que muestre su santidad, como Padre liberador de los oprimidos, dominados por los prepotentes. Nombre significa identidad, lo más propio de Dios, aquello que define su persona. Pues bien, ahora descubrimos que el Nombre de Dios es Padre (Padre/Madre) no Yahvé (Soy el que Soy: Ex 3, 14), y así le pedimos que lo santifique, es decir, que se manifieste como tal, escuchando y respondiendo a sus hijos, los hombres.

‒ Venga tu reino. Los judíos habían llamado a Dios Rey y Padre en las Dieciocho Bendiciones. Jesús le llama sólo Padre, pero le pide que venga (que traiga) su Reino (afirmando así implícitamente que es Rey). Ésta es su paradoja: El Reino que pedimos y buscamos no es conquista de un rey que se impone por armas, sino regalo familiar de Padre. En este contexto recordamos la tradición mesiánica israelita: El Padre Dios desplegaba su poder a través del Hijo Rey (monarca davídico). Ahora, por medio de Jesús, Dios revela y despliega su Reino, sin necesidad de un rey de este mundo.  

‒ Danos hoy nuestro pan cotidiano. Del Padre nuestro pasamos al pan nuestro. El primer signo del Padre no es una Ley particular sagrada, sino el alimento universal que deben compartir en solidaridad todos los hombres y mujeres, sin distinción de raza o religiones. La primera tarea de Dios Madre/Padre es alimentar a sus hijos, dándoles su pecho, ofreciéndoles sus bienes. Este pan, que Don de Dios,  es “nuestro”, es decir, de todos lo orantes, que deben trabajar por conseguirlo y compartirlo. Los cuervos y lirios tenían su pan si trabajar (cf. Mt 6, 25-34). Los hombres lo reciben del Padre Dios Padre trabajando y compartiendo lo que tienen.

‒ Perdona nuestras deudas… Del pan pasamos al perdón. La oración supone que tenemos deudas con Dios y con otros hermanos. Según justicia, el hombre debería devolverle a Dios (y a los demás) lo que les debe. Pero Dios no es acreedor, ni juez, sino Padre y, como tal, perdona las deudas de los hijos, como recuerda esta petición, que nos hace pasar del plano de la ley (que impone obligaciones) al de la gracia. Como madre-padre, Dios perdona todo que pudiéramos deberle. Pero, al mismo tiempo, su perdón supone que también nosotros perdonemos nuestras deudas como hermanos.

‒ Y no nos metas en tentación… En esta versión de Lucas pedimos al Padre que “no nos meta en tentación”: lo normal sería que lo hiciera, como en el principio de los tiempos (Gen 2-3); por eso, nosotros, débiles humanos, le decimos que se porte como Padre, que no ponga nuestra vida a prueba. Pero el texto se puede traducir también diciendo no nos dejes caer en la tentación, protégenos en ella, suponiendo así que en la vida hay pruebas y que el verdaderoPadre educa a los hijos para que puedan superarlas, sin quedar derrotados por ellas. Lógicamente, no podemos evitar las pruebas, pero pedimos a Dios que nos ayude a superarlas.

Todo lo que pidiereis orando, creed que ya lo habéis recibido y así será. Y cuando oréis, perdonad si tenéis algo contra alguien, para que también vuestro Padre celestial os perdone vuestras culpas (Mc 11, 24-25).

Los seguidores de pueden dialogar y dialogan directamente con Dios,  con plena confianza, teniendo la certeza de que el Padre les ha concedido ya (cf. elabete: 11, 24) aquello que le piden. Frente al negocio del templo, que divide a unos de otros (judíos y gentiles, laicos y levitas, vendedores y compradores…), ha situado Marcos la experiencia luminosa y creadora de la reconciliación directa de unos hombres y mujeres que se perdonan mutuamente, como el Padre Dios les perdona.

Siglos habían tardado los judíos en construir una nación fundada en leyes y templo. Pues bien, Jesús ha superado ese nivel, condenando el comercio del templo (cf. Mc 11, 11), para instaurar una comunidad donde cada uno es sacerdote, y puede orar con plena confianza, sin necesidad de sacrificios ni templos exteriores:

‒ Y cuando oréis, perdonad… No hay templo que avale unos derechos particulares (judíos) ni un perdón por rito. Y así, desaparecido el santuario antiguo con sus leyes sacrificiales, emerge el perdón gratuito del Padre que se expresa a través del perdón interhumano. Orar es perdonar, vivir en gratuidad. No exigir, no imponer los criterios propios, no expulsar ni condenar a nadie, amar directamente, como hijos de Dios.

‒ Para que vuestro Padre Celestial os perdone… Marcos emplea aquí el lenguaje cultual (paraptôma: caída, ofensa; cf. Rom 4, 25; 5, 15-20; Mt 6, 14-15) en vez del económico y profano (deudas, Mt 6, 12), para situarnos ante los pecados que según la tradición judía eran ofensas contra Dios, de tal manera que sólo Dios podía perdonarlos, a través de un ritual preciso, muy sagrado, de templo. Pues bien, ese ritual ha terminado, pues Dios ama y/o perdona como Padre, allí donde nosotros acogemos su perdón y nos amamos mutuamente.

Dios se revela así como Padre, no porque impone su autoridad sobre los hombres, sino porque les ama. No es Señor de seres sometidos, sino Madre-Padre, Imma-Abba, de hijos libres, que le acogen y responden, perdonándose entre síEn ese contexto se vinculan los dos mandamientos “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón; amarás al prójimo como a ti mismo” (cf. Mc 12, 38-34 par). Otros grupos judíos decían algo semejante (amar a Dios, amar al prójimo), pero sólo Jesús ha vinculado de forma radical esos mandatos, como base de toda experiencia y tarea religiosa, descubriendo a Dios en el despliegue y desarrollo del amor humano (cf. Lc 10, 25-37: parábola del buen samaritano), interpretado de forma universal.

Jesús supera así el plano del talión, de manera que aquello que podía parecer pura arbitrariedad se convierte en principio de una justicia más alta, del don gratuito del Padre. Ésta es básicamente una experiencia de “oración”, que se expresa en forma de unión gratuita con Dios. De esa forma, allí donde Jesús dice pedid y se os dará, buscad y hallaréis… (Mt 7, 7; Lc 11, 9) se está diciendo: Pedid y Dios Padre os dará; buscad, y Dios Padre os mostrará…  Así concluye la sección:

Si pues vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, cuanto más vuestro Padre celestial dará bienes a quienes se los pidan (Mt 7, 11) [Cf Lc 11, 13: dará el Espíritu santo a quienes se lo pidan].

Si los padres humanos saben dar cosas buenas a sus hijos, queriendo para ellos lo mejor, más lo querrá el Padre (Mt: “celestial”), ofreciendo sus dones a los hombres, hijos suyos. Por eso, los hombres, hijos de Dios, no deben angustiarse, pues Dios cuida de ellos, de manera que incluso los cabellos de su cabeza están contados (cf- Mt 10, 29-31). Dios es Padre-Madre, en sus manos estamos. Todos somos sus hijos.

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