SINODALIDAD A LA PATA COJA

Soy consciente de que el título de esta reflexión no es muy espiritual, cuando la sinodalidad es un signo da salvación en forma de “proceso espiritual que parte del vaciado de uno mismo” (Papa Francisco) que debe huir de encastillarse cada persona en su verdad si queremos realizar juntos el Camino en escucha fraterna.

Ocurre que lo anterior necesita las reformas estructurales y jurídicas necesarias para que, efectivamente, los frutos sinodales puedan surgir y sobre todo fluir. Son necesarios los cambios operativos, con el Código de Derecho Canónico como protagonista principal, para que este proceso ambicioso y necesario que impulsa Francisco tenga éxito -a pesar de la huelga de brazos caídos de la Curia vaticana de la que alerta el cardenal Rodríguez Maradiaga. Veo grandes dificultades en las comunidades pequeñas (parroquias) y a demasiados obispos silentes y dispuestos a dormir el proceso en cuanto muestre signos de debilidad. Vemos como surgen voces disfrazadas de falsa prudencia que entienden que no hay que abrirse tanto a los cambios. Son discípulos de J. T. di Lampedusa y de su genial novela El gatopardo, que muestra a los que tenían mucho que perder abogando porque cambie lo necesario… para que todo siga igual.

Temas como la autoridad basada en el liderazgo de servicio frente a la autoridad como poder canónico, la presencia de la mujer en ámbitos mayores de responsabilidad, el celibato opcional, acabar con la participación laical derivada del orden sacerdotal para colocar al Bautismo como fuente de carismas y misiones… Casi todo es anatema, intocable, para algunos. Pero hubo un largo tiempo donde primó que “Lo que afecta a todos, debe ser tratado por todos”. Esta máxima está recogida en el Libro Sexto de las Decretales, promulgado por un Papa en 1298. Voy a detenerme en esto por su relación con la reforma esperada del Código de Derecho Canónico al finalizar este proceso sinodal universal en 2023 y, como decía, puedan fluir todos los frutos que nos regalará el Espíritu.

Hubo un tiempo en que el derecho canónico hacía las veces de derecho internacional. Los conflictos entre los Estados no soberanos de la época se resolvían por intermediación del Papa, o por intervención del emperador del Sacro Imperio Romano. En aquél contexto, el desarrollo de una normativa fuera del marco del derecho canónico era muy limitado. A pesar de todo, se produjo un cambio gradual con el despuntar del espíritu asociativo y el redescubrimiento de los principios y normas del derecho romano.

Entre estos principios destaca la regla expresada de que “Lo que afecta a todos, debe ser tratado por todos”, gracias al desarrollo notable desde su formulación inicial en el Código de Justiniano (año 531) como herramienta procesal hasta que gradualmente fue convirtiéndose en una ‘máxima’ en el Derecho público y privado, civil, canónico, fiscal doctrinal y hasta militar en buena parte de Europa. Posteriormente, se recogió en los Decretales de los papas Inocencio III y Gregorio IX para consolidarse con Bonifacio VIII en la colección De Regulis Iuris dentro de las Decretales promulgadas en 1298 como principio político empleado para resolver asuntos de interés común. Esta máxima “comunista” llegó a convertirse en un fundamento teórico del consenso como principio de la participación política hasta el siglo XV.

Dice nuestro Papa Francisco que la Iglesia es una pirámide invertida en la que la cumbre está debajo de la base, la autoridad es un servicio y el obispo de Roma no está por encima de la Iglesia, es un bautizado entre los bautizados y como sucesor de Pedro es el siervo de los siervos de Dios que expresa la fe de toda la Iglesia.

Todo esto requiere de reformas operativas y nuevas maneras de entender la institución eclesial, incluida la descentralización en todos los niveles, para caminar juntos todo el Pueblo de Dios y evangelizar desde el ejemplo de Jesús. Esta nueva vía sinodal, seguro que acarreará consecuencias positivas de cara a la unión de las Iglesias cristianas. Pero es importante recordar, y así lo expreso aquí, que hubo un tiempo más autoritario que el nuestro en el que, sin embargo, fue capaz de sacarle mucho jugo a la participación de todos en aquello que nos incumbe a todos en forma de máxima pontificia que estamos comentando: “Quod omnes tangit debet ab omnibus approbari”.

Mientras llega 2023, la sinodalidad de todo el Pueblo de Dios camina a la pata coja por su estrecha relación con la reforma de la Iglesia para ser verdadera Luz del mundo, hoy y aquí. Esperamos que, entre sus conclusiones, el sínodo anuncie la reforma legal canónica que asfixia la comunión y la verdadera participación como hermanos, lejos de la vivencia de las primeras comunidades cristianas.

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