Tres enredos espirituales de hoy

ALBERTO CANO ARENAS, SJ
Cada época y cada generación poseen sus propias ‘categorías de propulsión’. Es decir, las claves que le sirven de motor para intentar explicarse a sí misma con el mayor nivel posible de fidelidad. Pues resulta que, del mismo modo, nuestro momento creyente se va dotando de esta serie de elementos comunes que nos permiten contarnos quiénes somos, interpretar qué nos sucede o aclarar algunas de las cosas que nos pasan en el terreno espiritual.

Sin embargo, al mismo tiempo que nos ayudan, algunos discursos cotidianos también nos pueden enredar. Porque no todo lo que nos decimos es siempre aséptico ni neutro. Y porque las categorías desde las que nos entendemos no solo nos ‘explican’ aquello que vivimos, sino que en muchas ocasiones nos ‘implican’ con una fuerza enormemente poderosa, adosándonos a un determinado posicionamiento ante la realidad.

Por eso, las páginas que siguen tratan de proporcionar una disección espiritual de tres de estos discursos que aparecen hoy con cierta frecuencia en el espacio eclesial. Con el objetivo de dilucidar algunos engaños –más o menos conscientes– que quizás se pueden esconder agazapados bajo categorías que, ciertamente, tienen su atractivo y su innegable interés. Pienso sobre todo, como digo, en contextos creyentes y en personas que quieren vivirse y entenderse desde la fe. Pero, aunque me parecen válidas para cualquier estado de vida, al escribir estas intuiciones (necesariamente incompletas e iniciales) tengo en la cabeza de forma particular a personas consagradas, sacerdotes, seminaristas, miembros de sociedades de vida apostólica y religiosos en formación.

Ofensas y daño

Los tres discursos espirituales que he seleccionado son los que me parece que, en este momento y por diferentes motivos, tienen una relevancia mayor: la ‘psiquiatrización de la vida espiritual’, la ‘hipertrofia del bienestar’ y la ‘tentación de la debilidad’. Quiero alejarme de lecturas parciales, reduccionistas y polares acerca de cuestiones que son tremendamente delicadas. Me gustaría, eso sí, poner el foco en lo que de viscoso pueden tener estas tres narrativas que acabo de señalar. Para que no se nos conviertan, sin quererlo, en ofensas que nos infrinjan calladamente un daño con repercusiones pastorales, apostólicas o de misión que no resultaría nada banal.

En el fondo de estas líneas late un deseo por el que todo ser humano se encuentra atravesado y que tiende al infinito. Es el deseo del ‘más’: más honestidad, profundidad, fidelidad, hondura, discernimiento, perseverancia, compromiso, discreción, entrega, reconciliación, amor, servicio… santidad. Un deseo que, en cada uno de nosotros, encuentra su regazo en la realización concreta, humilde, madura y responsable de la propia vocación en el seguimiento del Señor Jesús.

Un deseo, en definitiva, que se ahoga cuando se desploma en el pozo egocéntrico del “solo yo”; pero que se vigoriza cuando sale “de su propio amor, querer e interés”. Creo que necesitamos enmendar de algún modo estas categorías espirituales que vamos replicando una y otra vez y que, con grandes sutilezas, nos pueden acabar por desgastar.

Encontrarse bien (o mal)

No resulta sencillo encontrarse hoy a quien te diga que, de verdad, “se encuentra bien”. Así, sin más. Sí, alguien que esté honestamente a gusto con lo que hace, suficientemente ilusionado con lo que lleva entre manos, sereno en medio de los ajetreos propios de lo cotidiano, colmado de sentido con lo que en este momento le toca vivir… e incluso atractiva y contagiosamente entusiasmado. Y me pregunto si, de algún modo, no nos habremos acostumbrado a “encontrarnos mal”. O, mejor dicho, “a no estar del todo bien”.

Sin duda, todos somos susceptibles de vernos sumidos en episodios francos de depresión mayor o anegados por síndromes ansiosos graves que apenas nos dejen respirar. Cualquiera, por recios y estables que nos consideremos. Insisto, todos sin excepción. Y entonces lo sensato y lo cabal (y también lo humilde y lo difícil, es cierto) será ponernos en manos de quienes profesionalmente, desde la psicología o la psiquiatría, nos puedan ayudar.

Sin embargo, con honradez, ¿podemos decirnos que todo lo que nos pasa es psicológico?, ¿que lo que nos afecta ocurre simplemente en nuestra vida mental?, ¿que lo que nos hace sufrir es un síntoma que “nos viene” y “nos entra” (así, como quien se coge una gripe), y ya está? Más aún, ¿es saludable creernos que no hay momentos vitales en los que lo ‘normal’ sea sentirse mal? Pues bien, plantearse esto resulta de una importancia crucial porque, en palabras de Yves Congar, “aquellas personas que no saben cómo sufrir, no saben cómo esperar”.

Mente y espíritu

La enfermedad mental existe y genera mucho sufrimiento. En primer lugar, a quien la sufre; pero también alrededor. Supone, en la mayoría de los casos, un inmenso dolor. Y por eso no podemos jugar con ella –menos aún, con aquellos que la padecen– mediante espiritualizaciones burdas que nos protejan infantilmente de patologías, trastornos, síndromes o enfermedades que producen una gran aflicción.

Pero, del mismo modo, nos hacemos un flaco favor cuando reducimos la complejidad de nuestra vida a lo que le ocurre a nuestra psicología (a nuestro cerebro, a nuestra mente, a nuestros pensamientos, a nuestros afectos… como lo queramos llamar). Y esto es un arma de doble filo, porque funcionando de tal modo nos podemos engañar. Porque nos olvidamos de que somos mente, sí… pero también espíritu.

¿Qué quiero decir? Pues que hay dolencias (o achaques, si queremos) que no son de la mente, sino del espíritu. O al menos, que son intermedias; ‘mezcladas’, podríamos decir. Y que son ‘normales’ porque forman parte de cualquier vida psicológica y espiritualmente estable. En otras palabras: que hay tristezas o ansiedades que no podemos entender como síntomas (ya que no las “pillamos” sin motivo ni explicación), sino como consecuencias naturales del vivir, en las que algunas veces anidan ciertas fallas de sentido o quiebras del horizonte espiritual. (…)

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