Por una Iglesia «sin dogmatismos ni moralismos»

«Seamos todos discípulos, todos esenciales (…). No sólo los obispos, los sacerdotes y los consagrados, todos los bautizados»

El Papa, en la catedral de Nur-Sultán

«Ninguno es extranjero en la Iglesia, ¡somos un solo Pueblo santo de Dios enriquecido por muchos pueblos! Y la fuerza de nuestro pueblo sacerdotal y santo está justamente en hacer de la diversidad una riqueza compartiendo lo que somos y lo que tenemos: nuestra pequeñez se multiplica si la compartimos»

No se trata de mirar hacia atrás con nostalgia, quedándonos estancados en las cosas del pasado y dejándonos paralizar en el inmovilismo»

«La fe se transmite con la vida, con el testimonio de quien ha llevado el fuego del Evangelio en medio de las situaciones para iluminarlas»

«Ser pequeños nos recuerda que no somos autosuficientes, que necesitamos de Dios, pero también de los demás, de todos y cada uno: de las hermanas y hermanos de otras confesiones, de quien profesa un credo religioso diferente al nuestro, de todos los hombres y mujeres de buena voluntad»

«Soñemos y, con la gracia de Dios, edifiquemos una Iglesia que esté más llena de la alegría del Resucitado, que rechace los miedos y las quejas, que no se deje endurecer por dogmatismos ni moralismos»

A los obispos y sacerdotes:  «Nuestra misión no es ser administradores de lo sagrado o gendarmes preocupados por hacer que se respeten las normas religiosas, sino pastores cercanos a la gente, imágenes vivas del corazón compasivo de Cristo»

Por Jesús Bastante

Como en todos sus viajes apostólicos, Francisco siempre saca un rato para dos encuentros fundamentales. El primero, más familiar, un diálogo con las comunidades jesuitas de la zona. En segundo término, una reunión-testimonio con la Iglesia local. Y en Kazajistán no fue una excepción. Pese a que los católicos del país son franca minoría, el Papa no faltó a su cita, en la pequeña catedral de Nursultán, con obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados, seminaristas y agentes de pastoral.

En un ambiente familiar, cercano, un Papa que no está afrontando un viaje especialmente cargado de actos, y que este mediodía saldrá de regreso a Roma, volvió a proclamar los sueños de una Iglesia sinodal, alegre, participativa, alejada del clericalismo y los moralismos dogmáticos. «Soñemos y, con la gracia de Dios, edifiquemos una Iglesia que esté más llena de la alegría del Resucitado, que rechace los miedos y las quejas, que no se deje endurecer por dogmatismos ni moralismos», dijo Francisco.

El Papa escuchó varios testimonios (un sacerdote, una religiosa, una mujer casada con un clérigo, y que agradeció a Francisco su intervención en la guerra de Ucrania -ella es de allí- y un padre de familia). Tras la presentación del obispo español (y presidente de los obispos de Asia Central), José Luis Mumbiela, quien en un perfecto kazajo reconoció que «la mayor parte de nosotros somos extranjeros», el Papa destacó que «la belleza de la Iglesia es ésta, que somos una sola familia, en la cual nadie es extranjero».

«Nadie es extranjero en la Iglesia»

«Lo repito: ninguno es extranjero en la Iglesia, ¡somos un solo Pueblo santo de Dios enriquecido por muchos pueblos! Y la fuerza de nuestro pueblo sacerdotal y santo está justamente en hacer de la diversidad una riqueza compartiendo lo que somos y lo que tenemos: nuestra pequeñez se multiplica si la compartimos», aclaró Francisco.

Y es que «el misterio de Dios» pertenece a todos, «no sólo al pueblo elegido o a una élite de personas religiosas, sino a todos», pues todo forma parte de la «herencia y la promesa» de Dios. «Por un lado, una Iglesia hereda siempre una historia, siempre es hija de un primer anuncio del Evangelio», apuntó. «Sí, somos destinatarios de la gloria prometida, que anima nuestro camino con esa esperanza. Herencia y promesa: la herencia del pasado es nuestra memoria, la promesa del Evangelio es el futuro de Dios que nos sale al encuentro».

Memoria y futuro

Y a eso dedicó su discurso, a «una Iglesia que camina en la historia entre memoria y futuro». La memoria, en primer lugar, la rica historia que los precede, también en Kazajistán. «Hay una herencia cristiana, ecuménica, que ha de ser honrada y custodiada, una transmisión de la fe que ha visto protagonistas y también tanta gente sencilla, tantos abuelos y abuelas, padres y madres», y todos aquellos que «nos anunciaron la fe».

Pero, ojo, advirtió el Papa: «No se trata de mirar hacia atrás con nostalgia, quedándonos estancados en las cosas del pasado y dejándonos paralizar en el inmovilismo». «Esta es la tentación del “retroceso”», incidió. En cambio, la mirada cristiana «cuando vuelve hacia atrás para hacer memoria, lo que quiere es abrirnos al asombro ante el misterio de Dios».

«Esta es la memoria viva de Jesús (…). Es nuestro tesoro«, explicó Francisco. «Por eso, sin memoria no hay asombro. Si perdemos la memoria viva, entonces la fe, las devociones y las actividades pastorales corren el riesgo de debilitarse, de ser como llamaradas, que se encienden rápidamente, pero se apagan enseguida. Cuando extraviamos la memoria, se agota la alegría. Desaparece la gratitud a Dios y a los hermanos, porque se cae en la tentación de pensar que todo depende de nosotros», insistió.

La fe se transmite con la vida

Profundizando en esta herencia, prosiguió Bergoglio, veremos «que la fe no ha sido transmitida de generación en generación como un conjunto de cosas que hay que entender y hacer, como un código fijado de una vez para siempre. No, la fe se transmite con la vida, con el testimonio de quien ha llevado el fuego del Evangelio en medio de las situaciones para iluminarlas».

«Haciendo memoria, entonces, aprendemos que la fe crece con el testimonio. El resto viene después», explicó. «Esta es una llamada para todos y quisiera reafirmarlo a todos, fieles laicos, obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas que trabajan de diferentes maneras en la vida pastoral de las comunidades. No nos cansemos de dar testimonio de la esencia de la salvación, de la novedad de Jesús, de la novedad que es Jesús».

Porque «no se comunica con la sola repetición de las cosas de siempre, sino transmitiendo la novedad del Evangelio. De este modo, la fe permanece viva y tiene futuro».

Pequeñez y humildad

Esa es la segunda palabra, futuro. «Estamos llamados a acoger hoy la renovación que el Resucitado lleva a cabo en la vida», porque «a pesar de nuestras debilidades, Él no se cansa de estar con nosotros, de construir a nuestro lado el futuro de la Iglesia que es suya y nuestra».

En los rincones de gran tradición cristiana, pero también en un país como Kazajistán, donde «podríamos llegar a sentirnos “pequeños” e incapaces». Pero «la pequeñez nos entrega humildemente al poder de Dios y nos lleva a no cimentar la acción eclesial en nuestras propias capacidades».

«¡Esta es una gracia! Lo repito: hay una gracia escondida al ser una Iglesia pequeña, un pequeño rebaño, en lugar de exhibir nuestras fortalezas, nuestros números, nuestras estructuras y cualquier otra forma de prestigio humano, nos dejamos guiar por el Señor y nos acercamos con humildad a las personas», incidió el Papa. «Ricos en nada y pobres de todo, caminamos con sencillez, cercanos a las hermanas y a los hermanos de nuestro pueblo, llevando la alegría del Evangelio a las situaciones de la vida», como la levadura en la masa. Y con los otros.

No somos autosuficientes

Porque «ser pequeños nos recuerda que no somos autosuficientes, que necesitamos de Dios, pero también de los demás, de todos y cada uno: de las hermanas y hermanos de otras confesiones, de quien profesa un credo religioso diferente al nuestro, de todos los hombres y mujeres de buena voluntad».

«Nos damos cuenta, con un espíritu de humildad, que sólo juntos, en el diálogo y en la aceptación recíproca, podemos hacer algo verdaderamente bueno por todos», insistió, pidiendo a la Iglesia de Kazajistán «no ser un grupo que se deja arrastrar por las cosas de siempre, o que se encierra en su caparazón porque se siente pequeña, sino una comunidad abierta al futuro de Dios, encendida por el fuego del Espíritu: viva, llena de esperanza, disponible a su novedad y a los signos de los tiempos».

Y que «se realiza cada vez que vivimos la fraternidad entre nosotros, que atendemos a los pobres y a quienes están heridos por la vida, cada vez que en las relaciones humanas y sociales damos testimonio de la justicia y de la verdad, diciendo “no” a la corrupción y a la falsedad».

Gimnasios de la verdad y la apertura

Así, el Papa pidió «que las comunidades cristianas, en particular el seminario, sean “escuelas de sinceridad”; no ambientes rígidos y formales, sino gimnasios de la verdad, de la apertura y del intercambio». «Y que en nuestras comunidades —recordémoslo— seamos todos discípulos del Señor: todos discípulos, todos esenciales, todos de igual dignidad. No sólo los obispos, los sacerdotes y los consagrados, sino todos los bautizados han sido sumergidos en la vida de Cristo y en Él —como nos recordaba san Pablo— están llamados a recibir la herencia y a acoger la promesa del Evangelio».

«De manera que se ha de brindar un espacio a los laicos. Les hará bien, para que las comunidades no se hagan rígidas y no se clericalicen», insistió, apostando, de nuevo, por «una Iglesia sinodal, en camino hacia el futuro del Espíritu», que «es una Iglesia participativa y corresponsable».

«Es una Iglesia capaz de salir al encuentro del mundo porque está entrenada en la comunión», como subrayaron en sus testimonios tanto el sacerdote como las religiosas o el padre de familia. «En la Iglesia, en contacto con el Evangelio, aprendemos a pasar del egoísmo al amor incondicional».

Soñar una Iglesia alegre

Por ello, culminó, es tan importante que «seamos hombres y mujeres de comunión y de paz, que siembran el bien allí donde se encuentren». Con apertura, alegría e intercambio. «Soñemos y, con la gracia de Dios, edifiquemos una Iglesia que esté más llena de la alegría del Resucitado, que rechace los miedos y las quejas, que no se deje endurecer por dogmatismos ni moralismos».

Dirigiéndose finalmente a los obispos y sacerdotes, les recordó que «nuestra misión no es ser administradores de lo sagrado o gendarmes preocupados por hacer que se respeten las normas religiosas, sino pastores cercanos a la gente, imágenes vivas del corazón compasivo de Cristo».

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