Mons. Proaño

Monseñor Leónidas Proaño,, apóstol de la sinodalidad

Por Pedro Pierre

¡Más pasa el tiempo, más grande aparece monseñor Leonidas Proaño! Es parte ahora de esta generación de obispos llamados “Padres de la Iglesia de los Pobres de América Latina”. Desde el Concilio Vaticano 2 en los años ’60 del siglo pasado , monseñor Proaño estaba viviendo la sinodalidad que acaba de lanzar el papa Francisco, o sea, una Iglesia en manos de los seglares.

Monseñor Proaño habitó en la Casa de Retiro de Santa Cruz, cerca de Riobamba, donde vivía como uno más de los que nos hospedábamos allí. Llamaba la atención cuando se llegaba en esta Casa lo que estaba escrito en la pared con el dibujo del volcán Chimborazo: “Somos una Iglesia al servicio del Reino”. En la capilla cuyos asientos
eran troncos de madera de eucaliptos, el santísimo era una choza indígena, como para decirnos que Jesucristo se encarna hoy en el Pueblo indígena.

La sencillez de monseñor Proaño era su característica mayor. Vestía como uno más. En el comedor había la pintura, sobre un largo papel periódica, de una comida típica tendida sobre los ponchos juntados en el suelo, con la frase emblemática del compartir: “Comenzando ya la fiesta que vendrá…” En dicho comedor monseñor comía con
los que se encontraban de paso o en alguna reunión que él organizaba con los grandes teólogos de la liberación de América Latina.

Como todos los demás ponía la vajilla en la mesa, iba a buscar los platos de comida, recogía la vajilla y la lavaba junto a nosotros. Le gustaba caminar con todos, los más sencillos especialmente, preguntando y escuchando.

Su pasión era los Indígenas y los pobres: Vivió la opción radical por las causas de ellos. No tenía miedo en decir de sí mismo: “¡Amo lo que tengo de indio!” El Concilio Vaticano 2° y de la reunión de la Conferencia Episcopal
Latinoamericana celebrada en Medellín, Colombia, en 1968, lo habían confirmado en esta opción. Había participado en el Concilio convocado por el papa Juan 23 que decía: “La Iglesia es de todos, pero más particularmente es la Iglesia de los pobres”.

Allá en Roma, al final del Concilio, monseñor había firmado “El Pacto de las Catacumbas” por el cual los obispos latinoamericanos se comprometían a hacer realidad las orientaciones del Concilio: seguir a Jesucristo y las primeras Comunidades cristianas, construir el Reino en prioridad, vivir pobremente y al servicio de los pobres. En la reunión de Medellín, junto a otros obispos, había presentado, al comienzo de la reunión, una ponencia titulada “La Evangelización liberadora”.

En su diócesis aplicaba lo que el papa Pablo 6° proclamó en 1975: “El Reino es lo único absoluto” y “la Iglesia tiene el deber de anunciar la liberación de millones de seres humanos, el deber de ayudar que nazca esta liberación, de dar testimonio de la misma, de hacer que sea total”. Monseñor quería una Iglesia en manos de los Indígenas, con ministros y sacerdotes indígenas, que anunciaran la Buena Nueva de Jesús en su idioma, con sus costumbres, desde su cultura y sus símbolos. Por eso, entre los Indígenas organizó ‘las Iglesias vivas’ y en 1975, en la ciudad de
Riobamba, las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs). En 1979, en la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Puebla, México, fue el promotor de las CEBs y de la opción por los pobres, haciendo notar que se trataba de ‘hacer nuestras las causas de los pobres, asumir la pobreza digna y luchar contra la miseria junto a los mismos
empobrecidos’.

Sabemos que monseñor trabajó incansablemente a la organización de los Indígenas quichuas de la Sierra ecuatoriana en la ECUARUNARI en 1972, que se unirían luego con los Indígenas de la Amazonía y de la Costa en 1986 para formar la CONAIE (Confederación de la Nacionalidades del Ecuador). Su solidaridad no se limitó al Ecuador sino que se extendió a los Pueblos centroamericanos que luchaban por más dignidad, justicia y participación. En esa época monseñor Oscar Romero, que era su amigo, lo invitó para que dé un retiro a los sacerdotes de ese pequeño
país para profundizar sobre el compromiso político de la fe y porque ‘los guerrilleros también necesitan de capellanes’.

En su casa de Santa Cruz de Riobamba, se formaron miles y miles de sacerdotes, religiosas y seglares que llegaban del sur, centro y norte del continente, como también de Europa. Monseñor Proaño tiene una estatura intercontinental. Hay que volver a leer ‘El Pacto de las Catacumbas’ y su autobiografía que el mismo escribió ‘Creo en el hombre y en la comunidad’ para descubrir su origen campesina de San Antonio de Ibarra, su infancia laboriosa como tejedor de sombreros, su sacerdocio dedicado a los jóvenes trabajadores que reunía en la Juventud Obrera Católica (JOC). Nos enteraremos de los innumerables conflictos con lo gamonales de la provincia de Chimborazo, de la oposición de los obispos tradicionalistas, de su apresamiento junto a una treintena de obispos latinoamericanos por la dictadura militar en 1976, de la visita de un fiscalizador del Vaticano que concluyó con la frase del papa Pablo 6°: “¡Como voy a condenar a un obispo tan cercano al Evangelio!”, etc.

Podemos decir que la Casa de Retiro del Santa Cruz de Riobamba hace parte de estos grandes lugares sagrados de América Latina porque Dios ha querido que trabaje allí aquel que ahora se llama el “Obispo de los Indios”, el “Profeta de la Liberación”, el “Padre de la Iglesia de los Pobres”, el “Patriarca de la Solidaridad”, el
“Apóstol de la Sinodalidad” … Gracias a él, tenemos trazada una hoja de ruta para nuestros compromisos tanto eclesiales como sociales e interculturales.

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