El divorcio entre clérigos y laicos en la Iglesia

Los clérigos: elegidos por la comunidad y obligados a dar cuenta de su servicio

Rufo González

Democratizar la Iglesia, camino para hacerla más comunión (4)
Cuando todos se sentían “laicos” (“laos” = pueblo), miembros del nuevo “Pueblo”, no existía “divorcio” entre el clero y el resto del Pueblo de Dios. Los “servidores” (apóstoles, profetas, maestros, cuidadores, asistentes, dirigentes…), eran elegidos y controlados por la comunidad. Pronto, al concentrar el poder en pocas manos, cayeron en la tentación de hacerse “señores”.

Como los labradores de la parábola de Jesús (Mt 21,33-46), poco a poco se saltaron las advertencias del Evangelio para hacerse “dueños de la viña”. Pronto permiten y exigen “ser reconocidos como jefes y grandes, tiranizan, oprimen, dominan, se hacen llamar bienhechores (y mucho más: santidad, beatitud, eminencia, excelencia…). “No será así entre vosotros, vosotros no hagáis así… Sed servidores, esclavos de todos. El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos. Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Mt 20,25; Mc 10,42-45; Lc 22,25-27). Así se inició el divorcio entre clérigos y laicos.

Los clérigos no han tenido inconveniente en marginar a quien no acepta sus leyes: “Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros… No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro” (Mc 9,38-40; Lc 9,49-50). A veces incluso se han atrevido a pedir: “Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?” (Lc 9,54). No escucharon la regañina de Jesús (Lc 9,55).

Colaboraron y bendijeron el “fuego del cielo”: Esto ha escrito un papa a un obispo: “No consideramos que sean homicidas los que, ardiendo en el celo de su católica madre contra los excomulgados, resulte que han destrozado a algunos de ellos…” (Urbano II: Epist. 132. PL 151, 394). Y en 1520, el papa León X “condena, reprueba y rechaza” (DS 1.492) esta proposición atribuida a Lutero: “quemar herejes es contra la voluntad del Espíritu Santo” (DS 1.483, D 773). “Semejante atrocidad se encuentra recogida todavía en el Denzinger, libro titulado El Magisterio de la Iglesia” comenta González Faus (La autoridad de la verdad. Sal Terrae 2006. P. 80).

Olvidaron que todos los bautizados son “piedras vivas, edificio espiritual destinado a ser sacerdocio santo para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por medio de Jesucristo…, raza elegida, sacerdocio regio, nación santa, pueblo patrimonio de Dios” (1Pe 2,5.9). Estas “piedras vivas” las han hecho pasar por “piedras inertes”, “simplemente laicos”, “reducidos” en relación a los clérigos, “pueblerinos”: cristianos sin voz, sin poder opinar ni decidir, sólo obedientes a los servidores. Pío X: “La Iglesia es por su naturaleza una sociedad desigual; comprende dos categorías de personas: los pastores y la grey. Sólo la jerarquía mueve y dirige… El deber de la grey es aceptar ser gobernada (más cruel es el original: “gubernari se pati”: sufrir ser gobernada) y cumplir sumisamente las órdenes de quienes la rigen” (Enc. “Vehementer nos” al clero y pueblo de Francia.1906).

Han logrado trastocar dos palabras: “laico” y “clero”. La primera (miembro del Pueblo) la aplican sólo a los cristianos de segundo orden, como si los clérigos no fueran Pueblo. La segunda (“clero”) se la aplican sólo a ellos, los servidores del Pueblo de Dios. Contra el Nuevo Testamento que considera a los bautizados “clero de Dios” (“parte, suerte, herencia, heredad…”): “kleronomoi” (Gál 3,29; Rm 8,17), “eklerozemen” (Ef 1,11), “kleronomías” (Ef 1,14; He 20,32), “ton kléron” (He 26,18; 1Pe 5,3); “tou klerou ton hagíon” (Col 1,12: “clero de los santos”). Silencian textos tan claros como: “linaje elegido, un sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios…” (1Pe 2, 9-10). Y no conformes sólo con eso, los clérigos se convierten en pirámide graduada de poder, se eligen a sí mismos y no están obligados a dar cuenta de su servicio. Ponen barreras: ropas y distinciones pintorescas, indignas del que no tenía dónde reclinar la cabeza. Los más importantes se dotan hasta de “escudo de armas” como la nobleza mundana.

La “consagración” bautismal ha sido arrinconada. Poca gente sabe que el bautismo es la consagración fundamental, más importante, la que nos hace “sacerdotes” de la Nueva Alianza, “otros Cristos”. Los primeros cristianos tenía clara conciencia, recibida en la catequesis previa al bautismo: “Bautizados en Cristo y revestidos de Cristo, habéis sido hechos semejantes al Hijo de Dios. Porque Dios nos predestinó para la adopción, nos hizo conformes al cuerpo glorioso de Cristo. Hechos, por tanto, partícipes de Cristo, con toda razón os llamáis `cristos´; y Dios mismo dijo de vosotros: `no toquéis a mis cristos´” (S. IV. De las Catequesis de Jerusalén, cat. 21, Mystagogica 3, 1-3: PG 33, 1087-1091).

El clero termina por ser “la Iglesia”. En cierto modo se han convertido en “ocupas” de la “Iglesia”. Resaltan más su “consagración”, secundaria, servicial o ministerial. Asumen solos toda la misión evangelizadora, sacerdotal, deliberadora y decisoria del Pueblo de Dios. Los que eran servidores del Pueblo sacerdotal se han hecho señores (“monseñores”), sacerdotes por encima del sacerdocio común. Su “sacerdocio ministerial”, “servicial”, para fomentar y coordinar el ejercicio sacerdotal de todos, ha anulado en la práctica al original y primer sacerdocio cristiano. Ha tenido que venir el Vaticano II para afirmar solemnemente que: “los sagrados pastores saben que ellos no fueron constituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión salvífica de la Iglesia cerca del mundo, sino que su excelsa función es apacentar de tal modo a los fieles y reconocer sus servicios y carismas, que todos, a su modo, cooperen unánimemente a la obra común” (LG 30).

Hay que recuperar la primacía de la comunidad poniendo el sacerdocio ministerial al servicio del sacerdocio común, ontológicamente primario, perteneciente a todo el Pueblo de Dios. Ciertamente ambos sacerdocios son uno solo. El ministerial recuerda a Cristo, cabeza, que hace posible el que todo su Pueblo sea y viva el sacerdocio único de Jesús. Sirve al Pueblo representando a Cristo en medio de los suyos, pero sabiendo que él es también Pueblo. Tiene la misma dignidad. Desempeña una función distinta entre otras funciones y carismas que el Espíritu concede a otros miembros de su Pueblo. Coordina la actividad y ayuda a que todos podamos ser parte activa y desarrollemos el sacerdocio originario del Bautismo y de la Confirmación. Pueden ser elegidos por la comunidad y rendirle cuentas. Así puede superarse el divorcio actual entre pastores y pueblo.

Creo acertado al teólogo chileno, Jorge Costadoat, SJ, al escribir: “El asunto de fondo es que la participación y la comprensión de los fenómenos que nutren la enseñanza y la toma de decisiones en la Iglesia es prerrogativa prácticamente exclusiva de los sacerdotes. El cristianismo sacerdotal… genera clericalismo y un sinfín de otros problemas… El común de los católicos… no tienen ninguna participación en la generación de las decisiones más importantes de su Iglesia.

Estas son obra de un estamento sacerdotal que se elige a sí mismo y no se siente obligado a dar cuenta a nadie del desempeño de sus funciones. Los obispos y sacerdotes son los “elegidos” por Dios, pero como si Dios no pudiera elegirlos a través de las comunidades. Así las cosas, la Iglesia no está a la altura de los tiempos y, porque la Encarnación pide hacerse a los tiempos, a los tiempos de la autonomía de la razón y a las demandas de dignidad de los seres humanos, muy difícilmente puede ser testimonio de Jesucristo” (Agotamiento de la versión sacerdotal de la Iglesia Católica. Redes Cristianas. Agosto 19/2022).

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