60 años del inicio del Concilio

Faus: “Ninguna revolución es instantánea, tampoco la del Concilio”

Juan XXIII

«Mientras se preparaba el Concilio, un profesor (el único un poco abierto) nos había ido diciendo por cartas que le llegaban de Roma, que la preparación del Vaticano II era bastante carca, Total: esperábamos poco de aquel acontecimiento eclesial»

«Ver a aquellos señores con sus vestimentas tan ridículas y sin darse cuenta de su ridiculez, me hizo pensar también que las cosas iban para largo, que ninguna revolución es instantánea»

Por José I. González Faus

Cuando se abrió, hace hoy 60 años, el Concilio Vaticano II comenzaba yo tercero de Teología. Estábamos hartos de la teología (?) que se nos enseñaba; tanto, que tuvimos la idea de fundar la revista ‘Selecciones de teología’, para mostrar a nuestros profes que había otra teología.

Pero el curso anterior, mientras se preparaba el Concilio, un profesor (el único un poco abierto) nos había ido diciendo por cartas que le llegaban de Roma, que la preparación del Vaticano II era bastante carca, Total: esperábamos poco de aquel acontecimiento eclesial.

Apertura del Vaticano II

En este ambiente se inauguró el Concilio y recuerdo el comentario de un compañero de curso tras el discurso inicial del papa Juan XXIII: ¡qué buena cenestesia me ha dejado el papa Juan! con aquella triple tarea: sustituir el bastón por la misericordia; que la tarea de la Iglesia no es solo «conservar» su tesoro, sino inculturarlo para las gentes de cada época; y promover la unidad de la familia cristiana y humana. Ahí formuló eso que nosotros buscábamos un poco a ciegas.

Las cosas iban para largo

Después aprendí que estas grandes luces son solo momentáneas; continuaron las dificultades (vg. con el esquema de las fuentes de la revelación -que solo se superó por un golpe de timón de Juan XXIII-). Dos años después, cuando se estaba celebrando la última sesión, estaba yo en Roma estudiando en el Bíblico y asistíamos alguna vez a la llegada de los padres conciliares al Vaticano. Ver a aquellos señores con sus vestimentas tan ridículas y sin darse cuenta de su ridiculez, me hizo pensar también que las cosas iban para largo, que ninguna revolución es instantánea (y que ese grito tan chulesco de «Podemos» solo vale si decimos: podremos, si aguantamos).

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