Buscar soluciones consensuadas

Arzobispo Observador permanente de la Santa Sede ante la ONU en Nueva York.

En una serie de intervenciones ante la ONU, el observador permanente monseñor Gabriele Caccia reafirmó la posición del Vaticano sobre el conflicto en Ucrania, relanzando las palabras del reciente llamamiento del Papa: busquemos soluciones que no se impongan por la fuerza, sino consensuadas, justas y estables

 Por Alessandro De Carolis – Ciudad del Vaticano

Cuatro intervenciones como un mosaico, dictadas por la urgencia de mostrar también a la asamblea de la ONU el plan que le es caro al Papa y a la Santa Sede: recuperar una serenidad mundial que la guerra de Ucrania, con la sombra del dedo en el detonador del conflicto atómico, parece haber ofuscado, fomentando escenarios apocalípticos en lugar de empujar a desactivarlos antes de que sea demasiado tarde. Así es como el representante del Vaticano ante las Naciones Unidas, el arzobispo Gabriele Caccia, vivió una jornada más que intensa, interviniendo ayer en cuatro circunstancias diferentes, dos de ellas dedicadas directamente a la crisis que ha vuelto a dividir el planeta en bloques.

Las condiciones adecuadas para la paz

Ante la undécima sesión especial de emergencia de la Asamblea General, en la que se abordó la cuestión de la integridad territorial de Ucrania, el observador permanente de la Santa Sede repitió palabra por palabra el llamamiento lanzado por Francisco el pasado 2 de octubre en el Ángelus, esa más que sentida invitación, dirigida explícitamente a los presidentes de los dos países beligerantes, para que silencien sus armas y busquen «las condiciones para iniciar negociaciones capaces de conducir a soluciones no impuestas por la fuerza, sino acordadas, justas y estables». Condiciones, insistió el Papa, «basadas en el respeto del valor sacrosanto de la vida humana, así como de la soberanía e integridad territorial de cada país». Y ello «sin dejarnos arrastrar a peligrosas escaladas» de una guerra tachada de nuevo de «locura».

La paz no es el mismo número de armas

Un discurso, el de Monseñor Caccia, estrechamente relacionado con el dirigido a sus colegas en la primera Comisión de la Asamblea General, dedicada al desarme y la seguridad internacional. El representante del Vaticano comenzó recordando el mismo clima de inquietud de hace sesenta años, cuando el mundo estuvo a punto de entrar en un conflicto nuclear y cuando Juan XIII, en su Pacem in Terris, señaló sin rodeos que la verdadera paz entre las naciones no puede basarse en «la posesión de un número igual de armas, sino sólo en la confianza mutua». Sin embargo, a pesar del drama actual, el prelado señaló que «hay signos de esperanza para el desarme» incluso hoy en día, destacados en primer lugar por la ratificación por parte de seis Estados del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (CTBT). Tras pedir a los demás países que hagan lo mismo, Monseñor Caccia abordó el preocupante desarrollo de los armamentos, desde armas como las minas antipersona y las municiones de racimo hasta los sistemas de armas orbitales y los misiles antisatélites. El gasto militar mundial, afirmó, «ha superado por primera vez los 2 billones de dólares», consumiendo recursos «que podrían promover el desarrollo humano integral y salvar innumerables vidas». Si no se aborda esta proliferación desenfrenada», dijo, «la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) seguirá siendo difícil.

Con la pandemia y las guerras crece la pobreza 

De un tenor diferente, pero no menos importante, fueron las otras dos intervenciones del observador permanente, la primera de las cuales se dirigió a la audiencia de la Segunda Comisión de la Asamblea General sobre la erradicación de la pobreza y el desarrollo de la agricultura, la seguridad alimentaria y la nutrición. En este caso, el prelado constató un retraso con respecto al calendario establecido. «Solo ocho años después de la consecución de los objetivos de la Agenda 2030 y cinco años después de la conclusión de la Tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Erradicación de la Pobreza», señaló, «la comunidad internacional debe retomar el camino y redoblar sus esfuerzos para hacer frente a las alarmantes tasas de pobreza, especialmente en los países menos desarrollados». La pandemia ha provocado un aumento del 8,3% en 2019 al 9,2% en 2020 en la tasa de pobreza, una «fluctuación aparentemente pequeña en los datos» que, sin embargo, «se corresponde -subrayó el prelado- con un cambio enorme, es decir, 77 millones de personas más que viven con menos de 1,90 dólares al día», lo que supone una malnutrición generalizada y una serie de problemas relacionados, desde la salud hasta el empleo. De ahí el reiterado llamamiento a «diseñar políticas que tengan a la persona humana en el centro y garanticen el acceso equitativo a aquellos bienes esenciales, recursos y oportunidades indispensables para sostener la vida y promover el desarrollo integral y el bienestar de cada persona».

Los Pueblos indígenas con el derecho a contar

Por último, en la tercera Comisión de la Asamblea General, centrada en los «Derechos de los Pueblos Indígenas», monseñor Caccia estigmatizó cómo son «demasiado a menudo descuidados, cuando no realmente ignorados», una situación que repercute en estas poblaciones, víctimas del impacto del cambio climático y de la degradación del medio ambiente, así como, denunció el observador vaticano, «de políticas codiciosas y miopes y de prácticas ilegales que pueden conducir a la expropiación de territorios y recursos». En cambio, es necesario reconocer a los pueblos indígenas como titulares de derechos «haciéndolos participar, cuando proceda, en los procesos de toma de decisiones» en los organismos donde se deciden las políticas que les afectan. Además, continuó el prelado, si las tierras que habitan «van a ser catalogadas como protegidas, debe garantizarse el respeto al principio del consentimiento libre, previo e informado». Este diálogo, que garantiza el respeto de sus derechos y libertades fundamentales, pero también de sus tradiciones y costumbres, es esencial -según Monseñor Caccia- para promover una cultura del encuentro frente a esa cultura del indigenismo «completamente cerrada, a-histórica y estática que rechaza cualquier tipo de fusión».

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