Una teología de difuntos

Más allá  de Halloween: enseñanza de mi abuela, una teología de difuntos

La palabra di-funto proviene del latín “de-functus”, aquel que ha cumplido su tarea (fungere-fungi), que ha saldado las deudas de la vida y que se encuentra por tanto “des-ligado”, ab-suelto de toda función, obligación o cargo, en libertad plena, ante/en lo divino y en lo humano. No tiene ya nada que hacer o cumplir, ninguna deuda que saldar, liberado, por tanto, de sus obligaciones, abierto sólo al misterio divino de la vida.

Por eso, los cristianos decimos a Dios que “perdona nuestras deudas” (Padre-nuestro), pidiéndole que nos acoja en el seno de su paz (RIP: requiescat in pace), que descansemos en la paz de Dios que es Shalom, como dice  la bendición sacerdotal de Israel, Num 6, 22-27, por la que rogamos a Dios, que sea nuestra vida y protección (Yahvé, Shommer). que nos conceda su paz.

Por X Pikaza Ibarrondo

Los difuntos forman parte del misterio cumplido de la vida. Están por una parte “desligados” (liberados). Pero, al mismo tiempo, expresan y fundamentan todo lo que somos, y en ese sentido podemos “imaginarlos” (representarlos) como como “esencia” o principio de aquello que somos. En su relación con los difuntos se define, según eso, nuestra vida. Frente a los “animales” que, en principio, abandonan a sus muertos (los olvidan), los hombres somos aquellos que “recordamos” a los muertos, los mantenemos en la memoria.

El hombre es un animal de pensamiento (racional), de trabajo organizado (productor) etc. Pero, en sentido más profundo, es un viviente que recuerda a sus difuntos, sabiéndose ligado a ellos.  Por eso, los primeros signos humanos dichos son los “enterramientos” (dólmenes, cuevas y ritos funerarias etc.).

Desde ese fondo, en las reflexiones que siguen, quiero evocar dos elementos de mi visión fundamental de los difuntos. (a) La experiencia milenaria de mi abuela, en un contexto rural vasco. (b). La teología cristiana de los difuntos.

EL HALLOWEEN DE MI ABUELA

No me extraña nada el Halloween como fiesta pagana de los difuntos, de origen quizá celta, pero con raíces mucho más extensas, yo diría universales, muy cercanas a las que me transmitió mi abuela. El culto y recuerdo de los muertos, con lo que tiene de fascinación, pavor y vibración del alma, es una de las bases de la cultura humana (y de la religión). Si un día lo olvidamos, si los muertos dejan de ser “sagrados” en el sentido más hondo del término, dejaremos también de ser humanos.

Lo que me entristece es un Halloween sin hondura , manejado por comerciantes del dinero y la conciencia otros seres humanos. Si triunfa este «Halloween sin Halloween» (es decir, sin experiencia de la santidad de los difuntos), habremos perdido el gozo y la emoción de la vida, con el infinito temblor sagrado, esperanzado, de la muerte, de manera que nos convertiremos en máquinas, juguetes parlantes, en manos de la pura banalidad o del comercio económica que todo lo corrompe  y lo utiliza. Viviremos sin repliegues de misterio en el alma, pues no tendremos alma.

            Si borramos el Halloween “primigenio” de mi abuela habremos destruido el gozo y misterio más hondo de nuestra existencia., que consiste en recordar a los difuntos, manteniéndoles en el recuerdo del corazón y celebrando con ellos (por ellos) la fiesta dolorida y gozosa  de la vida.

Esto es lo que puede suceder por la vía de un Halloween sin sin temblor gozoso ante misterio de la vida y de la muerte. Habremos borrado la “fiesta” de los santos y difuntos de todos. Seremos como autómatas en manos del comercio de algunos. No habrá ya santidad de fondo de la existencia humana, sorpresa ingente por la vida, por ser cada vida única y sagrada; no habrá desconcierto infinito e infinita esperanza ante la muerte; no habrá ya humanidad, al menos la que hemos conocido hasta el momento.

De esto quiero tratar en el entorno de estos días de santos y difuntos (para otros de Halloween; 1-2 de noviembre), no para negar el Halloween como posible fiesta de la muerte (¡que yo he celebrado de niño!), sino para darle su sentido antropológico, religioso, que no es comercial, sino de apertura al misterio de la vida. 

Celebré un año las fiestas de los santos y difuntos con mi abuela materna, en el basherri o caserío de Aldekoa/Arrugaeta. Con ella se podía hablar de todo y así hablamos. Fue una de las más hondas lecciones que me han dado, sobre la vida y la muerte, antes de todo lo que más tarde he podido aprender estudiando y enseñando sobre el sentido de la vida y de la muerte en las diversas culturas y religiones.

1. Yo tendría en torno a ocho años (quizá siete y miedo, quizá ocho y medio). Le dije que me habían dicho que no pasara esos días por delante del Illherri o cementerio (pueblo de los muertos), pues venían los difuntos y metían miedo.

Me respondió que no les tuviera miedo, que pasara por allí contento, que los muertos (Arima-Santuak, almas santas) estaban allí para ayudarnos y enseñarnos. Que les pidiera su ayuda, y que me ayudarían, pues los muertos son santos que ayudan a los niños a crecer y a los hombres a vivir, como ellos han vivido, y mejor todavía que ellos, aunque no les veamos.

2. Le pregunté entonces por qué se celebraban muchas misas, con muchas velas en la Iglesia. Le dije también que muchos lloraban, sobre todo las mujeres, y que iban de negro.

Me respondió que las misas no eran para ayudar a los difuntos, sino para recordarles, para saber que todos formamos una gran familia, vivos y difuntos. Me dijo que las velas eran para saber que hay una luz para cada uno, para todos… y que las mujeres lloraban porque recordaban con cariño a los difuntos, sabiendo que un día todos los que hemos vivido en el mundo nos encontraríamos en Dios.

3. Entonces le pregunté por qué había dos fiestas, una de difuntos y otra de santos, que me parecía que los santos ya disfrutaban en el cielo y los difuntos seguían sufriendo en el purgatorio o el infierno.

Ella me dijo, con toda decisión, que las dos fiestas eran una misma. El día de los Santos se recordaba a todos los muertos con alegría, porque todos iban a Dios, donde la vida era una Gran Luz, un Gran Amor; entre esos santos se recordaba a algunos en especial, como la Virgen, San Pedro o San Martin, los que estaban en las imágenes de la iglesia. El día de los Difuntos se recordaba a los mismos muertos, especialmente a últimos, a los que todavía recordamos (aitita, osaba Leon…), porque Dios le está recibiendo en su casa del cielo.

4. Yo le dije todavía que había algunos muertos malos, malos, de esos que iban al infierno, y que venían para castigar a los niños, que así me lo había dicho Eneko en el camino de la fuente, y que había que espantarles. Ella me respondió muy seria que no le hiciera caso a Eneko, porque ningún muerto podía venir a hacernos daño. Además, añadió, no podíamos decir que alguno se condenaba, porque Dios es el Más Grande (Jaungoikoa haundiena…) y puede llevar a todos a su cielo, porque él quiere a todos, porque todos somos sus hijos, y por eso vino Jesús, para abrir las puertas del cielo, de par en par…

5. Pero, entonces, le dije: ¡Amama, todo lo mismo! Si todos se van a salvar a ir al cielo, da lo mismo ser bueno que malo…Ella volvió a responderme muy seria. ¡No todo da lo mismo! Precisamente porque Dios nos quiere tenemos que buenos, y no tener miedo… Por eso debemos celebrar y alegrarnos estos días, de los Santos y los Difuntos, llevar flores, llevar luces… Vamos al etxaurre a buscar flores, luego voy a hacer unos pasteles, vamos a poner luces en casa, para que estén con nosotros los santos y difuntos, y estén contentos…

6. Pero ¿no dices que no se les puede ver, que no les tenga miedo? ¿Para qué poner luces y flores si no les vemos?

No les vemos, pero ellos están. Están aquí, con nosotros, en la misma casa, están en la iglesia y el Illherri… No les podemos ver, pero están, ellos nos hablan al corazón, sin necesidad de palabras, nos dicen que vivamos, que nos queramos… y cuidemos unos a otros

¿Sabes quién es el muerto principal, el amigo de todos los vivos y los muertos? Es Jesús, ya sabes cómo le mataron, sabiendo además que está vivo, en nosotros con nosotros. Eso es lo que llaman los curas resurrección. Jesús está aquí, diciéndonos lo que nos decía cuando vivió en Jerusalén; y está la Andramari, su amatxu, y están los muertos, todos resucitados, con nosotros. No, no les podemos ver, ni escuchar con los oídos, pero les podemos sentir en el corazón y están contentos porque vivimos y nos queremos. Por ellos podemos vivir, a ellos les debemos lo que somos.

7. No entiendo, amama. ¿Por qué dices que podemos vivir por ellos, si ya no están?

–¿Cómo te atreves a decir que no están? Ellos están y viven con nosotros. Sin ellos no seríamos nadie, no podríamos haber nacido. Pero ahora no podemos verles, gracias a Dios. Tú no podrías vivir sin tu aitita, que ya ha muerto, pero está contigo, y no podrías vivir sin Jesús y sin todos los que han muerto para que nosotros podamos vivir. Por eso, aunque estamos tristes porque han muerto nos alegramos, buscamos flores, ponemos luces, vamos a comer pasteles… y después, mañana, iremos a misa, con luces y zapatos nuevos y daremos gracias a Dios por todos los muertos…

Mi amama celebraba así un tipo de Halloween, de rito “pagano” por los muertos, como el que han celebrado chinos y bantúes, celtas y euskaldunes, por siglos y siglos… Pero ese rito era, al mismo tiempo, una fiesta cristiana, una fiesta de gozo por la vida y la muerte de Jesús, en el Illherri de fuera y en la Iglesia de dentro, en los caminos y en las fuentes.

No sé si he recreado aquel recuerdo de un modo demasiado romántico, pero ha seguido estando ahí, a lo largo de mi vida, con más fuerza que las ideas teológicas que más tarde quise aprender. Por eso, estoy seguro de que un tipo Halloween humano y religioso pertenece a las entrañas de la misma vida. Ese Halloween, no se opone al Evangelio de Jesús, sino todo lo contrario, está en la línea de la fiesta cristiana de la vida, porque el muerto por quien todos vivimos es el mismo Jesús, Dios que ha muerto por nosotros, para que en él vivamos, despleguemos nuestra vida en amor y seamos

Pero está llegando un Halloween puramente comercial, que ha perdido sus raíces religiosas y se ha convertido en un signo de consumismo banal, que todo lo confunde (muertos y vivos, monstruos y seres humanos) en aras de un comercio que Cristo quiso expulsar del templo de la vida humana.

2. DÍA DE ÁNIMAS. EL PURGATORIO NO ES DOGMA, ES UN CAMINO EN LA VIDA.

No es un dogma separado, sino un elemento de la experiencia de Jesús, quien, según el credo de los apóstoles “descendió a los infiernos” (que son en realidad el purgatorio), para compartir la suerte de los muertos, liberándolos de la destrucción eterna.

No es un dogma más, junto a otros, sino un elemento esencial del “dogma” de Jesús que “descendió a los infiernos” para acompañar y liberar a los que “esperaban” (=esperan) su santo advenimiento. Así lo entendió la iglesia antigua y lo sigue entendiendo la Iglesia Oriental, que no ha necesitado nunca ni necesita un dogma separado sobre el purgatorio.

No es un dogma más, sino la primera experiencia verdaderamente humana, que ha separado a los hombres de todos los restantes animales, cuando han empezado a enterrar a los muertos o a despedirles de un modo distinto, sabiendo que siguen en camino, en el gran despliegue de la vida. 

Introducción

             El dogma de fondo no son las almas/ánimas que necesitan ser purgadas o sacadas de un tipo de cárcel penitencial, sino Cristo que se ha encarnado (=sigue encarnándose) en la historia de amor y dolor, de vida y muerte de los hombres. Ciertamente, la devoción cristiana ha representado con mucho amor (y a veces con cierto tenebrismo) la cuestión del purgatoria.

     Es bellísima la imagen de la Virgen sacando almas del purgatorio. Es importante la devoción a las almas del purgatorio, la comunión eucarística con ellos, la apelación a la Indulgencia de Dios (no a las indulgencias con días particulares etc. etc.). Pero eso son detalles secundarios. El dogma es Cristo (=Dios encarnado) que vive en los hombres, asumiendo su historia, una historia en marcha, en la que vivos y difuntos nos mantenemos (=estamos comprometidos) de modos distintos en la “marcha” de la vida.

            Eso significa que el camino de vida de los difuntos no ha terminado todavía, pues formamos todos un “cuerpo” en marcha, en comunión de gracia y amor, hasta la plena reconciliación (hasta la plenitud del Reino, cuando el Dios de Cristo sea todo en todos (1 Cor 15, 28)

 Un purificatorio

Según la teología tradicional, purgatorio (en sentido figurado) es el «purificatorio», que no se entiende como «tiempo» sino como proceso de transformación creyente (nos atrevemos a decir «cristiana») de aquellos que han muerto sin hallarse aún preparados para alcanzar la bienaventuranza de Dios (=que no han llegado aún a la meta de la vida en Dios, que es la parusía plena de Jesús, la resurrección de todos los muertos).

Lo que llamamos purgatorio no es algo que se aplica sólo a las almas separadas, ni tiene un sentido puramente medicinal, como el de las purgas que se empleaban antiguamente para curar a un tipo de enfermos de cuerpo. De un modo semejante, los enfermos de alma, necesitarían una purificación espiritual, a fin de limpiarse por dentro, para así recibir el amor de Dios y responderle igualmente en amor, amando a los demás hombres y mujeres, llegando de esa forma al cielo.

Por eso, más que de purgatorio e incluso de purificatorio, habría que hablar de amatorio, es decir, de aprendizaje y experiencia de amor, pues quien no ha conseguido amar o recibir en gratuidad el amor de Dios en Dios no está preparado para responderle en amor. Es, por tanto, una escuela de amor, donde el símbolo del fuego no emplea en clave de castigo, sino de creatividad de amor.

De todas formas, la Iglesia Católica no ha logrado explicar plenamente el purgatorio/amatoria, de manera que, en general, las iglesias protestantes se oponen a su visión del tema, negando incluso la existencia del purgatorio. Pero muy posiblemente esa oposición protestante se dirige a un tipo de «mercado» del purgatorio (¡misas por los difuntos, en sentido casi comercial!) más que a la visión recta del tema.

            Sea como fuere, el purgatorio forma parte de la experiencia más honda de la vida humana: Los muertos siguen de algún modo viviendo, tienen una función muy importante en nuestra vida. No son simplemente “di-funtos” (de-functi: los que no tienen ya ninguna función que cumplir)… Sino que su función consiste en mantener nuestro pasado. Por ellos somos, ellos definen de alguna manera lo que podemos ser; y nosotros, los que aún vivimos, seguimos manteniendo en vida a los difuntos, esperando la utopía de la nueva humanidad, de la vida de todos los que han muerto.

  Estrictamente hablando, el símbolo del purgatorio no aparece en la Biblia, aunque se conocen y aceptan en ella las oraciones por los difuntos, como aparece no sólo en 2 Macabeos 12, 43-46 (que es el texto clásico sobre el tema), sino en el conjunto de la piedad israelita y cristiana. En esa misma línea se puede entender un pasaje de Pablo (1 Cor 15, 29), donde se habla de aquellos que se “bautizan” (es decir, se purifican) por los muertos. Pero más que en unos textos aislados, la experiencia y teología del purgatorio ha de entenderse desde la visión completa de la fe cristiana, que es una fe en la vida, en la transformación y resurrección de los creyentes, es decir, de todos los hijos de Dios, por medio de Jesús.

En ese sentido, creo que el purgatorio forma parte del proceso de muerte y resurrección de los hombres en Cristo, para integrarse en el camino de su salvación, para resucitar con él (desde Dios) a la vida eterna (que es Dios Todo en todos). Ese es el principio de purgatorio, la afirmación de que la «vida» de los creyentes no termina con la muerte, sino que se abre en y por ella al despliegue de la luz/amor de Dios.

  Una historia y realidad compleja

El purgatorio puede vincularse con las “pruebas de purificación” que aparecen en diversas religiones: ellas son como pasos que el novicio o candidato a la madurez debe superar, a fin de alcanzar la perfección y adquirir de esa manera el conocimiento perfecto del misterio y la integración en el grupo de los purificados.

a. Cárcel penitencial. El purgatorio tras la muerte se ha comparado con una cárcel temporal, donde los delincuentes expían por los pecados que han cometido y se purifican, con el fin de integrarse de nuevo en la sociedad, viviendo en ella en una situación de limpieza. Entendida así, la cárcel responde no sólo a la justicia del «talión» (cada uno debe “pagar” por lo que ha hecho), sino también a una exigencia de maduración personal. Los hombres, especialmente aquellos que son reos de una determinada culpa, tienen que compensar por el mal que han realizado y alcanzar de esa manera la madurez personal que se necesita para vivir en situación de libertad; no es una cuestión de justicia exterior, sino de plenitud interna.

b. Purgatorio tras la muerte. Aparece básicamente como una interpretación teológica de la necesidad de purificación de aquellos que han muerto sin haber logrado una pacificación interior y una maduración personal. Las religiones de la interioridad (hinduismo, budismo) tienden a interpretar esta necesidad de purificación a través de la doctrina de las reencarnaciones: los espíritus que no han llegado a estar pacificados y no han alcanzado su nivel de perfección, tienen que volver a introducirse en los ciclos de la vida, para así purificarse, hasta alcanzar el estado de inmersión total en lo divino (o en lo nirvana).

Por el contrario, los cristianos católicos han desarrollado la doctrina del purgatorio como medio de purificación individual (para cada hombre o mujer) y lo han concebido como un estado de vida intermedia entre este mundo y el cielo. Los que mueren en estado de imperfección no nacen de nuevo en la tierra, ni van directamente al “cielo” (ni son destruidos para siempre, como los posibles condenados del → infierno), sino que han de ser “purificados” tras la muerte, en un tipo de vida intermedia, que tiene precisamente esa función purgativa de limpieza.

c. Culto a las almas del purgatorio. Es de doble tipo, conforme a la doctrina de la “comunión de los santos”, que vincula a las tres “iglesias”: militante (de la tierra), purgante (del purgatorio) y triunfante (de los que han alcanzado el cielo, culminando de esa forma su camino de lucha).La visión de esa iglesia purgante, cuyos miembros difuntos (almas del purgatorio) pueden orar por los vivos de la iglesia militante y recibir la ayuda que ellos les ofrezcan (especialmente a través del sacrificio de la misa) ha formado una parte esencial de la piedad católica de la Edad Media y Moderna. Ese culto por las almas del purgatorio se ha realizado, según eso, en una doble dirección: los vivos han rogado por los muertos (para que culmine su purificación y salgan del purgatorio, triunfando en la vida superior del cielo); los difuntos del purgatorio han rogado por los vivos, protegiéndoles en los diversos peligros de la vida.

  Disputa sobre el purgatorio. Un poco de protesta.

Está vinculada, sobre todo, con las formas externas de culto a las almas del purgatorio y, en especial, con las indulgencias. Fue una disputa que nació en torno al siglo XIII y culminó en el siglo XVI, con la crítica de los protestantes y las declaraciones del Concilio de Trento. Una gran parte de los católicos medievales vivieron muy preocupados (incluso obsesionados) por la idea de la salvación eterna, vinculada a la superación del purgatorio donde se suponía que penaban las almas de gran parte de los hombre y mujeres que habían fallecido, como puso de relieve Dante (1265-1321), de manera impresionante, en la segunda parte de la Divina Comedia, dedicada en especial al Purgatorio. Conforme a la visión común de aquel tiempo, el poeta pudo imaginar las diversas formas y tiempos de purificación de los muertos, hasta alcanzar la salvación eterna.

En este contexto, ha tenido (y sigue teniendo) una importancia especial la celebración de la Eucaristía como “sacrificio” por los muertos. Podemos recordar que, al menos en la mente de muchos creyentes devotos, la eucaristía dejó de ser celebración comunitaria de la muerte y de la vida de Jesús (expresada en la comunión de plegaria y de comida de los creyentes), para convertirse en un medio de expiación y remisión de los pecados de los difuntos.

Con esta finalidad se multiplicó la celebración de “misas” y muchos tuvieron la impresión de que la superación del purgatorio estaba vinculada al número de veces que pudieran celebrarse a favor los difuntos (con los aspectos económicos, sociales y litúrgicos que esa suponía). En esa misma línea ha venido a situarse la concesión de “indulgencias” que papas y obispos han decretado, con el fin de ayudar a los difuntos a través de la recitación de determinadas oraciones o de la realización de algunos ejercicios de piedad e, incluso, de prestaciones económicas.

En contra de esta doctrina de las indulgencias y de la celebración de misas por los difuntos se empezó elevando la Reforma de Lutero, con sus 95 tesis del año 1517. Estrictamente hablando, en su raíz, el protestantismo no ha negado la posibilidad (o la existencia) de un purgatorio, entendido como signo (no estado) de purificación y transformación de los hombres y mujeres a los que Dios llama a su Reino por Cristo. Pero esa purificación no es algo que se pueda medir ni cuantificar en tiempos específicos (¡diaz años de purgatorio!) a través de un tipo y tiempo de indulgencias (¡plenarias, de cien años…!) o de celebraciones rituales, sino que forma parte del misterio de la “comunión” de los santos, es decir, de la comunicación creyente (mesiánica) de todos los hombres y mujeres de la historia.

Pienso que, de alguna forma, todos los cristianos, incluidos los católicos, nos hemos hecho un poco protestantes.. Admitimos el misterio de la comunión de los santos y de la oración que nos vincula a todos los creyentes (a todos los hombres, vivos y muertos) en el misterio de Cristo, pero nos cuesta mucho entender el sacrificio en un sentido antiguo, y más el sacrificio de la misa en línea penitencial. Para la mayoría de los católicos actuales no se puede ya hablar (ni se habla) de un dogma del purgatorio.

Reflexión de conjunto. Catecismo de la Iglesia católica

El purgatorio ha sido (y en parte sigue siendo) uno de los elementos fundamentales de la visión religiosa de muchos católicos, especialmente en los medios populares. A pesar de los excesos que se han podido cometer en este campo, el purgatorio constituye uno de los símbolos más importantes de la experiencia cristiana, pues nos sitúa ante la puerta de la muerte y de la resurrección, con sus grandes paradojas, con su inmensa esperanza.

 (a) Por un lado, aquellos que mueren (¡todos los hombres!) quedan en manos de la misericordia de Dios, que les ofrece su salvación en Cristo.

(b) Pero, al mismo tiempo, ellos quedan ante todo aquello que han sido y son (en sí mismos y desde los otros), de manera que necesitan rehacer su vida, desde el don de Dios, en comunicación con todos los restantes hombres y mujeres de la tierra.

(c) El purgatorio nos sitúa en el lugar donde se distinguen y encuentra las dos “comunidades” de creyentes: los que caminan en este mundo y los que ya han muerto. De un modo lógico, el recuerdo y el culto a los muertos formas parte de la vida y esperanza de aquellos que viven.

Ésta es una doctrina que sigue siendo importante para el cristianismo. 

Desde ese fondo podemos citar algunos números que el Catecismo de la Iglesia Católica ha dedicado al tema: «Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de la muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre todo en los concilios de Florencia [1439] y de Trento [1563].

La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura -por ejemplo, 1 Corintios 3,15; 1 Pedro 1,7-, habla de un fuego purificador. Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: «Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado» (2 Mac 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos, y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos» (CEC 1030-1032).

Ésta es la doctrina oficial del catecismo… Es “oficial”, pero no ha sido admitida por gran parte de los católicos actuales. Por otro lado, la referencia a 2 Mac, siendo “venerable” termina siendo “penosa” a no ser que se entienda en su contexto, que es quizá más pagano que judíos..  Ella refleja la tradición venerable de la Iglesia católica. Pero a partir de ella se puede avanzar, en la experiencia y en la teología.

Quizá se pueda decir que el “purgatorio” es el mismo amor de Dios  en Cristo que será capaz de hacer que todos los hombres amen; no será “penorio” (lugar de penas), sino amatorio (experiencia y camino de felicidad y amor, porque sólo aquellos que aprenden a amar (se dejan transformar en amor y por amor para la felicidad) podrán vivir plenamente en Dios.

En ese sentido, el purgatorio forma parte de la experiencia cristiana de un Dios que quiere ser amor total, todo en todos por gracia. El purgatorio es la experiencia y certeza de un excedente de gracia; es la certeza de que el infierno no podrá dominar sobre la Vida de Dios. La forma de “orar” por las almas de purgatorio y de acompañarlas (y de dejarnos acompañar por ellas) en el camino de la vida eterna forma parte del misterio de la comunión de los santos. Pero hay un modo infalible de ayudar a las almas del purgatorio (almas son las “personas”)  en cuerpo y alma: es ayudar a vivir en amor y solidaridad a los hombres y mujeres de este mundo; es procurar que ese infierno de mundo se vuelva lugar de purificación para la vida y la esperanza, en ese mundo en que habitamos los hijos de Dios.  

Un símbolo importante, un símbolo que da que pensar, que nos comprometa a actuart

El purgatorio en sí no es un dogma cerrado, sino un símbolo que nos permite entender mejor la “suerte” de aquellos que han muerto sin estar purificados para Dios. Las religiones de la interioridad (hinduismo, budismo) tienden a interpretar esta necesidad de purificación por medio de las reencarnaciones: los hombres que no han alcanzado la purificación completa, han de volver a introducirse en los ciclos de la vida, para así alcanzarla, hasta introducirse de un modo total en lo divino (lo nirvana). Por el contrario, algunos cristianos (los católicos) no aceptan la doctrina de reencarnaciones.

Los que mueren en estado de impureza no nacen de nuevo en la tierra, ni van directamente al “cielo” (ni son destruidos para siempre, como podrían ser los condenados al infierno), sino que han de ser “purificados” en el contexto de la historia universal de la salvación.

‒ Disputa histórica sobre el purgatorio. Surgió en torno al siglo XIII y culminó en el siglo XVI, con la crítica de los protestantes y las declaraciones del Concilio de Trento. Una gran parte de los católicos medievales vivieron muy preocupados (incluso obsesionados) por la idea de la salvación eterna, vinculada a la superación del purgatorio donde se suponía que penaban muchas almas de los hombre y mujeres que habían fallecido, como puso de relieve Dante (1265-1321), en la segunda parte de la Divina Comedia.

Pues bien, para “ayudar” a las almas del purgatorio se multiplicaron las “misas” y se concedieron “indulgencias” de papas y obispos. En contra de ellos se elevó la Reforma de Lutero (año 1517), pero sin resolver el fondo del tema. No se trataba de misas o indulgencias, sino de la experiencia y camino de purificación de los vivos y de los muertos, en el camino que conduce a la plena redención de la historia (de los hombres de la historia).

 – No se trata de una disputa sobre el más allá, sino de una exigencia de transformación en el más acá, en la misma historia. O nos transformamos o morimos…

A pesar de los excesos que se han podido cometer en este campo, el purgatorio constituye un símbolo importante para situar y entender la experiencia bíblica de la salvación.

(a) Por un lado, aquellos que mueren (¡todos!) quedan en manos de la misericordia de Dios, que les ofrece su salvación en Cristo. En ese sentido, porque hay Dios, y Dios es Vida, como se ha revelado en Cristo, podemos y debemos esperar la “Vida eterna”, es decir, el pleno despliegue de la vida para todos los vivientes.

(b) Pero esa misma misericordia de Dios ha de purificar a los vivientes, para que alcancen en plenitud la gloria. Entendido así, el purgatorio no es un “penorio” (lugar de penas), sino un purificatorio y amatorio, un camino de transformación de la vida en amor, pues sólo aquellos que aprenden a amar (se dejan transformar en amor y por amor para la felicidad) podrán vivir plenamente en Dios.

(c) Ese purgatorio que es purificatorio (transformación para la Vida) ha de empezar aquí. Conforme a la Salve, la vida tiene algo de “valle de lágrimas”, pero ha de serlo desde el don de la vida y para la Vida. Debemos asumir los costes de la justicia y el amor, que no son daños colaterales, sino exigencias centrales de una vida hecha para el gozo del amor, y en especial para el amor de los demás, para que puedan transformar el valle de lágrimas en campo de esperanza (como supo ya el profeta Oseas).

(d) En ese sentido, el purgatoria forma parte de la experiencia cristiana de un Dios que quiere ser amor total, todo en todos por gracia (en la línea de 1 Cor 15, 22). Se trata de que, siendo Dios “todo en todos”, todos los hombres y mujeres, que han vivido y que vivirán en el futuro, se encuentran implicados en un camino purificación y transformación, empezando por este mismo mundo (por que los viven en un determinado momento en el mundo), pero abriéndose a todos los que han muertos, pues todos se comunican entre sí, de un modo misterioso, en Cristo, que resucita y vive en el despliegue total de la historia de los hombres.

Jesús descendió a los infiernos (=al purgatorio).

Al comienzo de esta reflexión me ha referido a ese tema, comparando el purgatorio con el “infierno” al que Jesús descendió (=desciende) para liberar a los muertos. La confesión pascual incluye la certeza de que Jesús fue sepultado, como indican Pablo (1 Cor, 15, 4) y los evangelios (cf. Mc 15, 42-47). Pues bien, el Credo de los apóstoles añade que descendió a los infiernos expresando un misterio de muerte y de victoria sobre la muerte, que pertenece a la experiencia originaria de la iglesia.

         Ciertamente, la muerte de Jesús es para los cristianos una consecuencia del pecado de la historia de los hombres. Pero ella es, al mismo tiempo, principio de resurrección, fuente de gracia. Jesús asumió el infierno de la opresión y de la muerte para abrir con su vida y su pascua un camino de resurrección para todos[1].

         El evangelio de Mateo (cf. Mt 27, 51-53) afirma que a la muerte de Jesús comenzaron a resucitar los muertos.  En un contexto como ése, la tradición cristiana ha confesado  que Cristo bajó a los infiernos, al “lugar”de los muertos (es decir, al purgatorio), culminando así el camino de su vida, al servicio de los expulsados, pobres, enfermos y endemoniados.

         Conforme a la visión tradicional, ese infierno (sheol, hades, seno de Abraham…) era el destino de todos los difuntos, un lugar al que nadie podía venir para liberar a los muertos, del tipo que fueran. Pero Dios ha venido por Cristo para hacerlo, es decir, para rescatar a los muertos, ofreciéndoles su resurrección. En esa línea, el Credo dice que descendió a los infiernos y que al tercer día resucitó de entre los muertos, ratificando así la plena en‒carnación (en‒mortalidad) de Jesús, pues quien no muere no ha vivido, y quien no muere por los demás se encierra y perdura en su muerte:

 ‒ Jesús murió y fue enterrado (cf. Mc 15, 42-47 y par; l Cor 15, 4). Sólo quien muere de verdad, siendo enterrado (en muerte real, no aparente, habiendo iniciado así el proceso de descomposición, situado simbólicamente a los tres días) puede resucitar «de entre los muertos». En ese sentido, la Iglesia confiesa que Jesús ha bajado al lugar de no retorno que es la muerte, para compartir la “maldición” de los muertos, e iniciar el nuevo camino de la vida.  

‒ “Sufrió la muer­te en su cuerpo, pero recibió vida por el Espíritu. Fue entonces cuando proclamó la victoria incluso a los espíritus encarcela­dos que fueron rebeldes, cuando antiguamente, en tiempos de Noé…” (1 Pe 3, 18-19). Estos espíritus a quienes anunció la salvación no eran sin más los condenados a la muerte, sino, de un modo especial, los ángeles perversos de ciertas tradiciones apocalípticas. la tradición de Henoc. Como hemos visto, Henoc no podía liberarles, pero Jesús puede hacerlo; por eso ha muerto, por eso ha bajado al infierno, para vencer así a la muerte, no como Jonás, para estar allí por un tiempo, sino como salvador, para liberar a todos los encarcelados (a todos los que estaban en un infierno convertido en purgatorio).

— El credo de los apóstoles avanza en esa línea y afirma que Jesús bajo a los infiernos (al purgatorio de la vida y de la muerte) para liberar de la muerte a los que mueren. Esa ha sido y sigue siendo la confesión más honda de la fe cristiana.  Jesús ha descendido por su muerte al infierno de la historia humana, a todos los infiernos de injusticia, soledad y sufrimiento.  abriendo así un camino de resurrección universal, de forma que Dios pueda ser y ser “todo en todos” (1 Cor 15, 58), en línea de «apocatástasis»: reconstrucción de todo, destrucción del infierno. 

Dios salvador, salvación universal en Cristo

             En esa línea, fijándonos de un modo especial en Mt 25, 31-46 (cf. cap. 20, 25‒27), debemos seguir afirmando que el infierno es lo opuesto a Dios y que sólo puede darse allí donde (en el caso de que) existan hombres que rechazan de un modo eficaz y consecuente el proyecto y deseo de amor, que se expresa como ayuda a los hambrientos, extranjeros, enfermos y encarcelados, del tipo que sean, sin condenar nunca a nadie. Según eso, de un modo consecuente, a pesar de las palabras externas de Mt 25,31-46 (¡apartaos de mí malditos…!), el Dios de Jesucristo se ha identificado con todos los que sufren sean moralmente buenos o malos (incluso con los encarcelados, que pueden ser moralmente peligrosos), de manera que en él pueden hallar todos un camino de salvación en la línea de 1 Cor 15, 28, de forma que Dios sea “todo en todos”.

Entendido así, el infierno no es una realidad objetiva, dada ya por siempre, de antemano, sino una posibilidad que surge allí donde la invitación al amor corre el riesgo de no ser aceptada. Lo que llamamos hoy  infierno es, en sentido radical, un purgatorio, un camino de transformación de la muerte en vida.

Ciertamente no puede existir cielo propiamente dicho (en libertad y gracia) sin posibilidad de condena, pues un hombre que no puede condenarse (negarse a sí mismo, negarse al Dios de la gracia) no sería libre, capaz de amor, y un cielo impuesto no sería cielo. Desde la vida en gracia que ofrece Dios en Cristo, los hombres pueden elegir la muerte que ellos mismos vamos tejiendo con su egoísmo, pero el Dios de Cristo sigue siendo siempre mayor que ese poder de destrucción que somos Por eso, la negación o infierno no es nunca la última palabra.

Pero de hecho conforme al camino de Dios (conforme al dogma clave de la bajada de Cristo al infierno), todos los infiernos pueden ser transformados y convertidos por Cristo en camino de cielo. Teóricamente seguimos teniendo la necesidad de hablar de un infierno (de una negación total de vida), pero, en la práctica, por Cristo, todo infierno es posibilidad de cielo.

Sin duda, el tema no es fácil de resolverse en un plano teórico, pero las razones bíblicas para hablar de una “salvación universal” (abierto a todos) nos parecen concluyentes, a partir de una serie de textos que he venido comentando en los capítulos anteriores.

(a) Jesús ha superado el talión, pidiendo a los hombres que perdonen a sus enemigos. Un Dios que no perdonara a los pecadores iría en contra del mensaje de su Cristo.

(b) La iglesia sabe que Jesús ha vivido y muerto por todos, de manera que su sangre ha sido “derramada por muchos” (peri, hûper pollôn, en sentido de muchos‒todos; Mc 14, 24 par). (c)  Pablo dice que en Cristo han sido “vivificados” todos (cf. 1 Cor 15, 22), añadiendo que, por medio de él, Dios será todo en todos (1 Cor 15, 28).

Pero no es momento de repetir aquí los argumentos anteriores, que he venido desarrollado a lo largo de  mi Teología de la Biblia. Vuelva al conjunto del libro (y al sentido de conjunto de la Biblia) quien quiera precisar el tema. Aquí sólo he querido ratificar lo ya dicho paso a paso en esa Teología de la Biblia, entendida como principio de salvación universal en amor, pero, al mismo tiempo, en libertad radical, de manera que, en sentido fuerte, los hombres (en especial algunos) podrían rechazar de tal manera ese camino, oponiéndose de tal forma al amor de Dios, que no podrían ser “salvados” ni por Dios (conforme a nuestra débil y frágil teología). Pero Dios está por encima de nuestra teología, como el mensaje y camino de la Biblia está por encima de nuestros argumentos lógicos.

 Notas

[1] Sobre el descenso a los infiernos, cf. R. Aguirre, Exégesis de Mt 27, 51b-53, ESET, Vitoria 1980; G. Aulen, Le triomphe du Christ, Aubier, Paris, 1970; W. J. Dalton, Christ´s proclamation to the Spirits. A study of 1 Pe 3, 18; 4, 6, Inst. Bib., Roma 1965;   B. Reicke, The Disobedients Spirits and Christian Baptism, Muksgard, Kobenhavn 1946; H. U. von Balthasar, El misterio pascual en Mysterium salutis III/II, Madrid 1971, 237-265.

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