Entrevista al Cardenal Hollerich

Jean-Claude Hollerich: “Sin el Concilio Vaticano II la Iglesia sería hoy una pequeña secta”

Vida Nueva conversa con el jesuita arzobispo de Luxemburgo, presidente de la COMECE y relator general del Sínodo

Al cardenal Jean-Claude Hollerich no le gusta que le llamen “eminencia”, tratamiento habitual para referirse a los purpurados. “Eso son cosas de Roma. Llámeme padre”, dice este jesuita de 64 años al que se le acumulan los cargos. Es arzobispo de Luxemburgo, presidente de la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea (COMECE) y relator general del Sínodo sobre la sinodalidad. Hollerich participó recientemente en un simposio celebrado en Roma para recordar el 60º aniversario del inicio del Concilio Vaticano II.

PREGUNTA.- ¿Por qué este congreso?

RESPUESTA.- Porque nos hemos olvidado de demasiadas cosas. Toda la sinodalidad de Francisco viene del Concilio: es un tesoro para actualizar la Iglesia. Debemos aprovechar este tesoro que no conocemos lo bastante. El congreso es muy útil para recordar y actualizar, y también para tomar conciencia del contexto intercontinental e intercultural del Concilio y de cómo se ha ido aplicando en distintos lugares. Hubo un momento en el que parecía que la teología ya no ofrecía novedades, pero hemos podido ver nuevos esfuerzos colaborativos que aprecio mucho en diversos continentes y países. Son grandes aportaciones de teólogos que nos han dado mucho que pensar.

P.- ¿De dónde provienen esas novedades tan interesantes?

R.- La Iglesia de América Latina está hoy más avanzada y es más popular que en Europa, donde nos consideramos una élite, pero en la que nos queda mucho por aprender y estamos viviendo una descristianización. Podemos aprender mucho de los esfuerzos que se hacen en América Latina con experiencias como las Comunidades Eclesiales de Base, el CELAM y el Sínodo de la Amazonía. También en Asia hay muchos avances, con un continente de gran diversidad religiosa y social, donde la Iglesia es pequeña. También aquí en Europa lo es, pero la gente aún no se ha dado cuenta. Allí la Iglesia tiene una vitalidad maravillosa. Esas miradas de fuera nos ayudan mucho para poder imaginar la Iglesia en Europa.

P.- ¿Cuánto falta por poner en marcha del Concilio?

R.- No soy un profeta, pero si vemos que la reforma litúrgica aprobada en el Concilio de Trento tardó 200 años en ser admitida en Europa, podemos pensar que estamos solo al inicio. Es cierto, no obstante, que los tiempos se han acelerado y que el Concilio se desarrolló en la época de la modernidad y ahora estamos en la posmodernidad. Si no tuviéramos ese punto de reforma que fue el Concilio Vaticano II, la Iglesia sería hoy una pequeña secta, desconocida para la mayoría de la gente.

Algo así como ese antipapa que tenían ustedes en España. Estoy convencido de que el Concilio Vaticano II salvó a la Iglesia. Sin aquella asamblea habría quedado reducida a un grupo que realiza bellos ritos, pero del que nadie sabe nada. Hoy debemos adaptarnos a los cambios en los marcos mentales. La gente sigue interesada en el Evangelio y debemos reencontrar la autenticidad de ser de verdad discípulos de Jesús.

P.- ¿Existen todavía resistencias a los cambios introducidos en el Concilio Vaticano II?

R.- Sí, y muchas. Las más fuertes vienen de los tradicionalistas, que curiosamente son también un fenómeno posmoderno. Ellos eligen solo un punto de referencia de la historia, sin mirar antes y después. Se olvidan de cómo se desarrolla el crecimiento de la tradición. Es un poco como lo que ocurre con las series de Netflix: te cuentan una parte de la historia, pero inventada, no es real. Por eso no es casualidad que los movimientos tradicionalistas atraigan a jóvenes de Francia y de Estados Unidos.

P.- También buscan una identidad muy clara en un momento histórico en el que estas parecen cada vez más difuminadas, ¿no le parece?

R.- Sí. Los jóvenes que son verdaderamente cristianos son una minoría tan pequeña que necesitan una identidad. No darles a ellos una identidad es terrible, pero debemos vigilar que sea siempre una identidad abierta y sin condenar a nadie. Tener una identidad es bueno, pero las identidades son múltiples, lo que no resulta sencillo.

P.- ¿Hacia dónde va a llevar a la Iglesia católica el Sínodo sobre la sinodalidad?

R.- A una renovación, a dar espacio al Espíritu Santo en la Iglesia. Siempre ha habido espacio para él, pero no siempre lo hemos escuchado. El Espíritu Santo no está reservado solo a la jerarquía, sino que trabaja en la Iglesia para todos. Hay que tener en cuenta lo que dicen todos los bautizados y no quedarnos solo con la voz parcial de lo que digan los obispos. Estos están al servicio del Pueblo santo de Dios, por lo que deben siempre escuchar, entender y llegar a consensos. Hace poco tuvimos un encuentro en Frascati de la Secretaría del Sínodo y ha sido estupendo. Dentro de poco se publicará un documento que me ha hecho muy feliz por cómo plasma el modelo de Iglesia sinodal

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