La Iglesia latinoamericana, en proceso de conversión sinodal

Por MAURICIO LÓPEZ OROPEZA

Esta reflexión parte de la intención de contribuir juntos a que la Iglesia sea más sinodal, es decir, un objetivo que nos supera a todos y que tiene una trascendencia enorme para toda la Iglesia y que brota del sueño del Concilio Vaticano II para una Iglesia que sea más Pueblo de Dios en camino. Y, siendo una experiencia en camino en medio del Sínodo sobre la sinodalidad, constato que, a pesar de los obstáculos, temores y oposición, seguimos caminando y dando pasos pequeños, pero firmes, sabiendo que somos actores y sujetos, mujeres y hombres, de esta conversión eclesial. Lo más importante es el camino sinodal en sí mismo, no los eventos como acontecimientos aislados o puntuales que hay que cumplir en un calendario.

Comparto esta reflexión desde la experiencia personal en los caminos sinodales de Latinoamérica de los años recientes. La nuestra es una experiencia llena de limitaciones y fragilidades, pero, por otro lado, cargada de parresía y del coraje de buscar con terquedad los nuevos caminos más sinodales para la Iglesia del tiempo presente. No hay otro camino, el camino sinodal es el camino necesario hoy para el seguimiento de Jesús. Con mucha sencillez, a partir de mi particular mirada, hablaré sobre un proceso en el que están los rostros y voces de un sinnúmero de personas que son parte de esta experiencia.

En concreto, mis reflexiones reflejan algunas mociones que provienen de dos acontecimientos recientes: el Sínodo especial de la Iglesia universal sobre la Amazonía, que comenzó en 2017, tuvo su fase asamblearia en Roma en 2019, y que sigue en proceso; y de la I Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, que comenzó en enero de 2021, tuvo su fase plenaria en noviembre de ese mismo año, y que sigue en pleno movimiento en conexión con el Sínodo de la Iglesia universal sobre la sinodalidad. Es decir, procesos inacabados y limitados, pero llenos de enseñanzas, por ser caminos de discernimiento en común y de genuina escucha al Pueblo de Dios.

Una oración como síntesis

Quiero comenzar con una oración que pasa casi desapercibida en un documento tristemente poco conocido: ‘Episcopalis communio’ (2018), del papa Francisco. Documento que es mucho más que un texto sobre estructura, pues se trata de una constitución apostólica, y que revela el anhelo del Papa por una Iglesia plenamente sinodal. Esta oración, que procede de la experiencia del Sínodo sobre la familia (2014), es la mejor síntesis que conozco sobre el camino sinodal que estamos recorriendo juntos como una Iglesia:

Pidamos ante todo al Espíritu Santo, para los padres sinodales [aquí se trata de quienes participan en esta Asamblea], el don de la escucha: escucha de Dios, hasta escuchar con Él el clamor del pueblo; escucha del pueblo, hasta respirar en él la voluntad a la que Dios nos llama”.

Tres principios esenciales

En esta oración, descubrimos tres principios fundamentales que en la experiencia sinodal reciente de América Latina se han mostrado como verdades e invitaciones esenciales:

La escucha es un don, es una gracia. Es algo que debemos pedir del Señor, y que requiere de una actitud orante para buscar que Dios mismo nos la otorgue. No se trata solamente de una capacidad particular, o de una herramienta en la que uno se puede entrenar; es, antes que nada, una gracia. Entrar en una experiencia de escucha genuina implica sacarse las sandalias ante la tierra sagrada del encuentro con el otro y la otra. Esta es una condición imprescindible.

La escucha no es un ejercicio individual o autónomo. Es un proceso de reconocer a Dios como el centro, y de sabernos colaboradores con Él en esta experiencia. Solo con Él podremos escuchar de verdad, y el destinatario es siempre el Pueblo de Dios. Es el grito del pueblo el contenido prioritario de la escucha, nunca nuestra propia voz o nuestras propias ideas autorreferenciales. El Espíritu Santo irrumpe desde la voz del pueblo.

El rostro de Jesús

Solo escuchando al pueblo podremos respirar en él la voz de Dios. Ese ‘sensus fidei’ pasa de ser un concepto teológico, a veces etéreo, a convertirse en un rostro concreto, que es Jesús mismo que nos interpela desde –y en– el clamor del pueblo. Solo saliendo de nuestros espacios cerrados y seguros podremos ir al encuentro de ese Pueblo de Dios que grita, que espera y que tiene mucho que decir expresando el propio deseo de Dios para su Iglesia.

A la luz de las inspiradoras y complejas experiencias vividas sobre el proceso en Inglaterra y Gales, con las que me siento en profunda comunión, quiero compartir algunas claves que hemos sacado de ese proceso en América Latina. Para ello, utilizaré una imagen improbable, pero absolutamente necesaria: la del ciego Bartimeo.

Parece difícil tener en consideración a un ciego que está sentado, inmóvil, al lado del camino como guía de cualquier itinerario. Ahora bien, parece que a veces, en nuestra Iglesia, caminamos en las sombras, con una ceguera estructural. Sin embargo, este es un ciego redimido, un ciego que logra ver con ojos nuevos el modo en que Dios hace nuevas todas las cosas. El camino de redención de Bartimeo es el propio camino de nuestra Iglesia en su búsqueda de ser más sinodal, más fiel en el seguimiento del Señor, buscando su propia redención. (…)

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