80 años de la muerte de Miguel Hernández

Luces y sombras de la Iglesia en la vida de un poeta

Miguel Hernández

A punto de concluirse el año del 80 aniversario de la muerte de Miguel Hernández, ha salido a la luz recientemente una carta inédita sobre la relación de la Iglesia con la muerte del poeta, señalando a Luis Almarcha, quien llegaría a obispo, como pieza imprescindible.

En los albores de las tensiones ideológicas que dominarían los años 30 en Europa, Miguel Hernández se hizo amigo de Ramón Sijé. El joven al que le dedicaría su elegía más famosa se mostraba, entonces, abiertamente partidario del fascismo.

Cómplice sin pestañeos, la Iglesia católica se puso al servicio de Franco desde el principio, ofreciendo monasterios y conventos para su transformación en cárceles, y protagonizando ‘ceremonias purificadoras’ de resonancias inquisitoriales y nazis.

Ya al borde de la muerte, Hernández tuvo que ceder al chantaje de casarse por la Iglesia para que su familia pudiese acceder a estar con él en la enfermería de la cárcel.

Por Lucía López Alonso

A punto de concluirse el año del 80 aniversario de la muerte de Miguel Hernández, ha salido a la luz recientemente una carta inédita sobre la relación de la Iglesia con la muerte del poeta, señalando a Luis Almarcha, quien llegaría a obispo, como pieza imprescindible que pudo influir en su favor durante el proceso penal, pero no quiso.

Hace más de una década que Eutimio Martín, biógrafo de Miguel Hernández, apuntó esta teoría en su obra “El oficio de poeta. Miguel Hernández”. En ella plasma la vida del oriolano sin escatimar las luces y sombras que le vincularon a la Iglesia desde su infancia en provincias, antes de la guerra civil (en tiempos de exaltación de los fascismos) y finalmente durante la dictadura, muriendo en una de las diversas cárceles franquistas que padeció.

Colillas de lápices en el prado

“Miguel Hernández descendió del estrado donde fue proclamado emperador y príncipe para vestir la zamarra de pastor y ponerse a pasturar cabras en la Huerta”. Así explica Eutimio Martín el choque que debió de suponerle al pequeño Miguel que su padre le sacara del privilegiado colegio religioso Santo Domingo, en el que había estado estudiando, para ponerle a trabajar. Le tocó pasar página, pero el joven era de personalidad persistente. Se fue al prado con las cabras, pero allí mismo escribiría sus primeros versos, con colillas de lápices, del mismo modo que frecuentaba la biblioteca pública para llevarse lectura. “Doña Inocente, la bibliotecaria, se lleva unos tremendos disgustos cuando Miguel le devuelve los libros de la BAE sucios y muy deteriorados por su pésima costumbre de leerlos doblados por el lomo”, cuenta la biografía de Martín.

Casa-museo Miguel Hernández en Orihuela

El oriolano Carlos Fenoll, dueño de una panadería, estableció con sus amigos una tertulia poética en su propio obrador, ya que el oficio de panadero le impedía asistir a otras tertulias. En esa ‘tertulia de la tahona’, Miguel Hernández se dio a conocer entre sus paisanos afines en edad y en inquietudes literarias. No sorprende, por otra parte, que el despertar poético de Hernández, el poeta-pastor, fuese dentro del marco de una tahona: los oficios humildes, manuales, van a estar permanentemente presentes en la ética y estética hernandianas.

En ese mismo período, Hernández se relaciona con el Círculo Católico de Orihuela, que le pide una poesía para los obreros, con motivo de la celebración de la fiesta del trabajo (el 1 de mayo). “Con este poema consigue Miguel Hernández, en cierto modo, poner en verso la encíclica Rerum novarum de León XIII, la carta magna vaticana de la cuestión social”, apunta su biógrafo.

Sin embargo, en tiempos de auge de los movimientos fascistas, Miguel Hernández no tardó en codearse con sectores de la Iglesia bastante más conservadores que el obrerismo católico, empezando a publicar poemas en revistas ligadas al mundo religioso y principalmente reaccionarias. Seguramente por conveniencia, para darse a conocer en el ámbito regional y aspirando a traspasar esos límites, el poeta firma versos claramente contrarrevolucionarios y de devoto vocabulario: “¡No, no clavó su garra octubre / en este mundo de verdores / que se ilumina y se recubre / como un altar de luz y flores!”.

Miguel Hernández recitando en la Plaza Ramón Sijé de Orihuela

En los albores de las tensiones ideológicas que dominarían los años 30 en Europa, Miguel Hernández se hizo amigo de Ramón Sijé (pseudónimo). El joven al que le dedicaría su elegía más famosa se mostraba, entonces, abiertamente partidario del fascismo, que tenía por programa la violencia. “A la famosa Constitución del 12, al enumerar los derechos de los españoles le faltó una cosa. ¿La adivináis? Pues el derecho a la estaca. ¿Qué quieren los estudiantes? ¿Una España o un caos?”, escribía el agitador Sijé. Pero las circunstancias acelerarían, en su íntimo amigo el poeta, un significativo cambio de tendencias.

Por lo pronto, en 1931 se proclama la República y Hernández, decidido a abandonar el localismo, pone rumbo a la capital. Le escribe por carta a su admirado Juan Ramón Jiménez: “¿Sabe usted dónde he leído tantas veces su libro? Donde son mejores: en la soledad, a plena naturaleza”.

Con la misma convicción con la que pretende hacerse un hueco entre los grandes, firma las cartas como Jorge Lorca y “se fija así una meta estética bidimensional”: escribir como Jorge Guillén, el intelectual de la generación del 27, y como Lorca, quien desde el mismo grupo puso el acento en lo popular.

Mientras el poeta de Orihuela superaba obstáculos entre Madrid y su tierra natal, en 1933 la CEDA había ganado las elecciones: la República, con Gil Robles, daba un giro a la derecha. Miguel Hernández, oportunamente, publica en La Verdad de Murcia y prepara una obra de teatro que define como una tauromaquia “a lo divino”.

En lo personal, había formalizado su noviazgo con Josefina Manresa, una modista hija de guardia civil. “No deja Josefina pasar un mes sin confesarse, ni un jueves sin novena eucarística”, describe Eutimio Martín. “En consecuencia, las sesiones de cine transcurren sin permitir que el brazo de su novio sobrepase los estrictos límites de la propia butaca”.

Josefina Manresa y Miguel Hernández

De ‘soplo divino’ a ‘viento del pueblo’

El chileno Pablo Neruda, célebre poeta entonces afincado en Madrid, al que también Miguel había carteado, se lo había advertido: “Querido Miguel, siento decirle que no me gusta El Gallo Crisis. Le hallo demasiado olor a iglesia…”. Era el título de otra revista de lectores católicos con la que Hernández colaboraba. Ya resuelto a desembarazarse de ese pasado, el de pastor y el de los poemas de ‘soplo divino’ para complacer a las mayorías rancias, Hernández recibe una paliza en San Fernando del Jarama. Le estallan en la cara, entonces, los prejuicios de una España clasista. Que, por su aspecto campesino, le juzga imbécil y peligroso. La confianza de Bartolomé de Cossío y el apoyo de los poetas del 27, refuerzan definitivamente el rumbo de Hernández, del filofascismo al comunismo, de los versos misioneros de las ideas de la Iglesia a su presencia en las Misiones Pedagógicas que había creado la República para llevar la cultura al pueblo.

En ese viraje le influyeron notablemente, apunta Eutimio Martín, mujeres como María Zambrano y Maruja Mallo. La primera, intelectual de calibre, profesora auxiliar de Metafísica en la Universidad Central de Madrid, compaginaba el estudio filosófico de textos precristianos como el Cantar de los cantares con el compromiso político republicano y los paseos a solas por Madrid con el poeta oriolano. En su prosa abrumadoramente mística, escribió en su recuerdo: “Aquellas tardes cuando mencionábamos las espigas y su soleado campo, el redondo pan moreno y la sangre de la tierra exprimida en los racimos. Y cuando nos callábamos”.

María Zambrano

La segunda también pertenecía a la generación de creadoras del 27, pero no era escritora sino pintora. Maruja Mallo, tan diferente de Zambrano, había “resultado ganadora de un concurso de blasfemias”, comenta Martín. Fundamentalmente transgresora, también se había “dado un paseo en bicicleta por el interior de una iglesia durante la celebración de la misa”. Ambas compartirían un destino de exilio, escapando de las represalias franquistas a la intelectualidad republicana y el activismo político.

Poeta, esposo, soldado

1936. Federico García Lorca es asesinado por los sublevados que, alzándose en contra del gobierno republicano, han hecho estallar la guerra civil. La elegía por la muerte de Lorca aparece “como pórtico de acceso a «Viento del Pueblo»”, escribe Martín en El oficio de poeta. Miguel Hernández ya es un reconocido poeta que publica libros, pero con el éxito ha llegado la comprensión de lo verdaderamente importante: la justicia. Se enrola, como soldado, en el que ha pasado a la historia como el ‘batallón del talento’, pues en él combatió junto a otros poetas, como Herrera Petere. Del 5º regimiento a la 11º división, Miguel es, en orden de urgencia, combatiente republicano y poeta. También es esposo (se ha casado con Josefina, en un matrimonio exclusivamente civil) y va a ser padre. “El vientre de su esposa ocupa el primer plano de la cosmovisión hernandiana. El resto, todo el resto, se le hizo al final borroso”, reflexiona Eutimio Martín.

Cuadro de Maruja Mallo con referencias religiosas

Hernández es testigo y partícipe de la victoria republicana con la rendición del Santuario de la Virgen de la Cabeza, en Jaén, que se sumó a las del Jarama y Guadalajara. Cronista de prensa y comisario político del bando republicano, obtiene permiso para regresar a Cox (donde está instalada Josefina) por Navidad, para conocer a su primogénito, Manuel Ramón. El bebé moriría en 1938, a consecuencia de la escasez.

Ya en 1939, la inminente derrota se percibe. El éxodo republicano se dispara. Desde Huelva, Miguel Hernández se dispone a escapar hacia Lisboa (sin posibilidades de salvación en Portugal, por la complicidad salazarista con el franquismo, pero con esperanzas de obtener un pasaporte para Chile a través, como Mallo, de la mediación de la cónsul y también poeta Gabriela Mistral). Pero le detienen y da comienzo su peregrinación carcelaria, primero de Huelva a Sevilla.

El nacionalcatolicismo en el drama de Miguel Hernández

Fue un historiador francés el que bautizó al nuevo régimen como nacionalcatólico. Ungiendo al jefe del nuevo Estado “caudillo por la gracia de Dios”, la dictadura de Franco quedó legitimada y además sacralizada, denuncia Eutimio Martín en su libro. Cómplice sin pestañeos, la Iglesia católica se puso al servicio de Franco desde el principio, ofreciendo monasterios y conventos para su transformación en cárceles, y protagonizando ‘ceremonias purificadoras’ de resonancias inquisitoriales y nazis, en las que se acometían quemas de libros: “Condenamos al fuego de los libros (···) los de la leyenda negra, (···) los de un modernismo extravagante, los cursis, los cobardes, los seudocientíficos, los textos malos y los periódicos chabacanos. E incluimos en nuestro índice a Sabino Arano, Juan Jacobo Rosseau, Carlos Marx, Voltaire, Lamartine, Máximo Gorki”.

Mientras se normalizaba esa estrecha asociación de la Iglesia y la dictadura, con sus sistemas de represión, persecución y censura, el preso Miguel Hernández fue trasladado de Andalucía a la cárcel de Torrijos, en Toledo, donde se cree que compuso las nanas de la cebolla, aludiendo al guiso pobre de patata y cebolla que Josefina, en sus cartas, mencionaba como único alimento disponible para el nuevo hijo, Manuel Miguel, nacido en ese triste 1939. El hambre de posguerra, por supuesto, también la sufrió Hernández encarcelado, aunque sus compañeros de celda destacaban de él su “notable capacidad de atención a los demás”, como relata Martín, cediendo bocados en la cárcel de Conde de Toreno, en Madrid, o en la de Palencia, donde continuó su “turismo penitenciario”.

En el penal de Ocaña, de nuevo Toledo, le dedicó versos al cura ‘verdugo’, que se ensañaba pegando a los reclusos con el instrumento para mover las ascuas de los braseros. “Se comentaba que para él era un placer acompañar a los pelotones de ejecución y dar los tiros de gracia”, apunta el biógrafo de Hernández.

Al tiempo que el poeta, entre rejas, construía juguetes para mandárselos a su hijo por Reyes en 1941, puede que fuera tomando conciencia de que se acercaba el final de su drama. Condenado a la pena capital, aunque ilegalmente (pues la sentencia le acusaba de hechos anteriores a la promulgación de la ley franquista), se le conmutó por 30 años de cárcel por la intercesión, entre otros, de Luis Almarcha, entonces vicario general de la diócesis de Orihuela.

Pero el poeta terminaría muriendo afectado por las condiciones de su cautiverio. Inmovilizado por la fuerza de la enfermedad, ya en la cárcel de Alicante, tuvo que ceder al chantaje de Almarcha, que le forzó a casarse por la Iglesia si quería que su esposa e hijo se despidiesen de él. En marzo de 1942, in articulo mortis y en la enfermería de la cárcel, tuvo lugar la ceremonia religiosa.

Como había escrito en «El rayo que no cesa», “Me llamo barro aunque Miguel me llame”. El poeta del pueblo no fue un arcángel invencible, terror de dragones, como el aludido por su nombre, sino un hombre sencillo y contradictorio, propenso al entusiasmo, que se relacionó con la Iglesia amistosa e interesadamente hasta que, con el triunfo de la dictadura, esa misma Iglesia no le perdonó haber sido la voz de los soldados republicanos. Y le traicionó y olvidó en su presidio.  

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