Juan Bautista

Lámpara 1ª. Juan Bautista,el mayor de los nacidos de mujer, predicador de conversión

Entre las lámparas o velas de adviento (Juan, Isaías, José, María) la primera es Juan Bautista, a quien Jesús define como el mayor de los nacidos de mujer. De su función y figura, como maestro de Jesús, traté  4.12.22. Hoy quiero presentarle como predicador de penitencia, punto de partida del camino de la iglesia.

Según Juan, el hombre no tiene más salida que la conversión total o la muerte. Jesús, en cambio, cree y anuncia que el hombre forma parte del reino de Dios, de forma que está salvado por anticipado. Pero, para llegar a Jesus y acoger su camino de gracia es bueno (necesario) pasar por el fuego del Bautista (el texto que sigue esta tomado básicamente de Historia de Jesús).

Por| X Pikaza

Juan no es evangelio (no forma parte del Reino), pero sigue siendo necesario como principio y puerta del Reino. Para llegar al todo que es Jesús hay que pasar por la nada (negación) de Juan Bautista, como seguiré indicando en los próximos días, exponiendo el sentido de las otras lámparas de adviento (Isaías, José y María), para entenderlas al fin (14.12.22) con el evangelio de Juan de la Cruz.

Humanamente hablando, como hijos de mujer y pecadores, conforme a la amenaza de Juan, estamos condenados a la muerte… Nosotros mismos nos condenamos y matamos. No hace falta demasiado argumento para convencernos de ello.

Pero, desde ese mundo de pecado/violencia y muerte, Jesús nos ha llamado a la vida, esto a la gratuidad y al perdón mutuo.

Desde ese fondo quiero seguir presentando hoy tercer domingo de Adviento el «aviso» de Juan: Si no acogemos la gracia que es Dios podemos destruirnos.

Mateo 11:

No hay entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él»

No parece que este pasaje sea de Jesús, porque  la visión de fondo de la mujer  proviene de una tradición posterior, quizá del Q…, y porque, a juicio de Jesús, los más grandes son los niños y pequeños, no los profetas de penitencia como Juan

El texto bíblico más significativo sobre el hombre como “nacido de mujer” es ek de Job 14,1-4:

1 El hombre, nacido de mujer, corto de días y largo de dolores, 2 como flor brota y es cortado, como sombra huye y no permanece. 3 ¿Y contra uno así abres tus ojos y lo arrastras ante tu tribunal? 4 ¿Podrá un hombre puro provenir de lo impuro? ¡Ni uno podrá!

 En contra del Cantar de los Cantares, la mujer en Job es  impura. Por eso, cuando se dice que el hombre es hijo de mujer tiende a insistirse en su fragilidad: Brota como flor y es cortado, huye como sombra y no queda (cf. 14, 1‒3).

Job no alude así al primer Adán, creado por Dios como en Gen 2, sino el hombre posterior, nacido de mujer, interpretada como frágil tierra impura, vinculada a la serpiente portadora de sabiduría antidivina, de forma que quien nace de ella (de la sangre menstrual y puerperal) está condenado a ser impuro: ¿Podrá lo puro (tahôr) provenir de lo impuro ¡Ni uno podrá! (cf. 14, 4).

De la impureza del cuerpo de mujer y de sus funciones engendradoras trata extensamente la legislación judía (cf. Lev 11). Esa impureza no es pecado  en sí, de tipo sexual en sentido espiritualista, ni tampoco moral, pero es fuerte impureza humana, que debe limpiarese, a través de ritos de separación y lavado (ablución) que permiten que ella (la mujer), a pesar de su condición inferior, pueda habitar con los varones. Esa impureza de la mujer ha sido ratificada por el orante de Sal 51, 7 (Miserere) que dice: “En pecados (hete’) me concibió mi madre” (in peccatis concepit me mater mea), y muchos han entendido esos “pecados de mujer” en un contexto fragilidad, de riesgo y muerte.

Pues bien, entre los hombres impuros/pecadores (nacidos de mujer) se encuentra Juan Bautista, que así (lógicamente) aparece como predicador de penitencia, a diferencia de Jesús que es testigo de la gracia más alta de Dios, sin diferencia entre hombres y mujeres. 

Mensaje de Juan

Conforme a la visión de Marcos, el mensaje de Juan aparece vinculado expresa y casi exclusivamente a Jesús. Juan no es más que un precursor, alguien que está ahí al servicio de Jesús. Sin embargo, el documento Q conserva un mensaje autónomo de Juan, que resulta muy significativo.

Mt 3   7 Pero cuando Juan vio que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía:«¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?  8 Producid, pues, frutos dignos de arrepentimiento; 9 y no penséis decir dentro de vosotros:‘A Abraham tenemos por padre.

‘Porque yo os digo que aun de estas piedras Dios puede levantar hijos a Abraham. 10 El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. É  bautizará con Espíritu Santo y fuego 12 Tiene el bieldo en su mano, y limpiará su era. Recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en el fuego que nunca se apagará.

Lc 3. 7 Juan, pues, decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: –¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? 8 Producid, pues, frutos digno de arrepentimientoy no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: «A Abraham tenemos por padre.» Porque os digo que aun de estas piedras Dios puede levantar hijos a Abraham.

 9 También el hacha ya está puesta a la raíz de los árboles. Por lo tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego17 Tiene el bieldo está en su mano para limpiar su era y juntar el trigo en su granero, pero quemará la paja en el fuego que nunca se apagará.

Temas

Hijos de ira, portadores de veneno. Juan aparece aquí como testigo y portador de la Ira Venidera, vinculada al juicio de Dios (Mt 3, 7; Lc 3, 7). Conforme a una extensa experiencia israelita, la humanidad se hallaba envuelta en pecado; por eso, muchos sacrificios expiatorios del templo tenían como fin el aplacar a Dios. Para Juan, eso es inútil: va a estallar la Ira de Dios, pues la humanidad (el pueblo de Israel) está envenenado, es portador de muerte, como hijos de víbora, portadores de veneno[1].

Frutos dignos de arrepentimiento. (Mt 3, 8; Lc 3, 8). De la imagen de la víbora, que no puede cambiar, pasamos a la imagen del árbol, que debe fruto. La tradición del Antiguo Testamento y del judaísmo ha comparado a Israel con un árbol o planta (higuera, viña, olivo…). El árbol de Israel debe dar frutos, a través del arrepentimiento.

Hijos de Abraham,las piedras… (Mt 3, 9; Lc 3, 8) Hay una confianza genealógica de Israel que se funda en la pura descendencia (hijos de Abraham). Juan, profeta escatológico tiene que ir en contra de esa confianza… La filiación de Abraham no es un seguro inmediato, sino que ella está vinculada a las buenas obras…

Trae en su mano el Hacha, para cortar los árboles que no produzcan fruto (Mt 3, 10; Lc 3, 9). No es Sembrador, sino recolector y Leñador, vigilante que mira y distingue, árbol tras árbol, para separar a los buenos de los malos. No es mensajero del amor de Dios, ni de su Paternidad, sino de su justicia destructora. 

Bautizará a los suyos en Espíritu Santo… y fuego (3, 11 ), realizando así el juicio divino. Espíritu significa aquí viento: es huracán que sopla con fuerza aterradora, desgajando y destruyendo aquello que se encuentra poco cimentado sobre el mundo; es santo , en línea de separación, para destruir aquello que se opone a la pureza de Dios. Les bautizará con Fuego (3, 11). Al Viento de Dios sigue su Incendio. Ambos unidos, huracán y fuego, expresan la fuerza judicial y destructora (escatológica) de Dios y se vinculan mutuamente, como indica la tradición del AT (falta el terremoto de 1 Rey 19, 11-13).

Tiene en su mano el Bieldo y limpiará su era… (3, 12; Lc 17). Así culminan las imágenes anteriores: el Espíritu/Viento sirve para separar la paja del trigo, el Fuego para quemarla.  El Venidero, antes Leñador (tenía en su mano el hacha para cortar y quemar los árboles sin fruto), se vuelve así Trillador o Aventador (con la horquilla o bieldo separador en su mano).

¿Quién es ese Leñador, Aventador? ¿Directamente Dios? ¿Un Delegado suyo? El texto no responde, aunque probablemente aluda a Dios.  Según eso, el Bautista habría preparado una teología judicial, más que una profecía salvadora. Pero los cristianos han recreado ese mensaje y palabra de Juan, aplicándolo a Jesús, el Venidero, verdadera presencia de Dios: Emmanuel (Dios con nosotros).

A la luz de lo anterior, Jesús debería haber surgido (y realizado  su acción) como  mensajero desu destrucción purificadora, abierta sólo de manera implícita y velada a la esperanza de Reino: el texto supone que quedan (se salvan de la quema) los árboles que producen fruto bueno (3, 10); el texto afirma expresamente que el Venidero reunirá su trigo en el granero (3, 12: eivj th.n avpoqh,khn). Pues bien, asumiendo  y cumpliendo (de algún modo) el mensaje de Juan, Jesús ha invertido su proyecto escatológico, en gesto que define su visión teológica y su cristología.  

Con su gesto (bautismo) y su mensaje, Juan eleva su amenaza final, anunciando el juicio de Dios, que viene como Hacha que corta (derriba los árboles sin fruto), Huracán barre (limpia la era) y Fuego que destruye (la madera corta, la paja). Ciertamente, llegará el tiempo nuevo de la salvación (con la tierra prometida), pero ella implica juicio y destrucción para todo lo perverso.

El mismo anuncio del juicio y la espera del nuevo bautismo abre un tiempo de conversión para aquellos que se arrepienten y quieren superar la ira que se acerca, cruzando el umbral de la muerte (simbolizada por el fuego y huracán) para entrar en la Tierra Prometida, como Josué en otro tiempo (cf. Jos 1-3).

Juan descorre así un resquicio, que puede interpretarse como tiempo de respiro, un espacio rescatado a la muerte que se acerca. En ese resquicio se sitúa la llegada del Más Fuerte que bautiza en Espíritu Santo, realizando la purificación definitiva, que implica destrucción de todo lo perverso. Juan se encuentra todavía al otro lado, en el espacio de los saltamontes y la miel silvestre; un margen estrecho, al borde del desierto, junto al río de la conversión. Pero ese espacio reducido debe abrirse con la llegada del Más Fuerte, que “recoge el trigo en la era”, abriendo así un tipo de vida distinta, de pan, de justicia y banquete. Eso significa que el grueso del mundo camina a la ruina, con su templo y sus sacerdotes, con sus reyes y sus gobiernos. En ese mundo nuevo que ha de venir con el Más Fuerte no hay lugar para Herodes y su reino

Ésta es la última oportunidad, el paso final del río del juicio (el Jordán), pues la justicia de Dios exigiría la destrucción de esta humanidad concreta (con el rey Herodes y los sacerdotes del templo). Con esa certeza, Juan se ha elevado como profeta del fin de los tiempos, pregonero de la ira de Dios, en las riberas del Jordán, vestido de piel de camello (como Elías) y comiendo alimentos silvestres (Mc 1, 6), para indicar que la cultura dominante de los que se visten y alimentan según los principios de este mundo injusto está ya condenada (resulta inviable).

Juan, predicador moralista. Lucas y Flavio Josefo

La tradición posterior ha convertido a Juan en un predicador moralista, dejando un poco al margen los aspectos apocalípticos. En esa línea se sitúan Juan Bautista y Lucas, uno dentro del Nuevo Testamento, otro fuera, pero los dos bastante cercanos en su planteamiento de la realidad social y de los conflictos básicos de Israel.  

Lucas 3, 10-14

             En el desarrollo propio de su evangelio, Lucas presenta a Juan Bautista como un prudente moralista, que no anuncia el juicio final, sino que quiere mantener el mundo que ahora existe. De esa manera ofrece una especie de principio de moralidad universal, que se expresa primera en las multitudes y que después se concreta en dos grupos muy especiales de personas, los publicanos y los soldados:

 a) Las multitudes le preguntaban diciendo: Pues, ¿qué haremos? Respondiendo les decía: –El que tiene dos túnicas dé al que no tiene, y el que tiene comida haga lo mismo.

También fueron unos publicanos para ser bautizados y le preguntaron: –Maestro, ¿qué haremos? Y les decía: –No cobréis más de lo que os está ordenado.

 También unos soldados le preguntaban diciendo Y nosotros, ¿qué haremos? Él les dijo: –No hagáis extorsión ni denunciéis falsamente a nadie, y contentaos con vuestros salarios (Lc 3, 10-14).

            Ésta es una moral general (multitudes) que se concreta en dos grupos especiales de poder económico y político (publicanos y soldados…). Sería interesante que le hubiera preguntado otros grupos que son importantes en el evangelio (prostitutas, pobres etc.). Este Juan no es mensajero apocalíptico del juicio de Dios, sino un buen defensor del orden social, en el que entran publicanos y soldados.

 En la misma línea de Lucas se sitúa Flavio Josefo, que convierte a Juan Bautista en un predicador de las virtudes

Juan, de sobrenombre Bautista… era un hombre bueno que recomendaba incluso a los judíos que practicaran las virtudes y se comportaran justamente en las relaciones entre ellos y piadosamente con Dios y que, cumplidas esas condicione, acudieran a bautizarse…, dando por sentado que su alma estaba ya purificada de antemano con la práctica de la justicia. Y como el resto de las gentes se unieran a él (pues sentían un placer exultante al escuchar sus palabras), Herodes, por temor a que esa enorme capacidad de persuasión que el Bautista tenía sobre las personas le ocasionara algún levantamiento popular (puesto que las gentes daban la impresión de que harían cualquier cosa si él se lo pedía), optó por matarlo, anticipándose así a la posibilidad de que se produjera una rebelión… Entonces, Juan, tras ser trasladado a la fortaleza de Maqueronte, fue matado en ella» (Antigüedades, XVIII, 116-119).

Josefo ha querido presentar a Juan como un moralista, parecido a los estoicos y cínicos de su entorno, un predicador de la virtud (cumplir la ley, contentarse con lo suyo), como supone de manera convergente Lc 3, 13-14. Pero así no explica su muerte: Herodes no habría asesinado a un simple moralista. Además, el mismo Josefo sabe que Juan murió ajusticiado y que su muerte está vinculada, de algún modo, a los «problemas matrimoniales» de Herodes, que había tomado la mujer de su hermano Filipo, haciendo que Aretas, rey nabateo y padre de su mujer anterior, le combatiera  (Antigüedades, XVIII, 106-124). 

 Notas.

 [1]El Bautista apela la ira venidera (3, 7 mellou,shj ovrgh/j). Al principio de Rom (cf. 1,18; 2, 5.; 3, 5; 4, 15 etc), Pablo asume el mismo tema, pero lo recrea desde la experiencia del perdón de Dios en Cristo.

[2] Una famosa cita de Hegesipo, recogida por Eusebio de Cesarea, presenta a Santiago, hermano de Jesús, como nazareo ascético: 4. «Santiago, el hermano del Señor, es el sucesor, con los apóstoles, del gobierno de la iglesia. A éste todos le llaman «Justo» ya desde el tiempo del Señor y hasta nosotros, porque muchos se llamaban Santiago. 5. No obstante, sólo él fue santo desde el vientre de su madre; no bebió vino ni bebida fermentada; ni tocó carne; no pasó navaja alguna sobre su cabeza ni fue ungido con aceite; y tampoco usó del baño. 6. Sólo él tenía permitido introducirse en el santuario, porque su atuendo no era de lana, sino de lino. Asimismo, únicamente él entraba en el templo, donde se hallaba arrodillado y rogando por el perdón de su pueblo, de manera que se encallecían sus rodillas como las de un camello, porque siempre estaba prosternado sobre sus rodillas humillándose ante Dios y rogando por el perdón de su pueblo. 7. Por la exageración de su justicia le llamaban Justo y Oblías, que en griego significa protección del pueblo y justicia, del mismo modo que los profetas dan a entender acerca de él» (Historia Eclesiástica II, 23, 4-7). Esta información sobre Santiago debe ser matizada y comparada con la que ofrece el Ev.Tomás 12, donde él aparece también como justo, pero en línea más gnóstica que ascética. Sea como fuera, es muy posible que en la familia de Jesús hubiera personas  que interpretaban de otra manera el nazireato (y el nazoreato).

[3] Desde este fondo habría que estudiar las variantes del nombre de la aldea: Nazaret/Nazaret, que es la más corriente (diez veces) y Nazara, que está atestiguadas en dos lugares fundamentales, Mt 4, 13 y Lc 4, 16, en los que parece hallarse al fondo la vinculación de Nazara (ciudad) con los nazoreos (grupo), con los que Jesús parece romper, en algún sentido (sale de Nazara, se enfrenta con la tradición de su padre José).

Jesús aparece como nazareno sólo seis veces, especialmente en Marcos, en cuatro lugares  (Mc 1, 24; 10, 47; 14, 67; 16, 6), en los que uno tiene la sospecha de que la tradición anterior decía “nazoreo” (no nazareno). Es como si Marcos quisiera ocultar  la visión de un Jesús nazoreo, por el uso que los judeocristianos hacían de ese término. Las otras dos veces en que Jesús aparece como nazareno están en Lucas. La primera (Lc 4, 34) depende de Mc 1, 24. La segunda (Lc 24, 19) es críticamente insegura (muchos manuscritos ponen nazoreo) y puede haber sido creada por el mismo Lucas. 

               Más que como nazareno, Jesús aparece como nazoreo (trece veces), en textos que son básicos dentro de la tradición, en los que se recoge, a nuestro juicio, una experiencia antigua de las comunidades cristianas, que le han recordado como “nazoreo”, es decir, como perteneciente a un grupo de tipo mesiánico. Según lo indicado, Marcos evita este título. Lo conserva, en cambio, Mateo (Mt 2, 23 y 26, 71), en el contexto del comienzo y fin del mensaje de Jesús, recogiendo, sin duda, una tradición judeo-cristiana que él no ha desarrollado. En esa misma línea se entienden los textos del cuarto evangelio (cf. Jn 18, 5. 7 y 19, 19), que presentan a Jesús como nazoreo precisamente en el contexto del juicio, de tal manera que se tiene la impresión de que a Jesús le condenaran precisamente por ser nazoreo, como veremos en cap. 22, al tratar del título de la cruz. Significativamente, el evangelio de Lucas pone nazoreo en un caso donde el paralelo de Marcos dice nazareno (cf. Lc 18, 37; Mc 10, 47), quizá para vincular mejor a Jesús con David, de quien derivan los “nazoreos” (cosa que Marcos habría querido ocultar). Pero donde Lucas utiliza con más frecuencia el término nazoreo es en Hechos (cf. Hech 2, 22; 3, 6; 4; 4, 10; 22, 8; 26, 9), donde habla incluso de una “aíresis” o secta de los nazoreos, a la que pertenecería Pablo (Hech 24, 5), de la que implícitamente se distancia el mismo Pablo en el discurso que sigue (cf. Hech 24, 11-21).  A su juicio, es evidente que, en principio, los cristianos estuvieron vinculados a un Jesús “nazoreo” (no simplemente nazarano)

               Estos datos (que aparecen complicados por las variantes de los manuscritos) nos permiten suponer que Jesús fue nazoreo (no solamente nazareno) y que sus seguidores (al menos un grupo) se llamaban “nazoreos”. En esa línea, podemos añadir que el grupo de los cristianos “nazoreos” siguió vinculado a un tipo de judeo-cristianismo rechazado por Pablo (y después por la Gran Iglesia). Por eso, Marcos no presenta nunca a Jesús como nazoreo y los demás evangelistas (especialmente Mateo y Juan) lo hacen con ciertas reticencias, vinculando ese título, especialmente, a la condena de Jesús. Lucas puede evocar ese título desde una perspectiva histórica, situándolo en los orígenes (ya superados) de la Iglesia judeo-cristiana.  Dicho esto, queremos añadir que la interpretación que ofrecemos no es compartida por gran parte de los investigadores. Cf. U. Luz,  Mateo  , Sígueme, Salamanca  1993, 181-183

[4]  Pero con esto abrimos un tema y camino que no está resuelto entre los exegetas y que no  podemos desarrollar en este libro, aunque lo hemos planteado ya en cap. 2   y volveremos a encontrarlo en cap 22, al tratar del letrero de la cruz. Visión sugestiva del tema en É. Nodet y J. Taylor, The origins of Christianity, Glazier, Collegeville MN 1998, 205-284, aunque quizá debe ser matizada.

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