Momento de pequeños rebaños

Por Martín Gelabert

En la Iglesia hay quienes juzgan la bondad o maldad de los tiempos en función de los números. No está claro que las bajas cifras actuales sean signo de una mala evangelización, y que los números altos de antaño fueran signo de una fe seria, adulta y profunda.

El libro del Eclesiastés decía que hay un tiempo para cada cosa. Hay momentos poco recomendables: el tiempo de odiar o el tiempo de guerra. Hay otros que son más alegres y recomendables: tiempo de sanar, de edificar, de reír, de abrazarse. Pero vistos los tiempos con mirada larga, lo cierto es que en todos los tiempos hay de todo, bueno y malo. A veces pensamos que el tiempo pasado fue mejor. Precisamente el autor del Eclesiastés opina que no es de sabios decir tales cosas (7,10). Cada tiempo es distinto, ni mejor ni peor.

En la Iglesia hay quienes juzgan la bondad o maldad de los tiempos en función de los números: ¿cuántos novicios tiene la congregación?, ¿cuántos seminaristas tiene la diócesis?, ¿cuántas parejas se casan por la Iglesia?, ¿cuánta gente asiste a las eucaristías dominicales? No está claro que las bajas cifras actuales sean signo de una mala evangelización o de una mala vivencia de la fe, y que los números altos de antaño fueran signo de una fe seria, adulta y profunda. Quizás eran signo de una fe sociológica, superficial, pero no personalizada, ni bien asumida. En todas las instituciones, también en las eclesiales, hay tiempos de expansión y tiempos de concentración.

Jesús era bien consciente de que sus enviados eran un “pequeño rebaño” (Lc 12,32). Por eso, la pregunta evangélicamente adecuada es: y nosotros, pobrecitos, pequeñitos, poquitos, envejecidos, temerosos, cansados, ¿cuánto bien podemos hacer, a cuánta gente podemos llegar?, ¿estamos dispuestos a superar miedos y dificultades para sostener la esperanza de aquellos que nos rodean, estimular la fe de aquellos con los que nos encontremos, vivir el amor allí donde estemos? Esa es la buena pregunta y no la de los números o las edades.

Hace unas semanas tuve ocasión de asistir al traslado de los restos de una venerable fundadora de varios conventos de monjas dominicas, la Madre Inés de Sisternes (1612-1668). Los suyos fueron tiempos de expansión, y ella supo tomar las iniciativas que los tiempos demandaban. Hoy hay que tomar otras iniciativas que, sólo aparentemente, van en sentido contrario de los que tomo la venerable fundadora. Porque lo que importa no son los números, sino la fidelidad al Señor, y el responder con sabiduría a los retos que plantea el presente.

El mejor tiempo, para cada uno, es el presente. En las instituciones pasa como en la vida: nacen, crecen, se desarrollan, envejecen y mueren. Unas duran más y otras menos. Unas sustituyen a otras. Algunas desaparecen y otras surgen con nuevas fuerzas. Es lo propio de la vida. Sin duda, la desaparición plantea alguna pregunta. No es menos cierto que la aparición también las plantea. Aparecer o desaparecer es un hecho. Y los hechos tienen muchas caras. Quizás, más allá del hecho y de las causas inmediatas que lo han provocado, la pregunta de fondo sobre la que hay que detenerse es: ¿cómo se muere y cómo se vive?

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