¿Cambio en los Seminarios?

Aradillas: «A los seminarios clásicos y de siempre, no les bastará con cambiar. Habrán de ser ‘otros'»

Requiem por los seminarios
Requiem por los seminarios

Los seminarios- son las referencias primeras –“piedra angular” como se nos catequizó- del edificio de la Cristiandad, o “Nuestra Santa Madre la Iglesia”

Sus perfiles ultramontanos se han mantenido con la mayor, más fervorosa , incuestionable y ortodoxa de las versiones posibles, con explícito y sistemático olvido, en no pocos de ellos, del axioma eclesial de “Ecclesia semper reformanda”

Evangelizar jamás podrá ser una carrera lucrativa y de cuyos oficios-beneficios se viva, alardee y presuma con báculos, títulos y mitras, y todo ello “en el nombre de Dios”

Hace muy bien el papa Francisco al mandar revisar los seminarios y, en su caso, borrarlos del mapa eclesiástico

Por Antonio Aradillas

La Iglesia-institución está mal. Así lo creen y confiesan la mayoría del pueblo, y más si este es, “se predica” y confiesa ser pueblo de Dios. Es de sentido común y deber asumible, la investigación por parte del mismo y de sus responsables jerárquicos, de las causas que provocaron y mantienen situación lamentable y preocupante, no solo para él sino para la convivencia que en general se conoce y se denomina sociedad “occidental”.

Y en este contexto incuestionable científicamente, avalado por las estadísticas, y las tendencias, los seminarios demandan urgente atención, revisión y cuidado, tal y como en reciente reflexión hemos apuntado ya en las páginas de RD. Y es que, en definitiva, ellos -los seminarios- son las referencias primeras –“piedra angular” como se nos catequizó- del edificio de la Cristiandad, o “Nuestra Santa Madre la Iglesia”. En ellos se educaron los obispos que en mayor proporción rigen las diócesis, previa “toma de posesión” (¡¡) de sus cátedras –“catedral”-, de las que fueron y son sus “pastores”, con tan pingües dosis de olores a incienso, hasta su jubilación o traslado a otros rebaños, más suculentos, dicho con todo respeto y en el más pulcro y sublime sentido pastoral que diseñará el Sínodo.

Trento
Trento

De los seminarios educadores y constructores de gran parte de la Iglesia actual, es suficiente con recordar que fueron obra predilecta del Concilio de Trento, y que sus perfiles ultramontanos se han mantenido con la mayor, más fervorosa , incuestionable y ortodoxa de las versiones posibles, con explícito y sistemático olvido, en no pocos de ellos, del axioma eclesial de “Ecclesia semper reformanda”, que acaparan para sí los tridentinos y sus sucesores y sanseacabó, además y sobre todo, nada menos que en el “nombre de Dios”. A la CEE, reunida en Asamblea Plenaria, no le pasa desapercibida preocupación tan notoria.

¿Pero no han cambiado los tiempos, o los cambios, por cambios, siempre han de ser malos, malísimos por y para la Iglesia y, por supuesto, rechazables por naturaleza divina y humana? Sí, los tiempos han cambiado. La Iglesia, no tanto. A los seminarios apenas si les llegó el aroma, y estímulo del cambio y menos del intercambio, en pedagogía, psicología, modos, criterios, modales, y estilos de vida, en conformidad sacrosanta con lo que hoy es mundo, campo del pastoreo, en el que los seminaristas, en su día, habrán de ejercer el ministerio, con la aplicación de los principios y ejemplos del santo Evangelio.

La Iglesia surgida del Concilio de Trento, y la respuesta de salvación-liberación pergeñada en los seminarios, no es homologable con parte notable de la actualizada en el Vaticano II. Si no es “otra”, porque habrá de ser siempre fiel a su naturaleza inspirada por Jesús, pero a muchos “cristianos de toda la vida”, con inclusión de curas, obispos, arzobispos, algún papa, les asombrará que se siga llamando Iglesia a la del citado Vaticano II, “franciscanamente” aseada y urgida por Bergoglio.

Gracias sean dadas a Dios, pasó ya a mejor vida aquello de la Iglesia-papa-poder, eje y centro del mundo, infalible, única y excelsa referencia ético-moral para el resto de los mortales -todos pecadores y con el “por mi grandísima culta” en el corazón y en los labios- , masivamente dispuestos a seguir manifestándose en solemnes actos de culto, rayanos en la adoración -“papalatría”- más que dudosa, con tan acentuada visión feudal de la institución eclesiástica y de la concepción del poder que choca con el Evangelio, y con semblante y ritos más de maestro y menos o nada, de pastor.

Y, pasado felizmente tal tiempo, a los seminarios clásicos y de siempre, no les bastará con cambiar. Habrán de ser” otros”. Los que todavía existen, y cuentan entre los quehaceres y preocupaciones diocesanas, están abocados a su desaparición. Es lo que demandan los tiempos y las estructuras de la propia Iglesia. ¿Para qué sirven y qué hacen la mayoría de los clérigos, que no puedan hacer, y hagan, los laicos, al igual que las laicas?

Los seminarios llamados “Menores” se convirtieron en otros tantos colegios, necesariamente mixtos -con coeducación-, por aquello de las ventajas económicas que reportan los “conciertos”, con el “Visto Bueno” de los expertos sobre todo en pedagogía y psicología.

A los seminarios “Mayores” les esperan soluciones similares o idénticas. Las “carreras eclesiásticas” que se estudian en ellos, por “carreras” y por “eclesiásticas”, habrán de exiliarse de cualquier planteamiento sinodal. Si es ”carrera”, como desgraciadamente lo es, lo de “eclesiástica” le sobra, afrenta, humilla e insulta.

Evangelizar jamás podrá ser una carrera lucrativa y de cuyos oficios-beneficios se viva, alardee y presuma con báculos, títulos y mitras, y todo ello “en el nombre de Dios”.

Que cada cual estudie la carrera que quiera y le guste, viva de ella, y que, en su caso, se matricule además en cursos, cursillos y “masters” de pastoral, Biblia, Vida Religiosa, historia eclesiástica, oración y meditación, liturgia, y que evangelice desde la propia experiencia, célibe o casado, pero con el convencimiento y vivencia propia de lo que es y demanda el mundo en el que vive, que por cierto tiene poco o nada que ver con el que se enclaustra en los seminarios , con sus hábitos talares, directores espirituales, horarios, silencios y habladurías clericales.

¿En que estarían pensando los señores obispos, que mandaron construir los grandiosos edificios de sus seminarios -Mayor y Menor- que“okuparían “ sus seminaristas? ¿Estarían convencidos de que el mundo, y más la Iglesia, habrían de perdurar sempiternamente con los predicamentos y estructuras propias y específicas del Nacional-Catolicismo, únicos y acaparadores centros de culto y cultura? ¿Qué visión de futuro tuvieron, y tienen no pocos obispos –“vigilantes y previsores de futuro”?

Hace muy bien el papa Francisco al mandar revisar los seminarios y, en su caso, borrarlos del mapa eclesiástico. Cuanto se relaciona con planteamientos pederastas, es preferible su aplazamiento para otra ocasión. En los internados, sin exclusión y hasta preferentemente, -seminarios, noviciados y demás-, anidan -ocupan y “okupan” bandadas de desviaciones, tendencias y hábitos.

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