San Juan Evangelista

Jesús y el discípulo amado. Temple al huevo. 25x30x3 cm. | Ceramica  dipinta, Dipinti, Ceramica

Juan Evangelista: Discípulo Amado, primer «teólogo»de Navidad

La «postal» que sigue tiene dos partes. (a) La primera trata del Discípulo amado, protagonista y quizá autor del evangelio. (b) La segunda trata de su evagelio.

Pedro fue el primer apóstol «jerarca»;  Juan, que podria ser Magdalena, fue el primer amado de Jesús.  Así lo muestro en las dos partes que siguen, tomadas de Diccionario de la Biblia y de La palabra se hizo carne, teologia de la Biblia.

Por| X.Pikaza

 1. DISCÍPULO AMADO Y  EVANGELIO DE JUAN

Al principio no hubo una iglesia, sino varias, cada una con su autoridad fundacional (Santiago, Pedro, Pablo, Discípulo Amado). y en la base de todas estaban las mujeres amadas/amigas de Jesús, que se mantuvieron con amor bajo su cruz con el Discípulo amado (Jn 19). Pudo haber otras (entre ellas quizá una dirigida o animada por mujeres), pero no se conserva apenas su memoria. 

Según esta memoria fundante de la iglesia, todos los creyentes, mujeres y varones, somos discípulos amados de Jesús, representados de algún modo por Juan y/o Magdalena, con las otras mujeres de la cruz y del sepulcro vacío. 

El Discípulo amado fue, sin duda, un personaje histórico, a quien llamaron así (discípulo amado de Jesús, cf. Jn 21, 24), aunque él no quiso imponer su autoridad, sino la del Espíritu Santo, que Jesús había prometido y ofrecido (cf. Jn 14, 16; 15, 16; 16, 13).

Pues bien, hacia el final del siglo I dC, esos «amigos de Jesús», los creyentes de esta comunidad animada por el Discípulo Amado, corrieron el riesgo de perder su identidad, entre disputas internas y tensiones de tipo gnóstico (impulsadas por un espiritualismo que podría separarles del Jesús de la historia), y para evitarlo algunos de ellos (quizá una mayoría) se integraron en la Gran Iglesia, donde la memoria de Pedro, era garantía de fidelidad cristiana y unidad eclesial, pero sin olvidar ni negar la la autoridad fundadora del Discípulo Amado, que cumple así una función semejante a la de Pablo en Efesios y a la de Pedro en Mateo.

Discípulo amado, fundador y clave de su Iglesia

La comunidad del Discípulo amado mantenía también el recuerdo de otros discípulos de Jesús (Felipe, Tomás, Natanael, los Zebedeos…), y especialmente el de Pedro (cf. Jn 1, 40; 6, 68; 11, 6-9; 20, 1-17), como muestra Jn 21, un capítulo añadido quizá al final de la redacción del evangelio, para trazar las relaciones históricas e institucionales entre Pedro (Iglesia organizada y misionera) y el Discípulo amado (iglesia centrada en el amor mutuo de sus miembros).

Pues bien, este capítulo (Jn 21), escrito en forma de parábola, afirma que Pedro salió a pescar en la barca, con otros seis discípulos, como queriendo recordar que la misión fundadora de la iglesia, en su apertura a los pueblos, fue decisión y tarea de Pedro, que fue a pescar con otros seis (no de los Doce, ni con Pablo).

Pero al lado de Pedro, inseparable y necesaria, destaca la figura del Discípulo amado, como testigo de la verdad del evangelio y fundador de una Iglesia entendida en forma de comunión de «amigos» (Jn 15, 15).

En el centro de esa iglesia no está ya Pablo, ni Pedro, sino este Discípulo Amado que expresa la esencia del movimiento de Jesús. Ciertamente, este evangelio del Discípulo Amado reconoce la función de Pedro, que había sido ya anunciada en Jn 1, 42, cuando Jesús le decía: Tú eres Simón, hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, que significa Pedro, quizá ya en el sentido de cimiento de la iglesia (como suponía Mt 16, 17-18).

Por eso, la comunidad del Discípulo Amado (que condensa su más honda experiencia en el Paráclito) debe dialogar con la iglesia institución, aceptando al fin (Jn 21) la autoridad y estructuras eclesiales representadas por Pedro (en una línea semejante a Mt 16, 16-19) .

Pero la autoridad y fundamento de esa Iglesia no es la de Pedro, sino la del Discípulo Amado, quien marca así la identidad del cristianismo. De esa forma aparecen unidos, Pedro y el Discípulo amado, como una especie de diarquía, autoridad doble. Mt 16, 16-19 y Lc 22, 31-32 habían entendido la función de Pedro como algo del pasado, que se había ya cumplido ya al principio de la iglesia. Pues bien, en contra de eso, el evangelio de Juan insiste en la permanencia de los signos del Discípulo Amado y de Pedro. Por eso, Jesús pide a Pedro que le ame intensamente, cuidando de esa forma a sus ovejas.

En esa línea, más que un individuo particular, cuya tarea no puede transmitirse a otros (misioneros, presbíteros u obispos, varones o mujeres), Pedro aparece aquí signo de todos aquellos que realizan tareas misioneras (de pesca) y pastorales (de cuidado) dentro de la iglesia, con la autoridad del amor que anima y cuida.

En ese contexto debemos añadir que el Discípulo amado  ha de aceptar a Pedro, pero Pedeo debe hacerss Discípulo amado,dejarse amar por Jesús, aprender a querary amar a todos, en libertad.

Por su parte, Pedro ha de aceptar la autoridad del discípulo amado, que aparece al fin de Jn 21 como expresión suprema de la vida de la Iglesia: “Éste es el discípulo que da testimonio de todas estas cosas, aquel que las ha escrito y sabemos que su testimonio es verdadero” (Jn 21, 24).

Con estas palabras ratifica el redactor final del evangelio la autoridad del Discípulo Amado, presentándole como garante de la vida de la Iglesia.

Ese autor de Juan sabe que existen otras cosas vinculadas con Jesús, que pueden escribirse en otros libros, como puede ser el de Mateo (Jn 21, 15), pero éstas, las que han sido fijadas por escrito en el evangelio de Jesús, cosas referentes al amor (cf, Jn 20, 30-31) son las más importantes.

El Discípulo Amado aparece, según eso, como el más hondo fundamento de la Iglesia, aunque Pedro tengo a su lado una función de pescar y apacentar a las ovejas. Eso significa que, a diferencia de la Iglesia de Mateo, la autoridad suprema de de la Iglesia en el evangelio de Juan no es Pedro, sino el Discípulo Amado:

‒ El evangelio de Mateo no separa ni distingue las dos autoridades (Pedro y Discípulo Amado), sino que sólo conoce una, que es la de Jesús, tal como ha sido interpretada de un modo universal por Pedro. Tampoco tiende a separar o distinguir dos iglesias, una interna y otra externa (la del Discípulo amado y la de Pedro), pues a su juicio la misma iglesia externa es la interior y viceversa. Así quiere establecer  un programa y camino de expansión universal del evangelio.

‒ El evangelio de Juan, escrito en un momento posterior (hacia el año 100/110), probablemente en Éfeso, acepta la autoridad misionera y organizativa de Pedro, pero añade que hay una más honda: La del Discípulo Amado. Quizá pudiera hablarse en ese contexto de una diarquía (Pedro y el Discípulo Amado), pero la autoridad más alta en ella es la del Discípulo Amado, que transmite la revelación de Jesús: «Que todos sean uno, como nosotros somos uno» (Jn 17, 21), no en unidad de imposición, sino en conocimiento interior y comunión dialogal de amor. Esta visión nos ayudará a interpretar mejor el evangelio de Mateo.

Conclusión. En la Iglesia de Pedro, un fundador mayor que Pedro

Ciertamente, según el evangelio de Juan, Pedro ha sido el promotor de una misión universal cristiana. Pero, aunque él dirija la faena de la “pesca” (misión) de la iglesia, él no conoce aún a Jesús, no le distingue en la mañana, cuando vuelven con la red llena de peces, a diferencia del Discípulo amado que debe decírselo (Jn 21, 6-7). Eso significa que, para realizar su función, Pedro ha de hacerse como el Discípulo Amado, amando así a Jesús (cf. Jn 21, 15-17).

Recordemos en este contexto que, según la tradición bíblica, hay pastores bandidos y mercenarios, que dicen guardar el rebaño, pero lo dominan a su antojo, para su provecho (como puede verse desde Ez 34 hasta las Visiones o Sueños de 1 Henoc 83-90; cf. Jn 10, 10. 12-13).

Pues bien, en contra de esos pastores bandidos, Jn 10, 7-13. ha presentando a Jesús como pastor-amigo de hombres con quienes comparte su existencia. En esa línea, Jesús quiere que Pedro se vuelva también amigo, como el discípulo amado. No es que él deba cumplir «por amor» una tarea que en sí no es amor, sino que toda su tarea consiste en animar en amor a los creyentes, en la línea del Discípulo.

Entre los comentarios al evangelio del Discípulo amado, cf. J. Beutler, Comentario de Juan, Verbo Divino, Estella 2016.

Además de comentarios cf. R. E. Brown, La comunidad del discípulo amado. Estudio de la eclesiología juánica, Sígueme, Salamanca 1987; A. Destro y M. Pesce, Cómo nació el cristianismo joánico: antropología y exégesis del Evangelio de Juan, Sal Terrae, Santander 2002; C. H. Dodd, La Tradición histórica en el cuarto Evangelio, Cristiandad, Madrid 1977; Interpretación del cuarto evangelio, Cristiandad, Madrid 1978; S. Vidal, Los escritos originales de la comunidad del Discípulo “amigo” de Jesús, Sígueme, Salamanca 1997; K. Wengst, Interpretación del evangelio de Juan, Sígueme, Salamanca 1988; K. Wengst, Interpretación del evangelio de Juan, Sígueme, Salamanca 1985.

 2. EVANGELIO Y OBRAS DE JUAN, SAN JUAN EVANGELISTA

  1. Jn 1, 1-18: Principio: Encarnación de la Palabra

 El evangelio empieza con un himno, lleno de referencias helenistas y de AT, filosóficas y religiosas, que se centran y reciben su sentido en la vida y mensaje de Jesús Palabra:

En el principio era la Palabra, y la Palabra era junto (hacia) Dios, y la Palabra era Dios: Todas las cosas fueron hechas por ella, y sin ella no se ha hecho ninguna. Lo que fue hecho era (tenía) vida en ella y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la ha recibido (Jn 1, 1-5 ss). 

Palabra creadora (Jn 1, 1-5). En el Silencio de Dios se vuelve audible suPalabra, y así lo sabe y siente el evangelio, que no traza especulaciones o teorías generales, sino que escucha y acoge su Palabra encarnada, que esla vida y voz Jesucristo (Jn 1, 14).

‒ La Palabra era junto a Dios, no sólo surgiendo, sino vuelta o dirigida (pros) a su silencio. Juan indica así que ella viene de Dios, pero añade que mira a lo divino, indicando que no se desliga ni independiza, sino que se mantiene en comunión con él.

‒ La Palabra era Dios. Sujeto es la Palabra (ho logos); predicado es Dios (Theos sin artículo). Esta distinción y relación entre el Dios (que es Padre) y la Palabra (que es el Hijo Jesús) queda ratificada al fin del texto (Jn 1,14.18).

–  Revelación de la Palabra: historia de la luz (Jn 1, 6-13). Igual que los sinópticos, para introducir la historia de Jesús, este evangelio empieza hablando de Juan Bautista, enviado por Dios para dar testimonio de la Luz (de Cristo). 

Esta experiencia constituye el centro de la revelación cristiana, expresada en la poderosa debilidad del Dios que se arriesga al fracaso, comunicándose a sí mismo (como Palabra, Vida, Luz) precisamente allí donde los hombres le expulsan y niegan. Pues bien, aquellos que acogen-escuchan la Palabra de Dios, los que creen en su Nombre (en Jesucristo), nacen de Dios, sobrepaando el nivel de la sangre y de la carne, y del deseo de varón, como palabra original en Cristo (cf. Jn 1, 12-13). 

            Sólo de esa forma, por encarnación (cf. Flp 2, 1-11), Dios y la Palabra reciben nombres personales: Padre y Unigénito. Sólo así en Jesús, que es Dios/Unigénito, podemos conocer y conocemos al Padre. Antes no le habíamos visto. Especulábamos sobre su Palabra como Vida y Luz, ahora sabemos lo que ella contiene. Sólo ahora, viendo a Dios en Cristo podemos afirmar que le conocemos como Padre.

Iglesia:Discípulo Amado y Pedro (Jn 21).

 Junto al prólogo, con la encarnación de la Palabra (Jn 1, 1‒18), para comprender el mensaje de Juan, resulta fundamental el epílogo del evangelio (Jn 21). En un momento dado, los miembros de la comunidad del Discípulo Amado corrieron el riesgo de aislarse de la Gran Iglesia o, quizá mejor, de no ser acogidos en ella, porque su visión parecía oponerse a la de otras comunidades representadas por Pedro, partidario de una vinculación social más intensa, con acogida de más grupos y misión universal de Cristo. Por eso, los redactores finales del evangelio añadieron Jn 21 para ratificar la vinculación de la comunidad del Discípulo Amado con la Gran Iglesia, reconociendo así la tarea pastoral (organizativa) representada por Pedro.

Ese capítulo insiste en Pedro con quien pacta el Discípulo amado, conforme a una dialéctica anunciada en Jn 1, 42, donde Jesús decía: Simón, hijo de Juan: tú te llamarás Cefas, que significa Petros, piedra. El Discípulo Amado debe aceptar a Pedro, como autoridad histórico‒social de la Iglesia, al lado de la interior del Paráclito. Eso significa que la comunidad carismática (la del discípulo amado con el Paráclito) debe dialogar con la institucional (Pedro). Para ello ha sido necesario un doble gesto. (a) La gran iglesia (Pedro) admite a los seguidores del Discípulo amado. (b) La del Discípulo amado reconoce a Pedro (estructura eclesial). Entendido así, este capítulo (Jn 21) no quiere narrar historias antes ignoradas sobre Jesús y sus discípulos pascuales, sino integrar a la comunidad del Discípulo amado en la iglesia de Pedro (en la línea de Mt 16, 18-19, cf. cap. 20).

Los símbolos del texto (pesca milagrosa, comida a la orilla del lago…) son tradicionales (cf. Lc 5, 1-11). Nueva es la interpretación, que comienzacon Simón Pedro, que sale a pescar en el lago de Galilea, símbolo del mundo, tras la experiencia pascual de Jesús. Pues bien, a Pedro se le juntan otros seis: Tomás y Natanael, los dos zebedeos (Santiago y Juan) y dos cuyo nombre no se cita (Jn 21, 2). Uno de ellos (¿Juan zebedeo? ¿un desconocido?) actúa como Discípulo amado. Entre todos son Siete (como los helenistas de Hch 6-7), no Doce como los primeros elegidos de Jesús. No empiezan en Jerusalén (como en Lucas), sino en Galilea (como en Marcos y Mateo):

             Subieron a la barca y aquella noche no pescaron nada. Amanecía y estaba Jesús a la orilla, pero los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo ¡Muchachos! ¿No tenéis algo de comer? Respondieron ¡No! Él les dijo: ¡Echad la red a la derecha de la barca y encontrareis! La echaron y no podían arrastrarla por la cantidad de peces. Entonces, el Discípulo al que Jesús amaba dice a Pedro ¡Es el Señor! Y Simón Pedro, oyendo es el Señor, se ciñó el vestido y se lanzó al mar (Jn 21, 3-7)[2].

             Volvían de amanecida, fracasados, pero un desconocido de la orilla les dice que echen la red a la derecha (Jn 21, 6). Así lo hacen, y mientras la red se llena de peces, y todos faenan sin advertir la novedad, el Discípulo amado dice a Pedro: Es el Señor (Jn 21, 7). Pedro no le ha reconocido en la madrugada, pero el Amado le ha visto y lo dice… y entonces llevan la barca con peces a la orilla, donde comen con Jesús y…

‒ Después que comieron, Jesús dijo: Simón, hijo de Juan ¿me amas más que estos? Le dijo ¡Sí, Señor! Tú sabes que te quiero. Le dijo ¡Apacienta mis corderos!

‒ Por segunda vez le dijo: Simón, hijo de Juan ¿me amas? Le dijo ¡Sí, Señor! Tú sabes que te quiero. Le dijo ¡Apacienta mis ovejas!

‒ Por tercera vez le dijo: Simón, hijo de Juan ¿me quieres? Se entristeció Pedro, porque por tercera vez le había dicho ¿me quieres? Y le dijo ¡Señor! Tú lo sabes todo, sabes que te quiero. Y le dijo ¡apacienta mis ovejas! (Jn 21, 15-17).

 Pedro, antes pescador, ahora pastor, debe cuidar y guiar amando a los creyentes (ovejas) de Jesús (cf. Jn 10, 1‒18; 1 Ped 2, 25). Sabemos ya por el evangelio que hay pastores bandidos,que saquean el rebaño que han de guardar, y que hay pastores mercenarios, que administran las ovejas por dinero (cf. Jn 10, 7-13). Pues bien, Jesús quiere que Pedro cumpla su tarea como (por) amor y así le pregunta tres veces ¿me quieres? y Pedro responde “te quiero”[3]. Cristo Pastor decía en Jn 10, que conoce a su rebaño y lo apacienta con su vida, y eso es lo que él pide a Pedro, al preguntarle si le quiere, para confiarle por tres veces su tarea: apacienta mis ovejas (cf. Jn 13, 34-35).

De esa forma asume y reformula el evangelio de Juan el ministerio petrino, como servicio de amor a los creyentes. Un sistema administrativo necesita eficiencia no amor, funciona con racionalidad utilitaria y no con gratuidad. En contra de eso, el ministro de la Iglesia (representado por Pedro) ha de ser hombre/mujer de amor, como el Discípulo amado, no administrativo más o menos eficiente de una organización social o económica. Éste es el milagro, la paradoja de la autoridad cristiana: el mismo amor profundo (¿me quieres?) se vuelve cuidado (apacienta mis ovejas)[4].

Profundización, unidad de Jesús con el Padre

            Desde el fondo anterior (la Palabra se hace “carne”, con la vinculalación del Discípulo Amado con la misión de Pedro: Jn 1 y 21), podemos y debemos insistir en el poder creador de la Palabra hecha amor de la que nacen los creyentes: “A los que la recibieron (la Luz) les dio el poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no han nacido de la sangre, ni de del deseo de la carne, ni del deseo de varón, sino que han nacido de Dios (Jn 1, 12-13)”.

            Este evangelio asume así un motivo cercano al de la “concepción virginal” (cf. Lc 1 y Mt 1), para aplicarlo a todos los creyentes. Sin duda, en un plano, los creyentes siguen naciendo de la “sangre” (genealogía) y de la carne, potencial cósmico de y generación, y finalmente del deseo de hombre (de varones y mujeres)… Pero, en un sentido más hondo nacen de Dios en amor[5].

Encarnación de amor, sois mis amigos… Conforme a lo anterior, en el camino del conocimiento (gnosis) que va de la Palabra entendida como amor del Padre, por medio de la Vida que se despliegue como Luz, nacen y son los creyentes. El mismo nacimiento humano es, según eso, revelación (palabra) de amor que Dios Padre ofrece gratuitamene a los hombres, palabra hecha carne, vida humana, en Jesucristo. Por eso, dado que Dios habla, iluminando y amando en libertad, sin imposición, los hombres pueden rechazarle, porque un amor que no puede negarse no es amor, una palabra que no puede desoírse no es palabra y una luz que no puede ocultarse no es humana.

      Este pasaje nos sitúa así ante la “debilidad” del Dios suplicante que pide, aunque no le escuchen, que alumbra aunque no le acogen (cf. Jn 1, 9-11). Ésta es la “debilidad” omnipotente de Dios, que se sigue comunicando como amor (Palabra, Vida, Luz), precisamente allí donde le expulsan y niegan, como principio de vida de los hombres, pero de tal forma que aquellos que la acogen y responden ya no nacen sólo de la carne-sangre, sino del mismo Dios.

            Jesús no ha venido a revelar secretos cósmicos, ni genealogías intradivinas, como supone la gnosis, sino a dar testimonio del Padrecomo Palabra de amor (Vida-Luz) hecha carne, revelando así a los hombres que ellos nacen de Dios[6]. La encarnación del Padre/Amor en Jesús ha hecho posible el conocimiento de Dios como amor de comunión, de encuentro personal. Pues bien, ese conocimiento y entrega originaria del Padre y el Hijo es el misterio más hondo, el principio del principio en que se integran los creyentes, de forma que Jesús puede afirmar «quien que me ha visto, ha visto al Padre” (Jn 14, 9; cf. 14, 10), en gesto de in-habitación amorosa:

– El Padre ama al Hijo y lo ha puesto todo en sus manos… (Jn 3, 35). Como el Padre me ha amado, también os he amado Yo a vosotros (15, 9). Si alguien me ama cumplirá y mi Padre le amará y vendremos a él haremos en él una morada” (14, 23).

– Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti… para que sean uno como Nosotros somos uno; Yo en ellos y Tú en mí… para que el mundo conozca que Tú me has enviado y que les amas como a mí me has amado (17, 20-23).

        Los hombres brotan del amor, nacen de Dios, son enviados del Padre, no esclavos del mundo, ni siervos, ni extranjeros, fuera de la patria. Se llaman y son hijos de Dios, amigos del Cristo, para ser en camino del amor. Por eso les dice Jesús: “Amaos en comunión unos a otros”, como el Padre y yo nos amamos y vivimos en comunión de amor (cf. Jn 15, 1-17). Ésta no es una doctrina general sobre la armonía preexistente de las almas, ni una filosofía organicista sobre la cooperación entre individuos, sino una experiencia personal de Unidad en Comunión que vincula a Dios con Cristo (y a los hombres entre sí) por el Espíriu, como dice el mensaje más hondo de Jesús en Juan:

 Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; os llamo amigos porque os he manifestado todo lo que he escuchado de mi Padre (15, 14-15)[7].

Que todos sean uno. Juan define a Jesús como aquel que “sale del Padre, viene al mundo y vuelve al Padre” (Jn 16, 28-29), sabiendo que “el Padre lo ha puesto todo en sus manos, porque ha salido de Dios y a Dios vuelve” (cf. 13, 3), pues Dios “ha amado de tal manera al mundo que le ha dado a su Hijo Unigénito…” (Jn 3, 16). Juan retoma y reinterpreta así (cf. Jn 3, 11. 32; 5, 19-20; 8, 26. 38. 40; 15, 3; 17, 17 etc.) el motivo clave de la unidad de Dios (cf. Dt 6, 4), en forma de unidad de comunión-conocimiento:

              Yo y el Padre somos Uno (10, 30). El Padre ama al Hijo y lo ha puesto todo en sus manos… (3, 35). Como el Padre me ha amado, también yo os he amado a vosotros (15, 9). Si alguien me ama cumplirá y mi Padre le amará y vendremos a él haremos en él una morada (14, 23). Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti… para que sean uno como Nosotros somos uno; Yo en ellos y Tú en mí… para que el mundo conozca que Tú me has enviado y que les amas como a mí me has amado (17, 20-23)[8].

 Esta unidad de presencia, conocimiento y comunión es la verdad de la vida humana, fundada en Jesús que recibe el amor de Dios y le responde amando, la raíz y la verdad, es decir, todo lo que existe, en la línea del shema israelita: Escucha Israel, tu Dios es “Uno” (Dt 6, 4‒5). Ser uno es darse y habitar uno en el otro, de tal forma que “quien crea en mí realizará también las obras que Yo hago” (Jn 14, 12).

“Como el Padre me ha enviado así os envío” (20, 21; cf. 17, 18). Los creyentes comparten de esa forma la filiación de Jesús, uniéndose a él, en comunión de amor con el Padre. No son esclavos, siervos, ni extranjeros, sino amigos de Dios en Jesús (cf. Jn 15, 15), cumpliendo el mandamiento del amor: Que sean Uno como Tú, Padre, en mí y Yo en ti; que también ellos sean Uno, y el mundo conozca que Tú me has enviado (Jn 17, 21)[9].

 TEMAS FUNDAMENTALES DEL EVANGELIO DE JUAN

Realizaréis mis obras y aún mayores. Jesús aparece así como revelación plena de Dios, de tal manera que puede afirmar «quien que me ha visto, ha visto al Padre” (14, 9; cf. 14, 10), pues ambos (Jesús y el Padre) se comunican y comparten la vida, en la unidad del Espíritu Santo, conforme a la gran oración de la Cena: “Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti… que sean uno como Nosotros somos uno” (cf. 17, 20-23).

En este contexto se vinculan e implican los tres momentos centrales de la propuesta de Juan:

(a) Teología. Dios es amor, se da y se entrega a sí mismo como gracia, siendo así “uno” (Yahvé) en comunión de amor.

(b) Cristología. Jesús es Palabra de Dios hecha carne en la historia, vida compartida entre, con y para los hombres.

(c) Soteriología. No conocemos al Dios de Jesús por especulación sino en compromiso de amor mutuo. Lo que el Padre y el Hijo viven en sí, como encuentro de vida divina, ha de expresarse en los creyentes que, en su esfera más honda, se identifican con Cristo, como saben los textos centrales y sorprendentes del evangelio

         Según eso, los elegidos de Jesús (discípulos, cristianos) tienen un principio y existencia superior: nacen de Dios, siendo enviados con Jesús, y de esa forma realizan sus mismas obras (“milagros” de transformación, sanaciones…) y aún mayores. No son esclavos o siervos, ni extranjeros o súbditos de un Cristo separado, sino que ellos mismos son Cristo, llamándose y siendo hijos de Dios, para cumplir en la tierra el nuevo mandamiento: amaos unos a los otros, «sed en comunión de amor, como (con) el Padre y el Hijo, que son en comunión de amor» (cf. 15, 1-17). Ésta es la obra mayor de Dios en Cristo, la comunión radical de los cristianos que son dando su vida y resucitando en los otros (los que aceptan esa vida regalada)[12].

Evangelio del Espíritu Santo

Los creyentes realizarán por tanto no sólo las obras (erga) de Jesús, sino aún mayores “porque voy al Padre” (14, 12), y lo harán en la línea de un “plus” eclesial, definido por el envío y presencia del Espíritu Santo, que no es un portador subordinado de la memoria de Jesús, sino el impulsor de vida y futuro en el que vivimos y actuamos:

Obras mayores que las mías, el Espíritu del Padre. Los creyentes de la comunidad del Discípulo Amado han vivido y expresado la experiencia de Amor, sin instituciones fuertes, pero con un fuerte impulso del Espíritu al servicio de la verdad completa, en una línea distinta, pero complementaria, a la de Efesios (cf. cap. 19):

 ‒ Si me amáis, guardaréis mis mandatos y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, que esté con vosotros por siempre (Jn 14, 15-16). Estas cosas os he dicho estando con vosotros. Pero el Consolador, Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas lo que os he dicho (14, 25-26).

‒ Cuando venga el Consolador, que Yo enviaré desde el Padre, el Espíritu de verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mí y vosotros daréis también testimonio, porque habéis estado conmigo desde el principio (15, 26-27). Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no (las) podéis soportar. Pero cuando venga Él, el Espíritu de verdad, os guiará a la Verdad completa (cf. 16, 7-13).

                       Estas palabras nos llevan al centro de la experiencia y teología del Discípulo amado, en la línea del Espíritu Santo como Paráclito (abogadode perseguidos y humillados, defensor en el juicio) y Consolador (amigo íntimo que nos ofrece su ánimo). Éste es el Espíritu de Dios, que aparecía en diversos lugares del AT (sobre todo en relación con los profetas y el Mesías, cf. cap. 5‒6) y en algunos momentos principales de la historia de Jesús (resurrección, bautismo, concepción por el Espíritu…), el Espíritu de Dios que ahora define la vida y acción de los creyentes:

‒ Es Espíritu del Padre, en su doble dimensión de origen (Jn 15, 26) y envío, pues el Padre lo ofrece o emite (Jn 14, 16. 26), como impulso de conocimiento y plenitud de vida, en línea de filiación (para que los hombres sean en Jesús hijos de Dios). Siglos más tarde, desde la controversia del Filioque (¡y del Hijo!), cristianos de tradición bizantina y romana han discutido extensamente sobre este motivo, precisando de formas algo distintas la relación del Paráclito con el Padre y con el Hijo.

‒ Es Espíritu del Hijo, pues el Hijo ruega, y el Padre lo envía en su nombre (cf. Jn 14, 15-26. 25-26). Más aún, el mismo Jesús glorificado, como Hijo de Dios, puede enviar y enviará el Espíritu a quienes se lo pidan, para realizar así la obra de Dios (Jn 14, 26-27; 15, 26-27). En esa línea podemos añadir que el Espíritu Santo es “el otro Paráclito”, es decir, el mismo Jesús hecho presente, de un modo nuevo (pascual, resucitado: cf. tema 17), como amor activo en aquellos que acogen (creen) y cumplen su mensaje, volviéndose así “cristos”, capaces de realizar las obras de Jesús y aún mayores, como he destacado ya.

 Entendido así, el Paráclito es la Autoridad de Amor que consuela y fortalece a los creyentes, para que sean en comunión, realizando las obras de Jesús y aún mayores, es decir, llevando a plenitud su tarea mesiánica. En esa línea, Jesús no marca un “fin”, no es un tope que nos impide seguir caminando, sino al contrario, en él empieza el auténtico camino de transformación humana, en unidad de amor (que todos sean uno) y en elevación de vida.

El Espíritu es por tanto el mismo Dios, que se expresa en Jesús como amor del Padre y el Hijo, siendo así, al mismo tiempo, comunión de amor de los creyentes, “de manera que todos sean Uno, como nosotros somos Uno: tú, Padre, en mí y yo en ti; para que el mundo crea que tú me has enviado” (17, 21). Ser unos en otros, en el despliegue de Dios, éste es el misterio central de laresurrección[13].

Plenitud de amor, amor en plenitud. Eso es Dios

Las reflexiones anteriores nos han situado en el momento culminante de la acción de Cristo, esto es, en el envío del Espíritu. Sólo desde ese fondo se puede definir a Dios (y a la vida cristiana) como amor:

  1. (Introducción: A Dios nadie le ha visto). Queridos, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor… En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie le ha visto, (pero) si nos amamos unos a los otros Dios permanece en nosotros (cf. 1 Jn 4, 7-12).
  2. (Confesión cristológica). En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo, como Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él (1 Jn 4, 13-16a).
  3. (Confesión teológica). Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del Juicio, pues como Aquel es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor (1 Jn 4, 16b-18).
  4. (Conclusión y mandamiento). Nosotros amemos, porque él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano (1 Jn 4, 19-21)[15].

            He dividido el texto en cuatro partes. La primera y la última afirman que Dios nos ha amado primero y vinculan amor a Dios y al prójimo. Las intermedias son de tipo más teórico/temático: una vincula el amor con Cristo, la otra con Dios.

Introducción: A Dios nadie le ha visto (1 Jn 4,7-12). Las palabras del fin (“a Dios nadie le ha visto…”) retoman y el argumento de Jn 1, 18 (a Dios nadie le ha visto jamás…), un tema básico del AT: “no te fabricarás escultura, imagen alguna de lo que hay arriba…”, pues oísteis a Dios en la montaña, pero no visteis figura alguna (Dt 4, 15‒20; 5, 8; Ex 20, 4). Pero, en el hueco del Dios invisible emerge la Palabra y el Amor. No vemos a Dios, pero podemos amar a los demás, y, al hacerlo, conocemos a Dios, “porque Dios es Amor”.

Confesión cristológica ¡Hemos conocido y creído!(1 Jn 4,13-16a). La prueba del amor es que Dios nos ha dado en Jesús su don más alto (su Espíritu), en el que permanecemos y somos. Nadie ha visto a Dios, pero los creyentes hemos encontrado (mirado/palpado: cf. 1 Jn 1, 1) a Jesús y por medio de él hemos visto y palpado a Dios, en el Espíritu, y así podemos decir que hay Dios porque hemos recibido su Espíritu, de forma que en él vivimos (cf. Gal 3, 2).

Confesión teológica ¡Dios es amor (1 Jn 4, 16b-18). Ésta es una palabra que se ha ido preparando en la historia de Israel, en Jesús y por la Iglesia, y así confesamos en Cristo que Dios es amor porque hemos hecho la experiencia de su gracia en el Espíritu. No se trata de decir que Dios ese amor por el Espíritu de Cristo: Como Aquél es… somos nosotros.

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