San Juan Evangelista

San Juan Apóstol y Evangelista (El discípulo amado de Jesús)

Juan Evangelista. El Greco.

Jesús sintió cierta predilección por él, fue el elegido para que cuidara de su madre, convirtiéndose así en hijo adoptivo y protector de María después de la Resurrección de Jesús. Es el evangelista que más ha penetrado en el “misterio” de Jesús, luz del mundo y vida de los hombres

Por Francisca Abad Martín

Jesús sintió cierta predilección por él, fue el elegido para que cuidara de su madre, convirtiéndose así en hijo adoptivo y protector de María después de la Resurrección de Jesús. Es el evangelista que más ha penetrado en el “misterio” de Jesús, luz del mundo y vida de los hombres.

Era natural de Betsaida, localidad próxima a Cafarnaún, en las orillas del lago de Genesaret, hermano de Santiago el mayor, hijos de Juan Zebedeo y de Salomé, parientes de Jesús y amigos de los hermanos Andrés y Simón Pedro. Vivían de la pesca, pero a diferencia de Andrés y Simón, los Zebedeo tenían una posición acomodada, con una barca grande y jornaleros a su servicio. A Santiago y a Juan les dio Jesús el apodo de “boanerges” (hijos del trueno), tal vez por su carácter intrépido y fogoso.

En la vida de Juan, aunque hay algún periodo del que apenas tenemos noticias, dentro de su biografía se pueden considerar varias etapas. En primer lugar, ambos hermanos se sintieron cautivados por la predicación del Bautista y le siguieron junto al Jordán, siendo unos de los discípulos que lo acompañaban. Cuando Jesús se acerca al Jordán, Juan exclama: “¡He aquí el Cordero de Dios, el que quita los pecados del mundo!”. Aquella expresión debió dejarles perplejos, aparte de que ellos mismos comprobarían que aquel “Hombre” tenía algo especial, quedando subyugados por Él desde el primer momento. El hecho es que le siguieron hasta Cafarnaún y se quedaron con Él aquel día y pronto pudieron comprender que entre el Bautista y Jesús había diferencias.

Tal vez por ser Juan el más joven de los apóstoles, más joven aún que Jesús, dicen que podría tener unos 20 años, es por lo que Jesús, previendo que sería también el que más sobreviviría después de su muerte, le consideró desde el principio un “pilar” básico a la hora de transmitir sus enseñanzas. Debió ser hombre de temple, de recio carácter y personalidad riquísima adornada con estimables cualidades humanas, robusto y vigoroso, acostumbrado a las exigentes faenas marineras, nada pues tiene que ver con ese personaje acaramelado con que a veces se nos pinta. En los evangelios aparece unido a Pedro, su paisano, con quien mantiene una amistad entrañable, juntos los vemos en la detención, juicio y resurrección del Maestro. Por los evangelios sabemos que Pedro, Santiago y Juan, estuvieron presentes en los principales acontecimientos: la resurrección de la hija de Jairo, la transfiguración de Jesús en el Tabor, o su agonía en Getsemaní, aparte de que Juan, junto con su Madre y alguna de las mujeres, fue el único apóstol que estuvo en el Calvario al pie de la Cruz, momento en el que le hace depositario del bien más preciado, encomendándole el cuidado de su Madre.

A la muerte del Maestro, Juan permanece en Jerusalén, allí le encuentra S. Pablo por el año 49 quien junto con Pedro eran considerados “Columna de la Iglesia” desde esa fecha hasta el año 90 en que aparece desterrado en Patmos poco sabemos de él. 

 Casi con toda seguridad, después de Jerusalén pasó a Asia, en la zona de la actual Turquía, siendo Éfeso el centro de su actividad apostólica. La situación especial en que se encontraba la Comunidad Cristiana de Éfeso exigía la presencia de Juan para continuar la obra de Pablo, él sería el encargado de asumir la tarea de fecundar la semilla esparcida, en estas tierras habría de ejercer su actividad misionera. En Asia precisamente dejaría una profunda huella hasta el punto de que en este continente le consideran “Su apóstol” pero, aun siendo importante su función misionera, Juan iba a ser, sobre todo,  el escritor sublime  y excelso, que pasaría  a la historia como  el teólogo que, sin dejar de apacentar a la grey, supo encaramarse a las cumbres teológicas y místicas como ningún otro escritor neotestamentario lo hizo, ni siquiera Pablo, se le puede comparar.  El símbolo del águila con el que es representado lo dice todo. Tal como queda apuntado, a pesar de las controversias en torno a si Juan apóstol es la misma persona que Juan evangelista, aquí damos por descontado que así debió de ser.

Sabemos que fue bastante perseguido y que tuvo que refugiarse en la isla de Patmos; allí existe un monasterio ortodoxo dedicado a su memoria, algo parecido a una fortaleza en lo alto de la isla y más abajo hay una cueva en la que, según la tradición, escribió el Apocalipsis, parte del precioso legado que nos dejó, junto a su evangelio, anónimo en su origen, y aunque hubo quien cuestionó su autoría, no hay duda que la tradición cristiana más antigua fue a Juan a quien se le atribuyó. Lo escribió para un público poco familiarizado con las costumbres judías, pensando seguramente en las Iglesias de Asia. Su libro del Apocalipsis es otra obra de excepcional interés que bien podía ser considerado el precedente de la literatura mística cristiana. También se le atribuyen tres cartas o epístolas, con un contenido similar al de su Evangelio. Se ignoran los destinatarios de estas cartas y la fecha en que fueron escritas, pero se cree que podría haber sido a finales del siglo I, estando dirigidas a los cristianos de Éfeso, especialmente la primera. Con sus escritos durante muchos años Juan fue el orientador espiritual de los cristianos de Asia  y lo sigue siendo para la Iglesia universal. Sus destellos de luz iluminan los misterios cristocéntricos que nos acercan a Dios, por ser Cristo el revelador del Padre, nos acercan también a María y nos ayudan a comprender su vocación maternal y corredentora con Cristo 

 Sobre el final de la vida de Juan también surgió la polémica.  Durante algún tiempo se habló de la “Asunción de Juan “ bajo la creencia de que el apóstol preferido de Jesús había subido al cielo en cuerpo y alma, ya que sus restos nadie los había encontrado, nada hace suponer que así fuera, tampoco la tesis del martirio tiene visos de verosimilitud, aunque hay quien la sostiene, dando cobertura a la premonición de Cristo: «La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado” Aún con todo, lo más probable es  que   muriera en Éfeso, hacia el tercer año del reinado de Trajano, de muerte natural, siendo el único apóstol que falleciera anciano y de muerte no violenta.

Reflexión desde el contexto actual:

Aunque los cuatro evangelistas nos narran muchos sucesos acaecidos durante la vida pública de Jesús, es en el de Juan en el que encontramos una doctrina teológica más elaborada, que nos permite profundizar más hondamente en el sentido de su misión redentora y aunque tal vez no sea el más difícil de comprender, puede sernos de gran utilidad a la hora de acercarnos a toda la hondura de Jesús como Mesías. Su consejo final en el que todo queda resumido como si fuera la herencia espiritual que quería trasmitirnos, quedó reflejado en estas cuatro palabras “Hijitos, amaos los unos a los otros” y cuando alguien quiso saber por qué repetía siempre lo mismo, Juan respondió: “Porque ése es el mandamiento del Señor y, si lo cumplís, lo habréis hecho todo”. El discípulo amado de Jesús estuvo empeñado en hacernos comprender a todos que el cristianismo es la religión del amo

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