Ratzinger/Benedicto  XVI (1)

En el principio, teología. Encuentro y ruptura con Rahner

Mi primera relación con Ratzinger fue a través de Franz Sobotta SJ. Terminado en Roma el curso 1967-1968, estuve dos meses en Geesthacht, cerca de Hamburg, para regentar con él una parroquia.

Sobotta había defendido y publicado su tesis sobre el poder salvífico (Heiswirsamkeit) de la predicación (Predigt), era un sabio. Compartimos un par de meses de ministerio, trabajo y descanso.  

 Había formado parte de la última “quinta” de soldados de 17/18 años que el régimen nazi había reclutado y mandado al frente en al final de la guerra (44-45), lo mismo que a J. Ratzinger a quien había conocido en aquellas circunstancias. También nosotros nos conocimos, hablamos de teología y sobre todo de Ratzinger.

Por | X Pikaza

F. Sobotta, Die Heilswirksamkeit der Predigt in der theologischen Diskussion der Gegenwart.   Trierer theologische Studien  21

Tras  la guerra y horror nazi, Ratzinger cursó una carrera brillantísima, fue consultor del Vaticano II y profesor de teología, primero en Bonn, luego Münster donde, además de gran éxito, había tenido algunas dificultades  en la revuelta de los estudiantiles.

   Por el contrario, F. Sobotta había tardado en culminar sus estudios, porque era SJ y porque su salud era débil, tras/por la guerra (murió poco después). Había venido a descansar junto al Elba, y yo con él. Llevábamos la parroquia de K. Nowak, que estaba de vacaciones.

Sobotta había traído el libro recién  publicado de Ratzinger: Einführung in das Christentum,Introducción al cristianismo, y me compró otro ejemplar en Hamburg. Era la gran novedad  teológica Pasamos semanas leyendo y comentando su propuesta de recreación cristiana. Él había visto a niños fusilados sin más pecado que ser judíos. Le costaba dormir.

             Yo venía de estudiar Biblia, no sabía mucho más. Él no acababa de salir de la guerra, aunque le ayudaba la teología de la palabra y kerigma de K. Rahner, palabra que sana, perdona para empezar de nuevo.

  Pero ahora se encontraba con el libro de Ratzinger, como si se pudiera vencer el odio, la guerra y la muerte con una ontología más alto. Pero murió pronto, no pudo compartir el “triunfo” teológico y eclesial de Ratzinger, que era otro adolescente de la guerra de los nazis.

            Así conocí a Ratzinger, y ya nunca después lo podido olvidar, con sus posibles limitaciones, con su “valentía ontológica”. No me atrevo a juzgarle, me lo impide la dureza de su adolescencia y sobre todo el evangelio (M 7, 1).

Ahora que acaba de morir he revisado mis folios y mi “disco duro”, encontrando al menos veinte ensayos sobre Ratzinger y he pensado publicar algunos, pues pueden ser ilustrativos.. Este es el más “fuerte”. Lo publiqué en  Iglesia viva, años más tarde (222 (2005) 123-127 (https://www.yumpu.com/es/document/view/24996068/rahner-y-ratzinger-iglesia-viva).

            Soy algo duro con Ratzinger, pero su ruptura Rahner me causó entonces dolor. No siga leyendo quien sólo busque alabanzas a Ratzinger. Estos encuentros y rupturas se dan en todos  los grupos humanos, son normales,  buenos y necesarios. Entre ellos está el de Ratzinger con Rahner.

Estoy convencido de que Ratziner hizo las cosas lo mejor que pudo, pero no era el hombre adecuado para Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe y tampoco para Papa. En su honor hay que decir que se dio cuenta de ello; tuvo honradez y valentía y por eso renunció, dando un  paso al lado para convertirse en hombre de silencio y corazón ante Dios, a la sombra de San Pedro Vaticano. En manos del amor de Dios está, a su oración me he encomendado.

 Con este trabajo he querido comenzar mi pequeña seria sobre  Ratzinger/Benedicto XVI, con ocasión de su muerte ( RIP) 

RAHNER Y RATZINGER. ENCUENTRO Y DESENCUENTRO (Iglesia- viva 222 (2005)   123-127

Antes que obispo, cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe y Papa   Benedicto XVI), Joseph Ratzinger ha sido y sigue siendo un teólogo. Nació el 16 de abril de 1927 en Baviera, Alemania. Estudió en la Facultad de Teología de Freising y en la Universidad de München, escribiendo unos libros básicos sobre san Agustín, san Buenaventura y la fraternidad cristiana. Enseñó Teología Fundamental en Freising y después en Bonn. Desde 1963 fue Catedrático de Dogmática e Historia del dogma en Münster, pasando en 1966 a Tübingen, donde formó parte de uno de los claustros de teología más importantes del siglo XX.

 En esta reseña de su obra teológica y eclesial, quiero destacar sus relaciones con Karl Rahner, que ha sido quizá el teólogo católico más significativo del siglo XX, utilizando generosamente las noticias que ofrece H. VORGRIMLER, en su obra ya clásica: Karl Rahner. Experiencia de Dios en su vida y en su pensamiento (Sal Terrae, Santander 2004). Rahner había nacido en 1904 y era, por tanto, veintitrés años mayor que Ratzinger. Ambos se conocieron en una reunión de teólogos del año 1956 (J. RATZINGER, Aus meinem Leben. Erinnerungen, München 2000, p. 82).

Michel Schmaus, profesor de dogmática de München, había rechazado el trabajo de habilitación de Ratzinger (un tipo de tesis doctoral para la docencia universitaria) y Rahner le ayudó a superar la crisis (a rehacer el trabajo y que le aprobaran la habilitación), de manera que con su ayuda Ratzinger  pudo convertirse en Catedrático de Teología.

A partir de ello se produjo un primer  acercamiento entre ambos teólogos. K. Rahner estaba muy satisfecho de los artículos que el joven Ratzinger había escrito para su Lexikon für Theologie und Kirche, especialmente por su espléndido trabajo  sobre el infierno, en el que Ratzinger superaba una visión objetivista de la condena eterna, abriendo un camino por el que se puede aceptar la salvación final de todos los hombres (sin negar por ello la justicia de Dios ni la seriedad del pecado).

 Ambos tenían una misma visión de la colegialidad de la iglesia, de forma que escribieron juntos un famoso libro titulado Episcopado y primado (1961; trad. española Herder, Barcelona 1965), poniendo de relieve el carácter colegiado y fraterno de la comunión de las iglesias; ése es un libro que ha marcado de algún modo todas las reflexiones posteriores sobre el tema.

Más tarde, en el tiempo de la primera sesión del Concilio, el año 1962, colaboraron también en la redacción del documento sobre “Las fuentes de la revelación”, publicando después un libro famoso, titulado Revelación y tradición (1965; trad. española en Herder, Barcelona 1971). Esos dos libros, dedicados a unos temas que fueron  centrales en el concilio Vaticano II, han marcado y siguen marcando la convergencia del Rahner maduro y del joven Ratzinger en el despliegue de la teología y de la vida de la Iglesia católica. En este contexto debemos recordar que Ratzinger, que aún no había cumplido cuarenta años, era el teólogo favorito del cardenal Frings, uno de los actores más significativos del Concilio.

Estrictamente hablando, Ratzinger no formaba parte del “grupo de Rahner”, que estaba constituido, sobre todo, por otros dos jesuitas: Otto Semmelroth  (1912-1979) y Alois Grillmeier (1910-1998). Pero Rahner y otros jesuitas se reunían a menudo con Ratzinger (y con H. Volk y G. Philips), especialmente para fijar los temas de la eclesiología conciliar, de tal modo que su colaboración fue decisiva en este campo. De todas formas, en el libro de Recuerdos (“Erinnerungen”, München 1997, p. 131), Ratzinger afirma que las visiones teológicas de Rahner eran ya distintas:

“En el trabajo que realizamos en común percibí claramente cómo, a pesar de que podíamos coincidir en muchas resoluciones y deseos, Rahner y yo habitábamos teológicamente en dos planetas distintos. Él estaba, lo mismo que yo, a favor de la reforma litúrgica, a favor de una  nueva función de la exégesis en la iglesia y en la teología y a favor de muchas otras cosas, pero por razones totalmente distintas de las mías.

Su teología –a pesar de que en sus primeros años había leído a los Padres de la iglesia– se hallaba totalmente modelada por la tradición de la escolástica suareciana y de su nueva recepción a la luz del idealismo alemán y de Heidegger. Era una teología especulativa y filosófica, donde la Escritura y los Padres de la Iglesia no jugaban en último término ninguna función importante y en la que, sobre todo, la dimensión histórica resultaba de menor importancia”.

 Ciertamente, la evolución posterior de Ratzinger ha mostrado que ellos terminaron habitando “en dos planetas teológicos distintos”. Pero cuando Ratzinger añade que la teología de Rahner “se encuentra `totalmente´ (ganz) modelada por la tradición de la escolástica suareciana” está diciendo quizá algo que no concuerda con los hechos. Ciertamente, Rahner ha sido un teólogo especulativo, pero afirmar, como sigue haciendo Ratzinger que “la Escritura y los Padres no habrían jugado en último término ninguna función importante” en su teología es falso y simplista. Lo menos que se puede decir en este campo es que el Ratzinger triunfante no ha sido galante con su viejo amigo y protector, que no pasó nunca de ser un simple teólogo discutido.

sta crítica de Ratinzger en contra de uno de sus mentores teológicos suele ser común en un campo académico y de busca de poder universitario hecho de contrastes y exageraciones. Pero estoy seguro de que ahora, convertido ya en Papa Benedicto XVI, Ratzinger no la suscribiría. Por otra parte, el mismo Ratzinger había dedicado una recensión muy positiva a la obra enciclopédica de Rahner, Curso Fundamental sobre la fe (Herder, Barcelona 1979) en Theologische Revue (74 (1978), pp. 177-186) y había valorado positivamente los principios de su teología,  en un trabajo-homenaje, publicado en 1979, cuando Rahner cumplió los 75 años (cf. K.-H. Neufeld, Die Brüder Rahner, Freiburg i. Br. 1994, p. 344).

De todas formas, a partir de los años setenta, las posturas teológicas (o, quizá mejor, eclesiales) de Rahner y Ratzinger se fueron distanciando de una forma considerable. El año 1979 la Facultad de Teología de München quiso nombrar a J.B. Metz como sucesor de H. Fries, para la cátedra de Teología Fundamental. Pero Hans Maier, ministro de cultura de Baviera, y Joseph Ratzinger, arzobispo de München, se opusieron a ese nombramiento, oponiéndose de esa forma a lo que Metz, quizá el discípulo más creativo e independiente de Rahner, significaba dentro de la cultura europea, por su apertura a los problemas sociales y por su diálogo con el mundo, en la perspectiva de una teología política, que será asumida y recreada por la teología de la liberación. Rahner protestó de un modo público, en contra del ministro y del arzobispo, que defendían los poderes de la iglesia y del sociedad establecida de Alemania, por encima de la búsqueda de justicia y de liberación, desde los más pobres, es decir, desde las víctimas, tal como defendía intensamente  J. B. Metz

En esa línea se fueron agrandando las distancias. Rahner se declaró cada vez más favorable al diálogo con el mundo (en especial con el marxismo), favoreciendo el encuentro entre las religiones y al compromiso social, en una perspectiva cercana a la teología de la liberación. A partir de los años en los que fue miembro de la Comisión Teológica Internacional (1969-1974), Rahner colaboró activamente en los diversos movimientos de apertura eclesial y política, vinculados a la revista Dialogy a las propuestas de la Paulus-Gesellsachaft, poniendo su teología y su vida (su prestigio personal y su pensamiento) al servicio de la paz mundial y de la justicia, a favor de los oprimidos y sufrientes de la tierra, en una línea que muchos tacharon de “izquierdista”, porque no concordaba con el modelo social de la Democracia Cristiana de Alemania y con una visión casi integrista de la Iglesia católica, que se iba imponiendo en algunos ambientes tras la conclusión del Vaticano II.

En esta línea son significativos los dos trabajos eclesiológicos de Rahner, que pueden tomarse como una continuación de los que años atrás había escrito con Ratzinger. 

Uno se titula Vorfragen zu einem ökumenischen Amtverständnis (“Preguntas previas para una comprensión ecuménica de los ministerios”, 1974), en el que expone de una forma detallada la teología católica tradicional, de tipo escolástico, para mostrar a sus compañeros protestantes que también a partir de la tradición se puede seguir preguntando y avanzando, en una línea de fuerte compromiso ecuménico.

El otro libro, publicado con Heinrich FRIES (1911-1988), profesor de teología fundamental de München, se titula Einigung der Kirchen – Reale Möglichkeit “La unión de las iglesias. Una posibilidad real”, 1983), y va exponiendo, en forma de tesis comentadas, unos caminos concretos de unidad –no de unificación– entre las comunidades evangélicas (luterana y reformada) y la iglesia católica romana.

 En ese momento, el cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, rechazó duramente las propuestas de Rahner y de Fries, presentándolas como “una acrobacia teológica artificial que por desgracia no responde a la realidad”, como si fueran una forma de saltar por encima de la pregunta por la verdad “a través de un par de procedimientos de política eclesial” (cf. K. RAHNER, Schriften XVI [1984], p. 7). Desde ese fondo se entiende el juicio posterior de Ratzinger sobre Rahner: 

‒ “El encuentro con Balthasar significó para mí el comienzo de una amistad que debía durar toda su vida, una amistad para la cual yo sólo puedo mostrar gratitud. Yo nunca he vuelto a encontrar hombres con una formación teológica y cultural tan extensa como Balthasar y De Lubac y no sería capaz de decir todo lo que debo a mi encuentro con ellos. Congar, respondiendo a su espíritu conciliador, intentaba mediar siempre entre las posturas opuestas y con esa paciente apertura él cumplió sin duda una misión  importante; era un hombre de una inmensa laboriosidad y, a pesar de su enfermedad, mantenía siempre una intensa disciplina de trabajo.

‒ Por el contrario, Rahner se había dejado dominar cada vez más por la conjura de las retóricas progresistas y se había dejado insertar dentro de unas posturas políticas de tipo aventurista, que en realidad resultaban difícilmente conciliables con su teología trascendental. Las controversias sobre aquello que nosotros, como teólogos de este tiempo, podíamos y debamos hacer resultaban inmensamente vivas y exigían además una gran dosis de resistencia física. Rahner y Feiner, el ecumenista suizo, abandonaron finalmente la Comisión que, a su juicio, no servía para nada, porque esa Comisión no estaba dispuesta a asumir sus tesis, que en la mayoría de los casos eran de tipo radical” (J. RATZINGER, Aus meinem Leben. Erinnerungen, München 2000, p. 156).

Evidentemente, las posturas pueden matizarse.

a) Rahner pensaba que la COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL ya no cumplía sus objetivos, porque estaba controlada por Ratzinger, de manera que no era ya lugar de un diálogo libre y abierto entre teólogos de tendencias distintas. 

b) Ratzinger, en cambio, afirma que Rahner abandonó la Comisión porque ésta (la Comisión) no aceptaba sus tesis radicales, en las que se expresaba “la conjura de las retóricas progresistas”; estas palabras expresan el miedo de Ratzinger ante la posibilidad de una teología crítica que cuestione desde el evangelio o desde la libertad del hombre unos principios eclesiásticos que él consideraba intangibles.

En este contexto resulta muy significativa la actitud que tomaron ante la Teología de la Liberación.

‒ Rahner tomó partido a favor de ella, ante todo por su servicio en América Latina. “Una vez escribí un trabajo sobre la ‘Teología de la Revolución’. Yo lo presenté incluso ante la Comisión Teológica Internacional de Roma, fundada por el Papa. Ciertamente, allí lo tiraron muy pronto al cesto de papeles, pero yo lo he publicado. Esta teología y la “Teología de la Liberación”, que ha surgido en América Latina, tienen también ciertos puntos de contacto conmigo ya por el hecho de que, por ejemplo Scannone, un teólogo argentino que escribe sobre esos temas, fue mi alumno en Innsbruck.

He tenido algunos contactos con Gutiérrez, que es el auténtico fundador de esa Teología de la Liberación, pues nosotros nos relacionamos a través de la revista teológica internacional Concilium, de la que soy co-fundador” (Anzeiger für die katholische Geistlichkeit, marzo de 1979, p. 78).

En este contexto se sitúa un hecho emocionante. Enfermo ya de muerte, a principios del año 1984, Rahner se enteró de que la Congregación de la Doctrina de la Fe, dirigida por Ratzinger, quería obligar a que los obispos peruanos condenaran a Gustavo Gutiérrez, llamándoles para ello a Roma. En ese contexto,, el 9 de marzo de 1984 Rahner tuvo que ser trasladado a un hospital, cerca de Innsbruck.

Allí dictó todavía algunas cartas, entre otras un escrito dirigido a la Conferencia Episcopal de Perú a favor de Gustavo Gutiérrez. Fueron casi sus últimas palabras escritas. A los pocos días, el 29 de marzo falleció como había vivido: con la felicidad de ser hijo de Dios, con el gozo de haber vivido a su luz (cf. H. VORGRIMLER, Karl Rahner, Sal Terrae, Santander 2004, pp. 168-169).  

‒ La actitud de Ratzinger fue muy distinta. No logró que los obispos de Perú condenaran a Gustavo Gutiérrez, pero publicó dos documentos básicos en contra de la Teología de la liberación. Así se consumó una ruptura que sigue siendo significativa. Ratzinger terminó rechazando a Rahner por pensar que era “aventurista” y, en el fondo, poco serio, es decir, porque no aceptaba unos principios teológicos y eclesiales seguros y bien definidos, conforme a una línea de tradición fijada por el Magisterio. 

De esa manera,  Ratzinger consumó un tipo de evolución teológica, que le llevó de la búsqueda y diálogo de las primeras obras a la defensa de una fe bien establecida. Actuaba, sin duda, con la responsabilidad que le daba el ser Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe. Por el contrario, Rahner siguió siendo hasta el final un “simple teólogo” ilusionado por la búsqueda del sentido de la fe y por los valores evangélicos del hombre. En esa línea se mantiene su defensa de la libertad de la teología, tal como aparece en uno de sus últimos escritos, que podemos recordar como “manifiesto” a favor de la independencia creadora del teólogo cristiano:

“¿Cómo podremos nosotros realizar aún progresos, que son absolutamente necesarios para la eficacia de la fe y de la iglesia, si es que cada progreso empieza siendo desautorizado de un modo positivo por las autoridades de Doctrina de la fe de Roma que, sin embargo, al menos hasta el momento presente, en muchos casos, mantienen una opinión que es objetivamente falsa? ¿Cómo se podían mantener en los tiempos de Pío X unas posturas que hoy defiende toda la exégesis católica del Antiguo y Nuevo Testamento, si es que ellas sólo se hubieran aceptado tras una aprobación previa de la Comisión Bíblica? ¿Cómo se podría haber introducido en la iglesia aquella enseñanza, aún condenada por Pío XII, que defiende la continuidad biológica entre el hombre y el reino animal, si es que todos los teólogos y biólogos entre Darwin y la mitad del siglo XX hubieran tenido que pedir primero el permiso de Roma?

Lo que sucede es simplemente esto: que el Magisterio eclesiástico se puede equivocar y que de hecho se ha equivocado muchas veces, incluso en nuestro siglo [siglo XX]; y que esos errores concretos, que dañan el mensaje del Cristianismo, sólo se pueden superar cuando resulta posible una crítica abierta en contra de esos errores, por muy prudente y respetuosa que una crítica como esa deba ser” (Schriften XV [1983], p. 364).

 Y con eso puede acabar esta pequeña historia de encuentro y desencuentro entre Rahner y Ratzinger, que empezaron siendo muy parecidos, que han terminado siendo muy distintos.

‒ Rahner murió en 1984 siendo sólo un “pobre” teólogo del que desconfiaba la cúpula eclesiástica de Roma, porque seguía manteniendo la libertad evangélica y humana de sus primeros años, madurada con los sufrimientos y experiencias de una larga vida al servicio de la revelación de Dios en Cristo que es salvación y libertad para los hombres. 

‒ Por el contrario, Ratzinger asumió las posturas oficiales de un Magisterio que, según Rahner, se sigue equivocando cuando impone sus criterios. Asumió las posturas del Magisterio y se ha convertido ahora en representante supremo de ese Magisterio, como Papa Benedicto XVI. 

Ahora que Ratzinger vuelve a ser Ratzinger…. queremos apostar aquí por el Ratzinger-Benedicto XVI, el cristiano de Episcopado y Primado, el teólogo de Revelación y tradición. Queremos recordar al pensador de las mejores páginas de Introducción al cristianismo y de otros libros llenos de libertad cristiana. Tras las dos etapas anteriores de su vida (Teólogo y Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe) puede venir y vendrá, si Dios lo quiere, una tercera etapa que puede ser de fuerte creatividad eclesial. 

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