Benedicto XVI

Benedicto XVI, el teólogo que pasó de posiciones avanzadas a otras más conservadoras

Benedicto XVI

«Yo le traté poco. A veces, un domingo por la tarde nos cruzábamos por alguna calleja de Tübingen (dos célibes que salían a pasear solos) y nos saludábamos con la cabeza sin que yo (imbécil de mí) me atreviera a abordarle»

«De lo que no cabe duda es de que sufrió una evolución desde posiciones claramente avanzadas hasta otras más conservadoras: identificación con Rahner y posterior rechazo a Metz cuando ya era arzobispo de München, para decirlo con un solo ejemplo»

«Es probable que en lo sucesivo haya nuevas dimisiones de papas. Sería muy de desear que el papa dimisionario no se quede en Roma»

«Benedicto XVI recomendó como de lectura obligada la carta san Bernardo al papa Eugenio III»

«Se opuso al acceso de la mujer al ministerio eclesiástico alegando que no es ‘voluntad de Dios'»

Por José I. González Faus

La partida de Benedicto XVI provocará seguramente alabanzas exageradas (por interesadas) y críticas duras. Creo que ninguna de las dos tendrá razón. Prefiero quedarme con el gran servicio a la Iglesia que fue su dimisión del papado: un acto insólito y audaz en estos días nuestros, pero muy oportuno, llevado a cabo por un hombre más bien miedoso, que en una homilía en el 2005 había dicho: “rogad por mí para que por miedo no huya ante los lobos”.

De lo que no cabe duda es de que sufrió una evolución desde posiciones claramente avanzadas hasta otras más conservadoras: identificación con Rahner y posterior rechazo a Metz cuando ya era arzobispo de München, para decirlo con un solo ejemplo. Ya conté otra vez la anécdota que viví hacia 1967 en Tübingen, en una clase de su curso de cristología. Explicando muy pedagógicamente las diferencias entre las dos grandes escuelas de los primeros siglos (Alejandría y Antioquía), mira al alumnado y pregunta: “¿y en Roma?”. Silencio expectante. Ratzinger se abrocha la chaqueta con doble fila de botones y exclama: “en Roma, ya lo saben ustedes, no se hace buena teología”. Las ovaciones del alumnado debieron llegar hasta la misma Roma, mientras el profesor esbozaba una sonrisa comprensiva.

Otra vez, tuve que defender su ortodoxia ante una española, lectora de español en aquella universidad y que asistía a uno de sus cursos vespertinos. Y es llamativo que el que publicó un magnífico libro sobre la Iglesia titulado “El nuevo pueblo de Dios”, se opusiera más tarde a la designación conciliar de “la Iglesia pueblo de Dios”, alegando que puede incurrir en un reduccionismo sociológico. Como si la designación de la Iglesia como cuerpo de Cristo no pudiera incurrir en otro reduccionismo organicista…

Yo le traté poco. A veces, un domingo por la tarde nos cruzábamos por alguna calleja de Tübingen (dos célibes que salían a pasear solos) y nos saludábamos con la cabeza sin que yo (imbécil de mí) me atreviera a abordarle y buscar una relación más cercana. Pero tuvo siempre fama de ser un hombre exquisito de trato: respetuoso, cordial y delicado a la vez: “inusualmente fino” le llamó un entrevistador.

Me pregunté varias veces cuáles podrían ser las causas de su evolución. Con los datos que tengo señalaría tres: el influjo de su hermano mayor Georg mucho más conservador que él. La difícil relación con Hans Küng (el otro teólogo sistemático de Tübingen en aquellos años). Los grandes méritos de Küng, su olfato histórico y su fidelidad a la Iglesia no es preciso comentarlos ahora. Pero todos somos de la misma pasta; y Küng era un hombre de una vanidad y un protagonismo inconscientes que pudieron dificultar la relación con el tímido Ratzinger.

Por Tübingen se decía entonces que si a un doctorando de Küng no le dabas un “summa cum laude”, te ganabas su enemistad perenne. El hecho es que, según parece, Ratzinger pidió el traslado a Rottenburg (bajando de nivel) para evitar esa convivencia difícil. Y en tercer lugar estuvo la decepción de Ratzinger ante lo que supuso el famoso mayo del 68 en Alemania (bastante distinto de Francia). Esa típica irresponsabilidad de algunas izquierdas que me enseñó la lección de que los miedos no cristianos de las derechas y las impaciencias insolidarias de las izquierdas son los que hacen que la historia funcione mal.

Sea de esto lo que sea, la evolución de Ratzinger fue innegable y continuada; y su incomprensión de la teología de la liberación llamativa. Curiosamente, el cardenal Müller, hoy tan opuesto a Francisco por otros motivos, la comprendió mucho mejor hasta poder publicar un libro conjunto con Gustavo Gutiérrez. No he podido comprobarlo, pero me aseguran que al reeditar sus “obras completas” ha corregido y retocado varias cosas de sus primeros textos. Si es así lo siento, porque eran muy buenos.

Lamentaría que esto que quieren ser recuerdos se quedara en meros chismes. Valen aquí las palabras de Jesús: que tire la primera piedra el que esté sin pecado. Eso viene a significar que los hombres no damos más de nosotros mismos, aunque luego el Amor de Dios pueda sacarnos ese más. Por eso podemos admirar, pero no idealizar. 

Y como balance dejaré una petición, unas sugerencias y unos textos.

1.- Es probable que en lo sucesivo haya nuevas dimisiones de papas. Sería muy de desear que el papa dimisionario no se quede en Roma: que vaya a “oír confesiones” (como dice Francisco) o a algún convento de contemplativos donde le recibirán muy bien. El papado no es un sacramento sino una función. Y pretender hablar de “dos papas” es un lenguaje interesado, tan falso como el de quien pretendiera que D. Mariano Rajoy continúa siendo hoy presidente del gobierno.

2.- Tres sugerencias.

2.1.- Benedicto XVI recomendó como de lectura obligada la carta san Bernardo al papa Eugenio III (De consideratione). Ojalá esto lo cumplieran radicalmente sus sucesores: pues la carta de Bernardo tiene mucha miga.

2.2.- Además, se opuso al acceso de la mujer al ministerio eclesiástico alegando que no es “voluntad de Dios”. Entiendo que puedan molestarse las feministas; pero aceptemos que ha puesto el tema en su sitio: no se trata de que sea más moderno o más feminista sino de cuál es la voluntad de Dios. Y ahí muchos creyentes sinceros disienten de Benedicto y piensan que la Iglesia podría caer en aquella denuncia de Jesús: “¡Hipócritas! Quebrantáis la voluntad de Dios por acogeros a tradiciones de vuestros mayores”…

2.3.- Y si hay que citar o buscar algo de Ratzinger, mejor que sea de las ediciones primeras que no de la edición corregida.

3.- Tres textos

3.1.- “El amor es la clave del cristianismo y éste debe leerse desde ahí” (Luz del mundo. Entrevista con P. Seewald).  Ahí podemos estar todos de acuerdo.

3.2.- “Lo que necesita la Iglesia de hoy y de todos los tiempos no son panegiristas de lo existente, sino hombres que amen a la Iglesia más que a la comodidad e intangibilidad de su propio destino… La verdadera obediencia no es la obediencia de los aduladores… que evitan todo choque y ponen su intangible comodidad por encima de todas las cosas” (El nuevo pueblo de Dios, p. 292). Aquí, “el que sea cofrade que tome candela”. Este capítulo de ese libro (titulado algo así como “crítica y obediencia”: Freimut und Gehorsam en alemán) puede que valga la pena reproducirlo ahora en algún sitio para que sepamos y recordemos siempre que ante la Iglesia, ante el socialismo, ante la democracia, ante el feminismo, ante la ecología, o ante cualquier causa grande, no son mejores militantes los que aplauden lo ya existente sino los que intentan mejorarlo, aunque se vean tachados de poco amor a la Iglesia y demás.

3.3.- “La fe cristiana es escándalo para el hombre de todos los tiempos: que el Dios eterno se preocupe de nosotros los hombres y nos conozca…    Este escándalo ha quedado recubierto con frecuencia a lo largo de la historia, por el escándalo secundario de los predicadores de la fe, que no es esencial al cristianismo, pero que de buena gana se hace coincidir con el escándalo fundamental y se complace en una postura de martirio cuando en realidad solo es víctima de su propia cerrazón mental. 

Escándalo secundario, de propia fabricación y por tanto culpable es que, por defender los derechos de Dios solo se defienda una determinada situación social y las posiciones de poder conquistadas en ella. Escándalo secundario de propia fabricación y por tanto culpable es que, so pretexto de defender la invariabilidad de la fe, solo se defienda el propio trasnochamiento y no la fe misma. Escándalo secundario de propia fabricación y por tanto culpable es que, so pretexto de asegurar la eternidad de la verdad se eternicen sentencias de escuela… 

Y lo peligroso es que este escándalo secundario se identifica una y otra vez con el primario y lo hace así inaccesible, ocultando las exigencias propiamente cristianas y su gravedad, tras las pretensiones de sus mensajeros” (El nuevo pueblo de Dios, 351.52)

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