Primera fase del camino sinodal

Piero Coda: «Me gustaría ver una Iglesia del futuro alegre, pobre y profética»

Monseñor Piero Coda

El teólogo Piero Coda traza una amplia reflexión sobre la primera fase del camino sinodal emprendido por la Iglesia a partir del Documento «Ensancha el espacio de tu tienda» que da inicio a la etapa continental hasta marzo

No podía faltar un agradecido recuerdo al recientemente fallecido Papa emérito «hombre de Dios y gran teólogo», que «deja una huella indeleble en la Iglesia»

Por Adriana Masotti

(Vatican News).- «Grandes Papas han guiado a la Iglesia católica en este último período de su larga historia: grandes en estatura espiritual y testimonio de vida, en sabiduría y cultura, en discernimiento social y profecía. Entre ellos, por derecho propio, está Benedicto XVI».

Reforma en la continuidad

Lo escribe monseñor Piero Coda – sacerdote y teólogo, secretario general de la Comisión teológica internacional – para la revista Città Nuova online, pocas horas después del fallecimiento del Papa emérito. «Su aportación ineludible – continúa – fue recordar con su autoridad de hombre de Dios y de gran teólogo una verdad decisiva: la obra de renovación puesta en marcha por el Vaticano II debe promoverse en contacto directo con el núcleo vivo del Evangelio de Jesús y en el marco de la Tradición eclesial». La clave de la interpretación de Benedicto XVI del acontecimiento conciliar – escribe monseñor Coda – está en esta expresión: «Reforma en la continuidad».

La dimisión de Benedicto XVI, un gesto extremo al servicio de la Iglesia

La fe eterna en Jesús es la «plataforma de lanzamiento para un salto profético hacia adelante»  – señala el teólogo – y el Papa Benedicto no por casualidad «quiso reservar tres encíclicas a las virtudes teologales: la caridad, la esperanza y la fe». Y subraya con fuerza la primacía de la primera, porque evoca el nombre mismo del Dios que se revela en Jesús».

Monseñor Coda recuerda algunas de las intervenciones más significativas y clarividentes del Papa emérito, entre ellas la encíclica social Caritas in veritate, y prosigue:

«Paradójicamente el testimonio más incisivo de su estilo evangélico lo dio Benedicto XVI el día de su inesperada renuncia. Un gesto extremo, ponderado y sereno, madurado en el deseo de obedecer a Dios sólo para servir a la Iglesia»

Un gesto del que “ha brotado ‘una nueva frescura en el seno de la Iglesia, una nueva alegría, un nuevo carisma que llega a los hombres’: así leyó él mismo con los ojos de la fe el impulso desatado por el ministerio del Papa Francisco. Acompañándolo con la oración y la ofrenda de su vida hasta el final».

Un Sínodo para aprender a vivir la sinodalidad

Y a la renovación y a una nueva frescura en la Iglesia, que mira a su misión en medio del mundo, se orienta el camino sinodal iniciado en octubre del 2021 por el Papa Francisco. Tras la primera fase vivida a nivel local, ahora comienza la etapa continental, a la que seguirán en el 2023 y el 2024 las dos sesiones de la Asamblea de los obispos en el Vaticano. El Documento de trabajo publicado por la Secretaría general del Sínodo en el sitio web correspondiente indica la línea que se seguirá en los próximos meses.

En medio centenar de páginas se resumen todas las contribuciones enviadas a la Secretaría por las Conferencias episcopales de todo el mundo, fruto del compartir y de la escucha vivida por los grupos sinodales en las parroquias, los grupos y las asociaciones. Monseñor Piero Coda es miembro de la Comisión teológica del Sínodo. Ante los micrófonos de Vatican News, comenta el Documento de trabajo para la etapa continental, profundizando en algunos temas que han surgido y trazando el rostro de la Iglesia del futuro.

-Monseñor Piero Coda, «el Sínodo avanza, podemos afirmarlo con entusiasmo un año después de su apertura». Con estas palabras de alegría, satisfacción y gratitud, comienza el Documento de trabajo para la etapa continental, que contiene la síntesis del trabajo realizado hasta ahora por las Iglesias en el mundo. Ahora bien, usted que lo ha seguido de cerca, ¿qué puedes decirnos del trabajo realizado precisamente en la primera etapa sinodal?

-La primera etapa del proceso sinodal, que representó la consulta del Pueblo de Dios a nivel de las Iglesias locales, de las diversas expresiones de la vida eclesial, fue globalmente muy positiva y esto no debe darse por descontado. Permitió la preciosa recogida de una rica cosecha de frutos, una especie de chequeo de la salud del Pueblo de Dios esparcido por todo el mundo, con sus dificultades, sus pruebas, pero también con sus esperanzas y alegrías.

Baste decir que de las 114 Conferencias episcopales, 112 enviaron el resumen de los resultados de la consulta realizada en sus diócesis. Por no hablar de las familias religiosas, las asociaciones y los movimientos eclesiales. Y al leer estos informes hay que decir que, como me ha sucedido a mí, uno no puede dejar de sentir emoción y conmoción, porque se ve el testimonio de un Pueblo de Dios vivo, animado y en camino. A veces incluso cruelmente probados por el trajín de un momento difícil de cambio, de incertidumbre, como para toda la humanidad, pero comprometidos a vivir este momento con fe, con amor, y con esperanza.

“Se siente la alegría, y casi diría a veces el entusiasmo de escuchar y sentirse escuchado, la alegría de ponerse en camino juntos, hasta el punto de que a mí, después de examinar estos informes, me vinieron espontáneamente al corazón las palabras atestiguadas por Isaías del Señor: ‘Estoy haciendo una cosa nueva, ahora mismo está brotando, ¿no te das cuenta?’. Así que tenemos que dar gracias a Dios”

-El Documento también señala algunos aspectos negativos como la mancha de los abusos, por ejemplo, la distancia que a veces existe entre el clero y los laicos. En el lado positivo, surge una nueva conciencia de ser todos protagonistas en la misión de la Iglesia, la necesidad de ser más inclusivos como comunidad, de colaborar con otras Iglesias y otras religiones…

Sí, desde luego. Lo que surge sobre todo es la alegría y el deseo de encontrar a Jesús vivo hoy y de seguirlo a través de la Iglesia. De ahí el deseo de una Iglesia coherente, auténtica, y de ahí el sufrimiento por todas las manchas y dificultades que hay que superar. Y hace falta valor para identificarlos y superarlas. Y luego el deseo, la alegría ciertamente de participar, es decir, de vivir la Iglesia como familia, como comunión, por tanto de superar ese clericalismo o esas separaciones que pugnan por no morir.

Y de nuevo, como ha mencionado, el deseo y el compromiso de ser inclusivos, es decir, de estar abiertos a compartir el don de la fe. Aquí presenciamos en las comunidades cristianas el crecimiento de una mayor sensibilidad hacia todos aquellos que de alguna manera se sienten marginados por la vida de la comunidad cristiana. También, por ejemplo, por razones morales con referencia a las normas morales propuestas por la Iglesia.

Y luego una gran preocupación por los pobres y excluidos. Esta opción preferencial por los pobres es, diría, una dimensión cada vez más adquirida en la vida de las comunidades cristianas. Y también, ciertamente, la apertura al diálogo, es decir, la conciencia de que el diálogo ecuménico expresa la unidad de la fe en el Bautismo.

«Menos perfilada, si se quiere, sigue siendo la sensibilidad hacia los fieles de otras religiones y también hacia las personas de otras convicciones o que buscan una manifestación plena de la verdad»

-En cuanto a la marginación que menciona, un tema recurrente en casi todas las síntesis diocesanas es la cuestión de la mujer en la Iglesia y en la sociedad…

-Se trata, sin duda, de una exigencia esencial que emerge de todos los relatos en todas las latitudes culturales y sociales de la vida de la Iglesia hoy: el reconocimiento y la promoción del carisma y de la aportación específica de las mujeres a la vida de la Iglesia.

«Es necesario un salto cualitativo serio y esto manifiesta la necesidad de una conversión espiritual, cultural y también estructural para dar cabida, el lugar que está en el plan de Dios, a las mujeres en la vida de la Iglesia»

También está la conciencia de que no debemos ceder a la tentación de una reducción funcionalista del papel de la mujer en la Iglesia, es decir, que no debemos dejarnos aplastar por los modelos de participación en la vida y en el gobierno de la Iglesia que han prevalecido hasta ahora, que tienen una impronta más masculina, por no decir machista. Hay que encontrar los caminos correctos a todos los niveles, pero en primer lugar se trata de una conversión de la mirada, de ver la relación entre lo masculino y lo femenino según la mirada de Dios, la mirada de Jesús.

-Se tocaron muchos aspectos, pero también surgió el temor por parte de algunos fieles de que el Sínodo no condujera a un cambio real, que sólo fuera una escucha de fachada. ¿Qué piensa usted? ¿Existe este riesgo?

-Mire, el Sínodo no es un asunto táctico, no tiene segundas intenciones. Es, sin duda, la puesta en marcha de un proceso que quiere ser sincero, abierto, para tomar decisiones importantes respecto a la adecuación de la vida y la forma de la Iglesia al diseño original de Dios.

El riesgo es el que proviene de no percibir el sentido y el alcance de un proceso como este, es decir, de no darse cuenta de que aquí es Dios quien está hablando a la Iglesia y pidiendo un salto cualitativo en la vida de la Iglesia. Y si queremos, el riesgo es el de quienes, con cierta indiferencia y superficialidad, cuando no con mala conciencia, piensan que quieren gestionar el proceso sinodal para no cambiar nada.

-La etapa continental del Sínodo ha comenzado. “Amplía el espacio de tu tienda» es el título del Documento del que hablamos. Parece aludir a un mayor esfuerzo de apertura en la escucha, por ejemplo. ¿Puede ayudarnos a comprender mejor el trabajo de los próximos meses?

-El objetivo de esta etapa continental, diría, es en primer lugar devolver a las Iglesias locales la síntesis de los informes que han llegado de todas las diócesis, para que las diferentes Iglesias puedan responder si se reconocen en la síntesis que se ha formulado, y también puedan darse cuenta de la riqueza de los diferentes acentos que vienen de las otras Iglesias locales, para que se produzca un intercambio de dones entre las diferentes realidades eclesiales.

Luego hay un segundo objetivo: hacer esta operación de discernimiento a nivel continental, es decir, fomentar la comunión de sus caminos entre las Iglesias locales de una misma región – en este caso, los cinco continentes, más las Iglesias orientales consideradas por separado, las Américas también se dividen en América del Norte y América del Sur – por lo que al final tenemos siete asambleas continentales.

Hay algo común dentro de una misma región a nivel cultural y a nivel espiritual, yo diría que juntos debemos descubrir qué vocación tiene cada continente, porque en el plan de Dios hay algo común y también hay una llamada, y esto puede ser una novedad en el proceso sinodal. De aquí, finalmente, un ulterior enriquecimiento del discernimiento ya realizado, con vistas a la redacción del Instrumentum laboris con el que se abrirá la Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos.

-Así pues, en la práctica, ¿los grupos sinodales que ya se han reunido en las diócesis y en las parroquias, en los movimientos, en las asociaciones, etc., volverán a reunirse para leer este Documento y reflexionar de nuevo a la luz de su contenido?

Exactamente, sí, cada Iglesia local está llamada a hacer esta operación, es decir, a recibir lo que es fruto de todo lo que se ha hecho hasta ahora, a reunirse y volver a poner estas resonancias en comunión a nivel continental, y luego a hacer que todo esto llegue al nivel universal.

«Al final, el Sínodo devolverá a las Iglesias locales lo que haya surgido para la recepción e inculturación de las opciones estratégicas que se propongan»

-La decisión del Papa Francisco de convocar una doble Asamblea de los Obispos en el Vaticano para todo este trabajo final ha sido un tanto sorprendente. ¿Cuál es, en su opinión, la razón de esta elección?

-En realidad no me sorprendió, de hecho así lo esperaba porque se necesita tiempo para poner en marcha un proceso de la magnitud y amplitud como el que está teniendo el Sínodo y, por lo tanto, el tiempo no debe ser corto y tener dos momentos como Asamblea de los Obispos discerniendo el camino del Pueblo de Dios es sin duda un gran enriquecimiento, por lo tanto una decisión oportuna y clarividente.

El camino sinodal emprendido por la Iglesia no es lo mismo que hacer una encuesta sobre lo que se piensa de la Iglesia, ni una lista de los «desiderata» de los fieles. Debería ser otra cosa: podríamos hablar de conversión, de escucha del Espíritu. ¿Cómo lo definiría usted? ¿Y cómo espera que se viva?

Creo que el proceso sinodal, interpretado en su justo espíritu, constituye hoy un extraordinario campo de entrenamiento para la vida eclesial. Como dijo Juan Pablo II en la Novo Millennio Ineunte, es una concreción de esa escuela de comunión para la misión que todas las realidades eclesiales están llamadas a ser para estar a la altura de lo que el Espíritu dice hoy a la Iglesia.

Se trata de aprender este arte, que es el arte del discernimiento comunitario. Aprender a discernir significa escuchar la voz del Espíritu y vivir la propia fe como una luz que interpreta y transforma la realidad; comunitario significa aprender a vivirla juntos. No hay que darlo por supuesto, no es fácil ya a nivel personal hacer un discernimiento, requiere una gran humildad y perseverancia, requiere activar los sentidos espirituales – como dice la tradición de la Iglesia – para escuchar la voz de Dios.

«He aquí que en el discernimiento comunitario debemos aprender a activar nuestros sentidos espirituales para descubrir, acoger y seguir la presencia de Jesús resucitado que está vivo en su Iglesia para estar vivo en la historia humana. Y esto requiere una escuela, requiere un ejercicio. El proceso sinodal puede ser un gimnasio extraordinario para practicar este arte, y en los informes de esta primera etapa podemos ver que este proceso ha comenzado positivamente»

-Y tras la conclusión de este camino sinodal, digamos a partir del 2025, ¿cómo podría ser la Iglesia? ¿Cómo le gustaría verla?

-Ciertamente, un Sínodo sobre la sinodalidad, aunque habrá dos Asambleas, no agota el sentido y el alcance del acontecimiento: es una etapa necesaria e importante de un camino que será largo y exigente. El Papa Francisco dijo: El Sínodo es lo que Dios espera de la Iglesia en el Tercer Milenio. Pues bien, tenemos un milenio por delante, y es que estamos poniendo en marcha, escuchando la voz de Dios, una forma de ser Iglesia que es la de siempre, pero que también adquiere tonos específicos, declinaciones específicas, que debemos aprender, que debemos poner en marcha. ¿Qué es la Iglesia emergente?

Me gusta decir que es una Iglesia de la alegría, una Iglesia pobre y una Iglesia profética. Una Iglesia de la alegría porque da testimonio de una cosa fundamental que es el don de Jesús y es que Dios es amor y que da una alegría a la persona humana y a la familia humana que el mundo no conoce, para compartirla con los que están en el dolor y en la prueba. Después una Iglesia pobre porque es rica sólo en Dios y pobre para poder ser casa de los pobres porque el Evangelio es para ellos. Profética porque es una Iglesia que esparce a manos llenas la levadura de la justicia, de la fraternidad, en la esperanza segura de los cielos nuevos y de una tierra nueva en los que sólo, al final, la justicia y el amor de Dios tendrán una morada estable.

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