Clamores sofocados

VIAJE A LA DIGNIDAD

XIMO GARCIA ROCA

Un día le pregunté a Samir si era inmigrante. Me respondió con el aplomo del convencido: «¡Soy algo más que inmigrante!» Samir ama y sueña, estudia y trabaja, espera y desconfía, y como todos es la vez nómada y sedentario, víctima y verdugo, impotente y creador. No se considera víctima a proteger, ni un sujeto frágil a sostener, ni un huésped a defender. Las personas inmigrantes son, como todas, identidades múltiples, solicitan ser reconocidos en sus capacidades y talentos, protagonistas de su propio destino, colaboradores en igualdad de derechos y obligaciones en la construcción de la historia común. Dejemos de hablar sobre ellos y hablemos con ellos; no se trata de saber qué hacemos por las personas migrantes sino qué hacemos con ellas y junto a ellas, con sus capacidades, expectativas, y culturas. Las personas migrantes se incorporan de este modo a la gran ola de reconocimientos, que recorren el mundo, traída por los movimientos feministas, indígenas, campesinos, pueblos soberanos, grupos étnicos o colectivos LGBTI; reconocimiento que nunca será real sin la redistribución económica de la riqueza colectiva, que convierta la inmigración en una elección libre y responsable.

Todavía se oyen los gritos de la madre que ante la tumba sin nombre en el cementerio de Málaga, clamaba «No vengáis, no vale la pena; os quieren en las cocinas de los bares pero no en sus parques, os quieren cuidando a sus padres ancianos, pero molestáis en las salas de espera de los hospitales. No vengáis». Con este grito se cerraba el siglo XX. La tumba blanca no tenía nombre, lo perdieron en su trayecto migratorio. No supimos los nombres de las 53 personas asfixiadas en un tráiler en su tránsito hacia Estados Unidos, ni hemos conocido los rostros de los 400 que fueron reprimidos ante la muralla de Melilla, ni sabemos los motivos de los 6.000 muertos este año por distintas rutas migratorias. Cuando se pierden los nombres, nacen los miedos, los odios, los desprecios. A personas sin nombre, rostro ni identidad es fácil convertirlas en amenaza, peligro y objeto. El nombre de Alyan, de solo tres años, muerto al naufragar la barcaza, que hiere y ofende, despertó de nuestra ceguera colectiva.

Pero siguieron viniendo empujados por sus hambres y por sus deseos, por las violencias y guerras de otros, por esperanza de unos y la desolación de muchos. Y así el siglo XXI empezó con un grito potente sedimentado en las periferias francesas: «A nuestros padres humillasteis y a nosotros cerrasteis las puertas». Humillación e inaccesibilidad son los dos heridas infinitas; humillan las políticas que les necesitan como trabajadores pero les niegan la ciudadanía; humillan las condiciones para el arraigo social y familiar que les encierran en guetos sociales y culturales; humilla la superioridad que les miran desde arriba cuando, cuando «sólo se puede mirar de arriba hacia abajo para levantar al que está caído».

Recientemente le oímos a Suleiman, un joven senegalés ante la muralla de Melilla, clamar: «si vosotros levantáis muros, nosotros construiremos túneles». La movilidad es un proceso estructural que no podrán evitar las fronteras, la externalización de los controles, los centros de internamiento ni la militarización de ríos, mares y aeropuertos. Los problemas pueden solucionarse pero los procesos estructurales solo pueden atrasar lo inevitable o dificultar lo que nada ni nadie podrá evitar. Las sociedades cerradas y amuralladas murieron a manos del comercio, del trabajo, del turismo, de las comunicaciones mundiales y de los derechos humanos que es el otro nombre de la dignidad; los prejuicios racistas y discursos discriminatorios además de corromper la razón y la convivencia son injustos, irracionales e inútiles.

«Nadie debe hablar de la inmigración, si antes no ha abrazado a un inmigrante», le oí decir a un voluntario de la Cruz Roja mientras curaba las heridas de un superviviente de un cayuco. Sólo el abrazo despierta la solidaridad. Cuando un pueblo soñó con el fin de la segregación racial, se derribaron muros físicos y mentales, que parecían intocables; cuando la madre-tierra supo que era un organismo vivo que sufre, siente, ama y espera nació el imperativo ecológico; cuando el feminismo soñó con el fin del patriarcado nació la igualdad de género; cuando los pueblos soñaron con el fin del colonialismo nació la igualdad entre los pueblos. Si en el Día Mundial de la persona migrante lográramos tejer los sueños de aquí y de allá nacerá un futuro digno para la humanidad. Nuestra sociedad necesita de todos los sueños, de todas las energías, de todas las capacidades

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