Unidad y pluralidad de la Palabra

8-25 de enero: semana de oración por la unidad de las iglesias.

22 enero: domingo de la Palabra

Se celebran estos días dos “fiestas”: la “semana de oración por la unidad de las iglesias”; el Domingo de la Palabra. Las dos celebraciones van unidas, pues la palabra (evangelio)  separa y vincula en comunión a las iglesia, para que expresen diversas facetas del misterio de Cristo/palabra y para que se vinculen en abrazo de amor, abierto al mundo entero. 

He venido recordando estos días en RD y FB el pensamiento y palabra del Papa Ratzinger, tema de alguna importancia, pero muy secundario en relación con la Palabra de Dios y la Comunión de las iglesias.

De estos dos temas (Palabra de Dios y comunión) trataré esta próxima semana. Hoy comienzo presentando la unidad y pluralidad de la Palabra (de los evangelios y la iglesia), fijándome de un modo especial en Mateo.

Por| X.Pikaza

El único evangelio, en la palabra y pascua de Jesús,  ha venido presentarse en cuatro narra­ciones paralelas pero diferentes­. Esta unidad y diferencia debe precisarse con cuidado.

1)Hay una primera razón de tipo teológico. Dios no se ha revelado en un discurso fijado de antemano y definido en cada uno de sus rasgos y conceptos. Dios se ha revelado en Jesucristo, un hombre (Hijo de Dios) que sobrepasa y desborda todas las razones de la historia. Por eso no hay discurso ni concepto que agote su verdad, que contenga todo su sentido y que lo fije de de manera normativa, para todos los creyentes. En este nivel se han situado, a mi entende­r, las dos conclusiones del evangelio Jn con su palabra programática:

Otras muchas señales que no están escritas en este libro realizó Jesús delante de sus discípulos; estas se han escrito para que creais que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengais vida en su nombre (Jn 20, 30-3l).

Otras muchas cosas hizo Jesús; si quisiéramos escribirlas una por una, pienso que ni el mundo entero bastaría para contener los libros que así debieran escribirse (Jn 21, 25).

 Evidentemente, estas palabras pueden entenderse en un sentido cuantitativo (habría muchas más cosas que escribir sobre Jesús).. Pero éllas ofrecen también otro sentido más «cualitati­vo»: aluden a las diferentes tradiciones de Jesús, a las maneras de enfocar su vida y enseñanza, pues los evangelios son el resultado de un proceso selectivo de interpretación y elección particu­lar. Lo que importa no son los evangelios como escritos diferentes, como aproximaciones siempre limitadas y parciales al único misterio de Jesús. Importa el evangelio, la novedad pascual del Cristo, ­como salvador universal. Logicamente, por exigencias de la misma riqueza y multiformi­dad de Cristo pondrán (y deberán) surgir evange­lios diferentes (y en el fondo iglesias diferentes)

2)Hay una segunda razón de tipo eclesial. Ciertamente, el evangelio de Jesús como experiencia pascual es anterior a las iglesias: es la vida y palabra de Dios de la que surgen las comunidades mesiánicas del Cristo, como lugares de salvación escatológica. Pero, en un segundo momento, esas mismas comunidades ecles­ial­es son las que explici­tan, con­figuran y matizan el único evangelio de Jesús, conforme a sus propias tendencias religiosas y sociales. En esta perspectiva sigue siendo fundamental el texto ya citado de 1 Cor l5, 1-11: todos los apóstoles, fundadores de iglesias, ­concuerdan en la experiencia de Jesús como el Cristo de Dios que muere y resucita; pero la visión de la pascua se explicita y configura en éllos de maneras diferentes.  

Esto significa que en la la pluralidad de los evangelios es el principio y fundamento  de la pluralidad de las iglesias. Lucas, escribiendo en perspectiva más tardía el libro de los Hechos, se ha esforzado en proyectar hacia el principio de la iglesia el ideal de una unidad que es anterior a las diversidades posteriores.

Teológicamente, el ideal de unidad de las iglesias es auténtico, como muestra 1 Cor 15: todas las iglesias se fundan en la misma experiencia apostólica del Cristo que ha resucitado y se aparece a sus discípulos y apóstoles. Pero en el mismo origen de esa historia hallamos una multiplicidad de perspect­i­vas: encontramos ya desde el principio a los hebreos y los helenistas, se distinguen las visiones de Pedro, Pablo y Santiago. Eso significa que la unidad eclesial no ha de entenderse como uniformidad primitiva que luego se parte y se divide en grupos posteriores diferentes. La unidad viene a mostrarse ya desde el princpio en forma de comunión origina­ria (tensa y fraternal) de posturas que dialogan entre sí y se comuni­can desde el Cristo. Para precisar este momento de la tradición evangélica pueden ayudarnos todavía los autores que la estudian a partir de eso que se suele llamar la «Formgeschich­te», historia de las formas (23). 

3)  Los evangelios (las iglesias) no se diferencian solamente según las perspectivas eclesiales de sus transmisores; se distinguen también por el transfondo social de esos mismos transmisores, por aquello que pudiéram­os llamar su «base material»: los ideales y necesidades económi­cas , sociales o políticas de aquellos que pretenden vivir sobre este mundo el único evangelio de Jesús, el Cristo.

En  el principio de la unidad de las iglesias ha de estar la palabra de Jesús. «los pobres son evangelizados» (cf Mt 11, 6). Es buena la unidad de los ministros de la iglesia, de las jerarquìas eclesiales (obispos, Papa etc),  pero el sentido y finalidad de la unidad de las iglesias está en el hecho de que los pobres sean, reciban la buena noticia, puedan ser acogidos y nos evangelicen   (1 Cor 1, 26-28; cf. Sant).

 Conforme a su visión idealizadora del principio de la iglesia, Lu­cas dice en Hech 2 y 4, que todos los creyentes compartían vida y bienes, traduci­endo de esa forma el evangelio en claves de comunión religiosa ly económica. P­ero más tarde, al llegar al punto clave del conflicto de los «apóstoles hebreos» con los «helenistas» nos recuerda que la causa principal de la discordia fué «el cuidado de las viudas y el servicio de las mesas». El evangelio se ha venido a explicitar de esa manera y se discierne, es decir, se delimita y viene a entrar en crisis por cuestiones de tipo social (cf Hech 6, 1-7).

Pues bien, los más signifi­cat­ivo de este relato es el hecho de que los «defenso­res de los huerfanos y viudas», los servidores de las mesas vienen a mostrarse luego como verdaderos «evangelistas­», es decir, propagadores de la buena nueva. En­tre éllos se destaca en un primer momento Esteban y después cobra relieve la figura de Felipe a quien la tradic­ión conocerá como «el evangel­ista» por excelencia (cf Hech 21, 8).

 Pienso que estos datos son significativos y debían estudiarse con mayor cuidado. Sea como fuere, lo que ahora nos importa es que, a partir de esta primera división intraeclesial viene a entenderse la figura y función evangeli­zadora de san Pablo (cf Hech 8, 4). El evangelio dirigido a los pobres, como palabra de Dios y principio de comunicación humana, es la esencia de la unidad de las iglesia.

Eso significa que las diferencias de la Palabra de Dios en los evangelios los evange­lios han de interpretarse desde una perspectiva teológica. De muchas maneras habla Dios en Cristo, para que su palabra llegue a cada hombre y mujer, a cada comunidad. Por otra parte,  ­cada comuni­dad cristiana ha respondido a la llamada de Jesús (a su evangelio de los pobres) en caminos y tendencias diferen­tes porque ha sido diferente el contexto social en que se mueve.

Precisemos mejor el tema. La visión teológica del fondo pudiera ser la misma, pero las formas asumirla y aplicarla resultan diferen­tes, par­tiendo del contexto social en que se vive ese evangelio.  La única Palabra del evangelio se expresa en formas distinta. No se trata por tanto de imponer una doctrina y administraciòn (que todos sean católicos o todos calvinistas…), sino de lograr que católicos y calvinistas (con otras iglesias) puedan poner y pongan su vida al servicio de la comunión universal de vida, empezando por los pobres, sean o no externamente cristianos.

En el comienzo de la tradición de la palabra de Dios en los evangelios está el evangelio de Marcos y un evangelio de dichos llamado “q”. Pero la iglesia no se que quedado sólo con Macos y el “q”, sino que ha empezando “canonizando también” otros dos evangelios importantes, como “palabra de Dios”, como principio y riqueza de comuniòn entre las iglesias. Así quiero ponerlo aquí de relieve, para añadir que aquellos que quieran saber más y saber bien, en esta semana de unidad de la iglesias, en 22 de enero del 2023, día de la Palabra harán bien en acudir a las palabras y explicaciones magistrales de J.L.Sicre, tanto en su obra base (El Cuadrante) como en sus comentarios a Mateo y Lucas. Hoy me fijo sólo en el de Mateo  

Mateo. El libro de la genealogía de Jesús

El  evangelio que hoy llamamos de Mateo empieza con un título muy significativo: libro de la genealogía (o las generaciones) de Jesús, el Cristo, hijo de David, hijo de Abraham (Mt 1, 1).Resulta aquí fundamental la referencia a los orígenes del pueblo de Israel y a su manera de narrar la historia como encadena­miento de genealogías (cf. Gén 2, 4; 5, 1; 6, 9; 10, 1; 11, 10 etc). Tam­bién Mt quiere presentar desde el origen el camino y vida de Jesús, en­troncándola proféticamente en una línea de promesas que se encuentra iniciada por Abraham y por David.

Por eso, estrictamente hablando, Mt no ha escrito un evangelio, a la manera de Mc; ha escrito un libro de la historia de Jesús, a quien concibe como cumpli­miento de la promesa israelita. Asume para éllo dos motivos o fuentes principales: la historia mesiánica del Cristo, tal como ya ha sido presentada por Mc; y la tradición de las palabras (logia) de Jesús ­tal como se hallaba contenida en el llamada documento «Q».

P­ero Mt cuenta además con tradiciones y motivos propios, que le sirven para definir su propia perspectiva, dentro de una iglesia que ya ha reco­rrido un largo camino de de profundización cristiana, par­tiendo de posturas que parecen muy cerradas (de un cristianismo judaizante; cf Mt 5, 17-20; l0, 5-6) y llegando a una visión universal y misionera del mensaje de Jesús, desde el transfondo de sus mismas palabras, entendidas ya en un ámbito de pascua (cf. 28, 16-20) (26).

Entre esas tradiciones propias de Mt destaca la del nacimiento de Jesús, como mesías de Israel, Dios con nosotros. Situado en una perspec­tiva pascual (en la línea de 1 Cor 15, 1-11), Mc no tuvo la necesidad de hablar del nacimiento de Jesús; así pasaba direc­tamente de la promesa de Dios en Isaías al mensaje del Bautista. Mt , en cambio, tiene que hablar de ese nacimiento para completar así su genealo­gía de Jesús, quien arragia dentro de la historia de Israel y de los hombres.

De esta forma, quizá sin pretender­lo, Mt se sitúa en la línea de aquella perspect­iva que san Pablo ha recogido en Rom 1, 2-4: el evange­lio trata del Hijo de Dios que ha nacido como descen­diente de David según la carne y que ha sido constituido Hijo de Dios en poder por la resurrecc­ión de entre los muertos. Entre el naci­miento mesiánico de Jesús, ­como Dios con nosotros (Mt 1, 20-23), y su constitución como señor universal por medio de la pascua (Mt 28, 26-20) se extiende y se despliega a juicio de Mt todo el evangelio (27).

Al interpretar de esta manera las tradiciones anteriores, Mt ha introducido un cambio muy significativo en el mismo sentido del término evangelio, transformando así el sentido que tenía en Mc. Para Mc, evange­lio era la misma presencia poderosa del Jesús pascual que vive-actúa en el camino de la iglesia. M­ateo introduce dentro de esa perspectiva tres variantes principal­es, que podemos definir de esta manera: despascualiza, doctrina­liza e historifica el evangelio.

  Mc no ha narrado ninguna aparición pascual: termina en 16, 7-8, es decir, con la promesa del ángel que dice a las mujeres que «Jesús les precede en Galilea: allí le encontrareis». Todo su (el) evangelio viene a presentar­se, por lo tanto como un camino de búsqueda y encuen­tro pascual. Mt, en cambio, ha concluido y sellado su «libro de las genera­ciones» de Jesús con una gran aparición pascual que condensa (incluye) todas las que están como dispersas en Lc 24 y Jn 21-22: el Señor resucitado se presenta como triunfador de la muerte y portador del poderío escatológico de Dios en la nueva Galilea de la pascua, o­fre­ciendo ese poder a sus discípulos y haciendo que así marchen y propaguen su camino de discipulado entre todas las naciones de la tierra (Mt 28, 16-20).

Mt ha interpretado el evangelio como un compendio de doctri­nas. Esta afirmación quizá resulte un poco exagerado pero queremos conservarla. ­Para Mc, igual que para Pablo, el evange­lio era ante todo buena nueva, n­oticia de la pascua que se anuncia y se actualiza en la existencia misma de los fieles. Mt, en cambio, ha interpre­tado el evangelio como buena doctrina, como aquella enseñanza escatológica, ­nueva y salvadora, que el Jesús pascual quiere ofrecer a todos los hombres de la tierra, a través de sus discípulos (M 28, 16-20).

Israel tenía su doctrina, la ley de sus preceptos y sus tradi­ciones que enmarcaban y determinaban la vida de los hombres de su pueblo. Pues bien, Jesús ha proclamado ahora la ley definitiva, la gran norma de Dios para los hombres. De esa forma, el evangelio de Dios se vuelve ley del reino, conforme a una expresión que es programática:

Y caminaba por toda Galilea, enseñando en sus sinagogas y proclamando el evangelio del reino y curando toda enferme­dad y toda dolencia en el pueblo (Mt 4, 23; 9, 35).

Así debemos comenzar también nosotros, como Jesús en el evangelio de Mateo: Proclamando el evangelio y curando toda enfermedad, dolencia e injusticia en el pueblo.

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