Una espiritualidad política

José María Marín: «Necesitamos una espiritualidad profundamente comprometida, rebelde y política»

Liberación

«Son necesarios laicos y laicas con espiritualidad política que luchan, sin partidismos ni enfrentamientos, por erradicar la corrupción y la acumulación de la riqueza en manos de unos pocos»

«Es profundamente paradójico que, precisamente estos días, en los que consumimos de forma convulsiva y tiramos más comida a la basura, se multiplica nuestra creatividad inventando formas para compartir con los pobres, las ‘migajas’ de nuestros excesos»

«La literalidad y la rutina han convertido esta tradición en algo insustancial, sino fuera porque es otro negocio más, del perverso sistema económico en el que nos movemos y existimos. Belenes sin estiércol, con paja limpia y sin malos olores. Belenes sin frio, ni soledad»

«Una espiritualidad que, en Navidad, apague todas las luces ridículas y contaminantes y nos permita ver, en el cielo y en la tierra, una Luz grande»

Por | José María Marín Sevilla sacerdote y teólogo

Necesitamos una espiritualidad profundamente comprometida, rebelde y política, que recupere la fuerza transformadora de la fe en su dimensión profética y reivindicativa de la igualdad entre los seres humanos, de la justicia y de la paz.  

De igual modo, es necesaria una política con espíritu, cargada de credibilidad por su promoción eficaz del bien común y su prioridad por los más pobres. 

Una espiritualidad laica y creyente que anime la militancia en las organizaciones del pueblo. Son necesarios laicos y laicas con espiritualidad política que luchan, sin partidismos ni enfrentamientos, por erradicar la corrupción y la acumulación de la riqueza en manos de unos pocos. 

Navidad es un tiempo propicio para reflexionar sobre todo esto. Un tiempo propicio, como afirma el Papa, para rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista, que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad y con la lógica de la Encarnación. (Evangelii Gaudium, 262).

RECUPERAR LA NAVIDAD PRIMERA

Podríamos empezar por recuperar una actitud de espiritualidad profética y valiente, para liberar la Navidad de la formalidad y la rutina en la que, año tras año, la vamos alejando más del mensaje original y de su fuerza transformadora. 

Resulta disparatada la “necesidad” que sentimos de ser unos días más caritativos y solidarios. Es profundamente paradójico que, precisamente estos días, en los que consumimos de forma convulsiva y tiramos más comida a la basura, se multiplica nuestra creatividad inventando formas para compartir con los pobres, las “migajas” de nuestros excesos.

 Esa creatividad deberíamos tener cada día hasta desterrar las desigualdades que nos deshumanizan a todos.

Necesitamos profetas. Tenemos algunos, a los que deberíamos escuchar con mayor atención. No abundan en nuestro mundo occidental, ni en la sociedad ni en la Iglesia, mucho menos entre sus jerarquías. Se encuentran entre los que dedican su tiempo, y su experiencia de Dios, a compartir la vida y los anhelos de los pobres. Siempre hay excepciones. Leía estos días una valerosa felicitación de Navidad que envió en su día el obispo Tonino Bello que contrasta enormemente con otras felicitaciones formales, prefabricadas, doctrinales y palaciegas. Transcribo uno de sus párrafos: “Los ángeles, que anuncian la paz, traigan la guerra a vuestra somnolienta tranquilidad incapaz de ver que, a un metro de distancia, con el agravante de vuestro silencio cómplice, se consuman injusticias, se explota a la gente, se fabrican armas, se militariza la tierra de los humildes, se condenan pueblos al exterminio por hambre”.

Los textos litúrgicos de estos días (generalmente los relatos del Nacimiento de Jesús y de su infancia) han sido edulcorados y desposeídos de su carga social original. Leídos al pie de la letra los hemos convertido en cuentos para niños, llenos de magia y fenómenos sobrenaturales.

Este artículo no deja margen para extenderse, así que me limitaré a señalar algunos aspectos que pueden darnos una ligera idea de cómo, estos relatos, interpretados como narraciones teológicas, pueden darnos luz para nuestro discernimiento espiritual y, sobre todo para tratar de integrarlos en nuestro compromiso cristiano por la igualdad y la justicia, sin las cuales “nuestras navidades” seguirán siendo una impostura y una perversión.

Alégrate mujer

Frente al patriarcado y sus abusos, Dios elige a la mujer, lo femenino frente a lo masculino, a las más vulnerables frente a los abusadores. José, un israelita auténtico, temeroso de Dios y cumplidor de la ley, no solo queda relegado a un segundísimo lugar, sino que tendrá que aceptar que, en los planes de Dios, María, pese a su inexperiencia, su poca relevancia y su condición de “sospechosa”, ha sido la elegida para dar el “sí quiero” al mismísimo Dios. 

Anunciación Cerezo

María, joven y enamorada, acepta el plan de Dios, consciente de las consecuencias que puede acarrearle semejante atrevimiento: las dudas de su amado, el peligro de ser repudiada e incluso la muerte, porque así lo exigía la ley para las adulteras. Ella sabe escuchar al Espíritu que llega para “hacer nuevas todas las cosas”. Ya no hay lugar para un Dios alejado, temeroso y legalista. Ha llegado la hora de “anunciar” que Dios no da legitimidad a los que han convertido la religión en un negocio y en la alienación de un pueblo que ansía libertad, pan, un trabajo digno y un techo donde vivir en paz con su familia ya sea regular o irregular, tradicional o nueva. Dios está cerca de su pueblo, sin amenazas, ni leyes que convierten impuros a los que más sufren. 

José, por su parte, necesitará tiempo y discernimiento para abandonar su orgullo. Tiempo para abandonar la oscuridad, dejar de dudar y finalmente aceptar “llevarse a María a su casa”. 

Lo mismo ocurre con Isabel, otra mujer, otra generación. Ella será la elegida, mientras que Zacarías su esposo, profesional del culto y fiel cumplidor de los ritos del templo, quedará “mudo” hasta que finalmente deje de dudar y acepte la prioridad de Dios con ellas, con todas las mujeres despreciadas y juzgadas, solo por serlo. El relato es inequívoco: Isabel, una anciana mujer, estéril pasa a ser la que asume el “privilegio” (antes reservado exclusivamente a los varones) de poner nombre a su primogénito.

Visitación de McGrath CNS photo

Alegría en las “periferias”

Dios elige las “afueras de la ciudad” (las periferias de las que habla el Papa Francisco) y se aleja definitivamente de los palacios ya sean de los magnates, los políticos o las autoridades religiosas. Nace como los pobres y será perseguido como los pobres.

Un pesebre es “la señal”, la prueba del lugar donde está Dios y donde no está. La señal irrefutable de lo que Dios “aprueba” y de lo que, ese mismo Dios “reprueba”.

Nos emocionan los “nacimientos” de corcho o papel, los pesebres con animalitos de plástico o barro. La literalidad y la rutina han convertido esta tradición en algo insustancial, sino fuera porque es otro negocio más, del perverso sistema económico en el que nos movemos y existimos. Belenes sin estiércol, con paja limpia y sin malos olores. Belenes sin frio, ni soledad. 

Bien haríamos en imaginar de otra manera, bien podríamos contemplar a María y a José abrazados al recién nacido, sin tanta tontería, y acercarnos a los recién nacidos que hoy, como el bebé de Belén, nacen entre las ruinas de un bombardeo, en un campo de refugiados, o en una de las miles chabolas que, en las “afueras” rodean nuestras ciudades, sin luz, sin agua, en soledad. 

Bien podemos “visibilizar el nacimiento del niño Jesús” contemplando y venerando a dos jóvenes padres primerizos, rebuscando en los contenedores de basura hasta encontrar algo que comer, o pidiendo limosna en la cola de nuestros recursos “paliativos” porque no hay justicia. El relato bíblico del nacimiento de Jesús merece más respeto, más fe y más valentía.

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Hasta aquí algunas pistas donde alimentar una espiritualidad revolucionaria, rebelde, como lo es todo el Evangelio. Una espiritualidad que, en Navidad, apague todas las luces ridículas y contaminantes y nos permita ver, en el cielo y en la tierra, una Luz grande, que aúne razones y corazones, proyectos y fortalezas, para construir el futuro desde los últimos. Que, por cierto, el Niño de Belén, ya de adulto, se jugó la vida reivindicando que son éstos, precisamente, los que ocupan los primeros puestos, en la fiesta del Reino de Dios.

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