Judit, mujer valiente

 Santa Judit. Mujer «fatal», venganza pura, atracción sexual, engaño y muerte. ¿Gloria de Jerusalén? ¿santa o malvada? ¿Cómo compararla con María de Nazaret?

La iglesia católica celebra al fin año la memoria de Santa Judít, judía victoriosa que mata al tirano diabólico Holofernes, enemigo de Dios No es una mujer de carne y hueso, sino “santa de leyenda”, símbolo de mujer que triunga con sexo de engaño y espada escondida?  ¿Es real, necesaria para resolver problemas del año 2023?

La «historia de esta mujer victoriosa» está contada en un libro de la Biblia,escrito en forma de novela de victoria de los justos persegidos, liberados por la mano de mujer «valiente”. 

Los judíos de tradición hebrea contaban esa novela en tiempos duros de muerte, pero no introdujeron este libro su Biblia. Por el contrario, los judíos de Alejandría lo incluyeron y lo mismo hicieron los cristianos católicos y ortodoxos. 

    Es una la novela corta, de suspense y fin feliz que se lee  en la víspera del fin del año. No es larga, en media hora. Es un placer de novela.  ¿Es santa esta mujer Judit? ¿Es solo mujer de leyenda y venganza? ¿Es la mujer necesitamos para el 2023

Por X Pikaza Ibarrondo

UNA NOVELA EN TRES TIEMPOS

  Conforme a la visión antigua de Israel y de la Iglesia los santos o santas no son sólo personajes históricos de carne y hueso, sino símbolos de fuerte humanidad, de protección de Dios, de acción liberadora. Pero hay también santas heroinas que mataron a demonios, les cortaron la cabeza y liberaron al pueblo de la opresiòn de los malvados.

Entre ellos podemos contar a San Jorge o a san Cristóbal, lo mismo que a mujeres como  Ester y Judit con otras mujeres famosas de la Iglesia antigua, como pueden Bárbara o Catalina. 

Según esta novela de victoria de los justos,  Judit vivía en tiempos de gran crisis político-religiosa del judaísmo(siglo II a. C.), en tiempos de la gran lucha final entre los poderes diabólicos de Holofernes y los “pobres judíos”.Sólo una mujer judía, valiente y arriesgada puede matar al tirano universal  y salvar a la humanidad.

He desarrollado por lo menos tres veces esta “novela. En la primera presento a Judit como la  viuda triunfadora. En la segunda desarrollo su trama humana. En la tercera explico su teología.  No es necesario que se lean las tres versiones de la historia.  Una es quizá suficiente. La más detallada es la segunda.

1. HISTORIA CORTA.JUDIT, VIUDA VENGADORA. MUJER SALVA A SU PUEBLO                        (Pikaza, Diccionario de la Biblia, VD 2015, 697-698)

 (1) Judit, la mujer.

Parece que la obra de Dios va a pervertirse, triunfando en su lugar el rey perverso (→ Nabucodonosor) y su general Holofernes. Es como si el mundo entero amenazara ruina. En esta situación, allí donde los restantes países han cedido y todos los reinos de la tierra se han postrado ante el falso dios de la guerra y del imperio antidivino, se mantienen los judíos, pequeña comunidad de montañeses, representantes de verdadera humanidad, portadores de una salvación distinta. Pero también ellos se encuentran a punto de rendirse. No se pueden defender en plano militar; deciden someterse al triunfador guerrero, con lo que esa sumisión implica de aceptación del dios perverso (idolatría política de Nabucodonosor, avalada por la fuerza militar de Holofernes).

En esa circunstancia, cuando todo se encuentra perdido, emerge Judit, la judía, protagonista de esta novela (ficción utópica) de esperanza nacional (cf. Jud 1-7). Ella será signo de gracia de Dios (de su existencia salvadora) para el pueblo elegido y, de una forma más extensa, para el conjunto de la humanidad (que podrá librarse de esa forma de Holofernes). Su figura tiene ciertas semejanzas con → Yael. Pero Judit no puede ser una extranjera aliada, sino que ha de ser auténtica judía, encarnación limpia del más limpio y antiguo pueblo de la alianza; por eso el texto empieza presentando su genealogía, a partir de → Simeón, patriara violento y vengador de la honra de su estirpe (Jud 8, 1; 9, 2).

Tampoco puede ser casada (su marido no le habría permitido actuar de forma independiente, arriesgando su honor), ni soltera o virgen no casada (seguiría sometida a su padre). Para hacer lo que hace, ella ha de ser viuda independiente y rica (8, 2-3). Es, sin duda, viuda bella y deseable (sólo así puede atraer a Holofernes, guerrero hambriento de mujeres). Tiene que ser y es, al mismo tiempo, muy piadosa (8, 4-8). Esta es la situación ideal de una mujer independiente para el judaísmo tardío: una viuda rica, independiente y hermosa. No se cumple en ella la ley del → levirato (cf. Dt 25, 5-10); ningún hermano del difunto la requiere como esposa para sembrar recuerdo o descendencia. Ella tampoco busca nuevo matrimonio: por encima del marido y de los hijos quiere su propia independencia, poniéndola al servicio del pueblo israelita. La viudez es para ella un celibato activo, libertad para la seducción y la muerte (y también para la vida). Yael actuaba como independiente (recibía en su tienda a quien quisiera, sin contar con su marido, si lo hubiere). También Judit actúa con independencia, en nombre del pueblo israelita, atrayendo sexualmente y matando al perverso Holofernes.

(2) Libro de Judit. La trama.

Es libro de Judit es casi una trama de intrigas y aventura. Lo que en Yael era insinuación (al lector no se le cuenta su relación íntima con Sísara) se vuelve en Judit relato detallado de seducción mortal, sin que haya relaciones sexuales entre la judía y el pagano (Jud 10-12). Es evidente que ella, buena israelita, pura en su comida, limpia en su cuerpo de viuda, no puede compartir la misma mesa de Holofernes, ni acostarse en su cama, porque se lo impide la misma ley sagrada de su pueblo. Pero le puede atraer, engañar, emborrachar y matar, en novela ejemplar donde los elementos dramáticos acentúan la moralidad judía de la heroína y destacan la torpeza funesta del adversario.

De esa forma, en intriga vengadora, Judit mata y degüella en la intimidad de una tienda preparada para el amor (de nuevo como Yael) al general opresor, mientras vigilan inútiles los guardas y duermen los soldados. De esa forma, ella aparece como nuevo → David (que derrota y decapita a Goliat) y como verdadero → Macabeo (Judas, que decapita a Nicanor, general perverso). Ella pertenece, según eso, al arquetipo israelita, como luchadora escatológica que derrota y corta la cabeza al representante del mal sobre la tierra.

Realizada su tarea mortal, llevando en su zurrón la cabeza enemiga, sale de la tienda, con la excusa de cumplir sus ritos religiosos, atraviesa las líneas de frontera y entra en la ciudad judía, con el trofeo cortado de Holofernes (cf. Jud 10-13).

Donde han fallado soldados (y sacerdotes) triunfa ella, encarnación femenina del pueblo israelita que recibe la ayuda de Dios y perdura a través de esta guerra supramilitar, venciendo con la ayuda de Dios a los enemigos de Dios.

Lógicamente, la victoria se traduce en canto, en palabra de bendición que entona Ozías, jefe de Betulia, que enaltece a Judit con palabras que anuncian las de Lc 1, 42: «Bendita Judit entre todas las mujeres y bendito el Señor Dios» (Jud 13, 18). Dios y Judit se vinculan en una acción salvadora. Dios se ha manifestado como fuente de bendición por Judit. Ella es bendecida como mujer, pues como tal ha realizado su obra militar, poniendo al servicio de la victoria de Dios (del pueblo israelita) sus armas femeninas de seducción y engaño. Allí donde fracasan los ejércitos de Israel, allí donde magistrados y clérigos estaban a punto de rendirse, ha realizado ella su gesta, matando al enemigo del pueblo. Por eso es gloria de Jerusalén, honor de Israel, orgullo de nuestra raza (15, 5), encarnación del pueblo israelita.

(3) Judit, la oración al Dios de la Venganza.

Es sólo una pobre mujer que tiene que enfrentarse al poder absoluto. No tiene más más ayuda que Dios, a quien eleva su oración (Jd 9, 2-14), de la que escogemos algunos pasajes: «Señor Dios de mi padre Simeón a quien pusiste en su mano la espada, para vengar a los extranjeros que violaron la matriz de una virgen para mancharla. Oh Dios, Dios mío, escucha también a esta viuda! tú dispones lo de ahora y lo que va a venir…. ¡Dios eterno…! Aquí está los asirios, crecidos en su fuerza, orgullosos por sus caballos y jinetes, ufanos con el vigor de su infantería, confiados en sus escudos, lanzas, arcos y hondas; no reconocen que tú eres el Señor que pones fin a las guerras. Tu nombre es el Señor: destruye su poderío con tu fuerza, aplasta con tu cólera su dominio. Porque han decidido profanar tu santuario, manchar el tabernáculo, donde descansa tu nombre glorioso, echar abajo con la espada los cuernos de tu altar. Aplasta por la seducción de mis labios al esclavo con el señor y al señor con su criado; quebranta su altivez por mano de una mujer…. Sí, sí, oh Dios de mi padre y dueño de la heredad de Israel. Haz que mi palabra y engaño sean lesión y herida para aquellos que han tramado planes crueles contra tu alianza, tu Santa Morada, el Monte Sión y la Casa que ocupan tus hijos. Haz que todo tu pueblo y todas las tribus conozcan y sepan que tú eres, el único Dios, Dios de toda fuerza y poder y que no hay nadie que proteja a la raza de Israel fuera de ti» (Jd 9, 2-14).

(a) El Dios de mi padre SimeónJudit podría acudir a otros testigos y ejemplos: Finés, con su acción de celoso al servicio del yahvismo, los hebreos cautivados en Egipto (cf. Num 25, 7-11 y a Ex 2, 23).

Pero su inspiración fundamental proviene de Gen 34, donde aparece Dina, mujer israelita, amenazada como ella, pero vengada por Simeón. Por eso, ella quiere ser un nuevo Simeón (su antepasado y patrono: cf. Jd 8, 1) y por eso pide la ayuda de Dios para engañar y destruir a los contrarios, como hizo su antepasado en otro tiempo: «Dos de los hijos de Jacob, Simeón y Leví, hermanos de Dina, tomaron cada uno su espada, y vinieron contra la ciudad, que estaba desprevenida, y mataron a todo varón. Y a Hamor y a Siquem su hijo los mataron a filo de espada; y tomaron a Dina de casa de Siquem, y se fueron» (Gen 34, 25-26). El Dios de Simeón ayudará a Judit como Señor celoso que protege el honor de su pueblo (de Dina, del conjunto de Israel).

(b) El dios de la venganzaLos asirios, enemigos de Israel, son para Judit el ídolo supremo, signo del hombre que se eleva contra Dios y de esa forma oprime a los restantes hombres y mujeres, en este caso a los israelitas. Los asirios colocan en el lugar de Dios y quieren destruir su santuario/tabernáculo/altar, tres signos privilegios de la Presencia en Israel. Pues bien, en contra de ellos se eleva el verdadero Dios de Sión, que es el Señor, Kyrios de la historia, el Dios vencedor de toda guerra santa. Al orar a ese Dios y realizar su obra (matar a Holofernes), Judit viene a presentarse como mediadora de su obra.

Ella es la encarnación del pueblo judío: una mujer débil, una simple viuda (Jd 9, 9); pero ella cuenta con la protección de Dios y de esa forma, sin espada ni ejército, ha vencido a los enemigos de Dios, que son los opresores de su pueblo.

 (cf. A. Lacoque, Subversives ou un Pentateuque de femmes, Cerf, Paris 1992, 45-62; C. A. Moore. Judith, Doubleday, New York 1985; G. W. E. Nickelsburg, Jewish Literature Between the Bibleand the Mishnah, SCM, London 1981, 105-109; J. Vílchez, Tobías y Judit, Verbo Divino, Estella, 2000)

HISTORIA LARGA. TRAMA DE DE ENGAÑO AMOROSO Y DE MUERTE SALVADORA DEL MONSTRUO.  (Pikaza, las mujeres en la Biblia judía, Clie, Terrasa 2013

            Judit es la heroína judía por excelencia y su argumento nos sitúa en los tiempos de una gran crisis político-religiosa (siglo II a. C.), que aquí aparece como lucha universal de Holofernes (general Nabucodonosor, el asirio) contra todos los pueblos de la tierra, entre los cuales se encuentran los judíos, quienes corren el riesgo de ser aniquilados. En un sentido, la trama del libro se parece mucho a la de 2 Mac 14-15, pero en lugar de Antíoco IV (contra quien lucha Judas Macabeo) hallamos a Nabucodonosor, el antidios que quiere dominar con su poder toda la tierra toda, y en lugar de Nicanor, general que cumple las órdenes del gran rey, está Holofernes. Pues bien, el lugar de Judas, hombre fuerte, que mata a Nicanor y consigue la independencia judía) emerge Judit, mujer hermosa, que, con la ayuda de Dios, vence y mata a Holofernes[1].

Judit, Dios actúa y vence por una mujer

            Desde una perspectiva femenina, la trama de Judit se parece a la de Ester. Las dos mujeres personifican el triunfo de Israel y utilizan un engaño para seducir al varón que parecía triunfador. Pero Ester actúa dentro de la “ley” del matrimonio, como Gran Reina, y así salva a su pueblo sin necesidad de matar directamente a los enemigos de Israel. Judit, en cambio, tiene que actuar de un modo directo. Ella es viuda (mujer libre) y, siendo fiel judía, debe presentarse como una especie de prostituta de lujo, para así engañar (seducir, emborrachar y matar) al incauto y brutal Holofernes.

            Cuando todo parece fallar, cuando fracasan los medios normales de salvación y el pueblo va a ser destruido, emerge una mujer providencial,  como en otro tiempo aparecieron → Rajab o Yael. Pero Judit las condensa y sobrepasa a todas, apareciendo como la judía heroína por excelencia: como nuevo David que mató en otro tiempo a Goliat y corta su cabeza (cf. 1 Sam 17), así ella mata y decapita a Holofernes.

            Judit representa la identidad de los judíos, como pueblo de Dios que se eleva en contra de los ídolos políticos del mundo. El ídolo es aquí Nabucodonosor,  que quiere ser rey y dios sobre la tierra, con la ayuda de Holofernes que representa el poder militar casi absoluto de ese rey antidivino. Pues bien, en contra del ídolo y su ejército aparece ahora Judit, la bella y valiente viuda judía ella, como representante del Dios de Israel en quien confía, destruyendo al dios de este mundo. Ha muerto su marido (es viuda), pero puede presentarse como “esposa” de todo el pueblo, signo del judaísmo.

Parece que la obra de Dios va a fracasar y que triunfa en su lugar el rey perverso (→ Nabucodonosor), imponiendo su ley sobre el mundo entero. En esta situación, cuando los restantes países han cedido y todos los reinos de la tierra se han postrado ante el falso dios de la guerra y del imperio, se mantienen firmes los judíos, pequeña comunidad de montañeses, representantes de verdadera humanidad, portadores de la verdadera salvación. Pero también ellos se encuentran a punto de rendirse. No se pueden defender en plano militar y, en un momento dado, deciden someterse al triunfador guerrero, con lo que esa sumisión implica de aceptación del dios perverso (idolatría política de Nabucodonosor, avalada por la fuerza militar de Holofernes).

Pues bien entonces, cuando todo se encuentra perdido, emerge Judit, la judía, protagonista de esta novela (ficción) de esperanza nacional. Ella será signo de la gracia de Dios (de su existencia salvadora) para el pueblo elegido y, de una forma más extensa, para el conjunto de la humanidad (que podrá librarse de esa forma de Holofernes), de manera que el triunfo de Israel puede ser signo de liberación para todos los pueblos sometidos al imperio sangriento de Asiria.

Judit puede compararse con → Yael, pero no es una extranjera aliada, sino que ha de ser auténtica judía, encarnación limpia del más limpio y antiguo pueblo de la alianza; por eso el texto ofrece su genealogía, a partir de Simeón, patriara violento y vengador de su estirpe (Jud 8, 1; 9, 2). Tampoco puede ser casada (su marido no le habría permitido actuar de forma independiente, arriesgando su honor), ni soltera o virgen no casada (seguiría sometida a su padre). Para hacer lo que hace, ella ha de ser viuda independiente, rica, deseable (8, 2-3).

Ella es una viuda bella y deseable, pues sólo así puede atraer a Holofernes, guerrero hambriento de mujeres. Tiene que ser y es, al mismo tiempo, muy piadosa, para ser representante del auténtico judaísmo (8, 4-8). Sólo de esa forma, como viuda rica, independiente y hermosa, puede penetrar con su encanto (su engaño) en el cuartel general de los enemigos, donde logrará matar a su general.

Ella es una viuda, pero no está sometida a la ley del levirato (cf. Dt 25, 5-10), como → Rut, pues tiene lo suficiente para vivir y no le hacen falta hijos propios (todo el pueblo de Israel será de algún modo su esposo y su hijo). La viudez es para ella una situación propicia para vivir en libertad, actuando por sí misma, y para matar al enemigo de Israel. Yael era independiente como esposa (recibía en su tienda a quien quisiera, sin contar con su marido). También Judit actúa con independencia, como viuda, en nombre del pueblo israelita, atrayendo sexualmente y matando al perverso Holofernes.

El libro de Judit aparece así como una historia de intrigas y aventuras. Lo que en Yael aparecía como insinuación (no se explicitaba su relación íntima con Sísara, sino que le daba a beber leche y le escondía bajo la estera de la casa) se vuelve ahora relato detallado de seducción mortal, pero sin relaciones sexuales entre la judía y el pagano (Jud 10-12). Es evidente que Judit, buena israelita, pura en su comida, limpia en su cuerpo de viuda, no puede compartir la misma mesa de Holofernes, ni acostarse en su cama, porque se lo impide la ley de su pueblo. Pero le puede atraer, engañar, emborrachar y matar, como hace de hecho en esta novela que pone de relieve la astucia y pureza de Judit y la torpeza fatídica de su adversario. De esa forma, en intriga vengadora, Judit mata y degüella en la intimidad de una tienda preparada para la intimidad  (de nuevo como Yael) al general opresor, mientras vigilan inútiles los guardas y duermen los soldados.

Ella expresa, según eso, el arquetipo del gran vencedor israelita, que derrota y corta la cabeza al representante del mal sobre la tierra, como David (que derrota y decapita a Goliat) y como Judas Macabeo (que vence y decapita a Nicanor). Realizada su tarea mortal, llevando en su zurrón la cabeza enemiga, sale de la tienda y, engañando a los soldados de la guardia de Holofernes con la excusa de que va cumplir sus ritos religiosos, atraviesa las líneas de frontera y entra en la ciudad judía, con el trofeo cortado del gran general (cf. Jud 10-13). Donde han fallado soldados (y sacerdotes) triunfa ella, encarnación femenina del pueblo israelita que recibe la ayuda de Dios y vence  a los enemigos de Israel.

Matar al tirano, liberar al pueblo amenazado

Esta historia nos introduce en la complejidad de los poderes humanos. Lo mismo que David, bello muchacho (cf. 1 Sam 17, 42), venció con su honda frágil al fuertísimo guerrero, Judit, la viuda bella “pero” religiosa y honrada (cf. Jud 8, 7-8), derrotó con las armas de su seducción al invencible general asirio, en el momento de suprema confusión del pueblo, cuando las autoridades de la ciudad simbólica del judaísmo (Betel/Betulia/Jerusalén) deciden entregarse al enemigo (Jud 7). De esa forma dicta en su oración la más honda lección de teología o fe divina a los judíos sitiados:

              Señor Dios de mi padre Simeón a quien pusiste en la mano la espada, para vengar a los extranjeros que violaron la matriz de una virgen (Dina) para mancharla, que desnudaron sus caderas para vergüenza y profanaron su seno para deshonor; pues tú dijiste: «Eso no se hace», y ellos lo hicieron. Por eso entregaste sus jefes a la muerte y su lecho, rojo desvergüenza por su engaño, lo dejaste engañado hasta la sangre. … Tú has hecho las cosas anteriores, las de entonces y las posteriores; tú dispones lo de ahora y lo que va a venir y sucede lo que dispusiste…

Aquí está los asirios, crecidos en su fuerza, orgullosos por sus caballos y jinetes, ufanos con el vigor de su infantería confiados en sus escudos, lanzas, arcos y hondas; no reconocen que tú eres el Señor que pones fin a las guerras. Tu nombre es Señor: destruye su poderío con tu fuerza, aplasta con tu cólera su dominio. Porque han decidido profanar tu santuario, manchar el tabernáculo donde descansa tu nombre glorioso, echar abajo con la espada los cuernos de tu altar.

Mira su arrogancia, descarga tu ira sobre sus cabezas, pon en mi mano de viuda la fuerza para hacer lo que he pensado. Aplasta por la seducción de mis labios al esclavo con el señor y al señor con su criado, quebranta su altivez por mano de una mujer… Sí, sí, oh Dios de mi padre y dueño de la heredad de Israel. Haz que mi palabra y engaño sean lesión y herida para aquellos que han tramado planes crueles contra tu alianza, tu Santa Morada, el Monte Sión y la Casa que ocupan tus hijos.

Haz que todo tu pueblo y todas las tribus conozcan y sepan que tú eres, el único Dios, Dios de toda fuerza y poder y que no hay nadie que proteja a la raza de Israel fuera de ti. Haz que todo tu pueblo y todas las tribus conozcan y sepan que tú eres el único Dios, Dios de toda fuerza y poder y que no hay nadie que proteja a la raza de Israel fuera de ti (Judit 9, 2-3. 5. 7-10. 14).

Judit sitúa su gesto sobre el trasfondo de una historia de durísimo talión: Simeón y Leví, hijos de Jacob, vengaron antaño la afrenta de → Dina, su hermana, violada por Siquem, matando a los varones del lugar, después de haberlos engañado y debilitado con astucia. El gesto de Simeón, guerrero vengador, había sido acogido con recelo por la tradición antigua, deseosa de mantener cierta paz con los pueblos del entorno (cf. Gen 34, 30-31; 49, 5-7). Pero la nueva teología judía (cf. Jub 30; Test Leví) le rehabilitó, afirmando que es bueno vengar con sangre la afrenta de sangre (violación de Dina) que se había hecho a los judíos. En esa línea, la oración de Judit asume y reelabora aquella saga de venganza, ensalzando a la tribu de Simeón, extinguida y/o dispersa hace ya tiempo, como supone el oráculo de Gen 49, 5-7.

En esa perspectiva, la nueva triunfadora, Judit, retoma la acción de Simeón, el vejo guerrero, vengador de sangre. Ella es ahora el signo de toda la raza judía (y a la ciudad de Jerusalén) a la que quiere violar y destruir el durísimo Holofernes. De esa forma, Judit (con Simeón) se sitúa en la línea de la guerra santa de los antiguos israelitas. Dina era prototipo de pueblo de Israel, amenazado por los pueblos enemigos, que quieren violarla y la violan, en gesto de afrenta deshonrosa. Judit, en cambio, será un nuevo Simeón, capaz de engañar y destruir a los violadores. El Dios de Simeón le guiará, dándole fuerzas y astucia para realizar su acción de guerra.

Judit apela a Dios, al Dios israelita, en contra del dios falso, Nabucodonosor que “dice”, pero no puede cumplir lo que ha dicho (cf. Judit 2,1-13). Ejecutor de la justicia vengadora de Dios fue en otro tiempo Simeón; ahora lo es Judit. Los asirios son el Anti-Dios, fuerza divinizada, poder militar que pretende volverse absoluto. Estrictamente hablando, ellos son el ídolo supremo, signo del hombre que quiere hacer “dios”. Son pecado original concretizado: se colocan en lugar de Dios y quieren destruir su santuario/tabernáculo/altar, es decir, los tres signos privilegios de la presencia divina en el mundo, conforme a la visión israelita. Pero Judit sabe que sólo el Dios de Israel es el Señor, el Kyrios de la historia.

Pues bien, conforme a la experiencia de la guerra santa (con cita de Ex 15,3 LXX), ese Dios de Judit pone fin a toda guerra; no necesita luchar por medio de un ejército; no se apoya en los soldados y las armas, como hacen los asirios. El Señor verdadero demuestra su poder de otra manera y lo hace por Judit, su mediadora.

Ella es débil, una simple viuda (9, 9), mujer que parece sometida a la violencia o prepotencia de los otros. Pero será capaz de empuñar la espada del mismo enemigo de Dios para matarle, como había hecho David con Goliat cortándole su cuello (cf. 1 Sam 17, 51).

Éste es el centro del relato. Presentándose como mujer de paz, confiada en la protección de Dios y en su “belleza y seducción” femenina, Judit abandona la ciudad sitiada, fingiendo que huye de su próximo desastre, pues la conquistarán los soldados de Holofernes, en quienes ella dice confiar. Pues bien, Holofernes la recibe en su tienda de general supremo y se deja seducir por ella:

Entrando (en la tienda) luego Judit, se reclinó. El corazón de Holofernes quedó fascinado por ella, su alma quedó turbada y experimentó un violento deseo de unirse con ella… buscando ocasión de seducirla. Dijole Holofernes: «¡Bebe, pues, y comparte la alegría con nosotros!». Judit respondió: «Beberé señor; pues nunca, desde el día en que nací, nunca estimé en tanto mi vida como ahora». Y comió y bebió, frente a él, sirviéndose de las provisiones que su sierva había preparado.

Holofernes, que se hallaba bajo el influjo de su encanto, bebió vino tan copiosamente como jamás había bebido en todos los días de su vida. Cuando se hizo tarde, sus oficiales se apresuraron a retirarse y Bagoas cerró la tienda por el exterior, después de haber apartado de la presencia de su señor a los que todavía quedaban; y todos se fueron a dormir, fatigados por el exceso de bebida. Quedaron en la tienda tan sólo Judit y Holofernes, desplomado sobre su lecho y rezumando vino…

Todos se habían retirado; nadie, ni grande ni pequeño, quedó en el dormitorio. Judit, puesta de pie junto al lecho, dijo en su corazón: «¡Oh Señor, Dios de toda Fuerza! Pon los ojos, en esta hora, en la empresa de mis manos para exaltación de Jerusalén…». Avanzó, después, hasta la columna del lecho que estaba junto a la cabeza de Holofernes, tomó de allí su espada curva, y acercándose al lecho, agarró la cabeza de Holofernes por los cabellos y dijo: ¡Dame fortaleza, Dios de Israel, en este momento!

Y, con todas sus fuerzas, le descargó dos golpes sobre el cuello y le cortó la cabeza. Después hizo rodar el tronco fuera del lecho, arrancó las colgaduras de las columnas y saliendo entregó la cabeza de Holofernes a su sierva, que la metió en la alforja de las provisiones. Luego salieron las dos juntas a hacer la oración, como de ordinario, atravesaron el campamento, contornearon el barranco, subieron por el monte de Betulia y se presentaron ante las puertas de la ciudad» (Jud 12, 16-20; 13, 1-10).

            Así actúa Judit, judía “limpia”, según ley, mujer que se abstienen de comer alimentos impuros y que nunca consentiría en acostarse con un incircunciso, porque quiere mantener, por encima de todo, la pureza nacional judía (Jud 13,15-16). Pero, apelando a esa misma limpieza nacional, ella puede engañar/seducir al brutal Holofernes y matarle. De esa forma cumple de nuevo, en otras circunstancias, aquello que había realizado Simeón, su antepasado que se vengó de la violación de su hermana Dina matando a esclavos y señores de Siquém (Jub 9,3); también la dulce Judit hará que mueran señores y criados del ejército de Holofernes, que pierden su ánimo al ver muerto a su general (9,10). De esa manera, el texto eleva su mano de mujer (kheir theleias) como revelación muy alta del poder divino (Jud 15,9-10), matando con ella al enemigo de Dios y liberando a su  pueblo.

Judit, el Dios de la venganza y de la liberación

             Judit tiene que apelar a la ayuda de Dios y a su “astucia seductora”. No cuentea con soldados, no puede vencer por las armas. Sólo tiene fe en Dios y un “cuerpo atractivo”, que le permite seducir y matar a Holofernes, que es invencible en el campo de batalla, pero muy vencible en su condición de varón a quien pueden subyugar las mujeres. De esa forma, ella, una mujer en apariencia inofensiva, aparece como representante de la “línea dura de Israel”, en la línea del Dios de Simeón, que es el Dios de la venganza.   

Judit apela a ese mismo dios de la venganza. Los asirios, enemigos de Israel, son para ella el ídolo supremo, signo de la humanidad que se eleva contra el Dios auténtico y de esa forma oprime a los restantes hombres y mujeres, en este caso a los israelitas; ellos se colocan en el lugar de Dios y quieren destruir su santuario/tabernáculo/altar, tres signos privilegiados de la Presencia en Israel. Pues bien, en contra de ellos, fuertes guerreros, invencibles en el plano militar, aparece y actúa como signo del pueblo judío: es una mujer débil, una simple viuda (Jd 9, 9), pero cuenta con la protección de Dios y de esa forma, sin espada ni ejército, vence a los enemigos de Dios, que son los opresores de su pueblo. Así lo entiende  Ozías, jefe de Betulia, que enaltece a Judit diciendo:

 ¡Bendita seas, hija del Dios Altísimo más que todas las mujeres de la tierra! Y bendito sea Dios, el Señor, Creador del cielo y de la tierra, que te ha guiado para cortar la cabeza del jefe de nuestros enemigos. Jamás tu confianza faltará en el corazón de los hombres que recordarán la fuerza de Dios eternamente. Que Dios te conceda, para exaltación perpetua, el ser favorecida con todos los bienes, porque no vacilaste en exponer tu vida a causa de la humillación de nuestra raza. Detuviste nuestra ruina procediendo rectamente ante nuestro Dios (13 18-20).

 Dios se ha manifestado como fuente de bendición por medio Judit, representante de del verdadero judaísmo. Allí donde fracasan los ejércitos de Israel, allí donde magistrados y clérigos estaban a punto de rendirse, ha realizado ella su gesta, matando al enemigo del pueblo. Por eso la bendice de un modo oficial el Sumo Sacerdote, con los ancianos del Consejo de Jerusalén, que vienen a Betulia y proclaman la grandeza de la mujer triunfadora:

  Tú eres la exaltación de Jerusalén, tú el gran orgullo de Israel, tú la suprema gloria de nuestra raza. Al hacer todo esto por tu mano has procurado la dicha de Israel y Dios se ha complacido en lo que has hecho. Bendita seas del Señor Omnipotente por siglos infinitos. Y todo el pueblo respondió: ¡Amén! (15, 9-10)

Ésta es la liturgia oficial del Sacerdote, que canta la grandeza de Dios que se ha revelado (ha realizado su nuevo Éxodo salvador) a través de una mujer. Muerto Holofernes, los asirios quedan sin ánimo y se rinden, mientras los judíos de Betulia/Jerusalén recogen el botín de la victoria. Judit ocupa así el lugar de Moisés (que dirige a los israelitas en el paso por el Mar Rojo), pero, sobre todo, el lugar de → María, su hermana, que baila con las mujeres y entona el himno de victoria de Ex 15.

 Todas las mujeres de Israel acudieron para verla y la bendecían danzando en coro. Judit tomaba tirsos con la mano y los distribuía entre las mujeres que estaban a su lado. Ellas y sus acompañantes se coronaron con coronas de olivo; después, dirigiendo el coro de las mujeres, se puso danzando a la cabeza de todo el pueblo. La seguían los hombres de Israel, armados de sus armas, llevando coronas y cantando himnos. Judit entonó, en medio de todo Israel, este himno de acción de gracias y todo el pueblo repetía sus alabanzas:

«¡Alabad a mi Dios con tamboriles, elevad cantos al Señor con címbalos, ofrecedle los acordes de un salmo de alabanza, ensalzad e invocad su Nombre! Porque el Señor es un Dios quebrantador de guerras… porque me arrancó de la mano de mis perseguidores. Vinieron los asirios de los montes del norte, vinieron con tropa innumerable; su muchedumbre obstruía los torrentes, y sus caballos cubrían las colinas. Hablaba de incendiar mis tierras, de pasar mis jóvenes a espada, de estrellar contra el suelo a los lactantes, de entregar como botín a mis niños y de dar como presa a mis doncellas. El Señor Omnipotente por mano de mujer los anuló…» (15, 8 – 16, 5)

  Este libro de Judit recoge y reproduce así, de un modo simbólico, la victoria de Israel, conseguida a través una mujer. A lo largo de su desarrollo y, de un modo especial, en el canto final (Jd 16, que sólo hemos citado en parte), este libro se asume y recrea toda la historia de los grandes héroes de Israel (desde Moisés hasta Judas Macabeo), todos ellos condensados en una mujer, que así aparece como portadora de la victoria de Dios para el pueblo, como signo mesiánico.

UNA TRAMA TEOLÓGICA. EL DIOS DE LA VENTANZA

(Versión  publicada en Dios Judío, Dios cristiano).

La trama de Judit,Judía hermosa y valiente mujer, que da nombre al libro es en el fondo la misma de 2Mac 14-15, pero en lugar de Antíoco IV hallamos al rey Nabucodonosor, el antidios que quiere dominar con su poder sobre la tierra; en lugar de Nicanor, general que cumple la orden del gran rey, está Holofernes. En 2Mac vencía Judas sobre el campo de batalla; en Judit vence una mujer, con engaño femenino. Ambos, Judás y Judit, degüellan al perverso con favor de Dios y exhiben públicamente la cabeza como expresión de victoria y libertad (cf 2Mac 15,34-36; Jud 13, 9-10; 14, 6-13). En otra perspectiva, el libro está cerca de Ester. Las dos mujeres personifican eso que pudiéramos llamar el triunfo femenino de Israel; ambas se valen del encanto de su sexo para seducir al varón que parecía triunfador. Ester actúa dentro de la ley del matrimonio; Judit, en cambio, finge apareciendo como fiel judía y prostituta de lujo, para así engañar (seducir, emborrachar y matar) al incauto y brutal Holofernes (Ester, en cambio, no mata sino que seduce/conquista el rey, para que haga matar al perverso Amán, (equivalente a Nicanor en 2Mac y a Holofernes en Judit).

 Cuando todo parece fallar, cuando fracasan los medios normales de salvación del pueblo, emerge una mujer providencial (como las madres mártires de 2Mac). Providenciales son Ester y Judit, pero no son mártires sino violentas triunfadoras, que exponen su vida en circunstancias extremas, para salvar la vida a todo el pueblo. Ellas siguen en la línea de las viejas heroinas de la historia israelita: son como Jael, mujer kenita que se atreve a matar al fugitivo Sísara, enemigo de Israel, que busca refugio en su tienda al parecer amiga (Jc 4-5; cf tema 3b); son como Rahab que engaña a sus mismos compatriotas de Jericó escondiendo a los exploradores israelitas (Js 2). Quizá pudiéramos decir que Judit es la heroina por excelencia: salvadora del nuevo Israel, lo mismo que David en otro tiempo, al matar a Goliat y cortar su cabeza (cf 1Sam 17). Este ya no es tiempo de davides: no hay lugar para varones guerreros que acaban siendo reyes (como quisiera 1Mac). Es tiempo de mujeres fuertes que arriesgan su vida y alcanzan victoria con la ayuda de Dios. Así se entienden ya los paradigmas:

 – Por un lado está Nabucodonosor que se hace dios sobre la tierra, apareciendo así como enemigo del verdadero Dios que actúa (se revela) en Judá/Jerusalén. A su lado está Holofermes que representa el poder militar casi absoluto de ese rey antidivino; da la impresión de que no tiene fallo alguno, no hay resquicio de debilidad en su estructura y fuerza combativa.

– A otro lado está Judit, la bella y valiente judía que confía en el Dios verdadero y destruye el poder del dios del mundo. Frente al poder brutal de los pueblos viene a triunfar la fe superior de la mujer, conforme a un tema expresamente desarrollado en 3 Esdras 3-5: fuerte es el vino, más fuerte el rey (guerrero), pero más fuerte todavía la mujer activa.

De esta forma, reflejando la política del tiempo, el libro nos introduce en la complejidad de los poderes humanos. Lo mismo que David, bello muchacho, venció con su honda frágil al fuertísimo guerrero, Judit, la viuda bella Apero@ religiosa, derrotó con la panoplia de su seducción al invencible general asirio, en el momento de suprema confusión del pueblo, cuando las autoridades de la ciudad simbólica del judaismo (Betel/Betulia) deciden entregarse al enemigo, si las cosas no mejoran (Jud 7). Ella es la que dicta la más honda lección de teología o fe divina a los sitiados, pidiendo tiempo para realizar su plan. Ésta es su oración, su plan teológico, expuesto 

Judit 9,2-24, que habrá de leerse:

Judit ha puesto su oración y gesto sobre el trasfondo de una historia de durísimo talión: Simeón y Leví vengaron antaño la afrenta de Dina, su hermana, violada por Siquem, matando a todos los varones del lugar, después de haberlos engañado y debilitado con astucia (cf Gen 34, 30-31; 49, 5-7). La nueva teología judía (cf Jub 30; Test Leví) rehabilita a Simeón: es bueno vengar con sangre la afrenta de sangre que se hace a los judíos.

Nuestra oración asume y reelabora aquella saga, ensalzando a la tribu de Simeón, extinguida y/o dispersa hace ya tiempo, como afirma el mismo oráculo de Gen 49, 5-7. La nueva triunfadora es hija del vejo guerrero y actualiza su venganza; en lugar de Dina, israelita violada, encontramos la raza judía (y Jerusalén) a la que quiere violar y destruir el durísimo Holofernes. Desde este fondo ha de entenderse la oración que vincula el gesto de Simeón y el de Judit (relación entre A y C); ella no es Dina, una mujer violada; es heroína y fuerte; su modelo es el fuertísimo guerrero.

 A) El Dios de Simeón (9, 2-4). La doble referencia a Dios enmarca el tema en forma de quiasmo. Judit le llama Dios de mi padre Simeón (9,2a) antes de llamarle Dios mío (9,4e). Es claro que el texto se abre a otras referencias: puede aludir a Finés, con su acción de celotismo; evoca el grito de los hebreos cautivados en Egipto (así 9,4c-d parece aludir a Núm 25,7-11 y a Ex 2,23); pero su inspiración fundamental proviene de Gen 34:

 – La virgen Dina es prototipo del Israel amenazado a quien los pueblos enemigos quieren violar, en gesto de afrenta deshonrosa, en contra de la voluntad de Dios.

– Judit emerge como nuevo Simeón, pidiendo la ayuda de Dios para engañar y destruir a los contrarios. El Dios de Simeón ayudará a Judit como Señor celoso que protege el honor de su pueblo (Dina, el conjunto de Israel).

Como los hermanos mayores debían vengar, por ley tribal, a la hermana maltratada, así Judit, heroina mayor de Israel, pide a Dios venganza y se dispone a castigar a los extranjeros: quiere matar a sus jefes y herir a esclavos con señores, entregando al pillaje a todas las familias enemigas. Sobre un fondo de fidelidad y celo de Dios, que cuida de la suerte de su pueblo, emerge aquí la más violenta acción de engaño/guerra. El Dios de Judit es salvación por la venganza astuta; es expresión de la debilidad (Judit) hecha más fuerte que la pura fuerza de Holofernes.

B) El Dios eterno (9,5-6). Eternidad significa continuidad salvadora; el gesto de liberación y venganza, realizado en otro tiempo a través de Simeón, viene a convertirse en paradigma de su acción perpetua (la de antes, la de ahora, la de luego). Por eso, cuando Judit eleva su plegaria ante la omnipotencia y omnisciencia de Dios no se presenta ante ningún desconocido; la historia de su pueblo le ha enseñado quién es Dios y cómo actúa; lógicamente, ella puede confiar y confía en su presencia:

 – Dios es Transcendente. Lo sabe y hace todo, de manera que no hay nadie que pueda influir en su conducta.

– Dios está compromiso con su pueblo. Lo sabe todo, pero quiere que le pidamos ayuda; lo puede todo, pero quiere que le supliquemos en el tiempo de desgracia.

 En este contexto, se expresa la acción del Dios eterno, que diciendo hace las cosas en contra del dios falso, Nabucodonosor que dice y no cumple lo dicho (cf 2,1-13). Ejecutor de su justicia vengadora fue Simeón en otro tiempo; ahora es Judit.

C) Dios o los asirios (9,7-10). Judit refleja aquí la teología más tradicional de la historia israelita, que hemos visto al estudiar la guerra santa (cf tema 3), el sentido de Sión (tema 5) y la esperanza apocalíptica (tema 14). Es el mismo motivo que acabamos de evocar en los textos anteriores(2Mac; Est). De manera comprensible, el sentido general y hasta las mismas frases en que viene a desplegarse esta oración están tomadas de Ex 15,1-17 y 1Rey 18-19. La mano de Judit es arma puesta al servicio de su pueblo:

 – Los asirios son el anti-Dios, la fuerza divinizada, el poder militar que pretende aparecer como absoluto. Estrictamente hablando, ellos son el ídolo supremo, signo del hombre que se vuelve antivino. Son pecado original concretizado: se colocan en lugar de Dios y quieren destruir su santuario/tabernáculo/altar, es decir, los tres signos privilegios de la presencia divina en el mundo, conforme a la visión israelita.

– Sólo Dios es el Señor, el Kyrios de la historia. Este es el Dios que, conforme a la experiencia de la guerra santa (en cita de Ex 15,3 LXX), pone fin a toda guerra; no necesita luchar por medio de un ejército; no se apoya en los soldados y las armas, como hacen los asirios. El verdadero Dios demuestra su poder de otra manera.

– Judit es mediadora de la victoria de Dios. Ella es débil, una simple viuda (9,9), mujer que, como recordaba el tema 11c, se encuentra sometida a la violencia o prepotencia de los otros. No empuña la romphaia o espada cortante de su padre Simeón (9,2); pero tiene buena mano y puede actuar; tiene labios de engano (apatês) y desea engañar. Esto es lo que ofrece a Dios, esto es lo que pone al servicio de su pueblo: una mano de viuda/mujer, una astucia de labios seductores.

Alguien querrá elevar escrúpulos morales: ( se puede engañar en nombre de Dios? ) se deben emplear medios de seducción amorosa para así paralizar y matar a los incautos adversarios? Es evidente que el texto no plantea esas preguntas. Dentro de la perspectiva del más Asano- judaismo nacionalista, Judit se abstienen de comer alimentos impuros y acostarse con un incircunciso (Jud 10-12;13,15-16); ella ha permanecido, según eso, ritualmente intachable y no tiene que excusarse de haber roto unas leyes (como hacía Ester en 4,17 ). Desde esa misma limpieza nacional ella puede engañar/seducir al brutal Holofernes y matarle. Es evidente que Jesús no se portaría así ni tampoco muchos judíos posteriores. De esa forma se cierra el arco abierto con la acción de Simeón que había conseguido matar a esclavos y señores (9,3); también la Adulce@ Judit hará que mueran señores y criados (9,10). Una mano de mujer (kheir theleias) es revelación muy alta del poder divino (15,9-10).

D) Conclusión (9,11-14). Reasume los temas anteriores, situándolos dentro del contexto más profundo de la historia y teología israelita. Sigue hablando Judit del engaño destructor que desea realizar; sigue acusando a los asirios de luchar contra Dios al combatir contra su monte, casa y pueblo israelita (9,13). Nuevas son las referencias a los pobres y a la creación:

 – Dios de pobres. El que antes se venía a presentar como Dios de Simeón, iniciador de la venganza, es ahora, en letanía agradecida, Dios de humildes, pequeños, débiles, desanimados, desesperados. Es evidente que en el fondo de esa designación se encuentra una larga experiencia israelita, en parte ya estudiada (cf temas 3 y 11). Entre los pobres de Yahvé se viene a situar Judit, iniciando un nuevo camino de Éxodo liberador. Es evidente que ella no quiere entornar un canto de guerra: no llama a las armas a todos los débiles/pequeños de este mundo. Pero quiere transformar y transforma su pobreza en asutucia destructora. Esta es su visión del Dios de los pobres, este su camino de nuevo Éxodo (9,11).

– Dios creador. En este mismo contexto, Judit reasume la teología de la creación de la BH (cf tema 1) e identifica al Dios de Simeón/Israel con el ASeñor de cielo y tierra, creador de las aguas, rey de toda creación@ (9,12). Esto significa que su gesto (matar a Holofernes con astucia) está en la línea de la primera acción de Dios y de manera muy profunda la culmina. El poderío antidivino de Nabucodonosor y las guerras de Holofernes van en contra de la voluntad de Dios y ponen en peligro la estabilidad y sentido del mundo. Por eso, Judit apela al Dios creador, invocando su ayuda para realizar lo que pretende (9,12)

La petición final (9,14), que resume todo lo anterior, puede referirse a Israel o a todos los pueblos. Escogemos la lectura israelita (cf Rahlfs, LXX: haz que todo tu puebloethnous sou, conozca… ). La victoria de Judit será revelación de Dios para el conjunto de Israel que se encuentra en peligro de perder su fe y de entregarse en manos de los enemigos.

 Dentro de su esquema nacional, Judit ofrece un tipo de universalismo israelita: quiere conectar con la tribu de Simeón, llama a su ciudad ideal Betel/Betulia y la coloca al norte de Palestina, entre Samaría y Galilea; por eso, es normal que su oración se abre hacia todas las tribus del viejo pueblo escogido, pidiendo que ellas descubran al único Dios y se sientan protegidos como Araza de Israel@ (genous Israêly no sólo como simples judíos (Est 3,17; 6,13 destaca el genos judío; por el contrario Jud 6,2 alude, con 9,14 al genos de Israel, apelando al universalismo israelita, frente al riesgo de aquellos que podrían identificar Israel con judaismo).

 De todas formas, algunos MS de los LXX y la Vetus Latina ofrecen una lectura supraisraelita: que todo pueblo y toda tribu conozcan… . En este caso la revelación de Dios por Judit tendría un alcance universal y escatológico; el conjunto de naciones de la tierra podría contemplar externamente la acción de Dios y descubrirle como protector y garante de la vida del pueblo israelita. Esta lectura se hallaría en continuidad con los Salmos universalistas@ (cf Sal 22,28-32;47; 86,9; 102,16-23; 138,4-5) y los textos proféticos que afirman, con el 21 y 31 Isaías, que al fin todos los pueblos ofrecerán de alguna forma su homenaje al Dios Yahvé. En esta misma línea se podría interpretar el gesto de Achior, el amonita integrado en el pueblo israelita al contemplar la acción de Dios por Judit (14,10).

 Teología y literariamente, las dos lecturas nos parecen posibles y buenas, aunque hemos preferido la nacionalista. Sólo debemos añadir que la misma Judit se ha desvelado como teofanía: Dios se manifiesta por el gesto de una seductora astuta que, armándose de valor y siguiendo el ejemplo de su antepasado Simeón, corta en una noche de amor fingido la cabeza del enemigo de Israel, haciendo así posible la victoria y libertad de su pueblo.

 Los textos que acabamos de estudiar están de alguna forma vinculados a la crisis macabea: los judíos apelan al Dios de su historia para defender su identidad nacional. De ese modo vinculan teo-dicea o revelación de Dios y lao-dicea o defensa israelita. Esta es la Aprueba de que Dios existe de verdad y actúa: la liberación y triunfo de su pueblo. Estos textos, con otros semejantes como 1Mac, 3Mac y el mismo Sab, reflejan un mismo paradigma, que proviene de la vieja teología israelita y que después se expande en muchos pasajes de tipo apocalíptico: los enemigos de Dios amenazan a su pueblo; desde el fondo de su angustia claman los amenazados; Dios les ayuda de forma sorprendente, revelando su grandeza y promoviendo así la identidad del pueblo israelita.

 NOTAS

 [1] Visión general en B. Schmitz, Judit, WiBiLex. Entre los comentarios, cf. C. A. Moore. Judith, Doubleday, New York 1985; J. Vílchez, Tobías y Judit, Verbo Divino, Estella, 2000. Cf. además. M. Bal, Head Hunting. Judith on the Cutting Edge of Knowledge,   en A. Brenner (ed), A Feminist Companion to Esther, Judith and Susanna (FCB 7), Sheffield, 1997, 253-336; Linda Day,  Character and Perspective in Judith, JSOT 95 (2001) 171-193; Ph. Esler, Ludic History in the Book of Judith. The Reinvention of Israelite identity?, Biblical Interpretation 10 (2002) 107-143; M. Hellmann, Judit: eine Frau im Spannungsfeld von Autonomie und göttlicher Führung. Studie über eine Frauengestalt des Alten Testaments, Lang, Frankfurt 1992; A. Lacoque, Subversives ou un Pentateuque de femmes, Cerf, Paris 1992, 45-62; G. W. E. Nickelsburg, Jewish Literature Between the Bibleand the Mishnah, SCM, London 1981, 105-109;); J. VanderKam (ed.), No one spoke ill of her. Essays on Judith (SBL Early Judaism and its Literature 2), Atlanta 1992, 17-30; P. Milne,  What shall we do with Judith? A Feminist Reassessment of a biblical Heroine, Sem 62 (1993) 37-58; C. Rakel, Judit – über Schönheit, Macht und Widerstand im Krieg. Eine feministisch-intertextuelle Lektüre (BZAW 334), Berlin 2004; B. Schmitz, Gedeutete Geschichte. Die Funktion der Reden und Gebete im Buch Judit (HBS 40), Freiburg 2004

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