No tengas miedo

por Rosa Ruiz 

  No temer es un mandamiento. No aparece entre los 10 de la llamada Ley de Dios. Y sin embargo atraviesa todo el Antiguo y el Nuevo Testamento. En boca de Dios se repite una y otra vez este mandato, este imperativo, ¡esta súplica!: no tengas miedo.

He contado 40 veces, quizá haya más. Lo escuchó Abrán antes de renovar su vida y su futuro con el nuevo nombre de Abrahán (Gn 15,1). Lo escuchó Agar, la esclava, a quien Dios la recordó que era fecunda y libre (Gn 21,17). Y también Isaac, hijo de Sara, la mujer que osó reírse de Dios y Él la bendijo (Gn 26,24). Y su nieto Jacob (Gn 46,3).

Por supuesto, también se lo repite a los profetas, esos hombres y mujeres que reciben la cansada carga de ver y escuchar lo que otros no ven ni escuchan y por eso se les pide que actúen, que abran caminos, que incomoden, que consuelen, que sostengan. Y eso siendo normalitos, que no hay profetas especialmente guapos ni fuertes ni listos: “No digas que eres muy joven. No tengas miedo, pues yo estaré contigo para protegerte” (Jer 1,7). El miedo es una experiencia común. Da igual que sea un jovenzuelo sensible y afectivo como Jeremías, o un servidor del Templo de corte más tradicional como Ezequiel, te llamen “el profeta mayor”, como a Isaías o seas el mismísimo Elías.

¡Es un mandato!

Da igual que seas varón o mujer (la nuera de Elí, Rut, Judith o Tobías). Da igual que seas un gran creyente o estés abonado a la duda. Da igual que social o eclesialmente te sitúen entre los ortodoxos o los hetero. Todos tenemos miedo. Por eso Dios tiene que decirnos tantas veces: no tengas miedo. No te acobardes. Fíate. ¡Es un mandato!

Pero no creas que solo es un mandato para personas especiales o para momentos críticos. Dios se lo repite a todo el pueblo, a todos y cada uno, en varios momentos: si vas a salir de tu tierra (zona de confort lo llaman algunos), “no temas ni te acobardes” (Dt 1,21). Si ya saliste y estás en ese momento intermedio, tan incómodo como incierto, en que aún no has encontrado otra tierra prometida donde habitar y sentirte en casa, “no temas ni te acobardes” (Dt 31,8) porque Él camina contigo aunque no lo parezca, tantas veces.

Con Jesús no parece que hayamos mejorado demasiado porque los Evangelios y los relatos apostólicos siguen repitiéndolo: ¿Por qué tenéis miedo?, ¿por qué no te fías de mí? Le pasó a Zacarías, padre de Juan Bautista; le pasó a María y a José, a los mismísimos discípulos, a san Pablo

Lo curioso es que sin miedo posiblemente nos habríamos extinguido. Es el mecanismo de defensa que tenemos para percibir un peligro real y evitarlo. Aristóteles decía que “el miedo es el dolor que sentimos al ver venir el mal”. Pero, a veces, el miedo también nos obnubila y hace temer por peligros que no existen. Lo decía Sófocles: “Para quien tiene miedo, todo son ruidos”.

Igual así se entiende mejor el mandamiento: no temas. Por eso quizá nos equivocamos cuando nos empeñamos en no tener miedo. El miedo viene solito. Nos avisa. Nos protege. El problema es cuando nos encoge. Cuando consigue quitarnos las ganas y la esperanza. Quizá por eso le importa tanto a Dios que nada nos acobarde, que el miedo que sintamos no sea el que decide cuándo sonrío o cuándo me decido, cuándo silencio o cuándo canto. Quizá por eso tendríamos que arrepentirnos más veces de ser miedosos y pusilánimes y menos de otras historias que igual nos influyen menos a la hora de afrontar la vida y disfrutarla. Con todos los riesgos que vengan. Tenemos todo un año por delante.

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