La inculturación en la Iglesia

La inculturación no solo en la liturgia sino también y sobre todo en el pensar y en el ser de la Iglesia

 La inculturación de la fe se trata, al menos, en números 54-55 y 92 del Documento de trabajo para la Etapa Continental (DEC) del Sínodo. Estoy participando en dos grupos distintos de reflexión sinodal y como participación personal he hecho esta reflexión, tratado de centrarme en cuestiones que a mí me parecen más importantes y creo que quedan soslayadas.

En primer lugar, la iglesia quiere influir en las culturas donde vive, pero no se deja influir por ellas, absorbiendo lo positivo que hay en ellas. En el pasado ha tenido una relación tal con las culturas que la han ido transformando. Yo creo que en general el Imperio Romano, el feudalismo, el absolutismo monárquico… etc. influyeron en ella muy negativamente. También la filosofía platónica y la aristotélica. Con la Revolución Francesa se produce un cambio cultural: bajo el lema de libertad, igualdad y fraternidad el pensamiento se hace más racional y la sociedad se va haciendo cada vez más democrática. La razón y la libertad se abren paso en aquel mundo tan autoritario. El argumento de autoridad pierde valor, la razón nos lleva a un nuevo conocimiento del ser humano, de la naturaleza y del universo, nace la democracia, que se va consolidando en los países occidentales. La Iglesia, ya desde el principio, forma parte de la muralla autoritaria que se opone al progreso, combate la modernidad y se cierra a casi todo.

Ya hoy, vemos que en la Iglesia poco o nada ha cambiado en lo verdaderamente importante y no debiera ser así. Le iría mejor si fuese permeable a los factores positivos presentes en todas las culturas donde está implantada. Por ejemplo, debiera abandonar la arcaica estructura jerárquica y democratizarse, no hay fundamentos bíblicos ni teológicos para defender el autoritarismo jerárquico-eclesiástico-patriarcal. Ni Jesús de Nazaret fue así, ni está entre lo que ha dicho.

La Iglesia hoy debiera dejarse influir por los nuevos paradigmas que se imponen en todos los campos del pensamiento. Debiera, por ejemplo, rehacer la narrativa sobre el origen del universo y de la vida, muy especialmente de los seres humanos. Es imprescindible abandonar la interpretación histórica de los mitos bíblicos y de las leyendas que surgen para arropar o justificar el nacionalismo judío. Eso es cosa de ellos, pero no nuestra. No tiene sentido seguir hablando en los términos que se hace del “pecado original” y tantos otros muchos ejemplos más que se pudieran poner.

Lo mismo se ha de hacer en el campo de los contenidos de la fe: se ha de determinar qué es lo nuclear en ellos y qué es lo formal, derivado de un determinado pensamiento filosófico, que puede y debe cambiarse, pues la gente de hoy y sobre todo las nuevas generaciones no lo entienden y es uno de los principales motivos que aparta a muchos de la Iglesia. Dejen ya la facilona interpretación de culpar de ello al individualismo, al materialismo, al consumismo, al egoísmo, al relativismo, que en parte quizás también, pero las razones no solo están fuera sino también dentro de ella: en el mismo pensar y ser de la Iglesia, que para muchos hoy les resulta inasumible.

La inculturación, en cuanto que es no solo influir sino dejarse influir, habrá de ser no solo en la liturgia, campo en el que algo se hizo, sino que hay que llevarla también al modo de ser y de pensar de la Iglesia, siempre, claro está, sin que por ello se pierda nada de su núcleo esencial, que es Jesús de Nazaret.

El Papa Francisco en su discurso de fin de año 2022 a la curia romana con ocasión de las felicitaciones navideñas ha dado unas recomendaciones muy importantes. Recuerda al Concilio Vaticano II que nos ayudó a “comprender mejor el Evangelio, hacerlo actual, vivo y operante en este momento histórico”. También cita unas palabras de Juan XXIII: «No es el Evangelio el que cambia, somos nosotros los que empezamos a comprenderlo mejor». Luego recuerda el actual sínodo sobre que “nace precisamente de la convicción de que el itinerario de comprensión del mensaje de Cristo no tiene fin y continuamente nos desafía”. Invita luego a los curiales a la conversión, actitud en la que siempre hemos de estar y les previene contra el “fijismo, es decir, la convicción oculta de no necesitar ninguna comprensión mayor del Evangelio. Es el error de querer cristalizar el mensaje de Jesús en una única forma válida siempre. En cambio, la forma debe poder cambiar para que la sustancia siga siendo siempre la misma. La herejía verdadera no consiste sólo en predicar otro Evangelio (cf. Ga 1,9), como nos recuerda Pablo, sino también en dejar de traducirlo a los lenguajes y modos actuales, que es lo que precisamente hizo el Apóstol de las gentes. Conservar significa mantener vivo y no aprisionar el mensaje de Cristo.

En segundo lugar, la Iglesia no debe meterse en campos que no son de su incumbencia, como hablar del origen del universo, de la vida, del ser humano…, ni hacerlo a su conveniencia, crean conflictos entre la razón y la fe. Tampoco debe dar normas de comportamiento universales. Con todo derecho no todos tienen la misma visión de la moralidad que los católicos, que ni siquiera entre ellos tienen en alguna cuestiones criterios iguales.

Señalo una cuestión que creo muy importante: la Iglesia no puede atribuirse la capacidad de decir que hay una ley natural y que de ella nacen unas normas universales que califican de inviolables. Esto hoy se considera como una arrogancia: ¿cómo un pequeño grupo de “intelectuales”, o de jerarcas, que dicen haber recibido la sabiduría y la autoridad de Dios, que viven como en un gueto, más o menos apartados del mundo, al que ven como enemigo, pretenden imponer normas a las que todas las personas, en cualquier parte del mundo, se han de someter siempre a ellas? Esto es demencial.

Por último, algo en favor del individuo, que se dice muy poco o nada y que todos debiéramos tener en cuenta: el ser humano debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia, el que él considera recto en el momento de actuar. Se considera a la conciencia como norma última de moralidad (última en el sentido de «más próxima»), lo cual implica la obligatoriedad de atenerse a ella en el terreno práctico. Este criterio nos da independencia y libertad para decidir lo que hemos de hacer. Debemos informarnos honestamente, oír lo que dice la Iglesia y más aún lo que ha dicho Jesús de Nazaret, con su vida y en su doctrina, pero al final es uno mismo quien ha de decidir lo que es correcto o no. Aquí se nos ofrece un campo amplio para el ejercicio de la libertad de conciencia personal, que muchas veces no coincide con la conciencia de los moralistas eclesiásticos oficiales. Esta importancia que se le da a la conciencia personal no es algo “moderno” sino de siempre.

31-12-2022 José María Álvarez, del Foro de Cristianos Gaspar García Laviana

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