El Papa con Nicaragua y contra la indiferencia

El Papa, con Nicaragua

«Todos sabemos que se ha ido implantando y “atornillando” en Nicaragua un régimen dictatorial cruel y brutal, y que, en los últimos años, este régimen ha arremetido ferozmente contra la Iglesia Católica»

«La situación de la Iglesia Católica en Nicaragua ha venido deteriorándose gravemente debido al hostigamiento violento, a la persecución y represión que el régimen de Ortega ha liderado contra la tarea evangelizadora y profética de la Iglesia»

«Hoy, de manera acomodaticia, gobiernos y grandes organizaciones políticas y económicas mantienen un silencio cómplice con las dictaduras en América Latina y en el mundo»

Por | Mario J. Paredes*

En la impronta originaria, histórica, social y cultural de América Latina subyace, siempre presente, el ser y quehacer de la Iglesia Católica. Como lo expresaron, hace ya más de cuatro décadas, los obispos latinoamericanos reunidos en Puebla, México: “… la fe de la iglesia ha sellado el alma de América Latina, marcando su identidad histórica esencial y constituyéndose en la matriz cultural del continente, de la cual nacieron los nuevos pueblos” (DP 445)

Por eso, todo lo tocante a la fe de los católicos en América Latina nos importa y preocupa a todos; fe mayoritaria en la población latinoamericana, “lo cual es un hecho de carácter no sólo sociológico, sino también teológico muy relevante”. (DP 1100)

Por las noticias, todos sabemos que se ha ido implantando y “atornillando” en Nicaragua un régimen dictatorial cruel y brutal, y que, en los últimos años, este régimen ha arremetido ferozmente contra la Iglesia Católica que allí peregrina, contra sus valores y principios, contra sus instituciones y contra sus ministros y laicos.

Llama poderosamente la atención que este régimen devenido en autocrático y tiránico, lo preside un hombre – junto con su esposa – que, como miembro de la resistencia sandinista, fue capaz, junto con sus jóvenes compañeros de lucha, de derrocar a la dictadura de Somoza, con el ánimo y el apoyo decidido de sacerdotes y organizaciones de la Iglesia Católica en Nicaragua dedicadas a la lucha por la justicia, la paz y los derechos humanos. Todo lo cual significa y contiene un absurdo político, una incongruencia humana y moral y una terrible hipocresía: un gobierno que en su momento devolvió la esperanza al pueblo nicaragüense hoy es fuente de desesperación.

Después de alcanzar el poder, con el correr de los años y por la espantosa metamorfosis que ha ido mostrando el régimen, sacerdotes y laicos fueron alejándose y abandonando las propuestas gubernamentales del dictador; aunque no olvidamos la confusa y muy cuestionada participación que en este proceso político tuvo el Cardenal Obando y Bravo.

La situación de la Iglesia Católica en Nicaragua ha venido deteriorándose gravemente debido al hostigamiento violento, a la persecución y represión que el régimen de Ortega ha liderado contra la tarea evangelizadora y profética de la Iglesia, en el anuncio del evangelio y denuncia de todo lo que a él se opone. De tal manera que, a las acciones pastorales, de refugio y de mediación de sacerdotes y laicos en favor de los más débiles y más afectados por la dictadura, el régimen ha respondido inmisericordemente, tildando a los sacerdotes como “diablos con sotana”, como “golpistas” y “terroristas”, amedrentando, encarcelando, persiguiendo hasta el exilio a clérigos y laicos.

Entre las últimas escaramuzas y ataques de la pareja presidencial contra la Iglesia Católica, a la que acusan de apoyar las acciones ciudadanas contra el brutal régimen, iniciadas especialmente en el 2018, se cuenta, especialmente, la expulsión y condena ilegal, en días pasados, de Monseñor Rolando José Álvarez Lagos, de la diócesis de Matagalpa, por resistirse al destierro. Esta “campaña de terror” contra la Iglesia Católica en Nicaragua contiene ya, por parte del régimen de Ortega-Murillo, una vergonzosa y larga lista de sucesos como la expulsión del nuncio, de monjas, encarcelamiento de clérigos, vigilancia y hostigamiento a templos, interrogatorios, prohibición del culto, expropiación de universidades católicas, sanciones a la agencia Cáritas, etc.

Todo esto porque “como uno de los países más católicos de la región, la Iglesia es un actor de peso que puede desafiar la narrativa oficialista. Los ataques a sus miembros muestran cuán lejos Ortega y Murillo están dispuestos a llegar en su irracional represión contra voces críticas», declaró a France 24 la subdirectora para las Américas de ‘Human Rights Watch’: Tamara Taraciuk.

Contra esta situación grave, penosa e insostenible, de manera inusual, en términos fuertes y sin rodeos ni titubeos, el Papa Francisco, recientemente, en entrevista a Infobae y con ocasión del décimo aniversario de su pontificado – refiriéndose en particular a la dictadura nicaragüense y en general a todos los regímenes totalitarios – calificó al régimen de Daniel Ortega de dictadura “grosera, comunista y hitleriana”.

En las pasadas décadas, los gobiernos de la región y los pueblos en general, condenaron la dictadura de Somoza, lo mismo que a otras dictaduras latinoamericanas y apoyaron los movimientos que se alzaban para derrocarlas.

Hoy, de manera acomodaticia, gobiernos y grandes organizaciones políticas y económicas mantienen un silencio cómplice con las dictaduras en América Latina y en el mundo. Las declaraciones de los grandes líderes políticos en contra de los regímenes totalitarios y brutales o en defensa de los derechos humanos y del quehacer de la Iglesia Católica han resultado débiles e ineficaces.

Por eso, la manifestación del Papa Francisco, en total coherencia con el Evangelio y con su ministerio y pastoreo universal, es un campanazo al mundo indiferente, una voz necesaria, solidaria y oportuna y un ejemplo valiente para el rol profético y político que todos los cristianos y católicos hemos de desempeñar en la vida de nuestras sociedades, en abierto rechazo a todo régimen de gobierno y a toda situación que atente contra los derechos humanos y las libertades individuales y sociales. ¡Tenemos Papa!

*Mario J. Paredes es director ejecutivo de SOMOS Community Care, una red de 2600 médicos independientes, la mayoría de ellos proveedores de atención primaria, que atienden a cerca de un millón de los pacientes de Medicaid más vulnerables de la ciudad de New York.

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