Sor Lucía Caram defiende al Papa

Sor Lucía Caram: “A la derecha rancia no le mola pedir perdón” 

Inda

Con motivo del bicentenario de la declaración de la Independencia de México, el Papa Francisco envió un mensaje al Pueblo mexicano, que los críticos y detractores, “no han leído” y han manipulado para atacar al Santo Padre sin motivos ni razones 

Pedir perdón es evangélico. En la Conquista o en la evangelización, hubo luces y sombras… Se arrasó con una cultura y un pueblo; se diezmaron poblaciones, se impuso la cruz con la espada… Y también hubo un anuncio positivo del Evangelio por parte de los misioneros y los conquistadores que hicieron mucho y bien… y otros mucho y mal y viceversa. 

El Papa está reconociendo que en nombre de Dios, muchas veces hacemos las cosas bien, y otras abusamos del poder. Y lo hace respecto al pasado lejano, pero también recordando los errores de un pasado más reciente 

04.10.2021 Sor Lucía Caram 

La frívola superficialidad y la falta de “cultura de la lectura” o de la capacidad de escuchar se ha instalado en los taquilleros “populistas de la derecha española” que buscan titulares para poder vender sus paranoias. Con motivo del bicentenario de la declaración de la Independencia de México, el Papa Francisco envió un mensaje al Pueblo mexicano, que los críticos y detractores, “no han leído” y han manipulado para atacar al Santo Padre sin motivos ni razones. 

El Papa dice: “Deseo que este aniversario tan especial sea una ocasión propicia para fortalecer las raíces y reafirmar los valores que los construyen como nación (…) Para fortalecer las raíces es preciso hacer una relectura del pasado, teniendo en cuenta tanto las luces como las sombras que han forjado la historia del País (…) Esa mirada retrospectiva incluye necesariamente un proceso de purificación de la memoria, es decir, reconocer los errores cometidos en el pasado, que han sido muy dolorosos (…) Por eso, en diversas ocasiones, tanto mis antecesores como yo mismo, hemos pedido perdón por los pecados personales y sociales, por todas las acciones u omisiones que no contribuyeron a la evangelización”.  

Me permito citar a los “antecesores” y a las palabras a las que se refiere Francisco. 

Juan Pablo II reconoció y pidió perdón en 1992, desde República Dominicana, por “los abusos cometidos debido a la falta de amor de aquellas personas que no supieron ver en los indígenas hermanos e hijos del mismo Padre Dios”. También al convocar el Jubileo del año 2000 dijo: “Como Sucesor de Pedro, pido que en este año de misericordia la Iglesia, persuadida de la santidad que recibe de su Señor, se postre ante Dios e implore perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos”. 

Benedicto XVI, hizo lo mismo en el año 2007 al regresar de Aparecida (Brasil), señalando que “el recuerdo de un pasado glorioso no puede ignorar las sombras que acompañaron la obra de evangelización del continente latinoamericano: no es posible olvidar los sufrimientos y las injusticias que infligieron los colonizadores a las poblaciones indígenas, a menudo pisoteadas en sus derechos humanos fundamentales”. 

Y el mismo papa Francisco en Bolivia en el 2015, pidió “humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia, sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América”. 

En esa misma perspectiva del recuerdo del pasado, el Papa sabe que no se pueden ignorar las acciones que, en tiempos más recientes, se cometieron contra el sentimiento religioso cristiano de gran parte del Pueblo mexicano, provocando con ello un profundo sufrimiento. Francisco pone las luces largas, desde la realidad actual, pero también mira por el retrovisor. No hace una lectura superficial y envía un mensaje cargado de contenido, sentimiento y desafíos. 

Pedir perdón es evangélico 

Pedir perdón es evangélico —Cristiano—. En la Conquista o en la evangelización, hubo luces y sombras… Se arrasó con una cultura y un pueblo; se diezmaron poblaciones, se impuso la cruz con la espada… Y también hubo un anuncio positivo del Evangelio por parte de los misioneros y los conquistadores que hicieron mucho y bien… y otros mucho y mal y viceversa. 

El Papa está reconociendo que en nombre de Dios, muchas veces hacemos las cosas bien, y otras abusamos del poder. Y lo hace respecto al pasado lejano, pero también recordando los errores de un pasado más reciente: el pueblo mexicano fue herido de muerte por los abusos y los encubrimientos que llevan el nombre de Marcial Maciel y muchísimos otros nombres y movimientos que se llaman cristianos, pero han sido unos cretinos y traidores. 

Y pide perdón… porque sabe que “no evocamos los dolores del pasado para quedarnos ahí, sino para aprender de ellos y seguir dando pasos, vistas a sanar las heridas”. Ya lo sabemos: “Dolor de los pecados, propósito de enmienda…” 

Las bravucanadas de Inda 

Pero resulta que saltan de la Caverna el señor Inda que nos tiene acostumbrados a bravuconadas y se atrevió a decir que el Papa es “el representante del diablo en la tierra”. Y Ana Rosa y sus cortesanos le rieron las gracias y condimentaron el plató con improperios, diciendo que es un Papa comunista y terrorista. 

Y vuelve Inda, con otra boludez en La Sexta noche empecinándose en decirla más bestia: “El indigenismo es el nuevo comunismo” y continúa: “lo que tendría que hacer el Papa es callarse un poquito”. 

Y luego viene aquel que perdió el bigote pero no la vergüenza: José María Aznar, que se jacta que él no va a engrosar la fila de los que piden perdón… y se atreve a hablar de la evangelización y de ridiculizar al Papa sin nombrarle. Y resulta que los obsecuentes presentes le aplauden; los mismo que después dicen que el PP es el partido de los Católicos. 

Y suma y sigue: La presidenta de la Comunidad de Madrid, y el Espinosa de los Monteros: ¡Todos contra el Papa! 

Está de moda atacar a quien les incomoda. Tal vez al único líder mundial que habla con autoridad y compromiso; aquel no tiene intereses creados y que se juega todas las cartas a la defensa de las persones y al mensaje del Evangelio. 

Una vez más resuenan con fuerza las palabras de Jesús en el Evangelio: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. A Pedro le dio las llaves, y Pedro es Francisco, y no pacta con la mediocridad, la mentira, la corrupción ni los populismos. 

Detractores: leed el mensaje y por favor: dejad de hacer el ridículo. Leed lo que dice Francisco: Y si tenéis un poco de decencia, pedid perdón, que eso no es de cobardes, es de sabios y de almas grandes. 

Mujer e Iglesia

Mujer e Iglesia: realidades inseparables e indisolubles

por Academia de Líderes Católicos el 03/09/2021 15:45

La temática del rol de la mujer en la Iglesia es de gran importancia, pero a la vez suscita agitados debates. El Papa Francisco ha expresado que: “¡El papel de la mujer en la Iglesia no es feminismo, es un derecho!

Es un derecho de bautizada con los carismas y los dones que el Espíritu le ha dado”.  Y por si a alguien le quedaran dudas, añade: “Las mujeres son más importantes que los hombres porque la Iglesia es mujer. La Iglesia es la esposa de Cristo y la Virgen es más importante que los papas, los obispos y los sacerdotes”.

De Iglesia Colegiada a Iglesia Piramidal

Jesús se aparece a María Magdalena y con tono urgente le dijo: “Ve a mis hermanos y diles: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro” (Juan 20,17). Fue una mujer la primera apóstol misionera.

Mujer e Iglesia quedan configuradas desde este primer momento como realidades inseparables e indisolubles. Sin embargo, ambas, a pesar de “no ser del mundo”, están insertas “en el mundo”. La Iglesia de los primeros tiempos, nacida con un marcado sentido colegial y plural no logró eximirse de la fuerte influencia patriarcal de la cultura greco-romana dominante.

Esto dio lugar al modelo de “Iglesia-Societas-Perfecta Inequalis”, es decir Iglesia jerárquica y perfecta. En esta sociedad perfecta y desigual hay dos clases marcadas: los pastores (activa) y el rebaño (pasiva).  Y así como en la sociedad civil la mujer quedó jurídicamente atada a la “patria potestas”, la figura de María Magdalena, evangelizadora y misionera por excelencia se desdibujó en los ámbitos eclesiales.

La concepción disminuida y discapacitada de la mujer imperante en la sociedad civil se infiltró y conformó la concepción de la mujer en la Iglesia, dejándola “sin voz ni voto” por más de mil años de historia.

El clericalismo: el gran desafío de la mujer en la Iglesia del tercer milenio

En la historia de la Iglesia bajo la hegemonía clerical son demasiados frecuentes los momentos en los que las mujeres fueron las que mantuvieron y sostuvieron a la Iglesia gracias a su fe y a ese “genio femenino” propio de ella: su resiliencia, su capacidad de empatía, su relacionalidad e inagotable solidaridad.

Sin embargo, a pesar de que las mujeres continúan desempeñando varios roles insustituibles en el ámbito pastoral, de formación, educativo y asistencial; a pesar de la presencia de religiosas en los lugares más remotos y desolados del mundo enfrentando situaciones desesperadas de pobreza, violencia y desplazamientos humanos forzados, este patrimonio pastoral de las mujeres no tiene el mismo peso en las decisiones eclesiales ya que carecen de espacios en las posiciones de alta responsabilidad.

Es por ello que el rol de la mujer en la Iglesia no se trata simplemente de una cuestión de número o de cuotas. La Iglesia de hoy nos llama a formar parte activa de una Iglesia sinodal.

Sinodalidad versus Clericalismo

En la Constitución Dogmática Lumen and Gentium del Concilio Vaticano II la Iglesia se presenta como pueblo de Dios. La Iglesia es vista no ya desde el sacramento del orden haciéndola esencialmente jerárquica, sino del sacramento del bautismo como comunidad de fieles donde todo el pueblo de Dios está en posición activa. La condición de fieles trae aparejada la común dignidad de los bautizados haciéndose partícipes de la fundación sacerdotal, profética y real de Cristo.

Sinodalidad hace referencia a un camino hecho en conjunto del pueblo de Dios que peregrina en la historia: jóvenes, ancianos, hombres, mujeres, laicos, sacerdotes, obispos, mujeres consagradas; todos hacia el encuentro del Señor con un espíritu de comunión misionero.

Una Iglesia que busca vivir un estilo sinodal debe encarar una reflexión sobre la condición y el rol de la mujer tanto dentro de la Iglesia como en la sociedad ya que aquella se encuentra en el corazón mismo de esta última.

Debe haber a una interacción entre sidonalidad y la cultura socio-política. Los derechos de las mujeres representan un desafío para la Iglesia, la cual no puede posponer el dar respuestas a los justos reclamos de las mujeres por una mayor reciprocidad entre hombres y mujeres como asimismo ante los flagelos de la discriminación, la violencia de toda índole, los abusos sufridos a diario como a sus aspiraciones y a sus sueños.

Esta Iglesia sinodal llama a salir del clericalismo poniendo énfasis también en la diversidad del pueblo de Dios, al servicio del mundo en busca del bien común. No hay un único modo, proceso o técnica para la sidonalidad.

La Iglesia sinodal invita a ser una Iglesia inclusiva y relacional que escucha atentamente las necesidades de todos sus fieles, especialmente de las mujeres. El Papa Francisco lo ha dejado en claro: ¡la Iglesia tiene rostro de mujer!

A manera de conclusión

El Concilio Vaticano II abrió sus puertas a una Iglesia sinodal invitando a dejar detrás la Iglesia clerical y piramidal. Sin embargo, hay mucho camino que recorrer para alcanzar ese fin. Es necesario un gran espíritu de escucha y de discernimiento.

Como lo ha declarado abiertamente el Papa Francisco, el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia en el tercer milenio; un claro “signo de los tiempos”. Y nos invita a emprender ese camino sin miedos y con cierta audacia. Esto lo demostró claramente el mismo Papa con el nombramiento de la hermana Nathalie Becquart como subsecretaria del Sínodo de Obispos: primera vez que una mujer tiene derecho de voto dentro del cuerpo colegiado desde su creación hace ya más de cincuenta años.

La sinodalidad permitirá a las mujeres encontrar en la Iglesia un lugar propicio para desarrollar sus dones. La falta de una participación de la mujer en la iglesia no se presenta sólo como una cuestión de justicia que emana de su dignidad bautismal, sino que su ausencia empobrece el debate, el discernimiento y el camino de la Iglesia.

Pero esta sinodalidad también debe encarnarse en el seno de la sociedad. Para la mujer, la sinodalidad implica un desafío de cómo vivir la diferencia con el hombre. Es un camino abierto a la voz del Espíritu Santo, a un nuevo Pentecostés, que nos invita a cada uno de nosotros a una conversión personal, pero a la vez comunitaria, asumiendo corresponsabilidad. Solo así la mujer podrá llegar a la plenitud que el Señor la llama.


Escrito por Alejandra Segura, integrante del Consejo Internacional de la Academia de Líderes Católicos

El Sínodo de la sinodalidad

Sínodo de la Sinodalidad: ruta abierta hacia una Iglesia distinta 

La XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos ya está en marcha bajo el tema es ‘Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión’ 

Hacía mucho tiempo, más de un año, que la Basílica de San Pedro no se veía tan concurrida en una celebración. Más de tres mil personas llenaban su nave central y parte de las laterales para asistir a la eucaristía presidida por el Santo Padre con motivo de la inauguración de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, cuyo tema es Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión. 

Se trata del pistoletazo de salida oficial a la mayor consulta convocada hasta la fecha en la Iglesia que pretende contar con creyentes y no creyentes: primero, en una fase local que se abre el 17 de octubre y que durará seis meses, y, posteriormente, desembocará en una fase continental, hasta llegar de nuevo a Roma. 

A las diez en punto del domingo 10 de octubre, se inició la solemne procesión en la que participaban más de dos centenares de cardenales, obispos y sacerdotes, todos revestidos con casullas verdes. Les precedían 25 representantes del Pueblo de Dios procedentes de los distintos continentes. Este grupo se acercó al altar de la confesión para recibir del Papa un saludo especial. 

Después de la proclamación del Evangelio –con el episodio del joven rico que se acercó a Jesús para pedirle qué debía hacer para seguirle–, el Papa pronunció su esperada homilía, una verdadera catequesis sobre la “aventura del camino sinodal”. “¿Estamos dispuestos –preguntó– o sentimos miedo ante las incógnitas y preferimos refugiarnos en las excusas del ‘no sirve’ o del ‘siempre se ha hecho así’?”. 

Encontrar, escuchar y discernir 

Bergoglio seleccionó tres verbos que deben guiar este Sínodo tan especial: encontrar, escuchar y discernir. “Estamos llamados –exhortó– a convertirnos en expertos en el arte de encontrar… Todo encuentro, lo sabemos, requiere apertura, valentía, disponibilidad para dejarse interpelar por el rostro y la historia del otro. Mientras, a menudo, preferimos refugiarnos en encuentros formales o ponernos la máscara de circunstancia –el espíritu clerical de corte: soy más monsieur l’abbé (el señor sacerdote) que padre–, el encuentro nos cambia y con frecuencia nos sugiere nuevos caminos que no pensábamos recorrer”. 

“Cuando escuchamos con el corazón –comentó sobre el segundo verbo–, sucede esto: el otro se siente acogido, no juzgado, libre de narrar su propia vivencia y el propio recorrido espiritual… El Espíritu nos pide que nos pongamos a la escucha de las preguntas, de los afanes, de las esperanzas de cada Iglesia, de cada pueblo y nación. Y también a la escucha del mundo, de los desafíos y cambios que nos pone delante. No insonoricemos el corazón, no nos blindemos dentro de nuestras certezas. Las certezas tantas veces nos cierran. Escuchémonos”. 

“Discernir –aseguró finalmente– es una preciosa indicación también para nosotros. El Sínodo es un camino de discernimiento espiritual, eclesial, que se hace en la adoración, en la oración y en contacto con la Palabra de Dios… La Palabra nos abre al discernimiento y lo ilumina. Ella orienta el Sínodo para que no sea una ‘convención’ eclesial, un congreso de estudios o un congreso político, para que no sea un parlamento, sino un acontecimiento de gracia, un proceso de curación, conducido por el Espíritu”. 

Un Aula sin informadores 

Estas ideas ya habían sido avanzadas por Bergoglio en el momento de reflexión para el inicio del proceso sinodal que tuvo lugar el sábado 9 de septiembre en el Aula Nueva del Sínodo. Un espacio abarrotado por la presencia de los delegados de las conferencias episcopales, miembros de la Curia romana, delegados fraternos, representantes de la vida consagrada y de los movimientos laicales y del Consejo consultivo internacional de los jóvenes. Lamentablemente, no se permitió el acceso a los informadores, que tuvimos que seguir el acto virtualmente. No es un buen comienzo… 

Acogidos con cantos y, en particular, con el Veni Creator Spiritus, se leyó en tres lenguas el pasaje inicial del Apocalipsis de Juan. “Yo soy el Primero y el Último, el que vive. Estaba muerto, pero ahora vivo para siempre”. Se sucedieron a continuación dos meditaciones. La primera, a cargo de la teóloga española Cristina Inogés Sanz

“Es bueno y saludable –dijo esta miembro de la Comisión metodológica sinodal– corregir los errores, pedir perdón por los delitos cometidos y aprender a ser humildes. Seguramente viviremos momentos de dolor, pero el dolor forma parte del amor. Y nos duele la Iglesia porque la amamos… Servir para ser comunión en el ser, sinodalidad para ser comunión en el caminar juntos. Comunión, en definitiva, para obrar todos juntos según lo que nos diga, indique y sugiera el Espíritu”. 

¿Un Sínodo sobre sinodalidad?

Tomar consejo y construir consenso: ¿Un Sínodo sobre Sinodalidad? 

“Quizás estemos ante el evento más importante de la actual fase de recepción del Concilio Vaticano II bajo el pontificado del papa Francisco” 

“Con esta convocatoria, el papa Francisco invita a toda la Iglesia a discernir un nuevo modelo eclesial para el tercer milenio, que profundice el proceso de aggiornamento iniciado por el Vaticano II y responda a los cambios epocales y eclesiales que vivimos” 

“El nuevo modelo eclesial supone superar relaciones desiguales, de superioridad y subordinación, y pasar a la lógica de la ‘recíproca necesidad'” 

Por Rafael Luciani teólogo 

(Mensaje).- La Iglesia ha sido convocada a un Sínodo que lleva como lema Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión. El evento se inaugurará el 9 de octubre de 2021 en Roma y el 16 de octubre en cada Iglesia particular. Será un proceso sinodal de dos años, culminando en la celebración de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos en octubre de 2023. Con esta convocatoria, el papa Francisco invita a toda la Iglesia a discernir un nuevo modelo eclesial para el tercer milenio, que profundice el proceso de aggiornamento iniciado por el Vaticano II y responda a los cambios epocales y eclesiales que vivimos. En este contexto se sitúa la relevancia que tiene este Sínodo para discernir las reformas necesarias a la luz de la sinodalidad. 

Quizás estemos ante el evento más importante de la actual fase de recepción del Concilio Vaticano II bajo el pontificado del papa Francisco. Se involucra un aproximado de 114 conferencias episcopales de rito latino, el Consejo de Patriarcas Católicos de Oriente, seis sínodos patriarcales de Iglesias orientales, cuatro sínodos archiepiscopales mayores y cinco consejos episcopales internacionales. Profundizando la eclesiología del Pueblo de Dios, y a la luz de un modelo de Iglesia de Iglesias, el Papa propone —como dijo durante la Conmemoración del 50 Aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos— que “el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio”. Y lo hace en un contexto en el que urge, más que nunca, renovar la vida eclesial tomando consejos y construyendo consensos al estilo del viejo principio de la canonística medieval que reza: “Lo que afecta a todos, debe ser tratado y aprobado por todos”. 

Esta práctica no es nueva en la Iglesia. Cabe recordar la regla de oro del Obispo San Cipriano, que puede ser vista como la forma sinodal del primer milenio y ofrece el marco interpretativo más adecuado para pensar los retos actuales: “Nihil sine consilio vestro et sine consensu plebis mea privatim sententia gerere”1. Para este obispo de Cartago, tomar consejo del presbiterio y construir consenso con el pueblo fueron experiencias fundamentales a lo largo de su ejercicio episcopal para mantener la comunión en la Iglesia. A tal fin, pudo idear métodos basados en el diálogo y el discernimiento en común, que posibilitaron la participación de todos, y no solo de los presbíteros, en la deliberación y toma de decisiones. El primer milenio ofrece ejemplos de una forma ecclesiae en la que el ejercicio del poder se entendió como responsabilidad compartida. 

Una Iglesia de la escucha 

Inspirado en este modo de proceder, el papa Francisco describe al nuevo modelo eclesial con las siguientes palabras: “Una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha (…). Es una escucha recíproca en la cual cada uno tiene algo que aprender (…). Es escucha de Dios, hasta escuchar con él el clamor del pueblo; y es escucha del pueblo, hasta respirar en él la voluntad a la que Dios nos llama”2. El ejercicio de la escucha es indispensable en una eclesiología sinodal, pues parte del reconocimiento de la identidad de los sujetos eclesiales —laicos(as), presbíteros, religiosos(as), obispos, Papa— a partir de relaciones horizontales fundadas en la radicalidad de la dignidad bautismal y en la participación en el sacerdocio común de todos los fieles (Lumen Gentium 10). La Iglesia en su conjunto es cualificada por medio de los procesos de escucha en los que cada sujeto eclesial aporta algo que completa la identidad y la misión del otro (Apostolicam Actuositatem 6), y lo hace desde lo propio de cada uno (AA 29). 

Tal modelo supone superar relaciones desiguales, de superioridad y subordinación, y pasar a la lógica de la “recíproca necesidad” (LG 32). Este es el espíritu de la Comisión Teológica Internacional al afirmar que “una Iglesia sinodal es una Iglesia participativa y corresponsable. En el ejercicio de la sinodalidad está llamada a articular la participación de todos, según la vocación de cada uno, con la autoridad conferida por Cristo al Colegio de los Obispos presididos por el Papa. La participación se funda en el hecho de que todos los fieles están habilitados y son llamados a que cada uno ponga al servicio de los demás los respectivos dones recibidos del Espíritu Santo”3. Podemos decir que ser escuchados es un derecho de todos, pero tomar consejos a partir de la escucha es un deber propio de quien ejerce la autoridad. 

Sin embargo, la escucha también tiene otra dimensión. A través de ella se genera un proceso de reconfiguración de los modelos teológico-culturales de la organización eclesial. El Papa explica que se escucha a un pueblo, en un lugar y en un tiempo “para conocer lo que el Espíritu «dice a las Iglesias» (Ap 2,7)” y encontrar modos de proceder acordes a cada época. Lo recordó el Sínodo para la Amazonia, al decir que la Iglesia “reconfigura su propia identidad en escucha y diálogo con las personas, realidades e historias de su territorio” (Querida Amazonia 66). Y lo hace, como sostiene el Concilio, discerniendo “de qué modo puedan compaginarse las costumbres, el sentido de la vida y el orden social con las costumbres manifestadas por la divina revelación” (Ad Gentes 22). 

Un Sínodo como el actual puede ser apreciado como el inicio de un proceso que puede llevar a “una acomodación más profunda en todo el ámbito de la vida cristiana” (AG 22) porque “los vínculos de historia, lenguaje y cultura, que en ella plasman las comunicaciones interpersonales y sus expresiones simbólicas, trazan el rostro peculiar, favorecen en su vida concreta el ejercicio de un estilo sinodal” (CTI, Sin. 77). De ahí la importancia de comprender que la sinodalidad es el modo más adecuado para la génesis de los procesos de identidad y reconfiguración teológico-cultural de la Iglesia, según los tiempos y las culturas, bajo el modelo de Iglesia como Iglesia de Iglesias presidida por el Obispo de la Iglesia de Roma y en comunión entre todas ellas. 

Una forma más completa de ser Iglesia 

La escucha no es un fin en sí mismo. Ella se realiza en el marco de un proceso mayor, cuando “toda la comunidad, en la libre y rica diversidad de sus miembros, es convocada para orar, escuchar, analizar, dialogar y aconsejar para que se tomen las decisiones pastorales más conformes con la voluntad de Dios” (CTI, Sin. 53). A partir de esta serie de relaciones y dinámicas comunicativas se va generando el ambiente propicio para tomar consejos y construir consensos que luego se traduzcan en decisiones. Es importante tener en cuenta todas las acciones a la hora de emprender un proceso de escucha: “Orar, escuchar, analizar, dialogar y aconsejar”, porque la finalidad de este camino no es simplemente encontrarnos, oírnos y conocernos mejor, sino trabajar en conjunto “para que se tomen las decisiones pastorales”. Este es uno de los aspectos que definen el sentido y la meta de un proceso sinodal y, en este Sínodo sobre sinodalidad, la Iglesia se plantea avanzar en la búsqueda de una “más completa definición de sí misma” —recogiendo las palabras de Pablo VI al abrir la segunda sesión del Concilio. 

Sin este horizonte en mente, se puede correr el riesgo de limitar la comprensión y el ejercicio de la sinodalidad a una mera práctica afectiva y ambiental, sin que se traduzca efectivamente en cambios concretos que ayuden a superar el actual modelo institucional clerical. Por ello, es importante destacar que el actual Sínodo ha creado una Comisión Teológica asesora de todo el proceso. Es un hecho novedoso que recupera la colaboración que debe existir entre la teología y el magisterio. Y dentro de dicha comisión se ha conformado una subcomisión para elaborar propuestas de reforma del derecho canónico. Si lo escuchado no se traduce en nuevos canales y estructuras eclesiales —en palabras de Francisco, “mediaciones concretas”— quedará develado, una vez más, un modelo eclesial en el que se da una “insuficiente consideración del sensus fidelium, la concentración del poder y el ejercicio aislado de la autoridad, un estilo centralizado y discrecional de gobierno, y la opacidad de los procedimientos regulatorios”4. 

Un evento que se convierte en proceso 

Coherente con el tema que aborda, y con el fin de palpar el sentir de toda la Iglesia universal, el actual Sínodo deja de ser un evento y se convierte en un proceso que comienza con una primera fase diocesana. Desde una eclesiología de las Iglesias locales, se parte del primer nivel en el ejercicio de la sinodalidad, como lo ha manifestado el cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo de los Obispos: “Considerando que las Iglesias particulares, en las cuales, y a partir de las cuales existe la una y única Iglesia católica, contribuyen eficazmente al bien de todo el cuerpo místico, que es también el cuerpo de las Iglesias (LG 23), el proceso sinodal pleno solo existirá verdaderamente si se implican en él las Iglesias particulares”5. 

Para comprender lo que esto implica, podemos hacer memoria de las palabras de Mons. De Smedt, una de las voces más importantes del Concilio, quien decía que “el cuerpo docente [obispos] no descansa exclusivamente en la acción del Espíritu Santo sobre los obispos; sino que también [debe] escuchar la acción del mismo espíritu en el pueblo de Dios. Por lo tanto, el cuerpo docente no solo habla al Pueblo de Dios, sino que también escucha a este Pueblo en quien Cristo continúa Su enseñanza”6. 

A lo largo de esta primera fase diocesana, los obispos no solo deben escuchar al sino también en el pueblo de Dios, como parte integrante de él y, junto a él, discernir y elaborar decisiones pastorales. Siguiendo el texto de Lumen Gentium 12, recogido en Episcopalis Communio 5, es la totalidad de los fieles, “desde los obispos hasta los últimos fieles laicos, [que] presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres”. Lo que está en juego no es el sentir de cada obispo, sino el sentir de toda la Iglesia o, mejor dicho, el sensus ecclesiae totius populi. Por ello, cada Iglesia particular debe proceder “sirviéndose de los organismos de participación previstos por el derecho, sin excluir cualquier otra modalidad que juzguen oportuna” (EC, disp. canónica 6). 

El paso de la sinodalidad afectiva a la efectiva 

Quizás uno de los retos más importantes para la jerarquía eclesiástica será la creación de mediaciones y procedimientos para el involucramiento de todos los fieles y el establecimiento de las modalidades de participación. Haciendo uso de las palabras de Severino Dianich, “la normatividad actual, entre la atribución a todos los fieles de la tarea de evangelización (…) y su llamada a una participación activa en la liturgia eucarística (…), no confiere a los fieles laicos ningún papel específico capaz de determinar la vida de la comunidad (…). Los fieles [laicos] no tienen ninguna instancia en la que, al expresar su propio voto deliberativo, se pueda decidir algo colegialmente”7. Este sentir fue discernido en el 2007 por los obispos latinoamericanos en la Conferencia de Aparecida y propusieron que “los laicos participen del discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución” (Aparecida 371) de toda la vida eclesial. 

Si el modo de proceder de una Iglesia sinodal “tiene su punto de partida y también su punto de llegada en el Pueblo de Dios” (Episcopalis Communio 7), y si “la sinodalidad es una dimensión constitutiva de la Iglesia que, a través de ella, se manifiesta y configura como Pueblo de Dios” (CTI, Sin. 42), entonces hay que hacer lo posible para que este Sínodo de paso a una auténtica sinodalización de toda la Iglesia. Por ejemplo, será clave discernir los modelos de decisión en la Iglesia. Quizás articular uno en el cual la elaboración de las decisiones (decision-making) sea vinculante a los pastores (decision-taking), porque ellos mismos habrán participado del proceso de escucha y discernimiento, tomando consejos y construyendo consensos. Y es que cualquier modelo decisional debe tener en cuenta que “la dimensión sinodal de la Iglesia se debe expresar mediante la realización y el gobierno de procesos de participación y de discernimiento capaces de manifestar el dinamismo de comunión que inspira todas las decisiones eclesiales” (CTI Sin 76). 

¿Seremos capaces de concebir procesos sinodales en los que se elaboren decisiones entre todos(as) para que la autoridad competente, habiendo participado como un fiel más de todas las etapas del proceso, y confiando en que el Espíritu Santo ha hablado a través del Pueblo de Dios, ratifique dichas decisiones? Creemos que este es el espíritu expresado por el cardenal Grech al afirmar que “el Sínodo de los Obispos es el punto de convergencia del dinamismo de escucha recíproca en el Espíritu Santo (…). No es solo un evento, sino un proceso que implica en sinergia al Pueblo de Dios, al Colegio episcopal y al Obispo de Roma, cada uno según su función”8, y en diversas fases (diocesana, nacional, continental, universal). El gran reto será, pues, el de crear una cultura del consenso eclesial, capaz de manifestarse en estilos, eventos y estructuras sinodales que den cauce a un nuevo modo eclesial de proceder para la Iglesia del tercer milenio

1 “Quando a primordio episcopatus mei statuerim, nihil sine consilio vestro, et sine consensu plebis, mea privatim, sententia gerere”. Jacques Paul Migne, Patrologiae Latina, Tomus 4 (S. Cypriani), 234. 
2 Francisco, Discurso en la Conmemoración del 50 Aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos http://www.vatican.va/content/francesco/en/speeches/2015/october/documents/papa-francesco_20151017_50-anniversario-sinodo.html 
3 Comisión Teológica Internacional, La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia (2 de marzo de 2018) n. 67: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_cti_20180302_sinodalita_sp.html De ahora en adelante lo citaremos: CTI, Sin. 
4 Alphonse Borras, “Sinodalità ecclesiale, processi partecipati e modalità decisionali”, Carlos María Galli – Antonio Spadaro (eds.), La riforma e le riforme nella Chiesa, Queriniana, Brescia 2016, 208. 
5 Carta de presentación del itinerario sinodal aprobado por el papa Francisco en la audiencia concedida al cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo de los Obispos, el 24 de abril de 2021. 
6 Emile-Joseph De Smedt, The priesthood of the faithful, Paulist Press, NY 1962, 89-90. 
7 Severino Dianich, Riforma della Chiesa e ordinamento canonico, EDB, Bologna 2018, 69-70. 
8 Cf. Alocución del cardenal Mario Grech al Santo Padre en el Consistorio para la creación de nuevos cardenales, el 28 de noviembre de 2020. 

Santa Teresa de Jesús

Por José Antonio Vázquez Mosquera

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Santa Teresa de Jesús

Santa Teresa es una de las grandes luces del camino místico dentro del cristianismo, murió en Alba de Tormes, el 4 de octubre de 1582, si bien, entró en vigor tras su muerte una ordenación del calendario nueva, que suprimió 10 días, y quedó fijada su muerte el día 15 de octubre que es cuando se celebra actualmente su “nacimiento” para el cielo. 

Podríamos recordar tres importantes enseñanzas de Teresa: 

– La sabiduría no es fruto del “mucho pensar” sino del “mucho amar”, es la relación de amistad con Dios la que produce la sabiduría. Es precisamente ésta la idea del evangelio que hoy se nos propone, no es el estudio de la Ley de donde nace el saber, sino de la relación de amor con Dios, de la relación de intimidad con Dios, como dice Jesús ( nadie conoce bien al Padre sino el hijo, el que experimenta el amor de Dios como Padre). 

– La persona de Jesús marca una diferencia cualitativa con toda otra revelación de Dios. El amor a la humanidad de Jesús, dirá Teresa, es esencial en el camino místico cristiano. Esta novedad de Jesús, supone el amor al ser humano, descubrir el amor gratuito de Dios por las personas y su deseo de llevarlas a desarrollar su dignidad en plenitud. Como dice este evangelio, para conocer realmente al Padre hay que conocer a Jesús, el rostro más pleno del Padre en la historia. 

– La oración ha de llevar a las obras de amor. Así decía a sus hermanas: “Para esto es la oración: de esto sirve este matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras, obras” (Moradas, séptima, IV, 6). El camino cristiano es una praxis más que una filosofía (si bien haya una filosofía implícita), no es el estudio de la Ley lo que lleva al amor efectivo (con obras) sino la oración (relación de intimidad con Dios por medio de Jesús). Así el yugo (la praxis cristiana) se hace ligero y llevadero, frente al modo “legalista” de vivir la espiritualidad, o al modo gnosticista (buscar experiencias alteradas), así la contemplación nos humaniza y no nos lleva al narcisismo individualista o al triunfalismo institucional. 

La España rural

“El buen vivir” del mundo rural y la ecología integral 

Recientemente se ha celebrado un seminario desde la Conferencia Episcopal: “La España rural, un reto para la evangelización y el cuidado de la creación” 

“Es un signo más de respuesta a la llamada a conversión que la Iglesia está haciendo a las comunidades diocesanas de todo el mundo” 

“El Seminario enlaza perfectamente con el deseo de una ecología integral y el horizonte de una fraternidad universal, abanderados por las encíclicas ‘Laudato si’ y ‘Fratelli Tutti'” 

“Es este espíritu de conversión el que nos mueve a retomar y reconsiderar la realidad de la evangelización en el mundo rural, y la mirada a la espiritualidad que vive y permanece en ella, aunque a veces haya estado olvidada” 

“Comparto parte del texto de una intervención mía sobre la espiritualidad rural y la ecología integral” 

Por José Moreno Losada 

Buen vivir para todo el mundo 

En la ecología integral que transversaliza ‘Laudato si’ y que converge con el deseo de ‘Fratelli tutti’ se habla de la calidad de vida y de lo que puede aportar el evangelio de la creación y de lo humano a esa calidad. Se trata de buscar alternativas de vida que nos enseñen a vivir bien. El mundo rural tiene claves de buen vivir en el quehacer de lo cotidiano que pueden ser referenciales a los males de este mundo y la sociedad en que vivimos. 

El Medio Rural como un espacio de relaciones donde los ciudadanos son protagonistas de su identidad. Este espacio rural ha ido generando históricamente un modelo de vivir: con la gente que lo habita y lo ha habitado, con la riqueza de sus relaciones y con la tierra que ha determinado un estilo de ser. La vivienda familiar o los espacios comunitarios rurales, sus formas de organización se han adaptado y han generado un estilo propio de vivir. Sus experiencias colectivas y costumbres vecinales se han llenado de gestos solidarios y trabajos por lo común. 

La escuela ha sido fuente de saberes para la población y la sabiduría de los más mayores aparece como el corazón de la cultura propiarural. Las relaciones de identidad entre las gentes y la tierra han sido generadoras de valores que no podemos ni siquiera sospechar por su fuerza. Las relaciones con el cuidado de los espacios rurales han sido imprescindibles para hacer posible un medio ambiente saludable y sano. Las relaciones entre las gentes y la salud han sido el barómetro y termómetro que han expresado la satisfacción y la felicidad que cada ser humano ha encontrado en su relación con los animales, con la tierra y con otros seres humanos. Las relaciones con el paisaje, el barro o la madera, la piedra o el hierro han hecho que lo más espiritual del ser humano se haya expresado a través de la artesanía, siempre como signos de identidad propios. 

Y en medio de ese saber vivir, “Buen vivir”, ha habido una espiritualidad de la vida, del sentido, de la comunión con lo natural, lo humano y lo divino. El vivir de la comunión, muchas veces simbolizado en lo sagrado como vínculo profundo con la natural y lo humano, lo afectivo, lo alegre y el dolor del pueblo y sus gentes. Así ha sido la fe del pueblo, sus creencias, muy tamizadas por lo vivido. En este sentido hemos de situarnos en la clave que el Papa Francisco subrayaba con respecto a la Amazonia. 

Hay un modo de vivir, una espiritualidad del vivir que permanece en lo más sencillos y aparentemente insignificantes, que reclaman nuestra conversión para que nosotros mismos podamos tener más vida y más luz en nuestro caminar diario. Hay una manera de vivir, una espiritualidad rural, que es una libertad, un camino de liberación. ¿Dónde está el secreto? ¿Cuáles serían las claves para encontrar ese camino y no confundirlo? Pues aprender a profundizar, a leer en creyente, el vivir cotidiano del mundo rural, donde son determinantes las cuatro facetas que trataré de resumir seguidamente 

Ser “de Nazaret, hijo de José y de María”, tener parientes… 

En el medio rural la persona tiene el gozo de pertenecer, de ser alguien con referencias básicas de identidad y valor. Hoy hace falta la espiritualidad del reconocimiento, la construcción de un yo en un ámbito conocido y verdadero que me ayude a reconocerme y aceptarme en lo que soy. No por lo que tengo, sino por el tronco en el que nazco y que me alimenta en una personalidad reconocida. 

“Eligió a los que quiso para que estuvieran con Él” 

El sentido de pertenencia y de identidad es clave para romper con la dinámica del individualismo y entrar en el sentido de lo comunitario. El mundo rural es consciente de la necesidad de la comunidad, de la vivencia de lo humano, frente a la individualidad. Somos en el quehacer de lo común; no hay fiesta, cosecha, comida, consuelo, baile, sanación, nacimiento, duelo…sino es en la vitalidad de lo común construido entre todos. En individualidad cerrada, la vida y la muerte se deshumanizan. 

“Nos enriqueció con su pobreza” 

La libertad de lo necesario se enfrenta a la esclavitud de la abundancia. La casa, el campo, el comercio, los animales, … el trabajo, se entiende en un mundo de relaciones. Las necesidades cubiertas, los deseos compartidos y los caprichos para las fiestas y el gozo, sin que nos aten ni nos separen. El mundo de lo rural ha sabido vivir en lo austero felicitante. Es mucha más riqueza tener con quien compartir que tener mucho para uno mismo. El tener se explica en el orden del ser. La invitación bíblica a la sobriedad es muy propia de lo rural. La máxima de saber ser austeros sin racanería, es un ejercicio de libertad. 

“Señores del Sábado” 

Frente a la usurpación del tiempo por parte del mercado, los habitantes de lo rural aún son “señores del tiempo”. La distribución descanso ocio es mayor que en lo urbano. Guardar y respetar los tiempos, los momentos, sabiendo cultivar tanto lo material, como lo cultural, social y lo espiritual es de verdadera espiritualidad y sabiduría integral. Los calendarios de lo rural en comunión con los ciclos de la naturaleza, de la vida, las estaciones, el clima, la agricultura… hace más humana la vida y responde más a las necesidades tanto del cuerpo como del alma. Hemos de recuperar los calendarios de lo humano frente a los horarios del mercado y la producción sin límite. 

La sinodalidad

La sinodalidad implica “ser Iglesia de otra manera” Rufo González

Comunión y sinodalidad son aceptadas por todos como paradigma de vida eclesial
Buen consejo, especialmente para los clérigos (obispos, presbíteros y diáconos): “o nos tomamos la sinodalidad en serio y aprendemos a ser Iglesia de otra manera o seremos responsables ante generaciones futuras -y ante nuestra propia conciencia cada día- de no haber sido capaces de cambiar el punto de referencia en la Iglesia y ayudarla a descentrarse de sí misma, para poner en su centro a Dios y su Palabra.

Lo que acabaría automáticamente con todas las formas de periferia y clericalismo” (entrevista de Aníbal Pastor a la teóloga española Cristina Inogés Sanz, integrante de la Comisión Metodológica del próximo Sínodo. Kairós News 09.08.2021).

Hay que cambiar el punto de referencia de la Iglesia, descentrándola del poder (el Código de Derecho Canónico) y centrándola en el Evangelio de Jesús. Es tesis común de teólogos y pastoralistas desde hace años. Es la convicción firme de José María Castillo, patente en su libro “Evangelio marginado”. Si la Palabra de Dios es su Hijo, Jesús de Nazaret, en el Evangelio está la referencia básica del camino y organización de “la Iglesia que Jesús quería”. Como escribió Juan de la Cruz, Dios siempre nos está diciendo: “si te tengo ya habladas todas las cosas en mi palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso?; pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo dicho todo y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas” (Subida del monte Carmelo, L. 2º, cap. 22, 5).

Cambiar el “punto de referencia, el centro” es cambiar el paradigma. Palabra que tiene como sinónimos: modelo, ejemplo o ejemplar, prototipo, arquetipo, canon, ideal. Nuestra Real Academia de la Lengua define paradigma como: “Teoría o conjunto de teorías cuyo núcleo central se acepta sin cuestionar y que suministra la base y modelo para resolver problemas y avanzar en el conocimiento”. Se sigue que lo importante del paradigma es el “núcleo central”. Si queremos analizar el paradigma de la Iglesia hay que delimitar bien su centro, las cualidades indispensables de “la Iglesia que Jesús quería”. ¿Podemos encontrar un “núcleo central, aceptado sin cuestionar” por todas las iglesias cristianas?

El problema grave es que el “núcleo central” de la Iglesia ha ido variando a través de los siglos. En el paradigma inicial, reflejado en el Nuevo Testamento, la Iglesia era la comunidad de los discípulos de Jesús. Todos eran llamados a discernir y decidir comunitariamente la voluntad del Cristo resucitado, partiendo de su Evangelio y vida. Toda la comunidad se creía iluminada y guiada por el Espíritu Santo. Aparece claro en la elección de los diáconos (He 6,1-6) y en la cuestión sobre las exigencias a los paganos que aceptaban el Evangelio, resueltas en el llamado “concilio de Jerusalén” (He 15; Gál 2, 1-10). Toda la comunidad cristiana, todos los bautizados, son actores con diversos roles según sus carismas y funciones. Un problema importante es puesto ante todos y escuchado por “toda la multitud” (He 15,12: πᾶν τὸ πλῆϑος). “Los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron…” (He 15,22: σὺν ὅλῃ τῇ ἐκκλησία).

Todos se involucran en la decisión final: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros” (He 15,28). Lo mismo ocurre en la comunidad de Antioquía, que recibe la carta, la lee y se alegra de la alentadora decisión (He 15, 30-31). Todos observan la realidad. Ven la acción de Dios, acorde con la bondad de Jesús, en los frutos buenos. Discuten y escuchan los impulsos del Espíritu. El consenso se va haciendo presente en el Cuerpo de Cristo como proveniente del mismo Espíritu. En la Iglesia todos tienen idéntica dignidad por el bautismo (Gál 3,28; 1Cor 12,13), y todos deben cooperar en la misión de Jesús de acuerdo con “la gracia dada según la medida del don de Cristo” (Ef 4,7).

Comparto la opinión de X. Pikaza sobre el llamado “concilio de Jerusalén”:

“Este acuerdo fija el estilo de la organización cristiana. Por la declaración final (“nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros”), sabemos que Dios (Espíritu Santo) se expresa en el diálogo y decisión de los creyentes (nosotros). La iglesia es una asamblea teologal: los hermanos se juntan, y dialogan los problemas a la luz del mensaje de Jesús, de manera que pueden afirmar y afirman que les asiste el Espíritu Santo. Es una asamblea participativa: Dios habla en el diálogo fraterno. Éste es el modelo cristiano de gobierno, en una iglesia que empieza a tener ya problemas. Ella no puede resolverlos mágicamente, ni apelar a una instancia exterior (oráculo de Dios, revelación privada o decisión particular de un dignatario).

Los hermanos deben reunirse y dialogar: sólo allí donde comparten la palabra, conforme al Evangelio y para bien de todos, se revela el Espíritu. Lucas ha desarrollado este acuerdo de Jerusalén como ejemplo de autoridad, expresando para siempre el sentido de la comunión eclesial. Éste es el primero y quizá el más importante de todos los “concilios”, pues no define un dogma especial, sino la base y comunión dialogal de la iglesia. Tras el concilio de Nicea (325 d. C.), las decisiones las tomarán sólo los obispos, cosa, en cierto modo, lógica, por los cambios de estructura eclesial. Pero al principio era distinto: no se reunieron obispos, sino apóstoles y presbíteros (paradójica mezcla), con delegados de las comunidades (Antioquía) y el conjunto de la iglesia (muchedumbre de Jerusalén)” (Blog de RD. 07.09.2008).

“Lo que afecta a todos debe ser tratado y decidido por todos”. Era un principio tradicional en la Iglesia en el primer milenio. En la comunidad hay tareas distintas, pero todos son responsables del todo unitario. Este era el sentido de las reuniones eclesiales, llamadas “sínodos” (“camino con”), porque en ellas se elegía un “camino conjunto” para encontrar una solución conjunta. Los sínodos se hacían a todos los niveles: comunidades pequeñas (ermitaños, monjes…), parroquias, diócesis, región, nación, universal. Es en el siglo XIII (conc. Lateranense IV, 1215) cuando se reduce la participación a obispos y superiores de Órdenes. En Trento (1545-1563) se hace exclusivo de los obispos. Ya había cambiado el paradigma esencial de la Iglesia: de la comunión en el ser, sentir, creer… y en el actuar, caminar… (koinonía y sinodalidad) se había pasado a la separación entre jerarquía y pueblo, clérigos y laicos. Se había roto la comunión y la sinodalidad. Esta ruptura se inició en los siglos III y IV. Hoy, tras el Vaticano II, nadie duda de la ruptura y de la necesidad de volver a las fuentes.

El Vaticano II recobra el paradigma original de la Iglesia, Pueblo de Dios. “El Espíritu Santo con diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia, a la que guía hacia toda verdad y unifica en comunión y ministerio” (LG 4). Sabemos que con el “sentido de la fe”, suscitado y sostenido por el Espíritu de la verdad, el Pueblo de Dios “se adhiere indefectiblemente a la fe dada de una vez para siempre a los santos (Jud 3); penetra profundamente con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente en la vida” (LG 12). Solicitar al Espíritu que ilumine el camino, fiarse de las personas, pedir y recibir con gusto propuestas que estén conformes con el Evangelio y respetarlas…, aunque no coincidan con nuestra opinión, no está reñido con nuestra Revelación ni con el Magisterio que conserva y actualiza la Revelación. Al revés, es un acto de confianza, de fe en los sencillos a los que el Padre se revela, según lo vivenciaba Jesús mismo (Lc 10, 21). Comunión y sinodalidad son principios aceptados hoy por todos como paradigma de vida eclesial.

EL ‘CASO NOVELL’ Y LOS OBISPOS QUE LA IGLESIA NECESITA

 

Leo en la prensa ya hace días la renuncia reciente del obispo de Solsona. Sin tardanza alguna, empiezan a aparecen conjeturas sobre cual habrá sido la causa de que una persona de 52 años que fue nombrado a los 41, el obispo más joven de España, con una prometedora carrera eclesiástica, haya presentado su renuncia. 

¿Será enfermedad? Pronto parece descartarse. De algún lado se presumen presiones de la propia CEE por su nacionalismo catalán exacerbado. De otros, coerciones de los colectivos LGTBIQ por su homofobia manifiesta, que le lleva a organizar cursos de rehabilitación para personas gays. Hay quien también opina que la causa es que el obispo Omella y el Papa no le quieren por sus posiciones alejadas de Amoris Laetitia en lo que a cuestiones morales ligadas a la sexualidad se refiere. Muchos, con un conocimiento más próximo de la persona, dicen que tiene una personalidad inestable y que desde que le conocen ha manifestado importantes desequilibrios psicológicos. Y, ya, definitivamente, queda para todos su explicación, su propia palabra.  Dice que lo que le hace presentar su renuncia, es que “se ha enamorado de una mujer” y “que quiere hacer las cosas bien”. 

Revuelo generalizado. Ahora gran parte de las miradas cambian de objetivo y se dirigen hacia la ley de celibato obligatorio para los presbíteros. Quieren encontrar aquí causas de esta dimisión,  hacer reflexiones o sacar conclusiones en torno al debate sobre el celibato, a favor o en contra de la elección libre de estado de vida. Hay quien le da por endemoniado. La verdad, carezco de experiencia para juzgar sobre ese tema. Pienso que lo que están haciendo muchos otros obispos a los que ahora recuerdo, en sus diócesis (aunque no se hayan unido a una mujer) no parece obra de Dios y si sucumbir a distintas tentaciones, pero ya lo de la posesión satánica me queda un poco grande. Me abstengo de opinar. 

Para nada juzgo a la persona ni sus motivaciones personales de renunciar al ministerio episcopal. No lo haría ni siquiera si la conociera, cuanto más sin conocerlo. Y me parece absolutamente respetable con quien quiere cada cual unir su vida, así que lejos de mi opinar sobre su pareja. Pero si puedo analizar lo que he visto de su ministerio como obispo, que no es el único que cuestiono, por cierto. 

Cuando ha surgido este caso, que muchos abordan desde el morbo o desde un enfoque muy centrado en la sexualidad, para mí las reflexiones son otras y giran en torno al ministerio del obispo y a su misión: ¿Qué se les debería exigir a los obispos, mucho más allá de que sean célibes? Reflexionemos sobre su misión. 

Un obispo debe ser un hombre de hondas convicciones cristianas, una persona de oración e interioridad, alguien que se sabe limitado y pecador, que a diario es transformado por la oración y que quiere dejarse guiar por el Espíritu, que nos hace libres. Para esto se necesita formar personas de profunda espiritualidad conectada a las realidades concretas. 

En la actualidad, un obispo en la Iglesia Católica es un pastor de comunidades, cada una dentro de sí diversa y diversas, también, plurales entre ellas. Por lo tanto debería de cumplir un papel de mediación, de ayudar a unir a las comunidades, más allá de sus legítimas diferencias. Independientemente de su opinión, también legítima y razonable, como ciudadano sobre algún tema, no debe ser un ideólogo que se posicione radicalmente a favor de unas tesis, marginando y confrontando a quienes piensan diferente. Para esto se necesita personas que saben tender puentes y poner la mirada en un punto más allá del conflicto, allí donde las diferencias pueden unirse en intereses comunes. Y que todos se sientan queridos y acogidos en sus diversidades. 

Un obispo debe cuidar y acoger a todos los presbíteros de su diócesis, independientemente de sus simpatías o antipatías y debe de cuidar del equilibrio emocional de todos ellos, acompañarles en sus crisis y felicitarles por sus esfuerzos pastorales, contribuyendo a su formación. Para esto se necesitan personas equilibradas emocionalmente, sin filias, ni fobias, que sean capaces de amar en profundidad y de no juzgar a las personas, sino ver las situaciones por las que atraviesan y procurar ayudarles en lo posible. 

Un obispo no puede tolerar en su diócesis, si los conoce, casos de corrupción ni de abuso de cualquier tipo, sea de tipo sexual, de poder o de conciencia. Evidentemente, mucho menos protagonizarlos él mismo. Por lo tanto, el obispo tiene que ser un ejemplo de desapego de las riquezas y de los poderes mundanos, de renuncia a cualquier tipo de privilegios y ser una persona humilde que sabe relacionarse con las personas más sencillas, sin dejar por eso de ser profundo. Alguien que sabe comunicar con todos, porque sabe escuchar en profundidad, e incluso es evangelizado por los sencillos y desprovistos de poder. 

Un obispo católico postconciliar tiene que estar hoy en el seguimiento el Evangelio, del desarrollo del Vaticano II y en la línea de las últimas encíclicas del papa Francisco: Fratelli Tutti, Amoris Laetitia, Laudato Si… Por lo tanto, debe ser alguien profundamente convencido y poseído por la Misericordia, por el amor fraterno y sororal, alguien que valore profundamente a cualquier ser humano, independientemente de su género, orientación sexual, situación social o procedencia geográfica, étnica y religiosa. Es preciso que esté firmemente comprometido con la Paz, la Justicia y el cuidado de todo lo Creado, poniendo la vida a su servicio. Y nunca debe descuidar su formación continua. Formación y oración se complementan. 

Un obispo hoy tiene que llevar la sinodalidad en la entraña, tiene que saber que todos y todas hemos de caminar juntos, pensando, orando y decidiendo  y que el Espíritu sopla sobre todo el Pueblo de Dios, independientemente de su sexo, ministerio o función en la Iglesia. Y, al mismo tiempo valorar y comprometerse con el diálogo entre los cristianos como mandato de Cristo, e interreligioso como único camino posible hacia la Paz. 

Sin idealismos: obispos, presbíteros o laicos, nadie podemos cumplir al cien por cien, porque somos pecadores, pero todos podemos cada día buscar la conversión y tender hacia lo que se nos pide como cristianos en nuestros ministerios, tratando de hacer el mayor bien posible. 

Y en un lugar secundario, fruto de una ley medieval, hoy por hoy, en la Iglesia Católica Romana, un obispo tiene que ser célibe. Esto podría cambiar en un futuro, como ocurre en otra Iglesias cristianas. Los puntos anteriores, no. Y sea célibe o casado (como en otras confesiones cristianas sucede, sin consecuencias terribles)  lo que si tendrá es que tener su afectividad bien resuelta y una personalidad equilibrada para poder cumplir su misión con dignidad y respeto a sí mismo y a los demás. Ni más ni menos debería ocurrir con los presbíteros en sus respectivas comunidades, a pequeña escala. Porque de estos presbíteros, además, saldrán los futuros obispos. 

Si coincidimos en esa definición de su misión, que aún se podría completar, deberíamos estar muy preocupados por la cantidad de obispos actuales en la Iglesia (incluido el que ha renunciado recientemente) que se alejan de los principales requisitos para la misma.  Y una preocupación grande a nivel eclesial sería la de cómo hacer para que esto cambie en el futuro, porque la situación actual a nivel sistémico, con buenas y abundantes excepciones en las personas concretas, es fruto de una desviación de siglos en la Iglesia que la aleja del Evangelio y debe cambiar. 

Sin embargo, lo que atrae ahora la mayoría de las miradas y hace olvidar a muchos lo realmente importante, es que el obispo Novell haya decidido casarse. Y se remueve –creo que desacertadamente-  el tema del celibato. Desde mi punto de vista, en el caso del obispo dimisionario de Solsona no viene a cuento hablar del celibato opcional o de si podría haber en un futuro obispos casados. 

Una de las razones es la siguiente: dentro de los presbíteros que en un momento se casan  hay que distinguir entre aquellos que o bien por dudas de fe, o bien porque ya no ven sentido a su ministerio solicitan la dispensa y pasar al estado laical, o incluso se alejan totalmente de la Iglesia; y aquellos otros que desearían continuar en su ministerio,  apoyados por sus comunidades y, por la disciplina actual de la Iglesia, se ven obligados a abandonarlo. Novell, sin duda, pertenece al primer grupo. Por lo tanto, no nos lleva desde su caso a un debate sobre el celibato opcional dentro del ministerio ordenado. Por el mismo motivo tampoco entra su caso en la reflexión sobre dos tipos de presbiterado, célibe y no célibe, cada vez más reflexionado y considerado en la Iglesia. 

Algunos, ya se está viendo, querrán atribuir desequilibrios emocionales a este ex obispo por causa del celibato obligatorio; otros verán la oportunidad de condenar para siempre el que haya presbíteros casados (porque a ver con quien se unen y cómo afecta eso a la comunidades y a la Iglesia en su conjunto). Pienso que debemos alejarnos de ambas posiciones ideológicas cerradas. No me cabe duda, por actuaciones públicas, del desequilibrio emocional y afectivo de Novell. Pero, ni creo que tenga que ver directamente con su celibato, ni ahora con su decisión de vivir con una mujer. Creo que es algo más complejo y de origen bastante anterior. Tal vez pueda superarlo en su nueva vida. Existen terapias muy eficaces, una vez que reconocemos nuestros problemas y pedimos ayuda. 

Creo  que si la selección y formación de los presbíteros fuera la adecuada, inserta en sus realidades, cuidando su equilibrio psicológico, con una visión positiva de la sexualidad;  si se practicara la sinodalidad en la Iglesia y se enseñara a comunicar escuchando, respetando como iguales en Cristo al laicado y a las mujeres, si se cultivara una espiritualidad profunda vinculada a los consejos evangélicos (ninguno de los cuales es el celibato) sino que son la pobreza, la castidad y la obediencia; si los presbíteros fueran mediadores, signo de unidad y comunión profunda en sus comunidades (especialmente en contextos de controversias que quiebran la convivencia)  y fueran también ejemplo de libertad evangélica, que no quiere para sí honores, poder mundano o privilegios, un tema de segunda línea sería si pueden  casarse o no. O mejor, aún, si pueden coexistir dos formas presbiterales, unos célibes por vocación no ligada al poder y otros casados, insertos y queridos por sus comunidades, con mujeres que aceptan, respetan y pueden integrar en su vida de pareja  amorosamente su ministerio. 

No, desde mi punto de vista la decisión del obispo Novell, ni es un alegato a favor del celibato opcional, ni una argumentación en pro del celibato obligatorio. Es la consecuencia lógica y deseable de una trayectoria ministerial que nunca debió ser. Dicho esto con todos los respetos y amorosos deseos hacia su persona y hacia su futuro, puesta la confianza en el Dios Padre y Madre de todos nosotros. Y ojalá algunos otros obispos en todo el mundo, haciendo examen de conciencia, siguieran su camino (no necesariamente de vincularse a una mujer) sino de convertirse al Espíritu, o- con humildad- renunciar, sencillamente porque – tal como funcionan ahora- no son los obispos que una Iglesia sinodal, renovada a la luz del Espíritu, necesita. 

Y mirando hacia el futuro, el auténtico cambio,  la renovación necesaria, tiene que empezar en la selección, formación continua de los presbíteros y acompañamiento psicológico, con una visión positiva y respetuosa de la sexualidad;  y en el  acompañamiento y formación continua de las comunidades cristianas a cuyo servicio están, para hacer de verdad comunidades vivas y corresponsables que saben caminar juntos en el espíritu del Evangelio y no toleran ningún tipo de abusos. 

Emilia Robles 

Manifiesto de las CEBs de la Región de Murcia

Las Comunidades Cristianas de Base de la región de Murcia hemos celebrado unas jornadas de reflexión sobre “Espiritualidad y liberación socio-económica y política”, tras las cuales queremos expresar  y compartir el siguiente MANIFIESTO: 

*Nos sentimos llamados a vivir la espiritualidad como una dimensión humana desde la profundidad del ser, como aliento, desde el centro de la vida y en relación con todo lo que existe. Que nos aporte un nuevo talante abierto, fraterno y solidario con el que afrontar todo lo real que nos acontece. 

*Somos conscientes de las situaciones de injusticia, pobreza y desigualdad que se dan en la humanidad como consecuencia de un sistema económico neoliberal que da lugar a una sociedad fragmentada, desigual, materialista y competitiva. Analizamos la realidad discerniendo críticamente toda información que ayude a construir una sociedad más justa. Porque nos conmueve y nos indigna el dolor y el sufrimiento injusto y evitable de tantos hermanos nuestros (Afganistán, Haití, Ceuta, inmigrantes ahogados….) denunciamos activamente esas realidades. 

*Queremos comprometernos con opciones políticas liberadoras que pongan en el centro el cuidado de la vida de todo lo que existe; en igualdad y en armonía de todos los ámbitos. Hacemos nuestra la invitación del papa Francisco a promover la “amistad social”, que se recoge en la  encíclica Fratelli Tutti, como una nueva exigencia. 

*Buscamos despertar la conciencia para caminar hacia un mundo más humano, generando vínculos y alianzas. Creemos que son necesarios cambios que vayan a la raíz de los hechos y situaciones. Reducir nuestros niveles de consumo y deconstruir algunas de nuestras convicciones caducas y erróneas. 

*Necesitamos una gobernanza mundial basada en el bien común, la igualdad, la educación en el respeto y el diálogo, la ciencia, la sabiduría, la moderación y la paz En definitiva somos relación amorosa, y desde ahí hemos de construir vida y relaciones humanas. 

*Nos preocupa el nivel de deterioro del planeta que se manifiesta en el cambio climático, pérdida de biodiversidad, desertificación, escasez de agua…. Lo que puede ocasionar destrucción e impedir la vida de todos los seres. Su defensa y recuperación ha de ser una tarea prioritaria. 

*Sabemos que nada de esto es fácil, pero estamos convencidos de que la sanación del género humano es posible; hay que dejar emerger las potencialidades y ver las crisis como oportunidad para el cambio. 

*Ponemos en valor lo sencillo, lo pequeño, lo cercano, la práctica del bien ejercido en nuestro entorno, la realización de actividades que desde la modestia y de acuerdo con nuestras posibilidades, puedan mejorar la vida y ser germen de otras actuaciones. 

*Tenemos como referente en nuestro caminar a Jesús de Nazaret. Su seguimiento es lo que nos mueve; su experiencia de vida. Supo tomar conciencia de la realidad en que vivió denunciando y reivindicando la justicia. Así mismo nos marcó el camino de la felicidad a través de las bienaventuranzas. También nos sirve de estímulo el testimonio de muchas personas que dedican su vida a mejorar la vida de los demás. 

*Optamos por defender y mantener una esperanza auténtica, activa, comprometida. Por seguir con ilusión trabajando por un mundo mejor y posible. 

Murcia, agosto de 2021 

Francisco es totalmente sinodal

Francisco, químicamente Sinodal, y no va por libre… 

El Papa, con miembros del Movimiento Laudato Si 

Me gustaría subrayar la insistencia machacona del Papa en que todas las iniciativas que se han ido tomando a lo largo de sus años de Pontificado responden a la voluntad expresada por los cardenales en el Pre-Conclave 

El Papa escucha a los Cardenales. A todos. Y que toma buena nota de sus posiciones 

02.09.2021 José Luis Ferrando 

En la interesante entrevista para la Cope de Carlos Herrera al Papa Francisco salieron muchos temas relevantes. Tendremos tiempo de analizarla de manera pormenorizada, ya que  no es solamente un hito, sino una fuente de conocimiento del Papa Francisco desde esa espontaneidad del medio radiofónico. 

Me gustaría subrayar la insistencia machacona del Papa en que todas las iniciativas que se han ido tomando a lo largo de sus años de Pontificado responden a la voluntad expresada por los cardenales en el Pre-Conclave. Literalmente el Papa dice que fue tomando notas, pero que luego pidió las Actas para que las cosas estuvieran más claras.  Incluso, a su manera, deja más claro, que sus decisiones no son originales, ni cosecha propia, sino que obedecen a lo expresado por los cardenales en ese tiempo previo al Cónclave. Por eso cabe la pregunta: ¿Qué nos está diciendo el Papa con estas afirmaciones? ¿Cómo refleja su personalidad? 

Nos está diciendo que el Papa escucha a los Cardenales. A todos. Y que toma buena nota de sus posiciones. Asume el pluralismo eclesial, pero busca desde el discernimiento los mejores caminos para la Iglesia. Los temas que, sin duda, percibe que están maduros los lleva a delante, y el resto espera que poco a poco se abran caminos para ellos más adelante.  

También, nos dice Francisco, que no toca de oído, por el contrario escucha en profundidad desde la mirada global, que de manera privilegiada, tiene el Papa por su posición. De ahí que el discernimiento puede ser muchas veces complicado. Explica sus procesos de conversión a determinados temas, y no tiene inconveniente en citar entrevistas personales con Merkel o Segolene Royal en esta línea. 

Por ejemplo cuando habla de las cuestiones medioambientales empieza contando su experiencia en 2007 en Aparecida, escuchando el clamor por las tierras y la Amazonía de los obispos brasileños, y como fue informándose de estos temas hasta llegar a la encíclica de la “Lauda to si”. Lo procesual es para Francisco una forma de ser y vivir, por eso habla de también del próximo  Documento de la Reforma de la Curia que se está cociendo a fuego lento, aunque ya todo está ahí… 

En una palabra, Francisco es químicamente Sinodal, no va por libre, sino que cuenta con todo y con todos desde la paciencia, respetando los procesos, sin intervencionismos innecesarios. Esa es la impresión que da en la entrevista.  Insiste en que no hay originalidad en sus planteamientos, sino que son la expresión de la Iglesia Universal por medio de los cardenales. Pero sí hay una originalidad en su estilo y en las formas, y en el modo de llevarlas a cabo. y eso define la riqueza de su personalidad 

Una gran lección para muchos pastores que deberían, como solíamos decir en las reuniones, tener orejas grandes para escuchar y boca pequeña para habla