Francisco: «La compasión es una fuerza poderosa»

Libro 'El tejido del mundo', de andrea Monda, con el epílogo del papa Francisco
Libro ‘El tejido del mundo’, de andrea Monda, con el epílogo del papa Francisco

Publicamos el epílogo del Papa Francisco al libro ‘El tejido del mundo’, un diálogo a varias voces sobre la narración como camino de salvación, publicado por Lev y Salani

Editado por Andrea Monda, el volumen, ya en las librerías, reúne las voces de grandes protagonistas de la cultura

El texto inédito del Papa es publicado íntegramente hoy por los diarios Avvenire y Domani, así como por los medios de comunicación del Vaticano

Este libro con sus 44 textos fue compuesto en tiempos de pandemia y se siente la importancia, la urgencia de volver a la actividad más antigua y más humana: el arte de contar historias, es decir, de construir puentes que puedan «conectar los vivos a los muertos» para guiarnos

Por | Papa Francisco

(Vatican News).- «Las historias que contamos y re-contamos y que transmitimos los unos a los otros son tiendas bajo las cuales reunirse, estandartes para seguir en la batalla, cuerdas indestructibles para conectar a los vivos y los muertos, y el entretejido de estas vastas tramas a través de los siglos y las culturas nos une con fuerza unos a otros y a la historia, guiándonos a través de las generaciones».

Así escribe Donna Tartt después de haber leído este volumen que recoge las reflexiones de 44 escritores, artistas, teólogos y periodistas sobre el tema del relato. La novelista estadounidense capta con agudeza uno de los puntos en los que convergen muchos de los autores de este libro: el relato como “tejido”, hecho de “cuerdas indestructibles” que conecta todo y a todos, presente y pasado, y permite abrirse hacia al futuro con sentimientos de confianza y de esperanza. Este aspecto del textum (en latín para indicar tejido, de donde procede el español texto) estuvo en el centro de mi Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones del año 2020 que fue como la chispa que generó todas las demás reflexiones aquí recogidas. De hecho, desde febrero a octubre de 2020, en las páginas de L’Osservatore Romano, fueron publicados estos textos “provocados” por la lectura de mi Mensaje. Luego se me pidió que agregara una conclusión final para terminar esta rica y hermosa serie que ya había leído con gran placer a medida que se desarrollaba a lo largo de los meses. Por lo tanto, acepté con gusto, siempre que no se considere “final” un poco porque, como dice Frodo, el protagonista de El Señor de los Anillos de Tolkien, «los relatos nunca terminan» y luego porque un aspecto muy hermoso de este libro es precisamente el sentido de apertura, de circularidad, de diálogo.

Antes de volver al tema del “contenido”, me gustaría detenerme brevemente en el “método” de este volumen: al principio hay un mensaje que se lanza; este mensaje se comparte y se ofrece a la atención de algunas personas que se dejan cuestionar y enriquecen ese mensaje con su aportación; el autor del mensaje lee todas estas contribuciones y relanza una nueva reflexión más rica que la inicial gracias a la aportación de todos; finalmente, el lector de este libro entrará en este diálogo y lo continuará en su vida diaria. Aquí están las “tiendas bajo las cuales reunirse” de las que habla Tartt, aquí está el entretejido que “nos une con fuerza” incluso a través de las generaciones.

Todo esto dice mucho. Y dice en particular que en las historias lo que cuenta obviamente es el decir, pero quizás aún más escuchar. Este libro es el resumen de un diálogo que no termina en la última página y, como diálogo, tiene su corazón en la escucha. También silencioso. En estas páginas sobre el relato se siente con fuerza la presencia del silencio. Desde este punto de vista es importante que también haya un ensayo, me refiero al texto “Tú hablas también cuando cayas” de Massimo Grilli, dedicado directamente al silencio. Casi un contrapunto, un contraste, tan esencial como el tema principal interpretado por el resto de la orquesta. Palabra y silencio, juntos.

Y aquí quiero volver a los aspectos de contenido para destacar, entre los muchos posibles (la colección es preciosa precisamente por la libertad y variedad de enfoques y puntos de vista), tres temas que me parecen los más recurrentes: el primero ya lo he subrayado, el contar historias como “tejer”; el segundo se esconde dentro de la referencia al silencio, y es el tema del “misterio”, el tercero es el tema de la “compasión”.

Relato

Sobre el primero, como ya he dicho, el tejer, es quizás el aspecto en el que se centran la mayoría de los autores, algunos enfatizando el papel de la mujer, como por ejemplo Marcelo Figueroa, otros destacando la “ductilidad” del tejido de historias «capaces de acoger en sí situaciones siempre nuevas y destinatarios siempre nuevos» (J.P.Sonnet), mientras que otros como Antonella Lumini se detienen en la consistencia “magmática” de las historias que sin embargo “existen”, tienen una “capacidad” y una tendencia, «como las aguas en el nacimiento de un río que luego desemboca en el mar».

El tema del misterio, declinado como sentido del límite pero también como “magia” que interviene en el momento de la inspiración poética, está presente desde el primer texto, el del arquitecto Renzo Piano para quien «los seres humanos estamos todos unidos por esta conciencia de un misterio que nos sobrevuela, nos supera. Esto también tiene que ver con la poesía». «Lo que no sé, lo sé cantar» recita una canción del cantautor romano Francesco De Gregori entrevistado en la recopilación, y los artistas, añade Judith Thurman, con profunda intuición, «deben escribir no tanto sobre lo que saben, sino sobre lo que no sabían que sabían hasta que lo rescataron de la oscuridad».

El sentido del misterio abre a lo trascendente, hacia una dimensión inconfundiblemente espiritual, religiosa. Donna Tartt observa que «quizás, más propiamente, las historias son tela para velas que izamos para capturar un soplo de lo divino. Los pensamientos de otras personas adquieren una vida extraña en nosotros, y por eso la literatura es el arte más espiritual de todos y ciertamente el más transformador. Como ninguna otra forma de comunicar, una historia puede cambiar nuestra forma de pensar, en el bien o en el mal […] las culturas antiguas y modernas siempre han considerado que las historias son mágicas, – y peligrosas – por una razón: porque se puede escuchar una historia y, al final, ser una persona totalmente diferente».

Compasión

Y esto lleva al tercer aspecto, la compasión, también presente en varios textos recogidos en el volumen. En particular, la escritora Marylinne Robinson, recordando las historias y las canciones que le leía su madre, reflexiona sobre la compasión que en su sentido más amplio es según ella «en la vida del alma, el equivalente humano de la gracia divina» y luego añade que: «la historia demuestra cuán importantes son las narraciones para las comunidades». La literatura, por tanto, está ligada a la compasión y esto conduce a la transformación que se produce en toda experiencia de escritura y lectura, y se produce de forma ambigua, ambivalente y, por tanto, arriesgada: el relato también puede desprender una fuerza negativa, manipuladora, destructiva.

La compasión, como repito a menudo en mis discursos, es una de las tres características del estilo de Dios, junto con la cercanía y la ternura. Se trata, pues, de una fuerza poderosa, y no puede reducirse sólo a un aspecto interior, íntimo, porque también posee una dimensión evidentemente pública, social, de manera que el relato se revela como una fuerza de la memoria, por tanto, custodia del pasado, pero también, precisamente por esto, levadura de transformación para el futuro. La compasión encuentra el icono más representativo en la figura del Buen Samaritano narrada en el capítulo 10 del Evangelio de Lucas. Este hombre se compadece del hombre herido y le ofrece no sólo cuidados y curaciones sino con estos también otro relato de su vida que con su gesto ha “redimido de la oscuridad”. La compasión transforma la vida de los dos protagonistas, y esto vale para cada persona y para cada comunidad.

Esta dimensión si queremos “política” de la narración también está muy presente en los 44 textos del libro. Pienso en la reflexión de Alessandro Zaccuri que habla de Jesús como el “Mesías narrador”, aparentemente desarmado, pero en realidad dotado del arma poderosa del relato. Así como el novelista irlandés Collum McCann ve en la narración «uno de los medios más poderosos que tenemos para cambiar nuestro mundo. […] La narración es nuestra gran democracia. Es eso a lo que todos tenemos acceso. Contamos nuestras historias porque necesitamos ser escuchados. Y escuchamos historias porque necesitamos pertenecer. La narrativa traspasa fronteras. Cruza los confines. Rompe los estereotipos. Y nos da acceso al pleno florecimiento del corazón humano». A lo que alude McCann es a la conclusión a la que llega Daniel Mendelsohn cuando afirma que «La palabra es un puente […] a través del relato podemos reducir la distancia que nos separa y creo que esto es hoy más necesario que nunca».

Mendelsohn hace referencia al momento en que se escribieron estos textos, su contribución es de abril de 2020, e indica una referencia literaria precisa: el Decamerón de Boccaccio, ambientado en época de peste. También este libro con sus 44 textos fue compuesto en tiempos de pandemia y se siente la importancia, la urgencia de volver a la actividad más antigua y más humana: el arte de contar historias, es decir, de construir puentes que puedan «conectar los vivos a los muertos» para guiarnos, a través de los siglos y las generaciones, hacia un futuro para construir, tejer, juntos.

La dimensión dinámica de la sinodalidad

Mensaje con motivo de la Asamblea Plenaria de la CAL

Papa Francisco
Papa Francisco

Francisco, a la Iglesia latinoamericana: “Ocupar espacios es la tentación, abrir procesos es la actitud que permite la acción del Espíritu Santo»

En la sinodalidad “como niños pequeños damos pasos cortos y torpes”, ante lo que hace ver la necesidad de “una mayor conversión personal y pastoral”

“Cuando uno cree saberlo todo, el don no puede ser recibido”, un peligro para la sinodalidad

“Ocupar espacios es la tentación, abrir procesos es la actitud que permite la acción del Espíritu Santo”

«Sinodalidad es la dimensión dinámica, la dimensión histórica de la comunión eclesial fundada por la comunión trinitaria, que apreciando simultáneamente el sensus fidei de todo el santo pueblo fiel de Dios, la colegialidad apostólica y la unidad con el Sucesor de Pedro, debe animar la conversión y reforma de la Iglesia a todo nivel»

Por Luis Miguel Modino, corresponsal en Latinoamérica

Presidente y secretarios de la CAL

La Pontificia Comisión para América Latina está reunida en Asamblea Plenaria de 24 a 27 de mayo. A ellos se ha dirigido el Papa Francisco en un video mensaje, mostrando su alegría por este encuentro después “de la prolongada pausa que ha causado la pandemia”.

En sus palabras, el Santo Padre ha hecho ver su deseo de que se hubiesen reunido antes de la convocatoria del Sínodo sobre la sinodalidad en la Iglesia, para reflexionar sobre la experiencia de camino sinodal de la Iglesia latinoamericana y caribeña en el postconcilio.

Haciendo un repaso de la historia de las Conferencias Generales del Celam, recuerda que “comunión” y “participación”, fueron las categorías-clave en la Conferencia de Puebla, y que «conversión pastoral» fue relevante en Santo Domingo y Aparecida. Una experiencia de sinodalidad que está presente en la vida pastoral, destaca el Santo Padre, advirtiendo de la necesidad de “que seamos más conscientes de nuestros límites para así poder madurar y dar frutos evangélicos en este camino”.

Se trata de vivir lo que estaba presente en la primera Iglesia, advierte el Papa, para lo que “como niños pequeños damos pasos cortos y torpes”, ante lo que hace ver la necesidad de “una mayor conversión personal y pastoral”. En ese sentido, destacó la disposición de la Iglesia en América Latina y el Caribe, para “reaprender a caminar juntos al momento de enfrentar los desafíos o los problemas pastorales y sociales propios del cambio de época”.

Cardeal Oullet

El Papa ha dicho tener “alergia a los pensamientos ya completos y cerrados”, poniendo como ejemplo el inicio de la Teología de la Liberación, que calificó como “una ideologización de lo que es un camino telúrico latinoamericano”, un camino agarrado a la tierra. Desde ahí ha insistido en la recta interpretación de las enseñanzas del Concilio llevada a cabo por la Iglesia en América Latina y el Caribe, reaprendiendo a “caminar juntos al momento de enfrentar los problemas pastorales, los problemas sociales propios del cambio de época”.

En ese camino ha destacado la fuerza del Espíritu, advirtiendo que “cuando uno cree saberlo todo, el don no puede ser recibido”, lo que ve como un peligro para la sinodalidad. Reflexionando sobre las características de ese don, que busca la unidad y la comunión, que se hace presente a través de las mociones, y lleva a vivir en un servicio constante a los demás, algo que se contrapone al pensamiento cerrado, que domina, controla, ocupa espacios.

Por eso ha advertido que “ocupar espacios es la tentación, abrir procesos es la actitud que permite la acción del Espíritu Santo”. Un Espíritu que es actual, con diversidad de carismas, crea la armonía de todas las diferencias. Desde ahí ha definido la sinodalidad como “parte de una eclesiología pneumatológica, es decir, espiritual”. También como parte de una teología eucarística, e inclusive “el punto en el que converge misteriosa pero realmente la Trinidad en la historia”.

Toma de posesión Emilce Cuda

Desde ahí, el Papa ha advertido que “la sinodalidad no es una moda organizacional o un proyecto de reinvención humana del pueblo de Dios. Sinodalidad es la dimensión dinámica, la dimensión histórica de la comunión eclesial fundada por la comunión trinitaria, que apreciando simultáneamente el sensus fidei de todo el santo pueblo fiel de Dios, la colegialidad apostólica y la unidad con el Sucesor de Pedro, debe animar la conversión y reforma de la Iglesia a todo nivel”.

En referencia a la CAL la ha llamado “a ser un organismo de servicio que colabore a que todos en América Latina y el Caribe ingresemos en un estilo sinodal de ser Iglesia, en el que el Espíritu Santo, que también nos llama a través del Pueblo Santo de Dios, sea el protagonista, y no nosotros”, insistiendo en la CAL como servicio, como diakonía, que ayude en la mejor comprensión de la realidad social y eclesial, y acompañe al Celam, la CEAMA y la Pastoral Hispana de Canadá y Estados Unidos.

También ha llamado a la CAL a generar nuevas dinámicas, a desinstalar los usos y costumbres clericales, ante un clericalismo que ve como una perversión “quietista”, a promover la verdadera sinodalidad, que “nos debe conducir a vivir más intensamente la comunión eclesial”, que nace del Bautismo. Por ello advierte ante el protagonismo unipersonal y llama a “sembrar y animar procesos que permitan que el pueblo de Dios, que camina en la historia, pueda participar más y mejor en la común responsabilidad que todos tenemos de ser Iglesia«, insistiendo en que “todos somos pueblo de Dios

La vida y tarea misionera de la Iglesia

EL SIGNO PRIMORDIAL DE LA RESURRECCIÓN DE JESÚS ES LA MISMA VIDA Y TAREA MISIONERA DE LA IGLESIA, ABIERTA A TODOS LOS PUEBLOS DE LA TIERRA

– Jesús dice a sus discípulos que vayan a todas las naciones, para transmitirles su evangelio, para decirles que su cielo es la historia de los hombres. Jesús «va», está en el cielo estando con ellos.

– Jesús queda en la historia, para que todos los seres humanos se vuelvan discípulos (amigos, hermanos, compañeros) en forma de iglesia universal de caminantes. Esa misma iglesia concreta, empezando por unas mujeres y once varones, abierta a todos los pueblos del mundo, es signo y sacramento de la pascua y cielo universal de Cristo

El Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto. Después les hizo salir hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo (L4, 24, 46-52)

Por X, Pikaza

Cristo sube al cielo… (es decir, se hace presente de forma nueva en los hombres, a los que reviste el poder de lo alto…)

Al final de su trayecto, según Mt 28, 18-20, Jesús enviaba a sus discípulos al mundo entero, desde la montaña de Galilea, prometiéndoles que estaría presente con ellos hasta el fin de los tiempos. Lucas, en cambio, supone que Jesús se despidió de sus discípulos cerca de Jerusalén, precisamente en el Monte de los Olivos por donde, según la tradición de Zac 14, 4, debía volver el mismo Dios (o su Mesías) para instaurar el Reino sobre el mundo. Allí les prometió la presencia del Espíritu, mostrando así que él mismo vendrá de otra manera.

Conforme a su propia visión del tema, Lucas afirma que, después de haber estado con sus discípulos cuarenta días (cf. Hch 1, 1-11), Jesús fue a despedirse de ellos precisamente sobre el Monte de los Olivos, pero, antes de hacerlo y de subir al Cielo de Dios (=Ascensión), les pidió que volvieran a Jerusalén y esperaran allí un tiempo, hasta que fueran revestidos con el Poder de lo Alto (el Espíritu Santo), en el día de Pentecostés, para iniciar así, desde entonces, la misión universal de la Iglesia, hasta que llegara el Reino. Jesús se va (ya no le podemos ver, tocar y escuchar como antes), pero les ha dejado su Poder, es decir, su Espíritu Santo, que vendrá sobre ellos precisamente en Jerusalén (cf. Hch 2). Por eso les manda que esperen (esperemos) allí hasta recibirlo:

 ‒ Hasta que seáis revestidos de lo alto (eôs hou endysêsthe…) El Espíritu Santo aparecía en otros pasajes fundamentales del Nuevo Testamento como “unción”, es decir, como un aceite divino (crisma) que unge y fortalece a Jesús, que se llama precisamente por eso Cristo, Ungido, Masiah/Mesías). Según eso, el Espíritu ya no aparece como aceite, sino como vestido. Por eso dice Jesús a sus discípulos que queden en Jerusalén, hasta que reciban su nueva identidad es decir, hasta que sean “revestidos”, para salir después y dirigirse a todo el mundo.

Esta palabra, revestirse, se dice en griego endynô o endyô, cf.2 Tim 3,6; Mc 15,17 y en hebreo labash, y puede tener un sentido material, cuando se dice, por ejemplo, de Juan Bautista, que vestía un tejido de pelo de camello. Pero ella ha recibido pronto un sentido espiritual o simbólico, como allí donde Pablo ruega a los romanos que se revistan con las armas de la luz (Rom 13, 12) o de la inmortalidad (1 Cor 15, 53). Pues bien, Jesús dice a sus discípulos ahora que ellos serán revestidos con la dynamis o fuerza de lo alto.

El vestido no se entiende aquí ya como algo externo, una ropa material, sino como un valor o una virtud, en el sentido que toma de ordinario la palabra “hábito”, que no evoca ya un simple indumento, sino una forma de ser y/o de actuar (como en el caso de las virtudes, que son hábitos buenos). Este es el tema: Acabada su tarea, Jesús pide a sus discípulos que permanezcan en Jerusalén, que no comiencen su misión cristiana, hasta que Dios mismo les revista, les transforme.

 ‒ Con el poder del alto (dynamis). Esa palabra, que ha sido muy elaborada por el pensamiento griego, ha servido para traducir en la Biblia griega de los LXX varios nombres y símbolos hebreos, entre los que destacan hayil, que es poder-riqueza, gebura, que es potencia en su sentido más alto, en la línea del Dios que es el Gibbor por excelencia, tsaba, que es el poderío militar etc. En nuestro caso, la palabra que la traducción hebrea utiliza para evocar esa “dynamis” que recibirán los discípulos de Jesús, como un poder intenso, que les capacitará para vencer todos los peligros y para superar todas las adversidades.

Así concibe Lucas este poder que recibirán los discípulos de Jesús, en sentido personal (como un hábito del que se visten por dentro), de carácter milagroso. No se trata, pues, de una sabiduría meramente intelectual, de una capacidad discursiva para argumentar mejor y defenderse de los adversarios en un plano de razonamiento, sino de un poder de transformación humana, que se expresa en forma de dominio sobre los poderes satánicos y de capacidad de curación de los enfermos (cf. Lc 9,1). Los creyentes reciben, según eso, una nueva dimensión vital, vinculada con la experiencia de la resurrección de Jesús (1 Cor 15,56; Flp 3,10), y así aparecen como renacidos, dotados de la fuerza de Dios, como los ángeles, a los que se les llama precisamente dynameis, poderes. Entendido de esa forma, el cristianismo no surge como consecuencia de una renovación intelectual, en la línea de la argumentación y el razonamiento, sino más bien, como un poder más alto de transformación y curación, que se expresa en lo que normalmente se llaman milagros (cf. 1 Cor 2, 4).

 Esto significa que los seguidores de Jesús recibirán una autoridad superior que les sobre-viene, les marca, les define… Se han preparado para ello durante mucho tiempo, a lo largo de los dos o tres años en los que han estado con él; han superado la crisis de la muerte de Jesús, y a pesar de haberle abandonado por un tiempo, han vuelto a seguirle. Por eso, ahora deben terminar su preparación, quedando así en manos de Dios, para que les unja, les selle y les revista con su poder más alto, de manera que ellos sean ungidos, sellados, revestidos

Un tipo de cristianismo helenista, vinculado al conocimiento teórico, ha marginado este aspecto de revelación del poder de Dios en la vida humana. Ciertamente, una pretensión carismática simplista, muy difundida entre algunos grupos, ha terminado banalizando esa acción del Espíritu Santo, y convirtiendo el cristianismo en una especie de teatro vacío de poderes Pero, en contra de eso, el verdadero cristianismo sólo puede entenderse y expandirse como una experiencia activa de transformación humana.

 No se trata simplemente de organizar lo que existe ya, sin más, con un pequeño barniz de espiritualismo, ni de dominar espiritualmente a los “devotos”, creando así una especie de imperio religioso, sino de algo mucho más profunda: de vivir alimentados por una potencia que viene de lo alto (ex hypsous), es decir, del Dios que se revela a través de Jesús crucificado. Ésta es una experiencia radical de “elevación”, como un ascenso de nivel, en la línea de eso que pudiéramos llamar un “ruptura antropológica”.

El hombre no es aun lo que puede ser, sino que debe cambiar por dentro, desde la altura del Dios de Jesucristo, que ha penetrado en la ambigüedad y violencia humana, para revitalizar a los creyentes mi-marôm, es decir, desde lo alto, desde lo más profundo de sí mismos.

Mt 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, paro algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y he aquí que yo soy/estoy yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo (Mt 28, 16-20)

Con estas palabras culmina no sólo la revelación pascual de Jesús a sus discípulos (Mt 28, 16-20), sino todo el evangelio de Mateo, entendido como nueva ley cristiana. Conforme a los relatos de Lucas (Lc 24, 44-53 y Hch 1, 1-14), Jesús se manifestó durante cuarenta días de Pascua a sus discípulos, tras su resurrección, para después “elevarse al cielo”, visiblemente, desde el Monte de los Olivos (junto a Jerusalén), prometiéndoles la venida del Espíritu Santo, que les transformaría, haciéndoles capaces de anunciar el evangelio en todo el mundo. Pero aquí, según el evangelio de Mateo, Jesús se despide de sus discípulos desde el monte de Galilea, enviándoles al mundo entero y quedándose con ellos.

A diferencia de Lucas, Mateo afirma que Jesús se apareció a sus discípulos en el Monte de Galilea (no en Jerusalén), para transmitirles su encargo definitivo de misión, diciéndoles al fin que no se iba, sino que se quedaba con ellos para siempre. Estamos pues ante dos montes y dos perspectivas distintas: en un caso ante un monte concreto del entorno de Jerusalén, en el otro ante “el Monte” de Galilea. En un caso, ante un tipo de “marcha” de Jesús (a quien sustituye el Espíritu Santo, enviado por Dios); en el otro, ante una presencia distinta de Jesús, que así aparece como “Dios con nosotros”.

En este contexto se marca, mejor que en ningún otro, el carácter simbólico y plural del único testimonio de Jesús. Ni Mateo ni Lucas exponen de manera física aquello que pasó en cada caso, sino el sentido y actualidad de lo sucedido, desde una perspectiva de catequesis posterior de las comunidades. Ambos están convencidos de que Jesús murió y resucitó, apareciéndose a sus discípulos (como afirma Pablo en su testimonio más antiguo: 1 Cor 15, 3-9); pero después interpretan el sentido más profundo de su Pascua y de sus apariciones desde la perspectiva de su propia iglesia.

Estas palabras finales de Mateo retoman y llevan a su cumplimiento el sentido del pasaje central de la Anunciación (Mt 1, 18-25; cf. tema 1), y todo el evangelio de Mateo, que define a Jesús como Dios con nosotros (meth’êmôn ho Theos, 1, 23, con cita de Is 7, 14), de manera que le dan así el hombre de ‘immanu-el’. Pues bien, este “Dios con nosotros” ha sido y sigue siendo el protagonista o «sujeto» de la historia/biografía de Mateo, y de la confesión de fe cristiana.

El enviado de Dios no es un Logos eterno y externo, separado de la historia, sino el mismo Jesús que nace, vive y muere entre los hombres, de tal forma que sólo así, en su vida entera, podemos llamarle Cristo, Señor, Hijo de Dios. Por otra parte, este Jesús, Dios-con-los-hombres, aparece radicalmente unido al Padre Dios, pues nadie conoce al Hijo, sino el Padre; y nadie conoce al Padre, sino el Hijo… (Mt 11, 27). Jesús se muestra así como Hijo de Dios, y de esa forma empieza diciendo en este pasaje se me ha dado, es decir, edothê moi, que en su forma de pasivo divino significa Dios me ha dado.

 El evangelio de Mateo termina así con una confesión monoteísta, pero de tipo mesiánico: Por eso en la raíz de las palabras de Jesús no está el “yo” (ni un yo de él, ni de Dios), sino el “pasivo divino”, se me ha dado, en la línea de Mt 11, 27, donde el mismo Jesús confesaba “todo me lo ha dado mi Padre”. Pero hay una diferencia: La palabra de Jesús en Mt 11, 27 podía parecer “eterna” (intemporal), sin necesidad de historia (nadie conoce al Padre, sino el Hijo…). Por el contrario, esta nueva palabra (edothê: se me ha dado) ha de verse como final de un proceso histórico, centrado en la cruz y en la pascua, dentro de eso que pudiéramos llamar la historia divina de Jesús.

Esta palabra “se me ha dado” traza la más honda confesión monoteísta, en línea israelita. Jesús no quiere usurpar el lugar de Dios, ni disputarle su poder, sino que lo recibe y acoge agradecido, diciendo “todo se me ha dado”. En esa línea, su resurrección viene a mostrarse como su más hondo nacimiento “mesiánico”. Sólo después de haber entregado su vida en manos de Dios, perdiéndola en un sentido (sin dejar nada para sí), Jesús puede decir y dice “todo se me ha dado”, no sólo mi “yo” (lo que soy) sino todas las cosas del cielo y de la tierra.

Dios Padre le ha dado a Jesús todo poder (pasa exousia), que es la autoridad de regularlo todo y de esa forma organizarlo. Le ha dado no sólo el ser (ousia) como algo abstracto y separado, sino la capacidad activa de expandirse, de expresarse (exousia): Le ha dado un ser que actúa, que se expande y manifiesta, no en gesto de dominio impositivo, sino de creación, de despliegue vital.

Ésta una expresión clave del pensamiento hebreo, que no significa “dominar”, como derecho de usar y de abusar (ius utendi et abutendi), sino más bien “organizar, regular”, a fin de que todos (todas las cosas) tengan un sentido, un lugar en el conjunto donde se hallen amparadas. Ésta es una autoridad de pacto, en la línea del “yo estoy con vosotros”, no para suplantaros ni para imponerme desde arriba, sino para compartir todos los que somos.

 De esa autoridad que Dios ha concedido a Jesús deriva todo lo que existe, la misma creación de cielo y tierra, como indican los textos que hablan de su función creadora/mediadora (desde Jn 1, 1-18 hasta Hbr 1, 1-3, pasando por Col 1, 15-20). Ese poder de Jesús tiene aquí un sentido histórico: El mediador entre Dios y los hombres es el mismo Jesús crucificado, que ha buscado siempre un lugar para todos, partiendo de los más pobres. Con estas palabras (egô meth’hymôn eimi, yo soy/estoy con vosotros) culmina en Mateo la biografía mesiánica de Jesús.

Sólo en este momento final Jesús puede decir y dice yo (egô), de un modo enfático, presentándose así como el “yo humano”, o mejor dicho el yo pascual de Dios.

Este “yo” de Jesús es un yo-con (meth’ hymôn), es decir, un yo-pacto. No un yo-frente y sobre el mundo (yo puedo), ni un yo-razonante cartesiano (pienso, luego soy), ni un yo-conquistador (domino y por eso existo), ni un yo-voluntad de poder (F. Nietzsche), ni un yo abandonado, arrojado en el mundo (M. Heidegger), sino un yo-alianza (ser-con) que puede vincular y vincula a los hombres abriendo para ellos y con ellos un pacto definitivo, que se extiende a todos los pueblos hasta la consumación del tiempo (synteleia tou aiônos: 28, 20; cf. 13, 39. 40; 24, 3), hasta el fin de este ‘olam es decir, hasta que el mismo eón actual acabe y sea sólo Dios, todo en todos (1 Cor 15, 28).

Reflexión teológica

Mc 16, 7 había dicho que Jesús os precede a Galilea, el nuevo centro de la historia salvadora, para iniciar desde allí su camino de expansión universal. Mt 28, 7.10 repetía el mismo dato. Pues bien, cuando narra el cumplimiento de esa palabra, el evangelio ha introducido un rasgo nuevo: dice que Jesús había convocado a sus creyentes sobre una montaña (Mt 28, 16). En el centro de Galilea se eleva la montaña de la nueva y definitiva revelación de Dios en Jesucristo; esa montaña es corazón y centro permanente de la tierra.

Recordemos el valor de las montañas como espacios de revelación en las viejas tradiciones de los pueblos y en el mismo Antiguo Testamento (Sinaí). Mateo ha destacado el tema al situar el gran mensaje de Jesús sobre un lugar que llama la montaña (Mt 5, 1). Pues bien, reasumiendo el valor de aquel pasaje y del lugar donde Jesús ha vivido la experiencia pascual de la transfiguración (Mt 17, 1-8; cf Mc 9, 2-8: 11ª estación), nuestro texto afirma que los discípulos hallaron a Jesús en la montaña del mandato de Jesús, en Galilea (28, 16).

No hace falta precisarla. Esa montaña es el nuevo y conclusivo Sinaí: es lugar y signo de revelación de Dios para los hombres, esta montaña es el mismo Cristo. Como verdadero y nuevo pueblo israelita, el grupo de los seguidores de Jesús, dirigido por las mujeres que llevan el anuncio, ha subido a la altura de Dios, para encontrar allí al Señor pascual. Esta ha sido la peregrinación definitiva, el gran ascenso que define y discierne la historia de los hombres.

Aquí acaba todo, para empezar de nuevo todo, en forma renovada. El camino de Jesús, culminación de la historia israelita, ha venido a desembocar en este gran ascenso. Intentemos fijar la imaginación: un grupo de discípulos van subiendo y subiendo. Se han liberado de todo; han dejado que el mundo quede a sus pies, se vaya perdiendo allí abajo. Conforme a la palabra de Jesús, guiados por la experiencia y ministerio de unas mujeres, ellos van subiendo, en gesto que condensa y culmina nuestra historia.

Esta es montaña de siempre: es el monte de los viejos recuerdos de Israel (el Sinaí), puede ser también la sede del misterio que han soñado muchos pueblos. Pero es, al mismo tiempo, montaña del mensaje y fidelidad de Jesús hacia los pobres (bienaventuranzas y sermón de Mt 5-7). Saliendo del sepulcro vacío, dirigidos por mujeres, suben allí todos los discípulos.

El Señor de la montaña.

Los viejos mitos dicen que Dios mora en las alturas. Sobre el Sinaí tronaba el Dios israelita. Pues bien, cuando sus creyentes suben al monte nuevo de la revelación pascual, los discípulos encuentran al Cristo resucitado.

Jesús no tiene que aparecerse: espera allí, les está aguardando, para mostrarles la verdad y plenitud de amor sobre la tierra. Allí se les muestra como Señor universal. Allí les encomienda su tarea y les ofrece su promesa:

Los Once discípulos fueron a Galilea,

a la Montaña que les había mandado Jesús.

Y viéndole le adoraron, aunque algunos dudaban.

Y Jesús, adelantándose a ellos, les habló diciendo:

-Se me ha dado todo poder en el cielo y sobre la tierra;

id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos,

bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado

y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días,

hasta la consumación de los tiempos (28, 16-20).

La experiencia pascual se interpreta, según eso, como extensión de la gran soberanía de Dios, una soberanía que es libertad y amor universal. Los hombres se encontraban antes ciegos. Los mismos discípulos del Cristo se hallaban confundidos: no encontraban el misterio de Dios en Jesucristo. Ahora, en cambio, ellos descubren la verdad de Dios y adoran al Señor resucitado.

La pascua es, por lo tanto, un misterio teológico: es la manifestación plena de Jesús como Señor, Hijo de Dios resucitado (en la línea de lo que ha dicho Pablo en Rom 1, 3-4).

La pascua es experiencia de soberanía universal del Cristo, constituido Señor de cielo y tierra. Por eso dice se me ha dado, es decir, Dios me ha concedido todo su poder en cielo y tierra.

A través de la pascua se realiza aquello que había prometido Dan 7, 13-14: el Anciano de días (=Dios) ofrecerá al Hijo del Hombre todo poder y toda gloria, de forma que habrán de servirle todos los pueblos y naciones de la tierra, en reinado que no tiene fin, en gloria que no conoce ocaso. Pues bien, el verdadero Hijo de Hombre es ahora Jesús resucitado. Él posee (ha recibido, se le ha dado) todo poder en cielo y tierra. Sobre la cumbre de la montaña de la gran revelación, se manifiesta Jesús a sus discípulos, haciéndoles participantes de su gozo, portadores de su vida, realizadores de su obra sobre el mundo, no para servirle a él, sino para amarse entre ellos en libertad plena.

Pascua/ascensión y envío

Jesús resucitado instaura su reino abriendo su palabra todos, ofreciendo un camino salvador universal por medio de aquellos que le acogen: Id y haced discípulos a todos los pueblos (Mt 28, 19). No se impone por fuerza. No transforma las cosas con violencia sino que expresa y realiza de verdad su señorío a través de los discípulos, de modo que ellos sean portadores de su acción sobre la tierra. El Señor no se va: se queda, está presente desde la Montaña del Amor en el camino de los hombres. Eso significa que la resurrección se da aquí mismo, en el camino de la fidelidad al evangelio y del envío a todos los pueblos.

Esto significa que la pascua es experiencia de responsabilidad para los seguidores que han hallado a Jesús en la montaña: ellos reciben el encargo de expandir la obra del Cristo, en camino que les abre a todos los pueblos existentes. Jerusalén ha perdido su antiguo privilegio, ya no es centro de todas las naciones; por su parte, Israel deja de existir como pueblo peculiar de Dios y centro de su alianza. El Dios de Jesucristo ha de expandirse, desde el monte de su manifestación pascual, hacia todos los pueblos de la tierra. De esa forma se han unido dos términos que antes ser parecían contrarios y que ahora son complementarios.

– Por un lado, Jesús manda a sus discípulos que vayan a todos los pueblos, para transmitirles su evangelio: la pascua es, por lo tanto, don universal de Dios en Cristo; palabra y gesto de amor que vincula a las naciones y personas de la tierra, superando todo particularismo antiguo.

– Pero, al mismo tiempo, Jesús quiere que todos los humanos se vuelvan discípulos, vinculándose en el camino y comunidad de amor mutuo que es la iglesia. Esa misma iglesia concreta, centrada en los Once y abierta a todos los pueblos de la tierra, viene a presentarse como signo y sacramento de la pascua de Jesús para los hombres.

Por eso dice el texto: bautizad (a todos los pueblos) en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19). En la tradición de Juan Bautista (cf Mt 3), el bautismo era señal de conversión, gesto que prepara al iniciado para el bien morir, liberándole así de la ira venidera. Ahora el bautismo se interpreta como nuevo nacimiento. Los mismos pueblos (y personas) que se hallaban antes encerrados en sus ritos y violencias, pueden renacer, en fraternidad universal, fundada en Cristo.

Pascua es por lo tanto una experiencia de nuevo nacimiento. Los discípulos del Cristo ya no anuncian muerte sobre el mundo: no profieren amenazas, no juzgan ni se imponen por encima de los hombres. Ellos van ofreciendo por la pascua de Jesús nueva existencia, un bautismo que se expresa en el misterio del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

De esa forma se vinculan apertura universal (el mensaje se ofrece a todos los pueblos) y hondura teológica (ese mensaje pascual contiene la revelación del Padre, el Hijo y el Espíritu). La misma pascua se convierte de esa forma en signo trinitario: Jesús resucitado se presenta como epifanía suprema, manifestación del Dios que es Padre y que en el Hijo (el mismo Jesucristo), ofrece salvación a todos los humanos, vinculándoles en el amor del Espíritu Santo.

La unidad entre los hombres está garantizada así por la misma Trinidad, es decir, por el misterio de la unión intradivina, por la comunión del Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. De esa forma se vinculan, en un mismo contexto y vivencia de pascua, las dos formas supremas de la universalidad y plenitud humana:

– La pascua implica revelación plena de Dios. Hasta ahora no le habíamos conocido, no habíamos llegado a su misterio: no sabíamos que es Padre, no le habíamos visto como Hijo, en el Espíritu. Ahora conocemos de verdad a Dios, nos bautizamos (nos introducimos) en su misma comunión intradivina.

– Al mismo tiempo, la Pascua es revelación plena del hombre, es decir, de la comunión interhumana, en gesto de nuevo nacimiento. La experiencia de Jesus resucitado se abre a todos los humanos, ofreciéndoles nuevo nacimiento (bautismo), en gesto que puede vincularse al signo de los panes, es decir, a la comunión eucarística.

– La misma presencia pascual de Jesús es Ascensión: no es irse, sino quedarse con los suyos, en amor y en presencia transformadora

Enseñanza de la pascua/ascensión

La pascua implica una enseñanza. Los discípulos se comprometen sobre la montaña de la resurrección de Jesús a ir ofreciendo su palabra a todos los pueblos de la tierra. Sólo allí donde los hombres escuchan y cumplen el mensaje del Sermón de la Montaña pueden descubrir la presencia y fuerza del Señor pascual. Aquí viene a fundarse lo que algunos llaman la ortodoxia completa que vincula fe y costumbres, el nuevo conocimiento de Jesús y el compromiso de seguir su vida.

Sólo aquel que acoge y cumple de verdad la palabra del Sermón de la Montaña, viviendo asumiendo su camino de gracia, puede subir a la Montaña de la Resurrección. Así cuando pregunten ¿dónde están los signos de que el Cristo ha triunfado de la muerte? debemos responder: mirad cómo creen y actúan los cristianos; sus obras de amor son reflejo de la vida de Jesús, son expresión intensa de su pascua.

De esa forma, la enseñanza pascual se traduce como experiencia de gratuidad y donación de vida. Allí donde los hombres se ayudan a vivir gratuitamente unos a otros, en solidaridad que se abre hasta la muerte, pueden confesar que Jesús ha resucitado.

Este es un camino que no acaba, esta es una experiencia pascual que continúa. Conforme a la versión que ofrece Lucas en Hech 1 (que veremos mañana), Jesús resucitado sube al cielo y así acaba su tiempo de pascua sobre el mundo. Pues bien, en contra de eso, el Jesús de nuestro texto no se ha ido, ha quedado para siempre. Jesús no se ha elevado al cielo, sino que se ha introducido en la profundidad de nuestra decisión pascual, dentro de la historia, diciendo: y yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos (Mt 28, 20). Estos pueden ser los rasgos o momentos de su presencia pascual:

– A nivel ministerial, Jesús resucitado está presente en sus misioneros, en aquellos que extienden su palabra, mujeres y hombre (empezando por las mujeres de la tumba vacía). Así podemos decir que los servidores de la iglesia (en sus diversas funciones) son eucaristía y pascua de Jesús sobre la tierra: los que extienden por el mundo el evangelio son continuación de pascua.

– Pero, al mismo tiempo, a nivel de expansión sincrónica, Jesús está presente como Señor (¡se me ha dado todo poder!) en el conjunto de los pueblos de la tierra: ellos son destinatarios de la gracia de Jesús y su palabra. Así podemos afirmar: la tierra entera es campo de Pascua de Jesús, espacio donde tiene que expresarse su misterio.

– Finalmente, en perspectiva diacrónica o sucesiva el Cristo pascual se hace presente en el transcurso de los tiempos. Por eso dice a sus discípulos: estoy con vosotros todos los días, hasta la culminación del siglo. En el mismo camino de la historia, en el proceso de misión que dura hasta el final del mundo, se manifiesta Jesús sobre la tierra.

Difícilmente podía haberse hallado una visión más completa y honda de la pascua. En aquellos Once apóstoles primeros, catequizados por las mujeres de la primera experiencia de Jesús, junto al sepulcro, nos hallamos reflejados todos los cristianos.

Conforme a Mt 28, 16-20, Jesús sigue presente en medio de los hombres, en el monte de la iglesia, invitándonos a realizar su acción (a reflejar la gloria de su pascua) sobre el mundo. Eso significa que el signo primordial de la resurrección de Jesús es la misma vida y tarea misionera de la iglesia abierta a todos los pueblos de la tierra. Cristo asciende y nos hace ascender a la vida plena, en este mismo mundo, en el camino de la Iglesia.

¿Por qué los cristianos siempre parecen oponerse a lo nuevo?

No da lo mismo tomar una opción que otra

«En el imaginario popular ser de izquierda se asemeja a comunista, socialista, opositor de la Iglesia y de los valores cristianos. Ser de derecha supone ser persona de principios sólidos, fiel a las tradiciones, defensor de lo establecido»

«Los cristianos deberíamos ser más capaces de abrirnos a lo nuevo, en todo sentido. Si hablamos de política, de empeñarnos en modelos económicos que rompan la hegemonía neoliberal que tanto sigue empobreciendo nuestro mundo»

«No da lo mismo favorecer políticas sociales que mantener la hegemonía del neoliberalismo. No da lo mismo ser de los que imponen cargas o de los que liberan»

Por Consuelo Vélez

En el imaginario popularser de izquierda se asemeja a comunista, socialista, opositor de la Iglesia y de los valores cristianos. Ser de derecha supone ser persona de principios sólidos, fiel a las tradiciones, defensor de lo establecido. Pero como estas dos posturas se asumen como contradictorias, se postula ser de centro, como la alternativa correcta para no ser extremista. Por estas concepciones, muchos cristianos se identifican más con la derecha y, si acaso, con el centro. Pero a la izquierda le huyen como si fuera el mismo diablo que se ha encarnado en la historia.

Y, sin embargo, algunos partidos de izquierda parecen más cercanos a los pobres con sus propuestas sociales (con muchas limitaciones y equivocaciones, pero también con aciertos). Los de derecha parecen ser más de las élites que mantienen este mundo tan desigual y, como ya dijimos, algunos cristianos creen que la derecha garantiza la moral cristiana. Los de centro, pretenden ser neutrales, pero esto es imposible, el no tomar opción es ya una opción. Ahora bien, ninguna de estas descripciones se cumple en totalidad porque como dije son “imaginarios” y no siempre son realidad.

Romero y Rutilio

Mientras vivamos en las coordenadas espacio temporales, creo que es imposible no crear tendencias (con la realidad e imaginarios que estas traen) y, por eso, no sé si podremos abandonar algún día esas denominaciones. Pero lo que sí es necesario, es comprender que estamos en tiempos menos rígidos, menos binarios, menos definidos, y no porque sean tiempos de relativismo -como se alerta dentro del ámbito cristiano- sino porque ahora captamos mejor la complejidad de la realidad y la necesidad de movernos con mucha más apertura a la novedad que este momento trae y a enriquecer los conceptos de siempre con las experiencias actuales.

Los cristianos deberíamos ser más capaces de abrirnos a lo nuevo, en todo sentido. Si hablamos de política, de empeñarnos en modelos económicos que rompan la hegemonía neoliberal que tanto sigue empobreciendo nuestro mundo; y si nos referimos a otros ámbitos, ser capaces de acoger la diferencia, de aceptar lo plural, de practicar más la misericordia y, por supuesto, de estar del lado de los más pobres y luchar por la justicia social para que la vida digna llegue a todos y a todas.

¿Por qué no se ve esta postura con más claridad? ¿Por qué los cristianos siempre parecen oponerse a lo nuevo? En estos tiempos que tanto se habla de sinodalidad, convendría recordar que el primer ejemplo de “sinodalidad” fue aquella asamblea de Jerusalén que nos relata el capítulo 15 del libro de Hechos de los Apóstoles en el que la naciente Iglesia se confrontó con la pregunta de si tenían que exigir a los gentiles (los no judíos que se iban incorporando al naciente cristianismo) el cumplimiento de las normas de la Ley de Moisés, incluida la circuncisión. Muchos opinaban que, si no se plegaban a estas leyes, no podrían salvarse.

Por eso, Pablo y Bernabé suben a Jerusalén donde está Pedro y otros apóstoles para dirimir la cuestión y después de una larga discusión, Pedro tomó la palabra e interpeló a la asamblea: ¿Por qué ahora quieren imponer esa carga que ni nosotros pudimos sobre llevar? Entonces terminaron la reunión diciendo: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros, no imponer más cargas a los gentiles imponiéndoles la circuncisión, solamente escribirles que se abstengan de lo que ha sido contaminado por los ídolos, de la impureza, de los animales estrangulados y de la sangre” (15, 28-29).

Intentando ver lo que esto debió significar para ese contexto judío, constatamos que supuso una apertura fundamental. No temieron vivir a fondo la novedad de la Buena Noticia anunciada por Jesús.

De esa misma fidelidad nos habló el pasado 22 de enero la beatificación del jesuita Rutilio Grande y sus compañeros, asesinados por su compromiso con la justicia social. Ya antes la canonización de Monseñor Romero en 2018 nos había mostrado ese camino. Pero, lamentablemente, estas beatificaciones y canonizaciones no son buena noticia para los que se creen guardianes del orden establecido y la “mal interpretada”, tantas veces, moral cristiana. Una moral más apegada a la norma que a la misericordia.

A estos mártires se les catalogó de izquierda y por eso no merecían subir a los altares. Pero el Espíritu que, una y otra vez, abre momentos de gracia en nuestra historia, ha permitido que, a los que se consideraban de izquierda se le reconozca su fidelidad al evangelio y a los que se consideraban de derecha se constate que tanta “fidelidad” ha estado llena de ocultamientos (pederastia), riquezas mal habidas o clericalismo recalcitrante que tanto mal ha hecho a la Iglesia.

San Romero de América contra el imperio norteamericano

En definitiva, es difícil la situación social y eclesial. Por eso, hay que liberarnos de los imaginarios sobre las izquierdas, las derechas y los centros y buscar políticas que cambien nuestro mundo. Así como vamos, seguiremos hundiéndonos en la desigualdad social y la pobreza de las mayorías. Por eso no da lo mismo favorecer políticas sociales que mantener la hegemonía del neoliberalismoNo da lo mismo ser de los que imponen cargas o de los que liberan.

No es lo mismo dejarse tocar por los mártires de nuestro tiempo o mantener esa visión estigmatizada de que fe y compromiso social es marxismo. Son tiempos en que hay que sacudirse del pesado lastre de lo que siempre fue así y alinearnos en la novedad del evangelio para que nadie pase necesidad porque la solidaridad cristiana es afectiva y afectiva para con todos, especialmente, con los últimos de nuestro tiempo presente

Otro sacerdote asesinado en Nigeria

Un ataque de hombres armados acabó con la vida de Vitus Borogo el pasado sábado

Vitus Borogo
  • El sacerdote Vitus Borogo, de 50 años, fue asesinado el pasado sábado por un grupo de hombres armados que asaltaron una finca del estado nigeriano de Kaduna, tal como recoge Europa Press. Se trata, así, de un ataque más contra los cristianos en el país, donde, durante las últimas semanas, han sido asaltadas varias iglesias dejando decenas de fallecidos.

Borongo era el capellán de la comunidad católica del politécnico estatal de Kaduna, donde los atacantes entraron abriendo fuego indiscriminado. Borogo era, además, representante estatal en la Asociación de Sacerdotes Diocesanos Católicos de Nigeria.

Condolencias de la Archidiócesis

“El reverendísimo Matthew Man-Oso Ndagoso, arzobispo católico de Kaduna expresa sus condolencias a la familia inmediata, a la Familia NFCS de la Politécnica de Kaduna y, de hecho, a toda la Comunidad Politécnica de Kaduna; y les asegura su fraterna cercanía y oración”, se puede leer en un comunicado de la Archidiócesis.

A la espera de los detalles del funeral, la Iglesia nigeriana a “encomendado su alma a la maternal intercesión de la Santísima Virgen María, y llamamos a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a continuar orando por el pacífico descanso de su alma y por el consuelo de su afligida familia, especialmente de su madre”

Otra misionera asesinada en Haití

Luisa Dell’Orto, la última misionera que derrama su sangre en la martirizada Haití

Luisa Dell'Orto, misionera asesinada en Haití

Religiosa de las Hermanitas del Evangelio (la congregación de Carlos de Foucauld), ha sido asesinada este 25 de junio en Puerto PríncipeLlevaba 20 años en la misión y se entregaba en cuerpo y alma al Kay Chal, un hogar infantil en un suburbio de la capital haitianaUna vez más, Haití ha visto derramar sangre misionera en su ya de por sí martirizado suelo. Tristemente, el último caso lo ha protagonizado la religiosa italiana Luisa Dell’Orto, misionera de las Hermanitas del Evangelio (la congregación de Carlos de Foucauld), asesinada este pasado 25 de junio en Puerto Príncipe.


La religiosa milanesa llevaba 20 años de misión en la capital haitiana, donde se entregaba en cuerpo y alma al Kay Chal, un hogar infantil en un suburbio marcado por la vulnerabilidad extrema. Además, daba clases de Filosofía con una comunidad de salesianas en el Seminario de Notre Dame.

Posible robo

Las reacciones a su asesinato, del que apenas hay datos confirmados (se habla de que trataron de robarla y asaltaron su coche), han sido numerosas en las últimas horas. Empezando por el papa Francisco, que la recordó ayer en el ángelus dominical, destacando que “la hermana Luisa” llevaba dos décadas “al servicio de los niños de la calle”. Un servicio que se ha cortado drásticamente, por lo que Bergoglio ofreció su oración por “su alma” y “por el pueblo haitiano, especialmente por los más pequeños, para que puedan tener un futuro más sereno, sin miseria ni violencia. Sor Luisa hizo de su vida un don para los demás, hasta el martirio”.

El arzobispo de Milán, Mario Delpini, también ha recordado a la religiosa, nacida hace hoy 65 años en la localidad lombarda de Lomagna, destacando que “su muerte nos deja desconsolados y desconcertados; se convierte en una revelación del bien que hizo y de la vida santa que vivió; se convierte en dolor y oración”.

Alabanza de los misioneros

En este sentido, el prelado milanés ensalza la labor de todos los misioneros, quienes “no van en busca de peligros, sino de signos del Reino de Dios que viene, entre los pobres, entre los que solo son importantes para Dios e ignorados por todos. Aman la vida, no van a buscar la muerte donde cuatro monedas cuentan más que una mujer santa; van a sembrar palabras del Evangelio para que incluso los países desesperados se abran a la esperanza”.

Para Delpini, además, los misioneros, quienes “no salen en las noticias” y “no van con programas y presunciones, con doctrinas y pretensiones; van a ofrecer amistad, en nombre del Señor; van a decir su impotencia perseverando en la oración. No eligen a dónde ir, van a donde son llamados por el gemido menos escuchado; van a donde son enviados para convertirse en oración, en ofrenda, en amigos, en semilla que muere para dar fruto”.

“Me dirán que estoy un poco loca”

Si cabe, aún resuenan con más fuerza estas palabras que Luisa Dell’Orto, quien antes fue misionera en Camerún y Madagascar, escribió en octubre a un grupo de misioneros y que hoy recupera ‘Vatican News’: “Me dirán que estoy un poco loca. ¿Por qué permanecer aquí? ¿Por qué exponerse al riesgo? ¿Qué sentido tiene vivir con tanta incomodidad? ¿No sería mejor que la gente resolviera sus propios problemas? No podemos callar lo que hemos visto y oído. ¡Poder contar con alguien es importante para vivir! Y dar testimonio de que se puede contar con la solidaridad que surge de la fe y el amor a Dios es el mayor don que podemos ofrecer”.

El medio vaticano también reproduce unas declaraciones de su hermana Adela que son muy significativas del grado de entrega de la misionera: “Ella era consciente de que podía pasar algo, porque es evidente, incluso en su última carta lo decía, que la situación era muy difícil. Pero ella quería quedarse y dar su testimonio”.

Inseguridad

La Conferencia Haitiana de Religiosos (CHR) ha recordado con mucho cariño a Luisa Dell’Orto y ha denunciado que “la inseguridad sin nombre de nuestro querido Haití ha tocado una vez más a la puerta de nuestra hermanda

«Caminar juntos» implica «ser juntos»

Pikaza: «Es bueno que las confesiones cristianas sean distintas, pero no para condenarse, sino para iluminarse mutuamente»

Unidad de los cristianos
Unidad de los cristianos

Sínodo (Syn-hodein) significa caminar juntos, no ser todos lo mismo, sino ir andando y comunicándose (acompañándose) unos a los otros, en un plano de conocimiento y vida

Es bueno que las religiones y las confesiones cristianas sean distintas, pero no para enfrentarse y condenarse, sino para iluminarse y ayudarse mutuamente, enriqueciéndose así unas a las otras.

Por Xabier Pikaza

Partiendo de Jesús, un rechazado

    A fin de mantener sus privilegios y seguir dominando como hacían, los poderes establecidos, que controlaban las redes sacrales (sacerdotes) e imperiales (soldados) del siglo I d.C., mataron a Jesús, pensando que así deshacían su obra y acallaban su mensaje, pero no lo consiguieron, pues tenían poder, pero no palabra ni proyecto de vida compartida, no tenían caminos para acompañarse mutuamente.Unos apelarona su templo, otros en sus legiones, y pactaron para matar a Jesús, pero no pudieron destruir su mensaje, ni su vida, sino todo lo contrario: Con su misma decisión de muerte hicieron posible que Jesús mostrara y desplegara radicalmente su proyecto, como nuevo comienzo de vida (grano de trigo que cae en la tierra…: Jn 12, 24).

Subió Jesús sin armas ni dinero a la ciudad de las promesas, que era entonces Jerusalén. De igual forma, los hombres religiosos de este tiempo pueden y deben ofrecer su tarea de humanidad (comunicación y paz) a pesar de las posibles amenazas de los poderes dominantes, al servicio de la comunión humana.

(1) En la línea de Jesús, para promover la comunión de los hombres, las iglesias no necesitan ejércitos más fuertes, sino todo lo contrario: deben renunciar a los ejércitos. Ellas han de promover la comunión, poniéndose al, de los pobres y excluidos de la tierra. Si no está al servicio de ellos no tiene sentido este octavario.

(3) Las iglesias tampoco necesitan un dinero especial, propio, pues aquello que se adquiere y mantiene con dinero debe defenderse con armas y dinero, y la unidad  que las iglesias han de promover a través de sus caminos (en forma sinodal) es comunión de “palabra” compartida.

La alternativa de las víctimas.

Jesús no fue un héroe, ni un superman, ni un santo asceta o moralista…, sino un hombre que vivió a favor de los demás, abriendo un cuerpo o comunión de humanidad compartida. Aquí se funda la propuesta de sinodalidad cristiana.

Más de una vez, las iglesias cristianas han buscado la paz y unidad de Jesús por la  fuerza (¡como si la fuerza hiciera la unión), pro con eso le han traicionado: han apelado a los poderes civiles para defenderse, han creado instituciones sacrales y sociales, con aparatos de poder administrativo y legal y de esa forma han terminado edificando muros, no abriendo caminos de diálogo, en forma de “sínodo”.   

            En contra de eso, la unidad de las iglesia se expresa y realiza caminando (avanzando) juntos, al servicio de los más excluidos de la comunión humana. Por eso, la comunicación entre los cristianos no necesita instituciones centralizadas de tipo impositivo (pues en ella todo es centro y todo periferia), ni pactos especiales con los poderes del sistema (que apelan siempre a las armas para defenderse). Ella necesita sólo comunidades caminantes, que son como bicicletas (perdónese el símil) pues sólo se mantienen firmes avanzando.

La paz es Palabra encarnada, no argumento.

La verdad de los cristianos es su oferta de palabra, caminando con aquellos que caminas a su lado; por eso, allí donde triunfara por imposición el cristianismo habría muerto La finalidad del cristianismo no su triunfo, ni la extensión de una iglesia que dice llamarse cristiana, sino que los hombres y mujeres puedan darse vida y compartirla en gratuidad, mientras avanza, siendo así Palabra encarnada y comunicada, de un modo directo, inmediato, sin la mediación impositiva de una ideología, de un capital, de un ejército.

La unidad de los cristianos es la comunión de por la palabra, el diálogo de cada iglesia con otras iglesias, buscando cada una el bien de las demás antes que el propio. Por eso, una iglesia que utilizara algún poder para imponer o expandir su pretendida verdad dejaría de ser cristiana. La verdad solo es «verdadera» allí donde no apela a su verdad, donde no toma ni impone ningún tipo de ventaja (cf. Mt 12, 18-21).Por eso, si los cristianos buscaran el triunfo de su iglesia como institución dejarían de ser evangélicos y la iglesia no sería ya cristiana.  

El Evangelio es testimonio de comunicación, no doctrina impuesta

La iglesia no tiene que dar lecciones a otros, ni resolver problemas en un plano de sistema, diciendo a políticos o economistas, a militares o jueces lo que ellos han hacer en sus respectivos campos. La iglesia debe limitarse a ser iglesia, en diálogo de paz con otros movimientos religiosos y humanos que también buscan la paz, escuchando y ofreciendo de manera esperanza su propuesta, es decir, su Buena Noticia.

La verdad de la iglesia no es un dogma separado, sino su misma vida, que ella ofrece y comparte con todos. No está para dar lecciones (doctrinas, teorías), sino para compartir caminos, entre los cristianos y con todos en el mundo.

 No hay primero fe cristiana, sin comunicación personal ni diálogo gratuito, y luego comunicación, porque el contenido de la fe es la misma comunicación, es decir, el amor mutuo entre los fieles y todos los hombres.

Por eso, una propuesta de unidad cristiana que fuera independiente de la vida, o que viniera después, como una consecuencia que brota de otros principios, no sería cristiana. Este es el contenido de la fe evangélica: que los hombres se amen, dándose la vida, en camino pascual de paz.

Jn 14,1-6.En la casa de mi Padre hay muchas moradas, esto es, muchos caminos

7/20. La Segunda Venida De Cristo “Jesús Promete Volver” (ESTUDIO DE …

Muchos pensaban que sólo había una morada, una forma de ser y de vivir, impuesta desde arriba, por la fuerza, tanto en el judaísmo de la ley (algunos fariseos), como en el judaísmo sacerdotal (un templo). Algunos cristianos quisieron imponer ese modelo de morada única, pero el evangelio de Juan se opuso, y lo hizo apelando a la pregunta de Pedro que le había dicho que le había dicho: ¿Dónde vas? (Jn 13, 36).

            Pedro quiere saber dónde va Jesús, para tener la llave de la puerta y abrir sólo a los suyos (los de Pedro, no los de Jesús); y Jesús le respondió: “No te turbes, Pedro, no te turbes Papa, en la casa de mi Padre hay muchas moradas”. Dios es comunión, Dios es sínodo, no es sólo como tú lo piensas (Jn 14, 1

            En esto interviene Tomás, el inteligente… (toda la tradición le presenta como más sabio que Pedro). Pues bien, este Tomás se atreve a seguir donde se ha parado Pedro… y le dice a Jesús: No sabemos dónde vas (¡hay muchas moradas!) ¿cómo podremos saber el camino? (Jn 14, 5). Y es entonces cuando Jesús le dice: Yo soy el camino, la verdad y la vida… (Jn 14, 6).

Eso significa: vayas donde vayas ven conmigo…Si las “moradas del Padre” son muchas, muchos han de ser los caminos de Jesús… caminos diversos, pero todos de Jesús, todos hacia el Padre, todos en diálogo. Este es el programa del octavario por la comunión de las Iglesia.

            Tomás pregunta aquí también, y Jesús le responde: Muchas son las moradas, hay formas distintas de aplicar el evangelio, pero todas han de fundarse en la entrega de Jesús hasta la muerte, en el amor más hondo, en comunión de vida con él, como describió Santa Teresa en su libro de las Moradas. Hay formas distintas de aplicar la Buena Nueva, pero Jesús es el camino, la verdad y la vida, en él avanzamos, conocemos y somos. Su ciudad es una ciudad grande, como la Ciudad Biblia

 La gran iglesia, comunión de Iglesias

              En un mundo dominado por el miedo al destino, poblado de fuerzas astrales y poderes demoníacos, los seguidores de Jesús ofrecieron la confianza en Dios Padre y la certeza de su amor más íntimo (dirigido a cada uno de los hombres y mujeres) y más universal (abierto al conjunto de la humanidad, asumiendo y desbordando incluso los esquemas del orden social dominante, representado por un Imperio romano que quería extenderse a todo el mundo conocido).  

Dentro de una sociedad donde se habían perdido los antiguos criterios morales de la mayoría dominante de población y todo podía comprarse, venderse y cambiarse (cf. Ap 13-14; 18, 12-13), los cristianos se mostraban seguros de su vocación y dignidad, como hijos de Dios y portadores de una fraternidad sagrada que les unía a todos los hombres, sabiendo que en la casa del Padre han varias moradas (formas distintas de Iglesia), pero todas en la línea del camino de Jesús, que es la verdad, que es la vida (no en línea de imposición, sino de comunión).

Este es el ideal de la gran iglesia (=comunión de Iglesias; una iglesia de muchas moradas), una iglesia en forma de simbiosis, no de una fusión en la que todo se confunde, ni de una imposición en la que un grupo domina sobre otros.  Éstos son algunos de sus rasgos:

  (a) Hechos 2-4. Vida común: Ser capaces de con-vivir, compartiendo los bienes de la vida. La iglesia de Jerusalén, que se desarrolló en torno a Santiago,  esarrolló una intensa experiencia de vida común, que Lucas ha presentado como modelo para todas las iglesias: «Tenían los bienes en común; vendían sus posesiones y las repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hech 2, 44). Aquella era, sin duda, una comunidad escatológica, en la línea de otros grupos judíos de aquel tiempo; pero ella ponía de relieve una intensa experiencia de culminación mesiánica, lograda ya por Jesús.

            Se trataba de una comunidad «pobres» (es decir, generosos; no apegados a lo de cada uno, sino buscando cada uno el bien de los demás: «la multitud de los creyentes tenían un corazón y una mente, y ninguno llamaba propios a sus bienes, sino que los tenían en común…; y no había entre ellos nadie que fuera pobre, pues los que poseían campos o casas los vendían y ponían el producto de la venta a los pies de los apóstoles, que daban a cada uno lo que necesitaba» (Hech 4, 32-24).  

(b) Mateo 18. Organización común. El que no acepta la comunión queda fuera Iglesia. La iglesia de Mateo no es congregación de creyentes intachables, compañeros según ley cumplidores del derecho. Al contrario, ella es comunión de pobres (pequeños) perdonados, que se acogen y ayudan unos a los otros (cf. Mt 18, 1-14). Desde aquí surge el problema: ¿Puede mantenerse una comunidad desde el perdón? Ella es una iglesia abierta a todos, pero sólo si ellos saben aceptarse y perdonarse unos a otros (Mt 18, 15-17).

            En principio, la iglesia se abre a todos, pero si hay alguien  que no acepta su apertura ni perdona, si rechaza al grupo entero y si se niega a vivir en actitud de comunión hacia todos queda fuera de la unión comunitaria. Ésta es una iglesia donde hay  caminos distintos, varias moradas, como sabe el evangelio de Juan, pero caminos y moradas que no se excluyen ni condenan entre sí, sino que dialogan, se perdonan, se ayudan mutuamente.

 Caminando con Pablo.

  En perspectiva pascual, la experiencia del Espíritu, expandida a todo el mundo de forma misionera, desemboca en el surgimiento de un grupo de los fieles que se unen para siempre en comunión. Es evidente que, escribiendo el libro de Hechos, Lucas quiere presentarnos más que un hecho del pasado una imagen ideal de lo que debe ser la Iglesia del principio. En ella han venido a expresarse, sin embargo, algunos rasgos esenciales de la toca comunión cristiana:

 Todos los creyentes tendían a lo mismoy tenían todas las cosas en común (Hech 2,44). La multitud de los creyentes tenía un corazón y un alma sola;y nadie llamaba suyo aquello que tenía, sino que todo lo tenían en común (Hech 4,32).

 Conforme a la visión de conjunto del libro de los Hechos, esta nueva comunión es fruto y presencia del Espíritu de Cristo. Allí donde los fieles aguardaban quizá la destrucción del mundo, allí donde temían el gran juicio, ha llegado por Jesús la comunión de amor que ha de expresarse en un plano económico (bienes), afectivo (corazón) y vital (alma).

Más allá de la pura ley. La gracia de la comunión (Pablo)

              Hay formas distintas de vida, pero todas se vinculan en Cristo. Hay grupos diferentes, culturas, sexos… Pero ninguno por encima de los otros, pues todos pueden “comulgar” (reconocerse y ayudarse mutuamente en Cristo”.

  •  ya no hay más judío ni griego,
  • ya no hay más siervo ni libre,
  • ya no hay más varón ni hembra;
  • todos vosotros sois uno en el Cristo Jesús (Gal 3,28).

 Esta unidad universal en Cristo forma el principio y contenido de la nueva experiencia de libertad cristiana, fundada en el Espíritu (cf. Gal, 4,5-6). Así lo desarrolla Pablo en 1 Cor 12-14: «hay división de carismas, pero un mismo Espíritu; hay división de servicios, pero un mismo Señor; hay división de actuaciones, pero Dios es quien actúa todo en todos»  (1 Cor 12, 4-6).  

             Este es el milagro cristiano, esta  es la novedad del evangelio: que todos los hombres y mujeres de la tierra pueden compartir y comparten desde Dios, en Cristo, unos caminos de esperanza, una experiencia radical de amor. Unos y otros, hombres y mujeres se distinguen y separan de múltiples manera, pero todos se vinculan en lo mismo, porque el Espíritu es unión y así suscita la unidad de los creyentes separados (1 Cor 12,7-11):

  •  Como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros,
  • así también el Cristo.
  • Porque todos nosotros hemos sido bautizados
  • en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo,
  • ya seamos judíos o griegos, siervos o libres;
  • y todos hemos bebido un mismo Espíritu (1 Cor 12,12-14).

             Un tipo de judaísmo nacional formaba un cuerpo bien organizado y bien tratado, por la fuerza conformante de la ley y las costumbres sociales, culturales, religiosas. Pues bien, los cristianos (judíos mesiánicos) han superado ese nivel de comunión. Su iglesia incluye, como en nueva experiencia germinal, a judíos y gentiles, a esclavos y libres, a hombres y mujeres, pues les une un tipo más alto de personalidad,  la comunión en Cristo.

            Tienen caminos que pueden ser distintos, incluso moradas diferentes… pero hay algo más alto que les une:  Los creyentes han sido bautizados, es decir, han renacido por la fuerza de Jesús, en el Espíritu; por eso, como muertos a este mundo viejo han superado los antiguos niveles de lucha y opresión interhumana. Pero no han nacido en forma individual y separada, desligados los unos de los otros; han nacido como cuerpo, de manera que se encuentran vinculados en amor, en solidaridad y transparencia, los unos a los otros (1 Cor 12,14-30).

  • Esforzaos por guardar la unidad del Espíritu, en el vínculo de la paz.
  • * Hay un sólo cuerpo y un Espíritu,
  • como es una la esperanza de vuestra vocación,
  • a la que habéis sido llamados.
  • * Hay un Señor, una fe, un sólo bautismo.
  • * Hay un Dios que es Padre de todos (Ef 4, 3-6).

 La unidad de Dios Padre y la Unidad del Señor Jesus (expresada en fe y bautismo) se convierte por medio del Espíritu en unidad del cuerpo que es la iglesia, es decir, la comunión de las iglesias… con un mismo Señor Jesús con un mismo Espíritu Santo, con un mismo Bautismo, recreados en Cristo.

Una iglesia encarnada en muchas iglesias. El testimonio de Juan

             Ésta es la comunión en el amor, el amor que a todo vincula, por encima (a través de) las diferencias externas de las Iglesias:   

  • Para que todos sean Uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti,
  • para que también ellos sean uno
  • y el mundo conozca que tú me has enviado.
  • Para que sean uno, como nosotros somos uno,
  • yo en ellos y tú en mí,
  • para que sean perfectos en la unidad (Jn 17, 21-23).

 Esta unidad perfecta, realizada en forma de comunión interhumana, constituye el misterio y presencia del Espíritu, la comunión real de las iglesias. Crear esa unidad: esta es la vocación y tarea de la iglesia, en medio de una historia humana que sigue estando dividida.

    Esta es la comunión que se expresa y despliega allí donde cada uno vive al servicio de los demás, de aquellos que caminan a su lada. Ésta es la comunión de las iglesias, que no empiezan buscando su bien propio, sino el bien de las otras iglesias, para crear de esa manera un “nosotros” más alto de unión con Dios, de unión entre los creyentes. Dios no es yo, ni es tú, somos nosotros, es la comunión, es la “persona compartida”, es el amor mutuo.

    Así se puede decir con una fórmula tradicional de la geología: Entre el nosotros de la unión intradivina del Espíritu entendido como amor subsistente del Padre y del Hijo, y el nosotros de la iglesia como campo de encuentro entre los humanos existe más que una relación de causalidad eficiente o de imitación platónica. El mismo nosotros de Dios viene a realizarse en el nosotros de la iglesia.

El problema se sitúa en perspectiva cristológica. El mismo Jesús que es amor de comunión con el Padre en el Espíritu se expresas en las iglesias como amor interhumano. Con esto llegamos al problema especulativo de fondo: la categorización ontológica del Espíritu en el misterio de la trinidad, su valor y su función como persona. Es este un tema que deberíamos y quizá debamos tratar por separado en una postal diferente; por ahora queremos limitarnos a trazar algunos de sus rasgos.

– En perspectiva bíblica el problema sigue abierto. El Espíritu es la fuerza de Dios y es el poder de la pascua de Jesús, el Cristo.  

– En perspectiva teológica, las iglesias no han desarrollado todavía una clara  visión del Espíritu Santo entendido como camino compartida, como morada de Dios (Dios) en el que existen y se fecundan diversas moradas.

– Ya en el final de nuestras reflexiones preguntamos, ¿será posible un cristianismo nuevo, capaz de expresar con más claridad (con la vida más que con teorías) la unidad de los diversos caminos de la Iglesia?

Personalmente pienso que sí.  Mañana seguiré avanzando en esa línea. En esa línea nos sitúa el modelo sinodal que está proponiendo el Papa Francisco: Un modelo de comunicación, en el que cada iglesia existe y despliega su verdad  compartiendo el camino don otras iglesias.

El camino sinodal consiste en caminar juntos… ¿No podemos dar un paso más y decir: Caminar-juntos (synhodein) implicas ser-juntos (syn-einai).

Una comunicación transformadora


Gabriel López: “Para comunicar el mensaje cristiano no podemos caer en el TikTok de la monja bailando”

“Una comunicación que no transforma no sirve”, ha dicho el director de comunicación del Movimiento Laudato Si’ en Coloquios CONFER

“No podemos caer en la tentación del ‘esto es lo que se hace ahora’, ‘es lo que funciona’ o del TikTok de la monja bailando. Podemos adaptarnos a los nuevos canales, pero no podemos cambiar el mensaje, porque el mensaje es Cristo y Él no cambia“. Estas han sido algunas de las pinceladas que Gabriel López Santamaría, director de comunicación del Movimiento Laudato Si’ ha dado hoy en una nueva entrega de Coloquios CONFER, donde ha reflexionado acerca de la adaptación del marketing a un plan de comunicación en cristiano, de tal modo que “nos puede servir para poner en marcha nuestra acción pastoral


López ha instado, así, a no valorar tanto las tendencias sino centrarse en una comunicación “transformadora”. “Una comunicación que no transforma no sirve”, ha dicho. “Igual que en el sacramento del bautismo nos transformamos en discípulos misioneros, si la comunicación que hacemos no sirve para transformar la realidad individual y colectiva, para facilitar el encuentro del otro con Dios, no sirve para nada”.

“La comunicación católica tiene como objetivo principal facilitar ese encuentro del hombre con Dios, y dejar que él haga el resto”, ha recordado. Asimismo, ha señalado que la única forma de hacer una comunicación verdaderamente transformadora es “saliendo al encuentro”.https://www.youtube.com/embed/veHM022CN-o

Comunicación transversal

“A veces es muy complicado que alguien que no ha sido tocado por la gracia del encuentro pueda comunicarlo”, ha subrayado. “Se pueden aplicar y se aplican técnicas de comunicación y de marketing, pero si de verdad no hemos tenido ese encuentro la comunicación no será transformadora desde la perspectiva cristiana”. Y, del mismo modo, “hay que ir al terreno, dejarse enriquecer por el otro”.

López ha apuntado, por otro lado, que la comunicación cristiana no puede ser autoreferencial, “aquella que se emite desde el púlpito, sino que se crea con los otros”. “Tenemos a veces un error en la comunicación de la Iglesia que es pensar que el objetivo de la comunicación somos nosotros. Y la verdad es que el objetivo son los otros, las personas a las que les estamos hablando”, ha explicado.

“Caemos a veces en la tentación de hablar de nuestro carisma, de nuestro fundador, de nuestros proyectos y olvidamos que aquello que de verdad debemos comunicar es a Cristo”, ha apostillado. “A través del carisma, del fundador… pero a Cristo. No es una comunicación de arriba hacia abajo, sino transversal“.

Cinco pasos a dar como familias

Estos son los “cinco pasos para dar juntos” que propone Francisco a las familias

El Papa se ha encontrado con los participantes en el X Encuentro Mundial de las Familias

El X Encuentro Mundial de las Familias, que tiene lugar del 22 al 26 de junio, ha dado comienzo esta tarde en el Aula Pablo VI del Vaticano. Allí, los asistentes se han podido encontrar con el papa Francisco, quien ha propuesto, a partir de los testimonios de los participantes, cinco pasos “para dar juntos” como familias y como cristianos.

Ante una pareja, Luigi y Serena, que no encontraron “una comunidad que nos sostuviera afectuosamente por lo que somos”, el Papa ha subrayado que “esto nos debe hacer reflexionar”. “Debemos convertirnos y caminar como Iglesia, para que nuestras diócesis y parroquias sean cada vez más comunidades que sostienen a todos con los brazos abiertos”.

“Podemos decir que cuando un hombre y una mujer se enamoran, Dios les ofrece un regalo: el matrimonio”, ha asegurado Francisco. “Un don maravilloso, que tiene en sí mismo el poder del amor divino: fuerte, duradero, fiel, capaz de recuperarse después de cada fracaso o fragilidad”, ha apuntado, recordando, asimismo, que “el matrimonio no es una formalidad que hay que cumplir”, sino que “uno se casa porque quiere fundar el matrimonio en el amor de Cristo, que es sólido como una roca”.

“La familia no es un hermoso ideal, inalcanzable en la realidad”, ha continuado el Papa. “Dios garantiza su presencia en el matrimonio y en la familia, no solo en el día de la boda sino durante toda la vida. Y Él os sostiene cada día en vuestro camino”.

2. “Un paso más” para abrazar la cruz

Otro matrimonio ha hablado de la muerte de su hija, Chiara. “Habéis dado testimonio de que la dura cruz de la enfermedad y de la muerte de Chiara no ha destruido a la familia ni ha eliminado la serenidad y la paz de vuestros corazones”.

“En el corazón de Chiara entró también la verdad de la cruz como don de sí misma, con una vida entregada a su familia, a la Iglesia y al mundo entero”, ha afirmado Francisco. “Siempre necesitamos tener grandes ejemplos que nos estimulen. Que Chiara nos sirva de inspiración en nuestro camino de santidad, y que el Señor sostenga y haga fecunda cada cruz que las familias tienen que cargar”.

3. “Un paso más” hacia el perdón

Paul y Germaine, han hablado, por su parte, de una gran crisis que han vivido en su matrimonio. “Todos nosotros hemos revivido la experiencia de dolor que se experimenta frente a situaciones similares de familias divididas”, ha señalado. “Ver a una familia que se rompe es un drama que no puede dejarnos indiferentes. La sonrisa de los cónyuges desaparece, los hijos están confundidos, la serenidad de todos se desvanece. Y la mayoría de las veces no se sabe qué hacer”. Sin embargo, su historia transmite esperanza porque “justo en el momento más oscuro de la crisis, el Señor respondió al deseo más profundo de su corazón y salvó su matrimonio”.

“Incluso en medio de la tempestad, Dios ve lo que hay en el corazón“, ha afirmado el Papa. “El perdón cura todas las heridas, es un don que brota de la gracia con la que Cristo colma a la pareja y a toda la familia cuando lo dejamos actuar, cuando recurrimos a Él”, ha añadido.

4. “Un paso más” hacia la acogida

Iryna y Sofía han dado, por su parte, voz a tantas personas cuyas vidas se han visto afectadas por la guerra en Ucrania. Por su parte, Pietro y Erika las han acogido. “En la familia se vive una dinámica de acogida, porque sobre todo los esposos se han acogido el uno al otro, como se lo dijeron mutuamente el día del matrimonio: ‘Yo te recibo a ti’. Y después, trayendo hijos al mundo, han acogido la vida de nuevas criaturas”.

“Mientras que en los contextos anónimos se suele rechazar al que es más débil”, ha apuntado Francisco, en las familias, en cambio, “es natural acogerlo: un hijo con discapacidad, una persona anciana que necesita cuidados, un pariente en dificultad que no tiene a nadie. Esto da esperanza. Las familias son lugares de acogida y qué problema sería si faltaran. Una sociedad sin familias acogedoras se volvería fría e invivible”.

5. “Un paso más” hacia la fraternidad

Por último, Zakia ha contado su historia junto a Luca, fallecido, y quienes no compartían credo. “En vuestra familia se expresa el ideal de la fraternidad. Además de ser marido y mujer, vosotros habéis vivido como hermanos en humanidad, como hermanos en experiencias religiosas diversas, como hermanos en el compromiso social”, ha explicado el Papa.

“También esta es una escuela que se aprende en familia. Viviendo junto al que es diferente a mí, en la familia se aprende a ser hermanos y hermanas. Se aprende a superar divisiones, prejuicios, cerrazones y a construir juntos algo grande y hermoso, partiendo de lo que nos une. Ejemplos vividos de fraternidad, como el de Luca y Zakia, nos dan esperanza y nos hacen mirar con más confianza a nuestro mundo desgarrado por divisiones y enemistades”.

La Iglesia en Nigeria

Obispos de Nigeria: “La violencia contra la Iglesia se está volviendo intolerable”

Biblia en una iglesia de Nigeria
Biblia en una iglesia de Nigeria

“Creo que la Iglesia ha sido atacada porque somos bastante críticos con los problemas sociales, políticos, económicos, pedimos buena moral y además somos visibles y creíbles”, señala Ignatius Ayau Kaigama, arzobispo de Abuja

“Lamentablemente, Nigeria se encuentra en una situación en la que el gobierno es incapaz de garantizar nuestra seguridad y defendernos de estos grupos armados criminales”, denuncia el también presidente de la Conferencia Episcopal Regional de África Occidental

RD/Agencias

Mucho dolor y todavía mucha confusión. La Iglesia en Nigeria todavía no ha logrado asimilar el duro golpe que supuso el ataque indiscriminado durante la misa de pentecostés en una parroquia de la diócesis de Ondo, en la que los medios del país cifran en torno a entre cincuenta y un centenar de víctimas mortales.

“Estamos verdaderamente horrorizados y profundamente entristecidos. Todos estamos sufriendo. Estamos horrorizados por el nivel de violencia alcanzado, que no había llegado a este punto”, afirma Ignatius Ayau Kaigama, arzobispo de Abuja y presidente de la Conferencia Episcopal Regional de África Occidental, en conversación con la agencia italiana Sir.

“No nos dejemos intimidar”

Y aunque todavía no se abe a ciencia cierta quiénes están detrás de esta masacre. Monseñor Kaigama sí tiene claro que el Gobierno de Nigeria tiene que actuar ya contra esta videncia “por la seguridad de los católicos en toda Nigeria. Muchos sectores de la sociedad se están quejando, no solo nosotros. Creo que la Iglesia ha sido atacada porque somos bastante críticos con los problemas sociales, políticos, económicos, pedimos buena moral y además somos visibles y creíbles. Quizás haya interés en destruir la voz de la Iglesia para que no sea tan activa. Pero no nos dejemos intimidar”.

Una parroquia nigeriana atacada
Una parroquia nigeriana atacada

El cardenal arzobispos emérito de Abuja, John Olorunfemi Onaiyekan, de 78 años, por su parte se muestra cauto antes de responsabilizar del ataque a grupo terroristas musulmanes que ya en otras ocasiones han asesinado también a cristianos.

Más que un asunto entre cristianos y musulmanes

“Todavía no tengo todos los detalles de lo que pasó. Es una situación diferente a los ataques en el norte del país, el estado de Ondo está en el sur de Nigeria y aquí los cristianos, no católicos sino cristianos en general, son una gran mayoría. Dicen que fueron los pastores Fulani, que son musulmanes. Pero a veces, incluso en el norte, estos grupos criminales también matan a la gente en las mezquitas, durante la oración. La cuestión es mucho más que un asunto entre cristianos y musulmanes”, señala en declaraciones al Corriere dela Sera.

El purpurado nigeriano hace hincapié en qu “la cuestión es más que religiosa” porque estos grupos “también matan en mezquitas, escuelas y pueblos” y enfatiza en que “si hubiera una guerra de musulmanes contra cristianos, yo la denunciaría y te diría que estoy del lado de mi pueblo para defenderla. Pero no hay guerra como esta, no la veo