Vida en los pueblos, propuesta de esperanza


La Iglesia, esperanza en la España vaciada… también online

Com motivo del día de san Isidro, el Movimiento Rural Cristiano organiza un coloquialismo virtual con el economista Enrique Lluch

El Movimiento Rural Cristiano ya prepara la festividad de san Isidro labrador y ha organizado para el próximo 15 de mayo una charla-coloquio en línea con el economista Enrique Lluch. El lema del día del mundo rural de este año “Vida en los pueblos, propuesta de esperanza”.


Implicaciones económicas

Cuando se oyen más que nunca los planes para acabar con la España vaciada, la entidad católica propone un encuentro con este bloguero de Vida Nueva que es profesor en la Universidad CEU Cardenal Herrera. La participación es totalmente gratuita aunque es necesaria la inscripción a través del formulario oficial.

Enrique Lluch Frechina (Almàssera, 1967) es doctor en Ciencias Económicas y licenciado en Económicas por la Universitat de Valencia, licenciado en Derecho por la UNED, bachiller en Teología por el Instituto Teológico de Murcia, Máster en Comunidades Europeas por el ICADE y Máster en Dirección y Administraciones de Empresas por la Cámara de Comercio de Valencia. Ha dirigido proyectos de Investigación con la Universidad Católica de Mozambique y la Université de Kara (Togo). En la Universidad CEU Cardenal Herrera ha dirigido la Cátedra de Solidaridad y el Máster Universitario en Dirección y Gestión de Empresas MBA. Dirige el Observatorio de Investigación sobre Pobreza y Exclusión en la Comunidad Valenciana en la que colaboran la Universidad CEU Cardenal Herrera, las Cáritas diocesanas de la Comunidad Valenciana y la Fundación FOESSA.

La Buena Noticia del Dgo 4º de Pascua-C

Mis ovejas escuchan mi voz

Yo las conozco y ellas me siguen

Lectura de la Palabra

JUAN 10, 27-30

Mis ovejas escuchan mi voz: yo las conozco y ellas me siguen, 28 yo les doy vida definitiva y no se perderán jamás ni nadie las arrancará de mi mano.

29 Lo que me ha entregado mi Padre es lo que más importa, y nadie puede arrancar nada de la mano del Padre.

30 El Padre y yo somos uno.

Comentario a la lectura:

CUIDADO E INCONDICIONALIDAD AMOROSA

La metáfora del vínculo entre el pastor y sus ovejas para referirse a la relación de Cristo con la humanidad quizás ha quedado desgastada en la cultura suburbana, pero lo que pretende subrayar fundamentalmente es su opción incondicional por aquellos y aquellas que conoce en profundidad y que ama más que a su vida misma. A ello remite en este mismo capítulo en los versículos 1,10. El texto de este domingo resalta de nuevo esta incondicionalidad, pero precedida de cuatro verbos (acciones). Dos referidas al pueblo-humanidad: escuchar y seguir y otra a Cristo-Pastor: conocer y cuidar.

La relación está atravesada por tanto por un compromiso mutuo que es la unión de dos libertades, la del pueblo-humanidad en la escucha de la voz de Dios y su compromiso en la historia, secundando su iniciativa (seguimiento), y la de Dios, en su alianza inquebrantable de amor y cuidado, expresada como “vida eterna” y cuyo garante es Dios mismo, revelado en el amor histórico y concreto encarnado en Cristo.

En nuestra experiencia como mujeres y hombre creyentes quizás este texto remite a dos cuestiones fundamentales: La primera es hacernos conscientes de la calidad de nuestra escucha a la Palabra de Dios en la historia, en los acontecimientos, en lo cotidiano de nuestra vida.

¿Es nuestra escucha una escucha actualizada o más bien vivimos de las rentas? ¿Cómo descubrimos a Dios en los nuevos signos de los tiempos y sus clamores: el grito de la tierra y la ecología, los movimientos de liberación de las mujeres, las luchas antirracistas, ¿las iniciativas por otra economía y organización social posibles que tenga en el centro la vida y no el libre mercado y en las que las personas y la casa común sean lo primero? En definitiva ¿Cómo es nuestra calidad de escucha y disponibilidad a hacer del mundo un lugar habitable, sin primeros ni últimos ni últimos, al modo de Jesús de Nazaret?

La segunda pregunta va referida a nuestra propia experiencia de Dios porque la fe cristiana no es ideología ni creencia, sino sobre todo experiencia. ¿Cómo y a través de quienes experimentamos el cuidado y la incondicionalidad amorosa de Dios en los tiempos inciertos y violentos que atravesamos? ¿Qué experiencias de plenitud, de eternidad, de comunión se nos van regalando desde el ya sí, pero todavía no del reino y son en nuestra vida fuente de resiliencia y esperanza comprometida contra toda desesperanza?

Pepa Torres Pérez

¿Dónde tuvieron lugar las apariciones del Resucitado?

por Pedro Barrado 

  • Como estamos en Tiempo Pascual, puede ser oportuna alguna consideración sobre las apariciones del Resucitado.

En primer lugar, llama la atención lo que en principio parece una contradicción. Así, en el evangelio de Marcos se anuncia que el Resucitado se encontrará con sus discípulos en Galilea: “Id a decir a sus discípulos y a Pedro: ‘Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo’” (Mc 16,7), como les dice a las mujeres –María Magdalena, María de Santiago y Salomé– un joven vestido de blanco –indicando con ello su relación con el ámbito divino– en el sepulcro vacío de Jesús (por tanto, en Jerusalén).

En Mateo se narra de hecho ese encuentro anunciado: “Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron…” (Mt 28,16-17). Pero antes de esto Mateo ha contado la aparición a las mujeres –María Magdalena y otra María– en Jerusalén: “De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: ‘Alegraos’. Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: ‘No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán’” (28,9-10).

¿Jerusalén o Galilea?

Si acudimos al evangelio de Lucas, lo que vemos es, en primer lugar, la aparición en el sepulcro a las mujeres –María Magdalena, Juana y María la de Santiago– de dos hombres con vestidos refulgentes –de nuevo un signo de su pertenencia al mundo divino–. Y, a continuación, se narran dos apariciones del Resucitado: una a dos discípulos que caminan hacia Emaús, y, después, otra a los apóstoles. En todo caso, estas apariciones tienen lugar en Jerusalén o sus alrededores, no en Galilea.

En el evangelio de Juan se narra una aparición a María Magdalena junto al sepulcro (Jn 20,11-18) y otras dos a los discípulos, que se encuentran encerrados en el Cenáculo (20,19-29: la primera de ellas sin Tomás; la segunda, con él). Las tres tienen lugar, pues, en Jerusalén. Después, en el capítulo 21, se narra otra aparición a los discípulos en el lago de Tiberíades. Es decir, apariciones tanto en Jerusalén como en Galilea.

Dicen los expertos que lo que tenemos en los evangelios es la presencia de dos tradiciones distintas que situaban las apariciones del Resucitado, bien en Jerusalén, bien en Galilea. ¿Debemos sorprendernos de ello? Quizá no, si pensamos que, con la resurrección, estamos ante una realidad que, por definición, desborda el tiempo y el espacio. Por tanto, no sería descabellado pensar que distintas comunidades cristianas podrían haber tenido la experiencia de un encuentro con el Resucitado en distintos lugares más o menos simultáneamente.

Mensaje del Papa para la 59ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones

Francisco reivindica una Iglesia «capaz de caminar unida en la armonía de las diversidades, en la que todos tienen algo que aportar y pueden participar activamente»

Sinodalidad
Sinodalidad

“Este es el misterio de la Iglesia que, en la coexistencia armónica de las diferencias, es signo e instrumento de aquello a lo que está llamada toda la humanidad”

«Sabemos que la Iglesia existe para evangelizar, saliendo de sí misma y esparciendo la semilla del Evangelio en la historia»

“La sinodalidad, el caminar juntos es una vocación fundamental para la Iglesia, y sólo en este horizonte es posible descubrir y valorar las diversas vocaciones, los carismas y los ministerios”

“Estamos llamados a ser custodios unos de otros, a construir lazos de concordia e  intercambio, a curar las heridas de la creación para que su belleza no sea destruida”, siendo “una única familia en la maravillosa casa común de la creación, en la armónica variedad de sus elementos”

«Cuando hablamos de “vocación” no se trata sólo de elegir una u otra forma de vida, de dedicar la propia existencia a un ministerio determinado o de sentirnos atraídos por el carisma de una familia religiosa, de un movimiento o de una comunidad eclesial; se trata de realizar el sueño de  Dios, el gran proyecto de la fraternidad que Jesús tenía en el corazón cuando suplicó al Padre: «Que todos sean uno»”

05.05.2022 Jesús Bastante

“Sacerdotes, consagradas, consagrados y fieles laicos caminamos y trabajamos juntos para testimoniar que una gran familia unida en el amor no es una utopía, sino el propósito para el que Dios nos ha creado”. En su mensaje para la 59ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, Francisco realiza un llamamiento a las distintas vocaciones, distintas, poliédricas, como la propia Iglesia, pero con un objetivo común: la unidad.

“Este es el misterio de la Iglesia que, en la coexistencia armónica de las diferencias, es signo e instrumento de aquello a lo que está llamada toda la humanidad”, sostiene Bergoglio en su mensaje, que cierra pidiendo que “la Iglesia debe ser cada vez más sinodal, es decir, capaz de caminar unida en la armonía de las diversidades, en la que todos tienen algo que aportar y pueden participar activamente”.

Sinodalidad
Sinodalidad

«Los vientos gélidos de la guerra»

El Papa arranca su mensaje recordando el momento actual, en el que “los vientos gélidos de la guerra y de la opresión aún siguen soplando, y presenciamos a menudo fenómenos de polarización”. En este ‘hoy’, “como Iglesia hemos comenzado un proceso sinodal”.

¿Por qué? Porque “sentimos la urgencia de caminar juntos cultivando las dimensiones de la escucha, de la participación y del compartir”, para “contribuir a edificar la familia humana, a curar sus heridas y a proyectarla hacia un futuro mejor”.

A partir de ahí, Bergoglio reflexiona sobre qué significa la vocación, y cómo estamos “llamados a ser todos protagonistas de la misión”. “La sinodalidad, el caminar juntos es una vocación fundamental para la Iglesia, y sólo en este horizonte es posible descubrir y valorar las diversas vocaciones, los carismas y los ministerios”, avanza el Papa, quien añade que “al mismo tiempo, sabemos que la Iglesia existe para evangelizar, saliendo de sí misma y esparciendo la semilla del Evangelio en la historia”.

Audiencia de los Misioneros de la Misericordia
Audiencia de los Misioneros de la Misericordia

Todos somos misioneros

Todos somos misioneros. “Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador”, apunta Francisco, quien advierte de “la mentalidad que separa a los sacerdotes de los laicos, considerando protagonistas a los primeros y ejecutores a los segundos”, y reclama “llevar adelante la misión cristiana como único Pueblo de Dios, laicos y pastores juntos”.

Puesto que todos estamos “llamados a ser custodios unos de otros, y de la creación”, Francisco insiste en que, más allá de la fe, “cada uno de nosotros es una criatura querida y amada por Dios, para la que Él ha tenido un pensamiento único y especial; y esa chispa divina, que habita en el corazón de todo hombre y de toda mujer, estamos llamados a desarrollarla en el curso de nuestra vida, contribuyendo al crecimiento de una humanidad animada por el amor y la acogida recíproca”.

Sinodalidad
Sinodalidad

“Estamos llamados a ser custodios unos de otros, a construir lazos de concordia e  intercambio, a curar las heridas de la creación para que su belleza no sea destruida”, siendo “una única familia en la maravillosa casa común de la creación, en la armónica variedad de sus  elementos”.

Alcanzados por la mirada de Dios

Otra gran vocación es la particular, la que “Dios nos dirige a cada uno”, cómo “Dios ha querido mirar y mira nuestra vida”. La mirada de Dios, “su mirada de amor siempre nos alcanza, nos conmueve, nos libera y nos transforma, haciéndonos personas nuevas”. 

“Esta es la dinámica de toda vocación: somos alcanzados por la mirada de Dios, que nos llama (…), la vocación es para todos, porque Dios nos mira y nos llama a todos”, sostiene Bergoglio, que compara al Creador con el “divino escultor” que “con sus manos nos hace salir de nosotros mismos, para que se proyecte en nosotros esa obra maestra que estamos llamados a ser”.

“En particular, la Palabra de Dios, que nos libera del egocentrismo, es capaz de purificarnos, iluminarnos y recrearnos” insiste, animando a ponernos “a la escucha de la Palabra, para abrirnos a la vocación que Dios nos confía. Y aprendamos a escuchar también a los hermanos y a las hermanas en la fe, porque en sus consejos y en su ejemplo puede esconderse la iniciativa de Dios, que nos indica caminos siempre nuevos para recorrer”.

Mirarnos los unos a los otros

“Aprendamos también a mirarnos unos a otros para que las personas con las que vivimos y que encontramos —cualesquiera que sean— puedan sentirse acogidas y descubrir que hay Alguien que las mira con amor y las invita a desarrollar todas sus potencialidades”, porque “cuando acogemos esta mirada nuestra vida cambia”. Ya sea en la vocación al sacerdocio o al matrimonio. “En general, toda vocación y ministerio en la Iglesia nos llama a mirar a los demás y al mundo con los ojos de Dios, para servir al bien y difundir el amor, con las obras y con las palabras”. 

La vida vivida como vocación
La vida vivida como vocación

“Como cristianos, no sólo somos llamados, es decir, interpelados personalmente por una vocación, sino también con-vocados”, como “las teselas de un mosaico, lindas incluso si se las toma una por una, pero que sólo juntas componen una imagen”, afirma el Papa, que añade: “Brillamos, cada uno y cada una, como una estrella en el corazón de Dios y en el firmamento del universo, pero estamos llamados a formar constelaciones que orienten y aclaren el camino de la humanidad, comenzando por el ambiente en el que vivimos”.

«Que todos sean uno», el gran proyecto de Dios

“Este es el misterio de la Iglesia que, en la coexistencia armónica de las diferencias, es signo e instrumento de aquello a lo que está llamada toda la humanidad”, concluye. “Por eso la Iglesia debe ser cada vez más sinodal, es decir, capaz de caminar unida en la armonía de las diversidades, en la que todos tienen algo que aportar y pueden participar activamente”.

Por eso, “cuando hablamos de “vocación” no se trata sólo de elegir una u otra forma de vida, de dedicar la propia existencia a un ministerio determinado o de sentirnos atraídos por el carisma de una familia religiosa, de un movimiento o de una comunidad eclesial; se trata de realizar el sueño de  Dios, el gran proyecto de la fraternidad que Jesús tenía en el corazón cuando suplicó al Padre: «Que todos sean uno»”, finaliza el mensaje, que insiste en que “toda vocación en la Iglesia, y en sentido amplio también en la sociedad, contribuye a un objetivo común: hacer que la armonía de los numerosos y diferentes dones que sólo el Espíritu Santo sabe realizar resuene entre los hombres y mujeres”

El colectivo Berpiztu Kristau Taldea de la Iglesia diocesana de Bilbao

«Reivindicamos el acceso de la mujer a todos los servicios y ministerios, incluido el sacerdotal»

Evento del colectivo "Berpiztu Kristau Taldea"
Evento del colectivo «Berpiztu Kristau Taldea»

Hace unos pocos días José Alberto Vicente y Miguel Angel Esnaola compartían sus experiencias de vida como curas en un evento abierto organizado por el colectivo ‘Berpiztu Kristau Taldea’, convocado para reflexionar colectivamente sobre qué tipo de cura necesita en este momento la Iglesia diocesana de Bilbao

Se lanzaron claves como la importancia de estar presentes en el mundo, la necesidad de la oración y reflexión a través de la acción directa o la importancia participar como uno más en la comunidad

También se planteó con fuerza, en un momento sinodal como el que vive nuestra iglesia con el que dice querer superar las dinámicas clericales, la necesidad de pasar del concepto de parroquia al de comunidad

El diálogo se dirigió, también, al modelo de Iglesia que se busca. Porque el tipo de cura que se necesita en la diócesis de Bilbao va a la mano del tipo de Iglesia y de comunidad que se necesita o se quiere impulsar

Por | Berpiztu Kristau Taldea

(Berpiztu Kristau Taldea).- Hace unos pocos días José Alberto Vicente y Miguel Angel Esnaola compartían las experiencias de vida que les han determinado en su manera de ser curas. Lo hacían en un evento abierto organizado por el colectivo “Berpiztu Kristau Taldea” en la parroquia de la Inmaculada Concepción, en Bilbao, convocado para reflexionar colectivamente sobre qué tipo de cura necesita en este momento la Iglesia diocesana de Bilbao.

A lo largo de la reflexión, abierta al diálogo entre las personas asistentes, se lanzaron claves como la importancia de estar presentes en el mundo de hoy, la necesidad de la oración y reflexión a través de la acción directa y el valor que tiene, para un cura y una comunidad creyente, participar como uno más, junto con el resto de agentes (sociales, políticos, económicos), en la dinamización de la vida del barrio o del municipio en el que se está presente. Porque la vida de ese lugar, su mejora, también es objetivo y sentido de la presencia de la comunidad cristiana y del cura que es parte de ella. Dice el Papa Francisco que “todo está conectado” (Laudato si, 240), nada le puede resultar ajeno.

Colectivo Berpiztu Kristau Taldea
Colectivo Berpiztu Kristau Taldea

También se planteó con fuerza, en un momento sinodal como el que vive nuestra iglesia con el que dice querer superar las dinámicas clericales, la necesidad de pasar del concepto de parroquia al de comunidad, y de hacer que la realidad de las calles y plazas esté presente en el templo que reúne y convoca a la comunidad creyente para celebrar. Sólo de esa forma la celebración será, realmente, una experiencia de encarnación real al estilo de Jesús de Nazaret y podrá transitar, a partir de las diferentes vivencias, hasta ese Cristo resucitado que nos presenta un modelo de ser y de estar en el mundo.

En la conversación se recordó la importancia de la escucha profunda y activa del Espíritu tanto a través de la oración y la celebración como de la implicación y participación. Además, se señaló la necesidad de un buen acompañamiento al cura que ha de ser realizado, principalmente, en el marco de una comunidad y de su presencia vital (no esporádica), también en su fase formativa como seminarista, en entornos vitales normalizados donde viven las mujeres y hombres de hoy. En definitiva, un acompañamiento y una experiencia “en medio del pueblo de Dios”.

El diálogo se dirigió, también, al modelo de Iglesia que se busca. Porque el tipo de cura que se necesita en la diócesis de Bilbao va a la mano del tipo de Iglesia y de comunidad que se necesita o se quiere impulsar en esta diócesis para las próximas décadas. Un modelo que está por construir y que requiere de grandes dosis de atrevimiento, audacia y creatividad. Para no repetir modelos caducos que ya no sirven o realizar sólo pequeños remiendos a lo que necesita de una renovación en profundidad. Por eso es imprescindible que ésta sea la prioridad en este tiempo y en todos los esfuerzos que se realicen en los consejos y órganos de participación y de diálogo de la diócesis de Bilbao. Ya no hay tiempo para distraerse con asuntos de segundo nivel.

Es, por eso mismo, momento de leer, a la luz de los tiempos y del Espíritu, el texto del evangelio: “Nadie echa un remiendo de paño sin cardar a un vestido viejo; de lo contrario lo añadido tira de ello, lo nuevo de lo viejo, y se hace un rasgón peor. Nadie echa vino nuevo en odres viejos; de lo contrario, el vino revienta los odres y se echan a perder odres y vino. A vino nuevo odres nuevos” (Marcos 2, 21-22). Y de ponernos a la par de Nicodemo cuando se preguntaba, ante Jesús, “¿cómo se puede nacer de nuevo siendo viejo? (Juan 3, 4).

Finalmente, como fruto del evento se compartió y promovió la siguiente declaraciónque será remitida al Obispo de Bilbao y difundida públicamente:

Qué curas necesita nuestra diócesis

Hoy, 7 de abril de 2022, reunidos en la parroquia de la Inmaculada Concepción del barrio bilbaíno de Basurto, el colectivo “Berpiztu Kristau Taldea”, con seguidores y seguidoras de Jesús del lugar y también de otros, venidos de diferentes sitios de Bizkaia, nos sumamos a quienes, queriendo superar el actual modelo de Iglesia, clerical y patriarcal, no solo apoyan el pleno reconocimiento y dignidad de las mujeres en una institución eclesiástica que las invisibiliza, sino que reivindicamos, de manera particular, su acceso a todos los servicios y ministerios, incluido, por supuesto, el sacerdotal, así como a todos los espacios de decisión y organismos que, dentro de nuestra Iglesia, aseguren su completa igualdad con los varones.

Además, nos sumamos a todos los partidarios y partidarias de impulsar una doble vía de acceso al ministerio sacerdotal (célibe o casado, hombre o mujer), y a quienes promueven una nueva forma de ser “sacerdotes de la comunidad”, especialmente en aquellas parroquias condenadas a vivir sin la celebración eucarística o a vincularse en las llamadas “unidades pastorales” por una ausencia desmedidamente prolongada de presbíteros.

Pero conscientes de la inviabilidad canónica, hoy por hoy, de estas propuestas, queremos dirigirnos a nuestro Obispo para que abra un diálogo sinodal en el que pueda participar todo el pueblo de Dios en Bizkaia y en el que, por lo menos, sea posible discernir el perfil humano, espiritual, teológico, pastoral y eclesial que consideramos necesario impulsar tanto en la formación de los nuevos presbíteros diocesanos seculares como en la formación permanente de los que ya lo son.

También le íbamos a solicitar que -prolongando una tradición en nuestra diócesis, interrumpida en los últimos veinticinco años- no solo consultara a los órganos oficiales de corresponsabilidad diocesanos, sino, igualmente, a los diferentes consejos pastorales en los territorios sobre la persona que pudiera ser el Rector de nuestro Seminario los próximos 5 años, como máximo. Por lo que sabemos, no ha actuado de esta manera. Entendíamos que no hacerlo así, sería un modo de proceder clericalista que buscamos superar. Visto que no ha procedido de esta manera, solo nos queda desearle que haya acertado en la decisión tomada, esperando que, efectivamente, se abra un nuevo tiempo para nuestro seminario y, sobre todo, para nuestra diócesis porque hemos acordado, de manera sinodal, el tipo de presbítero que consideramos necesario promover y favorecer. E, igualmente la pastoral vocacional y la ministerialidad laical que es preciso promover.

A la espera de que abra ese tiempo sinodal que le proponemos, le manifestamos que nos gustaría conocer su parecer sobre la posibilidad de que el proceso formativo de los futuros presbíteros diocesanos se desarrolle no tanto en un edificio separado con presencias puntuales en nuestras comunidades, cuanto en el seno de las parroquias que conforman nuestra diócesis y que el grupo de formadores y formadoras del Rector (por supuesto, éste último, itinerante) quede conformado por los equipos ministeriales de los territorios en los que los seminaristas viven durante su proceso formativo.

Cirilo, el Patriarca ruso blasfemo

Cirilo y Putin
Cirilo y Putin

«Una vez más, la religión sigue siendo inspiradora de guerras, con lo que se augura que será -está siendo- terriblemente salvaje, poniendo a Dios por testigo e invocando su sagrado nombre»

«¡Eminentísimo Sr. Cirilo, déjese de blasfemias litúrgicas de oblicuos agradecimiento, e interésese de verdad por contribuir a terminar cuanto antes con guerra tan feroz, como ‘religiosa'»

Por Antonio Aradillas

El inmenso y pútrido «blasfemódromo” que en los siglos de los siglos ahondó la humanidad “religiosa”, acaba de hacerlo reventar   Kirill –“Cirilo” para los castellano-parlantes-, por más señas, Patriarca de la Iglesia cristiana de Moscú-, con ocasión de la inhumana guerra de Ucrania de la que se hacen eco fiel y unánime los medios de comunicación de todo el mundo. 

El tal Cirilo, hijo y nieto de sacerdotes ortodoxos, nació en Leningrado-Petrogrado el 20 de noviembre de 1946, llegando a ser consagrado “hieromonje”, el uno de junio de 1967 la gran fiesta de la Santísima Trinidad.  Fue entronizado como Patriarca   de la “Tierra Rusa” -que incluía “Rusia, Ucrania, Bielorrusia y otras tribus y pueblos”-  el día uno de febrero  del Año del Señor 2009, ejerciendo de siempre como padre-director espiritual  de su paisano y amigo  Wladimir Putín.

Cirilo

Las crónicas más recientes informan que el citado Patriarca, XVI de los de Moscú, lamenta que “las fuerzas del mal quieren romper la unidad histórica entre las naciones rusas”, por lo que es justa y legítima la guerra declarada por Putin, dado que «no debemos permitir que fuerzas externas oscuras y hostiles se rían de nosotros”

“¡Que el Señor proteja la tierra rusa y bendiga las armas que han de emplearse!”, resulta ser, más que una jaculatoria  dirigida a la Divinidad por su representante supremo eclesiástico, fruto y consecuencia  de un exceso  de vodka que, aunque literalmente significa “agüita”, es una bebida rusa que concentra  los más altos grados de alcohol…  El brindis a su amigo Putin, reconcentrado en la frase  de ser este personaje  “un milagro de Dios”, y la posibilidad de  represaliar a  Epifanio I, patriarca de la  Iglesia de Ucrania, escindida  de la de Moscú , e independiente  desde el año 2019, pueden contabilizarse como con-causas  de la declaración de esta guerra.

Una vez más, la religión sigue siendo inspiradora de guerras, con lo que se augura que será -está siendo- terriblemente salvaje, poniendo a Dios por testigo e invocando su sagrado nombre. 

Cirilo

¿Es que no hay salvación, si no dentro también de la Iglesia rusa, de modo similar como se nos adoctrinó a los católicos, apostólicos y romanos, tan repetidamente y con carácter de dogma, inherente al Credo?

No descarto la posibilidad de que, tal y como está hoy todo lo que se relaciona con la religión, no pocos involucren las palabras de Cirilo con comportamientos católicos jerárquicos, y lleguen a la conclusión de que precisamente donde no hay salvación no es fuera de la Iglesia, sino dentro de ella, sea rusa o católica…

¡Eminentísimo Sr. Cirilo, déjese de blasfemias litúrgicas de oblicuos agradecimiento, e interésese de verdad por contribuir a terminar cuanto antes con guerra tan feroz, como “religiosa” y, por el momento, márchese al frente, en primera línea o, al menos, baje al  refugio del “metro” y aliméntese del dolor y las lágrimas de niños y madres…¡

No olvide que usted y su patrocinador Wladimir Putin, son merecedores de ser condenados como criminales de lesa humanidad… Y, por amor de Dios, no destruyan la catedral infinita de Kiev…

Profetas: el porvenir de la Iglesia

marcha en El Salvador en memoria de Ignacio Ellacuría y jesuitas asesinados 1989 mártires de la UCA 2017
Por Rafael Narvona

Se considera profetas a los intermediarios entre Dios y la humanidad. En el pasado, este concepto se hallaba asociado a un planteamiento mitológico que implicaba una experiencia sobrenatural, una especie de misticismo pagano con ciertos signos de teatralidad. En la actualidad, un profeta no es un taumaturgo, sino alguien clarividente, un visionario cuya lucidez no se vincula a estados alterados de conciencia, sino a una comprensión profunda del Evangelio y el misterio de Dios. Profetas son Óscar Romero, Ignacio Ellacuría –dos mártires– o el papa Francisco, que con ‘Fratelli tutti’ y sus reformas, firmemente comprometidas con los pobres y con una mayor presencia de mujeres y laicos en la iglesia, ha encendido la esperanza entre creyentes y no creyentes. Profetas son también Leonardo Boff, Pedro Arrupe, reformador de la Compañía de Jesús o Jon Sobrino, superviviente de la matanza de la UCA en El Salvador. Frente a los sabios, más concentrados en el trabajo intelectual y el estudio, los profetas vuelcan su atención en la actualidad, intentando identificar los signos de los tiempos y denunciando las conductas que atentan contra la dignidad y los derechos del ser humano.


Los profetas de las últimas décadas del siglo XX sufrieron mucho con Juan Pablo II, que interpretó la teología de la liberación como una infiltración marxista en el seno de la iglesia. Su experiencia en Polonia con una dictadura comunista le impidió apreciar que ninguno de los teólogos adscritos a esa tendencia exaltó el marxismo. Simplemente, lo utilizó como una herramienta de análisis para denunciar los abusos del capitalismo. Ignacio Ellacuría repitió muchas veces que el marxismo había alertado sobre las intolerables desigualdades sociales provocadas por la economía de mercado, pero su alternativa no era ética y humana, pues pasaba por la violencia y desembocaba en un Estado totalitario. Juan Pablo II no mostró interés por comprender a los teólogos que esgrimían la “opción preferencial por los pobres”. Se limitó a silenciarlos y marginarlos. Afortunadamente, corren otros tiempos y la iglesia ha vuelto a recuperar ese espíritu profético que impregna todo el Evangelio. El gesto de Francisco de suspender las sanciones contra el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, otro profeta, puso de manifiesto que se abría una nueva época. Aunque todavía hacen mucho ruido los movimientos y las publicaciones integristas, los vientos de renovación y apertura parecen imparables. ¿Podría involucionar la iglesia? ¿Un nuevo Papa podría desmontar todo lo que ha hecho Francisco e imponer un modelo tradicionalista, aliado con las corrientes más intransigentes de la sociedad? Es imposible saberlo, pero si la iglesia diera eligiera ese camino, se hundiría en la insignificancia, convirtiéndose en algo marginal y anacrónico.

El camino estrecho

Hace años, dos sacerdotes se acercaron a mí mientras contemplaba la fachada de la catedral de Astorga y hablaron conmigo durante casi dos horas. Una y otra vez me repitieron que la iglesia no era el clero, sino el pueblo de Dios, la comunidad que sigue las enseñanzas del Evangelio. Pienso que esa es la razón por la que Francisco ha incrementado con sus reformas la presencia de las mujeres y los laicos, intentando restaurar la atmósfera de las primeras comunidades cristianas, cuando aún no existían las diferencias jerárquicas y el espacio de encuentro no era un rito solemne, sino la mesa compartida.

¿Qué puede aportar el Evangelio en nuestros días? ¿Cuál es hoy el papel de los profetas? Como señala José Antonio Pagola en ‘Jesús. Una aproximación histórica’, “el reino de Dios se va gestando allí donde ocurren cosas buenas para los pobres”. El Evangelio es una buena noticia porque aboga por un porvenir más justo, sin parias, explotados, ofendidos ni marginados. Como apunta Pagola, “¡Dios defiende a los que nadie defiende!”. Los profetas intentan mantener vivo ese mensaje, escogiendo el camino estrecho que tomó Óscar Romero, asesinado por luchar contra la actitud inhumana de las oligarquías. El arzobispo de San Salvador siguió el ejemplo de Jesús, que alzó la voz en favor de los campesinos pobres, los arrendatarios y los jornaleros de Galilea, con graves problemas de subsistencia por culpa de los terratenientes, partidarios de promover el comercio de trigo, vino y aceite en vez del cultivo de cebada, judías y otros productos necesarios para la subsistencia de las familias más modestas. Jesús vivió como los pobres, durmiendo a la intemperie y sin un trabajo estable. Desafiando a los ricos y poderosos, anunció que el reino sería de los olvidados y los oprimidos, de los humillados y los desamparados, de los que tienen sed y hambre de justicia. En cambio, los más prósperos y adinerados quedarían fuera. Su entrada en el reino sería más improbable que el tránsito de un camello por el ojo de una aguja.

Solidaridad con el vulnerable

Algunos sostienen que –conforme a su sustrato arameo– las bienaventuranzas deberían ser traducidas en primera persona. En realidad, Jesús habría dicho: “Dichosos nosotros que no tenemos nada… Dichosos los que ahora tenemos hambre… Dichosos los que ahora lloramos”. No es extraño que los políticos, oligarcas y militares salvadoreños que organizaron el asesinato de Romero llegaran a pensar que la Biblia era un panfleto revolucionario e interpretaran su posesión como un gesto subversivo. Jesús no habla de un amor retórico, como señala Pagola, sino de alimentar al hambriento, vestir al que está desnudo, visitar al que está en la cárcel, compartir con el que no tiene nada. Exalta la misericordia, no la penitencia. La salvación no es un privilegio de los que observan los ritos religiosos, sino de los que ayudan a los necesitados. Lo esencial no es el culto o la obediencia, sino la compasión.

Jon Sobrino se pregunta si es humano un mundo donde una minoría acumula insolidariamente y otra muere de escasez. Los medios de comunicación encubren esa realidad, logrando que los pobres sean invisibles e irrelevantes. Sobrino afirma que lo cristiano es prestar la voz a los que carecen de ella. Hay que contrarrestar las campañas de desinformación de “los que tienen demasiada voz”. La resignación, el fatalismo o la complicidad con los poderes establecidos no son opciones cristianas. Lo cristiano es solidarizarse con el más débil y vulnerable. Sobrino comenta con pesar que niño del Primer Mundo consume los recursos de más de 400 niños etíopes y que todos los años mueren cincuenta millones de personas a causa del hambre. Frente a esta iniquidad, aboga por la creación de “un mundo que llegue a ser un hogar para el hombre”, según las palabras del filósofo Ernst Bloch. Escribe Sobrino: “Desde la fe cristiana, tal como la actualizaron entre nosotros monseñor Romero e Ignacio Ellacuría, las víctimas son más que víctimas. Son el pueblo crucificado, el siervo doliente de Yahveh, el Cristo crucificado de nuestro tiempo”.

El porvenir de la iglesia depende de la aparición de nuevos profetas. Profetas que irriten tanto como Jesús, crucificado por la Roma imperial. Profetas como monseñor Romero, que pidió a la Guardia Nacional que no disparara contra sus hermanos (“En nombre Dios, ¡cese la represión!”). Profetas como Ellacuría, que afirmó que nadie tenía derecho a lo superfluo mientras todos no tuvieran lo esencial. Sin profetas, la iglesia solo será una institución, más preocupada por su supervivencia que por el legado del Evangelio. “La gloria de Dios –apuntó monseñor Romero– es que el pobre viva”. Lo contrario es impiedad, blasfemia. Ojalá el siglo XXI nos depare nuevos santos como Romero, testigo de Cristo entre sus hermanos.

«Curia romana, todo el pueblo de Dios»

Anunciad el evangelio (III):  Una iglesia post-jerárquica, post-colonial y post-capitalista

El Papa y la Curia romana
El Papa y la Curia romana

En la línea de las dos «postales» anteriores sigo tratando de la “Constitución apostólica”  «Praedicate Evangelium» que establece (instituye) la identidad y tarea de la Curia de Roma al servicio de la iglesia

Esta Constitución no se dirige sólo a los miembros de la Curia Romana, sino a todos los cristianos, insistiendo en en el evangelio como buena noticia de Dios, revelada (encarnada) por Cristo en el mundo. Como toda institución, la Curia Romana ha tendido a “cerrarse” al servicio de sus intereses, como he puesto de relieve en las dos  postales anteriores. Para superar ese “cierre”, Francisco sigue empeñado en un  Iglesia en Salida

            Desde ese fondo ofreceré una reflexión en tres momentos. (a) Curia romana, todo el pueblo de Dios. (b) Una  una iglesia post-jerárquica, post-colonial y post-capitalista. (c) Unas anotaciones para el camino

«El organigrama jerárquico de la iglesia actual es más propio de un sistema burocrático sacral y estamental que de una comunión de seguidores de Jesús. Sólo así se entiende el hecho de que ordene ministros en sí (presbíteros sin comunidad, obispos sin iglesia),  como expresión de honor y cambio de estado (elevación estamental)» 

Por | Xabier Pikaza teólogo

(A) CURIA ROMANA E IGLESIA: DOS LINEAS, UN  CAMINO

Como he dicho, las instituciones eclesiásticas tienden a cerrarse y tomarse como fin en sí mismas; surgen para realizar unos servicios, pero corren el riesgo. Empiezan para servicio del evangelio, pero terminan sirviéndose a sí mismas. En contra de eso, en esta Constitución (Praedicate Evangelio) el Papa Francisco es que la Curia esté al servicio del evangelio. Es un tema y tarea difícil, pues como he puesto de relieve en las “postales” anteriores, la Curia Roma ha seguido aumentando poderes, incluso a pesar (y en contra) del NT y del Vaticano II.             

A diferencia de algunos que quisieran que el mismo Vaticano renunciara a sus “poderes” y se disolviera, tras 500 años (o 1000) años de “servicio”, el Papa Francisco  quiere que el cambio se realice en dos planos complementarios: (a) Por una transformación oficial del Vaticano. (b) Y por un cambio o reforma radical del conjunto de la iglesia.

 ¿Camino de transformación oficial?.

El Vaticano ha mantenido una actitud tradicional de poder: insiste en el sistema y actúa como «estado religioso unificado», hacia dentro y hacia fuera, con “nuncios” ante todas las naciones, nombramiento directo de obispos, con una formación presbiteral en seminarios “superiores”, con un celibato de poder, exclusión de mujeres etc.  La iglesia de este Vaticano es una sociedad jerárquica, colonial y “capitalista” (con un capital que no es simplemente económico, sino de primacía de poder y “verdad” (una infalibilidad extendida).

La despedida de Benedicto XVI

Mirando las cosas de un modo quizá parcial, este modelo se encuentra a mi entender ya seco, y así me atrevo a confesarlo después de trabajar durante casi treinta años a su servicio, de un modo muy intenso, como profesor de un “seminario” y facultad de teología, en la formación de estudiantes para el presbiterado, es decir, para la “jerarquía, el colonialismo eclesial y la “capitalización múltiple” de la iglesia.

Tras 30 años de trabajo muy intenso sentí que ese modelo estaba ya acabado (al menos en occidente), por el anquilosamiento de la doctrina, la escasez (y problematicidad) de las vocaciones “jerárquicas, desligadas de sus comunidades, separadas de la vida y crecimiento real de los cristianos.

Tuve la certeza de que vocaciones ministeriales han de surgir y cultivarse desde el interior de las comunidades cristianas, que son semillero (seminario) para aquellos que sean encargados de realizar tareas de evangelio varones o mujeres, célibes o casados, sin desligarse de su entorno y su trabajo humano, tras un tiempo de maduración y prueba, reasumiendo de forma no patriarcal la inspiración de las Cartas Pastorales de Pablo.

Tuve la certeza de que el verdadero cambio tiene que venir del mismo evangelio, vivido y actualizado en las comunidades cristianas. El primer cambio no puede venir de “arriba” (de un tipo de Roma Curial),  sino de la “palabra vivida”, esto es, de la buena nueva del evangelio.

Seis años con un Papa emérito - InfoVaticana

La forma actual de preparar ministros en general y para todo (para celebración y enseñanza, dirección comunitaria y servicios sociales…), elevándoles de nivel al “ordenarles” (=organizarles)  de presbíteros (y más aún de obispos), sin referencia a una comunidad concreta en la que puedan compartir la fe, me pareció en principio carente de sentido y contraria no sólo al evangelio, sino al mismo Concilio Vaticano y a las necesidades de la Iglesia.

¿Un camino extra-oficial, es decir extra-vaticano?

Hay comunidades que empiezan a reunirse y vivir el Evangelio por sí mismas, sin un presbítero oficial, suscitando desde abajo sus propios ministerios de celebración y plegaria, servicio social y amor mutuo etc, como al principio de la iglesia. Son comunidades que han comenzado a compartir la Palabra y celebrar el Perdón y la Cena de Señor sin contar con un ministro ordenado al estilo tradicional, pero sin haber roto por ello con la iglesia católica, sino todo lo contrario, sabiéndose iglesia.

Estos «ministros» pueden recibir nombres distintos: a veces se les llaman colaboradores, otra son auxiliares o párrocos seglares, otras asistentes pastorales… Lo del nombre es lo de menos. Más importante es el hecho de que algunos están “reconocidos” y realizan funciones oficiales: todo lo del presbítero menos «consagrar» y «absolver» de manera solemne. Otros no necesitan (o no piden) ese “reconocimiento, de forma que empiezan a ser cristianos “católicos” extra moenia ecclesiae (fuera de los muros de la iglesia, pero no fuera de la iglesia, que no debía tener ese tipo de muros).

Sínodo de los Obispos ¿qué es el sínodo de los obispos?

 Las comunidades que actúan de esta forma carecen de visibilidad oficial (no tienen comunión ministerial externa), pero pueden estar en Comunión real con el conjunto de la iglesia. Ellas son, por ahora,  pequeñas y frágiles, pero estoy convencido de que van a multiplicarse, eligiendo sus ministros (varones o mujeres), para un tiempo o para siempre, conforme a la palabra de Mc 9, 39 no se lo impidáis. Desde el momento en que el sistema sacral pierde fuerza, ellas pueden elevarse, creando una comunión o federación de iglesias,  como al principio del cristianismo.

Esquizofrenia eclesial: La Iglesia complaciente vs la Iglesia en periferia

Teológicamente hablando, estas comunidades no integradas (por ahora) en el orden oficial de la Gran Iglesia no plantean dificultades. Así nacieron al principio las iglesias del NT, así  eligieron sus ministros, así se federaron formando unidades mayores. Por ahora, la Gran Iglesia no admite ese modelo, pero lo hará pronto, no sólo por la fuerza de los hechos sino, por la misma evolución de sus ministerios oficiales, que irán perdiendo sacralidad sacerdotal (carácter jerárquico) para convertirse en servicios comunitarios de carácter flexible, desde el interior de las mismas comunidades. De esa forma se irá acercando la iniciativa del pueblo cristiano y la tradición de las grandes iglesias, en un camino de re-forma cristiana que nadie puede asegurar o fijar de antemano.

El organigrama jerárquico de la iglesia actual es más propio de un sistema burocrático sacral y estamental que de una comunión de seguidores de Jesús. Sólo así se entiende el hecho de que ordene ministros en sí (presbíteros sin comunidad, obispos sin iglesia),  como expresión de honor y cambio de estado (elevación estamental). Muchos de esos ministros absolutos (sin comunidad o iglesia), mantienen un carácter difícil de precisar y muchos piensan (pensamos) que hay que volver volvamos a los primeros tiempos de la iglesia, que en el siglo V (Concilio de Calcedonia, año 451) prohibía la ordenación en sí, sin referencia a una iglesia. Un ministro cristiano que pierde o abandona su comunidad o tarea ministerial dentro de una comunidad o iglesia ipso facto deja de ser ministro, sin necesidad de dispensa o «reducción al estado laical» (que es una terminología no cristiana).

(B) HACIA UNA IGLESIA POST-JERÁRQUICA, POST-COLONIAL Y POST-CAPITALISTA.

            Partiendo de lo anterior,   quiero destacar tres rasgos significativos de la nueva Iglesia que llamaré post‒colonial, post‒capitalista y post‒religiosa.   

1.Iglesia no jerárquica, Hermanos y amigos 

‒ Tema de fondo. A lo largo del segundo milenio, desde la Reforma Gregoriana, la Iglesia se ha encontrado dominada por un tipo de estructura “colonial” de poder sagrado, impuesto (administrado) por papas, obispos y presbíteros. Los hombres parecían sometidos a Dios, los cristianos eran súbditos de una Iglesia poderosa que les liberaba del pecado y les ofrecia indulgencias y tesoros de gracia. Pues bien, los nuevos cristianos descubren, con el evangelio, que ellos no son súbditos de Dios, ni “dependientes” de una Iglesia, que se ocupa de ellos para salvarles desde arriba, sino que han sido y son liberados por el mismo Dios de Cristo para la libertad (cf. Gal 5, 1‒15). Este descubrimiento de la libertad para el amor abre un camino que aún no ha culminado (2022). 

2. Iglesia no colonial.

En la línea anterior En esa línea debemos superar toda apariencia de colonización, de superioridad del clero sobre los “simples” fieles, de los hombres sobre las mujeres etc. Eso implica un ordenamiento distinto de Iglesia, sin poder jerárquico, ni imposición patriarcal, en igualdad real de varones y mujeres, como testimonio e impulso universal de comunión de fe (confianza mutua) y de vida (afecto, economía), tal como lo propuso el evangelio de Mateo (cf. Mt 18, 15‒20 y 23, 8‒13).

No se trata pues sólo de superar un tipo de jerarquía clerical o de que las mujeres accedan a los ministerios de la comunidad, sino de crear comunidades liberadas en fe y gratuidad, desde los excluidos del sistema de poder, compartiendo la vida como experiencia de amistad (cf. Jn 15, 15), en un camino de resurrección (vivimos en Dios viviendo en los otros, por Cristo). Se trata de ser‒crear comunidades para el amor gratuito, cercano, intenso, generoso, en la línea de Cristo, en comunión de amor con todas las comunidades del mundo, en red misionera de anuncia y principio del Reino.

3. Iglesia no capitalista

El colonialismo clásico (de estados)  parece haber terminado, pero corremos el riesgo de caer en un tipo de colonialismo aún más peligroso, de tipo económico. 

El marxismo del siglo XX quiso oponerse a ese modelo creando un movimiento de “comunismo” que en su forma externa ha fracasado, por razones económica, militaristas e ideológicas.  En esa línea, el fin de las dictaduras soviéticas europeas (1989/1990), pero no ha resuelto los problemas del mundo,  con millones de nuevos hambrientos y con el éxodo de parte de sus poblaciones empobrecidas, ante la nueva situación de los mercados. 

1. En ese fondo se sitúa el reto quizá más intenso de la Iglesia nuestro tiempo (2022): el surgimiento de una humanidad redimida para el amor, que no esté ya dominada por una igleia entendida como poder religioso, stado, ni por un capitalismo del Mercado, sino abierta a la comunión universal y concreta de la vida, en línea de evangelio, no en forma general (de inmensos grupos), sino en formas y caminos de comunicación directa entre creyentes.

En esa línea, debemos añadir que la Iglesia no es una simple entidad benefactora (que da bienes desde fuera a los más pobres), sino una comunidad de creyentes, reunidos en nombre de Jesús y liberados por Dios para el amor mutuo. No basta “dar cosas”, sino que es necesario darse y compartir, desde y con los pobres y excluidos. Por eso, la palabra transcendente de la Iglesia sólo puede pronunciarse y sólo alcanza sentido allí donde los cristianos se implican de un modo personal en el surgimiento de un tipo de vida distinta, promoviendo caminos y tareas de comunión real de bienes y palabra, de vida y esperanza, entre los hombres y los pueblos, más allá de Mammón (capital divinizado) que Mt 6, 24 presenta como poder anti‒divino (es decir, anti‒eclesiástico).

Iglesia en salida

Actualmente, el mundo parece unido sólo por el capital y el mercado, que son el papa y la iglesia de la nueva humanidad. Pues bien, en contra de eso, resulta necesario relanzar desde el evangelio una “cruzada” distinta, de comunión en el amor de todas las comunidades cristianas, al servicio de la comunión de vida (¡en el mundo y camino de vida!) de todos los hombres y los pueblos. En esa línea, la misión nueva de la iglesia acaba de empezar

4. ¿Iglesia religiosa o iglesia evangélica?

 Desde el siglo III‒IV d.C., la Iglesia ha venido a configurarse, en general, como religión establecida, en línea de poder sacral. Pues bien, ese momento de sacralización religiosa del cristianismo parece estar llegando a su fin. Actualmente, son muchos los hombres y mujeres que abandonan la Iglesia, para cultivar un tipo de religión intimista o para olvidar y/o marginar toda experiencia religiosa, en un mundo cada vez más secularizado, sin más Dios que el bienestar inmediato y el dinero.

Todavía no podemos valorar el alcance y consecuencias de ese rechazo, ni su extensión en los diversos pueblos y culturas, pero es evidente que el reto es muy fuerte y que la Iglesia puede y debe superar un tipo de religiosidad establecida para volver a la raíz del evangelio, no para crear un nuevo poder de iglesia, sino para que los hombres y mujeres puedan compartir una experiencia de amor solidario, creciendo así en humanidad y experiencia de vida.

2. Abandonar ciertos elementos de poder religioso, para ser iglesia de evangelio. En los años que siguieron al Concilio (1962‒1965) eran muchos los que defendían la necesidad de superar la estructura religiosa que el cristianismo había recibido a lo largo de los siglos, y éste es para algunos analistas el mayor de los problemas actuales de la Iglesia: La posibilidad (necesidad) de separar el cristianismo de la religión y de recrear una Iglesia de evangelio, sin poder establecido.  Toda nuestra reflexión desde el Vaticano II (1962‒1965), con los últimos papas, nos ha situado ante esa pregunta: ¿Iglesia como religión establecida o iglesia como evangelio, pero sin religión?

Iglesia sin poder

   En estas pequeñas reflexiones sobre la Constitución de la Curia Romana, no puedo responder a esa pregunta, y así termino aquí mi reflexión, dejando que los mismos lectores respondan, invitándoles de nuevo lectores a volver al principio, es decir, a la experiencia de Jesús y su evangelio. Lo que sucederá en el futuro ya no es cosa de decirlo aquí, en forma de libro, sino que pertenece al despliegue del Espíritu de Dios y a la creatividad de los creyentes en la Iglesia. Tengo la impresión de que he dicho en este libro algunas cosas importantes, que pueden ayudar a los lectores a situarse ante ese tema, descubriendo y abriendo caminos para resolverlo. Pero el modo concreto de hacerlo (lo más importante) queda pendiente, de forma que deberán (deberemos) realizarlo todos los cristianos que nos sintamos vinculados a la Iglesia católica en un camino de transformación según el Evangelio, como parece querer el Papa Francisco. 

(C) ALGUNAS ANOTACIONES PARA ESE CAMINO.  

En este momento, 2022, al comienzo del tercer milenio de la Iglesia, quedan pendientes o abiertas numerosas cuestiones, que deben plantearse de un modo radical, aunque su solución tarde en lograrse. Entre ellas, miradas desde la perspectiva del Papa y la curia Vaticana (desde la perspectiva de la Constitución que ha proclamado el Papa Francisco, las más significativas son a mi entender las siguientes: 

1.Reforma (¿supresión?) de la Curia Vaticana en su forma actual

Recién elegido, en abril del 2013, Francisco nombró con ese fin una comisión de cardenales, llamada coloquialmente G8 (grupo de los 8), que se ha venido reuniendo con regularidad, sin haber alcanzado conclusiones significativas. La organización del Vaticano, como residencia papal y sede de los organismos de gobierno de la iglesia romana, es relativamente moderna, pues comenzó tras el retorno de Aviñón, a finales del XIV, y sólo se estabilizó con su basílica y plaza, con sus palacios, museos y oficinas, en los siglos siguientes (del XVI en adelante).

Actualmente empieza a cuestionarse el mismo hecho del Estado Vaticano, y muchos piensan que la Iglesia debería renunciar unilateralmente su misma existencia, devolviéndolo a Italia para así expresar y realizar mejor su misión, no sólo porque las condiciones político‒sociales de la actualidad son muy distintas de las que había en su fundación (año 754), sino por radicalidad evangélica. Para ser católica, la Iglesia no necesita un Estado, con nunciaturas (embajadas), congregaciones, y funcionarios como los actuales. Un primer signo en esa línea podría ser no sólo la vuelta del Papa y de su grupo de “animador” a la sede de la Iglesia romana, que hasta el siglo XIV estuvo en Letrán, sino la búsqueda de un tipo distinto de “animación de la Iglesia en amor” (cf. Ignacio, Ad RomIntroducción), sin necesidad de una independencia estatal, ni medios económico‒sociales de poder como los que tiene hoy.

Ciudad del Vaticano

2. Sin poder patriarcal ni jerarquía de género.

El estilo de gobierno del papado y de la iglesia católica actual (2022) sigue siendo patriarcalista (no evangélico), pues sólo los varones pueden ser obispos y presbíteros en ella. Ciertamente, algunos (pocos) teólogos (y bastantes obispos) esgrimen argumentos ontológicos (de naturaleza) para mantener la situación, diciendo que sólo los varones como tales pueden ser ministros de un Cristo varón. Pero ellos resultan bíblica y teológicamente desafortunado, como he destacado al ocuparme de los últimos papas (Pablo VI, Benedicto XVI), pues no deriva del mensaje de Jesús ni de la vida de la Iglesia, sino de las condiciones socio‒económicas y antropológicas del siglo II dC, que actualmente han cambiado.

  Posiblemente, la superación del patriarcado no es el mayor problema de la Iglesia, pero es importante, y nos lleva hasta las raíces del movimiento de Jesús, pues sin la igualdad radical de vida y ministerio de varones y mujeres no puede hablarse de reforma de iglesia ni de apertura a un futuro de transformación mesiánica. No se trata de un simple cambio de organigrama, sino de una transformación de fondo de las comunidades, desde la experiencia de comunión liberadora de Jesús, a partir de los pequeños y excluidos, pues la autoridad de la Iglesia no jerárquica (como un “ordo” social helenista o romano), sino de identidad personal, en línea de evangelio.

3. Poder económico. La economía ha estado al fondo de los problemas de Iglesia en los últimos siglos, desde la fundación de los Estados Pontificios (s. VIII) y en especial desde las crisis del XIII-XV, cuando los papas (Juan XXII) no sólo condenaron un tipo de franciscanismo radical (cosa que podía tener cierta razón), pero convirtieron su iglesia (Vaticano) en centro bancario importante de la nueva Europa, en una línea que no es cristiana. En la actualidad (siglo XXI) el problema del “dinero” del Vaticano es complejo y tiene matices que deberían precisarse mejor, pero es evidente que, en un plano cristiano, hay que actuar de un modo radical, apelando a principios de evangelio, como prometía la Comisión para asuntos económicos, creada por el Papa Francisco el año 2014, que no ha dado por ahora frutos significativos.

            Actualmente, la organización de la Curia y el mantenimiento del Estado Vaticano necesitan un soporte económico, que, ciertamente, no es inmenso, en comparación con algunas corporaciones multinacionales, pero resulta considerable y ha sido causa de escándalos en los últimos decenios, como es normal dentro de un organismo que se dice cristiano, pero que está vinculado a la banca mundial, y tiene además unos problemas añadidos, por su tipo de gestión, inclinada al secreto y al mal paternalismo. Éste es un problema de fondo, que no se arregla con pequeñas reformas, pues está vinculado a la misma constitución del Estado de la Ciudad del Vaticano, y puede (debe) exigir incluso que desaparezca, pues la encarnación de la iglesia en el mundo de los pobres (desde y para todos) es muchísimo más importante que la existencia del Estado Vaticano. 

             Por eso, las propiedades económicamente significativas de la iglesia (edificios, colegios, hospitales, casas de caridad…) no pueden inmatricularse a nombre de la iglesia como tal, sino que han de hacerse a nombre de fundaciones autónomas de cristianos, con el fin de compartir y animar unos bienes y unas obras de evangelio, sin ánimo de posesión ni de lucro.  

Ciertas iglesias tienen de hecho una gran riqueza de bienes patrimoniales y artísticos (templos, objetos de arte), aunque la mayoría son poco rentables y se están convirtiendo en museos, gestionados por sociedades civiles (o estados), como bienes culturales, sin finalidad de lucro. En esa línea debemos añadir que la Iglesia en cuanto tal ha de asumir un camino radical de pobreza (no en el sentido de no-tener), como experiencia radical de gratuidad, comunión y servicio a los necesitados (en la línea de Mt 25,31‒46), sin capitalizar, ni utilizar el dinero de un modo financiero (en clave de usura, condenada por los concilios de Letrán del siglo XII).   Quedan, sin duda, muchos problemas pendientes, pero sólo en un camino de evangelio pueden resolverse, siempre que la Iglesia vuelva al principio de Jesús y deje de ser una estructura de poder económico, en línea de capitalismo, conforme a la palabra de Mt 6, 24 (no podéis servir a Dios y a Mammón).

Celibato
Celibato

4. Poder ministerial, vida afectiva y misión del clero. El problema fundamental para la iglesia católica vino dado en torno al año mil, con la crisis de identidad del paso del milenio, que se resolvió con la Reforma Gregoriana, en línea de jerarquía y superioridad papal, con el establecimiento de unos ministerios fuertes, con gran autoridad sacramental y social, en una línea feudal que más que evangélica. Pues bien, ahora, pasados mil años desde aquella reforma, el tema de los ministerios puede y debe replantearse, no sólo por imperativos externos (pérdida de poder civil del clero, posible riesgo de pederastia…), sino por la dinámica interior del mismo evangelio, con la vuelta a los orígenes y la nueva conciencia eclesial de las mujeres, en línea de comunión personal de todos (varones y mujeres), desde los más pobres y excluidos, al servicio de la nueva humanidad de Cristo.

Hay muchos problemas de fondo, pero en este campo se ha vuelto dominante y en algún sentido patológico el escándalo de la pederastia de una parte pequeña, aunque significativa, del clero, como lo muestra el hecho de que la Congregación para la Doctrina de la Fe se haya vuelto en la práctica una Comisión Anti‒pederastia, con “nuevos programas piloto” para resolver los casos. Pues bien, el tema de fondo no es la posible pederastia de algunos, sino la forma en que el clero se ha constituído como instancia de poder, en línea jerárquica y endogámica (de “clase” especial), como si el “pecado” de un clérigo particular fuera sea pecado y responsabilidad (incluso económica) de toda la Iglesia.   

 A través de una historia compleja (contraria al evangelio) los ministros de la Iglesia se han vuelto “jerarquía superior sagrada” (de tipo patriarcal, masculino), con su identidad especial de cuerpo endogámico y su poder sobre el “resto” de los fieles. Más aún, desde el comienzo del segundo milenio, el Papa ha retenido el poder de nombrar, dirigir y remover a todos los obispos de la iglesia romana (y por ellos al resto del clero), imponiendo además el celibato sobre el conjunto de los ministros, para insistir de esa manera en su separación y elevación sobre el el resto de los cristianos. De esa forma, los obispos se han vuelto delegados del Papa de Roma, que actúa como super‒obispo y que, a través de la Congregación de los Obispos, dirige la estructura y funcionamiento de todas las iglesias.  

Pues bien, en este campo es necesario que las comunidades recuperen no sólo la libertad original del evangelio, sino su forma de organizarse y ordenar los ministerios, de manera que los ministros, varones o mujeres, presbíteros u obispos, no estén por encima del resto de los creyentes, sino que ejerzan una función importante al servicio de todos. Por otra parte, no se trata de “romper los lazos con Roma”, sino de crear comunidades vivas y autónomas, unidas en red de amor con las restantes comunidades cristianas, en unidad y colaboración con las demás iglesias, con ministros que broten de las mismas comunidades, varones o mujeres, célibes o vinculadas a otras formas de comunión personal y afectiva

Teología de la liberación

              No se trata de introducie pequeños cambios o de permitir unas ligeras variantes retóricas (misas en latín o de espalda al pueblo), sino de recuperar y desarrollar la libertad evangélica y la comunión de vida en la celebración de los signos del Reino, desde el interior de la misma liturgia de la vida, no como gesto separado de ella, sino como expresión de la autoridad recreadora de la vida en común, en línea de evangelio. No ha de empezarse pidiendo permiso a la Congregación del Cultos para cambiar algún tipo de ceremonia formalista, sino asumiendo la libertad cristiana, propia de todos aquellos que acogen el evangelio y quieren celebrar (actualizar) el misterio y tarea de Jesús en el agua del renacimiento humano y el pan compartido de la comunidad, en apertura a todos los hombres, en especial a los pobres.

5. Ruptura cristiana, nuevo nacimiento de la Iglesia.

 Conforme a todo lo anterior, no estamos en un momento de escisión, como en el siglo XI ( cuando se separaron las iglesias de oriente y occidente), ni de reforma, como en la gregoriana del siglo XI‒XII o en la luterana (del siglo XVI), sino ante un reto y camino de nueva creación cristiana, de misión evangélica y creación de Iglesia, con lo que ello exige de ruptura institucional y personal. 

‒ En el principio de la iglesia está el gesto de Jesús que abandona su “buena familia” (comunidad) de ley, para plantar su casa entre los pobres y excluidos del sistema (enfermos, posesos, pecadores). Jesús y sus discípulos dejaron el orden de los sabios, buenos militares de la liberación (celotas), puros y perfectos (fariseos, esenios), para hacerse hermanos de los excluidos, e iniciar con y para ellos la “edificación” de una iglesia, es decir, de comunidades liberadas desde y para el evangelio, que es la buena nueva de la libertad para el amor de Cristo. Su nueva actitud no fue un simple rechazo, para aislarse del mundo, sino un paso adelante hacia la universalidad, reconociendo la presencia y don de Dios en aquellos que no importan ni cuentan en las estadísticas, pues se encuentran fuera de la gran sociedad triunfadora, que se instituye a partir de su su riqueza, pureza social o “nobleza”. De manera consecuente, para mantenerse fiel al evangelio, la iglesia debe levantar su tienda actual y moverse a la periferia del sistema: romper su vinculación con las estructuras de poder, sus ventajas diplomáticas y sociales, para sentarse en la calle de la vida (sin casas nobles, sin edificios principescos), con Jesús y sus primeros discípulos, creando familia en gratuidad universal, por encima de las leyes del sistema socio‒económico dominante.

‒ Esta es una ruptura de comunicación orante, es decir, de nueva interioridad. Hay una “comunicación del sistema”, que se expresa en forma de representación ideologizada, como espectáculo circense, gran teatro del mundo, organizado por los medios (radio, internet, televisión). Nos hallamos actualmente en el centro de una gran sociedad mediática, inmersos en una especie de “nueva conciencia colectiva” que puede ayudarnos a mantener contactos múltiples con personas o instituciones de muy diverso tipo, pero siempre en un nivel superficial de fachada, de pantalla de móvil o celular, de tablet u ordenador (PC). Pero la palabra de la iglesia debe superar ese nivel de pantalla y conducirnos con Jesús al lugar de la ruptura orante, al encuentro personal con Dios y a la comunión personal con otros seres humanos en concreto. Jesús rechazó el sistema de culto (sacrificios, ritos nacionales), para dialogar con Dios desde la vida, en comunión directa con los hombres y mujeres de su entorno. Ciertamente, la iglesia actual habla de oración, pero a veces parece que le tiene miedo. La mayoría de los templos cristianos de occidente se han cerrado o son para turistas. Muchos orantes buscan recetas o modelos orientales, como si la fuente de misterio de la iglesia su hubiera secado: no hay apenas varones contemplativos y las admirables mujeres de las grandes tradiciones monacales (benedictinas, franciscanas, carmelitas) viven cerradas en clausuras legales, bajo el dominio de clérigos no orantes y su influjo no parece grande en el conjunto de la iglesia…

Iglesia del pueblo

‒ Esta ruptura debe vincularse a la  apertura concreta hacia los pobres o excluidos, acogiendo y compartiendo su palabraEsos pobres o excluidos no valen por sistema, espectáculo u organización, sino por ellos mismos: como dignos de amor, presencia del Cristo (como sabe Mt 25, 31‒46). Frente al Todo del orden social que promete beatitud a sus privilegiados, se elevaba y se eleva como principio de nueva humanidad el enfermo y moribundo de Buda, el huérfano, viuda y extranjero de la tradición israelita, el hambriento y sediento de Cristo. Ellos son signo de un Dios de gracia, que habita en lo escondido, rompiendo y superando los modelos de sacralidad del mundo, propios de las religiones organizadas, que acaban bendiciendo el sistema (buena familia, culto bueno, sacerdotes funcionarios de ritos eclesiales). Partiendo de esa ruptura (novedad y gracia) de los pobres (enfermos, pecadores, leprosos, manchados) ha trazado Jesús su camino mesiánico, ha iniciado la marcha de su iglesia. Sólo en este contexto de comunión de hermanos se puede hablar de comunión con el Dios Padre, el Dios de Cristo

Este encuentro con el Padre constituye el alfabeto y lenguaje de la iglesia, sobre una sociedad de espectáculo, de planificación y de mercado, donde todo se compra y vende, sobre todo las personas. Pues bien, en contra de esa sociedad de capital y mercado, por encima de todo fingimiento, el creyente de Jesús acoge y agradece la vida como don (por encima de todo capital), y se atreve a compartirla con los hermanos (ante todo con los expulsados del sistema, los hambrientos y extranjeros), en forma de comunidad vinculada por el pan compartido (como regalo de eucaristía, no como mercado y compra‒venta). Por eso, el creyente vive en libertad: nada le puede dominar, nadie puede dirigirle desde fuera, pues se sabe querido de Dios, elegido, en manos del misterio fundante del Padre y de los hermanos, en la Iglesia. Se dice que el budismo nace cuando reconocemos la omnipotencia del dolor y superamos la dictadura del deseo que domina y destruye nuestra vida. Pues bien, el cristianismo nace y se expande allí donde afirmamos sorprendidos, respondiendo a su palabra y presencia de amor, que hay Dios en Cristo, y que es Padre nuestro y de los expulsados del sistema. 

 Según eso, retomando todo lo anterior, podemos afirmar que la confesión cristiana de la Iglesia se expresa en dos principios: (a) La unión con el Dios de Cristo(b) La comunión con los hombres, en especial  con los pobres, promoviendo una comunidad de creyentes, que rompen y trascienden los modelos normales de un sistema de poder, para crear comunidades alternativas de gracia y encuentro entre personas.

Jesús y los pobres

Éste es el milagro, éste el secreto: hombres y mujeres pueden vivir y vincularse por fe en el Padre, en comunión de amor, desde los pequeños y excluidos del sistema de poder. Partiendo de esa confesión se unieron los primeros cristianos, esperando la próxima venida de Jesús, el fin del tiempo; pero Jesús no llegó en forma de parusía espectacular, sino que viene por la pascua, en la comunidad creyente, que se funda en Dios (fuente de gracia) y se abre a los excluidos (signo de presencia divina), rompiendo los moldes del sistema

La piedad popular vuelve a las calles

LEONARDO SÁNCHEZ ACEVEDO

El teólogo argentino Carlos María Galli, partiendo del ‘Documento de Aparecida’ (DA) –resultante de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, celebrada en 2007 en tierras brasileñas–, recuerda que “en el ambiente de secularización que viven nuestros pueblos, la espiritualidad popular sigue siendo ‘una poderosa confesión del Dios vivo que actúa en la historia y un canal de transmisión de la fe’ (DA 264). Ella debe ser recreada como una forma activa de la nueva pastoral misionera y un canal de comunicación cotidiana de la fe (…) que reconoce el potencial misionero de todo el pueblo bautizado como protagonista de la misión”.


Este 2022 se cumplen once años de la JMJ de Madrid. Los que asistimos pudimos vivir un Viernes Santo en el caluroso agosto madrileño en torno a un viacrucis que pasó a la historia eclesial de España y de toda la Iglesia. Ese momento fue todo un espaldarazo en línea con la Asamblea de Aparecida. En Madrid, junto a miles de jóvenes, pudimos vivir la contemplación de las imágenes sagradas más representativas de nuestra Semana Santa. Fue toda una manifestación de la religiosidad popular de España y la confirmación, en el marco de un encuentro mundial de jóvenes, de la importancia de la fe vivida y expresada en la piedad popular y su necesaria inclusión en la pastoral.

Volver a ver las colas para venerar el primer viernes del mes de marzo al Cristo de Medinaceli de Madrid ha sido un regalo cargado de esperanza y de invitación a la oración por la paz. Hay que establecer aquí un hilo conductor entre las imágenes del Papa orando en la tarde del 27 de marzo de 2020 frente al Cristo milagroso de San Marcelo, que salvó a la ciudad de Roma de la ‘Gran Peste’ de 1522, y ante la Virgen, ‘Salus Populi Romani’, de la Basílica de Santa María la Mayor, a la que reza y lleva flores tanto a la ida como a la vuelta de cada uno de sus viajes. Y unir ambas escenas con la oración de consagración de Ucrania y Rusia al Inmaculado Corazón de María del pasado 25 de marzo. Todas estas imágenes nos ofrecen una comprensión de la importancia de la piedad popular en la vida de la Iglesia.

Lugar teológico

Es necesario partir de puntos claves en el recorrido magisterial que nos ayuden a comprender esta vuelta a la calle de la piedad popular en Semana Santa. El pasado 26 de marzo celebramos en Sevilla el Encuentro Diocesano del Sínodo, al que acudieron miembros de comunidades parroquiales, asociaciones, hermandades y otras entidades vinculadas al mundo educativo, cultural y social de la archidiócesis hispalense. En esta reunión, entre los testimonios de laicos, salió precisamente a relucir la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, que se celebró en el santuario de Nuestra Señora de Aparecida, patrona de Brasil. Se recordó que fue en esta asamblea eclesial donde la piedad popular fue reconocida como lugar teológico.

Ya decía Benedicto XVI, reivindicando estos puntos fuertes de la religiosidad popular, que son expresión de una síntesis entre sus culturas y la fe cristiana que los misioneros les ofrecían: en esa religiosidad aparece el alma de los pueblos, como el amor a Cristo sufriente, el amor del Señor presente en la Eucaristía, el Dios cercano a los pobres y a los que sufren, la profunda devoción a la Virgen, a los santos y a la gran familia de Dios que es la Iglesia universal.

Todas estas expresiones forman el gran mosaico de la religiosidad popular, un precioso tesoro de la Iglesia que –como dijo el Papa– se debe protegerpromover y, en lo que fuera necesario, también purificar. Además, Benedicto XVI invitaba a los jóvenes en Aparecida a fortalecerse en la fe desde esta piedad popular, recordándoles que “su vocación consiste en ser amigos de Cristo, sus discípulos, centinelas de la mañana”.

La cultura de los sencillos

Y con el papa Francisco, en su exhortación apostólica ‘Evangelii gaudium’ (EG), se reafirmó ‘La fuerza evangelizadora de la piedad popular’ (EG 122-126), reconociendo que “se trata de una verdadera ‘espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos’. No está vacía de contenidos, sino que los descubre y expresa más por la vía simbólica que por el uso de la razón instrumental, y en el acto de fe se acentúa más el ‘credere in Deum’ que el ‘credere Deum’.

Es ‘una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros’; conlleva la gracia de la misionariedad, del salir de sí y del peregrinar: ‘El caminar juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador’. ¡No coartemos ni pretendamos controlar esa fuerza misionera!” (EG 124).

El papa Francisco invita a reconocer, con la mirada del Buen Pastor, la vida teologal presente en la piedad de los pueblos cristianos, y especialmente en sus pobres: “Pienso en la fe firme de esas madres al pie del lecho del hijo enfermo que se aferran a un rosario aunque no sepan hilvanar las proposiciones del Credo, o en tanta carga de esperanza derramada en una vela que se enciende en un humilde hogar para pedir ayuda a María, o en esas miradas de amor entrañable al Cristo crucificado. Quien ama al santo Pueblo fiel de Dios no puede ver estas acciones solo como una búsqueda natural de la divinidad. Son la manifestación de una vida teologal animada por la acción del Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones (cf. Rom 5, 5)” (EG 125).

Fuerza evangelizadora

Esta piedad popular, por tanto, no puede ser menospreciada y debe formar parte de una cuidada atención pastoral, sobre todo cuando vemos el atractivo que posee para muchos jóvenes. El papa Francisco nos anima a tomar en consideración la fuerza activamente evangelizadora que subyace en la piedad popular, a fortalecerla y alentarla “para profundizar el proceso de inculturación, que es una realidad nunca acabada. Las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un ‘lugar teológico’ al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización” (EG 126).

¿Ha sido este tiempo de pandemia un “parón” calamitoso para hermandades y cofradías? ¿Ha servido este tiempo para “purificar” la piedad popular de ‘adherencias’ perjudiciales para la fe? ¿O simplemente, llevados por cierta ansiedad, se retomarán las procesiones como si nada hubiera pasado? (…)


Índice del Pliego

El reconocimiento magisterial de la piedad popular como lugar teológico

La piedad popular en tiempos de pandemia: purificación, parón, regeneración, oportunidad y lanzamiento

Una constelación de testimonios para vivir la próxima Semana Santa y transitar por un renovado testimonio público de la fe

La normalidad es retomar la calle y no perder “los detalles”

Se ha derribado el mito de que “las cofradías solo existen para salir a la calle”

Viviremos “una nueva normalidad” de profunda espiritualidad

La Semana Santa sigue y la fe debe seguir

El regreso de las catequesis en la calle

La pandemia ha sacado lo mejor de las hermandades y su darse a conocer

EVANGELII GAUDIUM Y LO ESENCIAL DE LA FE

col andrea

Ante las tres mil personas que se congregaron frente al santuario de Ta’ Pinu, en la isla maltesa de Gozo, a última hora de la tarde del sábado, el Papa Francisco habló sobre lo esencial de la fe. Y llamó la atención su elección de añadir al texto preparado la frase: «La alegría de la Iglesia es evangelizar». Francisco no lo repitió sólo una vez, sino siete veces. Al final de cada párrafo repitió que esa es la alegría de la Iglesia, evangelizar. Es Evangelii gaudium, la exhortación de noviembre de 2013, que representa la hoja de ruta de su pontificado.

Volver a los orígenes, explicó Francisco, no es una vaga idea de inmersión improbable en un pasado remoto, ni la idealización de épocas que no volverán. Volver a los orígenes significa volver a lo esencial, es decir, recuperar el espíritu de la primera comunidad cristiana, volver al corazón de la fe. Y el corazón de la fe es la relación con Jesús y el anuncio de su Evangelio a todo el mundo. Esto, y sólo esto, es lo esencial.

Por tanto, la preocupación de la Iglesia no puede ni debe ser la del prestigio de la comunidad y de sus ministros, no puede ni debe ser su influencia social, es decir, «contar», ser «relevante» en el escenario mundial, en la sociedad, en los lugares de poder. No puede ni debe ser la búsqueda de espacio y atención. Tampoco puede ser el refinamiento del culto, las ceremonias perfectas que corren el riesgo de convertirse en lo que Joseph Ratzinger llamó «un teatro vacío». La preocupación por el anuncio y el testimonio, el intento de encontrar todos los medios posibles para que los hombres y mujeres de nuestro tiempo se encuentren con Jesús vivo, esto es lo que movía a los discípulos del Nazareno y lo que mueve a los que dan testimonio del Evangelio hoy. Porque la alegría de la Iglesia es evangelizar, es decir, difundir la alegría del mensaje cristiano.

Es significativo que nueve años después de su elección como Obispo de Roma, Francisco vuelva a retomar la Evangelii gaudium, su mensaje más importante y menos comprendido. Un mensaje que ha encontrado resistencia, pero que también se ha arriesgado y corre el riesgo de convertirse en un eslogan por parte de quienes repiten acogerlo. De este modo, incluso el anuncio del Evangelio acaba siendo enjaulado en el aparato, para ser encajado en las estructuras y estrategias del marketing religioso. Incluso el camino sinodal que el Papa deseó con fuerza para toda la Iglesia no está exento de este riesgo, el de ser «normalizado» en las burocracias eclesiásticas en lugar de ser riesgo, apertura, escucha de todos para un renovado impulso misionero.

Existe una prueba de fuego, explicó Francisco, para verificar la eficacia con la que la Iglesia está impregnada del espíritu del Evangelio. Es la acogida, la libre acogida del sufrimiento. A los fieles de Malta, isla que ha sido «puerto seguro» durante siglos, y lugar de desembarco donde llegó San Pablo y donde los primeros cristianos fueron tratados «con rara humanidad», el Papa les recordó: «No podemos acogernos sólo entre nosotros, a la sombra de nuestras hermosas Iglesias, mientras fuera tantos hermanos y hermanas sufren y son crucificados por el dolor, la miseria, la pobreza y la violencia». Estas palabras se hacen eco de las del padre de la Iglesia, San Juan Crisóstomo, que en uno de sus famosos sermones decía: «¿Queréis honrar el cuerpo de Cristo? No permitas que sea objeto de desprecio en sus miembros, es decir, en los pobres, que no tienen ropa para cubrirse. No le honréis aquí en la iglesia con paños de seda, mientras fuera le descuidáis cuando sufre frío y desnudez». Hoy, como hace dos mil años, la misma prueba de fuego.