Peregrinación con Mons. Romero

San Óscar Romero: la masiva peregrinación que une a católicos y no católicos en El Salvador

El cardenal Rosa Chávez encabezó la peregrinación
El cardenal Rosa Chávez encabezó la peregrinación

Cada año, desde el 2017, el 2 y 3 de agosto el pueblo salvadoreño peregrina siguiendo los pasos del santo hasta Ciudad Barrios, lugar donde nació el mártir

Encabezada por Rosa Chávez, el cardenal salvadoreño señaló que «la peregrinación es una manifestación de fe, esperanza y caridad para nuestro pueblo en medio de un mundo que nos vende desesperanza, miedo y violencia”

Por Patricia Ynestroza

(Vatican News).- “ Con el lema “San Romero y los mártires, esperanza de nuestro pueblo”, la Iglesia salvadoreña realizó por quinta vez la peregrinación desde San Salvador hasta Ciudad Barrios, en el departamento de San Miguel, cuna del mártir y primer santo salvadoreño, Óscar Arnulfo Romero. El programa, como también informa el Celam, dio inicio con la celebración de la Santa Misa de Envío a las 5 de la mañana desde Catedral Metropolitana de San Salvador hasta llegar a Ciudad Barrios San Miguel al oriente del país. donde concluyó con la celebración eucarística.

La peregrinación estuvo encabezada por el cardenal Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador, quien ofició una eucaristía el 02 de agosto, con el inicio de la peregrinación. En entrevista concedida a Vatican News por los medios católicos, el cardenal expresa su emoción de ver el pueblo peregrinar con mucha ilusión y esperanza. A los jóvenes participantes en la peregrinación el purpurado les aconsejó que ellos tienen derecho a una vida digna, se reza mucho en esta caminata. Hay que caminar juntos, como lo dice el Papa Francisco.

Peregrinación hacia la cuna de San Óscar Romero
Peregrinación hacia la cuna de San Óscar Romero

“Estamos atravesando a nivel mundial una situación de mucho caos: guerras, pandemia y crisis económica. La peregrinación es una manifestación de fe, esperanza y caridad para nuestro pueblo en medio de un mundo que nos vende desesperanza, miedo y violencia”, expresó el purpurado.  Asimismo, afirmó que “es una expresión de luz que transforma, renueva y nos llama a la reconciliación como pueblo asimilando el legado de San Oscar Romero”.

Elogio a la juventud que peregrina

El cardenal Rosa Chávez ha elogiado la masiva participación de jóvenes en esta actividad: «Sin juventud no tenemos futuro y sin Cristo no hay jóvenes felices, por tanto, hay que seguir caminando».

Fue un recorrido de 157 km en el que miles de peregrinos han compartido para hacer memoria “siguiendo los pasos del santo con más fervor”, por ello, “esta peregrinación reúne a católicos y no católicos que centran su esperanza en la sangre derramada por los Mártires”.

En esta peregrinación también se rindió homenaje a los beatos Cosme Spessotto, Rutilio Grande, Nelson Rutilio Lemus, Manuel Solórzano y los mártires salvadoreños. Cabe recordar que esta peregrinación se realiza desde 2017 con motivo del centenario del primer santo salvadoreño.

Peregrinación hacia la cuna de San Óscar Romero
Peregrinación hacia la cuna de San Óscar Romero

Testimoniar desde el clamor de los pobres

Dos religiosas y dos sacerdotes comparten su opción por los descartados de la sociedad

  • “Mientras exista un pobre en el mundo que grita bajo la injusticia de su situación, habrá siempre algún cristiano que va a levantarse”. Apostilla Leonardo Boff, teólogo brasileño y uno de los representantes insignes de la teología de la liberación en América Latina y el Caribe. Cabe preguntarse en estos tiempos de la llamada sociedad líquida, donde la incertidumbre por la rapidez de los cambios ha debilitado las relaciones humanas, ¿cómo entender esta categoría de pobres, excluidos y descartados?

Socorro Martínez Maqueo, religiosa del Sagrado Corazón y teóloga mexicana, quien ha compartido buena parte de su vida a las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs), echa mano de su experiencia para afirmar que “las CEBs tienen memoria viva de lo que es caminar junto con otros y otras, de saber agradecer el consuelo y fuerza que da el compartir dolores, alegrías, incertidumbres, fracasos, avances y logros. Convencidas de que nadie se salva solo prosiguen su camino, son comunidades fortalecidas y son pequeños pero sólidos contrapesos a una sociedad liquida”, porque “testimonian la fuerza del Espíritu que sopla donde uno menos imagina y testimonian pequeños milagros de lo que es la capacidad humana, la solidaridad, la creatividad en diferentes circunstancias, acciones organizadas colectivamente, la vivencia de la fe y de la celebración que alientan el caminar”.

Socorro asegura que la Iglesia de América Latina y el Caribe se ha tomado muy en serio las conclusiones del Concilio Vaticano II y, de hecho, todo el aterrizaje postconciliar se ha evidenciado en cuatro Conferencias Generales del Episcopado: Medellín (1968), Puebla (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007); eso sin añadir los sustanciales aportes de Santarém (1972); obras emblemáticas como Teología de la Liberación.

Nuevos rostros de excluidos y excluidas

Perspectivas, del teólogo y sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez; las bases de la teología popular asentadas por el maestro del papa Francisco y sacerdote jesuita, Juan Carlos Scannone (†); todo el martirologio latinoamericano como el de Rutilio Grande y Monseñor Romero en El Salvador; monseñor Mauricio Lefebvre en Bolivia, y, por supuesto, los hermanos y hermanas de la Amazonía; hasta llegar a los  desafíos de la Asamblea Eclesial que en uno de sus desafíos pastorales plantea: “Escuchar el clamor de los pobres, excluidos y descartados, procurando que nuestras teologías y prácticas pastorales fomenten y faciliten la interacción con ellos para visibilizar los nuevos rostros de excluidos y excluidas”.

Así, en esta experiencia asamblearia –cuenta la religiosa mexicana– las CEBs “han sido verdaderas escuelas que forman discípulos y misioneros del Señor, como testimonia la entrega generosa, hasta derramar su sangre, de tantos miembros suyos. Ellas recogen la experiencia de las primeras comunidades cristianas”.

Sobre las nuevas generaciones recae una gran responsabilidad en continuar todo este legado de servicio y comunión en favor de los pobres, porque “es alentador constatar que hay jóvenes en las CEBs del continente que le apuestan a la comunidad en sus particulares contextos, ejerciendo diversos ministerios desde sus saberes y con una clara identidad laical, protagonistas de una vivencia eclesial en autonomía y comunión”; en tanto, “la Iglesia de Jesús en la base seguirá adelante, atenta a los actuales y complejos signos de los tiempos, de enormes desigualdades y con un planeta herido, pero esperanzada en que la semilla buena crece con nuestro empeño y por sí sola”.

Cristo en los pobres

Muestra de esa opción por los pobres es el trabajo que adelanta Cáritas en América Latina y el Caribe. Su secretario general, Francisco Hernández Rojas, explica que la organización de la pastoral social del continente toma como punto de referencia el planteamiento teológico del documento de Medellín. “Para nosotros los pobres son ese otro Cristo y partir de su protagonismo buscamos construir un continente, una sociedad más justa, fraterna y solidaria”, afirma, porque desde su experiencia en Cáritas, la opción preferencial por los pobres no es un medio para alcanzar un objetivo; el propósito real es caminar con ellos, llegar a la unión total con aquellos que son vulnerables, experimentan situaciones de soledad, exclusión y descarte.

La idea es llegar a una compasión entrañable y sentir a Jesús al lado de ellos y desde ellos; solo así, asegura el sacerdote, “será posible sentirnos responsables para liderar la transformación de esas situaciones que los hacen más pobres, más ignorados”.

Siguiendo la experiencia de Medellín, el consagrado afirma que las violencias institucionalizadas son un factor fundamental para Cáritas y, desde esa perspectiva, todo lo que atente contra la dignidad, los derechos humanos y la paz, representa las principales expresiones de la violencia.

La más dura es la forma en que se percibe la economía y el desarrollo, porque el modelo económico neoliberal ha generado más inequidad, más desigualdad, logrando acabar con las oportunidades para que los más empobrecidos desarrollen sus capacidades y potencialidades.

38 años de sacerdocio, muchos de los cuales ha dedicado a la Pastoral Social Cáritas, le han enseñado diversidad de experiencias donde ha visto la capacidad de gestionar, transformar y reinventar de las comunidades. Una de las experiencias que más ha marcado su camino lo conecta con una comunidad de cafetaleros que producían café de manera clásica, con abono orgánico, en Costa Rica, y que, sin ninguna posibilidad de mercado para sacar sus productos, tenían una vida muy difícil para sus familias, una condición de pobreza muy fuerte que lograron superar gracias al proceso de organización que asumió la comunidad con todo un equipo de trabajo de Cáritas que finalmente logró constituir una cooperativa.

Patricia, la monja villera

En las afueras de la gran Buenos Aires, en Villa Bosch, vive Patricia Ataría, una religiosa de la Congregación Adoratrices de la Sangre de Cristo y que creció literalmente con ellas: “A los 4 años, mi mamá me llevó a la casa de las hermanas para anotarme en el Jardín de Infantes. Recuerdo que eran todas muy jóvenes”. Patricia relata que por ese entonces –en pleno 1965– soplaban los aires del recién culminado Concilio Vaticano II.

Con las Adoratrices aprendió a “reverenciar al Dios vivo que está en el otro. Adorar, por ese motivo, al Jesús que está en el otro” y encarnarse en las villas, barrios populares de este país. Por ello “podría decir que mi infancia y adolescencia despertó en mí ‘el poder ver’ como algo natural ‘ese lugar’ en el cual mi vocación se plenificaría”. La religiosa estudió en Roma, en la Universidad Gregoriana: “Ya me había recibido de maestra de grado, de nivel inicial y, siendo religiosa, luego del noviciado, terminé el estudio de maestra de música, pasión que había abrazado desde muy chica”. Después viaja a Filipinas, donde cursó teología y permaneció en misión cuatro años.

Luego de este periplo, marcado por la añoranza de su tierra, el mate y sus amadas villas, en 1999 su Congregación le pidió regresar a Argentina. La muerte de una de sus hermanas de comunidad marcó su vida: “Un día, estando en clases en Villa Bosch, me llaman desde la guardería diciéndome que mi hermana se había desplomado”. Se trataba de Carmen, con quien animaba las misas todos los sábados; ese día sufrió un derrame cerebral que segó su vida.

Tras este duro revés, conoció al padre Pepe, un párroco nuevo que llegó a Villa Bosch y, a solo una semana de instalarse, abrió una pastoral villera de “total inclusión”. Bajo el lema “la Iglesia es el barrio”, Pepe y la hermana Patricia encarnaron “la definición de lo que se vive y lo que se desea: que todos se sientan parte de este sueño de Dios Padre para cada uno de sus hijos. En esta Iglesia, lo importante, como se desprende, es formar comunidad. Y esta comunidad se preocupa de que cada persona se sienta protagonista”.

Patricia nació con el don de la música, que “pongo al servicio de la comunidad con mucha alegría. No solo animando las misas, celebraciones varias, sino componiendo las canciones que sean necesarias para la pastoral villera”. Con ello se siente más cercana a la gente, que la reconoce “como vecina” y “así nos percibimos y somos recibidas en el barrio”.

Esta ‘monja villera’ sigue apostando por “una Iglesia que es el barrio. Un barrio que no necesita salir de su lugar para encontrar lo necesario. Una Iglesia sin primera clase y clase turista. Una Iglesia que, durante la pandemia se preocupó de dar de comer a más de 3.500 personas por día, porque la mayoría de la gente en las villas vive de changas (trabajos eventuales). Una Iglesia pobre para los pobres. La Iglesia que amo, y por la cual, cada día, consagro mi vida con alegría”.

Una opción valiente

Por su parte, el padre Manoel Godoy, de Brasil, ejerce su ministerio sacerdotal aplicando sus estudios en Teología Pastoral. Actualmente reside en Belo Horizonte, donde es director ejecutivo del Instituto de Filosofía y Teología. A partir de sus vivencias considera que, si bien en el continente existen experiencias maravillosas sobre la opción por los pobres, la Iglesia sigue sin dar respuesta clara a este reto propuesto por Medellín y Puebla.

“La opción por los pobres está difusa en la Iglesia”, afirma sin desconocer el gran aporte de la vida consagrada que fue una de las opciones de vida que más contestó positivamente a la opción por los pobres, lo que se expresó en la vida religiosa inserta en medio de la gente, en casi todas las periferias, por lo que asegura que hubo congregaciones enteras muy marcadas por esta opción.

Incluso recuerda el sufrimiento que representó asumirla. Organismos como “la CLAR en América Latina sufrieron hasta la intervención de algunos organismos de la Iglesia por su opción por los pobres, porque si bien el corazón de la teología de la liberación es la opción por los pobres, la intervención de parte de la curia romana fue por la opción por los pobres”, relata.

Este camino generó liderazgos emblemáticos en el continente, como el recordado obispo brasileño Hélder Câmara. Su postura y misión permanece en la memoria del Padre Manoel Godoy, que no duda en afirmar que dejó una marca muy fuerte en su diócesis y en quienes le conocieron.

Particularmente recuerda su frase más famosa: “Cuando yo le doy pan a los pobres me llaman santo, pero cuando pregunto por qué los pobres no tienen pan, me dicen que soy un comunista”. Y, como explica el presbítero brasileño, por su opción por los pobres fue un hombre muy perseguido, pero no abandonó su tarea y creó una serie de fundaciones que todavía existen y son mantenidas por los sacerdotes más adultos. Iniciativas como las de Hélder Câmara, al igual que las del papa Francisco, con el proceso sinodal, logran atravesar la barrera del tiempo porque reconocen la realidad y sus desafíos.

Para el padre Manoel, sin la opción por los pobres, la sinodalidad no llegará a ser un punto clave en la Iglesia. “La sinodalidad no sirve si no es una sinodalidad auténtica. Escuchar a los pobres es saber lo que están viviendo, necesitando, cuáles son sus demandas o retos, esa es la clave”. Y la ventaja es que “Francisco tiene su corazón muy dispuesto a los pobres”, concluye.

El río de la misión

JESÚS ANDRÉS VICENTE DOMINGO. SACERDOTE DE LA ARCHIDIÓCESIS DE BURGOS

Meses atrás, los sacerdotes de mi ciudad tuvimos la habitual jornada de retiro. Una mañana de oración personal y comunitaria, alimentada con las oportunas reflexiones de un compañero. En este caso, Luis Ángel Plaza, sacerdote diocesano burgalés y actual director general del Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME). El tema escogido –“La misión hace a la Iglesia”– le venía como anillo al dedo, y bien que lo aprovechó para renovar nuestros sentimientos y nuestra comprensión de la misión, tan inexacta por diversos motivos. De entrada, nos señaló algunos de los errores más frecuentes.


No somos “discípulos y misioneros” (primero discípulos y, después, misioneros), sino “discípulos misioneros”, como repite el papa Francisco. Desde las raíces bautismales, la misión es constitutiva del cristiano. Es algo identitario, del orden del “ser”; no se queda en el mero “hacer”. En los sacramentos de Iniciación cristiana recibimos el ser discípulos de Jesucristo junto con una misión que se ha de ir concretando a lo largo de nuestra vida en una vocación y con unos carismas, en unos compromisos existenciales.

Corazón del pueblo

Nos insertamos así en una Iglesia que es misión de Dios para el mundo. Cada cristiano se ha de identificar con estas palabras del Papa: “La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo ‘soy una misión’ en esta tierra, y para eso estoy en este mundo” (EG 273).

La misión no es la tarea de unos pocos vocacionados, de los misioneros y las misioneras, a quienes los demás ayudaríamos en la retaguardia con nuestra oración y nuestro dinero. A esta visión parcial podrían contribuir –sin pretenderlo– algunas de las varias campañas misioneras que se celebran a lo largo del año.

La Iglesia existe como fruto de la misión y es posterior a ella. En cambio, nuestra mirada habitual nos hace ver a una Iglesia preexistente –la nuestra, la de aquí, la de siempre– de la que partirían los misioneros a evangelizar nuevos territorios. Según ello, la Iglesia precedería a la misión, pero no es así. Miremos, si no, a nuestras propias comunidades, nos pedía Luis Ángel; ninguna existe por sí misma y desde sí misma. Algo o alguien tuvo que venir desde fuera de ella que le dio el ser y le hizo existir.

En la cumbre de Dios

Cada evento evangelizador es el eslabón de una cadena que se pierde en los orígenes. Remontando aguas arriba el río de la historia de la salvación, la misión actual sube hasta las cumbres del misterio de Dios y empalma con él. Nace en Dios para terminar en Él y, mientras tanto, atraviesa a cada comunidad eclesial dándole el ser y su dinamismo evangelizador. Por eso, toda la Iglesia es misionera y actúa en permanente “estado de misión”.

Concluía el predicador estas advertencias con una frase programática sacada del Concilio Vaticano II: “El designio misionero dimana de Dios Padre, de su ‘amor fontal’ o caridad paternal” (cf. AG 2). El Padre es el origen sin origen, un manantial eterno que se vierte totalmente en el Hijo, y los dos lo comunican a su obra creadora con el don divino del Espíritu que de ambos procede.

La misión nace en el seno de Dios, que es abrazo permanente en el que las tres personas se comunican vida y amor. Con la encarnación del Hijo, el misionero del Padre, la misión surge en medio del mundo marcada con el sello de la Trinidad: un dinamismo de vida incesante, una fuerza imparable de filiación y fraternidad, una Palabra de luz y verdad que ilumina de continuo nuestro camino personal y comunitario. Si Dios es la fuente de la misión, no podemos reducirla a una simple tarea apostólica.

Fuente de agua viva

“Amor fontal”. Con estas palabras se compara el don del amor divino con una fuente, un agua viva “que mana y corre” (san Juan de la Cruz). ¿Por qué, para hablar de la misión, utiliza la Escritura el símil del agua? Mircea Eliade, entre otros autores, nos ha hecho ver lo que esta agua simboliza para la humanidad: “Cuanto el corazón desea puede reducirse siempre a la figura del agua, el mayor de los deseos, el don divino verdaderamente inagotable”. El agua de Dios, esa fuente de amor y vida que se desborda sobre nosotros, viene a calmar la sed insaciable del corazón humano que ninguna creatura de este mundo puede satisfacer.

Vivimos una época de sequía religiosa muy extendida. Nuestra humanidad no acierta a conectar sus justos deseos con las corrientes espirituales. Se da un desfase evidente entre lo que los hombres buscamos por nosotros mismos y lo que el agua espiritual nos regala. Y así los ríos visibles de las religiones históricas se van agotando lentamente, dejando detrás el desierto. ¿Qué está pasando? ¿Acaso no brota ya en las alturas el manantial de Dios?

Lo mismo que ocurre con el clima terrestre, es indudable que el clima espiritual también padece fases. Pero, ¿el “amor fontal” de Dios es cambiante y sujeto a límites o vaivenes? No, “Dios no se muda”, como escribe santa Teresa. Entonces, ¿qué? Siguiendo con la metáfora del agua, una parte se pierde por los huecos de las peñas, por los vacíos de nuestros olvidos y desprecios. Pero hay más agua.

Filtraciones del subsuelo

Una ingente cantidad, que solo Dios sabe, se filtra y enriquece el subsuelo, y puede reaparecer en la superficie, como en el caso del Guadiana, en puntos distantes e inesperados. Esta agua sumergida continúa su labor benéfica en el interior de los corazones, de los pueblos y de las culturas, y, aunque oculta, forma parte integrante de la misión. Es un agua que nuestra Iglesia no controla y que, por ello, corre el riesgo de ignorarla y darla por inexistente.

Pero se trata de la acción del Espíritu en las personas y en los grupos humanos, o en instituciones sociales y religiosas no directamente vinculadas a la Iglesia. “Esto [la acción de Cristo en el misterio pascual] vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible” (GS 22), lo afirmaban los padres conciliares con una convicción que desgraciadamente se ha ido debilitando entre nosotros.

Finalmente, está el agua que a través de una red de arroyos y ríos de superficie se encamina hacia el mar de Dios, origen y destino de nuestras vidas. Una parte de esta agua es la que Él ha confiado directamente a su Iglesia, desde Pentecostés hasta nuestros días. La Iglesia arranca en cada tiempo y lugar con el anuncio apostólico del Evangelio y el bautismo de las gentes que han creído en él. En cada acontecimiento de la historia y en cada cultura que se abre al impulso divino, ella nace y va tomando forma. La Iglesia se recibe de la misión divina y, a su vez, relanza esta misión hacia el futuro del designio de Dios. (…)

Los jóvenes en la Iglesia

Por José M. Tojeira

No se puede dudar que la futura fuerza y vitalidad de la Iglesia dependerá de la incorporación de los que hoy son jóvenes a una fe eclesial profundamente enraizada en Cristo, con su libertad evangelizadora y su amor profético a todos, y especialmente a los pobres. En esta Iglesia nuestra que quiere estar siempre “en conversión pastoral y en salida”, de corazón abierto y martirial

y que quiere transformar la realidad “para testimoniar el Reino de Dios”, la preocupación por los jóvenes es permanente. Ya al principio de nuestro Plan Pastoral 2019-2024, en el primer objetivo específico, que trata de mantener la coherencia entre fe y vida se hace una referencia a la importancia del “acercamiento entre jóvenes y adultos para superar la ruptura intergeneracional”. Por ello resulta indispensable fijarnos en la situación de los jóvenes.

En diferentes apartados, los documentos de Aparecida recalcan la problemática de los jóvenes latinoamericanos, no muy diferente de la situación de nuestros jóvenes y adolescentes salvadoreños. Se nos invita a conocer su situación para poder hablar su lenguaje y ayudarles a encontrarse en la fe con Cristo como amigo y compañero de camino hacia la maduración personal y hacia el amor cristiano fraterno y solidario. Los obispos en Aparecida eran muy conscientes de la difícil situación de nuestros jóvenes, con sistemas educativos poco competentes, con orientaciones educativas más preocupadas por la competitividad y el mercado que por los valores humanos, con una globalización que fomenta la búsqueda individual del éxito y el placer al tiempo que desecha, olvida y, a veces, incluso persigue a los no triunfadores. Todo ello en sociedades marcadas por la desigualdad y la pobreza.

No es diferente la situación en El Salvador. Nuestros jóvenes son los que reciben los peores salarios, los que se ven más obligados a migrar, la mayoría de los que pueblan nuestras cárceles, los que más han sufrido el dolor de familias disfuncionales o separadas, los más asediados por el consumo, por la violencia, por la droga y por todo tipo de propaganda. En estos meses de estado de excepción han sido los más hostigados y perseguidos. De hecho, de los un poco más de 26.000 detenidos en el último mes y medio, más de dos terceras partes son jóvenes entre 18 y 30 años. La necesidad de llegar a los jóvenes resulta imperiosa en medio de estas situaciones. De hecho en nuestras iglesias encontramos jóvenes que son profundamente generosos, una vez convertidos y entregados al Evangelio, sirven con alegría y vibran con mayor emoción ante nuestros mártires. Nuestra situación no es mala, pero resulta indispensable dedicarles tiempo, trabajar con ellos y formarles adecuadamente en la fe y en la Doctrina Social de la Iglesia. Es un reto para los padres y servidores, muchos de ellos también necesitados de formación en el pensamiento social de la Iglesia, y un desafío para nosotros sacerdotes, necesitados de un lenguaje y una pedagogía, como dice Aparecida, que además de impulsar la fe, conduzca a una formación “gradual para la acción social y política y el cambio de estructuras conforme a la Doctrina Social de la Iglesia, haciendo propia la opción preferencial y evangélica por los pobres y los necesitados”.

La juventud y dinamismo de un alto porcentaje de nuestro clero es siempre promesa de una Iglesia en crecimiento. Pero viendo los problemas de nuestros jóvenes es necesario multiplicar esfuerzos. En la última reunión del clero, uno de los participantes insistía en que si bien la Iglesia ha crecido hacia dentro y ha profundizado en la fe y en el crecimiento espiritual, debemos redoblar esfuerzos para convertirnos en una Iglesia en salida y evangelizadora, ir más allá de nuestros templos e incidir en la historia de nuestro país. El trabajo con los jóvenes nos toca a todos, sacerdotes y laicos formados. Esta sociedad nuestra, con cambios tan acelerados en todos los aspectos, necesita nuevas generaciones de cristianos capaces de amar, servir y construir una sociedad más fraterna, justa y pacífica. O como dice el Concilio Vaticano II, personas que convertidos a Cristo como nuestra cabeza y gozando de la libertad de los hijos de Dios y la fuerza de su Espíritu, tengan “como fin el dilatar más y más el Reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra” (Lumen Gentium 9)

España estrena película sobre mártires de la UCA

Imagen retomada de RTVE | Escena de “Llegaron de noche”.


La película “Llegaron de noche” relata el asesinato de seis sacerdotes jesuitas, cinco de ellos de origen español, y sus dos colaboradoras. Será estrenada en España este 25 de marzo.

La producción está basada en la historia real de la única testigo del crimen, Lucía Barrera de Cerna, quien trabajaba como empleada de limpieza en la UCA. Entre la noche del 15 de noviembre y la madrugada del 16 de noviembre de 1989, Lucía vio a agentes del Ejército que ingresaron a las habitaciones de los jesuitas y sus colaboradoras. La película muestra que su testimonio será clave para esclarecer la verdad y hacer justicia, pero además cambiará para siempre su vida y la de su familia.

El director español, nacido en El Salvador, Imanol Uribe, manifestó que “Llegaron de noche” fue una película complicada, que le llevó cinco años de su vida. Iniciaron un minucioso proceso de documentación previo, para abordar esta historia real, pero surgieron bastantes problemas con la producción al principio del rodaje, a eso añadió las adversidades por la pandemia.

Con esta producción, España vuelve a poner en el escenario público el asesinato de los seis sacerdotes jesuitas y sus dos colaboradoras.

En 2020, la Audiencia Nacional de España condenó a más de 133 años de cárcel al coronel Inocente Orlando Montano, como uno de los implicados en el asesinato cometido por las Fuerzas Armadas salvadoreñas.

El Salvador negó la extradición de 13 militares acusados de participar en el crimen, para que fueran juzgados en España. A la fecha, el caso continúa en la impunidad.

Los mártires de la UCA al cine

‘Llegaron de noche’: el cine resucita a los mártires de la UCA

Vida Nueva charla con el director de la película, Imanol Uribe, y con el guionista, Daniel Cebrián

Llegaron de noche

Dice Jesús en el evangelio que “nada hay oculto que no haya de descubrirse, ni secreto que no haya de saberse y ponerse al descubierto” (Lc 8, 17). Aferrados a esa promesa divina, la Compañía de Jesús y el pueblo salvadoreño llevan más de tres décadas aguardando a que la justicia humana llegue hasta al final y arroje luz sobre uno de los episodios más trágicos en la historia de la orden fundada por Ignacio de Loyola y del pequeño país centroamericano, sumido por entonces en una fratricida guerra civil de doce años (1980-1992) que se cobraría 75.000 vidas y dejaría un número indeterminado de desaparecidos.


Se trata del asesinato, en la madrugada del 16 de noviembre de 1989, de seis jesuitas –los españoles Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno y el salvadoreño Joaquín López–, la cocinera de la comunidad, Julia Elba Ramos, y su hija Celina Ramos, en el campus de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) de San Salvador donde los religiosos residían e impartían clases.

El 5 de enero de 2022, la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) de El Salvador –que en 2020 dictó el cierre del proceso penal y “que no se investigue a los señalados como autores intelectuales de la masacre”– ordenaba que se reabriera el caso. Y el 11 de marzo, hace apenas un par de semanas, el titular del Juzgado Tercero de Paz de San Salvador, José Campos, emitía una orden de busca y captura contra el ex presidente Alfredo Cristiani (1989-1994), decretando su detención tras no comparecer en el juicio.

Caprichos (o no) del destino, lo cierto es que ahora, coincidiendo con estas esperanzadoras noticias, un poderoso vehículo de concienciación como el cine viene a sumarse a ese empeño por saber la verdad y rescatarla de las tinieblas de la impunidad. Lleva por título ‘Llegaron de noche’ –como los asesinos en aquella fatídica fecha– y desembarca en las salas el 25 de marzo, previo paso por el Festival de Málaga.

Al frente del proyecto figura el director Imanol Uribe, un vasco nacido en San Salvador que –aunque con 20 años menos– admite haber llevado “vidas paralelas” con Ignacio Ellacuría, aquel jesuita nacido en Portugalete que acabaría viviendo y muriendo en El Salvador. En distendida charla con Vida Nueva en la sede de la ONG jesuita Entreculturas, y acompañado por el guionista de su último trabajo, Daniel Cebrián, relata cómo pasó “por los sitios que él pasó”.

Y, aun cuando asume tener “una memoria espantosa”, recorre mentalmente su periplo educativo, vinculado siempre a la Compañía de Jesús: el Externado San José en El Salvador, los jesuitas de Indautxu en Bilbao, los jesuitas de Tudela, “donde también estuvo Ignacio Ellacuría”. Incluso, llegó a conocerle personalmente “en una charla que dio en Salamanca”.

Hechos que marcan

Ahora bien, más allá de ese pasado jesuita, Uribe reconoce que “el gusanillo del interés por su figura siempre ha estado ahí”. Como a tanta gente de su generación, le impactó “muchísimo” la matanza de El Salvador, “al nivel del asesinato de Carrero Blanco, de Kennedy o del 11-S: son hechos que marcan”. Y a Ellacuría –subraya– “le admiraba”. Todo ello “se conjura” como germen de su nueva película después de leer la novela Noviembre, de Jorge Galán.

En ella se habla de los jesuitas, de monseñor Romero… pero fue Lucía Barrera de Cerna, empleada de limpieza en la UCA y único testigo de la matanza que decidió declarar, quien reclamó su atención. “Solo se cuenta un poquito su vida”, desvela. Suficiente para que el veterano cineasta encontrara en ese personaje “el desencadenante desde el que hincarle el diente a la historia”: contaría lo vivido por esta mujer y, de paso, hablaría de la muerte de los jesuitas. “Como vehículo narrativo, me fascinaba la historia increíble de Lucía y su defensa de la verdad”, confiesa.

“Lo que es interesante es la historia de Lucía, su conflicto: tiene que optar entre contar la verdad o que la dejen vivir. Y opta por contar la verdad, aunque no la vayan a dejar vivir. Imanol lo vio enseguida; yo tardé en verlo más, pero había que justificar el sueldo”, secunda entre risas Cebrián, que ya ha colaborado con Uribe en anteriores producciones.

Enriquecedoras entrevistas

A partir de ese momento, como guionista, emprendió “una fase de documentación periodística” en la que leyó todo lo que pudo acerca de aquellos acontecimientos. Al principio, hablaron mucho con Jorge Galán, incluso pensaron en comprarle los derechos de su novela, pero “yo sabía ya demasiadas cosas como para hacer la película y, al final, todo terminó donde había empezado Imanol”.

Conocerían luego al padre José María Tojeira (encarnado en la cinta por Carmelo Gómez), provincial de los jesuitas en Centroamérica de 1988 a 1995, que “fue muy generoso con nosotros: grabamos bastantes horas de conversaciones con él en la UCA y ha colaborado desde el primer momento”, recuerda agradecido Uribe. Y a Lucía (Juana Acosta), que resultó “esencial”, y a su marido (Juan Carlos Martínez).

Y es que, tras entrevistarse con este matrimonio salvadoreño, “solo queríamos contar ya la historia de Lucía, que era la idea original de Imanol desde nuestra primera conversación”. De hecho, inicialmente iba a llamarse La mirada de Lucía, pero la premonición de Ellacuría sobre la autoría de su propia muerte (aquí puesta en boca del actor que se mete en su piel, Karra Elejalde) les brindó el título definitivo: “Si me matan de día sabrán que ha sido la guerrilla, pero si llegan de noche serán los militares los que me maten”.

Entrelazar la realidad

Así que, después de encontrarse con unos y con otros, “no hubo que inventarse nada, sino entrelazar la realidad que había”, asegura Uribe. A lo sumo, “fundir” en algún personaje acciones o diálogos de otros. Como es el caso del propio padre Tojeira, que “tuvo mucho protagonismo –apostilla Cebrián–, aunque había más sacerdotes jesuitas adscritos a la universidad que estaban por allí”. “El resto –reitera Uribe– ha sido articular y guionizar la historia, porque la realidad estaba ahí”. Y ese “resto”, fundamentalmente, es la historia de Lucía.

Ella es “la puerta de entrada”, según Cebrián, porque “¡es tan absurda la muerte de los padres!… que hacer una película sobre eso tiene poco interés, más allá de la tragedia que supone”. “Sería contar una historia que todos conocen”, asiente Uribe. “Es una atrocidad sin sentido desde el punto de vista humano –prosigue Cebrián–, a nadie le puede parecer bien aquello, no hay un conflicto. Cuando lees todo en su contexto, es muy fácil seguir la línea que conduce de finales de 1989 al fin del conflicto: aquella matanza aceleró la paz, no el triunfo de la guerrilla; al menos, la capitulación del Gobierno en muchos aspectos”.

Llegaron de noche: un film cargado de verdad

Asesinato de los PP. Jesuitas

Sonia Herrera Sánchez

 «Narra la historia real de Lucía, la única testigo en la matanza de los jesuitas en El Salvador. La madrugada del 16 de noviembre de 1989, en plena guerra civil salvadoreña, seis sacerdotes jesuitas, profesores universitarios, y dos empleadas fueron asesinados en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) en San Salvador. Inmediatamente el gobierno culpabiliza a la guerrilla del FMLN, pero una testigo presencial echa por tierra la versión oficial: se llama Lucía Barrera y trabaja como empleada de la limpieza en la UCA. Lucía ha visto quiénes son los verdaderos asesinos: el ejército. Aquella mirada será clave para esclarecer la verdad y hacer justicia, pero además cambiará para siempre su vida y la de su familia» (FILMAFFINITY).

Autor: Imanol Uribe

Fecha: 2022

“Si me matan de día sabrán que ha sido la guerrilla, pero si llegan de noche, serán los militares los que me maten”. Esta fatídica intuición de Ignacio Ellacuría da título a la última película del director vasco (nacido, de hecho, en El Salvador) que narra la masacre que tuvo lugar en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, el 16 de noviembre de 1989, es decir, el asesinato de los mártires de la UCA: Julia Elba Ramos y su hija, Celina Mariceth Ramos, así como los sacerdotes jesuitas Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín Baró, Segundo Montes Mozo, Amando López Quintana, Juan Ramón Moreno Pardo y Joaquín López y López.

Ellacuría tenía razón en muchas cosas, también en quién sería el responsable de su muerte. Quienes llegaron de noche para perpetrar tamaño crimen a sangre fría fueron los hombres del batallón Atlácatl del ejército salvadoreño, creado y entrenado en la Escuela de las Américas del ejército estadounidense y bajo las órdenes en el momento de los asesinatos del coronel Guillermo Alfredo Benavides Moreno, el oficial de mayor graduación procesado en El Salvador por un delito contra los derechos humanos. Fue condenado a treinta años de prisión en 1992 y puesto en libertad el 1 de abril de 1993. Un ejemplo, el del coronel Benavides, del ocultamiento y la impunidad que han rodeado el caso de los mártires de la UCA durante más de tres décadas.

Con estos mimbres Uribe reconstruye uno de los episodios más paradigmáticos de la violenta historia reciente de El Salvador a través de los ojos de Lucía Barrera de Cerna, empleada de la limpieza de la UCA –interpretada por una sublime Juana Acosta– que, fortuitamente, se convirtió en la única testigo de la matanza que podía desmentir la “historia única”[1] del Gobierno salvadoreño que pretendía cargar con los crímenes al grupo guerrillero Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).

Así, Llegaron de noche viene a sumarse a ese cine social constructor de memoria colectiva y de denuncia de la violencia de Estado en el que se inscriben títulos tan icónicos como La historia oficial, de Luis Puenzo (1985), Rojo amanecer, de Jorge Fons (1989), Kamchatka, de Marcelo Piñeyro (2002) o Salvador, de Manuel Huerga (2006), y otros filmes más recientes, ampliamente galardonados, como El silencio de los otros, de Almudena Carracedo y Robert Bahar (2018), La asfixia, de Ana Bustamante (2018), Canción sin nombre, de Melina León (2019) o Nuestras madres, de César Díaz (2019), entre otros muchos.

Dice Lidia G. Acuña que la memoria es “una reconstrucción actualizada del pasado que actúa como un conjunto de estrategias que nos ayudan a definirnos ante el mundo”. Con ese objetivo que nos interpela y que nos reclama un posicionamiento ante la injusticia y la violencia, el cine que denuncia “la amnesia obligatoria”, que ya señalaba Galeano y que tantos Estados –dictatoriales y “democráticos”– han intentado imponer a lo largo de la Historia, se erige como una herramienta fundamental contra el silencio y la impunidad.

En este sentido, Uribe sabe aprovechar toda la potencialidad del lenguaje audiovisual y pone muchos de sus recursos, estéticos y narrativos, al servicio de la verdad sobre los mártires de la UCA. Esa verdad que quiere ser dicha y que pelea por salir y que el realizador y el cantante y compositor gaditano, Javier Ruibal, ponen en boca del jesuita Ignacio Martín-Baró, guitarra en mano, poco antes de su asesinato. Profética, sin duda, la letra de esa canción que acusa y que viene a reforzar la pregunta obvia y retórica que muy probablemente se hagan todos los espectadores y espectadoras que vean la película: ¿Qué interés tenía el gobierno de Estados Unidos en ocultar que el responsable del crimen era el propio Estado salvadoreño y su ejército?

Y es que dejando a un lado las críticas que algunos compañeros y compañeras han vertido sobre la falta de ritmo del film o su construcción temporal, me parece incontestable que es una película valiente y coherente que va más allá del propio acto de violencia y testimonia la agresividad y el maltrato institucional de las autoridades estadounidenses hacia Lucía y su familia, poniendo el dedo en el ojo, desde este caso concreto, en todas las violaciones de derechos humanos que Estados Unidos promovió y amparó a lo largo y ancho de América Latina en la segunda mitad del siglo XX.

Así lo describió en un artículo en El País, el 26 de febrero de 1981, el propio Ellacuría:

 “(…) el apoyo militar norteamericano, se traduce, se ha traducido ya, en la matanza inmisericorde de no menos de 8.000 víctimas inocentes, que no han tenido nada que ver con enfrentamientos militares.

Esto hace que la actual ofensiva diplomática de Estados Unidos para justificar una mayor intervención en El Salvador, so pretexto de una intervención de países comunistas, sea, ante todo, una farsa”.

Mucho está durando ya esa farsa que tan pocas veces hemos visto desenmascarada en nuestras pantallas.

Comités Mons. Romero visitan El Salvador

Fiesta en el Hospital de Campaña de Santa Anna por la beatificación de Rutilio Grande

Fiesta en el Hospital de Campaña de Santa Anna por la beatificación de Rutilio Grande
Fiesta en el Hospital de Campaña de Santa Anna por la beatificación de Rutilio Grande

Un puente con la «Comunidad Segundo Montes» y la Asociación Acobamor de El Salvador

| Eusebi Argueta, presidente COR Barcelona

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Hace cuarenta años que se crearon los Comités Óscar Romero en Cataluña, con el fin de difundir el legado del Monseñor Óscar Arnulfo Romero Galdámez asesinado el 24 de marzo de 1980 por los escuadrones de la muerte en El Salvador. Año tras año recordamos el martirio de San Romero de América, con el fin de que nunca más se produzcan muertes de personas y que el diálogo se implemente en todos los conflictos que puedan surgir.

Los Comités Óscar Romero desde su origen han trabajado con la espiritualidad de monseñor Romero y con el objetivo de estar con las personas que luchan por la dignidad, por la cultura y por la liberación. Todos los Comités colaboramos en proyectos que fomenten la organización popular y que se conviertan en sostenibles en tierras de Centroamérica.

Para nosotros es muy importante Rutilio Grande, sacerdote jesuita (s.j.), ya que su martirio acabó de abrir los ojos de Monseñor Óscar Romero quien a partir de entonces decidió denunciar numerosas violaciones de los derechos humanos, se solidarizó con las víctimas de violencia política y estuvo junto a los más pobres.

Con el fin de conocer la realidad de El Salvador una delegación de los Comités Óscar Romero del estado español asistimos el 22 de enero de 2022 a la beatificación del sacerdote Jesuita Rutilio Grande. Rutilio Grande fue asesinado el 12 de marzo de 1977 junto a dos feligreses de las comunidades de las que era rector, Manuel Solórzano y Nelson Lemus cuando se dirigían a la población de El Paisnal para oficiar la Eucaristía, así como el fraile Franciscano Cosme Spessoto asesinado en El Salvador el 14 de Junio de 1980 mientras oraba antes de celebrar la Eucaristía.

La Delegación de los comités Òscar Romero del Estado español estuvo formada por siete personas, provenientes de los Comités de Murcia, Zaragoza, Torrelavega, Tarragona, Terrassa y Barcelona.

La beatificación fue presidida por el Cardenal de San Salvador Monseñor Gregorio Rosa Chávez, nombrado expresamente por el papa Francisco para oficiar esta celebración. Se ofició la misa al aire libre en la plaza de El Salvador del mundo de la ciudad de San Salvador y asistimos gran cantidad de personas de El Salvador y de todo el mundo. Había gente de todas las edades y, sobre todo, muchos jóvenes asistieron a la celebración, gran cantidad de ellos eran voluntarios que con su amabilidad nos orientaron por la gran plaza.

Durante nuestra estancia nos han acompañado y guiado personas de la Asociación de Comunidades de Base Monseñor Romero (ACOBAMOR), que trabajan en las Comunidades eclesiales de Base los ámbitos, de los niños, jóvenes, mujeres y adultos mayores.

Estos doce días en El Salvador hicimos inmersión en la realidad de país, para visitar las Comunidades Eclesiales de Base del distrito de la Libertad en Santa Tecla, junto a San Salvador. Visitamos las comunidades de base de El Limón y la Florida, pertenecientes a la asociación Acobamor. También visitamos en Morazán a 200 km de San Salvador “La Comunidad Segundo Montes” (jesuita asesinado en 1989 junto con el jesuita Ignacio Ellacuria y otras personas en la sede de la Universidad Centro Americana, UCA). En todas estas comunidades había una profunda religiosidad y compartimos tanto la estancia como la palabra de Dios.

También visitamos diferentes monumentos martiriales en honor a las personas masacradas en los conflictos armados en El Salvador. Estuvimos reunidos con el Responsable de la comisión de Derechos Humanos de El Salvador.

Junto a adultos mayores de la Comunidad Eclesial de base de los Jardines de Colón visitamos el lugar donde fue asesinado Rutilio Grande y los dos laicos quienes nos aportaron su testimonio de todo los vivido en esos trágicos días, así como durante el conflicto armado.

Después de este viaje y desde los Comités Óscar Romero de Terrassa y de Barcelona hemos incrementado nuestra solidaridad con la asociación Acobamor y seguiremos apoyando su proyecto “Soberanía alimentaria, caminando hacía una economía solidaria del bien común” que tiene como objetivos:

  1. Lograr la autosuficiencia alimentaria a través de la producción de una alimentación nutritiva y diversificada utilizando técnicas agroecológicas.
  2. Fortalecer la capacidad organizativa para la generación de ingresos desde la producción agrícola y creación de iniciativas económicas solidarias.

Cabe destacar que estas comunidades beneficiarias vienen de un proceso histórico, de base con más de 30 años de camino potenciando su capacidad organizativa para la incidencia social.

También apoyaremos a la “Comunidad Eclesial Segundo Montes” en su proyecto «Prevención de las violencias desde una perspectiva feminista y comunitaria en Morazán”.

Este proyecto se plantea generar estrategias y sinergias para la prevención de las violencias fundamentadas en el empoderamiento comunitario y en la perspectiva feminista que pone la mirada en factores, dinámicas y colectivos habitualmente invisibilizados, reconociendo la diversidad de dimensiones que están afectadas y dando respuesta a unas necesidades que son plurales y contextualizadas. Esta mirada feminista hace posible imaginar estrategias innovadoras de prevención de las violencias que colocan en el centro la vida y dignidad de las personas del municipio de San Francisco Gotera, en específico, y del departamento salvadoreño de Morazán, en general.

Hace cuarenta años que se crearon los Comités Óscar Romero en Cataluña, con el fin de difundir el legado del Monseñor Óscar Arnulfo Romero Galdámez asesinado el 24 de marzo de 1980 por los escuadrones de la muerte en El Salvador. Año tras año recordamos el martirio de San Romero de América, con el fin de que nunca más se produzcan muertes de personas y que el diálogo se implemente en todos los conflictos que puedan surgir.

Los Comités Óscar Romero desde su origen han trabajado con la espiritualidad de monseñor Romero y con el objetivo de estar con las personas que luchan por la dignidad, por la cultura y por la liberación. Todos los Comités colaboramos en proyectos que fomenten la organización popular y que se conviertan en sostenibles en tierras de Centroamérica.

Para nosotros es muy importante Rutilio Grande, sacerdote jesuita (s.j.), ya que su martirio acabó de abrir los ojos de Monseñor Óscar Romero quien a partir de entonces decidió denunciar numerosas violaciones de los derechos humanos, se solidarizó con las víctimas de violencia política y estuvo junto a los más pobres.

Con el fin de conocer la realidad de El Salvador una delegación de los Comités Óscar Romero del estado español asistimos el 22 de enero de 2022 a la beatificación del sacerdote Jesuita Rutilio Grande. Rutilio Grande fue asesinado el 12 de marzo de 1977 junto a dos feligreses de las comunidades de las que era rector, Manuel Solórzano y Nelson Lemus cuando se dirigían a la población de El Paisnal para oficiar la Eucaristía, así como el fraile Franciscano Cosme Spessoto asesinado en El Salvador el 14 de Junio de 1980 mientras oraba antes de celebrar la Eucaristía.

La Delegación de los comités Òscar Romero del Estado español estuvo formada por siete personas, provenientes de los Comités de Murcia, Zaragoza, Torrelavega, Tarragona, Terrassa y Barcelona.

La beatificación fue presidida por el Cardenal de San Salvador Monseñor Gregorio Rosa Chávez, nombrado expresamente por el papa Francisco para oficiar esta celebración. Se ofició la misa al aire libre en la plaza de El Salvador del mundo de la ciudad de San Salvador y asistimos gran cantidad de personas de El Salvador y de todo el mundo. Había gente de todas las edades y, sobre todo, muchos jóvenes asistieron a la celebración, gran cantidad de ellos eran voluntarios que con su amabilidad nos orientaron por la gran plaza.

Durante nuestra estancia nos han acompañado y guiado personas de la Asociación de Comunidades de Base Monseñor Romero (ACOBAMOR), que trabajan en las Comunidades eclesiales de Base los ámbitos, de los niños, jóvenes, mujeres y adultos mayores.

Estos doce días en El Salvador hicimos inmersión en la realidad de país, para visitar las Comunidades Eclesiales de Base del distrito de la Libertad en Santa Tecla, junto a San Salvador. Visitamos las comunidades de base de El Limón y la Florida, pertenecientes a la asociación Acobamor. También visitamos en Morazán a 200 km de San Salvador “La Comunidad Segundo Montes” (jesuita asesinado en 1989 junto con el jesuita Ignacio Ellacuria y otras personas en la sede de la Universidad Centro Americana, UCA). En todas estas comunidades había una profunda religiosidad y compartimos tanto la estancia como la palabra de Dios.

También visitamos diferentes monumentos martiriales en honor a las personas masacradas en los conflictos armados en El Salvador. Estuvimos reunidos con el Responsable de la comisión de Derechos Humanos de El Salvador.

Junto a adultos mayores de la Comunidad Eclesial de base de los Jardines de Colón visitamos el lugar donde fue asesinado Rutilio Grande y los dos laicos quienes nos aportaron su testimonio de todo los vivido en esos trágicos días, así como durante el conflicto armado.

Después de este viaje y desde los Comités Óscar Romero de Terrassa y de Barcelona hemos incrementado nuestra solidaridad con la asociación Acobamor y seguiremos apoyando su proyecto “Soberanía alimentaria, caminando hacía una economía solidaria del bien común” que tiene como objetivos:

  1. Lograr la autosuficiencia alimentaria a través de la producción de una alimentación nutritiva y diversificada utilizando técnicas agroecológicas.
  2. Fortalecer la capacidad organizativa para la generación de ingresos desde la producción agrícola y creación de iniciativas económicas solidarias.

Cabe destacar que estas comunidades beneficiarias vienen de un proceso histórico, de base con más de 30 años de camino potenciando su capacidad organizativa para la incidencia social.

También apoyaremos a la “Comunidad Eclesial Segundo Montes” en su proyecto «Prevención de las violencias desde una perspectiva feminista y comunitaria en Morazán”.

Este proyecto se plantea generar estrategias y sinergias para la prevención de las violencias fundamentadas en el empoderamiento comunitario y en la perspectiva feminista que pone la mirada en factores, dinámicas y colectivos habitualmente invisibilizados, reconociendo la diversidad de dimensiones que están afectadas y dando respuesta a unas necesidades que son plurales y contextualizadas. Esta mirada feminista hace posible imaginar estrategias innovadoras de prevención de las violencias que colocan en el centro la vida y dignidad de las personas del municipio de San Francisco Gotera, en específico, y del departamento salvadoreño de Morazán, en general.

Hace cuarenta años que se crearon los Comités Óscar Romero en Cataluña, con el fin de difundir el legado del Monseñor Óscar Arnulfo Romero Galdámez asesinado el 24 de marzo de 1980 por los escuadrones de la muerte en El Salvador. Año tras año recordamos el martirio de San Romero de América, con el fin de que nunca más se produzcan muertes de personas y que el diálogo se implemente en todos los conflictos que puedan surgir.

Los Comités Óscar Romero desde su origen han trabajado con la espiritualidad de monseñor Romero y con el objetivo de estar con las personas que luchan por la dignidad, por la cultura y por la liberación. Todos los Comités colaboramos en proyectos que fomenten la organización popular y que se conviertan en sostenibles en tierras de Centroamérica.

Para nosotros es muy importante Rutilio Grande, sacerdote jesuita (s.j.), ya que su martirio acabó de abrir los ojos de Monseñor Óscar Romero quien a partir de entonces decidió denunciar numerosas violaciones de los derechos humanos, se solidarizó con las víctimas de violencia política y estuvo junto a los más pobres.

Con el fin de conocer la realidad de El Salvador una delegación de los Comités Óscar Romero del estado español asistimos el 22 de enero de 2022 a la beatificación del sacerdote Jesuita Rutilio Grande. Rutilio Grande fue asesinado el 12 de marzo de 1977 junto a dos feligreses de las comunidades de las que era rector, Manuel Solórzano y Nelson Lemus cuando se dirigían a la población de El Paisnal para oficiar la Eucaristía, así como el fraile Franciscano Cosme Spessoto asesinado en El Salvador el 14 de Junio de 1980 mientras oraba antes de celebrar la Eucaristía.

La Delegación de los comités Òscar Romero del Estado español estuvo formada por siete personas, provenientes de los Comités de Murcia, Zaragoza, Torrelavega, Tarragona, Terrassa y Barcelona.

La beatificación fue presidida por el Cardenal de San Salvador Monseñor Gregorio Rosa Chávez, nombrado expresamente por el papa Francisco para oficiar esta celebración. Se ofició la misa al aire libre en la plaza de El Salvador del mundo de la ciudad de San Salvador y asistimos gran cantidad de personas de El Salvador y de todo el mundo. Había gente de todas las edades y, sobre todo, muchos jóvenes asistieron a la celebración, gran cantidad de ellos eran voluntarios que con su amabilidad nos orientaron por la gran plaza.

Durante nuestra estancia nos han acompañado y guiado personas de la Asociación de Comunidades de Base Monseñor Romero (ACOBAMOR), que trabajan en las Comunidades eclesiales de Base los ámbitos, de los niños, jóvenes, mujeres y adultos mayores.

Estos doce días en El Salvador hicimos inmersión en la realidad de país, para visitar las Comunidades Eclesiales de Base del distrito de la Libertad en Santa Tecla, junto a San Salvador. Visitamos las comunidades de base de El Limón y la Florida, pertenecientes a la asociación Acobamor. También visitamos en Morazán a 200 km de San Salvador “La Comunidad Segundo Montes” (jesuita asesinado en 1989 junto con el jesuita Ignacio Ellacuria y otras personas en la sede de la Universidad Centro Americana, UCA). En todas estas comunidades había una profunda religiosidad y compartimos tanto la estancia como la palabra de Dios.

También visitamos diferentes monumentos martiriales en honor a las personas masacradas en los conflictos armados en El Salvador. Estuvimos reunidos con el Responsable de la comisión de Derechos Humanos de El Salvador.

Junto a adultos mayores de la Comunidad Eclesial de base de los Jardines de Colón visitamos el lugar donde fue asesinado Rutilio Grande y los dos laicos quienes nos aportaron su testimonio de todo los vivido en esos trágicos días, así como durante el conflicto armado.

Después de este viaje y desde los Comités Óscar Romero de Terrassa y de Barcelona hemos incrementado nuestra solidaridad con la asociación Acobamor y seguiremos apoyando su proyecto “Soberanía alimentaria, caminando hacía una economía solidaria del bien común” que tiene como objetivos:

  1. Lograr la autosuficiencia alimentaria a través de la producción de una alimentación nutritiva y diversificada utilizando técnicas agroecológicas.
  2. Fortalecer la capacidad organizativa para la generación de ingresos desde la producción agrícola y creación de iniciativas económicas solidarias.

Cabe destacar que estas comunidades beneficiarias vienen de un proceso histórico, de base con más de 30 años de camino potenciando su capacidad organizativa para la incidencia social.

También apoyaremos a la “Comunidad Eclesial Segundo Montes” en su proyecto «Prevención de las violencias desde una perspectiva feminista y comunitaria en Morazán”.

Este proyecto se plantea generar estrategias y sinergias para la prevención de las violencias fundamentadas en el empoderamiento comunitario y en la perspectiva feminista que pone la mirada en factores, dinámicas y colectivos habitualmente invisibilizados, reconociendo la diversidad de dimensiones que están afectadas y dando respuesta a unas necesidades que son plurales y contextualizadas. Esta mirada feminista hace posible imaginar estrategias innovadoras de prevención de las violencias que colocan en el centro la vida y dignidad de las personas del municipio de San Francisco Gotera, en específico, y del departamento salvadoreño de Morazán, en general.

42º Aniversario de Mons. Romero

San Óscar Romero y la inmediatez del prójimo oprimido

San Óscar Romero
San Óscar Romero

«Sentía cercano al prójimo oprimido y veía en él el rostro del Señor crucificado»

«Hoy, al recordarlo, cuando tendemos a ponerlo en un pasado violento y heroico, muy diferente de nuestra actualidad, le hacemos un flaco favor a su santidad. Porque de muchas maneras el prójimo oprimido continúa estando a nuestro lado»

«Sólo podremos celebrar a Romero desde la solidaridad humilde y combativa. Esa misma solidaridad que tuvo quien ‘siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos’ (2Cor 8, 9)»

24.03.2022 | José M. Tojeira sj

Celebramos un año más la santidad de Mons. Romero en el día de su muerte martirial. Y es bueno preguntarnos qué es lo que hace santo a este obispo, tímido y profeta al mismo tiempo, riguroso consigo mismo y libre para anunciar el Evangelio del Reino, que se dirigía espiritualmente con un sacerdote del Opus Dei y se confesaba con un jesuita. Y la respuesta que brota con mayor rapidez es clara: Sentía cercano al prójimo oprimido y veía en él el rostro del Señor crucificado. Y ahí, en la debilidad del infravalorado y marginado, encontraba la fuerza para anunciar y denunciar.

Hablaba con todos, trataba de ayudar siempre, soportaba ataques, insultos e incluso la enemistad de algunos (a veces más que algunos) de sus hermanos en el episcopado. Pero su cariño y su preocupación indeclinable eran los pequeños, los marginados y los perseguidos por defender y trabajar en favor de la igual dignidad humana de los hijos e hijas de Dios.

Vivía con una enorme sencillez en un asilo de enfermos terminales y disfrutaba sintiéndose acogido y querido por los pobres. Su bondad y su heroicidad nos facilita ponerlo en una hornacina del pasado, como una de las personas que nos recuerda al Jesús que pasó por este mundo “haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo” (Hechos 10, 38). Pero no basta la admiración de una santidad si no se siente al mismo tiempo un fuego interior como el que sentía los apóstoles al interiorizar la resurrección del Señor.

Hoy, al recordarlo, cuando tendemos a ponerlo en un pasado violento y heroico, muy diferente de nuestra actualidad, le hacemos un flaco favor a su santidad. Porque de muchas maneras el prójimo oprimido continúa estando a nuestro lado. Y un santo del que recordemos sus glorias pasadas sin que nos inquiete en nuestro presente no deja de ser una especie de adorno personal y, con frecuencia, una muestra de narcisismo institucional.

Quienes viven y sufren en la marginalidad y la pobreza, los migrantes menospreciados por su origen o por el color de su piel, las víctimas de las guerras, los saharauis abandonados porque la economía es más importante que las personas, son parte de esa legión de oprimidos que siguen cuestionando nuestras historias personales y sociales.

Romero

Si no los sentimos inmediatos, si algo no nos llama a hacerlos históricamente significativos, nos alejamos de lo más hondo de nuestra realidad humana: la capacidad de sentirnos fraternos, miembros de la misma especie. Y al olvidar y traicionar nuestra humanidad traicionamos también nuestra fe. De poco nos serviría entonces el recuerdo de aquellos que en el pasado amaron tanto a sus prójimos que pudieron vivir sin que el odio de los violentos, e incluso la muerte, nublara su mirada de profetas.

Mons. Romero nos llama siempre al presente. Así lo entendieron quienes propusieron en la ONU que el 24 de marzo fuera el “Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con las Violaciones Graves de los Derechos Humanos y para la Dignidad de las Víctimas”. La Asamblea General de la ONU aprobó en 2010 la titulación de ese día en honor a Monseñor Romero. Casi podríamos decir que lo canonizó antes que su propia y nuestra Iglesia.

Pero tanto a los cristianos como a la ciudadanía humanista nos cuesta demasiado romper la comodidad que nos cuestiona el que sufre. Y ponemos al margen de nuestras mentes a quien la sociedad ha marginado ya antes, de un modo injusto y con frecuencia violento. El Romero santo y asesinado debe ser para nosotros siempre un recuerdo peligroso. Peligroso para el statu quo del dinero, de la egolatría y del poder, y peligroso también para quienes, despertados y urgidos por su recuerdo, tratemos simultáneamente de odiar al mal y amar al enemigo. Sólo podremos celebrar a Romero desde la solidaridad humilde y combativa. Esa misma solidaridad que tuvo quien “siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos” (2Cor 8, 9).

Romero

El grito olvidado de paz de Mons. Romero

Marco Gallo

 


El 24 de marzo de 1980  Mons. Oscar Arnulfo Romero era asesinado ante el altar mientras celebraba la Eucaristía. El hombre, definido “San Romero de América”, donaba su vida por los pobres y por la paz de su atormentado país: El Salvador. Aquel obispo que había invocado la paz por el martirizado país centroamericano era sacrificado, como víctima y mártir del último mojón de la guerra fría


Hoy, a distancia de 42 años, parece que la memoria del canonizado obispo salvadoreño se haya esfumado, corriendo el riesgo de quedar como una imagen santa, pero en color sepia, de un cristianismo ritual alejado de la vida y de los hechos cotidianos de la gente. Mons. Vincenzo Paglia, postulador de la causa de canonización del obispo mártir, ha escrito en estos días: “Con amargura, con gran amargura hay que destacar un enorme silencio sobre Romero y sobre su testimonio martirial. Romero parece olvidado, también entre los cristianos. Su memoria no sacude más las conciencias visto las violencias y las guerras de estos años y de nuestros días”. Incluso en la misma América Latina es lejana la imagen de un Mons. Romero “amigos de los pobres, siempre cercanos a los últimos, a los descartados”.

Actualidad profética de Romero

Sin embargo su testimonio contra la guerra, contra todo tipo de violencia y conflicto es de una gran actualidad profética. Hay que recordar aquel 23 de Marzo de 1980 cuando en la homilía dominical pronunció aquellas palabras por las que pedía a los soldados salvadoreños que abandonaran las armas y que se dejara de matar a los hermanos. “Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese a la Represión!”. Estas palabras de paz y de búsqueda incansable de diálogo en un país dividido y polarizado le costaron a Mons. Romero su propia vida.

Cuando en 2018 el Papa Francisco canonizó a Mons. Romero, quiso verdaderamente que fuera el ejemplo transparente de un hombre de paz, frente a la endémica violencia que afecta el continente latinoamericano. Así se expresaba en aquellos días dirigiéndose a los obispos salvadoreños: “Ejemplo de predilección por los más necesitados de la misericordia de Dios. Estímulo para testimoniar el amor de Cristo y la solicitud por la Iglesia, sabiendo coordinar la acción de cada uno de sus miembros y colaborando con las demás Iglesias particulares con afecto colegial. Que el santo Obispo Romero los ayude a ser para todos signos de esa unidad en la pluralidad que caracteriza al santo Pueblo fiel de Dios”.

Hay que encarnar en la realidad de hoy estas palabras del pontífice argentino; Romero representa la búsqueda de unidad dentro y fuera de la Iglesia, en un tiempo de fragmentación y de división que el evento bélico en Ucrania lo sintetiza dramáticamente. La profecía de Romero no está muerta sino que necesita de cristianos que sepan tomar en serio el Evangelio, que estén dispuestos a hacerse cargo de las heridas de los muchos “hombres medio muertos en el camino a Jericó” y ayuden a reconstruir relaciones y lazos humanos desgarrados por el odio y el egoísmo. “La paz verdadera – decía Mons. Romero – no es la de los cementerios, sino una paz que se construye sólida sobre bases de justicia y de amor”. Que el testimonio de Mons. Romero contribuya a construir en las nuevas generaciones, verdaderos artesanos de paz.