La fiesta del vino

Xabier Pikaza: «Lo que falta a la iglesia es ser fiesta del vino»

Bodas de Caná
Bodas de Caná

Algunos pensarán que faltan otras cosas. Un Papa de “altura”, mejores obispos, buenos curas, cristianos más eficientes, quizá algo de dinero, instituciones que funcionen… A pesar de ello, mantengo lo dicho: Lo que falta es vino. Hay tuberías y fontaneros, maestre-salas y criados… Pero como dijo la madre de Jesús, hace 2000 años, falta vino.

Hay novios compuestos, hay agua en abundancia, ritos de purificaciones (misas y todo lo demás, con fontaneros añadidos), pero falta el vino, y mientas falta la «cosa»no funciona.

     Así lo vio Jesús y, después de haber resuelto el tema de Caná(Jn 2, 1,-13). Tomó a sus discípulos (que eran unos siete), a los que había llamado de entre los seguidores del Bautista, y  subió con ellos a Jerusalén, donde querían celebrar grandes fiestas de Pascua. Pero los sacerdotes habían abandonado la “tarea” que Dios les había encomendado y (¡por hacer algo!)  se dedicaron a crear un emporio de dinero en el templo.

Viendo destruir así la «fiesta de la religión», Jesús Sintió que le crecía por dentro la “ira de Dios” y expulsó a todos los “mercaderes” (compradores y vendedores…) del templo, diciendo “habéis convertido la casa de “mi padre (casa de vino, de fiesta de vida y amor en un emporio de egoísmo, de sometimiento y dinero» (Jn 2, 14-17).

Por | Xabier Pikaza teólogo

Introducción.

    Así comienza el evangelio. Después de haber presentado  (Jn 1)  su origen y su relación con Juan Bautista, tras llamar a siete amigos para que le siguieran, Jesús llegó a Cana de Galilea, para ofrecer vino de reino en unas bodas, y subió  después a Jerusalén (pasando por Cafarnaúm) para echar del templo a unos sacerdotes que habían rechazado la fiesta de Dios y se dedicaban a su «dinero religioso».

    Como dije ayer, el lema y proyecto de Jesús era “convertir el agua en vino”, inaugurando así la verdadera “fiesta de la vida”. Y para ello no tuvo más remedio que subir al templo de Jerusalén con el látigo. Éste es un tema sobre el que vengo pensando desde que, en el 2003, dejé la enseñanza oficial de teología en una Universidad de la Iglesia. Si Dios me da salud,si la Covid 19 lo impide y Mabel sigue acompañando, quiero escribir un comentario al evangelio de Juan destacando estos morivos, desde la perspectiva de la iglesia actual,2022. Tengo para ello  bastantes materiales,  tanto en un libro titulado Fiesta del Pan, fiesta del vino, como en el Diccionario de la Biblia.

Comprenderá el lector amigo que no es momento ni lugar para presentar aquí esos materiales. Me limitaré a evocar algunos de sus elementos centrales. No hará falta decir que el vino no sólo  es un simple licor producido a partir de la uva, sino un signo de la fiesta de la vida, de la vida de la Iglesia.

   El pan es necesario para vivir (se puede vivir a pan y agua, sin fiesta). El vino, en cambio es la fiesta. A no ser que seamos capaces de crear una fiesta mejor de vino y esperanza, de gozo y gratuidad, de enamoramiento y bodas (si nos quedamos en los novios tristes de Jn 2, 1-12, a puro pan y agua, y en los sacerdotes y políticos avaros de Jn 2, 14-17), de puro negocio económico y opresores) la vida humana se seca y muere en unas pocas generaciones.  Esto se nos va. Se nos va la religión, al estilo antiguo, pocos años le queda. Se nos va le economía y la política, sólo le quedan algunos decenios…

Esto de animar la “fiesta de la vida”, en gozo y esperanza, en gratuidad y enamoramiento… esto que llamo “vino” es la verdad y futuro de la vida humana. En esa línea he querido resumir aquí algunas reflexiones (recogiendo algunos apuntes) que he venido publicando en los dos libros arriba indicados y en algunos otros. Buen día de vino para todos. 

 1.APUNTES SOBRE EL ANTIGUO TESTAMENTO

 Con el pan y (y el aceite) el signo básico de la sacralidad y abundancia de la tierra es el vino. Tiene un carácter ambiguo: está vinculado al riesgo de embriaguez, pero se utiliza, de un modo especial, en las fiestas y ofrendas del templo. El vino se menciona frecuentemente en las listas de ofrendas que se presentaban a las divinidades en los sepulcros o en los templos del oriente y aparece en los cultos de los dioses del entorno, de  Attis o Mitra , lo mismo que de Dionisio. La famosa «confesión de fe» de Sal 16, 3-4 está vinculada al rechazo de las libaciones paganas: «No ofreceré sus libaciones con mis manos, ni mis labios pronunciarán sus nombres» (el nombre de los dioses a quienes se consagra el vino).  

Fiesta del vino. El libro de los Jubileos.

Los israelitas celebraban una fiesta del vino, vinculada a los → Tabernáculos; pero los textos actuales de la Biblia parecen haberla silenciado, quizá para evitar malos entendidos dionisíacos (de embriaguez). Por eso, los grandes catálogos legales (Ex 23, 14-19; 34, 18-23; Dt 16, 1-16; Lev 23) no han transmitido o legislado nada sobre ella. Por otra parte, el relato donde podía haberse trasmitido el origen de la fiesta del vino (Gen 9, 20-27) está dedicado en la Biblia actual a la embriaguez de Noé y al comportamiento de sus hijos. Pero lo que no ha conservado la Biblia oficial o canónica, lo han conservado algunos apócrifos, como el libro de los Jubileos, que tenía un gran influjo en tiempos de Jesús y que cuenta la instauración de la fiesta del vino:

 «En el séptimo septenario de este jubileo, en su primer año, plantó Noé una viña en el monte donde se había posado el arca… Dio fruto al cuarto año, la vendimió ese año, en el mes séptimo guardó su fruto. Hizo así mosto, lo puso en una vasija y lo conservó hasta el quinto año, hasta el primer día del primer mes. Celebró ese día la Fiesta con regocijo e hizo un holocausto al Señor… Colocó toda la grasa en el altar en el que ofrecía el holocausto al Señor y añadió la carne de la ternera, el carnero y las ovejas. Puso encima masa (de harina) con aceite, luego derramó vino en el fuego que había encendido sobre el altar y echó incienso encima, levantando un buen aroma agradable al Señor, su Dios. Se regocijó y bebió de este vino él y sus hijos con gozo» (Jub 7, 1-6).

          Este pasaje del libro de los Jubileos, que los judíos del tiempo de Jesús conocían de memoria,  recoge el nacimiento de la cultura humana tras el diluvio. Este pasaje  conserva la tradición más antigua de Israel en la que Noe aparece como figura paradigmática: patriarca de nueva humanidad, iniciador de las fiestas de Israel, una de las cuales estaba dedicada a la elaboración y bebida del vino nuevo. Aquí se dice que Noé ha elaborado el vino para Dios y así lo derrama cuidadosamente sobre el altar donde, con la grasa de los animales sacrificados y la masa de harina amasada en aceite, se iba consumiendo la carne de los sacrificios.

            La libación de vino va unida al incienso aromático y el humo de la combustión se eleva hacia la altura, siendo recibido por Dios. Sólo después de haber sacralizado las primicias del vino, Noé y sus hijos consumen regocijados el resto, en fiesta de gozo. Por eso, toman ritualmente la bebida que el mismo Dios ha recibido y sacralizado, inaugurando el tiempo del vino, que se repite y actualiza cada año, el primer día del mes primero.

            La cultura antigua ha nacido y se ha desarrollado a partir de la fiesta y gozo del vino,  con los grandes valores (y los grandes riesgos) que ello ha supuesto. Podemos dejar aquí a un lado otros elementos de la fiesta del vino en al AT y en el judaísmo, tato en los grupos un poco “heterodoxos” (los de Qumrán) como en los más ortodoxos que desembocan en la Misná, con el judaísmo rabínico. De todos ellos he tratado con cierta detención en mi libro Fiesta del pan, fiesta del vino.  No es momento de repetir lo allí dicho. 

2.ANOTACIONS SOBRE JESUS

 A Jesús le han acusado de comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores (Mt 11, 19; Lc 7, 34). Evidentemente, ha sabido disfrutar del vino y lo ha bebido, en solidaridad con los marginados de su pueblo, ofreciéndoles la promesa y garantía del reino de que podrán terminar celebrando la fiesta del vino en el Reino de Dios. Así lo ha recogido, con toda precisión  uno de los más significativos (¡y más históricos)  de los evangelios, donde Jesús (tras subir a Jerusalén para su obra final)  jura y promete a sus amigos diciendo:

  • «En verdad os digo,
  • ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día aquel en que lo beba nuevo
  • en el reino de Dios» (Mc 14, 25 par).

Éste ha  sido el último brindis de Jesús, el brindis de la última cena, el compromiso final de su vida.  Ha prometido un “reino de vino” para todos, no un reino de ayuno y penitencia, no un reino de ley, con muchos mandamientos…. Les ha prometido una fiesta de bodas. Les ha dicho “no ayunéis”. Les ha dicho: Vestid vuestras mejores vestiduras, vivid de bodas, pues la vida de los creyentes es una boda de amor… No ayunéis, amaos y compartir la vida en amor unos con otros (Mc 2, 18-22).

Éste es uno de los pasajes más enigmáticos y fuerte de Jesús, el más arriesgado de todos. Ha echado del templo a los compradores y vendedores, se ha liberado de todos los “legalistas religiosos” que han convertido la vida en ayuno de ley (al servicio del poder de algunos), y les ha dicho a todos que aprendan a gozar, viviendo de bodas compartidas, abiertas a todos los hombres y mujeres del mundo.  

           En esa línea se mantienen y culminan las palabras de la última cena. En un sentido “Jesús ha fracasado”; los “grandes” de su tiempo, centuriones de legión y sacerdotes de templo no han creído en su mensaje, no han aceptado su camino de fiesta universal, y han decidido meterle, porque la vida de los hombres y mujeres no es fiesta de amor abierto a todos, sino ley de sometimiento religioso, político y económico. Y por eso han decidido matarle.

           Pero él, sabiendo que iban a matarle, dejó en herencia, dejó como testamento  la fiesta del Pan y del Vino. La fiesta del pan: (A) Creer en él, en el Dios de su reino, es compartir entre todos el pan, el pan de cada día (Padrenuestro), con el perdón de las deudas…Comer juntos, compartir el pan, esa es la fe del Dios de Jesús, ese es el comienzo de la fiesta de la vida de Jesús.

Jesús, Amigo de los Pecadores: ¿Pero cómo? |

     Pero él no ha querido que sus amigos se limiten a comer… Ha querido que beban juntos, que compartan la fiesta del vino, del gozo y la belleza de la vida. Desde aquí se entiende su “testamento” de vino:

(a) Tomó una copa (potêrion)…La copa de vino compartido es la señal más honda de amistad, de compromiso de fiesta y comunión de vida, como decía el Sal 116, 5: «Dios es mi  Copa de vino”, Dios es nuestra fiesta.  Así bebe Jesús la última copa, con sus amigos.  No les dejav abandonados, perdidos, sobre un mundo adverso. El mismo vino que bebe con ellos, fruto de la tierra y del trabajo humano, producto de fermentación de la uva, es signo del cuidado de Dios, expresión del valor de la vida, camino de esperanza de amor, de futuro.

(b)  Jesús no les ofrece una sesión de ayuno, hierbas amargas, en plano de sudores, sino el más gozoso y bello producto de la tierra mediterránea: el vino. El vino no es bebida diaria de los pobres, sino que implica riqueza y alegría. En ese sentido, Jesús quiere que sus discípulos puedan vivir en alegría y riqueza, bebiendo ya en este mundo el vino prometido para el Reino (cf. Mc 14, 25).  

(c)Y bebieron todos de ella, de la copa, en gesto muy preciso de participación. Por un lado se dice que bebieron todos, por otro que bebieron de la misma copa, compartiendo de esa forma el mismo vino En esta fiesta emerge la más honda exigencia de solidaridad y justicia humana. En sentido estricto, las palabras interpretativas: «esta es la Sangre de mi alianza» (Marcos y Mateo), «es la nueva Alianza en mi Sangre» (Pablo y Lucas), no eran necesarias, pues el gesto en sí resulta elocuente: Jesús, un perseguido, mensajero del reino, amenazado de muerte, ofrece a sus amigos una copa de vino, en signo de solidaridad y esperanza escatológica (como ha destacado Mc 14, 25). Pero ayudan a entender el gesto. Para los israelitas, la sangre es el mayor de todos los tesoros, la sangre es la vida (como dice el libro del Levítico). Jesús les da su propia “invitándoles a vivir” por él y como él, superando así   los pecados y egoísmos del mundo.

 Volvamos desde aquí al texto anterior. Jesús ha dicho a sus discípulos (Mc 2, 12) que el vino nuevo del Reino (que es el propio de Jesús) debe guardarse en odres nuevos  para conservarse y transmitirse, pues rompe (rompería) los odres viejos de un tipo de tradición cerrada en sí misma, de un modo legalista o egoísta. Desde ese fondo podemos hablar de varios tipos de vino en el contexto de su evangelio.               Jesús ha presentado presenta su evangelio como tiempo de bodas, momento en que los hombres y mujeres (empezando por los esposos) comparen el vino de la vida. Por eso, sus discípulos (=amigos del novio, en boda permanente) no ayunan. El mensaje de reino es para ellos como vino nuevo(oinon neon) que rompe los odres viejos del ayuno y de la práctica legal judía, el vino de la verdadera alianza de la vida, como en las bodas de Caná, de varones y mujeres. 

Evangelio de Juan, el vino de las bodas (Caná de Galilea, (Jn 2, 1-11)

   El autor del evangelio es, sin duda, un judío que ha reinterpretado en clave cristiana los símbolos fundamentales de la vida de su pueblo, el paso del agua de las purificaciones al vino de las bodas mesiánicas, donde viene a superarse para siempre la muerte de la vieja historia. En este contexto resulta ejemplar la presencia de la madre, que marca la continuidad y ruptura entre la búsqueda anterior y la nueva eucaristía:

Al tercer día se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús.  Fue invitado también a la boda también Jesús con sus discípulos. 

  Y, faltando el vino, le dijo la madre de Jesús: No tienen vino….

Ella pertenece al espacio y tiempo de bodas. No era necesario invitarla: ¡estaba!  Jesús, en cambio, empieza siendo un invitad:  viene de fuera, no pertenece por sí mismo al espacio de bodas: él y sus discípulos parecen venir de un mundo aparte, están como de paso. Lógicamente, no se preocupan de temas de organización. Esta es la paradoja de la escena: Jesús viene como por casualidad y, sin embargo, luego actúa como animador de las viejas y las nuevas bodas de la tierra.

– Y faltando el vino  (2, 3). Todas las explicaciones puramente historicistas (los novios serían pobres, se habrían descuidado al calcular los invitados…), quedan cortas.  La carencia de vino es un elemento constitutivo de la escena. Si Jesús no estuviera allí quizá no se hubiera notado: ¡por siglos y siglos los humanos se habían arreglado sin (buen) vino! Sólo ahora, cuando llega Jesús, su madre nota la carencia y se establece una especie de fuerte desnivel entre lo antiguo (bodas sin vino) y lo nuevo (el posible regalo del Cristo).

Bodas de Caná - Diócesis de Salamanca

– Le dijo la madre de Jesús: ¡no tienen vino! (Jn 2, 3). Parece que nadie advertía la carencia.  Sólo la Madre la advierte, mostrándose así vidente o profetisa, en la línea del Bautista que, viendo a Jesús, dijo a los: ¡este es el Cordero de Dios que quita el pecado, presentando así a Jesús como Redentor de los pecados.  La Madre de Jesús ha descubierto la falta de vino en las bodas.  Pero ella no ha empezado diciendo eso a los hombres; se lo dice al mismo Cristo en palabra de riquísima advertencia, de iluminación y  velado mandato (como pidiéndole que actúe).

–  La madre, a quien Jesús llama ¡mujer!, acepta esa respuesta y no le pide nada ni argumenta. Ella se pone al lado de los servidores de las bodas (de la eucaristía) y como primer ministro de la nueva iglesia dice: ¡haced lo que él  os diga!

–  Jesús acaba cumpliendo, en forma diferente, por su propia voluntad, lo que ella le pedía: ¡ofrece vino abundante y mejor a los novios de las bodas! De esa forma realiza con creces el deseo más profundo de María (2, 6-10)

– Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos (2, 6). Eran necesarias y debían encontrarse llenas de agua, para que los fieles de la ley se purifiquen conforme al ritual de lavatorios, abluciones y bautismos. Pues bien, el tiempo de esas ánforas (¡son seis! ¡el judaísmo entero!) ha terminado cuando llega el día séptimo del Cristo de las bodas. Los judíos continúan manteniendo el agua, el rito de purificación en que se hallaba inmerso Juan Bautista (cf. Jn 1, 26).

La petición de la Madre (¡no tienen vino!) acaba enfrentando a Jesús con aquellos que quieren encerrarse en el agua del templo antiguo, con sus ritos de purificación. Ciertamente, sabemos que en el templo había vino); pero, a los ojos de Jesús y los primeros cristianos, aquel vino terminaba siendo simple agua de purificaciones, ritual del mundo viejo, no sacramento de encuentro universal para todos los humanos.

Al convertir el agua de purificación de Israel en vino de bodas mesiánicas, Jesús ha comenzado su tarea allí donde culminaban los sinópticos: en el logion escatológico del vino de bodas del reino (Mc 14, 24 par).  El último signo de Jesús se convierte así en primero: lo hizo Jesús en Caná y manifestó su gloria, de manera que sus discípulos creyeron (Jn 2, 11). El signo mesiánico del vino, que aparece a modo de culminación del Antiguo Testamento (petición de la Madre), viene a presentarse como punto partida del camino eucarístico de Jesús, sacramento originario. Así lo ha vivido sin duda la iglesia.

Llenad Estas tinajas de agua - YouTube

Conclusión. Jesús es la Viña, él mismo es el vino, es la fiesta de la vida (Jn 15, 1-8).

 La disputa anterior dejaba el tema eucarístico pendiente: sabemos que Jesús ha venido a ofrecer vino de bodas (Jn 2), quiere dar su cuerpo como auténtico alimento (Jn 6), pero no sabemos si puede conseguirlo. Pues bien, de eso trata, en forma bellísima el texto que ahora sigue: la alegoría de la viña. No hará falta presentar sus motivos, pues nos han venido acompañando a lo largo de este libro, desde las evocaciones de la viña y vino en la BH hasta la parábola de los viñadores (Mc 12, 1-9 par) y las palabras de la Cena, sobre el Vino Nuevo, en el reino de Dios y en el camino de la iglesia (cf. Mc 14, 22-25). Recogiendo y culminando esos motivos, Juan ha presentado en la Cena de Jesús esta alegoría,  donde desemboca y culmina el evangelio de Juan:

 [1. Vid del Padre]– Yo soy la Vid verdadera, y mi Padre el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé fruto más pleno. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Si no hay “vino” la vida se destruye, el hombre mueres… Si no hay fiesta, la iglesia desaparece

[2. Vid con frutos] – Permaneced en mí, como yo en vosotros. Como  el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Esto significa que estamos llamados a recrear la fiesta del vino de Jesús, la fiesta de la libertar, del amor mutuo, de la entrega gozosa de la vida, esperanzo la resurrección (es decir, la llegada del Reino)

[3. Vid, sarmientos] – Yo soy la vid; vosotros los sarmientos.  Quien  permanece en mí y yo en él, da mucho fruto; pues sin mí no podéis hacer nada. Quien no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca… Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, (15, 1-8). ). Eso significa que Jesús es nuestro vino, la vida de nuestra vida, la fiesta de nuestra fiesta.

Conclusión.

       Empezaba diciendo que en las bodas de Caná no había vino…Tuvo que venir Jesús para que hubiera vida, enamoramiento de amor, locura de gozo… Vino Jesús para que las bodas de la vida no fuera a pan y agua… a pura ley de un templo convertido en “casa de negocios egoístas…”

     Han pasado 2000 años. Posiblemente hacen falta otros cambios en la Iglesia,  en la administración social y económica, como he dicho al principio. Pero el cambio mayor, el único importante, es que haya vino. Se trata de recrear la Iglesia desde el vino de Caná de Galilea, desde el vino del evangelio de Jesús, desde el vino de su testamento en la Última Cena. En eseo estamos, en eso queremos estar.

La Buena Noticia del Dgo. 2º-C

Haced lo que El os diga

Este fue el primero de los signos de Jesús

Jn 2, 1-11

En Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos

En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.

Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo: «No les queda vino.»

Jesús le contestó: «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora.»

Su madre dijo a los sirvientes: «Haced lo que él diga.»

Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.

Jesús les dijo: «Llenad las tinajas de agua.»

Y las llenaron hasta arriba.

Entonces les mandó: «Sacad ahora y llevádselo al mayordomo.»

Ellos se lo llevaron.

El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora.»

Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en él.

Comentario a la lectura

«Nadie en Occidente ha tenido un poder tan grande sobre los corazones»Pagola: «Jesús es de todos, no solo de los cristianos. Su vida y su mensaje son patrimonio de la humanidad»

Cena. Mino Cerezo
Cena. Mino Cerezo

«Nadie ha despertado tanta esperanza. Nadie ha comunicado una experiencia tan sana de Dios sin proyectar sobre él ambiciones, miedos y fantasmas»

«El paso del tiempo no ha borrado su fuerza seductora ni amortiguado el eco de su palabra»

«Hoy, cuando las ideologías y religiones experimentan una crisis profunda, la figura de Jesús escapa de toda doctrina y trasciende toda religión»

«Jesús puede ser hoy fermento de nueva humanidad. Su vida, su mensaje y su persona invitan a inventar formas nuevas de vida sana»

Por José Antonio Pagola

Jesús ha sido conocido siempre como el fundador del cristianismo. Hoy, sin embargo, comienza a abrirse paso otra actitud: Jesús es de todos, no solo de los cristianos. Su vida y su mensaje son patrimonio de la humanidad.

Nadie en Occidente ha tenido un poder tan grande sobre los corazones. Nadie ha expresado mejor que él las inquietudes e interrogantes del ser humano. Nadie ha despertado tanta esperanza. Nadie ha comunicado una experiencia tan sana de Dios sin proyectar sobre él ambiciones, miedos y fantasmas. Nadie se ha acercado al dolor humano de manera tan honda y entrañable. Nadie ha abierto una esperanza tan firme ante el misterio de la muerte y la finitud humana.

Dos mil años nos separan de Jesús, pero su persona y su mensaje siguen atrayendo a muchos. Es verdad que interesa poco en algunos ambientes, pero también es cierto que el paso del tiempo no ha borrado su fuerza seductora ni amortiguado el eco de su palabra.

Epifanía

Hoy, cuando las ideologías y religiones experimentan una crisis profunda, la figura de Jesús escapa de toda doctrina y trasciende toda religión, para invitar directamente a los hombres y mujeres de hoy a una vida más digna, dichosa y esperanzada.

Los primeros cristianos experimentaron a Jesús como fuente de vida nueva. De él recibían un aliento diferente para vivir. Sin él, todo se les volvía de nuevo seco, estéril, apagado. El evangelista Juan redacta el episodio de la boda de Caná para presentar simbólicamente a Jesús como portador de un «vino bueno», capaz de reavivar el espíritu.

Jesús puede ser hoy fermento de nueva humanidad. Su vida, su mensaje y su persona invitan a inventar formas nuevas de vida sana. Él puede inspirar caminos más humanos en una sociedad que busca el bienestar ahogando el espíritu y matando la compasión. Él puede despertar el gusto por una vida más humana en personas vacías de interioridad, pobres de amor y necesitadas de esperanza.

Vino nuevo

Domingo del Bautismo.

Nacer de Dios, ser en Dios. Crisis de bautismo en la iglesia

Este es mi Hijo amado - Alfa y Omega

La navidad (Nacimiento de Jesús: 25.12.2021) y la epifanía (su manifestación a las naciones:6.1.22) culmina este Domingo del Bautismo (9.1.22), cuando Dios dice a Jesús “tú eres mi hijo” (Lc 3, 21-22).

El nacimiento de Jesús sólo es Navidad si desemboca en su Bautismo (Dios le llama «Hijo»y le confía la tarea de «crear» una Iglesia o comunidad de renacidos).

Nuestro «nacimiento»culmina también en el Bautismo, con Jesús, cuando Dios nos reconoce «hijos» suyos, de forma que en Él nos movemos y somos. Esto es lo que importa, esto es lo que define a los cristianos, como «renacidos», vivientes recreados en amor, en comunión de vida con todos los hombres y mujeres, porque la Navidad no es sólo nuestra (de los cristianos), sino de todos, aunque muchos no lo sepan.

Pues bien, en este contexto, esta mañana (8.1.22) me han impactado especialmente tres noticias de la página inicial de RD (Religión digital), que son importantes,pero no son de Navidad, no son de Batismo:

1.El Gobierno de España ha propuesto un obispo especial para las fuerzas militares, y él se ha defendido diciendo que eso no es “necesariamente negativo”. No entiendo la expresión, quizá se trata de una “excusatio non petita”, pero pienso que lo importante no son las fuerzas armadas y su obispo (por importante que sea), sino el hecho de que todos podamos renacer a la vida en amor (y no sé si las fuerzas armadas de todas las naciones están al servicio de eso).

2.Otro obispo ha tomado “posesión” de una Diócesis cercana, y algunos me han dicho que con eso se ilumina el futuro del cristianismo… porque es un buen obispo. No tengo duda de que lo sea (fue además alumno mío). Pero lo que de verdad me importa es que  mucha gente de nuestras tierras (casi un 50%), gente por otra parte muy buena, está dejando de bautizar a sus hijos, como si eso no importara, como si la Iglesia no les ofreciera ni les diera nada. ¿A qué se debe? ¿A los nuevos padres? ¿A la Iglesia? Éste es el tema clave. Debemos preocuparnos, con esperanza, pero también seriamente. 

3.Otro obispo, nombrado igualmente para una diócesis en discusión, por la «salida» del obispo anterior ha dicho que “la manera en que ha salido es lamentable». No sé en  qué sentido lo afirma. Como dicen en 1º de sociología, el problema de ciertas instituciones  no es entrar, sino salir… y actualmente, en algunos lugares de Iglesia, estamos más de salidas que de entradas.

   Desde ese fondo, ésta víspera del bautismo de Jesús que es el culmen de la Navidad, nacimiento de la Iglesia, he querido reflexionar sobre el bautismo, en una iglesia está dejando de bautizar, quizá porque no vienen, quizá porque ella no busca,ni invita de verdad, ni ofrece con transparencia de amor y verdad.

El panorama parece triste, pero creo que en el fondo puede ser esperanzador, si volvemos todos al evangelio de la Navidad. Puede nacer con nosotros (desde Jesús) una nueva iglesia. De eso quieren tratar las reflexiones que siguen. Buen día de bautismo a todos.

Por | X Pikaza Ibarrondo

1.El bautismo se ha vuelto un problema en países de “arraigo” cristiano, como España

Hace unos años bautizaba a todos, prácticamente a todos los nacidos. Hoy está bautizando a poco más que a la mitad. Se podrían “buscar” culpas:

-El bautismo era un “hecho social”, no un acontecimiento espiritual, de comunidad creyente, una experiencia de renacimiento. Ahora que ese hecho ha perdido relevancia social la gente-gente está dejando de bautizar a sus hijos.

Por otra parte, la Iglesia había relegado en parte el bautismo al trastero de los edificios parroquiales, como celebración privada, de unos pocos familiares, con “padrinos” traídos a lazo… De un modo  lógico, ahora que la pertenencia eclesial ha perdido el sentido que antes tenía (y nadie-nadie cree que los no bautizados van al limbo o al infierno, o están en pecado) mucha gente está dejando de bautizar a los hijos y de educarles en cristiano (¡ellos verán cuando se hagan mayores! Y evidentemente la mayoría no ven). La vida es corta, los garbanzos caros, los temas urgentes son otros ¿para qué bautizarse?

     Por eso, mientras sigue habiendo cristianos, nos vamos entreteniendo con obispos castrenses, sí o no, con el poder social de los obispos… y con los posibles escándalos de obispos  que dejan el episcopado por crisis de otro tipo y de obispos que acceden al episcopado con declaraciones que a la gente-gente no le suenan

     En ese contexto me he animado a retomar y re-escribir para este blog un par de paginitas tomadas en parte de mi teología de la Biblia (la Palabra hace carne). Mañana es el día del bautismo. Para mí es un día grande, uno de los mayores días de la Iglesia. Quizá sería bueno empezar por el bautismo, no por los obispos.

   Yo me atrevería a decir: “Si uno quiere ser obispo” (animador de una comunidad de seguidores de Jesús) empiece haciendo cristianos. ¿Cómo hacerlo hoy, año 2022, cuando muchos cristianos están dejando de ofrecer el bautismo a sus hijos? ¿Habrá que empezar casi de cero? Buen día a todos.

 2.Comunidad de renacidos. Nacer por bautismo

La Iglesia no es una comunidad de nacimiento físico o raza, como otras religiones, ni un estado político‒militar, fundado en el poder de algunas, o en la riqueza de otros, sino una comunión de “renacidos”, es decir, de personas “re-nacidas”, que tienen la experiencia de “haber nacido de “ y de vivir en él.   Éste es el tema: La iglesia es una comunidad de bautizados, que tienen la experiencia de “haber nacido” de Dios, a ejemplo de Jesús, y de vivir en una comunidad de “renacidos” a la vida en Dios.

No tomo por tanto el bautismo como rito de una iglesia particular, sino como signo del “nacimiento superior” de todos los cristianos, que no se vinculan por biología o raza, ni por presión político‒económica (o militar), sino por asociación voluntaria de fidelidad (de fe en el Dios de Jesús, que es fe de unos en otros) … En ese sentido, los creyentes‒bautizados de la Iglesia se integran entre sí como iniciados, renacidos en un grupo que les acoge y sella como “hijos de Dios”, en la línea del bautismo de Jesús (Mc 1, 9‒11) o del mandato pascual de Mt 28, 16‒20 (bautismo en la trinidad).

El arquetipo inicial de la Iglesia cristiana como tal es el bautismo, como expresión de un nacimiento superior, universal, de hombres y mujeres, de pueblos y razas, como iniciación mesiánica universal, que tiene un precedente en el judaísmo, pero que lo desborda. Los judíos “nacían” biológicamente por pertenencia a un pueblo (judío es el hijo de una judía) y ratificaban ese nacimiento por la circuncisión realizada en familia y por unas leyes de tipo alimenticio, sexual y social. Por el contrario, los cristianos no nacen, sino que se hacen por re-nacimiento, por integración personal, ratificada por el bautismo, que no se realiza en pequeña familia, sino en la comunidad de los cristianos, sin más exigencia o compromiso que la fidelidad mutua de todos los hermanos, dentro de un espacio de vida entendida como regalo y experiencia de comunicación humana, en línea de Jesús.

 3.Prehistoria judía.Bautismo en el Jordán

Las casas de los judíos puros (ricos) teníanpiscinas purificatorias (miqvot), para «limpiarse» a través de bautismos rituales. Los esenios de Qumrán se bautizaban al menos una vez al día, para la comida pura (cf. 1Q 5, 11-14). Había también hemero-bautistas, como Bano, que se purificaban cada día (incluso varias veces), para estar limpios ante Dios, compartiendo la pureza del principio de la creación. En aquel tiempo había surgido además la figura y mensaje de Juan Bautista, que anunciaba e impartir un bautismo, para purificación de los pecados (cf. cap 13‒14)[1].

Pues bien, en un momento dado, Jesús fue a bautizarse, haciéndose discípulo de Juan. Abandonó la familia, dejó el trabajo como tekton y se integró en una intensa “escuela bautismal”, asentada en el río Jordán, que era límite de la tierra prometida. Superando así la cultura social del entorno, en unión con Juan Bautista, Jesús pensó que el orden socio‒sacral de este mundo acaba, y que todo termina con un juicio de Dios, que hará posible la nueva entrada de los verdaderos israelitas, que cruzarán el Jordán, como en tiempos de Josué (cf. Jos 1-6) y podrán vivir en la Tierra Prometida. En ese contexto se inscribe su bautismo, con su gran novedad:

 Y sucedió entonces que llegó Jesús, de Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio los cielos rasgados y al Espíritu descendiendo sobre él como paloma. Se oyó entonces una voz desde los cielos: Tú eres mi Hijo Querido, en ti me he complacido (Mc 1, 9-11).

El bautismo fue expresión de su “estado naciente”, es decir, de su nuevo nacimiento mesiánico, para el Reino de Dios, que trazó una ruptura respecto a lo anterior, definiendo su nueva opción mesiánico‒profética al servicio de la presencia creadora de Dios:

Iniciación y promesa mesiánica. Así lo ha destacado la tradición cuando afirma que vio los cielos abiertos y escuchó la voz de Dios Padre diciéndole ¡tú eres mi Hijo! y confiándole su tarea creadora y/o salvadora (¡por medio del Espíritu Santo!). Ciertamente, esa escena (cf. Mc 1, 9-11 par.), ha sido recreada por la Iglesia, pero en su fondo hay un gesto histórico firme, que anticipa la acción posterior de Jesús, vinculada a la promesa del Hijo de David: “Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo” (2 Sam 7, 14), tal como ha sido proclamada por Sal 2, 7: “Tú eres mi hijo, yo hoy te he engendrado”.

‒ Inversión, cumplimiento profético y revelación mesiánica. El bautismo es la visualización y celebración comunitaria de esa experiencia de inversión, en la que viene a revelarse un Dios que actúa a contrapelo de un tipo de egoísmo humanoPrecisamente allí donde, habiendo llegado al fin de su mensaje apocalíptico, Juan se había colocado ante una meta de juicio y destrucción de la humanidad anterior, Jesús experimentó y descubrió su vocación davídica, como impulso y llamada mesiánica de Reino, como si aquello que Juan anunciaba se hubiera cumplido, de tal forma que allí donde todo había terminado (ha llegado el juicio) vino a comenzar de otra manera todo, en línea de vida y no de muerte[2].

‒ Nacimiento de Dios, para su Reino. No fue un proceso racionalista en plano objetivo, algo que se puede demostrar por argumentos, sino una “intuición” vital, un acontecimiento que recompuso las coordenadas de su imaginación y de su voluntad, su forma de estar en el mundo y su decisión de transformarlo. En ese sentido decimos que el bautismo de Jesús fue un signo de su “vocación”, una llamada que Jesús ha “recibido” y acogido en lo más profundo de su ser. En un momento crucial de su vida, él escuchó la voz de Dios que le llamaba Hijo y sintió la experiencia del Espíritu, confiándole su tarea de Reino.

Es difícil trazar suposiciones de tipo psicológico sobre lo que Jesús sintió en el bautismo, pero es evidente que, al recibirlo, él se vinculó con los “pecadores” de su pueblo, con su carga de trabajo y/o falta de trabajo, como tekton, artesano galileo (Mc 6,1‒5), en una sociedad que se desintegraba. Venía a bautizarse para asumir el camino de Juan, quizá para “despedirse” del Dios de las promesas fracasadas, como Elías sobre el Horeb (1 Rey 19). Pero el Dios de su fe más profunda, vinculada a su tradición familiar mesiánica, el Dios de sus deseos más hondos, le salió al encuentro tras (en) el agua, en la brisa del Espíritu, y escuchó una voz que decía: ¡Tú eres mi Hijo Querido, en ti me he complacido!

La primera voz del Cielo (de Dios) no es ya Soy el que soy, Yahvé(cf. Ex 3, 14 9), sino la afirmación engendradora del Dios Padre, que sale de sí y suscita al otro (a su Hijo), diciéndole ¡Tú eres! Un tipo de judaísmo había partido del Yo Soy de Dios como misterio incognoscible. El evangelio en cambio se fundamenta y expresa en el descubrimiento del Dios que es en sí mismo diciendo Tú EresDios no empieza asegurando su dominio, sino dando ser al otro; no es un Yo soy en mí, sino un Yo soy para y contigo, diciendoTú eres mi Hijo. En el origen de la vida no está un Yo-Soy, planeando por encima de las cosas, ni la voz del hombre angustiado pidiendo la ayuda de Dios o de los dioses, sino la Palabra (Dios) que dice ¡Tú eres mi hijoquerido! (jhjd, agapêtos), y la respuesta del Hijo (Jesús), como Oyente original de esa Palabra[3].

4.Bautismo cristiano. Nacimiento personal y eclesial

                      Al asumir como propio el bautismo (signo fundante) de Jesús, reinterpretado desde la experiencia de su muerte, la iglesia ha ratificado su opción fundacional, definiéndose a sí misma como nuevo pueblo, por gracia de Dios, por inmersión creyente de sus miembros. No sabemos quién fue el primero en impartirlo, quizá Pedro (cf. Hech 3, 38). Tampoco sabemos si al principio entraban todos en el agua o bastaba el «bautismo en el Espíritu», como renovación interior. Sea como fuere, el bautismo vino a convertirse en paradigma de iniciación y pertenencia cristiana: la primera institución o sacramento visible y escondido, público y privado, paradigma) de los seguidores de Jesús, como signo de renacimiento personal y eclesial, como nueva creación (en cada bautizado se actualiza la misma experiencia de Jesús), para todos los pueblos.

 ‒ Bautismo escatológico y pascual. Por un lado, el bautismo mantiene a los creyentes en continuidad con Juan Bautista y su judaísmo. Pero, al mismo tiempo, expresa y expande la experiencia de la vida, muerte y pascua de Jesús, en cuyo nombre se bautizan sus seguidores, identificándose con él, ya en este mundo, sin esperar la llegada del Reino futuro, pues el Reino ha comenzado aquí, es la vida de Cristo en los creyentes.

‒ Iniciación y demarcación. Quienes lo reciben renacen, insertándose en la vida, muerte y resurrección de Jesús, por obra de Dios Padre en el Espíritu (cf. Rom 6). De esa forma se distinguen y definen los creyentes, como indicará la fórmula trinitaria de Mt 28, 16-20 (en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu: cf. cap. 20), que les introduce creyentes en el espacio total del Dios de Cristo.

Entendido así, el bautismo supera la división de naciones, estados sociales y sexos, como sabe Gal 3, 28, retomando un pasaje clave de la liturgia: «ya no hay judío ni gentil, esclavo ni libre, macho ni hembra…». La circuncisión discriminaba, como signo en la carne del sexo masculino, a judíos de los no judíos, a varones de las mujeres… Por el contrario, el bautismo es el mismo para varones y mujeres, libres y esclavo, judíos y gentiles, como sacramento de nuevo nacimiento personal en la comunidad de los creyentes.

                      Ciertamente, el hombre o mujer que se bautiza de adulto ha tenido un primer nacimiento humanidad”, en un plano social y cultural, con padre y madre, en una familia que le define en sentido muy preciso como “ser natal”, como alguien que re‒nace de un modo personal, por encima del engendramiento puramente biológico. Pues bien, en la línea de ese “primer nacimiento”, la iglesia cristiana insiste en otro más alto, vinculado a lo que pudiéramos llamar la nueva individuación en “Cristo”, esto es, al surgimiento personal, desde Dios, como experiencia radical del creyente, con sus tres elementos:

‒ El neófito (nuevamente implantado, neonato) se descubre nacido de Diossegún Cristo, en libertad de amor, en perdón, en apertura infinita a la Vida (es decir, al Selbst divino). Esta experiencia de “nacer de Dios” constituye el signo de identidad radical de los cristianos que, siendo seres de este mundo, se descuben nacidos y arraigados en el Dios de Cristo (el Dios universal), en cuyo Espíritu viven, se mueven y existen, es decir, son ellos mismos (seres individuados), siendo presencia de Dios (de su Selbst o arquetipo originario).

‒ El neófito se descubre nacido de sí mismo (desde su interior divino), desplegando sus posibilidades, como persona que crece y se despliega desde el mimo “dios”, superando así la “condena” de la muerte o, mejor dicho, descubriendo y potenciando su destino para la vida. Este Dios del que nace el cristiano (Dios Padre, en Cristo, por el Espíritu Santo: cf. Mt 28, 19) no es alguien extraño, de fuera, sino que es su propia identidad más honda (su Selbst) del que nace cada uno, surgiendo de su propia hondura divina, en comunión con otros, en diálogo de amor.

‒ En tercer lugar, el neófito nace de (en) una comunidad o iglesia, entendida como familia, que le acoge, le potencia y acompaña, integrándole en su cuerpo mesiánico. Sin Iglesia (es decir, sin comunidad de creyentes) no puede haber bautismo, pues la vida cristiana no se reduce a una relación individual con Dios, sino que es comunidad‒familia de bautizados, que comparten su experiencia y la comunican. Ciertamente, podría haber un renacimiento personal en (desde) Dios, sin una comunidad‒familia de creyentes, pero no sería un renacimiento cristiano, que es inseparable de una comunidad de bautizados.

                      El bautismo enmarca y ratifica la institución cristiana, que es universal y concreta, en un plano de fe y vida, en un nivel de experiencia interior de renacimiento y de experiencia compartida, pues de/con otros nacemos, y a otros hemos de legar nuestra vida por la muerte/resurrección. El bautismo es para “perdón de los pecados”, esto es, para superar un plano de vida en el pecado, pero se expresa como más hondo nacimiento en amor con y para todos. Entendido como unión con Cristo y aceptación de su misterio, el bautismo ratifica y expresa la apertura personal y universal de Dios, por encima de otros ritos parciales, incluida la circuncisión judía (cf. Jn 3,1-21 y Gal 3,27- 28; 6, 15; 2 Cor 5,17; Rom 6, 1-14; Ef 4,29):

‒ El bautizado confiesa que ha muerto con Jesús (que se inserta/injerta en su entrega hasta la muerte como principio de reconciliación universal), y de esa forma supera un tipo de lucha de todos contra todos, propia de un mundo que camina hacia la muerte, recordando que en el fondo de la vida del hombre sigue habiendo una “concupiscencia” de ruptura y finitud, que ha de ser superada a través un cambio interno y comunitario, de una “meta-noia”, superando así una vida dominada por la muerte (cf. Mc 1, 14-15).

‒ El bautismo es la expresión simbólica (sacramental) de una experiencia de muerte y de renacimiento, no por castigo del pecado (cf. Gen 2‒3), sino por descubrimiento y aceptación de un don más alto de vida,por gracia de Dios en Cristo, en fe y perdón, es decir, en comunión de vida de creyentes. En nombre de Cristo (o de la Trinidad: Mt 28, 16-20), en total desnudez, como recién nacido, el bautizado sale del agua y se reviste de una nueva vestidura, en gesto (experiencia) que troquela radicalmente su vida.

‒ De esa forma, renaciendo en la Iglesia de Jesús, el creyente supera una vida anterior en división, como lucha entre varón-mujer, judío-griego, esclavo-libre, como ratifica la palabra bautismal de Gal 3,28: “No hay hombre ni mujer, judío ni griego, libre y esclavo, pues todos sois uno en Cristo”. Por eso, el bautismo en Cristo es un renacimiento mesiánico, en una iglesia o comunidad donde hombres y mujeres, judíos y gentiles, se vinculan desde y por Dios en comunión personal de amor[4].

Según eso, los cristianos, en cuanto tales, no nacen (no surgen) por origen biológico, sino que surgen, nacen de Dios, y en el viven (se hacen), por un renacimiento personal, expresado en su propia opción y en el gesto de la comunidad que les acoge, en la “pila” natal del bautismo. Eso significa que su pertenencia eclesial constituye una experiencia públicamente ratificada de nuevo nacimiento, no en una pequeña familia, sino en la comunidad de creyentes, como paradigma de inmersión en el Dios de Cristo y de opción mesiánica a favor de Cristo (o del Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo).

Estas palabras (bautismo en el nombre del Padre, Hijo y espíritu Santo) constituyen la mayor audacia teológica (experiencial) de la Iglesia cristiana que aparece así como “institución creyente” de iniciados, que quieren abrir y compartir con todos los hombres y mujeres su experiencia de iniciación y “renacimiento” en un Dios concebido como Padre universal del que nacemos, como Hijo Jesús con quien compartimos el camino y como Espíritu de vida en el vivimos[5].  

 Notas

[1] Muchos judíos destacaban el carácter lustral (purificador) y legal de los bautismos, que limpian las manchas de sacerdotes y fieles, capacitándoles para realizar legalmente los ritos. De todas formas, el rito básico de la identidad de los israelitas (varones) era la circuncisión, y el perdón oficial no se lograba con agua, sino con sacrificios, como diceLev 17, 11: «Os he dado la sangre para expiar por vuestras vidas» (cf. Lev 17,11; cf. Ex 12, 13.23; 24, 3-8; Lev 14, 4-7; 16, 16-19), aunque la misma Ley pedía lavatorios y bautismos, para sacerdotes (cf. 2 Cron 4, 2-6; Lev 16, 24-26) y no sacerdotes que habían contraído alguna mancha ritual…

[2] Ciertamente, las cosas no pasaron externamente como dice el texto, pero los hilos posteriores de su vida sólo pueden entenderse desde aquí, en una línea que lleva del antiguo Elías, profeta del juicio (como Juan Bautista), al nuevo Elías, mensajero de la brisa suave y del nuevo comienzo. Sólo en ese contexto, allí donde descubre que todo lo anterior se ha cumplido (ha muerto), puede iniciar Jesús su nueva trayectoria, desde la voz del Padre, que le dice “tú eres mi hijo”, y con la brisa del Espíritu (que le envía a realizar su obra).

[3] Esa expresión (tú eres) identifica a Dios como Bien que es diffusivum sui, esto es, expansivo, pero también como Persona/Padre creadora de alteridad, haciendo que surja Alguien (Jesús) que escuche esa Palabra, se identifique con ella y responda llamando a Dios Padre. En ese contexto, decir es hacer, pero no “fabricar una cosa”, sino engendrar una persona que puede situarse ante su padre/creador y responderle en libertad.

[4] Toda la Biblia aparece así como preparación para el bautismo, es decir, para el nacimiento de una humanidad nueva, fundada en Cristo, como sabe Ef 4, 5‒7: “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; un solo Dios y Padre de todos, que está sobre (epi) todos y por medio (dia) de todos y en todos”.

[5] El bautismo no es “un” sacramento entre otros (confirmación, penitencia, matrimonio, ordenación sacerdotal…), sino más bien “el” sacramento, la gran audacia de la iglesia que se atreve a ofrecer a unos hombres y/o mujeres un signo y lugar (camino) de renacimiento superior, y también la audacia de los bautizados que se atreven a descubrirse renacidos, desde el Dios de Cristo, recibiendo y cultivando su identidad como resucitados en el Cristo. Al impartir más tarde el bautismo a los niños y al presentarlo de hecho como un rito de pertenencia a la Iglesia como institución sacral, cierto cristianismo ha mutilado las posibilidades recreadoras del bautismo.

Ciertamente, como rito de limpieza, el bautismo había recibido en Israel gran importancia, y así lo supo Jesús, bautizado por Juan (cf. 3 13-17). Pero la Iglesia vinculó su bautismo a la experiencia del mismo Jesús (Mc 1, 9‒11) y a su muerte pascual, entendiéndolo así como inmersión en su muerte y resurrección. (cf. 1 Cor 1, 13; 6, 3; Gal 3, 27; Hch 2, 36-8; 10, 48; 19, 5), desde una perspectiva trinitaria: en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu (Mt 28, 16‒20). Ese final del evangelio de Mateo recoge y transmite la experiencia de una iglesia posterior, que ya no bautiza sólo en nombre de Jesús, como las comunidades antiguas. Mateo, el más judío de los evangelistas, vinculado a la confesión del único Dios (cf. Mt 22, 34-40), ha tenido el atrevimiento de formular, como culmen y compendio de su catequesis cristiana, esta palabra de bautismo, que reinterpreta el monoteísmo israelita desde el despliegue del conjunto de la Biblia, culminado en el Dios Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo).

La Buena Noticia del Bautismo del Señor

Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto

El os bautizará con Espíritu Santo y fuego

Lc 3, 15-16.21-22

En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.»

En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espiritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.»

Comentario a la lectura

¿PARA QUÉ CREER?

Son bastantes los hombres y mujeres que un día fueron bautizados por sus padres y hoy no sabrían definir exactamente cuál es su postura ante la fe. Quizá la primera pregunta que surge en su interior es muy sencilla: ¿para qué creer? ¿Cambia algo la vida por creer o no creer? ¿Sirve la fe realmente para algo?

Estas preguntas nacen de su propia experiencia. Son personas que poco a poco han arrinconado a Dios de su vida. Hoy Dios no cuenta en absoluto para ellas a la hora de orientar y dar sentido a su existencia.

Casi sin darse cuenta, un ateísmo práctico se ha ido instalando en el fondo de su ser. No les preocupa que Dios exista o deje de existir. Todo eso les parece un problema extraño que es mejor dejar de lado para asentar la vida sobre bases más realistas.

Dios no les dice nada. Se han acostumbrado a vivir sin él. No experimentan nostalgia o vacío alguno por su ausencia. Han abandonado la fe y todo marcha en su vida tan bien o mejor que antes. ¿Para qué creer?

Esta pregunta solo es posible cuando uno «ha sido bautizado con agua», pero no ha descubierto qué significa «ser bautizado con el Espíritu de Jesucristo». Cuando uno sigue pensando erróneamente que tener fe es creer una serie de cosas enormemente extrañas que nada tienen que ver con la vida, y no conoce todavía la experiencia viva de Dios.

Encontrarse con Dios significa sabernos acogidos por él en medio de la soledad; sentirnos consolados en el dolor y la depresión; reconocernos perdonados del pecado y la mediocridad; sentirnos fortalecidos en la impotencia y caducidad; vernos impulsados a amar y crear vida en medio de la fragilidad.

¿Para qué creer? Para vivir la vida con más plenitud; para situarlo todo en su verdadera perspectiva y dimensión; para vivir incluso los acontecimientos más triviales e insignificantes con más profundidad.

¿Para qué creer? Para atrevernos a ser humanos hasta el final; para no ahogar nuestro deseo de vida hasta el infinito; para defender nuestra libertad sin rendir nuestro ser a cualquier ídolo; para permanecer abiertos a todo el amor, la verdad, la ternura que hay en nosotros. Para no perder nunca la esperanza en el ser humano ni en la vida.

José Antonio Pagola

También hoy recibimos “bautismos de agua”

Por Rufo González

Comentario: “Os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,15-16.21-22)

Jesús tiene unos treinta años, “una persona mayor” en aquella época (R. Aguirre). Su bautismo implica capacidad de decidir por sí mismo. Ante la vida de Juan, decide unirse a su movimiento. Antes su familia y paisanos no habían advertido nada extraordinario (Mt 13, 53-56; Mc 6, 2-3; Lc 4, 22). La experiencia bautismal de Juan le “convierte”. Hay también “conversión” cuando, al sentir la fuerza del Espíritu bueno, la vida se ilumina, se llena de sentido y nos vemos movidos a una acción generosa en favor de los demás, y más aún, si los demás son los más débiles. Es Amor gratuito, es Dios (1Jn 4,8).

En su primera parte (vv. 15-16), el texto contrapone el bautismo de Juan al de Jesús. Se hace eco del ambiente de espera mesiánica en el pueblo judío. Pretensiones que se verán frustradas con el levantamiento popular y derrota por parte de Roma a partir del año 66. Sólo los que siguieron a Jesús creerán realizada dicha pretensión en el hecho “Jesús”: “Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él…” (He 10, 37ss). Serán testigos de su resurrección y encargados de anunciar que “de él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados” (He 10,43).

Juan marca la gran diferencia entre su bautismo y el de Jesús. “Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. Es un segundo nacimiento (Jn 3,5). “Recibimos el Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: `¡Abba, Padre!¨. Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo…” (Rm 8,15-17). Somos bautizados por el Espíritu divino. Quien libremente recibe la Palabra de Dios (a Jesús), “le da poder para ser hijos de Dios” (Jn 1,12). He aquí la misteriosa interacción entre la libertad humana y la acción divina. En el bautismo, Dios nos entrega, al aceptar a Jesús como Hijo suyo, el mismo Espíritu que alentó su vida y le llevó a amar como Dios ama. El “fuego” es un símbolo del Espíritu, como el “viento” y el “agua”. Dan a entender el significado del Espíritu de Dios: fuerza transformadora que quema, aventa y arrastra lo que perjudica al ser humano; y aquilata, dinamiza y fecunda todo lo que perfecciona y realiza.

En la segunda parte (vv. 21-22) leemos el bautismo de Jesús, fruto de su decisión libre. En un bautismo general fue bautizado. No dice quién le bautizó. Parece, como subrayan muchos comentaristas, que Lucas no quiere destacar la conexión, históricamente muy probable, entre Juan y Jesús, de maestro y discípulo. Con ello destaca a Jesús como “centro del tiempo” nuevo, difuminando a Juan como colofón del tiempo pasado.

Mientras oraba, se abrieron los cielos”. Teofanía mítica de contenido cristológico. Es un modo de explicar la fe en la divinidad de Jesús. En la oración se oye en lo profundo de la conciencia la voz de Dios. Ahí en lo profundo, Jesús experimenta la convicción íntima de ser “el Hijo amado” de Dios, “viendo al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma” (Mc 1,10). Recuerda el descenso del mismo Espíritu sobre los Apóstoles en Pentecostés para iniciar el ministerio (He 2,1-4). “Vino una voz del cielo: `Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me complazco´”. Alusión al salmo: “Tú eres mi Hijo…” (Sal 2,7), y a Isaac, “el hijo único, al que amas” (Gn 22,2), y lo entrega como Abrahán.

Oración: “os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,15-16.21-22)

Jesús resucitado, “convertido en espíritu vivificante” (1 Cor 15,45):

“por tu Espíritu ofreces luz y fuerzas para responder a nuestra vocación” (GS 10);

“derramas el Espíritu de caridad en los corazones humanos” (GS 78);

“con el don de tu Espíritu creas una nueva comunidad fraterna” (GS 32);

“actúas en los corazones humanos por la fuerza de tu Espíritu, 

suscitando el deseo del siglo futuro,

animando, purificando y robusteciendo propósitos generosos 

de humanizar más la vida y plegar la tierra a este fin (GS 38). 

También hoy recibimos “bautismos de agua”:

“bautismos” como el de Juan, que ayudan mucho:

consejos de salud que intentan sanear nuestra vida;

lecciones de economía para controlar nuestros bienes;

ofertas de divertimiento limpio que nos armonizan;

mejoras educativas y profesionales para acertar en el trabajo;

lecciones de honradez para evitar conductas indeseables; 

compromisos a favor de la justicia y la dignidad de todos…

Pero seguimos en expectación de un bien mayor:

nuestra conciencia siente en lo profundo el deseo

de liberarnos de todo mal,

de realizarnos plenamente;

buscamos un amor que no se canse de nosotros;

que sea manantial de vida, más fuerte que el dolor y la muerte;

que nos dinamice activamente en tareas necesarias y urgentes.

San Juan de la Cruz, experto en vida interior, dice:

necesitamos “otra inflamación mayor de otro amor mejor”;

sólo el amor mueve y llena humanamente.

Este es el regalo de tu bautismo, Jesús:

Amor que responde al Amor” del Padre (Jn 1,16).

Recibimos el Espíritu de hijos de adopción,

en el que clamamos: `¡Abba, Padre!¨.

Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu

de que somos hijos de Dios” (R(Rm 8,15s).

Necesitamos, Jesús, tu bautismo de Espíritu y fuego:

bautismo que nos revista de tus entrañas amorosas;

bautismo que nos distinga por “hacer el bien” (He 10,38);

bautismo que nos capacite para amar como nos ama el Padre;

bautismo que nos reúna en comunidad de hermanos;

bautismo que nos impulse a la acción, sobre todo por los más débiles…

Renueva, Señor, la Iglesia con tu Espíritu:

de pobreza que nos desnude de añadidos no evangélicos;

de consuelo eficaz que libere de cadenas prescindibles;

de respeto a los derechos humanos en nuestras relaciones;

de diálogo sincero, abierto a la verdad y a la libertad;

de fortaleza ante la persecución de tiranos y envidiosos;

de amor desinteresado “que hace salir el sol sobre malos y buenos,

ymanda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45).

Preces de los Fieles (Bautismo del Señor (10.01.2016)

Hoy es una fiesta adecuada para renovar nuestro bautismo. Si estamos de acuerdo con la causa de Jesús, el Reino de Dios, manifestemos nuestra conversión bautismal diciendo: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Por la Iglesia:

– que el Evangelio del Reino sea su causa, su trabajo;

– que siga humildemente al Espíritu de Jesús.

Roguemos al Señor: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Por las intenciones del Papa (enero 2022):

– por “todas las personas que sufren discriminación y persecución religiosa”;

– que “encuentren en las sociedades en las que viven el reconocimiento

de sus derechos y la dignidad que proviene de ser hermanos y hermanas”.

Roguemos al Señor: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Por la pastoral del bautismo:

– que sea fruto del amor a la verdad y a la vida, como la pastoral de Jesús;

– que el bautismo sea signo de la conversión al Espíritu de Jesús.

Roguemos al Señor: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Por los padres y padrinos:

– que cuiden y ofrezcan su propia fe a sus hijos y ahijados;

– que sean testigos y educadores de la vida cristiana.

Roguemos al Señor: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Por la catequesis de niños y adultos:

– que el Espíritu anime a todos a crecer en la fe cristiana;

– que suscite vocaciones de catequistas para todos.

Roguemos al Señor: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Por esta celebración:

– que nos ayude a contactar con Jesús que está en medio de nosotros;

– que sintamos su Espíritu de amor que nos habita.

Roguemos al Señor: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Queremos escuchar al Espíritu Santo que nos habita, que nos asegura que somos hijos de Dios,  que nos hace a todos hermanos de Jesús y coherederos de vida eterna por los siglos de los siglos.

Amén.

Leganés (Madrid), 9 de enero de 2022

Santa María madre de Dios

Santa María, madre de Dios: Iniciadora, Amiga, Hermana (Propuesta mariana para el 2022)

El Año del Señor a.D. (anno Domini) 2022, ha comenzado con la Solemnidad de María, Madre de Dios, a quien la tradición ha llamado Ianua Coeli, Puerta del Cieloy Virgen de Enero, mes de la Puerta del Cielo, Ianua Coeli Dios que es María.

Pero, siendo la más importante de las fiestas de María (viene del IV d.C.) apenas se conoce, pues, gran parte del mundo católico pasa directamente de la Navidad a la Epifanía (Reyes).

Es una fiesta antigua, reinstaurada tras el Vaticano II y fechada (con el nuevo Ordo Litúrgico) el 1 de Enero, Octava de la Navidad, que solía dedicarse a la Circuncisión de Jesús.

 Es importante recuperar la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (del siglo IV-V d.C.) y así lo hago insistiendo en tres de sus notas y presentándolas como deseos (propuestas) eclesiales para el año 2022.

Por | X. Pikaza

BREVE RELATO DE LA HISTORIA DEL MONASTERIO DE SANTA CATALINA EN EL SINAÍ.  EGIPTO – La Belleza de los Iconos

Introducción

   Ésta es una fiesta poco conocida. Eso se debe, quizá, a que la renovación litúrgica del Vaticano II no ha culminado y al hecho de que los nuevos movimientos apostólicos (como Acción católica, Caritas, HOAC, Cristianos por el Socialismo, Hijas de María, Legión de María, Opus Dei, Cursillos de Cristiandad, Neopentecostales, Neocatecumenales, Focolares, Comunión y Liberación, Comunidad de San Egidio, Legionarios etc.), variados y distintos entre sí, no han creado ni impulsado, que yo sepa, una nueva y verdadera mariología (devoción mariana),  que pueda encarnarse en formas populares.

Por otra parte, el “marianismo” de algunos de algunos movimientos resulta menos evangélico (incluso regresivo), no logra conectar con el movimiento de Reino de Jesús, ni con la nueva misión la Iglesia, en línea de gozo real de la vida, de amor-amistad, en valoración de la mujer, fraternidad y justicia etc.

Por poner un ejemplo, el último libro “serio” sobre mariología publicado en castellano es el Nuevo Diccionario, del año 1988. Desde entonces estamos en un desierto, con fugaces espejismos que el viento borra en un momento, y con una mariología a servicio de un poder y de una devoción poco evangélica.

  Evidentemente, no se puede resolver el tema de un modo general, aunque pienso que puedo ofrecer algunas indicaciones, en la línea de un trabajo publicado en RD sobre la devoción mariana, con la semblanza sobre el Diccionario de Mariología y lo que he dicho ayer sobre el fin de año con María. En ese contexto quiero presentar de nuevo unas ideas tomadas de la entrada “Libertad”, que publique en el diccionario.  Tres son, a mi juicio, los rasgos que puede destacar esta fiesta de Santa María, Madre de Dios, puerta de enero, puerta de renovación cristiana este año 2022:

1.María es, ante todo, iniciadora de Fiesta, como destaca Jn 2, en el relato de las Bodas de Caná. Ella “pone en marcha” la celebración del Reino de Jesús, el paso del agua de las purificaciones penitenciales al vino de la vida. Seguimos en una iglesia más penitencial y legalista que festiva. No proclamamos y vivimos el evangelio como fiesta de vino y libertad. Es como si María no estuviera ya en Caná de Galilea.

2.María es, en segundo lugar, madre-amiga del discípulo amado, amiga de los creyentes de Jesús, como ha puesto de relieve Jn 19, 25-27: Ella forma parte de la “casa del amigo”, de los compañeros de Jesús que tienen en el mundo la tarea de celebrar el amor. Ella parece secuestrada por una iglesia de observantes legales “pietistas”, pero sin humanidad. No parece tampoco que éste sea animadora y amiga de los que aman la vida y la regalan a los otros.

3.María es, finalmente, la hermana más significativa de los hermanos de Jesús, que forman la iglesia, conforme al relato de Pentecostés (Hch 1,12-14). Según el texto de los Hechos ella está entre todos y con todos (apóstoles, parientes de Jesús y las mujeres amigas), como hermana universal, la gran Hermana, como signo de arraiga en la vida y de entrega por la comunión de todos.

          Éstos son mis deseos “marianos” para el 2022, con María, Madre de Dios: (a) que se extienda la fiesta del vino de la vida a todos los “impotentes y oprimidos” afectivos, sociales… (b) Que se extienda la iglesia del “amado”, que se extienda por la Iglesia la comunidad de los aman y son amados. (c) Que triunfe la fraternidad, entre todos, apóstoles, hermanos de Jesús, mujeres…

(Imagen 1: Madre de Dios,centro de la Iglesia (icono del Monasterio de S. Catalina del Sinaí, con San Teodoro y san Jorge, siglo VI).  Imagen 2: María, Salus Populi romani( icono romano del siglo VI-VII).

 1.MARÍA INICIADORA DE LA FIESTA. BODAS DE CANÁ

Las Bodas de Caná

   Esas bodas son un compendio de la historia de Jesús y de los hombres. Lógicamente, «la madre de Jesús estaba allí», representando al pueblo de Israel, el pueblo de los primeros invitados (cf. Jn 2,1). Jesús viene después, cuando se ha empezado a celebrar la fiesta. María actúa en esas bodas como iniciadora-animadora de la fiesta de Jesús, realizando un programa de vida (de liberación) semejante al que realiza, en otro plano, en el Magníficat de Lc 1, 46-55.

 Viene Jesús, pero el ayuno sigue porque los novios de este mundo no han podido conseguir el vino de la vida, como indica certeramente la madre (2,3): solamente tienen el agua de las purificaciones judías, el agua de los ritos y las leyes, que limpia una vez, externamente, para que volvamos a descubrir después que las manos siguen estando manchadas, como ha precisado en un contexto semejante la carta a los hebreos (9,23-10,18).

Pues bien, sobre ese fondo de ayuno, de insuficiencia israelita y de bodas que no pueden culminar viene a situarse la palabra de María. Ella habla precisamente como madre (Jn/02/01-05), es decir, como persona que está abierta al nuevo nacimiento. Habla por dos veces.

En esta primera palabra ella explícita su solidaridad respecto a los que viven de manera insuficiente, incompleta sobre el mundo: sabe que los hombres han sido creados para celebrar las fiestas del amor, para En primer lugar, se dirige hacia Jesús, indicándole la necesidad de los hombres:

 «¡No tienen vino!» no pueden celebrar la fiesta de las bodas (2,3).

las bodas del vino escatológico, y por eso sufre al verlos incompletos, deprimidos, sometidos al agua de los ritos y las purificaciones de este mundo.

La respuesta de Jesús parece dura: «¡Qué tenemos que ver tú y yo, mujer; aún no ha llegado mi hora!» (Jn 2,4). Ciertamente lo es, si la miramos desde una perspectiva intimista, como expresión de ruptura con la madre: ¡Jesús está en manos de Dios y no puede recibir mandatos de María! Sin embargo, si miramos a más profundidad, descubriremos que en la misma respuesta va implicado un asentimiento implícito: Jesús no rechaza la observación de su madre, no niega la carencia de vino. Simplemente indica que la solución del problema no depende ahora de las palabras de su madre, sino de la hora (voluntad de Dios).

Así lo ha entendido la madre. Respecto a Jesús ya ha cumplido su misión: ya le ha indicado que no existe vino de amor y libertad sobre la fiesta de la tierra. En ese aspecto está tranquila, confía en Dios y en la promesa mesiánica del Cristo. Por eso, ahora, sólo le queda una cosa: ponerse al lado de los hombres (servidores del banquete) y advertirles:

«¡Haced lo que él os diga!» (2,5).

 Esta es la palabra de su fe suprema: es la palabra de una fe personal, que confía en la acción salvadora de Jesús allí donde Jesús le dice que no es ella la que tiene que marcarle su camino; es la palabra de una fe expandida y misionera que se pone al lado de los «servidores» del banquete y les prepara, de manera que también ellos estén dispuestos a cumplir la voluntad de su hijo Jesucristo, allí donde el agua del mundo (leyes judías) se convierte en gracia de las bodas, vino del reino.

En este segundo momento debemos situarnos. La madre puede hablar a Jesús, pero sabe que ese Jesús-hijo le desborda, pues se encuentra en relación inmediata con el Padre. Pues bien, ella sigue confiando en ese mismo Jesús, centrando su esfuerzo en la preparación de los servidores de la boda. Estos servidores llevan el nombre técnico de diakonos: son los criados que preparan el banquete y sirven en la mesa. En medio de ellos se coloca la madre, convirtiéndose en una especie de diaconisa primera, animadora y directora de los servidores del banquete.

        María está allí cuando la boda empieza, quiere empezar y no lo consigue, porque Jesús no ha transformado todavía la historia de los hombres, no ha escanciado el vino, no ha ofrecido el traje de la fiesta (cf Mt 22,11-14). De una forma respetuosa, en silencio, sin que se enteren los grandes arquitriclinos o aposentadores de este mundo (cf Jn 2,8-9), ella va educando a los servidores, capacitándoles para seguir a Jesús y cumplir su palabra.

Lo más extraordinario de esta escena, situada en el contexto de la liberación, está en el hecho de que María, madre de Jesús, venga a mostrarse, en la línea del Magníficat, como madre preocupada por las bodas de los hombres de este mundo. Ella no está en Caná para cuidar a Jesús, para arroparle en medio de los riesgos de una boda donde parecen estallar las leyes más normales de la compostura y sobriedad del mundo, está para ocuparse de los hombres, de aquellos que quisieran llegar hasta las bodas de alegría y vida de la tierra, pero no pueden hacerlo porque falta el vino de la fiesta.

María, la madre escondida de Mt 1-2, la cantora de la gran transformación mesiánica del Magníficat (Lc 1,45-55), viene a presentarse ahora como promotora de la fiesta: ¡ella está al servicio del vino de la vida! Sabe que la esclavitud no es sólo el hambre y la opresión-humillación que presentaba Lc 1,52-53: esclavitud es carencia de amor, es la impotencia de una vida en la que todo está encerrado en leyes, purificaciones lustrales, ceremonias opresoras. Pues bien, precisamente en ese lugar, allí donde los hombres padecen la gran frustración de su impotencia (¡no alcanzan a beber el vino de las bodas!), viene a presentarse María y nos presenta a Jesucristo.

 Éste es el lugar donde la libertad se expresa como plenitud afectiva y efectiva. Libre no es sólo el que tiene dinero y puede comer; no es tampoco el que eleva su frente y no sufre socialmente oprimido (Lc 1,52-53). Libre de verdad es el que puede amar: el que penetra en el misterio de la vida como bodas, el que bebe del vino de la fiesta y de esa forma alegra su existencia. Precisamente al servicio de la vida y del amor, del vino y de la fiesta se ha puesto María, conforme al evangelio. Ella está con los diáconos, con los servidores del banquete, anunciando y preparando el gozo que se acerca, la liberación definitiva.

Este es el principio de las obras de María, tanto en plano social (Magnificat) como en plano más sacral: Ella anuncia e inicia el camino de la libertad de Jesús, como mujer y madre comprometida por el reino mesiánico de Jesús. Una parte considerable de la nueva mariología actual no no se ha dado verdaderamente cuenta de eso.

2.MARÍA Y EL AMOR REAL: LA IGLESIA DE LOS AMIGOS DE JESÚS (Jn 19,25-27)   Este pasaje retoma y completa el motivo de las bodas de Cana: La iniciadora de la fiesta (la que dice a Jesús los novios no tienen vino) viene a presentarse al final del camino de Jesús como “gran amiga” (tesoro y principio de amor-amistad) en el grupo de los amigos de Jesús, que forman la comunidad de los amigos-amados, conforme el evangelio de Juan. Una parte considerable de la Iglesia actual mira a María como “amor ideal” (la pone en un trono, la coloca en una peana), pero no acaba de entender que, conforme a Jn 19, 25-27 ella es animadora e iniciadora de los “amores” de la Iglesia del Discípulo amado de Jesús.

           Ciertamente, María ha sido concebida en la Iglesia como signo de amor-amistad, pero un amor separado, inmaculado (en el sentido negativo del término), un amor que no es de este mundo, sin noviazgos reales, sin bodas, sin sorodidades concretas…, un amor-amistad que no se introduce realmente en el mundo, que no lo cambia por dentro como levadura de Dios.

Estando Jesús sobre la cruz y «mirando presentes a la madre y al discípulo al que quería, dijo a la madre: Mujer, he ahí a tu hijo…

Y mirando después al discípulo amado le dijo: Ahí está tu madre. Y desde entonces el discípulo la recibió en su casa, entre sus “cosas”. (Jn/19/26-27)

          La madre-iniciadora de la fiesta (del paso del agua penitencial al vino de Caná) aparece aquí inmersa, por la entrega de amor de Jesús, en el gran círculo de la fiesta del discípulo amado, de los amados de Jesús.

Al llegar aquí debemos afirmar que su maternidad ha culminado. María acaba siendo madre-amiga de los amigos de Jesús De esta forma supera el esquema neurótico, egoísta de una maternidad castrante, circularizada: el hijo para mí, yo para mi hijo.

          Comenzó Jesús a romper ese círculo; ahora lo acaba de romper María al escuchar a Jesús e integrarse en la comunidad/casa del Discípulo amado.. Por eso está de pie, junto a la cruz, respetando a Jesús en el momento de su entrega, y acompañándole con el testimonio de su propia entrega, al lado de los amigos de Jesús, que son Magdalena y el Discípulo amado, todos los qus se saben amados y aman a Jesús

Precisamente ahora, cuando sabe que ha perdido definitivamente a su hijo, María sabe que lo encuentra más cerca que nunca, como amiga de los verdaderos amigos, con Magdalena, en la “casa” comunidad de los amados de Jesús que son la Iglesia.

En primer lugar, sorprende el hecho de que María, que de alguna forma ha terminado el proceso de su maternidad, reciba en este pasaje, nuevamente el nombre de mujer: ella vuelve a situarse de esa forma en el principio de la creación, allí donde Eva, la mujer originaria, recibía el título de hewa, la vitalidad o la viviente. Partiendo de la cruz, la historia cambia. La maternidad gratificante y abierta de María empieza a ser liberadora.

Por eso, el Hijo salvador le dice, desde lo alto de la cruz: «Mujer, ahí tienes a tu hijo’: Hijo es ahora el hombre que está necesitado, es el hermano de Jesús que sufre y padece sobre el mundo conforme a la palabra de Mt 25,31-46, es el amado, el que inicia en la iglesia un camino nuevo de amores“. Por eso María, la mujer, que parecía haber cumplido su tarea, debe empezar tarea nueva sobre el mundo. Mejor dicho, debe continuar en su tarea antigua, realizando en los discípulos aquello que antes hizo en Jesucristo… la tarea de impulsar el camino de los “amados”.

De esta forma supera la familia de la carne y de la sangre, centrada en el egoísmo de tradición o raza. Pero igualmente se supera la familia burguesa y egoísta de los hombres que se cierran en un círculo pequeño de solidaridad o transparencia mientras fuera rigen los principios de la lucha y de la fuerza.

Sólo es verdadera familia de María y sólo puede resultar liberadora aquella que se abre hacia el espacio exterior de los hermanos. De esa manera, lo que parece fin (la misma muerte del ser más querido) viene a convertirse en principio de una apertura más extensa de una amistad/amor universal. Junto a la cruz del Cristo aparentemente terminada, agotada para siempre, María empieza a desvelarse como madre-amiga universal de los hermanos de Jesús, en gesto concreto de acogida, de solidaridad, de nuevo nacimiento.

 Estaban allí la madre y la amiga Magdalena, y el discípulo que Jesús amaba (hon egapa). Ellos condensan para Juan el conjunto de la iglesia, la iglesia de los amados.

Ese discípulo amado puede haber sido en principio una persona concreta, Juan Zebedeo, Lázaro, Nicodemo, Felipe, Natanael o algún otro seguidor del Cristo. No sabemos si perteneció al círculo de los Doce o si adquirió después autoridad influyente dentro de la iglesia. Lo único que sabemos es que ese discípulo amado (no Pedro, no Pablo, no Santiago el pequeño…) aparece ahora como signo de toda la Iglesia… El signo de una comunidad de amigos de Jesús en la que se integra María, su madre.

 Ésta es la escena del nacimiento de la Iglesia. El mismo Pedro vendrá después (Jn 21) para integrarse en esta comunidad del Amado (de los amados de Jesús). Esta escena empieza sólo con mujeres amadas, como sabe una tradición antigua (Mc 15,40-41 par). El evangelio de Juan 19 recuerda y recrea esa escena condensando todo en tres personas:   Jesús, la madre y el discípulo del amor. Desaparecen de esa forma las restantes relaciones, como los poderes y grandezas de los hombres.

 Toda la hondura de los cielos y la tierra se ha centrado en estos rasgos: la madre que engendra, el discípulo que ama (que es amado) y Jesús, el hijo de la madre, el maestro-amigo del discípulo. En el apartado anterior hemos señalado las palabras a la madre: «Mujer, he ahí a tu hijo». En ese fondo se entienden las palabras finales:

«Después dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre; y desde aquella hora el discípulo la tomó en su casa» (entre sus cosas) (/Jn/19/27).

  Estas palabras han sido interpretadas de mil formas y resulta difícil descubrir en ellas nada nuevo. Sin embargo, a la luz de todo lo que hemos venido exponiendo, pienso que el tema puede explicitarse de una forma algo distinta.  El discípulo amado (la iglesia de los amigos) tiene que acoger a la madre de Jesús como iniciadora de amores, en libertad, en claridad, en autonomía, en contra de una iglesia actual que parece dominada por clérigos nerviosos ante los amores verdaderos.

Esto significa que María, la madre de Jesús, heredera de las promesas del AT e iniciadora de los hombres en el camino del mesianismo (Jn 2,12), queda confiada como tesoro de amor y herencia de vida en la comunidad del discípulo amado, es decir, precisamente allí donde el amor era la norma y el principio radical de la existencia. Todos los restantes elementos pasan: la autoridad, las organizaciones activistasd, los proyectos de transformación externa, etc. Sólo queda para siempre el amor que brota de Jesús; y allí donde reina ese amor (discípulo que Jesús amaba) está la madre, María.

El texto dice que «el discípulo la acogió en su casa», es decir, la recibió en la casa o familia de la iglesia, en la comunidad de amor de los creyentes. Posiblemente se refleja aquí un recuerdo histórico: la madre de Jesús, después de la pascua, vino a formar parte de una comunidad que estaba centrada en el misterio del amor.

           La madre de Jesús pertenece al camino  fundante del amor de los cristianos; por eso, sólo ha podido ser asumida y valorada como amiga en la comunidad especial del discípulo del amor. Eso significa que sólo aquellos que viven en hondura radical la palabra del amor y la libertad creadora de Cristo, conforme al mensaje de Juan, entenderán (podrán recibir en casa) a la persona de María, su madre.

Quedan muy atrás los viejos problemas: la figura de María como signo de opresión religiosa, discriminación sexual, prepotencia, engaño o injusticia. Conforme a todo lo aquí expuesto, la madre de Jesús viene a presentarse dentro de la iglesia como signo de libertad: ella ha traducido el diálogo con Dios en palabra de creatividad y comunión entre los hombres; así ofrece dentro de la historia su promesa de reconciliación humana, a través de un cambio revolucionario en que los hombres, haciéndose servidores los unos de los otros, aprenden a ser hijos, hermanos y amigos sobre el mundo.

3. MARÍA HERMANA: NUEVA FRATERNIDAD, JUSTICIA DEL REINO

Brevemente queremos evocar y precisar el tema a la luz de aquella gran palabra de Mt/23/08-09: «Vosotros no llaméis a nadie rabbi; uno es, pues, vuestro maestro y todos vosotrossois hermanos. Y a nadie llaméis sobre la tierra padre, pues uno es vuestro Padre, el de los cielos». Éstas son palabras condensadas que reflejan la nueva densidad, el nuevo espacio vital y familiar de la comunidad cristiana. Evidentemente, ellas incluyen a María, la madre de Jesús.

  María tiene que saber que verdadera familia de Jesús (hermandad donde se implican y unifican madre y hermanos) es la que está formada por aquellos que «cumplen la voluntad de mi padre que está en los cielos» (Mt 12,20). María ha recorrido el camino de esa búsqueda familiar, descubriendo al final que sólo existe verdadera libertad allí donde los hombres aprenden a vivir y viven como hermanos. La libertad formal no basta, no es suficiente aquel decreto en que se dice como ley que todos son hermanos. Tampoco es suficiente la actitud iconoclasta del que mata (niega) al padre impositivo o al maestro-dictador de turno que pretende dirigir a los demás por sus caminos. Verdadera libertad sólo es posible allí donde los hombres son maduros para transformar las situaciones de opresión y celebrar la fiesta de la vida en actitud fraterna. No basta con decir que uno «es hermano».

Los hermanos se hacen, compartiendo juntos el crecimiento, a partir de la palabra que les llama, les convoca, les capacita para convivir. En ese aspecto, la fraternidad es un nuevo nacimiento compartido; los hermanos deben compartir una especie de «estado naciente», una transformación común o un común renacimiento, que les vincula para asumir juntos la experiencia del futuro. Tienen pasado común, parten de una misma palabra de gracia que les capacita para hallarse vinculados por eso caminan hacia un mismo futuro, para cumplir juntos la voluntad de Dios (cf Mc 3,31-35 y par).

Al asumir este camino de Jesús dentro de la iglesia, María participa de eso que pudiéramos llamar el estado naciente de la comunidad cristiana. Tras la muerte de Jesús se van uniendo los creyentes y renacen, en ámbito de pascua, «por el agua nueva y el Espíritu de vida» que provienen de Jesús resucitado, como ha dicho de mil formas el evangelio de Juan (cf Jn 2,5; 4,14; 7,38-39; 1,12-13, etc.). Esta experiencia de renacimiento, tras la muerte de Jesús, que Lucas tipifica como fiesta de Pentecostés (He 1-2), constituye el surgimiento y base permanente de la iglesia. Éste es el texto central de María, como hermana entre los hermanos:Entonces se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. 13Cuando llegaron, subieron a la sala superior, donde se alojaban: Pedro y Juan y Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas el de Santiago. 14Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.15Uno de aquellos días, Pedro se puso en pie en medio de los hermanos (había reunidas unas ciento veinte personas) y dijo: 16«Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho… (Hch 1, 12.16)

 La iglesia del principio está formada por unos 120 hermanos, de orígenes distintos… Entre todos ellos destaca María, la Madre de Jesús, como “gran” hermana… y a su lado Pedro, como animador de la tarea de los hermanos, a la espera de la llegada del Espíritu Santo.

Este renacimiento pentecostal les hace hermanos en el sentido más intenso del término. De esa forma viven su libertad: como solidaridad fraterna, en gesto común de búsqueda y misterio. No hay entre ellos ningún padre que les guíe sobre el mundo. No hay maestro de la ley ni director que tenga autoridad sobre el conjunto. Conforme a la palabra de Mt 23,8-9, todos son hermanos, incluida María, la madre de Jesús. Así lo reconoce He 1,15 al presentar la primera asamblea de esta iglesia. Así lo han confirmado después los sumarios donde viene a explicitarse el contenido de la vida compartida de los fieles (cf.  He 2,43-47, 4,32-36). La libertad se ha definido así como principio de experiencia fraterna. Esta María, hermana, con su pasado y tarea de renovación (Caná) y de amor/amistad (bajo la cruz de Jesús) es una garantía del nuevo comienzo de la Iglesia.

 (Texto base en X.Pikaza, en S, de Fiores, S.Meo y E. Tourón, Diccionario de Mariología, Paulinas, Madrid 1988,págs. 1062-1084 

La Buena Noticia del Dgo 2º Navidad

La Palabra se hizo hombre y acampó entre nosotros

Era la luz verdadera que ilumina a todo hombre

JUAN 1, 1-18

1 Al principio ya existía la Palabra y la palabra se dirigía a Dios y la Palabra era Dios. 2 Ella al principio se dirigía a Dios.

3 Mediante ella existió todo, sin ella no existió cosa alguna de lo que existe.

4 Ella contenía vida y la vida era la luz del hombre: 5 esa luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la ha apagado.

6 Apareció un hombre enviado de parte de Dios, su nombre era Juan; éste vino para un testimonio, 7 para dar testimonio de la luz, de modo que, por él, todos llegasen a creer. 8 No era él la luz, vino sólo para dar testimonio de la luz.

9 Era ella la luz verdadera, la que ilumina a todo hombre llegando al mundo.

10 En el mundo estaba y, aunque el mundo existió mediante ella, el mundo no la reconoció. 11 Vino a su casa, pero los suyos no la acogieron.

12 En cambio, a cuantos la han aceptado, los ha hecho capaces de hacerse hijos de Dios: a esos que mantienen la adhesión a su persona;

13 los que no han nacido de mera sangre derramada ni por designio de un mortal ni por designio de un hombre, sino que han nacido de Dios.

14 Así que la Palabra se hizo hombre, acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria -la gloria que un hijo único recibe de su padre-: plenitud de amor y lealtad.

15 Juan da testimonio de él y sigue gritando:

– Éste es de quien yo dije: «El que llega detrás de mí estaba ya presente antes que yo, porque existía primero que yo».

16 La prueba es que de su plenitud todos nosotros hemos recibido: un amor que responde a su amor. 17 Porque la Ley se dio por medio de Moisés; el amor y la lealtad han existido por medio de Jesús Mesías.

18 A la divinidad nadie la ha visto nunca; un Hijo único, Dios, el que está de cara al Padre, él ha sido la explicación.

Actualizando la Palabra

DIOS ENTRE NOSOTROS

El evangelista Juan, al hablarnos de la encarnación del Hijo de Dios, no nos dice nada de todo ese mundo tan familiar de los pastores, el pesebre, los ángeles y el Niño Dios con María y José. Juan nos invita a adentrarnos en ese misterio desde otra hondura.

En Dios estaba la Palabra, la Fuerza de comunicarse que tiene Dios. En esa Palabra había vida y había luz. Esa Palabra puso en marcha la creación entera. Nosotros mismos somos fruto de esa Palabra misteriosa. Esa Palabra ahora se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros.

A nosotros nos sigue pareciendo todo esto demasiado hermoso para ser cierto: un Dios hecho carne, identificado con nuestra debilidad, respirando nuestro aliento y sufriendo nuestros problemas. Por eso seguimos buscando a Dios arriba, en los cielos, cuando está abajo, en la tierra.

Una de las grandes contradicciones de los cristianos es confesar con entusiasmo la encarnación de Dios y olvidar luego que Cristo está en medio de nosotros. Dios ha bajado a lo profundo de nuestra existencia, y la vida nos sigue pareciendo vacía. Dios ha venido a habitar en el corazón humano, y sentimos un vacío interior insoportable. Dios ha venido a reinar entre nosotros, y parece estar totalmente ausente en nuestras relaciones. Dios ha asumido nuestra carne, y seguimos sin saber vivir dignamente lo carnal.

También entre nosotros se cumplen las palabras de Juan: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron». Dios busca acogida en nosotros, y nuestra ceguera cierra las puertas a Dios. Y, sin embargo, es posible abrir los ojos y contemplar al Hijo de Dios «lleno de gracia y de verdad». El que cree siempre ve algo. Ve la vida envuelta en gracia y en verdad. Tiene en sus ojos una luz para descubrir, en el fondo de la existencia, la verdad y la gracia de ese Dios que lo llena todo.

¿Estamos todavía ciegos? ¿Nos vemos solamente a nosotros? ¿Nos refleja la vida solo las pequeñas preocupaciones que llevamos en nuestro corazón? Dejemos que nuestro corazón se sienta penetrado por esa vida de Dios que también hoy quiere habitar en nosotros.

José Antonio Pagola

Una religión mariana

Inmaculada. Catolicismo popular, una religión mariana 

Desde los primeros siglos, la devoción a María, madre de Jesús, ha sido un elemento importante del cristianismo y resulta difícil separar lo que proviene en ella de la revelación bíblica y de la cultura popular del entorno (semita, griego, oriental y occidental). Es también difícil separar lo que es propio del Magisterio y lo que surgido por la creatividad del pueblo, lo que es liturgia oficial y lo que son devociones particulares, pues se ha dado y se sigue dando un feed-back (una constante ida y vuelta) entre los diversos planos, entre lo que pudiéramos llamar más ortodoxo y lo que linda con expresiones y prácticas devocionales que algunos podrían tachar de heterodoxas.   

            Éste es un tema extenso y resulta imposible condensarlo y valorarlo en unas páginas. Aquí me limito a recoger de un modo casi telegráfico diez puntos más significativos, partiendo de la Biblia, mostrando los rasgos básicos del catolicismo (y de un cristianismo «ortodoxo») como religión mariana. El texto completo de esta síntesis popular mariana (que desemboca en la Inmaculada) acaba de ser publicado en la revista Reseña Bíblica 

07.12.2021 | X.Pikaza 

1.Mujer y madre, “vientre” divino 

En contra de lo algunos han pensado, bien entendidos, los “datos” marianos del Nuevo Testamento son muchos e importante importantes, empezando por Pablo (“nacido de mujer”: Gal 4, 4), siguiendo por Marcos (María vinculada a los parientes de Jesús), Mateo (concibe por el Espíritu de Dios, mujer con niño), Lucas (dialoga con Dios, Madre del Señor, Magníficat), evangelio de Juan (Madre en la bodas de la nueva humanidad, recibida por la Iglesia del Discípulo Amado), para culminar en los símbolos de la mujer Apocalipsis, que la Iglesia posterior entenderá en forma mariana). 

             Hace cien años, los grandes estudiosos de la Biblia analizaron con gran detalle las tradiciones de fondo de la concepción virginal de María (tema que entonces de juzgaba clave), sin llegar a conclusiones claras. Quizá se debe a que plantearon las cosas desde una visión sesgada del helenismo y cristianismo, sin fijarse en algunos textos centrales de la Biblia (Sal 139, 13-18; Job 10,9-10 y 2 Mac 7, 22), en los que Dios aparece como vientre de mujer en el que va surgiendo, plasmándose cada ser humano. 

            Estos pasajes implican ciertos conocimientos anatómicos, pero ofrecen, sobre todo, una profunda confesión de fe, conforme a la cual Dios mismo conoce y guía el surgimiento y despliegue de cada ser humano en el vientre de la madre, como si él mismo fuera ese “vientre”, como si el surgimiento de un nuevo ser humano expresión y consecuencia (presencia y cuidado) de su conocimiento. A diferencia de los animales, que no saben (no conocen), los hombres brotan de conocimiento de Dios y así, por eso, pueden conocerle y responderle. 

Así como Dios ha suscitado en el principio a la Sabiduría (cf. Prov 8, 23) así crea y suscita a cada ser humano, capaz de escuchar su palabra y responder. Desde ese fondo se entiende la concepción y gestación virginal de Jesús en el “vientre” de María, que no se interpreta ya de un modo puramente biológico sino “personal” como espacio privilegiado de presencia de Dios. 

2.Virgen y madre carnal, contra la gnosis 

Una tradición posterior de la Iglesia ha vivido de tal forma ocupado en precisar el carácter milagrosamente “espiritual” de María (sin semen masculino) que ha podido olvidar el carácter radicalmente “carnal” (personal) de la concepción y nacimiento de Jesús, tal como ha puesto de relieve la devoción popular, en contra de una “gnosis” elitista (que aparece ya en Evangelio Tomás  101) que tendía a distinguir “dos madres” de Jesús:  la madre carnal (María) que le ha engendrado en un mundo de pecado; la madre verdadera (Espíritu de Dios) le ha dado Vida verdadera. 

            La tradición sinóptica (Lc 1; Mt 1) vinculaba ambos planos. EvTom 105 los contrapone, devaluando la carne, es decir, la vida de María, diciendo: «Quien conozca a su padre y a su madre, será llamado hijo de prostituta». Conocer significa valorar y vincularse con. En cuanto madre en este mundo, María habría sido simplemente pecadora. Ciertamente, algunos “padres” de la Iglesia (Ignacio de Antioquía, Justino, Ireneo…) criticaron esa “gnosis”, pero la respuesta principal ha sido la del pueblo cristiano, que se ha sentido identificado con María, madre “carnal” (total) de Jesús. 

            En aquel contexto, muchos buscaban seguridades vinculadas a la veneración de una gran diosa (Isis-Cibeles) o al cultivo de los cultos de salvación (como el de Mitra). Es evidente que el despliegue de la devoción de María, Madre de Jesús, no se entiende sólo así, pero ese fondo nos permite interpretarlo. La vida se hallaba sometida a grandes torturas: desigualdades sociales, miedo al destino, empobrecimiento de las masas, inseguridad, amenaza externa (invasiones bárbaras…), todo ello unido a una pérdida de valores familiares, a una desintegración social muy fuerte. En ese contexto se introdujo el mensaje y proyecto cristiano, de manera que, al lado de Jesús, se va elevando la figura de María, como signo de humanidad femenina, de maternidad fiel, de acogimiento y ternura. 

           Ciertamente, hubo riesgos de “contaminación” pagana, con trasvase de aspectos paganos, vinculados a veces con un tipo de idolatría. Pero, en el fondo, los cristianos supieron siempre que María había sido una mujer concreta, madre buena (carnal y espiritual) de Jesús, en contra de la gnosis, por encima de las diosas paganas. Así la presenta implícitamente, el Concilio de Éfeso (431 d.C.), al presentarla como theotokos, Madre de Dios, siendo madre de Jesús. Éste es un “dogma teológico”, pero es, sobre todo, un dogma de devoción popular, que sitúa el cristianismo, por encima de las sacralidades cósmicas y los espiritualismos gnósticos. Dios no es una idea espiritual, una santidad extramundana, sino una persona que se encarna en la historia, por medio de una mujer concreta, llamada María.  

 3.Literatura y tradición de los “apócrifos” 

La devoción mariana no pudo apoyarse sólo en la Biblia, a pesar de que el NT ofrecía, como he dicho, elementos suficientes de veneración. Por eso, ella tuvo que apoyarse en eso que podemos llamar la “Biblia apócrifa”, que se expresa no sólo en libros de meditación y filosofía gnóstica, sino en una serie de textos “históricos” y devocionales que han surgido del pueblo y han formado la “Biblia del pueblo”.  

 Apócrifo no quiere decir “falso”, sino escondido (no oficial). Al gran pueblo cristiano no le ha bastado la Virgen Canónica de los textos de Mateo y Lucas, Marcos y Juan, sino que ha elaborado una intensa visión popular de su vida y misterio, que se centra en dos ciclos importantes de la Biblia de María: 

Ciclo del Nacimiento de María y de Jesús. Se conserva sobre todo en el Proto‒evangelio apócrifo de Santiago, que ha elaborado simbólicamente la historia de la familia de María, con sus padres (Joaquín‒Ana) y con su esposo José (que sería padre de los que el NT presenta como “hermanos” de Jesús.  Este evangelio ha sido y sigue siendo una fuente esencial de la devoción popular de María, asumida por la misma liturgia de la iglesia católica y ortodoxa, que lo toma de alguna forma como “texto canónico”, que está en la base de la celebraciones de la Concepción, Nacimiento y Presentación de María en el templo, de sus Desposorios con José y del nacimiento e infancia de Jesús. 

 Éste es un evangelio de tono piadoso con tendencia judeo‒cristiana doceta, y ha influido mucho en la devoción popular y en las fiestas marianas de la Iglesia. Presenta a María como expresión de la Santidad de Dios y la vincula no sólo con el Templo de Jerusalén, sino con la tradición sacerdotal y davídica del judaísmo, viendo en ella la culminación del Antiguo Testamento. 

            En esa misma línea se sitúan otros evangelios de la infancia de Jesús, como un Pseudo-Mateo, un Pseudo-Tomás, un Evangelio Árabe de la infancia etc. que ha tenido mucha importancia en la “elaboración” de una vida de María, en la que se recoge la piedad cristiana de los siglos IV al VII d. C., más que la historia judía de su infancia.   

       Ciclo de la muerte‒asunción de María. La iglesia más antigua (del siglo II al IV d.C.) no conserva o transmite ninguna tradición sobre le muerte y entierro de María, aunque podemos suponer que su memoria se celebraba, en un contexto judeo-cristiano, en la iglesia de su tumba junto al torrente Cedrón. Sólo más tarde, tras el triunfo del cristianismo helenista (edicto de Milán, 313) y, sobre todo, a partir del concilio de Éfeso (431), vinculando su “memoria” a la nueva basílica construida sobre el Monte Sion (en la parte elevada de Jerusalén, junto al Cenáculo). 

            En este momento el momento de triunfo del cristianismo oficial surgieron los textos asuncionistas, un género literario y una teología popular que ha seguido copiándose y recreándose en varias lenguas (griego y latín, sirio y etíope etc.), hasta bien entrada la Edad Media. En ese “corpus” de apócrifos de la Asunción, fijados por escrito entre el siglo IV/V y el VIII, podemos citar los relatos del Ps. Juan, del Ps. Melitón, de Juan de Tesalónica y del Ps. José de Arimatea, con la Leyenda Armenia de la Asunción, la Leyenda Árabe, la Leyenda Siríaca etc., hasta el “Misterio” se sigue representando hasta el día de hoy en Elche. Entre los elementos fundantes de esa tradición, que aparecen desde el mismo siglo IV, se encuentran los siguientes:  

 ‒ María recibe la revelación de que va a morir, y obtiene de Jesús la certeza de que resucitará, y así lo transmite a sus acompañantes, que avisan a los doce apóstoles, extendidos por todas las partes del mundo, y ellos vienen para acompañar a la madre de Jesús en su tránsito. 

‒ El tránsito de María aparece como una reproducción de la muerte/pascua de Jesús, pero con una gran diferencia: Ella morirá acompañada de los Doce Discípulos de su Hijo, que le transmiten el testimonio de gratitud de toda la Iglesia, aunque, como en el caso de Jn 20, puede faltar a la citar por retraso el apóstol Tomás que llegará tarde, aunque a tiempo para dar testimonio de la (domitio, transitus) de la madre de Jesús. 

‒ La muerte/asunción de María aparece, así como ratificación del ministerio apostólico de los Doce (¡no de los judeo‒cristianos!) y como gran “Concilio constituyente” de la Gran Iglesia.   De esa manera. la historia de Jesús queda integrada en la gran historia de María, su Madre, empezando en Jerusalén (“encuentro” de Joaquín y Ana en la Puerta Hermosa del Templo) y culminando en Jerusalén “dormitio y elevación”. 

 4.Mariología popular del Islam, un “apócrifo” del cristianismo 

Hablo de mariología popular, aunque se encuentre integrada en el Corán, pues Mahoma la ha tomado de las tradiciones populares de los evangelios de María y de Jesús.  Más de 1500 millones de musulmanes toman estos relatos como históricos, en el sentido radical de la palabra. En ese sentido resulta necesario hablar de una mariología popular del Islam, tomada básicamente de los evangelios apócrifos, tal como circulaban en la tradición de los cristianos árabes en tiempo de Mahoma: 

− Jesús aparece en esas tradiciones como el hijo de María, elegida por Dios para ser  su madre-virgen. Por eso se le dice «Te ha escogido y purificado. Te ha escogido entre todas las mujeres del universo» (Corán 3, 42).  En esa línea, el sometimiento de María a la acción del Espíritu de Dios y el nacimiento de Jesús vienen a presentarse como signos de providencia y sumisión religiosa (cf. Corán 3, 33-37). 

− María  acoge la  Palabra de Dios, siendo así verdadera musulmana (como Muhammad, que recibió el Corán por medio del mismo ángel Gabriel). En esa línea, la concepción y nacimiento virginal deberían haber servido de prueba para los judíos, pero ellos no creyeron, ni aceptaron el signo divino del nacimiento de Jesús (Corán 3, 42-48; 19, 16-26). 

− Jesús-niño defendió la virginidad de su madre, proclamando la grandeza de Dios, y actuó después como su enviado, realizando milagros y anunciando el evangelio para los judíos. El Corán ha dado mucha importancia al Jesús niño, entendido como hijo de María, presentándole como portador de un mensaje de Dios, recibido de María (Corán 3, 49-53; 19, 27-36). 

Muhammad llama a Jesús Siervo de Dios (Abd Allâh: Corán 5, 72; 19, 30), y también Nabî, profeta, y Rasûl, enviado de Allâh (cf. Corán 4, 171; 19, 30), Espíritu y Palabra (Rûh y Kalima) que vienen de Dios (cf. 3, 45; 5, 171). Pero no le ha separado de Dios, ni le ha divinizado, sino que le sigue presentando siempre como el Hijo de María, aquella mujer a la que Dios había escogido para revelar por medio de ella su Palabra, haciéndola así madre virginal del profeta Jesús. 

Según eso, los musulmanes interpretan la “virginidad” de María como signo de la acción creadora y reveladora que Dios realiza a través de ella. Para algunos cristianos actuales, los aspectos más “milagrosos” de la concepción, nacimiento e infancia de Jesús tal como han sido recogidos por una tradición antigua, y testificados al menos externamente por el Corán, resultan secundarios, en sentido literal.  

Desde ese fondo se puede y debe poner de relieve la profunda conexión que existe entre María Virgen (por medio de la cual Dios hizo nacer a Jesús) y el profeta Muhammad (por medio del cual Dios reveló su Corán, es decir, su palabra eterna). Pero hay también, en el fondo, dos grandes diferencias. (a) Por medio del «Espíritu» divino, María ha sido la Madre virginal de un profeta mesiánico, en quien al fin los judías no creyeron, y a quien los cristianos después han divinizado de una forma que el Corán y la tradición musulmana no han aceptado.  

 5. Devoción popular de María en orante, los iconos 

La expresión popular más importante de la devoción popular en oriente fueron los iconos, representaciones pictóricas de Jesús, con sus ángeles y santos, entre los que sobresale los de María, madre de Jesús, que se extienden especialmente a partir del concilio de Calcedonia (451), como signo de la presencia de Dios en la vida humana y representaciones del cielo. Las iglesias y monasterios se llenaron mosaicos e iconos, que las convertían en “réplicas” del cielo. Por encima del cristianismo ético (anicónico), más propio de la Biblia y de la primera tradición cristiana, parecía elevarse un cristianismo estético, centrado en la visión del mundo celeste y la devoción vinculada a la contemplación humana de Dios, tal como se expresa en el «icono» de la Madre con el Niño. 

            Pero algunos, como el  emperador León III Isáurico (717-741), se opusieron con violencia al culto a los iconos, en parte para recuperar algunos aspectos del monofisismo, contrario a la veneración de la humanidad de Jesús, y en parte por influjo Islam y del judaísmo, que se oponía al culto de las imágenes. Muchos pensaron que las imágenes iban en contra de la trascendencia de Dios, añadiendo que el único culto verdadero era el de la Palabra (escucharla, cumplirla…), con una eucaristía sin imágenes… 

            Se inició así una fuerte persecución contra los que veneraban a los iconos, de forma que gran parte de ellos fueron detraídos. Pero la mayor parte del pueblo, con los monjes, siguió venerando a los iconos de la madre de Jesús con el niño, no sólo en las zonas dominadas por el Islam (Egipto, Siria…), sino en el mismo imperio bizantino,  hasta que el Concilio de Nicea II (787), reconocido como canónico por las iglesias de Roma y del imperio bizantino, aprobó el culto a los iconos. Con ocasión de los 1200 años de ese concilio, el Papa Juan Pablo II ofreció un valioso resumen de la devoción popular a los iconos de María: 

    María está representada o como trono de Dios, que lleva al Señor y lo entrega a los hombres (Theotókos), o como camino que lleva a Cristo y lo muestra (Odigitria), o bien como orante en actitud de intercesión y signo de la presencia divina en el camino de los fieles hasta el día del Señor (Deisis), o como protectora que extiende su manto sobre los pueblos (Pokrov), o como misericordiosa Virgen de la ternura (Eleousa). La Virgen es representada habitualmente con su Hijo, el niño Jesús, que lleva en brazos: es la relación con el Hijo la que glorifica a la Madre. A veces lo abraza con ternura (Glykofilousa); otras veces, hierática, parece absorta en la contemplación de aquel que es Señor de la historia (cf. Ap 5, 9-14) (Redemptoris Mater, 33). 

 6.Nueva mariología de occidente. Edad media latina 

La devoción popular mariana de las iglesias ortodoxas de oriente culmina en los iconos, y así se ha mantenido hasta el día de hoy. En occidente, en cambio, se han dado una serie de cambios que han marcado de forma poderosa la devoción y “acción” mariana, especialmente a partir del siglo XIII. Éstos son algunos de sus rasgos más importantes: 

  1. Separación entre iglesia oficial y devoción popular. La Iglesia oficial tiende a mantener sus ritos conforme a la tradición antigua, pero se separa progresivamente del pueblo, de forma que surgen estilos y formas de devoción mariana que tienden a independizarse del control oficial de la jerarquía, cada vez más separada del pueblo. 
  1. La devoción popular se centra en santuarios dedicados al culto mariano, con imágenes que se consideran especialmente milagrosas, por el lugar en que se encuentran y/o por el hecho de haber sido “descubiertas” en ese lugar. Así, por ejemplo, en España se puede hablar de la Virgen de Guadalupe en Extremadura o ña de Montserrat en Cataluña. 
  1. Más que el aspecto teológico y orante (como en los iconos de Oriente)importa en esta nueva devoción mariana la ayuda que las imágenes ofrecen,  o la labor que realizan sus devotos, de forma que a veces el “culto” mariano tiende a independizarse de la vida de fe y de la transformación de sus devotos. 

7. Iglesia post-tridentina: barroco, evangelización de América 

La “reforma” luterana (a partir del 1517), con el concilio de Trento (1545-1563) pudo darse una purificación y transformación de la piedad mariana. Pero, en su conjunto, la Iglesia católica siguió escindida entre una teología y culto oficial bastante jerarquizado y una piedad mariana de tipo independiente. Daba la impresión de que el catolicismo en general en general se hallaba dividido, con una jerarquía más centrada en sí misma y un pueblo que debía encontrar y desarrollar sus devociones por sí mismo, especialmente en el campo mariano. 

        Se desarrolló de esa manera un catolicismo popular casi autónomo, controlado de algún modo por el clero, pero internamente independiente. Los grandes cambios los fue dando en general el pueblo, como indican algunos de los rasgos que ahora siguen: 

  1. Evangelización americana. Se realiza a partir de la corona (española, portuguesa), que consigue actuar de un modo independiente, utilizando la religión a su servicio. En ese contexto resulta muy significativo el hecho de que diversos historiadores de Indias (como M. Murúa, Historia General de Perú, 1617) afirman, tras cien años de “evangelización” que el único lugar en que “indios y españoles” compartan de verdad su fe y su religión sea en los santuarios marianos (Guadalupe de México, Copacabana del Alto Perú etc.). El catolicismo americano nace como “mestizaje popular” entre María la Madre de Jesús y la “gran diosa” de fondo de las religiones autóctonas. 
  1. Virgen de Guadalupe, México. La “conquista” española había sido traumática; la gran cultura náhuatl del altiplano estaba desapareciendo, por derrota militar, pandemia sanitaria, sometimiento político y cansancio vital.  Pero, de un modo sorprendente, a partir del 1531, muchos “indígenas” empezaron a  revivir y lo hicieron “pactando» cultural y religiosamente con los “invasores” cristianos, re-descubriendo en  la Virgen-Madre de Ap 12, 1-6a su antigua Diosa-Madre, Tonancin, reina de los cielos Éste es el «milagro» del renacimiento americano, que se entiende desde Ap 12 y la religión pre-cristiana de México, que era muy valiosa en sí misma y que muchos hispanos e indígenas tomaron como Antiguo Testamento de Cristo, con el título de Virgen de Guadalupe. 
  1. María como Espíritu Santo. María ha ocupado en la conciencia y piedad popular de muchos católicos el lugar del Espíritu Santo. Esta es una tesis que han desarrollado diversos teólogos del siglo XX, entre ellos L. Boff (El rostro materno de Dios, 1976), pero que había sido formulada y propagada ya en el siglo XVII por una religiosa alemana llama Crescencia Hoss (1682-1744), que quería extender el culto al Espíritu Santo en la forma de una joven doncella (la Virgen María). El papa Benedicto XIV (1740 al 1758) se opuso a esta identificación, pero de hecho ella ha seguido influyendo en la piedad popular de muchos católicos, que interpretan de hecho (prácticamente) la Trinidad como Dios Padre, Virgen María y Jesucristo. 

8.La devoción popular se hace dogma: Inmaculada y Ascensión 

        Ese motivo anterior (la identificación práctica de la Virgen María con el espíritu Santo, entendido como aspecto femenino y materno de Dios) nos sitúa ante un tema clave de la religiosidad popular mariana  del siglo XIX-XX. 

 Dogmática y teológicamente el tema es bien claro: La Trinidad de Dios está formada por Padre, Hijo y Espíritu Santo. La Madre de Jesús (María) es muy importante en la historia de la salvación, pero ella no es más que una persona humana, independiente y separada de Dios. 

            Desde ese fondo han de entenderse los dos últimos “dogmas” de la iglesia católica, ambos “mariano”: La Inmaculada concepción (1984) y la Ascensión de María (1960). Ambos son “dogmas” antropológicos, no teológicas: María, como mujer concreta, madre de Jesús y signo de la Iglesia, ha sido concebida por el Espíritu de Dios sin pecado original, y ha culminado su camino siendo asumida en Dios (asunción), y vinculada para siempre con su Hijo Jesucristo. 

            Estos dogmas tienen un sentido teológico y han sido formulados por la iglesia jerárquica (por los Papas Pío IX y Pío XII). Pero, al mismo tiempo, ellos tienen un origen y sentido popular: Forman parte de la devoción del pueblo, asumida por los papas. Así lo puso de relieve, por ejemplo, un famoso antropólogo llamado C. G. Jung (1875-1961). A su juicio, y al de otros muchos analistas e historiadores, de hecho, Trinidad popular (funcional) católica consta simbólicamente de tres personas: Padre-Dios, Madre-Divina e Hijo-Jesucristo. Sin duda, pueden y deben hacerse precisiones y distinciones de tipo teológico-dogmático,  pero en el imaginario popular de gran parte de los católicos la Virgen María forma parte de la Trinidad (como rostro materno de Dios). 

 9.Apariciones marianas. Un catolicismo de apariciones 

Desde la perspectiva anterior se pueden entender quizá mejor las “mariofanías” o revelaciones marianas, que han venido marcando la religiosidad popular de muchos católicos, desde las apariciones de Lourdes (1858) y Fátima (1917) hasta otras semejantes de la actualidad. Esas apariciones pueden y deben estudiarse desde diversas perspectivas psicológicas religiosas, culturales y sociales,  personales y eclesiales etc., pero ellas y otras semejantes muestran estos rasgos:  

  1. Brotan de la religiosidad popular, que se expresa de un modo especial en unos niños que recogen en su vida (en su vivencia) la experiencia religiosa más profunda de su ambiente (dejando aquí a un lado el aspecto sobrenatural del tema). Pero no sólo brotan de esa religiosidad popular, sino que retornan a ella y la “transforman”, influyendo así en el catolicismo de miles y millones de personas. 
  1. Esas apariciones, con la devoción popular que ellas reflejan y suscitan han sido aceptadas por la religiosidad oficial de la Iglesia, que las aprueba, promueve y matiza, valiéndose de ellas para su pastoral de conjunto. Ciertamente, el mensaje y camino universal de la Gran Iglesia debe fundarse en sus dos principios (Escritura y Tradición), pero de hecho se encuentra vinculada con estas “apariciones marianas” que forman (deben formar) una especie de expresión actualizada de su mensaje. 

 10.El futuro de la mariología popular: Mujer, iglesia, libertad 

Ahora, a comienzos del tercer milenio, las cosas han empezado a cambiar poderosamente, de manera que está en juego no sólo la figura de la Madre de Dios, sino todo el misterio cristiano. En este contexto podemos evocar varias rupturas y problemas  

  1. Ruptura sacral. ¿Un cristianismo sin mujer divina? Muchos piensan que la devoción a María significa una especie de vuelta al paganismo. Su culto ha sido una regresión, una especie de retorno a los poderes sagrados de la naturaleza, que el judaísmo había superado ya. Jesús sería presencia y revelación de Dios por lo que ha hecho: por su anuncio de reino y su entrega a favor de los excluidos del sistema, por su muerte y su resurrección, como un hombre concreto (este hombre). María, en cambio, sería sagrada por su misma condición femenina y materna, es decir, por su naturaleza y no por lo que ha hecho como persona. Por eso, algunos afirman que sería mejor quedarse sólo con Jesús, sin María, en línea protestante. 
  1. Ruptura familiar¿Un cristianismo sin madre? Muchos consideran a María como refugio psicológico, una necesidad infantil del hombre-niño que quiere volver a los brazos de la madre. Su figura habría servido para mantener a muchos hombres y mujeres detenidos en un infantilismo. En esa línea, la devoción mariana sería un signo residual y casi folklórico de infantilismo y de imposición psicológica, que el hombre maduro y creador de nuestro tiempo debería superar. Puede haber algo cierto en esa visión, pero no podemos olvidar el hecho de que el ser humano sigue conservando a lo largo de su vida unos rasgos de niño (neotenia), que le llevan a entender a Dios como Padre (Abba), conforme a la experiencia y palabra de Jesús. De todas formas, sería preciso plantear mejor el sentido de María-Madre. 
  1. Ruptura femenina: Santa María, la Mujer. Muchos afirman que la devoción mariana ha sido una reacción compensatoria normal frente al predominio de lo masculino. En contra de la mujer esclavizada de este mundo (y para justificar su esclavitud real), los hombres habrían elevado así la figura de María como madre celeste y mujer bella, cariñosa, cercana. Según eso, ella representaría una especie de carencia femenina. Por eso, una vez que el problema femenino quedara básicamente resuelto, de manera que no existen diferencias entre varones y mujeres, la figura de María sería innecesaria. Tampoco esta objeción parece concluyente, pero debe tenerse en cuenta. 
  1. Ruptura cultural: Folklore. La figura de María sigue siendo importante para muchísimos cristianos, pues su historia está vinculada a tradiciones venerables, propias de imágenes milagrosas y santuarios famosos. Pero muchos de esos santuarios desaparecen o se convierten en centros de folklore. El patrimonio mariano de la iglesia puede convertirse en arte, que miles y millones de personas visitan cada año en romerías y exposiciones de arte, vinculadas al mar y a la montaña (Montserrat, Aranzazu), a la fuente-río y a la roca (Fuensanta, Pilar), al árbol y la cuerva (Virgen del Olivo o del Pino, Covadonga)… En esta línea se sitúan, de un modo especial, las fiestas patronales de pueblos y lugares. Algo de eso puede existir, de manera que para entender la función de María es preciso volver al evangelio. 
  1. Ruptura imaginaria: Apariciones.El culto a la virgen María está vinculado, al menos desde la Edad Media, a una tradición, casi siempre idéntica, de apariciones (especialmente dirigidas a niños y pastores) e imágenes sagradas (escondidas hace tiempo y luego encontradas, bajadas del cielo etc.). 
  1.  La mayor parte de los santuarios marianos antiguos tienen una ‘leyenda’ fundacional, que habla de revelaciones sobrenaturales, que de algún modo expanden y actualizan (e incluso transforman) la revelación del Nuevo Testamento, desde el “ayate” celeste de Guadalupe (México, 1531), la imagen “Aparecida” del río (Brasil, 1717), o las “revelaciones” de Lourdes (Francia, 1854) y Fátima (Portugal, 1917). Es significativo el hecho de que el Magisterio de la Iglesia católica, tan reacio en otros casos a dejarse llevar por mensajes y ‘revelaciones’ particulares, haya aceptado en estos y otros casos una providencia especial de María, la Madre de Jesús, en el despliegue de la vida cristiana de sus comunidades. Pero hay muchos cristianos que piensan que este tipo de culto mariano fundado en apariciones puede ser por evangélico. 

Estas y otras rupturas nos obligan a replantear el lugar y función de María dentro de la iglesia, en el comienzo del tercer milenio. Son muchos los que piensan que ella representa el pasado, la devoción de un tiempo antiguo, marcado por una minoría de edad. Pues bien, el hombre que alcanza su madurez con la Ilustración, y que se atreve a pensar (Kant) y a transformar la sociedad desde sus propias capacidades racionales (Marx) no tendría ya necesidad de este tipo de Madre. La mariología sería un refugio infantil, propio de reprimidos o miedosos. El hombre moderno, creador de sí mismo, no sentirá la necesidad de Madre.  En contra de eso, la devoción popular mariana arraiga al cristiana en el despliegue de la vida humana, representado de un modo muy intenso por la mujer-madre, que ha sido y sigue siendo un elemento esencial de la teofanía. Evidentemente, la devoción popular mariana no es todo el cristianismo, pero puede (y quizà debe) entenderse como un elemento importante de la revelación cristiana 

La Biblia en un podcast

Lanzan la Biblia en un podcast para la comunidad hispana

El proyecto es gratuito y está basado en ‘The Bible in a Year’, una iniciativa en 2021 rompió récords de audiencia por el método desarrollado por Jeff Cavins, experto en Sagradas Escrituras

cruz y audífono

La organización Juan Diego Network y la red multimedia Ascension (Ascension Press) dieron a conocer el lanzamiento de la Biblia en un podcast, producción original en español basada en ‘The Bible in a Year’, que rompió todos récord de audiencia durante el 2021.



De acuerdo con información de Juan Diego Network, el podcast de Ascension, que este año encabezó el top de los podcasts más escuchados -cuenta hasta el momento con 160 millones de descargas y 3.7 mil millones de minutos de escucha a nivel mundial–, tendrá una versión original en español, a partir del 1 de enero del 2022.

“La Biblia en un Año” utilizará el mismo formato que “The Bible in a Year”, basado en el plan de lectura de la Cronología de la Biblia desarrollado por Jeff Cavins, reconocido experto en las Sagradas Escrituras.

“The Bible in a Year” es un proyecto del padre Mike Schmitz, Jeff Cavins, y el equipo de Ascension para facilitar la lectura de la Biblia.

La alianza entre Ascension y Juan Diego Network permitirá que los católicos de habla hispana conozcan en un año la Biblia completa, desde la comodidad de su teléfono, tableta o computadora, dedicando aproximadamente 25 minutos diarios. Además, el podcast es totalmente gratuito.

La gran historia que Dios quiere contarnos

Durante los 365 días del año 2022, fray Sergio Serrano OP leerá dos o tres pasajes de la Biblia en cada episodio, y compartirá una breve reflexión.

El fraile estará acompañado por el sacerdote Dempsey Acosta, experto en Sagrada Escritura, en 16 momentos claves del año para adentrarse aún más en el entendimiento de cada pasaje bíblico.

“Podremos escuchar todos los días la gran historia que Dios quiere contarnos, la bella historia que nos atrapará y muchos hemos esperado tanto tiempo que nos sea contada. Pero esta no es una historia cualquiera, es la historia de nuestra salvación, por lo cual estaremos alimentando nuestro espíritu”, dice fray Sergio Serrano.

Por su parte el padre Dempsey Acosta explica que muchas personas han hecho saber sus dificultades para leer la Biblia, sobre todo porque se requiere conocer la historia de Israel y el cristianismo primitivo para encuadrar los textos en orden cronológico. En este sentido, la explicación de los sacerdotes juega a favor de los usuarios.

Participante de la escucha de Dios

La cronología de la Biblia creada por Jeff Cavins ayuda a leer la historia de la salvación en una secuencia histórica que corresponde al plan de Dios en la historia de Israel y de la humanidad, explica Acosta.

“Cada día habrá lectura de pasajes de dos o hasta tres libros de la Biblia y, en diferentes momentos del año, los Evangelios tendrán un lugar preponderante para ir recordando el sentido del Antiguo Testamento a la luz de lo que viene con Jesucristo”.

Para los creadores de esta iniciativa, con ‘La Biblia en un Año’, el lector se convierte en un oyente que escucha la predicación viva de la Palabra de Dios que educa y nutre su vida espiritual.

Por su parte, José Manuel De Urquidi, fundador de Juan Diego Network, asegura que “esto es una gran oportunidad para los hispanos, quienes de la mano de expertos, pero de una forma sencilla y muy personal, podrán redescubrir una Palabra de Dios viva que ha actuado no solo en la historia, sino que sigue obrando en los corazones de las personas y en el mundo de hoy”.

El plan de lectura de “La Biblia en un Año” ya está disponible en la página de Ascension y se puede obtener al guardar en contactos y después escribir “Hola” vía WhatsApp al siguiente teléfono: +1 (484) 882-1123. También es posible suscribirse al podcast en SpotifyApple Podcasts o en cualquier plataforma de podcast.

Las 5 claves para celebrar el día de la Sagrada Familia

Al día siguiente de la Navidad se celebra esta fiesta, en el marco del Año ‘Amoris laetitia’, centrada en el anuncio del evangelio

El domingo siguiente a la Navidad, se celebra la fiesta de la Sagrada Familia. Este año, el día 26, la conexión con el nacimiento de Jesús se hace más evidente. Además, celebración de esta jornada se encuadra en el marco del Año Familia ‘Amoris laetitia’, convocado por el papa Francisco. El mensaje de los obispos de la Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida anima a “anunciar el Evangelio de la familia hoy” y Vida Nueva repasa las 5 claves para celebrar con intensidad este día.


1. Vivir la Navidad

“La encarnación del Hijo de Dios abre un nuevo inicio en la historia universal del hombre y la mujer. Y este nuevo inicio tiene lugar en el seno de una familia, en Nazaret. Jesús nació en una familia. Él podía llegar de manera espectacular, o como un guerrero, un emperador… No, no: viene como un hijo de familia. Esto es importante: contemplar en el belén esta escena tan hermosa”, señalaba el papa Francisco en una audiencia general 2014. “Una sociedad en la que la familiapierde su significado y deja de ser ‘de facto’ un pilar fundamental se debilita grandemente”, afirman los obispos.

La Navidad de este año viene en una época en la que “se hacen muy difíciles los compro misos estables y la vivencia de la fe, lo que determina otra actitud frente a la vivencia del matrimonio. Todo ello parece desembocar en un vacíoexistencial y en el aburrimiento”, apuntan los prelados.

2. Dios tiene un plan

“Solo cuando las familias construyan sobre la roca del amor podrán hacer frente a las adversidades. No vale cualquier material de construcción ni cualquier cimiento. La roca sobre la que se debe cimentar la familia es Jesucristo”, reivindican los obispos. “Cada familia es siempre una luz, por más débil que sea, en medio de la oscuridad del mundo”, afirmó el papa Francisco. El remedio para los obispos es “introducir a cada uno en una historia de amor en la que Cristo esté vivo y presente”.

3. El evangelio de la familia

“En medio de esta compleja situación, que podría conducirnos al desánimo, queremos volver a hacer resonar el anuncio del Evangelio de la familia, ya que ‘evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda’”, proponen los obispos de la subcomisión remitiendo a Pablo VI. “Lanzamos una llamada a las familias cristianas para que vivan la belleza del amor y atraigan a los demás”, reclaman en su mensaje.

“Las familias, como iglesias domésticas, también deben convertirse en discípulas misioneras de ese amor. Frecuentemente son quienes están mejor situadas para ofrecer este primer anuncio, apoyar, fortalecer y animar a otras familias. Así, se entiende su misión en este primer anuncio, que luego dará lugar a la acogida y al acompañamiento”, reclaman.

4. El primer anuncio

Los obispos invitan “a que cada familia ofrezca este primer anuncio a otras familias. Es el primero, en sentido cualitativo, porque responde al anhelo de infinito que hay en todo corazón humano”. Esta misión, insisten los obispos de la subcomisión presidida por el obispo de Canarias, José Mazuelos, “debe estar en el centro de la actividad evangelizadora y en «toda formación cristiana, por ser fundamento permanente de toda la vida cristiana”.

5. Ante las necesidades de los demás

La misión de las familias, reclaman los obispos, “no deja de tener un contenido social”. Por ello invitan a seguir “el sencillo método de Jesús: levantarse, acercarse y partir de la situación concreta de cada persona, siempre bajo la fuerza del Espíritu Santo”. Así, concluyen su mensaje invitando a contemplar en la Sagrada Familia “cómo el amor arde en nuestros corazones y se convierte en un fuego fecundo; una contemplación que nos ayudará a anunciar a todos el mensaje de salvación”.

¿Qué celebrar en esta Navidad?

¿Qué celebrar en esta Navidad?
¿Qué celebrar en esta Navidad?

«Significa ‘vida’ porque el Dios hecho ser humano en Jesús nos habla del valor de la vida de todo ser humano. Esta vida que se impone, a pesar de tanta muerte que hemos palpado en este tiempo de covid, porque cada persona que superó la infección, fue motivo de celebración y de agradecimiento. No queremos la muerte y por eso se ponen las fuerzas en salvar todas las vidas posibles»

«Aprovechemos esta linda fiesta navideña para alimentar profundamente la esperanza y podamos acoger el nuevo año con más fuerza, más amor mutuo, más compromiso con la realidad que vivimos»

23.12.2021 Consuelo Vélez

Hace un año, por estas mismas fechas, decíamos que el año de pandemia nos había confrontado con la limitación humana y con todas las carencias que se develaron por esta situación: más pobreza, más violencia intrafamiliar, más incertidumbre, más miedos y tantas otras realidades. Esperábamos que llegará pronto el tiempo de postpandemia y que nuestro mundo fuera mejor. Pero ha pasado otro año y la pandemia no se ha ido.

Algo hemos mejorado, bien sea por las vacunas (aunque su distribución hasta hoy no ha sido equitativa para todos los países) o bien porque se han retomado las actividades ya que no había más alternativa: sin trabajo hay más pobreza y la situación estaba siendo insostenible. Además, los centros educativos han ido retomando sus actividades porque la socialización es indispensable para el desarrollo psicológico de niños y jóvenes y porque la calidad de la educación ha sido muy poca, especialmente para los más pobres, por la falta de conectividad y mediaciones tecnológicas que solo están al alcance de unos pocos.

Desde este panorama nos preguntamos: ¿Qué celebrar en esta Navidad? ¿Qué nos dice el Niño del pesebre? Posiblemente este año haya más reuniones familiares y más encuentros de fe para conmemorar este misterio. Todo dependerá de cómo estén las cosas en ese momento. Pero lo que sigue presente es lo que significa el Jesús Niño “envuelto en pañales y acostado en un pesebre” del que los ángeles dijeron aquel día: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace” (Lc 2, 12-14). El Niño Jesús significa vida, esperanza, alegría, futuro.

La Palabra se hizo carne
La Palabra se hizo carne

Significa ‘vida’ porque el Dios hecho ser humano en Jesús nos habla del valor de la vida de todo ser humano. Esta vida que se impone, a pesar de tanta muerte que hemos palpado en este tiempo de covid, porque cada persona que superó la infección, fue motivo de celebración y de agradecimiento. No queremos la muerte y por eso se ponen las fuerzas en salvar todas las vidas posibles. Y no nos contentamos con la vida, sino que aspiramos a una vida digna, a una vida plena, a una vida feliz. La fe nos empuja, una y otra vez, a no decaer en este esfuerzo por lograrlo.

Significa ‘esperanza’ porque, aunque a veces da la impresión de que nada ha cambiado y no hemos aprendido lo suficiente de este tiempo de pandemia, hay más conciencia de la necesidad de hacer algo para contrarrestar el cambio climático y para garantizar una vida mejor para la humanidad.

Significa “alegría” porque el Niño que nace nos da la certeza de que Dios se ha encarnado en nuestra historia y todo lo que nos pasa, es de su interés. Más aún, hace suyas nuestras necesidades y sufrimientos y nos acompaña para superarlas. No es una alegría ingenua que proviene de afuera por una experiencia agradable sino es la alegría que viene de dentro, fruto de la confianza y de la certeza de la fe.

Significa ‘futuro’ porque con Jesús en nuestra historia se hace posible un nuevo comienzo no solo de los seres humanos sino de la creación: “Mira que hago un mundo nuevo” (Ap 21,5). El libro del Apocalipsis cierra la revelación consignada en la Sagrada Escritura con esa fe firme en el Señor de la historia que cumple su promesa de poner su morada en medio de su pueblo para que se cumpla lo dicho a los israelitas: “ellos serán su pueblo y Él, Dios con ellos, será su Dios” (Ap 21, 3).

Junto a esto que acabamos de señalar está lo que cada uno puede traer a la celebración de esta Navidad. Este tiempo es una buena oportunidad para traer a los pies del niño Jesús lo que nos ha significado este largo tiempo de pandemia. Si los magos llevaron al niño Jesús “oro, incienso y mirra”, como dice el evangelio de Mateo (2,11) y los pastores, como dice el evangelio de Lucas, “que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño (…) fueron y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían” (2, 8.16-18); nosotros podemos llegar con todo lo que ha significado este tiempo. Algunos podrán recordar a sus familiares difuntos. Otros llevarán las secuelas del covid manifestadas en problemas de salud o en dificultades económicas o pérdidas de otro tipo. No faltarán los que llevarán los caminos abiertos en medio de esa dificultad ya que se dio la llamada ‘re-invención’, con la que muchos lograron abrir las puertas que la pandemia cerró. Pero sea lo que cada uno traiga, Navidad es ese lugar sencillo, pobre, donde esta María “guardando todo en el corazón” (Lc 2, 19) y transmitiéndonos la confianza infinita en el amor de Dios que no se va nunca de nuestra vida, sino que se encarna en ella, quedándose definitivamente entre nosotros.

Preparémonos, por tanto, para una celebración de Navidad que brote de lo que somos, vivimos, traemos en el corazón, soñamos para el futuro. Recuperemos esa alegría que caracteriza esta época y que se expresa en los villancicos, la novena, el compartir fraterno, las luces, la decoración, todo aquello que ha acompañado la navidad colombiana y que el año pasado quedo tan relegado por las circunstancias que vivíamos. No podemos perder la ‘prudencia’ que tenemos que seguir teniendo para controlar la pandemia. Pero aprovechemos esta linda fiesta navideña para alimentar profundamente la esperanza y podamos acoger el nuevo año con más fuerza, más amor mutuo, más compromiso con la realidad que vivimos. Alegrémonos, entonces porque el niño Dios nace y ¡se queda definitivamente entre nosotros! (Mt 1, 23