Una teología para transformar el mundo

Pablo Richard: Teología para transformar el mundo 

[Por: Juan José Tamayo | El País] 

Pablo Richard, uno de los teólogos y biblistas latinoamericanos de la liberación más reconocidos en América Latina y a nivel mundial, falleció el lunes en San José de Costa Rica a los 81 años. Tenía una excelente formación interdisciplinar. Estudió Filosofía en Austria, Teología en Chile, Sagradas Escrituras en el Instituto Bíblico de Roma y en la Escuela Bíblica de Jerusalén y Sociología en la Sorbona de París, donde en 1978 obtuvo el doctorado con una tesis sobre la muerte de las cristiandades y el nacimiento de la Iglesia que marcó sus futuras investigaciones, sus opciones políticas liberadoras y sus prácticas eclesiales como miembro y animador de las comunidades de base. 

Era un profundo conocedor del marxismo en su vertiente utópica, humanista y crítica, cuyos análisis sociales, políticos y económicos utilizó como mediación socioanalítica para el análisis de la realidad latinoamericana, con los correspondientes correctivos desde el punto de vista del cristianismo jesuánico. 

Vivió activamente la elección de Salvador Allende y el proceso democrático y pacífico de transición al socialismo en su país, Chile, donde nació el movimiento Cristianos por el Socialismo, que posteriormente se extendió por otros países, entre ellos España en 1973. Richard fue uno de sus fundadores, dirigentes y principales teóricos y sobre el que escribió varias obras. El movimiento buscaba un diálogo público y una convergencia entre el cristianismo y el socialismo en su perspectiva ética liberadora, emancipados ambos de sus respectivos dogmatismos y de sus incompatibilidades. 

La dictadura de Pinochet le obligó a salir de Chile camino de Francia, donde, según confesión propia, tomó distancia de la Iglesia y del sacerdocio. “Fue un exilio en todos los sentidos posibles, pero también un tiempo duro de reflexión y reconstrucción interior”, afirmó. El encuentro con Óscar Arnulfo Romero, arzobispo mártir de San Salvador, le marcó para siempre en su vida y en su teología y significó el fin de su exilio eclesial. 

Los tres pilares 

En 1978, se trasladó a San José de Costa Rica para trabajar en el Departamento Ecuménico de Investigaciones, centro de diálogo entre Biblia, teología y economía y lugar de formación de agentes de comunidades de base, líderes de movimientos sociales y jóvenes investigadores, donde Pablo y yo compartimos encuentros interdisciplinares bajo la guía del economista y teólogo Frantz Himkelammert y en el horizonte de la teología de la liberación. Allí trabajó ininterrumpidamente durante 40 años, sin duda los más fecundos y creativos tanto en el terreno educativo como en la producción teológica y bíblica. 

Tres son los pilares en los que se sustenta la teología de Pablo Richard: la práctica de la liberación, la Iglesia de los pobres y la lectura popular de la Biblia. Su teología no se limita a pensar e interpretar el mundo, sino a transformarlo, aplicando a los teólogos la tesis XI de Marx sobre Feuerbach: “Los filósofos se han limitado a interpretar de distintas formas el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Pablo Richard acompañó los procesos revolucionarios latinoamericanos, especialmente la revolución sandinista de Nicaragua, a través de la formación de los dirigentes del movimiento cristiano de base y del surgimiento de otro modelo de Iglesia. Teoría y práctica de la liberación fueron inseparables en su vida y su pensamiento. 

Desempeñó un papel fundamental en el paso de la “Iglesia de Cristiandad”, ubicada en la clase dominante y en las estructuras de poder, a la “Iglesia de los Pobres”, sita en los sectores empobrecidos de la sociedad y orientada a la transformación de las relaciones eclesiales jerárquicopatriarcales y autoritarias en estructuras comunitarias y relaciones fraternosororales. 

Richard creó el movimiento de lectura popular y comunitaria de la Biblia destinado a la formación de los agentes de pastoral de toda América Latina a través de una hermenéutica liberadora de la Biblia como fuente de vida y esperanza, orientada a la transformación global de la sociedad desde la opción radical por las personas y los colectivos empobrecidos como sujeto colectivo privilegiado de la palabra de Dios. 

Su memoria seguirá viva en su esposa Gabriela y sus hijos, en las comunidades eclesiales de base, en el mundo de la mendicidad a quien acompañó y en sus libros, que seguirán iluminando nuestro caminar hacia la utopía de otro mundo posible 

ANTES DE SEPARARSE

Written by José Antonio Pagola

Hoy se habla cada vez menos de fidelidad. Basta escuchar ciertas conversaciones para constatar un clima muy diferente: «Hemos pasado las vacaciones cada uno por su cuenta», «mi esposo tiene un ligue, me costó aceptarlo, pero ¿qué podía hacer?», «es que sola con mi marido me aburro».

Algunas parejas consideran que el amor es algo espontáneo. Si brota y permanece vivo, todo va bien. Si se enfría y desaparece, la convivencia resulta intolerable. Entonces lo mejor es separarse «de manera civilizada».

No todos reaccionan así. Hay parejas que se dan cuenta de que ya no se aman, pero siguen juntos, sin que puedan explicarse exactamente por qué. Solo se preguntan hasta cuándo podrá durar esa situación. Hay también quienes han encontrado un amor fuera de su matrimonio y se sienten tan atraídos por esa nueva relación que no quieren renunciar a ella. No quieren perderse nada, ni su matrimonio ni ese amor extramatrimonial.

Las situaciones son muchas y, con frecuencia, muy dolorosas. Mujeres que lloran en secreto su abandono y humillación. Esposos que se aburren en una relación insoportable. Niños tristes que sufren el desamor de sus padres.

Estas parejas no necesitan una «receta» para salir de su situación. Sería demasiado fácil. Lo primero que les podemos ofrecer es respeto, escucha discreta, aliento para vivir y, tal vez, una palabra lúcida de orientación. Sin embargo, puede ser oportuno recordar algunos pasos fundamentales que siempre es necesario dar.

Lo primero es no renunciar al diálogo. Hay que esclarecer la relación. Desvelar con sinceridad lo que siente y vive cada uno. Tratar de entender lo que se oculta tras ese malestar creciente. Descubrir lo que no funciona. Poner nombre a tantos agravios mutuos que se han ido acumulando sin ser nunca elucidados.

Pero el diálogo no basta. Ciertas crisis no se resuelven sin generosidad y espíritu de nobleza. Si cada uno se encierra en una postura de egoísmo mezquino, el conflicto se agrava, los ánimos se crispan y lo que un día fue amor se puede convertir en odio secreto y mutua agresividad.

Hay que recordar también que el amor se vive en la vida ordinaria y repetida de lo cotidiano. Cada día vivido juntos, cada alegría y cada sufrimiento compartidos, cada problema vivido en pareja, dan consistencia real al amor. La frase de Jesús: «Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre», tiene sus exigencias mucho antes de que llegue la ruptura, pues las parejas se van separando poco a poco, en la vida de cada día.

La Buena Noticia del Dgo 27º-B

Iguales ante Dios

Al principio Dios los creó hombre y mujer

Lectura del evangelio según san Marcos (10,2-16):

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?»Él les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés?»Contestaron: «Moisés Permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio.»Jesús les dijo: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios “los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.»

Actualización de la Palabra:

El proyecto original de Dios no fue un matrimonio patriarcal.
Dios ha creado al varón y a la mujer para que sean “una sola carne”, como personas llamadas a compartir su amor, su intimidad y su vida entera en comunión total.
Hombre y mujer han sido hechos por igual a imagen del Dios de la vida.
La igualdad es el fundamento de la complementariedad y no hay amor sino entre iguales.

¿Cuál es el plan de Dios sobre el matrimonio ya desde el principio?

De qué forma se puede deteriorar la fidelidad y la unión en el matrimonio?

¿Cómo debería ser la preparación al matrimonio?

Dios Creador

Dios, fuerza creadora, Padre y Madre
Que has creado nuestro cuerpo y nos has hecho
Hombres y mujeres a imagen y semejanza tuya,
Hijos e hijas llamados a vivir en armonía dinámica,
En amor complementario, en armonía gozosa.
Ayúdanos a madurar como personas,
Como sociedad, como cristianos,
Para que los tabúes y las obsesiones
Cedan el paso a actitudes comprensivas
Y a una valoración positiva y gozosa
De todas las fuerzas y riquezas
de que has dotado a nuestra naturaleza,
de la que son frutos nuestros hijos,
Tú que vives y haces vivir
Por los siglos de los siglos

Diaconisas en la Iglesia

La Comisión vaticana sobre las diaconisas arranca (por fin) sus trabajos en septiembre

Diaconisas de la Iglesia primitiva

De los 10 miembros, cinco son mujeres. Y divididos, prácticamente a la mitad, entre los que se muestran a favor del diaconado femenino, y los que están en contra. Sólo hay un español, Santiago del Cura

El mayor problema no reside en el reconocimiento del diaconado femenino en la historia de la Iglesia, sino en si se puede reinstaurar hoy. Los más críticos niegan un valor sacramental, pues aseguran que no estaban ordenadas y que sólo realizaban tareas de ayuda. Otros, en cambio, creen que su papel en las primeras comunidades era similar al de los diáconos

25.08.2021 Jesús Bastante

Dos años después, parece que, por fin, la comisión para el estudio del diaconado femenino comenzará a reunirse a mediados de septiembre. Tal y como apunta The Tablet, el encuentro se produce justo antes del lanzamiento de un proceso sinodal, con tres fases (local, nacional y mundial), que pretende abordar todos los retos de la Iglesia para el futuro. La cuestión de la mujer, sin duda, está en el orden del día.

Los trabajos de la comisión se pospusieron a causa de la pandemia y, a diferencia de otras instancias, el grupo no se reunió on line. Será presencial, y será el 13 de septiembre, bajo la presidencia del cardenal Petrocchi, arzobispo de L’Aquila y muy cercano a la renovación postulada por Francisco. El secretario será Denis Dupont-Fauville, oficial de Doctrina de la Fe.

Entre los miembros, el sacerdote y teólogo español Santiago del Cura Elena, que estará acompañado por Catherine Brown Tkacz (Ucrania); Dominic Cerrato (EE. UU.), Caroline Farey (Gran Bretaña), Barbara Hallensleben (Suiza), Manfred Hauke (Suiza), James Keating (EE. UU.), Angelo Lameri (Italia), Rosalba Manes (Italia) y Anne-Marie Pelletier (Francia). De los 10 miembros, cinco son mujeres. Y divididos, prácticamente a la mitad, entre los que se muestran a favor del diaconado femenino, y los que están en contra.

El mayor problema no reside en el reconocimiento del diaconado femenino en la historia de la Iglesia, sino en si se puede reinstaurar hoy. Los más críticos niegan un valor sacramental, pues aseguran que no estaban ordenadas y que sólo realizaban tareas de ayuda. Otros, en cambio, creen que su papel en las primeras comunidades era similar al de los diáconos.

¿Puerta abierta al sacerdocio femenino? 

Otro de los puntos polémicos es si la ordenación de diaconisas supondría una puerta abierta para el sacerdocio femenino, algo que nadie plantea por el momento, pero que sin lugar a dudas sería una cuestión a abordar si se quiere hablar, realmente, de igualdad en la Iglesia. 

¿Para cuándo las diaconisas en la Iglesia católica?



Tras la petición formal, formulada en el Sínodo de la Amazonía, para avanzar en el ministerio de la mujer, Francisco introdujo cambios en la legislación eclesiástica para permitir que las mujeres sean instituidas formalmente en las funciones de lector (lector) y acólito (servidor), al tiempo que estableció el ministerio de catequista, que estará abierto a hombres y mujeres. Pequeños cambios, pero que auguran un camino que no debería tener marcha atrás.

San Jerónimo

San Jerónimo. (Padre de la Iglesia, autor de la Vulgata) 

San Jerónimo

Las Fraternidades Jerónimas, la voz de San Jerónimo para el s. XXI 

Fallece en Belén a los 80 años el 30 de septiembre del año 420. El 20 de septiembre de 1295 es proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa Bonifacio VIII 

29.09.2021 | Francisca Abad Martín 

Gran erudito, estudioso de los clásicos, anacoreta entregado a las más austeras penitencias, profundo conocedor y traductor de las Sagradas Escrituras, Doctor de la Iglesia y considerado uno de los cuatro grandes Padres de la Iglesia Latina. 

Eusebio Hierónimo nació en Estridonón (Dalmacia) en la primera mitad del siglo IV. Su padre, Eusebio, gozaba de buena posición, con lo cual pudo enviar a su hijo a Roma para que estudiara con los mejores maestros. Allí aprendió gramática, retórica, filosofía y griego. Esto despertó en él una gran afición por los libros y comenzó a formar su propia biblioteca, unos los compraba y otros los copiaba de su puño y letra. 

Hacia el año 366 pidió el bautismo y una vez recibido éste, consideró que debía cambiar completamente de vida, iniciándose en la práctica de penitencias y ayunos. Toma la decisión de viajar y se embarca sin rumbo fijo. Llega a Grecia y después a Capadocia y Cilicia, donde visita varios monasterios. Hacia el 374 llega a Antioquía, donde sufre una grave avitaminosis debido a tantos ayunos, que estuvo a punto de costarle la vida. Ya recuperado, comienza a profundizar en el estudio de las Sagradas Escrituras, perfecciona sus conocimientos de griego y más tarde, en la soledad del desierto, aprende el hebreo con un maestro judío, para poder tener acceso directo a la lengua original de las Sagradas Escrituras. 

En el 375 sale de Antioquía y se va al desierto de Calcis, para seguir con sus ayunos y austeridades. Allí sufre grandes tentaciones, pasando un tiempo de fuertes luchas interiores, encontrando solo alivio en el estudio y la penitencia. Tendría poco más de 30 años cuando se dejó ordenar sacerdote por el obispo Paulino de Antioquía, pero a condición de seguir siendo monje solitario, sin tener que dedicarse al servicio del culto. Al finalizar el 378 reanuda su vida peregrinante. Atraído por la elocuencia de Gregorio de Nacianzo llega a Constantinopla, convirtiéndose en discípulo suyo. Permaneció allí tres años. Vuelve un tiempo a la soledad, pero regresa de nuevo a Roma hacia el año 382. Allí el Papa San Dámaso ve en él un instrumento útil a su política eclesiástica y le hace su secretario. El asceta ayuda al Pontífice y éste le otorga su protección. Allí comienza a tratar con un grupo de mujeres, viudas de patricios romanos, para las que se convierte en su amigo, consejero y guía espiritual, aunque exigente, rudo y autoritario. Les impulsa a estudiar la Biblia y a poner sus bienes al servicio de los pobres y enfermos. 

Una vez fallecido el Papa Dámaso, comienza a despertar envidias y suspicacias, le tildan de indiscreto y exagerado en su espiritualidad y se decide abandonar de nuevo Roma. Otra vez va a Oriente y emprende el camino hacia Jerusalén. Hacia el 386 se establece definitivamente en Belén. Una de las viudas romanas, Santa Paula, le acompaña en su viaje, junto con su hija. Allí, gracias a los bienes aportados por ella, construyen dos monasterios femeninos y otro masculino, en el que se recluye San Jerónimo. Allí termina la traducción al latín de la Biblia, que había comenzado con San Dámaso, la que conocemos como “La Vulgata”, por su universalidad y que mereció la aprobación del Concilio de Trento, no sin la colaboración de Paula y su hija. 

Fallece en Belén a los 80 años el 30 de septiembre del año 420. El 20 de septiembre de 1295 es proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa Bonifacio VIII. 

Reflexión desde el contexto actual: 

Jerónimo es uno de esos hombres que han dejado un gran legado cultural a la humanidad sobre todo por lo que hace referencia a la traducción de los textos bíblicos al latín, conocido como la “Vulgata”, lo que supuso una unificación de las distintas versiones y de este modo favoreció el conocimiento de las Sagradas Escrituras. A partir de la Edad Media “La Vulgata” fue ampliamente difundida, sirviendo como base de las traducciones cristianas en Europa Occidental,  gozando siempre de la oficialidad de la Iglesia  Católica, que se ha perpetuado hasta el día hoy, si bien a partir del Concilio Vaticano II esta oficialidad ha ido perdiendo fuerza. Debido a este servicio a la Comunidad, Francisco con motivo del XVI centenario de su muerte, pudo decir que “hoy mil seiscientos años después, su figura sigue siendo de gran actualidad para nosotros cristianos del siglo XXI”. Sin menoscabo alguno de la importancia histórica de la Vulgata, es obligado decir que su sacralización por parte de la Iglesia pudo obstaculizar en algún momento el que se hicieran otras versiones más perfectas y ajustadas al buen criterio exegético, pero este inconveniente no hay que achacárselo a S. Jerónimo

La relación de la Iglesia con la Biblia

La Curiosa e Inexplicable relación de la Iglesia con la Biblia

Para que ciertas personas no se toquen es preciso manosear los textos, o al menos eso parece afirmar su particular método de lectura.   La Biblia no es un conjunto de frases para defender ideas que para los días de Trento ya eran ideas vencidas.

Por Beto Vargas

Hace poco estaba leyendo la Carta de Santiago, la epístola del nuevo testamento que más eco hace de los evangelios sinópticos y que en sus recursos literarios, lenguajes e ideas parece una prolongación de algunos discursos del Jesús de Mateo, de Marcos o de Lucas. En el orden tradicional, es la primera carta tras el llamado “corpus paulino” por delante de las llamadas cartas de Pedro y de Juan, dado que se sigue el orden en el que Pablo nombra a estos 3 apóstoles a los que consideraba “Las Columnas”. Me encontré con este fragmento del capítulo 5: “Ahora, ustedes los ricos, lloren y den alaridos por las desgracias que van a caer sobre ustedes; sus riquezas están podridas y sus vestidos roídos por polillas. Su oro y su plata se han oxidado y ese óxido será testimonio contra ustedes y devorará su carne como fuego. Han acumulado riquezas en estos días que son los últimos, pero miren: el salario que no han pagado a los obreros que recogieron la cosecha de sus campos está gritando, y los gritos de esos obreros han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Han vivido con excesos sobre la tierra, cebando sus cuerpos para el día de la matanza. Oprimieron y mataron al inocente. ¿No les va a resistir Dios?

Aparte de la necesaria inquietud sobre mi propia codicia, o sobre la forma como con mi manera de vivir puedo estar sumando y validando ese tipo de sociedad injusta y desigual, me surgió una inquietud bíblica y eclesial: siendo este un escrito que la tradición ha considerado apostólico, siendo tan palabra de dios como Romanos o Corintios, teniendo este texto afirmaciones tan contundentes y tan explícitas sobre una categoría de personas en particular, ¿Cómo es que no hay cientos de miles de enseñanzas, sermones, campañas, movimientos, discusiones y demás reacciones aparentemente “pastorales” en el catolicismo sobre la riqueza, la codicia, la acumulación, la explotación o la desigualdad laboral, como sí las hay sobre las 2 frases sueltas de Pablo respecto a la diversidad sexual? Bueno, se me dirá, no son frases sueltas, hacen parte de un pensamiento bíblico que también se ha desarrollado en el antiguo testamento. Claro, en 4 frases sueltas, mientras que los asuntos de la distribución de la tierra, los bienes o la explícita indicación de la repartición de las cosechas para la protección de los marginados son asuntos que se trabajan ampliamente en el pentateuco y que son la preocupación fundamental de varios de los profetas que desarrollaron los temas de la justicia y el derecho. ¿Cómo es que el tema no ocupa ni la centésima parte de la preocupación de ese catolicismo obsesionado con la genitalidad y determinado a ser el principal muro de contención del reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos? Bueno, es sólo una más de las señales de esa curiosa e inexplicable relación de la iglesia con la Biblia.

Cuando conviene, la Biblia es ampliamente citada por la facción conservadora (léase: fundamentalista intolerante) de la iglesia católica con el fin de argumentar que lo que ellos consideran verdadero lo ha considerado verdadero dios desde los días de adán. No importa que adán sea un genérico hebreo para hablar de la humanidad y que los relatos del génesis sean la teología narrativa de un Israel que tomó prestados los mitos de pueblos vecinos para explicar sus dudas más esenciales. Claro, no citan la Biblia en su conjunto, según una interpretación coherente con el desarrollo del pensamiento hebreo y el proceso de la revelación, sino como frases sueltas que se pueden usar de comodines para ganar esa penosa partida de egos que es la apologética. Para que ciertas personas no se toquen es preciso manosear los textos, o al menos eso parece afirmar su particular método de lectura.

Cuando conviene también, la Biblia pasa a un segundo plano. Es entonces cuando se escucha a los eruditos de la sacra discriminación decir que el catolicismo no es una religión de libro y que fue la iglesia la que escribió la Biblia, que por tanto la tradición (la suya, no la variada y diversa de la iglesia) tiene la última palabra. Siendo tan literales y dogmáticos es curiosa tal afirmación, cuando el dogma de la Iglesia Católica sobre la revelación bíblica afirma que el magisterio está al servicio de ésta, no al revés. Faltando a la más esencial de sus normas: el dogma no se cuestiona, la ortodoxia decide cuándo la Biblia es fundamental y cuándo es un mero accesorio. Cuándo se interpreta de forma unívoca y literal (preceptos sexuales, por ejemplo) y cuando se requiere matizar y adaptar a los tiempos (preceptos alimenticios) o ignorar por completo (mujeres apóstoles y diaconisas en el NT). De tal modo, que en la lista de los doce sólo haya nombres masculinos (lista que no concuerda en cuatro de cuatro evangelios) es suficiente motivo para establecer que las mujeres nunca podrán acceder al orden sacerdotal – estuvo a punto de convertirlo en dogma Juan Pablo II – pues así lo quiso Jesús, pero que el mismo Jesús haya indicado explícitamente a los doce – como sea que se llamaran y cuántos sea que fueren los doce – que debían ser pobres y vivir de la hospitalidad de sus hermanos, eso no es algo literal, hay que explicarlo mejor, que necesitamos palacios arzobispales, estados vaticanos e investigaciones por malversación de bienes raíces y fondos de inversión. Así de coherente es la jerarquía ortodoxa.

La liturgia no es la mejor pedagogía para que el pueblo creyente conozca la palabra. En la solemnidad de Santiago no se lee la carta de Santiago, por ejemplo. Hay una buena parte de textos que no están incluidos en el ordo de lecturas y otra buena parte que está fragmentada en los lugares incorrectos. Eso sin contar que las traducciones oficiales para la lectura en la liturgia no se precian de ser las mejores. Pero al menos no deja de ser el mayor contacto que la gente tiene con la Biblia, sea por la participación en el sacramento o por la disciplina de lectura diaria siguiendo la repartición de textos para el rito. Pero nadie que quiera conocer a fondo un libro puede leerlo por fragmentos aleatorios. Y cuando digo libro me refiero a todos y cada uno de los 73 libros, no a la Biblia como único libro, que no lo es. Para liturgistas y ritualistas la rúbrica (palabras y gestos del misal) suele ser más importante que la misma escritura, y la razón para que esto sea así es porque su teología también hace de la liturgia eucarística algo muy por encima de la liturgia de la palabra, sin serlo. Sin que arda el corazón cuando se nos explican las escrituras es imposible reconocerlo en la fracción del pan. Pero claro, eso si interpretamos a Emaús de manera no sacramentalista.

La Biblia no es un conjunto de frases para defender ideas que para los días de Trento ya eran ideas vencidas. Tampoco es un adorno de la teología dogmática ni sistemática, de la que se hace uso en la medida en la que coincida con la lógica de esas disciplinas. La Biblia no es la única fuente de revelación tampoco, porque de hecho, más que un conjunto de contenidos es una maravillosa escuela de interpretación de la realidad desde la clave de una relación comunitaria con dios. Para el catolicismo la revelación son hechos y palabras íntimamente relacionados, y la clave de esa relación es la que nos hace hábiles en leer los acontecimientos, los tiempos, las circunstancias, para en ellas ver como nos sale al encuentro el dios de la vida. La Biblia no es solo lo que dice, sino especialmente la forma como llega a decir lo que dice a partir de lo que sucedió. Cómo de los acontecimientos se llega a la revelación por medio de un proceso de interpretación colectiva y profundamente espiritual. El mejor indicador de que una comunidad cristiana es buena en la lectura de la Biblia es que esa lectura les ayuda a entender la voluntad de dios revelada en la cotidianidad, a descifrar en la realidad de hoy lo que dice la voz de Yhwh que no deja de expresar su verdad y su deseo.

De llegar a tomar en serio la Biblia, no como contenido estático, sino como auténtica luz para nuestros pasos en un camino dinámico y cambiante, no solo cambiarían las formas de nuestra espiritualidad, sino los efectos de ésta en la vida de nuestras comunidades y de los pueblos en los que esas comunidades hacen presencia. El dogma, como punto de referencia y de partida – nunca de llegada – sería un modo de buscar a dios y no una coordenada para encerrar su presencia.La liturgia tendría el color del presente de cada comunidad que celebra, y el pan nuestro de cada día sería el pan en el que se haría presente ese dios partido y compartido de la eucaristía. Y la iglesia, lejos de ser una organización de matriculados por un rito y vigilados con una doctrina y una moral incuestionable, sería una comunidad de nombres y rostros propios convencidos de la incuestionable misericordia del dios amor de la revelación bíblica, cuya voz sigue haciendo eco a los gritos de los excluidos.

En el día de la Biblia

¿Es la Biblia “Palabra de Dios”? 

Hay mucha gente que relativiza la palabra de Dios porque está cansada de que se haya invocado tantas veces para mantener doctrinas o leyes que más que ayudar a las personas, les ponen cargas pesadas sobre sus hombros 

Durante muchos siglos se leyó la Biblia de manera literal y se la invocó para afirmar que Dios dice esto o aquello. Por supuesto la ingenuidad o ignorancia sobre esa lectura literal es evidente 

Es urgente una formación bíblica adecuada que muestre que aquello es una deformación y que, bien interpretada, es palabra de Dios en la medida que usando mediaciones humanas nos da testimonio de cómo descubrir la presencia de Dios en nuestra historia 

24.09.2021 Consuelo Vélez 

Planteo esta pregunta de si la Biblia es “Palabra de Dios” porque últimamente he escuchado algunas afirmaciones que parecen relativizarla, también porque mucha gente no cae en cuenta de lo que significaría esto si lo creyéramos a fondo y, finalmente, porque otras personas buscan “palabras de sabiduría” en muchos otros escritos fuera de la tradición cristiana y, sin duda, les ayudan mucho para su vida. 

Vayamos por partes. En el primer caso, hay mucha gente que relativiza la palabra de Dios porque está cansada de que se haya invocado tantas veces para mantener doctrinas o leyes que más que ayudar a las personas, les ponen cargas pesadas sobre sus hombros. Ante esto hay que reconocer que la interpretación adecuada del texto bíblico es una conquista “relativamente” reciente y por eso durante muchos siglos se leyó la Biblia de manera literal y se la invocó para afirmar que Dios dice esto o aquello. Por supuesto la ingenuidad o ignorancia sobre esa lectura literal es evidente. Por ejemplo, se toma al pie de la letra que Jesús calmó la tempestad (Mt 8, 26) pero no se toma al pie de la letra el que “si tu ojo es ocasión de pecado, arráncatelo” (Mt 5, 29). 

Ya es una afirmación aceptada por la Iglesia que la Biblia fue escrita mucho después de que suceden los acontecimientos que allí se narran y no con la intención de relatarnos detalles precisos de lo que allí pasó sino de testimoniar la presencia de Dios a favor de su pueblo en esos acontecimientos que se cuentan allí. Lo hacen con los géneros literarios de su tiempo y desde las categorías y esquemas de su contexto. Por eso es imprescindible utilizar los métodos exegéticos y hermenéuticos adecuados para entender el texto. Ahora bien, aunque esa tarea es propia de los/as biblistas, no significa que no se enseñe a todo el pueblo de Dios que para acercarse a dicho texto hay que hacerse por lo menos dos preguntas básicas: ¿Qué quiso decir el autor bíblico con ese texto en su contexto? ¿Qué dice ese texto bíblico hoy para nosotros? Sin olvidar que las circunstancias son distintas y que la biblia no es un recetario para aplicar literalmente sino un horizonte de sentido para interpretar nuestro presente

Es decir, lo que es “Palabra de Dios” no es la literalidad del texto sino el testimonio de fe que los autores/as sagrados nos han dejado en el texto bíblico -una maravillosa mediación humana para mantener en el espacio y tiempo dicho testimonio-. Por lo tanto, tienen razón aquellos que ya están cansados de escuchar predicaciones bíblicas fundamentalistas o literales que no se entienden para el hoy. Por eso es urgente una formación bíblica adecuada que muestre que aquello es una deformación y que, bien interpretada, es palabra de Dios en la medida que usando mediaciones humanas nos da testimonio de cómo descubrir la presencia de Dios en nuestra historia. 

En el segundo caso, también es entendible que una tradición tan antigua se vaya desgastando y, más si no se actualiza. Con lo cual, en cada Eucaristía escuchamos al finalizar las lecturas que el lector dice: “Palabra de Dios” y el pueblo responde: “Te alabamos Señor” o “Gloria a Ti, Señor” en el caso del Evangelio. Pero se ha vuelto tan rutinario o se motiva tan poco esa lectura o se explica tan mal esa palabra que la gente no permanece atenta o no llega a “saborear” lo que eso significaría si lo creyéramos a fondo. No estamos escuchando una palabra cualquiera sino una que nos hace posible que sepamos cómo han entendido a Dios los que nos precedieron y cómo podemos entenderlo nosotros hoy. Eso sí, con la humildad suficiente de saber que lo que entendemos sobre Dios siempre es mucho menos de lo que Él es y que como está mediado por nuestra comprensión, podemos matizarla y señalar nuevos aspectos, en la medida que seguimos meditando sobre ella. En este último sentido, si creyéramos que la Biblia es Palabra de Dios, la tarea teológica se referiría mucho más a ella, no solo invocándola para “justificar” alguna idea que decimos, sino para dejarnos sorprender y enriquecer con lo que ella nos dice -ya que es una palabra viva, no muerta-. Pero, como ya lo he dicho otras veces, muchas publicaciones teológicas y muchos eventos académicos, adolecen de la perspectiva bíblica a la hora de presentar sus reflexiones. 

Finalmente, nuestro mundo ya esta mucho más configurado con la pluralidad de expresiones culturales y religiosas. De ahí que la cercanía con otras maneras de ver la vida, de darle sentido, de enriquecer las comprensiones ya es una práctica adquirida. Y, resulta una experiencia muy rica -como variada y polifacética es la vida humana-, reconocer que toda la verdad o la manera de ver las cosas, no la tenemos desde la tradición cristiana y que hay muchos libros de sabiduría que nos ayudan y enriquecen. Pero dos observaciones sobre esto. La primera, para los que somos cristianos ojalá que no perdamos la riqueza que nuestra propia tradición nos regala y siga siendo fuente de sentido para nuestra vida. La segunda, saber que con cualquier otro libro de sabiduría hay que tener el mismo cuidado interpretativo que señalé para la Biblia. A veces, veo tanta ingenuidad en los que nutren su vida con otras tradiciones que creen que todo lo que leen es verdad absoluta. Eso también puede revelar una ignorancia o ingenuidad total, admitiendo a veces planteamientos que rayan con lo absurdo. Como toda mediación humana, cualquier horizonte de sentido que se proponga, puede tener errores, manipulaciones, intencionalidades que nos siempre son positivas. Ojalá que el discernimiento sea siempre la actitud para acercarnos a todo libro de sabiduría, pero, a los que nos ha constituido la tradición cristiana, sería muy importante, no olvidar la profundidad de lo que creemos: en una mediación humana -bien interpretada- Dios nos habla como un amigo y su palabra es viva y eficaz, capaz de penetrar el alma y el espíritu y discernir los pensamientos y las intenciones del corazón (Cf. Hb 4,12). 

Celebrando el día de la Biblia

“Hacer de la Biblia el alimento sólido de nuestra espiritualidad” 

Celebrar el mes de la Biblia reconociendo el papel de las mujeres en su traducción y divulgación 

“Más preocupante todavía es que la Biblia no llega a formar parte de la espiritualidad cristiana católica, como una medicación imprescindible y un texto que el pueblo de Dios reconozca como fuente de vida, o de ‘alimento dulce'” 

“Falta más formación bíblica para todo el pueblo de Dios, incluidos los presbíteros que en sus homilías a veces se percibe que le hacen decir al texto lo que no dice o que los usan como ‘excusa’ para pasar a otro tema -casi siempre del ámbito moral” 

“Cuando Jerónimo perdió buena parte de su visión, fueron estas mujeres las que le ayudaron en su tarea, con lo cual no sería de extrañar que algunos de los escritos de Jerónimo sean de autoría de estas mujeres” 

17.09.2021 Consuelo Vélez 

Septiembre se conoce como el mes de la Biblia. En el ámbito católico, por la figura de Jerónimo que murió el 30 de septiembre y fue quien tradujo la Biblia del griego y el hebreo al latín. Esa traducción se conoce como la “Vulgata”, habiendo sido este el texto bíblico oficial de la Iglesia católica hasta 1979. En el ámbito protestante, de habla hispana, se recuerda la aparición impresa que hizo Casiodoro de Reina en 1569, conocida como la Biblia del Oso, porque en la tapa aparecía un oso comiendo miel desde un panal. Esta versión fue revisada posteriormente por Cipriano de Valera, dando origen a la famosa versión “Reina Valera”, que ha sido la Biblia más usada por los evangélicos de lengua castellana. 

Más allá de que la Biblia se celebre este mes, siempre es importante recordar que la Sagrada Escritura nos transmite la revelación divina, no a modo de una doctrina fija y literal, sino como bien lo explica la Constitución Dogmática Dei Verbum, mediante los géneros literarios y las condiciones particulares de los escritores sagrados, es decir, siendo ellos verdaderos autores, utilizando sus propios recursos, eso sí, contando con la inspiración divina que nos permite reconocer dichos escritos como Palabra de Dios

El número 12 de la Dei Verbum se refiere a la necesidad de investigar qué quisieron expresar los autores sagrados y para esto es imprescindible conocer bien los géneros literarios y el contexto desde el que escribieron, para interpretar los textos en consonancia con el sentido general de toda la Sagrada Escritura de manera que se pueda entender lo que Dios nos sigue diciendo hoy a través de su palabra. Es muy importante tomarse en serio esta responsabilidad para no hacerle decir al texto bíblico lo que no dice y menos para justificar nuestras posturas, trayendo un texto bíblico como ‘prueba’ de lo que decimos, cuando muchas veces el texto significa todo lo contrario. 

Tomarnos en serio esta responsabilidad todavía resulta difícil. Aunque Vaticano II afirmó que “la Sagrada Escritura debe ser el alma de la Teología” (Decreto Optatam Totius, 16), en muchas de las publicaciones teológicas que abordan distintos temas, no es tan frecuente encontrar el aporte desde la Sagrada Escritura a dicho tema. Por supuesto, la mayoría de los artículos, tratando la temática desde la perspectiva sistemática, hacen referencia de alguna manera a la Sagrada Escritura, pero esto no es lo mismo que indagar con la profundidad suficiente y los métodos exegéticos adecuados, la temática que se va a presentar. Algunas veces he recomendado a los organizadores de las obras colectivas que pidan a más biblistas esa colaboración, pero no veo que sea algo que se incorpore suficientemente

Pero más preocupante todavía es que la Biblia no llega a formar parte de la espiritualidad cristiana católica, como una medicación imprescindible y un texto que el pueblo de Dios reconozca como fuente de vida, o de “alimento dulce” -haciendo referencia al oso comiendo miel de la Biblia protestante-, como podría ser. Falta más formación bíblica para todo el pueblo de Dios, incluidos los presbíteros que en sus homilías a veces se percibe que le hacen decir al texto lo que no dice o que los usan como ‘excusa’ para pasar a otro tema -casi siempre del ámbito moral– en lo que los predicadores gastan mucho tiempo exhortando a los fieles para que no caigan en esos pecados de los que la Biblia generalmente no habla. 

El papa Francisco en la Exhortación Evangelii Gaudium (n. 146-147) insiste en que la homilía debe “prestar toda la atención al texto bíblico, que debe ser el fundamento de la predicación (…) Quiero insistir en algo que parece evidente pero que no siempre es tenido en cuenta: el texto bíblico que estudiamos tiene dos mil o tres mil años, su lenguaje es muy distinto al que utilizamos ahora (…) Si el predicador no realiza este esfuerzo, es posible que su predicación tampoco tenga unidad ni orden: su discurso será sólo una suma de diversas ideas desarticuladas que no terminarán de movilizar a los demás”. 

Finalmente, conviene recordar el papel de las mujeres en el trabajo de traducción de la Sagrada Escritura. Según testimonios escritos de San Jerónimo, fue un grupo de mujeres -Paula, Eustoquia, Blesila, Fabiola y, especialmente Marcela, entre otras, las que no solo lo sostuvieron económicamente para realizar su trabajo, sino que fueron las que, con su insistencia, interés y dedicación al estudio del texto bíblico, le ayudaron a mantener la constancia en su trabajo y llegar a los logros que la historia le reconoce. 

El mismo Jerónimo agradece la insistencia de estas mujeres y dice que muchos le critican por enseñarle a las mujeres -a las que se les considera el sexo débil- y no a los varones, pero él mismo cuenta, que los varones no le preguntaban nada y en cambio ellas estaban ahí, haciéndole preguntas con gran rigor intelectual y pertinencia sobre los temas bíblicos. Más aún, alaba la inteligencia de estas mujeres y la rapidez con que alguna de ellas aprendió el hebreo -ya sabían griego y latín-, reconociendo que había aprendido mucho más rápido que él y con mucha más fluidez y excelente pronunciación. 

En una de sus cartas llama a Marcela “supervisora de sus trabajos”, es decir, ella no solo controlaba el rigor intelectual de Jerónimo sino también organizaba su trabajo. Fue tanta la ayuda que ellas le prestaron que muchas de sus obras las dedica a estas mujeres. Pero aún más. Cuando Jerónimo perdió buena parte de su visión, fueron estas mujeres las que le ayudaron en su tarea, con lo cual no sería de extrañar que algunos de los escritos de Jerónimo sean de autoría de estas mujeres o por lo menos le hayan dado muchos de los insumos que luego este redacta en sus obras. Ellas también se encargaron de la edición y divulgación de sus escritos, a pesar de las resistencias que encontraron en los inicios. 

En definitiva, celebrar la Sagrada Escritura es comprometernos con el estudio serio sobre ella y el propósito de hacerla alimento sólido de nuestra espiritualidad pero también -para actuar en justicia-, reconocer el papel de las mujeres en tantas realidades en las que han sido protagonistas y se les ha invisibilizado y, en este caso, si se honra la memoria de San Jerónimo, con más razón deberíamos honrar la memoria de estas mujeres, sin las cuales no hubiera sido posible dicha traducción que fue tan importante para la Iglesia católica durante tanto tiempo. 

Lectura pastoral de la Biblia

Lectura pastoral de la Biblia, y los desafíos de una nueva época

Muchas de las personas, grupos y comunidades con las que caminamos están fuertemente comprometidas en procesos de defensa del medio ambiente, de crecimiento en ciudadanía y democracia, en luchas sociales por la defensa de la vida y sus condiciones a favor de l@s pobres, en procesos de dignificación y empoderamiento de las mujeres

La experiencia de dios que libera, que está de parte de l@s oprimid@s y esclavizad@s, que llama al compromiso liberador y anima al mismo, les ayuda a descubrir que la vida solo tiene sentido si luchan por su liberación y los anima a una acción que los saque de su esclavitud

23.08.2021 | Equipo de lectura pastoral de la biblia – Perú

DESDE LA EXPERIENCIA

Los que compartimos la presente reflexión somos un equipo formado por laicos y laicas, religiosos y religiosas y presbíteros que llevamos años acompañando procesos de lectura popular de la Biblia. Nuestro equipo lleva más de 25 años de acompañar experiencias populares de lucha por la vida y la liberación desde el encuentro con la palabra bíblica.

Nuestras reflexiones no son hechas, entonces, solo desde el escritorio, sino que nacen de una doble experiencia: nuestra propia experiencia del encuentro con la palabra y la experiencia en el acompañamiento de grupos populares. Por tanto, expresamos los desafíos que encontramos en los grupos acompañados, así como también los que descubrimos en nuestros propios procesos.

En esta experiencia encontramos como una primera constatación la existencia de la pluralidad de procesos y, por lo mismo, el desafío de respetar la experiencia y el proceso de cada una y cada uno. Acompañamos grupos de campesinos, de jóvenes, de religiosos y religiosas, de presbíteros, de universitarios, etc. y nos encontramos con personas que viven encuentros con la palabra desde una experiencia de fe y humana muy tradicional en algunos aspectos, o con otras que viven ya dentro de los nuevos paradigmas de conocimiento y con los que los desafíos de hacer otro tipo de lectura se hacen más urgente.

Otra constatación importante que hacemos es, cómo para casi todas las personas con las que nos encontramos, independientemente de la variedad de procesos ya señalados, el encuentro con la palabra se ha convertido en una gran fuerza dinamizadora de cambio de vida y de compromiso para la transformación social. Podemos señalar que muchas de las personas, grupos y comunidades con las que caminamos están fuertemente comprometidas en procesos de defensa del medio ambiente, de crecimiento en ciudadanía y democracia, en luchas sociales por la defensa de la vida y sus condiciones a favor de l@s pobres, en procesos de dignificación y empoderamiento de las mujeres, teniendo que enfrentar muchas veces conflictos con las autoridades sociales y eclesiales por causa de su compromiso.

También constatamos que la metodología que usamos, en la línea de la lectura popular latinoamericana es, al mismo tiempo, muy popular y muy científica: análisis social, análisis literario, análisis contextual, análisis histórico, etc. por lo que, aún sin mencionar explícitamente los nuevos paradigmas de conocimiento, va despertando y profundizando  una lectura diferente del texto bíblico que acompaña una lectura diferente de la realidad, de la naturaleza, del ser humano, de los procesos sociales y de Dios.

Una pregunta fundamental que nos hacemos es: “Cuando hablamos de Dios, ¿de qué dios hablamos?”[1]. El encuentro con el texto bíblico nos va ayudando a tomar conciencia de las diversas imágenes de Dios que hemos ido construyendo, junto con las imágenes, también construidas, de la sociedad, de las relaciones de género, de la relación con la naturaleza, de los procesos sociales y políticos, de nuestra vivencia de humanidad y desde ahí nos anima a la construcción de nuevas imágenes que ofrezcan sentido a la realidad que las personas vivimos hoy.

Una última constatación que queremos subrayar, desde la experiencia, es que esta preocupación por los nuevos sentidos, por los nuevos significados, no distrae ni se opone a la preocupación central por l@s pobres y sus luchas de liberación. Sentimos que estos dos niveles que en un momento pudieron aparecer como contrapuestos, entre una experiencia europea y una latinoamericana, han caminado en la dirección de una complementariedad y enriquecimiento. Nuestra preocupación central, y el texto bíblico nos impulsa a ello, son l@s pobres y sus condiciones de vida reales, las que posibilitan o impiden una vida digna; pero l@s pobres y su vida, su destino y sus luchas, también son afectados por las antiguas o nuevas formas de comprender a dios y a la realidad.

ALGUNOS DESAFÍOS MÁS O MENOS RESUELTOS O AÚN POR RESOLVER

Cuando nos aproximamos al texto bíblico, ¿por qué nos aproximamos? ¿Cómo nos aproximamos? ¿Qué buscamos/encontramos?

Experimentamos que este es el desafío central, ya que ahí se encuentra todo nuestro imaginario y toda nuestra postura de fe en relación con la biblia.

Tiene relación con lo que entendemos por revelación e inspiración, todo lo que entendemos por la biblia como palabra de Dios y todo lo que entendemos por lectura bíblica.

En una concepción más tradicional, en la que todos nosotros y nosotras fuimos formados, nos acercábamos al texto bíblico porque es “la Palabra de Dios”; es decir ahí, en el texto, encontrábamos las palabras que Dios ha dicho para darnos a conocer su ser y su proyecto; son las palabras con las que Él ha revelado su verdad eterna. Por eso, en el texto bíblico buscamos y encontramos un elenco de verdades absolutas y eternas (porque Él las ha dicho) que nosotr@s debemos conocer, aceptar y creer (porque Él las ha dicho) y que nos ayudan a combatir todo el pecado, el error y el mal que existe en el mundo (porque van en contra de lo que Él ha dicho).

Aunque hemos sido formados y formadas en esta perspectiva, desde hace tiempo que nuestro caminar nos ha llevado a otra concepción del texto bíblico y de la revelación. Tenemos ya un convencimiento total de que en el texto bíblico encontramos “la historia de un pueblo contada por los hombres y mujeres de ese pueblo”. Las personas de ese pueblo nos cuentan su historia y cómo, en esa historia, “encontraron a Dios” o hicieron la experiencia de Dios.

Esa historia, como la historia de todos los pueblos, está compuesta de logros y fracasos, de triunfos y derrotas, de avances y retrocesos, de aciertos y errores; todo eso se encuentra narrado en la biblia. Y ellos y ellas nos cuentan cuándo, dónde y cómo en ese sube y baja de la historia hicieron la experiencia de la divinidad y de cuál divinidad.

Esto trae consecuencias de muchos órdenes y desencadena una cascada de cambios que seguimos experimentando: gozando y sufriendo, esperando y temiendo, respondiendo y todavía preguntando.

La revelación, entonces, en la línea de los dos libros de san Agustín[2], se da en la historia, en los acontecimientos y se da como una experiencia de dios que realiza el pueblo en las circunstancias concretas de su historia. No se entiende más como un Dios que desde el cielo habla y revela verdades absolutas, sino como un dios que está dentro de la historia, dentro de la realidad y suscita, desde dentro, una experiencia relacional que incluye al resto de personas (el pueblo) y que despierta compromisos de vida y liberación.

Como la realidad es cambiante, la “revelación” de dios también, y en cada momento de la historia el pueblo va descubriendo un nuevo rostro de dios, que manteniendo algunos rasgos que siempre permanecen y constituyen como el núcleo de identidad, va también modificándose para ofrecer respuestas a las nuevas circunstancias de la vida. Así se descubre y experimenta a dios en el hijo, en la tierra, en la libertad, en la defensa de los derechos, en la oposición a la dominación, en la defensa de la propia cultura, o en el pan compartido y los pies lavados, dependiendo de la realidad concreta, las necesidades vitales y las luchas emprendidas.

Junto con la imagen de los dos libros de san Agustín, nos es útil la imagen del “texto ventana” y el “texto espejo” de Paulo VI por lo que, cuando nos acercamos al texto, nos asomamos por la ventana para ver lo que está más allá del texto: la realidad, la vida, la historia. No nos aproximamos al texto para buscar verdades sino para buscar acontecimientos, vidas, experiencias, historias en las que aquel pueblo vivió su “descubrimiento”, su encuentro con dios.

Por eso estos textos se vuelven “canónicos”, normativos, paradigmáticos. Encontrar historias nos remite a nuestra propia historia; constatar realidades nos permite constatar nuestra propia realidad y tomar conciencia; escuchar cómo vivieron ahí su experiencia de dios nos invita a vivir nuestra propia experiencia en nuestra propia historia; identificar el “rostro” de dios que experimentaron nos permite confrontar nuestro propio rostro de dios; constatar su compromiso por la vida nos anima en nuestro compromiso.

No son normativos porque haya que aprenderse y repetir al pie de la letra lo que ahí dice, y quien no los sepa o no los crea está condenado. Son normativos porque nos invitan a repetir nosotr@s la dinámica de la experiencia que ell@s vivieron. Así como ell@s descubrieron a dios en su contexto, y ante nuevos contextos descubrieron nuevos rostros de dios, así nosotr@s necesitamos encontrar o descubrir a dios en nuestra propia realidad y nuestro propio contexto. Nueva realidad, nuevo contexto, nuevo pueblo o comunidad, inevitablemente desemboca en nuevo rostro de dios.

Es la experiencia de la relectura que constituye la trama de todo el texto bíblico; como Jesús que en su contexto releyó libremente y hasta modificó a Isaías quien, a su vez, en su propio contexto releyó libremente y hasta modifico, la memoria del éxodo. Iniciaremos en “Elohim” y llegaremos hasta “Abba” … y hoy, ¿cómo?… ¿padre y madre? ¿Misterio? ¿dios de múltiples presencias? … Estaremos constantemente volviendo a vivir la experiencia de Jesús: “Ustedes han oído… les han dicho que… pero yo les digo…”

Dialogar con el texto

Vivimos en nuestra propia vida y en las comunidades y grupos que acompañamos, la experiencia de ir al encuentro de la palabra bíblica e interactuar con ella; hay que “dialogar con el texto”, decimos en nuestras reuniones.

¿A ese sentido encontrado le llaman dios y su proyecto? O ¿en esa búsqueda encuentran a dios y su proyecto quien les ayuda a construir una vida con sentido? O ¿en esta búsqueda encuentran a dios y desde esta experiencia descubren y construyen el sentido experimentado como proyecto de dios?

Tenemos, entonces, dos posibilidades:

La primera sería ir directamente al rostro de dios que encontraron, reconocerlo como “verdad revelada” por dios y, como consecuencia, aceptarla, aprenderla, creerla y repetirla como verdad absoluta, eterna e inmutable. Esta sería la manera más tradicional de leer la biblia. 

La segunda posibilidad, que es la que nosotr@s venimos recorriendo, sería no tanto ir a la experiencia concreta de dios que ell@s descubrieron y vivieron, sino volver a vivir la dinámica de esta experiencia, aceptando que el rostro de Dios que descubriremos o construiremos será distinto del que ell@s descubrieron o construyeron porque somos comunidades distintas, en contextos distintos y con búsquedas de sentido distintas. El texto se vuelve normativo no por el resultado sino por el proceso vivido con toda la riqueza y ¿los riesgos? que esto supone.

Nuevas comprensiones, nuevos sentidos, nuevos símbolos

A partir de ahí es claro que cualquier tipo de lectura fundamentalista de los textos bíblicos es insostenible.

Las narraciones y discursos que encontramos, reflejan las condiciones reales de vida de la época, los acontecimientos vividos y las luchas o procesos sociales realizados para encontrar el sentido de la vida.

Es cierto que, tanto en el texto como ahora, encontramos a muchas personas, los y las más pobres, que no tienen ni tiempo ni recursos para buscar el sentido de la vida; solo tienen su fuerza, o la poca que les queda, para trabajar y sobrevivir. Pero sigue latente la pregunta por el sentido: ¿qué sentido tiene vivir así? Algunos, los y las más fuertes, luchan por darle un sentido o por transformarla para que tenga sentido.

La experiencia de dios que realizan contribuye en esta búsqueda y construcción de sentido. Se procesa dentro de esta búsqueda y construcción de sentido. La experiencia de dios que libera, que está de parte de l@s oprimid@s y esclavizad@s, que llama al compromiso liberador y anima al mismo, les ayuda a descubrir que la vida solo tiene sentido si luchan por su liberación y los anima a una acción que los saque de su esclavitud. Y también es cierto que la constatación real de la esclavitud y la falta de sentido que esto tiene, el ansia de libertad y las incipientes organizaciones populares para conseguirla, posibilitan la experiencia de dios como liberador. La experiencia de Moisés de ver y escuchar el dolor de su pueblo le posibilitará hacer la experiencia de dios que ve, oye y conoce el sufrimiento del pueblo y se compromete en su liberación.

Más adelante descubrirán que la vida solo tiene sentido si se liberan de la tiranía de los reyes y vivirán la experiencia profética de dios que propone volver a la experiencia tribal; o descubrirán que la vida sólo tiene sentido si logran volver a su tierra, de donde habían sido deportados y vivirán la experiencia de dios que suscita un nuevo éxodo. Posteriormente, Jesús y su grupo descubrirán que, frente a la realidad del imperio, la única manera de darle sentido a la vida es la solidaridad, el compartir de los bienes y el servicio, y vivirá la experiencia de dios “papito” de todos y todas que quiere una vida plena y abundante para sus hijos e hijas y lo expresarán con el símbolo del “Reino”.

Pero al mismo tiempo, el texto nos hace encontrarnos con otros grupos que construyen otro sentido para su vida; que encuentran el sentido en el poder cada vez más grande, en la acumulación cada vez mayor de riquezas, en la dominación sobre otr@s y la escalada en la pirámide social. Est@s también construirán una imagen de dios que legitime esa opción de vida y nos encontraremos con el dios del templo, el dios de los puros, el dios culpabilizador que nunca se sacia de sangre para calmar su ira y exige sacrificios sin cesar, o el dios que dice que solo una raza tiene derecho a la relación con él, o el dios que excluye a las mujeres y a l@s pobres, el dios que convierte la riqueza en signo de su bendición y la pobreza en signo de su maldición…

Estos grupos y estas experiencias de dios también las encontramos en el texto bíblico, en esa narración del sube y baja de la historia de un pueblo de la que hablábamos antes. Si el texto bíblico fuera un elenco de verdades a aceptar, creer y memorizar, terminaríamos con una confusión mental y vital irremediable. Por el contrario, el texto nos narra estas experiencias y nos invita a optar, a decidir, a darle sentido a nuestra vida, a optar por un absoluto que le dé sentido a nuestras vidas, a abrirnos a la experiencia de dios-sentido dentro de nuestro contexto. En esa confrontación de “dioses”; en la confrontación de absolutos que se nos ofrecen hoy para darle sentido a nuestra vida, ¿cuál es el absoluto por el que optamos como fuente de significado?

La fe, entonces, no es saber y creer en la “verdad” que tiene respuesta definitiva a todas las preguntas posibles que se le puedan ocurrir al ser humano; no es el manual de verdades que da certeza infalible. La fe es búsqueda insaciable de sentido, es la experiencia que anima a vivir de determinado modo; es la opción que orienta la existencia y que abre al compromiso de seguir buscando, de seguir experimentando, de seguir optando siempre en la provisoriedad de la vida; de seguir experimentando a dios en el centro mismo de la vida.

Esta fe, esta experiencia de dios-sentido, se expresará en la construcción de símbolos que manifiestan y alimentan ese sentido; pero serán siempre cambiantes, plurales, contextuados, culturales. Así encontraremos a algun@s que lo manifiestan en el símbolo de colocarse la palabra en las manos, en la cintura, en la frente, en la puerta; a otr@s que sentirán más fuerza en el símbolo de comer pan sin levadura y cordero; algun@s más encontrarán sentido en el símbolo de circuncidarse, mientras que otr@s comenzarán a encontrar el sentido en el hecho de dejar de circuncidarse porque sienten que su significado se ha pervertido; mientras que algun@s encuentran sentido en el símbolo de sentarse a la mesa común y compartir el pan para hacer la memoria de Jesús, otr@s lo encuentran en el hecho de lavarse los pies para hacer la misma memoria y otr@s, quizá, en el símbolo de bautizarse. Para algun@s tiene mucha fuerza el símbolo del pastor o el sembrador, mientras que para quien nunca ha pisado más que el asfalto, tendrán poca relevancia y sentido y necesitarán de otros.

También nosotros y nosotras, hoy, tendremos que construir nuestros símbolos.

¿Un solo dios y un solo pueblo?

Esto nos coloca frente a otro desafío: cómo enfrentarnos al proverbial monoteísmo de la Biblia. Por un lado, se ha considerado siempre como algo central en la fe cristiana. Por otro lado, hoy entra en conflicto con la conciencia positiva de la multiplicidad de experiencias religiosas. Incluso es considerado como un instrumento de dominación y opresión como sucedió en la conquista y colonización de América Latina y en tantos otros procesos históricos. Más recientemente, por ejemplo, en la encíclica Deus caritas est, Benedicto afirmaba: “A la imagen del Dios monoteísta corresponde el matrimonio monógamo”.

Además, entra en conflicto con el mismo texto bíblico que, como hemos visto antes, presenta a muchos dioses o, por lo menos, a un dios con muchos nombres diferentes y con muchas características diferentes. Dios es “Yavé”, es árabe y vive en las montañas, en los truenos y en los rayos, en las nubes y relámpagos; pero también es “el dios de nuestros padres”, caldeo, que no vive en las montañas sino que es nómada y camina con el pueblo en búsqueda de pastos para el rebaño; pero también es “El shaddai”, dios con pecho materno que nutre, y es “sabaoth” terrible señor de los ejércitos, y es “Israel” y es “Elohim”… ¡complicado hablar del dios “único” aunque se afirme rotundamente desde la experiencia fundante del Éxodo!

Profundamente ligado a este monoteísmo: el dios único, está la conciencia de la elección: el pueblo único. Otro asunto que hoy entra en conflicto con la conciencia de la pluralidad y diversidad étnica y cultural; pero que también entra en conflicto con la conciencia universalista de algunos textos proféticos y con los aprendizajes realizados por Jesús de Nazareth como en el caso de la mujer sirio-fenicia o en el del centurión romano.

Creemos y hemos experimentado que otra lectura es posible. El sentido de la unicidad de Dios se encuentra en el mismo texto a partir del hecho y la experiencia de la liberación. “Yo soy Yavé, tu Dios, el que saca de la casa de esclavitud” (Ex 20, 1) y en oposición a otros dioses legitimadores de la esclavitud e impuestos por otros grupos para dar sustento a su postura de dominio; “No tendrás otros dioses fuera de mí” (Ex 20, 3). En este sentido, lo importante es lo que está por detrás del nombre y no el nombre mismo. Puede ser Yavé o Elohim; puede ser Netzahualcóyotl, Olodúm o Huiracocha, no importa; lo que importa es que esta experiencia de dios y esta manera de organizar su vivencia no sean usadas para legitimar opresión. Puede ser Yavé, pero si su nombre es usado para legitimar la dominación de un@s sobre otr@s, esa experiencia religiosa debe ser rechazada y combatida como sucederá con los profetas en tiempos de la monarquía.

El monoteísmo bíblico, entonces, está más al fondo de lo que muchas veces se ha querido manejar para afirmar la superioridad de una experiencia religiosa sobre otra o de una única religión como verdadera. El monoteísmo bíblico consiste en no aceptar como verdaderas, experiencias religiosas que legitiman y justifican la opresión, la dominación, el daño a la vida, especialmente la de l@s más pobres y débiles de la sociedad. El nombre de Dios no puede ser usado vanamente como instrumento de construcción de una estructura social injusta (Ex 20, 7).

Del monoteísmo bíblico se desprende que no creemos y no reconocemos a un dios que condena implacablemente a sus hij@s a penas eternas; que l@s persigue, l@s amenaza, l@s aterroriza, se venga de ell@s de generación en generación; hace caer sobre algun@s plagas y enfermedades, desgracias familiares, muertes repentinas, y un infierno eterno; o que l@s chantajea con promesas de salvación celeste y pos-mortem

Del monoteísmo bíblico se desprende que no creemos y no reconocemos a un dios que condena implacablemente a sus hij@s a penas eternas; que l@s persigue, l@s amenaza, l@s aterroriza, se venga de ell@s de generación en generación; hace caer sobre algun@s plagas y enfermedades, desgracias familiares, muertes repentinas, y un infierno eterno; o que l@s chantajea con promesas de salvación celeste y pos-mortem. Un dios identificado históricamente con grupos de poder, con quien ejerce la fuerza contra el débil, con las dictaduras de los privilegiados; que corona príncipes y bendice guerras de ocupación; justifica torturas y crucifica a su hijo para que le paguen antes que perdonar. Este dios intervencionista, desde fuera; que “arregla” todo con intervenciones milagrosas que rompen los procesos naturales y sociales, que cuando “arregla” las cosas de este modo, más bien las desarregla para los más débiles, no corresponde al “único” al que hay que creerle y es el que suscita experiencias religiosas que llevan a la liberación; el que hace ver, oír y conocer el dolor de l@s oprimidos para comprometerse con ell@s.

En este sentido se necesitaría, también, abrir el tema de la elección y hacerlo saltar del plano étnico al plano social. L@s “hebre@s” elegid@s por dios no son una raza; son l@s “hapiru”, l@s empobrecid@s del sistema. El dios único no es el que caprichosamente elige a una raza y desprecia a las otras; es el dios que siempre se encuentra al lado de l@s desposeíd@s, de l@s empobrecid@s de cualquier raza o pueblo. La fe en el dios único es la experiencia religiosa que impulsa a colocarse del lado de l@s empobrecidos, que anima a descubrir la divinidad escondida en esas humanidades desfiguradas y despreciadas y compromete en procesos sociales de transformación de esas condiciones. No importa que, los nombres con los que se identifica, o las ceremonias rituales con las que se le celebra, o las formulaciones construidas para pautar su experiencia puedan variar y expresarse en formas tan diversas como las culturas de los grupos humanos.

Dios en carne humana, dentro de la historia y de la realidad, situado en el lugar de los oprimidos y excluidos.

Sintetizando todo esto, podemos afirmar que, en el centro de la experiencia de dios expresada en la biblia, se encuentra la experiencia radical de dios en carne humana y dentro de la historia. Es cierto que, desde su cultura, desde su cosmovisión y su comprensión de la vida y dentro de su experiencia evolutiva como pueblo, en el texto bíblico encontramos la afirmación del dios altísimo, del dios separado de la humanidad, pero en contraposición a esta imagen, está la afirmación que recorre la experiencia bíblica de principio a fin: la divinidad está aquí entre nosotr@s; es necesario encontrarla aquí entre nosotr@s.

Se expresará con la imagen del dios que “baja” para liberar en el Éxodo, o del dios que “está tan cerca” en el Deuteronomio, o del dios “niño” de Isaías, o del “esposo” de Oseas; para nosotr@s será fundamental la imagen del dios “hecho carne, acampando entre nosotr@s”; presente y dejándose encontrar y acoger en l@s niñ@s o en l@s hambrient@s, sedient@s, desnud@s, enferm@s y sin techo, por lo que puede afirmarse que “está con nosotr@s hasta el final de los tiempos” y que su nombre es “Emanuel” = Dios con nosotr@s.

Las imágenes son muchas y bellas, evocadoras de la afirmación central de la experiencia de dios narrada en la biblia. A dios hay que encontrarlo acá, la experiencia de dios se realiza en la experiencia del encuentro humano en el camino, especialmente con quien se encuentra con la vida disminuida y amenazada.

Es el dios que se experimenta en el hijo que salva de la esterilidad, la deshonra y el abandono; es el dios que se encuentra en la tierra para poder vivir y alimentar el rebaño; es el dios experimentado en la liberación de la esclavitud o en los líderes y las milicias populares para enfrentar al enemigo.

De acuerdo a las narraciones, especialmente la de Lucas, Jesús no hace experiencia de dios en el templo, en el lugar del culto ni en el cumplimiento de las leyes de pureza excluyente; hace su experiencia de dios en la realidad de la vida cotidiana: en los campos, las casas, las mesas y los caminos; descubre la presencia del proyecto de dios en la mujer que exige justicia ante el juez o en la anciana que comparte hasta lo que no tiene, en el pastor que cuida a su oveja y en el campesino que siembra la semilla, en la mujer que prepara el desayuno, en quien usa otros criterios más solidarios para pagar los salarios o en el compartir el pan.

Es el dios cantado por las mujeres porque lo han encontrado como un dios fiel y misericordioso en la historia, cuando la vida se revoluciona, caen los poderosos y los acaparadores ven como su riqueza amontonada se reparte.

Otros puntos a revisar.

Desde esta perspectiva central que hemos mencionado se necesitaría ir abordando y releyendo otros temas que están exigiendo una reformulación. Podrían ser materia de otras reflexiones posteriores y, por ahora solo los mencionamos.

  • Ø ¿Pecado original, humanidad irremediablemente dañada y necesitada de un redentor? O ¿procesos históricos en busca de humanización?
  • Ø ¿Una costilla, mala desde el principio que solo se redime por la maternidad o la virginidad?
  • Ø ¿Una estructura eclesial, basada en el poder, querida y establecida por dios?
  • Ø El encuentro comunitario con la palabra como camino de libertad y sentido.

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[1] A lo largo del artículo escribiremos Dios con mayúscula cuando nos referimos a la concepción tradicional de la divinidad como absoluto perfectamente definido por Él mismo y que por lo tanto no se puede cambiar. En cambio, usaremos dios con minúscula cuando nos referimos a lo que existe en la realidad, es decir, nuestras formulaciones acerca de esa divinidad, que por lo mismo son relativas.

[2] San Agustín decía que Dios nos ha regalado dos libros: el primero y fundamental es la vida, la realidad, la historia. Como, por causa del pecado nos volvimos ciegos y sordos, incapaces de encontrarlo en ese primer libro, nos regaló el segundo que es la biblia como ayuda para poder leer el primero.

Comentario de Pagola al Evangelio del Dgo26º-B

LUCHAMOS POR LA MISMA CAUSA 

Es fácil que también a nosotros, como a los discípulos, nos parezca que no son de los nuestros, porque no entran en nuestras iglesias ni asisten a nuestros cultos. Sin embargo, según Jesús, «el que no está contra nosotros está a favor nuestro». 

Todos los que, de alguna manera, luchan por la causa del hombre están con nosotros. «Secretamente, quizá, pero realmente, no hay un solo combate por la justicia –por equívoco que sea su trasfondo político– que no esté silenciosamente en relación con el reino de Dios, aunque los cristianos no lo quieran saber. Donde se lucha por los humillados, los aplastados, los débiles, los abandonados, allí se combate en realidad con Dios por su reino, se sepa o no, él lo sabe» (Georges Crespy). 

Los cristianos hemos de valorar con gozo todos los logros humanos, grandes o pequeños, y todos los triunfos de la justicia que se alcanzan en el campo político, económico o social, por modestos que nos puedan parecer. Los políticos que luchan por una sociedad más justa, los periodistas que se arriesgan por defender la verdad y la libertad, los obreros que logran una mayor solidaridad, los educadores que se desviven por educar para la responsabilidad, aunque no parezcan siempre ser de los nuestros, «están a favor nuestro», pues están trabajando por un mundo más humano. 

Lejos de creernos portadores únicos de salvación, los cristianos hemos de acoger con gozo esa corriente de salvación que se abre camino en la historia de los hombres, no solo en la Iglesia, sino también junto a ella y más allá de sus instituciones. Dios está actuando en el mundo. 

José Antonio Pagola