La «Revolución Litúrgica» de Francisco

La centralidad de la Palabra de Dios

La ‘revolución litúrgica’ de Francisco acaba con las misas tradicionalistas y restablece la reforma conciliar «en toda la Iglesia de Rito Romano»

«No veo cómo se puede decir que se reconoce la validez del Concilio – aunque me sorprende un poco que un católico pueda presumir de no hacerlo – y no aceptar la reforma litúrgica nacida de la Sacrosanctum Concilium»

«La no aceptación de la reforma, así como una comprensión superficial de la misma, nos distrae de la tarea de encontrar las respuestas a la pregunta que repito: ¿cómo podemos crecer en la capacidad de vivir plenamente la acción litúrgica? ¿Cómo podemos seguir asombrándonos de lo que ocurre ante nuestros ojos en la celebración? Necesitamos una formación litúrgica seria y vital»

«Abandonemos las polémicas para escuchar juntos lo que el Espíritu dice a la Iglesia, conservemos la comunión, sigamos maravillándonos con la belleza de la liturgia»

El arte de celebrar, advierte el Papa, no se aprende «porque uno asista a un curso de oratoria o de técnicas de comunicación persuasiva», sino que requiere «una dedicación diligente a la celebración, dejando que la propia celebración nos transmita su arte»

Por Jesús Bastante

«No podemos volver a esa forma ritual que los Padres Conciliares, cum Petro y sub Petro, sintieron la necesidad de reformar, aprobando, bajo la guía del Espíritu y según su conciencia de pastores, los principios de los que nació la reforma». El papa Francisco ‘consagra’, en una nueva Carta Apostólica ‘Desiderio desideravi’ (‘Anhelaba el deseo’), la reforma litúrgica que ya apuntara en ‘Traditions Custodes’: fin de la misa en latín, de espaldas al pueblo.

Frente a ello, y sumándose a «los santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II», que «garantizaron la fidelidad de la reforma al Concilio», el Papa expresa la necesidad de que «la Iglesia pueda elevar, en la variedad de lenguas, una única e idéntica oración capaz de expresar su unidad». «Esta unidad que, como ya he escrito, pretendo ver restablecida en toda la Iglesia de Rito Romano», sostiene, en un texto que, a buen seguro, desatará las iras de los sectores tradicionalistas. 

No se puede negar la validez del Concilio

«Sería banal leer las tensiones, desgraciadamente presentes en torno a la celebración, como una simple divergencia entre diferentes sensibilidades sobre una forma ritual», escribe el Pontífice. «La problemática es, ante todo, eclesiológica. No veo cómo se puede decir que se reconoce la validez del Concilio – aunque me sorprende un poco que un católico pueda presumir de no hacerlo – y no aceptar la reforma litúrgica nacida de la Sacrosanctum Concilium».

«Por ello – como ya explicó en Traditionis Custodes- me sentí en el deber de afirmar que “los libros litúrgicos promulgados por los Santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, en conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, como única expresión de la lex orandi del Rito Romano”», deja claro el Papa. Por si acaso, más aclaraciones: «La no aceptación de la reforma, así como una comprensión superficial de la misma, nos distrae de la tarea de encontrar las respuestas a la pregunta que repito: ¿cómo podemos crecer en la capacidad de vivir plenamente la acción litúrgica? ¿Cómo podemos seguir asombrándonos de lo que ocurre ante nuestros ojos en la celebración? Necesitamos una formación litúrgica seria y vital».

La nueva carta, dirigida a los obispos y sacerdotes, pero también al pueblo de Dios, porque los no celebrantes también son protagonistas de la liturgia, como lo fueron los primeros discípulos, deja clara una idea: «Una celebración que no evangeliza, no es auténtica, como no lo es un anuncio que no lleva al encuentro con el Resucitado en la celebración: ambos, pues, sin el testimonio de la caridad, son como un metal que resuena o un címbalo que aturde».

Acercar el Pueblo de Dios a la Liturgia y la Liturgia al Pueblo de Dios

Algo que, lamenta el Papa, ha podido comprobar en sus continuas visitas a comunidades, donde «la forma de vivir la celebración está condicionada – para bien, y desgraciadamente también para mal – por la forma en que su párroco preside la asamblea».

«Lista de actitudes» a evitar

Así, Francisco resume varios ‘modelos’ de presidencia. Hace, incluso, una «Posible lista de actitudes» que «caracterizan a la presidencia de forma ciertamente inadecuada». Son las siguientes: «rigidez austera o creatividad exagerada; misticismo espiritualizador o funcionalismo práctico; prisa precipitada o lentitud acentuada; descuido desaliñado o refinamiento excesivo; afabilidad sobreabundante o impasibilidad hierática».

Todas tienen una raíz común, señala Bergoglio: «un exagerado personalismo en el estilo celebrativo que, en ocasiones, expresa una mal disimulada manía de protagonismo. Esto suele ser más evidente cuando nuestras celebraciones se difunden en red, cosa que no siempre es oportuno y sobre la que deberíamos reflexionar. Eso sí, no son estas las actitudes más extendidas, pero las asambleas son objeto de ese “maltrato” frecuentemente. 

A lo largo de 18 páginas y 65 puntos, el Papa desentraña una meditación sobre la belleza de la celebración litúrgica y su papel en la evangelización. Con una idea clara, que se plasma en el último punto: «Abandonemos las polémicas para escuchar juntos lo que el Espíritu dice a la Iglesia, conservemos la comunión, sigamos maravillándonos con la belleza de la liturgia».

«Necesitamos estar presentes»

Una liturgia que «no es un vago recuerdo de la Última Cena«, sino que «necesitamos estar presentes», sin desfigurar su significado «por una comprensión superficial y reductora de su valor o, peor aún, por su instrumentalización al servicio de alguna visión ideológica, sea cual sea».

Redescubrir la belleza de la liturgia, añade Bergoglio, «no es la búsqueda de un esteticismo ritual que se complace sólo en el cuidado de la formalidad externa de un rito o se satisface con una escrupulosa observancia rúbrica», aunque «hay que cuidar todos los aspectos de la celebración (el espacio, el tiempo, los gestos, las palabras, los objetos, los ornamentos, el canto, la música, …) y observar todas las rúbricas: esta atención sería suficiente para no robar a la asamblea lo que le corresponde, es decir, el misterio pascual celebrado de la manera ritual establecida por la Iglesia».

El misterio de Dios

Pese a todo, «esto no es suficiente», añade el Papa. «Si falta el asombro por el misterio pascual» presente «en la concreción de los signos sacramentales, podríamos correr el riesgo de ser realmente impermeables al océano de gracia que inunda cada celebración».

Educar en la comprensión de los símbolos

Es importante, continúa explicando el Papa, educar en la comprensión de los símbolos, lo que resulta cada vez más difícil para el hombre moderno. Una forma de hacerlo «es, sin duda, cuidar el arte de la celebración», que «no puede reducirse a la mera observancia de un aparato rúbrico, ni puede pensarse en una creatividad imaginativa -a veces salvaje- sin reglas». El rito es en sí mismo una norma y la norma nunca es un fin en sí misma, sino que siempre está al servicio de la realidad superior que quiere custodiar».

El arte de celebrar, advierte el Papa, no se aprende «porque uno asista a un curso de oratoria o de técnicas de comunicación persuasiva», sino que requiere «una dedicación diligente a la celebración, dejando que la propia celebración nos transmita su arte». Y «entre los gestos rituales propios de toda la asamblea, ocupa un lugar de absoluta importancia el silencio», que «mueve al arrepentimiento y al deseo de conversión; suscita el deseo de conversión».

La mesa-misa de Jesús

¿Son nuestras misas una continuación de las mesas-misas de Jesús?

Mesa-misa
Mesa-misa

«Estamos celebrando la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. El Concilio Vaticano II lo dijo claramente: ‘Es la fuente y el culmen de toda la vida cristiana’ (LG 11)»

«Para comprender bien esta última comida de Jesús no podemos separarla de las comidas anteriores e históricas del Señor. Para los judíos sentarse a comer con alguien era signo de comunión de vida, por eso los judíos de aquella época no comían con cualquiera»

«Existe un acuerdo común entre los eruditos bíblicos en que las comidas de Jesús generaron un profundo escándalo y provocaron enemistad con los líderes religiosos judíos»

«Imaginemos por unos minutos la emoción y alegría que habría en esas mesas. Todos salían transformados…»

«¿Son nuestras misas una continuación de las mesas-misas de Jesús? ¿Son nuestras mesas-misas inclusivas, acogedoras, transformadoras, hospitalarias?»

«La invitación es clara: Nutrirnos de Dios y convertirnos en lo que comulgamos. Si comulgamos, queremos convertirnos en lo que comemos»

¿Qué reflejamos? «Miren cómo se aman» decían de los primeros cristianos. ¿Qué dirán de nuestras misas? ¿Seremos acaso expertos en excluir? 

Por | Patricio Lynch

Estamos celebrando la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. El Concilio Vaticano II lo dijo claramente: “Es la fuente y el culmen de toda la vida cristiana” (LG 11) La segunda lectura (Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 11, 23-26) nos lleva a la Última Cena previa a los hechos que llevaron a Jesús a la cruz. Fue una cena especial, sentida, preparada con antelación, una cena íntima y revelatoria. Jesús deseaba compartir esta comida con sus discípulos y amigos: “He deseado con ansias comer esta Pascua con ustedes” (Lucas 22,15) Una mesa preparada, palabras profundas, gestos conmovedores (lavatorio de los pies), intimidad, comunión y un mandamiento de vivir como pan partido y repartido: “Hagan esto en memoria mía”. (Lucas 22:19)

Mesa con Jesús

Para comprender bien esta última comida de Jesús no podemos separarla de las comidas anteriores e históricas del Señor. La última Cena es la culminación de una intensa e intencional actividad de Jesús en su ministerio público: algo tan sencillo como el gesto de sentarse a la mesa y compartir una comida con otros. Jesús era judío y para los judíos, en su mentalidad semítica, la comensalidad era extremadamente importante.

«Es la fuente y el culmen de toda la vida cristiana»

Todos sabemos que compartir alimentos y sentarse a la mesa juntos ayuda a construir relaciones entre unos y otros, favorece las interacciones grupales, acerca posiciones, genera fraternidad. No estamos ante un mensaje neutral e ingenuo de Jesús. Para los judíos sentarse a comer con alguien era signo de comunión de vida, por eso los judíos de aquella época no comían con cualquiera. Sentarse a la mesa con alguien era decirle que estaba en comunión de vida con ese alguien.

Podríamos decirle a Jesús un refrán: “muéstrame con quién comes y te diré quién eres”. En este gesto sencillo y cotidiano de sentarse a comer hay una profunda revelación de Dios. En la persona de Jesús se manifiesta la plena comunicación del misterio de Dios. En sus palabras y obras revela el Reino y al Padre. La comida es instrumento de revelación. La pregunta es: ¿Con quién se sentaba Jesús a comer? 

Existe un acuerdo común entre los eruditos bíblicos en que las comidas de Jesús generaron un profundo escándalo y provocaron enemistad con los líderes religiosos judíos. Decían de él: “He aquí un comilón y un borracho, amigo de recaudadores de impuestos y de pecadores” (Mateo 11:19). Jesús lo tenía claro: vino a servir a los pobres: esta era su misión (cf. Lucas 4,18) Jesús comía asiduamente con los que estaban excluidos de las mesas de los demás, con los “nadie” de la época, con los marginados por el sistema religioso y político. Podríamos decir que la mesa de Jesús era una mesa de marginales.

Mesas de Jesús

La observancia en la ley de pureza era intransigente para los religiosos judíos y esto generó conflicto con el Señor. Jesús fue visto como amigo de los pecadores y publicanos, esos que eran marginados y rechazados.

Imaginemos por unos minutos la emoción y alegría que habría en esas mesas. Los que siempre fueron excluidos eran invitados a sentarse a comer con Él. Experimentaban su amor y calidez acogedora. Todos salían transformados. Su misión era preclara: Jesús vino a darnos vida (cf. Juan 10,10), a hacer de la humanidad una comunidad de hermanos y hermanas, con el sueño y horizonte de una mesa fraterna donde todos tengan un lugar para sentarse.

¿Son nuestras mesas-misas inclusivas, acogedoras, transformadoras, hospitalarias?

No es una utopía sino camino a seguir para quienes nos profesamos cristianos. Nos podríamos preguntar: ¿Cómo son nuestras mesas-misas? ¿Quiénes son los excluidos de nuestras mesas-misas? ¿Son nuestras misas una continuación de las mesas-misas de Jesús?¿Son nuestras mesas-misas inclusivas, acogedoras, transformadoras, hospitalarias?

Muchos tienen la pretensión de decidir quien se sienta a la mesa del altar y quien no. Muchos no han entendido el mensaje de Jesús de no juzgar (cf. Mateo 7,1), que Dios no hace acepción de personas (Hechos 10, 34; Romanos 2,11; Gálatas 2,6; Efesios 6,9), que “no necesitan médico los sanos, sino los enfermos”, que no “ha venido a llamar a justos, sino a pecadores» (cf. Marcos 2,17) y que, como dice el Papa Francisco, retomando una expresión sobre la Eucaristía atribuida a San Ambrosio, “no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles.” (EG 47)

En las mesas de Jesús las relaciones humanas pasaban de la lógica de la dominación, la exclusión y el privilegio a la lógica de la fraternidad, la igualdad y la inclusión. Todos estában invitados a las mesas de Jesús. Por eso Jesús habla del Reino de Dios consumado como un banquete. (cf. Mateo 22, 1-14). Allí hay fiesta, reconciliación, plenitud de fraternidad. 

La Iglesia desde el principio ha entendido que la Eucaristía es el banquete de la comunidad cristiana, en el que todos los miembros de la familia de Dios están alrededor de la mesaalimentados de la Palabra de Dios y del Cuerpo y la Sangre del Señor.

La invitación es clara: Nutrirnos de Dios y convertirnos en lo que comulgamos. Hacemos comunión con la Persona de Jesús que entrega su vida por todos. Celebrar la Eucaristía es recordar su actitud, como decía al principio: la vocación a ser pan partido y repartido. Queremos reafirmar nuestra opción de vivir siguiendo sus huellas.

«La invitación es clara: Nutrirnos de Dios y convertirnos en lo que comulgamos»

Si comulgamos, queremos convertirnos en lo que comemos. Nuestras vidas están invitadas a ser entregadas a los demás como la de Jesús. No puede ser que la Eucaristía sea solo para anestesiar conciencias, cumplimentar con ritos, vaciarse de compromisos. La Eucaristía tiene sentido cuando nuestras vidas se transforman en eucarísticas. ¿Salgo transformado de la Misa? ¿Mi corazón se expande con más lugar para otros cada vez que comulgo? ¿Se genera un proceso de cristificación en mi vida? 

Reconocer la persona de Jesús en los signos sacramentales es una invitación a reconocer la presencia del mismo Jesús en la vida de todos, especialmente de los más pequeños (cf. Mateo 25, 40) Y fíjense que interesante. El reconocerlo en los pequeños y marginados tiene repercusión en la eternidad, pero no si reconocemos o no su presencia en la Eucaristía. ¿De qué sirve reconocer su presencia en la hostia consagrada si menosprecio su presencial real en los pequeños y marginados? Es una tragedia e incomprensión profunda del Evangelio. Santa Teresa de Calcuta decía al respecto: «Que fácil es reconocer a Jesús Sacramentado cuando lo hemos encontrado en el rostro del pobre a quien hemos servido». ¿Es así en nosotros? 

La última cena
La última cena

«Miren cómo se aman» decían de los primeros cristianos. ¿Qué dirán de nuestras misas? ¿Seremos acaso expertos en excluir?»

Estamos llamados a ser fieles a las comidas históricas de Jesús. Nuestras Misas deben ser de Jesús, no son nuestras, pero sí tenemos la responsabilidad de no pervertirlas, de no convertirlas en mesas de club de golf, de grupos ideologizados excluyentes de la diversidad, de mentalidad dual, rigorista y discriminadora. Mesas universales, sí, católicas en su sentido más literal. Me pregunto: ¿Cómo ven nuestras misas la sociedad en general? Sería interesante consultar y escuchar. ¿Qué reflejamos? «Miren cómo se aman» decían de los primeros cristianos. ¿Qué dirán de nuestras misas? ¿Seremos acaso expertos en excluir? 

No es cristiano reconocer la presencia real de Jesús en la Hostia y no reconocer su presencia real en los pobres y marginados. Que la mesa de nuestra Eucaristía sea un espacio de participación, celebración y verdadera fraternidad. Todos estamos invitados a comer, no hay privilegios ni puestos de honor. No hay Eucaristías VIP. No es un premio para los “perfectos” y puros sino una medicina para los pecadores.

Dios tiene un sueño: una humanidad reconciliada, sentada a la misma mesa, celebrando la fiesta del amor fraterno. Jesús lo llamó el Reino. Oremos para que nuestras celebraciones sean una presencia real del sueño de Dios

Corpus Christi

Un Dios a trozos y aparentemente destrozado

Corpus Christi: Un Dios que se da partido, a trozos.

Llamados a ser en común. La Eucaristía nos alimenta y nos empuja para construir y animar nuestra comunidad cristiana. No hay Eucaristía sin comunidad, ni comunidad cristiana si no es eucarística. La comunidad es el espacio donde creemos que podemos acompañar y ser acompañados, generar presencia, anuncio, denuncia y otro estilo de vida. En el detalle pequeño y oculto se despliega la fuerza radical del resucitado que se hace presencia real y oculta más allá de lo que tú comtemplas

Por José Moreno Losada

Queremos crear, desde el amor de Cristo que se nos da como pan, espacios liberados donde el que sufre, encuentra consuelo; donde el sediento, encuentra fuentes de vida y ánimo para saciarse y seguir caminando; donde el que necesita cuidado, acogida y cariño, encuentra la cercanía del otro que le dignifica y le reconoce en su dignidad de humano y de hijo de Dios. La dimensión socio caritativa de nuestra fe y de nuestras comunidades, alimentada eucarísticamente, ha de ser priorizada en nuestras parroquias, asociaciones, movimientos, congregaciones, en toda la Iglesia. Cáritas es un instrumento de concienciación y animación en este sentido, que nos invita a construir la casa de todos.

 Desde la comunidad cristiana, sabiendo que gente pequeña con cosas pequeñas y en pequeños lugares, vamos transformando como levadura y sal el mundo. El horizonte eucarístico de la Iglesia está claro: habitados y alimentados por la presencia real de Cristo en la Eucaristía, estamos llamados a ser eucarísticos, a ser pan partido y comido por los hermanos, especialmente por los que tienen hambre y sed de justicia. Así seremos los cristianos, prolongación de esta presencia real eucarística en medio del mundo, entre los hermanos, y seguiremos caminando hacia la Vida Eterna.

Correos de sacramentalidad y presencia real

ordenador

Así lo siento hoy al recibir un correo electrónico en mi dirección de la universidad:

“Soy …, alumna de doctorado de la facultad y ocasionalmente profesora sustituta en el departamento… Pero le conozco por otro motivo. Tuve el placer de conocerle cuando ofició el funeral de mi hermana. Tengo un agradable recuerdo de esa misa. Consiguió que el momento más doloroso de mi vida fuera bonito y mi hermana tuviera la despedida que se merecía, algo que alivió en gran medida nuestro dolor y que le agradeceremos siempre. Para que recuerde de quién se trata, le paso las bellas palabras que escribió en el periódico sobre ella… En esta ocasión le escribo porque el próximo año me gustaría casarme y desde el entierro de mi hermana supe que, llegado el momento, le pediría a usted si podría oficiar la boda. Para mí es importante porque creo que mi hermana estaría de alguna manera presente ese día con nosotros si usted oficiara la misa, pero también porque creo que tiene una sensibilidad especial para recoger el sentir de las personas a las que acompaña. A nosotras, en un ratito, supo conocernos bien. Por estos motivos, a mi pareja, Ángel, y a mí nos alegraría enormemente que pudiera estar con nosotros ese día.”

Repaso aquella nota del cuaderno de vida, ante la celebración del Corpus próximamente, y veo que es la mística del Dios troceado que hace pan de gloria y vida donde muchos sólo ven límites y exclusión… la presencia real de Cristo.

Un regalo divino y una madre “héroe”

madre

Me comunica el compañero de la parroquia que ha fallecido una persona de nuestra demarcación parroquial, que si puedo realizar su funeral el miércoles en la mañana. Me dice que es una chica de treinta y dos años, pero que no tenemos más referencias. Me paso hoy por el tanatorio, a última hora de la noche antes de regresar a casa, para conectar con la familia y situarme de cara al funeral que voy a celebrar mañana para orar por esta persona fallecida, junto a su familia y conocidos.

Al llegar me saludan conocidos de la parroquia que van a dar su sentido pésame a la familia y ya me dan pormenores interesantes de la situación. Alicia, la fallecida, tenía treinta y dos años y ha sufrido parálisis desde su nacimiento, siendo dependiente total. Su madre quedó viuda cuando ella tenía ocho años y otra hermana, Sara, cinco. Ha luchado  y se ha entregado por sus hijas como una “madre héroe”, sobre todo por la que más la necesitaba. Después del saludo, con su madre y su hermana, enseguida brota su sentir en estos momentos de dolor. Y según me van relatando lo que sienten y viven ante la muerte de la hija y la hermana, me voy sintiendo bañado de evangelio y de gracia vivida a borbotones. Su visión creyente y agradecida de la vida de esta criatura amada para ellas, me hace  emocionarme de encontrar tanta fe en la vivencia de una enfermedad y una limitación tan profunda.

Toda una vida llena de vida: presencia real

Al nacer, le pronosticaron un año de vida, consideran un regalo de Dios haberla tenido  más de treinta. Sara me dice, que la gente no puede imaginarlo, pero la sensibilidad que ella ha adquirido en la relación con su hermana es algo que no puede compararse con todos los estudios de su vida, ni con la riqueza. Su madre me dice que tiene una paz y una serenidad, en medio del dolor, de haber sido fiel en el amor, de haber amado y sentirse amada por ella, y que ahora todo su amor se centrará en Sara, a quien ha descuidado más porque podía volar por ella misma. Le sostiene la esperanza de que ahora va a ser cuidada por su padre, que ya la adelantó en el morir, y por el Buen Dios, que siempre ha estado junto a ella y ahora la tiene ya consigo para siempre. Tras orar con ellos ante el cadáver cuidado y rodeado de bellas flores blancas, de sencillez, pureza y hermosura, me vengo a casa, callado en el coche, dejando que el eco del encuentro se repita y se repita, y en él encuentro respuesta a esa pregunta tan constante para el hombre, sobre todo ante el dolor, la debilidad, la limitación: ¿Dónde está Dios?

Ante Alicia, ¿Dónde estaba Dios?

Y siento que el propio eco de lo recibido en minutos, se me hace grito y respuesta a la luz del evangelio que se ha hecho vida en esta persona y en la relación vivida con los suyos. Una vez más lo que dice el evangelio no es verdad porque lo diga el evangelio, sino porque es verdad en la vida, pasa realmente. Y así lo creo, se vuelve a cumplir lo de la verdadera señal de Dios:

“Esta es la señal, un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”

Dios se ha revelado en Alicia:

–          Envuelta en pañales y acostada en un pesebre: dependiente.

Dios se ha hecho fuerte en tu debilidad. Tú has  vivido y has luchado en tu limitación, has sido un referente de esfuerzo y lucha por vivir. Has llegado a la meta, lo has conseguido, has entrado triunfante en la gloria.

Dios ha sacado lo mejor de mucha gente desde tu debilidad.

Has sido sentido y sentimiento de Dios por el camino de lo frágil, de lo que no cuenta para el mundo ni para la sociedad. Nadie puede imaginar lo que tú valías, tu verdadero valor en el amor, nada más que los que te han querido y el Dios de la vida que ahora te ha protegido para la vida eterna.

No hay duda de que serás tú la que les abras la puerta del cielo a todos tus seres queridos cuando allí lleguen.  Y  con cantos, salto, brincos y carreras les abrirás todas las estancias, los caminos, las praderas del gozo y de la vida.

–          Rodeada de cariño y cuidados: Mayores. Abuelas, tíos, primos, jóvenes, niños…cuidados.

Dios se ha revelado sonrisa en tu rostro.

Juego en tu inocencia

Alegría en tu relación.

Gozo en lo gozado por ti.

cruz

Y en ti, Dios, ha sido fuente de cariño y de bondad para muchos.

–          Piedra angular: Centro de vida para su madre y su hermana.

La piedra que desecharon los arquitectos –un año- ha sido piedra angular, un edificio triangular, rodeados de su familia. Nada de descarte, clara opción: no ha sido un castigo ha sido un regalo de Dios. Dice su madre: “Tu nos la diste y ahora te la entregamos agradecidos y esperanzados, sabiendo que tú la vas a cuidar con mimos divinos que acabarán con todos sus límites.”

–          Fuente y Lugar de la mayor sensibilidad.

Dice su hermana: No seríamos las personas que somos sin ella, no sentiríamos lo que sentimos, ni con todos los estudios del mundo.

Nos has dado la riqueza de sentir de un modo especial y único, que no todos lo entienden ni lo comprenden, lo que Dios enseña a los sencillos de corazón.

–          Oración de la madre ante la vida ultimada de Alicia:

¿Cómo te podremos pagar Señor, todo el bien que nos has hecho con Alicia?

–          Alzaremos la copa de la salvación e invocaremos tu nombre, y anunciaremos ante toda la asamblea que el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres.

 Grande porque nos eligió para ser portadores del tesoro de la vida de Alicia, un tesoro en vasija de barro, que hemos cuidado con amor hasta su último suspiro.

 Porque has atendido nuestro ruego pedigüeño de que no sufriera para morir y que  ella  me antecediera en la marcha  y se fuera abrazada maternalmente hasta el último momento, para que así me puedas abrir las puertas del paraíso cuando  llegue yo también a la plenitud, contigo y con papá, y  allí nos encontremos definitivamente para no morir ni sufrir, sino solo gozar llenos de vida y de ilusión sin fin”

 Aquel día como sacerdote, fui a conocer, consolar, y salí confortado, reconocido y fortalecido en mi fe. Gracias Alicia, gracias familia, que Dios os bendiga y sintáis pronto el ciento por uno de todo lo amado. Ya no te veremos en tus sillas de ruedas, en tus paseos por el barrio y la zona, ahora serás tú la que, gloriosa desde el cielo, nos veas, nos sonrías y nos alegres la vida a los que vamos deambulando y muchas veces tropezando por este valle de esperanza.

Ese día comulgamos con el Cristo glorioso en la celebración eucarística de despedida de Alicia, pronto, Dios mediante, lo haremos también con la misma presencia de Cristo resucitado en el pan de la Eucaristía, cuando celebremos el amor de esta pareja, Sara  -su hermana- y Ángel. Gracias Padre por hacerte cada día pan partido en el camino de la vida y alimentarnos a los que te buscamos en la vida de lo diario y en el corazón de lo humano.

La vida cristiana gira en torno al misterio pascual

Que nuestras obras muestren que creemos en la resurrección

Que nuestras obras muestren que creemos en la resurrección
Que nuestras obras muestren que creemos en la resurrección

«‘Si Cristo no resucitó vana es nuestra fe’ (1 Cor 15,14). La resurrección de Jesús fue la superación de su muerte con el ‘sí’ de Dios a toda su vida»

«Estamos cercanos a celebrar nuevamente el misterio pascual y podríamos preguntarnos qué gestos, qué signos, qué señales harían creíble para nuestros contemporáneos nuestra fe en la resurrección del Señor»

«Creemos en la resurrección y la testimoniamos cuando defendemos la vida, toda vida. Haría falta que nuestra voz se levante más claramente en todas las circunstancias donde la vida está en peligro»

«Creemos en la resurrección cuando nos ponemos del lado de las víctimas. Creemos en la resurrección cuando cuidamos la creación. Creemos en la resurrección cuando apostamos por una iglesia sinodal»

«La forma cómo la iglesia hoy está organizada, no está siendo un testimonio creíble para muchos. No podrá ser la iglesia en la que se palpe que la resurrección de Jesús nos convoca y nos anima en todo nuestro compromiso»

«Que la Semana Santa que celebraremos esta próxima semana, nos comprometa a dar un testimonio de la resurrección de Jesús a través de todas nuestras obras»

Por Consuelo Vélez

La vida cristiana gira en torno al misterio pascual. “Si Cristo no resucitó vana es nuestra fe” (1 Cor 15,14), resurrección que no solo es un recuerdo del pasado, sino que se sigue viviendo cada vez que se pasa “de la muerte a la vida” en nuestra historia actual.

La resurrección de Jesús fue la superación de su muerte con el “sí” de Dios a toda su vida. Ante el aparente triunfó de aquellos que gestaron su asesinato, se fue generando un movimiento de seguidores que afirmaban que Jesús había resucitado y seguía vivo entre ellos. Y no se quedaban en repetir las frases sino en mostrar con su vida que eso era así. Se notaba por “las obras y prodigios que realizaban en el pueblo” (Hc 5, 12) y sobre todo por el amor que vivían entre ellos: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos” (Hc 4, 32).

Estamos cercanos a celebrar nuevamente el misterio pascual y podríamos preguntarnos qué gestos, qué signos, qué señales harían creíble para nuestros contemporáneos nuestra fe en la resurrección del Señor. Cómo decirles no solo con palabras, sino sobre todo con hechos, que la vida del Resucitado nos sigue impulsando hoy a comprometernos para transformar las realidades de muerte en realidades de vida. Intentemos proponer algunas actitudes pero que cada cual señale las que cree son más necesarias.

Creemos en la resurrección y la testimoniamos cuando defendemos la vida, toda vida y en todas las circunstancias. A veces los cristianos somos muy dados a levantar la voz cuando se habla del inicio de la vida o del final de la misma, pero olvidamos la vida de los niños, de los jóvenes, de los adultos y, sobre todo, la vida de los más empobrecidos, excluidos, marginados. Haría falta que nuestra voz se levante más claramente en todas las circunstancias donde la vida está en peligro. Ha sido muy valiosa la voz de los obispos del pacífico colombiano que han hablado claro y de manera contundente defendiendo la vida de sus comunidades de la convivencia de los alzados en armas con las fuerzas estatales. Verdaderamente han levantado su voz y corren peligro, pero si no hacen, desdicen del evangelio que predican.

Creemos en la resurrección cuando nos ponemos del lado de las víctimas, de los que exigen sus derechos, de los que trabajan por hacer de este mundo, un lugar posible para todos y todas. Aquí muchos rostros encarnan esas realidades: las mujeres, los indígenas, los negros, los jóvenes, la población de diversidad sexual, los migrantes, y podríamos nombrar a otros colectivos que realmente son excluidos y marginados, que no gozan de los derechos que por ser personas les pertenecen.

Creemos en la resurrección cuando cuidamos la creación, casa común para el bien de toda la humanidad. Está siendo muy difícil que los gobiernos tomen las medidas necesarias para detener la devastación ambiental. Además, los poderosos nos convencen de que es necesario generar ingresos y por eso no se pueden tomar otras alternativas. Y entonces ¿cuándo empezaremos a cuidar la creación? Recordemos que la resurrección no es solo de las personas sino de toda la creación, como lo dice Pablo en la primera carta a los Corintios: “Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos” (15, 28). La “nueva creación” como se suele llamar en los estudios de escatología no será algo nuevo que baje del cielo, sino este mismo mundo cuidado por quienes lo habitamos.

Creemos en la resurrección cuando apostamos por una iglesia sinodal, es decir, por una iglesia comunión, una iglesia donde todos y todas puedan sentirse en igualdad de condiciones, con los mismos derechos y deberes. La Iglesia es sacramento de Cristo Resucitado, por lo tanto, si no se esfuerza por mostrar los valores del reino, no puede hacer presente al Señor en medio de su pueblo. Y el papa Francisco ha propuesto el sínodo sobre la sinodalidad porque es consciente de que la forma cómo la iglesia hoy está organizada, no está siendo un testimonio creíble para muchos.

Mientras no haya más espacios de participación para el laicado -mujeres y varones-, no se acabe el clericalismo -no sólo de los mismos clérigos sino de tanto laicado que lo fomenta- y mientras no sea una iglesia en salida, es decir, una Iglesia con las puertas abiertas que salga hacia las periferias humanas (…) que no tema herirse o accidentarse por salir a la calle en lugar de quedarse como una iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades (…) Una iglesia con menos miedo a equivocarse y más a quedarse encerrada en sus estructuras, en las normas que la vuelven implacable, en las costumbres donde se siente tranquila mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: ‘dadles de comer’ (Mc 6, 37) (Evangelii Gaudium nn. 46.49), no podrá ser la iglesia en la que se palpe que la resurrección de Jesús nos convoca y nos anima en todo nuestro compromiso.

Que la Semana Santa que celebraremos esta próxima semana, nos comprometa a dar un testimonio de la resurrección de Jesús a través de todas nuestras obras. Los discípulos afirmaban: “Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos de ello” (Hc 3, 15) y hoy somos nosotros los que hemos de seguir dando este testimonio. El Señor nos lo confía, esperemos no defraudarlo

Viernes Santo

¿Se puede celebrar la muerte de Jesús?

Viernes Santo
Viernes Santo

«Sí podemos debemos celebrar el amor con que Jesús, apasionado por construir un mundo fraterno, se jugó y entregó la propia vida»

En el  Crucificado se revela esa  Presencia  de amor que da sentido a la vida humana  que hará justicia a tantas víctimas de la historia. En la liturgia del Viernes Santo invocamos “¡Oh cruz, nuestra esperanza!”

«Urge intensificar la fe  experiencia cristiana que suscita la muerte de Jesús por amor, abriendo camino para una nueva presencia pública de la Iglesia en nuestra sociedad»

Por Jesús Espeja

Jesús murió porque los seres humanos somos capaces de matar incluso al inocente. La inquina de Caín contra su hermano es lamentable, no se celebra. Por eso el viernes santo trae un recuerdo de tristeza y soledad porque significa la muerte violenta del justo  que una y otra vez ennegrece nuestra historia.  Pero sí podemos debemos celebrar el amor con que Jesús, apasionado por construir un mundo fraterno, se jugó y entregó la propia vida.

La muerte de Jesús no fue para aplacar a una divinidad airada por nuestras ofensas y celosa de que, sea como sea, reparemos su honor. Esa divinidad es invento nuestro; nada tiene que ver con el “Abba”, amor gratuito e inabarcable, invocado por Jesús de Nazaret. Nos ama cuando todavía  no correspondemos a ese amor.

La muerte de Jesús fue la expresión del amor que es Dios mismo, encarnado en la humanidad.  La misma Presencia de amor en que habitó, actuó y proclamó Jesús el Evangelio, estuvo dentro del Crucificado dándole  inspiración y fuerza para su entrega  libre y por amor. Y eso es lo que celebramos los cristianos el viernes santo: la misericordia entrañable de Dios encarnada en el corazón de la humanidad.

Crucifixión de la catedral de Burgos
Crucifixión de la catedral de Burgos

¡Cómo ilumina y consuela esta celebración en un mundo todavía en tinieblas y en sombras de muerte! Una y otra vez retoña ese anhelo de vida, la humanidad no se resigna y se levanta de sus propias cenizas. En el  Crucificado se revela esa  Presencia  de amor que da sentido a la vida humana  que hará justicia a tantas víctimas de la historia. En la liturgia del Viernes Santo invocamos “¡Oh cruz, nuestra esperanza!”

En Semana Santa son frecuentes las solemnes procesiones. En el encuentro con Dios todos estamos en camino, y nos somos quienes para juzgar a los demás. ¿qué sabemos de los sentimientos que respira un sufrido costalero bajo unas pesadas andas? Pero, cuando la religión cristiana pierde presencia social pública, no debemos quedar solo con las procesiones tradicionales. Urge intensificar la fe  experiencia cristiana que suscita la muerte de Jesús por amor, abriendo camino para una nueva presencia pública de la Iglesia en nuestra sociedad.

Jueves Santo

La eucaristía, cuidado singular de Jesús a sus discípulos

Que nos lavemos los pies unos a otros

Por | Rufo González

Comentario: “Lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13,1-15)

Titulares sobresalientes del Vaticano II sobre la eucaristía: “Fuente y cima de toda la vida cristiana” (LG 11). “En ella se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo… Es fuente y culminación de toda evangelización… Es el centro de toda la asamblea de los fieles que preside el presbítero” (PO 5). “Ninguna comunidad cristiana se edifica sin que tenga su raíz y quicio (`radix´, `cardo´: bisagra, gozne, pernio, charnela) en la celebración de santísima Eucaristía” (PO 6). “El Señor dejó a los suyos prenda de su esperanza y alimento para el camino” en la Eucaristía (GS 38). Comentar estos titulares es una hermosa homilía.

La Cena de Jesús, “la original”, tiene pocas afinidades con la misa, su “reproducción” hoy. Celebra idéntico misterio: el cuidado de Jesús a sus discípulos: acompaña, inspira y alimenta. El modelo actual presenta casi toda la vida eclesial activa: une, reconcilia, habla, dialoga, recuerda la entrega de Jesús, reúne a vivos y difuntos, alimenta, agradece, envía al reino. Pero sigue, como escribe Pepe Mallo, “el excesivo ritualismo, ataviado con ropajes, expresiones, ademanes, que más bien asemejan una representación teatral que al recuerdo de la Cena del Señor. De expresar servicio ha pasado a “ser vicio”, de “cena” a “escena”. La ostentación es reflejo evidente de privilegio y poder… Afán exhibicionista: bicornios mitrales, lujosos báculos, vistosas cruces pectorales, casullas multicolores… Ostentación y segregación, separación de clero y fieles. ¿Qué aportan al recuerdo de la Cena del Señor los “ornamentos”? Lo define la propia palabra: adorno, suntuosidad, ornato. Jesús se pronunció contra el vestido como ostentación sacral: “¡No hagáis como ellos hacen!… pues agrandan sus distintivos religiosos (filacterias) y alargan los adornos (flecos) de sus mantos” (Mt 23,5)… Jesús y discípulos vistieron como hombres y mujeres de su tiempo, sin distinguirse por la ropa” (Blog “Atrévete a orar”. RD 05.03.2022). Sin duda, caben configuraciones nuevas, más inteligibles y eficaces pastoralmente. 

Juan sustituye el relato la Cena (ya en Jn 6, 23-50) por el lavatorio de los pies. Es un signo del cuidado fraternal que exige la Eucaristía. “El abuso de la celebración de la Eucaristía, según Pablo, no es la alteración de ritos, pues cada comunidad tenía sus ritos y y costumbres, sino el no compartir los alimentos con los hermanos más necesitados” (F. Bermúdez, “Nos va la fiesta. Recursos para celebraciones de la fe”. Pág. 19. Moceop. Albacete 2020) Sin cuidar de los hermanos, la eucaristía es una farsa, un sinsentido, un absurdo, un imposible cristiano: “vuestras reuniones causan más daño que provecho… ¿Tenéis en tan poco a la Iglesia de Dios que humilláis a los que no tienen?” (1Cor 11,22).

También en la cena de Jesús había egoísmo mezclado con amor. El egoísmo de Judas Iscariotes busca poder, dinero y brillo, produce envidia e insolidaridad, acarrea traiciones, mentiras… También la protesta de Pedro expresa egoísmo: no quiere que se pierdan las categorías y rangos mundanos. Tras la resurrección lo entenderá. El amor brilla en Jesús: “Os he dado ejemplo para lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”. Jesús, Maestro y Señor, ama y cuida sin imposición. Contagia el amor gratuito del Padre. Nos da su Espíritu para que sigamos su camino de cuidados a toda la creación. Capacita para actuar como el Padre “que hacer salir el sol y bajar la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5,45). 

Oración: “Lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13,1-15)

La eucaristía, Jesús, es “la hora” de tu entrega definitiva:

tras percibir que puedes ser asesinado de inmediato;

tras redoblar la confianza en el amor del Padre;

tras querer expresar a los discípulos el sentido de tu vida;

decides dejarles el memorial de tu presencia definitiva:

tu cuidado permanente, tu cercanía asombrosa…

Tu presencia resucitada nos cuida de muchos modos:

dándonos tu Espíritu en el agua bautismal;

fortaleciéndonos para ser tus testigos;

perdonando nuestros desvaríos sin cesar;

convocándonos en tu nombre:

para hacer memoria de tu vida entregada,

para dar gracias al Padre contigo por su Amor,

para alimentarnos con el pan y el vino de tu presencia;

consolándonos en la debilidad enferma de nuestra vida;

bendiciendo nuestros amores interpersonales;

desplegando carismas de servicio para el cuidado común;

haciéndonos ver tu presencia en cualquier necesitado…

El problema somos nosotros, tan limitados:

tardos en entender y en vivir tu presencia;

apegados a fuerzas opresoras por dentro y por fuera;

cegados por el ajetreo diario sin ver tu voluntad amorosa;

sordos al cuidado de los más débiles y empobrecidos.

Tu reino es fruto del cuidado fraternal:

que nace del amor del Padre, dador de vida;

que respeta y procura derechos y deberes humanos:

“derechos y deberes universales e inviolables… 

lo que necesitamos para una vida verdaderamente humana,

como son el alimento, el vestido, la vivienda,

el derecho a la libre elección de estado y a fundar una familia,

a la educación, al trabajo, a la buena fama, al respeto,

a una adecuada información,

a obrar de acuerdo con la norma recta de la conciencia,

a la protección de la vida privada

y a la justa libertad también en materia religiosa” (GS 26).

Adelantando muerte y resurrección, te haces cuidado ilimitado:

acompañas y trabajas como el Padre en nosotros (Jn 5,17);

creas una singular presencia de cuidado permanente:

presencia real, segura, de Hijo de Dios y Hermano nuestro.

Al comer el pan y beber el vino en memoria tuya,

nos dejamos asimilar por Ti, Jesús resucitado;

nuestra vida se va transformando en vida como la tuya;

nos “ceñimos con toalla” de servicio hasta la muerte;

“lavamos y secamos los pies” para que tengan vida;

no imponemos más leyes que el Evangelio;

alentamos ministerios y carismas de cuidado servicial;

así hacemos tu fraternidad, tu Iglesia.

Preces de los Fieles (Jueves Santo. 14.04.2022)

La Cena de Jesús y el Lavatorio de los pies son la esencia de nuestra fe, de nuestra vida cristiana, de nuestra Iglesia. Cenar con el Señor y lavar los pies a los hermanos es nuestra actividad esencial. Pidamos centrar nuestra vida en el cuidado servicial, diciendo: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por toda la Iglesia:

– que promueva y viva los derechos y deberes humanos;

– que sea espejo de transparencia, de respeto, de ayuda mutua…

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por las intenciones del Papa (abril 2022):

– que “los sanitarios atiendan enfermos y ancianos, sobre todo en los países más pobres”;

– que “el personal sanitario sea apoyado por los gobiernos y las comunidades locales”.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por los servidores de las comunidades:

– que sean elegidos por todos, sin discriminación de género ni estado civil;

– que los obispos y presbíteros casados puedan ejercer su ministerio del Espíritu.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por la comunidad internacional:

– que evite las tragedias humanas: guerras, refugiados, hambrunas…;

– que cuide el reparto de los bienes para que lleguen a todos.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por los más vulnerables:

– que sean el centro de nuestra preocupación y cuidado;

– que se unan y trabajen por solucionar sus problemas.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por esta celebración:

– que nos dé a gustar internamente la alegría del amor;

– que nos vincule a unos con otros para el cuidado mutuo.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Bendice, Señor, nuestros deseos. Danos tu Espíritu que nos anime al servicio y cuidado mutuos, siguiendo tu camino. Te lo pedimos a ti, Jesús resucitado, que vives por los siglos de los siglos.

Amén.

El lavatorio de los pies del Jueves Santo

Francisco lavará mañana los pies a 12 personas privadas de la libertad

De nuevo, Francisco lavará los pies a 12 reclusos
De nuevo, Francisco lavará los pies a 12 recluso

Por Hernán Reyes Alcaide, corresponsal en el Vaticano

Una vez más, el Papa mostrará en Jueves Santo su cercanía con los detenidos. Pese a las reticencias vaticanas por confirmar la noticia, ya es seguro que el pontífice visitará a los presos de la Cárcel de Civitavecchia, un complejo penitenciario de la región Lacio que hospeda a 500 personas privadas de su libertad. 

Estamos agradecidos al Santo Padre por haber elegido, una vez más, una periferia existencial, un lugar de proximidad para relanzar un mensaje de cercanía y esperanza. al mundo», planteó en declaraciones a la prensa el jefe de los capellanes de las cárceles de Italia, el padre Raffaele Grimaldi.

Papa y presos

«Lavar los pies de 12 presos, inclinarse ante su pobreza y debilidad, lavar los pies de quienes han recorrido caminos de violencia, pisotear los derechos de los inocentes significa para nosotros trabajadores un gesto humilde, incomprensible y escandaloso que Jesús Buen Pastor, entregó a la humanidad”, agregó Grimaldi.

Francisco celebrará laMisa Crismal en la Basílica Vaticana a las 9.30 de la mañana de este jueves y al día siguiente, antes del Via Crucis, se hará la representación de la «Passio» del Señor en la Basílica de San Pedro a las 17:00 de la capital italiana. El Via Crucis del viernes santo, tras dos años de pandemia, volverá al tradicional Coliseo romano.

El 16 de abril, el Papa celebrará la Vigilia Pascual a las 19.30 en la Basílica de San Pedro y al día siguiente, Domingo de Pascua, la misa será a las 10en la Plaza de San Pedro.

Tras la misa, Francisco dará la bendición Urbi et Orbi desde la logia central de la Basílica a las 12, en la que el Papa hará su tradicional mensaje dedicado a las problemáticas de la actualidad, con epicentro en la guerra en Ucrania.

La de Civitavecchia será la quinta prisión que visita Francisco como Papa en Jueves Santo, tras la de Velletri en 2019; la cárcel Regina Coeli de Roma, a pocos pasos del Vaticano, en 2018; la de Paliano en 2017; la de Rebibbia en 2015; y el centro de detención para menores de Casal de Marmo en 2013, al poco de haber sido elegido Papa.

 SEMANA SANTA 2022

 en Torrubia del Campo

Nos preparamos a celebrar el Misterio Pascual participando en el Proceso Sinodal que nos propone el Papa Francisco

Por un cambio pastoral viviendo la comunión, la participación y la misión en la Iglesia

 Les invitamos a participar en las celebraciones que tenemos esta Semana Santa

Si seguimos y contemplamos los pasos de Jesús:
Será como un libro abierto y vivo, lleno de enseñanzas y lecciones

En esta semana Santa

Vemos hasta dónde llega el dolor y hasta dónde llega el amor.
Vemos al que bajó hasta lo más hondo y oscuro del sufrimiento humano.
Vemos que el hombre condena a Dios: Nació marginado (no hubo para él lugar en la posada),
y le echó fuera de nuestro mundo al ponerlo en la cruz.

Y El sigue entre nosotros, en cada uno de los marginados, de los que no tienen sitio en nuestro mundo.
Vemos a Cristo ofreciendo su perdón desde la Cruz.
Le vemos entregando su vida, su Cuerpo y su Sangre en la Cena.
Y vemos que el amor es más fuerte que la muerte.

Al final es la Vida: La Vida en plenitud.

JUEVES SANTO 14 de abril

«Haced esto en memoria mía»

19:30 Celebración de la Cena del Señor  
21:00 Procesión Camino del Calvario    
22:30 Hora Santa  

VIERNES SANTO 15 de abril

«Y nos amó hasta el extremo»
10:00 Procesión Vía Crucis             
19:30 Celebración Muertedel Señor                                                 
21:00 Procesión del Santo Entierro  
00:00 Bajada del Santo Sepulcro

SABADO SANTO 16 de abril

21:00 Vigila Pascual

¡Ha resucitado! ¡Aleluya!

DOMINGO DE RESURRECCION 17 de abril

9:00 Procesión del Encuentro y

Eucaristía – Resurrección del Señor

 

Domingo de Ramos: Muerte y resurrección de la iglesia

Domingo de Ramos 2022
Domingo de Ramos 2022

En la línea de las tres “postales” anteriores  con su documento  de reforma de la Curia Vaticana (Anunciad el evangelio), el Papa Francisco  está proclamando y anticipando de hecho  la “muerte y resurrección” de la iglesia.

–  Unos pueden decir y dicen que esa muerte es una buena noticia: Lo mejor que le puede suceder a un tipo de iglesia actal es que se derrumbe y termine, como el templo de Jerusalén, para que, en su lugar, pueda surgir una iglesia verdadera, sin poder sacral, sin imposiciones de conciencias, sin negocios de dinero. Sólo entonces, cuando caiga este «templo», se podrá hablar de una iglesia liberada para la fraternidad del evangelio.

– Otros pueden decir y dicen que este Papa Francisco, quizá sin saber bien lo que hace, está dinamitando manera nefasta equivocada la Iglesia Católica, de forma que no no es Vicario de Cristo, sino del Anticristo. Por eso hay que esperar que sus reformas pasen, pues los papas también mueren, para que venga un verdadero Pontífice, que ponga de nuevo poner las cosas en su sitio.

            No puedo entrar en esa temática concreta. Muchos de mis lectores saben lo que pienso. Sólo qiero seguir pensando y caminando en la línea de Jesús  y  para ello ofrezco un pequeño comentario del evangelio del Domingo de Ramos, con el anuncio de la «ruina» del Templo de Jerusalén con la auténtica pascua de Cristo. Buen comienzo de Semana Santa a todos.

Por | Xabier Pikaza teólogo

Evangelio: Entrada de Jesús en Jerusalén, anuncio de la destrucción del templo (Mc 11)

Mc 11: Llegaron a Jerusalén y 7  le trajeron un pollino, echaron encima sus mantos y se sentó sobre él.8 Muchos extendieron sus mantos por el camino; otros, follaje cortado de los campos. 9 Los que iban delante y los que le seguían, gritaban: «= ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! 10 ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! = ¡Hosanna = en las alturas!»…

y entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas 16 y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo.17 Y les enseñaba, diciéndoles: «¿No está escrito: = Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las gentes? = ¡Pero vosotros la tenéis hecha una = cueva de bandidos! . (Por eso caerá y no quedará de ella piedra sobre piedra….).18 Se enteraron de esto los sumos sacerdotes y los escribas y buscaban cómo podrían matarle; porque le tenían miedo, pues toda la gente estaba asombrada de su doctrina.

Caída del templo, caída de un tipo de Vaticano.

 Conforme a este lectura, resulta conveniente (inevitable) que caiga o se abandone un tipo de templo eclesiástico, como el sepulcro de Jesús, que estaba vacía, pero no para elevar en su lugar otro semejante (que todo cambie, para que siga siempre igual), sino para tomar el «carro de vida de Dios» (profeta Ezequiel) , para que puedan subirse en ellos expulsados y negados de la historia actual,  para recorrer con ellos los caminos de Dios.

Expulsión de los mercaderes del Templo - Wikipedia, la enciclopedia libre

Muchas piensan  dificultades actuales no se solucionan con unos pequeños cambios de estructura: con un Papa más o menos liberal, con más o menos autonomía de las comunidades; con la supresión del celibato ministerio o la ordenación de las mujeres, como quieren los teólogos más «liberales», empeñados en lograr que la iglesia se ajuste a la moderna democracia.

Sin duda, esos cambios son importantes (¡necesarios!), pero vienen en un segundo momento, conforme a la dinámica de las comunidades. Lo que importa es el radicalismo evangélico: compartir la vida, desde los más pobres, ofreciendo el testimonio de un amor que es infalible porque es presencia del Dios que da vida (es Vida) al entregarse por los otros.

Jesús anunció la destrucción del sistema sacerdotal del Templo de Jerusalén antes que cayera. Por eso expulsó a sus mercaderes y anunció la ruina de sus edificios (¡caerán como caen los bancos y jaulas de cambistas y comerciantes!), vinculados a un poder sagrado.

De esa forma asumió el mensaje de Jer 7 (caída del templo) y de Ez 10 (el «carro de Dios» se aleja del lugar sagrado) y lógicamente suscitó la reacción no sólo de los sacerdotes de Jerusalén, sino de los jerarcas de Roma, pues tenían miedo de un Reino que fuera casa de oración y acogida para todos los pueblos, empezando por los pobres. En ese fondo situamos la destrucción del papado actual.

Muchos cristianos protestarán diciendo que la imagen del viejo templo no puede aplicarse hoy al Papa. Ciertamente, el Vaticano no parece cueva de bandidos (como Jesús dijo del templo), sino espacio de apertura, una plaza, una casa donde pueden reunirse muchos hombres, obispos en concilio, fieles en romería creyente, la mayor parte de ellos intachables y fieles… Pero tampoco Caifás era perverso, sino un hábil político, diestro en equilibrios al servicio de la paz. Tampoco el Sanedrín era un tribunal corrupto, sino un lugar honrado de discusiones sociales y religiosas, a partir de unas clases dominantes (sacerdotes, presbíteros, escribas). Pero Jesús quiso que aquel templo cayera, a pesar del dolor que eso implicaba para muchos (cf. Lc 19, 41-44; 21, 20-24), y nosotros queremos que caiga el templo vaticano, por amor a los hombres.

Templo de Jerusalén - Wikipedia, la enciclopedia libre

Lo que importa no es la caída, sino la resurrección. No dictamos así una propuesta de condena general de la historia, sino la afirmación de que el tiempo de suplencia papal ha terminado (como terminó la del templo de Jerusalén). La iglesia no es sistema de poder, sino fraternidad gratuita de pobres (de crucificados y expulsados), experiencia concreta de amor que va creando vida, esperanza de resurrección. Ella sólo puede decir y proclamar la Vida mesiánica de Dios   con su propia existencia, en el nivel de las relaciones personales, sin discursos elevados que se vuelven pronto ideología. Para que viniera la nueva humanidad y los hombres y mujeres pudieran perdonarse directamente, sin controles sagrados, tuvieron que caer los poderes del templo. Por amor de Dios y para bien de los pobres, enfermos y niños, representantes y portadores del poder de Dios (Mc 11, 12-26  par), debe caer un tipo de papado. 

Pero más  que la ruina externa del templo de Jerusalén, proclamó su ruina interna,

 la ruina de ese templo de Dios que hemos levantado en nuestros corazones.  Jesús dijo a los judíos de aquel tiempo «Vuestra casa quedará vacía» (Mt 23, 38). Lo mismo puede suceder ahora el “sistema” vaticano: muchos piensan que a la sombra de sus grandes hojas no existe ya fruto (cf. Mc 11, 13-21), de manera que es preciso abandonarlo, dejando que surja, por gracia de Dios, el nuevo pueblo que produzca frutos (cf. Mt 21, 43).

Por eso, la caída de un tipo de papado nos debe alegrar, pues queremos uno diferente, que no sabemos aún cómo será, pero que tiene que ser de los pobres, enfermos y niños a quienes Jesús anunció el Reino de Dios (y a quienes introdujo como autoridad en el templo: cf. Mt 21, 14-17). La historia nos ha situado en una encrucijada y debemos tomar una decisión, pues dejar las cosas como están, manteniendo este modelo de iglesia, significa condenarla (¡y quizá condenarnos!) a una muerte sin resurrección.

No se trata de derribar con violencia los muros, pues tampoco Jesús destruyó físicamente el viejo templo (lo saquearon y quemaron más tarde, de formas diversas, los celotas y legionarios, que luchaban entre sí por el control del sistema). Pero Jesús y la mayoría de los grupos cristianos lo habían abandonado ya (como supone el evangelio de Marcos, lo mismo que  Mt 23, 37-39), antes de que ardiera en las llamas de la guerra, pues habían descubierto y edificado otra casa de fraternidad (la iglesia), en el campo extenso de la vida, sin necesidad de instituciones legales y sacrales.

También nosotros debemos abandonar un tipo de Vaticano actual y debemos hacerlo por amor, sin agresividad, sin lucha externa, con ternura y gratitud, con gran pena, por lo que ha sido. Debemos abandonarlo precisamente ahora, cuando parece que se eleva triunfante, con grande hojas, como la higuera de Israel (Mc 11, 13), para situar las tiendas de campaña de la iglesia de Jesús (cf. Jn 1, 14) en el ancho camino de la vida, buscando con otros hombres y mujeres el surgimiento de un servicio de unidad distinto, que represente a los pobres de Dios. Entonces podremos apelar de nuevo a las llaves de Pedro, como signo de potestad e infalibilidad evangélica.

No buscamos incendios ni guerra, ni que la Basílica de San Pedro de vaticano arda y acabe, con archivos y museos, con documentos de curia y curiales, con su banco y su pequeña guardia de suizos, sus cardenales, obispos y monseñores y/o funcionarios de segundo grado. Pero queremos que pierda su función (que se disuelva), mientras la iglesia verdadera emerge y crece en otro espacio, donde comienzan ya a juntarse los discípulos de Jesús.

Algunos, sienten mucha prisa: les gustaría que llegaran nuevos romanos (como el año 70 d. C.), quemando el Vaticano, de manera que sólo quedara una “zona cero” de ruinas con la memoria de Pedro.

Otros, más escépticos, sostienen que debe acabar no sólo el Vaticano, sino también la iglesia, pues todo en ella es folklore y sistema de dominación… Nosotros queremos que el Vaticano se mantenga como testimonio de una historia pasada, pero que la iglesia realice de un modo diferente su tarea de evangelio al servicio del conjunto de la humanidad.

 En esa línea, queremos sacar a la iglesia fuera del sistema de los trece poderes del Vaticano que hemos visto en la postal anterior, no porque ellos sean perversos, ni sus portadores inmorales (¡que no lo son!), sino porque expresan un poder sagrado y no responden ya a la autoridad del evangelio, en la línea de Pedro. Esos trece poderes son lógicos y han sido quizá necesarios, en una línea de unificación sagrada de la religión. Más aún, ellos constituyen un monumento admirable de sabiduría jurídica, en perspectiva romana y helenista, pero han cumplido su función, ya no responden a la novedad del evangelio ni a los problemas actuales de la humanidad.

Es posible (quizá conveniente) que algunas de las estructuras del Vaticano actual continúen existiendo por un tiempo. Más aún, queremos que la reconstrucción eclesial (y papal) se realice sin invasiones y guerras o rupturas interiores, como solía suceder en el pasado, sino en diálogo de amor. Pero es evidente que habrá tensiones, como indicarán los apartados que siguen, pues el anuncio de evangelio, que las mujeres han de trasmitir a Pedro (cf. Mc 16, 1-8), resulta inseparable de una fuerte denuncia, dirigida contra aquellos que parecen monopolizar la herencia cristiana.  

 Suponemos que las críticas de Jesús en Mt 23 van dirigidas en contra un tipo de cristianos, no contra judíos que se hallaban fuera de la iglesia. Las grandes «novelas papales» de hace un siglo (V. Soloviev,  El relato del Anticristo [1899], Scire, Barcelona 1999 y R. H. Benson, El amo del mundo [1906], Gili, Barcelona 1956) anunciaban para este tiempo (comienzo del tercer milenio)  un choque violentísimo entra el Papa (Vicario de Cristo) y los representantes del Anticristo, con un tipo de fin del mundo. En contra de eso, a pesar de la dureza extrema del tiempo en que vivimos, estamos convencidos de que el mundo seguirá y de que el papado se reformará en línea de evangelio, sin catástrofes ni guerras finales de la historia.

Nueva Iglesia, nuevo papado

Al ponerse en camino hacia Roma (hacia el año 62/63 d.C.),  después de haber “animado” las iglesias Jerusalén y de Antioquía, Pedro buscaba dos cosas: el centro del poder muncial y el gran suburbio o periferia de los pobres, con quienes de hecho convivió, hasta que los poderes del sistema romano le mataron.

Pasados los siglos, los Papas siguen dislocados en Roma, entre el nuevo imperio, con el que parece que han pactado, y los pobres, que continúan estando en el suburbio. Las «llaves de Pedro» tuvieron la función de abrir la iglesia a los pobres (¡pues el Reino les pertenece: Mt 5, 3 par!): fueron llaves de Dios, al servicio del mesianismo de Jesús. Para cumplir hoy su función, el Papa tendrá que abandonar sus actuales poderes sagrados, ofreciendo  su evangelio de esperanza a los expulsados del sistema (cf. Mt 11, 2.6).

Así podría titularse nuestro lema: «Que el evangelio sea signo de unidad para todos los hombres y el papado represente nuevamente a los pobres». No se trata de adoctrinarles, pues ellos saben (aunque a veces «no saben que saben») y pueden escuchar el evangelio, sino de acompañarles, de manera que descubran su riqueza, que tomen conciencia de su voz (que es Palabra de Dios) y que la digan, expresándose a sí mismos.

Por eso quiero añadir que un Papa que se empeña en decir a los pobres desde arriba, con un poder más alto, aquello que son y lo que deben hacer no es cristiano, pues les roba lo mayor que tienen: su sabiduría y dignidad, su responsabilidad ante sí mismos y ante el evangelio. En contra de los pobres que «no saben que saben» puede haber papas y eclesiásticos que «piensan que saben sin saber», pues sólo han escuchado la propaganda del poder de turno; eso significa que deben empezar aprendiendo de los pobres y sólo así podrán tener las llaves de Dios y abrir con ellas la iglesia a todos los hombres.

Papa Francisco

 ((La referencia a los que «no saben que saben» y a los que «creen que saben y no saben» está tomada del proyecto educativo de P. Freire. Los papas parecen bogar como el Pedro de Jn 21 en una barca que se muestra inútil, en medio de la noche, sin saber dónde se encuentran los peces, sin reconocer a Jesús en la bruma del amanecer. Así vamos nosotros, muchos de nosotros, como el Discípulo amado de Jn 21, queriendo mantenernos en la barca de Pedro, para descubrir los problemas de los hombres y para ver el rostro de Jesús que nos puede guiar en la mañana)).

            Si quieren ser signo de Jesús, los papas tienen que salir de la gran casa organizada de una iglesia que tiende a pactar con el sistema, para situarse con Pedro en el caos del gran suburbio de la historia, donde están los perseguidos y expulsados de la sociedad, que son los portadores de las llaves de Dios.  

 Muchos piensan que el papado  actual navega impertérrito sobre el diluvio del mundo (cf. Gen 6), como si la barca de Pedro tuviera un lugar y respuesta preparada para todo, dentro de un gran orden sagrado. Pero otros contestan que la barca papal se mueve a la deriva, en medio de un caos o desorden de pobres que se extiende hasta el infinito (¡de pobres que se ahogan!), mientras la máquina imperial del dinero y de las armas impone su unidad  destructora, utilizando signos sagrados (como hacía Roma según el Apocalipsis).

Ciertamente, el orden económico y social funciona bastante bien (para algunos), pero es un orden de violencia, conforme a la eficacia del sistema que quiere resolverlo todo por la fuerza, apelando para ello a las armas y el dinero. Por eso, bajo la apariencia de ese orden (y en gran parte a consecuencia de su lógica de dominación), se ha extendido sobre el mundo la mayor pobreza, que no es algo natural, sino que nace de la opresión del sistema. Allí donde se ha absolutizado un tipo de sistema en línea nacional (nazismo), de imposición social (comunismo) o de organización capitalista (neoliberalismo), se multiplican los pobres (expulsados, perseguidos).

Esos pobres de los que está lleno nuestro mundo dan la impresión de que son puro caos, algo que sobra, de forma que se ha dicho que son como los «daños colaterales», necesarios para que el sistema funcione. Pero, en contra de eso, debemos afirmar que, según el evangelio (cf. Lc 6, 21-23), el caos de esos pobres es mucho más importante y creativo que el orden del sistema de donde ya no puede surgir nada que sea humanamente valioso.

Sabemos por la experiencia más honda de la Biblia (de Daniel al Apocalipsis), que los imperios unificados en forma sistema se destruyen a sí mismos, mientras que los pobres pueden abrirse a la esperanza. El sistema no tiene futuro, sino que se cierra en sí mismo, como un todo fatídico de muerte. Por el contrario, el caos de los pobres puede germinar como semilla de Reino (cf. Mc 4), haciendo posible una nueva mutación (no imposición)  humana, en línea de libertad. Por eso, no podemos resolver los problemas del caos desde el orden del sistema, sino desde la misma pobreza rica de evangelio, sabiendo que ella tiene las llaves de Dios según Cristo.

Esta visión de la riqueza y comunión que brota de los pobres constituye un elemento esencial de la apocalíptica judía  tal como ha sido actualizada en el mensaje de Jesús, superando el sistema sagrado del templo, que cerraba a Dios en un orden sacrificial. Crucificado por el sistema, el Cristo de Jn 12, 32 afirma que atraerá y unirá a todos los hombres en amor, desde la impotencia y caos de la cruz.  

En ese fondo queremos recuperar la experiencia del mensaje de Jesús, sabiendo que la «lógica del Reino», que es la lógica de la roca sobre el caos, no está hecha de imposición (dinero y armas), sino de «comunión» gratuita, por comunicación de amor, no por sistema. Para ser cristiano, el Papa debe salir de la seguridad del sistema religioso, que le aísla del mundo real de los pobres, para volver a donde estuvo al principio, en el tiempo de Pedro, en eso que pudiéramos llamar el «caos de los pobres».

 El Papa ha de volver al lugar donde habitan y sufren los hombres y mujeres que han perdido la seguridad que concede este mundo para descubrirse totalmente desnudo y sin nada, con aquellos que no tienen nada. Sólo entonces podrá descubrir las llaves de Dios que pueden convertir el caos en puerta del Reino.   En esa perspectiva se asienta la propuesta que ahora ofrezco sin apresuramiento, sin buscar soluciones rápidas, porque los ritmos de la historia de Dios no pueden forzarse. He de hacerlo volviendo a la raíz del evangelio, donde el principio de unidad es el mismo amor mutuo de los pobres (enfermos, pecadores, expulsados), que son capaces de descubrir y construir la nueva casa de Dios, es decir, la humanidad reconciliada. Para imponer un tipo unidad desde el poder no hacía falta evangelio, ni milagro de Dios, ni gracia de Cristo; bastaba una ontología de poder, como la que que sigue vigente en los dictados del sistema actual, que quiere vencer el caos del «terrorismo mundial» a base de más policía y más soldados, en pura línea de imperio, siempre desde arriba (apelando, si hace falta, al eros ontológico, es decir, al servicio a la humanidad).

 En contra de eso, la novedad de Jesús consiste en ofrecer y buscar la unidad a través del amor directo,  gratuito, sin imposiciones ni dictaduras, desde los pobres y los ciegos, lo cojos, mancos y expulsados del sistema. Se trata, por tanto, de volver al evangelio, a la buena nueva de la fraternidad  y del amor directo, inmediato, que se expresa en el mensaje de Jesús y en su forma de crear unidad de Reino desde los más pobres. 

No hay recetas mágicas, no hay soluciones estratégicas, no hay fórmulas políticas, sino simplemente «creer en el evangelio y convertirse» (cf. Mc 1, 15), es decir, dejar que la buena nueva de la gracia de Dios, del ágape-logos nos trasforme, trasforme a los cristianos, de manera que puedan presentarse humildemente, sin superioridad, como signo de Reino. El camino de unidad de la iglesia se define, una vez más, como camino de evangelio, como un retorno al mensaje y a la vida de Jesús, desde el centro del Sermón de la Montaña, retomando la experiencia de la pascua. Jesús viene a presentarse de esa forma como aquel que vive «desde la muerte», es decir, como aquel que ha hecho el buen camino del amor gratuito, inmediato, creador de vida, en medio del caos de muerte de su entorno. Un tipo de papas han venido a parecerse más a los sumos sacerdotes de Jerusalén y a los gobernadores del imperio que condenaron legalmente a Jesús. Pues bien, frente a esa ley de sacerdotes y gobernadores, que representan el «eros» del sistema, queremos evocar nuevamente la figura del Papa, como representante de la unidad no jerárquica (no imperial) de la iglesia de Jesús, como si fuera un «milagro» viviente, en línea de evangelio.

Entramos en la Semana Santa

Hacia la Semana Santa con la densidad histórica del misterio pascual

Por Consuelo Vélez

Va corriendo el tiempo de cuaresma y pronto estaremos celebrando la Semana Santa. Es una semana donde se “condensan” los misterios de nuestra fe en el Misterio Pascual, es decir, la muerte y resurrección de Jesús. Pero corremos un peligro: repetir la liturgia que la Iglesia tiene tan bien diseñada, haciéndola con todas las rúbricas litúrgicas y la mayor solemnidad posible y, sin embargo, finalizando dichas celebraciones sin haber modificado absolutamente nada de nuestra vida y de nuestra iglesia. Es decir, habiendo cumplido con los ritos, pero sin haber vivido lo que conmemoramos. Por supuesto no faltarán las comunidades que viven este tiempo con mucha profundidad y gracias a ellas, la fe sigue viva y actuante y el auténtico seguimiento de Jesús se confirma. Pero me quiero referir a lo primero, a esos ritos sin vida que, me parece, son muchos más abundantes que lo segundo.

El centro de la Semana Santa es Jesucristo. Su vida y las consecuencias de la misma. Lástima que sobre los dichos y hechos de Jesús no se profundiza suficientemente en las celebraciones de esta semana mayor. Se podría decir que para esto es el tiempo de cuaresma y por eso ya llegamos directo a la última cena, a la muerte y a la resurrección del Señor. Pero, aunque en los domingos de cuaresma las lecturas nos pueden ofrecer oportunidad para ello, no me parece que tengamos la costumbre de relacionarlo suficientemente para que entendamos qué fue lo que hizo Jesús para que lo asesinaran las autoridades civiles y religiosas de su tiempo. Precisamente porque no sabemos mantener la continuidad entre la predicación del reino y su asesinato como consecuencia de esta, tal vez nos condolemos el viernes santo y nos alegramos el domingo de resurrección, pero seguimos en la semana de pascua, sin el impulso suficiente para seguir comprometidos con hacer posible el reino de Dios entre nosotros.

He utilizado antes la palabra “asesinato” porque en verdad fue así y deberíamos usar más esta palabra porque si nos referimos a que Jesús “murió” casi pareciera que fue por muerte natural y no develamos el conflicto que vivió y lo que esto supuso para él y para sus seguidores. Por eso los discípulos se dispersaron y hasta Pedro lo negó. Todos ellos vivieron un verdadero conflicto en el que Jesús arriesgó su vida y, efectivamente la perdióLo que se enfrentaba eran dos imágenes de Diosla del reino que incluye a todos, comenzando por los últimos y la del dios acomodado a los intereses de los más fuertes, incluidos los de estamentos religiosos que se creen más cerca de Dios. Esto es importante tenerlo en cuenta para dejarnos interpelar en estas celebraciones que se avecinan. Lo mismo podríamos decir de la última cena. No es una cena festiva en el sentido de cantos, jolgorios y comida en abundancia. Es una cena testamentaria, es decir, de aquel que intuye que lo van a matar y quiere insistirle, una vez más a los suyos, cuál es el mensaje y la praxis que les encomienda. Aquí lo central es el gesto. Juan lo relata como lavatorio de los pies. Él, el maestro, se pone a lavar los pies de los discípulos a ver si logran comprender que el reino de Dios consiste en esa difícil pero apasionante tarea de lavarnos los pies unos a otros y, especialmente, hacerlo con los más necesitados, con los últimos de cada tiempo presente.

Los otros evangelistas nos relatan la llamada institución de la eucaristía en el que el pan es el símbolo de una vida que se parte y se reparte para hacer posible la fraternidad/sororidad, como signo inequívoco del reino. Y en estos textos el testamento se explicita nuevamente: “Hagan esto en memoria mía”. Es decir, cada vez que coman el pan y beban el vino, comprométanse con hacer posible el reino, aunque esto llegue a costarles la propia vida.

Ahora bien, cuando esto lo contextualizamos en nuestro momento presente, adquiere la densidad histórica que la conmemoración de la Semana Santa implicaSi no lo hacemos, serán ritos vacíos que no agradan a Dios. Muchas realidades de nuestro mundo desdicen del reino de Dios. La injusticia estructural de nuestros pueblos clama al cielo pidiendo una verdadera transformación del modelo político y económico que no garantiza la vida de las mayorías. Y junto a esto, no es menos importante el cuidado de la creación y la decisión definitiva de parar la explotación irracional de los recursos naturales. Y tantas otras cuestiones sociales que no son ajenas a la fe sino, precisamente, los lugares donde esta se vive y se realiza. Cada uno podrá nombrar las que vea más urgentes pero lo que es indispensable, es que la Semana Santa nos deje con dolor de patria o con dolor de mundo y con fuerzas para seguir buscando salidas a todas las injusticias de nuestro tiempo, para que en verdad exprese nuestra fe en el Jesús del reino, en el compromiso con su causa, en el seguimiento fiel a su llamada.

Solo entonces, el domingo de resurrección será una celebración del triunfo de la vida sobre la muerte, de la justicia sobre la injusticia, de la fe viva sobre los ritos vacíos. La resurrección de Jesús nos rememora que ahora es el Espíritu de Jesús el que, a través de cada uno de nosotros, sigue actuando para hacer posible el sueño de Dios sobre la humanidad: una gran familia donde no hay padres, ni señores, ni amos, ni explotadores, ni opresores, ni nadie que este por encima de los otros, sino hermanos y hermanas que se lavan los pies unos a otros porque escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica.