La Inmaculada, mujer mujer

Una reserva natural protegida

Por Alejandro Fernández Barrajón

La Inmaculada Concepción es el título por el cual reconocemos que la Virgen María, por Gracia especial de Dios, fue exenta del pecado original. A veces confundimos esta cualidad de María con su virginidad, pero son dos realidades distintas en María.

 Hablar de María, como mujer inmaculada, es acercarnos a su transparencia y a su limpieza interior. Dios sabía muy bien cómo sería aquella mujer, cómo iba a ser, cómo se podría contar con ella. Y por eso la preserva de todo mal para que su hijo nazca en una morada llena de gracia. No es sólo un privilegio; es también un reconocimiento previo por parte de Dios a la que sería la opción libre y meditada de María: ser una mujer de Dios. Una vez más Dios se anticipa  a nuestros cálculos.

  Las autoridades reservan muchas veces un espacio de tierra, como reserva natural protegida, para mantenerlo libre de la especulación y de la contaminación humana. Así tenemos parques naturales y zonas vírgenes que podemos disfrutar. María ha sido una mujer que se ha reservado por entero. Ella es un espacio natural y protegido para Dios. Esa tierra virgen, interior, de María es su limpieza inmaculada. Por eso la llamamos Inmaculada y la Iglesia así lo ha proclamado solemnemente.

 El dogma de la Inmaculada no está expresamente recogido en la Sagrada Escritura.

Ha sido una conquista lenta y larga del pueblo de Dios. Podíamos decir que María ha llegado a ser declarada como Inmaculada por aclamación popular.

En el año 431 en el concilio de Éfeso ya se produce la primera manifestación con antorchas en favor de la Madre de Dios.

Los primeros padres no lo tienen claro; algunos afirman que sólo Jesús estaba libre de pecado; otros ya van señalando la inmaculada concepción de María.

La primera referencia a la Inmaculada aparece en el siglo V con San Sabas.

En el siglo VII: San Ildefonso de Toledo declara fiesta en España el día 18 de diciembre.

A partir del siglo X se dedican a la Virgen, bajo la advocación de la Antigua, iglesias, capillas y oratorios. San Bernardo y Santo Tomás se muestran contrarios.

Dominicos y mercedarios se enfrentan en la universidad de Salamanca. Aquellos en contra de la condición inmaculada de María; los mercedarios a favor; no en vano la Orden de la Merced lleva el nombre de María desde su fundación en el siglo XIII y es la primera Orden religiosa en la Iglesia con el nombre oficial de la Virgen María. “Nada haya en tu corazón, en tu mente y en tus labios que no profese un tierno amor a la virgen María”, recogen las constituciones mercedarias desde hace muchos siglos.

El franciscano Duns Scotto llega a decir: Dios pudo hacerlo, lo quiso, por tanto lo hizo.

Carlos III la declara patrona de España y de todas sus posesiones y, definitivamente, Pío IX definió solemnemente el dogma de la Inmaculada el día 8 de diciembre de 1854 en la bula Ineffabilis Deus.

«Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, fue por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente en previsión de los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, preservada inmune de toda mancha de culpa original, ha sido revelada por Dios, por tanto, debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles.»

Lo verdaderamente importante ahora es cómo nos situamos, nosotros, los creyentes del siglo XXI, ante esta realidad inmaculada de María.

¿Cómo ha de ser nuestra devoción mariana para que sea cada día más auténtica?

Más importante que sus privilegios (que no se niegan) son sus virtudes, sus propias decisiones y elecciones desde la escucha de la Palabra.

Creyente: “Dichosa tú que has creído porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”

 Escucha y medita la Palabra. “María guardaba todo esto y lo meditaba en su interior”

 Discípula fiel de su Hijo. “De pie, junto a la cruz, estaba María, su madre·”

 Presente en la primera comunidad cristiana. “Los apóstoles permanecían en oración con María la Madre de Jesús”

Podemos decir que con María, Dios culmina la obra que ha empezado en nosotros.

Juan Pablo II, en la “Redentoris Mater” nos hace un nuevo retrato de María

-Fuente: El Evangelio.

-Destaca sus actitudes por encima de sus privilegios.

-La centralidad de su figura se apoya en Cristo y en el Espíritu Santo.

-Destaca su pertenencia a la Iglesia. Es figura e imagen de la Iglesia. Como ella nos regala al Salvador, la Iglesia hoy debe ser también mediación de Cristo para el mundo y no siempre lo es.

-Su condición humana y su cercanía al hombre de hoy.

Si tuviéramos que hacer un retrato de María, no podían faltar los siguientes colores:

-Abierta a Dios. Creyente, orante y oferente.

-Abierta a los demás: Isabel, Caná, Comunidad, Magníficat.

-Mujer fuerte y fiel: sencilla y probada. Peregrina de la fe. Su sí a Dios.

 La Sagrada Escritura nos hace un hermoso paralelismo para hablar de las dos mujeres a través de las cuales nos vienen el pecado y la gracia. Eva representa la libertad humana que no sabe escoger bien y opta por el mal. Es la lejanía de Dios, la apuesta por lo caduco, la vergüenza interior que nos sitúa ante Dios llenos de culpabilidad.

María es la nueva Eva, a través de la cual nos viene la gracia y la salvación en su Hijo Jesucristo. María ha sido también una mujer libre, pero lo ha sido para escoger el bien, para ser virgen prudente y fiel, para abandonarse plenamente en los brazos de Dios.

 Y ahí está nuestra libertad queriendo también escoger la mejor parte y dejarse llevar por caminos de transparencia y de luz como María. Pero no acabamos de levantar el vuelo enredados en mil pequeñeces, en torpes racanerías y en una actitud tantas veces interesada y egoísta.

Que esta fiesta pueda ser una oportunidad para cuestionarnos y acercarnos a Ella, para imitarla y amarla un poco más y, sobre todo, para vivir como ella en la fe más auténtica y gratuita.

AVE MARIA (Victor Manuel Arbeloa)

Dios te salve María,

Por la luz de la luz transfigurada.

Dios te llena y te guía Y el fruto

de tu vientre en tu mirada.

Dios te salvó, María.

Te llenó de su fuerza complaciente,

como el fuego del sol llena la aurora,

como el agua  la fuente.

Maduró con su luz y su ternura

El fruto de tu amor y de tu vientre.

Santa María, hija del pueblo,

madre paciente,

fiel, generosa, pobre y rebelde…

Míranos peregrinos, vacilantes,

cultivando este viejo paraíso,

caminando hacia tu cielo lentamente.

No queremos cansarnos de este mundo,

ni buscamos un refugio celeste.

Pero tú no te canses de mostrarnos

la meta, los caminos, ahora y siempre.

La Inmaculada, una buena patrona

Mirando a María tenemos una buena orientación para vivir evangélicamente. Ella es el modelo y ejemplar más acabado de la fe y el amor cristianos.

La Inmaculada es la patrona de España y de numerosos pueblos y países, sobre todo latinoamericanos; es patrona de algunas instituciones y colectivos, por ejemplo, de los farmacéuticos.

La palabra patrón tiene distintos significados: patrón o patrona es el amo, la dueña, el propietario, el que manda, el que tiene criados o trabajadores. O sea, el que está por encima. Cuando se está por encima se corre el peligro de abusar o maltratar a los inferiores. En este sentido, el patrón tiene poco de evangélico: en el mundo las cosas funcionan así, dice Jesús, pero entre vosotros nada de eso; el que quiera ser el primero entre vosotros, que se haga el último de todos y el servidor de todos.

Patrón tiene otros sentidos más positivos: patrón puede ser el protector, el defensor. Por eso, los pueblos o las congregaciones religiosas suelen buscarse buenos defensores, buenos intercesores. La Virgen María es la mejor intercesora. Ella, por su santidad de vida, está cerca de Dios. Y está muy cerca de nosotros. Por eso, en la Salve, la aclamamos “abogada nuestra”, la mejor abogada, la que intercede ahora en el cielo ante su Hijo, como lo hizo durante su vida mortal: “no tienen vino”. Hoy seguimos necesitando el vino de la alegría, porque la vida no es fácil y en demasiadas ocasiones nos abruma. Los que vivimos en este valle de lágrimas (como decimos en la Salve), aclamamos a María (en las letanías a ella dedicadas) como “causa de nuestra alegría”. Ella nos consuela en nuestras penas, nos sostiene cuando estamos decaídos.

Finalmente, patrón es el modelo del que se sirve un artesano para sacar otra cosa igual. Aplicado a María: ella es el mejor patrón, o la mejor patrona de vida cristiana; mirándola a ella tenemos una buena orientación para vivir evangélicamente. El Vaticano II dice que María es el modelo y el ejemplar más acabado de la fe y del amor cristianos. María es el mejor modelo de fe que encontramos en el Nuevo Testamento. Las primeras palabras que los evangelistas ponen en su boca son la constante de toda su vida: “hágase en mí según tu Palabra”, o sea, que se cumpla en mi vida la voluntad de Dios. Son palabras parecidas a otras que Jesús dice refiriéndose directa o indirectamente a María: mi madre y mis hermanos son los que cumplen la voluntad de Dios. Estas palabras sobre el cumplimiento de la voluntad de Dios se aplican en primer lugar a ella, modelo de creyente, virgen fiel, ideal de santidad.

Y María es modelo de amor: después de haber acogido la Palabra que el ángel en la anunciación le dice de parte de Dios, en vez de complacerse en sí misma, se dirige a un pueblo de Judá, donde estaba su parienta Isabel, y allí canta que Dios hace maravillas con los que se ocupan y preocupan de los pobres y de los humildes. Unas maravillas muy distintas de las que el mundo proclama. El mundo busca poder; María proclama que Dios derriba a los poderosos. El mundo busca grandeza; María proclama que Dios enaltece a los humildes. El mundo busca riqueza. María proclama que hay que llenar de bienes a los hambrientos. El mundo favorece la guerra; María proclama la misericordia y el perdón de Dios.

‘Desiderio desideravi’:

Una formación litúrgica según el Vaticano II

Por GABRIEL SEGUÍ TROBAT, MSSCC

Importa mucho recalcar que ‘Desiderio desideravi’ (DD) no es una piedra lanzada contra unos u otros, sino quizás el documento sobre la liturgia que refleja más la personalidad y el estilo del papa Francisco: está escrito con el corazón de un pastor inquieto por las disputas –a veces tan agrias– que han estallado en su rebaño con el pretexto de la forma de la liturgia y por las motivaciones profundas que las han provocado. Por esta causa, en DD el Papa actúa movido por el deseo de poner paz en la Iglesia en el campo de la liturgia, apostando firmemente por la formación de todo el Pueblo de Dios, para aplicar el ‘motu proprio’ ‘Traditionis custodes’, publicado precisamente justo un año antes, el 11 de junio de 2021.

Partiendo de la base de que “la liturgia [es] una dimensión fundamental de la vida de la Iglesia”, Francisco pretende “ofrecer simplemente unos elementos de reflexión para contemplar la belleza y la verdad de la celebración cristiana” (DD 1). Más adelante, en las conclusiones, volverá a explicitar los objetivos de la carta: reavivar el asombro por la belleza de la verdad de la celebración cristiana; recordar la necesidad de una auténtica formación litúrgica y reconocer la importancia de un arte de celebrar (DD 62). Retengamos estos conceptos de “belleza” y “verdad”, que aparecen reiteradamente interdependientes a lo largo del documento, y que nos libran de concepciones superficiales de la liturgia. Como acompañante en buena parte de su recorrido, el Papa ha elegido al conocido teólogo alemán, de origen italiano, Romano Guardini (1885-1968), que fue también un referente para Benedicto XVI.

La salvación en acto

El punto de partida del Papa es la evocación del deseo ardiente del Señor de celebrar la Pascua con nosotros, una frase en latín del evangelio de Lucas de cuyo principio toma el título el documento: ‘Desiderio desideravi hoc Pascha manducare vobiscum, antequam patiar’: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer” (Lc 22, 15). Es Jesús quien tiene la iniciativa de celebrarla con sus discípulos y quien nos da la posibilidad de vislumbrar la acción de la Trinidad Santa a favor nuestro, a pesar de nuestra pequeñez y debilidad: la liturgia es la historia de la salvación en acto, “hoy”, es decir, en todo tiempo y lugar en que se celebra, con una novedad incesante.

La inserción de la liturgia en la historia de la salvación incide en un aspecto clave: la liturgia es fundamentalmente una ‘actio’, una acción, y una ‘communicatio’, una dinámica comunicativa, reflejo del diálogo entre Dios, la Iglesia y la humanidad, donde se realiza verdaderamente el proyecto salvador de Dios con la mediación de los símbolos sacramentales. En esta dinámica dialogal de la liturgia sobresale la absoluta gratuidad de Dios. Dejemos hablar al Papa: “Nadie se ganó el puesto en esa Cena, todos fueron invitados, o, mejor dicho, atraídos por el deseo ardiente que Jesús tiene de comer esa Pascua con ellos” (DD 4)…

Escucha de su Palabra

“El mundo todavía no lo sabe, pero todos están ‘invitados al banquete de bodas del Cordero’ (Ap 19, 9). Lo único que se necesita para acceder es el vestido nupcial de la fe que viene por medio de la escucha de su Palabra (cf. Rom 10, 17): la Iglesia lo confecciona a medida, con la blancura de una vestidura ‘lavada en la Sangre del Cordero’ (cf. Ap 7, 14). No debemos tener ni un momento de descanso, sabiendo que no todos han recibido aún la invitación a la Cena, o que otros la han olvidado o perdido en los tortuosos caminos de la vida de los hombres” (DD 5). Por eso la liturgia moviliza a la Iglesia y la impulsa necesariamente a la misión, para que la humanidad pueda escuchar la invitación de la Trinidad.

Por otra parte, en el centro del diálogo “sacramental” entre Dios y la humanidad, encontramos la relación entre el sacrificio de la cruz y la eucaristía (DD 7), que es la posibilidad de reconocimiento del Resucitado: cuando la comunidad la celebra, ahí se da el encuentro con el Señor (DD 8), ya que la eucaristía no es una representación de la Cena, sino la visibilización del Verbo encarnado (DD 9). Se trata de la íntima relación entre la encarnación y la Pascua: sin la encarnación, la Pascua –y por ende, los sacramentos– no tiene contenido real. Además, la encarnación nos remite directamente a la Creación, cuya importancia para la liturgia destaca el Papa más adelante. En este sentido, me parece posible afirmar que el subrayado de la encarnación está ciertamente relacionado con la espiritualidad jesuítica de Francisco, que es fundamentalmente cristocéntrica.

Una verdad existencial

Frente a ciertas concepciones meramente simbólicas de los sacramentos, Francisco destaca que “la poderosa belleza de la liturgia” consiste precisamente en el encuentro con el Verbo encarnado (DD 10), que es concreto, real. No se trata en absoluto de una “verdad” en un sentido intelectual, sino vital, existencial, algo en lo que el Papa insiste reiteradamente, retomando el tema de la encarnación desde la óptica de la acción de la Trinidad. Vale la pena reproducir el texto: “La Encarnación, además de ser el único y novedoso acontecimiento que la historia conozca, es también el método que la Santísima Trinidad ha elegido para abrirnos el camino de la comunión. La fe cristiana, o es un encuentro vivo con Él, o no es” (DD 10).

Desde esta perspectiva de la concurrencia con el Señor en la liturgia, volvemos a hallar un rasgo de la herencia jesuítica de Francisco, al proponernos la ‘composición de lugar’ ignaciana (‘como si allí estuviese’) para comprender el poder salvador de los sacramentos en nuestro encuentro con el Verbo encarnado: “Yo soy Nicodemo y la Samaritana, el endemoniado de Cafarnaún y el paralítico en casa de Pedro, la pecadora perdonada y la hemorroisa, la hija de Jairo y el ciego de Jericó, Zaqueo y Lázaro; el ladrón y Pedro, perdonados” (DD 11). El Señor nos toca, nos mira, nos habla, nos transmite sus sentimientos en la liturgia, trabando con nosotros una relación personal transformadora.

Bautismo y Pascua

Nuestra primera experiencia pascual es el bautismo (cfr. ‘El vestido nupcial’, DD 5), que nos sumerge en su Pascua (DD 12). Aquí el Papa hace una distinción precisa entre sacramentos y magia: la magia pretende conseguir un poder sobre Dios; los sacramentos, en cambio, son la posibilidad de participar de la Pascua de Cristo por la acción del Espíritu Santo; volvemos, pues, al tema de la invitación.

En el número siguiente, siguiendo con el tema del bautismo, Francisco glosa bellamente la plegaria de bendición del agua bautismal como expresión plástica de la relación entre Creación, bautismo y Pascua: “Mientras Dios creaba el agua pensaba en el bautismo de cada uno de nosotros, y este pensamiento le ha acompañado en su actuar a lo largo de la historia de la salvación cada vez que, con un designio concreto, ha querido servirse del agua. Es como si, después de crearla, hubiera querido perfeccionarla para llegar a ser el agua del bautismo” (DD 13). (…)

Índice del Pliego

Un documento papal muy personal (n. 1)

La liturgia: el “hoy” de la historia de la salvación (nn. 2-9)

La liturgia, lugar de encuentro con Cristo (nn. 10-13)

La Iglesia, sacramento del Cuerpo de Cristo (nn. 14-15)

El sentido teológico de la liturgia (nn. 16-19)

Redescubrir cada día la belleza de la verdad de la celebración cristiana (nn. 20-23)

Asombro ante el Misterio pascual, parte esencial de la acción litúrgica (nn. 24-26)

La necesidad de una seria y vital formación litúrgica (nn. 27-47)

‘Ars celebrandi’ (nn. 48-60)

Conclusiones (nn. 61-65)

En resumidas cuentas…

Empieza el Adviento

Adviento: volver a creer, volver a confiar

escrito por  Santi Torres

Empieza el Adviento. Este año convivirá en el tiempo con el mundial de futbol de Qatar. Difícil y desigual competencia. Para muchas personas el futbol es una nueva religión y un mundial sería como una especie de tiempo litúrgico: un calendario de actos (partidos de futbol) que rompen la monotonía de los días dándoles una especie de emoción o incentivo; un elenco de personajes que configuran una constelación o santoral laico (¿qué son sino los cromos de los jugadores sino una especie de estampas?) entre los cuales algunos son elevados a la categoría de dioses o semidioses; un despliegue de cánticos y de estolas/bufanda en honor de mi equipo o mi país; y todo esto con una cobertura mediática de alcance mundial con miles de millones de dólares implicados. De hecho, esta “nueva religión” no es sino una versión más de la religión que da culto al ídolo que está detrás de todo esto y que no es otro que mammón, el dios dinero.

Será, pues, un tiempo de Adviento extraño y ruidoso. Pero no por esto dejará de ser Adviento: una oportunidad de pensar y repensar la vida, de detenerse, de mirarla y agradecerla… Este año, a nivel personal, me he propuesto trabajar durante el Adviento la confianza. Ya hace tiempo que intuyo que una de las razones de tanto cansancio y malestar colectivo reside en esto, en la pérdida de la confianza. Hablo, claro está, de razones más personales o subjetivas. Porque de razones objetivas y claras de sufrimiento hay muchas: quien tiene dificultades para llegar a fin de mes; quien se encuentra solo y sin apoyo social; quien ha perdido el trabajo, o la casa, o la salud; quien trabaja bajo unas condiciones laborales infernales, etc. Todo esto forma parte de los llamados condicionantes sociales de nuestro malestar, bien claros, bien objetivos y denunciables. Me refiero ahora a este malestar añadido, cuando a pesar de tener estas cosas más o menos cubiertas, aparece un cansancio sin causa, una especie de pérdida de sentido.

Desde hace unos años estamos experimentando un deterioro de la confianza que se expresa a todos los niveles. Los más visibles y públicos son la política, pero también atraviesa toda la red de relaciones sociales hasta llegar al interior de los hogares. Nos cuesta cada vez más confiar porque todo parece animarnos a la desconfianza. En el fondo confiar es arriesgado porque quien confía se expone a ser engañado y a ser manipulado y, aparentemente, nos hace más vulnerables. La realidad es, sin embargo, la contraria: la desconfianza es fruto de un miedo profundo y es sobre todo el indicador más claro de la debilidad.

Quien se hace fuerte en la fe, descansa porque no ha de demostrar nada a nadie, porque sabe que más allá de las pequeñas circunstancias de la vida, hay alguna cosa más profunda que no depende solo de uno mismo. Confiar es quitarse el peso de la soledad para ponerlo en otro o en el Otro que acoge, a la vez que nos hacemos depositarios del peso de los otros, de aquellos que confían en nosotros. Entonces el peso se reparte, se hace llevable y podemos descansar. Jesús en esto fue muy claro: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os haré descansar […] Porque el yugo y la carga que yo os impongo son ligeros» (Mt 11,28).

En cambio, la desconfianza es miedo, es no querer cargar con el peso de nadie, pero tampoco dejar cargar a nadie el propio peso. La desconfianza es alerta permanente para no ser engañados, de tal forma que, cuando esto pasa, no hacemos sino reafirmarnos en la misma idea, encerrados en el bucle de la propia soledad y desencanto.

Desconfiar es cansado, y quizás una parte del cansancio que nos expresamos los unos a los otros como una especie de epidemia de malestar, reside precisamente en una falta de fe: en Dios, en los otros, en la humanidad.

Dios confió en la humanidad hasta tal punto que no la dio por perdida y envió a su Hijo.  La Navidad es el Acto más grande de confianza. Por eso, estos días, en medio del ruido del mundial, somos invitados de nuevo a creer… una vez más.

San Andrés Apóstol

Andrés el Apóstol: biografía, hechos y muerte

Andrés el Protocletus

Es un gran problema ser el primero. Solo podemos imaginar cómo se sintió Neil Armstrong como la primera persona en pisar la luna, o cómo se sintió Washington al ser juramentado como el primer presidente de Estados Unidos. Ahora imagina ser el primer seguidor de lo que se convirtió en la religión más popular del mundo.

Según la Biblia cristiana, Jesucristo tuvo 12 seguidores principales. Uno de ellos, sin embargo, tenía que ser el primero. Esa persona era Andrés , conocido en las tradiciones eclesiásticas como el Protocletus , o el primero llamado . Andrés, discípulo, apóstol y santo, ocupa un lugar especial en las culturas cristianas. Después de todo, es importante ser el primero.


Andrés fue el primero de los discípulos.

El llamado de Andrew

Se sabe muy poco acerca de los 12 apóstoles antes de ser llamados a seguir a Jesús en su ministerio. Lo que sí sabemos es que Andrés nació en Bathsaida, una pequeña ciudad en el Mar de Galilea. Parece haber sido pescador de oficio, junto con su hermano menor, Simon (más tarde rebautizado como Peter).

Hay diferentes relatos de exactamente cómo Andrew llegó a ser el primer discípulo. El Evangelio de Mateo afirma que Jesús estaba caminando por la orilla y vio a Simón y Andrés pescando. Luego los llamó y prometió convertirlos en pescadores de hombres. El Evangelio de Marcos cuenta una historia similar, mientras que el Evangelio de Lucas solo menciona a Simón y no a Andrés (al menos no directamente).

John nos cuenta una historia diferente. En su Evangelio, Andrés y Simón ya son discípulos de Juan el Bautista. Juan el Bautista reconoce a Jesús como el Mesías y les dice a sus seguidores que se conviertan en discípulos de Jesús. Andrew lo hace y más tarde también lleva a su hermano menor a Cristo.

Los eruditos bíblicos no están de acuerdo sobre cómo reconciliar exactamente estas historias. Algunos dicen que es una cuestión de cronología (un evento sucedió antes que otros), pero todos los estudiosos coinciden en que lo que realmente importa es que Andrés y Simón se conviertan en los primeros discípulos.

El relato de Juan es interesante, sin embargo, porque ilumina algo sobre el tratamiento de Andrés en la Biblia. En los cuatro evangelios, rara vez se menciona a Andrés por su nombre. Es simplemente uno de “los 12”, aunque los eruditos bíblicos creen que estaba muy cerca de Jesús y era respetado entre los discípulos. Sin embargo, cada vez que se nombra a Andrés, casi siempre se trata de una historia sobre cómo poner a alguien en una relación con Cristo , tal como lo hizo con Simón Pedro. Esto le ha dado a Andrés un lugar importante en la memoria de la Iglesia, y en muchas sectas es venerado como ejemplo de evangelización.

Andrés después de Cristo

Como saben los cristianos, los cuatro evangelios culminan con la crucifixión y resurrección de Jesucristo y (después de su partida final) el descenso del Espíritu Santo sobre sus seguidores. Este es un gran momento en la historia cristiana, ya que identificó a los discípulos como apóstoles enviados para difundir la palabra de Cristo y formar nuevas congregaciones dondequiera que fueran.

Entonces, ¿a dónde fue Andrew? Mientras su hermano se dirigía a Roma, Andrés se dirigió hacia Europa del Este. Según la mayoría de las interpretaciones de las escrituras, centró sus esfuerzos en los mares Caspio y Negro. En las tradiciones ortodoxas rusas, se dice que llegó hasta Kiev y Novgorod.

Finalmente, Andrés terminó en la aún pequeña ciudad de Bizancio (más tarde Constantinopla). Estableció la primera comunidad cristiana en Bizancio y nombró a un hombre llamado Stachys como primer obispo. Esto es significativo ya que Constantinopla se alzaría más tarde para desafiar incluso a Roma como centro de la fe cristiana. Así, Pedro fue visto como el fundador de la Iglesia en Occidente y Andrés como el fundador de la Iglesia en Oriente.

La muerte de Andrew

Mientras trabajaba en Bizancio, Andrew hizo varios viajes a Grecia. Su último fue a la ciudad de Patras . En Patras, Andrew predicó y realizó milagros de curación, lo que le permitió fundar una iglesia allí también. Según la tradición, una de las mujeres a las que curó era la esposa del procónsul romano (gobernador) de la provincia, Aegeates. Se cree que esto ocurrió durante el reinado de Nerón, cuando la persecución romana de los cristianos estaba realmente despegando, por lo que Aegeates hizo que Andrés condenara a muerte por crucifixión.

Andrés, como su hermano, aparentemente se negó a ser crucificado de la misma manera que Cristo, considerándose indigno de ese honor. En cambio, Andrew fue atado (no clavado) a una cruz en forma de X y crucificado boca abajo. Según algunas fuentes, esto fue para que pudiera ver el cielo mientras moría y anticipar su llegada al cielo.

Los restos de Andrew fueron tratados como semi-sagrados, y los peregrinos de la Iglesia primitiva acudieron en masa a Patras para presentar sus respetos. Estas reliquias fueron luego transferidas a Constantinopla en el siglo IV, y algunas fueron llevadas a Escocia por un monje que creía haber sido visitado por el santo en un sueño. Es por eso que San Andrés es el patrón de Escocia en la actualidad y por qué la bandera de Escocia lleva la cruz del mártir en forma de X. Dondequiera que estén en todo el mundo, las reliquias de San Andrés continúan atrayendo peregrinos cada año. Después de todo, de los discípulos, él fue el primero.

Resumen de la lección

En las tradiciones cristianas, Andrés era el hermano mayor de Simón Pedro, pescador , discípulo de Juan el Bautista y el primer discípulo llamado a seguir a Jesucristo. Más allá de esto, rara vez se menciona a Andrés por su nombre, pero cuando lo hace, casi siempre es en el contexto de llevar a alguien a una relación con Cristo . Después de la resurrección de Cristo, Andrés centró sus esfuerzos apostólicos en Europa del Este, y finalmente fundó la primera iglesia cristiana en Bizancio . Murió mártir en Patras, Grecia, y fue crucificado cabeza abajo en una cruz en forma de X . En el cristianismo de hoy, se le venera por hacer algo que hubiera sido extraordinariamente difícil para cualquiera: ser el primero.

El Adviento

Preparándonos para el Adviento

Por Consuelo Vélez

Hemos comenzado adviento y los textos bíblicos de la liturgia de este tiempo nos invitan a la preparación para el acontecimiento que se avecina. En efecto, que el Hijo de Dios se encarne en nuestra historia amerita que nos dispongamos para ello y revisemos si estamos preparados. Las lecturas del segundo y tercer domingo se refieren a Juan Bautista, precursor del Mesías, quien habla claramente de esta preparación.

En el segundo domingo de adviento el evangelista Mateo (3, 1-12) se refiere a la predicación de Juan Bautista: “Conviértanse porque está cerca el reino de los cielos” y haciendo referencia al profeta Isaías explica la misión que se le ha confiado: “Una voz grita en el desierto: preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”. Continúa el evangelista presentándonos la figura del Bautista diciendo que vestía piel de camello con una correa en la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Después se refiere a su dedicación a bautizar, pero también de su interpelación a los que quieren cumplir con un rito, pero no como signo de verdadera conversión. A fariseos y saduceos les dice: “¡Camada de víboras! ¿quién los ha enseñado a escapar del castigo inminente? Den el fruto que pide la conversión”. En otras palabras, Juan Bautista, como un verdadero profeta, es signo de otros valores -con su propia persona (expresado en su modo de vestir, de comer, de actuar) y con su predicación y, especialmente esta última, en la que interpela a sus oyentes de manera directa y firme.

En el tercer domingo de adviento con otro pasaje del evangelista Mateo (11, 2-11), se nos sigue presentando la figura del Bautista. En esta ocasión, el profeta manda a sus discípulos a preguntar directamente a Jesús si él es el Mesías o deben esperar a otro. La respuesta de Jesús es clara: “Vayan a anunciar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!”. Es decir, el profeta Jesús también manifiesta lo que avala la identidad de una vida: las obras que produce. Por eso invita a los discípulos a mirar lo que está aconteciendo y a descubrir en esas acciones la veracidad de su mesianismo. El evangelio termina con las palabras de Jesús sobre Juan el Bautista, confirmando también su profetismo y la manera como prepara el camino.

Estas lecturas también nos interpelan a nosotros frente a la vivencia de este tiempo. Aunque adviento es tiempo de alegría, de esperanza, de gozo, a la luz de estos textos bíblicos, también es tiempo de conversión, de testimonio, de acción. Pero aquí vienen las preguntas que nos hacemos, año tras año, y que parece no logramos responder con los hechos. ¿Qué distingue la vivencia cristiana de este tiempo de la manera secular de celebrar estos días? Los centros comerciales se decoran con motivos religiosos y no religiosos (árboles de navidad, Papá Noel, renos, nieve, etc.), adornos que también invaden las iglesias, las calles, los parques y los hogares. Pero ¿todos estos símbolos -que en sí mismos no son buenos ni malos- que mensaje nos transmiten? ¿a qué nos remiten? El otro aspecto que caracteriza este tiempo son los regalos. Por una parte, fomentan la sociedad de consumo porque parece que es de obligado cumplimiento comprar algo en estos días. Por otra, animan a la generosidad porque hay empresas y personas que destinan una parte de sus recursos a comprar regalos para los niños, con la motivación, como se dice, de “alegrarles la navidad”. Es decir, este tiempo de espera de la navidad tiene la ambigüedad de todo lo humano: una parte de superficialidad y consumo y otra parte de gratuidad, de compartir y de estrechar lazos con la familia y los amigos.

Pero eso no quita que no intentemos reorientar el sentido auténtico de estas fiestas y, no busquemos cómo conectarnos con lo realmente importante. Y las lecturas que hemos señalado nos dan algunas pistas. Sí Jesús es el Mesías esperado y en verdad queremos acogerlo, hemos de mirar más su actuar y ponernos en sintonía con ese horizonte. El Niño que nace trae el cambio de las situaciones injustas a situaciones justas expresadas en que los ciegos ven, los sordos oyen, etc. Este es el verdadero espíritu de adviento: transformar las situaciones, pero no mientras se viven estas fiestas, sino de manera estructural. No basta con dar regalos a los niños. Es necesario preguntarse qué hay que hacer para que todo niño tenga derecho a la salud, a la educación, a la comida, a la recreación, a la familia, todos los días de su vida. No basta con expresar el cariño en este tiempo sino convertir ese cariño en obras a lo largo de todo el año: más unión familiar, más solidaridad mutua, más compañía, verdadero amor expresado a través de los actos concretos. No basta con adornar las ciudades sino buscar que ellas pueden ser lugares de posibilidades para las personas en todos los tiempos. En otras palabras, Adviento es un tiempo cálido, colorido, festejado, pero ha de ser mucho más: tiempo de conversión a más justicia, a más solidaridad, a construir un país y un mundo donde la vida sea posible, también la vida del planeta. Un mundo donde se note que el Niño Jesús que viene y que los cristianos conmemoramos, año tras año, realiza lo que ha prometido a través de nuestro compromiso de hacerlo posible. Adviento es tiempo de ponernos en camino para transparentar con nuestras obras que el Mesías esperado efectivamente llega para “allanar todos los senderos” para “reunir el trigo en el granero y quemar la paja en la hoguera”.

El Adviento en Nicaragua

El Adviento de los obispos de Nicaragua: “Que nuestra nación se encamine siempre por las vías de la paz y la concordia”

En un mensaje dirigido al Pueblo de Dios, la Conferencia Episcopal expresa también su preocupación por “el acontecer social político y económico de nuestra patria sobre todo, entre otros, la crisis migratoria”

obispos de Nicaragua

A unos días de que inicie el tiempo de Adviento el próximo 27 de noviembre, la Conferencia Episcopal de Nicaragua, dirigida por su presidente Carlos Enrique Herrera, obispo de lo diócesis de Jinotega, emitió un mensaje con la esperanza de que su país “se encamine siempre por las vías de la paz y la concordia”.

Los obispos de Nicaragua confiaron “los caminos” de esa nación “a Nuestro Señor Jesucristo que nos enseña a reconocernos como hermanos e hijos del mismo padre… nos ponemos humildemente bajo la protección de la virgen, Reina y madre de Nicaragua”.

En un mensaje dirigido al pueblo de Dios y firmado por sus obispos –excepto el de Matagalpa, Rolando Álvarez, detenido en Managua por el gobierno desde agosto– se destaca: “Nuestra primera palabra es de alegría y esperanza porque Cristo pone su casa en medio de nosotros”.

Para la Conferencia Episcopal de Nicaragua, aún en medio de incertidumbres y dolores, el reino de Dios se hace presente y “se manifiestan entre nosotros múltiples signos de un mundo nuevo” pues “la fuerza de su vida nueva y la de nuestra Madre, la Virgen, no nos abandona”.

De igual modo, expresaron alegría por la recuperación creciente de la presencialidad en las actividades pastorales, “lo que nos ha permitido entre otras cosas celebrar con gozo nuestra fe en la pasada Semana Santa, las fiestas patronales, reuniones, retiros y otras actividades religiosas”.

La Conferencia Episcopal de Nicaragua animó a los fieles a “caminar juntos en la esperanza, tomados de la mano hacia una misma dirección y fortalecer nuestro compromiso por un mundo más humano”.

No obstante, los obispos señalaron que los motivos de alegría no les impiden reconocer “las preocupaciones que tenemos sobre el acontecer social político y económico de nuestra patria sobre todo, entre otros, la crisis migratoria que es reflejo de un drama humano que nos interpela”.

Por otro lado, refirieron que cómo Iglesia Católica en Nicaragua están viviendo actualmente el proceso sinodal, “tiempo de participación y comunión, al que el papa Francisco ha invitado a la iglesia universal”.

Dejar fuera el individualismo

En ese sentido, consideraron: “todos debemos caminar juntos, nadie debe quedarse atrás; todos debemos tener las posibilidades de desarrollarnos y hacer de Nicaragua un país de hermanos”.

Por lo anterior, pidieron buscar “siempre hacer el bien, de forma que cada vez hablemos más como hermanos y dejemos fuera el individualismo. Según las prioridades pastorales de nuestra Conferencia Episcopal, buscamos profundizar en las exigencias de nuestra conversión personal y pastoral, para estar como iglesia a la altura de la misión que el Señor nos ha encomendado”.

Hicieron un llamado a participar de esa búsqueda y unirse en oración por el buen desarrollo de las cinco prioridades pastorales de la Provincia Eclesiástica de Nicaragua.

Pidieron a los fieles continuar en la actitud orante “viviendo la Liturgia del Adviento como un tiempo de oración y de reflexión caracterizado por la espera vigilante -es decir; tiempo de esperanza y de vigilia- de arrepentimiento, de perdón y de alegría. Con estos temas preparemos e impartamos un retiro espiritual en todos los niveles de nuestra iglesia”.

También pidieron celebrar con mucho fervor en las parroquias, capillas y  áreas pastorales, así como dentro de las familias “como Iglesia doméstica, los novenarios a la Inmaculada Concepción, haciéndole su altar a la virgen de Guadalupe y al niño Dios, elaborando el nacimiento”.

La vida es Adviento:

Somos Adviento de Dios y de la Humanidad nueva


Adviento no es un tiempo al lado de otros (navidad, pascua, pentecostés…), sino todo el tiempo de vida de Dios y los hombres:
1) En un sentido hay dos advientos. (a) Un adviento de Dios que viene a (en) la carne de hombres, y así podemos llamarle el que viene (Viniente). (b) Un adviento de los hombres que son viniendo en (y de) Dios, humanidad caminante.
2) Pero, en otro sentido, no hay dos sino un Adviento (conforme al dogma de Calcedonia), pues Dios es Adviento (viene) en los hombres, y los hombres son Adviento, viniendo y siendo (=para ser) en Dios, en camino y promesa de reconciliación y paz perdudable (shalom)

Así quiero comentarlo en este primer domingo (candela o luz) de Adviento 2020, del ciclo B. Presentaré primero el texto del evangelio de Marcos (13, 33-37). Desarrollaré después el tema, para quienes quieran y puedan seguir, de un modo más “filosófico” y social, poniendo de relieve la posibilidad o riesgo de que los hombres destruyan su Adviento, que el Adviento de Dios.
Por | X Pikaza


ADVIENTO DE EVANGELIO, VIDA EN VELA (MC 13, 28-37).

La lectura del domingo es sólo la parte final (Mc 13, 33-37) pero quiero situarla en su contexto para entender la mejor:
(a. Parábola de la higuera) 28 Aprended la parábola de la higuera. Cuando sus ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, conocéis que se acerca el verano. 29 Pues lo mismo vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que ya está cerca, a las puertas.
(b. Declaración: ni el Hijo lo sabe) 30 Os aseguro que no pasará esta generación sin que todo esto suceda. 31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 32 En cuanto al día y la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre.
(c. Vigilancia) 33 ¡Cuidado! Estad alerta, porque no sabéis cuándo llegará el momento. 34 Sucederá lo mismo que con aquel que se ausentó de su casa, encomendó a cada uno de los siervos su tarea y encargó al portero que velase. 35 Así que velad, porque no sabéis cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a media noche, al canto del gallo o al amanecer. 36 No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. 37 Lo que a vosotros os digo, lo digo a todos: ¡Velad!


Parábola de la higuera (13, 28-29). Jesús ha declarado el fin de un tipo de higuera vieja (Mc 11, 12-26). Pero ahora, ante la Abominación de la Desolación (el riesgo de ruptura universal, la lucha de todos contra todos), él vuelve a presentar el signo de la higuera: Es este de riesgo, amenazados por grandes persecuciones y derrumbamientos sin remedio, los creyentes vuelven al signo de la higuera, que no es ya una señal del templo estéril, sino expresión y signo de un tiempo de esperanza, el Adviento de Dios.            Es tiempo de primavera, anticipo y adelanto de la cosecha definitiva, como indican sus ramas de la higuera, que se ablandan, de forma que por ellas se expanda la blanca y fuerte savia de la vida, y brotan de nuevo las hojas, pues va a llegar pronto la cosecha. ¿Cuándo? Muy pronto. Faltan sólo unos meses, el tiempo en que madure la cosecha dulce de los higos.

Declaración: Ni el Hijo lo sabe (13, 30-32). El signo de la higuera dice dos cosas que son inseparables. (a) Por un lado asegura que todas estas cosas han de suceder en esta generación (13, 30), conforme a una palabra que se puede atribuir al Jesús histórico (en la línea de 9, 1, donde se dice algo semejante), aunque el Jesús de Marcos se dirige ya a los lectores/oyentes del evangelio: ahora, cuando se proclama esta palabra, sucederán estas cosas, en el tiempo que tardan en madurar los hijos de la higuera. (b) Por otro afirma que del día y hora nadie sabe nada, ni siquiera el Hijo, al que vimos dar la vida en la parábola de los viñadores (12, 6) y que aquí aparece en sentido absoluto, sino sólo el Padre, presentado también como absoluto (13, 32). Esto significa que los fieles deben evitar todo cálculo de tiempo, vivir en vigilancia, en manos del Padre.

Jesús ha preparado ya todas las cosas del tiempo final, desde el principio de su camino hacia Jerusalén (9, 1), y ha confiado su “secreto” a los cuatro pescadores del principio (1, 16-20; 13, 3), a quienes ahora ha convertido en testigos de la última cosecha de la higuera nueva, cuyas hojas y frutos han empezado a despuntar. El tiempo de Dios es Camino. Dios viene porque es Dios; pero, al mismo tiempo, viene porque se ha encarnado en la vida de los hombres que son (somos) Adviento de Dios.

Vigilancia (13, 33-37). Vivir alerta en Dios, estamos en vela de nacimiento de Dios, en la noche que precede a la aurora de la salvación. Como siervos vigilantes debemos mantenernos en el tiempo de tiniebla de este mundo, llenos de esperanza. Esta imagen de la noche que precede al día, y de los siervos que esperan al Kyrios proviene de la apocalíptica judía. Pero los cristianos saben que la salvación está ya realizada en Jesús y que el Señor a quien esperan es el mismo que ha muerto por ellos. Eso hace que cambie su actitud: no son simples criados sometidos al capricho de un amo imprevisible; son amigos, compañeros de alguien que les ha precedido en el camino de la entrega generosa de la vida.

Aquí se centra el mensaje de Mc 13. Ha sido un paréntesis: Marcos ha descorrido el telón y por un momento ha mostrado lo que está del otro lado de su muerte, en el fondo de la entrega de Jesús, y lo ha hecho frente al templo de Jerusalén, que aquí aparece como higuera seca, condenada a la ruina. Allí habían preguntado los cuatro pescadores primeros (1, 16-20),convertidos en testigos y garantes finales de la historia (cf. 13, 3-4). Allí ha respondido Jesús (13, 5-36), hablando de la nueva higuera, que lleva en sus ramas y en sus hojas la promesa de la gran cosecha.

Es posible que al fondo de esta revelación escatológica especial, dirigida en el momento conclusivo de la historia a los pescadores del principio, haya una especie de camino abierto al evangelio secreto, la búsqueda de sabidurías especiales de iniciados, en la línea que han elaborado más tarde algunos textos gnósticos. Pero estos cuatro dialogantes de Jesús son receptores y guías de toda la iglesia; su mensaje no es palabra oculta, propia sólo de iniciados. Es mensaje y palabra que Marcos transmite a todos los cristianos: ¡Lo que a vosotros digo, se lo digo a todos: vigilad!                                             Los cristianos, personificados en estos testigos del principio y final. No están a oscuras. Conocen los signos decisivos (13, 28-31), pueden mantenerse en vigilancia.
Estamos en los días finales (no pasará esta generación: 13,30), pero al mismo tiempo descubrimos que el adviento de Dios nos trasciende, y así tenemos que dejarlo en manos de Dios (sólo el Padre conoce la hora: 13,32). Sobre ese fondo puede y debe repetirse la palabra “vigilad”, como último sentido y exigencia del mensaje escatológico (13,37). Limitado y sujeto a la muerte es el mundo, como ha recordado Jesús cuando nos habla de caída del sol y terremotos. Violento y destructivo es el mismo ser humano que introduce el miedo de la guerra universal sobre el tortuoso camino de este cosmos. Pues bien, superando ese riesgo de fragilidad y muerte, los discípulos de Jesús podrán anunciar el evangelio, como una vela o vigilia de Dios.

A todos sus discípulos (especialmente a los cuatro de 13, 2: Pedro y Andrés, Juan y Santiago) ha dejado Jesús la tarea de vigilar y servir como criados (douloi) de la casa y porteros (thyrôroi) del edificio de la iglesia (13, 34-35). Jesús les había llamado como pescadores para reunir a los peces humanos en la gran pesca del reino (1, 16-20). Ahora les hace vigilantes, encargados de velar por la comunidad de los que creen, en gesto de servicio pastoral. Ellos saben que el evangelio ha de anunciarse a todos los pueblos (13, 10) y que Jesús ha de volver como Hijo del humano:

¿Cuándo? No lo saben ellos, ni los ángeles, ni tampoco el Hijo (cf. 1, 11; 9, 7) ¡Sólo el Padre! Será cuando él lo quiera (13, 32). De esta forma ratifica Marcos la experiencia radical de la transcendencia de Dios, marcada en los lugares clave de su texto (cf. 8, 33; 10, 18.40). Al servicio de Dios ha realizado Jesús su tarea. No puede usurpar sus funciones. No hay un tiempo limitado de venida de Dios. El Adviento es “siempre”, hasta que culmine Dios y sea todo en todos por Cristo (1 Cor 15, 28)

¿Dónde? Tampoco lo dice. Pero es claro que Marcos rechaza un tipo idea judeocristiana de la venida y cumplimiento mesiánico en el templo. Jesús ha pedido a los discípulos que huyan de la ciudad que no esperen allí la victoria del mesías (cf. 13, 14). Jerusalén ha matado a Jesús y sólo tiene un sepulcro vacío. El Adviento de Dios se realiza en todo el mundo, en los cuatro ángulos o “vientos” de la tierra, en el cosmos entero.


REFLEXIÓN. PODEMOS DESTRUIR EL ADVIENTO DE DIOS

Dios, «prueba» (apuesta) de Adviento
– Riesgo de Adviento es Dios; se ha arriesgado a venir, a ser en la vida de los hombres, dejándoles en libertad de amor; por eso puede fracasar su intento de vida.
– Riesgo de Adviento somos los hombres… Podemos fracasar, destruir la vida, matarnos… Somos en Dios el gran riesgo, apuesta de vida en un riesgo de muerte.
Dios es para muchos un riesgo de poder, un principio de esclavitud: A unos fortalece para que así puedan dominar a los demás, y a otros adormece, para que acepten su opresión (e incluso su muerte), a fin de merecer de esa manera el cielo, en compensaría por su sufrimiento. Pues bien, en contra de eso, el Dios de judíos y cristianos es aquel que viene como promesa de paz (shalom) y de reconciliación final de la historia; Dios prueba su verdad en los hombres, viniendo en ellos como Adviento.
La “prueba” de Dios se sitúa, según eso, en el mismo camino de la historia, en la línea citada de la «apuesta» a favor de la vida. La razón ilustrada ha descubierto el mal, pero es incapaz de resolverlo, pues se encuentra hundida en coordenadas de violencia que no puede trascender por sí misma: O nos abrimos a un nivel de gratuidad, expresada en un Dios de perdón y libertad, o terminamos matándonos todos. Ésta es una prueba práctica de Dios, una prueba social (no religiosa, en el sentido convencional del término), una apuesta a favor de la vida, tal como se expresa en la voz de los asesinados[1].
Antiguo Testamento y judaísmo: los testigos del Adviento

Situarnos en tiempo de Adviento es “volver” al judaísmo, empezar por el Antiguo Testamento. Por eso quiero citar como testigos de Adviento a tres grandes pensadores judíos (Adorno, Horkheimer, Levinas), a quienes añado un cristiano (Metz).

‒ Th Adorno (1903-1969) y M. Horkheimer (1895-1973), anhelo del totalmente Otro.Fueron judíos alemanes y testigos de la crisis de la modernidad, bajo la opresión nazi, de la que pudieron liberarse, a diferencia de W. Benjamin (1892-1940), que se quitó la vida en la frontera franco-española. Tras emigrar a Estados Unidos, captaron y criticaron también los riesgos de la nueva cultura de opresión que surgía también en línea marxista (dictadura del partido) o capitalista (dictadura del mercado). Así escribieron su preciosa y desgarrada Dialéctica de la Ilustración (1944),destacando los límites y riesgos de una modernidad que acaba cerrándose en un círculo de opresión y muerte.

Ellos supieron que la gran Ilustración (con su Dios racional) había fracasado, sin crear un orden justo. Rechazando al dios del sistema, se abrieron, al menos implícitamente, al Dios verdadero de la libertad, asumiendo la voz de las víctimas, conforme a la mejor tradición del judaísmo mesiánico y apocalíptico: El sufrimiento de los inocentes llega a los oídos de un Dios de libertad, que debe existir, pues de lo contrario nada tendría sentido. Dios es Adviento, el que viene instaurando la justicia, rechazando la opresión, rehabilitando a los inocentes. Éste sólo puede ser el Dios-Adviento de los profetas y los salmos de Israel.

‒ E. Levinas (1905-1995), el rostro del huérfano y la viuda. También judío, se opuso a la visión occidental (moderna) de un Dios vinculado al sistema cósmico y social (Totalidad), en una línea que ha culminado en Hegel. A su juicio, los pueblos de la tierra han creado dioses y diosas de tipo idolátrico, para imponer su verdad, como indicaban los antiguos mitos religiosos (con los baales y asheras del entorno israelita) y de un modo especial los sistemas político-filosóficos de la modernidad (razón ilustrada, idealismo hegeliano, comunismo, capitalismo).

La Biblia Hebrea rechazó ya los intentos de divinizar una razón opresora, sacrificial (que vive matando a sus víctimas), y su propuesta debe iluminarnos todavía para rechazar los mitos y sistemas filosófico-sociales de occidente, que viven de su mentira, sacralizando el poder, para someter a hombres y pueblos, especialmente a los débiles, bajo un Todo dictatorial (de tipo socio-religioso). El verdadero Dios no es totalidad ya hecha desde siempre y para siempre, justificando lo que hay, sino el Infinito que Viene, el Adviento de la Vida que se manifiesta en el rostro del huérfano y la viuda, el extranjero y pobre. Éste Dios de Levinas y del judaísmo en su conjunto sólo puede ser Adviento de esperanza y futuro de la historia.

‒ J. B. Metz (1928-2019), memoria del Crucificado. Enfrentándose a un tipo de razón ilustrada, Metz ha destacado la singularidad del Dios cristiano (judío), que acoge la memoria de los que han sido expulsados del sistema dominante, por imperativo del mismo sistema o por prepotencia de los fuertes. A su juicio, una razón que se dice neutral (y no lo es) resulta insuficiente. La verdadera razón no puede ser indiferente ante la lucha de la historia, ni justificar el sistema (con su opresión), sino penetrar en la raíz de la injusticia y sufrimiento de los hombres, en la línea del Dios judío que «resucita a los que han muerto», en especial a los asesinados (cf. Rom 3, 17).

Dios no apoya a los vencedores, sino a los vencidos y excluidos, no para ofrecerles sólo una compensación futura, sino para iniciar con (para) ellos la gran transformación de la justicia. Si la justicia es justa y la razón racional, ella ha de fundarse en el Dios de la gracia, que da vida y que eleva (justifica) a los asesinados. Metz se sitúa así en la línea de Kant, pero no apela a Dios desde el imperativo moral del buen ciudadano, sino desde el dolor y muerte de los crucificados, y su apelación ha de entenderse como un grito de protesta contra la razón del sistema[2].

Significativamente, esos autores (tres judíos, un cristiano) expresan la existencia y esperan la llegada del Dios Adviento, el Dios plenamente judío dentro del cristianismo.
Dios Adviento. Apuesta por la vida a pesar del riesgo de muerte de los hombres.
No se trata de celebrar el adviento de un Dios aislado de los hombres, sino el Adviento de Dios en la existencia de los hombres. La “demostración” del Dios-Adviento en la vida de los hombres: Que pudiendo matarse (matando unos a otros o suicidándose todos) opten por la vida. Adviento es la “prueba” o signo de la vida en medio del triple riesgo de muere de los hombres.

‒ Primera tarea del Adviento: superar la bomba de la guerra universal (La tarea de Isaías 2,2-4: De las espadas forjarán arados…).En otro tiempo, la violencia parecía limitada y parcial (pues unos grupos sociales estaban separados de los otros), de manera que resultaba difícil (casi imposible) que todos los hombres pudieran destruirse. Ahora podemos hacerlo, pues formamos un único mundo, con un potencial de destrucción casi ilimitado (bomba atómica). Han sido necesarios muchos milenios para nuestro surgimiento; pero somos capaces de matarnos en pocas horas o días, si algunos (dueños de la bomba), lo deciden, y si otros (todos) nos vemos envueltos en una espiral de violencia creciente, excitada por el miedo multiplicado y la venganza reactiva. Dios nos ha creado; pero nosotros podemos rechazar su obra y matarnos, en una especie de muerte global.
En este momento, sólo podemos sobrevivir si lo queremos (nos queremos) y si pactamos en justicia y amor (si dialogamos, nos respetamos), superando el riesgo de la pura opresión político-militar, cultual y económica, es decir, si buscamos formas de administración «humana» al servicio de la humanidad, oponiéndonos al terrorismo de los poderes globales y a la posible respuesta reactiva de grupos marginados. En esa línea debemos ponernos al servicio de los excluidos, y con ellos al servicio de la vida de todos. El hecho de que optemos por la vida (defendiendo a las víctimas) y lo hagamos en libertad es signo de que el fondo creemos en Dios, pues en él vivimos (Hch 17, 28) y de que Dios cree en los hombres, empezando por los expulsados de la vida. Vivir así, en este contexto de muerte, es ya Adviento, signo y prueba de la existencia de Dios (Mt 25, 31-46).
‒ Segunda tarea del Adviento: Nacer para la vida (la mujer ha concebido, dará a luz un Niño para la vida, Isaías 7, 14). El viejo rey de Israel quería que nacieran niños para la guerra; parte de la humanidad actual quiere niños para la opresión (genéticamente modelos para gloria del sistema…). Adviento significa que la humanidad engendre niños para la vida, es decir, para la libertad y el amor, una humanidad de Adviento, simbolizada en la doncella/virgen de Isaías.
Ciertamente, la ayuda de la ciencia genética es buena, de manera que podría comenzar en nuestro tiempo una etapa fecunda de paternidad/maternidad responsable y consciente, para que así pudiéramos engendrar a los hijos (hombres) del futuro con más garantías de amor. Pero un tipo de ciencia instrumental, manejada por élites de poder sin conciencia, podría fabricar humanoides en serie, un tipo de híbridos humanos, no ya parcialmente condicionados, sino manejados, dirigidos, controlados desde fuera, como instrumentos al servicio de sus amos.
Si rompiéramos la cadena gratuita de transmisión de la vida (que se expresa por el amor de padres a hijos), fabricando humanoides sin vinculación personal (sin libertad asumida y compartida), nos negaríamos a nosotros mismos y destruiríamos nuestra historia (¡en Dios nos movemos! Hch 17, 28), poniendo en riesgo nuestra identidad como signo y presencia de Dios. Una vida que no fuera transmitida de forma personal, directa, a través de unos padres, dejaría de ser humana, en el sentido actual. Sería vida sin libertad, de humanoides convertidos en máquinas al servicio del sistema dominante.
Podría surgir quizá una especie distinta de vivientes post-humanos, pero si no tuvieron libertad, si fueran producidos, no creados por amor de otras personas, no serán humanos, hijos de Dios. No se trata de negar la ciencia (los avances de la biología y la genética), sino de ponerla al servicio de la transmisión humana de la vida, en amor y libertad, es decir, de un modo gratuito, empezando por los más pobres. Transmitir la vida, desde el signo de la mujer de Is 7, 14; acoger y proteger la vida que nace, eso es Adviento.

‒ Tercer riesgo y tarea de Adviento: Superar la angustia o cansancio vital. Hasta ahora hemos vivido porque nos gustaba hacerlo, a pesar de todos los riesgos, porque en el fondo de la aventura humana (engendrar y convivir) habíamos hallado un estímulo, un placer, vinculado al mismo Dios, a quien llamábamos creador de vida. Habíamos avanzado (caminado) sobre el mundo por gozo y deseo, porque la vida era un don y una aventura, un regalo sorprendente que agradecíamos a Dios.
De esa forma hemos podido superar muchas crisis y amenazas a lo largo de una historia inmensamente conflictiva. Pero muchos sienten ya que no merece la pena, que esta vida no es regalo sino carga, que es tragedia y riesgo no gozo, de manera que se niegan a engendrar nuevos seres humanos, promoviendo así un tercer tipo de suicidio, por falta de deseo y por cansancio de una vida que parece sin base ni futuro ni sentido sobre el mundo. El problema no es ya la Voluntad de Poder, sino su ausencia, la quiebra o falla de una Voluntad de Ser, que se ha ido agotando a lo largo de siglos. Puede quebrarse en nosotros el deseo de vivir y transmitir la vida, de manera que nos matemos (es decir, terminemos negándonos a vivir), unos en medio de grandes riquezas materiales (asfixia interna), otros por falta de medios (asfixia externa), pues sin gozo y deseo de vida resulta imposible la subsistencia de la especie humana, como si Dios dejara de alegrarse en nosotros y de expandir la vida (es decir, de darse a sí mismo, pues en él existimos, como dice Hch 17, 28).
Significativamente, este cansancio parece más acentuado en los estamentos ricos (privilegiados) de la sociedad, que pueden incluso jugar filosóficamente con la angustia, y presentarse como protectores del patrimonio de una vida que está manipulada, mientras los pobres y excluidos, sin grandes filosofías, desean vivir optando por la vida como tal, en su totalidad, a pesar de las dificultades. En sus manos está posiblemente el futuro de la especie humana. Adviento es vivir en esperanza, porque viene Dios, porque somos humanidad naciente de Dios.

Conclusión. Las tres candelas de Adviento. La cuarta es Jesús. Estos tres riesgos marcan nuestra forma de vida, de manera que ya no basta con decir que hay Dios en general, sino que la fe en él nos permite (y exige) superar esos riesgos, como indicaré en orden inverso.
(1) Primera candela, querer vivir dando gracias. Si vivimos, a pesar del cansancio y angustia de muchos, es que en el fondo creemos en Dios somos Adviento
(2) Segunda candela, transmitir vida en amor. Si queremos transmitir la vida de un modo personal (de padres a hijos), ciertamente con ayuda de la ciencia, pero sin dejarnos manipular por ella, es que creemos en Dios que es Adviento, que quiere nacer y nace en la vida de los hombres.
(3) Tercera candela, superar la bomba. Si vivimos y confiamos en el futuro, a pesar del riesgo de la bomba o de la guerra universal, es porque creemos en Dios (porque creen en él especialmente los más pobres) como puerta de futuro, camino de resurrección sobre la muerte, somos Adviento.
(4) Cuarta candela… Dios es Adviento, nace Jesús.


Notas
[1] La modernidad ha creado formas admirables de producción a las que no podemos ni queremos renunciar (ciencia, progreso técnico, racionalidad administrativa); pero ella corre el riesgo avanzar e imponerse con violencia, divinizando un tipo de Sistema opresores. En ese contexto debemos evocar el sufrimiento de los asesinados, elevando desde ellos la pregunta por Dios.
[2] J. B. Metz, La fe en la historia y en la sociedad,Madrid 1979; Por una cultura de la memoria,Barcelona 1999

El Adviento

¿Qué dice la liturgia del Adviento?, ¿cómo vivir este tiempo?

Corona de Adviento

El tiempo de Adviento tiene un doble carácter; de preparación para la solemnidad de Navidad y el tiempo en el que las mentes de los hombres se dirigen a la expectación de la segunda venida de Cristo

Actualmente, cabe distinguir un primer período desde el primer domingo de Adviento (el domingo más cercano al 30 de noviembre) hasta el 16 de diciembre, y un segundo periodo que va desde el 17 hasta el 24 de diciembre

Durante los primeros días las oraciones y las lecturas se refieren a los pasajes que anuncian la llegada del Señor como Mesías y juez al final de los tiempos. A partir del 17 de diciembre la oración cristiana se centra en la preparación inmediata del recuerdo del nacimiento del Salvador

Al comenzar el tiempo de Adviento, se recomienda la colocación de la corona de Adviento, signo que expresa la alegría del tiempo de preparación a la Navidad; de la luz que señala el camino y del color verde; la vida y la esperanza

(Archimadrid).- «El tiempo de Adviento tiene un doble carácter, pues es el tiempo de la preparación para lasolemnidad de Navidad, en la que se recuerda la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es, además, el tiempo en el que, mediante este recuerdo, las mentes de los hombres se dirigen a la expectación de la segunda venida de Cristo, al fin de los tiempos. Por ambos motivos, el tiempo de Adviento se presenta como tiempo de devota y alegre expectación» (Ceremonial de los obispos, 235).

Es interesante saber que la palabra Adviento procede del latín adventus, que primitivamente se aplicaba a la venida de un personaje, particularmente del emperador. La Iglesia lo aplicó a Cristo. Si, además, nos fijamos en que el término griego para esta palabra es parusía, entenderemos mejor que este periodo haya sido asumido por la liturgia también como la espera de la venida gloriosa y solemne de Cristo en su definitiva aparición al final de los tiempos. Así pues, desde el comienzo, la liturgia juega con el paralelismo de las dos venidas de Cristo: una primera venida, en la humildad de la carne; y una segunda, en la majestad de la gloria, como se refleja en las oraciones litúrgicas de estos días.

Históricamente este tiempo nació de modo disperso, ya que en sus inicios no se celebraba de igual modo en Roma, en Francia o en España. Por ejemplo, en España, antes de la adopción de la fiesta romana de Navidad del 25 de diciembre, un canon del Concilio de Zaragoza, en torno a los años 380-381, invitaba a los fieles a acudir a la asamblea durante las tres semanas que precedían a la fiesta de la Epifanía, a partir, por tanto del 17 de diciembre. Se invitaba a los cristianos a huir de la dispersión de las fiestas paganas y parece que se trataba de un periodo de preparación para recibir el sacramento del bautismo en la Epifanía, que también celebraba el Bautismo del Señor. Posteriormente, el rito hispano conocerá un tiempo de Adviento de seis semanas. Roma conoce el Adviento solo hacia el siglo VI y en el pontificado de san Gregorio Magno (590-604) se pasa definitivamente a las cuatro semanas.

Actualmente, en este tiempo cabe distinguir un primer período, que se extiende desde el primer domingo de Adviento (el domingo más cercano al 30 de noviembre) hasta el 16 de diciembre, y un segundo periodo que va desde el 17 hasta el 24 de diciembre.

Durante los primeros días las oraciones y las lecturas se refieren a los pasajes que anuncian la llegada del Señor como Mesías y juez al final de los tiempos, dando gran cabida a los profetas, entre los cuales destacan Isaías y Juan Bautista, el precursor, personaje típico del Adviento que indica la presencia del Mesías.

A partir del 17 de diciembre la oración cristiana se centra en la preparación inmediata del recuerdo del nacimiento del Salvador. Son días en los que se proclaman los textos evangélicos de la infancia, según san Mateo y san Lucas, evangelistas del nacimiento del Señor y de su preparación. María adquiere un singular protagonismo en estos días, especialmente en el cuarto domingo. A lo largo de este tiempo aparece como Hija de Sión, sierva del Señor o nueva Eva. Asimismo, es imagen de la Iglesia, que espera y anhela al Señor.

Aunque a lo largo de la historia han existido épocas en las que el Adviento adquirió una fuerte connotación penitencial, a imitación de la Cuaresma, sin olvidar la dimensión de conversión y preparación, se insiste más en la gozosa espera de la venida del Señor. Desde este punto de vista, la moderación que se pide con respecto a la utilización del órgano y de otros instrumentos musicales o en el adorno con flores corresponde, más que a una norma penitencial, a una contención de la plena alegría que se vivirá en la Natividad del Señor. De este modo, retener un gesto litúrgico durante un tiempo permite que se destaque más su valor cuando se recupera, como ocurre, por ejemplo, con el canto del gloria o como puede hacerse también con el intercambio de la paz.

Desde el punto de vista pastoral es interesante que nuestras parroquias fomenten el cuidado de la espiritualidad de estos días; algo que se puede tener en cuenta desde varias perspectivas:

Desde una lectura orante y sosegada de la Palabra de Dios que la Iglesia propone durante estos días.

A través de charlas de formación litúrgico-espiritual, que expliquen el sentido y el modo de vivir este tiempo.

Con el fomento de la celebración del sacramento de la Penitencia, como invitación a la conversión ante la espera del Señor.

Mediante la colocación y bendición de la corona de Adviento.

La corona de Adviento en la liturgia

Al comenzar el tiempo de Adviento, se recomienda la colocación de la corona de Adviento en un lugar destacado de las parroquias y otros lugares de culto. Como signo que expresa la alegría del tiempo de preparación a la Navidad, es símbolo de esperanza de que la luz y la vida triunfarán sobre las tinieblas y la muerte, ya que el Hijo de Dios se ha hecho hombre por nosotros y con su muerte nos ha dado verdadera vida. Además, como recuerda el Bendicional, la corona encierra en sí varios símbolos: en primer lugar, la luz, que señala el camino, aleja el miedo y favorece la comunión; y para los cristianos es símbolo de Jesucristo, luz del mundo, tal y como se expresa en este pasaje de la Sagrada Escritura: «¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!» (Is 60,1). En segundo lugar, el color verde de la corona significa la vida y la esperanza. En tercer lugar, el hecho de encender cada semana los cirios de la corona pone de relieve la ascensión gradual hacia la plenitud de la luz de Navidad.

Nuestras celebraciones no deben desaprovechar la posibilidad de utilizar este gesto, introducido progresivamente en los últimos años, que ayuda a subrayar el valor pedagógico de la liturgia durante este tiempo. Por eso, conviene bendecir la corona al comienzo de la celebración eucarística del primer domingo de Adviento, tras el saludo inicial, suprimiendo el acto penitencial. La bendición, cuyo texto se reproduce a continuación, puede ser precedida de una breve monición explicativa y seguida por un canto apropiado.

Oración de bendición

Oremos.

La tierra, Señor, se alegra en estos días,
y tu Iglesia desborda de gozo ante tu Hijo, el Señor,
que se avecina como luz esplendorosa,
para iluminar a los que yacemos en las tinieblas
de la ignorancia, del dolor y del pecado.

Lleno de esperanza en su venida,
tu pueblo ha preparado esta corona con ramos del bosque
y la ha adornado con luces.

Ahora, pues, que vamos a empezar
el tiempo de preparación para la venida de tu Hijo,
te pedimos, Señor, que mientras se acrecienta cada día
el esplendor de esta corona, con nuevas luces,
a nosotros nos ilumines con el esplendor de aquel que,
por ser la luz del mundo,
iluminará todas las oscuridades.

Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

R. / Amén.

Propuesta de monición para encender la corona

-Primer domingo. Encendemos, Señor, esta luz, como quien está en vela aguardando la llegada del Señor. En esta primera semana de Adviento nos preparamos con alegría para que la venida de Cristo disipe las sombras y tinieblas de nuestra vida y reconozcamos que la salvación está más cerca de nosotros. La primera vela de esta corona nos orienta a caminar hacia esa luz, que refleja a Cristo, luz del mundo, que nos atrae hacia sí.

-Segundo domingo. Del mismo modo que el profeta Isaías anhela la llegada de un tiempo de paz y San Juan Bautista nos invita a preparar el camino del Señor, nosotros encendemos estas dos velas, reavivando la esperanza del cumplimiento de las promesas hechas a los patriarcas de Israel. Que estas luces nos impulsen a disponernos con nuestra vida para llegada del Señor.

-Tercer domingo. Uno de los signos que muestran a Jesús como luz del mundo es el devolver la vista a los ciegos, como escuchamos en el Evangelio de este domingo. Que estas tres velas que hoy encendemos sean signo de la alegría de saber que el Señor está muy cerca y de que pronto podremos contemplar su gloria: él viene en persona para abrir los ojos a los ciegos y hacer caminar a los cojos.

-Cuarto domingo. María, la virgen encinta que va a dar a luz un niño, representa el modelo de la Iglesia que vive en la espera confiada en el Señor. Estas cuatro velas que hoy encendemos nos indican que el cumplimiento de las promesas está a punto de realizarse y que el Enmanuel, el Dios-con-nosotros, se hace presente en medio de su pueblo.

El ciclo litúrgico A. San Mateo

En los domingos de este año A escuchamos los pasajes más significativos del evangelio de san Mateo, salvo en algunos domingos en los que, especialmente en los tiempos fuertes, se proclama el Evangelio según san Juan. Cada uno de los evangelistas se centra en aspectos concretos de los gestos y palabras del Señor. Como es imposible leer todo el Evangelio en los domingos de un año, la liturgia ha seleccionado para este año aquellos pasajes más propios de Mateo, especialmente los que no se repiten en otros evangelistas.

Algunas de las características de san Mateo son:

-En su Evangelio se da preeminencia a las palabras de Jesús sobre los gestos. Aunque también escuchamos algunos de sus milagros, se prefiere mostrar a Jesús que enseña.

Los discursos del Señor se agrupan en los siguientes temas:

Sermón de la montaña (capítulos 5-7)

Discurso de la misión (capítulo 10)

Parábolas del Reino (capítulo 13)

Exhortación sobre la vida de la comunidad (capítulo 19)

Discurso escatológico: exhortación a la vigilancia (capítulos 24-25)

-El Evangelio de San Mateo gira en torno a dos confesiones cristológicas: Jesús es el Dios con nosotros (Mt 1, 23) y yo estoy con vosotros (Mt 28, 20). Con estas afirmaciones al principio y al final del Evangelio, quiere ser un permanente recuerdo de la presencia del Señor en medio de su pueblo, tanto al inicio de su misión como después de la Resurrección. Con ello, se pretende que la seguridad de la presencia del Señor nos aporte una continua confianza ante la labor que la Iglesia tiene por delante.

-Este Evangelio destaca por las abundantes citas del Antiguo Testamento. Se quiere mostrar así que Jesús cumple las promesas hechas a Israel y que la Iglesia es el Nuevo Israel.

-El Reino de los cielos, que será definitivo al final de los tiempos, ya ha comenzado y seguirá creciendo hasta la segunda venida del Señor. Una de las figuras más destacadas es la de Pedro. Mateo narra los hechos históricos pensando en la comunidad que le escucha y lee ahora.

-Hay pasajes propios en Mateo, tales como la genealogía de Jesús (capítulo 1), los relatos de la infancia, que subrayan la figura de José y las escenas de los Magos y los inocentes (capítulos 1-2); el primado de Pedro (capítulo 16); la escenificación del juicio final (capítulo 25), o la fórmula trinitaria del Bautismo (capítulo 28).

El Adviento que viene ¿Estamos?

Llenar nuestra vida de años o llenar nuestros años de vida

Por Alejandro Fernández Barrajón

    Comenzamos pronto el tiempo de Adviento en el año cristiano. “Adventus” es una palabra latina que significa venida o llegada. Con el Adviento iniciamos un recorrido litúrgico por el cual la iglesia nos conducirá catequéticamente por toda la vida de Jesucristo y por su mensaje y por toda la historia de Salvación del Pueblo de Dios.

Estamos, pues, empezando una etapa; estamos a tiempo de comenzar con buen pie. “El que bien empieza bien acaba” ¿Estamos?

  Lo primero que nos pide la Iglesia es que seamos hombres y mujeres de esperanza; que nos situemos con actitud receptiva y positiva. La esperanza es la vitamina de la fe; sin ella nos instalamos en la monotonía, en el cansancio y en la ausencia de horizontes.

  A través de los tiempos sólo la esperanza ha hecho posible que el Pueblo de Dios siguiera caminando, en medio de grandes luchas y peligros, en busca de la tierra prometida; algo semejante le ha ocurrido a la iglesia. Como una barca en medio de la tempestad ha seguido navegando con esperanza hasta nuestros días, durante más de dos mil años, y ha llegado hasta nosotros con una vitalidad –a pesar de lo que pueda parecer- verdaderamente envidiable. ¿Qué institución con más de 2000 años de historia puede contar en la actualidad lo que nos sigue contando la Iglesia?

 Dicen por ahí, que la Iglesia no está de moda y que es una institución poco valorada. Es muy posible que sea así. La iglesia ha sido siempre bandera discutida. Pero lo que le preocupa a la Iglesia no es estar de moda sino vivir en fidelidad a su Señor.

 La esperanza cristiana se sostiene con la oración, la perseverancia y la vigilancia. Por eso el evangelio siempre nos anima, al comenzar el Adviento, a estar bien despiertos.

  No es verdad, como dice el refrán, que “mientras hay vida hay esperanza”, es más bien lo contrario: “Mientras hay esperanza hay vida”. Porque una vida sin esperanza no es vida de calidad, es una muerte anunciada.

  Nos preocupa mucho llenar nuestra vida de años, pero es más importante llenar nuestros años de vida. Ése es el reto cristiano. Comenzar el Adviento significa ponernos en tensión dinámica, despabilar nuestra fe para comenzar un itinerario nuevo que nos conduzca al encuentro profundo con Cristo; para eso tenemos a la vuelta de la esquina la Navidad.

Tiempo de crisis económica, de crisis de valores, de huelgas y guerra en Ucrania, tiempo de esperanza más que nunca.

 Dice un proverbio chino que “Nada sienta mejor al cuerpo que el crecimiento del espíritu”. Éste es el camino que nos invita a recorrer el adviento.

 Para esto lo primero que tenemos que hacer es abrir los ojos y ver para preguntarnos por el sentido de nuestro vivir, para ponernos el termómetro de la fe y descubrir si tenemos o no fiebre de Dios o por el contrario estamos tibios y fríos de esperanza. Hay un camino que Dios tiene para nosotros. Lo dice con bellas palabras el poeta zamorano León Felipe:

 No conozco este camino

Y ya no alumbra mi estrella

Y se ha apagado mi amor

Así…vacío y a oscuras ¿a dónde voy?

Sin una luz en el cielo y roto mi corazón

¿Cómo saber si es el tuyo este camino, Señor?

 El camino que hemos de recorrer para hacer realidad llena de gracia este Adviento es Jesucristo mismo. Él es camino; no hay otro camino que nos lleve a la paz del corazón.

Por eso el adviento es tiempo de ponernos a la escucha de su Palabra. La Palabra ha de ocupar un lugar destacado en nuestro adviento. La Palabra nos ilumina y nos convoca a tener hambre de eternidad y de luz.

 Mirad cómo lo dice un poeta del siglo XX:, Alfonso Albalá

  “Dame esa ceguedad que preciso, Señor

Para ver en mi entraña la luz de tu lumbre:

Siento, como el paisaje denso, hambre de luz;

Quiero subir, siempre, hasta escapar de mí mismo”.

 El tiempo parece la cárcel de la vida porque todo lo desgasta y nadie puede detenerlo. Pero no es verdad; el tiempo es la sede de la gracia, de la esperanza, la oportunidad para que algo nuevo pueda brotar en nosotros y nos convoque a la fiesta. Gracias al tiempo podemos vivir y amar, buscar y encontrar aquello que buscamos.

 Una religiosa contemporánea ha escrito:

“Esperar es dejarte poseer por las ganas de luchar,

De vivir y de soñar,

Esperar es sembrar en cada surco simientes de eternidad

Y saber que la cosecha alguien la recogerá.

Esperar es dejarte poseer, aquí, por la eternidad”

Vamos a esperar con la Iglesia al Señor que viene, que está viniendo todos los días en la Palabra, en la Eucaristía, en la fraternidad, Vamos a esperar pero no de brazos cruzados sino encendiendo nuestro ardor, dispuestos a crecer por dentro, cultivándonos espiritualmente para que la Navidad no nos coja desprevenidos o despistados en medio de tantas compras, villancicos y luces de colores y al final olvidemos que es Navidad porque Él viene; sólo porque Él viene.

Mirad cómo lo dice Tagore:

ÉL VIENE, VIENE SIEMPRE

¿No oíste sus pasos silenciosos?

El viene, viene, viene siempre.

En cada instante y en cada edad,

todos los días y todas las noches,

él viene, viene, viene siempre.

He cantado muchas canciones y de mil maneras;

pero siempre decían sus notas:

«El viene, viene, viene siempre».

En los días fragantes del soleado abril,

por la vereda del bosque, él viene, viene, viene siempre.

En la oscura angustia lluviosa de las noches de julio,

sobre el carro atronador de las nubes,

él viene, viene, viene siempre.

De pena en pena mía,

son sus pasos los que oprimen mi corazón,

y el dorado roce de sus pies es lo que hace brillar mi alegría.