La revolución de la ternura

Francisco invita a los ancianos y abuelos del mundo a «ser artífices de la revolución de la ternura»

Francisco, en el día de los abuelos
Francisco, en el día de los abuelos

«¡Bendita la casa que cuida a un anciano! ¡Bendita la familia que honra a sus abuelos!»

«Descubriremos que envejecer no implica solamente el deterioro natural del cuerpo o el ineludible pasar del tiempo, sino el don de una larga vida. ¡Envejecer no es una condena, es una bendición!»

«El mundo vive un tiempo de dura prueba, marcado primero por la tempestad inesperada y furiosa de la pandemia, luego, por una guerra que afecta la paz y el desarrollo a escala mundial»

«Todos hemos pasado por las rodillas de los abuelos, que nos han llevado en brazos; pero hoy es el tiempo de tener sobre nuestras rodillas —con la ayuda concreta o al menos con la oración—, junto con los nuestros, a todos aquellos nietos atemorizados que aún no hemos conocido y que quizá huyen de la guerra o sufren por su causa. Llevemos en nuestro corazón —como hacía san José, padre tierno y solícito— a los pequeños de Ucrania, de Afganistán, de Sudán del Sur»

Por Jesús Bastante

«En la vejez seguirán dando fruto«. El salmista da título al mensaje de Francisco para la jornada de los Abuelos y los Ancianos, que se celebrará el próximo 24 de julio. Una jornada promovida por el Papa para reconocer -como lleva décadas haciendo Mensajeros de la Paz– la misión de nuestros mayores en la Iglesia y la sociedad. «Queridas abuelas y queridos abuelos, queridas ancianas y queridos ancianos, en este mundo nuestro estamos llamados a ser artífices de la revolución de la ternura. Hagámoslo».

«Los ancianos no son parias de los que hay que tomar distancia, sino signos vivientes de la bondad de Dios que concede vida en abundancia. ¡Bendita la casa que cuida a un anciano! ¡Bendita la familia que honra a sus abuelos!«, subraya el Pontífice.

El Papa y una anciana
El Papa y una anciana

«Esto va a contracorriente respecto a lo que el mundo piensa de esta edad de la vida; y también con respecto a la actitud resignada de algunos de nosotros, ancianos, que siguen adelante con poca esperanza y sin aguardar ya nada del futuro», constata Bergoglio, que arranca, provocativo, su mensaje: «La ancianidad a muchos les da miedo. La consideran una especie de enfermedad con la que es mejor no entrar en contacto».

«Los ancianos no nos conciernen»

Es la cultura del descarte, en la que «los ancianos no nos conciernen —piensan— y es mejor que estén lo más lejos posible, quizá juntos entre ellos, en instalaciones donde los cuiden y que nos eviten tener que hacernos cargo de sus preocupaciones», denuncia el Papa, que «autoriza a imaginar caminos separados entre “nosotros” y “ellos”».

Y es que, sostiene Francisco, «la ancianidad no es una estación fácil de comprender, tampoco para nosotros que ya la estamos viviendo». «A pesar de que llega después de un largo camino, ninguno nos ha preparado para afrontarla, y casi parece que nos tomara por sorpresa», recalca, incidiendo en que «las sociedades más desarrolladas invierten mucho en esta edad de la vida, pero no ayudan a interpretarla; ofrecen planes de asistencia, pero no proyectos de existencia».

Las sociedades más desarrolladas invierten mucho en esta edad de la vida, pero no ayudan a interpretarla; ofrecen planes de asistencia, pero no proyectos de existencia

No esconder las arrugas

Por eso, añade, «es difícil mirar al futuro y vislumbrar un horizonte hacia el cual dirigirse. Por una parte, estamos tentados de exorcizar la vejez escondiendo las arrugas y fingiendo que somos siempre jóvenes, por otra, parece que no nos quedaría más que vivir sin ilusión, resignados a no tener ya “frutos para dar”». Nada más lejos de la realidad.

Sin embargo, sí es cierto que el fin de la actividad laboral y la marcha de los hijos de casa hacen que «las fuerzas declinen» y otras circunstancias, como la enfermedad, «pueden poner en crisis nuestras certezas». El día a día tampoco ayuda. «El mundo —con sus tiempos acelerados, ante los cuales nos cuesta mantener el paso— parece que no nos deja alternativa y nos lleva a interiorizar la idea del descarte».

Mayores refugiados
Mayores refugiados

Frente a ello, el Papa propone la virtud de la espera. «Al llegar la vejez y las canas, Él seguirá dándonos vida y no dejará que seamos derrotados por el mal», al tiempo que «descubriremos que envejecer no implica solamente el deterioro natural del cuerpo o el ineludible pasar del tiempo, sino el don de una larga vida. ¡Envejecer no es una condena, es una bendición!»

Por ello, recalca Francisco, «debemos vigilar sobre nosotros mismos y aprender a llevar una ancianidad activa también desde el punto de vista espiritual» y fortaleciendo «las relaciones con los demás, sobre todo con la familia, los hijos, los nietos, a los que podemos ofrecer nuestro afecto lleno de atenciones; pero también con las personas pobres y afligidas, a las que podemos acercarnos con la ayuda concreta y con la oración».

Pedro Sánchez: “Hoy podemos celebrar que vosotros, abuelos y abuelas, estáis a salvo del virus”
Pedro Sánchez: “Hoy podemos celebrar que vosotros, abuelos y abuelas, estáis a salvo del virus”

Una misión que nos espera

«Todo esto nos ayudará a no sentirnos meros espectadores en el teatro del mundo, a no limitarnos a “balconear”, a mirar desde la ventana (…) y podremos ser una bendición para quienes viven a nuestro lado», porque «la ancianidad no es un tiempo inútil en el que nos hacemos a un lado, abandonando los remos en la barca, sino que es una estación para seguir dando frutos. Hay una nueva misión que nos espera y nos invita a dirigir la mirada hacia el futuro».

«Es nuestro aporte a la revolución de la ternura, una revolución espiritual y pacífica a la que los invito a ustedes, queridos abuelos y personas mayores, a ser protagonistas»

«Es nuestro aporte a la revolución de la ternura, una revolución espiritual y pacífica a la que los invito a ustedes, queridos abuelos y personas mayores, a ser protagonistas», clama el Papa, especialmente en nuestros días. «El mundo vive un tiempo de dura prueba, marcado primero por la tempestad inesperada y furiosa de la pandemia, luego, por una guerra que afecta la paz y el desarrollo a escala mundial. No es casual que la guerra haya vuelto en Europa en el momento en que la generación que la vivió en el siglo pasado está desapareciendo. Y estas grandes crisis pueden volvernos insensibles al hecho de que hay otras “epidemias” y otras formas extendidas de violencia que amenazan a la familia humana y a nuestra casa común», exclama.

Cada anciano es tu abuelo
Cada anciano es tu abuelo

Desmilitarizar los corazones

Frente a todo esto, «necesitamos un cambio profundo, una conversión que desmilitarice los corazones, permitiendo que cada uno reconozca en el otro a un hermano». «Y nosotros, abuelos y mayores, tenemos una gran responsabilidad: enseñar a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo a ver a los demás con la misma mirada comprensiva y tierna que dirigimos a nuestros nietos», reclama.

Ancianos en Ucrania
Ancianos en Ucrania

«Hemos afinado nuestra humanidad haciéndonos cargo de los demás, y hoy podemos ser maestros de una forma de vivir pacífica y atenta con los más débiles», pide el Papa a los abuelos. «Nuestra actitud tal vez pueda ser confundida con debilidad o sumisión, pero serán los mansos, no los agresivos ni los prevaricadores, los que heredarán la tierra». Y son ellos los que han de «proteger el mundo«. «Todos hemos pasado por las rodillas de los abuelos, que nos han llevado en brazos; pero hoy es el tiempo de tener sobre nuestras rodillas —con la ayuda concreta o al menos con la oración—, junto con los nuestros, a todos aquellos nietos atemorizados que aún no hemos conocido y que quizá huyen de la guerra o sufren por su causa. Llevemos en nuestro corazón —como hacía san José, padre tierno y solícito— a los pequeños de Ucrania, de Afganistán, de Sudán del Sur».

Y un llamado final, un recordatorio que los abuelos no necesitan, pero tal vez sí la sociedad: «No nos salvamos solos, la felicidad es un pan que se come juntos. Testimoniémoslo a aquellos que se engañan pensando encontrar realización personal y éxito en el enfrentamiento. Todos, también los más débiles, pueden hacerlo. Incluso dejar que nos cuiden —a menudo personas que provienen de otros países— es un modo para decir que vivir juntos no sólo es posible, sino necesario«

«Aliados Advance»

‘Aliados Advance’: más calidad de vida en las residencias de mayores

Fundación Aliados por la Integración propone seis soluciones innovadoras que van desde la telemedicina a la gestión de ayudas a la dependencia

Las residencias continúan siendo una de las mejores opciones para que vivan las personas mayores. Mudarse a una residencia no significa perder la independencia, sino todo lo contrario. La vida asistida puede contribuir a una mayor autonomía durante más tiempo gracias a servicios diseñados específicamente para su comodidad y bienestar.

Con esta filosofía, Fundación Aliados por la Integración impulsa ‘Aliados Advance’, un proyecto que engloba soluciones específicas para mejorar la calidad de vida en los centros con la experiencia acumulada a lo largo de más de 20 años, que ya incluía servicios de fisioterapia, terapeutas ocupacionales… “Son los profesionales quienes determinan un buen servicio en una residencia, y no nos cansaremos de agradecer especialmente su esfuerzo durante estos más de dos años de pandemia”, explica Almudena Fontecha, presidenta del Comité Ejecutivo de Fundación Aliados por la Integración. “Al mismo tiempo debemos reconocer que las residencias son los hogares donde viven las personas mayores y con esa mentalidad estamos trabajando”, incide. Por eso, ‘Aliados Advance’ ofrece seis soluciones:

  • Asesoramiento en alimentación y nutrición. La elaboración de los menús se realiza con un nutricionista y de acuerdo con las necesidades de cada persona, estudiando las carencias nutricionales de los usuarios para corregirlas.
  • Gestión integral telemédica. Aliados trabaja con proveedores punteros para el uso de dispositivos para hacer un seguimiento sanitario de cada residente con información precisa y accesible de supervisión médica. La tecnología nos permite recopilar y centralizar la información de cada residente, disponible para las familias.
  • Cama geriátrica ‘Cota 0’ y sensor de movimiento. La cama de cota 0 –de baja altura– es una garantía de bienestar para los residentes con problemas cognitivos. Evita correas, cinturones u otras sujeciones, favoreciendo el confort y descanso. Además, impide que la caída de un paciente inquieto pueda provocarle una lesión importante. También se le puede incorporar barreras laterales para dar mayor seguridad y un sensor que alertará al cuidador si el paciente se ha levantado o movido. La medida va en la línea de retirar las sujeciones de las residencias, dentro de un modelo asistencial centrado en la persona.
  • Unidad de Gestión de Ayudas a la Dependencia. Se encarga de la revisión del certificado de dependencia, reclamación de la prestación, capacidad económica del beneficiario y los derechos que le corresponden. Incluye el mantenimiento posterior de la ayuda.
  • Trazabilidad textil. El sistema de seguimiento, a través de microchips casi invisibles y de bajo coste, reduce las pérdidas al mínimo y automatiza el proceso de lavandería, aumentando la eficiencia y racionalizando el inventario.
  • Marketing digital. Fundación Aliados ha modelizado un procedimiento para mejorar las peticiones de información e ingreso.

Una comunidad

El propósito fundamental de estas soluciones, en palabras de Fontecha, es primar “el respeto a la persona y a su plena dignidad, con sus derechos, intereses y preferencias”. “Tenemos la obligación de respetar sus proyectos de vida, sus valores, ideas y creencias”, subraya. Así, la transición a un hogar con cuidados puede brindar un sentido de comunidad y permitir una vida social satisfactoria dentro de un entorno seguro y con excelentes estándares de atención difíciles de trasladar al entorno doméstico.

Residencias de Mayores

El Gobierno propone que las residencias de mayores tengan un máximo de 50 plazas

  • La propuesta elaborada por el Ministerio de Derechos Sociales establece una batería de criterios para que los centros puedan ser acreditados con el objetivo de caminar hacia un modelo basado «en la dignidad de trato y ejercicio de derechos» de los residentes, pero aún debe ser acordado con los agentes sociales y las comunidades

Marta Borraz

El Gobierno ha lanzado una propuesta en la que plantea limitar el tamaño de las residencias de mayores hasta un máximo de 50 plazas. Es uno de los criterios que el Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030 ha incluido en el documento con el que pretende llegar a un acuerdo con los sindicatos, la patronal, organizaciones y comunidades autónomas para impulsar un nuevo modelo residencial tras convertirse en los lugares más golpeados durante la primera ola de la pandemia y evidenciarse las fallas del sistema.

El documento, adelantado por InfoLibre y al que ha tenido acceso elDiario.es, establece los estándares que deben cumplir las residencias acreditadas, aquellas que atienden a personas reconocidas por el Sistema de Autonomía Personal y Atención a la Dependencia (SAAD). Se trata de un mínimo de recursos humanos, materiales y de equipamientos y de calidad, que deberán ser evaluados periódicamente, para lo que las comunidades deberán contar con un inspector/a por cada 30 centros residenciales.

La idea del ministerio es que el borrador del Acuerdo sobre Criterios comunes de acreditación y calidad de los centros y servicios del Sistema para la Autonomía y Atención a la Dependencia (SAAD), como se llama el documento, pueda ser aprobado por las comunidades durante el primer trimestre de 2022, pero actualmente se trata de un texto «de trabajo», por lo que aún se puede modificar.

El objetivo es asegurar «la dignidad de trato y el ejercicio de derechos» de las personas residentes y «caminar hacia un modelo en el que las residencias sean hogares», asegura Luis Barriga, director general del Instituto de Mayores y Servicios Sociales (IMSERSO), que insiste en que es una propuesta pendiente de acuerdo. En la práctica, los criterios afectarían a todas las residencias porque es extremadamente inusual que existan centros que no se acrediten para atender a personas reconocidas por el sistema de dependencia.

La propuesta obliga a los centros a ubicarse en suelo urbano, garantizando «el acceso y la proximidad» de los usuarios a «espacios de actividad social y comunitaria» o si se trata de centros que ya están a día de hoy construidos sin cumplir este requisito, «se deberá garantizar la comunicación mediante transporte público o medios de transporte propios» para facilitar el acceso a los servicios.

El documento propone no acreditar centros de nueva construcción que superen las 50 plazas, mientras que los que ya lo están deberán adecuarse: o bien reduciendo «paulatinamente» el número de plazas pasando de habitaciones de uso colectivo a individuales o dividiendo sus instalaciones.

Funcionamiento «tipo hogar»

Las personas residentes deberán contar con espacios que «preserven debidamente su intimidad», podrán personalizar «al máximo» sus habitaciones y disfrutar de «espacios de convivencia en el centro» independientes de los generales, compartidos por «un grupo reducido de personas» con el objetivo de que «se pueda garantizar un funcionamiento tipo hogar».

En cuanto a los recursos humanos, se prevé exigir a las residencias un ratio de profesionales mínimo de 0,36 trabajadores entre los de «primer nivel», que son cuidadoras/es o auxiliares y los de «segundo nivel», que son fisioterapeutas, enfermeras, médicas… a partir del 1 de enero de 2023. Un mínimo que aumentará en 2025 hasta 0,40 y hasta 0,43 en 2027. En el caso de que sean residencias con personas con discapacidad, las cifras serán mayores: 0,45; 0,48 y 0,55.                                                                        También aborda el documento las condiciones de trabajo en el sector, uno de los más precarios y feminizados. Así, para residencias se prevé un máximo de contratos temporales del 20% para trabajadoras de «primer nivel». Y en el caso de centros de día y servicios de ayuda a domicilio, cuyas condiciones también aborda el plan, no podrá superar el 33%. Tampoco los contratos a tiempo parcial podrán superar un límite máximo del 30% sobre el total.

Planes personalizados de apoyos

La propuesta prevé además que todas las residencias cuenten con planes personalizados de apoyos, para «avanzar hacia una gestión» del modelo «centrada en las personas»: «Cada una tendrá un plan personal de apoyos en el que se planificarán y se hará seguimiento de los apoyos que recibe para el desarrollo y disfrute de su proyecto y estilo de vida». El plan recogerá «las preferencias y la voluntad» de la persona residente, especifica el texto, que contará también con un «profesional de referencia» responsable de promover este apoyo personalizado en su día a día.                                                    El Ministerio de Derechos Sociales también sugiere que otro de los criterios sea garantizar una atención «libre de sujeciones», en la que su utilización se reduzca a momentos excepcionales, temporales y siempre en un procedimiento «documentado» con atención médica y siempre que se haya «constatado el fracaso» de otras medidas alternativas. Se propone además fomentar el papel de las familias siempre que el residente lo considere oportuno y se deberán implementar canales de comunicación «permanentes», así como celebrar «reuniones periódicas»   

Cómo vivir la vejez

Espiritualidad y transcendencia. Cómo vivir la vejez 

Por José Arregi 

NOTA:Conferencia en los CURSOS DE VERANO de la UPV-EHU, dentro del Curso “Sentido y espiritualidad para la vida. Abordando nuevas dimensiones en los paradigmas de la vejez”, en el Palacio Miramar, Donostia, 13 de septiembre de 2021. 

Abro estas reflexiones con dos sentencias bíblicas y tres observaciones introductorias. 

“Una rica experiencia es la corona de los viejos”, dice el sabio Ben Sirak en un libro escrito hacia el 160 a.C. (Si 25,6). 

“Enséñanos a calcular nuestros días para que adquiramos un corazón sabio”, dice el salmo 90 (Sal 90,12). 

Tres observaciones introductorias en torno al título: “Espiritualidad y trascendencia. Cómo vivir la vejez”. 

1) ¿Cómo vivir la vejez?, dice el título. Tal vez sea demasiado pretencioso. No vengo a dar consejos ni recetas sobre cómo vivir la vejez, condición de un sector social cada vez más numeroso afortunadamente, un sector social del que formo parte. Lo que os digo me lo digo, pues, humildemente, conociendo bien la distancia que va del dicho al hecho, y, a pesar de todo, convencido de que la vejez puede ser edad de plenitud vital, es decir, de libertad en el desapego, de fecundidad en la pérdida. A eso aspiramos, estoy seguro, cada uno a su manera. 

2) En eso, en ese milagro del desapego, que nos permite abrirnos a una nueva plenitud en medio de crecientes pérdidas, en eso consiste en última instancia la llamada “espiritualidad”. “Espiritualidad” es un término muy equívoco. Yo la traduciría como el “Buen Vivir” o “la vida con hondura” o con “alma”, o en palabras del anciano sabio Marià Corbí, en la “cualidad humana profunda”. 

3) El título dice también “Espiritualidad y transcendencia”. Nuevo equívoco. La OMS, en el informe 804 (Cancer pain relief and palliative care) de 1990, tras afirmar que la espiritualidad es un componente de la salud intregral, la define como “aquellos aspectos de la vida humana que tienen que ver con experiencias que transcienden los fenómenos sensoriales. No es lo mismo que religioso”. Que la espiritualidad no es lo mismo que religión me parece indiscutible, pero que tenga que ver con experiencias que transcienden los fenómenos sensoriales no me parece tan claro. La experiencia espiritual no se da fuera de los sentidos, sino en los sentidos y gracias a los sentidos, como el afecto amoroso o la emoción estética. La transcendencia no se refiere a un supuesto mundo superior más allá del universo, ni a un Ente o divinidad suprema ni a una vida más allá de esta vida después de la muerte. La transcendencia es la hondura sin fondo de todo cuanto es, el aliento vital que nos anima en esta vida y más allá del paso, el tránsito, que llamamos muerte. 

Paso a señalar algunos rasgos de esta transcendencia en la inmanencia, de esta sabiduría vital profunda, unos rasgos que pueden ser de alguna forma más propios y específicos de la vejez. 

  1. Tiempo de crecer, tiempo de decrecer 

La vejez es tiempo de decrecer o, más bien, de crecer decreciendo. 

Entre tantas paradojas que nos constituyen, nos encontramos con ésta: Nadie quiere morir joven (salvo algunos, demasiados jóvenes, que quieren pero desgraciadamente no pueden vivir), pero nadie –digámoslo así– quiere ser viejo. Lo tenemos difícil. Uno de los grandes retos de hoy es el aprendizaje de la vejez: la aceptación de las pérdidas y el disfrute de los bienes propios de la vejez. La indudable carga y la innegable bendición de ser viejo. Aceptar que somos viejos y aprender a serlo. 

Hace algo más de 2200 años que un sabio judío escribió un librito de 10 páginas sin desperdicio que se conoce como Qohelet. Dice, por ejemplo: “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: Tiempo de nacer y tiempo de morir (…), tiempo de destruir tiempo de construir (…), tiempo de hacer duelo y tiempo de bailar, tiempo de buscar y tiempo de perder, tiempo de guardar y tiempo de tirar (…), tiempo de callar y tiempo de hablar” (Qoh 3,1-8). Y podríamos seguir diciendo: Hay tiempo de crecer y tiempo de decrecer, tiempo de ganar y tiempo de perder, tiempo de adquirir y tiempo de despojarse, tiempo de esforzarse y tiempo de descansar, tiempo de aprender y tiempo de olvidar, tiempo de cuidar y tiempo de dejarse cuidar, tiempo de poder y tiempo de no poder… 

Todos esos tiempos de lo uno y de su contrario –contradicciones aparentes– son propios de cada edad, pero la vejez es más particularmente tiempo de perder, de descansar, de desprenderse, de dejarse llevar. El aprendizaje esencial de la vida, en todas las edades de la vida, se vuelve radical en la vejez. Y la raíz y lo radical, lo más radical, de la vida, fuente de los mayores bienes, es el aprendizaje de la pérdida, del decrecimiento. Solo decreciendo podremos crecer en hondura, crecer hacia el fondo. Solo aprendiendo a perder podremos ser más plena y libremente sin aferrarnos a ninguna forma ni posesión. Es la gran exigencia y la gran oportunidad de la vejez: vivir cada vez más con cada vez menos. Somos viejos, pero es hora de vivir. Es la hora de perder – de perder fuerzas, poder, protagonismo, salud–, sí, pero el saber perder forma parte del saber vivir más a fondo. 

La vejez es la hora de vivir más a fondo, más plenamente, más desprendida y libremente, más serena y reconciliadamente. Por todo ello, la vejez es, o debiera ser, la edad privilegiada para vivir la espiritualidad, es decir, la aceptación en paz de la pérdida y del decrecimiento. 

Es el gran reto personal de quienes ya somos viejos. Pero saber decrecer para ser más es uno de los grandes retos de la sociedad a nivel local y mundial. Aprender la sabiduría de vivir mejor con menos, y compartiendo lo que tenemos, es todo un reto cultural, político, económico, ecológico. Un reto espiritual en el fondo. Es también un reto mayor el ofrecer a los viejos los medios para vivir más plenamente decreciendo cada vez más. No solo de pan y de confort vivimos los viejos. 

  1. Tiempo de liberación 

En el hinduismo tradicional se enseña que la vida del ser humano comprende cuatro etapas, llamadas ashrama. Os las presento con cierta libertad: 

1) La primera etapa comprende los primeros 20 años: en ellos, el niño nace y crece, se hace joven, se desarrolla, adquiere capacidades; como joven aprendiz célibe (Brahmacharya) se prepara para el breve y complejo viaje de la vida. 

2) La segunda etapa va desde los 20 a los 40 años: el joven ya adulto forma pareja, cría una familia, o crea sociedad, trabaja y se afana, participa de lleno en la vida social, se ocupa, es protagonista, es un Grihastha que vive atareado en mil quehaceres y responsabilidades. 

3) A los 40 años – eso era en aquel tiempo…–, ya se encuentra libre de las cargas de la familia y de la sociedad, y puede pasar a la tercera etapa, hasta los 60: para ello se retira, se vuelve ermitaño (Vanaprastha), hace silencio, viaja al interior, a lo más profundo de sí y de todo, haciéndose uno con el Misterio y la Presencia y el Todo en cada parte, más allá de toda categoría de interioridad-exterioridad. 

4) Por fin, a partir de los 60, puede acceder a la libertad última de la que es capaz, se libera de sus aspiraciones, éxitos o fracasos, de la atadura de sí y de todas las demás ataduras, lo abandona todo –casa, familia, bienes– y se vuelve renunciante  (Sannyasi), caminante vagabundo, sin techo ni lugar propio; en cualquier recodo de camino, la muerte le saldrá al paso, pero le encontrará sin nada propio y uno con todo, de modo que nada podrá contra él, solo será su paso al ser pleno sin forma o a la Vida que ni nace ni muere. 

No es mi intención presentaros como modelo válido y aplicable hoy estas cuatro etapas que, por cierto, se referían originariamente a varones de la casta de los brahmanes, de modo que la mayoría de la población no tenía ni siquiera la oportunidad de recorrer las cuatro etapas y llegar a ser libres. ¿Qué joven puede hoy, a los 20 años, tener un empleo digno, una casa adecuada, lograr una autonomía económica, formar una pareja, crear una familia si así lo desean? ¿Qué adulto queda libre de sus cargas a los 40 años o  dedicarse a la contemplación a los 60? 

Es impensable aplicar el modelo ideal de la tradición hindú, y no sé ni si es deseable. Pero el reto está ahí, y los interrogantes sobre nuestra civilización también. El mundo ha cambiado mucho en estos dos mil años, y observad lo que ha cambiado solo en los últimos 200, desde el comienzo de la Revolución industrial hasta la era postindustrial en la que ya nos hallamos. Muchas cosas han cambiado para bien, pero no es nada seguro que el balance global del desarrollo esté resultando positivo para la vida común: jóvenes en masa entre 20 y 40 años, mejor preparados que nunca, se ven excluidos de la sociedad, sin un empleo digno ni una casa propia; los equilibrios del planeta, comunidad de vivientes, se desgarran. ¿Será que a más progreso hay más opresión? ¿A dónde se encamina nuestra especie Homo Sapiens, tan sorprendentemente capacitada y tan terriblemente contradictoria, pues lo que le capacita para hacer mayor bien que nunca eso mismo le sirve igualmente para provocar heridas y desgracias personales y planetarias? 

Necesitamos la sabiduría de Oriente y de Occidente. La sabiduría del auténtico progreso humano liberador. ¿De qué nos sirve un progreso sin liberación? 

La espiritualidad consiste en la liberación personal y política, y eso vale en todas las edades de la vida. Pero vuelvo a la sabiduría hindú tradicional, al fondo de su enseñanza más allá del detalle literal. Su intuición de fondo nos vale hoy como entonces: la vejez como tiempo de una difícil, pero necesaria y posible liberación radical. Esto es verdad ayer como hoy. 

Llega una edad –ojalá llegara para todas y para todos– en la que nos vemos libres de muchas cargas familiares y sociales, de la competitividad, de responsabilidades profesionales, de estresante protagonismo, de planes y proyectos de futuro. Claro que, una vez libres de esas cargas –eso en el mejor de los casos–, llegan otras: achaques de salud, pérdida de fuerzas, irrelevancia social, soledad, proximidad de la muerte… Es la hora de la gran liberación, la hora de ser libre de todo y de sí mismo, la hora de renunciar a proyectos, éxitos y ganancias, la hora de aprender a perder o, mejor, a ser más con menos, de ganar perdiendo. La enfermedad y la muerte son ataduras severas, radicales, que trae consigo la vejez, pero quien accede a la raíz de su ser se libera también de ellas, nada le puede atar porque nada tiene. 

Para eso es necesario un trabajo interior de toda la vida. La liberación no se improvisa en la vejez. Pero, llegados a la vejez, libres de muchas cargas, no estaría mal que nos dedicáramos un poco más a ese viaje interior que nos libere más profundamente. 

  1. Tiempo de desapego 

La liberación profunda exige desapego. Desapego es el término clave de todas las tradiciones sapienciales. Aprender a vivir es aprender a desapegarse de éxitos y fracasos, de lo logrado y malogrado, de proyectos y protagonismos, de lo ganado y de lo perdido. Del propio ego, en definitiva. 

El Bhagavad Gita (del s. III a.e.c.) es uno de los textos en que mejor se resume la sabiduría hindú, y el más popular y leído. La clave de la liberación, de la paz y de la felicidad, viene a decir, es el desapego. Leemos, por ejemplo, en el capítulo II: 

“Porque la acción, oh Dhananjaya, es muy inferior a la acción desinteresada; busca refugio en la actitud de desapego. Desgraciados son los que buscan el fruto en sus acciones (49).¡Oh Partha! Cuando un hombre pone a un lado todos los anhelos que surgen en la mente y se reconforta solamente en el Atman, entonces es llamado el hombre de sabiduría estable (55). El que no es perturbado por las penas y no anhela las alegrías, el que está libre del apego, miedo e ira, ese es llamado el asceta de sabiduría estable (56). El que no siente apego en ninguna parte, el que no se alegra ni se entristece ya le sobrevenga un bien o un mal, la sabiduría de ese hombre es estable (57)”. 

Y en el capítulo VI: “Para aquel que se ha conquistado a sí mismo y que permanece en perfecta calma, su ser está tranquilo en el frío y en el calor, en el placer y en el dolor, en el honor y en el deshonor (7). El Yogui que está satisfecho con la sabiduría y el conocimiento, firme como una roca, dueño de sus sentidos y para quien un puñado de tierra, una piedra o el oro son lo mismo, él está en posesión del Yoga (8). Es superior el que considera igual al bienhechor, al amigo y al enemigo, al desconocido, al indiferente y al aliado, como también al santo y al pecador (9). Tal como la llama de una lámpara no vacila en un lugar sin viento, así el Yogui con su pensamiento controlado busca la unión con el Atman (19). Tal estado debe ser conocido como el Yoga, la desconexión de toda unión con el dolor. Uno debe practicar este Yoga con resolución firme y fervor inagotable (23)”. 

Quien se hace uno con su verdadero “sí mismo”, su propio ser profundo (eso significa “Yoga” o unión), se desapega o libera de su ego inquieto e infeliz, el ego engañoso con sus éxitos y fracasos, ambiciones y sus miedos, sus filias y fobias. Y quien, desapegándose de todo cuanto no es en verdad, se centra y unifica en su verdadero ser profundo, se realiza plenamente, es feliz. Jesús de Nazaret dijo lo mismo con otra imagen: “Quien quiera salvar su vida la perderá, quien pierda su vida la conservará” (Mt 16,25). Quien se aferra a su ego pierde su ser o su vida. Quien se desapega de su ego gana su ser o su vida. Para aprender a vivir hay que aprender a morir. 

Se dice fácil, me diréis, también lo digo yo. “Ser feliz es muy sencillo, lo difícil es ser sencillo”. Pero no es cuestión de voluntad férrea o de puños. Es cuestión de relajar nuestro afán, dejar que fluya nuestro ser, dejar que todo venga y se vaya, sin rechazarlo ni retenerlo, dejar también que a menudo nos visite el sufrimiento, solo el sufrimiento inevitable, sin someternos ni rebelarnos. La vejez es quizá la edad propicia para el desapego radical y, por lo tanto, para la plena realización de nuestro ser. Es la edad en la que, como el barco que deja el puerto, podemos levar el ancla y partir a alta mar, pues el Océano es nuestro puerto. 

  1. Tiempo de silencio 

Vivimos en la vorágine del ruido. La palabra, las imágenes, los reclamos, los mensajes, la información nos inundan como nunca en la historia de la humanidad. Sabemos más que nunca, pero somos incapaces de discernir y procesar lo que vemos y oímos. Todo cambia sin cesar, sin darnos tiempo ni a mirar o a pensar. Vivimos aturdidos. La aceleración creciente, el primado de la producción, la competitividad de todos contra todos, el torbellino universal –cuya imagen más plástica pueden ser las redes sociales, el tráfico y la bolsa– asfixian la vida de la humanidad y de la naturaleza entera. El ruido interior y exterior nos ahogan. 

La espiritualidad es silencio: no solo ni en primer lugar el silencio físico, sino más aun el silenciamiento del ruido emocional y mental. Y más todavía el silencio profundo del ser, que no es aislamiento, sino muy al contrario, comunión honda con nuestro ser profundo, que es también el ser profundo de todos los seres. En el silencio del ser nos comunicamos a fondo, pues ahí se nos revela la llamada del prójimo con su fragilidad y su belleza. En el silencio, todos los seres se vuelven prójimos. 

Me invito y os invito a sumergirnos en el silencio. La vejez es un tiempo privilegiado para practicar el silencio profundo del ser, a pesar de la vorágine que también nos atrapa. Podemos tomarnos un tiempo para parar y callar. Para escuchar la música silenciosa que emana de todo, en la soledad de la habitación, en los ruidos de la calle o en medio del campo. Podemos tomarnos un tiempo para deshacernos de nuestras prisas, para contemplar con calma, para mirar y querer simplemente, tal vez en silencio, a la gente que pasa, o para meditar o practicar la atención silenciosa, o para conversar tranquilamente, o para escuchar música, o para disfrutar de una fruta o de una galleta o de un café, o para informarnos reposadamente sobre lo que pasa en el mundo con sus mentiras y verdades. 

Eso es espiritualidad. No es cosa de creencias, templos y rezos, sino de adentrarnos a través de los sentidos más allá de los sentidos, en ese silencio originario, primordial y sereno que sustenta todo cuanto es. Y aquella persona a la que un sencillo rezo o el silencio de un templo le ayuden, hará muy bien en servirse de ello. Pero otras prácticas podrán ayudar igualmente a otras personas a sumergirse en el mismo silencio hondo del Ser desnudo o en la misma comunión universal liberadora. 

  1. Tiempo de respiro y de aliento 

En esto se resume todo lo dicho. La vejez es, debería ser y podría ser un tiempo de respiro. Un tiempo de calma, de profunda tranquilidad, de paz. Un tiempo de respiro y aliento. ¿Pero, cuanto más viejos somos, no estamos acaso más cerca de perder el aliento vital, dejando de respirar definitivamente? Yo diría más bien que estamos más cerca de que nuestra respiración se haga una con la respiración universal eterna, más cerca de que nuestro aliento vital se funda con el Aliento Vital en maýuscula que no tiene comienzo ni fin. Miro el cosmos infinito y eterno sostenido por esa misteriosa, profunda y universal energía, respiración, aliento vital. De eso nacimos y en ello nos refundimos como la gota de agua en el mar. 

Y notad que Espiritualidad (derivada de espíritu) y respiro (como inspirar y espirar) tienen una misma raíz: sp, la misma raíz de la que se deriva también espacio. Dicen los lingüistas que la raíz indoeuropea sp significa justamente amplitud, anchura, espaciosidad. 

Pues bien, eso es en el fondo la espiritualidad: espíritu o energía vital, ancho espacio vital. O respiro (inspirar y espirar, recibir y dar aliento vital). Todos necesitamos respirar, hoy más que nunca. Las religiones (con sus credos, códigos y cultos), no son imprescindibles, pero la respiración sí. Cuando la vida se convierte en pura competencia con nosotros mismos y con los demás, cuando vivimos jadeantes y agitados en una loca carrera, cuando han caído los sólidos marcos religiosos y culturales de antaño y perdido las certidumbres confortables, se hace más patente la necesidad de respirar. Necesitamos espiritualidad, con religión o sin religión, pero más allá de la religión. 

Todos necesitamos respiro, aliento vital. Y en la medida en que, con los años, la respiración se va haciendo más corta y estrecha, y nos vamos encontrando con nuestros últimos límites, los viejos más que nadie necesitamos respiro. El respiro profundo o la paz profunda de nuestro ser. 

La vejez es un tiempo propicio para vivir en paz: con nuestro pasado, con nuestros fracasos, con las heridas que hemos sufrido y provocado. En paz con nuestro entorno familiar, en el que más abundantes suelen ser los conflictos enquistados, pequeños o grandes rencores, resentimientos no curados que necesitamos curar para vivir en paz. En paz con el mundo de hoy, a pesar de sus dramas y amenazas. En paz con la naturaleza, de la que nos comportamos como enemigos. 

El Dao De Jing, texto referencial de la sabiduría taoísta, atribuido al legendario Laozi, enseña desde hace más de 2000 años: 

La persona buena no gusta de discutir, 
quien gusta de discutir no es persona buena. 

El sabio no es erudito, 
el erudito no es sabio. 

El sabio no atesora: cuanto más hace por los demás, 
tanto más posee; 
cuanto más da, tanto más pleno es. 

He ahí el Camino del Cielo: 
hacer bien y no hacer daño. 
He ahí el Camino del Sabio: 
hacer lo que ha de hacer y no competir (cap. 81, fin del libro

Reflexión cristiana sobre la ancianidad. 

Todos sabemos que el tiempo se encarga de nuestro camino en esta vida. Nada le escapa y nos deja con la incerdumbre de la mañana. 

Con eso tenemos que andar con fe y esperanza, aguantando lo malo que nos toca y celebrando lo bonito que nos llega 

Por | José Mª Díez-Alegría. 

José Mª Díez Alegría

Tengo 84 años, 7 meses y 15 días cuando empiezo a escribir estas líneas, en la tarde del 6 de Junio de 1996.Voy a reflexionar de manera autobiográfica, hablando de mí propia experiencia, pero abierto a la experiencia de los demás. Soy un privilegiado, porque hasta ahora, tengo buena salud física y mental y me dedico a leer, conversar y orar, como hacía en mí juventud y en la madurez. Soy creyente en Dios dentro de la tradición cristiana (pertenezco a la iglesia católica romana)y trato de seguir a Jesús de Nazaret, en quien creo. Naturalmente mi reflexión sobre la vejez, desde mi experiencia de anciano, está penetrada por mi vida de fe, pero se mantiene abierta al diálogo y comunicación con otras experiencias que partan de otros presupuestos vitales. Y, naturalmente, tendrán elementos comunes, porque soy ante todo un ser humano, un animal pensante, con una forma de vida biológica que se extiende inexorablemente del nacimiento a la muerte, y que pasa sucesivamente (si no se detiene en una de ellas)por las etapas de infancia, niñez, adolescencia, juventud, madurez, senectud y, al final, decrepitud.  

           Yo estoy en la senectud, pero, hoy por hoy, no en la decrepitud,  y  deseo que se interrumpa mi curso vital en la vejez antes de conocer la decadencia senil extrema. Pero estoy dispuesto a afrontar lo que Dios Padre (otros dirán el “destino”)me tiene reservado. Por eso no me angustio por la posibilidad de llegar a una situación de extrema  degradación  psicofísica.   

Me atengo al evangélico “no os preocupéis del mañana, que el mañana se ocupará de sí. A cada día le basta su problema”  (Mt.  6, 34).  Desde luego,  detesto la posibilidad de ser sometido al   llamado “encarnizamiento terapéutico”, para prolongar in extremis una vida que ya no da de sí. Deseo, por supuesto, que llegado el caso se me aplique la llamada “eutanasia pasiva”, y, dado que el confín entre ésta y la ‘activa’ no es siempre muy nítido, me gustaría que la “eutanasia pasiva” fuese entendía por lo que a mi toca con la mayor amplitud posible.  

Cuando pienso en mí dilatada vejez, se me vienen a la mente las primeras estrofas de un admirable poema de Rubén Darío, escrito durante su estancia en la isla de Mallorca:  

Aquí, junto al mar latino,  

digo la verdad:  

siento en roca, aceite y vino,  

yo mi antigüedad.  

¡Oh qué anciano soy, Dios santo;  

¡Oh, que anciano soy!…  

¿De dónde viene mi canto?  

Y yo, ¿adónde voy?.  

Desde la vejez, es justo contemplar nuestra propia vida, pero contemplarla también incardinada en la historia y en el flujo de la humanidad, de la que somos una gota minúscula en el gran río misterioso que avanza sin tregua. Misterio de la existencia y drama de la especie en que estamos entroncados. Lo que yo he hecho en mi vida ha tenido proporciones muy modestas, pero me parece que ha habido algunas  cosas de que puedo alegrarme. Y tengo la sensación de que el balance resulta positivo, dada la limitación de mis facultades y, sobre todo de mis virtudes morales y de mi capacidad de salir de mí en alas de un amor verdadero y gratuito. Como creyente, siento que el Padre (misterio insondable)me ha llevado paciente y misericordiosamente).   

Nunca me he sentido bocado a ser un héroe o un superhombre, ni como ser humano ni como cristiano salvado por el Señor Jesús. Me resulta profundamente mío el Salmo 131 de la Biblia: Señor, mi corazón no es altanero ni mis ojos soberbios.                                                                                                

‘No pretendo grandezas que superan mí capacidad,   

sino que mantengo mi alma quieta en mí,  

como un niño en brazos de su madre.  

Como un niño pequeño en brazos de su madre  

está mi alma en mí.  

            Espere Israel en el Señor, ahora y por siempre.   

Sí esto ha sido así durante toda mi vida, creo que, al llegar a la ancianidad, estoy todavía más en la hora de la modestia, de la comprensión, de la benevolencia, del humor tolerante de una ironía suave, sin amargura y con un cariño afectuoso. Pero es también tiempo de plegaria y de una humilde contemplación religiosa, que se haga eco de los dolores pesares de todas y de todos, en especial de los pequeños, de los sencillos, de los humildes, de los pobres. Aunque sin excluir a los poderosos, a los grandes, a los conquistadores, a los competitivos. A éstos les tengo una respetuosa  conmiseración, porque confieso—como lo hacía en su tiempo John Stuart Mill—que no me encanta el ideal de vida mantenido por quienes piensan que el estado normal de los seres humanos es el de la lucha por medrar; que atropellarse, estrujarse y pisarse los talones unos a otros, que es lo que caracteriza la forma actual de vida social, constituye el estado más deseable para los seres humanos. A ellos los encomiendo a la piedad del Padre de las lumbres, en quien no hay cambio ni sombra de vicisitud. (Me gusta mucho esa expresión de la carta de Santiago).   

Decía el cardenal Newman que para prepararse a la oración hay que leer la Biblia el periódico. Esto hago yo asiduamente. Le hablo a Dios de los hombres y de mí mismo. En mi corazón escucho el silencio del Padre, como un rumor callado de esperanza. Es  (en un plano modestísimo) algo de lo que expresaba de sí San Juan de la Cruz:    

En la noche dichosa,  

en secreto, que nadie me veía,  

ni yo miraba cosa,  

sin otra luz ni guía  

sino la que en el corazón ardía.   

La senectud. para ser vívida con paz, requiere paciencia. Actualmente mucha gente se rebela contra el dolor y no ve sentido alguno al sufrimiento. Probablemente es una reacción comprensible frente al masoquismo del que tanto se abusó en la tradición ascética-cristiana. Pero es una infantilidad, porque cierto margen de padecimiento pertenece a la condición humana en este mundo. San Pablo decía que “la tribulación engendra la paciencia, la paciencia virtud probada; la virtud probada esperanza”(Rom.  5,3-4). Un ser humano que no sabe lo que es sufrir, no es persona cabal. Esto no quiere decir que no debamos esforzarnos por mitigar y suprimir el dolor (en los demás y en nosotros) cuanto podamos. Pero asumiendo valerosamente con amor y con fe, como Jesús, la cuota de dolor que nos toque en suerte, incluso con un cierto sentimiento de solidaridad con todo el dolor de la humanidad. Encuentro muy significativa (aunque no sea universalizable) la actitud de Simone Weil, que muere tuberculosa en Londres por falta de alimentación, porque no quiso consumir mayores cantidades que las que sus compatriotas recibían como ración en la Francia ocupada por los nazis.               

Dos anotaciones para terminar. Una sobre el dolor y otra sobre la muerte.   

Respecto a la muerte, yo, a mis años la veo venir, igual que San Francisco de Asís, como a una “hermana”. Quizá el horror a la muerte y el no querer mirarla de frente, incluso en la vejez, venga del abuso de terrores infernales que nos metieron desde la infancia y que podemos ten erados en el inconsciente. Pero la muerte para el anciano tiene un cariz amable, incluso como descanso. Lo expresa muy bellamente el poeta Manuel Machado:    

-Hijo, para descansar  

es necesario dormir,  

no pensar,  

no sentir,  

no soñar.  

-Madre, para descansar,  

morir.  

Para mí, que soy cristiano, la muerte es sobre todo apertura al misterio de Dios. El Salmo 17 lo expresa en un verso estupendo: ” Yo,  al despertarme me saciaré de tu semblante”.   

Tal vez un amigo agnóstico piensa (e incluso acepta con serenidad admirable)que al morir va a la Nada. Yo espero que, para él y para mí, esa Nada resultará ser el Todo, el Amor inefable. Según Nicolás de Cusa, de Dios no se puede decir ni que es, ni que no es, ni que es y no es. De modo que para nosotros la última palabra es el silencio. Pero tengo la firme confianza de que al final el Padre de Jesús pronunciará la palabra arcana que no le dijo a Job. 

Un nuevo modelo de atención a las residencias

Más de cien residencias en España implementarán un nuevo modelo de atención emocional, social y espiritual al final de la vida 

El Programa ya se desarrolla en 113 residencias de toda España. 

Existen altos niveles de vulnerabilidad y morbilidad de las personas que viven en residencias, y son cada vez más las necesidades psicosociales y espirituales que con frecuencia no pueden ser atendidas 

Propiciar una atención integral basada en atender las necesidades emocionales, sociales y espirituales de la persona y su entorno, y apoyar a los profesionales que la acompañan 

Actualmente el Programa ya se desarrolla en 113 residencias de toda España, habiendo atendido 2.761 personas: 1.722 residentes y 1.039 familiares 

Fundación «la Caixa» – Según el Informe Envejecimiento en Red de 2019 del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas), 400.000 personas de edades medias de 80 años, dependientes o en situación de vulnerabilidad, viven en las más de 5.000 residencias que existen en España. Se trata de una población especialmente vulnerable con una elevada morbilidad y mortalidad: más del 80% sufren condiciones crónicas complejas y avanzadas; hasta un 60% padecen demencia, y existe una alta prevalencia de necesidades psicosociales y espirituales difícilmente atendidas. Se contemplan también, otros condicionantes relacionados con la soledad y la pobreza, que se han puesto de relieve sobre todo a partir del confinamiento y la situación pandémica. 

Ante esta realidad, la Fundación “la Caixa” ha ampliado y extendido su Programa para la Atención Integral a Personas con Enfermedades Avanzadas a residencias de personas mayores, con el objetivo de mejorar la calidad de vida de las personas que se encuentran en un proceso de enfermedad avanzada y a sus familiares. Actualmente el Programa ya se desarrolla en 113 residencias de toda España. 

El subdirector general de la Fundación “la Caixa”, Marc Simón, comparte que “hoy es más necesario que nunca un modelo de atención centrado en la persona y que proporcione soporte a los residentes y a sus familiares, así como a los profesionales y organizaciones”. 

El Programa para la Atención Integral a Personas con Enfermedades Avanzadas de la Fundación ”la Caixa” nació en 2009 como un modelo pionero en la atención emocional, social y espiritual en los cuidados paliativos y procesos de final de vida y duelo. Hasta el momento lo desarrollan 44 EAPS (Equipos de Atención Psicosocial) que pertenecen a entidades sociales y sociosanitarias de reconocido prestigio en sus respectivas comunidades autónomas. Dichos EAPS están formados por más de 230 psicólogos/as, trabajadores/as sociales, enfermeros/as, médicos, agentes pastorales, y más de 1.000 personas voluntarias y actúan en 132 hospitales de toda España y 133 unidades de apoyo domiciliario. Desde sus inicios, el Programa ha llegado a atender 209.499 pacientes y 301.722 familiares, habiendo superado recientemente las 500.0000 personas atendidas. 

Atención emocional, social y espiritual en residencias 

El modelo de actuación del Programa, enmarcado en la Estrategia de Cuidados Paliativos del Sistema Nacional de Salud, proporciona una atención cálida y personalizada que complementa la labor que las unidades de cuidados paliativos realizan en hospitales, domicilios y centros sociosanitarios. Su finalidad es alcanzar una atención integral basada en atender las necesidades emocionales, sociales y espirituales de la persona y su entorno, y apoyar a los profesionales que la acompañan. 

Por el momento, la extensión del Programa a las residencias se está llevando a cabo en 30 EAPS de todo el territorio español, con la incorporación de un psicólogo más en el equipo, dedicado exclusivamente a la atención en la residencia. Se contempla que antes de final de año se activen ocho EAPS más. 
Desde que el Programa empezó este nuevo recorrido hace unos meses, ya han sido atendidas 2.761 personas: 1.722 residentes y 1.039 familiares. 

El residente es atendido, de forma individual o grupal, basadas en la escucha activa y la empatía; la expresión de emociones y sentimientos; el acompañamiento en su sentir espiritual; la adaptación progresiva a la enfermedad, y el valorar un acompañamiento voluntario al final de la vida. 
La atención a los familiares abarca el apoyo que necesitan para poder atender a sus seres queridos, y el acompañamiento, la prevención y el tratamiento del duelo. 

La atención a los profesionales de las residencias también es un factor clave para el bienestar de los residentes y sus familiares. En este sentido, el Programa facilita apoyo en situaciones de burnout, ansiedad y malestar; espacios para expresar y reflexionar sobre casos especialmente complejos; aportación de técnicas y recursos en las distintas áreas de atención: soledad, final de vida y duelo. 
El Programa también pone a disposición formaciones a profesionales, voluntarios y familiares, en las que se aportan contenidos, actuaciones y metodología. 

¿El fin del envejecimiento?

¿Llegaremos a vivir el fin del envejecimiento? 

Francesc Miralles 

Desde que tiene conciencia de sí mismo, el ser humano ha intentado desafiar a la muerte frenando el envejecimiento. El arte y la literatura han plasmado ese deseo a través de obras como El retrato de Dorian Grey. En la conocida novela de Oscar Wilde, un bello joven queha sido pintado en un lienzo logra que sea la imagen en el cuadro la que vaya degradándose, mientras él mantiene intacta su juventud. 

  • La generación que vivirá 120 años. El 4 de octubre de 2021 se estrenó en el canal español de National Geographic un documental extraordinario sobre el tema, titulado Ciencia de la vida: Longevidad. Según las conclusiones del documental, en 2040 España España será el país más longevo del mundo. ¿El motivo de esa posición privilegiada? Además de la celebrada dieta mediterránea y de disponer de una buena sanidad pública, la ciencia apunta a factores socioculturales para ocupar esa primera posición en el futuro próximo. 
  • Vidas muy largas. ¿Cómo sería la vida de un ser humano que viviese 400 años? El filósofo José Ortega y Gasset señalaba que nuestra motivación se sustenta en la conciencia de que tenemos un límite. ¿Cómo mantener el esfuerzo si tuviéramos, prácticamente, la eternidad por delante? ¿Quién quiere vivir para siempre? La canción Who wants to live forever, lanzada por Queen cinco años antes de la muerte del cantante del grupo, Freddy Mercury, se pregunta: ¿de qué están hechos nuestros sueños, que se nos escapan? ¿Quién quiere vivir para siempre? 
  • ¿Podremos vivir para siempre? No tenemos todavía respuesta a estas preguntas, pero mientras tanto la ciencia no escatima esfuerzos para hacerlo realidad. ¿Qué nos dicen los expertos? En este artículo te resumo las principales conclusiones tras mantener entrevistas con grandes expertos durante el rodaje del documental. 

1. El entorno y la neurogénesis son clave 

Un cerebro sano y longevo precisa un ambiente con abundancia de relaciones humanas.Jesús Ávila, bioquímico del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, explica que esta clase de entorno contribuye, en personas de edad avanzada, a la neurogénesis: el nacimiento de nuevas neuronas a partir de células madre. Por el contrario, el estrés crónico, la soledad, la pobreza o el dolor se traducen en una menor producción de neuronas y menos interconexiones. Se dice entonces que no son viables. 

2. Tener una razón para vivir es esencial 

Un segundo factor de orden psicológico o existencial sería el concepto japonés de ikigai («la razón de vivir o de ser»): tener un propósito vital que dé sentido y contenido a la existencia contribuye a alargar la vida. El filósofo Friedrich Nietzsche ya afirmaba en el siglo XIX que «quien tiene un porqué vivir puede resistir casi cualquier cómo». 

3. «Reparar» los genes ya no es ciencia ficción 

Nacido en 1995, Sammy Tasso es el paciente con el síndrome de progeria de envejecimiento acelerado más longevo del mundo. Esta enfermedad causada por una mutación del gen LMNA, que acumula proteína tóxica en el núcleo de la célula, acelera de tal modo el envejecimiento que la esperanza de vida del paciente se sitúa en torno a los catorce años. Sammy ha superado ya esa expectativa más de una década. ¿Cómo es posible? Además de estudiar biología molecular para investigar su propia enfermedad, se unió al laboratorio del bioquímico Carlos López Otín para contribuir en los experimentos.         La cura de la progeria está camino de conseguirse gracias al CRISPR, una técnica de edición genética que podría ser uno de los avances científicos más relevantes de los últimostres siglos. Un pionero de esta técnica que está revolucionando la ciencia es el microbiólogo e investigador Francisco Juan Martínez Mojica, que ha sonado como candidato para el Premio Nobel de Medicina.                                                   La edición genética ya se utiliza en la China actual para manipular embriones humanos, de modo que nazcan niños sin deformidades, pero esta técnica puede ser clave para tratar enfermedades de origen genético como la progeria. Otra utilidad, regresando a nuestro tema, sería manipular los genes que intervienen en el envejecimiento. De hecho, experimentos de edición genética realizados con un gusano en el laboratorio lograron que viviera siete veces más. Aplicado a un ser humano, eso equivaldría 400 a 

4. Podremos envejecer siendo jóvenes 

El gerontólogo inglés Aubrey de Grey asegura, por ejemplo, que «existe un 50% de probabilidades de que en los próximos 15-20 años alcancemos un control deseable del envejecimiento».                              Eso permitiría lograr que un adulto de 60 o 70 años vuelva a tener 30 años; es decir, un verdadero proceso de rejuvenecimiento al que podría optar la mayoría de la población que vive actualmente».         Para quienes piensan que es una fantasía sinfundamento, se ha descubierto que algunas especies de medusas son capaces de revertir naturalmente su estado para lograr ser jóvenes nuevamente, de una forma indefinida. 

5. Quizá lleguemos a la inmortalidad 

En un congreso dedicado a la longevidad celebrado en Valencia, Aubrey de Grey estaba acompañado por el ingeniero, economista y transhumanista hispano-venezolano José Luis Cordeiro Mateo, coautor con David William Wood del libro La muerte de la muerte (Deusto, Mateo asegura que «nos encontramos entre la última generación humana mortal y la próxima generación inmortal». Los biólogos saben que esa utopía pasa por la manipulación de los telómeros, la parte de los cromosomas responsable del envejecimiento.                                                                                                                          Otro camino es el que apunta en el documental de National Geographic el divulgador científico Manuel Toharia, que se pregunta si el campo de la inteligencia artificial puede crear un alter ego, una suerte de avatar que preserve la conciencia de la persona, donde podríamos descargar nuestras ideas, deseos y recuerdos, viviendo de este modo para siempre y sin la necesidad de un cuerpo físico  

Pensiones «justas y suficientes»

Miles de personas de toda España reclaman en Madrid unas pensiones «justas y suficientes» 

(I-D) Los portavoces nacionales de COESPE ESTATAL, Ramón Franquesa; Conchita Ribera y Ciriaco García, encabezan la concentración de pensionistas por el centro de Madrid.(I-D) Los portavoces nacionales de COESPE ESTATAL, Ramón Franquesa; Conchita Ribera y Ciriaco García, encabezan la concentración de pensionistas por el centro de Madrid. Carlos Luján / Europa Press 

Europa Press 

Pensionistas de toda España, convocados por la Coordinadora Estatal por la Defensa del Sistema Publico de Pensiones (Coespe), se han manifestado este sábado en Madrid para reclamar unas pensiones «justas y suficientes» y protestar contra el ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, José Luis Escrivá, y su reforma, que el mes pasado superó su primer examen en el Pleno del Congreso tras rechazarse la enmienda de totalidad planteada por el PP. 

Durante el debate parlamentario, Escrivá, presentó su reforma como algo «no de partido ni de Gobierno», sino «de país», que nace del acuerdo parlamentario del Pacto de Toledo y también con el consenso de los principales sindicatos, patronales y organizaciones de autónomos, «tras una década sin consenso». 

Según Coespe, con esta nueva concentración quieren defender unas pensiones públicas «justas y suficientes» y unos servicios públicos de «calidad», así como mostrar su oposición al Pacto de Toledo y la inminente reforma de las pensiones del ministro José Luis Escrivá. Entre otras peticiones están unas pensiones «dignas» de 1.084 euros tal y como establece la Carta Social Europea, una auditoría de las cuentas de la Seguridad Social y acabar con la brecha de género o adelantar la edad de jubilación. 

En la marcha ha estado presente Unidas Podemos, en concreto, el diputado en el Congreso, Javier Sánchez, que ha destacado que en esta legislatura han dado algunos «pasos importantes» para garantizar unas pensiones dignas, ya que han conseguido «revalorizarlas al IPC y derogar el factor de sostenibilidad», aunque, ha dicho, tienen «claro» «que no es suficiente». 

«Hay que subir las mínimas y las no contributivas de forma que alcancen como mínimo la cuantía del SMI. Desde Unidas Podemos tenemos muy claro que no vamos a permitir ningún retroceso en el sistema público de pensiones», ha añadido. 

La marcha ha comenzado en el Congreso de los Diputados y ha terminado en la Puerta del Sol. 

La vejez, nuestro futuro

Presentación del Texto “La vejez: nuestro futuro – La condición de los ancianos después de la pandemia”

Pontificia Academia para la Vida y Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral

Hoy se ha presentado el texto «La vejez: nuestro futuro. La condición de los ancianos después de la pandemia».

Compartimos aquí el texto completo de Mons Bruno-Marie Duffé, Secretario del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.

En su exhortación apostólica «Christus vivit», que siguió al Sínodo sobre los jóvenes, la vocación y el discernimiento, el Santo Padre recordó el testimonio de un joven oyente del Sínodo de Samoa.

Este joven, dice el Santo Padre, habla de la Iglesia como de una » una canoa, en la cual los viejos ayudan a mantener la dirección interpretando la posición de las estrellas, y los jóvenes reman con fuerza imaginando lo que les espera más allá » (Christus vivit n.201).

Esta hermosa comparación de la Iglesia como una canoa puede aplicarse también a la sociedad. Porque si perdemos el consejo de los mayores, para avanzar en el « río », a menudo tumultuoso, de nuestra historia, corremos el riesgo de perder la memoria. Y al perder la memoria, perdemos también la esperanza.[1]

Los ancianos son nuestra memoria y, en esto, paradójicamente, son nuestra esperanza. Si nos basamos en su experiencia y sus descubrimientos, podremos continuar la aventura de la historia de la humanidad. Porque con la memoria, la esperanza es posible. La paradoja es que los antiguos siempre van un paso por delante. Ellos ya han pasado por lo que nosotros estamos pasando. Y pueden decirnos lo que pueden producir algunas de las experiencias que estamos viviendo por primera vez.

Por supuesto, está claro que cada persona viva tiene que seguir su propio camino. Porque, como dice San Agustín, «el camino sólo existe porque lo recorres». El camino es, pues, la parábola de la existencia humana. Pero nunca estamos solos en este camino: los mayores nos pueden aconsejar y los más jóvenes nos pueden animar.

La cultura técnica, que sitúa la eficacia inmediata en el centro del pensamiento y de la vida, nos lleva, a menudo, a abandonar a los mayores, considerados menos «productivos». Hay empresas industriales en las que se considera viejo a alguien con cincuenta años y, a veces, incluso se le despide en favor de una persona más joven y «agresiva»… El individualismo, analizado por el Papa Francisco en su última encíclica «Fratelli tutti», como el pensamiento de un mundo cerrado y egocéntrico, participa de esta cultura en la que no necesitamos a los demás: no necesitamos a los viejos, no necesitamos a los que van más despacio. Los ancianos son, por definición, en esta cultura, «viejos».

Esto tiene una doble consecuencia: las personas mayores, que ya no participan directamente en los procesos de producción económica, dejan de ser una prioridad en nuestra sociedad. Y, en el contexto de una epidemia, se les atiende después de los otros, los «productivos», aunque sean más frágiles. El orden de acceso a la atención sanitaria de emergencia ha demostrado, en más de una ocasión, que no han podido beneficiarse de las terapias de asistencia respiratoria.

La otra cara de esta misma consecuencia es la ruptura del vínculo entre generaciones: los niños y los jóvenes ya no pueden reunirse con los mayores, que son mantenidos en estricto confinamiento. Esto ha provocado a veces trastornos psicológicos en algunos niños o jóvenes que necesitaban ver a sus abuelos. Al igual que los abuelos necesitaban ver a sus nietos, de lo contrario morirían de otro virus, quizá aún más grave: la pena.

Así que podemos decir que la crisis sanitaria generada por la Covid-19 ha sacado a la luz un importante componente de las relaciones sociales. La capacidad de afrontar el reto de la vida -sus incógnitas y alegrías- se basa, en parte, en la inspiración del diálogo entre generaciones. Un diálogo que puede ofrecerse a través de la palabra o del silencio, a través del dibujo que ofrece el niño y que todavía hace soñar al viejo. Por último, por la ternura de sus miradas que se cruzan y se animan.

Sueños y ternura. De eso se trata. Si los ancianos siguen soñando, los jóvenes pueden seguir inventando. Si la mirada del mayor alienta suavemente los proyectos del menor, ambos viven en una esperanza que atraviesa los miedos. Entonces podrán cumplirse las palabras del profeta Joel: «vuestros hijos profetizarán y vuestros ancianos tendrán sueños». Todos los pedagogos y pastores que han llevado a los niños a los mayores saben que los niños nunca han olvidado este encuentro… de un campesino, un pescador, un artista, un inventor, un mendigo de la calle o un religioso en su monasterio. Porque el mayor sólo tiene una cosa que vivir: ofrecer lo que ha descubierto de la vida, para que el niño siga -y siempre- teniendo el gusto de descubrir e inventar la vida.

¿Con qué nos quedaremos de esta terrible experiencia de una enfermedad que ha afectado a todas las edades y a todos los pueblos? Algunos, tras haber vivido el sufrimiento de la separación, vuelven a aprender, en el seno de sus familias, el vínculo de la escucha y el cuidado entre generaciones. Otros guardan en su interior, en íntimo silencio y tristeza, la mirada de no haber hablado más con los que se han ido. Todos entendemos que esta memoria que llevan los ancianos, nos la hacen llegar en la «fragilidad de vasos de barro» -como sugiere el Apóstol San Pablo-.

En el tesoro de la memoria está, en efecto, la fe recibida y ofrecida: ese sabor de la vida eterna que ya ha comenzado. Por eso, las generaciones, al tomarse de la mano, en el gesto del afecto compartido, se ofrecen mutuamente conocimiento y sueños: una esperanza que no puede morir porque es el mismo don de Dios.

[1] Cf. La sabiduría del tiempo – un diálogo con el Papa Francisco sobre las grandes cuestiones de la vida – editado por Antonio Spadaro, Venecia, 2018) (Christus vivit n.196)

Hacia un nuevo modelo de residencias

Hacia un nuevo modelo de residencias: Gobierno y comunidades pactan establecer un sistema de evaluaciones que se hagan públicas

María Sosa Troya

El objetivo es que no sean los mayores y personas con discapacidad quienes se adapten al modo de vida en las residencias, sino que estas se amolden en lo posible a ellos, a sus rutinas e intereses: que los centros se asemejen mucho más al concepto de hogar y mucho menos al de institución. El Gobierno y las comunidades autónomas han comenzado a debatir los criterios mínimos que deben cumplir los servicios de dependencia, empezando por las residencias. Y han pactado las bases sobre las que se articulará el acuerdo, que debería estar listo en diciembre: se han comprometido a que este incluya el establecimiento de un sistema público de evaluación de la calidad de vida de los usuarios cuyos resultados serán públicos; a encaminarse al modelo de atención centrada a la persona, y a que las residencias se dividan en unidades de convivencia.

La negociación está aún en fase inicial, este mismo lunes se aprobaron los principios sobre los que girará el debate, pero un documento de trabajo presentado por el Ministerio de Derechos Sociales a las autonomías esboza la hoja de ruta de la negociación: potenciar la convivencia en el entorno donde están ubicados los centros, respetar la historia de vida de los residentes, aumentar su participación, visitas libres para los familiares, etc.

El Consejo Territorial de Servicios Sociales y del Sistema para la Autonomía y la Atención de la Dependencia, que reúne a las comunidades y al ministerio, se ha comprometido a llegar a un nuevo acuerdo de acreditación a final de año, es decir, un acuerdo sobre los mínimos que deben cumplir las entidades que ofrezcan servicios en el sistema de la dependencia: tanto las públicas como las que tengan plazas concertadas y las privadas que operan a través de una prestación vinculada (un dinero que se da al dependiente para que pague parte del coste, el resto lo pone de su bolsillo). En él, según lo pactado, se regularán varios aspectos. Por un lado, se fijarán estándares dirigidos a evaluar los resultados de los servicios en la calidad de vida de las personas, y por otro, deberán establecerse las ratios de trabajadores, requisitos de cualificación del personal, entre otros, empezando por las residencias de mayores.

Este acuerdo es uno de los puntos que contemplaba el plan de choque en dependencia aprobado el pasado enero, que ha supuesto este año la inyección de 600 millones de euros. El anterior acuerdo de acreditación, bastante escueto, data de 2008, aunque ha sufrido alguna modificación desde entonces. En él ya se recogía que en el plazo de 12 meses el Consejo Territorial debía fijar “indicadores y estándares esenciales de calidad para la evaluación” de los centros y servicios, algo que no se hizo. Se prevé que el primer borrador del nuevo acuerdo esté listo en otoño, que posteriormente haya un análisis del impacto presupuestario y que en diciembre se apruebe el acuerdo. Los plazos son apretados.

Las autonomías tienen la competencia en servicios sociales, y de hecho muchas están emprendiendo cambios normativos en este sentido, pero el ministerio tiene la labor de coordinación. Fuentes autonómicas de distintos partidos políticos precisan que comparten la filosofía del acuerdo. De hecho, todas votaron a favor de iniciar la negociación a partir del documento presentado por el ministerio, a excepción de Cataluña, que se abstuvo porque considera que hay “una invasión competencial clara”. Varias fuentes recalcan que para poder elevar los estándares se necesita financiación adicional a la del plan de choque. Y otras fuentes sostienen que estos criterios deberían aplicarse a las residencias de nueva construcción, pero no a las viejas, pues muchas no se adecúan a ellos y algunas se verían abocadas al cierre. Solo de mayores, se cuentan en España más de 5.000 centros. En el Consejo Territorial se ha pactado que en el documento final se especifiquen “los plazos de adecuación a los requisitos mínimos comunes para los servicios preexistentes”.

Rendición de cuentas y transparencia

En España no hay criterios comunes de evaluación del servicio en centros residenciales. Una investigación de EL PAÍS, publicada a principios de este mes, reveló que antes de la pandemia, de 2014 a 2019, diez comunidades tuvieron de media menos de una inspección de servicios sociales al año en residencias de mayores, e hizo públicos, por primera vez a nivel nacional, los nombres de las sancionadas en ese periodo. A diferencia de lo que sucede en otros países del entorno, en España los resultados de las inspecciones no se publican y las familias no disponen de información oficial que les sirva de referencia para elegir un centro u otro, así que fijar unos mismos estándares para evaluar los servicios en cuanto a la calidad de vida de los usuarios del sistema de dependencia, en el que se enmarcan las residencias, y hacer accesible esa información supondría una novedad importante. En Alemania, por ejemplo, los resultados de esa evaluación están publicados en la puerta de cada establecimiento.

El documento presentado a las comunidades por el Ministerio de Derechos Sociales, dirigido por Ione Belarra, que seguramente sufrirá modificaciones durante la negociación y también se presentará a patronal, sindicatos, asociaciones y expertos, describe los principios básicos que en su opinión debe incluir el acuerdo de diciembre. A partir de este texto se articulará la negociación. El ministerio plantea que es preciso abordar la creación de un sistema de evaluación público “que incorpore no solo los estándares mínimos que habrán de cumplir los servicios ligados” al sistema de la dependencia para su acreditación, algo de lo que se encargan las actuales inspecciones de las comunidades, “sino también los resultados en términos de calidad de vida de las personas”. Considera que debe incorporarse una “cultura de rendición de cuentas y de transparencia”, para que los usuarios puedan comparar servicios. Fuentes de Derechos Sociales explican, respecto al Consejo Territorial del lunes, que el debate proseguirá a lo largo de los próximos meses y que “el sistema de acreditación público mejorará los estándares de calidad en el sistema, y además dará una mayor transparencia, favorecerá el control de este tipo de centros”.

A partir de los principios básicos que se plantean en residencias, se esboza un cambio de modelo en estos centros. Según el documento, deben dividirse en pequeñas unidades de convivencia, con un número de mayores a decidir, estar decoradas con un “diseño de hogar”, contar con sala de estar, cocina, aseo y comedor, que podrán usar tanto ellos como sus familiares. También se propone mejorar las ratios de personal, a calcular en jornadas completas de trabajo por cada 10 residentes o por unidad de convivencia y no en personas contratadas (hay mucha parcialidad en el sector), y diferenciar entre las horas de apoyo durante el día y la noche, así como especificar la ratio de quienes atienden a los residentes en las actividades del día a día.

El ministerio propone un cambio gradual. Quiere que se eviten los horarios y normas rígidas y que, en lo posible, se trabaje con horarios personalizados, sin tanta rotación entre los cuidadores. Cada usuario que así lo desee contará con un plan de apoyos, que deberá evaluarse como mínimo anualmente en el centro, y para cuya elaboración se contará con el residente. Habrá profesionales de referencia para cada uno y sus familias. Según el documento, los centros con muchos internos (no se fija el número) deberán planificar en los próximos años reducir poco a poco la oferta, para adaptarse a este modelo, así como un plan de reducción del número de habitaciones compartidas, para que quien vaya a una doble sea por elección. Se precisa que los residentes puedan disfrutar en los espacios personales, como el baño y la habitación, de su intimidad y de su sexualidad.

En el texto se insiste en que una residencia no puede sustituir al sistema de salud, y ministerio y comunidades han pactado que el acuerdo recogerá el “acceso a la atención sanitaria proporcionada por el sistema de salud”, acreditando la coordinación con servicios sociales. Derechos Sociales considera que deben ser un servicio de proximidad, por lo que el documento indica que estarán conectadas con la vida social del entorno: “Los centros gueto”, desconectados de la comunidad, “ya no resultan admisibles”. Los usuarios deberán estar motivados a participar y tomar decisiones en su día a día, independientemente de los apoyos que precisen. Podrán recibir visitas siempre que lo deseen, deberá justificarse claramente cuando esto no sea posible. Y se plantean órganos de participación donde haya usuarios, familiares, trabajadores, dirección del centro y agentes locales. Las familias son “claves” para garantizar los buenos apoyos.