Nuevos beatos en El Salvador

Beatificación de Rutilio Grande aviva la urgencia de su mensaje

El Vaticano declaró beatos a Rutilio Grande, Nelson Rutilio Lemus y Manuel Solórzano, asesinados en marzo de 1977 en El Paisnal por escuadrones de la muerte; y también al sacerdote de origen italiano Cosme Spessotto, asesinado en 1980 en el departamento de La Paz. El cardenal Gregorio Rosa Chávez, designado por el Papa Francisco como delegado especial, aprovechó la ceremonia para lanzar un llamado a “recuperar el espíritu de los Acuerdos de Paz” así como “la hoja de ruta” que se trazó. Para algunos sacerdotes, esta beatificación representa un reclamo vigente de verdad y justicia y llega en un momento en el que “la voz de la gente está secuestrada”.

Julia Gavarrete

Con un contundente llamado del cardenal Gregorio Rosa Chávez a recuperar la memoria histórica y el espíritu de los Acuerdos de Paz, el Vaticano declaró beatos este 22 de enero al padre jesuita Rutilio Grande, Nelson Rutilio Lemus, Manuel Solórzano y fray Cosme Spessotto. La ceremonia de beatificación fue presidida por el cardenal frente a cientos de feligreses que se congregaron frente a la plaza del Divino Salvador del Mundo, en San Salvador. Entre los asistentes destacó la ausencia del presidente Nayib Bukele, y la presencia de altos representantes del oficialismo, como el presidente de la Asamblea Legislativa, Ernesto Castro, o el alcalde de la capital, Mario Durán. La semana antepasada, la Asamblea controlada por Bukele derogó dos decretos legislativos para eliminar la conmemoración de los Acuerdos de Paz, ocurridos el 16 de enero de 1992 en México.

La ceremonia de beatificación tuvo un protagonista principal, el sacerdote jesuita Rutilio Grande, asesinado por escuadrones de la muerte el 12 de marzo de 1977, cuando se dirigía de Aguilares, de donde era párroco, hacia El Paisnal, en el norte de El Salvador, a oficiar una misa junto con sus acompañantes, Solórzano, de 72 años, y Lemus, de apenas 16. En el tiroteo murieron esos dos acompañantes y el padre Grande, que constantemente alzaba la voz para denunciar la situación de represión militar y desigualdad que se vivía en el país. Sobrevivieron tres niños que viajaban con ellos.

Tres años después de la masacre, fue asesinado el italiano fray Cosme Spessotto mientras oraba frente al altar de su parroquia en San Juan Nonualco, La Paz. Todo apunta a que Spessotto también fue asesinado por escuadrones de la muerte debido a la intensa denuncia de violaciones a los derechos humanos que realizaba. 

El padre Rutilio Grande fue declarado beato de la Iglesia Católica este sábado 22 de enero durante  una ceremonia celebrada por el cardenal Gregorio Rosa Chávez en la plaza Divino Salvador del Mundo, de San Salvador. Foto de El Faro: Víctor Peña.

El inicio de la ceremonia estuvo marcado por mensajes de reconocimiento al martirio de la iglesia salvadoreña y de toda la sangre que fue derramada en defensa de la fe y los derechos humanos, y fue casi al final cuando los Acuerdos de Paz tomaron protagonismo. El cardenal Rosa Chávez, en su homilía, destacó su importancia al recordar el final de una “lucha fratricida” y por la que “hemos llorado a cerca de 75,000 muertos”. 

“Nuestros mártires pueden ayudarnos a recuperar la memoria para que no renunciemos al sueño de ver a nuestro país reconciliado y en paz”, sostuvo Rosa Chávez. “Para ello, tenemos que recuperar el espíritu de los Acuerdos de Paz y la hoja de ruta que ahí se trazó”, promulgó frente a autoridades eclesiales, invitados, cuerpo diplomático y funcionarios de Gobierno, entre los que también estuvieron el vicepresidente de la República, Félix Ulloa, y la ministra de Vivienda, Michelle Sol. Sus palabras le generaron mensajes de repudio en redes sociales de parte de algunos de los más reconocidos seguidores de Bukele, que lo acusaron de politizar la ceremonia.

“¿Cómo olvidar lo que este drama horrible trajo consigo? Odio, venganza, muerte, calumnia, estigmatización. Son componentes perversos”, continuó el cardenal. Este reconocimiento a los Acuerdos de Paz de 1992 ocurre en un contexto en el que el Gobierno de Bukele decidió no conmemorar oficialmente la fecha.

“La inmensa mayoría de salvadoreños decidimos no celebrar los Acuerdos de Paz. Nuestra Asamblea Legislativa, electa por el pueblo en elecciones libres, ha derogado con 3/4 de los votos el decreto de celebración y ha declarado el Día de las Víctimas del Conflicto Armado”, escribió Bukele el 16 de enero pasado en su cuenta de Twitter. En algunos sectores, esto fue interpretado como un nuevo ataque a la raquítica oposición política del país que fue protagonista de esos acuerdos, y que está representada principalmente por los partidos FMLN y Arena.

 “La primera urgencia es, por tanto, recuperar la memoria. Un ejemplo evidente es Rutilio Grande, que después de seguir en Ecuador (…) y de haber compartido la experiencia de trabajo con campesinos, volvió a nuestro país con una clara e inequívoca opción de nuestros pobres”, destacó el cardenal. 

Pascual Cebollada, postulador general de la Compañía de Jesús, fue el encargado de llevar a cabo el proceso para la beatificación en Roma de Rutilio Grande, Nelson Lemus y Manuel Solórzano. “Consciente del gran peligro que corría su vida y convencido de que debemos hacer siempre lo que Dios quiere, días antes de morir, el padre Rutilio había declarado: ‘el odio no cabe en un cristiano, aunque nos apaleen y nos quiten la vida, tenemos que seguir amando y perdonando’”, dijo Cebollada al leer la biografía del padre asesinado. Fray Claudio Bratti fue el vicepostulador de la causa de Cosme Spessotto por parte de la Orden de Frailes Menores. Compañero y amigo de Spessotto, Bratti siguió de cerca su causa.   

En medio de la ceremonia fue develada una gigantografía con la imagen de los cuatro beatos. El rector de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA), Andreu Oliva, que ha sido constantemente atacado en el discurso del oficialismo, aprovechó los últimos minutos para destacar la labor que hicieron los mártires, y que pagaron con su vida. “Que estén dos personas laicas, dos sacerdotes de distintas congregaciones, nos muestra que el proyecto del reino de Dios, la causa del evangelio, es una causa que nos une a todos”. 

El reclamo de verdad y justicia 

El reconocimiento del Vaticano al declarar beatos a cuatro figuras que fueron martirizadas reconoce, según la jerarquía de la Iglesia, una “manera de predicar y de vivir”. Para el padre Edwin Henríquez, vicepostulador de la causa de Rutilio Grande, era necesario culminar este proceso, ante toda duda o crítica que ha existido sobre la figura del sacerdote y de muchos otros que perdieron su vida por su trabajo con la comunidad.

“A lo largo de estos 44 años ha habido mucho lodo, ha habido mucha gente que ha hablado mal (de Rutilio Grande) y que ha entendido la labor del padre desde el punto de vista político y esto no es así: la labor del padre es desde el evangelio”, comentó.  

El vicepostulador puso un ejemplo: Monseñor Óscar Arnulfo Romero. Aseguró que no se puede entender a Romero sin antes conocer a Rutilio Grande. “Esta beatificación es importante porque nos va ayudando a entender más a Monseñor Romero y cómo los dos vivieron el evangelio de Jesús, el único, que es el que transforma vidas”. El asesinato de Rutilio ocurrió cuando Romero ya había tomado posesión de la Arquidiócesis. Eso generó presión en Romero, porque el asesinato de su amigo se sumaba a la larga lista de asesinatos políticos ocurridos en el país en aquel momento, cuando la guerra estaba a punto de estallar.

Ese carácter martirial de la Iglesia Católica, según el padre Rodolfo Cardenal, miembro de la comisión de beatificación de Rutilio Grande y una de las personas que más conoce la vida del sacerdote asesinado, queda ratificado con esta beatificación: “Porque no solo es Rutilio, hay más de 20 sacerdotes asesinados, hay religiosas, y laicos, como el caso del padre Rutilio, que van dos laicos como beatos (acompañándolo), porque fueron asesinados con él”, comentó a El Faro. 

Para Cardenal, la beatificación también representa “un reclamo de verdad y justicia” por todos los casos que nunca fueron investigados ni juzgados: “Es una oportunidad para poder rectificar”. “Dado que han decidido que el 16 de enero (fecha de los Acuerdos de Paz) sea para conmemorar a las víctimas, lo menos que (desde el Estado) podían hacer para darle contenido a ese cambio es acelerar los procesos que no se han llevado a cabo”, comentó respecto a la acción de la Asamblea Legislativa de cambiar el sentido de la conmemoración del fin de la guerra. 

 “En el caso de Rutilio, Nelson y Manuel sabemos que fue un escuadrón de la muerte que salió de la Guardia Nacional. Si eso lo averiguamos nosotros sin tener los recursos que tiene la Policía y el fiscal, ellos pueden hacer mucho más y más rápido”, dijo Cardenal a El Faro. 

El padre Octavio Cruz, quien fue alumno de Rutilio Grande tanto en bachillerato como en el seminario católico, explicó a El Faro que en el momento del asesinato del padre Grande, la Iglesia Católica estaba entrando en una etapa a la que tiempo después se llamó “Nueva Evangelización”. A partir del Concilio Vaticano II y el Documento de Medellín, hay una visión de Iglesia a la que se le llama “en salida”; es decir, ir a evangelizar. Esa evangelización llevaba a la par un trabajo de formación para que la feligresía tomara conciencia de sus derechos. “Aunque sabíamos que estábamos en riesgo, era con lo que contábamos, eso no nos hacía desistir”, contó a El Faro. 

Octavio Cruz, ahora párroco en Cojutepeque, siguió de cerca el trabajo de Rutilio Grande durante los años 74 y 75. Luego del asesinato, Romero encomendó a Cruz continuar con el legado del padre Grande en la parroquia de Aguilares. Ahí estuvo Cruz hasta el 81, ya tras el estallido la guerra. En los años que estuvo trabajando junto a Rutilio Grande, Cruz atestiguó cómo el sacerdote confrontaba a empresarios cañeros por tratos y pagos injustos contra cortadores de caña. “Sin embargo, el padre Tilo -como le llamaban a Rutilio-, su predicación, era apegada a la justicia, al cumplimiento de las leyes. Era lo que se pedía”, sostuvo Cruz. 

Lo que Rutilio Grande pedía a su pueblo, reiteró Cardenal, es que usaran su voz para hacerse oír. Algo como lo que podría pedirse hoy en día a la sociedad salvadoreña en un momento “en que la voz de la gente está secuestrada”. “Es un llamado a la población y a la sociedad a decir: ‘tienen voz, digan ustedes lo que tienen’”, dijo Cardenal.  

En la beatificación, el cardenal Rosa Chávez continuó: “El pueblo salvadoreño ve en los mártires una imagen de su propia historia, marcada por alegría y esperanzas; por tristezas y angustias”.

Unas cuadras más abajo del Divino Salvador del Mundo, unas 100 personas se congregaron frente a una tarima cuadrada. Aunque sabían que no podrían ingresar a la zona destinada para los invitados de la ceremonia, esperaron entonando música de protesta y escuchando testimonios relacionados con la vida del padre Grande. Había gente de las Comunidades Eclesiales de Base -que tanto promovió el ahora mártir-, de organizaciones y movimientos sociales que nacieron tras los Acuerdos de Paz. Había familiares de desaparecidos, víctimas de la violencia social y alguna gente organizada que se opone a megaproyectos urbanísticos que amenazan con afectar el medio ambiente. 

Un hombre tomó el micrófono para hacer una invitación abierta a la fiesta en El Paisnal, dirigida a quienes no tuvieran una tarjeta para entrar a la beatificación. “Vámonos a El Paisnal, los que puedan, vamos a celebrar”, dijo. “Pero no olviden recordar las palabras de Rutilio: ‘Nos tenemos que salvar en racimo, en mazorca, en matata, o sea, en comunidad’. ¡Qué viva Rutilio!”, exclamó con euforia antes de que la ceremonia iniciara.

El Mártir y la Palabra de Dios

La Misión humilde y firme del P. Rutilio Grande


Este 22 de enero pasado fue beatificado el padre Rutilio Grande, religioso jesuita, asesinado en 1977 junto a Manuel Solorzano y Nelson Rutilio Lemus, dos campesinos fallecidos con él bajo los proyectiles de los escuadrones de la muerte, durante la terrible persecución a la Iglesia salvadoreña de aquellos años.


La figura del padre Grande es importante en la historia contemporánea del pequeño país centroamericano. Cuando se produce su asesinato en el marzo de 1977, Mons. Oscar A. Romero había asumido la Arquidiócesis de San Salvador hacía apenas un mes. La figura del padre Rutilio representa aquella Iglesia martirial amiga de los pobres y que sigue con pasión los sufrimientos y las vicisitudes del pueblo. El libro de oraciones del padre Grande, que fue encontrado a lado de su cuerpo sin vida, es el símbolo de esta unión entre amor por la Palabra de Dios y el martirio. Compartir la vida sencilla y dura de los campesinos junto al anuncio alegre del Evangelio ha sido la misión humilde y firme del padre Rutilio.

Mons. Romero apreciaba particularmente al padre Rutilio, por su generosa entrega hacia los más pobres. Su amor por la predicación del Evangelio es la fuerza que asiste esta Iglesia frente a la violación de los derechos humanos.

Romero sobre Rutilio

Mons. Romero tiene palabras significativas que confirman cuanto el obispo mártir confiase en la fuerza de la oración: “El día del asesinato del padre Rutilio Grande alguien ha dicho: Hemos experimentado que también el pellejo de los curas es apto para recibir balas. Y se reían creyendo que iban a detener su predicación cristiana. No creían que la muerte de un sacerdote suscitara reacciones y nuevas primaveras. No sabían que ponían en el surco una semilla que habría producido grandes frutos. Como decía Cristo: “El grano de trigo   no para quedar sepultado”. Qué abundante es la cosecha de la persecución!”

En fin, la Iglesia de Mons. Romero se demostrará fuerte delante de las adversidades y del martirio.

En esta perspectiva, la beatificación del padre Grande es la recompensa de una fidelidad permanente al pueblo fiel que en tiempos de persecución y de injusticia ha podido abrevar a la fuente de la palabra de Dios. En tiempos convulsionados y confusos en que vive hoy el país centroamericano, la figura del padre Rutilio Grande vuelve a recordar cómo el desarrollo humano e integral de un pueblo debe pasar para la transmisión de aquellos valores de fraternidad y de solidaridad concreta que el religioso jesuita ha profundamente encarnado en su humilde y valiosa fidelidad al Evangelio.

Persecución religiosa en El Salvador

Iglesia católica: en El Salvador hay persecución religiosa «evidente»

Rutilio Grande, Cosme Spessotto, Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus han sido declarados beatos, mientras la Iglesia parece volver a enfrentar presiones en el país centroamericano.

Un hombre sostiene imágenes del sacerdote franciscano Cosme Spessotto (i) y el jesuita Rutilio Grande (d), mientras espera por su beatificación en San Salvador.El Salvador está de fiesta. Luego de la canonización de quien fuera arzobispo de San Salvador, monseñor Óscar Arnulfo Romero, la nación más pequeña de Centroamérica ha vivido, este 22 de enero, el acto de beatificación de Rutilio Grande, Cosme Spessotto, Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus; dos sacerdotes y dos laicos asesinados por escuadrones de la muerte durante la guerra civil salvadoreña. Paralelamente, la relación entre el oficialismo y la Iglesia parece —a veces— tornarse más áspera. 

El sacerdote jesuita Rutilio Grande es el más conocido de los cuatro beatos salvadoreños, dada su cercana relación con monseñor Romero, hoy San Romero de América. “Su trabajo de mayor impacto fue con los campesinos, en una zona de grandes propiedades cultivadas de caña de azúcar”, como párroco de Aguilares (a casi 40 kilómetros de la capital), explica a DW el cardenal Gregorio Rosa Chávez.

Grande “se dedicó a la evangelización, la concientización y la organización de la gente”, agrega el cardenal. Pero su tarea, insiste,  “está inconclusa porque, como dice el Papa Francisco, nuestro mundo está dominado por el imperio del dinero que aplasta la dignidad de la persona humana. Rutilio soñó con país justo, fraterno y solidario, que está muy lejos de ser una realidad”.

Las muertes de los cuatro beatos

De acuerdo con la Carta Pastoral II del arzobispo de San Salvador José Luis Escobar, en una de sus homilías, Rutilio Grande denunció que “los campesinos no tienen tierra, ni pisto (dinero), ni derecho a organizarse para que se oiga su voz, defender sus derechos, privilegios y dignidad de hijos de Dios y de esta Patria”.

Grande fue asesinado junto a Manuel Solórzano, de 72 años, y Nelson Rutilio Lemus, de 15. Los tres iban rumbo a una misa, pero “en el camino fueron emboscados y su carro ametrallado brutalmente como si se tratara de (el carro de) un malhechor”, detalla Escobar.

El sacerdote franciscano italiano Cosme Spessotto fue asesinado a 58 kilómetros de la capital. “Inmediatamente después de celebrar la Santa Misa, estaba orando en el Templo, cuando en ese momento entraron dos desconocidos con pelucas, sacaron sus armas y sin piedad y respeto por el lugar y la persona, le disparan al corazón”, continúa el relato de Escobar.

“Para entender ese drama humano hay que tener memoria. Y los mártires que serán beatificados nos refrescan la memoria. Rutilio es asesinado en marzo de 1977, cuando monseñor Romero tenía apenas tres meses de ser arzobispo. Aún no había estallado la guerra, pero vivíamos un ambiente prerrevolucionario. La represión era brutal y la Iglesia contaba muertos todas las semanas, al grado de que nuestro santo llegó a decir en una homilía dominical: ‘Parece que mi destino es ir recogiendo cadáveres’”, rememora el cardenal Rosa Chávez.

“Fray Cosme Spessotto es asesinado frente al altar de su humilde parroquia, en San Juan Nonualco, en junio de 1980, el mismo año en que agentes del Estado —¡parece increíble en un país profundamente cristiano!— arrebatan la vida de monseñor Romero y de cuatro mujeres estadounidenses, tres religiosas y una misionera seglar”, enumera el religioso salvadoreño y critica: “no se puede tirar al basurero tanto dolor y sufrimiento humano”.

¿Cuánto ha cambiado El Salvador?

Décadas después de estos asesinatos, el sacerdote jesuita y director del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana (IDHUCA), José María Tojeira, recuerda a DW que, “cuando estas personas fueron asesinadas, había un régimen autoritario militar que no tenía problema a la hora de robar elecciones o asesinar personas críticas. Al contrario, lo hacía sistemáticamente”.

“El régimen actual es autoritario, pero fruto de unas elecciones legítimas y no ha llegado a la brutalidad del régimen militar. El control de las instituciones le facilita otro tipo de hostigamiento, que va desde la impunidad de una propaganda agresiva contra personalidades críticas, hasta la manipulación de las instituciones para manejar las leyes al propio antojo, con frecuencia en contradicción con tratados internacionales de derechos humanos ratificados por El Salvador”, compara, salvando las distancias.

 “Se dice que el periodista es ‘el historiador del instante’. Y lo que estos ‘historiadores’ nos cuentan difiere mucho de la ‘historia oficial’. Las marchas de protesta ayudan a entender lo que está pasando y lo que necesitamos conquistar”, añade Rosa Chávez, sobre el contexto en que ocurre la beatificación de estos cuatro religiosos en El Salvador.

Por otra parte, y ante denuncias de persecución religiosa hechas por la Iglesia evangélica, el cardenal Rosa Chávez afirma que, “en el régimen actual, hay una política de identificar enemigos. Después de identificarlos, toda una avalancha de ataques, sobre todo en las redes sociales, se lanza sin compasión contra ellos. Y esto vale también cuando el ‘enemigo’ es un representante de las Iglesias. La persecución es un hecho evidente. Basta asomarse a las redes sociales para comprobarlo”.

En mismo sentido, el misionero de San Carlos Scalabrinianos, Mauro Verzeletti, dice a DW que “el actual Gobierno se caracteriza por perseguir a aquellos que denuncian las atrocidades de su gobierno. Cuando se viola la democracia desde la institucionalidad del Estado, se impide el dialogo con todos los sectores sociales. Nayib Bukele quiere controlar todos los sectores sociales para beneficios propios”.

“No existe una confrontación pública con nosotros”, pero…

El sacerdote Tojeira, director del IDHUCA, coincide: “En un régimen populista y autoritario como el actual, se persigue la crítica. Se ataca y se persigue a quienes hacen alguna crítica. El caso de los insultos y mentiras orquestadas desde el partido (oficialista) Nuevas Ideas contra el cardenal Rosa Chávez o contra la UCA (Universidad Centroamericana) son muestra de esa intolerancia”, ilustra.

“Los obispos nos hemos reunido solo una vez con el presidente y fue una reunión de cortesía en la Casa Presidencial. Hay contactos con otros organismos del Estado, sobre todo para cosas prácticas, como el apoyo a la campaña contra el COVID-19. No hay una política de diálogo con nosotros, lo cual era lo normal en los Gobiernos anteriores”, lamenta el cardenal Rosa Chávez. Sin embargo, aclara, “debemos decir que no existe una confrontación pública con nosotros”.

Así las cosas, este 22 de enero, la Arquidiócesis de San Salvador celebró la beatificación de Rutilio Grande, Cosme Spessotto, Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus con la presencia de congresistas del oficialismo, del alcalde capitalino y de funcionarios del Ejecutivo, pero sin la participación del presidente Nayib Bukele. (rml)

Beatificación de Rutilio y compañeros

Rutilio Grande: «Que para todos llegue la mesa, el mantel y el conqué»

Rutilio Grande: "Que para todos llegue la mesa, el mantel y el conqué"
Rutilio Grande: «Que para todos llegue la mesa, el mantel y el conqué»

Rutilio Grande fue un jesuita salvadoreño, un profeta en su tiempo y contexto, que fiel a la Buena Noticia del Evangelio anunció como Jesús la liberación a la gente más sencilla, los campesinos salvadoreños que vivían una situación de opresión muy fuerte, en el inicio de una guerra civil.

La muerte de Rutilio fue un punto de inflexión en la vida de Romero, que le impulso a comprometer su vida con la comunidad a la que servía como pastor, hasta entregar su vida: “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”.

No es fácil encontrar una correlación directa, pero parece clara la influencia de Rutilio y tantas otras personas que siguieron su estela, en la concreción de una de las preferencias apostólicas de los jesuitas para los próximos 10 años: “caminar con los excluidos”.

Hay algo de Rutilio y también de Romero que me impresiona enormemente. Ambos eran dos hombres frágiles, física y mentalmente, con periodos de oscuridad y fuerte fragilidad, y es desde esta realidad que Dios los llama. No porque fueran perfectos o con superpoderes, sino porque es a través de esa debilidad que el Señor los hizo “fuertes”.

En un mundo a veces agarrotado por el miedo y deseoso de construir muros, Rutilio nos invita a ser generosos y a tender puentes, nos anima a construir comunidad, a caminar juntos, a crear una mesa común, una mesa inclusiva, donde todos y todas tenemos nuestro lugar, donde nadie se queda fuera.

Por | Alberto Ares director del Servicio Jesuita a Refugiados – JRS Europe

¿Quién fue Rutilio Grande?

Rutilio Grande fue un jesuita salvadoreño, un profeta en su tiempo y contexto, que fiel a la Buena Noticia del Evangelio anunció como Jesús la liberación a la gente más sencilla, los campesinos salvadoreños que vivían una situación de opresión muy fuerte, en el inicio de una guerra civil. En el camino, acercó todas las nuevas enseñanzas de la Iglesia y las popularizó, construyendo comunidad, como una Iglesia cercana a los más desvalidos, denunciando las injusticias, formando a agentes pastorales y sentándose todos juntos a la mesa. Rutilio Grande García nació en El Paisnal el 5 de julio de 1928 y fue asesinado en Aguilares el 12 de marzo de 1977, a la edad de 48 años.       

Rutilio_Grande

¿Cuál fue su relación con Monseñor Romero?

Rutilio fue un gran amigo y colaborador de Mons. Romero. Hay un consenso claro en que la conversión de Romero hacia una Iglesia encarnada y cercana a los más pobres fue gracias al testimonio de su amigo Rutilio. La muerte de Rutilio, debido a su compromiso con los desheredados de El Salvador y la denuncia de las injusticias, fue un punto de inflexión en la vida de Romero, que le impulso a comprometer su vida con la comunidad a la que servía como pastor, hasta entregar su vida: “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”.

mural-de-rutilio-y-romero (1)

¿Y la influencia en los mártires de la UCA y la Compañía de Jesús?

El Vaticano II tuvo una gran influencia en toda la Iglesia, y en especial en la Iglesia Latinoamericana donde desde Medellín se encarnó de una forma especial en el caminar junto a los más pobres. Esas enseñanzas que Rutilio y más tarde Romero hicieron suyas en su vida y ministerio, junto a la de tantas personas y comunidades, influyeron en toda la Iglesia Salvadoreña y nuestros compañeros en la UCA. Dicen las personas que conocieron de primera mano a los compañeros mártires, que un impacto importante de Rutilio y Romero, fue ver cómo los jesuitas comenzaban a acompañar y salir a las comunidades, y como la vida de las comunidades entraba de lleno en la Universidad.

Asimismo, no es fácil encontrar una correlación directa, pero parece clara la influencia de Rutilio y tantas otras personas que siguieron su estela, en la concreción de una de las preferencias apostólicas de los jesuitas para los próximos 10 años: “caminar con los excluidos”, es decir, caminar junto a los pobres, los descartados del mundo, los vulnerados en su dignidad en una misión de reconciliación y justicia.    

RUTILIO-GRANDE-MURAL

¿Por qué es importante esta beatificación?

La beatificación de Rutilio, junto a Manuel Solórzano y Nelson Lemus, dos miembros de su comunidad, y la del P. Cosme Spessotto, nos anuncia a mi modo de ver dos cosas muy importantes. La primera es que la Iglesia propone como modelos de santidad a unas personas que entregaron su vida, como Jesús, al anunció de la Buena Noticia a los más pobres por amor. Un amor que los llevó a entregar su vida. Este hecho es de vital importancia para el pueblo salvadoreño y para todo el mundo, que ha vivido durante años oprimido y olvidado. Esta beatificación evidencia que Dios nunca abandona a su pueblo. En segundo lugar, nos invitan a seguir su ejemplo, a construir comunidad, a sentarnos juntos a la mesa, a proclamar la buena noticia, a sanar los corazones heridos y a anunciar la liberación.

Actual Rutilio

¿Cómo te interpela: personalmente y como jesuita?

Tengo que decir que Rutilio y Romero son dos figuras que animan y alientan mi vocación y me acercan a Jesús. De ellos he aprendido a creer y a animar la comunidad, a estar cerca de la gente sencilla que es portadora de la Buena Noticia, de la importancia de la formación, de proclamar la Palabra y de encarnarla como comunidad. Hay algo de Rutilio y también de Romero que me impresiona enormemente. Ambos eran dos hombres frágiles, física y mentalmente, con periodos de oscuridad y fuerte fragilidad, y es desde esta realidad que Dios los llama. No porque fueran perfectos o con superpoderes, sino porque es a través de esa debilidad que el Señor los hizo “fuertes”. A todos los que no somos perfectos nos consuela ver que el Señor llama y pone como ejemplo a Rutilio. Dios no nos quiere porque hagamos todo bien, sino que nos acoge y nos llama a pesar de nuestras debilidades y limitaciones, confía en nosotros, ayudándonos a partir de donde estamos a dar pasos adelante, a caminar a su lado.

get_img

¿Qué mensaje de esperanza podemos encontrar para nuestra realidad actual?

Rutilio pronunció una homilía que fue un hito determinante en su vida, pues su anuncio y denuncia lo llevó a la muerte. En este conocido Sermón de Apopa decía así: “Un mundo material para todos sin fronteras. Una mesa común con manteles largos para todos. Cada uno con su taburete. Que para todos llegue la mesa, el mantel y el conqué.”

En un mundo a veces agarrotado por el miedo y deseoso de construir muros, Rutilio nos invita a ser generosos y a tender puentes. Asimismo, nos anima a construir comunidad, a caminar juntos, a crear una mesa común, con manteles largos que dotan de dignidad a los comensales, una mesa inclusiva, donde todos y todas tenemos nuestro lugar, donde nadie se queda fuera. Una invitación a vivir junto a los desheredados de este mundo, a formarnos, a ser profetas de nuestro tiempo, a zambullirnos en la Biblia y a hacerla carne en la comunidad.

La nube de testigos

Mártires salvadoreños beatificados

José M. Tojeira

Después de narrar la resistencia en la fe de los oyentes y seguidores de la Palabra, la carta a los Hebreos continúa en el capítulo 12 diciendo que nos rodea una nube de testigos que debe estimularnos en nuestros compromisos cristianos. Nada más actual que ese texto, ahora que hemos celebrado la beatificación de Cosme Spessotto, Rutilio Grande, Nelson y Manuel. Mons. José Luis Escobar, en su carta pastoral sobre el martirio, recordaba también en el contexto martirial salvadoreño la visión del apocalipsis de una gran multitud “vestidos con túnicas blancas y con palmas en la mano”. Las cuatro beatificaciones que celebramos son, con Mons Romero, la punta de lanza y el signo visible de una enorme cantidad de mártires salvadoreños, que desde muy diferentes actividades y servicios se identificaron en la muerte con el Señor, fieles a la Palabra hecha vida. La memoria de ellos, igual que la beatificación, es ya un signo de la resurrección de nuestros hermanos profetas del Evangelio y de la audacia de ser fieles hasta el final.

Esta historia martirial del pueblo salvadoreño nos llama y nos interpela a revisar nuestro caminar. En el Plan Pastoral de la Archidiócesis, vivir la dimensión martirial de nuestra Iglesia se presenta como una tarea necesaria para vivir en nuestro aquí y ahora el Evangelio. Cuando en un país como el nuestro continúan existiendo demasiados rostros que nos recuerdan el de Jesús crucificado, no podemos menos que repetir con el apóstol Pablo que el amor de Cristo nos apremia (2 Cor 5, 14) y nos exige renovar nuestra realidad. La pobreza, el hambre, la desigualdad, los ancianos sin pensión, desprotegidos y abandonados, los niños de la calle, los campesinos condenados a una subsistencia vulnerable, los trabajadores mal pagados y sujetos a la humillación de los poderosos, las niñas y adolescentes abusadas, nos recuerdan el rostro de Cristo ensangrentado. Los mártires sintieron esa realidad y trataron de enjugar lágrimas, infundir esperanzas, animar y recordar la suprema dignidad del ser humano como hijos e hijas de Dios. Y supieron vivir sin que la muerte fuera un freno a su esperanza y a su solidaridad.

Hoy, la nube de los innumerables testigos que nos ha legado nuestra historia relativamente reciente nos llama a la acción. El Concilio Vaticano II, al hablar de la Iglesia como pueblo mesiánico, nos indica que quienes tenemos a Cristo como cabeza debemos “dilatar más y más el reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra” (LG 9). Esa tarea de ampliar el Reino de Dios significa, en muchos sentidos transformar el mundo en que vivimos. Y esa transformación solo se puede lograr desde las labores más específicamente cristianas de personas convertidas al Evangelio, y desde la colaboración propositiva y crítica con todos los seres humanos de buena voluntad que desean un mundo más justo. Un mundo sin fuertes que opriman a los débiles, sin pobreza, sin que se pongan el poder del dinero, de las armas o de la manipulación ideológica por encima de la dignidad universal de la persona humana y de su derechos a vivir en fraternidad y en desarrollo pleno de sus capacidades. El mundo era complejo en tiempo de Jesús y continúa siendo hoy un lugar con demasiada indiferencia ante el dolor del pobre, del sencillo y del débil. Nuestros mártires recién beatificados fueron para los pobres sal y luz como Jesús, hasta convertirse con Él en ofrenda crucificada al Padre Dios. Su proceso de resurrección se ha unido ya al Espíritu que vivifica a la Iglesia. Y eso nos exige abrirnos a ese mismo Espíritu que llevó a Nelson, Manuel, Rutilio y Cosme a la entrega total, profética y amorosa. Ellos nos invitan hoy a expandir y afirmar en este mundo y en nuestro país ese Reino de Dios que es de vida plena, de verdad en la hermandad, y de paz con justicia y amor.    

El Salvador tiene ya cuatro nuevos beatos

4 nuevos beatos en El Salvador

En punto de las 17:00 horas (tiempo local) comenzó este sábado la misa de beatificación de los cuatro mártires de El Salvador: el sacerdote jesuita Rutilio Grande García, los laicos Manuel Solórzano y Nelson Lemus, y el fraile de origen italiano Cosme Spessotto, quienes murieron mártires en una época turbulenta, previa a la guerra civil en ese país centroamericano (1979-1992).


La celebración –presidida por el delegado del papa Francisco, el cardenal Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador- se llevó a cabo en la Plaza del Divino Salvador del Mundo, misma que el 23 de mayo de 2015 fue testigo de la beatificación de monseñor Óscar Romero, y en la que en esta ocasión se reunieron más de seis mil personas.

¡Ya son beatos!

Tras la petición -por parte de los obispos ordinarios de las diócesis a las que pertenecían los mártires- de que éstos fueran inscritos en el número de los beatos, el cardenal Rosa Chávez leyó en latín la respuesta del papa Francisco:

“Carta Apostólica: acogiendo el deseo de nuestros hermanos: José Luis Escobar Alas, arzobispo de San Salvador, y de Elías Samuel Bolaños Avelar, salesiano de Don Bosco, obispo de Zacatecoluca, así como de muchos otros hermanos en el episcopado y de muchos fieles. Después de haber recibido el parecer de la Congregación de las Causas de los Santos, con nuestra autoridad apostólica, concedemos que a los venerable siervos de Dios: Rutilio Grande García, sacerdote profeso de la Compañía de Jesús; Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus, laicos, así como a Cosme Spessotto, sacerdote profeso de la orden de los frailes menores, mártires, heroicos testigos del Reino de Dios -Reino de justicia-, el amor y la paz, hasta la efusión de la sangre, de ahora en adelante sean llamados beatos, y que sean celebrados cada año en los lugares, y según las reglas establecidas por el Derecho, respectivamente el 12 de marzo y el 10 de junio. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Dado en Roma, en San Juan de Letrán, el 20 de diciembre del año del Señor, 2021, noveno de nuestro pontificado, Francisco”.

Acto seguido, se desplegó la gigantografía de los nuevos beatos en la plaza del Divino Salvador, y el cardenal Rosa Chávez recibió las reliquias de los mártires en el altar. Posteriormente los obispos y los postuladores de las causas agradecieron al papa Francisco por haber atendido su petición.

Un día glorioso

En su homilía, el cardenal Rosa Chávez aseguró que el pueblo salvadoreño ve en los mártires que han sido inscritos en el libro de los beatos, una imagen de su propia historia, marcada por alegrías y esperanzas, pero también por tristezas y angustias.

Para el obispo auxiliar de San Salvador, el 22 de enero de 2022 pasará a la historia de ese país como un día glorioso “porque estamos recogiendo la cosecha, ¡y qué cosecha! ¿Quiénes estamos aquí? –se preguntó– somos una representación de todo el pueblo salvadoreño, y hemos venido de todos los rincones de la patria. Aquí hay humildes campesinos y campesinas que exultan de júbilo al ver que la Iglesia reconoce la santidad de quienes han dado su vida en su servicio“.

“Hemos llenado esta plaza y sus alrededores –continuó– quienes hemos vivido esta experiencia intensamente, los que han experimentado en carne propia el drama de la violencia institucionalizada, de la violencia del conflicto armado y la violencia de todos los días; los que hemos visto caer sin vida a personas muy amadas que no tenían nada que ver con el conflicto, y los que han escapado como un pájaro de la trampa del cazador”.

El cardenal salvadoreño recordó que la sangre derramada, unida a la de Cristo, es fuente de esperanza para el pueblo de El Salvador, porque en la persona de los mártires Dios ha reivindicado a todas las víctimas inocentes:

“Rutilio, Manuel, Nelson y Cosme dan nombre a todas las víctimas inocentes ofrecidas en el sacrílego altar de los ídolos del poder, del placer y del dinero. Esa sangre derramada es germen de reconciliación y de paz“, aseveró.

Un evento continental

En la celebración eucarística estuvieron presentes autoridades civiles, encabezadas por el presidente Nayib Armando Bukele Ortez, así como el nuncio apostólico en El Salvador, obispos, sacerdotes, religiosas y religiosas de diferentes partes de América Latina, y algunos familiares de los cuatro mártires beatificados.

En el altar de la celebración destacó la imagen de Nuestra Señora Reina de La Paz y la del Divino Salvador del Mundo, así como una manta con la frase apocalíptica: “estos son los que vienen de la gran tribulación. Ellos han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero”, en referencia a los nuevos beatos.

La ceremonia se transmitió a través de las redes sociales del CELAM y de diferentes diócesis de América Latina y el Caribe, así como por varias televisoras y radiodifusoras locales.

El cardenal Rosa Chávez había adelantado a Vida Nueva que los medios de comunicación recibían con simpatía este hecho histórico, “quizá porque el país necesita buenas noticias y mucho oxígeno espiritual para purificar una atmósfera contaminada por la mentira, la violencia verbal y otras formas de polarización”

El legado de los mártires a la Iglesia de A.L.

La vida religiosa se une al gozo por beatificación de los cuatro mártires de El Salvador

La CLAR destacó el legado que Rutilio, Cosme, Manuel y Nelson dejaron a la Iglesia en América Latina y El Caribe, el cual interpela de manera especial a la vida religiosa

Mural de Romero y Rutilio

La Confederación Latinoamericana de Religiosos (CLAR) manifestó su gozo por la beatificación de Rutilio Grande García, Cosme Spessotto, Manuel Solórzano y Nelson Lemus, que tendrá lugar la tarde de este 22 de enero en El Salvador.


En un comunicado dirigido a religiosas y religiosos del continente, el organismo internacional aseguró que los llamados cuatro mártires de El Salvador animan a ver con esperanza la vida religiosa, “mujeres y hombres que viviendo contracorriente dan testimonio de la buena nueva del Evangelio, recuperando nuestra vocación martirial al servicio de la vida abundante”.

El legado de los mártires

El organismo de derecho pontificio –actualmente encabezado por la religiosa Gloria Liliana Franco– explicó que Rutilio, Cosme, Manuel y Nelson entregaron su vida a la gente más humilde, en una época turbulenta en El Salvador, previa a la guerra civil que azotó el país durante 12 años y que dejó más de 80 mil muertos.

Para la CLAR, el legado que dejaron los nuevos próximos beatos es la obligación de denunciar el dolor de los más pobres y vulnerables que sufren el flagelo de la miseria y de las injusticias.

Nos obligan a escuchar el grito de la destrucción de la casa común y la cultura del descarte que afecta sobre todo a las mujeres, los migrantes y refugiados, los ancianos, los pueblos originarios y afrodescendientes”, señaló.

Estos mártires también “nos dan lecciones para afrontar el impacto y las consecuencias de la pandemia que incrementa más las desigualdades sociales, comprometiendo incluso la seguridad alimentaria de gran parte de nuestra población”, señala la CLAR.

Y continúa: “Nos hacen detener y reaccionar ante todo lo que se constituye en obstáculo para la sinodalidad a causa del clericalismo y el autoritarismo en las relaciones, que lleva a la exclusión de los laicos, de manera especial de las mujeres en las instancias de discernimiento y toma de decisiones sobre la misión de la Iglesia”.

La beatificación interpela a la vida religiosa

Aseguró la CLAR que esta tarde se convertirán en beatos cuatro rostros concretos, quienes, junto a los numerosos religiosas y religiosos de diversas congregaciones en toda América Latina y el Caribe, y también de laicos comprometidos con la vida y con el Evangelio, “han derramado su sangre martirial por el Reino de Dios y su justicia. Han sido místicos, profetas y mártires”.

Y es que, la vida religiosa martirial de América Latina se inscribe dentro de todo el numeroso martirologio de América Latina y el Caribe, que abarca a obispos como Óscar Romero y Enrique Ángel Angelelli, pero también a sacerdotes, catequistas, agentes de pastoral, líderes campesinos, indígenas, mujeres, niños, ancianos, jóvenes, poblaciones enteras que fueron masacradas.

El ejemplo de estos hermanos y de tantas hermanas mártires que han ofrendado su vida por el Reino de Dios en América Latina y el Caribe “son una interpelación para toda la vida religiosa y para toda la Iglesia (…) Hay que seguir soñando con ellas/os y como ellas/os, hay que aprender de ellas/os a gastar la vida por los demás. Como Jesús y por las mismas razones que Jesús”, concluyó el organismo.

El Secretario del Celam en la beatificación

Mons. Jorge Lozano: Rutilio Grande, el jesuita cuyo martirio marcó a fuego la vida de monseñor Óscar Romero, ya es beato

Mons. Jorge Lozano
Mons. Jorge Lozano

Los mártires de este tiempo son secuestrados, torturados, asesinados. Con acusaciones falsas son manchados para desalentar y boicotear su servicio

Para quienes ejercen poderes autoritarios y defienden intereses espurios, es aceptada una Iglesia que sirva, pero sin cuestionar

Al sistema económico vinculado al poder de la avaricia le interesa una Iglesia encerrada en los Templos y las sacristías, pero no en la calle

No sólo predicaba a los campesinos oprimidos sino que también aprendió de ellos la paciencia, la laboriosidad, el rechazo de las injusticias

La beatificación de los cuatro mártires nos los asegura como intercesores ante el Padre, a la vez que nos muestra la radicalidad evangélica de sus vidas entregadas

Por | Paola Calderón – ADN Celam

Beatificacion-768x512 (1)

El Secretario General del Consejo Episcopal Latinoamericano Monseñor Jorge Eduardo Lozano nos ofrece su reflexión después de vivir la ceremonia de beatificación de 4 mártires en El Salvador: Rutilio Grande, Manuel Solórzano, Nelson Lemos y Cosme Spessotto, un reconocimiento a la Iglesia que vivió el martirio porque tuvo claro con quien estaba comprometida y a quienes debía defender.

Este es el testimonio de Mons. Jorge Eduardo Lozano, Arzobispo de San Juan de Cuyo (Argentina), y Secretario General del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam).

Beatificaron en El Salvador a dos laicos y dos religiosos asesinados en los años 70/80. Desde la segunda mitad del siglo XX, en América Latina, se reeditaron formas de violencia contra la fe.

Cuando escuchamos la palabra “mártires” recordamos a quienes eran arrojados a los leones, decapitados o quemados durante los primeros siglos del cristianismo. Pero desde la segunda mitad del siglo XX, en América Latina, se han vuelto a editar nuevas formas de violencia contra la fe. El modus operandi es diverso. Los mártires de este tiempo son secuestrados, torturados, asesinados. Con acusaciones falsas son manchados para desalentar y boicotear su servicio.

La palabra “mártir” es de origen griego y se traduce como “testigo”, designa a aquella persona que vio o escuchó —también en tiempo presente— y puede dar fe de ese acontecimiento. No se es testigo de abstracciones o ideas sino de acontecimientos concretos.

El Salvador: una Iglesia martirial

El sábado 22 de enero fueron beatificados 4 mártires en El Salvador, el país del Santo Obispo Monseñor Óscar Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980. Pero no fueron solamente 4: es el reconocimiento de una Iglesia Martirial. También de modo contemporáneo se produce una persecución a los cristianos como en los primeros siglos. Me contaban que a partir de estas persecuciones violentas unos cuantos abandonaron la Iglesia Católica porque es peligroso pertenecer a ella y adhirieron a otras confesiones religiosas. Para quienes ejercen poderes autoritarios y defienden intereses espurios, es aceptada una Iglesia que sirva, pero sin cuestionar. Que organice comedores y merenderos, pero que no pregunte acerca de las causas del hambre; que se dedique a la recuperación de adictos, pero que no denuncie el avance sostenido e impune del narcotráfico; que predique de la justicia divina al final de los tiempos, pero que no se comprometa con ella ahora; que sea “hospital de campaña”, pero que no cuestione la guerra.

Al sistema económico vinculado al poder de la avaricia le interesa una Iglesia encerrada en los Templos y las sacristías, pero no en la calle. Hay una clara oposición a la dimensión social de la fe que mueve a crear un mundo nuevo desde el presente. Para los cristianos, atender a los pobres es tocar la carne sufriente de Cristo en el pueblo marginado y oprimido, excluido y confinado a vivir en condiciones infrahumanas. No es filantropía o lástima, sino un acto profundamente espiritual, religioso, de culto. Quienes combaten el compromiso social tienen una mirada corta de la fe, y la entienden como instrumento para adormecer conciencias y serenar los ánimos.

En El Salvador fueron muchos los asesinados-mártires. Desde tiempos de monseñor Romero hasta hoy fueron asesinados otro obispo, 20 sacerdotes, 3 religiosas, cientos de catequistas, agentes pastorales, miembros de las comunidades. Conocidos unos, y otros de quienes sólo familiarmente se guarda memoria. Al beatificar a 4 no se restringe un número, sino que se reconoce a muchos. Entre los más recordados en El Salvador están los 6 sacerdotes jesuitas y dos mujeres asesinados en 1989 en la UCA (Universidad Centroamericana).

¿Quiénes son estos nuevos beatos mártires?

Tres de ellos fueron asesinados el 12 de marzo de 1977. El padre Rutilio Grande (48 años de edad, sacerdote jesuita, párroco del lugar), Manuel Solórzano (72 años, acompañaba al padre Rutilio a las Fiestas Patronales, las misas, bendiciones, a lo cual sumaba la tarea de sacristán. Un tiempo antes le habían dicho “cuídate de andar tanto con el padre Rutilio…”) y Nelson Lemos (15 años, monaguillo habitual en las diversas celebraciones). Los emboscaron y asesinaron en una ruta cuando se dirigían a celebrar misa de la novena de San José en una de las comunidades. Los tres fueron sepultados juntos de manera sencilla delante del altar del Templo de San José, lugar al que se dirigían.

El padre Rutilio fue un gran amigo de los pobres. En ellos veía a Jesús, como nos narra la parábola evangélica (Mt 25, 34-40); con ellos dialogaba, rezaba, los acompañaba en sus anhelos de liberación y de paz en un contexto muy duro de violencia ejercida por la dictadura militar en su país.

Fue formador en el Seminario, muy querido y recordado por todos los sacerdotes de los países vecinos; educador en el Externado San José y desde hacía unos cinco años párroco en comunidades campesinas en Aguilares y El Paisnal. Esta última experiencia de encuentro y servicio a los indigentes marcó su ministerio en cercanía con los más olvidados y excluidos. No sólo predicaba a los campesinos oprimidos sino que también aprendió de ellos la paciencia, la laboriosidad, el rechazo de las injusticias.

Asumió con decisión la opción por los pobres cuyas raíces están en una espiritualidad encarnada, la Palabra de Dios, el Concilio Vaticano II y su aplicación práctica expresada en el documento conclusivo de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín del año 1968. Su vida y su palabra manifestaron la dimensión profética de la fe. No era espiritualista y desencarnado, sino bien afirmado en su contexto concreto.

WhatsApp-Image-2022-01-23-at-9.18.31-AM-768x576 (1)

En su tarea pastoral promovió la participación de los laicos, hombres y mujeres. Una de sus enseñanzas: “Amigos. Volvamos al Evangelio, volvamos al pobre pueblo. Allí se nos aclara cuando se mira turbio el horizonte de nuestro camino pastoral”

Unas cuantas veces lo habían amenazado de muerte queriendo amordazar su predicación. Pero él estaba convencido de que “en el cristianismo hay que estar dispuestos a dar la propia vida en servicio por un orden justo, por salvar a los demás, por los valores del Evangelio”. También afirmó que “el cristiano no tiene enemigos, sino hermanos y por más que sean hermanos Caínes que venden a Cristo, no los odiamos”. Apasionado por Jesús atestiguó que “Cristo está vivo entre nosotros, no nos congrega un muerto”.

Uno de sus biógrafos, Rodolfo Cardenal, recordó que el padre Rutilio Grande decía: “La sociedad tiene que ser como una mesa grande, con manteles largos para todos, donde para todos hubiera qué comer, y un lugar donde sentarse. Esta es una metáfora del Reino de los cielos, en ese sentido tiene mucho que decir en una sociedad golpeada por la desigualdad”. ¡Qué gran actualidad en el contexto de la pandemia que pone delante tantas inequidades e injusticias!

Tenía gran amistad con el Santo obispo Óscar Romero, quien vivió con profundo dolor estos asesinatos, tanto que marcaron un cambio de rumbo definitivo de su tarea pastoral y la defensa de los desfavorecidos. Ambos son importantes referencias para la Iglesia en El Salvador y en todo el continente de América Latina y el Caribe.

Como signo de protesta por estos asesinatos, monseñor Romero determinó suspender todas las misas de ese domingo y concentrarse en una única celebración exequial en la Catedral, de la cual participaron 150 sacerdotes y más de 100.000 feligreses.

En esa misa por la muerte de los tres, monseñor Romero dijo en su predicación: “El amor verdadero es el que trae a Rutilio Grande en su muerte, con dos campesinos de la mano. Así ama la Iglesia; muere con ellos y con ellos se presenta a la trascendencia del cielo (…) Un sacerdote con sus campesinos, caminó con su pueblo para identificarse con ellos, para vivir con ellos”. (14 de marzo de 1977)

En la misma ceremonia fue beatificado el fraile franciscano padre Cosme Spessotto, OFM, asesinado también en El Salvador el 14 de junio de 1980 (a sus 57 años), pocos meses después del martirio de monseñor Romero. Nació al norte de Italia el 28 de enero de 1923. Su nombre de nacimiento fue Santí (que significa Santos), y al recibir el hábito franciscano asumió como nombre “Cosme”, por ser uno de los primeros mártires del cristianismo.

Denunció con firmeza las injusticias, asistía a las víctimas de la guerra civil, daba sepultura a los cadáveres que nadie reclamaba o reconocía. Varias veces le habían amenazado con anónimos, pero él no se dejó amedrentar. Cerca de las 19 horas, mientras rezaba antes de comenzar la misa, lo balearon delante del altar del templo de San Juan Nonualco.

En su testamento espiritual había escrito poco tiempo antes: “Presiento que, de un momento a otro, personas fanáticas me pueden quitar la vida. (…) Morir mártir será una gracia que no merezco. Lavar con la sangre, vertida por Cristo, todos mis pecados, defectos y debilidades de la vida pasada, sería un don gratuito del Señor. De antemano perdono y pido al Señor la conversión de los autores de mi muerte”.

El contexto político del momento en El Salvador estaba presagiando la guerra civil de 12 años que trajo la consecuencia de 75.000 muertos, pobreza, injusticia, dolor, odios y rencores.

Mensaje del enviado del Papa Francisco a la cuádruple beatificación

Monseñor Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de la arquidiócesis de El Salvador y primer cardenal salvadoreño, en su homilía durante la ceremonia de beatificación reavivó la gloria de la cosecha de la vida entregada de los mártires, “la alegría y el júbilo de los humildes campesinos porque la Iglesia reconoce a quienes dieron su vida”, valoró la firma de los acuerdos de paz que pusieron fin a “esa guerra fraticida” que duró 12 años, instó a los jóvenes a seguir la “antorcha de los mártires”, destacó que El Salvador es el único país del mundo que lleva el nombre de Jesucristo, y que “nunca la violencia será el camino para encontrar la paz”.

Como comenzaba diciendo, la persecución y el martirio marcaron los inicios del cristianismo. En el año 197, Tertuliano escribió “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”. Veinte siglos después, en nuestro tiempo, sigue habiendo hombres y mujeres que son perseguidos y asesinados por odio a la fe. Catequistas, agentes pastorales militantes de derechos humanos, defensores de los pueblos indígenas, miembros de organizaciones ambientales, hermanas y hermanos que se comprometen en la liberación de las víctimas del narcotráfico y la trata de personas…

La beatificación de los cuatro mártires nos los asegura como intercesores ante el Padre, a la vez que nos muestra la radicalidad evangélica de sus vidas entregadas. Hoy seguimos estando llamados a estar cerca de los hambrientos y oprimidos del Continente, a caminar con ellos. Nos dejan un gran ejemplo a seguir. Es posible ser “Iglesia pobre para los pobres”, en salida, Samaritana, cercana, que escucha y hace propio el clamor de los pobres.

Pedimos a Dios que sean semillas de nuevos cristianos; y a los que ya lo somos, nos conceda ser apasionados por Jesús y por su pueblo.

Rutilio Grande, el cura que cambió a su obispo

Lugar del asesinato de Rutilio y de sus dos compañeros
Lugar del asesinato de Rutilio y de sus dos compañeros

La grandeza de Rutilio se explica porque fue un cura que se empeñó en “superar la idea de un sacerdote patriarcal, supervisor de una religión expresada en cultos y prácticas rutinarias”. Y sustituir eso por “una comunidad de hermanos comprometidos en la construcción de un mundo nuevo, sin opresores ni oprimidos”

Una de las consecuencias más gratificantes y duraderas, que produjeron aquellas muertes, fue la influencia que los tres mártires han tenido en aquel país, concretamente en la zona de la ciudad de Aguilares

Por | Margarita Orozco

El próximo sábado, día 22, será beatificado el jesuita Rutilio Grande. El acto se celebrará en San Salvador, capital de El Salvador. La grandeza de Rutilio se explica porque fue un cura que se empeñó en “superar la idea de un sacerdote patriarcal, supervisor de una religión expresada en cultos y prácticas rutinarias”. Y sustituir eso por “una comunidad de hermanos comprometidos en la construcción de un mundo nuevo, sin opresores ni oprimidos”. Este proyecto fue tan genial, que llegó a cambiar a Monseñor Romero, un santo de caridad y limosna a los pobres, que se transformó en santo de cambio social en igualdad para todos.

Pues bien, estas ideas, llevadas a la práctica diaria de la vida, fue lo que le costó la vida misma, primero al propio Rutilio y dos hombres más; Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus. En segundo lugar, a Mons. Romero que se enfrentó a las desigualdades e injusticias que eran la causa de tanto sufrimiento en El Salvador.

Una de las consecuencias más gratificantes y duraderas, que produjeron aquellas muertes, fue la influencia que los tres mártires han tenido en aquel país, concretamente en la zona de la ciudad de Aguilares. En esta ciudad, fue párroco Rutilio, que vivía en El Paisnal, desde donde atendía a 58 comunidades, 12 cantones y 3 barrios.

El Paisnal, donde nació Rutilio Grande
El Paisnal, donde nació Rutilio Grande

Por todo esto, podemos y debemos dar gracias a Dios porque tenemos un papa, el actual P. Jorge Mario Bergoglio (papa Francisco), que le está dando un giro a la Iglesia, que se concreta en casos como el de Rutilio Grande y sus dos compañeros.

Concretando más, puedo y debo decir que yo he vivido numerosas temporadas, en la casa donde Rutilio vivió y llevó adelante todo su trabajo. Yo he tenido la suerte de ir a el Salvador durante más de 25 años. Y allí, a poco más de un quilómetro, he acompañado eficazmente, a una comunidad, radicada a poco más de un kilómetro de El Paisnal.

Es la comunidad Dimas Rodríguez. Que se estrenó en una palpable pobreza y hoy tiene estudiantes universitarios y algunos ya titulados. Es de agradecer la ayuda que nos han prestado no pocos granadinos y hasta nuestra Universidad de Granada. Tenemos sobrados motivos para dar gracias a la vida y a todos los que han compartido nuestra ilusión.

La CLAR en la beatificación de los mártires

La vida religiosa se une al gozo por beatificación de los cuatro mártires de El Salvador

Mural de Romero y Rutilio
Mural conmemorativo en El Paisnal

La CLAR destacó el legado que Rutilio, Cosme, Manuel y Nelson dejaron a la Iglesia en América Latina y El Caribe, el cual interpela de manera especial a la vida religiosa

La Confederación Latinoamericana de Religiosos (CLAR) manifestó su gozo por la beatificación de Rutilio Grande García, Cosme Spessotto, Manuel Solórzano y Nelson Lemus, que tendrá lugar la tarde de este 22 de enero en El Salvador.


En un comunicado dirigido a religiosas y religiosos del continente, el organismo internacional aseguró que los llamados cuatro mártires de El Salvador animan a ver con esperanza la vida religiosa, “mujeres y hombres que viviendo contracorriente dan testimonio de la buena nueva del Evangelio, recuperando nuestra vocación martirial al servicio de la vida abundante”.

El legado de los mártires

El organismo de derecho pontificio –actualmente encabezado por la religiosa Gloria Liliana Franco– explicó que Rutilio, Cosme, Manuel y Nelson entregaron su vida a la gente más humilde, en una época turbulenta en El Salvador, previa a la guerra civil que azotó el país durante 12 años y que dejó más de 80 mil muertos.

Para la CLAR, el legado que dejaron los nuevos próximos beatos es la obligación de denunciar el dolor de los más pobres y vulnerables que sufren el flagelo de la miseria y de las injusticias.

Nos obligan a escuchar el grito de la destrucción de la casa común y la cultura del descarte que afecta sobre todo a las mujeres, los migrantes y refugiados, los ancianos, los pueblos originarios y afrodescendientes”, señaló.

Estos mártires también “nos dan lecciones para afrontar el impacto y las consecuencias de la pandemia que incrementa más las desigualdades sociales, comprometiendo incluso la seguridad alimentaria de gran parte de nuestra población”, señala la CLAR.

Y continúa: “Nos hacen detener y reaccionar ante todo lo que se constituye en obstáculo para la sinodalidad a causa del clericalismo y el autoritarismo en las relaciones, que lleva a la exclusión de los laicos, de manera especial de las mujeres en las instancias de discernimiento y toma de decisiones sobre la misión de la Iglesia”.

La beatificación interpela a la vida religiosa

Aseguró la CLAR que esta tarde se convertirán en beatos cuatro rostros concretos, quienes, junto a los numerosos religiosas y religiosos de diversas congregaciones en toda América Latina y el Caribe, y también de laicos comprometidos con la vida y con el Evangelio, “han derramado su sangre martirial por el Reino de Dios y su justicia. Han sido místicos, profetas y mártires”.

Y es que, la vida religiosa martirial de América Latina se inscribe dentro de todo el numeroso martirologio de América Latina y el Caribe, que abarca a obispos como Óscar Romero y Enrique Ángel Angelelli, pero también a sacerdotes, catequistas, agentes de pastoral, líderes campesinos, indígenas, mujeres, niños, ancianos, jóvenes, poblaciones enteras que fueron masacradas.

El ejemplo de estos hermanos y de tantas hermanas mártires que han ofrendado su vida por el Reino de Dios en América Latina y el Caribe “son una interpelación para toda la vida religiosa y para toda la Iglesia (…) Hay que seguir soñando con ellas/os y como ellas/os, hay que aprender de ellas/os a gastar la vida por los demás. Como Jesús y por las mismas razones que Jesús”, concluyó el organismo