Dos Jesuitas asesinados en México

Fueron asesinados al querer defender a una persona que buscaba refugio en su parroquia

Los padres Javier Campos SJ, y Joaquín Mora SJ
Los padres Javier Campos SJ, y Joaquín Mora SJ

Se trata de los padres Javier Campos SJ, y Joaquín Mora SJ

«Condenamos estos hechos violentos, exigimos justicia y la recuperación de los cuerpos de nuestros hermanos que fueron sustraídos del templo por personas armadas»

«Los jesuitas de México no callaremos ante la realidad que lacera a toda la sociedad. Seguiremos presentes y trabajando por la misión de justicia, reconciliación y paz, a través de nuestras obras pastorales, educativas y sociales»

El superior provincial de la Compañía de Jesús en México, Luis Gerardo Moro Madrid SJ, ha informado este lunes de la muerte de dos jesuitas en Cerocahui (Tarahumara). «Con profundo dolor e indignación les informo que el día de hoy 20 de junio por la tarde, en Cerocahui, Tarahumara, los padres Javier Campos SJ, y Joaquín Mora SJ, fueron asesinados en el contexto de violencia que vive este país, luego de intentar defender a un hombre que buscaba refugio en el templo y que era perseguido por una persona armada».

Así se expresaba en un comunicado interno este martes. Unas horas después, publicaba un comunicado oficial en el que «con profundo dolor», denunciaba el homicidio«Condenamos estos hechos violentos, exigimos justicia y la recuperación de los cuerpos de nuestros hermanos que fueron sustraídos del templo por personas armadas». Según ha publicado la prensa local, los asesinos huyeron llevándose los cuerpos de los jesuitas.

Medidas de protección

Los jesuitas piden también «de forma inmediata» que se adopten «todas las medidas de protección para salvaguardar la vida de nuestros hermanos jesuitas, religiosas, laicos y de toda la comunidad de Cerocahui». Precisamente se encuentran en el país los jesuitas Esteban CornejoJesús Reyes Jesús Zaglul (jesuita de República Dominicana y asistente para América Latina Septentrional).

Por su parte, el superior general de la Compañía de Jesús, Arturo Sosa SJ, ha expresado en un tuit que se encuentra conmocionado y triste por esta noticia: «Mis pensamientos y oraciones están con los Jesuitas en México y las familias de los hombres. Tenemos que detener la violencia en nuestro mundo y tanto sufrimiento innecesario«, asegura.

Además, la Fiscalía del Estado ha confirmado que son tres las personas asesinadas: los dos jesuitas y un civil. El Gobierno del Estado de Chihuahua condena y lamenta los hechos violentos ocurridos en los que los dos religiosos se convirtieron en víctimas circunstanciales. Ante esto, medios mexicanos aseguran que ya se han activado los mecanismos de coordinación con la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) y la Guardia Nacional para brindar seguridad a los ciudadanos de esta población. Además, se ha activado una línea especial en el número de teléfono 911 para personas que tengan familiares y quienes necesiten información.

Dos jesuitas asesinados en México al defender a un hombre en una parroquia

«No callaremos»

En el comunicado, los jesuitas mexicanos recuerdan que estos hechos no son aislados: «La sierra tarahumara, como muchas otras regiones del país, enfrenta condiciones de violencia y olvido que no han sido revertidas. Todos los días hombres y mujeres son privados arbitrariamente de la vida, como hoy fueron asesinados nuestros hermanos«.

De esta forma, aseguran con rotundidad: «Los jesuitas de México no callaremos ante la realidad que lacera a toda la sociedad. Seguiremos presentes y trabajando por la misión de justicia, reconciliación y paz, a través de nuestras obras pastorales, educativas y sociales».

Denunciando lo ocurrido, recuerdan el dolor del pueblo ante la violencia imperante y se solidaridan «con tantas personas que padecen esta misma situación, sin que su sufrimiento suscite empatía y atención pública».

«Confiamos que los testimonios de vida cristiana de nuestros queridos Javier y Joaquín sigan inspirando a hombres y mujeres a entregarse en el servicio a los más desprotegidos», asegura el comunicado.

Beato Rutilio Grande, Celam, obispo Proaño y San Romero

«Expertos del poder político descubrieron la capacidad peligrosamente transformadora del método de Rutilio»

Romero y Rutilio
Romero y Rutilio

«El Celam asumió la tarea de servir en América Latina a esta “conversión eclesial” compartiendo esa centralidad en Jesús y en la construcción del reino del Padre»

«Con el obispo Proaño y con su pueblo, Rutilio aprendió a ser y a obrar en la forma que, sin buscarlo, encontró el martirio»

«El Equipo del Celam esta vez incluyó a Ignacio Ellacuría con su valioso aporte local, jesuita quien fue también martirizado años después»

«El poder político cometió su crimen. Pero el Padre, Amor misericordioso, los ha elevado ante el mundo como monumento de ejemplo que invita a ser la ‘Iglesia en conversión continua'»

24.03.2022 | Edgard R. Beltrán

Rutilio Grande fue beatificado el 22 de enero del 2022, mártir por la fe y la justicia.  Rutilio fue el fruto de una exigente e ininterrumpida “conversión eclesial”.

 “Conversión Eclesial” es un giro, un cambio hacia una CENTRALIDAD: JESÚS COMO CENTRO Y COMO CENTRO DE JESÚS ES LA CONSTRUCCIÓN DEL REINO DEL PADRE.  Hacia esto se centra el Concilio Vaticano II y su modelo de Iglesia como “Pueblo de Dios”, centrado en Jesús y en la construcción de ese reino (LG.9). El Celam se guía del Concilio en su centralidad en Jesús y en el reino y vive esa centralidad en la histórica reunión eclesial de Medellín, que es el mejor fruto del Vaticano II.   

El Celam asumió la tarea de servir en América Latina a esta “conversión eclesial” compartiendo esa centralidad en Jesús y en la construcción del reino del Padre.  Fue una época de “primavera eclesial” en el Continente que dejó varios ejemplos de esta “conversión eclesial impulsada por la divina dinámica de la Centralidad en Jesús y el reino”. 

Rutilio Grande, Manuel Solórzano, Nelson Rutilio Lemu y Cosme Spessotto
Rutilio Grande, Manuel Solórzano, Nelson Rutilio Lemu y Cosme Spessotto

El Beato Rutilio Grande, con su sangre de “mártir”, es un “testigo” de esa “conversión eclesial” que vivió en un giro ininterrumpido hacia esa “CCENTRALIDAD” EN JESÚS Y EL REINO DEL PADRE, con la guía del Concilio Vaticano II y a la luz de la reunión eclesial de Medellín. 

 El Celam fue su acompañante desde el inicio de su “conversión eclesial”, por medio del Departamento de Pastoral de Conjunto, tanto con su Equipo Ejecutivo, a quien consultó, como con su Instituto de Pastoral para América Latina, el Ipla en Quito, en el que participó. Pero lo más especial fue su convivir con el obispo Leonidas Proaño,  presidente del Departamento del Celam  y obispo de Riobamba, cerca  de Quito, un obispo ejemplo de “conversión eclesial”, tanto en su persona como en su ministerio transformador en su Iglesia diocesana. Con el obispo Proaño y con su pueblo, Rutilio aprendió a ser y a obrar en la forma que, sin buscarlo, encontró el martirio.

Este “testigo” con su martirio a causa de su “conversión eclesial centralizada”, fue lo que golpeó a Oscar Romero, quien fue su arzobispo por 18  días (del 22 de febrero de 1977 al 12 de marzo), y quien así lo manifestó: “Si lo han asesinado por lo que hizo, yo tengo que seguir el mismo camino. Rutilio me ha abierto los ojos”.  El arzobispo desde ese momento vivió su “conversión eclesial centralizada” que, sin buscarlo, también selló con su histórico martirio, San Romero.      

El Beato Rutilio Grande inició esta etapa de “conversión eclesial centralizada” en una ocasión sencilla y casi sin saberlo, impulsado por su inquietud y su apertura al discernimiento.  Fue un paso que dio ayudado ocasionalmente por el Celam. 

Romero y Rutilio
Romero y Rutilio

El arzobispo de San Salvador, don Luis Chávez, había participado en el Concilio Vaticano II y éste lo transformó. Para aplicarlo en su pastoral, aprovechó la colaboración del  Celam con las “Semanas Pastorales” que el Departamento de Pastoral de Conjunto del Celam organizaba en  cumplimiento de la tarea de servir en América Latina a una “Iglesia en conversión  centralizada” a la luz  del Concilio Vaticano II y de su aplicación en el Continente  a partir de la reunión eclesial en Medellín. Centralizado el mensaje con este contenido, l se utilizaba una metodología inductiva y participativa que contribuía a edificar la comunidad eclesial, para que continuara viva después de la semana. Casi todos los países de América Latina pidieron al Departamento de Pastoral de Conjunto del Celam este servicio que lo realizaba el Equipo Ejecutivo del Departamento con la aprobación de su presidente, el obispo Leonidas Proaño. El Equipo del Celam esta vez incluyó a Ignacio Ellacuría con su valioso aporte local, jesuita quien fue también martirizado años después

 En esta Semana Pastoral hubo dos personas que ahora nos interesan. Uno, que fue invitado y no asistió, el obispo auxiliar Oscar Romero, solamente se le veía en el comedor. El otro, que no fue invitado, pero que asistió como pudo en varios momentos desde la puerta del salón, el jesuita encargado de la administración del seminario, quien no fue invitado por no trabajar directamente en la pastoral, Rutilio Grande.

En algún momento, en privado, Rutilo le comentó a uno del equipo del Celam que él estaba deseando detener un poco sus actividades para discernir sobre su vida y que oyendo un poco los temas de la Semana Pastoral había pensado preguntarle sobre algún lugar favorable para este fin. Este le respondió que lo mejor podría ser participar en el Ipla. El tiempo de seis meses que duraba el curso era muy propicio. El contenido iba precisamente en esa dirección de contribuir a un discernimiento en una línea de “conversión eclesial”.  Los formadores que se turnaban cada semana eran de lo mejor, personas muy competentes en sus respectivas materias, y además con un total compromiso de vida en una Iglesia como Pueblo de Dios desde la base con el pobre. La metodología era la indicada para formación de “comunidad eclesial”. La transformación de los participantes era palpable, causa de queja de algunos obispos y de agradecimiento de muchos. 

Leónidas Proaño
Leónidas Proaño

Le precisó, además, que el participar en el Ipla tendría una posibilidad aún mejor, convivir con el obispo Proaño y su Pueblo en la diócesis de Riobamba, ojalá cada fin de semana. Vivir con él como persona, como cristiano, como obispo y convivir con esa comunidad eclesial diocesana, seguramente sería una de las gracias más enriquecedoras de su vida, se le aseguró a Rutilio. Él lo aceptó, fue al Ipla y así también aprovechó para ir a Riobamba todos los fines de semana del semestre menos tres. Esta vivencia le comunicó a su ser y a su obrar el giro ya irreversible en el caminar en su “conversión eclesial”. 

Así Rutilio lo confesó agradecido al obispo Proaño y a su Pueblo, así se le vio a su regreso en su vida personal y así lo practicó en su nuevo ejercicio pastoral. Así se beneficiaron sus feligreses agradecidos y transformados. Así lo notaron sus amigos que se le acercaron.  Así lo señalaron los obispos de su país que en su mayoría lo descalificaron. Así lo señaló la clase dirigente que se incomodó asustada

Así lo enmarcó el poder político que lo caracterizó como el constructor peligroso de un mundo diferente al que ellos dominaban. Los pobres se capacitaban como sujetos de su superación, los analfabetos manipulables se transformaban en formadores comunitarios, la envidia destructora del pobre contra el pobre estaba siendo reemplazada por algo que llamaban “comunidad desde la base popular”, todas y todos como una familia.   El poder político se desconcertó, pues un cura no era para meterse en estos cambios. Investigaron a Rutilio y lo vieron como un campesino igual a todos, pobre y sencillo. Los espías (“orejas”) enviados a sus reuniones informaban que casi no hablaba, preguntaba mucho a la gente y los ponía a pensar.

Leían el evangelio y lo comparaban con su situación, todas y todos hablaban de Jesús como de un hermano más del grupo y siempre salían con una tarea que ellos mismos se imponían para hacer de su situación algo más parecido a un tal reino. Los espías no veían nada raro. Pero expertos del poder político descubrieron la capacidad peligrosamente transformadora del método de Rutilio. Supieron que Rutilio había ido al Ecuador y de allí había regresado así. En comunicación entre militares supieron que en Ecuador tenían el mismo problema con el obispo Proaño de Riobamba que estaba “dañando a los indios”.  Rutilio se fue enterando de todo, como se lo comentó serenamente en una ocasión al amigo del Celam que le había aconsejado ir al Ipla y a Riobamba con el obispo Proaño. 

Leónidas Proaño
Leónidas Proaño

La convivencia igualitaria de Rutilio con el campesino pobre era mutua. Caminaban juntos,  todos y todas eran  iguales por el bautismo en la dignidad  de  hijos e hijas del mismo Padre Dios, hermanos y hermanas iguales en la misma misión y solidarios en sus riesgos. El poder político había decidido actuar violentamente. Torturó y expulsó del país al sacerdote colombiano Mario Bernal. Rutilio proclamó valientemente en la homilía:

”Es peligroso ser cristiano en nuestro medio! ¡Prácticamente es ilegal ser católico en nuestro país! ¡Ay de ustedes, hipócritas, que se hacen llamar católicos y por dentro son inmundicia y maldad! Son Caínes y crucifican al Señor cuando camina con el nombre del humilde trabajador del campo. Mucho me temo, hermanos, que si Jesús de Nazaret volviera ahora y bajara de Chalatenango a San Salvador, yo me atrevo a decir que no llegaría con sus homilías y acciones a Apopa. Lo acusarían de revoltoso, de judío extranjero, con ideas extrañas, contrarias a las del clan de Caínes. Sin duda, hermanos, lo volverían a matar.”   (Homilía recogida por Martin Maier en su libro) 

Conscientemente temerosa del peligro, la comunidad parroquial perseveraba en el caminar junto con Jesús y entre ellos en su común misión de bautizados. Manuel de 72 años y Nelson de 14, apoyados por sus familias y su comunidad, seguían caminando junto a Rutilio como tres bautizados iguales en una misma misión compartida. Así los ubicó el poder político y así,  juntos e iguales los tres bautizados,  fueron  asesinados  

El poder político cometió su crimen. Pero el Padre, Amor misericordioso, los ha elevado ante el mundo como monumento de ejemplo que invita a ser la “Iglesia en conversión continua”, centralizada siempre en Jesús y el reino, cuyos miembros por el bautismo son hijos e hijas del mismo Padre y herman@s iguales entre, encargados de la misma misión de la construcción del reino, con Jesús y entre ellos “caminando juntos”. En palabras del Papa Francisco, la IGLESIA SINODAL, como ha debido ser desde el comienzo, y como va a ser en este tercer milenio y para siempre. Rutilio, Manuel y Nelson son ejemplo desafiante para obispos y clérigos y laicos y son intercesores.

Homenaje '¡Rutilio vive!'
Homenaje ‘¡Rutilio vive!’

¡Así lo dijo el Obispo Proaño en Riobamba al regresar de enterrar a San Romero!  

En el 42º aniversario del martirio de San Oscar Romero

Jesús de Nazaret y monseñor Romero, mártires por predicar y vivir la gran fraternidad universal

Romero
Romero

«En estos cuarenta y dos años ha habido momentos para todo, para recordar su vida, para hacer presente su proyecto de ayuda a los pobres, para tacharlo de “comunista y de rebelde”,  e incluso para ser beatificado y por fin canonizado por el papa Francisco»

«San Romero de América, como lo canonizó el otro gran santo de América Latina, Pedro Casaldáliga, es un santo vivo, que transmite vida y esperanza al pueblo»

«Monseñor Romero siempre defendió que todos somos iguales, que Dios no quiere la pobreza, y que todos somos iguales por ser hijos de Dios»

«El mismo poder religioso que mata a Jesús, encarnado en el sumo sacerdote y el sanedrín judío, es el que mata a Monseñor Romero»

24.03.2022 | Javier Sanchez, capellan cárcel de Navalcarnero

Hace cuarenta y dos años que caía asesinado Monseñor Romero,” la voz de los sin voz” , como era conocido por los campesinos y campesinas salvadoreñas, mientras  celebraba la Eucaristía, en la capilla del hospitalito de San Salvador, como es conocido popularmente el Hospital de la Divina Providencia,  a escasos metros de su humilde casa. Una pequeña casa, que le habían regalado las hermanas carmelitas encargadas del mismo hospital, un centro que se ocupa de los cuidados paliativos a enfermos de cáncer.

Y en estos cuarenta y dos años ha habido momentos para todo, para recordar su vida, para hacer presente su proyecto de ayuda a los pobres, para tacharlo de “comunista y de rebelde”,  e incluso para ser beatificado y por fin canonizado por el papa Francisco. La figura de Monseñor Oscar Romero no pasa desapercibida para casi nadie, aunque sea para criticarlo; el obispo del pueblo, canonizado por ese mismo pueblo, desde el mismo instante de su martirio, continua siendo una figura controvertida, incluso dentro de la propia Iglesia católica, por parte de algunos sectores más conservadores de ella.

Romero

San Romero de América, como lo canonizó el otro gran santo de América Latina, Pedro Casaldáliga, es un santo vivo, que transmite vida y esperanza al pueblo salvadoreño y a muchos de los que intentamos seguir su vida, su espiritualidad y su entrega al estilo de Jesús de Nazaret. 

Son muchos los paralelismos que tiene el mártir salvadoreño y el mártir galileo; entre Jesús de Nazaret y Monseñor Romero, sólo hay bastantes siglos de diferencia, pero el legado, la vida y el proyecto del Reino jesuánico, sigue vivo en la vida y el martirio del Arzobispo asesinado. El Hijo de Dios, Jesús de Nazaret, muere crucificado, como eran asesinados los malhechores de la época; el obispo de San Salvador, muere a consecuencia de una bala asesina que le dispara un sicario a sueldo del poder y el ejército salvadoreño. 

Conocemos las dos historias, y en las dos hay algo muy claro que a los dos les costó la muerte: la preocupación por los pobres y los desvalidos, el servir a los desdichados de este mundo y hacer de ellos los preferidos de su vida y de su mensaje. Los dos fueron asesinados por la misma causa: predicar y vivir la gran fraternidad universal, el reconocer que todos somos hermanos en igualdad de condiciones, que Dios nos quiere a todos, por ser sus hijos, y que de entre esos hijos prefiere a los más desfavorecidos y necesitados, no por ser “buenos o malos “, moralmente hablando, sin por ser los más pobres , los que nadie quiere, “los hijos queridos de Dios” ; “Cada vez que los hicisteis con unos de estos mis hermanos, más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40), estas palabras del evangelio resumen ambos martirios, y reconocemos en ellas la presencia de Dios en cada hermano marginado y necesitado de amor y de ayuda por nuestra parte. 

Romero

Son muchos los textos del evangelio donde el mártir Jesús de Nazaret es criticado y puesto en duda, por ayudar a los pobres, por estar cerca de ellos. Y la respuesta de Jesús a esa crítica es siempre la misma: “de esos pobres, es el Reino de los cielos”; a esos que no cuentan en la sociedad normal, es a los que prefiere y el mismo Dios, porque son más necesitados de amor que los otros. Esos pobres que son machacados por la injusticia y el poder romano de aquel momento, son a los que Jesús de modo especial defiende. Su defensa va preparando el camino hacia la cruz de Jesús. Ese mismo Jesús que defiende el amor por encima de la ley, es el Jesús que es clavado en la cruz, entregando a la vida hasta el final. El Jesús amigo de los débiles es al Jesús que por supuesto no aguantan los poderosos del momento, porque El les quita poder, porque su vida denuncia una manera injusta de tratar al hermano.

El poder es la causa última de la muerte del mártir de Nazaret. Un poder que no entiende de fraternidad sino solo de rivalidad; un poder que por querer ser como dios (que ya aparece en el libro de Génesis) termina crucificando al justo. Y frente a ese poder, Jesús predica la humildad y la autoridad y poder de “lavarnos los pies”. La pregunta del Génesis, “Donde está hermano?” ( Gn  4,9), es la afirmación del evangelio en el juicio final del evangelio de Mateo : “Estuve necesitado, y no vinisteis a socorrerme” (Mt 25). Jesús quitaba poder a los que lo tenían en su tiempo y proclamaba una fraternidad que brota del servicio y del reconocer la igualdad básica de todos los seres humanos, por ser hijos e hijas de Dios. 

     Y eso mismo es lo que le achacan al mártir Romero. “Tú eres nuestra voz”, decían los campesinos pobres salvadoreños. Monseñor Romero siempre defendió que todos somos iguales, que Dios no quiere la pobreza, y que todos somos iguales por ser hijos de Dios. “No es voluntad de Dios que unos tengan todo y otros no tengan nada. No puede ser de Dios. De Dios es la voluntad de que todos su hijos sean felices ( Homilía 10 de septiembre de 1978). Pero al poder salvadoreño encarnado en la derecha y el ejército salvadoreño, no podía consentir esto, y por eso encargó a los poderosos que lo asesinaran. Y Romero caía asesinado por defender a los pobres, por ser su escudo, por ponerse de su parte. 

A ambos mártires, los mató el poder, el poder que sigue hoy matando a millones de seres humanos en muchas partes del mundo, el mismo poder que en estos momentos está bombardeando inocentes en Ucrania. El poder es la causa sin duda de la violencia e injusticia humanas en cualquier momento de la historia. 

Romero

Jesús fue acusado de “blasfemo” por hacerse llamar Hijo de Dios, e ir contra el poder religioso establecido, contra el templo y los símbolos de la fe judía que se aprovechaban de los pobres. Era blasfemo porque anunciaba una nueva manera de ser y de vivir la fe, desde la fraternidad y el reconocimiento de todos por igual. Blasfemo porque su privilegio era para los pecadores, enfermos y pobres y no para los poderosos ni los que se creían los buenos. Lo crucificaron como al peor de los delincuentes, con la peor de las muertes y fuera de la ciudad santa, porque sus palabras  y acciones atentaban contra el sistema establecido.

Y en esa misma línea,  Monseñor Romero es acusado de “comunista”, de favorecer la insurrección, de predicar la igualdad que predicaba el mismo Marx. Su comunismo consistía en predicar que todos somos hermanos y que Dios es nuestro Padre común. Por eso también lo mataron, lo asesinaron mientras hacía vida el mismo sacrificio de Jesús en la Eucaristía. Son las palabras de Madre Lucita, carmelita misionera del Hospitalito , presente el día del magnicidio:

“Por instinto de conservación, tras recibir el impacto del proyectil se cogió del altar, haló el mantel y en ese momento se volcó el copón, y las hostias sin consagran se esparcieron sobre el altar.  Las hermanas del nuestra comunidad del hospitalito interpretaron ese signo como que Dios le dijera: hoy no quiero que me ofrezcas el pan y el vino como en todas las eucaristías, hoy la victima eres tu OSCAR y en ese mismo instante, Monseñor cayó a los pies de la imagen de Cristo, a quien tuvo como modelo toda su vida . Los que se preocupan de los pobres son por tanto, blasfemos y comunistas, porque su Dios no coincide con el de los poderosos, porque el rostro de Dios que nos transmiten es un rostro distinto, que brota de la debilidad y del amor a todos; el poder de los judíos y los cristianos en ocasiones, se transforma en la debilidad de la cruz, “escandalo para judíos  y necedad para gentiles”( I Cor 1, 23)

Pero todavía más, ambos, Jesús y Romero, fueron asesinados por un poder específico: el poder religioso. Jesús fue crucificado porque el poder religioso judío veía que le quitaba fuerza, que le quitaba beneficios, que sus palabras en defensa del débil le hacían  tambalear sus injusticias. El sumo sacerdote y el sanedrín deciden dar muerte a Jesús porque veían perder sus beneficios, y si no hubiera sido asesinado Jesús, crucificado como un cruel delincuente, habría hecho caer todo lo que para ellos era fundamental: la opresión del débil, el aprovecharse de los más marginados.

Romero

El mismo poder religioso que mata a Jesús, encarnado en el sumo sacerdote y el sanedrín judío, es el que mata a Monseñor Romero. Y por eso el martirio del Arzobispo cobra un matiz especial: al Arzobispo no lo matan los ateos o los que no siguen el evangelio , sino que lo matan “los propios cristianos”, los que van a misa, los que después de comulgar eran capaces de dar orden de matar, de perseguir y hacer desaparecer a los pobres y campesinos. Esos “que iban a misa” no podían soportar que sus privilegios a consta de los más pobres salvadoreños, se perdieran.

Es conocida la frase de Romero en la homilía del funeral del otro mártir asesinado, y también recientemente beatificado por el papa Francisco, Rutilio Grande “hermanos asesinos”; porque de sobra sabia Romero que entre los asistentes a aquel funeral estaban los miembros del gobierno y del ejército responsables del triple asesinato de El Paisnal, donde fueron ametrallados el jesuita Rutilio Grande, el anciano Manuel y el joven Nelson Rutilio. El poder religioso crucifica a Jesús de Nazaret y el poder de “ los que van a misa” , cristianos, mata a Monseñor Romero. 

     Y  conocemos también lo que pasó con el mártir Jesús de Nazaret, como había anunciado mientras estaba con los discípulos, resucitó de entre los muertos, la muerte no tuvo la última palabra sobre El, y encomendó a sus seguidores que fueran a Galilea para poder verlo, que fueran a la Galilea de los pobres, de los paganos, de los que no cuentan. Jesús no dijo a sus discípulos que lo verían en la ciudad santa y grande de Jerusalén, sino en “la Galilea de los gentiles”, donde nadie quería ir. Los pobres son los que entendieron a Jesús y por ellos especialmente murió y resucitó. La primera comunidad cristiana se fragua desde el encuentro con el maestro Resucitado,  vivo y presente en los que siguen su palabra y su mensaje, que también después seguirán y siguen siendo perseguidos. 

     Es también  conocida la frase de Monseñor Romero, “si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”, y es cierto que el Arzobispo Romero sigue vivo y resucitado en el pueblo. Esta vida y resurrección de Romero se palpa y se ve en cada rincón de los cantones de El Salvador. En cada casa de cada campesino te hablan de Romero, te dicen cómo les sigue ayudando, su presencia es mucho más que un mero recuerdo. “Morirá un obispo pero la Iglesia, que es el pueblo, vivirá para siempre!, y ciertamente así es . Romero no vive solo en los lugares santos, en la  cripta de la catedral donde está enterrado, o en la capilla del hospitalito donde lo asesinaron, está presente en su pueblo, donde quiso estar siempre, en medio de los pobres.

Romero

“Era un obispo de los de abajo”, me decía una mujer de Arcatao en el departamento de Chalatenango, sigue caminando y luchando en cada una de las comunidades de base, sigue siendo su guía y apoyo espiritual. Acercarse a la tumba del Santo es descubrir la cantidad de personas que siguen venerando a Romero. Recuerdo, estando sentado delante de ella, rezando, cuando vi aparecer a una mujer que se abrazó a la tumba y comenzó a llorar; iba bien vestida y se la veía extranjera. Después de un rato, fue un cura, vestido de clérigo, y cogiéndola le dijo que tenía que marcharse; la sorpresa fue cuando al darse la vuelta también la mujer iba vestida con “clergyman” , porque como luego me dijeron era anglicana; un vuelco grande me dio el corazón, y se me escaparon las lágrimas de emoción: Monseñor Romero , su vida, atrae a todos, no distingue de confesiones religiosas.

Pero también recuerdo la fotografía de Romero, quemada y acribillada a balazos, en la entrada de la UCA, que los asesinos de los otros también mártires jesuitas, cosieron a balas: la matanza de los jesuitas fue el 16 de noviembre de 1989, nueve años y medio después del asesinato de Romero, y sus asesinos seguían odiando al obispo, tanto  que acribillaron su fotografía, porque no habían sido capaces de matarlo, seguía y sigue vivo en el pueblo, y eso les encolerizó aún más. Cristo vive y Romero vive, ambos están resucitados, y continúan siendo luz y guía para el pueblo pobre y marginado. 

    Un año más, y son y 42, seguimos recordando y actualizando el martirio de San Romero de América; su legado sigue presente y resucitado en las comunidades de El Salvador y en muchas de nuestras comunidades. Su proyecto, como el de Jesús, son una realidad. Y al recordar su vida, recordamos también a tantos crucificados y crucificadas por el mismo poder asesino y violento, aún hoy en El Salvador, y en muchos otros rincones de nuestro mundo injusto: en las bombas de Kiev, en los cadáveres del mediterráneo, en el deambular de los refugiados de muchas partes del mundo, en las llagas de los que intentan cruzar la valla, en los presos de las cárceles, en los parados, en los toxicómanos, en los inmigrantes….Monseñor Romero no puede entenderse sin sus pobres, como el cristianismo y Jesús de Nazaret no pueden entenderse sin tomar partido por los más débiles de nuestro mundo. Solo somos fieles al evangelio haciendo presente el espíritu de las bienaventuranzas. 

     En este día de San Oscar Romero, también le rezamos al santo, y le rezamos como él tantas veces rezó al Padre Dios, le pedimos que nos sigue ayudando, que siga siendo luz para El Salvador y para nuestra comunidad cristiana. “Yo no puedo, Señor, hazlo Tú”, eran las palabras de Romero arrodillado en el monumento llamado de “las tres cruces”, dedicado  a los tres mártires de El Paisnal.  Nosotros, después de cuarenta y dos años, también se lo decimos:  Monseñor, no nos olvides, ayúdanos, sigue siendo nuestra luz, sigue guiando a nuestro pueblo, sigue dando voz a tu “pobrerío”; nosotros tampoco podemos; Tú al lado del Padre, puedes ayudarnos a continuar. En este día te presentamos a todos los crucificados del mundo, y te pedimos especialmente por la paz, una paz que solo es tal cuando brota de la justicia y la fraternidad entre todos.

Romero y Pablo VI

Que el Dios de la vida te mantenga siempre vivo y resucitado junto a El y que nosotros sigamos sintiendo tu presencia en medio de nuestro pueblo. Que nuestras comunidades cristianas sean siempre comunidades que anuncien algo nuevo, que luchen por la justicia, que jamás se alíen con el poder opresor. Que sean comunidades abiertas y acogedoras a todos, especialmente a los más pobres y marginados de nuestra sociedad. Que descubramos que “el hombre es tanto más hijo de Dios cuando más hermano se hace de los hombres y es menos hijo de Dios cuanto más hermano se siente del prójimo (homilía 18 de septiembre de 1977).

El camino hoy de una Iglesia martirial

Por José M. Tojeira

En principio toda Iglesia cristiana es una Iglesia martirial. El Apocalipsis le da a Jesucristo el título de “Testigo fiel” (mártir, dice en griego Apoc 1, 5). Todo seguidor de Jesús tiene que ser testigo de la muerte y resurrección del Señor. En los Hechos de los Apóstoles, en varios de sus primeros discursos, Pedro y sus compañeros se definen como testigos (mártires) de la resurrección de Jesús. Quienes posteriormente derramaron su sangre por Cristo se unen especialmente a él. Todos nos unimos al Señor por el bautismo, participando simbólica y sacramentalmente en su muerte y resurrección. Pero los mártires se unen de un modo especial al Señor: No solo “por la representación figurada del sacramento”, sino también “por la imitación de su obra”, decía Santo Tomás de Aquino. Cuando una Iglesia como la nuestra, la salvadoreña, ha sido rica en mártires, el camino eclesial debe ser más exigente.

En efecto, la beatificación y canonización de San Óscar Romero dejó muy clara la radicalidad de la llamada al seguimiento del Señor Jesús en El Salvador. Nuestro Pastor entregó su vida martirialmente al pueblo salvadoreño cuando otros mártires del pueblo de Dios encendieron en su corazón un fuego profético. Hoy, algunos de los que le precedieron en la entrega de sus vidas, Rutilio, Nelson y Manuel, son también mártires beatificados por la Iglesia. Cosme Spessotto, asesinado poco después de nuestro obispo santo, ha alcanzado también el reconocimiento eclesial de su muerte martirial. La Iglesia salvadoreña se prepara para iniciar nuevos procesos de beatificación de los numerosos mártires que entregaron generosamente su vida en el anuncio del Reino de Dios, antes y después del sacrificio de nuestro San Romero de América.

Esta realidad martirial de nuestra Iglesia salvadoreña nos presenta una desafío fundamental: seguir con radicalidad a Jesucristo, encarnándolo en la propia historia personal de cada cristiano. Cuando los primeros escritores cristianos, santos y mártires muchos de ellos, hablaban del martirio, solían fijarse especialmente en dos conceptos fundamentales de la vida cristiana: la resistencia frente al mal y frente al perseguidor, y la libertad para anunciar el Evangelio e incluso denunciar lo que se oponía al mismo. Todo ello desde una opción por la verdad, revestida de un profundo pacifismo, nacido del espíritu de fraternidad cristiano. En una sociedad como la nuestra, en la que la fraternidad sufre los asaltos de la violencia, de la injusticia social, y de la triple idolatría (riqueza, poder y organización político-social) que ya había denunciado San Óscar Romero, los cristianos debemos tener posiciones tan claras como exigentes. La fraternidad y el amor al prójimo deben estar siempre en el primer término. Enfrentar la injusticia social, desde la riqueza de nuestros mártires y desde la sabiduría de la Doctrina Social de la Iglesia, es una exigencia ineludible. La construcción de comunidades de solidaridad, que multipliquen una nueva cultura, distinta del individualismo consumista, y extiendan un modo de actuar diferente al de un sistema, denunciado por Pablo VI en la Populorum Progressio, que “conduce a la dictadura justamente denunciada por Pío XI como generadora del “imperialismo internacional del dinero”.

Los mártires han sido siempre los mejores maestros de la identificación con Cristo. Su profunda eclesialidad, su dimensión moral, la fuerza profética de su memoria, su capacidad de soñar y delinear una sociedad fraterna y solidaria, su libertad para anunciar el Evangelio en todas sus exigencias, nos ofrecen actualizaciones concretas del camino del Señor. Celebrar hoy y recordar a nuestros mártires, retomar su fuego apostólico y hacerlo presente en una sociedad en la que con frecuencia se mezcla la superficialidad con el egoísmo individual y la irresponsabilidad social, puede ser difícil para los que quedamos. Pero nuestros mártires interceden por nosotros. Ellos están definitivamente en el Reino de Dios y sentados al lado del Señor como verdaderos jueces de la historia. A nosotros nos corresponde continuar su obra, aproximando la historia terrena a ese Reino que viene hacia nosotros desde el amor gratuito de nuestro Dios.

En el 45º Aniversario del Beato Rutilio Grande

    La vida martirial de Rutilio Grande,       Una inspiración para el Papa Francisco  

La vida ejemplar de los mártires son siempre un ejemplo y una inspiración para los cristianos. Ya Tertuliano decía de los mártires de los primeros siglos, que “eran semillas de nuevos cristianos” Y la Iglesia, ya desde entonces, acostumbra a celebrar la Eucaristía sobre la tumba de los mártires, o en el ara del altar eucarístico pone reliquias de algún santo.

El ejemplo de Rutilio influyó mucho en Monseñor Romero y también en el Papa Francisco, quien no solo por ser jesuita y latinoamericano como Rutilio, sino por la cercanía al pueblo y a los pobres, y por la vida evangélica y transparente. Cuando la beatificación de Rutilio dijo claramente que a quien teníamos que beatificar primero era a Rutilio porque “no hay Romero sin Rutilio”. Ciertamente en Romero hubo un antes y un después de la muerte de Rutilio; hubo en él un cambio y una transformación profética que sorprendió a propios y a extraños. Cuando le preguntaron si había habido en él una conversión dijo que ciertamente había habido una iluminación: “Ahora sí veo más claro”. Y se comprometió totalmente como Rutilio porque tenía que “hacer lo que Dios quiere”, que era lo que solía decir siempre Rutilio y que repitió como últimas palabras cuando lo asesinaron con 17 balazos los “escuadrones de la muerte”.

Algunos puntos de Rutilio que han inspirado a Francisco en su ministerio pastoral:

El sentido eclesial, evangélico y conciliar. Lo verdaderamente central para la Iglesia y para el cristiano es volver al Jesús y al Evangelio. El retomar el Concilio Vaticano II y su actualización en América de la Asamblea de Medellín. Rutilio decía que había que ponerle patas al Evangelio y a los documentos de la Iglesia, o sea, que había que concretarlo y actualizarlo.

La pastoral de conjunto que pedía el Concilio y Medellín, formando a los agentes de pastoral para participar en los consejos de pastoral diocesanos y parroquiales. Francisco habla de Iglesia sinodal, de caminar juntos y aprender con paciencia la sinodalidad, escuchando y ayudando a participar a todos los bautizados como sujetos activos y responsables.

La opción por los pobres, obreros y campesinos, explotados y marginados de la sociedad, como pedía Medellín y que Rutilio y su equipo lo logran llevar adelante en la pastoral misionera de Aguilares y El Paisnal. Francisco hablará de Iglesia en salida y de hospital de campaña que acoge y cuida de los refugiados y marginados de la sociedad; de los heridos al borde de los caminos.

-La toma de conciencia de los laicos, de su dignidad de bautizados en la Iglesia donde “tienen un puesto y una misión”. Con la formación bíblica liberadora en las misiones populares Rutilio va a lograr que los campesinos tomen conciencia de su dignidad y de su tarea y compromiso cristiano en la transformación de una sociedad injusta y desigual. Francisco hablará de una Iglesia sinodal e igualitaria donde se tiene que superar todo clericalismo para poder vivir la fraternidad eclesial fundada en el Bautismo que nos hace hijos de Dios y hermanos unos de otros; donde se vive el proyecto de Jesús de una verdadera familia de iguales y libres, que se sienten misioneros en la transformación de las estructuras tanto eclesiales como sociales.

La Mesa de la Creación es esa Mesa Común para todos, que Dios nos ha dado para la cuidemos y la cultivemos. Y no se la dio a unos pocos que acaparan toda la tierra y dejan a la mayoría sin nada. Es nuestra Madre Tierra que nos alimenta, pero que nos la han arrebatado los poderosos. Francisco nos dirá en la Exhortación “Laudato Si” que somos hijos de la Madre Tierra, de la Casa Común, donde todo está interrelacionado y tenemos derecho y obligación de cuidarla y cultivarla para que de alimento y cobijo para todos.

-La Eucaristía es el Banquete de la Nueva Creación, al que Dios invita siempre a participar con alegría y donde todos tenemos un puesto y una misión. Francisco nos dirá también que la Eucaristía es la Mesa Común de los cristianos, donde nos reunimos en torno a Jesús, donde celebramos su memoria y recibimos su mensaje de amor; y es un compromiso y una misión de llevar el Evangelio, que es vida, justicia y fraternidad para todos.

Daniel S. Barbero

El legado de Rutilio (13)

Los funerales en Aguilares, en San Salvador y en El Paisnal

El P. Jerez presidió la Misa de las 10 de la mañana del domingo 13 en Aguilares con unos diez sacerdotes. Llegó el secretario de la nunciatura Mons. Baldisseri pidiendo presidirla, pero el P. Jerez le dijo que eso le correspondía a él.

Los féretros permanecieron todo el día en el templo parroquial, abarrotado de campesinos descalzos pobremente vestidos, de señoras con niños en brazos y de jóvenes visiblemente emocionados. La multitud lloraba y cantaba la esperanza y la liberación que Rutilio había representado para ellos. En la noche se conformaron grupos de reflexión para dialogar sobre el significado de la muerte de Rutilio y compañeros. Mientras tanto los mensajes de la YSAX se escuchaban en todas las casas. En la noche llegaron a San Salvador algunos jesuitas de Guatemala para asistir a los funerales del día siguiente en catedral.

En la madrugada del lunes , la multitud se desplazó hacia San Salvador. Los tres coches fúnebres salieron de Aguilares a eso de las 8 de la mañana. La Misa en la catedral fue presidida por Mons. Romero, Mons. Rivera y Mons. Chávez y concelebrada por más de 150 sacerdotes en una catedral abarrotada. El centro de San Salvador se paralizó.

Mons. Romero visiblemente emocionado ante la inmensa multitud y la enorme audiencia que tenía en ese momento a través de la YSAX, dijo que esa mañana, la catedral era un signo de la Iglesia universal:

“Es aquí la convergencia de toda una rica pastoral de una Iglesia particular que engarza con la pastoral de todas las diócesis y de todo el mundo, y sentimos entonces que la presencia no solo de los vivos, sino de estos tres muertos, le dan a esta figura de la Iglesia su perspectiva abierta al Absoluto, al infinito, al más allá: Iglesia universal, Iglesia más allá de la historia, Iglesia más allá de la vida humana…

Si fuera un funeral ordinario, hubiera hablado de unas relaciones humanas y personales con el P. rutilio Grande, a quien siento como un hermano. En momentos culminantes de mi vida, él estuvo muy cerca de mí, y esos gestos jamás se olvidan…

La clave de la vida y la muerte de Rutilio Grande, según Mons. Romero, se encontraba en la Evangelii Nuntiandi, de manera especial en el nº 38 y en el Sínodo de 1974. Según Pablo VI, “la Iglesia no puede estar ausente en esa lucha de liberación” de “tanta miseria” humana. Esa había sido, justamente, la lucha de Rutilio.

“La liberación que el P. Grande predicaba es inspirada por la fe que nos habla de una vida eterna, una fe que ahora él, con su rostro levantado al cielo, acompañado de dos campesinos, la ofrece en su totalidad, en su perfección…es la liberación que se apoya en Cristo, la única fuerza salvadora; esta es la liberación que Rutilio Grande ha predicado y por eso ha vivido el mensaje de la Iglesia”.

Por lo tanto su lucha “por levantar , por dignificar al hombre” fue “una presencia muy original”, porque la llevó a cabo desde la “iluminación de la fe que hace distinguir cualquier liberación de tipo político, económico, terrenal, que pasa más allá de ideologías, de intereses y de cosas que se quedan en la tierra”. Por esa razón, tal como “dice el Papa no puede confundirse con otros movimientos liberadores sin horizontes espirituales. Ante todo, es una inspiración de fe”. Por eso “el mundo no podrá comprender”.

La “motivación de amor” había sido la razón última de la vida y de la muerte de Rutilio

“El amor verdadero es el que trae a Rutilio Grande, en su muerte, con dos campesinos de la mano. Así ama la Iglesia. Muere con ellos y con ellos se presenta a la trascendencia del cielo. Los ama y es significativo que mientras el P. Grande caminaba para su pueblo, a llevar el mensaje de la misa y de la salvación, allí fue donde cayó acribillado. Un sacerdote con sus campesinos, camino a su pueblo, para identificarse con ellos; no una inspiración revolucionaria, sino una inspiración de amor”.

Por lo tanto en él no había odio, ni violencia, como habían dicho sus detractores.

“Quienes lo escuchamos, quienes compartimos los ideales del P. Rutilio, sabemos que es incapaz de predicar el odio, que es incapaz de azuzar a la violencia. Quizá por eso Dios lo escogió para este martirio, porque los que le conocimos sabemos que jamás de sus labios salió un llamado a la violencia, al odio, a la venganza”.

Este mensaje de amor no se podía perder, sino que había que darle continuidad. Por lo tanto, Mons. Romero invitó al clero a recoger “esta herencia preciosa” y a construir la unidad alrededor de esa misión. Uno de los frutos de la muerte de Rutilio era, según Mons. Romero, la visible unidad de la Iglesia en catedral.

Finalmente Mons. Romero hizo un llamado a la esperanza:

“Somos una Iglesia peregrina, expuesta a la incomprensión, a la persecución; pero una Iglesia que camina serena porque lleva esa fuerza del amor. Hermanos salvadoreños, cuando en estas encrucijadas de la patria parece que no hay solución y se quisieran buscar medios de violencia, yo les digo, hermanos, bendito sea Dios que en la muerte del P. Rutilio la Iglesia está diciendo que sí hay solución. La solución es el amor, es la fe, la solución es sentir la Iglesia como el círculo donde Dios se quiere encontrar con los hombres”.

Al llegar a El Paisnal, se procedió a dar sepultura a Rutilio y a sus dos compañeros frente al altar del templo. Mientras la gente se retiraba, a eso de las tres de la tarde, un conjunto de guitarras campesinas interpretó varias veces, entre nutridos aplausos, un corrido compuesto en memoria de Rutilio y sus compañeros.

El 19 de marzo, festividad de San José, salieron muy de mañana dos peregrinaciones, una desde Aguilares y otra desde El Paisnal, hacia el sitio donde había tenido lugar el asesinato. Allí plantaron tres cruces donde habían caído Rutilio y los dos que le acompañaban, en medio de cantos, poemas y prédicas sencillas pero profundas.

Después todos se dirigieron a El Paisnal donde Mons. Romero con unos quince sacerdotes celebraron la Eucaristía en la puerta principal que da a la plaza po la inmensa multitud que participaba. Al terminar una fila enorme visitaba las tumbas depositando una gran cantidad de flores y velas.

Se recibieron una enorme cantidad de telegramas y mensajes de condolencia procedentes de todas partes del mundo, así como muchos testimonios de Rutilio.

Uno de esos mensajes fue el del provincial de los jesuitas de Argentina, el P. Jorge Mario Bergoglio, dirigida al P. Jerez:

Quiero -desde hace días- ponerte estas líneas que te lleven mi fraternal saludo y mis sentimientos por los momentos que están viviendo ustedes allí.

Lo de Rutilio aquí nos ha conmovido mucho. Es verdad que el Señor tiene sus caminos… pero a veces son duros. En la Provincia hemos tenido una celebración y, por mi intermedio, todos los hermanos hacen llegar sus sentimientos más profundos.

Un fuerte abrazo, no me olvides en tu oración.

Puedes ver el documental sobre El P. Rutilio Grande en el siguiente link:

http://www.youtube.com/watch?v=IXFRuIVZXoQ

BEATO RUTILIO GRANDE

A mural in El Paisnal, El Salvador, seen in this Jan. 29 photo, features Blessed Oscar Romero and town native Father Rutilio Grande, surrounded by rural men, women and children, the community the Jesuit Father Grande served from 1972 until his March 12, 1977, assassination. Father Grande spoke of his dream of a communal table where everyone, including the poor, had a place to eat and a right to have a say in matters that affected them. (CNS photo/Rhina Guidos) See GRANDE-SAINT-JESUIT March 8, 2017.

Edgard R. Beltrán

Rutilio Grande fue beatificado el 22 de enero del 2022, mártir por la fe y la justicia, fruto de una exigente e ininterrumpida “conversión eclesial”.

“Conversión Eclesial” es un giro, un cambio hacia una CENTRALIDAD: JESÚS COMO CENTRO Y COMO CENTRO DE JESÚS, LA CONSTRUCCIÓN DEL REINO DEL PADRE. Hacia esto se centra el Concilio Vaticano II y su modelo de Iglesia como “Pueblo de Dios”, focalizado en Jesús y en la construcción de ese reino (LG.9). El Celam, siguiendo en esto al Concilio, asumió la tarea de servir en América Latina a esta “conversión eclesial” y se concretó en la histórica reunión de Medellín, el mejor fruto del Vaticano II. Fue una época de “primavera eclesial” en el Continente.

El Beato Rutilio Grande, con su sangre de “mártir”, es un “testigo” de ese giro hacia JESÚS Y EL REINO DEL PADRE, con la guía del Concilio Vaticano II y a la luz de la reunión eclesial de Medellín.

El Celam fue su acompañante desde el inicio por medio del Departamento de Pastoral de Conjunto, tanto con su Equipo Ejecutivo, a quien consultó, como con su Instituto de Pastoral para América Latina (IPLA) en Quito, en el que participó. Pero lo más especial fue su convivir con el obispo Leonidas Proaño, presidente del Departamento del Celam y obispo de Riobamba, cerca de Quito, un obispo ejemplar, tanto en su persona como en su ministerio transformador en su Iglesia diocesana. Con el obispo Proaño y con su pueblo, Rutilio aprendió a ser y a obrar en la forma que, sin buscarlo, encontró el martirio.

Este “testigo” con su martirio fue lo que golpeó a Óscar Romero, quien fue su arzobispo durante 18 días (del 22 de febrero de 1977 al 12 de marzo), y quien así lo manifestó: “Si lo han asesinado por lo que hizo, yo tengo que seguir el mismo camino. Rutilio me ha abierto los ojos”. El arzobispo desde ese momento vivió su “conversión eclesial centralizada” que, sin buscarlo, también selló con su histórico martirio, San Romero.

El Beato Rutilio Grande inició esta etapa de conversión en una ocasión sencilla y casi sin saberlo, impulsado por su inquietud y su apertura al discernimiento. Fue un paso que dio ayudado ocasionalmente por el Celam.

El arzobispo de San Salvador, don Luis Chávez, había participado en el Concilio Vaticano II y éste lo transformó. Para aplicarlo en su pastoral, aprovechó la colaboración del Celam con las “Semanas Pastorales” que el Departamento de Pastoral de Conjunto del Celam organizaba en cumplimiento de la tarea de servir en América Latina a una “Iglesia en conversión centralizada” a la luz del Concilio Vaticano II y de su aplicación en el Continente a partir de la reunión eclesial en Medellín. Centralizado el mensaje con este contenido, se utilizaba una metodología inductiva y participativa que contribuía a edificar la comunidad eclesial, para que continuara viva después de la semana. Casi todos los países de América Latina pidieron al Departamento de Pastoral de Conjunto del Celam este servicio que lo realizaba el Equipo Ejecutivo del Departamento con la aprobación de su presidente, el obispo Leónidas Proaño. El Equipo del Celam esta vez incluyó a Ignacio Ellacuría con su valioso aporte local, jesuita quien fue también martirizado años después.

En esta Semana Pastoral hubo dos personas que ahora nos interesan. Uno, que fue invitado y no asistió. Al obispo auxiliar Óscar Romero, solamente se le veía en el comedor. El otro, que no fue invitado, pero que asistió como pudo en varios momentos desde la puerta del salón, el jesuita encargado de la administración del seminario, quien no fue invitado por no trabajar directamente en la pastoral, Rutilio Grande.

En algún momento, en privado, Rutilo le comentó a uno del equipo del Celam que él estaba deseando detener un poco sus actividades para discernir sobre su vida y que oyendo un poco los temas de la Semana Pastoral había pensado preguntarle sobre algún lugar favorable para este fin. Este le respondió que lo mejor podría ser participar en el LPLA. El tiempo de seis meses que duraba el curso era muy propicio. El contenido iba precisamente en esa dirección de contribuir a un discernimiento en una línea de “conversión eclesial”. Los formadores que se turnaban cada semana eran de lo mejor, personas muy competentes en sus respectivas materias, y además con un total compromiso de vida en una Iglesia como Pueblo de Dios desde la base con el pobre. La metodología era la indicada para formación de “comunidad eclesial”. La transformación de los participantes era palpable, causa de queja de algunos obispos y de agradecimiento de otros muchos.

Le precisó, además, que el participar en el LPLA, tendría una posibilidad aún mejor: convivir con el obispo Proaño y su Pueblo en la diócesis de Riobamba, ojalá cada fin de semana. Vivir con él como persona, como cristiano, como obispo y convivir con esa comunidad eclesial diocesana, seguramente sería una de las gracias más enriquecedoras de su vida, se le aseguró a Rutilio. Él lo aceptó, fue al LPLA y así también aprovechó para ir a Riobamba todos los fines de semana del semestre menos tres. Esta vivencia le comunicó a su ser y a su obrar el giro ya irreversible en el caminar en su “conversión eclesial”.

Así Rutilio lo confesó agradecido al obispo Proaño y a su Pueblo, así se le vio a su regreso en su vida personal y así lo practicó en su nuevo ejercicio pastoral. Así se beneficiaron sus feligreses agradecidos y transformados. Así lo notaron sus amigos que se le acercaron. Así lo señalaron los obispos de su país que en su mayoría lo descalificaron. Así lo señaló la clase dirigente que se incomodó asustada.

Así lo enmarcó el poder político que lo caracterizó como el constructor peligroso de un mundo diferente al que ellos dominaban. Los pobres se capacitaban como sujetos de su superación, los analfabetos manipulables se transformaban en formadores comunitarios, la envidia destructora del pobre contra el pobre estaba siendo reemplazada por algo que llamaban “comunidad desde la base popular”, todas y todos como una familia. El poder político se desconcertó, pues un cura no era para meterse en estos cambios. Investigaron a Rutilio y lo vieron como un campesino igual a todos, pobre y sencillo. Los espías (“orejas”) enviados a sus reuniones informaban que casi no hablaba, preguntaba mucho a la gente y los ponía a pensar. Leían el evangelio y lo comparaban con su situación, todas y todos hablaban de Jesús como de un hermano más del grupo y siempre salían con una tarea que ellos mismos se imponían para hacer de su situación algo más parecido a un tal reino. Los espías no veían nada raro. Pero expertos del poder político descubrieron la capacidad peligrosamente transformadora del método de Rutilio. Supieron que Rutilio había ido al Ecuador y de allí había regresado así. En comunicación entre militares supieron que en Ecuador tenían el mismo problema con el obispo Proaño de Riobamba que estaba “dañando a los indios”. Rutilio se fue enterando de todo, como se lo comentó serenamente en una ocasión al amigo del Celam que le había aconsejado ir al LPLA y a Riobamba con el obispo Proaño.

La convivencia igualitaria de Rutilio con el campesino pobre era mutua. Caminaban juntos, todos y todas eran iguales por el bautismo en la dignidad de hijos e hijas del mismo Padre Dios, hermanos y hermanas iguales en la misma misión y solidarios en sus riesgos. El poder político había decidido actuar violentamente. Torturó y expulsó del país al sacerdote colombiano Mario Bernal. Rutilio proclamó valientemente en la homilía: “¡Es peligroso ser cristiano en nuestro medio! ¡Prácticamente es ilegal ser católico en nuestro país! ¡Ay de ustedes, hipócritas, que se hacen llamar católicos y por dentro son inmundicia y maldad! Son Caínes y crucifican al Señor cuando camina con el nombre del humilde trabajador del campo. Mucho me temo, hermanos, que si Jesús de Nazaret volviera ahora y bajara de Chalatenango a San Salvador, yo me atrevo a decir que no llegaría con sus homilías y acciones a Apopa. Lo acusarían de revoltoso, de judío extranjero, con ideas extrañas, contrarias a las del clan de Caínes. Sin duda, hermanos, lo volverían a matar.” (Homilía recogida por Martin Maier en su libro)

Conscientemente temerosa del peligro, la comunidad parroquial perseveraba en el caminar junto con Jesús y entre ellos en su común misión de bautizados. Manuel de 72 años y Nelson de 14, apoyados por sus familias y su comunidad, seguían caminando junto a Rutilio como tres bautizados iguales en una misma misión compartida. Así los ubicó el poder político y así, juntos e iguales los tres bautizados, fueron asesinados.

El poder político cometió su crimen. Pero el Padre, Amor misericordioso, los ha elevado ante el mundo como monumento de ejemplo que invita a ser la “Iglesia en conversión continua”, centralizada siempre en Jesús y el reino, cuyos miembros por el bautismo son hijos e hijas del mismo Padre y herman@s iguales entre, encargados de la misma misión de la construcción del reino, con Jesús y entre ellos “caminando juntos”. En palabras del Papa Francisco, la IGLESIA SINODAL, como ha debido ser desde el comienzo, y como va a ser en este tercer milenio y para siempre. Rutilio, Manuel y Nelson son ejemplo desafiante para obispos y clérigos y laicos y son intercesores.

¡Así lo dijo el Obispo Proaño en Riobamba al regresar de enterrar a San Romero!

BEATO RUTILIO GRANDE, CELAM, OBISPO PROAÑO, SAN ROMERO

Edgard R. Beltrán

Rutilio Grande fue beatificado el 22 de enero del 2022, mártir por la fe y la justicia, fruto de una exigente e ininterrumpida “conversión eclesial”.

“Conversión Eclesial” es un giro, un cambio hacia una CENTRALIDAD: JESÚS COMO CENTRO Y COMO CENTRO DE JESÚS, LA CONSTRUCCIÓN DEL REINO DEL PADRE. Hacia esto se centra el Concilio Vaticano II y su modelo de Iglesia como “Pueblo de Dios”, focalizado en Jesús y en la construcción de ese reino (LG.9). El Celam, siguiendo en esto al Concilio, asumió la tarea de servir en América Latina a esta “conversión eclesial” y se concretó en la histórica reunión de Medellín, el mejor fruto del Vaticano II. Fue una época de “primavera eclesial” en el Continente.

El Beato Rutilio Grande, con su sangre de “mártir”, es un “testigo” de ese giro hacia JESÚS Y EL REINO DEL PADRE, con la guía del Concilio Vaticano II y a la luz de la reunión eclesial de Medellín.

El Celam fue su acompañante desde el inicio por medio del Departamento de Pastoral de Conjunto, tanto con su Equipo Ejecutivo, a quien consultó, como con su Instituto de Pastoral para América Latina (IPLA) en Quito, en el que participó. Pero lo más especial fue su convivir con el obispo Leonidas Proaño, presidente del Departamento del Celam y obispo de Riobamba, cerca de Quito, un obispo ejemplar, tanto en su persona como en su ministerio transformador en su Iglesia diocesana. Con el obispo Proaño y con su pueblo, Rutilio aprendió a ser y a obrar en la forma que, sin buscarlo, encontró el martirio.

Este “testigo” con su martirio fue lo que golpeó a Óscar Romero, quien fue su arzobispo durante 18 días (del 22 de febrero de 1977 al 12 de marzo), y quien así lo manifestó: “Si lo han asesinado por lo que hizo, yo tengo que seguir el mismo camino. Rutilio me ha abierto los ojos”. El arzobispo desde ese momento vivió su “conversión eclesial centralizada” que, sin buscarlo, también selló con su histórico martirio, San Romero.

El Beato Rutilio Grande inició esta etapa de conversión en una ocasión sencilla y casi sin saberlo, impulsado por su inquietud y su apertura al discernimiento. Fue un paso que dio ayudado ocasionalmente por el Celam.

El arzobispo de San Salvador, don Luis Chávez, había participado en el Concilio Vaticano II y éste lo transformó. Para aplicarlo en su pastoral, aprovechó la colaboración del Celam con las “Semanas Pastorales” que el Departamento de Pastoral de Conjunto del Celam organizaba en cumplimiento de la tarea de servir en América Latina a una “Iglesia en conversión centralizada” a la luz del Concilio Vaticano II y de su aplicación en el Continente a partir de la reunión eclesial en Medellín. Centralizado el mensaje con este contenido, se utilizaba una metodología inductiva y participativa que contribuía a edificar la comunidad eclesial, para que continuara viva después de la semana. Casi todos los países de América Latina pidieron al Departamento de Pastoral de Conjunto del Celam este servicio que lo realizaba el Equipo Ejecutivo del Departamento con la aprobación de su presidente, el obispo Leónidas Proaño. El Equipo del Celam esta vez incluyó a Ignacio Ellacuría con su valioso aporte local, jesuita quien fue también martirizado años después.

En esta Semana Pastoral hubo dos personas que ahora nos interesan. Uno, que fue invitado y no asistió. Al obispo auxiliar Óscar Romero, solamente se le veía en el comedor. El otro, que no fue invitado, pero que asistió como pudo en varios momentos desde la puerta del salón, el jesuita encargado de la administración del seminario, quien no fue invitado por no trabajar directamente en la pastoral, Rutilio Grande.

En algún momento, en privado, Rutilo le comentó a uno del equipo del Celam que él estaba deseando detener un poco sus actividades para discernir sobre su vida y que oyendo un poco los temas de la Semana Pastoral había pensado preguntarle sobre algún lugar favorable para este fin. Este le respondió que lo mejor podría ser participar en el LPLA. El tiempo de seis meses que duraba el curso era muy propicio. El contenido iba precisamente en esa dirección de contribuir a un discernimiento en una línea de “conversión eclesial”. Los formadores que se turnaban cada semana eran de lo mejor, personas muy competentes en sus respectivas materias, y además con un total compromiso de vida en una Iglesia como Pueblo de Dios desde la base con el pobre. La metodología era la indicada para formación de “comunidad eclesial”. La transformación de los participantes era palpable, causa de queja de algunos obispos y de agradecimiento de otros muchos.

Le precisó, además, que el participar en el LPLA, tendría una posibilidad aún mejor: convivir con el obispo Proaño y su Pueblo en la diócesis de Riobamba, ojalá cada fin de semana. Vivir con él como persona, como cristiano, como obispo y convivir con esa comunidad eclesial diocesana, seguramente sería una de las gracias más enriquecedoras de su vida, se le aseguró a Rutilio. Él lo aceptó, fue al LPLA y así también aprovechó para ir a Riobamba todos los fines de semana del semestre menos tres. Esta vivencia le comunicó a su ser y a su obrar el giro ya irreversible en el caminar en su “conversión eclesial”.

Así Rutilio lo confesó agradecido al obispo Proaño y a su Pueblo, así se le vio a su regreso en su vida personal y así lo practicó en su nuevo ejercicio pastoral. Así se beneficiaron sus feligreses agradecidos y transformados. Así lo notaron sus amigos que se le acercaron. Así lo señalaron los obispos de su país que en su mayoría lo descalificaron. Así lo señaló la clase dirigente que se incomodó asustada.

Así lo enmarcó el poder político que lo caracterizó como el constructor peligroso de un mundo diferente al que ellos dominaban. Los pobres se capacitaban como sujetos de su superación, los analfabetos manipulables se transformaban en formadores comunitarios, la envidia destructora del pobre contra el pobre estaba siendo reemplazada por algo que llamaban “comunidad desde la base popular”, todas y todos como una familia. El poder político se desconcertó, pues un cura no era para meterse en estos cambios. Investigaron a Rutilio y lo vieron como un campesino igual a todos, pobre y sencillo. Los espías (“orejas”) enviados a sus reuniones informaban que casi no hablaba, preguntaba mucho a la gente y los ponía a pensar. Leían el evangelio y lo comparaban con su situación, todas y todos hablaban de Jesús como de un hermano más del grupo y siempre salían con una tarea que ellos mismos se imponían para hacer de su situación algo más parecido a un tal reino. Los espías no veían nada raro. Pero expertos del poder político descubrieron la capacidad peligrosamente transformadora del método de Rutilio. Supieron que Rutilio había ido al Ecuador y de allí había regresado así. En comunicación entre militares supieron que en Ecuador tenían el mismo problema con el obispo Proaño de Riobamba que estaba “dañando a los indios”. Rutilio se fue enterando de todo, como se lo comentó serenamente en una ocasión al amigo del Celam que le había aconsejado ir al LPLA y a Riobamba con el obispo Proaño.

La convivencia igualitaria de Rutilio con el campesino pobre era mutua. Caminaban juntos, todos y todas eran iguales por el bautismo en la dignidad de hijos e hijas del mismo Padre Dios, hermanos y hermanas iguales en la misma misión y solidarios en sus riesgos. El poder político había decidido actuar violentamente. Torturó y expulsó del país al sacerdote colombiano Mario Bernal. Rutilio proclamó valientemente en la homilía: “¡Es peligroso ser cristiano en nuestro medio! ¡Prácticamente es ilegal ser católico en nuestro país! ¡Ay de ustedes, hipócritas, que se hacen llamar católicos y por dentro son inmundicia y maldad! Son Caínes y crucifican al Señor cuando camina con el nombre del humilde trabajador del campo. Mucho me temo, hermanos, que si Jesús de Nazaret volviera ahora y bajara de Chalatenango a San Salvador, yo me atrevo a decir que no llegaría con sus homilías y acciones a Apopa. Lo acusarían de revoltoso, de judío extranjero, con ideas extrañas, contrarias a las del clan de Caínes. Sin duda, hermanos, lo volverían a matar.” (Homilía recogida por Martin Maier en su libro)

Conscientemente temerosa del peligro, la comunidad parroquial perseveraba en el caminar junto con Jesús y entre ellos en su común misión de bautizados. Manuel de 72 años y Nelson de 14, apoyados por sus familias y su comunidad, seguían caminando junto a Rutilio como tres bautizados iguales en una misma misión compartida. Así los ubicó el poder político y así, juntos e iguales los tres bautizados, fueron asesinados.

El poder político cometió su crimen. Pero el Padre, Amor misericordioso, los ha elevado ante el mundo como monumento de ejemplo que invita a ser la “Iglesia en conversión continua”, centralizada siempre en Jesús y el reino, cuyos miembros por el bautismo son hijos e hijas del mismo Padre y herman@s iguales entre, encargados de la misma misión de la construcción del reino, con Jesús y entre ellos “caminando juntos”. En palabras del Papa Francisco, la IGLESIA SINODAL, como ha debido ser desde el comienzo, y como va a ser en este tercer milenio y para siempre. Rutilio, Manuel y Nelson son ejemplo desafiante para obispos y clérigos y laicos y son intercesores.

¡Así lo dijo el Obispo Proaño en Riobamba al regresar de enterrar a San Romero!

En el 45º Aniversario de Rutilio Grande

Mañana celebraremos por primera vez la fiesta de Rutilio Grande en su calidad de beato mártir reconocido por la Iglesia, junto con sus dos compañeros. Les comparto un articulito que saldrá en la revista ECA próximamente sobre el significado de su trabajo y vida:       

Rutilio Grande y compañeros

Una fiesta religiosa con significado social

1.- La génesis de un mártir

El año abrió con la beatificación de Rutilio Grande, Cosme Spessotto y los dos compañeros del primero, Nelson y Manuel, el día 22 de Enero. En medio de una coyuntura política tensa, con ataques a todo mensaje religioso que tenga algo de profetismo social, la beatificación significó una especie de descanso y apoyo para los sectores críticos con el régimen del Presidente Bukele y la confirmación en su tarea de mantener la vitalidad de una Iglesia que siempre ha estado pendiente de los problemas sociales y de sus soluciones. La especial relación entre Rutilio Grande y los jesuitas de la UCA en esa tarea de cambiar la realidad de opresión y marginación de los pobres, amerita que hagamos una reflexión sobre el significado de esta beatificación, precisamente cuando la Universidad está siendo de nuevo acosada por el poder público, enemigo de toda crítica social o democrática.

Rutilio se incorporó a la parroquia de Aguilares en 1972, después de un largo periplo vital de incorporación a su pensamiento del Concilio Vaticano II y de la Segunda Conferencia Episcopal latinoamericana en sus conocidos Documentos de Medellín. El Vaticano II lo asumió, especialmente en sus aspectos pastorales, en la Bélgica aperturista y conciliar del Cardenal Suenens. Medellín en la diócesis de Riobamba, de la mano de ese Padre de la Iglesia Latinoamericana, Mons. Leonidas Proaño, protagonista con otros pastores de la renovación de una Iglesia participativa y cercana a los pobres. Todavía en la diócesis de Riobamba conservan el austero lugar donde Rutilio se alojó. Su vida en el Seminario, sus diálogos y seguimiento de los seminaristas, sus conversaciones con su amigo Mons. Romero, fueron formando ese carácter abierto a las necesidades de la gente, empático con todos, respetuoso con las tradiciones populares y capaz de desafiarlas desde el Evangelio y la honduras del o sentimiento popular. Sin darse plenamente cuenta, se iba construyendo en su vida esa dimensión profética que después estalló en plenitud martirial en Aguilares.

Porque Rutilio Grande fue, efectivamente, un profeta de fuertes raíces sociales.    En la dura explotación que predominaba en el campo se esforzó no solo en crear conciencia entre los campesinos, sino también en empoderarlos y animarlos a organizarse y buscar soluciones a sus problemas. El acaparamiento de la tierra en pocas manos, la pobreza, la marginación en el campo educativo, eran realidades permanentes e hirientes, que llevaban al reclamo, al enfrentamiento y, en un primer momento, a la violencia represiva. Rutilio sabía que el Evangelio de Jesús no era un recetario espiritualista, sino que llevaba siempre a la fraternidad y a la justicia. Los mecanismos de avance en la denuncia y la consiguiente propuesta de un mundo diferente la propugnaban desde algunos años antes los jesuitas de la UCA. Sin olvidar las características propias de una pastoral parroquial, a Rutilio le gustaba conversar y apoyarse en los análisis de sus compañeros universitarios, y contrastar los análisis con su propia experiencia de cercanía con los pobres. Pues aunque escuchaba con respeto e interés a sus compañeros universitarios, el lenguaje, la cercanía humana, la transmisión del Evangelio y la simbología de apropiación y difusión del mensaje evangélico eran muy propios de Rutilio. La religiosidad y la cultura popular que dominaban la zona se convirtieron en él, así mismo, en instrumento de anuncio de los valores del Evangelio. La fiesta del maíz, recuperada conjuntamente con la gente (hombres y mujeres de maíz, como tantas veces se les ha nombrado a los campesinos desde el tiempo de los mayas), señalaba esa intensa conjunción de los valores culturales y cristianos.            Los campesinos se apropiaban conscientemente de su propia identidad y dignidad en torno a la fiesta del maíz y hacían presentes sus valores evangélicos de solidaridad, cercanía humana, compartiendo y convirtiendo en banquete común la fiesta de la cosecha. La mujer, especialmente, recuperaba en estas fiestas el protagonismo y la dignidad de la creadora de vida. La elección de la “Reina” de las fiestas del maíz no se elegía desde la apariencia física externa, sino desde el trabajo y la calidad de los productos compartidos.

La lectura, reflexión y discusión comunitaria del Evangelio en los cantones y caseríos iban señalando el camino de la hermandad y de la defensa de los propios derechos básicos. La discusión del Evangelio se conectaba de tal manera con la vida real que muchos campesinos quisieron aprender a leer para poder tener acceso personal al Nuevo Testamento. Rutilio, en el proceso de aprendizaje de la lectura, impulsó la metodología de Paulo Freire, que acababa de publicar poco antes la Pedagogía del Oprimido. Y el Evangelio le ofrecía la posibilidad de poner valores fraternos y deseados como contrapunto de una realidad de pobreza y marginación. El espíritu profético crecía y se iban conjugando las dos grandes capacidades de Rutilio y Ellacuría unidas posteriormente en la generosidad del martirio. Todo el tono, la frase y el espíritu de Rutilio era profecía. Ellacu, como le decían sus compañeros desde la amistad, no era un profeta, sino un intelectual con un muy alto desarrollo de la racionalidad y con una enorme capacidad de análisis y de propuesta. Respetaba la profecía y sabía complementar la intuición del profeta con el análisis social y con el diseño de posibles caminos hacia el futuro. Lo hacía en tiempo de Rutilio tratando de evitar la catástrofe que se cernía en El Salvador previo a la guerra y lo demostró después, cuando supo insistir, desde el primer momento del estallido de la guerra civil, en la necesidad de diálogo y de una salida pacífica del conflicto. A Rutilio, que llegaba con relativa frecuencia a la casa de los profesores de la UCA, le gustaba escuchar los análisis del Rector y compartir también con él y su comunidad los pasos que iba dando en el campo de la pastoral social. La profecía se enriquecía con el método y la reflexión sistemática, y el pensamiento racional con la experiencia de un pastor que sabía conectar con las profundas esperanzas de su pueblo.

Años después del asesinato de Rutilio y reflexionando sobre la “conversión” de Mons. Romero, Ellacuría decía que “el asesinato del P. Grande, el primero de los sacerdotes mártires que le tocó entregar, sacudió su conciencia… Se le descubrió algo que antes no había visto, a pesar de su buena voluntad y de su pureza de intención, a pesar de sus hora de oración y de su ortodoxia repetida, de su fidelidad al magisterio y a la jerarquía vaticana… Esto nuevo fue la verdad deslumbrante de un sacerdote que se había dedicado a evangelizar a los pobres” y que fue asesinado porque esa evangelización condujo a los pobres a historizar la salvación con un proyecto liberador. Ahí inició Romero su historia de profeta y mártir, “no porque él la hubiera elegido, sino porque Dios lo llenó con las voces históricas del sufrimiento de su pueblo elegido y con la voz de la sangre del primer justo que moría martirialmente en El Salvador actual para que todos tuvieran más vida y para que la Iglesia entera recuperara su pulso profético” (textos tomados de Ignacio Ellacuría, Escritos teológicos, pg 96). No hay duda que la experiencia atribuida a la vida de nuestro hoy San Óscar Romero, fue también parte no solo de la reflexión teológica de Ellacuría, sino de su conversión a una historia personal de salvación que le llevó también a la ofrenda martirial de su sangre.

2.- Hombre de fe y de Iglesia

Rutilio no hubiera llegado a ser considerado mártir si no hubiera tenido una profunda convicción en que el camino concreto de Jesús de Nazaret le daba sentido a su vida y a su trabajo. Lo que desde la perspectiva cristiana llamamos fe implica, humanamente hablando, el asentimiento radical a un modo de entender la vida como agradecimiento y como responsabilidad. Y era precisamente esos dos aspectos los que establecían un vínculo muy profundo con el campesinado. Rutilio se sentía agradecido por ese modo salvadoreño de ser en la vida, solidario, vinculado a la tierra y a la comunidad. Y al mismo tiempo se sentía responsable de que esa actitud solidaria y, hoy diríamos, ecológica y justa, fuera compartida por todos, “cada cual con su taburete”, como cantamos en las eucaristías inspirándonos en sus palabras. En una sociedad profundamente individualista y consumista como la actual, y al mismo tiempo tan dependiente de las apariencias y la propaganda, la figura de Rutilio, con su modo de entender la vida, continúa teniendo una dimensión desafiante no solo en el campo religioso sino también en la dimensión sociopolítica del ser humano. La actitud de agradecimiento resulta indispensable para lo que el Papa Francisco, en su última encíclica, Frattelli Tutti, llama amistad social. Y la responsabilidad se vuelve imprescindible cuando en el entorno domina la opresión del prójimo y la indiferencia o el silencio. Mientras la injusticia estructural y el pecado social rompen la cohesión de la comunidad humana e impiden el desarrollo del amor y la solidaridad, la comunión con el Dios amor (Padre bueno) produce un agradecimiento que se expande socialmente como fraternidad militante y como responsabilidad profética.

La amistad social la manifestaba especialmente Rutilio a través de su propio sentimiento de Iglesia. Seguidora de Jesús de Nazaret, la Iglesia no podía para este mártir salvadoreño separarse de la realidad de los pobres. En el rostro de los pobres veía el rostro sufriente del Señor al tiempo que surgía el deseo de liberar de su sufrimiento al oprimido. Asesinado poco antes de la reunión de la Conferencia Episcopal Latinoamericana en Puebla, junto con otros que corrieron la misma suerte que él por su defensa de los pobres, crearon un nuevo modo de actuar que los documentos de Puebla recogen como “proceso dinámico de liberación integral… que pertenece a la entraña misma de una evangelización que tiende hacia la realización auténtica del hombre” (Puebla, 480). En los números siguientes este documento episcopal define una serie de rasgos que en muchos aspectos reflejan este tipo de trabajo pastoral en la que se unían a la perfección las dos claves de un solo mandamiento que exige unir el amor a Dios y el amor al ser humano, tanto en la relación personal como en el acontecer histórico y estructural.

Este afán de cercanía con la historia y con las personas concretas cuaja en Rutilio a través de su dimensión eclesial, que es, o debe ser, a todas luces una dimensión profundamente comunitaria. Ama a su pueblo y a su gente, se siente pastor y hermano al mismo tiempo y trata de inculcar los valores comunitarios de fraternidad y solidaridad en todo grupo social con el que le toca trabajar. Desde los seminaristas con los que trabajó en el Seminario Mayor San José hasta los campesinos empobrecidos de Aguilares y El Paisnal junto a los cuales buscaba liberación y justicia. Fiel lector del Concilio Vaticano II, al que cita con frecuencia en sus escritos, junto con los documentos de la segunda Conferencia Episcopal Latinoamericana en Medellín, busca siempre que la comunidad cristiana se identifique y trabaje por acercarse a la comunidad del Reino de Dios. Su relación amistosa con obispos señeros de la Iglesia salvadoreña, como los Monseñores Chávez y González, Rivera Damas y San Óscar Romero, es fruto de esa entrega y servicio a los valores sociales y comunitarios expresados en su opción por los más pobres.                                                      Consciente de las divisiones existentes en la Iglesia en aquellos momentos, busca siempre unificar los carismas y ponerlos al servicio del bien común. No se desespera ante la lentitud de algunos procesos de conversión ni ante las diversas tendencias. Y aunque sufre con las divisiones, trata de orientar la realidad hacia la comunión. Su amor a los pobres hace que de un modo especial respete las devociones y costumbres, tratando, desde ellas, y no sin ellas, de enfocar todo hacia una vida cristiana eclesial consciente, responsable y solidaria.

En su trabajo pastoral y en sus escritos se advierte ese profundo respeto a la gente. La mayoría de sus escritos hacen referencia a su trabajo apostólico. Y nos descubren a un verdadero apóstol de los que en la actualidad definiría la Iglesia como miembro activo de una “Iglesia en salida”, así como “pastor con olor a oveja”. Está convencido de la necesidad que tiene la Iglesia y la sociedad de su tiempo de hombres nuevos, profundamente convertidos al seguimiento de Jesucristo y a la construcción de la comunidad cristiana eclesial. Piensa que sólo desde ahí existe la posibilidad auténtica de renovar adecuada y permanentemente las estructuras injustas o de pecado. Incluso en su método pastoral, privilegia la conversión y la profundización en la fe como comienzo de trabajo pastoral, sobre otros métodos más preocupados del análisis socioeconómico que de la vivencia religiosa. Cosa que se percibe especialmente en lo referente a la religiosidad popular, muy fuerte en las zonas rurales de El Salvador en aquellos años. Se opone a discursos o actitudes que lleven a la secularización o que desconcierten al campesino. Al contrario, respeta profundamente la religiosidad popular y la ve como un elemento básico para profundizar en la fe y la vida espiritual. El aprovechamiento de las devociones populares y la fidelidad personal a quienes trabajan en ellas se traslucen en sus escritos. Incluso en ocasiones, y dada su intensidad por respetar la religiosidad y cultura salvadoreña, se advierte en él cierto sufrimiento por el estilo demasiado alejado de la realidad cultural de algunos compañeros de apostolado. Hay en él una verdadera preocupación por congeniar espiritualidad intensa y libertad creciente, procesual, en la medida en que se avanza en la conversión y en la profundización en la fe. Incluso los análisis de la realidad nacional que aparecen entre sus papeles de estudio, están al servicio de la evangelización. Destaca en sus escritos la preocupación por una adecuada catequesis que lleve a vivir y hacer vivir una experiencia cristiana de comunión. En ella se centra especialmente en la familia, insistiendo en la defensa del matrimonio como escuela de solidaridad. Se preocupa por lo mismo de preparar adecuadamente a los novios, insiste en la educación de los hijos y en convertir a la familia en una auténtica “eclesiola” en la línea del Vaticano II.

En el contexto de una situación socialmente explosiva, en la que los justos reclamos de las mayorías populares se enfrentaban con una represión cada día más cruel y brutal, el P. Rutilio sufrió las acusaciones tan características de los regímenes represivos en aquellos años. En realidad era un hombre conocedor de la Doctrina Social de la Iglesia y comprometido con ella. Los ataques que recibe, e incluso las polémicas que mantiene en los periódicos, tienen como base su fidelidad al pensamiento social eclesial. Quienes le atacan no solo carecen de escrúpulos, sino que están acostumbrados a defender sus intereses con la fuerza bruta. Son momentos de cambio en El Salvador e incluso en la misma Iglesia, en la que chocan quienes tienen una visión religiosa espiritualista, individualista, ajena a la realidad temporal y excesivamente ritualista, con quienes viven simultáneamente la conciencia social que brota del Evangelio y el escándalo de una realidad social rota por la injusticia y la violencia de los poderosos. Rutilio une el recto entendimiento de la Doctrina Social de la Iglesia, con una teología latinoamericana preocupada por la situación los pobres, comprometida con el desarrollo de la fraternidad, la justa reivindicación de los derechos que brotan de la dignidad humana y cristiana, y el rechazo de la violencia. Como todos los profetas latinoamericanos de aquella época fue calificado de extremista y subversivo, aunque partiera en su predicación y en su labor pastoral de lo más hondo del Evangelio. La parábola del Evangelio de Mateo sobre el juicio final (Mt 25, 31-46), el programa que Jesús anuncia en Nazaret leyendo la profecía liberadora de Isaías (Lc 4, 16-21) le exigían un compromiso claro en la defensa de los derechos de los más pobres, y le llevaban a insistir en el pensamiento tradicional de la Iglesia sobre el destino universal de los bienes, traducido en El Salvador como el derecho de los campesinos a la tierra y al ingreso digno.

Su respuesta ante los ataques que recibía se basó más en la insistencia de los valores comunitarios y en la ejemplaridad de Jesús. Cuando advierte que se está dañando a los más pobres a través del abuso de poder, su lenguaje se fortalece y adquiere una dimensión profética y de denuncia. Pero une siempre siempre a la denuncia una clara exigencia de perdonar al enemigo e incluso “amar a los caínes”, como decía en su modo de predicar, tan impactante y gráfico. Esa defensa y cercanía con los pobres le llevó al final a morir en medio de ellos, un adolescente y un adulto mayor como símbolo de la universalidad de su proyecto evangelizador. Como decían los obispos en Puebla en 1978, “la denuncia profética de la Iglesia y sus compromisos concretos con el pobre le han traído, en no pocos casos, persecuciones y vejaciones de diversa índole. Los mismos pobres han sido las primeras víctimas de dichas vejaciones” (Puebla 1138). Morir con los pobres es seguir el camino de Jesús, que siendo rico se hizo pobre hasta en la muerte para enriquecernos solidariamente con la salvación, como dice Pablo en 2 Cor 8, 9.

3.- El espíritu de Ignacio

Todo este estilo pastoral y vivencia religiosa hace que la Iglesia salvadoreña lo sienta muy suyo. De hecho el proceso de beatificación se inició a petición del Arzobispado de San Salvador y no desde la Compañía de Jesús, orden a la que perteneció. Pero fueron también su dimensión religiosa y su carisma ignaciano los que le condujeron al testimonio apostólico, sellado finalmente con su sangre. La pertenencia a una comunidad religiosa no le aparta de la vivencia diocesana de la pastoral, sino que le potencia como persona de servicio y de unidad. Su vivencia honda de los Ejercicios Espirituales le lleva siempre a actualizar su reforma de vida cada año y a buscar el mayor servicio del prójimo como la mejor forma de impulsar la mayor gloria de Dios. Es detallista, exigente consigo mismo y se siente especialmente invitado a tener una plena confianza en el Señor. Lector asiduo, trata de mantenerse al día con lecturas, hace resúmenes de libros y lecturas y enfoca todo hacia un mejor y más eficaz apostolado. Practicante de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, que le llevan a una reforma permanente de su vida, se siente impulsado apostólicamente por la Congregación General XXXII de la Compañía de Jesús que da a todos los jesuitas la misión de promover una fe viva, íntimamente unida a la justicia.

Como buen jesuita había sido formado no solo en el amor radical a Jesucristo y a su Iglesia, sino también en una síntesis de los dinamismos universalistas y encarnacionales de su propia orden apostólica. Dinamismos que exigen siempre un control riguroso de sí mismo y una fuerte disponibilidad para enfrentar las tensiones de una vida y acción apostólica con frecuencia marcada por la cruz histórica o personal. El afán de servicio, el amor al pueblo salvadoreño y a su cultura, no se veía interrumpido por las limitaciones que todos podemos tener. Al contrario, tenía la capacidad de controlar todos aquellos rasgos de su carácter que pudieran perjudicar su servicio y apostolado. De carácter apasionado y, en ocasiones, muy detallista, ponía todas sus potencialidades al servicio del trabajo apostólico.                                                                              Aunque le tocó vivir tiempos y momentos duros, tensiones sociales e incluso comunitarias y religiosas que le sumieron en verdaderos momentos de crisis, nunca se apartó de un ejemplar servicio evangélico con y para sus parroquianos. A pesar de sus propias dificultades y crisis nunca dejó de ser cordial con la gente sencilla, alegre y generador de confianza, con una profunda paciencia y solidaridad para con los humildes y sencillos, ofreciéndoles siempre una sincera cercanía humana y un hondo equilibrio personal que infundía siempre serenidad y esperanza.

4.- Actualidad y ejemplaridad

Su vida, reconocida como martirial en toda su dimensión de servidor de Jesús hasta el derramamiento de su sangre, mantiene hoy en día, casi cincuenta años después de su sacrificio, un significado de permanente actualidad en nuestras tierras. El campo continúa abandonado. A pesar de ser un país de clara tradición agrícola, el hambre permanece como una herida sangrante entre nuestra población en pobreza. Los empresarios de la construcción arrasan con fuentes de agua, lugares arqueológicos y privan de sus derechos a los pobres, incluso metiendo en la cárcel a los defensores del medio ambiente. La pobreza, la violencia, la vulnerabilidad y la desigualdad continúan como problemas graves. La propaganda gubernamental de paz, felicidad y desarrollo, encubre las privaciones existentes. Y sus mensajes de felicidad se convierten rápidamente en insultos, amenazas y formas de persecución cuando las voces críticas recuerdan la pobreza o las violaciones estatales de Derechos Humanos. La corrupción, la arbitrariedad autoritaria, la debilidad de las instituciones, la escasa protección social, la ausencia de un diálogo sincero sobre los problemas socioeconómicos, el machismo, el abuso del débil, la tendencia a clasificar como amigos o enemigos según la crítica o la alabanza proferida, y la proliferación de un lenguaje de odio contra el pensamiento o la información crítica, continúan siendo un desafío para la convivencia y para cualquier proyecto de desarrollo justo y solidario.

Frente a esta dura realidad social, la vida y muerte de Rutilio, así como su resurrección en la vida de muchos salvadoreños, manifestada en la alegría de su beatificación y la de sus compañeros, nos invita a recuperar la profecía y la propuesta de un desarrollo democrático y social coherente con la igual dignidad de toda persona. Hoy tenemos más recursos que en el pasado, conocemos mejor las experiencias de otros pueblos, hemos desarrollado una mayor conciencia de la realidad, leemos mejores estudios y documentos que nos dan luz sobre la vida personal y social, la Doctrina Social de la Iglesia abarca cada día más la complejidad de las situaciones actuales. Nos queda como desafío “revitalizar nuestro modo de ser católico” (Aparecida 13), llenándonos de pasión misionera y evangelizadora, abriendo nuestra conciencia al clamor de los pobres, convirtiéndonos en profetas y testigos de una sociedad diferente en la que la fraternidad supere toda tendencia a dividirnos, clasificarnos y ubicar en la vida al prójimo y al hermano como superiores o inferiores. Rutilio fue un ejemplo hace casi medio siglo de lo que era revitalizar la fe en una situación compleja e injusta. Permanece para nosotros como impulso y fuerza, como ánimo y luz del espíritu. Que la celebración de su beatificación que marcó el inicio de este año, nos conduzca a la planificación y construcción de un futuro más fraterno y más justo.

José Mª Tojeira

Celebración mártires salvadoreños

 “ESTOS SON LOS QUE VIENEN DE LA GRAN TRIBULACIÓN” (Apoc 7, 14)

HOMILÍA DEL CARDENAL GREGORIO ROSA CHÁVEZ EN LA MISA DE BEATIFICACIÓN DE CUATRO MÁRTIRES, EL 22 DE ENERO DE 2022 EN LA PLAZA SALVADOR DEL MUNDO DE SAN SALVADOR

  1. Introducción

La imagen del Divino Salvador del Mundo que corona este monumento acoge hoy un simbólico rancho de paja, la humilde vivienda de nuestros campesinos, y nos invita a sentirnos una sola familia que retoma fuerzas para seguir caminando. Como los desterrados que vuelven a su casa, el pueblo salvadoreño ve en los mártires que hoy han sido inscritos en el libro de los beatos, una imagen de su propia historia, marcada por alegrías y esperanzas, por tristezas y angustias. En este caminar ha sentido a su lado al Señor tanto en los momentos duros como en los de gozo. “Al ir iban llorando -dice el Salmo que hemos cantado- llevando la semilla; al volver vuelven cantando, trayendo sus gavillas” (Salmo 126, 6). Hoy es un día glorioso porque estamos recogiendo la cosecha. ¡Y qué cosecha!

¿Quiénes estamos aquí? Somos una representación de todo el pueblo salvadoreño y hemos venido de todos los rincones de la patria. En nuestra asamblea hay humildes campesinos y campesinas que exultan de júbilo al ver que la Iglesia reconoce la santidad de quienes han dado la vida en su servicio. Hay también representantes de las comunidades que fueron pastoreadas por Fray Cosme y por el Padre Rutilio. Tenemos con nosotros -en la figura de Manuel Solórzano y del joven Nelson Rutilio- representantes de “esa inmensa multitud que nadie podía contar” (Ap 7, 9), es decir, de los innumerables mártires anónimos que forman parte de ese número simbólico de los setenta y cinco mil muertos que hemos llorado a lo largo de la lucha fratricida que nos desangró durante doce años y que terminó felizmente cuando las partes enfrentadas firmaron los Acuerdos de Paz.

¿Por qué estamos aquí? La respuesta es muy variada. Llenamos esta plaza y sus alrededores quienes hemos vivido esta experiencia intensamente, los que han experimentado en carne propia el drama de la violencia institucionalizada, de la violencia del conflicto armado y la violencia de todos los días. Los que hemos visto caer sin vida a personas muy amadas que no tenían nada que ver con el conflicto: son las víctimas civiles y los que “han escapado como un pájaro de la trampa del cazador” (cf. Salmo 124, 7). Están también los jóvenes que nos han acogido con amor y entusiasmo como voluntarios. ¡Qué hermoso verlos aquí! Tomen la antorcha de los mártires para seguir adelante como Iglesia. Y fuera de este escenario grandioso, a lo largo y ancho del país y del mundo, tantos hermanos y hermanas a los que saludamos con emoción desde el único país del mundo que lleva el nombre de Jesucristo.

Nos acompañan asimismo hombres y mujeres investidos de autoridad, llamados a ser instrumentos de diálogo y reconciliación mediante la búsqueda del bien común, así como representantes de países hermanos que forman parte del cuerpo diplomático. ¡Cuánto les debemos en ese largo camino que llevó al fin del enfrentamiento armado!

  • “Estos son los que vienen de la gran tribulación”.

Para iluminar la realidad martirial de la Iglesia en El Salvador hemos escuchado un texto del Apocalipsis. Al autor de ese libro sagrado contempla una “multitud inmensa que nadie podría contar de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en las manos”. Todos los que forman parte de esta multitud inmensa comparten un rasgo común: todos ellos “vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero” (Ap 7, 14).

De los cuatro mártires de El Salvador que acaban de ser beatificados, también se puede afirmar que “vienen de la gran tribulación” y “que han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero”. En efecto, la guerra fratricida en que con su martirio “lavaron sus vestiduras y las blanquearon con la sangre del Cordero”, puede ser descrita como una gran tribulación para nuestra querida patria.  ¿Cómo olvidar lo que este drama horrible trajo consigo?: odio, venganza, dolor, destrucción, terror, muerte, calumnias, estigmatización, son componentes perversos de “la gran tribulación” que compartieron con el pueblo indefenso. Como los mártires del Apocalipsis, su sangre derramada, con la que sellaron el testimonio supremo de su fe, se mezcló con la de todas las víctimas inocentes cuyos nombres ni siquiera son conocidos. Pero Dios sí los conoce y conoce su testimonio.

Esta sangre derramada, unida a la de Cristo es fuente de esperanza para nuestro pueblo. En primer lugar, porque en la persona de los mártires Dios ha reivindicado a todas las víctimas inocentes. Rutilio, Manuel, Nelson y Cosme, dan nombre a todas las víctimas inocentes ofrecidas en el sacrílego altar de los ídolos del poder, del placer y del dinero. La sangre derramada por nuestros mártires, asociada a la del sacrificio de Cristo en la cruz, es germen de reconciliación y de paz (cf. Ef 2, 14-16).  

Los cantos que hemos entonado reflejan bien la rica herencia que nos dejan. Rutilio, cuando devuelve la dignidad a los campesinos, que expresan su toma de conciencia y su compromiso mediante el Festival del Maíz, nos hace pensar con su bella parábola de la mesa con manteles largos en los que cada uno tiene un lugar “y a todos alcanza el con qué”.

Y aprendemos el himno en honor a Fray Cosme, “mártir de la reconciliación y de la paz”, cuando cantamos: “Devoto de la Eucaristía, celoso del templo de Dios, de enfermos y necesitados tú siempre fuiste bienhechor. Cercano al sufrimiento de pueblo, mediador en favor de la paz, tú fuiste hasta la muerte, un mártir, un siervo de Dios”.

La “gran tribulación” no vino sólo por las muertes violentas, sino también por los estigmas que marcaron injustamente a la mayoría de las víctimas. ¡Cuánto hay sufrido miles de familias ante la calumnia, la difamación y el desprestigio inmerecidos que hicieron aún más fuerte su dolor! La lengua, dice la palabra de Dios, puede servir para alabar a Dios y puede también volverse homicida. El Reino de Dios es todo lo contrario: es luz y verdad, es santidad y gracia, es amor, justicia y paz.

Los mártires que hoy veneramos eso fue lo que hicieron: continuar  la obra de Jesús, anunciando el Reino y haciéndolo presente durante treinta años de humilde pastoreo, como lo hizo Fray Cosme Spessotto; o en el ministerio del Padre Rutilio  tanto en sus labores de formador de sacerdotes como en el contacto con la dura realidad de los campesinos y marginados. Ellos fueron descubriendo a la luz del Evangelio, lo que San Pablo VI, en su visita a Colombia para inaugurar los trabajos del episcopado latinoamericano reunido en Medellín llamó “miseria no merecida”, previniendo contra la tentación de la violencia que produce los estallidos de la desesperación.

  • Es un testimonio que no podemos olvidar

Somos una Iglesia martirial, pero estamos bastante pasivos: no tenemos plena conciencia del tesoro que llevamos en vasijas de barro. Vale para nosotros lo que dijo el Papa Francisco en Nairobi, Uganda, en el año 2015: “Pidan la gracia de la memoria…  Con la sangre de los católicos ugandeses está mezclada la sangre de los mártires. No pierdan la memoria de esa semilla, para que, así, sigan creciendo”.

Pido al Señor que esta celebración nos despierte y nos ponga en camino. La memoria nos llevará a la fidelidad, es decir, al camino de la santidad. Pero memoria y fidelidad sólo son posibles con la oración. La primera urgencia es, por tanto, recuperar la memoria.

En América Latina el martirio está relacionado con la vivencia del Evangelio y de la doctrina de la Iglesia sobre todo después del Concilio Vaticano II y de la asamblea de Medellín. Un ejemplo evidente es Rutilio Grande quien, después de seguir en Ecuador el curso del IPLA (Instituto Pastoral Latinoamericano) y de haber compartido la experiencia de trabajo con campesinos e indígenas en la diócesis de Riobamba, en tiempos de Monseñor Leonidas Proaño, volvió a nuestro país con una clara e inequívoca opción por los pobres.

Él fue quien encabezó la lista de nuestros mártires. Le siguieron veinte sacerdotes, tres religiosas y una misionera estadounidenses y cientos de mártires anónimos. El más ilustre de los pastores es por supuesto Monseñor Romero, pero no podemos dejar de mencionar a otro obispo, Monseñor Roberto Joaquín Ramos, asesinado en junio de 1993. La presencia de dos laicos -Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus – son como una ventana para asomarse a la realidad de “una multitud inmensa que nadie podía contar” (Ap 7, 9).

  • Mueren perdonando

A Fray Cosme lo encontré una sola vez, cuando llegó al Seminario y me pidió que le mostrara los barriles de vino que servían para las misas de todo el país. En nuestra breve charla me contó que su padre era viñador y que el vino es un organismo vivo. Para ilustrarlo me recordó las palabras de Jesús: “A vino nuevo, odres nuevos”. ¿Quién iba a pensar que un sábado 14 de junio de 1980, el mismo año de la muerte violenta de Monseñor Romero y de las cuatros mujeres estadounidenses -tres religiosas y una misionera seglar- su sangre se uniría a la de Jesucristo, “el testigo fiel” ((Ap 1, 5)?.

Me llena de gozo ver cómo su comunidad parroquial  de San Juan Nonualco lo venera como pastor que no se distinguió por su elocuencia sino que, como su santo fundador, anunció el Evangelio, “si es necesario, también con palabras”. El título de “mártir de la reconciliación y de la paz”, destaca bien su perfil de fiel seguidor de Jesús. En el fragor de la guerra, no rehuyó el peligro ni dejó de defender a su rebaño ante las autoridades militares y los grupos insurgentes. Y a muchos jóvenes que encontró en el campo de batalla les recordó que él les había bautizado y les exhortó a dejar el camino de la violencia. Igual que pasó con Rutilio, su palabra no fue escuchada pero quedó claro que nunca la violencia será el camino para alcanzar la paz.

La misma idea expresó Monseñor Romero en la misa exequial del Padre Rutilio y sus compañeros: “El amor verdadero es el que trae a Rutilio Grande en su muerte, con dos campesinos de la mano. Así ama la Iglesia; muere con ellos y con ellos se presenta a la trascendencia del cielo. Los ama, y es significativo que mientras el Padre Grande caminaba para su pueblo, a llevar el mensaje de la misa y de la salvación, allí fue donde cayó acribillado. Un sacerdote con sus campesinos, camino a su pueblo para identificarse con ellos, para vivir con ellos, no una inspiración revolucionaria, sino una inspiración de amor y precisamente porque es amor lo que nos inspira, hermanos”. Y añadió, dirigiéndose a los asesinos: “¿Quién sabe si las manos criminales que cayeron ya en la excomunión están escuchando en un radio allá en su escondrijo, en su conciencia, esta palabra? Queremos decirles, hermanos criminales, que los amamos y que le pedimos a Dios el arrepentimiento para sus corazones, porque la Iglesia no es capaz de odiar, no tiene enemigos. Solamente son enemigos, los que se le quieren declarar; pero ella los ama y muere como Cristo: ¿Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen’” (Homilía, 14 de marzo 1977). Fray Cosme nos dio la misma lección, cuando en su breve testamento,  que pidió abrir “en caso de una muerte inesperada”, estaba  el texto que todos conocemos: “Presiento que, de un momento a otro, personas fanáticas me pueden quitar la vida. Pido al Señor que, a momento oportuno, me dé fortaleza para defender los derechos de Cristo y de la Iglesia. Morir mártir sería una gracia que no merezco. De antemano perdono y pido al Señor la conversión de los autores de mi muerte”.
  • La Iglesia martirial es una Iglesia en camino

Nuestros mártires pueden ayudarnos a recuperar la memoria y la esperanza para que no renunciemos al sueño de un país reconciliado y en paz, un país como lo quiere nuestro Dios: justo, fraterno y solidario. Para ello hace falta recuperar “el espíritu de los Acuerdos de Paz” y la “hoja de ruta” que allí se trazó.

Y hace falta  que quienes nos profesamos discípulos y discípulas de Jesucristo, miembros todos del “santo pueblo fiel de Dios”, nos convirtamos en testigos creíbles, es decir, en una Iglesia martirial, una Iglesia de testigos. ¿Cómo es la Iglesia martirial que sueña el Papa Francisco? El Santo Padre la describe  de distintas maneras: es una Iglesia que “vive la dulce alegría de evangelizar”; una Iglesia en salida; una Iglesia que sale a la calle, corriendo el riesgo de tener un accidente; una Iglesia “hospital de campaña”; una Iglesia que muestre el rostro de Dios Padre: cercano, tierno y misericordioso; una Iglesia que hace presente el Reino de Dios; una Iglesia donde todos se sientan “en casa”; “una Iglesia pobre para los pobres”.

Soñemos esta noche en una Iglesia martirial y sinodal, en la que todos caminemos juntos hacia esa meta que llamamos el Reino de Dios, reino de justicia, de amor y de paz que nuestros mártires han  construido con la efusión de su sangre.  Una Iglesia en camino no se detiene nunca. Y el camino es Jesucristo. María, nuestra Señora de la Paz encabeza nuestra peregrinación. Que ella nos lleve a Jesús, el único Salvador del Mundo, camino, verdad y vida.

Nuevos beatos en El Salvador

Beatificación de Rutilio Grande aviva la urgencia de su mensaje

El Vaticano declaró beatos a Rutilio Grande, Nelson Rutilio Lemus y Manuel Solórzano, asesinados en marzo de 1977 en El Paisnal por escuadrones de la muerte; y también al sacerdote de origen italiano Cosme Spessotto, asesinado en 1980 en el departamento de La Paz. El cardenal Gregorio Rosa Chávez, designado por el Papa Francisco como delegado especial, aprovechó la ceremonia para lanzar un llamado a “recuperar el espíritu de los Acuerdos de Paz” así como “la hoja de ruta” que se trazó. Para algunos sacerdotes, esta beatificación representa un reclamo vigente de verdad y justicia y llega en un momento en el que “la voz de la gente está secuestrada”.

Julia Gavarrete

Con un contundente llamado del cardenal Gregorio Rosa Chávez a recuperar la memoria histórica y el espíritu de los Acuerdos de Paz, el Vaticano declaró beatos este 22 de enero al padre jesuita Rutilio Grande, Nelson Rutilio Lemus, Manuel Solórzano y fray Cosme Spessotto. La ceremonia de beatificación fue presidida por el cardenal frente a cientos de feligreses que se congregaron frente a la plaza del Divino Salvador del Mundo, en San Salvador. Entre los asistentes destacó la ausencia del presidente Nayib Bukele, y la presencia de altos representantes del oficialismo, como el presidente de la Asamblea Legislativa, Ernesto Castro, o el alcalde de la capital, Mario Durán. La semana antepasada, la Asamblea controlada por Bukele derogó dos decretos legislativos para eliminar la conmemoración de los Acuerdos de Paz, ocurridos el 16 de enero de 1992 en México.

La ceremonia de beatificación tuvo un protagonista principal, el sacerdote jesuita Rutilio Grande, asesinado por escuadrones de la muerte el 12 de marzo de 1977, cuando se dirigía de Aguilares, de donde era párroco, hacia El Paisnal, en el norte de El Salvador, a oficiar una misa junto con sus acompañantes, Solórzano, de 72 años, y Lemus, de apenas 16. En el tiroteo murieron esos dos acompañantes y el padre Grande, que constantemente alzaba la voz para denunciar la situación de represión militar y desigualdad que se vivía en el país. Sobrevivieron tres niños que viajaban con ellos.

Tres años después de la masacre, fue asesinado el italiano fray Cosme Spessotto mientras oraba frente al altar de su parroquia en San Juan Nonualco, La Paz. Todo apunta a que Spessotto también fue asesinado por escuadrones de la muerte debido a la intensa denuncia de violaciones a los derechos humanos que realizaba. 

El padre Rutilio Grande fue declarado beato de la Iglesia Católica este sábado 22 de enero durante  una ceremonia celebrada por el cardenal Gregorio Rosa Chávez en la plaza Divino Salvador del Mundo, de San Salvador. Foto de El Faro: Víctor Peña.

El inicio de la ceremonia estuvo marcado por mensajes de reconocimiento al martirio de la iglesia salvadoreña y de toda la sangre que fue derramada en defensa de la fe y los derechos humanos, y fue casi al final cuando los Acuerdos de Paz tomaron protagonismo. El cardenal Rosa Chávez, en su homilía, destacó su importancia al recordar el final de una “lucha fratricida” y por la que “hemos llorado a cerca de 75,000 muertos”. 

“Nuestros mártires pueden ayudarnos a recuperar la memoria para que no renunciemos al sueño de ver a nuestro país reconciliado y en paz”, sostuvo Rosa Chávez. “Para ello, tenemos que recuperar el espíritu de los Acuerdos de Paz y la hoja de ruta que ahí se trazó”, promulgó frente a autoridades eclesiales, invitados, cuerpo diplomático y funcionarios de Gobierno, entre los que también estuvieron el vicepresidente de la República, Félix Ulloa, y la ministra de Vivienda, Michelle Sol. Sus palabras le generaron mensajes de repudio en redes sociales de parte de algunos de los más reconocidos seguidores de Bukele, que lo acusaron de politizar la ceremonia.

“¿Cómo olvidar lo que este drama horrible trajo consigo? Odio, venganza, muerte, calumnia, estigmatización. Son componentes perversos”, continuó el cardenal. Este reconocimiento a los Acuerdos de Paz de 1992 ocurre en un contexto en el que el Gobierno de Bukele decidió no conmemorar oficialmente la fecha.

“La inmensa mayoría de salvadoreños decidimos no celebrar los Acuerdos de Paz. Nuestra Asamblea Legislativa, electa por el pueblo en elecciones libres, ha derogado con 3/4 de los votos el decreto de celebración y ha declarado el Día de las Víctimas del Conflicto Armado”, escribió Bukele el 16 de enero pasado en su cuenta de Twitter. En algunos sectores, esto fue interpretado como un nuevo ataque a la raquítica oposición política del país que fue protagonista de esos acuerdos, y que está representada principalmente por los partidos FMLN y Arena.

 “La primera urgencia es, por tanto, recuperar la memoria. Un ejemplo evidente es Rutilio Grande, que después de seguir en Ecuador (…) y de haber compartido la experiencia de trabajo con campesinos, volvió a nuestro país con una clara e inequívoca opción de nuestros pobres”, destacó el cardenal. 

Pascual Cebollada, postulador general de la Compañía de Jesús, fue el encargado de llevar a cabo el proceso para la beatificación en Roma de Rutilio Grande, Nelson Lemus y Manuel Solórzano. “Consciente del gran peligro que corría su vida y convencido de que debemos hacer siempre lo que Dios quiere, días antes de morir, el padre Rutilio había declarado: ‘el odio no cabe en un cristiano, aunque nos apaleen y nos quiten la vida, tenemos que seguir amando y perdonando’”, dijo Cebollada al leer la biografía del padre asesinado. Fray Claudio Bratti fue el vicepostulador de la causa de Cosme Spessotto por parte de la Orden de Frailes Menores. Compañero y amigo de Spessotto, Bratti siguió de cerca su causa.   

En medio de la ceremonia fue develada una gigantografía con la imagen de los cuatro beatos. El rector de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA), Andreu Oliva, que ha sido constantemente atacado en el discurso del oficialismo, aprovechó los últimos minutos para destacar la labor que hicieron los mártires, y que pagaron con su vida. “Que estén dos personas laicas, dos sacerdotes de distintas congregaciones, nos muestra que el proyecto del reino de Dios, la causa del evangelio, es una causa que nos une a todos”. 

El reclamo de verdad y justicia 

El reconocimiento del Vaticano al declarar beatos a cuatro figuras que fueron martirizadas reconoce, según la jerarquía de la Iglesia, una “manera de predicar y de vivir”. Para el padre Edwin Henríquez, vicepostulador de la causa de Rutilio Grande, era necesario culminar este proceso, ante toda duda o crítica que ha existido sobre la figura del sacerdote y de muchos otros que perdieron su vida por su trabajo con la comunidad.

“A lo largo de estos 44 años ha habido mucho lodo, ha habido mucha gente que ha hablado mal (de Rutilio Grande) y que ha entendido la labor del padre desde el punto de vista político y esto no es así: la labor del padre es desde el evangelio”, comentó.  

El vicepostulador puso un ejemplo: Monseñor Óscar Arnulfo Romero. Aseguró que no se puede entender a Romero sin antes conocer a Rutilio Grande. “Esta beatificación es importante porque nos va ayudando a entender más a Monseñor Romero y cómo los dos vivieron el evangelio de Jesús, el único, que es el que transforma vidas”. El asesinato de Rutilio ocurrió cuando Romero ya había tomado posesión de la Arquidiócesis. Eso generó presión en Romero, porque el asesinato de su amigo se sumaba a la larga lista de asesinatos políticos ocurridos en el país en aquel momento, cuando la guerra estaba a punto de estallar.

Ese carácter martirial de la Iglesia Católica, según el padre Rodolfo Cardenal, miembro de la comisión de beatificación de Rutilio Grande y una de las personas que más conoce la vida del sacerdote asesinado, queda ratificado con esta beatificación: “Porque no solo es Rutilio, hay más de 20 sacerdotes asesinados, hay religiosas, y laicos, como el caso del padre Rutilio, que van dos laicos como beatos (acompañándolo), porque fueron asesinados con él”, comentó a El Faro. 

Para Cardenal, la beatificación también representa “un reclamo de verdad y justicia” por todos los casos que nunca fueron investigados ni juzgados: “Es una oportunidad para poder rectificar”. “Dado que han decidido que el 16 de enero (fecha de los Acuerdos de Paz) sea para conmemorar a las víctimas, lo menos que (desde el Estado) podían hacer para darle contenido a ese cambio es acelerar los procesos que no se han llevado a cabo”, comentó respecto a la acción de la Asamblea Legislativa de cambiar el sentido de la conmemoración del fin de la guerra. 

 “En el caso de Rutilio, Nelson y Manuel sabemos que fue un escuadrón de la muerte que salió de la Guardia Nacional. Si eso lo averiguamos nosotros sin tener los recursos que tiene la Policía y el fiscal, ellos pueden hacer mucho más y más rápido”, dijo Cardenal a El Faro. 

El padre Octavio Cruz, quien fue alumno de Rutilio Grande tanto en bachillerato como en el seminario católico, explicó a El Faro que en el momento del asesinato del padre Grande, la Iglesia Católica estaba entrando en una etapa a la que tiempo después se llamó “Nueva Evangelización”. A partir del Concilio Vaticano II y el Documento de Medellín, hay una visión de Iglesia a la que se le llama “en salida”; es decir, ir a evangelizar. Esa evangelización llevaba a la par un trabajo de formación para que la feligresía tomara conciencia de sus derechos. “Aunque sabíamos que estábamos en riesgo, era con lo que contábamos, eso no nos hacía desistir”, contó a El Faro. 

Octavio Cruz, ahora párroco en Cojutepeque, siguió de cerca el trabajo de Rutilio Grande durante los años 74 y 75. Luego del asesinato, Romero encomendó a Cruz continuar con el legado del padre Grande en la parroquia de Aguilares. Ahí estuvo Cruz hasta el 81, ya tras el estallido la guerra. En los años que estuvo trabajando junto a Rutilio Grande, Cruz atestiguó cómo el sacerdote confrontaba a empresarios cañeros por tratos y pagos injustos contra cortadores de caña. “Sin embargo, el padre Tilo -como le llamaban a Rutilio-, su predicación, era apegada a la justicia, al cumplimiento de las leyes. Era lo que se pedía”, sostuvo Cruz. 

Lo que Rutilio Grande pedía a su pueblo, reiteró Cardenal, es que usaran su voz para hacerse oír. Algo como lo que podría pedirse hoy en día a la sociedad salvadoreña en un momento “en que la voz de la gente está secuestrada”. “Es un llamado a la población y a la sociedad a decir: ‘tienen voz, digan ustedes lo que tienen’”, dijo Cardenal.  

En la beatificación, el cardenal Rosa Chávez continuó: “El pueblo salvadoreño ve en los mártires una imagen de su propia historia, marcada por alegría y esperanzas; por tristezas y angustias”.

Unas cuadras más abajo del Divino Salvador del Mundo, unas 100 personas se congregaron frente a una tarima cuadrada. Aunque sabían que no podrían ingresar a la zona destinada para los invitados de la ceremonia, esperaron entonando música de protesta y escuchando testimonios relacionados con la vida del padre Grande. Había gente de las Comunidades Eclesiales de Base -que tanto promovió el ahora mártir-, de organizaciones y movimientos sociales que nacieron tras los Acuerdos de Paz. Había familiares de desaparecidos, víctimas de la violencia social y alguna gente organizada que se opone a megaproyectos urbanísticos que amenazan con afectar el medio ambiente. 

Un hombre tomó el micrófono para hacer una invitación abierta a la fiesta en El Paisnal, dirigida a quienes no tuvieran una tarjeta para entrar a la beatificación. “Vámonos a El Paisnal, los que puedan, vamos a celebrar”, dijo. “Pero no olviden recordar las palabras de Rutilio: ‘Nos tenemos que salvar en racimo, en mazorca, en matata, o sea, en comunidad’. ¡Qué viva Rutilio!”, exclamó con euforia antes de que la ceremonia iniciara.