Síntesis de la Fase Diocesana del Sínodo

Ha llegado la hora de los laicos en la Iglesia

Por Prisciliano Cordero del Castillo

El informe de la CEE Síntesis sobre la fase diocesana del Sínodo sobre la sinodalidad de la Iglesia que peregrina en España, publicado el 11 de junio de 2022, resume el trabajo realizado en la primera fase del Sínodo en las distintas diócesis, parroquias y agrupaciones de la Iglesia en España. En esta primera fase «han participado 14.000 grupos sinodales que han implicado a más de 215.000 personas, en su mayor parte laicos, también consagrados, religiosos, sacerdotes y obispos. Se han involucrado las 70 diócesis, con 13.500 grupos parroquiales, numerosas congregaciones religiosas y 11 Confer regionales, 215 monasterios de clausura, 20 Cáritas diocesanas, 37 movimientos y asociaciones laicales, 21 institutos seculares», según dice el mismo informe.

El Sínodo, entre otras aportaciones, ha puesto de manifiesto las dos realidades de la Iglesia: el clericalismo y el laicado.  Los clérigos creen tener todas las respuestas y el poder para decir a los fieles lo que pueden y no pueden hacer.  Los laicos, por su parte, creen que el trabajo en la iglesia es cosa de los curas.  A los laicos nunca se les ha pedido que hagan otra cosa que rezar, colaborar económicamente y obedecer, entonces pueden pensar, ¿para qué molestarse? Esa realidad fue sostenible cuando había muchos sacerdotes y religiosos.  Pero hoy, la situación ha cambiado, el número de sacerdotes y religiosos se ha reducido tanto que la Iglesia está en serio declive.

El Papa Francisco se ha enfrentado al clericalismo, diciendo a los obispos que no actúen como príncipes y a los sacerdotes que sean más pastores.  Con el Sínodo también está llamando a los laicos a dar un paso adelante y ocupar su puesto en la iglesia. En este proceso sinodal es especialmente importante que el clero escuche a los laicos, pero también es importante que los laicos se escuchen unos a otros.

En las sesiones sinodales se denunciaron las heridas causadas por el escándalo de la pederastia en la iglesia y, en ocasiones, por el abuso de poder, que han creado una necesidad de curación y un fuerte deseo de comunión y sentido de pertenencia.

Además, en estas sesiones se puso de manifiesto el deseo de los laicos de «acercarse a Dios y a los demás a través de un conocimiento más profundo de las Escrituras, la oración y las celebraciones sacramentales, especialmente la Eucaristía».

Las cuestiones más destacadas, referidas al interior de la Iglesia y a su papel en la sociedad: «Comunión, comunidad, escucha y diálogo, corresponsabilidad, formación, presencia pública y misión», han estado presentes en las aportaciones de los grupos sinodales.

 Pero junto a ellas, aparecen con fuerza algunos temas específicos, como: el papel de la mujer en la Iglesia; la escasa presencia y participación de los jóvenes en la Iglesia; la familia como ámbito prioritario de evangelización; el tema de los abusos sexuales y de poder; la necesidad de institucionalizar y potenciar los ministerios laicales; el diálogo con las demás confesiones cristianas y con otras religiones.

También señala el informe de la CEE algunas otras cuestiones relevantes que han surgido en el diálogo sinodal. Estas son: potenciar la presencia de la Iglesia en el mundo rural; la religiosidad popular como cauce de evangelización en un mundo secularizado; la pastoral de los mayores; la atención a determinados colectivos, tales como presos, enfermos o inmigrantes; el celibato opcional en el caso de los presbíteros y la ordenación de casados; y también el tema de la ordenación de las mujeres.

A la luz del trabajo realizado, «el deseo más común mencionado en las consultas sinodales fue el de ser una Iglesia más acogedora, donde todos los miembros del Pueblo de Dios puedan encontrar un acompañamiento en el camino».

La Iglesia española siente la necesidad de caminar juntos en los aspectos que la definen: la comunión y la misión. Esta llamada implica: crecer en sinodalidad, promover la participación de los laicos y superar el clericalismo. «La promoción del laicado implica y exige la superación del clericalismo como una inercia de tiempos pasados, en los que todas las responsabilidades recaían en la figura del sacerdote. Esa superación implica también vencer la pasividad y la falta de implicación de muchos fieles laicos en la edificación de la Iglesia».

Por último, el informe del Sínodo, plantea una serie de propuestas a nivel parroquial, diocesano y de Iglesia universal.

Todo este trabajo parece estar en sintonía con el papa Francisco cuando dice: «La gente quiere que la Iglesia sea un hogar para los heridos y quebrantados, no una institución para los perfectos. Quieren que la Iglesia encuentre a las personas donde están, donde sea que estén, y camine con ellas en lugar de juzgarlas». Nada de esto puede sorprender a quienes estén familiarizados con la investigación de encuestas sobre el laicado católico.  Lo que es nuevo aquí es un proceso respaldado por el Papa que permite a los laicos exponer públicamente sus puntos de vista. Los laicos ya han hablado. ¿Habrá alguien que los escuche?

Sesenta años del Concilio Vaticano II

Sesenta años del Concilio Vaticano II: «El Papa Francisco urge revivirlo»

«Los sumos sacerdotes del ‘Siglo de las Luces’ entronizaron a la ‘razón’ como diosa y decretaron que la religión cristiana era oscurantista y enemiga del progreso»

«Juan XXIII, elegido Papa en 1958, tras dos guerras mundiales, sentía que este mundo hambriento de bondad y de inteligencia aplicada para el bien necesitaba de Evangelio, y una mañana se sintió inspirado a convocar un concilio ecuménico católico»

«En un mundo tan cambiante este Concilio no es un encuentro que termina y se cierra en 1965. Así lo vivimos ahora, 60 años después, cuando el papa Francisco con convicción y valentía urge revivir el Concilio»

«…la religión del Dios que se ha hecho hombre se ha encontrado con la religión –porque tal es– del hombre que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido?»

 Por Luis Ugalde, s.j.

(Revista SIC).- Hace un par de siglos los avances de la ciencia y de la racionalidad deslumbraron a Europa y contribuyeron a su revolución industrial y cultural. Los sumos sacerdotes del “Siglo de las Luces” entronizaron a la “razón” como diosa y decretaron que la religión cristiana era oscurantista y enemiga del progreso. Según ellos, bastaba la luz de la razón para hacer un mundo feliz y para ese fin, era necesario encerrar a la Iglesia en la sacristía. Como la Iglesia venía instalada en una especie de monopolio del saber humano, el siglo XIX fue de enfrentamientos duros entre ella y la Ilustración racionalista con mutuas acusaciones y exclusiones.

En el siglo XX las dos terribles guerras mundiales con unos cien millones de muertos, protagonizadas por los Estados con más poder científico-racional, demostraron que la ciencia y la racionalidad instrumental no solo producen increíbles progresos para la vida, sino que también potencian brutalmente la capacidad de matar y de crear un mundo inhumano.

¿Quién decide que la racionalidad instrumental se aplique a favor de la vida o la muerte? Algo tan frágil como la libertad y la conciencia humana deciden el uso de la ciencia y la razón, ya no como diosa absoluta sino como instrumento valioso. Para producir la liberación humana de personas y sociedades, es imprescindible una fuerza espiritual capaz de aplicar la racionalidad a favor de una humanidad solidaria y sin fronteras. No hay vida sin la brújula y el corazón del amor y solidaridad.

Juan XXIII (anciano elegido Papa en 1958) sentía que este mundo hambriento de bondad y de inteligencia aplicada para el bien necesitaba de Evangelio, y una mañana se sintió inspirado a convocar un concilio ecuménico católico, de esos que solo ha habido 21 en 2000 años. Cuando la comisión preparatoria del Concilio le entregó un esquema hecho para analizar y condenar los errores del mundo moderno pensó que ese no era el Concilio que Dios le inspiraba, y que más bien la Iglesia debía preguntarse –con mucha libertad– a qué se debía el divorcio creciente entre el mundo moderno y el Evangelio de Jesús. Por qué no lograba brindar a los hombres y mujeres de hoy la alegría de Jesús de Nazaret, rostro humano de un Dios que es Amor y Vida. No una vida efímera que termina en el sepulcro.

En el Concilio Vaticano II, 450 obispos de todo el mundo examinaron con ojos críticos la propia casa de la Iglesia; empezó el 11 de octubre de 1962, se desarrolló en 4 etapas y concluyó en diciembre de 1965. Una travesía difícil y exitosa que llegó a acuerdos inspiradores para el mundo expresados en 9 decretos, que exigen renovación de la propia Iglesia liberándose de deformaciones históricas que desfiguran el mensaje de Jesús de Nazaret, abrazo de Dios a la humanidad, valorando la tradición desarrollada con su Espíritu. El Concilio se desarrolló con gran libertad y se expresaron las divergencias. No faltaban obispos a los que les costaba entender que lo único que da sentido a la Iglesia es comunicar el mensaje de Jesús como abrazo de Dios a la humanidad; y para ello hay que cambiar algunos viejos ropajes, que a veces son un lastre que desfigura.

En un mundo tan cambiante este Concilio no es un encuentro que termina y se cierra en 1965, sino un espíritu que debe mantener abierta a la Iglesia para que circule la brisa del Espíritu desde Jesús hacia la Humanidad y desde esta hacia Cristo resucitado. Naturalmente es una tarea difícil y que genera tensiones en la misma Iglesia. Así lo vivimos ahora, 60 años después, cuando el papa Francisco con convicción y valentía urge revivir el Concilio.

El mundo ha cambiado de 1962 a 2022, pero la respuesta es la misma de Jesús que se encarna de diverso modo en cada persona y país, y con cada tema donde está en juego la vida, el sentido de la humanidad con la presencia de un Dios que es Amor. Muchos prefieren un Jesús en las nubes de su gloria y no el encarnado en este mundo, dando vida y esperanza a millones de hombres que carecen de ellas.

Pablo VI en su precioso discurso de clausura menciona y responde a las acusaciones de mundanidad de algunos obispos: “Tal vez nunca como en esta ocasión –dice el papa– ha sentido la Iglesia la necesidad de conocer, de acercarse, de comprender, de penetrar, de servir, de evangelizar a la sociedad que la rodea y de seguirla…”. Y añade que debido en parte a “las distancias y las rupturas ocurridas en los últimos siglos” y este deseo de acercarse con la buena nueva ha llevado a algunos a acusarla de ocuparse más del mundo que de Dios y sugerir que “un tolerante y excesivo relativismo al mundo exterior… a la moda actual… al pensamiento ajeno, haya estado dominando a personas y actos del Sínodo ecuménico a costa de la fidelidad debida a la tradición y con daño de la orientación religiosa del mismo Concilio”.

El Papa no está de acuerdo y más bien ve que en el Concilio:

…la religión del Dios que se ha hecho hombre se ha encontrado con la religión –porque tal es– del hombre que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, una condenación? Podría haberse dado, pero no se produjo. La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo… La religión de nuestro Concilio ha sido principalmente la caridad, y nadie podrá tacharlo de irreligiosidad o de infidelidad al Evangelio por esta principal orientación.

El documento conciliar sobre “La Iglesia en el Mundo Moderno” abre con un párrafo maravilloso que ha de inspirar permanentemente la renovación en la Iglesia:

Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los más pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón.

Formación en la Sinodalidad

Monseñor Luis Marín: «No hay sinodalidad si no se vive la eclesialidad»

Después de más un año de trabajo sabemos realmente… ¿De qué se trata el Sínodo?»

«Es la pregunta que formuló monseñor Luis Marín de San Martín, subsecretario del Sínodo al iniciar la conferencia virtual sobre Formación en la Sinodalidad»

«Frente al momento que vive a Iglesia Monseñor Luis Marín habló de la importancia de formarse en la sinodalidad y con una formación de estilo sinodal, en donde el corazón esté abierto a la conversión»

«El obispo español asegura que será necesario formar en la opción por Cristo, partiendo de la experiencia del resucitado, adoptando la dimensión eclesial y el carácter comunitario que brota del Bautismo»

 Por Paola Calderón

Después de más un año de trabajo sabemos realmente… ¿De qué se trata el Sínodo? fue la pregunta que formuló Monseñor Luis Marín de San Martín, subsecretario del Sínodo al iniciar la conferencia virtual sobre Formación en la Sinodalidad.

Una actividad académica organizada por los formadores del Seminario San Carlos y San Marcelo de la arquidiócesis peruana de Trujillo, de la cual es arzobispo Monseñor Miguel Cabrejos, presidente del Celam y que por estos días celebran con alegría los 397 años de fundación del centro formativo.

Al dirigirse a los seminaristas Monseñor Luis Marín de San Martín, recordó que en los inicios del proceso era recurrente la relación entre el término Sínodo y la instancia que congrega a los obispos, confusión que motivó diversas acciones para explicar que el Sínodo debe entenderse como una elección para los cristianos, cuyo objetivo no es la reestructuración de la Iglesia, ni el método escogido para elevar los niveles de eficacia pastoral, mucho menos un encuentro sociológico para el intercambio de saberes.  “En realidad, ya estamos viviendo el sínodo,” afirmó. Se trata de hacer una opción cristiana por la coherencia, teniendo presente que no hay sinodalidad si no se vive la eclesialidad.

Un proceso que invita a escuchar al Espíritu Santoque inspira e ilumina de forma inclusiva y participativa. Para ello, el prelado indicó que es necesario comprender que no se trata de un proceso defensivo, por el contrario, es un camino en el que todos pueden participar porque, «somos la respuesta de Dios en este momento de la historia,» y es algo que no puede ocurrir solo desde el contexto individual, sino desde lo comunitario, es decir, desde la Iglesia. “La coherencia con Cristo nos impulsa a la misión y no a la autocontemplación,” agregó.

Los obstáculos

El proceso sinodal no ha estado exento de obstáculos y Monseñor Marín advierte que pueden presentarse los personales como los miedos y egoísmos de los cristianos que se manifiestan en el hábito de no escuchar, el no discernir la voz de Dios, el lanzarse a dar opiniones para mostrar planes ideológicos que en el fondo solo intentan convencer a los demás, tomando el nombre de Dios como herramienta.

“Vamos a escuchar a ver que nos dice el Espíritu,” afirma Monseñor Marín al tiempo que invita a superar el deseo de hacer política o la tentación de criticar desde fuera sin haber participado, sin dejarse interpelar por el llamado a la misión. “Debemos estar atentos a escuchar para buscar consensos, porque la Iglesia no está para hacer imposiciones” y debe evitarse la ansiedad por el poder, porque “el verdadero criterio no es el poder sino el servicio”. “El sínodo no quiere destruir la Iglesia, sino todo lo contrario. Yo amo apasionadamente a la Iglesia y quiero ayudarla y servirla con todas mis fuerzas. El objetivo es vivir de forma coherente nuestra fe. Por eso resulta muy triste que a veces vendamos ideología y no Evangelio. De ahí la importancia de apelar al discernimiento comunitario, que debe ser siempre en el Espíritu Santo”.

Las luces

Así como se han presentado dificultades en el camino sinodal también están los aspectos positivos, las luces que brillan dentro del proceso entre los  que se destaca la notable participación de los laicos. Un entusiasmo que permite constatar el surgimiento de la corresponsabilidad efectiva de los creyentes, esa necesidad de implicarse en el proceso renovador de la Iglesia que también debe traducirse en la toma de decisiones desde los diferentes niveles.

Frente al momento que vive a Iglesia Monseñor Luis Marín habló de la importancia de formarse en la sinodalidad y con una formación de estilo sinodal, en donde el corazón esté abierto a la conversión, se viva en humildad, con la suficiente disponibilidad para el amor, entendiendo que quienes se hallan en los márgenes representan un lugar teológico por el cual vale la pena trabajar, entregar.

Esta formación, desde la opinión del prelado, debe fundamentarse en el Evangelio, la aceptación y valoración de la riqueza eclesial; redescubriendo el valor de la Eucaristía. En realidad, afirma Monseñor Marín,  es el Señor quien llama a la puerta y espera una respuesta de nosotros desde la perspectiva espiritual. Abierta a la acción del Espíritu Santo, considerándolo como el dador de vida. Así -agrega- la oración dejará de vivirse como un evento para constituirse en un ámbito de conexión con Dios. Desde luego, este proceso nos llevará a hacer un discernimiento verdadero, capaz de cumplir la voluntad de Dios para el ahora.

Ante esta necesidad de formación en la sinodalidad y de forma sinodal, Monseñor Luis Marín propuso algunas claves formativas que superan la trinchera individual para valorar la riqueza del hogar, abandonando la condición de privilegio de laicos y consagrados, se trata de bajarse del pedestal para entregarse a la comunión.

Las propuestas

En este sentido el obispo español asegura que será necesario formar en la opción por Cristo, partiendo de la experiencia del resucitado, adoptando la dimensión eclesial y el carácter comunitario que brota del Bautismo, dispuestos a vivir la apertura y la integración, respetando y valorando la diversidad.

Una formación en la humildad y el servicio para que la corresponsabilidad sea un ejercicio propio del ministerio, donde la actitud de la escucha sea fundamental, así como el diálogo para el discernimiento de la realidad. Una formación en el conocimiento del mundo y las exigencias evangelizadoras.

Dentro de las propuestas para la profundización teológica que acompañarían este tipo de formación en la sinodalidad, Monseñor Luis Marín insiste en caracterizar este tipo de formación en la sinodalidad para que se relacione con temas como la eclesiología del pueblo de Dios, la eclesiología de comunión, la perspectiva ecuménica, el diálogo interreligioso e intercultural y la vivencia de los sacramentos; así como la evangelización y la misión compartida.

Lo más importante advierte Monseñor Marín es que se viva a plenitud el carisma y la vocación individual, tranzándose como horizonte de felicidad, la santidad que se mantiene fuera de las élites y asumiendo con creatividad las estructuras sinodales.

Para cerrar su conferencia Monseñor Luis Marín, mencionó las características de la fase continental del Sínodo y exhortó a los jóvenes a participar en el proceso por cuanto representan el presente y el futuro de la Iglesia. Su invitación a los jóvenes fue a enamorarse de Cristo, a experimentar su presencia viva, con disponibilidad y confianza, rompiendo el círculo del egoísmo en la propia vida. «Sean generosos, no tengan miedo, no busquen seguridades sino las que nos da Cristo. Sean acogedores e inclusivos, no repartan condenas, no excluyan a nadie, sean comunidad de amor. Comprométanse de verdad, no como personas domesticadas y acomodaticias, sino desde la radicalidad del Evangelio. Sean creativos; mejor que repetir ideas y conceptos, procuren ofrecer el testimonio de la propia vida. Recorran con entusiasmo el camino del Evangelio, impulsados por el Espíritu Santo, que renueva y da vida. Otro mundo es posible: cámbienlo desde Cristo. No se conformen, no se resignen, vivan este tiempo de gracia, sin angustias, sin temores, con emoción, con alegría».

Asamblea eclesial de A.L. y El C.

DOCUMENTO FRUTO DE LA PRIMERA ASAMBLEA ECLESIAL DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE

Ofrecer un aporte significativo a la reflexión y al caminar de las comunidades en nuestro continente con la certeza de que «todos somos discípulos misioneros en salida», es el objetivo del documento que surge como fruto de la primera Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe.

Un evento efectuado en México de modo presencial y virtual del 21 al 28 de noviembre de 2021 y que la presidencia del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM) entregó al Papa Francisco este 31 de octubre.

«Hacia una Iglesia sinodal en salida a las periferias; reflexiones y propuestas pastorales a partir de la Primera Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe,» es el título del documento que en tres capítulos, profundiza en la historia de una experiencia única en su naturaleza, cuyos aportes son fruto del desborde del Espíritu, como lo califican sus autores.

La publicación muestra los pasos de un proceso que aún no termina, un itinerario que plantea desafíos desde lo conceptual y actitudinal para la Iglesia latinoamericana y caribeña. Se destaca entre estas fases, la referida al discernimiento y el diálogo; porque plantea nuevas propuestas pastorales que intentan responder a los clamores del pueblo de Dios tras pronunciarse de múltiples maneras durante el tiempo dedicado a la escucha. Oportunidad que abrió la posibilidad de reconocer los avances en muchas de las apuestas de la Iglesia, sin desconocer las incertidumbres y vacíos que deben atenderse, si estamos decididos a dejarnos interpelar por el llamado del Papa Francisco a vivir la sinodalidad.

Realidades que llaman y alientan

El documento «Hacia una Iglesia sinodal en salida a las periferias” inicia recordando que la Asamblea Eclesial es un camino de escucha recíproca que aspira construir un futuro más sinodal. Para ello, toma como punto de referencia los signos de los tiempos que llaman a la acción y alientan en la tarea.

La pandemia como hito histórico, marca un cambio de época en el mundo con efectos tangibles en la realidad de nuestros pueblos; perceptibles en las profundas inequidades socioeconómicas, la fragilidad de nuestras democracias y el grave peligro que corre nuestra casa común; mientras los pueblos y ciudades son determinados por el fenómeno migratorio. Contextos en los que se desarrolla la fe de los pueblos latinoamericanos y caribeños en donde emergen los rostros de quienes son protagonistas de estas realidades: los jóvenes, mujeres, familias, además de los pueblos originarios y afrodescendientes; todos con el mismo punto de encuentro.

La Iglesia, pueblo de Dios que en la juventud adelanta un camino en el discipulado, las mujeres que trabajan por un lugar más determinante en su misión, los pueblos originarios y afrodescendientes que claman por un mayor protagonismo.

En la misma medida, están temas como la necesidad de reflexionar sobre los itinerarios formativos en seminarios y casas religiosas, las voces que piden escucha y acción ante los casos de abuso al interior de la Iglesia y la experiencia personal de encuentro con Cristo que no deja de plantar semillas en los corazones.

Una Iglesia sinodal y misionera

Expuesta la realidad, la segunda parte del documento profundiza en la interpelación que hace Dios de ella, el desafío de trabajar por una vida plena, para nuestros pueblos que exigen un examen de conciencia que incida en la conversión pastoral. En esta impronta Aparecida es una carta de navegación para el camino de la Iglesia latinoamericana y caribeña que asume los principios del Concilio Vaticano II; latentes en el Magisterio del Papa Francisco, líder de una reforma sinodal y misionera que ha presentado el itinerario hacia el Sínodo sobre la sinodalidad.

Así, el texto indica que la Asamblea Eclesial se desarrolló en el espíritu de Aparecida, reavivando su espíritu vivificador en el que Jesús es fuente de amor y misión. Para ello, el documento plantea la comunión sinodal, como un camino efectivo para motivar la salida misionera mediada por la escucha, el diálogo y el discernimiento.

Un caminar con la familia humana, una sinodalidad misionera en la que todos aportan con la conciencia de que la Iglesia, debe estar al servicio de la fraternidad, objetivo para el que necesariamente apelará al denominado “desborde creativo” que no es otra cosa que la manifestación del espíritu misionero de los creyentes que no se cansa de emprender y proponer.

Un nuevo camino por recorrer

Las realidades identificadas y los análisis hechos desde la perspectiva de la fe, nutren el deseo de aportar a la construcción de un modo diferente de ser y actuar. Esta es la intención del tercer capítulo del documento. Propuestas para una Iglesia que evangelizada es capaz de ser profética ante flagelos como la violencia o la vulneración de los derechos humanos. Y evangelizadora para otros; porque asume su tarea desde la perspectiva misionera.

Esto quiere decir que es una Iglesia que hace presente el Reino de Dios en el mundo, asumiendo que la Evangelización es integral e integradora, primero porque abarca todos los aspectos de la vida del ser humano y en segundo lugar, porque se atreve a superar el miedo a la diferencia, el prejuicio y el orgullo de perfección.

Ante este panorama puede surgir un cuestionamiento sobre el método, el camino a seguir. Al respecto, el documento propone unas líneas de acción desde seis dimensiones: la primera de ellas es la kerigmática y misionera, entendiendo que la Iglesia ha de ser signo e instrumento del encuentro con Jesucristo. En segundo lugar, está la dimensión Profética y formativa, porque debe capacitar y empoderar en lo referente a la sinodalidad y el compromiso social; pensando en superar vicios como el clericalismo y alentando la renovación de los itinerarios formativos de los aspirantes a la vida consagrada.

Religiosidad: lugar de encuentro

Lo espiritual, litúrgico y sacramental, hacen parte de la tercera dimensión propuesta por el texto, esto para que se redescubra la vivencia de los sacramentos desde la inculturación de la Palabra y valore la religiosidad popular.

En cuarto lugar, aparece la dimensión Sinodal y participativa, por cuanto las acciones pastorales que surjan a partir de la Asamblea Eclesial han de valorar la Iglesia como pueblo de Dios aceptando los nuevos ministerios y adoptando una cultura eclesial marcada fundamentalmente por lo laical, donde las mujeres tengan el merecido protagonismo por el que han trabajado y que la conversión de las estructuras sea tangible.

Luego, está la dimensión socio transformadora donde la pastoral es profética y reconoce el rol de los cristianos en los ámbitos de la política y la economía, impulsando acciones para prevenir y reparar las situaciones de abuso sexual, de poder y conciencia al interior de la Iglesia. La idea es que se pierdan de vista las urgencias de las comunidades, entre ellos los pueblos originarios y afrodescendientes. Así este apartado del documento se cierra con la dimensión ecológica que propende por una educación y una espiritualidad comprometidas con el cuidado de la Casa Común.

El texto de la Asamblea Eclesial finaliza con el mensaje dirigido al pueblo de América Latina y la oración de consagración a la Virgen de Guadalupe. Un documento para dejarse interpelar y continuar con el itinerario transformador al que ha sido llamada la Iglesia continental.

Democratizar a Iglesia (9)

Democratizar la Iglesia, camino para hacerla más comunión (9)

Rufo González

“Nuestro Papa Francisco tiene comprensión para todos, excepto para quienes fueron sus compañeros y hermanos en el ministerio. El tema del celibato parece el único tema absolutamente intocable, del que no es lícito ni siquiera hablar”

Que toda comunidad pueda “reunirse, unirse, escucharse, discutir, rezar y decidir”

Esta es una de las denuncias de Francisco al clero despótico: “El clericalismo olvida que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenece a todo el Pueblo de Dios (cfr. LG 9-14). Y no solo a unos pocos elegidos e iluminados” (Carta al Cardenal M. A. Ouellet. Vaticano, 19 marzo 2016). Lo triste es que la “visibilidad y sacramentalidad” están reservadas por ley al clero. La ley obliga al vestido eclesiástico, a exhibir signos distintivos de sus diversas categorías y a decidir sólo ellos. “Visibilidad-sacramentalidad” se han puesto, no en la vida al modo de Jesús, sino en el hábito y en el poder decisorio, que ostentan por ley “solo unos pocos elegidos e iluminados”. Así se identifica la Iglesia con el clero y afines, por sus atuendos y poder absoluto en sus diversos niveles.

“La visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia” se haría patente que “pertenecen a todo el Pueblo de Dios” si todo el Pueblo de Dios pudiera “reunirse, unirse, escucharse, discutir, rezar y decidir”, como predica el Papa Francisco. Esta doctrina fue expuesta por él en una renombrada homilía en Santa Marta, donde habitualmente celebra la eucaristía. En concreto fue el 28 de abril de 2016, jueves de la 5ª semana de Pascua. El texto base de la homilía era Hechos de los Apóstoles 15, 7-21. El centro del comentario era la acción del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia. Homilía profética que provoca a la Iglesia a convertirse al Espíritu en todos los niveles.

Resumo sus principales argumentos:

“El Espíritu Santo es el protagonista:

– Es Él quien desde el primer momento dio la fuerza a los apóstoles para proclamar el Evangelio… El Espíritu lleva a la Iglesia adelante…, con sus problemas… Cuando estalla la persecución es Él quien da la fuerza a los creyentes para permanecer en la fe, en los momentos de resistencias y de encarnizamiento de los doctores de la ley.

– En este caso, hay una doble resistencia a la acción del Espíritu: la de quienes creían que `Jesús había venido sólo para el pueblo elegido´ y la de quienes querían imponer la ley mosaica, incluida la circuncisión, a los paganos convertidos. `Hubo una gran confusión en todo esto´.

– El Espíritu ponía los corazones en un camino nuevo: eran las sorpresas del Espíritu. Y los apóstoles se encontraron en situaciones que nunca habían creído, situaciones nuevas”.

“¿Y cómo gestionar estas nuevas situaciones?

– El pasaje de hoy comienza así: `En esos días, había surgido una gran discusión´… Ellos, por una parte, tenían la fuerza del Espíritu, el protagonista, que les empujaba a ir adelante. Pero el Espíritu les llevaba a ciertas novedades, ciertas cosas que nunca habían hecho. Ni siquiera las habían imaginado. Que los paganos recibieran el Espíritu Santo, por ejemplo.

– Los discípulos `tenían la patata caliente en las manos y no sabían qué hacer´.. Convocan una reunión en Jerusalén, donde cada uno puede contar su experiencia, cómo el Espíritu desciende también sobre los paganos”.

“Y al final se pusieron de acuerdo. Pero antes hay algo hermoso:

– ‘Toda la asamblea calló y escucharon a Bernabé y Pablo, que referían los signos y prodigios que Dios había realizado entre las naciones, por medio de ellos’.

Escuchar, no tener miedo de escuchar. Cuando uno tiene miedo de escuchar, no tiene el Espíritu en el corazón. Escuchar: ‘¿Tú qué piensas y por qué?’. Escuchar con humildad.

– Tras escuchar, decidieron enviar a las comunidades griegas, es decir, a los cristianos venidos del paganismo, a algunos discípulos para tranquilizarles y decirles: ‘Está bien, seguid así’. Los paganos convertidos no están obligados a la circuncisión.

– Es una decisión comunicada a través de una carta en la que el protagonista es el Espíritu Santo. De hecho, los discípulos afirman: “El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido..”.

“Esta es la vía de la Iglesia ante las novedades, las sorpresas del Espíritu:

– El Espíritu siempre nos sorprende. ¿Y cómo resuelve la Iglesia esto?… Con la reunión, la escucha, la discusión, la oración y la decisión final. Este es camino de la Iglesia hasta hoy. Y cuando el Espíritu nos sorprende con algo que parece nuevo o que ‘nunca se ha hecho así’… Pensad en el Vaticano II, en las resistencias que tuvo”.

“También hoy las resistencias siguen de una forma u otra, y el Espíritu va adelante:

– El camino de la Iglesia es este: reunirse, unirse, escucharse, discutir, rezar y decidir. Esta es la llamada sinodalidad de la Iglesia, en la que se expresa la comunión de la Iglesia. ¿Y quién hace la comunión? ¡Es el Espíritu! Otra vez el protagonista”.

“¿Qué nos pide el Señor?:

Docilidad al Espíritu… No tener miedo, cuando vemos que es el Espíritu quien nos llama. El Espíritu a veces nos detiene, como hizo con San Pablo, para hacernos ir a otra parte, `no nos deja solos´, nos da valor, nos da la paciencia, nos hace ir seguros por el camino de Jesús, nos ayuda a vencer las resistencias y a ser fuertes en el martirio.

– Pidamos al Señor la gracia de entender cómo avanza la Iglesia…, cómo desde el primer momento afrontó las sorpresas del Espíritu, y también, para cada uno de nosotros, la gracia de la docilidad al Espíritu, para ir por el camino que el Señor Jesús quiere…”.

El clericalismo impide “reunirse, unirse, escucharse, discutir, rezar y decidir”. Las leyes actuales, impuestas por el clero, ponen límites al Espíritu. No puede discutirse lo que el presidente de cada comunidad declara como indiscutible. Tenemos ejemplos.

– Pablo VI prohibió discutir la ley del celibato al concilio Vaticano II.

– Juan Pablo II, a la más leve insinuación de algunos obispos a reconsiderar esta ley, mantenía lo dicho a los cardenales alemanes: “demasiados hablan de replantearse la ley del celibato eclesiástico. ¡Hay que hacerles callar!”.

“La actitud de los sacerdotes casados latinoamericanos es ejemplar, emocionante. Pena que chocan contra un muro. Nuestros Papa Francisco tiene comprensión para todos, excepto para quienes fueron sus compañeros y hermanos en el ministerio. El tema del celibato parece el único tema absolutamente intocable, del que no es lícito ni siquiera hablar” (Comentario de Denker a mi post del 07.10.2022 RD 09.10.2022).

– Cualquier sínodo diocesano está regulado por lo que quiera el obispo. Él decide qué temas se tratan y cuáles no. Más aún, él señala al secretario, a la mesa, a los que harán el resumen, qué conclusiones se aceptan y cuáles no…

– Nombramientos diocesanos: obispos, vicarios generales o territoriales, delegados del clero (más bien “del obispo”)… Hubo una época en que pedían “nombres” al menos a los sacerdotes. Ya ni eso. Y, además, convierten en casi vitalicios los cargos más decisivos.

– En las parroquias: el párroco decide si hay Consejo Pastoral, de Economía (a pesar de estar imperado por el Código Canónico), de catequesis, de liturgia.. Auténtico caciquismo en pleno siglo XXI. Los fieles pagan, se evaden, critican, emigran, abandonan…

Necesitamos comunidades adultas, donde su presidente no sea el centro, el “que lo hace todo”. Todos “tienen la misma dignidad y libertad de hijos Dios, el mismo amor de Jesús, la misma pretensión de realizar el Reino” (LG 9). Iguales, corresponsables, fraternales… no pueden ser palabras vacías. Hay que vivir en el Espíritu creador, que ilumina para más y mejor anunciar el Evangelio.

Una comunidad no infantilizada participa en la elección de personas preparadas y adecuadas, sin distinción de sexo ni de estado. Está abierta a la voz y al voto en lo posible evangélicamente. “No apaguéis el espíritu… Quedaos con lo bueno” (1Tes 5,19), tendría que poder realizarse en toda comunidad eclesial

¿Adelantarse o ir juntos?

por José Francisco Gómez Hinojosa


En mi reciente libro ‘¿Tiene futuro la Iglesia Católica?’, escribí: “Esta discriminación -de las mujeres en los puestos de decisión y en su veto para ejercer el sacerdocio- sabemos que será superada en el futuro, como otras que ha venido corrigiendo la Iglesia Católica a lo largo de su historia. Pero: ¿por qué esperar años o siglos para dar ese paso?”.

Pues porque nuestra querida Iglesia tiene miedo a adelantarse, y ha apostado siempre por la prudencia en vez del arrojo. La Congregación para la Doctrina de la Fe, por ejemplo, se siente con la obligación de guardar, conservar, el tesoro de los dogmas, de ahí que se conciba más como un freno que como un acelerador.

Es cierto que la prisa es mala consejera, y anticiparse no ayuda a vivir plenamente las diferentes etapas que necesitamos recorrer. La rapidez impide saborear lo que se está viviendo, y quien se acelera corre el riesgo de trastabillar.

Pero detenerse de manera constante, pausar los procesos en forma innecesaria, pensar que mientras más despacio se camina más se previene de riesgosas sorpresas, impide el responder con atingencia a los retos que la vida nos plantea.

El Concilio Vaticano II, por ejemplo, representó un notable impulso para acabar con un letargo que tenía postrada a la Iglesia, incapaz de responder a las exigencias de su tiempo. Es fecha que no se alcanza a cumplir con todas sus propuestas a causa de quienes las consideraron demasiado aventuradas.

Ese evento, quizá el más significativo del Siglo XX -y no sólo para la Iglesia Católica-, también nos enseñó que el mundo no puede ser un enemigo, sino un compañero de viaje.

Pues ese acompañante de camino ha ido abriendo cada vez más puertas a la participación de las mujeres. En terrenos como el económico y el político, el de la educación y la cultura, en los deportes y los espectáculos, las damas están cada vez más presentes en órganos directivos.

¿Y en la Iglesia Católica por qué no? Ya vendrán tiempos y circunstancias diferentes -me dicen calmando mis ansias de cambio, curiosamente, colegas mucho más jóvenes que yo-, hay que esperar a que se den las condiciones adecuadas, todavía hay muchas resistencias, y un machista etcétera…

Es cierto que la doctrina eclesiástica no debe adaptarse a cualquier modificación que la sociedad proponga. Pero también lo es que no tiene por qué rechazar esas propuestas sin más. Continuidad y adaptación es la clave: la primera se refiere a principios innegociables, la segunda a los ajustes que se pueden hacer sin transgredir dogmas de fe. No se trata, entonces, de adelantarse sin freno, sino de ir juntos.

Pero esperaremos, y sentados, porque si con Francisco de Roma estas mutaciones no se han podido dar en su totalidad, sólo Dios sabe qué pasará con futuros Papas.

Pro-vocación

Y volviendo al tema del Concilio. Gran consternación causó lo dicho por el cardenal Walter Kasper -cuyo libro, ‘La Misericordia’, fue recomendado por el papa Francisco a inicios de su pontificado-, quien acaba de declarar: “La Iglesia Católica sólo podrá tener futuro si continúa el camino emprendido por el Vaticano II… algo que el camino sinodal (alemán) no ha hecho”. Llama la atención pues Kasper es un firme impulsor de las reformas emprendidas por Francisco. Vuelvo a afirmar que quien pregunta se aguanta, y el Sínodo de la Sinodalidad es un ejercicio de escucha, aunque no nos guste lo que nos digan.

¿Fundó Jesús una religión? 

+José Comblin

Jesús no fundó ninguna religión, dejando la puerta abierta para que sus discípulos crearan la religión más adaptada à su cultura, lo que se hizo inconscientemente, o sea, sin que nadie supiera que estaba construyendo una religión nueva.

Por eso esa religión que conocemos y practicamos, se formó dentro del Imperio romano, y es una posibilidad histórica. Otras pueden aparecer. Estamos al comienzo de la historia del mundo y de la evangelización. Hasta ahora el cristianismo sólo penetró en una sola cultura (con dos variantes) a partir de lo que había en el Imperio romano. Es sólo un comienzo, una primera etapa. Lo más probable es que no habrá ruptura fuerte, sino evolución progresiva. Ciertas instituciones o prácticas van a desaparecer y otras van a aparecer. Después de algunos siglos se podrá observar que apareció un nuevo conjunto.

Desde ahora podemos constatar algunas orientaciones. Tratándose del porvenir, muchas opiniones son posibles, pero eso no impide que cada cual proponga la manera como ve la evolución.

En primer lugar, es probable que la religión del futuro será más mística que cultual. Dará más importancia a la escucha de la palabra de Dios que al culto. Será una oración más de escucha y acogida que una oración de petición o de adoración. El culto será mucho menos la celebración del poder de Dios, y más la celebración de su presencia discreta y humilde en nuestro mundo.

En segundo lugar, la religión del porvenir dará menos importancia a los objetos religiosos y mucho más al sujeto. Menos importancia a la literalidad de los dogmas, y más calor a la vivencia personal del seguimiento de Jesús. Habrá menos necesidad de objetivar la religión, separando claramente los objetos religiosos de las fuerzas del universo. La Biblia tenía mucho miedo de la naturaleza material del universo porque vivía en medio de religiones que identificaban la divinidad con fenómenos naturales. Había que hacer una distinción entre Dios y las fuerzas naturales. Pero esto nos distanció demasiado de la naturaleza y de sus dinámicas. Faltó la integración de la religión en la vida del universo. Pues el universo no es hecho de objetos inertes. La tierra vive, cambia, produce… y actualmente siente las feridas que una civilización excesivamente destructiva le inflige.

En tercer lugar, el sujeto nace por medio del diálogo con otro sujeto. Nace por la relación recíproca con otros sujetos. La religión tradicional proporciona a las personas un mundo religioso completo y su comunicación se hace por la transmisión de ese mundo religioso exterior a la persona (dogmas, ritos, preceptos, instituciones).

Todo indica que ese mundo de objetos religiosos va a tener que ceder el lugar a la relación viva entre personas iguales. La casta sacerdotal irá desapareciendo progresivamente, con tadas las marcas de lo sagrado que le atribuyeron en el transcurso de los siglos. Pues el status sacerdotal impide una relación sencillamente humana. Es muy difícil prescindir del carácter sagrado del sacerdote. Solamente algunos laicos que tienen mucha intimidad logran una relación humana normal. Incluso dentro de la familia, las relaciones entre hermanos están afectadas.

En cuarto lugar, los cristianos de mañana necesitarán de comunidades pequeñas en las que las relaciones son de fraternidad. La familia pierde su importancia porque cada uno de los hijos hace su vida y la vida los lleva a lugares muy distantes. Las relaciones de vecindad desaparecen. Lo que se necesita son relaciones de comunidad entre personas, que participan de la misma religión, la misma finalidad, los mismos valores.

Pasó la época de la caza a las herejías. Ya hay necesidad de un clero que vigile constantemente el rebaño para que no caiga en una herejía. Todavía habrá condenaciones pero ya no serán tomadas en serio, cosa que ya sucede en este momento. A pesar de la resistencia de la jerarquía, la verticalidad en la Iglesia ya no tiene mucho futuro.

En una Iglesia de liberación de los laicos, la creatividad va a reaparecer en todos los aspectos de la vida. Los clérigos ya no tendrán la responsabilidad de inventarlo todo. Habrá en el pueblo cristiano muchas iniciativas y muchas novedades. Nada de eso podemos imaginar en este momento.

En este momento lo que debemos hacer, es mostrar el evangelio, la buena nueva de Jesucristo tal como fue en los orígenes, libre de todo el aparato religioso con que la cubrieron durante los siglos hasta el punto de desaparecer debajo de ese manto multicultural que le dieron. Basta evocar las representaciones artísticas tradicionales, la literatura piadosa de siglos, las devociones populares o menos populares: todo eso oculta el verdadero rostro de Jesucristo.

Una religión es necesaria. Pero nada exige que sea la misma en Occidente, en África, en la India, en China o en el Japón. En esos países hay mucha simpatía por el cristianismo, pero poca simpatía por las Iglesias. Es una señal para el futuro.

La religión reemplaza la presencia inmediata de Jesucristo, lo que de todos modos sería inevitable. Jesús tenía que desaparecer de este mundo para ser conocido en el mundo entero. Pero, su presentación a los diversos pueblos engendró la religión cristiana que conocemos.

Sucede que las minorías que permanecen fieles a las prácticas de la religión antigua de la cristiandad, son las que menos pueden percibir lo que pasa en el mundo. No sienten ninguna necesidad de cambio. Se asustan ante cualquier sugerencia de cambio. De igual manera el clero, por estar al servicio de esas minorías, no tiene ninguna posibilidad de percibir lo que está pasando. Solamente algunas personas marginadas de esas minorías pueden entender y preparar el porvenir.

En los años de gloria de la Iglesia en América Latina, entre 1960 y 1985, más o menos, aparecieron señales de la Iglesia del porvenir. Provocaron susto y finalmente fueron rechazados, pero serán modelos para las generaciones futuras una vez terminada la época actual de restauración de la antigua cristiandad, que es una solución imposible y que va a perder cada vez más credibilidad.

El mundo en que es posible el Vaticano II

por Fernando Vidal 

  

El mundo no estaba preparado para lo que el Vaticano II mostraba que podíamos ser, no se le dejó ser del todo. No fue un asunto interno de la Iglesia, sino que el Concilio fue la gran respuesta a la peor deshumanización de la historia: gulag, Auschwitz, Hiroshima. El planeta pedía regenerarlo todo desde principios de amor, libertad y fraternidad universal. Convergía con nacientes movimientos sociales en defensa de los pobres, la sostenibilidad ecológica, los Derechos Humanos, la vida o la paz.


Sin embargo, esos movimientos y el Vaticano II se vieron placados por viejas lógicas que continuaban atenazando a la humanidad. La Guerra Fría penetró con ideología y violencia, y polarizó todo entre izquierda y derecha. Se minusvaloraron dimensiones cruciales para el ser humano como la tradición, las instituciones o el misterio, y se trazó otra división, en este caso entre generaciones.

Pese a las críticas a las instituciones, las corporaciones estatales, económicas o mediáticas no cesaron de crecer y dominar el mundo. El ultraliberalismo lo completó lanzando la gran desvinculación por todo el planeta, haciendo personas, familias y comunidades cada vez más débiles. Cuando se debilitan los vínculos y se politiza lo comunitario, los pastores ven entrar en crisis su vocación.

La magia del poder

Las democracias no fueron capaces de crear espacios suficientemente plurales e inteligentes como para integrar la creciente diversidad, libertad y personalización. En vez de suscitar laicidades incluyentes en las que todos podamos dialogar desde nuestras cosmovisiones, hubo en culturas y religiones una reacción canceladora y restauracionista, con fuertes componentes autoritarios, homogeneizadores y confiados en la magia del poder.

El Vaticano II no es pasado, nos espera cargado de futuro. Creemos en el mundo y en la Iglesia las condiciones en las que las profecías y anhelos del Concilio sean posibles.

Decálogo sinodal  

  escrito por  Victor Codina

 En forma de decálogo, una sencilla introducción al sínodo y a la sinodalidad eclesial.

Sínodo, etimológicamente, significa camino conjunto o comunidad en camino; implica dos dimensiones, la comunitaria y la dinámica.

Aplicado a la Iglesia significa el “nosotros eclesial”, la comunidad de Jesús que camina hacia el Reino de Dios.

Su fundamento teológico es trinitario, la Iglesia significa y es sacramento de la comunión trinitaria, que por la fuerza del Espíritu de Jesús camina hacia el Reino de Dios

En el Nuevo Testamento encontramos algunos ejemplos de sinodalidad, como la vida de la primera comunidad de Jerusalén (Hechos de los Apóstoles 2, 42-47) y el Concilio de Jerusalén: “el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido” (Hechos de los Apóstoles 15,28).

Esta dimensión comunitaria en la que todos participan en aquello que afecta a todos, se perdió en la época de Cristiandad. El Concilio Vaticano II (1962-1965) la recuperó al presentar la Iglesia como Pueblo de Dios (Lumen Gentium II), donde todos hemos recibido el bautismo de Jesús y la unción del Espíritu, todos poseemos el sentido de la fe por la que el Pueblo de Dios es infalible en su creencia (Lumen Gentium 12).

El papa Francisco ha asumido estas orientaciones del Vaticano II y propone la sinodalidad como el estilo peculiar para la Iglesia del tercer milenio y convoca un Sínodo para 2023-2024 sobre la sinodalidad, “Iglesia: comunión, participación y misión”, con una participación previa en las Iglesias locales (diocesanas, nacionales y continentales).

La finalidad del Sínodo no es producir documentos, sino hacer que germinen sueños, profecías, esperanzas e ilusiones, curar heridas, tejer relaciones, aprender unos de otros, crear un imaginario positivo que ilumine la mente, enardezca el corazón y fortalezca las manos.

Esto supone una gran conversión eclesial, se trata de una gran reforma de la Iglesia, edificar una pirámide invertida, significa superar todo clericalismo y elitismo jerárquico, religioso, espiritual y cultural.

No desaparecen los diversos carismas eclesiales, jerárquicos y no jerárquicos, don del Espíritu (Lumen gentium 4), sino que se sitúan en diálogo y comunión eclesial, pues lo que nos une a todos es más que las diferencias eclesiales y carismáticas.

La dificultad mayor es doble:

Que clérigos y vida religiosa dejemos el protagonismo y prepotencia que hemos tenido a menudo e imitemos a Jesús que lavó los pies a los discípulos.

Que el laicado abandone la pasividad y que todos y todas asuman el rol que les corresponde como bautizados en la misión de la Iglesia e imiten a los discípulos, hombres y mujeres, que seguían a Jesús por los caminos de Galilea.

La sinodalidad es un proceso, no se limita a preparar el Sínodo 2023-2024, sino que supone iniciar un dinamismo de diálogo y participación que incluya a comunidades, movimientos e instituciones eclesiales, seminarios, etc. en los diferentes ámbitos: evangelización, formación, catequesis, liturgia, pastoral , juventud, gobierno, administración económica, obras sociales, diálogo con otras culturas y religiones, escuchar la voz de los excluidos y descartados sociales y eclesiales, ser hospital de campaña que acoge a todos, etc. Cuanto antes se comience este proceso, tanto mejor.

El gran cambio del Sínodo

Cristina Inogés: “El gran cambio del Sínodo llegará por pequeños y personales cambios cotidianos”

La teóloga ha participado hoy en la apertura del curso de Cristianisme i Justícia

¿Hay excluidos dentro de la Iglesia? Para la teóloga Cristina Inogés, miembro de la Comisión Teológica del Sínodo, “por supuesto que sí”, ya que “no todos los excluidos están sistemáticamente en el margen, la periferia, o la frontera”. Así lo ha expresado hoy en la apertura del curso de Cristianisme i Justícia, en la que ha participado con la ponencia ‘Excluidos en la Iglesia ¿qué podemos decir desde el Sínodo?’.


“Dentro de la Iglesia hay personas excluidas por su forma de pensar, por su forma de vivir su espiritualidad, por su posicionamiento ante ciertas realidades pastorales…”, ha explicado Inogés. “Uniendo todo esto, obtenemos el perfil de personas que nos ponen en ‘modo cuestionamiento’”, ha señalado.

Asimismo, la teóloga ha apuntado que se trata de personas “que están sometidas a un grado de indiferencia tremendo”. “Tienen visibilidad porque hoy las redes sociales –bien tratadas- nos dan muchas posibilidades, pero no deja de haber una indiferencia institucional que es una forma de silenciarlas porque, todavía falta nos falta algo de autonomía (por lo menos a algunas personas) como para hacer opciones personales”, ha añadido.

Ahora, con el Sínodo –el cual acaba de ampliar su proceso hasta 2024– “por primera vez, todo el pueblo de Dios, y aún a quienes no los consideramos miembros del mismo, hemos sido convocados para que nuestra reflexión, nuestras ideas se escuchen”. En este sentido, “ya no habla Roma solamente, sino que hablamos todos”.

Aportaciones de los excluidos

“Hasta ahora, podíamos descargar mucha responsabilidad en las conferencias episcopales porque su voz se entendía como la voz de la Iglesia”, ha aseverado la teóloga. “Pero ahora ya no, las conferencias episcopales tendrán sus papel, pero nada va a llegarnos solo desde arriba. Seremos todos a hablar y a aportar”, ha aseverado.

Sin embargo, Inogés ha advertido que “no podemos caer en el error de convertirnos ‘en los de arriba de los excluidos’, es decir, en ser nosotros quienes hablemos e interpretemos lo que ellos tengan que decirnos, porque lo bueno, entre otras cosas de este Sínodo, es que hay una pregunta que lo envuelve todo y que no está formulada explícitamente: Iglesia, ¿qué estas dispuesta a escuchar de ti misma?”. “Nosotros tenemos que ser cauce”, ha apuntado, “vía para que la voz, el sentir, y las propuestas de quienes están marginados tengan la posibilidad real de poder hablar”.

Además, Inogés ha subrayado que, durante la fase diocesana, “se ha demostrado que la voz de esos que tan ‘alegremente’ llamamos alejados han hecho aportaciones valiosísimas porque, su aparente distancia, les permite ver con más claridad”.

Una forma de vida

“Por tanto”, ha incidido, “al decir ‘desde el Sínodo’, y referirnos a los excluidos, más que cuestionarnos qué podemos decir, deberíamos preguntarnos qué podemos aprender, cómo cambiar nuestras actitudes, cómo aprender a escuchar, y, sobre todo, cómo aprender a ser más humildes y evangélicos en nuestra vida cotidiana. Porque el gran cambio llegará por pequeños y personales cambios cotidianos que fomentarán cambios comunitarios”.

De esta manera, “las soluciones deberán venir de un proceso de conversión muy fuerte, diría que radical, porque solo así seremos capaces de reflexionar con la mente y con el corazón”. Y es que, para Inogés, “no se trata de buscar fórmulas empresariales para ser efectivos y alcanzar nichos de mercado que ahora no tocamos ni de lejos”, sino de “hacer realidad la forma de vida de Jesús de Nazaret que, como dije en la meditación de apertura del Sínodo, no nos dejó una estructura de Iglesia diseñada, sino una forma de vida”.

“Todos somos Iglesia”, ha recordado Inogés, “también de alguna manera quienes ahora nos miran desde los límites creados por nosotros, es responsabilidad nuestra poner a trabajar la vocación personal que cada uno recibió en su bautismo, porque la tenemos”. De hecho, sólo desde ahí “seremos capaces, no de dar soluciones, sino de hacernos las preguntas necesarias para reflexionar sobre la actitud mantenida hasta ahora con los excluidos y decidir si debe o no cambiar”