Escuchar al Espíritu

Escuchar al Espíritu: el camino de la escucha para la conversión en la primera Asamblea Eclesial

por Mauricio López Oropeza 


Comienzo mi reflexión con una anécdota. Una amiga muy querida, que había participado fuertemente en el Sínodo Amazónico, decidió cambiar de trabajo e ir a colaborar con las organizaciones de los pueblos originarios de esa región. Ella veía desde la distancia la Asamblea Eclesial con cierto escepticismo, y con miedo de que no hubiera una genuina participación, o no se llegara a las periferias.



Un día me llamó con mucha alegría y me compartió que, visitando una comunidad indígena a más de 3000 metros de altura, en Guamote, Ecuador, se encontró a una catequista joven, sencilla, dialogando con una mujer indígena. Le estaba explicando el proceso y le leía el documento para el camino de la Asamblea Eclesial en su versión popular, haciendo este proceso de escucha en esa comunidad distante.

Para mí esto refleja un signo que a veces es invisible; los números son importantes, y vaya que se ha trabajado intensamente para llegar a todos y todas, alcanzar los sitios a los que quizás antes no sé llegaba.

Pero, estos gestos pequeños son todavía más elocuentes, pues reflejan en la vida sencilla el alcance real, aunque limitado, de este proceso en muchos sitios improbables. Creo que cada uno y cada una tenemos experiencias particulares que nos ha marcado, y hemos recibido testimonios de rostros concretos al participar en los procesos de escucha de esta Asamblea. Es importante tenerlos presente, y honrar esos encuentros.

Rostros de la Asamblea Eclesial

Es en este marco donde aparece la pregunta más relevante de todo este proceso: ¿qué rostros específicos han sido presencia viva de Dios en este Asamblea, y cómo nos han interpelado a lo largo de este proceso para ser transformados a nivel personal y como Iglesia?

De hecho, cuando hemos hecho una evaluación del camino de escucha lo esencial no ha sido solamente saber cuánto se cumplió en cantidad, sino preguntarnos ¿cómo fuimos transformados por la experiencia del encuentro? Los nuevos caminos del CELAM serán resultado de esos encuentros transformadores, si han de ser realmente relevantes.

Se trata de escuchar lo que nos comunican con el testimonio vivo las estructuras que son capaces de llegar a los rincones más distantes, quienes están ahí como presencia encarnada, viva y concreta, ellos-as quienes nos ayuda a comprender cómo responder a los gritos de la realidad en la que ellos-as están inmersos.

Estos procesos de escucha, son procesos suscitadores que despiertan la esperanza, renuevan posibilidades y nos confrontan para poner atención a lo verdaderamente importante que es el encuentro con el Señor y escuchar su voluntad que grita en medio del pueblo.

Es en el corazón de cada persona, y en el centro de cada comunidad, donde se teje la genuina sinodalidad. Por eso, siempre insistimos en que, en realidad, el camino es la experiencia. Al releer los documentos de la Conferencia de Aparecida 2007, podíamos reconocer que una de las cosas inesperadas que más habían marcado el discernimiento de esta experiencia, había sido la presencia de los peregrinos en el Santuario de Aparecida.

La Piedad Popular del pueblo sencillo había marcado profundamente el itinerario del discernimiento de esta Conferencia. La vida de fe del pueblo marcó, sin pretenderlo, todo el camino de esta conferencia. Ahora que estamos recuperando estos 14 años desde Aparecida, acogemos nuevamente la fuerza de la presencia de la fe del pueblo.

En esta Asamblea, ese pueblo de Dios dejó de ser un sujeto pasajero que nos inspira, y ahora logramos que sus voces sean incorporadas en los procesos de escucha que han configurado nuestros documentos. Sus voces están reflejadas en todo este proceso.

Camino de sinodalidad

Si bien hay mucho camino por andar, evidentemente se han dado pasos concretos para avanzar en la mayor participación del pueblo. Esas voces son de quienes ahora consideramos verdaderos sujetos de su propia historia.

Por esto, creo que es muy importante que traigamos esos nombres y voces a esta reflexión. No quiero repetir los datos numéricos que ya se han presentado sobre toda la participación en la escucha.

Sí quiero agradecer a tantas personas que trabajaron en el comité de escucha para hacer posible que esas voces pudieran ser honradas y acogidas en este camino sinodal. Se hizo un esfuerzo que se convirtió en centenas de sesiones que se establecieron para tratar de tocar el corazón de cada instancia eclesial que lo necesitaba, de cualquier persona que quisiera conocer del proceso, fueran estructuras pequeñas, de comunidades, de parroquias, o instancias regionales.

Hicimos este camino donde la sinodalidad se expresaba en el deseo de estar presentes, de acoger las dudas y heridas de mucha gente. Para nosotros era esencial hacernos presentes de verdad.

Cuando el corazón está lastimado por expresiones de exclusión en la Iglesia, o por falta de una genuina sinodalidad, es muy importante hacer este acercamiento y propiciar el encuentro.

De esto habla el Papa para el sínodo sobre sinodalidad, nos llama a ir al encuentro, abrirnos a la escucha y a experimentar el discernimiento. En nuestro proceso de escucha, ciertamente al menos 70,000 personas se registraron de modo formal para participar, pero estamos seguros que el número es mucho mayor.

En todo caso, lo más importante es que el factor comunitario fue el más importante, más que la participación individual que fue un instrumento que se ofreció porque la situación de la pandemia así lo ameritaba. Los foros temáticos reflejaron lo que el Papa pidió para estos procesos sinodales, que las personas hablen sin miedo, sin exclusión, y que puedan presentar todo aquello que está en sus corazones.

Datos relevantes

Un dato preocupante es que en la escucha tuvimos una participación de cerca del 67% de mujeres, con respecto del total, y ese dato lamentablemente se invierte en la representación en esta fase de Asamblea plenaria donde la participación de las mujeres se queda en apenas un 35% del total, sea presencial o virtual; eso nos tiene que decir algo.

También, en el proceso de escucha tuvimos una franja de participación mucho mayor de personas de los grupos etarios de franjas más jóvenes, y ese dato cambia drásticamente en los delegados de esta fase plenaria en donde el promedio es de una edad mayor; también esto nos sirve para la reflexión sobre si los delegados-as representaron a los participantes más activos del proceso de escucha. Son reflejos de nuestro proceso, y de un camino que se está haciendo.

Para afirmar las voces del proceso de escucha, y ser fieles a ellas, quiero acudir a algunas que me parece que ilustran de modo inspirador y convincente el sentir del pueblo de Dios en el camino de esta Asamblea, y que reflejan algunas de las temáticas ineludibles para nuestro discernimiento:

Pandemia. “La pandemia suscitó una conversión en nuestra forma de vivir y pensar; revivió a la iglesia doméstica, mostrándonos la importancia de los lazos familiares. Esta pandemia nos rompe y nos ha quitado todas las seguridades, ha hecho tambalear nuestras estructuras, pero se ha convertido en una posibilidad del cambio en el modo de vivir”.

Abusos. “Nos duele el silencio de algunos obispos, y de otros miembros de la iglesia, frente a la violencia, el atropelló a los derechos, a la desigualdad y a los abusos. Necesitamos que tomando partido por los pobres la iglesia acompañe y se nutra de la sabiduría de sus luchas cotidianas”

Ecología integral. “El llamado hacia una ecología integral mediante el discernimiento, la contemplación y la oración comunitaria, nos lleva a transmitir la mística del encuentro con Jesús que nos invita a las periferias geográficas y existenciales, y a relacionarnos con todo lo creado del modo en que Dios mismo se relaciona”

Mujeres. “Nos duele la violencia contra las mujeres, la violencia doméstica, económica, los femicidios, el menosprecio, los abusos, la falta de seguridad, la violencia en todas sus manifestaciones”.

Educación. “Somos conscientes que la educación es la posibilidad de transformación de la sociedad, por eso debemos formar líderes que se comprometan con la mejora del mundo conscientes de su compromiso con el cuidado de las personas, la tierra ,de las culturas”

Migraciones. “En el ámbito de las migraciones, como iglesia estamos llamados a reconocer la realidad de la migración, a servirla haciéndonos prójimos de los migrantes permitiendo que se sientan acogidos, queridos y aceptados”

Pueblos originarios. “Con los pueblos indígenas, trabajar la evangelización considerando sus culturas, su lengua, su identidad, que sus territorios no sean invadidos, que no les roben sus tierras, que se respeten sus derechos, que tengan su autonomía y se respete su diversidad cultural”

Pueblos afrodescendientes. “Desde la realidad afrodescendiente. La pastoral Afro ha sido una Pastoral misionera, se desarrolla con comunidades vulnerables donde hay abandono, discriminación y otras cargas negativas, pero también se ha convertido en un rostro visible de los empobrecidos. Una legión de mujeres negras consagradas y laicas ha permitido la creación de espacios de reflexión teológica dentro de la iglesia”

Juventud. “Muchos jóvenes están asumiendo responsabilidades en los distintos campos. En política son gestores de iniciativas de todas las comunidades. Tienen mucho que aportar.

Una figura improbable

Quiero terminar con una reflexión que a mí me ha ayudado a entender el sentido de este proceso sinodal, y es un mensaje que viene a través de una figura improbable, de periferia: el ciego Bartimeo.

Primero, la ceguera de Bartimeo es nuestra propia ceguera hoy, no hay posibilidad de conversión, y por lo tanto no hay sinodalidad posible, si no viene desde la primera conciencia de nuestra propia fragilidad, incapacidad, es de decir, de nuestra ceguera. Necesitamos la ayuda del Señor para ser transformados, para poder ver, para poder escuchar.

Un segundo movimiento en Bartimeo es su implacable grito cuando escucha que el Señor está en camino, pasando por ahí. La noción de escucha no es sólo un tema receptivo-pasivo, sino que se torna en activo cuando Bartimeo al escuchar que el Señor pasa por ahí, se hace oír.

Escucha al Señor y se hace oír por el Señor, a pesar de que lo quieren callar y frenar ese encuentro. Tal y como ha sucedido tantas veces en la sociedad y en la propia Iglesia, cuando algunos se tornan en murallas que impiden el encuentro.

El tercer movimiento es cuando Bartimeo grita más fuerte, y aquí hay una imagen genial para la Sinodalidad en el Evangelio de Marcos, pues nos relata que Bartimeo se pone de pie. Nuestra Iglesia pueblo de Dios está llamada a ponerse de pie también, en sinodalidad.

Y luego Bartimeo hace lo inesperado, lanza su manto. Ese manto era, quizás, su única pertenencia; el único elemento que le daba cierta seguridad o confort, pero, tal vez lo que le tenía apegado y le impedía moverse para ir a ese encuentro. Se pone de pie al saber que el Señor lo llama, y se despoja de su manto.

La Sinodalidad es una invitación a ponernos de pie, a lanzar las mantas que nos impiden esa conversión como iglesia y como sociedad, y con parresía ir al encuentro con el Señor que nos dice directamente ¿qué quieres que haga por ti? Bartimeo responde lo que estamos llamados a responder como Iglesia en sinodalidad: Señor, que veamos; Señor, que escuchemos.

Y el último movimiento, esencial, nos lo ofrece el Evangelio de Marcos, y es algo que a veces se olvida: después de que Jesús le devuelve la vista a Bartimeo y lo despide, él decide seguir al Señor por el camino. La Sinodalidad es seguimiento del Señor, o no lo será.

El proceso sinodal

Ante el proceso sinodal convocado por el Papa Francisco

Santi Villamayor

1. Una buena y ambigua noticia
Recibo con satisfacción la invitación del Papa Francisco a la reforma y a la conversión. Es una “buena noticia” que acojo con esperanza y realismo. No es una asamblea universal cristiana pero supone un avance en relación a anteriores sínodos. Es un Sínodo de Obispos participado por el pueblo. Valoro especialmente la voluntad de reforma y la apertura de la llamada de Francisco a todas las personas, tanto a las que se sitúan en una estrecha pertenencia como a las que nos encontramos en los márgenes.

Celebro el deseo de “caminar juntos” sin distinción de clase social, género, o posición jerárquica, en igualdad en cuanto a la interpretación o discernimiento del mensaje de Jesús desde una conciencia libre y sincera. Igualad que no queda clara al atribuir esta prerrogativa de modo directo y sobrenatural a los obispos por su vinculación con los apóstoles.

Muchos cristianos experimentamos ya una conversión muy importante al reunirnos en pequeñas comunidades en los años 60 y 70 como fruto del Concilio Vaticano II y de la inspiración profética de los pobres. El acercamiento a sus condiciones de vida, y la mirada a las primeras comunidades fueron nuestro modelo cristiano. La Iglesia que llamábamos jerárquica, su magisterio, posicionamiento social, teología y lenguaje celebrativo no nos parecía responder a la fe en Jesus de Nazaret lo que nos llevó a una posición crítica de nuestra pertenencia a la Iglesia.

Dese entonces nos encontramos en otra teología, en otra concepción del movimiento de Jesús y, otra visión de la verdad y de la experiencia de Dios. Nos servimos de otra gobernanza más horizontal y comunitaria, en una universalidad que excede los límites de Ia Iglesia, la propia de todas las personas que se inspiran en Jesús de Nazaret, sean católicas o no. Estamos lejos de esa exaltación de la autoridad de la jerarquía auto atribuida en virtud de ser depositaria de la Revelación. Ésta no es un conocimiento inamovible ni su interpretación encomendada a los obispos puede ser escuchada de modo literal. El Credo es una profesión de fe que tiene carácter simbólico. Y muchos de sus artículos requieren una profunda revisión.

“Caminamos juntos” también con otros muchos grupos e instituciones que siguen igualmente la inspiración de Jesús y no están en la Iglesia. Son múltiples pertenencias que no nos permiten estar con el magisterio de los obispos al pie de la letra. Basta citar los casos del ninguneo de la mujer, las inmatriculaciones de los bienes del pueblo o ese permanente alineamiento con la derecha moral por no decir también política.

No nos colocamos en una posición de superioridad sino en una fidelidad múltiple: con la cosmovisión científica, la nueva epistemología, la aceptación del pluralismo religioso, cultural y de género, con el reconocimiento pleno de la mujer y la crítica del patriarcalismo, la incardinación en la modernidad, la Justicia Global laica; con la crítica severa al sistema de dominación, la superación del antropomorfismo y de la magia en las celebraciones, y fuera del recelo ante la laicidad y otros valores de nuestro tiempo.

La autonomía moral y los seculares ideales de los derechos humanos y la democracia son otros tantos dominios donde la dogmática de la iglesia no acaba de casar. Por eso junto con nuestro agradecimiento por la invitación, expresamos una cierta incomodidad que repite la experiencia de otros sínodos. Sin embargo, los esfuerzos de Francisco por la reforma y la urgencia del cambio con que se manifiestan muchas personas dentro y fuera de la Iglesia nos merecen una respetuosa acogida

2. La ambigüedad del documento preparatorio.

El documento preparatorio propone como guía y material de trabajo un título muy atractivo “Caminar juntos” para luego caer en el distanciamiento interno entre los que van delante y los de detrás. Se repite continuamente la contradicción de llamar a la participación de todos en la perspectiva de una misma dignidad para enseguida distinguir a los pastores frente a la grey y negar el valor democrático de la igualdad de voz y voto. Afirma valores modernos de democracia, participación, camino unitario, apertura al mundo y enseguida los corrige sometiéndolos a la jerarquía en virtud de la posesión de la verdad por herencia divina. Considera la Revelación como una fuente de verdad y autoridad entendida de forma estática y medieval. Los pastores son señores del discernimiento aunque consulten al pueblo. La Iglesia se concibe excesivamente como una institución de orden divino por encima de cualquier otra organización.

Todo el documento rezuma espiritualismo y un lenguaje en desuso. El legado de Jesús, encarnado en los pobres y sus necesidades se sublima en un mundo sobrenatural que contamina todo el documento. Una remisión a un mundo irreal y superior, un constructo mental que subordina los problemas y logros reales a un mundo espiritual intangible paralelo a éste. De él se deriva la primacía de los pastores frente a la grey en virtud de la descendencia directa de los apóstoles algo que no está suficientemente justificado en los evangelios

Lo que hoy se entiende por una participación abierta sin toma de posiciones previas, por muy reveladas que se digan, no cuadra con este planteamiento. Es la misma concepción de los anteriores sínodos diocesanos en los que hemos participado y de los que no podemos decir que se haya dialogado más allá de las posiciones prefijadas por el magisterio de los obispos. “Caminar juntos” es caminar en pie de igualdad.

La conciencia personal es el mejor regalo de Dios y el soporte de las inspiraciones de bondad y sabiduría que guían nuestra vida, algo muy diferente a una Revelación entendida como un depósito de verdad inmutable filtrado a algunos privilegiados. Más bien la verdad es el fruto de un consenso crítico entre todas las personas, siempre una aproximación, y en constante reconstrucción. Pero el documento concede prioritariamente esa prerrogativa a los obispos

algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos doctores, dispensadores de los misterios y pastores para los demás nº12
aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad» nº13

Si bien se procura matizar condicionando esa dispensa de los misterios al “sensuus fidei” o sentir de fe del pueblo que “también” participa del profetismo de Cristo

Los obispos son llamados a discernir lo que el Espíritu dice a la Iglesia no solos, sino escuchando al Pueblo de Dios, que «participa también de la función profética de Cristo» nº 14

y que es infalible por tratarse de cuestiones de fe

… cuando se ha tratado de definir verdades dogmáticas, los papas han querido consultar a los obispos para conocer la fe de toda la Iglesia, recurriendo a la autoridad del sensus fidei de todo el Pueblo de Dios, que es «infalible “in credendo”» (EG, n. 119). nº 12

… en virtud de la unción del Espíritu Santo recibida en el Bautismo, la totalidad de los Fieles «no puede equivocarse cuando cree, (nº 13)

No siempre el discernimiento de los obispos es el acertado. La pretendida naturaleza sobrenatural de su interpretación no es justificación ni garantía de acierto. El obispo es elegido a dedo entre la clerecía, o sugerido por sus compañeros obispos, y designado por el papa, a veces también a propuesta da la autoridad civil, y eso no deja de ser una limitación y un trato de favor. Además, dado el contexto interpretativo de muchos de ellos, bastante alejado de la vida cotidiana y de los condiciones de vida del pueblo en general, su discernimiento es ajeno al sentir del pueblo y prueba de ello son sus manifestaciones tan contrarias al buen sentir de la ciudadanía y del consenso de la ética global. Los obispos españoles apoyaron una mal llamada cruzada, los de todo el mundo interpretaron que la ley divina estaba por encima de la ley humana y ocultaron la pederastia por caridad mal entendida.

Hay otras maneras de entender la sinodalidad, la de todo el pueblo que encuentra en sus representantes la voz que lo aglutina. Pero para eso hace falta que sean elegidos democráticamente, algo que no quiere la teología católica.

…ese Pueblo, reunido por sus Pastores, se adhiere al sacro depósito de la Palabra de Dios confiado a la Iglesia, Los Pastores, como «auténticos custodios, intérpretes y testimonios de la fe de toda la Iglesia»… (nº 14)

El sínodo nace viciado como consulta universal,

Sin los apóstoles, autorizados por Jesús e instruidos por el Espíritu, el vínculo con la verdad evangélica se interrumpe y la multitud queda expuesta a un mito o a una ideología (nº 20)

El planteamiento de que no se puede salir de la estructura jerárquica es un error de raíz y lo que debería sustituirle es una amplia consulta y consiguiente labor de diálogo y consenso inter pares. Es el procedimiento propio de todo conocimiento y buen gobierno y de la democracia. Lo otro es aristocracia celestial.

la consulta al Pueblo de Dios no implica que se asuman dentro de la Iglesia los dinamismos de la democracia radicados en el principio de la mayoría, se trata de un proceso eclesial que no puede realizase si no «en el seno de una comunidad jerárquicamente estructurada» (nº 14).

La práctica de Jesús rompió con la sinodalidad del Sanedrin, su ley, su templo, sus celebraciones y se aproximó a escuchar a los de abajo, a asumir sus condiciones de vida. Su lenguaje es sencillo y simbólico y, no palabras infalibles. El Jesús de la Iglesia es en muchos casos una construcción histórica de la jerarquía para concederse a sí misma ese valor divino infalible

3. Un teología que ya no es creíble

Si se quiere realmente una asamblea cristiana del pueblo de Dios donde todo el mundo puede expresarse con la misma dignidad, voz y voto, se hace preciso un cambio de la doctrina magisterial de la iglesia. Múltiples voces en muchas partes de la cristiandad realizan ya una lectura distinta de lo que fue, dijo e hizo Jesús de Nazaret. Estas voces están dispuestas al diálogo pero hasta ahora se han encontrado con una posición inamovible por parte de la jerarquía eclesiástica. Quizás en este sínodo por la impronta del papa Francisco se puedan abrir algunas ventanas de aire fresco como ocurrió con el Vaticano II, si al final no se impone el poder de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad» (DV, n. 8).

Los cristianos en general huyen de la rigidez de sus obispos y caminan por una nueva teología alejada del literalismo y del dogmatismo. El Misterio Pascual o Plan de la Salvación, la divinidad de Jesús o la otra vida, los relatos bíblicos, tienen para esas personas otro significado que el proclamado por los obispos y sus teólogos en las cartas pastorales, homilías y otros escritos. El sínodo no se molesta en preguntarse por el nuevo sentir del laicado, al que llama a secundar su doctrina, en cuestionar el tradicional Misterio de la Salvación y el carácter divino de sus enseñanzas en clara disociación con la ciencia y la cultura. No escucha las críticas, es más las desconsidera e incluso las trata en ocasiones con desdén, como frutos de la insidia. (nº 21)

la consulta al Pueblo de Dios no implica que se asuman dentro de la Iglesia los dinamismos de la democracia radicados en el principio de la mayoría, porque en la base de la participación en cada proceso sinodal está la pasión compartida por la común misión de evangelización y no la representación de intereses en conflicto. (nº 14)

1. Otra teología, otra iglesia son posibles.

La nueva concepción del conocimiento humano y de la realidad, los estudios bíblicos más recientes, la convivencia con otras religiones, el respeto a los derechos humanos y a los ideales de democracia y ecología profundas, y una participación sociopolítica cooperativa ofrecen motivos muy valiosos para “caminar juntos” toda la humanidad. Los movimientos sociales y las oenegés, las instituciones de cooperación internacional, los voluntariados, algunas parroquias, abren una senda común humanitaria, donde la Iglesia también es evangelizada, y puede reiniciar y reconstruir un mensaje que a lo largo de los años se ha ido desvirtuando y fosilizando

No podemos saber de modo detallado quién fue históricamente Jesús de Nazaret pues los relatos más antiguos de su vida ya están mediatizados por la fe de los discípulos y la cultura judía y grecolatina de su tiempo. No conocemos un Jesús de la historia a secas, siempre es el de la fe de los primeros discípulos y eso es lo importante. Jesucristo se ha ido reconstruyendo luego históricamente como Cristo al ser ungido y elaborado por la cultura y devoción de cada época. Es el Cristo de la historia.

Ahora bien la figura de Jesús que ha prevalecido históricamente es la del Cristo Hijo de Dios expresada de forma literal. Y con ella la imagen de un Dios omnipotente y trinitario, creador del mundo que actúa sobre él y le ha provisto de un grandioso Plan de salvación para rescatarnos del infinito pecado original. Excelente y efectiva elaboración que ha durado dos mil años y hoy requiere ser reinterpretada. Es el llamado Misterio Pascual o de la Redención y constituye el núcleo principal del depósito de la fe.

Está formulado en el Credo o símbolo de los apóstoles, el poema y confesión de los primeros cristianos. Hoy se hace preciso renovar esa gran metáfora cuyo sentido es dar unidad, aliento y esperanza a toda la humanidad. Y para lograrlo hay que hablar su lenguaje de hoy. No podemos presentar esta esperanza como una explicación de la historia. El misterio de la salvación no es un conjunto de secuencias temporales que van desde la preexistencia de Jesús como segunda persona de la Trinidad hasta el paraíso como prolongación eterna de la vida humana.

La encarnación, muerte y resurrección de Jesús, el conjunto de episodios que se nos cuentan detalladamente en los evangelios acerca de la infancia, la predicación y la pasión carecen de suficiente apoyo histórico. Sin embargo están colmados de inspiración y esperanza. El sínodo debe abordar con sinceridad la naturaleza del relato sobre Jesús, sobre Dios, sobre el misterio pascual, y la explicación popular que se da. No advertir de su valor simbólico es incurrir en un piadoso engaño más o menos deliberado como ocurre en la novela de Unamuno “San Manuel bueno y mártir”.

La fe crece con la inteligencia y se muestra más auténtica en la armonía con la ciencia, en la colaboración con las iniciativas sociales por la dignidad y la igualdad y en el diálogo con las religiones y los humanismos que, ateos o creyentes, trabajan de un modo abierto por un mundo mejor. Una internacional de la esperanza anima a todos estos movimientos y grupos humanos. El camino unitario de toda la humanidad se nutre de las vetas de compasión de mucha gente fuera de la doctrina eclesial. Parece como si Jesús hubiera dejado Jerusalén antes y hoy Roma y estuviera con los samaritanos y los exiliados de la religión.

No hay una ley divina superior y fuera de la dinámica universal de los derechos humanos, muchos de ellos frutos seculares del evangelio. Es más, el cristianismo podría definirse como una supra ética del amor incondicional ejercitado desde una esperanza sin certezas y compartida genéricamente por todos en caminos diferentes.

Fe y razón se complementan para explicar el mundo y darle sentido y se suplementan con la poética del amor. No hay una historia sagrada paralela y diferente de la gran historia cósmica a la que pertenecemos, descrita por la ciencia y admirada desde la fe. Somos seres evolucionados, fruto de sucesivas emergencias de la materia primordial, desde un también misterioso vacío, una sorprendente explosión y múltiples formas de energía, partículas, vida y conciencia. Esa realidad hay que entenderla de un modo holístico y emergente. Y considerarla bajo las bellas metáforas de la Creación.

No podemos afirmar una trascendencia que constituya un mundo distinto y separado de este, tampoco su contrario, ni un Dios arriba y afuera dominador de nuestras vidas. Sí que hay una trascendencia de lo inmanente, un valor inviolable y sagrado de todo cuanto hay. Una dignidad y buena voluntad nacida en el corazón humano y que brota para superar la maldad y la limitación. Todas estas experiencias constituyen elementos para un nuevo relato más creíble para el mundo actual que el de la tan interiorizada Redención de un pecado hereditario. Y esta es la gran y profunda reforma que me gustaría se abriera paso en el sínodo

La iglesia podría situarse en el mundo como un ámbito unitario junto a otras religiones y humanismos contribuyendo personal y políticamente a un mundo mejor gobernado y más respetuoso con el medio ambiente y donde ella sea la poética que anima y crea. En ese sentido la predicación, las homilías, los encuentros, retiros y reflexiones podrían iniciarse explicando la maravilla de la realidad, su evolución y formas constituidas, informar verazmente de la naturaleza metafórica de su lenguaje, dar cuenta del estado del mundo e inducir a la compasión. Y allí en la memoria de Jesús y otros profetas cuidar el corazón de donde nace lo mejor del ser humano. Eso sería un sínodo permanente, una celebración de la confianza universal en la realidad que es en el fondo confianza en Dios sin saber qué es y si es.
EL documento ya presiente de algún modo estas innovaciones y así afirma:

La perspectiva del “caminar juntos”, además, es todavía más amplia, y abraza a toda la humanidad, con que compartimos «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias» (GS, n. 1). (Nº15)

Aunque enseguida aparece un sentido exclusivita que minusvalora el trabajo de los demás

Una Iglesia sinodal es un signo profético sobre todo para una comunidad de las naciones incapaz de proponer un proyecto compartido, a través del cual conseguir el bien de todos: (nº 15).

Pero este proyecto cuya capacidad se niega a la comunidad internacional ya es compartido y está expuesto y realizado por muchos y es precisamente la dogmática católica la que se desmarca por considerarlo ajeno a la revelación y al origen sobrenatural que debe caracterizar todo proyecto de valor. Parece como si solo fuera válida la liberación que se deriva de la mítica encarnación y redención sobrenatural. No estamos ante el ya superado “fuera de la iglesia no hay salvación” pero sí en el creerse que toda salvación nos pertenece a nosotros los cristianos.

2. De la sinodalidad de los obispos al Concilio del pueblo

Las viejas estructuras de la Iglesia se resisten al cambio. Tal como ha ocurrido en muchos otros ámbitos del conocimiento y de la práctica humana las evidencias sociales y los convencionalismos colectivos extremadamente arraigados impiden abrirse a nuevos modelos y paradigmas. La iglesia sigue fundando sus explicaciones desde una lectura mítica de la Biblia hoy en revisión y desde una verdad considerada incuestionable. De ahí que el “caminar juntos” despierte cierto recelo.

La insidia que divide – y por lo tanto contrasta un camino común – se manifiesta…en la seducción de una sabiduría política mundana que pretende ser más eficaz que el discernimiento de espíritus. (nº 21)

Quien esto escribe camina en los márgenes y es consciente de la distancia que le une a los que van por el centro, que esta posición puede suscitar a la vez acogida y censura, por eso me limito a exponer mi visión y ofrecer mi colaboración y dialogo. Me siento inclinado a caminar a la par y trabajar por un cambio como el que el documento refiere de Pablo tras la visita de Cornelio:

“una verdadera y profunda conversión, un paso doloroso e inmensamente fecundo de abandono de las propias categorías culturales y religiosas: Pedro acepta comer junto con los paganos el alimento que siempre había considerado prohibido, reconociéndolo como instrumento de vida y de comunión con Dios y con los otros. (nº 23)

Quizás la Iglesia tengamos que atravesar ese “paso doloroso e inmensamente fecundo de abandono de las propias categorías culturales y religiosas” de veinte siglos y aceptar lo que se ha considerado prohibido, o no se lleva a cabo de modo importante, como es la democracia, el valor de la ciencia, la preferencia por los vulnerables; a poetizar y encantar de nuevo la conciencia colectiva y reconocer la igualdad de la mujer, no con el varón católico o el clérigo actual y sus funciones sino en el modelo común de la profunda reforma cristiana que buscamos. Promover una convergencia de las esperanzas de todos los grupos y religiones y salir de una religión particular hacia una secularidad significante. Acepto el lento caminar a la par en el marco del cambio posible

REFLEXIONES SOBRE LA SINODALIDAD

 Parece que el convocado Sínodo de Obispos sobre el tema: ‘Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión’ va a suscitar un interés superior al que suelen tener los asuntos institucionales de la Iglesia Católica. Interés, esperanza y sobre todo implicación. La palabra clave de la definición del tema es la de “participación”, entendida como implicación de todo el conjunto eclesial. Si esa participación, tal como se contempla, se concreta en la realidad, el Sínodo ya no podrá ser denominado “de Obispos”, será otra cosa, y además muy novedosa en la Iglesia. Cuando se valoran las posibilidades de éxito del programa participativo es inevitable evocar el recuerdo del Concilio Vaticano II y la frustración con la que se saldó. 

A estas alturas ya no se puede ignorar que el fracaso del Concilio, de las reformas que contemplaba, fueron el resultado de su carácter no participativo. Los concilios, y los sínodos de viejo cuño, son elementos del aparato institucional de un cristianismo encuadrado en Iglesias con una estructura organizativa, unas normas, unos ritos, unas creencias que funcionan como aglutinante de la comunidad, unas jerarquías que se auto-asignan autoridad, unas pretensiones de legitimidad más o menos basadas en una pretendida tradición apostólica… Pero esa forma de concebir las comunidades o agrupaciones de seguidores de Jesús de Nazaret no tiene por qué ser definitiva. Quiero creer que con el transcurso del tiempo se vayan configurando en el mundo formas más inteligentes y más racionales de vivir en comunidad el mensaje evangélico y trabajar en serio por la continua renovación de las cosas humanas en orden a conseguir que la sociedad se ajuste cada vez más al ideal que el Maestro definía como “el Reino de los Cielos”. 

En el proceso de avance hacia ese ideal no jugó ningún papel positivo ninguno de los concilios que tuvieron lugar hasta ahora, ni siquiera el Vaticano II, al que tanto incienso y tanta poesía se le dedicó en su momento en los círculos progresistas. Por ejemplo, a posteriori y cuando ya se percibía la decepción por el fracaso de las reformas que se esperaban, aparecían, en esos círculos, expresiones como: 

El deseo de una Iglesia distinta vivía en el corazón de muchos… 

El Espíritu cultivaba anheladas esperanzas de renovación… 

La convocatoria del Concilio Vaticano II supuso una eclosión de optimismo… 

… hubo un tiempo de ilusión… 

Vamos a aclarar una cosa: esa esperanza, ilusión, etc. existía sólo en una pequeña minoría ilustrada y concienciada de miembros de la Iglesia, con muy poca incidencia y peso social entre la masa del rebaño. Y lo mismo se puede decir de la frustración que produjo después el parón y desvirtuamiento de las disposiciones conciliares. Esa frustración y disgusto fue y sigue siendo vivido solamente por la misma minoría atípica de los que constituimos el sector crítico del colectivo eclesial. La gran masa de fieles no se enteró para nada del asunto, y no sintió nada ni antes, ni durante ni después del Concilio, ni ahora tampoco. El Concilio, todos los concilios, son asambleas cerradas de varios centenares de obispos que hablan de cosas que la gente no entiende. Que de los debates conciliares salga un resultado u otro es algo que no preocupa en absoluto a la mayoría de los católicos. Los que nos interesamos por estos temas y procuramos informarnos sobre ellos sabemos que un tema importante del debate en el Vaticano II fue la alternativa entre dos modelos o concepciones de Iglesia: la que ponía el acento en la comunión (basada en la comunidad de fe y participación en los mismos sacramentos), y la que primaba lo jurídico (basada en la aceptación y el sometimiento a la autoridad jerárquica que dicta leyes y gobierna a los fieles). El tema era importante, por supuesto, pero no tuvo ni podía tener ninguna transcendencia ya que la base eclesial ni se enteró de que existía tal debate. Y no podía saberlo ya que el aula conciliar en el que se debatía eso era un coto cerrado, una torre de marfil sin contacto con el mundo; los padres conciliares se lo guisaban y se lo comían todo entre ellos, y el pueblo cristiano no pintaba nada en todo ese asunto. Quizá se trabajaba por el pueblo y para el pueblo, pero sin el pueblo. Los logros teóricos de la Asamblea llegaron al público sólo “a posteriori” y a través de los documentos conciliares, pero el público católico está tradicionalmente acostumbrado a no leer. Un altísimo porcentaje de católicos jamás leyó la Biblia, y los que tienen una bellamente encuadernada en una estantería en su casa tampoco suelen leerla. Así se explica que muchos católicos practicantes se sorprendieron cuando se enteraron de que el Papa había dicho que en el portal de Belén no había ni mula ni buey. Bastaba con leer los relatos evangélicos de Lucas y Mateo sobre la infancia de Jesús para saber que allí no se menciona ninguna mula y ningún buey. Pues bien, una gente que no se molestó en leer esos breves y amenos relatos, ¿se espera que lean unos tochos pesados difíciles de entender como la Gaudium et Spes y la Lumen Gentium

Así pues, la teoría de tales documentos es útil solamente si informan a la gente, y la gente actúa en función de ellos. En caso contrario es como si no existieran. Que los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI hayan sido un período de anulación de los logros del Vaticano II es algo que tiene significado sólo para las minorías que conocían y apreciaban esos logros. El común de los católicos jamás se enteró de la existencia de tales logros y no podía reaccionar a su supresión. Lo que la Iglesia enseñaba a los fieles sobre el Concilio era una propaganda oficial y oficialista que no entraba en demasiados detalles sobre las aportaciones novedosas y que no establecía la relación entre los pretendidos cambios y la problemática espiritual y social de la gente. No es casualidad que lo único que quedó de las reformas conciliares fue los cambios litúrgicos: la desaparición del latín en la liturgia, la ubicación del celebrante de la misa frente al público… esas eran cosas visibles, tangibles; no sería fácil hoy dar marcha atrás en esos cambios pues la gente ya los asumió. Y sin embargo eso es lo menos importante de las reformas conciliares; personalmente yo no tengo nada contra el latín ni contra ningún otro idioma. Y lo que más me extraña en la celebración de la eucaristía no es la posición del celebrante con relación al público sino la propia existencia de un celebrante diferenciado del público y segregado de él. Toda la celebración litúrgica de la misa, incluyendo los dos actos más importantes: la homilía y la consagración, corre a cargo del celebrante con exclusión del público. En la homilia él es el único que habla y pretende enseñar, y en la consagración él es el único que oficia. Al pueblo cristiano sólo se le permite asistir a la ceremonia, que, por otra parte, es bastante más de lo que se le permite con relación a las asambleas conciliares, los sínodos diocesanos, las reuniones de la Conferencia Episcopal y los cónclaves de elección papal. 

Al hablar del escaso o nulo impacto de las disposiciones conciliares sobre el colectivo eclesial no hay que minusvalorar el caso excepcional de América Latina. Allí se desarrolló una Teología de la Liberación que, sí, intentaba ligar el espíritu de renovación que emanaba de la Asamblea conciliar con la vida y la problemática real de las personas. La forma en que fue abortada esa experiencia es un ejemplo típico de la colaboración del aparato jerárquico eclesial con los poderes económico y político del sistema para conservar la injusta realidad existente. Una vez más la Iglesia institucional se prestó a jugar el papel de factor ideológico al servicio de las clases dominantes. 

Por lo demás, la desconexión entre las discusiones conciliares y la vida de la gente es tradicional en la historia de la Iglesia. Para no sobrecargar esta argumentación con demasiados ejemplos citaré sólo uno, el de una señalada ocasión perdida de autorreforma de la Iglesia. Me refiero al período entre el Concilio de Constanza (1413-1418) y el Basilea-Ferrara-Florencia (1431-1445). En algunos libros de historia ambos concilios son considerados como uno solo. El intento de reforma de la Iglesia era un asunto interno, tan interno que concernía sólo a los padres conciliares. El llamado “Cisma de Occidente” era algo que afectaba sólo al alto clero. Los cristianos de los diversos territorios del occidente europeo no sabían cuál de los dos o tres papas existentes simultáneamente era más legítimo que los otros y tampoco comprendían nada de las diferencias que pudiera haber entre ellos, ni sabían, ni les importaba, a cuál de ellos estaban sometidos jurisdiccionalmente. La solución interna que se dio el Concilio de Constanza, aparte de destituir a los tres papas y elegir uno nuevo, fue la doctrina llamada “conciliarismo”. Según esa doctrina, el Concilio es superior en autoridad al papa. El Concilio sería como una asamblea o parlamento permanente y el papa vendría a ser como un rey constitucional, representante de esa Asamblea y sometido a ella y a sus decretos. La idea era interesante y viable, de hecho, ese es el caso de los modernos parlamentos nacionales y sus respectivas constituciones. Además el asunto funcionó durante algún tiempo: varios sucesivos papas de ese período se acomodaron a ese esquema. Cuando en 1431 la Asamblea conciliar se reunió en Basilea, aquello no fue considerado un nuevo concilio sino como la segunda temporada del anterior, en aquella ocasión para afrontar la reunificación con los cristianos de Oriente. Esta reunificación no fue tan exitosa como la de Occidente, pero el mayor fracaso fue que en las sesiones conciliares recuperaron el control de la Iglesia las fuerzas más tradicionalistas de la institución, favorables al poder monárquico absoluto del papa. En Florencia, última sede del Concilio, se puso fin al “conciliarismo” y se consagró el poder absoluto del Pontífice de Roma. 

Lo que interesa destacar aquí de ese fracaso del conciliarismo es que el pueblo cristiano no reaccionó en absoluto al retroceso que significaba ese paso. De hecho, los católicos europeos ni siquiera se habían enterado de que durante 32 años habían vivido bajo un regimen eclesial diferente. Ni la aprobación del conciliarismo ni su supresión significó nada para la gente común; eso era algo que afectaba solamente al alto clero de la Iglesia. De lo que ocurría en las aulas conciliares de Constanza, Basilea y Florencia se enteraban sólo los obispos que estaban allí dentro. Ocurra lo que ocurra en esos antros, la gente lo ignorará y no actuará en función de ello. Muy diferente sería la situación que se produjo en Europa un siglo más tarde, con ocasión de la Reforma luterana. Cuando Martín Lutero clavó en la puerta de la catedral de Wittenberg, y luego dio a la imprenta, el documento con sus famosas 95 tesis, estaba haciendo algo cuya importancia posiblemente ni él mismo comprendía del todo: estaba recurriendo al pueblo, al verdadero protagonista de la Historia, estaba rompiendo una tradición eclesial de más de un milenio de ninguneo del pueblo, una tradición que secuestraba en las aulas conciliares la discusión de asuntos que concernían a todo el pueblo, y secuestraba también las Escrituras confinándolas en los idiomas antiguos que la gente no comprendía. Con todo eso rompía el agustino alemán y recurría al pueblo para que este tomara en sus manos los asuntos que le concernían, y la existencia y desarrollo de la imprenta fue un factor que posibilitó la expansión de las nuevas ideas al público. La jerarquía eclesial, fiel a su método tradicional, intentó sustraer del ámbito popular la discusión de las cuestiones abordadas por las 95 tesis y confinarlas en el claustro de alguna sede conciliar. Con razón los colectivos populares que habían asumido las reformas propuestas por Lutero protestaron (de ahí viene el término “protestante”) por el intento de marginarles de la toma de decisiones sobre asuntos que les afectaban. Sabían que la costumbre de “la casa” era sustraerles el debate y dejar que unos centenares de obispos decidieran por toda la cristiandad. Decidieron abandonar tal “casa” hasta que ésta se dote de procedimientos más transparentes y participativos, cosa que no ha ocurrido aún después de casi cinco siglos. 

En efecto, la transparencia y la participación popular siguieron estando ausentes en la Iglesia Católica como se ve el sistema de elección de los papas. Hoy, cuando los gobernantes de las naciones son elegidos en votaciones públicas e investidos en sesiones parlamentarias cuyos debates son transmitidos en directo por televisión, la única innovación modernizante introducida en el método de la última elección papal, cuyo formulismo tiene más de siete siglos de antigüedad, fue el uso de unos colorantes químicos para que fuera más neta la diferenciación del humo blanco o negro emitido por la chimenea tras las votaciones. Por lo demás, en la elección intervienen sólo unas decenas de cardenales, y para colmo, el papa elegido de esa manera es el único con poder para nombrar a los nuevos cardenales y a todos los obispos del orbe. 

¿Qué hacer? La clave es la publicación; es esencial recurrir al pueblo, informarle, convocarle, para que él se haga el protagonista de su propia liberación. En realidad, ese era el “modus operandi” de Jesús de Nazaret: dirigirse a las masas populares. Y lo hacía utilizando un lenguaje sencillo y didáctico que las masas pudieran comprender. Las parábolas y los sermones de Jesús eran muy comprensibles e iban rectas al corazón de la gente. El problema del discurso actual de la Iglesia es que el culto que se imparte en esta institución va destinado a gente que todavía conserva algún tipo de vínculo con una cierta forma de práctica religiosa convencional: bautizos, bodas, funerales… la misa dominical en el mejor de los casos, pero todo ello desligado de un compromiso de verdadera evangelización en el sentido original del término. Parece que después de cinco siglos nuestra jerarquía eclesial no aprendió nada; después de la pérdida humana que supuso el proceso de la Reforma en el siglo XVI, la Iglesia perdió a los intelectuales en el siglo XVIII, a los obreros en el XIX, a la juventud en el XX. Y ahora, en el siglo XXI es visible el proceso de pérdida de las mujeres. Se celebra lo que parece una favorable actitud del actual papa en relación a diversas reformas para afrontar esta problemática. Pero el hecho de que se especule sobre la actitud e intenciones de una sola persona indica hasta qué punto la institución eclesial aleja el poder decisorio de las masas interesadas en su propio destino para ponerlo en las manos de individuos que se creen inspirados y asistidos por el Altísimo para disponer sobre cosas que atañen a millones de personas sin contar con ellas. 

La liberación popular de la tutela clerical debe ser pareja de la que el pueblo tiene que conseguir también con relación al poder económico y su lacayo el poder político. La Reforma promovida por Lutero prosperó incluso contra la voluntad de él mismo, que la quería tener bajo control, limitándola a un movimiento religioso. Su éxito radicó en que, sin percibirlo él mismo, las ideas religiosas que expuso evocaban una igualdad evangélica que constituían la negación del sistema feudal imperante. La entonces naciente burguesía y los campesinos, aunque con contradicciones entre ellos –que se saldaron en la guerra campesina– necesitaban emanciparse ideológicamente del poder y la enseñanza eclesial que había consagrado durante muchos siglos el poder feudal, y las ideas de Lutero cuestionaban el Magisterio y la autoridad eclesial, de ahí la oportunidad histórica de su aparición. Pues bien, esta Iglesia que parece no aprender nada de la historia, y que no vacila en traicionar el espíritu del Evangelio cuando así conviene a sus intereses, se consagra al apoyo ideológico de un sistema capitalista basado en la explotación de millones de seres humanos y la liquidación de derechos y conquistas sociales que había sido muy doloroso conseguir. Por eso se ha de unir la reivindicación de más democracia, igualdad y participación en la Iglesia, con de más democracia, igualdad y participación en la sociedad. Algo así como una Teología de la Liberación a escala planetaria. La tarea es difícil pero las cosas no estaban mucho mejor cuando Jesús lanzó su mensaje liberador. Se trata de revivir el carisma que impulsó a las primeras comunidades cristianas. Saber encarnar las profundas aspiraciones de la humanidad y buscar sólo el Reino de Dios y su justicia. 

Un factor que puede hoy dinamizar el asunto es Internet, un instrumento de intercomunicación horizontal que no existía en la época del Concilio Vaticano II. Hoy podemos intercambiar informaciones y opiniones con cristianos de América Latina, de otros países europeos, de otras diócesis de nuestro país… Si el pueblo, la base eclesial, toma conciencia de su vocación de construir el Reino de Dios al que Jesús convoca, los obispos conservadores no podrán bloquear la participación de los laicos en el proceso sinodal, y pueden no ser la última palabra de ese proceso. Ya vimos que cuando la jerarquía controla el proceso, sinodal o conciliar, el resultado final no es una Teología de la Liberación. Jerarquía y comunidad eclesial no suelen estar en la misma onda; la primera intenta siempre controlar a la segunda. La jerarquía no ejerce el rol del Buen Pastor, es, fue siempre, un instrumento de control ideológico de la comunidad al servicio del sistema dominante. Ya vimos las limitaciones y el alcance del tipo de asambleas sinodales y conciliares de viejo cuño. Si no hay una democratización real en el funcionamiento de la estructura eclesial, a todos los niveles, jamás nuestra Iglesia podrá ser el factor de misión que evoca el título del sínodo que se convoca. La misión, o es la realización del proyecto de Cristo Libertador o no es nada. Él dijo que no había venido a traer paz al mundo. Sabemos que no estaba propiciando la violencia y las guerras: quería decir que su mensaje evangélico es un potente revulsivo, un purgante capaz de poner patas arriba los sistemas injustos y renovar la faz de la Tierra. Es a la realización de ese plan a lo que la comunidad de sus seguidores son convocados. ¿Coincide esa convocatoria con la que se hace para el nuevo Sínodo? 

Faustino Castaño pertenece a los grupos de Redes Cristianas de Asturias

Por una Iglesia sinodal

«La llamada a los bautizados para que participen en el sínodo sobre una Iglesia de todos y para todos es una ‘revolución'» 

Jesús Martínez Gordo: «Francisco es el primer papa que se toma en serio que esto de la Iglesia no es solo cosa de curas, religiosos y obispos» 

Jesús Martínez Gordo 

«A la Iglesia le cuesta abrirse al sacerdocio de la mujer por su instalamiento en una lamentable herencia cultural que hay que superar y que nada tiene que ver con el trato liberador que Jesús mantuvo con las mujeres» 

«Espero que el nuevo obispo de Gipuzkoa entienda su responsabilidad más en sintonía con la interpretación que comprende que el poder pasa, por medio de Pedro, a toda la Iglesia» 

«Ha llegado la hora de no dejar solo a Francisco cuando nos pide esa gota de participación que, por mínima que nos parezca, cuando se sume a otros miles de millones puede acabar formando un mar» 

«El proceso sinodal en el que nos hemos adentrado también nos invita a decir lo que tengamos que decir sobre el sacerdocio de la mujer, la homosexualidad, el celibato obligatorio y otras muchas «patatas calientes» que, diferentes a estas, pueden preocupar a otros cristianos en otras partes del mundo» 

Por| E. Aresti 

(Noticias de Gipuzkoa).- Mañana, en la parroquia Dios Nuestro Padre de Benta Berri, el grupo Gipuzkoako Kristauak se va a sumar a la llamada de Francisco para construir una Iglesia sinodal, es decir, una Iglesia pensada, participada y decidida por toda la familia católica, o como dice el Papa, por todos los que tienen el «carnet del bautismo». Este colectivo va a poner en marcha el proceso en Gipuzkoa bajo el lema Una Iglesia entre todos y para todos. La cita contará con la presencia del teólogo de la diócesis de Bilbao Jesús Martínez Gordo, que acercará a los que acudan a esta jornada abierta las claves del llamamiento del santo padre. La casualidad ha querido que el pistoletazo de salida de este proceso en Gipuzkoa coincida con el adiós del obispo José Ignacio Munilla, representante de ese modelo eclesial vertical y autoritario que el papa Francisco quiere superar. 

-El papa Francisco ha convocado a un sínodo, a todo el ‘Pueblo de Dios’, sacerdotes y laicos, todos en comunión. ¿Con qué ‘orden del día’? 

 –La originalidad es una de las características de Francisco: no hay orden del día. O, mejor dicho, en esta primera etapa diocesana, solo hay un punto: «Escuchar». Que los obispos y los responsables eclesiales escuchen lo que tengan a bien decir más de 1.300 millones de católicos, y toda la gente de buena voluntad que lo desee, sobre cómo se sienten en la Iglesia; qué es lo que les resulta insoportable de ella o por qué la han abandonado o están a punto de hacerlo y qué es lo que cambiarían, sin autocensuras. Luego viene, supongo que como fruta madura, la formulación de propuestas; con toda libertad, sin tapujos de ninguna clase. 

-El papa cita una frase del padre Congar: «No hay que hacer otra Iglesia, sino una Iglesia otra, distinta». ¿De este proceso, se puede esperar que salga un nuevo modelo de Iglesia, que transite de un gobierno jerárquico y clerical a otro de comunión entre el sacerdocio y los laicos? 

–Si no me equivoco, creo que Francisco pretende poner las bases para una Iglesia distinta a la actual, pero, por mucho que pueda sorprender a algunos, busca hacerlo en continuidad con la querida por Jesús cuando dio a Pedro el «poder» de «atar y desatar». Lo que se funda en Pedro es la Iglesia. Por eso, «los poderes» conferidos a Pedro pasan de él a la Iglesia. Sin embargo, esta comprensión se altera cuando Roma cree ver que los «poderes» de Cristo no pasan de Pedro a la Iglesia, sino al papa y, con él, a los obispos y a la curia vaticana. Y, además, en exclusiva. A la luz de estas dos interpretaciones, creo que Francisco no busca hacer otra Iglesia (como le acusan sus críticos), sino abrir las puertas a la primera de estas interpretaciones frente al otro modelo, desmedidamente autoritativo; cuando no, absolutista. 

-Francisco convoca a este debate a todos los que tienen el ‘carnet del bautismo’. Es una llamada al compromiso y la participación frente al clericalismo que tantas veces ha denunciado y combatido. ¿Existe riesgo de que los sectores aferrados al modelo clerical puedan entorpecer el debate? 

–Por supuesto. Y, de hecho, ya lo están entorpeciendo: yuxtaponiendo la corresponsabilidad y sinodalidad bautismal al ministerio ordenado (obispos y curas), y reservando para estos últimos todo el poder en la Iglesia. Intuyo que, por eso, hay muchos católicos desanimados. Son personas a las que se les oye decir: esto del Sínodo no va a servir para nada. Lo que yo diga será, en el mejor de los casos, una gota en un inmenso océano. Entiendo, a diferencia de ellos, que ha llegado la hora de no dejar solo a Francisco cuando nos pide esa gota de participación que, por mínima que nos parezca, cuando se sume a otros miles de millones puede acabar formando un mar, aunque pequeño, en un gran océano; una especie de Cantábrico en el Atlántico. 

-Usted va a participar mañana en el arranque de este proceso convocado por el colectivo Gipuzkoako Kristauak bajo el lema la «Iglesia entre todos y para todos». ¿Qué papel tienen que jugar las comunidades de base en este sínodo? 

–Francisco es el primer papa que se toma en serio que esto de la Iglesia no es solo cosa de curas, religiosos y obispos, sino de todos los bautizados y comunidades y que, por tanto, lo que afecta a todos, debe ser diagnosticado, evaluado y decidido por todos. Es una revolución. 

-En un reciente artículo suyo, dice que el sínodo ha sido acogido con nulo entusiasmo por parte de la jerarquía eclesiástica en España. ¿Cómo se puede articular el proceso en las Iglesias locales, en las diferentes diócesis, con esta posición de partida del que tiene el bastón de mando? 

–Hay, para quien lo desee, una vía, directa y permanentemente abierta, con la Secretaría General del Sínodo para enviar lo que se entienda oportuno. Es importante saberlo. Y más, cuando nos encontremos con responsables que, anclados en un modelo de Iglesia autoritativo y absolutista, no tengan interés alguno en propiciar la aparición de otro modelo eclesial que sea sinodal y, por ello, corresponsable y participativo. A ello hay que añadir que, desde la misma Secretaría General del Sínodo, su responsable último, el cardenal Mario Grech, ha comunicado en la apertura de la primera etapa, la que se está realizando ahora en todas las diócesis, que es muy probable que haya, después de las otras dos fases, la continental y universal, una cuarta en la que lo aprobado en el aula sinodal sea sometido a debate y enmiendas en las diócesis de todo el mundo. 

-En la charla que ofrecerá mañana, usted alude al problema de la falta de presbíteros, que compromete el futuro de algunas comunidades. ¿Por qué le cuesta tanto a la Iglesia abrirse al sacerdocio de la mujer? 

–En mi opinión, por puro atavismo cultural, es decir, por un instalamiento en una lamentable herencia cultural que hay que superar y que nada tiene que ver con el trato liberador que Jesús mantuvo con las mujeres en el marco de una cultura patriarcalista. 

-¿Un proceso como este puede contribuir a revitalizar a una Iglesia en recesión, como por ejemplo la guipuzcoana? 

–Sí, claro, por supuesto. Y más, a partir del momento en el que mons. Munilla deja de presidir esta Iglesia. Espero que el nuevo obispo entienda su responsabilidad más en sintonía con la interpretación que comprende que el poder pasa, por medio de Pedro, a toda la Iglesia y que, en consecuencia, ejerza su episcopado como un servicio a la unidad de fe y a la comunión eclesial y a la vez, como defensa de la libertad ante lo opinable y siempre con caridad y empatía hacia todos; particularmente, con los últimos de nuestra sociedad. Si la Iglesia de Gipuzkoa se encontrara con un obispo de este perfil, intuyo que de las cenizas, ahora humeantes, podrían surgir, no tardando mucho, nuevos fuegos llenos de vida, de luz y calor, es decir, una Iglesia «revitalizada». 

-Usted ha seguido de cerca experiencias renovadoras en algunas comunidades católicas de Francia. ¿Por dónde van esas experiencias? 

–Por un protagonismo del laicado en sus respectivas comunidades. Y por una revisión de la razón de ser de los curas en el marco de una Iglesia toda ella sinodal y corresponsable. Es referencial al respecto la experiencia puesta en funcionamiento por el arzobispo Albert Rouet, hace ya unos cuantos años, en la diócesis de Poitiers. Entiendo que, reajustándola, es posible activar algo parecido aquí, entre nosotros, los próximos años. 

-En Alemania, sínodos locales han planteado grandes reformas en torno al sacerdocio de la mujer, la homosexualidad o el fin del celibato obligatorio. Asuntos que tocan nervio. ¿Alguien puede pensar que la llamada a la participación equivale a abrir la caja de Pandora? 

–Cuando la caja de Pandora se abre es porque dentro hay demasiada presión o excesivo ruido. Por eso, no siempre es malo, sino que, a veces, puede resultar saludable. El proceso sinodal en el que nos hemos adentrado también nos invita a decir lo que tengamos que decir sobre el sacerdocio de la mujer, la homosexualidad, el celibato obligatorio y otras muchas «patatas calientes» que, diferentes a estas, pueden preocupar a otros cristianos en otras partes del mundo. 

-La Iglesia de Cristo es universal, pero en Europa asuntos como la desigualdad de género, la homosexualidad o la crisis de abusos a menores están minando gravemente su prestigio, alejándola de la sociedad. ¿Este proceso sinodal también debe afrontar estos asuntos? 

–Estos, por supuesto; y también otros. Los que quieran y propongan todos los que participen. Supongo que a los que usted enumera habrá que sumar algunos que pueden producirnos sarpullidos en el Primer Mundo como, por ejemplo, la emigración; el hambre; las explotaciones de recursos en países del Tercer Mundo; la esclavitud callada en la que se sostiene nuestra calidad de vida; la carrera y venta de armamentos, incluso a países pobres; la persecución y martirio de los cristianos (de 150.000 a 170.000 según los años) y el silencio europeo al respecto; la universalización de las vacunas; la ecología; la biodiversidad y un largo etcétera. 

Reflexiones sobre la sinodalidad

Parece que el convocado Sínodo de Obispos sobre el tema: ‘Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión’ va a suscitar un interés superior al que suelen tener los asuntos institucionales de la Iglesia Católica. Interés, esperanza y sobre todo implicación. La palabra clave de la definición del tema es la de “participación”, entendida como implicación de todo el conjunto eclesial. Si esa participación, tal como se contempla, se concreta en la realidad, el Sínodo ya no podrá ser denominado “de Obispos”, será otra cosa, y además muy novedosa en la Iglesia. Cuando se valoran las posibilidades de éxito del programa participativo es inevitable evocar el recuerdo del Concilio Vaticano II y la frustración con la que se saldó.

A estas alturas ya no se puede ignorar que el fracaso del Concilio, de las reformas que contemplaba, fueron el resultado de su carácter no participativo. Los concilios, y los sínodos de viejo cuño, son elementos del aparato institucional de un cristianismo encuadrado en Iglesias con una estructura organizativa, unas normas, unos ritos, unas creencias que funcionan como aglutinante de la comunidad, unas jerarquías que se auto-asignan autoridad, unas pretensiones de legitimidad más o menos basadas en una pretendida tradición apostólica… Pero esa forma de concebir las comunidades o agrupaciones de seguidores de Jesús de Nazaret no tiene por qué ser definitiva. Quiero creer que con el transcurso del tiempo se vayan configurando en el mundo formas más inteligentes y más racionales de vivir en comunidad el mensaje evangélico y trabajar en serio por la continua renovación de las cosas humanas en orden a conseguir que la sociedad se ajuste cada vez más al ideal que el Maestro definía como “el Reino de los Cielos”.

En el proceso de avance hacia ese ideal no jugó ningún papel positivo ninguno de los concilios que tuvieron lugar hasta ahora, ni siquiera el Vaticano II, al que tanto incienso y tanta poesía se le dedicó en su momento en los círculos progresistas. Por ejemplo, a posteriori y cuando ya se percibía la decepción por el fracaso de las reformas que se esperaban, aparecían, en esos círculos, expresiones como:

El deseo de una Iglesia distinta vivía en el corazón de muchos…

El Espíritu cultivaba anheladas esperanzas de renovación…

La convocatoria del Concilio Vaticano II supuso una eclosión de optimismo…

… hubo un tiempo de ilusión…

Vamos a aclarar una cosa: esa esperanza, ilusión, etc. existía sólo en una pequeña minoría ilustrada y concienciada de miembros de la Iglesia, con muy poca incidencia y peso social entre la masa del rebaño. Y lo mismo se puede decir de la frustración que produjo después el parón y desvirtuamiento de las disposiciones conciliares. Esa frustración y disgusto fue y sigue siendo vivido solamente por la misma minoría atípica de los que constituimos el sector crítico del colectivo eclesial. La gran masa de fieles no se enteró para nada del asunto, y no sintió nada ni antes, ni durante ni después del Concilio, ni ahora tampoco. El Concilio, todos los concilios, son asambleas cerradas de varios centenares de obispos que hablan de cosas que la gente no entiende. Que de los debates conciliares salga un resultado u otro es algo que no preocupa en absoluto a la mayoría de los católicos. Los que nos interesamos por estos temas y procuramos informarnos sobre ellos sabemos que un tema importante del debate en el Vaticano II fue la alternativa entre dos modelos o concepciones de Iglesia: la que ponía el acento en la comunión (basada en la comunidad de fe y participación en los mismos sacramentos), y la que primaba lo jurídico (basada en la aceptación y el sometimiento a la autoridad jerárquica que dicta leyes y gobierna a los fieles). El tema era importante, por supuesto, pero no tuvo ni podía tener ninguna transcendencia ya que la base eclesial ni se enteró de que existía tal debate. Y no podía saberlo ya que el aula conciliar en el que se debatía eso era un coto cerrado, una torre de marfil sin contacto con el mundo; los padres conciliares se lo guisaban y se lo comían todo entre ellos, y el pueblo cristiano no pintaba nada en todo ese asunto. Quizá se trabajaba por el pueblo y para el pueblo, pero sin el pueblo. Los logros teóricos de la Asamblea llegaron al público sólo “a posteriori” y a través de los documentos conciliares, pero el público católico está tradicionalmente acostumbrado a no leer. Un altísimo porcentaje de católicos jamás leyó la Biblia, y los que tienen una bellamente encuadernada en una estantería en su casa tampoco suelen leerla. Así se explica que muchos católicos practicantes se sorprendieron cuando se enteraron de que el Papa había dicho que en el portal de Belén no había ni mula ni buey. Bastaba con leer los relatos evangélicos de Lucas y Mateo sobre la infancia de Jesús para saber que allí no se menciona ninguna mula y ningún buey. Pues bien, una gente que no se molestó en leer esos breves y amenos relatos, ¿se espera que lean unos tochos pesados difíciles de entender como la Gaudium et Spes y la Lumen Gentium?

Así pues, la teoría de tales documentos es útil solamente si informan a la gente, y la gente actúa en función de ellos. En caso contrario es como si no existieran. Que los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI hayan sido un período de anulación de los logros del Vaticano II es algo que tiene significado sólo para las minorías que conocían y apreciaban esos logros. El común de los católicos jamás se enteró de la existencia de tales logros y no podía reaccionar a su supresión. Lo que la Iglesia enseñaba a los fieles sobre el Concilio era una propaganda oficial y oficialista que no entraba en demasiados detalles sobre las aportaciones novedosas y que no establecía la relación entre los pretendidos cambios y la problemática espiritual y social de la gente. No es casualidad que lo único que quedó de las reformas conciliares fue los cambios litúrgicos: la desaparición del latín en la liturgia, la ubicación del celebrante de la misa frente al público… esas eran cosas visibles, tangibles; no sería fácil hoy dar marcha atrás en esos cambios pues la gente ya los asumió. Y sin embargo eso es lo menos importante de las reformas conciliares; personalmente yo no tengo nada contra el latín ni contra ningún otro idioma. Y lo que más me extraña en la celebración de la eucaristía no es la posición del celebrante con relación al público sino la propia existencia de un celebrante diferenciado del público y segregado de él. Toda la celebración litúrgica de la misa, incluyendo los dos actos más importantes: la homilía y la consagración, corre a cargo del celebrante con exclusión del público. En la homilia él es el único que habla y pretende enseñar, y en la consagración él es el único que oficia. Al pueblo cristiano sólo se le permite asistir a la ceremonia, que, por otra parte, es bastante más de lo que se le permite con relación a las asambleas conciliares, los sínodos diocesanos, las reuniones de la Conferencia Episcopal y los cónclaves de elección papal.

Al hablar del escaso o nulo impacto de las disposiciones conciliares sobre el colectivo eclesial no hay que minusvalorar el caso excepcional de América Latina. Allí se desarrolló una Teología de la Liberación que, sí, intentaba ligar el espíritu de renovación que emanaba de la Asamblea conciliar con la vida y la problemática real de las personas. La forma en que fue abortada esa experiencia es un ejemplo típico de la colaboración del aparato jerárquico eclesial con los poderes económico y político del sistema para conservar la injusta realidad existente. Una vez más la Iglesia institucional se prestó a jugar el papel de factor ideológico al servicio de las clases dominantes.

Por lo demás, la desconexión entre las discusiones conciliares y la vida de la gente es tradicional en la historia de la Iglesia. Para no sobrecargar esta argumentación con demasiados ejemplos citaré sólo uno, el de una señalada ocasión perdida de autorreforma de la Iglesia. Me refiero al período entre el Concilio de Constanza (1413-1418) y el Basilea-Ferrara-Florencia (1431-1445). En algunos libros de historia ambos concilios son considerados como uno solo. El intento de reforma de la Iglesia era un asunto interno, tan interno que concernía sólo a los padres conciliares. El llamado “Cisma de Occidente” era algo que afectaba sólo al alto clero. Los cristianos de los diversos territorios del occidente europeo no sabían cuál de los dos o tres papas existentes simultáneamente era más legítimo que los otros y tampoco comprendían nada de las diferencias que pudiera haber entre ellos, ni sabían, ni les importaba, a cuál de ellos estaban sometidos jurisdiccionalmente. La solución interna que se dio el Concilio de Constanza, aparte de destituir a los tres papas y elegir uno nuevo, fue la doctrina llamada “conciliarismo”. Según esa doctrina, el Concilio es superior en autoridad al papa. El Concilio sería como una asamblea o parlamento permanente y el papa vendría a ser como un rey constitucional, representante de esa Asamblea y sometido a ella y a sus decretos. La idea era interesante y viable, de hecho, ese es el caso de los modernos parlamentos nacionales y sus respectivas constituciones. Además el asunto funcionó durante algún tiempo: varios sucesivos papas de ese período se acomodaron a ese esquema. Cuando en 1431 la Asamblea conciliar se reunió en Basilea, aquello no fue considerado un nuevo concilio sino como la segunda temporada del anterior, en aquella ocasión para afrontar la reunificación con los cristianos de Oriente. Esta reunificación no fue tan exitosa como la de Occidente, pero el mayor fracaso fue que en las sesiones conciliares recuperaron el control de la Iglesia las fuerzas más tradicionalistas de la institución, favorables al poder monárquico absoluto del papa. En Florencia, última sede del Concilio, se puso fin al “conciliarismo” y se consagró el poder absoluto del Pontífice de Roma.

Lo que interesa destacar aquí de ese fracaso del conciliarismo es que el pueblo cristiano no reaccionó en absoluto al retroceso que significaba ese paso. De hecho, los católicos europeos ni siquiera se habían enterado de que durante 32 años habían vivido bajo un regimen eclesial diferente. Ni la aprobación del conciliarismo ni su supresión significó nada para la gente común; eso era algo que afectaba solamente al alto clero de la Iglesia. De lo que ocurría en las aulas conciliares de Constanza, Basilea y Florencia se enteraban sólo los obispos que estaban allí dentro. Ocurra lo que ocurra en esos antros, la gente lo ignorará y no actuará en función de ello. Muy diferente sería la situación que se produjo en Europa un siglo más tarde, con ocasión de la Reforma luterana. Cuando Martín Lutero clavó en la puerta de la catedral de Wittenberg, y luego dio a la imprenta, el documento con sus famosas 95 tesis, estaba haciendo algo cuya importancia posiblemente ni él mismo comprendía del todo: estaba recurriendo al pueblo, al verdadero protagonista de la Historia, estaba rompiendo una tradición eclesial de más de un milenio de ninguneo del pueblo, una tradición que secuestraba en las aulas conciliares la discusión de asuntos que concernían a todo el pueblo, y secuestraba también las Escrituras confinándolas en los idiomas antiguos que la gente no comprendía. Con todo eso rompía el agustino alemán y recurría al pueblo para que este tomara en sus manos los asuntos que le concernían, y la existencia y desarrollo de la imprenta fue un factor que posibilitó la expansión de las nuevas ideas al público. La jerarquía eclesial, fiel a su método tradicional, intentó sustraer del ámbito popular la discusión de las cuestiones abordadas por las 95 tesis y confinarlas en el claustro de alguna sede conciliar. Con razón los colectivos populares que habían asumido las reformas propuestas por Lutero protestaron (de ahí viene el término “protestante”) por el intento de marginarles de la toma de decisiones sobre asuntos que les afectaban. Sabían que la costumbre de “la casa” era sustraerles el debate y dejar que unos centenares de obispos decidieran por toda la cristiandad. Decidieron abandonar tal “casa” hasta que ésta se dote de procedimientos más transparentes y participativos, cosa que no ha ocurrido aún después de casi cinco siglos.

En efecto, la transparencia y la participación popular siguieron estando ausentes en la Iglesia Católica como se ve el sistema de elección de los papas. Hoy, cuando los gobernantes de las naciones son elegidos en votaciones públicas e investidos en sesiones parlamentarias cuyos debates son transmitidos en directo por televisión, la única innovación modernizante introducida en el método de la última elección papal, cuyo formulismo tiene más de siete siglos de antigüedad, fue el uso de unos colorantes químicos para que fuera más neta la diferenciación del humo blanco o negro emitido por la chimenea tras las votaciones. Por lo demás, en la elección intervienen sólo unas decenas de cardenales, y para colmo, el papa elegido de esa manera es el único con poder para nombrar a los nuevos cardenales y a todos los obispos del orbe.

¿Qué hacer? La clave es la publicación; es esencial recurrir al pueblo, informarle, convocarle, para que él se haga el protagonista de su propia liberación. En realidad, ese era el “modus operandi” de Jesús de Nazaret: dirigirse a las masas populares. Y lo hacía utilizando un lenguaje sencillo y didáctico que las masas pudieran comprender. Las parábolas y los sermones de Jesús eran muy comprensibles e iban rectas al corazón de la gente. El problema del discurso actual de la Iglesia es que el culto que se imparte en esta institución va destinado a gente que todavía conserva algún tipo de vínculo con una cierta forma de práctica religiosa convencional: bautizos, bodas, funerales… la misa dominical en el mejor de los casos, pero todo ello desligado de un compromiso de verdadera evangelización en el sentido original del término. Parece que después de cinco siglos nuestra jerarquía eclesial no aprendió nada; después de la pérdida humana que supuso el proceso de la Reforma en el siglo XVI, la Iglesia perdió a los intelectuales en el siglo XVIII, a los obreros en el XIX, a la juventud en el XX. Y ahora, en el siglo XXI es visible el proceso de pérdida de las mujeres. Se celebra lo que parece una favorable actitud del actual papa en relación a diversas reformas para afrontar esta problemática. Pero el hecho de que se especule sobre la actitud e intenciones de una sola persona indica hasta qué punto la institución eclesial aleja el poder decisorio de las masas interesadas en su propio destino para ponerlo en las manos de individuos que se creen inspirados y asistidos por el Altísimo para disponer sobre cosas que atañen a millones de personas sin contar con ellas.

La liberación popular de la tutela clerical debe ser pareja de la que el pueblo tiene que conseguir también con relación al poder económico y su lacayo el poder político. La Reforma promovida por Lutero prosperó incluso contra la voluntad de él mismo, que la quería tener bajo control, limitándola a un movimiento religioso. Su éxito radicó en que, sin percibirlo él mismo, las ideas religiosas que expuso evocaban una igualdad evangélica que constituían la negación del sistema feudal imperante. La entonces naciente burguesía y los campesinos, aunque con contradicciones entre ellos –que se saldaron en la guerra campesina– necesitaban emanciparse ideológicamente del poder y la enseñanza eclesial que había consagrado durante muchos siglos el poder feudal, y las ideas de Lutero cuestionaban el Magisterio y la autoridad eclesial, de ahí la oportunidad histórica de su aparición. Pues bien, esta Iglesia que parece no aprender nada de la historia, y que no vacila en traicionar el espíritu del Evangelio cuando así conviene a sus intereses, se consagra al apoyo ideológico de un sistema capitalista basado en la explotación de millones de seres humanos y la liquidación de derechos y conquistas sociales que había sido muy doloroso conseguir. Por eso se ha de unir la reivindicación de más democracia, igualdad y participación en la Iglesia, con de más democracia, igualdad y participación en la sociedad. Algo así como una Teología de la Liberación a escala planetaria. La tarea es difícil pero las cosas no estaban mucho mejor cuando Jesús lanzó su mensaje liberador. Se trata de revivir el carisma que impulsó a las primeras comunidades cristianas. Saber encarnar las profundas aspiraciones de la humanidad y buscar sólo el Reino de Dios y su justicia.

Un factor que puede hoy dinamizar el asunto es Internet, un instrumento de intercomunicación horizontal que no existía en la época del Concilio Vaticano II. Hoy podemos intercambiar informaciones y opiniones con cristianos de América Latina, de otros países europeos, de otras diócesis de nuestro país… Si el pueblo, la base eclesial, toma conciencia de su vocación de construir el Reino de Dios al que Jesús convoca, los obispos conservadores no podrán bloquear la participación de los laicos en el proceso sinodal, y pueden no ser la última palabra de ese proceso. Ya vimos que cuando la jerarquía controla el proceso, sinodal o conciliar, el resultado final no es una Teología de la Liberación. Jerarquía y comunidad eclesial no suelen estar en la misma onda; la primera intenta siempre controlar a la segunda. La jerarquía no ejerce el rol del Buen Pastor, es, fue siempre, un instrumento de control ideológico de la comunidad al servicio del sistema dominante. Ya vimos las limitaciones y el alcance del tipo de asambleas sinodales y conciliares de viejo cuño. Si no hay una democratización real en el funcionamiento de la estructura eclesial, a todos los niveles, jamás nuestra Iglesia podrá ser el factor de misión que evoca el título del sínodo que se convoca. La misión, o es la realización del proyecto de Cristo Libertador o no es nada. Él dijo que no había venido a traer paz al mundo. Sabemos que no estaba propiciando la violencia y las guerras: quería decir que su mensaje evangélico es un potente revulsivo, un purgante capaz de poner patas arriba los sistemas injustos y renovar la faz de la Tierra. Es a la realización de ese plan a lo que la comunidad de sus seguidores son convocados. ¿Coincide esa convocatoria con la que se hace para el nuevo Sínodo?

Faustino Castaño pertenece a los grupos de Redes Cristianas de Asturias

Una Iglesia diferente

El Celam pugna por un cambio de chip para que haya una Iglesia diferente 

Fuente: Observatorio Eclesial 
Para tener una Iglesia diferente, sinodal y misionera se debe cambiar el chip, afirmó Miguel Cabrejos Vidarte, presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (Ce-lam) al término de los trabajos de la primera Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe.Por separado, al encabezar la misa de clausura en la Basílica de Guadalupe en el primer domingo de Advien-to, el cardenal Marc Ouellet, prefecto de la Congrega-ción de Obispos del Vaticano, aseguró que en el con-texto dramático de la pandemia que no acaba, en este contexto difícil, la Igle-sia de la región vuelve a tomar consciencia de su iden-tidad misionera. 

Mientras, en las sesiones el arzobispo de San Juan de Cuyo, Argentina, Jorge Lozano, secretario general del Celam, aseguró que la escucha que realizó la Iglesia latinoamericana en la Asamblea Eclesial ―no tiene una finalidad de marketing religioso‖, sino un deseo genuino de volver al origen.Cabrejos, arzobispo metropolitano de Trujillo, Perú, dijo que estamos llamados a cambiar, a convertir perma-nentemente la sinodalidad no un eslogan, no es una frase, es algo inherente, es la esencia de la Iglesia. 

La sinodalidad es caminar juntos. Eso cuesta a veces. La sinodalidad en los textos y do-cumentos es maravillosa y extraordinaria, pero en la práctica está la dificultad. Para eso tenemos que con-vertirnos, como dicen los jóvenes, cambiar el chip que tenemos en la cabeza.En la Basílica, Ouellet, presidente de la Pontificia Comi-sión para América Latina del Vaticano, dijo que la espe-ranza en medio de pruebas y dolores nos afectan tanto como al resto de nuestros hermanos y hermanas en otras partes del mundo.Aseguró que la asamblea que reunió a laicos, sacerdo-tes, religiosas, obispos y a cardenales, tendiente a cambiar la Iglesia de la región y hacerla más cercana a la realidad, rindió frutos. 

Nuestros días de convivencia presencial y digital han contribuido a fraguar aún más la unidad de este nuestro continente cristiano, mariano y cada vez más sinodal.La pandemia profundizó las desigualdadesEn el mensaje final, denunciamos el dolor de los más pobres y vulnerables frente al flagelo de la miseria y las injusticias. Nos duele el grito de la destrucción de la ca-sa común (el planeta) y la cultura del descarte que afec-ta sobre todo a las mujeres, los migrantes y refugiados, los ancianos, los pueblos originarios y afrodescendien-tes. 

También lamentó el impacto y las consecuencias de la pandemia que incrementa más las desigualdades so-ciales, comprometiendo incluso la seguridad alimentaria de gran parte de nuestra población y que les llega el clamor de los que sufren a causa del clericalismo y el autoritarismo en las relaciones, que lleva a la exclusión de los laicos, de manera especial a las mujeres en las instancias de discernimiento y toma de decisiones so-bre la misión de la Iglesia, constituyendo un gran obs-táculo para la sinodalidad.Cabrejos consagró a la Guadalupana las 22 conferen-cias episcopales del continente.(jornada.com.mx) 29/11/2021 

Iglesia sinodal: Atenta, acogedora y misionera


por Academia de Líderes Católicos 

La sinodalidad entendida desde la acción solidaria para con los que son la opción preferencial de Jesús, suscita la escucha y un querer abrazar la misión de ser Iglesia desde un sentido muy amplio de familia. Cuando se camina de manera confiada y conforme al modelo del Evangelio de Jesús, podemos con autenticidad testimoniar su amor providencial que nos sostiene pese a todas las incoherencias que puedan existir. Porque se llega a la convicción de que Él nunca nos deja


El reconocernos necesitados de Dios nos hace dóciles para imitar sus pasos y para ser capaces de dejar  huellas en la vida de quienes Dios mismo se encarna para escribir nuestra propia historia de salvación. “Nadie se salva solo” (Gal 2:16) sino que desde la dimensión comunitaria es en donde podemos cultivar constantes cambios con el fin de convertirnos en una mano amiga para quienes en todos los aspectos son menos favorecidos.

La escucha atenta

Por medio de la acción solidaria, la escucha de la voz de Dios, ya no pasa desapercibida, sino que se experimenta cierta estrechez en cuanto a descubrir su presencia viva en los demás, se aprende a encontrar algún aspecto suyo en cada persona con la cual nos vinculamos. Cuando se anhela y se busca la equidad en todo y para con todos, se llega asimismo a apreciar en profundidad al otro. Ya no se asume, sino que la gracia de Dios nos auxilia para que no perdamos la capacidad de asombro ante la verdad que Él quiere comunicarnos. Desde esa otra realidad que quizás es totalmente ajena a la de uno, es que el mismo Dios entabla un diálogo.

Ese proceso de intercambio que la misma comunidad propicia nos cuestiona de muchas formas. Puntualmente en cómo vivimos nuestra fe, como escuchamos ante todo la voluntad del Señor y la plasmamos en las relaciones humanas. Desde allí la lectura que hagamos en relación a los propios sentimientos nos impulsará probablemente a compromisos aún mayores. Porque si en medio de situaciones difíciles prevalece la alegría, podemos tener la certeza de que la presencia real de Cristo es la que verdaderamente  nos anima e invita a permanecer en ese diálogo fecundo con los que Él escoge.

Abrazar el ser Iglesia

El ser iglesia, más allá del contexto que cada uno se encuentre implica abrazar a los que padecen cruces aún mayores.  La misión en sí, entendida desde nuestra propia vida, se cultiva a través de la empatía y del compromiso con los demás.  Por ello, es imperioso caminar juntos como iglesia, pero desde una perspectiva que pastoralmente este mucho más envuelta en lo social. Es decir que se caracterice por personas cristianas que tengan compasión ante los más necesitados, que opten por vivir en solidaridad con la iglesia, que tengan formación o aspiren ser formados, que se ejerciten en una fe profunda para que puedan ser testimonios coherentes de una vida totalmente renovada.

La Misión puente para llegar a Dios

“El Señor me ha favorecido…caminare en su presencia” (Sal 116).

A principios de este año, el Señor me permitió llegar a Ouanaminthe, Haití. Allí estuve seis meses acompañando puntualmente a niños que carecen de lo esencial, una familia. En medio de esa realidad pude fortalecerme en el encuentro con un Jesús que no dejo de sorprenderme y que me impregnó de una alegría diferente. Valoré cada momento, logré reconocerlo a través de la situación de abandono y de desprotección en todas sus formas de muchos niños. Cada situación me reafirmó en mi SI ser Iglesia.

El simple hecho de “estar” para y con el otro, me abrió paso a dejarme evangelizar. Al palpar tantas historias,  crearse vínculos afectivos muy fuertes, sentir como el mismo contexto me cuestionaba, me hizo apreciar como los pobres con todo son felices, ya que en medio de sus limitaciones y desde su total sencillez viven en verdad agradecidos. Especialmente los niños, son pequeños héroes, que han aprendido a abrazar sus propias cruces. ¿Cómo no dejarse abrazar? ¿Cómo no ansiar  conocer a un Jesús encarnado en la vida de cada uno de ellos? ¿Cómo pasar por alto el amor? Estas criaturas te enseñan a vivir  esperanzados y confiados pese a lo que, día tras día, les toque enfrentar. Historias que son impensables, difíciles de asimilar, niños que no se victimizan sino que buscan sencillamente amar y ser amados. “Solo el amor nos hace humanos” (Jn 15, 9-17). Es que si no se aprende a relacionarse por lo que se es internamente, seguirán prevaleciendo formas efímeras con las cuales se intenta y se cree amar.

Sus vidas sencillas te nutren y te enseñan a ser humilde. Las relaciones verdaderas tienen el mismo trasfondo, porque en definitiva el amor del Señor es puro y sin dobleces. Lastimosamente, una gran mayoría,  hoy en día, vive atado a un sistema que  es dañino y egoísta.  En ese sentido, el ver otras realidades te facilita  entender en vez de menos preciar o encasillar a la gente. Te ayuda a solidarizarte con quienes no les han dejado opciones. La pobreza verdaderamente te enseña a ser solidario y a saber compartir,  lo mucho o lo poco que se tenga. Y se expresa en un sentirse alegre muy diferente acompañado de cierta nostalgia. Se aprende con los humildes, y con todos los que nos hemos encargado de dejar por fuera. Estando de manera desprendida en los zapatos de otros, Dios no solo nos premia por los lazos afectivos que se crean sino que se aprende a valorar este modo particular de amar de Dios. Solo alcanzando cierta libertad interior se puede abrazar su iniciativa, que desde una aptitud  fraterna de escucha   recobra vida en el darse y no en el negarse.

Después de seis meses en Haití, llegué a República Dominicana para compenetrarme con las familias haitianas migrantes, quienes tratan de sobrevivir pese a todo, con el fin de buscar un porvenir más digno. En medio de lo que palpé en dicho país vecino, entendí que no hay mayor riqueza que descubrirse en equidad y aspirar el encuentro con un Jesús encarnado que se revela en los que sufren. La misión de ser Iglesia es definitivamente un puente que te acerca y te llena del amor de Cristo. Un amor que valora la dignidad del otro, que anuncia y plasma el Evangelio con la convicción del porque y para quien la vida se vuelve una auténtica misión.


Por Valeria Zaffuto. Teóloga, misionera laica y miembro de la Academia Latinoamericana de Líderes Católico

Construir sinodalidad

Guillermo Sandoval: “Se trata de construir sinodalidad”

El director interino del Centro de Gestión del Conocimiento del CELAM explica los resultados de la Asamblea Eclesial Latinoamericana Aborda también los apoyos institucionales en la aplicación de esos frutos

Integró la comisión de síntesis de la reciente Asamblea Eclesial de América Latina y El Caribe, en ciudad de México; antes, Guillermo Sandoval participó en el proceso de renovación y reestructuración del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) que ha culminado creando una estructura compuesta por 4 centros pastorales al servicio de las conferencias episcopales del continente: de gestión del conocimiento, de formación (CEBITEPAL), de programas y redes de acción pastoral y para la comunicación.


Sandoval dirige el equipo del Centro de Gestión del Conocimiento, cuyo coordinador es el cardenal Óscar Andrés Rodríguez, arzobispo de Tegucigalpa, en Honduras.

Experto en doctrina social de la Iglesia

Es periodista chileno especializado en temas sociales; tiene un Magister en Doctrina Social de la Iglesia, con mención en relaciones laborales, por la Universidad Pontificia de Salamanca; y estudios en derechos humanos en el Instituto de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

En 2019 publicó “Las manos humanas son las manos de Dios”, con casi 500 páginas dedicadas a analizar el trabajo humano en la Biblia, el Magisterio eclesial y experiencias eclesiales en América Latina.

Desde su rol en el CELAM y su reciente experiencia en la Asamblea Eclesial habló con Vida Nueva.

PREGUNTA.- ¿Cuáles son los principales frutos que ha dejado esta asamblea eclesial de México?

RESPUESTA.- Hay muchos. Creo que lo más relevante es hacer presente y poner en ejercicio la igual dignidad de todos los miembros del Pueblo de Dios. Se trata de una eclesiología de Vaticano II, que tiene raíces en las primeras comunidades cristianas. ¡Que todos, en diálogo y misión, seamos corresponsables de la Iglesia! Aportando desde los ministerios que corresponden a cada cual, y que expresan los diferentes servicios y carismas necesarios para hacer y ser iglesia, diversa en manifestaciones y unida en el amor. Esto es muy importante para construir una Iglesia del siglo XXI.

Énfasis en lo social

P.- ¿De qué manera los organismos del CELAM apoyarán la aplicación de los resultados de la asamblea?

R.- A través de los distintos programas que el CELAM desarrolla en colaboración con las 22 Conferencias Episcopales de América Latina y El Caribe, y la Conferencia Eclesial de la Amazonía. Hay 41 desafíos pastorales identificados por los asambleístas y más de cien orientaciones. Es claro un énfasis en lo social. Un deseo de servir a Dios en la persona de nuestros hermanos y hermanas, colaborando en la construcción de Su Reino.

P.- Parece ir consolidándose un formato ‘eclesial’ versus ‘episcopal’ de asambleas para discernir orientaciones pastorales. ¿Cómo apoya el CELAM este proceso?

R.- Creo que de ninguna manera deberíamos usar el “versus”, que señala confrontación.  De lo que se trata, es de construir sinodalidad. Esto es, caminar juntos. Unidos. Obispos, clero, religiosas(os) y laicas(os) nos necesitamos mutuamente para anunciar el Evangelio y proponerlo a la sociedad en sentido amplio. En materias eclesiales y sociales dos más dos son mucho más que cuatro.

Es cierto, para no eludir el fondo de la pregunta, que han surgido propuestas de nuevas organizaciones desde los diferentes ministerios, incluyendo el laical. Creo que es algo que debe madurar más. Lo que sí tengo claro, es que debemos superar el clericalismo que, por otra parte, muchas veces lo promovemos los propios laicos. Veo a las autoridades del CELAM convencidas, abiertas, disponibles y promoviendo la eclesialidad del Pueblo de Dios, que es un proceso de escucha y diálogo. En esto no habrá vuelta atrás. Es esa misma línea apunta el próximo Sínodo sobre la sinodalidad.

Hacer sinodalidad

P.- ¿Qué aportes podemos esperar del Centro de Gestión de Conocimiento, CGC, del CELAM?

R.- Próximamente el CGC entregará los frutos de varios trabajos académicos, sobre migraciones, Pacto Educativo Global, economías de Francisco y Clara, salud mental, estado de la situación del medio ambiente en la Región, violencia que sufren niños y adolescentes, etc. Todos estos temas coinciden con las preocupaciones planteadas en los 41 desafíos pastorales. Pero esos mismos 41, son una cantera amplia para trabajar otros temas en los meses siguientes con equipos de las distintas universidades católicas de América Latina y El Caribe.

Por otra parte, el área de Conocimiento Compartido continuará poniendo en diálogo a los integrantes del Pueblo de Dios que deseen participar, sobre temas que las propias comunidades van escogiendo. Ya los hay sobre catequesis familiar y educación. Otros están prontos a iniciarse. La pandemia nos obligó a trabajar en plataformas digitales, y eso lo vamos a seguir aprovechando para que comunidades de distintos países puedan intercambiar buenas prácticas y conocimientos, para servir mejor, hacer sinodalidad con las herramientas que nos acercan y permiten ese intercambio, sin reemplazar el encuentro y calidez de un abrazo o una taza de té en torno a una mesa. Compartir es una riqueza muy grande

El laicado con la sinodalidad de fondo

Gabriel María Otalora 

El Concilio Vaticano II supuso un antes y un después para los laicos; sin embargo, no sé si es posible hablar de un único tipo de laico en la Iglesia. Existe un laicado tradicional configurado como una mayoría silenciosa, pasiva e inhibida a la vez, convencida de que no tiene mayores responsabilidades; convencimiento este alentado, durante mucho tiempo, por buena parte de la jerarquía eclesiástica. 

Existe también otro laicado, minoritario, pero cada vez más significativo que suspira por una implicación real y con una visión más integral del mandato evangélico. Son cristianos que intentan vivir su fe de forma adulta allí donde se encuentren procurando abrirse a las preguntas de la fe en su medio desde su voluntad para ser luz y fermento bajo el signo de la fraternidad. 

Pero tampoco es un laicado homogéneo, pues laicos comprometidos son también los que 
participan en los movimientos “neocon” y teocon”, los nuevos conservadores radicales que no descartan un choque de civilizaciones ante la necesidad de preservar al cultura occidental, con posiciones muy conservadoras donde la religión católica debiera jugar un papel de poder. Sin duda que hay admirar y copiar su celo y entusiasmo… pero poco más, ya que no parece que han interiorizado la gravedad del pecado estructural del materialismo en este caso capitalista, ni la peligrosa contradicción entre el mensaje y la práctica diaria que supone la perpetuación de una Iglesia poderosa y acomodaticia. 

En todo caso, el prototipo del laico actual es el de un cristiano desconcertado, inseguro y escéptico de su papel. Un laicado que añora la referencia de las virtudes teologales como los tres grifos de todas las demás virtudes: la fe (por inmadura), la esperanza (por descafeinada) y la caridad, que ya no es el principal signo por el que se nos reconoce a los cristianos. Como corresponde a un tiempo revuelto, los laicos no acabamos de encontrar nuestro sitio en una institución eclesial que se resiste a dejar atrás su lastre clericalista y, a la vez, mundano, en el sentido de mantener las cuotas de poder y de ostentación (Estado Vaticano, títulos y dignidades, carrera eclesiástica, etc.). 

Contradicciones e indiferencia que el Papa no deja de denunciar, por cierto. Parece como si a los dirigentes religiosos les preocupase más la obediencia a las normas que la fidelidad al mensaje con los hechos. La consecuencia práctica de este imperio de la ortodoxia es que unos pocos se han extralimitado en su función. Este afán por las normas más que por las personas ha tenido graves consecuencias incluso en la oración, marcada también por la rigidez de la ortodoxia del momento, que históricamente ha venido apostando por apuntalar una fe infantil más que por un crecimiento maduro y transformador del compromiso cristiano fruto de la experiencia de Dios. 

A esto habría que añadir el peso de la Tradición, confundida con frecuencia con 
costumbres mundanas y sociopolíticas con las que algunos han frenado cualquier avance liberador en la Iglesia. Y digo liberador en el sentido más evangélico del término, el que nos libera de nuestras cadenas a la manera de Pentecostés. Cuántas ataduras humanas de poder se han disfrazado de religiosidad parapetada tras “la Tradición”. Jesús fue muy claro aun en medio de la férrea tradición judía, aun más férrea que la nuestra. Respetó la tradición profética, los libros y los ritos sagrados, y hasta las normas existentes, pero lo supeditó todo al bien de las personas y a una relación más sincera con Dios, a quien presentó como un Padre cariñoso “lento a la cólera y rico en perdón” fijándose especialmente en los más necesitados, los preferentes del Evangelio, por cierto. 

Poco a poco, la organización de la Iglesia se ha convertido en algo más importante que la misión encomendada. “El sumo poder se ejerce bien cuando se dominan los vicios más que a los hermanos”, llegó a decir S. Gregorio Magno. “Quien debe presidir a todos, por todos debe ser elegido” (S. León Magno). “Lo que es de interés de todos, debe ser aprobado por todos”. (Derecho Romano). “Soy obispo para vosotros, pero ante todo soy cristiano con vosotros” (S. Agustín), etc. 

Todo empezó a estropearse con Constantino y cuando la Iglesia se organiza a la manera de los dirigentes de la sociedad civil (s. II-III), acaparando el clero todas las funciones de la Iglesia. Y con ello, la jerarquización, la carrera eclesiástica y los privilegios. El papel de la mujer desapareció, las religiosas quedaron “en tierra de nadie”. Los monjes del desierto y algunas nuevas órdenes fueron la primera denuncia de una Iglesia cada vez más unida al poder temporal. Las órdenes terceras fueron otro intento de purificar el mensaje, pero fueron obligadas en el Medioevo a tomar forma de orden religiosa (franciscanos, etc.). 

¿Dónde queda la función del pueblo sacerdotal, del laico, del Pueblo de Dios? La historia de la iglesia parece hecha por una minoría minoritaria. Individualismo, clericalismo, ortodoxia por encima de la praxis y tradición inmovilizadora, no dejan espacio al poder del Espíritu descuidando su compromiso en prácticas tan esencialmente evangélicas como la misericordia, la compasión, la humildad, la fraternidad o la importancia relativa de los bienes de este mundo (El problema del materialismo consumista nos ha pillado con el pie cambiado). 

Caminar dos mil años en la vida de la Iglesia ha traído desviaciones entre las cuales no es la menor asumir que la inmensa tarea pastoral depende casi únicamente del clérigo, o que el estado clerical suponía estar más cerca de la perfección cristiana, contradiciendo a los inicios de la tradición cristiana (donde la orden de las viudas, de las vírgenes, entre otras, eran órdenes laicales). 

Los laicos y laicas ha sido un categoría eclesial de segunda división que se nos ha definido más por lo que no somos (no-sacerdotes, no-religiosos y no-religiosas) que por lo que somos, sin ofrecer una identidad teológica a pesar de que todos somos iguales ante Dios con diferentes carismas. Hay que saltar hasta el Concilio Vaticano II para retomar el protagonismo del Pueblo de Dios en su sentido más amplio y sin seguidismos más que a la Palabra de Dios y al ejemplo de Cristo. Y ahora tenemos la gran oportunidad con la sinodalidad que impulsa Francisco. 

Como afirma Leonardo Boff, los laicos de hoy ya no aceptan una Iglesia autoritaria y triste, como si fuesen a su propio entierro. Pero están abiertos a Jesús, a su sueño divino y a los valores evangélicos porque la Iglesia existe para anunciar a la humanidad que Dios es amor; ésta es su razón de ser, su dicha y su identidad más profunda. Pocos conocen que existe un Día del Apostolado seglar (secular, de siglo, mundo…) que se celebra, qué casualidad, el día de Pentecostés, tal es la importancia real de esta fiesta en la Iglesia… 

En líneas generales, si preguntamos qué o quién es la Iglesia a alguien de fuera de ella, nos dirá que la Iglesia son el Papa y los obispos, los curas y los religiosos y religiosas. Ni siquiera Caritas. Sencillamente, para ellas los laicos no significan la Iglesia. 
El problema sigue siendo las funciones reales de los laicos, más ejecutores que “sujetos” de las decisiones. Pero tenemos derecho a esperar y a encontrar en la Iglesia institución lo que a todos nos gustaría: vivir más y mejor el gozo de la fe y el amor compartido que muestre al mundo la Buena Noticia, asociando Iglesia a liberación. Nuestra crisis resalta más cuando la realidad eclesial se percibe como que dificulta en ocasiones la comprensión y la acción en el complejo problema social, a la hora de aportar soluciones eficaces a los problemas actuales. Los “malos” no siempre están fuera de la Iglesia. 

Sin compromiso transformador a favor de un mundo más humano no hay Iglesia de Dios 
en la que nos reconozcan como Buena Noticia a la manera del Evangelio. Y no podemos 
ofrecer un mensaje creíble si nuestra imagen es la de una Iglesia encerrada en sus 
normas, ritos y cultos haciéndose fuerte en los templos. La consecuencia es la huída social porque ya no somos Noticia, estamos sin vigor salvador, alejados de un 
Pentecostés que tememos más que anhelamos. 

Voy acabando mi reflexión. Y lo hago recordando que los evangelios son los que marcan el papel del cristiano, sea laico, presbítero, obispo o Papa, hombre o mujer. Sin distinción en lo esencial. Y lo hacen desde la enseñanza y el ejemplo de Jesús a cada uno de nosotros, en su apuesta por el seguimiento de su mensaje. En este sentido, el teólogo católico Johann Baptist Metz, discípulo de Karl Rahner, afirmaba: “La primera mirada de de Jesús no se dirigía al pecado de los otros, sino a su sufrimiento”; y “el pecado era para Jesús negarse a tener compasión ante el sufrimiento de los otros”, cosa que el clericalismo centrado en sí mismo, al servicio de una institución poderosa, olvida frecuentemente, afirmo yo. 

La Iglesia, en fin, para ser creíble tiene que apoyarse en hechos, porque el hombre 
secularizado inmerso en la cultura de la imagen sólo entiende el lenguaje de los gestos coherentes. A nuestra Iglesia le vendría muy bien escuchar: “¿Habéis pescado algo después de estar trabajando toda la noche?”. Porque lo que es trabajar, se trabaja, pero la pregunta es si se hace en la dirección adecuada 

El Celam pugna por un cambio de chip para que haya una Iglesia diferente

Fuente: Observatorio Eclesial
Para tener una Iglesia diferente, sinodal y misionera se debe cambiar el chip, afirmó Miguel Cabrejos Vidarte, presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (Ce-lam) al término de los trabajos de la primera Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe.Por separado, al encabezar la misa de clausura en la Basílica de Guadalupe en el primer domingo de Advien-to, el cardenal Marc Ouellet, prefecto de la Congrega-ción de Obispos del Vaticano, aseguró que en el con-texto dramático de la pandemia que no acaba, en este contexto difícil, la Igle-sia de la región vuelve a tomar consciencia de su iden-tidad misionera.

Mientras, en las sesiones el arzobispo de San Juan de Cuyo, Argentina, Jorge Lozano, secretario general del Celam, aseguró que la escucha que realizó la Iglesia latinoamericana en la Asamblea Eclesial ―no tiene una finalidad de marketing religioso‖, sino un deseo genuino de volver al origen.Cabrejos, arzobispo metropolitano de Trujillo, Perú, dijo que estamos llamados a cambiar, a convertir perma-nentemente la sinodalidad no un eslogan, no es una frase, es algo inherente, es la esencia de la Iglesia.

La sinodalidad es caminar juntos. Eso cuesta a veces. La sinodalidad en los textos y do-cumentos es maravillosa y extraordinaria, pero en la práctica está la dificultad. Para eso tenemos que con-vertirnos, como dicen los jóvenes, cambiar el chip que tenemos en la cabeza.En la Basílica, Ouellet, presidente de la Pontificia Comi-sión para América Latina del Vaticano, dijo que la espe-ranza en medio de pruebas y dolores nos afectan tanto como al resto de nuestros hermanos y hermanas en otras partes del mundo.Aseguró que la asamblea que reunió a laicos, sacerdo-tes, religiosas, obispos y a cardenales, tendiente a cambiar la Iglesia de la región y hacerla más cercana a la realidad, rindió frutos.

Nuestros días de convivencia presencial y digital han contribuido a fraguar aún más la unidad de este nuestro continente cristiano, mariano y cada vez más sinodal.La pandemia profundizó las desigualdadesEn el mensaje final, denunciamos el dolor de los más pobres y vulnerables frente al flagelo de la miseria y las injusticias. Nos duele el grito de la destrucción de la ca-sa común (el planeta) y la cultura del descarte que afec-ta sobre todo a las mujeres, los migrantes y refugiados, los ancianos, los pueblos originarios y afrodescendien-tes.

También lamentó el impacto y las consecuencias de la pandemia que incrementa más las desigualdades so-ciales, comprometiendo incluso la seguridad alimentaria de gran parte de nuestra población y que les llega el clamor de los que sufren a causa del clericalismo y el autoritarismo en las relaciones, que lleva a la exclusión de los laicos, de manera especial a las mujeres en las instancias de discernimiento y toma de decisiones so-bre la misión de la Iglesia, constituyendo un gran obs-táculo para la sinodalidad.Cabrejos consagró a la Guadalupana las 22 conferen-cias episcopales del continente.(jornada.com.mx) 29/11/2021