Arranca el camino sinodal en las iglesias particulares

 

El camino sinodal fue inaugurado por el Papa en el Vaticano el pasado fin de semana, 9 y 10 de octubre, y en las iglesias particulares arrancará este domingo, 17 de octubre 

El arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro, celebrará a las 19:00 horas una Misa solemne en la catedral de Santa María la Real de la Almudena 

La Comisión Diocesana para el Sínodo y la Delegación Episcopal de Liturgia proponen a las parroquias y lugares de culto unirse a esta intención a través de la oración universal y de la oración al Espíritu Santo 

El objetivo de esta fase es la consulta al pueblo de Dios para que el proceso sinodal se realice en la escucha de la totalidad de los bautizados 

17.10.2021 

(CONFER); El camino sinodal fue inaugurado por el Papa en el Vaticano el pasado fin de semana, 9 y 10 de octubre, y en las iglesias particulares arrancará este domingo, 17 de octubre. El arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro, celebrará a las 19:00 horas una Misa solemne en la catedral de Santa María la Real de la Almudena. En una carta, el purpurado anima a participar en esta ceremonia a todo el clero, así como a los miembros de la vida consagrada y a los laicos. 

La Comisión Diocesana para el Sínodo y la Delegación Episcopal de Liturgiaproponen a las parroquias y lugares de culto unirse a esta intención a través de la oración universal y de la oración al Espíritu Santo. Ambos elementos pueden incluirse en la celebración habitual de la Eucaristía del domingo XXIX del tiempo ordinario. 

El documento hecho público por la Secretaría del Sínodo con motivo de esta XVI Asamblea General Ordinaria explica que «el objetivo de esta fase es la consulta al pueblo de Dios para que el proceso sinodal se realice en la escucha de la totalidad de los bautizados». Se ha enviado un documento preparatorio, un cuestionario y un vademécum con propuestas para realizar la consulta, que estará abierta a los alejados de la Iglesia o de la fe y a aquellos que tienen otras confesiones cristianas o que confiesan otras religiones. 

La fase de discernimiento diocesano culminará con una reunión presinodal y sus conclusiones se enviarán a la Conferencia Episcopal Española, donde los obispos, reunidos en Asamblea, realizarán una síntesis con las aportaciones de las diferentes diócesis para enviar a la Secretaría del Sínodo antes de abril de 2022. 

Coneste material, procedente de todas las iglesias particulares de todo el mundo, se elaborará un instrumentum laboris que será publicado en septiembre de 2022 y que será enviado a las iglesias particulares para trabajar la segunda fase del Sínodo: la continental

La fase continental, que durará hasta marzo de 2023, tiene como objetivo que las conferencias continentales dialoguen sobre el instrumentum laboris, para realizar un discernimiento, teniendo en cuenta las particularidades culturales de cada continente

Por último, con las reflexiones aportadas se redactará un documento final que se enviará a la Secretaría del Sínodo para que elabore un nuevo instrumentum laboris de cara a la Asamblea Sinodal universal que tendrá lugar en Roma en octubre de 2023

Reflexiones sobre la sinodalidad

El estamento clerical, su gran obstáculo 

Por Rufo González 

Gran parte del Pueblo de Dios carece de una eclesiología actualizada 
Hace años me impresionaron estas palabras del profesor de Tubinga, especialista en ciencias bíblicas, Herbert Haag: “La crisis de la Iglesia perdurará mientras ésta no decida darse una nueva constitución que acabe de una vez para siempre con los dos estamentos actuales: sacerdotes y seglares, ordenados y no ordenados… 

Interrogando a los testigos de los tiempos bíblicos y del cristianismo primitivo, llegamos a la conclusión clara y convincente de que episcopado y sacerdocio se desarrollaron en la Iglesia al margen de la Escritura y fueron más adelante justificados como parte del dogma. Todo parece hoy indicar que ha llegado la hora, para la Iglesia, de regresar a su ser propio y original” (H. Haag: “¿Qué Iglesia quería Jesús?”. Herder. Barcelona 1998. p. 14-15). Sin duda que la sinodalidad, impulsada por el papa Francisco, puede ser un buen impulso para “regresar al ser propio y original” de la Iglesia. 

La sinodalidad supone comunión en torno al Evangelio y capacidad para caminar juntos sin imposición, descubriendo entre todos lo que el Espíritu de Jesús sugiere. Los que se oponen a la sinodalidad son los infantilizados por el clericalismo y muchos del estamento clerical. La práctica de los sacramentos sólo les ha exigido dejarse llevar de la costumbre y pactar detalles con los dirigentes de sus iglesias. Bautizados sin conocimiento, llevados a la Eucaristía por una fiesta social, acostumbrados a callar y aceptar lo que dicen los clérigos, hoy sólo cabe esperar, de una inmensa mayoría, el infantil seguimiento o abandono eclesial. Está sucediendo. 

Muchos clérigos, sobre todo los más jóvenes, aceptan la Reforma gregoriana (s. XI): “Hay dos géneros de cristianos; uno ligado al servicio divino, constituido por los clérigos. El otro es el género de los cristianos al que pertenecen los laicos” (Decreto de Graciano, año 1140). Mentalidad que ha perdurado casi veinte siglos. A principios del siglo pasado, la dejó diáfana san Pío X: “La Iglesia es una sociedad desigual que comprende dos categorías de personas, los pastores y el rebaño; los que ocupan un puesto en los distintos grados de la jerarquía y la muchedumbre de los fieles. Estas categorías son tan distintas entre sí que solamente en el cuerpo pastoral residen el derecho y la autoridad necesaria para promover y dirigir los miembros hacia el fin de la sociedad. En cuanto a la multitud, no tiene otro deber sino dejarse conducir y, rebaño dócil, seguir a sus pastores” (Encíclica “Vehementer Nos” 1906). 

El Concilio Vaticano II logró cambiar el esquema inicial sobre la Iglesia. Renovó la eclesiología centrándola en la comunión del Pueblo de Dios, sacerdotal, profético y regio (LG 9ss). El bautismo nos constituye en “pueblo de Dios, hace partícipes de la función sacerdotal, profética y regia de Jesucristo, capacita para ejercer la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo” (LG 31). Aunque hace ya más de medio siglo del Vaticano II, la Iglesia se sigue entendiendo como la comunidad de clérigos, con algunos adláteres ligados con votos. Los laicos siguen siendo receptores pasivos de la salvación dada por los clérigos. 

Investigaciones muy numerosas coinciden en que los “dirigentes” de las iglesias primeras no ejercían culto alguno, ni se les llamaba “sacerdotes”. Sus nombres, de origen profano, aludían a sus funciones: vigilantes-supervisores (epíscopos), mayores (presbíteros), servidores (diáconos y diáconas), viudas, maestros, guías… Supeditados a la comunidad que los elegía y a la que debían rendir cuentas, no eran vitalicios en contra de la voluntad de la comunidad. 

El proceso de “sacerdotalización” de los ministerios fue fruto, en gran medida, de querer demostrar la continuidad de la Nueva Alianza con la Antigua, negada por parte del gnosticismo (movimiento filosófico y teológico que fusiona principios orientales con ideas filosóficas griegas y doctrinas cristianas). Los gnósticos explican el bien y el mal, según la creencia maniquea -propuesta por el persa Maní-, como procedentes de dos principios distintos: el Ser supremo y el Demiurgo. Éste, eón del Ser supremo, quiso ser superior a él, se rebeló y fue arrojado del reino de la luz. Él es creador de la materia y del ser humano, y de la lucha constante entre el hombre y Dios; es el Dios del Antiguo Testamento. Las almas humanas, partes de luz divina encerradas en la materia, esperan ser rescatadas. Para ello es enviado Cristo, eón divino fiel al Ser supremo, comunicador del conocimiento (la gnosis) que libra de la materia y hace volver al Ser supremo. No salvan, pues, las buenas obras, sino el buen conocimiento. 

Contra la interpretación gnóstica, los cristianos tienen a Jesús por el Mesías aludido en la Ley y los Profetas. Continuidad de Dios, pero no de sacerdocio. El fundador del Nuevo Testamento, Jesús no es sacerdote del Templo. Reúne discípulos y forma una comunidad, familia de hermanos, basada en vivir la voluntad del Padre, el Reino de Dios, guiados por su Espíritu. Los apóstoles no usan poderes sacerdotales. De Pablo sabemos que participaba de la “fracción del pan” (He 20, 7), pero nada se sabe si la presidía. Sólo un escrito del Nuevo Testamento, la Carta de los Hebreos, interpreta la vida de Jesús como sacerdotal. Se trata de un sacerdocio existencial, vital, único, en el que se integran los bautizados. Los dirigentes son “guías” (egoumenoi”, nombrados por la comunidad y actúan colegialmente. Se encargan de anunciar de la Palabra y de ser ejemplares (Heb 13,7), “se desvelan por vuestro bien, sabiéndose responsables; así lo harán con alegría y sin lamentarse” (13,17). Sin función cultual. Nada se dice de la eucaristía, porque no se la consideraba entonces expresión o confirmación de la fe, ni como sustituta del culto judío. 

A finales del s. II, los guías eclesiales empiezan a distinguirse y recabar para sí un carácter sagrado, no evangélico. Se creen en continuidad con el sacerdocio antiguo: los obispos, los sumos sacerdotes; los presbíteros, sacerdotes; diáconos, levitas. Se elevan a categorías u órdenes. “Orden” en la cultura romana era una “clase social”. “Así, entre los siglos III y IV, en la Iglesia nació el clero. Y con el clero se marginó el Evangelio del centro de la Iglesia… El centro lo ocupó el clero… `El clero se volvió distinguido porque era privilegiado´” (Castillo: El Evangelio marginado. Desclèe de Brouwer. 2019. P. 70). 

Benedicto XVI utiliza esta continuidad sacerdotal para justificar la ley del celibato en la Iglesia. Alude a la “conciencia colectiva de Israel”: “La abstinencia sexual, en los periodos en que ejercían el culto y, por tanto, estaban en contacto con el misterio divino”, era un deber estricto de los sacerdotes judíos. Los sacerdotes judíos “solo debían consagrarse al culto durante determinados periodos”. Por ello “matrimonio y sacerdocio eran compatibles” en periodos no cultuales. Pero los sacerdotes del Nuevo Testamento tienen que celebrar la misa incluso a diario. Luego “toda su vida está en contacto diario con el misterio divino. 

Eso exige por su parte la exclusividad para Dios. Quedan excluidos, por tanto, los demás vínculos que, como el matrimonio, afectan a la totalidad de la vida. De la celebración diaria de la Eucaristía, que implica un estado permanente de servicio a Dios, nace espontáneamente la imposibilidad de un vínculo matrimonial. Se puede decir que la abstinencia sexual, que antes era funcional, se convierte por sí misma en una abstinencia ontológica.” (Desde lo más hondo de nuestros corazones. R. Sarah con J. Ratzinger, Benedicto XVI. Ed. Palabra. Madrid 2020. P. 50-52). Tesis negada expresamente por el Vaticano II: “el celibato no es exigido por la naturaleza misma del sacerdocio, según la práctica de la Iglesia primitiva (1Tim 3,2-5; Tit 1, 6) y la tradición de las Iglesias orientales…” (PO 16) 

¿Un Sínodo sobre sinodalidad?

Tomar consejo y construir consenso: ¿Un Sínodo sobre Sinodalidad? 

“Quizás estemos ante el evento más importante de la actual fase de recepción del Concilio Vaticano II bajo el pontificado del papa Francisco” 

“Con esta convocatoria, el papa Francisco invita a toda la Iglesia a discernir un nuevo modelo eclesial para el tercer milenio, que profundice el proceso de aggiornamento iniciado por el Vaticano II y responda a los cambios epocales y eclesiales que vivimos” 

“El nuevo modelo eclesial supone superar relaciones desiguales, de superioridad y subordinación, y pasar a la lógica de la ‘recíproca necesidad'” 

Por Rafael Luciani teólogo 

(Mensaje).- La Iglesia ha sido convocada a un Sínodo que lleva como lema Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión. El evento se inaugurará el 9 de octubre de 2021 en Roma y el 16 de octubre en cada Iglesia particular. Será un proceso sinodal de dos años, culminando en la celebración de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos en octubre de 2023. Con esta convocatoria, el papa Francisco invita a toda la Iglesia a discernir un nuevo modelo eclesial para el tercer milenio, que profundice el proceso de aggiornamento iniciado por el Vaticano II y responda a los cambios epocales y eclesiales que vivimos. En este contexto se sitúa la relevancia que tiene este Sínodo para discernir las reformas necesarias a la luz de la sinodalidad. 

Quizás estemos ante el evento más importante de la actual fase de recepción del Concilio Vaticano II bajo el pontificado del papa Francisco. Se involucra un aproximado de 114 conferencias episcopales de rito latino, el Consejo de Patriarcas Católicos de Oriente, seis sínodos patriarcales de Iglesias orientales, cuatro sínodos archiepiscopales mayores y cinco consejos episcopales internacionales. Profundizando la eclesiología del Pueblo de Dios, y a la luz de un modelo de Iglesia de Iglesias, el Papa propone —como dijo durante la Conmemoración del 50 Aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos— que “el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio”. Y lo hace en un contexto en el que urge, más que nunca, renovar la vida eclesial tomando consejos y construyendo consensos al estilo del viejo principio de la canonística medieval que reza: “Lo que afecta a todos, debe ser tratado y aprobado por todos”. 

Esta práctica no es nueva en la Iglesia. Cabe recordar la regla de oro del Obispo San Cipriano, que puede ser vista como la forma sinodal del primer milenio y ofrece el marco interpretativo más adecuado para pensar los retos actuales: “Nihil sine consilio vestro et sine consensu plebis mea privatim sententia gerere”1. Para este obispo de Cartago, tomar consejo del presbiterio y construir consenso con el pueblo fueron experiencias fundamentales a lo largo de su ejercicio episcopal para mantener la comunión en la Iglesia. A tal fin, pudo idear métodos basados en el diálogo y el discernimiento en común, que posibilitaron la participación de todos, y no solo de los presbíteros, en la deliberación y toma de decisiones. El primer milenio ofrece ejemplos de una forma ecclesiae en la que el ejercicio del poder se entendió como responsabilidad compartida. 

Una Iglesia de la escucha 

Inspirado en este modo de proceder, el papa Francisco describe al nuevo modelo eclesial con las siguientes palabras: “Una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha (…). Es una escucha recíproca en la cual cada uno tiene algo que aprender (…). Es escucha de Dios, hasta escuchar con él el clamor del pueblo; y es escucha del pueblo, hasta respirar en él la voluntad a la que Dios nos llama”2. El ejercicio de la escucha es indispensable en una eclesiología sinodal, pues parte del reconocimiento de la identidad de los sujetos eclesiales —laicos(as), presbíteros, religiosos(as), obispos, Papa— a partir de relaciones horizontales fundadas en la radicalidad de la dignidad bautismal y en la participación en el sacerdocio común de todos los fieles (Lumen Gentium 10). La Iglesia en su conjunto es cualificada por medio de los procesos de escucha en los que cada sujeto eclesial aporta algo que completa la identidad y la misión del otro (Apostolicam Actuositatem 6), y lo hace desde lo propio de cada uno (AA 29). 

Tal modelo supone superar relaciones desiguales, de superioridad y subordinación, y pasar a la lógica de la “recíproca necesidad” (LG 32). Este es el espíritu de la Comisión Teológica Internacional al afirmar que “una Iglesia sinodal es una Iglesia participativa y corresponsable. En el ejercicio de la sinodalidad está llamada a articular la participación de todos, según la vocación de cada uno, con la autoridad conferida por Cristo al Colegio de los Obispos presididos por el Papa. La participación se funda en el hecho de que todos los fieles están habilitados y son llamados a que cada uno ponga al servicio de los demás los respectivos dones recibidos del Espíritu Santo”3. Podemos decir que ser escuchados es un derecho de todos, pero tomar consejos a partir de la escucha es un deber propio de quien ejerce la autoridad. 

Sin embargo, la escucha también tiene otra dimensión. A través de ella se genera un proceso de reconfiguración de los modelos teológico-culturales de la organización eclesial. El Papa explica que se escucha a un pueblo, en un lugar y en un tiempo “para conocer lo que el Espíritu «dice a las Iglesias» (Ap 2,7)” y encontrar modos de proceder acordes a cada época. Lo recordó el Sínodo para la Amazonia, al decir que la Iglesia “reconfigura su propia identidad en escucha y diálogo con las personas, realidades e historias de su territorio” (Querida Amazonia 66). Y lo hace, como sostiene el Concilio, discerniendo “de qué modo puedan compaginarse las costumbres, el sentido de la vida y el orden social con las costumbres manifestadas por la divina revelación” (Ad Gentes 22). 

Un Sínodo como el actual puede ser apreciado como el inicio de un proceso que puede llevar a “una acomodación más profunda en todo el ámbito de la vida cristiana” (AG 22) porque “los vínculos de historia, lenguaje y cultura, que en ella plasman las comunicaciones interpersonales y sus expresiones simbólicas, trazan el rostro peculiar, favorecen en su vida concreta el ejercicio de un estilo sinodal” (CTI, Sin. 77). De ahí la importancia de comprender que la sinodalidad es el modo más adecuado para la génesis de los procesos de identidad y reconfiguración teológico-cultural de la Iglesia, según los tiempos y las culturas, bajo el modelo de Iglesia como Iglesia de Iglesias presidida por el Obispo de la Iglesia de Roma y en comunión entre todas ellas. 

Una forma más completa de ser Iglesia 

La escucha no es un fin en sí mismo. Ella se realiza en el marco de un proceso mayor, cuando “toda la comunidad, en la libre y rica diversidad de sus miembros, es convocada para orar, escuchar, analizar, dialogar y aconsejar para que se tomen las decisiones pastorales más conformes con la voluntad de Dios” (CTI, Sin. 53). A partir de esta serie de relaciones y dinámicas comunicativas se va generando el ambiente propicio para tomar consejos y construir consensos que luego se traduzcan en decisiones. Es importante tener en cuenta todas las acciones a la hora de emprender un proceso de escucha: “Orar, escuchar, analizar, dialogar y aconsejar”, porque la finalidad de este camino no es simplemente encontrarnos, oírnos y conocernos mejor, sino trabajar en conjunto “para que se tomen las decisiones pastorales”. Este es uno de los aspectos que definen el sentido y la meta de un proceso sinodal y, en este Sínodo sobre sinodalidad, la Iglesia se plantea avanzar en la búsqueda de una “más completa definición de sí misma” —recogiendo las palabras de Pablo VI al abrir la segunda sesión del Concilio. 

Sin este horizonte en mente, se puede correr el riesgo de limitar la comprensión y el ejercicio de la sinodalidad a una mera práctica afectiva y ambiental, sin que se traduzca efectivamente en cambios concretos que ayuden a superar el actual modelo institucional clerical. Por ello, es importante destacar que el actual Sínodo ha creado una Comisión Teológica asesora de todo el proceso. Es un hecho novedoso que recupera la colaboración que debe existir entre la teología y el magisterio. Y dentro de dicha comisión se ha conformado una subcomisión para elaborar propuestas de reforma del derecho canónico. Si lo escuchado no se traduce en nuevos canales y estructuras eclesiales —en palabras de Francisco, “mediaciones concretas”— quedará develado, una vez más, un modelo eclesial en el que se da una “insuficiente consideración del sensus fidelium, la concentración del poder y el ejercicio aislado de la autoridad, un estilo centralizado y discrecional de gobierno, y la opacidad de los procedimientos regulatorios”4. 

Un evento que se convierte en proceso 

Coherente con el tema que aborda, y con el fin de palpar el sentir de toda la Iglesia universal, el actual Sínodo deja de ser un evento y se convierte en un proceso que comienza con una primera fase diocesana. Desde una eclesiología de las Iglesias locales, se parte del primer nivel en el ejercicio de la sinodalidad, como lo ha manifestado el cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo de los Obispos: “Considerando que las Iglesias particulares, en las cuales, y a partir de las cuales existe la una y única Iglesia católica, contribuyen eficazmente al bien de todo el cuerpo místico, que es también el cuerpo de las Iglesias (LG 23), el proceso sinodal pleno solo existirá verdaderamente si se implican en él las Iglesias particulares”5. 

Para comprender lo que esto implica, podemos hacer memoria de las palabras de Mons. De Smedt, una de las voces más importantes del Concilio, quien decía que “el cuerpo docente [obispos] no descansa exclusivamente en la acción del Espíritu Santo sobre los obispos; sino que también [debe] escuchar la acción del mismo espíritu en el pueblo de Dios. Por lo tanto, el cuerpo docente no solo habla al Pueblo de Dios, sino que también escucha a este Pueblo en quien Cristo continúa Su enseñanza”6. 

A lo largo de esta primera fase diocesana, los obispos no solo deben escuchar al sino también en el pueblo de Dios, como parte integrante de él y, junto a él, discernir y elaborar decisiones pastorales. Siguiendo el texto de Lumen Gentium 12, recogido en Episcopalis Communio 5, es la totalidad de los fieles, “desde los obispos hasta los últimos fieles laicos, [que] presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres”. Lo que está en juego no es el sentir de cada obispo, sino el sentir de toda la Iglesia o, mejor dicho, el sensus ecclesiae totius populi. Por ello, cada Iglesia particular debe proceder “sirviéndose de los organismos de participación previstos por el derecho, sin excluir cualquier otra modalidad que juzguen oportuna” (EC, disp. canónica 6). 

El paso de la sinodalidad afectiva a la efectiva 

Quizás uno de los retos más importantes para la jerarquía eclesiástica será la creación de mediaciones y procedimientos para el involucramiento de todos los fieles y el establecimiento de las modalidades de participación. Haciendo uso de las palabras de Severino Dianich, “la normatividad actual, entre la atribución a todos los fieles de la tarea de evangelización (…) y su llamada a una participación activa en la liturgia eucarística (…), no confiere a los fieles laicos ningún papel específico capaz de determinar la vida de la comunidad (…). Los fieles [laicos] no tienen ninguna instancia en la que, al expresar su propio voto deliberativo, se pueda decidir algo colegialmente”7. Este sentir fue discernido en el 2007 por los obispos latinoamericanos en la Conferencia de Aparecida y propusieron que “los laicos participen del discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución” (Aparecida 371) de toda la vida eclesial. 

Si el modo de proceder de una Iglesia sinodal “tiene su punto de partida y también su punto de llegada en el Pueblo de Dios” (Episcopalis Communio 7), y si “la sinodalidad es una dimensión constitutiva de la Iglesia que, a través de ella, se manifiesta y configura como Pueblo de Dios” (CTI, Sin. 42), entonces hay que hacer lo posible para que este Sínodo de paso a una auténtica sinodalización de toda la Iglesia. Por ejemplo, será clave discernir los modelos de decisión en la Iglesia. Quizás articular uno en el cual la elaboración de las decisiones (decision-making) sea vinculante a los pastores (decision-taking), porque ellos mismos habrán participado del proceso de escucha y discernimiento, tomando consejos y construyendo consensos. Y es que cualquier modelo decisional debe tener en cuenta que “la dimensión sinodal de la Iglesia se debe expresar mediante la realización y el gobierno de procesos de participación y de discernimiento capaces de manifestar el dinamismo de comunión que inspira todas las decisiones eclesiales” (CTI Sin 76). 

¿Seremos capaces de concebir procesos sinodales en los que se elaboren decisiones entre todos(as) para que la autoridad competente, habiendo participado como un fiel más de todas las etapas del proceso, y confiando en que el Espíritu Santo ha hablado a través del Pueblo de Dios, ratifique dichas decisiones? Creemos que este es el espíritu expresado por el cardenal Grech al afirmar que “el Sínodo de los Obispos es el punto de convergencia del dinamismo de escucha recíproca en el Espíritu Santo (…). No es solo un evento, sino un proceso que implica en sinergia al Pueblo de Dios, al Colegio episcopal y al Obispo de Roma, cada uno según su función”8, y en diversas fases (diocesana, nacional, continental, universal). El gran reto será, pues, el de crear una cultura del consenso eclesial, capaz de manifestarse en estilos, eventos y estructuras sinodales que den cauce a un nuevo modo eclesial de proceder para la Iglesia del tercer milenio

1 “Quando a primordio episcopatus mei statuerim, nihil sine consilio vestro, et sine consensu plebis, mea privatim, sententia gerere”. Jacques Paul Migne, Patrologiae Latina, Tomus 4 (S. Cypriani), 234. 
2 Francisco, Discurso en la Conmemoración del 50 Aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos http://www.vatican.va/content/francesco/en/speeches/2015/october/documents/papa-francesco_20151017_50-anniversario-sinodo.html 
3 Comisión Teológica Internacional, La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia (2 de marzo de 2018) n. 67: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_cti_20180302_sinodalita_sp.html De ahora en adelante lo citaremos: CTI, Sin. 
4 Alphonse Borras, “Sinodalità ecclesiale, processi partecipati e modalità decisionali”, Carlos María Galli – Antonio Spadaro (eds.), La riforma e le riforme nella Chiesa, Queriniana, Brescia 2016, 208. 
5 Carta de presentación del itinerario sinodal aprobado por el papa Francisco en la audiencia concedida al cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo de los Obispos, el 24 de abril de 2021. 
6 Emile-Joseph De Smedt, The priesthood of the faithful, Paulist Press, NY 1962, 89-90. 
7 Severino Dianich, Riforma della Chiesa e ordinamento canonico, EDB, Bologna 2018, 69-70. 
8 Cf. Alocución del cardenal Mario Grech al Santo Padre en el Consistorio para la creación de nuevos cardenales, el 28 de noviembre de 2020. 

Santa Teresa de Jesús

Por José Antonio Vázquez Mosquera

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Santa Teresa de Jesús

Santa Teresa es una de las grandes luces del camino místico dentro del cristianismo, murió en Alba de Tormes, el 4 de octubre de 1582, si bien, entró en vigor tras su muerte una ordenación del calendario nueva, que suprimió 10 días, y quedó fijada su muerte el día 15 de octubre que es cuando se celebra actualmente su “nacimiento” para el cielo. 

Podríamos recordar tres importantes enseñanzas de Teresa: 

– La sabiduría no es fruto del “mucho pensar” sino del “mucho amar”, es la relación de amistad con Dios la que produce la sabiduría. Es precisamente ésta la idea del evangelio que hoy se nos propone, no es el estudio de la Ley de donde nace el saber, sino de la relación de amor con Dios, de la relación de intimidad con Dios, como dice Jesús ( nadie conoce bien al Padre sino el hijo, el que experimenta el amor de Dios como Padre). 

– La persona de Jesús marca una diferencia cualitativa con toda otra revelación de Dios. El amor a la humanidad de Jesús, dirá Teresa, es esencial en el camino místico cristiano. Esta novedad de Jesús, supone el amor al ser humano, descubrir el amor gratuito de Dios por las personas y su deseo de llevarlas a desarrollar su dignidad en plenitud. Como dice este evangelio, para conocer realmente al Padre hay que conocer a Jesús, el rostro más pleno del Padre en la historia. 

– La oración ha de llevar a las obras de amor. Así decía a sus hermanas: “Para esto es la oración: de esto sirve este matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras, obras” (Moradas, séptima, IV, 6). El camino cristiano es una praxis más que una filosofía (si bien haya una filosofía implícita), no es el estudio de la Ley lo que lleva al amor efectivo (con obras) sino la oración (relación de intimidad con Dios por medio de Jesús). Así el yugo (la praxis cristiana) se hace ligero y llevadero, frente al modo “legalista” de vivir la espiritualidad, o al modo gnosticista (buscar experiencias alteradas), así la contemplación nos humaniza y no nos lleva al narcisismo individualista o al triunfalismo institucional. 

La política desde el Evangelio

Gabriel María Otalora

Hay que ver lo que ha menguado el gusto por la política entendida como construcción del bien común de personas concretas, sus necesidades y sus derechos individuales y colectivos… El desprestigio de los políticos viene cuando se hurta el debate de las ideas mientras se refuerza el Estado-aparato -o las estructuras europeas- en detrimento del Estado-social.

Ya no hay ciudadanos sino “clientes”, en expresión de J. Habermas. No obstante, la política es necesaria y tiene que ver con la vida buena (ética) y el esfuerzo por mejorar la existencia de las personas. El Estado y la política detentan su poder legítimo en razón de los fines; y esos fines exigibles se resumen en el bien común de los ciudadanos como ya lo entendían en los tiempos de Atenas y Roma, aunque de una manera imperfecta.

La libertad abanderada por todos está en peligro por el exceso de pragmatismo materialista y codicioso que minimiza todo lo demás, incluidas las personas, haciendo inevitable el eclipse de tanta buena labor realizada por muchos políticos a pie de calle que trabajan de verdad por el bien común.

La política tiene que ponerse a la escucha del sufrimiento humano para ser algo más que la mera administración de servicios. Las “soluciones” que proponen desde el G 8 y sus satélites ante tanto sufrimiento evitable, son puro cinismo. A Jesucristo le mataron por reivindicar un comportamiento justo y humano a los dirigentes de entonces. En realidad se metió de lleno en política por amor al cuestionar aquella injusticia estructural cívico-religiosa. Su ejemplo desestabilizaba la hipocresía que justificaba una realidad ajena al Reino de Dios. Este era su fatum. Y por la amenaza de este Mensaje fraterno a sus intereses, los romanos persiguieron con dureza a los seguidores cristianos que reivindicaban con el ejemplo otra estructura social y religiosa más coherente y solidaria. Habría que preguntarse si todos los seguidores de Cristo somos un ejemplo o un problema para la Buena Noticia.

Porque ante ciertas cuestiones como los derechos fundamentales y básicos no cabe neutralidad. Ahí tenemos Afganistán, la realidad africana, la inmigración galopante, los millones de refugiados en Turquía retenidos previo pago de la Unión Europea, la gestión de las vacunas en los países pobres, los dolores de tantos que nos rodean… Jesús se encontró una sociedad muy injusta que jamás bendijo; vivió para acoger a las víctimas que sufrían leyes injustas, muchas de ellas con el marchamo religioso. Y con su actitud (el cómo) y sus obras (el qué) mostró el camino ante cualquier situación de fragilidad y necesidad de quien se encuentre en apuros, incluidos los enemigos. Solo de esta manera, todas las personas pueden llegar a ser su mejor versión. El mensaje de apostar por ese amor radical como el plan de Dios con todos le costó la vida.

Reducir lo político al profesional de la cosa pública entre partidos, de derechas o de izquierdas, es lo que quieren algunos. Pero Greenpeace y Médicos sin Fronteras hacen política; Teresa de Calcuta hizo excelente política reduciendo el número de moribundos y consolando amorosamente a los más parias hasta el final. El presidente de la patronal y el presidente del Banco Mundial también hacen política… Y claro que Jesús de Nazaret hizo política defendiendo la dignidad de cada ser humano en concreto; eso sí, siempre por amor mostrando con hechos el verdadero corazón de Dios.

Como dijo el que fuera general de los jesuitas, P. H. Kolvenbach, si política significa acción por el bien de la ciudad, la lucha por la justicia es inevitablemente política; y el compromiso con un partido político solo es una parte del todo. Con los textos políticos esenciales en una mano y el Evangelio en la otra, “los nuestros” deberían coincidir en mostrarse de parte de la libertad con responsabilidad y la justicia para las víctimas a las que les falta lo más necesario, olvidadas por casi todos. Leyendo el Evangelio, veo que somos muchos los que nos dejamos llevar por la costumbre de lo establecido, aunque abunde cerca nuestro necesitados de tantas, cosas no solo materiales (compañía, escucha, consuelo, comprensión…).

Estamos asustados viendo un mundo tan loco, pero el mensaje de Jesús nos apremia a no estar paralizados. Las obras son amores, cada uno en su medio, por más que algunos traten su Mensaje como una justificación y no como un reto -sociopolítico en el sentido de transformador.

El protagonista del Sínodo de la Sinodalidad

 

por Isabel Corpas 

Se inauguró este fin de semana en Roma la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos –el Sínodo de la Sinodalidad– y el próximo 17 será la inauguración a nivel mundial en todas las diócesis. Es la Iglesia en camino que toma aire –propiamente se llena de Espíritu Santo– para iniciar una nueva etapa del camino eclesial que, como invitó Francisco en su homilía de la misa inaugural, se proyecta como camino de encuentro, de escucha y de discernimiento

Una nueva etapa en el camino eclesial 

Digo nueva etapa porque el caminar de la Iglesia, desde Jerusalén hasta nuestros días, ha estado jalonado por reuniones regionales y ecuménicas de obispos. Nueva, porque se dibuja como una etapa diferente de las anteriores, como quiera que en las periferias de la Iglesia hemos empezado a sentir que no somos únicamente espectadores y destinatarios de las decisiones de los obispos y que, como invitó Francisco en la misa inaugural “al dar inicio al itinerario sinodal, todos –el Papa, los obispos, los sacerdotes, las religiosas y los religiosos, las hermanas y los hermanos laicos–” estamos invitadas e invitados a participar. Y es nueva esta etapa porque son nuevas la interpretación y la praxis de la sinodalidad planteadas por Francisco. 

En cuanto a la praxis de la sinodalidad, pocos meses después de su elección comentó que “es tiempo de cambiar la metodología del Sínodo, porque la actual me parece estática” (Entrevista con Antonio Spadaro. La Civiltà cattolica, 2013), e introdujo un primer cambio, para ampliar la consulta, convocando el Sínodo de la Familia 2014-2015 en dos momentos y a lo largo de dos años. 

Amplió una vez más la consulta para escuchar las voces de los jóvenes en la siguiente Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en 2017, y aún más todavía en la Asamblea Especial para la Región Panamazónica del Sínodo de los Obispos de 2019 en cuya preparación y desarrollo fue novedosa la amplia escucha sinodal y la amplia participación de líderes indígenas y agentes de pastoral, entre quienes se contaban numerosas mujeres. 

Más que una encuesta 

Y el actual camino sinodal también ofrece como novedad que “se han previsto tres fases, que se realizarán entre octubre de 2021 y octubre de 2023”, dijo recientemente Francisco en su encuentro con los fieles de la diócesis de Roma y subrayó: “Este itinerario ha sido pensado como dinamismo de escucha recíproca que se llevará a cabo en todos los niveles de la Iglesia, con la participación de todo el pueblo de Dios. El cardenal vicario y los obispos auxiliares deben escucharse, los sacerdotes deben escucharse, los religiosos deben escucharse, los laicos deben escucharse. Y además, todos escucharse unos a otros. No se trata de recoger opiniones, no. No es una encuesta; se trata de escuchar al Espíritu Santo”. 

Esta novedad en la praxis ha estado acompañada por la novedad de la interpretación de la sinodalidad: en su discurso del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos (2015) recordó “que el Pueblo de Dios está constituido por todos los bautizados” y que “el sensus fidei impide separar rígidamente entre Ecclesia docens y Ecclesia dicens”, como también que “una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha, con la conciencia de que escuchar ‘es más que oír’ (EG 171). Es una escucha recíproca en la cual cada uno tiene algo que aprender. Pueblo fiel, colegio episcopal, obispo de Roma: uno en escucha de los otros; y todos en escucha del Espíritu Santo”. 

El protagonismo del Espíritu Santo 

Tanto la praxis como la interpretación de la sinodalidad planteadas por Francisco destacan el protagonismo del Espíritu Santo. Y así lo reafirmó en el discurso inicial del proceso sinodal –“el protagonista del Sínodo es el Espíritu Santo. Si no está el Espíritu, no habrá Sínodo”– en el que sus palabras se hicieron oración y como prolongación de la tradicional plegaria inaugural Adsumus Sancte Spiritus: “Queridos hermanos y hermanas, que este Sínodo sea un tiempo habitado por el Espíritu. Porque tenemos necesidad del Espíritu, del aliento siempre nuevo de Dios, que libera de toda cerrazón, revive lo que está muerto, desata las cadenas y difunde la alegría, nos guía hacia donde Dios quiere, y no hacia donde nos llevarían nuestras ideas y nuestros gustos personales”. 

La España rural

“El buen vivir” del mundo rural y la ecología integral 

Recientemente se ha celebrado un seminario desde la Conferencia Episcopal: “La España rural, un reto para la evangelización y el cuidado de la creación” 

“Es un signo más de respuesta a la llamada a conversión que la Iglesia está haciendo a las comunidades diocesanas de todo el mundo” 

“El Seminario enlaza perfectamente con el deseo de una ecología integral y el horizonte de una fraternidad universal, abanderados por las encíclicas ‘Laudato si’ y ‘Fratelli Tutti'” 

“Es este espíritu de conversión el que nos mueve a retomar y reconsiderar la realidad de la evangelización en el mundo rural, y la mirada a la espiritualidad que vive y permanece en ella, aunque a veces haya estado olvidada” 

“Comparto parte del texto de una intervención mía sobre la espiritualidad rural y la ecología integral” 

Por José Moreno Losada 

Buen vivir para todo el mundo 

En la ecología integral que transversaliza ‘Laudato si’ y que converge con el deseo de ‘Fratelli tutti’ se habla de la calidad de vida y de lo que puede aportar el evangelio de la creación y de lo humano a esa calidad. Se trata de buscar alternativas de vida que nos enseñen a vivir bien. El mundo rural tiene claves de buen vivir en el quehacer de lo cotidiano que pueden ser referenciales a los males de este mundo y la sociedad en que vivimos. 

El Medio Rural como un espacio de relaciones donde los ciudadanos son protagonistas de su identidad. Este espacio rural ha ido generando históricamente un modelo de vivir: con la gente que lo habita y lo ha habitado, con la riqueza de sus relaciones y con la tierra que ha determinado un estilo de ser. La vivienda familiar o los espacios comunitarios rurales, sus formas de organización se han adaptado y han generado un estilo propio de vivir. Sus experiencias colectivas y costumbres vecinales se han llenado de gestos solidarios y trabajos por lo común. 

La escuela ha sido fuente de saberes para la población y la sabiduría de los más mayores aparece como el corazón de la cultura propiarural. Las relaciones de identidad entre las gentes y la tierra han sido generadoras de valores que no podemos ni siquiera sospechar por su fuerza. Las relaciones con el cuidado de los espacios rurales han sido imprescindibles para hacer posible un medio ambiente saludable y sano. Las relaciones entre las gentes y la salud han sido el barómetro y termómetro que han expresado la satisfacción y la felicidad que cada ser humano ha encontrado en su relación con los animales, con la tierra y con otros seres humanos. Las relaciones con el paisaje, el barro o la madera, la piedra o el hierro han hecho que lo más espiritual del ser humano se haya expresado a través de la artesanía, siempre como signos de identidad propios. 

Y en medio de ese saber vivir, “Buen vivir”, ha habido una espiritualidad de la vida, del sentido, de la comunión con lo natural, lo humano y lo divino. El vivir de la comunión, muchas veces simbolizado en lo sagrado como vínculo profundo con la natural y lo humano, lo afectivo, lo alegre y el dolor del pueblo y sus gentes. Así ha sido la fe del pueblo, sus creencias, muy tamizadas por lo vivido. En este sentido hemos de situarnos en la clave que el Papa Francisco subrayaba con respecto a la Amazonia. 

Hay un modo de vivir, una espiritualidad del vivir que permanece en lo más sencillos y aparentemente insignificantes, que reclaman nuestra conversión para que nosotros mismos podamos tener más vida y más luz en nuestro caminar diario. Hay una manera de vivir, una espiritualidad rural, que es una libertad, un camino de liberación. ¿Dónde está el secreto? ¿Cuáles serían las claves para encontrar ese camino y no confundirlo? Pues aprender a profundizar, a leer en creyente, el vivir cotidiano del mundo rural, donde son determinantes las cuatro facetas que trataré de resumir seguidamente 

Ser “de Nazaret, hijo de José y de María”, tener parientes… 

En el medio rural la persona tiene el gozo de pertenecer, de ser alguien con referencias básicas de identidad y valor. Hoy hace falta la espiritualidad del reconocimiento, la construcción de un yo en un ámbito conocido y verdadero que me ayude a reconocerme y aceptarme en lo que soy. No por lo que tengo, sino por el tronco en el que nazco y que me alimenta en una personalidad reconocida. 

“Eligió a los que quiso para que estuvieran con Él” 

El sentido de pertenencia y de identidad es clave para romper con la dinámica del individualismo y entrar en el sentido de lo comunitario. El mundo rural es consciente de la necesidad de la comunidad, de la vivencia de lo humano, frente a la individualidad. Somos en el quehacer de lo común; no hay fiesta, cosecha, comida, consuelo, baile, sanación, nacimiento, duelo…sino es en la vitalidad de lo común construido entre todos. En individualidad cerrada, la vida y la muerte se deshumanizan. 

“Nos enriqueció con su pobreza” 

La libertad de lo necesario se enfrenta a la esclavitud de la abundancia. La casa, el campo, el comercio, los animales, … el trabajo, se entiende en un mundo de relaciones. Las necesidades cubiertas, los deseos compartidos y los caprichos para las fiestas y el gozo, sin que nos aten ni nos separen. El mundo de lo rural ha sabido vivir en lo austero felicitante. Es mucha más riqueza tener con quien compartir que tener mucho para uno mismo. El tener se explica en el orden del ser. La invitación bíblica a la sobriedad es muy propia de lo rural. La máxima de saber ser austeros sin racanería, es un ejercicio de libertad. 

“Señores del Sábado” 

Frente a la usurpación del tiempo por parte del mercado, los habitantes de lo rural aún son “señores del tiempo”. La distribución descanso ocio es mayor que en lo urbano. Guardar y respetar los tiempos, los momentos, sabiendo cultivar tanto lo material, como lo cultural, social y lo espiritual es de verdadera espiritualidad y sabiduría integral. Los calendarios de lo rural en comunión con los ciclos de la naturaleza, de la vida, las estaciones, el clima, la agricultura… hace más humana la vida y responde más a las necesidades tanto del cuerpo como del alma. Hemos de recuperar los calendarios de lo humano frente a los horarios del mercado y la producción sin límite. 

La sinodalidad

La sinodalidad implica “ser Iglesia de otra manera” Rufo González

Comunión y sinodalidad son aceptadas por todos como paradigma de vida eclesial
Buen consejo, especialmente para los clérigos (obispos, presbíteros y diáconos): “o nos tomamos la sinodalidad en serio y aprendemos a ser Iglesia de otra manera o seremos responsables ante generaciones futuras -y ante nuestra propia conciencia cada día- de no haber sido capaces de cambiar el punto de referencia en la Iglesia y ayudarla a descentrarse de sí misma, para poner en su centro a Dios y su Palabra.

Lo que acabaría automáticamente con todas las formas de periferia y clericalismo” (entrevista de Aníbal Pastor a la teóloga española Cristina Inogés Sanz, integrante de la Comisión Metodológica del próximo Sínodo. Kairós News 09.08.2021).

Hay que cambiar el punto de referencia de la Iglesia, descentrándola del poder (el Código de Derecho Canónico) y centrándola en el Evangelio de Jesús. Es tesis común de teólogos y pastoralistas desde hace años. Es la convicción firme de José María Castillo, patente en su libro “Evangelio marginado”. Si la Palabra de Dios es su Hijo, Jesús de Nazaret, en el Evangelio está la referencia básica del camino y organización de “la Iglesia que Jesús quería”. Como escribió Juan de la Cruz, Dios siempre nos está diciendo: “si te tengo ya habladas todas las cosas en mi palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso?; pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo dicho todo y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas” (Subida del monte Carmelo, L. 2º, cap. 22, 5).

Cambiar el “punto de referencia, el centro” es cambiar el paradigma. Palabra que tiene como sinónimos: modelo, ejemplo o ejemplar, prototipo, arquetipo, canon, ideal. Nuestra Real Academia de la Lengua define paradigma como: “Teoría o conjunto de teorías cuyo núcleo central se acepta sin cuestionar y que suministra la base y modelo para resolver problemas y avanzar en el conocimiento”. Se sigue que lo importante del paradigma es el “núcleo central”. Si queremos analizar el paradigma de la Iglesia hay que delimitar bien su centro, las cualidades indispensables de “la Iglesia que Jesús quería”. ¿Podemos encontrar un “núcleo central, aceptado sin cuestionar” por todas las iglesias cristianas?

El problema grave es que el “núcleo central” de la Iglesia ha ido variando a través de los siglos. En el paradigma inicial, reflejado en el Nuevo Testamento, la Iglesia era la comunidad de los discípulos de Jesús. Todos eran llamados a discernir y decidir comunitariamente la voluntad del Cristo resucitado, partiendo de su Evangelio y vida. Toda la comunidad se creía iluminada y guiada por el Espíritu Santo. Aparece claro en la elección de los diáconos (He 6,1-6) y en la cuestión sobre las exigencias a los paganos que aceptaban el Evangelio, resueltas en el llamado “concilio de Jerusalén” (He 15; Gál 2, 1-10). Toda la comunidad cristiana, todos los bautizados, son actores con diversos roles según sus carismas y funciones. Un problema importante es puesto ante todos y escuchado por “toda la multitud” (He 15,12: πᾶν τὸ πλῆϑος). “Los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron…” (He 15,22: σὺν ὅλῃ τῇ ἐκκλησία).

Todos se involucran en la decisión final: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros” (He 15,28). Lo mismo ocurre en la comunidad de Antioquía, que recibe la carta, la lee y se alegra de la alentadora decisión (He 15, 30-31). Todos observan la realidad. Ven la acción de Dios, acorde con la bondad de Jesús, en los frutos buenos. Discuten y escuchan los impulsos del Espíritu. El consenso se va haciendo presente en el Cuerpo de Cristo como proveniente del mismo Espíritu. En la Iglesia todos tienen idéntica dignidad por el bautismo (Gál 3,28; 1Cor 12,13), y todos deben cooperar en la misión de Jesús de acuerdo con “la gracia dada según la medida del don de Cristo” (Ef 4,7).

Comparto la opinión de X. Pikaza sobre el llamado “concilio de Jerusalén”:

“Este acuerdo fija el estilo de la organización cristiana. Por la declaración final (“nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros”), sabemos que Dios (Espíritu Santo) se expresa en el diálogo y decisión de los creyentes (nosotros). La iglesia es una asamblea teologal: los hermanos se juntan, y dialogan los problemas a la luz del mensaje de Jesús, de manera que pueden afirmar y afirman que les asiste el Espíritu Santo. Es una asamblea participativa: Dios habla en el diálogo fraterno. Éste es el modelo cristiano de gobierno, en una iglesia que empieza a tener ya problemas. Ella no puede resolverlos mágicamente, ni apelar a una instancia exterior (oráculo de Dios, revelación privada o decisión particular de un dignatario).

Los hermanos deben reunirse y dialogar: sólo allí donde comparten la palabra, conforme al Evangelio y para bien de todos, se revela el Espíritu. Lucas ha desarrollado este acuerdo de Jerusalén como ejemplo de autoridad, expresando para siempre el sentido de la comunión eclesial. Éste es el primero y quizá el más importante de todos los “concilios”, pues no define un dogma especial, sino la base y comunión dialogal de la iglesia. Tras el concilio de Nicea (325 d. C.), las decisiones las tomarán sólo los obispos, cosa, en cierto modo, lógica, por los cambios de estructura eclesial. Pero al principio era distinto: no se reunieron obispos, sino apóstoles y presbíteros (paradójica mezcla), con delegados de las comunidades (Antioquía) y el conjunto de la iglesia (muchedumbre de Jerusalén)” (Blog de RD. 07.09.2008).

“Lo que afecta a todos debe ser tratado y decidido por todos”. Era un principio tradicional en la Iglesia en el primer milenio. En la comunidad hay tareas distintas, pero todos son responsables del todo unitario. Este era el sentido de las reuniones eclesiales, llamadas “sínodos” (“camino con”), porque en ellas se elegía un “camino conjunto” para encontrar una solución conjunta. Los sínodos se hacían a todos los niveles: comunidades pequeñas (ermitaños, monjes…), parroquias, diócesis, región, nación, universal. Es en el siglo XIII (conc. Lateranense IV, 1215) cuando se reduce la participación a obispos y superiores de Órdenes. En Trento (1545-1563) se hace exclusivo de los obispos. Ya había cambiado el paradigma esencial de la Iglesia: de la comunión en el ser, sentir, creer… y en el actuar, caminar… (koinonía y sinodalidad) se había pasado a la separación entre jerarquía y pueblo, clérigos y laicos. Se había roto la comunión y la sinodalidad. Esta ruptura se inició en los siglos III y IV. Hoy, tras el Vaticano II, nadie duda de la ruptura y de la necesidad de volver a las fuentes.

El Vaticano II recobra el paradigma original de la Iglesia, Pueblo de Dios. “El Espíritu Santo con diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia, a la que guía hacia toda verdad y unifica en comunión y ministerio” (LG 4). Sabemos que con el “sentido de la fe”, suscitado y sostenido por el Espíritu de la verdad, el Pueblo de Dios “se adhiere indefectiblemente a la fe dada de una vez para siempre a los santos (Jud 3); penetra profundamente con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente en la vida” (LG 12). Solicitar al Espíritu que ilumine el camino, fiarse de las personas, pedir y recibir con gusto propuestas que estén conformes con el Evangelio y respetarlas…, aunque no coincidan con nuestra opinión, no está reñido con nuestra Revelación ni con el Magisterio que conserva y actualiza la Revelación. Al revés, es un acto de confianza, de fe en los sencillos a los que el Padre se revela, según lo vivenciaba Jesús mismo (Lc 10, 21). Comunión y sinodalidad son principios aceptados hoy por todos como paradigma de vida eclesial.

EL ‘CASO NOVELL’ Y LOS OBISPOS QUE LA IGLESIA NECESITA

 

Leo en la prensa ya hace días la renuncia reciente del obispo de Solsona. Sin tardanza alguna, empiezan a aparecen conjeturas sobre cual habrá sido la causa de que una persona de 52 años que fue nombrado a los 41, el obispo más joven de España, con una prometedora carrera eclesiástica, haya presentado su renuncia. 

¿Será enfermedad? Pronto parece descartarse. De algún lado se presumen presiones de la propia CEE por su nacionalismo catalán exacerbado. De otros, coerciones de los colectivos LGTBIQ por su homofobia manifiesta, que le lleva a organizar cursos de rehabilitación para personas gays. Hay quien también opina que la causa es que el obispo Omella y el Papa no le quieren por sus posiciones alejadas de Amoris Laetitia en lo que a cuestiones morales ligadas a la sexualidad se refiere. Muchos, con un conocimiento más próximo de la persona, dicen que tiene una personalidad inestable y que desde que le conocen ha manifestado importantes desequilibrios psicológicos. Y, ya, definitivamente, queda para todos su explicación, su propia palabra.  Dice que lo que le hace presentar su renuncia, es que “se ha enamorado de una mujer” y “que quiere hacer las cosas bien”. 

Revuelo generalizado. Ahora gran parte de las miradas cambian de objetivo y se dirigen hacia la ley de celibato obligatorio para los presbíteros. Quieren encontrar aquí causas de esta dimisión,  hacer reflexiones o sacar conclusiones en torno al debate sobre el celibato, a favor o en contra de la elección libre de estado de vida. Hay quien le da por endemoniado. La verdad, carezco de experiencia para juzgar sobre ese tema. Pienso que lo que están haciendo muchos otros obispos a los que ahora recuerdo, en sus diócesis (aunque no se hayan unido a una mujer) no parece obra de Dios y si sucumbir a distintas tentaciones, pero ya lo de la posesión satánica me queda un poco grande. Me abstengo de opinar. 

Para nada juzgo a la persona ni sus motivaciones personales de renunciar al ministerio episcopal. No lo haría ni siquiera si la conociera, cuanto más sin conocerlo. Y me parece absolutamente respetable con quien quiere cada cual unir su vida, así que lejos de mi opinar sobre su pareja. Pero si puedo analizar lo que he visto de su ministerio como obispo, que no es el único que cuestiono, por cierto. 

Cuando ha surgido este caso, que muchos abordan desde el morbo o desde un enfoque muy centrado en la sexualidad, para mí las reflexiones son otras y giran en torno al ministerio del obispo y a su misión: ¿Qué se les debería exigir a los obispos, mucho más allá de que sean célibes? Reflexionemos sobre su misión. 

Un obispo debe ser un hombre de hondas convicciones cristianas, una persona de oración e interioridad, alguien que se sabe limitado y pecador, que a diario es transformado por la oración y que quiere dejarse guiar por el Espíritu, que nos hace libres. Para esto se necesita formar personas de profunda espiritualidad conectada a las realidades concretas. 

En la actualidad, un obispo en la Iglesia Católica es un pastor de comunidades, cada una dentro de sí diversa y diversas, también, plurales entre ellas. Por lo tanto debería de cumplir un papel de mediación, de ayudar a unir a las comunidades, más allá de sus legítimas diferencias. Independientemente de su opinión, también legítima y razonable, como ciudadano sobre algún tema, no debe ser un ideólogo que se posicione radicalmente a favor de unas tesis, marginando y confrontando a quienes piensan diferente. Para esto se necesita personas que saben tender puentes y poner la mirada en un punto más allá del conflicto, allí donde las diferencias pueden unirse en intereses comunes. Y que todos se sientan queridos y acogidos en sus diversidades. 

Un obispo debe cuidar y acoger a todos los presbíteros de su diócesis, independientemente de sus simpatías o antipatías y debe de cuidar del equilibrio emocional de todos ellos, acompañarles en sus crisis y felicitarles por sus esfuerzos pastorales, contribuyendo a su formación. Para esto se necesitan personas equilibradas emocionalmente, sin filias, ni fobias, que sean capaces de amar en profundidad y de no juzgar a las personas, sino ver las situaciones por las que atraviesan y procurar ayudarles en lo posible. 

Un obispo no puede tolerar en su diócesis, si los conoce, casos de corrupción ni de abuso de cualquier tipo, sea de tipo sexual, de poder o de conciencia. Evidentemente, mucho menos protagonizarlos él mismo. Por lo tanto, el obispo tiene que ser un ejemplo de desapego de las riquezas y de los poderes mundanos, de renuncia a cualquier tipo de privilegios y ser una persona humilde que sabe relacionarse con las personas más sencillas, sin dejar por eso de ser profundo. Alguien que sabe comunicar con todos, porque sabe escuchar en profundidad, e incluso es evangelizado por los sencillos y desprovistos de poder. 

Un obispo católico postconciliar tiene que estar hoy en el seguimiento el Evangelio, del desarrollo del Vaticano II y en la línea de las últimas encíclicas del papa Francisco: Fratelli Tutti, Amoris Laetitia, Laudato Si… Por lo tanto, debe ser alguien profundamente convencido y poseído por la Misericordia, por el amor fraterno y sororal, alguien que valore profundamente a cualquier ser humano, independientemente de su género, orientación sexual, situación social o procedencia geográfica, étnica y religiosa. Es preciso que esté firmemente comprometido con la Paz, la Justicia y el cuidado de todo lo Creado, poniendo la vida a su servicio. Y nunca debe descuidar su formación continua. Formación y oración se complementan. 

Un obispo hoy tiene que llevar la sinodalidad en la entraña, tiene que saber que todos y todas hemos de caminar juntos, pensando, orando y decidiendo  y que el Espíritu sopla sobre todo el Pueblo de Dios, independientemente de su sexo, ministerio o función en la Iglesia. Y, al mismo tiempo valorar y comprometerse con el diálogo entre los cristianos como mandato de Cristo, e interreligioso como único camino posible hacia la Paz. 

Sin idealismos: obispos, presbíteros o laicos, nadie podemos cumplir al cien por cien, porque somos pecadores, pero todos podemos cada día buscar la conversión y tender hacia lo que se nos pide como cristianos en nuestros ministerios, tratando de hacer el mayor bien posible. 

Y en un lugar secundario, fruto de una ley medieval, hoy por hoy, en la Iglesia Católica Romana, un obispo tiene que ser célibe. Esto podría cambiar en un futuro, como ocurre en otra Iglesias cristianas. Los puntos anteriores, no. Y sea célibe o casado (como en otras confesiones cristianas sucede, sin consecuencias terribles)  lo que si tendrá es que tener su afectividad bien resuelta y una personalidad equilibrada para poder cumplir su misión con dignidad y respeto a sí mismo y a los demás. Ni más ni menos debería ocurrir con los presbíteros en sus respectivas comunidades, a pequeña escala. Porque de estos presbíteros, además, saldrán los futuros obispos. 

Si coincidimos en esa definición de su misión, que aún se podría completar, deberíamos estar muy preocupados por la cantidad de obispos actuales en la Iglesia (incluido el que ha renunciado recientemente) que se alejan de los principales requisitos para la misma.  Y una preocupación grande a nivel eclesial sería la de cómo hacer para que esto cambie en el futuro, porque la situación actual a nivel sistémico, con buenas y abundantes excepciones en las personas concretas, es fruto de una desviación de siglos en la Iglesia que la aleja del Evangelio y debe cambiar. 

Sin embargo, lo que atrae ahora la mayoría de las miradas y hace olvidar a muchos lo realmente importante, es que el obispo Novell haya decidido casarse. Y se remueve –creo que desacertadamente-  el tema del celibato. Desde mi punto de vista, en el caso del obispo dimisionario de Solsona no viene a cuento hablar del celibato opcional o de si podría haber en un futuro obispos casados. 

Una de las razones es la siguiente: dentro de los presbíteros que en un momento se casan  hay que distinguir entre aquellos que o bien por dudas de fe, o bien porque ya no ven sentido a su ministerio solicitan la dispensa y pasar al estado laical, o incluso se alejan totalmente de la Iglesia; y aquellos otros que desearían continuar en su ministerio,  apoyados por sus comunidades y, por la disciplina actual de la Iglesia, se ven obligados a abandonarlo. Novell, sin duda, pertenece al primer grupo. Por lo tanto, no nos lleva desde su caso a un debate sobre el celibato opcional dentro del ministerio ordenado. Por el mismo motivo tampoco entra su caso en la reflexión sobre dos tipos de presbiterado, célibe y no célibe, cada vez más reflexionado y considerado en la Iglesia. 

Algunos, ya se está viendo, querrán atribuir desequilibrios emocionales a este ex obispo por causa del celibato obligatorio; otros verán la oportunidad de condenar para siempre el que haya presbíteros casados (porque a ver con quien se unen y cómo afecta eso a la comunidades y a la Iglesia en su conjunto). Pienso que debemos alejarnos de ambas posiciones ideológicas cerradas. No me cabe duda, por actuaciones públicas, del desequilibrio emocional y afectivo de Novell. Pero, ni creo que tenga que ver directamente con su celibato, ni ahora con su decisión de vivir con una mujer. Creo que es algo más complejo y de origen bastante anterior. Tal vez pueda superarlo en su nueva vida. Existen terapias muy eficaces, una vez que reconocemos nuestros problemas y pedimos ayuda. 

Creo  que si la selección y formación de los presbíteros fuera la adecuada, inserta en sus realidades, cuidando su equilibrio psicológico, con una visión positiva de la sexualidad;  si se practicara la sinodalidad en la Iglesia y se enseñara a comunicar escuchando, respetando como iguales en Cristo al laicado y a las mujeres, si se cultivara una espiritualidad profunda vinculada a los consejos evangélicos (ninguno de los cuales es el celibato) sino que son la pobreza, la castidad y la obediencia; si los presbíteros fueran mediadores, signo de unidad y comunión profunda en sus comunidades (especialmente en contextos de controversias que quiebran la convivencia)  y fueran también ejemplo de libertad evangélica, que no quiere para sí honores, poder mundano o privilegios, un tema de segunda línea sería si pueden  casarse o no. O mejor, aún, si pueden coexistir dos formas presbiterales, unos célibes por vocación no ligada al poder y otros casados, insertos y queridos por sus comunidades, con mujeres que aceptan, respetan y pueden integrar en su vida de pareja  amorosamente su ministerio. 

No, desde mi punto de vista la decisión del obispo Novell, ni es un alegato a favor del celibato opcional, ni una argumentación en pro del celibato obligatorio. Es la consecuencia lógica y deseable de una trayectoria ministerial que nunca debió ser. Dicho esto con todos los respetos y amorosos deseos hacia su persona y hacia su futuro, puesta la confianza en el Dios Padre y Madre de todos nosotros. Y ojalá algunos otros obispos en todo el mundo, haciendo examen de conciencia, siguieran su camino (no necesariamente de vincularse a una mujer) sino de convertirse al Espíritu, o- con humildad- renunciar, sencillamente porque – tal como funcionan ahora- no son los obispos que una Iglesia sinodal, renovada a la luz del Espíritu, necesita. 

Y mirando hacia el futuro, el auténtico cambio,  la renovación necesaria, tiene que empezar en la selección, formación continua de los presbíteros y acompañamiento psicológico, con una visión positiva y respetuosa de la sexualidad;  y en el  acompañamiento y formación continua de las comunidades cristianas a cuyo servicio están, para hacer de verdad comunidades vivas y corresponsables que saben caminar juntos en el espíritu del Evangelio y no toleran ningún tipo de abusos. 

Emilia Robles 

Crítica de José MªCastillo a algunos políticos ignorantes

¿Han leído Vds. algo, siquiera algo, de Fray Bartolomé de las Casas?” 

Queriendo dañar al Papa, los políticos criticadores dañan lo que ‘dicen’ que defienden 

Aznar, Casado y Ayuso

 “Las críticas que determinados dirigentes políticos le vienen haciendo al Papa Francisco, sobre todo a quienes más daño les están haciendo es a los propios políticos, a su credibilidad, su honestidad” 

“Nadie duda que España le dio un giro decisivo, para bien, a toda América. Pero, si defendemos lo que acabo de decir, ¿nos vamos a callar la cantidad de sufrimientos, esclavitudes, latrocinios y humillaciones que todo aquello llevó consigo durante siglos?” 

“¿Han leído Vds. algo, siquiera algo, de lo que Fray Bartolomé de las Casas tuvo el atrevimiento (y la libertad) de informar al Emperador Carlos V sobre las atrocidades que se cometieron… Todo esto está documentado” 

“¿Es que no ven que queriendo dañar al Papa, lo que más dañan es lo que Vds. mismos dicen que defienden?” 

POR  José María Castillo 

Las críticas que, desde hace algunos días, determinados dirigentes políticos le vienen haciendo al Papa Francisco, no sólo ni principalmente dañan la imagen pública del Papa, sino que sobre todo a quienes más daño les están haciendo es a los propios políticos, a su credibilidad, su honestidad y la causa que defienden los políticos criticadores de un hombre ejemplar como es el caso del Padre Jorge Mario Bergoglio. 

Nadie duda que España le dio un giro decisivo, para bien, a toda América. ¿Para qué vamos a repetir y ponderar lo que ya todos sabemos y lo sabemos de sobra? Pero, si defendemos lo que acabo de decir – y hay que defenderlo -, ¿nos vamos a callar la cantidad de sufrimientos, esclavitudes, latrocinios y humillaciones que todo aquello llevó consigo durante siglos? 

¿Han leído Vds. algo, siquiera algo, de lo que Fray Bartolomé de las Casas tuvo el atrevimiento (y la libertad) de informar al Emperador Carlos V sobre las atrocidades que se cometieron… ¿para qué? Para que los esclavos, que se llamaban “piezas de Indias” cuando eran metidos, pesados y embarcados, para que los que sobrevivían, trabajaran hasta la muerte. Todo esto está documentado. ¿No es mejor callárselo, en lugar de utilizarlo, ¿para qué? ¿para dañar al Papa? 

¿No se dan cuenta que lo que dañan es el Evangelio, que el Papa Francisco hace patente cuando acoge, ante todo, a niños, a enfermos, ancianos y a la gente más desamparada? ¿Es que no ven que queriendo dañar al Papa, lo que más dañan es lo que Vds. mismos dicen que defienden?