Adviento en la cárcel de Navalcarnero

Adviento en las familias de la cárcel de Navalcarnero: De la derrota a la esperanza

Esperanza en al cárcel
Esperanza en al cárcel

«La cárcel es verdad que mata muchas ilusiones, pero también nos brinda la posibilidad de poder abrirnos a una realidad distinta»

«Continuó hablando la madre de un muchacho fallecido ahora va a hacer tres años, y con otro enganchado a la droga, y como siempre fue también una lección de esperanza y de humanidad»

«En todos los relatos, lágrimas redentoras, miradas de afecto hacia las personas en prisión, y desde luego no derrota, sino lucha»

«Y en nuestro interior un grito profundo al Dios de Jesús, Maranatha, ‘Ven Señor Jesús’; ven en nuestra ayuda te necesitamos, necesitamos que nos des luz cada día para escuchar, para acompañar, para reír y para llorar. Necesitamos sentirte siempre a nuestro lado»

16.12.2021 | capellán de la cárcel de Navalcarnero

Hace dos semanas, nos reunimos como cada mes el grupo de familias de la cárcel de Navalcarnero, para intentar pasar un rato, compartir, y poner en común cómo estábamos cada uno de nosotros. Lo hicimos en vísperas de comenzar la celebración del adviento, un tiempo especial para los cristianos, de esperanza, de mirada hacia adelante, y de sentir y experimentar que no estamos solos. Fue una tarde como siempre muy especial, dura por muchos aspectos, pero a la vez llena de emoción, de cariño, y de humanidad, y por todo eso, llena también de Dios.

Fue un pórtico muy especial de entrada a nuestro adviento, y así lo vivimos los que, dentro del grupo, nos consideramos creyentes en el Dios de la vida, en el Dios hecho hombre en Jesús, que precisamente manifiesta su divinidad en la humanidad y debilidad de cada ser humano. Y desde luego que en el grupo de familias, esto se manifiesta de modo especial: debilidad que en ocasiones roza con la impotencia, y el no saber qué tenemos que hacer, o hacia dónde tenemos que dirigirnos. 

Esperanza

     Por fin esta vez después de varias reuniones donde éramos pocos, debido a que muchos tenían miedo por la pandemia, nos pudimos reunir un grupo de quince personas, y además hubo una familia nueva, la madre de uno de los chicos, cuyo hijo lleva en prisión dos años, y que también en este día pudo compartirlo con nosotros. La tarde fue de encuentro, de compartir, de llantos en algunas ocasiones, pero en muchas de ánimos y de esperanza. La dureza de la vida de estas familias siempre se mezcla con la mirada enternecedora y esperanzadora de luchar cada día. La cárcel es verdad que mata muchas ilusiones, pero también nos brinda la posibilidad de poder abrirnos a una realidad distinta.

      Fue muy impresionante el primer testimonio que pudimos escuchar de una de las familias. Como siempre, antes de comenzar a hablar compartimos un café y varios bollos caseros que habían traído, ese primer momento de desenfado y de cariño ya es parte de la reunión; esa humanidad fraterna es la que nos lleva después a sentirnos unidos en el dolor y en el sufrimiento. Y eso sí, desde la mirada atenta siempre del Dios de la misericordia, que en cada lágrima y en cada grito de auxilio se nos sigue haciendo presente y le sentimos cercano.

     Una familia que hacía tiempo no venía, por el miedo al covid, comenzó hablando, pero fue impresionante porque vinieron la mujer del chaval que está en prisión, su hermana y su madre. Y fue precisamente la madre, la suegra del chaval en prisión la que tuvo un testimonio muy especial y que dió en el clavo me parece a mí de muchas situaciones que vivimos en prisión y también fuera de ella. Nos dijo que estaba pasando un momento muy malo porque estaba entendiendo lo que significaba “perder la libertad”. “

Muchas veces había oído hablar de la cárcel, pero siempre me parecía una realidad que estaba fuera de mis preocupaciones, un lugar donde iban los que habían cometido algún delito y se lo merecían. Pero jamás imaginé lo que podría suponer perder la libertad como parte de tu vida, lo que podría significar estar encerrado. Ahora lo voy entendiendo, y me pongo en su lugar. La cárcel te parte la vida. Pero a la vez me ha hecho tener una mirada muy especial hacia la gente que está en prisión, y poder pensar en lo que significa la misericordia. Todos podemos cometer errores pero es necesario vivir también una experiencia de misericordia y mirar a los otros, a los que están allí de otra manera, porque todos podemos en algún momento y por circunstancias estar allí. Además yo soy creyente y la misericordia supone mirar a los otros como Dios nos mira a nosotros. Ahora muchos días me quita la paz esta situación, pienso en cómo estarán allí dentro, con todo controlado, sin poder disponer de su vida. Nosotros hemos estado encerrados apenas unos meses, con todo tipo de comodidades y no hemos aguantado. Me da penal mucha pena, y admiro a las personas que vais por allí a dar un poco de esperanza y ayuda, en medio de ese sufrimiento”.

Cárcel

     Fueron palabras muy especiales, que confieso a mí me llegaron muy adentro, y se me ocurrió felicitarla y decirla que estaba diciendo algo que todos pensábamos cuando íbamos allí; incluso que a los voluntarios, y a mí como cura, la cárcel nos había cambiado la vida, nos la cambiaba  cada día; nos hacía y nos hace mirar de otra manera al ser humano, y también mirarnos a nosotros de otro modo. La clave está en lo que ella decía: en la misericordia. Esa misericordia que supone cambiar la vida. Confieso que cuando la escuchamos todos nos quedamos con la boca abierta, había sido capaz de resumir en pocas palabras lo que todos sentíamos; y lo dijo con total serenidad pero a la vez con plena convicción de lo que estaba diciendo. Además se la veía como una familia muy unida, y muy llena de vida, intentando apoyar a su familiar en la cárcel, sin quitar por supuesto ni un solo ápice a la responsabilidad que el tenía en todo lo que había sucedido. Fue un testimonio sereno, bonito y lleno de realidad, que a todos nos hizo mucho bien y sentir que en el fondo era lo que todos sentíamos y vivíamos. 

Continuó hablando la madre de un muchacho fallecido ahora va a hacer tres años, y con otro enganchado a la droga, y como siempre fue también una lección de esperanza y de humanidad. Hablaba, con lágrimas en los ojos, como cada vez que se expresa, pero diciéndonos que ella estará siempre al pie de sus hijos. Que lo estuvo al pie del que ya falleció, que la cárcel lo perjudicó más de lo que le ayudó, pero que ella siempre estuvo con él. Y ahora con el que le queda; es una mujer de profunda fe, nunca se queja, siempre habla de Dios como de su Padre, como el que la anima cada día, y siempre tiene palabras de aliento para otras personas. Es una mujer donde Dios y toda su debilidad se nos manifiesta. En su rostro, en sus sollozos, en sus palabras…. Descubrimos la auténtica espera del adviento, descubrimos al Dios que se nos hace presente en ella. Y como digo eso sí, siempre dando ánimos a los demás, y con ganas de compartir y seguir hacia adelante. 

     Una de las familias estaba especialmente mal en este día porque a su hijo, después de estar siete años en prisión, y conseguir por fin un tercer grado (un régimen donde aunque siga siendo preso, salía a trabajar, y tenia los fines de semana libres), había tenido una regresión a segundo grado ( es decir, había vuelto de nuevo a estar en prisión total). Y la madre se encontraba dividida entre la metedura de pata de su hijo, y el castigo sin duda, desproporcionado del propio centro. Le habían pillado con un porro en el bolsillo y eso era motivo de regresión.

Madre de presos

¿La cárcel le iba a ayudar a superar la drogadicción? Es evidente que no, necesitaba otra ayuda. Pero a la vez, la madre era consciente de que su hijo había quebrantado una norma. Nos decía que no pensaba venir a la reunión, pero que para ella estos encuentros eran muy importantes, porque se sentía muy apoyada, y eso la daba vida. Se sentía escuchada, sentía que nadie la juzgaba y que entre todos la sacaban hacia adelante. A su hijo aún le quedan muchos años, esto ha sido una marcha hacia atrás, pero es consciente y así se lo hicimos ver  que hay que seguir hacia adelante, de que no se puede tirar la toalla. Es una mujer luchadora, y que de nuevo siempre está al pie de su hijo. Es la fuerza del amor y de la entrega desinteresada a un hijo, pase lo que pase y sea lo que sea. 

     Y junto a ellas, otras madres nos relataban cómo estaban, y cuál era su situación. Una de las madres, que se incorporó justo este día, entre sollozos, nos decía la angustia de su hijo en la cárcel desde hace dos años; a sus veinticinco años, y ya privado de libertad. Nos relataba lo mal que lo estaban pasando, y cómo pensaba que su hijo estaba bien, hasta que sucedió lo que sucedió… por causa de las drogas y el alcohol, arruinó su vida y la vida de otra persona. Pero nos decía que se estaba encontrando muy agusto entre nosotros, porque por fin podía manifestar y decir lo que pensaba y decía, sin nadie que la juzgara y la hiciera sentirse mal. En sus lágrimas, veía yo también el rostro de su hijo, un muchacho joven, en lo mejor de la vida, pero entre rejas por su mala cabeza. Siempre que le veo le digo que es muy joven, y que tiene que aprender de lo que ha pasado, que tiene que cambiar, pero lleva ya la mochila un poco llena… y eso a veces le hace perder la esperanza, tanto a él, como a su madre…

     Hubo más relatos, y más lágrimas, más voces entrecortadas, como las de la familia peruana que tienen a su hermano y a su hijo en prisión, y que siendo una familia humilde, y trabajadora, saben el daño que han hecho, pero solo les queda seguir mirando hacia adelante…O las palabras de un buen hombre, que sin tener que ver nada con un muchacho, porque se lo encontró en la calle un buen día pidiendo, le cogió cariño, y ahora va a visitarlo a la cárcel y ayuda a la familia en su seguimiento y , desde luego, en su sufrimiento. En todos los relatos, lágrimas redentoras, miradas de afecto hacia las personas en prisión, y desde luego no derrota, sino lucha.

     Otra familia nos relataba cómo su vida había cambiado totalmente desde que su hijo entró en prisión hace ya más de cuatro años, cómo van siguiendo adelante como pueden, pero con la pena cada día de ver a su hijo allí, y con la experiencia, como tantos otros, de parecerles increíbles que su hijo pueda estar allí. “No es algo fácil, relativizas y comprendes muchas cosas y a mucha gente”, nos decían. Pero siempre con la cabeza bien alta y la mirada hacia adelante. Junto a eso su confianza profunda en Dios que se hace presente cada día en cada uno de sus sufrimientos.

Cárcel de Navalcarnero

Tarde de adviento, tarde de esperanza, tarde de venida, tarde de mirar la vida con los ojos del Dios que viene y se hace hombre, para acompañar nuestro caminar. Fue un encuentro duro como siempre, pero a la vez lleno de vida…. No se borran fácilmente los rostros de los que estamos allí, las miradas de ternura y de abatimiento, las lágrimas que caen por las mejillas…. Pero también las sonrisas, los apoyos, los abrazos, el compartir los bollos que habían preparado con ilusión, como parte del compartir la vida. En todos ellos había una palabra de Gracias hacia nosotros, gracias por estar ahí, acompañándoles a ellos y a sus familias. Y en nuestro interior un grito profundo al Dios de Jesús, Maranatha, “Ven Señor Jesús”; ven en nuestra ayuda te necesitamos, necesitamos que nos des luz cada día para escuchar, para acompañar, para reír y para llorar. Necesitamos sentirte siempre a nuestro lado.

     Termino este escrito el día de la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, en el corazón de nuestro adviento. Y ante nuestra Madre y discípula, pongo en esta mañana la imagen y el rostro de todas las madres, y me hago eco, una vez más de las palabras del evangelio que compartiremos hoy en la Eucaristía: “Porque para Dios nada hay imposible” ( Lc 1, 37). Y pongo delante de ella, y delante del Dios del pesebre, todas las “imposibilidades” que cada día veo en las familias de los presos, todo lo que cada día veo, comparto y abrazo en la cárcel de Navalcarnero.

No se trata de pedir milagros baratos, se trata de decirle a María que nos mire, y nos ayude cada día, y que nos haga creer que las cosas pueden cambiar, que depende de todos, pero que el Dios de la vida, pobre y humilde, que decidió meterse en nuestro mundo, está siempre a nuestro lado, pase lo pase, y suceda lo que suceda. Que las lágrimas redentoras de cada familia, en esa tarde de adviento, se transformen en vida y esperanza, por la fuerza del Espíritu de Jesús, y que sintamos que María nos sigue acurrucando a todos, desde sus brazos amorosos de Madre. Ven Señor Jesús y haz posible lo que de veras nos parece imposible. Eran las palabras también del Santo Romero ante la tumba del asesinado amigo y hermano, Rutilio Grande, a quien la iglesia va a beatificar próximamente, “Yo no puedo Señor, hazlo Tu”

La Buena Noticia del Dgo 4º Adv-C

Por José Antonio Pagola

Estamos viviendo unos tiempos en los que cada vez más el único modo de poder creer de verdad va a ser para muchos aprender a creer de otra manera. Ya el gran converso John Henry Newman anunció esta situación cuando advertía que una fe pasiva, heredada y no repensada acabaría entre las personas cultas en «indiferencia», y entre las personas sencillas en «superstición». Es bueno recordar algunos aspectos esenciales de la fe.

La fe es siempre una experiencia personal. No basta creer en lo que otros nos predican de Dios. Cada uno solo cree, en definitiva, lo que de verdad cree en el fondo de su corazón ante Dios, no lo que oye decir a otros. Para creer en Dios es necesario pasar de una fe pasiva, infantil, heredada, a una fe más responsable y personal. Esta es la primera pregunta: ¿yo creo en Dios o en aquellos que me hablan de él?

En la fe no todo es igual. Hay que saber diferenciar lo que es esencial y lo que es accesorio, y, después de veinte siglos, hay mucho de accesorio en nuestro cristianismo. La fe del que confía en Dios está más allá de las palabras, las discusiones teológicas y las normas eclesiásticas. Lo que define a un cristiano no es el ser virtuoso u observante, sino el vivir confiando en un Dios cercano por el que se siente amado sin condiciones. Esta puede ser la segunda pregunta: ¿confío en Dios o me quedo atrapado en otras cuestiones secundarias?

En la fe, lo importante no es afirmar que uno cree en Dios, sino saber en qué Dios cree. Nada es más decisivo que la idea que cada uno se hace de Dios. Si creo en un Dios autoritario y justiciero terminaré tratando de dominar y juzgar a todos. Si creo en un Dios que es amor y perdón viviré amando y perdonando. Esta puede ser la pregunta: ¿en qué Dios creo yo: en un Dios que responde a mis ambiciones e intereses o en el Dios vivo revelado en Jesús?

La fe, por otra parte, no es una especie de «capital» que recibimos en el bautismo y del que podemos disponer para el resto de la vida. La fe es una actitud viva que nos mantiene atentos a Dios, abiertos cada día a su misterio de cercanía y amor a cada ser humano.

María es el mejor modelo de esta fe viva y confiada. La mujer que sabe escuchar a Dios en el fondo de su corazón y vive abierta a sus designios de salvación. Su prima Isabel la alaba con estas palabras memorables: «¡Dichosa tú, que has creído!». Dichoso también tú si aprendes a creer. Es lo mejor que te puede suceder en la vida.

Adviento: Se hace camino al cavar 

Adviento: Se hace camino al cavar 

«Enderezar lo torcido, rellenar los socavones, abajar los montículos, hacernos accesibles a los otros. Somos especialistas en levantar muros, cavar fosos, sembrar los caminos de zarzas traicioneras. Preferimos aislarnos en nuestras cuevas prehistóricas que a abrirnos a las posibilidades de lo nuevo» 

«Los caminos que llevan a la Iglesia y a la Religión también se han hecho complejos y a veces escarpados.. Porque son muy estrechos y sólo caben los que se creen buenísimos, porque son complicados de seguir y de paisajes raquíticos o aburridísimos, porque hay mucha gente interesada en ocultarlos y sembrarlos de cocodrilos y pirañas» 

 Toño Casado 

Los orientales son de decir frases muy bonitas, como para enmarcar: “Recorre a menudo el camino que va hacia casa de tu amigo. Si no lo haces, el tiempo lo cubrirá de hierba y ya no lo podrás encontrar”. Así dijo el Pequeño Saltamontes…  Y es verdad que los caminos poco transitados se van desdibujando de los mapas del corazón, hasta qué nos preguntamos si todo aquello que ocurrió no fue un mero espejismo en el desierto de nuestras vidas. 

Y sin embargo debemos trabajar para conservar los caminos que nos conectan a los demás y a Dios.  Enderezar lo torcido, rellenar los socavones, abajar los montículos, hacernos accesibles a los otros. Somos especialistas en levantar muros, cavar fosos, sembrar los caminos de zarzas traicioneras. Preferimos aislarnos en nuestras cuevas prehistóricas que a abrirnos a las posibilidades de lo nuevo. Porque a veces creemos que es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer; a ver si nos vamos a ilusionar demasiado y el príncipe o la princesa nos vuelve a salir rana por muchos besos que le demos… 

Lo más cómodo siempre es el sillón y las series de Netflix. Te vas cavando un foso alrededor, te tapas con la manta y cada vez quedas menos con el personal, hasta convertirte en un náufrago que ya no escribe mensajes en botellas. Mejor quedarse ante una pantalla jugando juegos on line que bajar al bar o al parque a estar con seres de carne y hueso. Y así te vas quedando sin caminos por los que transitar, convirtiéndote en un ser sedentario, aislado, temeroso y muchas veces, gordo. 

Los caminos que llevan a la Iglesia y a la Religión también se han hecho complejos y a veces escarpados.. Porque son muy estrechos y sólo caben los que se creen buenísimos, porque son complicados de seguir y de paisajes raquíticos o aburridísimos, porque hay mucha gente interesada en ocultarlos y sembrarlos de cocodrilos y pirañas, asegurando que esas sendas no llevan a ningún sitio. Mejor quedarnos tranquilitos y dentro los de siempre, no sea que vayan a venir los que no esperamos… 

Hay que trabajar, hay que ponerse manos a la obra. Hay que esforzarse para recuperar los caminos perdidos. Eso requiere sudor, horas e inteligencia, para ver por donde trazar mejor nuestra trayectoria y construir nuestros puentes. Con esperanza constructiva y perseverante creyendo que los caminos son buenos, que Dios y los demás nos saldrán al encuentro pero sabiendo que nosotros también debemos trabajar para hacer nuestra parte. 

“Yo soy el camino” decía Jesús el Nazareno. Quien recorre de nuevo la senda de Jesús haciendo el mismo recorrido encontrará un banquete y buenas vista al final de la etapa de la vida. Pero no olvidemos que como buen Camino Jesús fue pisado, y que el accidentado itinerario de su vida acabó en una montaña del calvario con vistas a toda la humanidad, pero muy dura de vivir. 

Abre caminos, no te encierres. Inténtalo, no pierdas la esperanza de reencontrarte con los demás y con Dios. Escucha sus Palabras y no te canses de abrir el túnel incluso arañando las rocas con tus manos.  El viene a tu encuentro desde el otro lado con una tuneladora de Amor incalculable. Y su Luz hará de tu oscuridad mediodía. 

Y no te olvides de que debes hacer en este mundo de foso y fronteras de espino. ¿Cómo te sitúas ante tus hermanos que no encuentran caminos a la esperanza de una vida más digna? 

Tiempo de abrir caminos. No te canses. Manos a la obra 

La Buena Noticia del Dgo 2º Adviento-C

Vino la palabra de Dios sobre Juan… en el desierto

Preparad el camino del Señor

Lucas 3, 1-6

Todos verán la salvación de Dios

En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: «Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios.»

Actualización de la Palabra

¿UN ADVIENTO MÁS O UNA NUEVA OPORTUNIDAD? 

Written by José Enrique Galarreta 

Lc 3, 1-6 

Los dos primeros capítulos de Lucas se dedican al «evangelio de la infancia». En éste tercero comienza la vida pública de Jesús, introducida por la predicación de Juan Bautista. 

Lucas hace una presentación «histórica», intentando precisar la fecha exacta de la aparición del Bautista en el Jordán. A pesar de ello, los datos son menos precisos de lo que parece, aunque a través de ellos podemos fijar estos sucesos hacia el año 28 de nuestra era, con un margen de error de un año más o menos. 

La intención de Lucas sin embargo no es preferentemente histórico-cronológica, sino la de presentar a Jesús a través del anuncio de Juan. El Bautista, en éste y en los otros evangelios, es el precursor, el que anuncia que la llegada del Salvador es ya inminente. 

Y se presenta al Salvador con las mismas palabras que los antiguos profetas (Isaías, Baruc…) anunciaban la restauración de Israel. Jesús es presentado por tanto por medio de un profeta, como «El que había de venir, el que esperábamos, el salvador de Israel». 

En estos capítulos de los evangelios (Mateo 3, Marcos 1, Lucas 3, Juan 1) encontramos, como casi siempre en los evangelios, un suceso que ocurrió (apareció un profeta llamado Juan que bautizaba con un bautismo de penitencia) y la interpretación que da la fe del evangelista (su función era preparar el camino de Jesús, que es «el que esperábamos, el Salvador»). 

Pero estaría muy bien no descontextuar este fragmento (cosa que hace la liturgia sin escrúpulo alguno constantemente). Los evangelios del Bautista dan un mensaje completo y amplio, que apenas se vislumbra en este trocito. (1) 

Fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. 

Juan, hijo del sacerdote Zacarías, no es sacerdote. Vive en el desierto, quizá en el entorno de Qumran; lleva una vida austera, alimentado y vestido con lo que el desierto le da, que es bien poco. La Palabra de Dios no sale del Templo. El Precursor es un don nadie que vive en el desierto; como aquél a quien el Precursor anuncia. 

La Palabra de Dios fue dirigida; de nuevo, una vez más. Porque la Palabra es incansable. Toda esa larguísima trayectoria que es la historia de Israel narrada en la Escritura no es más que la crónica de la constante, incansable presencia de la Palabra. 

También es la crónica de las respuestas –buenas y malas– del pueblo a la Palabra. La Palabra que no cesa. La Palabra que es aceptada y rechazada. La Palabra que es entendida y malentendida. Pero siempre, la peregrinación humana acompañada por la Palabra. 

Podríamos decir que éste es el dogma básico, la creencia más profunda de Israel: Dios está ahí, acompañando el peregrinar del pueblo: Dios es Palabra para iluminar el camino. 

En la larga peregrinación del pueblo, la Palabra fue a veces bien, a veces mal correspondida. Pero, antes de eso, la Palabra fue entendida como aquellas personas pudieron entender. Palabra por Palabra, tan Palabra de Dios es «amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo» como «amad a vuestros enemigos». Tan Palabra de Dios es «ojo por ojo y diente por diente» como «poned la otra mejilla». Tan Palabra de Dios es el mandato de las guerras de exterminio como la negativa de Jesús a identificarse con un Mesías davídico. Palabras de Dios contradictorias. 

También Juan Bautista fue Palabra para su tiempo: una Palabra que resonaba con los más puros acentos de los profetas alarmistas. «Ya está el hacha puesta a la raid del árbol», ya está aquí el día de la venganza del Poderoso, temblad, arrepentíos para escapar al castigo inminente. Una terrible Palabra de Dios, como tantas otras antes, como tantas otras después. 

Esta Palabra fue recibida de manera diversa: mucha gente, gente normal, soldados, publicanos, acudían a Juan. Quedaban impresionados, cambiaban de vida, salían de sus pecados. Otra gente, letrados y fariseos, le pedían cuentas: «¿con qué autoridad hablas así, pues no eres el Mesías, ni siquiera un Profeta?». 

Mucha gente normal, pecadora normal, reconoció en Juan La Palabra y estuvieron dispuestos a cambiar de vida. Gente importante, experta en La Palabra, recelaron de Juan y le pidieron garantías; no estaban dispuestos a cambiar de vida: ellos ya tenían la Palabra, y no estaban dispuestos a que un don nadie sin cualificación oficial alguna les anunciara nada de parte de nadie. 

Con Jesús pasará lo mismo. La Palabra vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron. Es el argumento principal del cuarto evangelio: y ya lo había sido de Marcos: hay que creer en este Mesías, no en el que os habíais imaginado. ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? Evidentemente, esperaban a otro, y por tanto, no era Jesús el que había de venir. 

Sorprendentemente, la Palabra/Jesús es fuertemente discordante con la Palabra/Juan. El austero penitente amenazante tiene poco que ver con el conversador de sobremesa que trae Buenas Noticias. El Dios que empuña el hacha vengadora tiene poco que ver con el padre del hijo pródigo. 

Pero tendrán algo en común: las dos Palabras serán aceptadas por los mismos y rechazadas por los mismos. Sea como sea la Palabra, por los mismos es aceptada y por los mismos es rechazada. Y, sin duda, por la misma razón; porque YO conozco de sobra la Palabra, porque ¿quién es ése para decirme a MÍ, la Palabra? 

En conclusión, en la larga peregrinación de la humanidad hacia la plenitud soñada por el Padre Creador, el Padre es Palabra, permanentemente presente en la aventura de los que caminan hacia la cumbre que es ser hijos. 

La Palabra es siempre luz, luz cada vez más intensa, de manera que una luz vista desde la oscuridad es luz, y vista desde más luz es casi oscuridad. Es la única manera que tenemos de leer como luz las oscuridades del antiguo testamento. Fueron luz en un momento de tinieblas: son tinieblas vistas desde Jesús. 

Hacemos mal en acudir a las velas cuando resplandece la luz del sol. Hacemos mal en recurrir a las velas de las antiguas palabras cuando podemos vivir al sol de Jesús. Ni la Alianza ni la promesa ni el Pueblo Elegido ni los Sacrificios ni el Templo ni el Juicio del Terrible, ni Yahvé justiciero… son más que velas de mortecino resplandor, que fueron quizá útiles para un pueblo en su caminar a tientas. 

Juan Bautista es la última de esas vacilantes candelas. Y lo dijo Jesús: el más grande de los profetas, pero el más pequeño del Reino es mayor que él. Y nosotros estamos en el Reino, porque en la noche de Navidad va a salir el sol, ante el cual todas las candelillas anteriores parecen estar apagadas. 

Pero a lo largo de la historia, las personas se han comportado igual ante la palabra, fuera modesta vela parpadeante o radiante sol de mediodía. Todas las historias de los profetas de la Vieja Ley y del Reino se parecen: Palabra de Dios aceptada por gente vulgar y rechazada por sabios, santos y poderosos. 

Los profetas oficiales rechazando a Jeremías, los ricos y los reyes riéndose e incluso dando muerte a los portadores de la Palabra. Juan Bautista acosado por los escribas y fariseos y asesinado por Herodes, Jesús, igualmente acosado por escribas, fariseos y sacerdotes, y entregado a la muerte a mano de los poderes políticos. 

Y siempre por la misma razón de fondo, una actitud: estar a la espera de la Palabra, necesitar la Palabra, desear la Palabra, o, por el contrario, estar seguro, no necesitar ninguna palabra. Actitud que es la manifestación de otra más interior: estar insatisfecho, desear mejorar, estar dispuesto a cambiar. o, por el contrario, estar satisfecho, no estar dispuesto a cambiar. 

Impresiona mucho comprobar cómo toda historia religiosa, de antes y de ahora, repite como calcos las mismas actitudes vitales; por esa razón, las situaciones y los personajes que aparecen en los evangelios se convierten en paradigmas extra-temporales; nos reconocemos a nosotros mismos en los personajes y en las situaciones. 

Por eso, la palabra clave del Adviento «viene el Señor» puede ser una Gran Noticia o un tópico. Y que sea una cosa o la otra podrá servirnos para conocer a qué bando pertenecemos: si esperamos la Palabra para mejorar o la encajamos sin más en el catálogo de las cosas ya conocidas para no cambiar. 

¿Un Adviento más? ¿Una Navidad más? ¿Una nueva oportunidad? 

Como cuando nieva sobre un charco, que los copos se disuelven nada más tocar el agua. Como un paisaje nevado atravesado por un torrente. El torrente, inmune a la nevada. Nuestra vida, charco estancado quizá, palabra largamente conocida y estancada, que imposibilita recibir cualquier novedad… o torrente de múltiples actividades, deseos… incapaz de recibir palabra alguna. 

Adviento: no una «época litúrgica», sino una dimensión básica de la vida: estar atentos a la Palabra, porque viene, siempre viene, continuamente, porque Dios es incansable, porque el Amor es incansable. 

Estamos a las puertas del invierno: es bueno contemplar los árboles muertos. Parecen piedras, irremisiblemente perdidos para la vida. La contemplación del invierno debería llevarnos a pensar que el final de todo es la muerte, que la vejez no tiene remedio, que los grandes árboles helados e inmóviles han llegado a término. Pero nosotros sabemos que hay primavera, porque la hemos visto. De esas medio-piedras brotarán pequeños milagros verdes. Esos escalofriantes manojos de palos desnudos se vestirán de hojas resplandecientes. 

¿Quién soy yo? ¿Tengo el alma vieja, definitivamente resignada al invierno? ¿Estoy convencido de que en mi vida ya no va a pasar nada? 

Estaría muy bien re-leer despacio la parábola del sembrador: Dios es el incansable sembrador. Puedo estar seguro de que habrá siembra, habrá Palabra. De que la hay. Pensar en mis piedras, en mis zarzas. Y no resignarme a ellas. A veces parece que nos gusta vivir tranquilamente resignados a la esterilidad, como si las zarzas nos protegieran de algo temible…. 

Estaría muy bien re-leer la parábola de la levadura. Y atreverse a entrar dentro de nosotros mismos, sin piedad y sin miedo, descubriendo nuestros íntimos miedos, abriendo las puertas que tenemos quizá largo tiempo selladas… Y al entrar en la última morada, donde no esperamos encontrar más que lo más oscuro de nosotros mismos, encontrarnos con Dios/levadura, dispuesto a fermentar la masa, desde dentro, en silencio. 

Adviento: tiempo de agradecer. Porque siempre está ahí, porque no se cansa. Porque el amor de Dios es paciente, porque la semilla se sigue derramando, aunque haya caído tantas veces en el camino y se la hayan llevado los pájaros. Porque la levadura, pequeña y desconocida, tiene poder para fermentar hasta treinta medidas de harina… 

El Adviento del Arzobispo de Lima

Monseñor Castillo: «Hay un catolicismo egoísta que tiene que superarse» 

Monseñor Castillo 

En el inicio del Tiempo de Adviento, Monseñor Carlos Castillo hizo un llamado a superar las distracciones que nos impiden vivir una fe de ‘ojos abiertos’ 

También recalcó que debemos superar la idea de que la fe cristiana es solo para rezar y no para actuar: «Nuestra fe cristiana no es una fe de personas ‘dormidas’ que cierran los ojos a la realidad 

«Hace años Pablo Neruda escribió: ’20 Poemas de amor y una canción desesperada’. Ahora podríamos decir que tenemos 20 canciones de desesperación y solamente un poema de amor, que es el Evangeli» 

El Arzobispo de Lima expresó su solidaridad con todas las familias afectadas por el terremoto de magnitud 7.5 en la región de Amazonas 

29.11.2021 

(Arzobispado de Lima).- En el inicio del Tiempo de Adviento, Monseñor Carlos Castillo hizo un llamado a superar las distracciones que nos impiden vivir una fe de ‘ojos abiertos’, especialmente en esta época de crisis donde nos sentimos tentados a desesperarnos y tomar decisiones inmediatas sin profundizar las cosas. 

También recalcó que debemos superar la idea de que la fe cristiana es solo para rezar y no para actuar: «Eso también es distraerse, porque es pensar que Dios no tiene relación con nuestra historia, y que yo tengo que salvar mi “almita” y no me importan los demás. Hay un catolicismo egoísta que tiene que superarse. La Iglesia, por eso, es corazón de su pueblo, es guía desde el corazón de la gente, no fuera de la gente. Y requiere, por parte de todos nosotros, un esfuerzo para que, desde ese corazón, lleguemos a la entraña más grande de misericordia», comentó. 

Homilía completa de Monseñor Carlos Castillo 

Monseñor Castillo inició su homilía recordando que el camino del Adviento requiere de nosotros la apertura y la búsqueda del Señor para encontrarlo a través de las señales y los signos que Él nos hace percibir. Por eso nos llama a estar atentos y despiertos: 

«Nuestra fe cristiana no es una fe de personas ‘dormidas’ que cierran los ojos a la realidad. El cristianismo profesa una fe de ojos ‘abiertos’, atentos a la presencia de Dios en la historia, en los acontecimientos, en los problemas», ha señalado el Arzobispo. 

Actuar sin desesperación, con capacidad de paciencia e inteligencia 

En el Evangelio de hoy (Lucas 21, 25-28. 34-36), Jesús recurre a una serie de imágenes para alertarnos y explicarnos que en tiempos de crisis estamos tentados a la desesperación y las soluciones inmediatas sin profundizar las cosas. Por eso, cuando el Señor advierte que el sol, la luna y las estrellas caerán, se está refiriendo a la caída de los referentes y los sistemas aparentemente ‘perfectos’ que se rigen a espaldas del bien común y deciden en base a las razones más superficiales y frívolas de la vida. 

¿Y de qué manera podemos salir de las situaciones complejas? Jesús nos llama a estar vigilantes, orando en todo tiempo para ‘escapar’ de la crisis, en el sentido de encontrar salidas a los problemas: «Todo problema es un nudo que se puede desatar, pero requiere nuestra capacidad de paciencia, profundidad e inteligencia, para que las cosas se solucionen», recalcó el Obispo de Lima. 

«Hace años Pablo Neruda escribió: ’20 Poemas de amor y una canción desesperada’. Ahora podríamos decir que las cosas están al revés y tenemos 20 canciones de desesperación y solamente un poema de amor, que es el Evangelio y todo lo que tenemos dentro como humanos y nos hace sensibles para poder superar situaciones de conflicto», afirmó Monseñor Castillo. 

Una fe cristiana de ‘ojos abiertos’ para enfrentar los tiempos de crisis 

Monseñor Carlos indicó que para estar atentos y vigilantes, nuestra fe cristiana debe tener los ‘ojos abiertos’, porque permiten que el ser humano identifique la presencia del Hijo del Hombre que llega sobre la nube a decirnos: “Levántense, alcen la cabeza, se acerca vuestra liberación”. 

En ese sentido, el Arzobispo Castillo se remontó a la historia del pueblo de Israel para explicar cómo la diáspora judía exiliada durante seis siglos – especialmente los profetas y los reyes – aprendió con paciencia a desarrollar una madurez profunda que permitía encontrar dónde podía haber soluciones, es decir, salidas. 

«Si no queremos que nuestro pueblo desaparezca, no insistamos en que las soluciones ya están hechas y que sería cuestión de que ‘yo tengo la razón y voy a resolver con una barita mágica las cosas’. En este momento, en el mundo no hay posibilidad de solucionar esta gran crisis de las ‘estrellas’, de los referentes, si es que no construimos primero y bien a nuestras personas y a nuestros pueblos. Eso requiere auto-educarnos y ayudarnos mutuamente a reconocer que no tenemos soluciones, que los sistemas han fracasado, especialmente aquellos que se proponen como las únicas soluciones de un momento a otro», reflexionó el prelado. 

Nuestro pueblo está necesitado de escucha, como lo ha hecho la Asamblea Eclesial en esta semana, y está necesitado también de interpretar adecuadamente lo que se escucha para poderlo ir orientando. 
Aprender a reconocer los signos del amor que hay en la realidad. 

Finalmente, Monseñor Castillo explicó el signifcado detrás de las palabras de Jesús: “Lean los signos y distingan que, sobre la nube, viene el Hijo del Hombre”. ¿Y quién es el Hijo del Hombre? Es aquel en quien Dios quiso meterse en nuestra historia y vivirla hondamente: Jesús. Y ese Jesús al cual amamos a través de nuestra fe, que nos ha dado su amor gratuitamente, el don de creer y de confiar, nos ama a pesar de nuestros pecados y es capaz de morir para no dar la imagen ni la convicción de que Dios es otra cosa, sino que es amor y solo amor. 

La solución a los problemas tiene un fundamento: aprender a reconocer los signos del amor que hay en la realidad, que son los signos de Jesús viviente en la gente. 

Carlos Castillo recalcó que estamos llamados a estar vigilantes en este momento de crisis, no distraídos: «Jesús pone aquí como ejemplo de distracción al exceso de comida, borracheras y preocupaciones de la vida. Pero hay muchas más distracciones, por ejemplo, la idea de que la fe cristiana es solo para rezar, no para actuar. Eso también es distraerse, porque es pensar que Dios no tiene relación con nuestra historia, y que yo tengo que salvar mi “almita” y no me importan los demás. Hay un catolicismo egoísta que tiene que superarse», precisó. 

Terremoto en el Amazonas: Actuar solidariamente. 

El Arzobispo de Lima expresó su solidaridad con todas las familias afectadas por el terremoto de magnitud 7.5 en la región de Amazonas: «Desde aquí quiero pedir que todos veamos la manera de compartir medicinas, frazadas, carpas y todo tipo de ayuda, porque muchos se han quedado sin casa»

Adviento: Dios se hace presente

 Agrelo: «Adviento, tiempo en que Dios se te hace presente en el grito de los náufragos» 

Adviento 

«Decimos al Señor, a ti levanto mi alma, como quien desde la tierra, desde lo hondo, desde la noche, desde la ausencia, busca las huellas del Amado» 

«Decimos al Señor, a ti levanto mi alma, pues en la noche de su ausencia nos sentimos pequeños como niños, necesitados como niños, confiados como niños» 

«Le decimos, a ti levanto mi alma, y a él volvemos los ojos desde nuestra soledad, desde el sufrimiento de los pobres, desde la angustia de abandonados al borde del camino» 

«Éste es el tiempo en que tu Dios, Dios solidaro para siempre con la humanidad, se te hace presente en el grito de los náufragos, en las lágrimas de los huérfanos, en la agonía de los excluidos» 

Por Mons. Santiago Agrelo 

Comienza el Año litúrgico, sacramento del tiempo –de la historia- de la salvación. 

Cristo llena con su presencia la historia de la salvación y el Año litúrgico: desde el principio lo hallamos anunciado y prometido; en la plenitud de los tiemos lo reconocemos encarnado; y esperamos su retorno glorioso cuando todo llegue a su fin. 

Nuestra celebración eucarística se abre hoy con palabras de súplica, que nacen de una conciencia humilde, de un corazón confiado: “A ti, Señor, levanto mi alma: Dios mío, en ti confío”. 

Decimos al Señor, a ti levanto mi alma, como quien desde la tierra, desde lo hondo, desde la noche, desde la ausencia, busca las huellas del Amado. 

Decimos al Señor, a ti levanto mi alma, pues en la noche de su ausencia nos sentimos pequeños como niños, necesitados como niños, confiados como niños

Le decimos, a ti, Señor, levanto mi alma, pues lo reconocemos grande, el único grande, generoso, el más generoso, cariñoso, el más acogedor. 

Le decimos, a ti levanto mi alma, y a él volvemos los ojos desde nuestra soledad, desde el sufrimiento de los pobres, desde la angustia de abandonados al borde del camino, y en la mirada levantada, el alma y el corazón salen clamando, con la certeza de que el Señor se abajará hasta nuestra pequeñez, y nos levantará hasta su pecho, hasta su rostro, hasta sus mismos ojos. 

Éste es nuestro Adviento, tiempo de humildad confiada, de confianza humilde, de deseo ardiente, de fraternidad vivida, de justicia amada, de mirada al cielo, de esperanza cierta. 

Éste es el tiempo en que tu Dios, Dios solidaro para siempre con la humanidad, se te hace presente en el grito de los náufragos, en las lágrimas de los huérfanos, en la agonía de los excluidos, en el misterio de su ausencia: 

Adviento 

Apagada la antorcha del ocaso, 

de amor se enciende el alma de la Esposa, 

para ver de su Amado, en cada cosa, 

la huella misteriosa de su paso. 

Noche, que del Amor traes memoria, 

noticia de su ausencia a nuestro anhelo, 

serías, si le hallásemos, ya el cielo, 

y tu sombra sería ya la gloria. 

Cuando llegue la dicha del encuentro, 

comunión del Amado con su Amada, 

la Iglesia brillará inmaculada, 

pues Dios será su lámpara y su centro. 

El Adviento es Navidad en esperanza:  

Feliz espera del Señor. Feliz domingo 

La Buena Nueva del Dgo.1º-Adviento-C

Levanten vuestras cabezas, se acerca vuestra liberación

Estad siempre despiertos

Qué es vivir despiertos?: Desear ardientemente que el mundo cambie 

Por  José Antonio Pagola 

Jesús no se dedicó a explicar una doctrina religiosa para que sus discípulos la aprendieran correctamente y la difundieran luego por todas partes. No era este su objetivo. Él les hablaba de un «acontecimiento» que estaba ya sucediendo: «Dios se está introduciendo en el mundo. Quiere que las cosas cambien. Solo busca que la vida sea más digna y feliz para todos». 

Jesús llamaba a esto el «reino de Dios». Hemos de estar muy atentos a su venida. Hemos de vivir despiertos: abrir bien los ojos del corazón; desear ardientemente que el mundo cambie; creer en esta buena noticia que tarda tanto en hacerse realidad plena; cambiar de manera de pensar y de actuar; vivir buscando y acogiendo el «reino de Dios». 

No es extraño que, a lo largo del evangelio, escuchemos tantas veces su llamada insistente: «vigilad», «estad atentos a su venida», «vivid despiertos». Es la primera actitud del que se decide a vivir la vida como la vivió Jesús. Lo primero que hemos de cuidar para seguir sus pasos. 

«Vivir despiertos» significa no caer en el escepticismo y la indiferencia ante la marcha del mundo. No dejar que nuestro corazón se endurezca. No quedarnos solo en quejas, críticas y condenas. Despertar activamente la esperanza. 

«Vivir despiertos» significa vivir de manera más lúcida, sin dejarnos arrastrar por la insensatez que a veces parece invadirlo todo. Atrevernos a ser diferentes. No dejar que se apague en nosotros el deseo de buscar el bien para todos. 

«Vivir despiertos» significa vivir con pasión la pequeña aventura de cada día. No desentendernos de quien nos necesita. Seguir haciendo esos «pequeños gestos» que aparentemente no sirven para nada, pero que sostienen la esperanza de las personas y hacen la vida un poco más amable. 

«Vivir despiertos» significa despertar nuestra fe. Buscar a Dios en la vida y desde la vida. Intuirlo muy cerca de cada persona. Descubrirlo atrayéndonos a todos hacia la felicidad. Vivir no solo de nuestros pequeños proyectos, sino atentos al proyecto de Dios. 

Adviento, tiempo de esperanza

El hombre espera por naturaleza algo que no está en su naturaleza 

Adviento 

«En este nuevo año litúrgico nos acompañará el evangelio de San Lucas, que subraya la presencia de la salvación ya aquí y ahora» 

«Siempre que es media noche, comienza el nuevo día, aunque todavía quede mucha noche» 

«La esperanza es la “materia” de la que estamos hechos los seres humanos. Vivimos porque algo en nuestro interior nos convoca a un futuro pleno» 

Por Tomás Muro Ugalde 

  1. El final del mundo no coincide con el final del ser humano. 

Comenzamos hoy el año litúrgico con el tiempo de Adviento, con el primer domingo de Adviento. 

El Adviento es un tiempo –como toda la vida- de esperanza, de activar y fortalecer la esperanza. 

El evangelio de hoy nos ofrece una visión esperanzada del final de la historia humana y lo hace con un lenguaje apocalíptico, algo tremendista, pero no se trata de una descripción científica del fin del mundo. 

El tiempo y la historia humana terminan en la bondad de Dios. Y ello no es catastrófico sino salvífico y amable 

La Corona del Adviento
  1. se acerca, está ya presente nuestra liberación. 

En este nuevo año litúrgico nos acompañará el evangelio de San Lucas, que subraya la presencia de la salvación ya aquí y ahora. En el evangelio de San Lucas la salvación se ha hecho ya presente por medio de JesuCristo en nuestra historia: 

hoy estamos ya salvados: 

Lc 2, 11 Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor. 

Lc 4, 21 Al comienzo de su ministerio en la sinagoga: Hoy se cumple ante vosotros esta profecía». 

Lc 5, 26 Tras la curación del paralítico, todos quedaron atónitos y alababan a Dios llenos de temor, diciendo: Hoy hemos visto cosas extraordinarias 

Lc 19, 5.9   Jesús levantó los ojos y le dijo: 

– Zaqueo baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa. Jesús le dijo: 

Hoy ha llegado la salvación a esta casa. 

Lc 22, 34    Te aseguro, Pedro, que hoy mismo, antes de que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces. 

Lc 23, 43    Jesús le dijo (al buen ladrón): 

Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso. 

Hoy, no mañana, los pobres, oprimidos, esclavos y pecadores; estamos salvados hoy

    La alegría futura se hace presente en el hoy de nuestra historia. 

  1. Habrá signos. 

    Siempre hay signos en la vida: siempre hay señales de angustia catastrófica: la incertidumbre de la pandemia que se alarga, los que mueren en pateras o en el río Bidasoa, algunas opciones políticas que causan vértigo, las guerras, además de los crónicos fracasos personales, la inseguridad propia de la salud, la decadencia por la edad, los conflictos familiares, laborales, eclesiásticos, etc. 

    Cuando empiecen a suceder estas cosas, se acerca vuestra liberación. 

Siempre que es media noche, comienza el nuevo día, aunque todavía quede mucha noche

  1. esperanza

La esperanza es la relación amable que establecemos con el futuro; me refiero -sobre todo- al futuro absoluto, una relación llena de sentido. 

    La esperanza es la “materia” de la que estamos hechos los seres humanos. Vivimos porque algo en nuestro interior nos convoca a un futuro pleno. 

    La esperanza es la confianza en que nuestra vida tiene horizonte. Creemos que estamos en buenas manos, porque estamos en manos de Dios. 

No podemos depositar toda nuestra esperanza y confianza en ninguna clase de institución humana: partidos políticos, Iglesias o gobiernos. Todos ellos pueden equivocarse y fallar. 

    Es útil tener buenos líderes, por supuesto. Pero, en última instancia, nosotros no podemos basar nuestra esperanza de futuro en ninguna clase de líderes humanos porque ninguno de nosotros, individualmente -o en conjunto-, tiene capacidad suficiente para salvar al ser humano. 

Nosotros confiamos y esperamos en Dios

Levanto mis ojos a los montes, ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor. (Salmo 120). 

Me pase lo que me pase (y nos va a pasar de todo), que no me pase sin Ti, Señor

  1. la esperanza es muy frágil. 

    La esperanza es una planta muy delicada, se puede secar pronto, a veces la esperanza es intermitente, aparece y desaparece en nuestro caminar. 

    Por eso mismo, porque es muy débil, como el sentido de la vida, hemos de cuidarla y cultivarla. 

    Escribía el poeta francés Charles Peguy: 

La Fe es la que se mantiene firme por los siglos de los siglos. 

La Caridad es la que se da por los siglos de los siglos. 

Pero mi pequeña esperanza es la que se levanta todas las mañanas. 

  1. vivir lúcidos. 

    No es razonable vivir aletargados, con la sedación como norma de vida. La esperanza no adormece, abre ventanas a los problemas. 

Orad 

    La oración es ver la vida desde o ante Dios y ello confiere una seriedad, lucidez y horizonte a la existencia. La oración es un modo de vivir lúcidos, atentos y confiados. La oración es un lugar en el que crece la esperanza. En la oración están presentes las miserias y las esperanzas humanas. 

    Comencemos el adviento con buen ánimo y esperanza, porque ha llegado el tiempo de la gracia, de la misericordia y del perdón de Dios: 

velad y orad 

Adviento, preparación al nuevo nacimiento

Adviento, tiempo que nos dispone al nuevo nacimiento 

Por Fray Alfredo Quintero Campoy 

En la liturgia de este domingo que nos introduce al tiempo de la del adviento, se nos recuerda nuestra vocación desde un seguimiento vivido en Jesús

Primero no debe olvidársenos que al seguir a Jesús somos portadores de una cruz que nos hace experimentar una pasión de forma personal y comunitaria que desemboca siempre en una vida nueva. Por lo tanto, podemos afirmar que es una renovación de vida

La renovación de vida está escrita en el mismo adn de nuestra naturaleza. Ser auténticos en nuestro ser de hijos de Dios y de creaturas significa abrirnos a este adn vital que va quitando lo que ya no tiene sentido y razón de ser y que entorpece nuestra vocación de servicio. 

La pasión que se experimenta por la misma cruz que llevamos, así como su intrínseca renovación al nacimiento de la vida nueva, remueve dolorosamente nuestros espacios de relación tanto internos como externos. ¡Esa remoción es dolorosa para todos! 

Segundo, el espíritu viene en ayuda nuestra para iluminarnos en la conducción de esta pasión y renovación, para seguir teniendo vida en el único que desborda la vida para nosotros y que es Jesús. 

El adviento viene a facilitarnos un camino para fortalecer un espíritu que nos pueda ayudar con todo su potencial a hacer un camino que nos haga fuertes, para poder transitar el dolor propio de un nuevo nacimiento, de una nueva conducción. 

La verdad es que la encarnación de Jesús viene a renovar y a conducir la historia de la humanidad. Jesús viene a hacer una historia trascedente desde la pequeñez de su origen en Nazareth, de padres sencillos y discípulos que sí creyeron en Él, aunque fueran pescadores y hombres comunes del pueblo. Lo importante es que escribe esta nueva historia desde la conducción del Padre Eterno, Señor del Universo, Creador, Origen-Dador de vida. 

Nuestra mirada de fe nos invita a abrirnos a este proyecto del Padre Eterno, que tiene para toda la creación y de la que somos parte pequeña pero valiosa. 

En esta creación de la que somos parte, desde nuestra pequeñez, experimentamos nuestra vulnerabilidad: en el terremoto salimos corriendo de nuestros refugios materiales para quedar seguros en el espacio libre de los estorbos; ante el sunami, inmersoso en el impetuoso mar, al sentirnos que nos mece su suave movimiento pero ante el brusco movimiento de su fuerza interna que nos atrae y nos impulsa, expulsándonos, nos sentimos frágiles ante un poder mucho más majestuoso que nuestra vulnerabilidad; la pandemia del Covid, que nos hizo refugiarnos en nuestras propias cavernas de seguridad por el miedo de estar expuestos a un contagio que domina y no sabemos cómo terminaremos, fragilidad experimentada que le dio su lugar a la propia soberbia del dinero, de la tecnología, del saber, del poder político, etc. 

¡Somos vulnerables! Pero el espíritu nos levanta siempre en el nuevo nacimiento que nos trae Jesucristo para vivir la historia con el amor que él nos da ejemplo, para agradar a Dios y abandonar todo aquello en donde no está el espíritu de vida, como es la embriaguez, los vicios, los chismes, la falta de recta intención en nuestras acciones, nuestros placeres desenfrenados, nuestra codicia, etc. Y por esta vulnerabilidad, tendemos en nuestra naturaleza frágil y pecadora, a alejarnos de lo que alimenta el espíritu. 

¡Se acerca la hora de nuestra liberación! Dice Jesús en el evangelio de Lucas de este domingo primero de adviento. Si, una liberación que nos lleva a un nuevo nacimiento, pasando por la cruz que cada uno lleva de su propia pasión para renovarnos en el espíritu y dejar lo que no nos da vida, en el espíritu que nos hace trascender siempre 

Necesitados de Adviento

 

Acabamos de celebrar con perspectivas de universalidad cristiana y de humanidad fraterna “el tiempo de la creación” en el que el papa Francisco nos invitaba a preguntarnos y dejarnos interpelar en el deseo de construir una casa para todos, nos hemos sentido llamados una vez más a soñar y desear la renovación del Oikos –la casa- de Dios. La cumbre del cambio climático reciente nos ha dejado perplejos. Cáritas tocada por este sueño eclesial y evangélico, desde siempre, se abre ahora con fuerzas y con ganas para seguir trabajando en el compromiso de tejer redes de comunidad, para seguir avanzando en la construcción de una casa verdaderamente común. 

Por| José Moreno Losada 

Necesitados de Adviento, de esperanza. 

La situación concreta y actual que vivimos refuerza ese deseo de evangelio, las claves que hemos recibido tanto de la encíclica Laudato si, como de Tutti Fratelli nos lo están pidiendo y animando. Nos encontramos en un momento de gracia, un verdadero kairós, hoy más que nunca los cristianos estamos llamados a vivir la dimensión profética de nuestro bautismo, a sentir la eficacia de un crisma vivo, con el que hemos sido ungidos como sacerdotes que entregan su vida para un mundo mejor, como profetas que alimentan de esperanza los momentos más difíciles de la historia, y como reyes que organizan su compromiso a favor de una sociedad que debe estar regida por la compasión y la misericordia. Ahora es momento de ser nudos en la red de lo común, hemos de salir a alta mar para echar las redes a otros lados y no permitir que nadie se ahogue en nuestras orillas ni en las de lejos. La marea está fuerte pero nuestra fe está llamada a confiar en él que va con nosotros en nuestra barca, aunque esta parezca a veces que se va a hundir. Aquí está nuestro Adviento, siempre nuevo, que viene a alimentar nuestra esperanza, nuestro corazón para renovarnos en la alegría del evangelio para seguir creyendo en la comunidad de los hermanos. Ahora más que nunca estamos necesitados del adviento, ahora más que nunca tenemos que gritar con toda la creación y con toda la humanidad: Maranatha, ven Señor Jesús. 

El fundamento y la razón de nuestra esperanza: Alfa y Omega. 

La Ecología Integral como horizonte. 

En el pensamiento cristiano la relación cosmos, hombre y Dios viene transversalizada por la revelación divina como Dios creador, encarnado, crucificado y resucitado. Nuestro origen, nuestro alfa, está fundamentado en el amor de Dios, nuestro Dios creador se nos revela como Padre que todo lo que crea por puro amor, así lo confesaba el pueblo elegido y así lo confesamos nosotros.  

En el origen nos encontramos con el fundamento absoluto del amor que da razón de todo lo que existe, nuestro Dios creador es nuestro salvador, creación y salvación se interrelacionan y no son entendibles de otro modo para nosotros. Ese fundamento se nos manifiesta radicalmente cuando el creador, por el mismo amor, se hace criatura en la encarnación, en Jesús de Nazaret. Reconocemos la relación del absoluto con las criaturas en Cristo, sabiendo que nada de lo creado le es ajeno habiéndose él mismo hecho creatura en comunión de dependencia y de limitación, y así también de esperanza y de reino. Tocada la realidad en un amor divino hasta la muerte en cruz, sabemos que nada nos podrá separar del amor de Dios que se ha manifestado en Cristo, ni a nosotros ni a la creación. Y el crucificado resucitado nos abre el horizonte del verdadero sentido de una ecología integral que se dice de modo trascendente. Todo está llamado a la vida y a la plenitud, creemos en la resurrección de los muertos y en l vida del mundo futuro, por eso vivimos en continúo adviento, preñados de esperanza. Por eso nos abrimos de corazón a la preocupación y al mensaje evangelizador del deseo de una ecología verdaderamente integral, en la que nada nos es ajeno, y en la que proclamamos desde lo terreno, lo humano y lo divino que todo está interrelacionado y debe estar interconectado, nos abrimos a un horizonte de plenitud, esperamos la llegada de ese Reino de la armonía y el gozo completo. Con estos presupuestos teológicos necesitamos escuchar y acoger el grito de la tierra y el grito de lo humano como lugar de encuentro y de salvación. La cuestión y la urgencia de la ecología integral, es clave esencial del sentido del adviento, es una cuestión fundamental para nosotros hoy: “Dado que todo está íntimamente relacionado, y que los problemas actuales requieren una mirada que tenga en cuenta todos los factores de la crisis mundial, propongo que nos detengamos ahora a pensar en los distintos aspectos de una ecología integral, que incorpore claramente las dimensiones humanas y sociales.” LS 137 

Ante la realidad se nos abre el corazón en oración y esperanza, el adviento de lo nuevo. 

Nos aprietan, pero no nos aplastan… sentimos el peso cansado de una historia que a veces nos rompe en el camino, sentimos el dolor que dificulta la respiración de lo humano y de lo natural, pero nada puede acabar con nuestra esperanza. La esperanza ese valor fundamental para permanecer en la vida, la que viene con el Adviento de lo posible porque redescubrimos el amor y la fuerza de la justicia compasiva divina. Ahora es momento de sembrarnos en una historia que será nueva, venimos con la experiencia del dolor y de la dificultad, pero con la savia del amor descubierto que permanece más allá de lo que nos provoca la muerte. 

Hoy más que nunca tenemos razones para la esperanza y sentimos la responsabilidad de sembrarla y celebrarla con la humanidad entera. Hoy nos abrimos a este tiempo y a esta palabra que no deja rendijas a la desesperación y al desánimo. Ahora es el tiempo en el que no anunciamos éxito, ni siquiera progreso, pero sí fraternidad y compasión universal. Paz y armonía de lo común, somos una familia y toda la tierra es nuestra casa y lo será gloriosa. Ven Señor, Jesús.