Otra teología para Afganistán

por Fernando Vidal 

A largo plazo, el corazón del problema de Afganistán reside en el modo que hemos tenido de afrontar el fenómeno religioso en el panorama internacional. En un mundo en el que el 80% de la población se declara religiosa, no se puede obviar que es un factor que conforma las vidas, culturas y sociedades de un modo profundo. Es necesario hacer avanzar las teologías de las diferentes religiones y religiosidades para evitar los fanatismos. Todo fundamentalismo no es un solo un radicalismo, sino sobre todo una superficialidad radical.


La perspectiva de la Alianza de Civilizaciones que España propuso en la ONU concurre con las iniciativas de paz interreligiosa promovida por el Consejo de las Iglesias. La ventaja de la perspectiva de la Alianza de Civilizaciones es que pone en diálogo no solamente a las religiones, sino a otras grandes comunidades culturales e ideológicas. El problema es que la Alianza de las Civilizaciones no implementó una laicidad realmente inclusiva, un diálogo profundo que no prescindiera de la reflexión teológica.

Incidir en la teología

Sin embargo, se actúa a veces buscando como solución la ateización y secularización de las sociedades como estrategia principal. Sin duda la separación entre Estado y agencias religiosas es crucial, igual que el Estado no debe adscribirse a ninguna confesión. Sin duda que es imprescindible la libertad religiosa, la libertad de expresión, impedir Estados clericráticos y luchar contra todo fundamentalismo.

Todo ello no es suficiente, como se ha demostrado en diversas partes del mundo. La vía más rápida y eficaz para evitar la talibanización de un tercio del mundo es incidir en la teología. Es preciso promover decididamente una evolución en la teología del Islam, que supere las clericracias, profundice en la dimensión espiritual, asuma la investigación científica, mejore las fuentes de formación, entre en diálogo y colaboración con la Modernidad.

La derrota de Afganistán nos ha mostrado que la solución al yihadismo no va a ser exclusiva, -ni con probabilidad principalmente- militar. Tampoco va a lograrse por medio del progreso económico y la modernización industrial. Los autoritarismos del siglo XXI siguen el modelo de la dictadura capitalista o el Capitalismo de Estado: ultracapitalismo en la economía –controlada clientelar y plutocráticamente por un grupo de políticos, funcionarios, militares y millonarios afines al régimen- y autoritarismo tiránico en todo lo demás –partido único, cultura monolítica, Derechos y Libertades totalmente restringidos y control militarizado de toda la sociedad-. Los talibanes han conseguido vencer al mundo libre porque precisamente han aplicado las nuevas tecnologías y el ultracapitalismo a su industria de narcotráfico.

mujer islam ramadan 2019

Remedio frente al fundamentalismo

El fundamentalismo en las religiones –incluidos los fanatismos cristianos- solamente se pueden vencer desde el terreno de la Teología. Si abandonamos el terreno de la Teología, entonces dejamos dicho campo libre a todo tipo de manipulaciones.

Es necesario invertir atención y esfuerzos en el progreso teológico, lo cual significa formación, investigación, transferencia, diálogo. Hay tres medidas que se deberían avanzar:

  1. Las universidades en español deberían –como las mundialmente admiradas universidades de Harvard, Princeton, Oxford, Cambridge o la misma Sapienza romana, por ejemplo- tener estudios de grado y postgrado especializados en teología y Ciencias de las Religiones. Es necesario integrar las Facultades de Teología en el sistema universitario y crear los correspondientes centros para las diferentes religiones de arraigo. Si el sistema científico internacional de la Teología fuera más intenso y extenso, se tendría una herramienta de primera envergadura para ayudar masivamente a los líderes religiosos alternativos de Afganistán. Si formáramos a los líderes religiosos afganos exiliados en buenas universidades, estaríamos avanzando cualitativamente en el progreso cultural de Afganistán.
  2. Es necesario abrir los debates públicos a los intelectuales con formación teológica y, de ese modo, profundizar las dinámicas de la Modernidad reflexiva en el interior de las religiones. Eso se concreta en que la prensa se abra a esta dimensión –como lo hace la BBC o Le Monde, que son paradigmas periodísticos, por ejemplo- o que se procure la atención a esta dimensión en las instituciones culturales públicas. Hay que evitar la dualidad que experimentan los musulmanes: todo lo religioso está referido a otro mundo que no es el Occidental. De ese modo se polariza y se abandona todo el campo de debate, información y reflexión pública.
  3. Es imprescindible recuperar la línea estratégica que marcó la Fundación Pluralismo y Convivencia en su primera etapa, e invertir en investigación y en la formación de los líderes religiosos de la sociedad. De esa forma estaremos apoyando la creación de una alternativa que no será vista como foránea ni militar en Afganistán, sino operando desde lo más hondo de su realidad.

Lección afgana

Colonialismo y epistemología de la ignorancia: una lección afgana

BOAVENTURA DE SOUSA SANTOS

La retirada abrupta y caótica de Estados Unidos de Afganistán a mediados de agosto ha copado los noticiarios de todo el mundo. Los principales temas tratados han ido variando, pero los siguientes son dominantes: humillación para EE. UU. y sus aliados europeos; repetición de la retirada de Vietnam en 1975; misión cumplida según EE. UU., misión fallida según los aliados en voz de Ángela Merkel; la huida desesperada de los afganos que colaboraron con los aliados; el peligro inminente para los derechos de las mujeres si se impone la sharía según la interpretación del islam por parte de los talibanes; más de dos billones de dólares gastados en una misión contra los terroristas para que, veinte años después, entren triunfalmente y sin ninguna resistencia en el palacio presidencial, pero ahora ya no como terroristas, sino como una fuerza política con la que los EE. UU., la principal fuerza militar en Afganistán, firmó un acuerdo en febrero de 2020, tras más de un año de negociaciones en Doha. Como resultado de ese acuerdo, EE. UU. se comprometió a retirar las fuerzas militares en un plazo de catorce meses, un hecho que pasó inadvertido para muchos porque el acuerdo ocurrió cuando estalló la pandemia de la COVID-19.

Todo esto es dramático, además de incomprensible. Como la superficialidad de la espuma de las noticias es para ver y no para entender, nos dice poco sobre la profunda turbulencia que la provoca. La comprensión exige en este caso un retroceso histórico y una crítica epistemológica. En otras palabras, debemos retroceder en el tiempo y reevaluar la historia a la luz de una epistemología que nos permita conocer el lado de la historia que se ha ocultado y que ahora es precioso para entender lo sucedido en Afganistán. Intentaré mostrar que hay continuidades intrigantes con todo lo que ha sucedido y cómo fue narrado en el mundo eurocéntrico a partir del siglo XVI con la expansión colonial.

Encubrimiento de la verdad

La expansión marítima europea desde el siglo XV en adelante fue legitimada por el deseo y la misión de propagar la fe cristiana. La Iglesia católica fue una presencia constante y decisiva. Bajo su égida, los territorios del «Nuevo Mundo» se repartieron entre Portugal y España y fue también ella quien legitimó la sumisión de los indios declarando en 1537 (en la bula Sublimis Deus promulgada por el papa Pablo III) que los indios eran seres humanos con alma y, por tanto, seres no solo necesitados, sino también capaces de ser evangelizados. Sin poner en cuestión la buena fe de los miles de misioneros que participaron en la misión de salvar a los indios en el otro mundo, sabemos bien que el objetivo principal de esta misión era mucho más práctico y mundano: la salvación en este mundo de los europeos a través de la prosperidad económica que provendría del acceso a las riquezas naturales del Nuevo Mundo. Como mínimo, resulta muy dudoso que la misión evangelizadora haya sido beneficiosa para los indios, pero no cabe duda de que la misión de saquear las riquezas permitió el desarrollo del que hoy presume el mundo eurocéntrico del Atlántico Norte.

De manera similar, según las autoridades estadounidenses, Estados Unidos invadió Afganistán para neutralizar el terrorismo del que habían sido víctimas tan salvajemente con el ataque a las Torres Gemelas en 2001. Dado que Osama bin Laden fue abatido, la misión se cumplió. La verdad es diferente. Los terroristas que atacaron las Torres Gemelas procedían de cuatro países: quince eran ciudadanos de Arabia Saudita, dos eran de los Emiratos Árabes Unidos, uno era libanés y otro era egipcio. Ninguno de ellos de Afganistán. Bin Laden, el líder de Al Qaeda, él mismo saudí, estuvo años escondido, no en este país, sino en Pakistán y, de hecho, muy cerca de la Academia Militar pakistaní. El interés de Estados Unidos en intervenir en Afganistán se remonta a la década de 1990 y se justificó por la necesidad de construir y proteger el oleoducto que, desde Turkmenistán a la India, pasando por Afganistán y Pakistán, resolvería las carencias de energía del sur de Asia (gasoducto conocido como TAPI, por las iniciales de los países involucrados). Fue el mismo motivo de siempre: garantizar el acceso a los recursos naturales y, en tiempos más recientes, evitar el control de China y Rusia. Por ello, al tiempo que se desencadenaba una violencia macabra (alrededor de 200.000 afganos asesinados entre militares y civiles), se gastaban millones de dólares, gran parte de ellos devorados por la corrupción, y supuestamente se eliminaba a los talibanes, se mantenían negociaciones (primero secretas y luego oficiales) con algunos grupos talibanes. Por tanto, es ridículo hablar de misión cumplida en la lucha contra el terrorismo. La misión parcialmente cumplida es el acceso a los recursos naturales, pero incluso esta se logró gracias a la intermediación de la India y Pakistán y sin comprometer el acceso al gas por parte de China y Rusia.

Por otro lado, en contra de los intereses estadounidenses, es China la que emerge como la ganadora de la crisis afgana al asegurar la continuidad de la gran inversión, la nueva ruta de la seda en Asia Central. Desde 1945, Estados Unidos acumula derrotas militares, propaga la muerte de la manera más terrible y nunca ha sido capaz de estabilizar gobiernos amigos. La humillante salida de Vietnam en 1975, la desastrosa intervención en Somalia en 1993-94, la no menos humillante retirada de Irak en 2011 y la destrucción de Libia en 2011. Pero casi siempre logran garantizar el acceso a los recursos naturales, la única misión que importa cumplir.

La ignorancia como estrategia de dominación

La expansión colonial comenzó como un salto hacia lo desconocido. Una vez dado el salto, lo que se quiso conocer sobre los pueblos y países invadidos era justo lo que facilitase la invasión. La perspectiva de penetración, saqueo, eliminación/asimilación se superponía a todo lo demás en la inversión cognitiva realizada por los colonizadores. Todo lo que chocaba con esta perspectiva fue considerado como no existente (civilización/cultura), irrelevante (técnica), atrasado o peligroso (canibalismo, supersticiones). Se produjo así una inmensa sociología de las ausencias. Con el tiempo, las exigencias de siempre (la dicha perspectiva) obligaron a una inversión cognitiva más sofisticada, pero todo ello siempre estuvo orientado hacia los mismos objetivos de dominación. Surgieron así la antropología colonial, la medicina tropical, la historia colonial, el derecho colonial, etc.

El desconocimiento occidental de Afganistán es asombroso. En un artículo publicado en 2015 en el Wilson Center, titulado America’s shocking ignorance of Afganistan, Bejanmin Hopkins muestra que las políticas occidentales sobre Afganistán todavía se basan hoy en las ideas contenidas en un libro del primer embajador británico en el reinado de Afganistán, Mountstuart Elphinstone, publicado en 1815. El autor había leído las narrativas de Tácito sobre las tribus germánicas y fue sobre esta base y los recuerdos de los clanes de su Escocia natal que construyó todas las ideas de la sociedad tribal afgana. Según Hopkins, el mapa etnolingüístico militar del ejército de EE.UU. es hoy poco más que una actualización del mapa contenido en el texto de 1815. Por tanto, se asumió que el problema de Afganistán no era político sino etnocultural y que la cultura tribal era responsable del extremismo y la corrupción. Por supuesto, el problema no está en destacar la importancia de la cultura, sino en tener una concepción ahistórica y estereotipada de la misma. La ignorancia de la realidad afgana fue fundamental para concebir a los afganos como receptores pasivos de las políticas occidentales, del bloque soviético o de la OTAN. Los «expertos» en Afganistán eran expertos… en terrorismo. El reduccionismo tribal no ha permitido ver que la sociedad afgana es hoy también una sociedad de refugiados y globalizada. Pero permitió justificar todo tipo de intervenciones que resultaron en trágicos fracasos.

La desespecificación del otro

Hoy sabemos que la complejidad de las sociedades encontradas por los colonizadores era diferente a la que estos atribuían a sus sociedades de origen y que, en consecuencia, se caracterizaron como sociedades simples, sin estructuras e instituciones políticas. El privilegio de caracterizar y de nombrar al otro es quizás la manifestación más genuina del poder colonial. En el juego de espejos que construyó este privilegio, los pueblos colonizados fueron descritos a lo largo del tiempo como salvajes, primitivos, atrasados, holgazanes, sucios, subdesarrollados. El supuesto de estas caracterizaciones es que agotan lo relevante que debe ser conocido sobre los caracterizados. Así, promueven y disfrazan la desespecificación de sus objetos. Sobre la base de esta política de nominación, las políticas coloniales durante siglos encontraron una fácil justificación.

Desde la última invasión de Afganistán, los afganos fueron divididos por los invasores en dos categorías: terroristas y víctimas. Sobre esa base fueron documentados, vigilados y bombardeados. En ningún momento (excepto para proteger el acceso a los recursos naturales) se les podría considerar como interlocutores válidos o como poblaciones y generaciones con aspiraciones y necesidades diferenciadas. Siguiendo estas premisas, lo que se promovió fue el conocimiento sobre los afganos, nunca el conocimiento con los afganos. La producción activa de ignorancia fue fundamental para justificar las definiciones, representaciones y teorizaciones que sustentaban las políticas de intervención. Afganistán fue visto como un enorme depósito de terrorismo. Y en la guerra contra el terrorismo solo interesa identificar y eliminar terroristas. Todo lo demás es «collateral damage». Al igual que en el proyecto colonial, lo importante fue evitar que los afganos caracterizaran a su país en sus propios términos y reivindiquen un futuro acorde con sus aspiraciones.

Know-how tecnológico contra la sabiduría

El conocimiento tecnológico se basa en la comprensión y transformación de la realidad a partir de fenómenos que se observan sistemáticamente y con desprecio e ignorancia por fenómenos no observados. Lo que desde el siglo XVIII se considera progreso social es un producto del conocimiento tecnológico. La sabiduría no se opone necesariamente al conocimiento tecnológico, sino que lo subordina a la comprensión y promoción del valor de la vida, tanto individual como colectiva, para lo cual es necesario tener en cuenta tanto los fenómenos observados como los no observados. El conocimiento occidental, sobre todo cuando estaba al servicio de la expansión colonial, fue siempre un conocimiento tecnológico militantemente contrario a la idea de sabiduría. Las consecuencias de esto son claramente evidentes en los epistemicidios (la destrucción del conocimiento de los colonizados), lingüicidios y genocidios cometidos a lo largo de los siglos.

En Afganistán, el vértigo tecnológico ha llegado a su paroxismo, dejando más de 200.000 muertos en el terreno y una plétora de nuevos expertos en nuevas tecnologías de destrucción. Una de las áreas más macabras son los drones. En un texto titulado Damage Control: the unbearable whiteness of drone work«, publicado el 16 de marzo de 2021 en la revista Jadaliyya, Anila Daulatzai y Sahar Ghumkhor muestran cómo los afganos, al igual que los somalíes, yemeníes, iraquíes y sirios, son caracterizados por la nueva especialidad científica interdisciplinaria, la «cultura de los drones». Esta disciplina «explora las culturas de los drones desde múltiples perspectivas y prácticas con el objetivo de generar diálogos entre las disciplinas para comprender la diversidad de los drones y la cultura de los drones». En el contexto de Afganistán, que ha servido mucho al crecimiento de la especialidad, nos enfrentamos a una tecnología de la muerte elevada a la dignidad de epistemología, un edificio científico en cuya base solo hay muerte y ruina. Es difícil imaginar en los últimos tiempos otro tema en el que el know-how tecnológico y la sabiduría se desconozcan tan completamente.

La derrota de EE.UU. en Afganistán

Repercusiones regionales y globales de la derrota de Estados Unidos en Afganistán

No hubo ofensiva “rápida”: un mes antes de ocupar Kabul los talibanes ya controlaban el 85 por ciento del territorio y establecían compromisos con dos de las potencias del Consejo de Seguridad de la ONU.

La llegada al poder de los talibán en Afganistán no solo marca la derrota de Estados Unidos en la guerra más larga de su historia. Más importante aún, pone formal colofón al intento estadounidense de implantar un sistema internacional unipolar tras los atentados terroristas en ese país el 11 de septiembre de 2001.

Este hecho motivó que la administración estadounidense declarara la guerra al terrorismo y a todos los países que protegieran a terroristas, en lo que denominó “Operación Libertad Duradera”, señalando a Osama Bin Laden como el principal sospechoso de los ataques y al gobierno talibán de Afganistán como su protector. Tal decisión estableció el riesgo de que la agresión de Estados Unidos pudiera extenderse (como efectivamente ocurrió) a otros países de Asia Central, Asia Occidental e incluso el norte de África, utilizando el subterfugio del “terrorismo islámico” como instrumento.

Tal decisión condujo a trascendentes cambios en el sistema internacional. En el trasfondo Washington trataba de definir a su favor la disyuntiva entre un mundo multipolar y uno unipolar que se resolvió a favor de este último. Estados Unidos emergió como única potencia mundial con el apoyo de todos para luchar contra el nuevo «comunismo» -ahora denominado «terrorismo»-. Las declaraciones de Bush del 11 y 12 de septiembre de 2001 y sobre todo la del día 20 de septiembre de ese año son -al igual que la Declaración Monroe y el Destino Manifiesto del siglo XIX y las 14 medidas de Wilson en el XX- el elemento ordenador y de principios de la política exterior de Estados Unidos para el siglo actual.

Lo que podríamos denominar como la Doctrina Bush en materia de política exterior de Estados Unidos, se caracterizó entre otras cosas por las siguientes definiciones: la utilización de cualquier arma de guerra que sea necesaria; la prolongación en el tiempo de las operaciones militares; la obligación de los países de asumir una postura ante la decisión de Estados Unidos que no dejaba espacios a posiciones alternativas: “Cualquier nación, en cualquier lugar, tiene ahora que tomar una decisión: o están con nosotros o están con el terrorismo” dijo Bush. Era la definición de un mundo falsamente bipolar. Los nuevos polos serían Estados Unidos y el terrorismo. Ante la imposibilidad de estar con el terrorismo lo que hizo fue imponer por primera vez en la historia un mundo unipolar.

Así mismo, la Doctrina Bush se caracterizó por la exacerbación de sentimientos nacionalistas y militaristas y por el involucramiento de todos los países y pueblos en el conflicto al afirmar que “Esta es una lucha de todo el mundo, esta es una lucha de la civilización”. Igualmente, había que aceptar que, en el marco de un mundo unipolar, Estados Unidos era el líder indiscutible: “Los logros de nuestros tiempos y la esperanza de todos los tiempos dependen de nosotros” dijo Bush. Finalmente, la necesaria inspiración divina encarnada también por Estados Unidos: “No sabemos cuál va a ser el derrotero de este conflicto, pero sí cuál va a ser el desenlace […] Y sabemos que Dios no es neutral”.

Este nuevo paradigma hizo que la agenda política internacional sufriera un cambio radical puesto que la atención de las naciones se centró primero en las manifestaciones de apoyo y solidaridad con el gobierno estadounidense y en secundar su propuesta de conformar una coalición para enfrentar al terrorismo; sin embargo, a posteriori la atención giró en torno a la seguridad nacional.

Esto es lo que se ha desvanecido abruptamente el pasado 15 de agosto cuando los talibán entraron en Kabul. Mucho se podría hablar de lo que ha ocurrido en los últimos 20 años. Ríos de tinta se han vertido buscando explicación a los hechos vertiginosos que comenzaron el 6 de agosto con la captura de la ciudad de Zaranj, capital de la provincia de Nimroz en el suroeste del país, junto a la frontera con Irán, primera capital provincial que los talibán ocuparon en su indetenible marcha hacia Kabul, conquistada el domingo ante el estupor de las fuerzas de ocupación y los gobiernos occidentales.

De alguna manera, la victoria talibán también es un duro golpe a la doctrina de pivote asiático de Obama quien en 2011 declaró que Estados Unidos sería una potencia en los océanos Índico y Pacífico, a partir de lo cual ha hecho gigantescos esfuerzos – sin mucho éxito- para construir un bloque de países asiáticos contra China.

Han pasado muy pocos días para intentar hacer un trazado cierto de los escenarios que pudieran sobrevenir en Afganistán en sus futuros inmediato y ulterior. En gran medida, dependerá del comportamiento de la dirigencia talibán en el sentido de dar pruebas o no de un cambio respecto de su actuar cuando fueron gobierno entre 1996 y 2001. Aunque resulte paradójico, es más viable evaluar el impacto de los hechos ocurridos en una perspectiva regional y global.

En general, el dispositivo militar estadounidense en Asia Central, Asia Occidental y el norte de África ha sufrido un golpe mortal y deberá recomponerse a partir de nuevos criterios, buscando nuevos enemigos y estableciendo alianzas de nuevo tipo. El territorio al que arribaron con total impunidad en el año 2001, y su entorno, ahora tienen una configuración política y geoestratégica totalmente distinta.

Esta aseveración viene dada, sobre todo, por la existencia de una Rusia fuerte y actuante en el escenario regional, muy diferente al país enclenque cuya conducción era recién asumida por Vladimir Putin después de la desastrosa y entreguista gestión de Boris Yeltsin. Así mismo China, la otra gran potencia regional, ya no es aquel país marginal que luchaba por su sobrevivencia económica y por ganarse un puesto real entre los grandes poderes del planeta.

Precisamente cuatro meses antes de la invasión estadounidense en junio de 2001, con visión futurista, ambos países junto a Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán crearon la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) como instrumento conjunto para garantizar la seguridad regional, ante las amenazas de terrorismoseparatismo y extremismo. Con posterioridad, se incorporaron a la OCS Uzbekistán, India y Pakistán como miembros plenos y el propio Afganistán, Bielorrusia, Irán y Mongolia como observadores, de manera tal que el entorno regional de Afganistán está integrado bajo una lógica de seguridad que apenas daba sus primeros pasos cuando el presidente George W. Bush lanzó la operación “Libertad duradera” el 7 de octubre de 2001.

En el ámbito regional, los acontecimientos en Afganistán hacen muy difícil suponer que Estados Unidos logre sostener por mucho más tiempo su presencia en Irak y Siria. Así mismo, la guerra que sostiene su aliado Arabia Saudí en contra de Yemen pareciera tener los días contados. Igualmente, al estar Europa vinculada a través de la OTAN a los planes de guerra de Estados Unidos en todo el mundo, se verá obligada a reconfigurar su lógica bélica injerencista en África, en particular en Libia y Asia Occidental. Por supuesto, las causas palestinas y saharaui en contra de la ocupación israelí y marroquí respectivamente, cobrarán nuevos bríos.

En el contexto asiático, donde la integración económica, financiera y comercial se constituye en la más dinámica, efectiva y la que más crece en el planeta, difícilmente tendrá éxito la política estadounidense de aislar a China. Los países del sureste y del centro de Asia no van a arriesgar las trascendentes relaciones que han establecido con la mayor potencia regional, solo para dar felicidad a los inquilinos de la Casa Blanca. En este sentido lo más probable es que, ahora liberado de la tutela de Estados Unidos que lo impedía, Afganistán se sume a sus vecinos estableciendo vínculos de primer orden con China, Rusia e Irán.

En este sentido, y en lo que pudiera ser una orientación general que podría asumir el nuevo gobierno en materia de política exterior, cuando ya vislumbraban el fin de las operaciones que los llevaron a la captura del poder se apresuraron a visitar Rusia el 9 de julio y China el 27. En Moscú anunciaron que el 85% del territorio del país estaba bajo su control, lo que generó incredulidad entre las autoridades y la opinión pública de Occidente. Ahora los que quieren buscar explicación acerca de la “acelerada” ofensiva que los llevó a Kabul, podrán darse cuenta que no fue tan acelerada. Nótese: más de un mes antes del desenlace ya tenían ocupado el 85% del país.

Es la razón de que Rusia tampoco esté sorprendida por los hechos recientes. Nadie ha visto diplomáticos rusos rescatados en helicópteros ni colaboradores de la embajada colgados del tren de aterrizaje de los aviones. Dos días antes de la llegada de los talibán a Moscú, el canciller Serguei Lavrov, de visita en Laos, afirmó que su país estaba “observando de cerca lo que está sucediendo en Afganistán, donde la difícil situación tiende a deteriorarse rápidamente, incluso en el contexto de la salida apresurada de las tropas estadounidenses y de la OTAN”. Esto dicho más de un mes antes de la llegada de los talibán a Kabul. A continuación, Lavrov dio la explicación más certera de la causa de los hechos que habrían de sobrevenir: “No pudieron lograr resultados visibles a la hora de estabilizar la situación durante las décadas que pasaron allí”.

En China, dos semanas después, los talibán se reunieron con el canciller Wang Yi a quien dieron garantías de que a su llegada al poder deseaban “tener buenas relaciones con China con la expectativa de su participación en el proceso de reconstrucción y desarrollo de Afganistán” asegurando que no permitirían que “ninguna fuerza use el suelo de Afganistán para dañar a China”. Vale repetirlo, para los que se sorprenden de la “rápida” ofensiva talibán, deben saber que un mes antes de ocupar el palacio presidencial de Kabul ya estaban haciendo compromisos de Estado con dos de las potencias integrantes del Consejo de Seguridad de la ONU, casualmente las dos que tienen presencia regional directa en el área.

Es verdad que ahora China podría tener preocupaciones porque una situación de inestabilidad en Afganistán pueda extenderse a Xinjiang y generar dificultades en las inversiones relacionadas con la Ruta de la Seda, pero en las condiciones actuales lo cierto es que la única fuente de inversión y comercio que pueda tener el gobierno talibán para el desarrollo de su país está vinculada a su incorporación plena a dicho magno proyecto.

En el debate sobre los escenarios probables, no se puede obviar que la huida estadounidense de Afganistán pudiera dar paso a un mayor protagonismo de sus agencias de inteligencia a fin de estimular a fuerzas terroristas que aún subsisten en el país, con el objetivo de que operen contra Irán, China y Rusia. Pero, vale reiterarlo, los talibán necesitan reconstruir el país y el apoyo económico de China es invaluable, sobre todo ahora que –como ya es tradicional- Estados Unidos anunció la apropiación de las reservas de oro de Afganistán que están bajo su control. Habría que agregar que Occidente y las instituciones financieras bajo su control ya informaron de la cancelación de todo tipo de ayuda para el país centroasiático.

En el contexto, el vocero de la cancillería china Hua Chunying afirmó el lunes 16 que su país “respeta los deseos y decisiones del pueblo afgano” y que esperaba que tal como lo han dicho los talibán, hagan una transición bajo un “gobierno islámico abierto e inclusivo”. El funcionario chino agregó que sería deseable que el nuevo gobierno tome “medidas enérgicas contra todo tipo de actividades terroristas y criminales y permita que el pueblo afgano se mantenga alejado de la guerra y reconstruya su hermosa patria”. Para los que no sepan cómo se maneja una diplomacia con seriedad, Hua hizo saber que “China mantuvo contacto y comunicación con los talibán respetando la soberanía del país.”

Una situación muy distinta es la que muestra Europa. Su decisión de actuar como “furgón de cola” de la política guerrerista de Estados Unidos en el mundo los ha llevado a la vergüenza y al ridículo. Podría ser este hecho el detonante de una crisis de identidad en torno a la necesidad de tener política propia en materia internacional y de seguridad.

Nadie lo ha dicho más claro y contundente que las autoridades alemanas. Sin paliativos, la canciller federal Ángela Merkel reconoció su propio fracaso, al mismo tiempo que sin sufrir bochorno alguno dio cuenta de la subordinación de Alemania y Europa a Estados Unidos al afirmar que: «Siempre dijimos que nos quedaríamos si los estadounidenses se quedaban» y puntualizó que la decisión de abandonar Afganistán fue «esencialmente tomada por Estados Unidos» considerando que se debió a «razones de política interna». Muy tarde descubrió Merkel que “las fuerzas armadas afganas no estaban atadas al pueblo [y que] no funcionó como pensábamos”. Sabiendo que abandona el cargo y se retira de la política no tuvo contratiempos para afirmar que la intervención internacional más allá de las operaciones antiterroristas ha sido «un esfuerzo sin éxito».

Su ministro de relaciones exteriores Heiko Mass fue incluso más preciso, al asegurar que “el gobierno federal, los servicios de inteligencia y la comunidad internacional habíamos juzgado mal la situación en Afganistán”. Por supuesto, cuando habla de comunidad internacional se refiere a la OTAN y sus aliados. Sin mucho sentido del momento, afirmó con amargura que “sin las fuerzas estadounidenses y sin un compromiso más amplio de la OTAN, el despliegue del ejército alemán no tenía mucho sentido”.

Mucho más vergonzoso es el papel jugado por los que solo acuden al llamado para ganar indulgencias del hegemón. En este sentido, el caso de España es patético. En una editorial del diario El País de Madrid del pasado lunes 17 de agosto se expone una queja al referir que los hechos no habían ocurrido como se habían previsto y que le corresponde a Estados Unidos “explicar qué y por qué”, para terminar gimoteando sin sonrojo porque el desastre que ha sobrevenido en Kabul no solo ha puesto en peligro a los soldados estadounidenses: “España tiene que improvisar en horas una repatriación de medio millar de personas”. Es decir, ni siquiera les avisaron que se iban y los dejaron a su libre albedrío después de ser usados como carne de cañón durante 20 años. Así tratan los amos a los esclavos complacientes.

En el plano interno de Estados Unidos, la popularidad de Biden ha llegado al punto más bajo desde el inicio de su mandato, cayendo a menos del 50%. Aunque debe decirse que se vio obligado a hacer lo que sus antecesores no tuvieron el valor político de asumir, es claro que su política está ausente de visión estratégica, lo cual augura un avance más rápido de la decadencia imperial. Su economía no mejora y esta decisión -encaminada a eliminar un gasto innecesario en su presupuesto- es solo un paño tibio para tratar de curar la gangrena política, económica, militar y moral que aqueja al imperio

El atentado del 11-Sep en Nueva York

¿Qué queda del 11 de septiembre de 2001? 

  • Tributo luminoso Torres gemelas 

«¿Qué queda veinte años después del atentado más sangriento de la historia? En primer lugar, una inmensa sensación de pérdida. Fue un ataque a los Estados Unidos, pero al mismo tiempo a toda la humanidad» 

«Un amargo legado del 11 de septiembre de 2001, y esto a nivel mundial, es la sensación de inseguridad y miedo. En este periodo de veinte años, han crecido los movimientos xenófobos y antimigratorios» 

«Por desgracia, como se ha puesto de manifiesto en Afganistán, Estados Unidos y Occidente no han ofrecido una estrategia a la altura del desafío colosal que plantean los ideólogos del terrorismo global» 

«Aún recordamos el lema ‘Unidos permanecemos en pie’, en la respuesta espontánea de los neoyorquinos al horror vivido el 11 de septiembre» 

«Es una estrategia que requiere previsión, valor y paciencia en la convicción… Como subrayó Juan Pablo II: el mal y la muerte no tienen la última palabra» 
 

11.09.2021 | Alessandro Gisotti 

¿Qué queda veinte años después del atentado más sangriento de la historia? En primer lugar, una inmensa sensación de pérdida. En aquellas terribles horas del 11 de septiembre de 2001, se truncó la vida de tres mil personas. Madres, padres, hijos y amigos fueron arrancados para siempre del abrazo de sus seres queridos. Vidas destrozadas por una locura asesina que hizo realidad algo hasta entonces inimaginable: convertir los aviones en misiles para sembrar la muerte y la destrucción. 

En los veinte años transcurridos desde aquella trágica mañana en la costa este de Estados Unidos, los jóvenes han crecido huérfanos y los padres siguen llorando a sus hijos que nunca volvieron a casa. Al repasar los nombres de las víctimas, lo que llama la atención, hoy como entonces, son las más de 70 nacionalidades a las que pertenecían

Fue un ataque, pues, a los Estados Unidos, pero al mismo tiempo al mundo, a toda la humanidad. Así se sintió en aquellas agitadas horas y quizás aún más en los días siguientes, a medida que la inmensa magnitud de la tragedia se hacía más evidente.  

Never Forget, “Nunca olvidar” es la admonición que destaca hoy en el Memorial de la Zona Cero. Dos palabras que se han repetido innumerables veces en los últimos veinte años para subrayar que la memoria no puede, no debe fallar cuando el dolor es tan grande. 

Lo que también queda indeleble de ese día es el sentido del sacrificio, el testimonio de quienes dieron sus vidas para salvar las de otros. Impresiona pensar que una décima parte de las víctimas del 11 de septiembre fueron bomberos

En Nueva York, toda una generación de bomberos murió ese día. Encontraron la muerte salvando vidas. Subieron las escaleras de las Torres Gemelas mientras la gente bajaba desesperada. Sabían en lo que se metían, subiendo aquellas escaleras llenas de escombros y envueltas en humo, pero no se detuvieron. Sabían que solo su valor, solo su sacrificio podía salvar a los atrapados en los rascacielos destrozados por los aviones. Si la ya trágica cifra de muertos no adquirió una dimensión aún más catastrófica, fue gracias a ellos, a esos bomberos y otros rescatistas que encarnaron el poder del bien frente al mal desatado. 

Un amargo legado del 11 de septiembre de 2001, y esto a nivel mundial, es la sensación de inseguridad y miedo con la que ahora estamos de alguna manera acostumbrados a vivir. A partir de ese día, tomar un avión ya no es “algo normal”. Por otra parte, los atentados terroristas de origen islamista, que siguieron al terrible de 2001 de Al Qaeda, han dado fuerza a los teóricos del “choque de civilizaciones”. 

En este periodo de veinte años, han crecido los movimientos xenófobos y antimigratorios, efecto colateral de una inestabilidad que estaba precisamente entre los objetivos de quienes llevaron el ataque al corazón de Estados Unidos. Por desgracia, como se ha puesto trágicamente de manifiesto en las últimas semanas en Afganistán, Estados Unidos y Occidente no han ofrecido una estrategia a la altura del desafío colosal que plantean los ideólogos del terrorismo global. 

Veinte años después de aquel 11 de septiembre, los talibanes -que habían dado refugio a Osama Bin Laden- vuelven a estar en el poder en Kabul y el Estado Islámico ha vuelto a golpear con un remake oscuro y, en muchos sentidos, surrealista. Por lo tanto, hoy hay muchos más interrogantes que nudos resueltos sobre el futuro, mientras que los costos de la reacción a esos terroríficos atentados, sobre todo en vidas humanas, son muy elevados. 

¿Qué queda del 11 de septiembre? Veinte años después, aún recordamos el lema United We Stand, “Unidos permanecemos en pie”, que se convirtió, también visualmente a través de banderas y carteles izados en las calles de Manhattan, en larespuesta espontánea de los neoyorquinos al horror vivido el 11 de septiembre

Con los años, ese lema ha adquirido un significado cada vez más amplio y profundo. Permanecer juntos a pesar de los intentos de “derribar” nuestra humanidad común. Hoy, esa llamada a la unidad, a la “fraternidad humana”-como nos recuerda incansablemente el Papa Francisco– se convierte en la única “estrategia” ganadora

Es una estrategia que requiere previsión, valor y paciencia en la convicción, como subrayó Juan Pablo II inmediatamente después de los atentados, de que “aunque el poder de las tinieblas parezca prevalecer, el creyente sabe que el mal y la muerte no tienen la última palabra” 

Afganistán, el feminismo y medios de comunicación

Jaime Richart, Antropólogo y jurista

El islamismo y las culturas que lo han adoptado desde tiempo inmemorial (pues hay que distinguir la religión de la cultura que ha acogido la religión, su manera de interpretarla y de aplicarla) es un asunto recurrente que está muy relacionado con los momentos que ahora vive Afganistán, con su historia y especialmente con su historia más reciente, y, sobre todo, con el foco que los medios ponen sobre
los hechos. De todos modos, como en el asunto migratorio, hay en este del feminismo extremo un fuerte ramalazo de universalidad semejante al del proletariado marxista que abarcaba en otro tiempo a los trabajadores de todo el mundo.

La lucha y desvelos de la mujer van mucho más allá de su cercanía y de su país. Se rebela contra todo lo que a la mujer le afecta y la agravia. Pero desde exclusivamente el punto de vista de la observadora occidental, como si la mujer fuese el apéndice único de las cosas que en el mundo los individuos civilizados y los cultos desean cambiar, cuando grandes sectores de la sociedad dan una resuelta prioridad a las oprobiosas desigualdades sociales que existen en nuestro país, España, y en numerosos países del mundo por no decir la mayoría.

Y aquí está el centro de mi atención y de mi análisis. El mundo y los
países donde la mujer está en un plano secundario respecto al hombre
son muchos. Y algunos de ellos no sólo son ignorados ordinariamente
-es imposible e indeseable por la salud nerviosa personal abarcar más
de lo que los obstáculos que nuestro barrio, nuestro municipio, nuestra
autonomía y nuestra nación nos problematizan nuestras vidas y
nuestra sensibilidad individual- nos presentan cada día.

En otros tiempos calmos, en aquellas doradas épocas en que lo cotidiano nos
sonreía, podía uno asomarse al exterior, resentirse e indignarse con
cuestiones como ésta, es decir, sobre lo que les ocurre a millones de
personas, de mujeres, de niños, de ancianos. Pero en los tiempos
actuales en que la miseria, el sufrimiento, los excesos y los abusos de
todo tipo, y no sólo los del hombre sobre la mujer sino de los hijos
sobre los padres o los abuelos, de los padres sobre los hijos, de la
sociedad española en general sobre los débiles sociales, etc, prestar
una atención inusitada a lo que ocurre en un país a miles de kilómetros
de distancia y sin ninguna conexión cultural, religiosa y mental con la
nuestra, es sólo efecto, como tantos otros, de la influencia de la
“noticia” del día y de los días que ejercen los medios que viven de la
debilidad mental de millones de personas; no efecto de algo sobre lo
que podamos cambiar.

Abrumarnos por los acontecimientos que tocan la fibra sensible de la gente sensible está muy bien, pero bramar por lo que te cuentan quienes venden morbosamente lo que saben va a atraer la atención y la venta de ejemplares es una muestra de la escasa
personalidad de la gente vulgar. Si nuestro interés estriba en
compadecernos y en socorrer a los demás, en España hay suficientes,
demasiadas situaciones que requerirían la movilización de las masas
para impedirlas o remediarlas. Y sin embargo hay muy pocas señales
de ese deseo de movilizarse y de sacudirse de encima la pereza. La
prueba es que cuarenta y cuatro años después de la dictadura, las cosas
de los abusos, de las injusticias, de una barbarie en algunos casos de
baja intensidad persisten…

Esas reacciones femeninas y feministas son dignas de aprecio pero,
sin ir más lejos, el estrecho entendimiento de personajes de las
instituciones y del empresariado de nuestro país con los jerarcas de
otros países donde funciona, como en Afganistán, un régimen infame
para la mujer y para los homosexuales, es tan clamoroso como odioso.
Y sin embargo no pasa nada, ningún medio dedica horas y páginas a
una campaña para romper las relaciones diplomáticas y la venta de
armas a Arabia Saudita, por ejemplo, sólo porque el capricho del
emérito y el negocio del orbe empresarial son el centro de gravedad de
unas relaciones políticas indeseables. Y quien dice ese país, puede
decir otros muchos de religión y cultura contrapuestas a las
occidentales…

Ahora Afganistán está en el primer plano de la noticia porque la clase
social que impera allí desde siempre estaba reprimida y ahora se ha
hecho con el control del país. Y todos los medios, análisis y reportajes
van a parar a aquel lugar porque los medios agitan el asunto tanto
como copa el talibán el protagonismo en su país. Lo que no significa
que pese a ser una parte de la historia del presente, para cualquier
persona con criterio es uno más de los hechos horrorosos que a diario
suceden en el planeta. Seguir el asunto conducidos por la “noticia”
expresa una debilidad de carácter, por otro lado muy propio del
español y en este caso sobre todo de la española media, obsesionada
en cambiar el mundo desde su óptica exclusivamente judeocristiana,
lo mismo que arremete contra quienes no se quieren vacunar. Hay que
reaccionar, desviar la atención de lo que los medios están interesados
en resaltar, mientras mantienen en la opacidad o en el olvido
numerosos asuntos “nacionales” que a millones personas en España
nos sobrecogen el alma

Afganistán: la versión que no se cuenta

MARCELO COLUSSI. Afganistán: la versión que no se cuenta


En 1978 en Afganistán tuvo lugar una revolución socialista, conocida como Revolución Saur
o Revolución de Abril. Se conformó entonces la República Democrática de Afganistán,
conducida por el Partido Democrático Popular de Afganistán, de izquierda, la que recibió el
apoyo de la Unión Soviética.
Al momento de esa revolución, el 90% de los varones y casi la totalidad de las mujeres eran
analfabetas; el 5% de los terratenientes poseía más del 50% de las tierras fértiles; la
esperanza de vida era de 42 años, y la mortalidad infantil resultaba la más alta del mundo.
La mitad de la población padecía tuberculosis y una cuarta parte malaria. Casi no había
médicos, maestros ni ingenieros, pero había una cantidad impresionante de mullah (clérigos
islámicos). “La religión es el opio del pueblo”, se dijo. ¡Cuánta razón!
La revolución promovió una importante reforma agraria, distribuyendo las tierras
confiscadas a los oligarcas que huyeron entre los campesinos sin tierra; elegalizó los
sindicatos, estableció un salario mínimo, fijó un impuesto progresivo a la renta, redujo el
precio de alimentos de primera necesidad, prohibió el cultivo del opio (materia prima para
elaborar heroína, de la que es principal consumidor mundial Estados Unidos), promovió
cooperativas campesinas, inició una campaña de alfabetización proyectando desarrollar las
industrias pesada y ligera. En ese marco se creó el Consejo de Mujeres Afganas, emitiéndose
un decreto para “garantizar la igualdad de derechos entre mujeres y hombres en el ámbito
del derecho civil y eliminar las injustas relaciones feudales patriarcales entre esposa y
marido”. El nuevo gobierno socialista criminalizó los matrimonios por dinero o forzados,
permitiendo que las mujeres eligieran libremente su esposo y su profesión, y de ningún
modo, nunca jamás obligó al burka. Por el contrario, elevó considerablemente la situación
de las mujeres, ayudando a su desarrollo personal y social, tal como hace siempre el
socialismo en cualquier país.
Ante todo esto en 1978 Washington, por medio de la llamada Operación Ciclón, comenzó a
formar insurgentes buscando la neutralización de la revolución. La intención era “crearles su
propio Vietnam a los soviéticos”, como declarara Henry Kissinger, en su momento Secretario
de Estado de Estados Unidos. De acuerdo con Zbigniew Brzezinski, cerebro de la
ultraderecha guerrerista estadounidense, la ayuda de la CIA a los insurgentes afganos fue
aprobada en 1979, buscando así involucrar en la lucha a la Unión Soviética de modo directo.
Ello sucedió, y la guerra en Afganistán trepó en forma exponencial. A través del
fundamentalismo islámico -fomentado y financiado por la Casa Blanca-se terminó con el
proyecto socialista.
Brzezinski, sin ninguna vergüenza, pudo decir entonces en declaraciones públicas: “¿Qué
significan un par de fanáticos religiosos si eso nos sirvió para derrotar a la Unión Soviética?”
En medio de la Guerra Fría que marcaba la dinámica del mundo, los talibanes tomaron el
poder. Sus prácticas religiosas, misóginas y patriarcales, hicieron perder los avances
obtenidos por las mujeres afganas. Años después, en el 2001, Washington invade el país (no
olvidar que Afganistán tiene grandes reservas de gas, litio, distintos minerales estratégicos y
petróleo, más el opio). La guerra civil, en un remolino de contradicciones, siguió por años,
teniendo como consecuencia el final del proceso socialista y el retroceso de los derechos de
las mujeres.
Esa invasión estadounidense del 2001, como pretendida respuesta al atentado contra las
Torres Gemelas en New York el 11 de septiembre de ese año, marcó el formal inicio de la
potencia en su “guerra contra el terrorismo”. Ahora bien: esa cruzada universal contra el
terrorismo islámico lo único que ha hecho -seguramente es lo que busca- fue alimentar más
y más las acciones de distintos y cada vez más numerosos grupos designados como
“terroristas”. Ello hace que la maquinaria bélica de Estados Unidos funcione muy
aceitadamente. De hecho, Washington mantiene actividades antiterroristas en la actualidad
en más de 80 países alrededor del mundo, con ganancias fabulosas, de más de 300,000
millones de dólares anuales. Valga decir que mientras la economía mundial -salvo la chinase retrajo en un 5% durante el 2020 debido a la pandemia de COVID-19, la industria bélica
norteamericana creció en un 4,4%. Obviamente la supuesta “guerra contra el terrorismo”,
aunque produce infinita muerte y destrucción, da suculentas ganancias a algunos.
Esta cruzada, además, permite el control de buena parte del planeta, así como la otra gran
cruzada, la “guerra contra el narcotráfico”, permite controlar otra parte del mundo
(eternamente, con en una película de Hollywood: “los buenos contra los malos”). La
geoestrategia de la Casa Blanca, pensada siempre en términos bélicos, tiene como objetivo
continuar la hegemonía planetaria, intentando contener el arrollador avance de la República
Popular China, e intentando poner en cintura a su gran rival militar, la Federación Rusa.
El movimiento talibán -definitivamente impresentable, que está a años luz de ser un grupo
de “luchadores por la libertad”, como lo definiera Ronald Reagan en su momento cuando
los recibiera en la casa presidencial- fue funcional a la estrategia de la clase dirigente de
Estados Unidos (así como lo fue la Contra nicaragüense en su lucha contra la Revolución
Sandinista). Como dijo el historiador estadounidense Robert Crews: “para las élites de
Washington las poblaciones de otros países son solo recursos para la consecución de sus
intereses”.
¿Por qué la gran potencia invadió Afganistán en el 2001? Como dijo el coronel Lawrence
Wilkerson sin ningún tapujo en 2018: “Estamos en Afganistán como lo estuvimos en
Alemania después de la Segunda Guerra Mundial. (…) No tiene nada que ver con Kabul y la
construcción del Estado, nada que ver con la lucha contra
los talibanes (…) ni nada que ver con la lucha contra cualquier grupo terrorista. Todo tiene
que ver con tres objetivos estratégicos principales”: [1) controlar el avance de China con su
Nueva Ruta de la Seda, 2) tener cerca a los uigures para envalentonarlos contra Pekín y 3)
controlar el arsenal nuclear de Pakistán]. Faltó agregar: 4) y por la voracidad de los recursos
naturales afganos que explotan sus megaempresas.
Ahora Estados Unidos, después de haberle hecho ganar millones de dólares a su complejo
militar-industrial con una guerra que formalmente no pudo ganar, y luego de haber
masacrado a miles de personas del país, deja Afganistán y los talibanes vuelven al poder. No
está claro aún qué sigue. 20 años de guerra para -oficialmente al menos-sacar a esos
“extremistas fundamentalistas” de en medio, luego de lo cual Washington decide irse
dejando todo igual, ¡pero sin revolución socialista! (¿eso era lo importante?) Lo cierto es
que para las mujeres estas no son buenas noticias. Si vuelve el burka y la estricta ley
islámica, de ningún modo, ni remotamente, puede decirse que este sea un triunfo popular
contra el imperialismo militarista de Washington como lo fuera el de Vietnam.
Nancy Lindisfarne y Jonathan Neale comentan: “Esta es también una victoria política para
los talibanes, ya que ninguna insurgencia guerrillera en el mundo puede obtener tales
victorias sin el apoyo popular. Pero quizás apoyo no sea la palabra correcta, es más bien que
los afganos han tenido que elegir un bando y son más los que han elegido el lado de los
talibanes que el de los ocupantes estadounidenses. (…) ¿Por qué? La respuesta breve es que
los talibanes son la única organización política importante que lucha contra la ocupación
estadounidense, y la mayoría de los afganos han llegado a odiar esa ocupación”. “¿Por qué
nos odian?”, se preguntaba ingenuamente George Bush hijo. ¿Será necesario responderlo?
Hecha una lectura rápida de la situación, dado que aún el panorama está muy confuso -el
reciente y mortífero atentado en el aeropuerto de Kabul así lo deja ver- no se puede decir
que estamos ante una derrota del imperio ni que se avecinen tiempos de renovación para la
población afgana, menos aún para las mujeres. Lo que está claro es que “socialismo” ni
siquiera figura como una palabra frecuente en todo esto. Salió del mapa. ¿Será hora de
replantearlo?

Cuatro claves para entender Afganistán

 Jaume Flaquer

 Los talibanes se han vuelto a hacer con el poder que perdieron después de la invasión norteamericana apoyada por la OTAN en 2001. En muy pocos días una ciudad tras otra ha ido entregando el poder sin oponer resistencia. La falta de defensa de los 300.000 soldados afganos es una muestra patente del fracaso de la misión occidental y del estado de desmoralización del país viéndose derrotados de antemano. Al anunciar ahora Estados Unidos el abandono total del país, que Trump había negociado con los talibanes, el Estado afgano ha tirado la toalla.

Lo que Occidente debería aprender es semejante a lo que hemos visto en Libia y en Irak: es fácil invadir un país si se tiene fuerza militar, pero puede ser imposible reconstruirlo. No importa que se mienta para derrocar a Sadam Hussein, se aproveche la primavera árabe para suprimir al extravagante y odiado Gadafi, se quiera perseguir a terroristas en Afganistán o se intente proteger a sus mujeres. Los tiempos de los pueblos no son los tiempos de las grandes potencias ni de nuestros mejores deseos. Propongo cuatro claves que nos ayuden a entender la situación:

  1. Clave política

El país ha sufrido un serio problema de gobernanza y de legitimidad, acusado de absoluta incompetencia y endémica corrupción: ¿cómo va a querer alguien dar la vida por un sistema que no funciona? El funcionamiento tribal de algunas etnias, el fundamentalismo islámico antidemocrático talibán, la falta de formación de muchos afganos y la persistencia incluso de formas nómadas de vida hacen casi imposible (¿y deseable?) construir unas estructuras estatales de tipo occidental.

  • Clave étnica

El país es un verdadero puzle. Aunque no existen en el país más conflictos étnicos que en el vecino Pakistán, sí contribuye poderosamente a dificultar la cohesión del país. La mayoría de la población pertenece a los pastunes (un 40%), presentes especialmente en el sur y el este del país, pero raramente han estado unidos políticamente. Están divididos en diversas confederaciones y tribus a menudo enfrentadas. Los talibanes pertenecen mayoritariamente a los ghilani y el primer presidente tras la invasión americana a los durrani. En cualquier caso, la voluntad de dominio de los pastunes sobre todo el país se basa en que se consideran los verdaderos afganos autóctonos.

Los tayikos, de origen persa, son el 30% del país, y viven especialmente en el nordeste y el oeste del país. Fueron esenciales en la lucha contra los talibanes. Los hazaras del centro del país, un 15%, conservan algunos rasgos mongoles de su origen mestizo, y tienen una estructura social jerarquizada con rasgos feudales.

Además, existe un cierto número de etnias turcas (12%) (los uzbecos, los turkmenos, kirguizos, kazajos y aimaqs), una región, Nuristán, que no fue islamizada hasta el s.XIX, y algunas minorías nómadas o seminómadas, como los beluchis, los brahuis, y los koochis.

  • Clave religiosa

La práctica totalidad del país es musulmana, aunque con interpretaciones diferentes. El chiismo, que es muy minoritario, lo encontramos entre los hazaras. Su confesión islámica distinta de la sunita les ha enfrentado a menudo a los pastunes y a los tayikos.

Aunque la escuela de interpretación islámica sunita mayoritaria del país es la más tolerante, la hanafi, la etnia pastún ha sufrido una intensa influencia del wahabismo saudí, creando el movimiento talibán (surgido de escuelas coránicas) y permitiendo el nacimiento de al-Qaeda.

La aparición del Estado Islámico también en la región y su enfrentamiento con al-Qaeda ha “moderado” tal vez a esta. Los pastunes se rigen por un código moral propio muy estricto, el pastunwali que, aunque no es incompatible con la Ley islámica no se identifica exactamente. El neuroticismo purificador del Estado islámico denunciando la mezcla de costumbres tradicionales de los pastunes y la táctica pactista del al-Qaeda afgano con corrientes islámicas más moderadas (como los hanafíes) para unir a los musulmanes frente a Occidente, ha distanciado a al-Qaeda del Estado Islámico, y, por comparación, al-Qaeda y los propios talibanes han quedado situados “más al centro”. Al ser vistos como más moderados, han conseguido pactar más fácilmente con todos los decepcionados con el sistema político afgano derrotado. Ahora que han llegado al poder deberán demostrar que no son los que gobernaron entre 1996 y 2001. Sabemos que su voluntad de pactar con interpretaciones islámicas más moderadas a las suyas tenía como objetivo principal expulsar a los occidentales del país, pero ahora está por ver de qué manera tolerarán las visiones más moderadas de la religión.

  • Clave internacional

No cabe duda de que la intervención internacional ha sido también decisiva en este conflicto. Los grandes imperios modernos que la han intentado dominar, han fracasado: el colonialismo británico del s. XIX, la invasión soviética (1979 al 1989) y ahora el dominio de Estados Unidos (2001-2021). La voluntad de este último de evitar la expansión soviética por Asia armó a los talibanes, y permitió la creación de al-Qaeda. La ideología islámica radical de unos se unió al dinero y armas de los otros: los combatientes contra los soviéticos iban a volverse ahora contra Occidente. El resto, lo conocemos: atentados del 11-S (2001) e invasión norteamericana para deponer a los talibanes que se negaron a entregar a Bin Laden.

Pakistán tiene una larga frontera común con Afganistán, precisamente en las zonas de dominio pastún. De hecho, un 15% de los pakistaníes son de esta etnia, lo que hace de Pakistán un interesado y un aliado del movimiento talibán, de mayoría pastún. Este acercamiento, contradice la tradición pakistaní de alianza con Estados Unidos. De hecho, una encuesta de 2012 en el país por Pew Research Center hizo patente la animadversión de este país por Estados Unidos: un 74% lo consideraban un enemigo, por estar utilizando su país para atacar a los talibanes. Estos, además, ayudan a Pakistán a mantener una posición de fuerza en Cachemira, la región de la India de mayoría musulmana que reclama Pakistán. Por ello, la India se ha significado contra los talibanes ayudando al gobierno afgano depuesto. Estados Unidos, por su parte, está escogiendo a la India como gran aliado regional frente a las ambigüedades de Pakistán.

Irán, está por una parte, interesada en la expulsión de los Estados Unidos, pero por otra parte defiende a la minoría chiíta, busca impedir la propagación del salafismo saudí entre los talibanes y está interesada en la estabilidad del país por la entrada masiva de refugiados afganos en Irán. Ya cuenta con un millón de ellos. Busca, pues, un imposible: expulsar a Estados Unidos y evitar la influencia saudí de los talibanes al mismo tiempo. De hecho, los únicos tres países que reconocieron al gobierno talibán antes de la invasión americana fueron Arabia Saudí, Emiratos Árabes y Pakistán. Por otra parte, los talibanes han creado en Qatar su centro de negociación política.

Turquía se alza como mediador entre los talibanes y el mundo occidental al pertenecer a la OTAN y haberse quedado para proteger el aeropuerto. Vuelve a ser además esencial para evitar la entrada masiva de nuevos refugiados de esta región en Europa. Jugando un papel clave en Afganistán y Pakistán, Erdogan puede hacerse perdonar el alejamiento de la OTAN y de Occidente de estos últimos años.

Finalmente, tenemos un nuevo actor que se mantiene discreto: China. Desde hace unos meses ya daba por descontada la victoria talibán, y ya ha mantenido algunas negociaciones. La retirada estadounidense le permite explorar una cooperación para beneficiarse de la extracción de las tierras raras presente en el país y del gas que produce. China proyecta extender su dominio económico hacia Asia sin inmiscuirse en las políticas contrarias a los Derechos Humanos de estos países. Sin embargo, China vigila muy de cerca la posible defensa, por parte de los talibanes, de la minoría musulmana uigur.

En resumen, el panorama futuro es el deslizamiento del país desde el dominio occidental de la OTAN a una influencia de los países enfrentados a Estados Unidos: China, Irán y Rusia. Pakistán y Arabia Saudí reconocerán inmediatamente al nuevo gobierno, y Turquía se ofrecerá de mediador.

El bloque occidental abandona Afganistán después de haber constatado su completo fracaso. La caída inmediata del sistema tras la retirada es la prueba más clara de ello. El gasto militar español después de los 10 primeros años de guerra ya sumaba 3000 millones de euros. Ahora, después de veinte años, Estados Unidos ha dilapidado 1000 millones de dólares de manera directa que llegan a 2 trillones contando todas las partidas. ¿Cuántas cosas podrían haberse hecho en favor de los afganos con ese dinero?

Afganistán, un país en la encrucijada

Afganistán, un país en una encrucijada geoestratégica

El regreso al poder de los talibanes ha marcado el fin de 20 años de presencia de EE UU y sus aliados. La intervención extranjera no logró acabar con el conflicto de un Estado clave en una región donde convergen los intereses de Occidente y otras potencias como China, Rusia, Pakistán, India e Irán

La frontera de Afganistán con Pakistán (conocida como Línea Durand, creada a finales del siglo XIX para delimitar intereses británicos y rusos en la zona) es muy montañosa: allí se encuentra el macizo de Hindu Kush, que va desde el centro afgano hasta el noroeste paquistaní. El pico más alto es el Noshaq, con 7.492 metros sobre el nivel del mar.https://4e0d2c49413f72d37fbc4c4894419c53.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-38/html/container.html

Multitud de ríos nacen en estas montañas y llegan a los países limítrofes, abasteciéndolos de agua. La mayor parte de la población afgana vive en torno a Kabul y el río que llega a esta ciudad. La población rural representa casi el 75% del total. El resto de la orografía del país presenta valles y amplios desiertos.

Una población muy joven

En Afganistán hay 38,9 millones de habitantes (2020, Banco Mundial). Por sexo, las cifras son parecidas: los hombres son el 51,3% del total, y las mujeres el 48,7%. La tasa de natalidad media es de cinco hijos por mujer.Mapa de la división étnica

Afganistán es un gran mosaico de etnias. La mayoritaria es la pastún, a la que pertenece el 42% de la población. Los talibanes son mayoritariamente de esta etnia, al igual que otras figuras como el ya expresidente Ashraf Ghani, que huyó a Emiratos Árabes Unidos el día que los fundamentalistas entraron en Kabul.Mapa étnico

Los pastunes se extienden por buena parte del país, y especialmente al sur y sureste. Más allá de Afganistán, esta etnia también se encuentra muy enraizada en Pakistán, país vecino al que ya en la década de los noventa se acusó en varias ocasiones de prestar apoyo logístico a los talibanes, además de uno de los pocos países que reconocieron la anterior dictadura de los radicales (1996-2001) como legítima.

Durante décadas, la violencia étnica ha estado presente en el país. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas recibió denuncias en los noventa sobre crímenes de guerra cometidos por los talibanes contra tayikos, uzbekos, hazaras y otras minorías.

El cultivo de opio, principal fuente de ingresos

Afganistán produce el 70% (unas 3.300 toneladas al año) del total mundial de opio (Informe Mundial sobre las Drogas, UNODC 2016). Para gran parte de su población agrícola, el cultivo de opio supone la única fuente de ingresos.

Según Naciones Unidas, en 2020 los talibanes obtuvieron 393 millones de euros de la comercialización del opio.

La minería, una industria pujante

Se estima que hay 1.400 tipos de minerales en Afganistán, entre ellos hierro, cobre, litio, cobalto y tierras raras. El litio, usado para fabricar las baterías de móviles y ordenadores tiene una altísima demanda. Las tierras raras son un grupo de elementos químicos usados en la fabricación de productos tecnológicos y armamento.

Un informe del Gobierno afgano en 2017 calculaba que la riqueza mineral del país es de unos tres billones de dólares.

Las reservas minerales, no explotadas en los últimos años, suponen un gran atractivo para el resto de países; principalmente China, Rusia y Pakistán negocian con Afganistán para obtener mejores condiciones en el acceso a estas materias primas.

Pobreza y empleo

Afganistán es uno de los países más pobres del mundo: el 47% de su población vive en situación de pobreza y el 30% sufre hambre.https://datawrapper.dwcdn.net/Ap6VQ/1/

La tasa de desempleo está en torno al 60% de la población activa. El sueldo mensual medio es de 17.600 afganis (unos 185 euros). Las mujeres son las que se llevan la peor parte. Su participación en la toma de decisiones es limitada y el acceso al mercado laboral ínfimo.https://datawrapper.dwcdn.net/i4Y8B/1/

El drama humano

El avance y la toma de Afganistán por parte de los talibanes ha disparado el número de desplazados internos en el país; así lo refleja el informe de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) publicado el 16 de agosto. Desde principios de año, 550.780 personas se han visto obligadas a abandonar su hogar en Afganistán debido al avance de los fundamentalistas; el 60% de los afectados son niñas y niños menores, según el organismo. Desde 2012, 3.795.750 personas han sufrido esta situación.

Desplazados y refugiados afganos

Alrededor del 90% de los refugiados afganos en el mundo se encuentran repartidos entre Irán y Pakistán. Entre el 1 de enero de 2021 y el 16 de agosto, el número de desplazados internos aumentó en 550.780, coincidiendo con el avance talibán.

Los refugiados y demandantes de asilo afganos en otros países ascendían, a 31 de diciembre de 2020, a 2,2 millones aproximadamente, según ACNUR. Sin embargo, la gran mayoría de ellos se encuentra en países vecinos. El 90% se concentran en Pakistán (1.448.100) e Irán (780.000).

Europa, por tanto, no ha sido el destino donde más afganos han llegado en busca de asilo a lo largo de los años. En 2020, de las 472.000 solicitudes recibidas, 44.200 fueron de personas con origen en Afganistán (10,6%) según la Comisión Europea. En cuanto a las llegadas irregulares de migrantes a las fronteras comunitarias, en 2020 se registraron 125.100 cruces, de los que 10.133 (8,1%) tuvieron su origen en el país asiático.

Fuentes: Universidad Tufts (Massachusetts), Visual CapitalistThe New York TimesAl Jazeera, OCHA, ACNUR, Afghanistan Open Data, Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Clamor del Vaticano a los talibanes

El clamor del Vaticano a los talibanes: “Reconozcan el derecho a la vida y la libertad de circulación y de religión”

El portavoz de la Santa Sede ante la ONU reclama a la comunidad internacional que pase “de las palabras a los hechos” en la acogida de refugiadosDD

La preocupación de la Santa Sede por la crisis en Afganistán es más que notable. Así lo ha manifestado el sacerdote John Putzer, encargado de Negocios de la Misión Permanente de la Santa Sede ante la ONU y otras organizaciones internacionales en Ginebra.

Durante el 31ª sesión extraordinaria del Consejo de Derechos Humanos celebrada de forma virtual, el portavoz vaticano instó a la comunidad internacional a pasar “de las palabras a la acción” en lo que a la acogida de refugiados se refiere desde un “espíritu de fraternidad humana”.

Reconocer la dignidad humana

Con la encíclica ‘Fratelli tutti’ como eje de su intervención en el foro global, el diplomático católico hizo un llamamiento para que en Afganistán, ahora bajo el dominio talibán, se puedan “reconocer y defender el respeto de la dignidad humana y los derechos fundamentales de toda persona, incluidos el derecho a la vida, la libertad de religión, el derecho a la libertad de circulación y de reunión pacífica”.

Para Putzar, “en este momento crítico” resulta “de vital importancia apoyar el éxito y la seguridad de los esfuerzos humanitarios en el país, con un espíritu de solidaridad internacional, para no perder los progresos realizados, especialmente en las áreas de salud y educación”. Sobre cómo abordar el actual conflicto abierto en el país asiático, desde el Vaticano se presenta “el diálogo inclusivo” como “la herramienta más poderosa”.

Afganistán: geopolítica versus DD.HH.

Afganistán: geopolítica versus Derechos Humanos

Se está consumando el enésimo episodio vergonzante por parte de la, cada vez con menos propiedad, denominada comunidad internacional. Porque de igualdad de sus miembros en lo que respecta a derechos y obligaciones ejercidos y defendidos en igualdad va quedando poco. El ejercicio de autocomplacencia de la Unión Europea y de Estados Unidos respecto al papel que se está jugando en esta precipitada retirada de Afganistán resulta, cuando menos, sonrojante. Las escenas que se están transmitiendo casi en ‘streaming’ de la huida despavorida de la población civil afgana nos remite, por desgracia, a otros conflictos pasados (antigua Yugoslavia) o en curso (Siria; si, aún en curso aunque nos hayamos olvidado) Episodios como el de Sebrenica en Bosnia-Herzegovina cobran vida en estos días. No solo por lo que vemos en el aeropuerto de Kabul sino, ojalá nos equivoquemos, por lo que se nos antoja presumible en el momento en el que –a partir del día 31 de agosto– la “tregua talibán” para la evacuación y salida occidental se dé por concluida.

Piedra de toque

¿Qué ha pasado para que asistamos a esta falta de previsión de las cancillerías europeas y estadounidense? Nada en absoluto. Todo está sucediendo conforme a sus previsiones. La retirada norteamericana estaba decretada ya por la administración Trump; Biden no la ha cancelado, en un ejercicio de conjunción de intereses a los que, tanto demócratas como republicanos, parecen responder de forma similar ante los intereses de sus respectivos lobbies. Afganistán ha sido la piedra de toque y el obstáculo a los intereses geopolíticos de todos los imperios contemporáneos (británico, ruso, soviético y norteamericano) Todos acabaron claudicando en conflictos de enorme desgaste militar, económico, humano, reputacional y de erosión en sus respectivas sociedades civiles. Tras la fallida incursión de la Unión Soviética pocos años antes de su desaparición, Estados Unidos recogió el testigo después de los atentados del 11-S del año 2001. Veinte años después se retira después de haber sido incapaz de diluir a los talibanes, aquel grupo de radicales que nos descubría Ahmed Rashid en el año 2000 en su magistral ensayo. Después de una ingente inversión (pública y privada) y un coste elevado en vidas civiles y militares del contingente internacional desplegado por Estados y organizaciones internacionales. La inversión en infraestructuras materiales, en la construcción institucional de un Estado semi-fallido, en la edificación de unas fuerzas armadas nacionales y en educación parece haberse escurrido por el desagüe de la historia. La corrupción sistemática, incontrolada por los Estados e Instituciones involucrados en la financiación de los diversos proyectos, no puede ser una explicación exculpatoria.

Las potencias y actores regionales comienzan a posicionarse en el nuevo contexto de equilibrios geopolíticos. Rusia, al igual que China, Turquía o Irán, no han retirado sus misiones diplomáticas. Llenar el vacío dejado por Estados Unidos puede configurar un nuevo sistema de alianzas estratégicas. La protección de las fronteras respectivas frente a un potencial auge del terrorismo integrista se impone como uno de los objetivos prioritarios, especialmente en repúblicas ex soviéticas como Turkmenistán, Tayikistán o Uzbekistán. Rusia contempla con inquietud el poder desestabilizador de la región. No olvidemos el papel protagonista de una potencia nuclear como Pakistán, cobijo tradicional de los talibanes y soporte estratégico y financiero de los mismos. Irán se enfrenta, de nuevo, a la expansión suní de su íntimo “enemigo” Arabia Saudita. ¿Y China? Espectadora de excepción de los acontecimientos, su posición futura como potencia en expansión y refractaria a los derechos humanos y a un Derecho internacional que considera “liberal y occidental” es un auténtico interrogante.

Garantizar los derechos humanos

Resulta lacerante para la sociedad civil afgana, en especial para las mujeres y niñas, cerrar la puerta a las oportunidades de educación y de disfrute de unos derechos humanos esenciales a los que se había abierto—aunque todavía no en pie de igualdad— durante estas casi dos décadas, después del conflicto militar. La brutal represión que se avecina, las violaciones masivas de derechos humanos, la retrocesión a unas condiciones de vida medievales avaladas por un rigorismo incompatible con el mundo actual, debe de caer en la conciencia de los gobiernos occidentales y en la moral de todos los que formamos parte de la comunidad internacional. Somos conscientes de que Estados Unidos no tiene el papel de gendarme internacional, asumiendo los costes ‘sine die’, de la pacificación de Afganistán. Sin embargo, cabe recordar que su intervención en el Estado desde el año 2001 tenía unos objetivos estratégicos, desde el punto de vista geopolítico y económico, parecidos a los que ahora se presentan para su retirada. Estos episodios ya los conocemos. Su reiteración forma parte de la Historia Contemporánea universal, y no solo en el caso de Estados Unidos.

¿Cómo se podrán garantizar los derechos humanos de la población civil afgana? De ninguna manera, no nos engañemos. La exigua cantidad de población refugiada que llegará a la Unión Europea no tendrá nada qué ver con el éxodo del conflicto de Siria. Y ya sabemos el fracaso en la gestión del mismo por parte de la UE, encargando la misma a Turquía. En las próximas semanas y meses veremos y leeremos críticos análisis sobre la situación en Afganistán. Pero, por favor, no mencionemos la protección de los derechos humanos en vano; no más ejercicios de autocomplacencia con nuestro compromiso con los mismos (nacional, regional o universal). Si somos partícipes del horror, por acción u omisión, no más felicitaciones, no más fotos. Dejémoslo para los auténticos protagonistas, héroes anónimos, fuerzas armadas, sanitarios, Organizaciones no gubernamentales y seres humanos que han pagado con su vida el fallido intento de creación de una sociedad mejor en Afganistán