«¿Podemos cambiar el rumbo antes de que sea demasiado tarde?

«No hay razón alguna para la guerra, como dice Francisco

El Papa contra la guerra
El Papa contra la guerra

«Hoy, como en la época de la crisis de los misiles de Cuba, se necesita urgentemente una visión de paz si no queremos deslizarnos hacia el abismo»

«Como el Papa Francisco nos ha advertido tantas veces – vox clamantis in deserto – es la ‘Tercera Guerra Mundial’ y ya ni siquiera ‘en pedazos'»

«A esta dinámica destructiva, el Pontífice ha respondido apelando ante todo a la razón. No a la fe, sino ante todo a la propia capacidad de razonar que distingue y une a todo ser humano, creyente y no creyente»

Por Alessandro Gisotti

(Vatican News).- Desde el inicio del conflicto en Ucrania, el Papa Francisco ha subrayado muchas veces -incluso en la última audiencia general- que la guerra es una locura. Sentidos llamamientos que recuerdan lo que dijo Juan XXIII en ‘Pacem in Terris’: en la era de la bomba atómica, la guerra está más allá de la razón. Hoy, como en la época de la crisis de los misiles de Cuba, se necesita urgentemente una visión de paz si no queremos deslizarnos hacia el abismo.

¿Podemos cambiar el rumbo antes de que sea demasiado tarde, detenernos antes de deslizarnos hacia el abismo sin retorno? En estos ya siete meses, marcados por el horror de la guerra en Ucrania bajo el ataque de Rusia, el Papa Francisco ha hecho decenas de sentidos llamamientos a la paz, subrayando -el más reciente este miércoles en la audiencia general- que la guerra es una locura y más loco aún es el mero temor a usar armas nucleares, como ha hecho Vladimir Putin en estas horas.

Templo afectado por la guerra de Ucrania
Templo afectado por la guerra de Ucrania

Muchos se quedaron atónitos, incrédulos, el 24 de febrero cuando Moscú comenzó su invasión contra Ucrania. Parecía imposible», tuvieron que admitir incluso los analistas y expertos. El «despertar» de la realidad fue, pues, brutal, tan impactante que ahora parece que nos hemos resignado a lo peor, aunque ese peor sea equivalente al uso de una bomba atómica. Y, sin embargo, hasta hace unos meses, la humanidad creía haber relegado tal desastre a la historia para siempre.

Lo que también llama la atención es la escalada verbal que precedió y luego revigorizó, en un círculo vicioso mortal, la escalada bélica. Y que ha tenido como nefasta consecuencia un ‘cupio dissolvi’ incluso exhibida en los medios de comunicación. Tanto es así que algunos muestran en Internet o en la televisión simulaciones de los efectos de una bomba atómica lanzada sobre una ciudad europea. Suena como «Wargames». En cambio, como el Papa Francisco nos ha advertido tantas veces – vox clamantis in deserto – es la ‘Tercera Guerra Mundial’ y ya ni siquiera ‘en pedazos’.

A esta dinámica destructiva, el Pontífice ha respondido apelando ante todo a la razón. No a la fe, sino ante todo a la propia capacidad de razonar que distingue y une a todo ser humano, creyente y no creyente. Como subrayó -al principio de su pontificado- en su profética visita al santuario de Redipuglia con motivo del centenario de la Primera Guerra Mundial, «la guerra es una locura, su plan de desarrollo es la destrucción: ¡querer desarrollarse mediante la destrucción!»

Banderas ucranianas en la audiencia
Banderas ucranianas en la audiencia

Esta afirmación, como tantas otras pronunciadas en este dramático 2022, recuerdan las palabras de otro Papa, un Papa santo, que unió indisolublemente su nombre al de la paz: Juan XXIII. También para el Papa Roncalli, la guerra -en la era atómica- es una locura. Está más allá de la razón. ‘Alienum est a ratione’, leemos en Pacem in terris. Una encíclica nacida de la dramática experiencia de la crisis de los misiles de Cuba, vivida -hace justo 60 años- en primera persona por el Papa que inauguró el Concilio Vaticano II en los mismos días en que la humanidad parecía dirigirse a un holocausto nuclear.

Juan XXIII pudo esperar contra viento y marea que Washington y Moscú se detuvieran a tiempo. No cedió a las sombrías predicciones de los «agoreros», sino que, fuerte en su fe en Cristo, el Príncipe de la Paz, creyó en el arduo camino que lleva al diálogo, aunque pareciera imposible ver su recorrido. Aunque este diálogo «apeste», diría hoy el Papa Francisco. Memorable sigue siendo el «Radiomessaggio per l’intesa e la concordia dei popoli», emitido a través de Radio Vaticano, el 25 de octubre de 1962, en plena confrontación entre americanos y soviéticos.

Miles son ya las víctimas de esta guerra sin sentido, millones los desplazados, inmenso es el sufrimiento que soporta el pueblo ucraniano. De esta locura surgen, día tras día, esas monstruosidades de las que hablaba Francisco y de las que también ha sido testigo en los últimos días su Limosnero Konrad Krajewski. Las armas deben callar finalmente. «El hombre – decía Juan Pablo II – sufre sobre todo por falta de visión». Hoy, la visión que le falta a la humanidad es la de la paz. La visión necesaria que nos señala el Papa Francisco.

El cardenal Krajewski
El cardenal Krajewski Pavlo Hondraruk

La profecía de Lampedusa

Visita del Papa a Lampedusa
Visita del Papa a Lampedusa

Hace nueve años, Francisco visitó Lampedusa, la isla que simboliza el drama de los migrantes en el Mediterráneo

En aquel memorable primer viaje del Pontificado, el Papa insistió en la cuestión decisiva de la fraternidad. Una advertencia que hoy parece aún más urgente en un mundo desfigurado por las guerras, mientras luchamos por superar la crisis pandémica

Ha dicho en repetidas ocasiones que de las crisis se sale mejor o peor, nunca igual. Hoy en día, la humanidad se enfrenta a una de las crisis más profundas y con más niveles que jamás haya tenido que afrontar

Para salir mejor parados, por tanto, debemos invertir el rumbo, nos exhorta el Papa, alejándonos del poderoso imán de Caín y orientando la brújula de nuestras vidas decididamente hacia la estrella polar de la fraternidad

Por Alessandro Gisotti

(vatican News).- Hay acontecimientos en este Pontificado, decisiones tomadas por Francisco que, con el paso de los años, adquieren cada vez más fuerza y una dimensión que, en algunos casos, no es exagerado calificar de profética.

El 8 de julio de hace nueve años, pocos meses después del inicio de su ministerio petrino, realizó su primer viaje apostólico, dirigiéndose a Lampedusa. Un viaje que fue también un mensaje porque en esas pocas horas pasadas en la isla que simboliza el drama de los migrantes en el Mediterráneo, Francisco testimonió con gestos y signos lo que entiende por «Iglesia en salida». Y mostró por qué es necesario partir, concreta y no metafóricamente, de las «periferias existenciales» si queremos construir un mundo más justo y solidario, una humanidad reconciliada consigo misma.

De aquella visita aún llevamos el recuerdo imborrable de algunas imágenes: el Papa celebrando la misa en un altar hecho con barcas de migrantes, la corona de flores lanzada al mar desde una embarcación, el abrazo con los jóvenes que sobrevivieron a esos viajes llamados de la esperanza, pero que tantas veces, por desgracia, se convierten en viajes de la desesperación. Así pues, el núcleo de la visita fue claramente la situación de los inmigrantes. Sin embargo, en esa ocasión, Francisco pronunció una homilía que amplió su mirada, pasando de esa isla y de lo que significaba en ese momento. Una homilía que hoy llama la atención releer (y más aún volver a escuchar) a la luz de lo que está ocurriendo en los últimos meses en Ucrania bajo el ataque de Rusia, así como en todos los rincones más o menos remotos de la Tierra donde las guerras desatan -liberan de sus cadenas- ese «espíritu cainista de matar, en lugar del espíritu de paz».

En esa homilía, el Papa ofreció su meditación personal sobre el diálogo que el Señor mantiene con Caín inmediatamente después de matar a su hermano Abel. Dios hace la pregunta que hoy y siempre debe resonar como una advertencia para cada uno de nosotros: «Caín, ¿dónde está tu hermano?». Seis veces repite Francisco esa pregunta punzante: «¿Dónde está tu hermano?». Tu hermano emigrante, tu hermano postrado por la pobreza, tu hermano aplastado por la guerra.

En los años transcurridos desde aquel viaje, el Pontífice ha vuelto en numerosas ocasiones a la antinomia decisiva hermandad-fraticidio. El 13 de febrero de 2017, en una misa en la Casa Santa Marta, hablando una vez más de Caín y Abel, pronunció fuertes palabras de condena para quienes deciden que «un pedazo de tierra es más importante que el vínculo de la hermandad». Francisco advirtió a los poderosos de la tierra que se atreven a decir: ‘Me importa este pedazo de tierra, este otro, si la bomba cae y mata a doscientos niños, no es mi culpa: es la culpa de la bomba’.

Caín y Abel

El Papa de la Fratelli Tutti, Declaración de Abu Dhabi sobre la fraternidad, el Obispo de Roma que tomó el nombre de hermano Francisco, advierte que esta misma lucha entre la fraternidad y el fratricidio es el tema de los temas de nuestro tiempo. A medida que pasan los años, ve trágicamente cómo se va definiendo el sombrío contorno de lo que él llamaría «la Tercera Guerra Mundial en pedazos». Y qué es esto sino también un «Fratricidio mundial en pedazos», pues toda guerra lleva en sí misma precisamente esa raíz maligna que impulsa a Caín a matar a su hermano y luego a responder despectivamente a Dios que le pregunta al respecto: «¿Soy yo el guardián de mi hermano?

En la Statio Orbis del 27 de marzo de 2020, en la vacía Plaza de San Pedroel Papa afirmó que, con la tormenta de la pandemia, «se ha vuelto a descubrir esa bendita pertenencia común de la que no podemos escapar: la pertenencia como hermanos». Impresiona yuxtaponer estas palabras con las, amargas y angustiadas, que pronunció en el Urbi et Orbi de este año en Semana Santa. «Era el momento de salir juntos del túnel de la mano» -subrayó, refiriéndose a Covid 19- aunando nuestras fuerzas y recursos. Y en cambio estamos mostrando que en nosotros todavía no está el espíritu de Jesús, todavía está el espíritu de Caín, que mira a Abel no como un hermano, sino como un rival, y piensa en cómo eliminarlo».

Francisco ha dicho en repetidas ocasiones que de las crisis se sale mejor o peor, nunca igual. Hoy en día, la humanidad se enfrenta a una de las crisis más profundas y con más niveles que jamás haya tenido que afrontar. Para salir mejor parados, por tanto, debemos invertir el rumbo, nos exhorta el Papa, alejándonos del poderoso imán de Caín y orientando la brújula de nuestras vidas decididamente hacia la estrella polar de la fraternidad.

Escuchar: el silencio que habla

El silencio que habla: ‘Escuchar’, la comunicación a contracorriente de Francisco
Francisco devuelve su valor principal a la comunicación, robándole el paradigma funcionalista de ganar contra el otro
La consecuencia inmediata de esta lógica «altruista» es que este mensaje aumenta en fuerza cuanto más se «aparta» la persona que lo anuncia
En los meses de encierro, Francisco hizo innumerables llamadas a personas que sufrían, pacientes de Covid-19, ancianos e incluso enfermeras y jóvenes
Para el Papa, no hay que tener miedo de dar lugar a la opinión del otro, a sus propuestas, incluso a sus preguntas, aprovechando el bien del que cada uno es portado
01.01.2021 | Alessandro Gisotti
Para la «comunicación a contracorriente» de Francisco, la escucha es un componente fundamental, emergente. En el Portal web de la Enciclopedia Treccani, un especial sobre las palabras del papa Francisco se centra en los grandes documentos del Pontificado. Para el Papa, comunicar es ante todo compartir y compartir requiere escuchar.
¿Se puede comunicar escuchando? Vivimos en una época en la que parece que si no tenemos la última palabra hemos «perdido» en la comunicación. Lo vemos todos los días en los programas de televisión y en los debates entre políticos. Lo experimentamos personalmente en las redes sociales (el espacio más frecuentado hoy en día), donde si no publicamos el último tweet o el post de conclusión, parece que salimos derrotados de una conversación, sea cual sea el tema.
El papa Francisco ha volcado este paradigma funcionalista de la comunicación, que considera el comunicar, como un arma para ganar contra el otro, y le ha devuelto su valor principal: un regalo, una oportunidad, que nos ayuda a crecer junto con el otro. La consecuencia inmediata de esta lógica «altruista» es que el comunicador no prevalece sobre el mensaje que quiere transmitir. Por el contrario, este mensaje aumenta en fuerza cuanto más se «aparta» la persona que lo anuncia.
El silencio que habla
Es aquí, entonces, cuando en Francisco, el silencio e incluso la inmovilidad (una paradoja en la era de los medios de comunicación siempre en busca de sonido y movimiento) se convierten en amplificadores de sentido.
Los que tuvimos el privilegio de seguir la visita de Francisco a Auschwitz-Birkenau el 29 de julio de 2016, nos conmovió su silenciosa oración, que pareció durar un tiempo interminable.
Mejor que cualquier discurso, ese silencio fue capaz de transmitir el sufrimiento y la consternación por el dolor que ese lugar siempre llevará consigo, pero al mismo tiempo también la necesidad de hacer memoria, para no olvidar el horror sin precedentes de los campos de exterminio.
Pasan cuatro años. Otro «silencio que habla» en otro momento dramático de nuestra historia. Es el 27 de marzo de 2020: el Papa solo, en una plaza vacía de San Pedro, reza bajo el Crucifijo de madera de San Marcello y el icono de la Salus Populi Romani.
Esa celebración, en un contexto casi surrealista, sigue siendo una de las imágenes más fuertes de la pandemia. Al día siguiente, la foto del Papa en oración apareció en las primeras páginas de los periódicos de todo el mundo. El mensaje fue más allá del perímetro de la fe católica y se convirtió en el intérprete de la angustia y las esperanzas de toda la humanidad.
Las llamadas del pastor
Para la «comunicación a contracorriente» de Francisco, la escucha es un componente fundamental, emergente. No es casualidad que, en este período marcado por la imposibilidad de moverse y la drástica reducción de encuentros con personas, el Papa – con esa «creatividad de amor» a la que hace referencia a menudo – haya dedicado mucho tiempo a llegar a la gente a través de una antigua herramienta de comunicación que no pasa de moda: el teléfono.
En los meses de encierro, Francisco hizo innumerables llamadas a personas que sufrían, pacientes de Covid-19, ancianos e incluso enfermeras y jóvenes (por ejemplo, los del oratorio de Nembro, una de las zonas más afectadas por el virus), que se pusieron manos a la obra para ayudar a los que estaban en dificultades. Son llamadas telefónicas, las de Jorge Mario Bergoglio, realizadas más para escuchar experiencias que para ofrecer indicaciones. «Esto», dijo el Papa cuando fue entrevistado por una revista española, «me ayudó a mantener el pulso de cómo las familias y las comunidades estaban viviendo este momento».
La terapia de la escucha
Por otra parte, ya en 2016, Francisco subrayó que escuchar «es mucho más que oír», «escuchar significa prestar atención, tener el deseo de comprender, dar valor, respetar, guardar la palabra de los demás». Y también en ese año, durante su viaje internacional a México, hablando con los jóvenes de la ciudad de Morelia dijo que cuando un compañero está en dificultades, hay que ponerse a su lado, escuchando. «No digas te daré una receta», enfatizó el Pontífice, «pero dale fuerza escuchando, esa medicina que se está olvidando, la terapia de la escucha».
Se necesita un «apostolado de la oreja», dijo de nuevo durante el Jubileo de la Misericordia. Una fórmula que parece hacerse eco de la exhortación de Francisco de Asís a sus frailes: «Inclina el oído del corazón». Pier Paolo Pasolini, después de conocer a la Madre Teresa, dijo de ella que «su ojo donde mira, ve».
De alguna manera, Francisco, en su dimensión de comunicador, «donde siente, es decir donde oye, escucha». Escuchar, para él, tiene que ver con el «ABC» de las relaciones humanas. Requiere tiempo, requiere paciencia, la cantidad adecuada de tiempo para acercarse al otro, acortando las distancias y superando los prejuicios. Una actitud que a veces desconcierta, pero que es perfectamente coherente con la visión de una Iglesia en salida y Hospital de campaña del que es intérprete y testigo en primera persona. «Comunicar», escribió Francisco, «significa compartir y compartir requiere escuchar».
El poder de la cercanía
Muchos se preguntan dónde está el secreto del éxito comunicativo del Papa, que casi 8 años después de su elección permanece intacto, como lo demuestran, entre otras cosas, las homilías de las misas matutinas que se celebraron durante la pandemia, seguidas por millones de personas en todo el mundo. Tal vez el «secreto» radica precisamente en que vuelve a poner en el centro el auténtico valor de la comunicación, centrado en el hombre y no en los medios. El valor de un poder «paradójico» que crece cuanto más se reduce, al ponerse al servicio del otro, un poder de cercanía.
También en la comunicación, por lo tanto, el Pontífice nos pide que sigamos el modelo del Buen Samaritano. No por casualidad, en su primer Mensaje para la Jornada de las Comunicaciones Sociales, escribe que la parábola del Buen Samaritano «es también una parábola del comunicador» porque quien comunica «se hace prójimo». Con palabras y gestos, Francisco nos dice diariamente que debemos «arriesgarnos» para comunicarnos, arriesgarnos por nuestro prójimo como lo hizo el hombre de Samaria en el camino de Jerusalén a Jericó.
Para el Papa, no hay que tener miedo de dar lugar a la opinión del otro, a sus propuestas, incluso a sus preguntas, aprovechando el bien del que cada uno es portador. Sólo así, de hecho, reconociéndonos todos como hermanos, «Fratelli tutti«, podemos construir un futuro mejor, digno de nuestra humanidad común

En la era de la postpandemia: la fraternidad es el único camino

De Lampedusa al Covid, el Papa y el desafío de la fraternidad

A siete años de la visita en la isla, se hace todavía más urgente el llamado de Papa Francisco en aquella ocasión a sentirnos y vernos como hermanos los unos de los otros. En la era de la postpandemia, no hay posibilidad de salvarse solos, la fraternidad es el único camino para construir el futuro.

Por Alessandro Gisotti

“¿Dónde está tu hermano?, la voz de su sangre grita hasta mí, dice Dios. Esta no es una pregunta dirigida a los otros, es una pregunta dirigida a mí, a ti, a cada uno de nosotros”. Han pasado siete años desde la visita del Papa Francisco a Lampedusa y de aquella pregunta dirigida a la humanidad en la Misa celebrada en el campo deportivo de la isla en el corazón del Mediterráneo. Un viaje de unas pocas horas pero que ha sido de algún modo “programático” para el Pontificado. Allí, en el extremo Sud de Europa, Francisco ha mostrado que quiere decir cuando habla de “Iglesia en salida”. Ha hecho visible la afirmación que la realidad se ve mejor desde las periferias que desde el centro. En medio a los migrantes fugitivos de la guerra y la miseria, nos ha hecho experimentar su sueño de una “Iglesia pobre y para los pobres”. En Lampedusa, por otro lado, hablando de Caín y Abel, ha puesto también en primer plano la cuestión de la fraternidad. Pregunta fundamental para nuestro tiempo. O quizás, de todos los tiempos.

Entorno al eje de la fraternidad gira todo el Pontificado de Francisco. “Hermanos” es precisamente la primera palabra que ha dirigido al mundo como Papa, la noche del 13 de marzo del 2013. La dimensión de la fraternidad está, si se puede decir, en el ADN de este Pontífice que ha elegido el nombre del Pobre de Asís, un hombre que para sí ha querido el único título de “fraile”, frater, justamente hermano. Fraterno es también el modo en el cual define su relación con el Papa emérito Benedicto XVI. Después de la firma de la Declaración sobre la Fraternidad Humana, esta figura del Pontificado aparece ciertamente más marcada y evidente a todos. Pero, sin embargo, recorriendo los primeros siete años del Pontificado de Francisco, se pueden encontrar varios hitos en el camino que ha conducido a la firma, junto con el Gran Imán de Al Azhar, del documento histórico en Abu Dhabi el 4 de febrero de 2019. Un camino que ahora continúa, porque ese acontecimiento en tierra árabe ha sido ciertamente un punto de llegada, pero también de un nuevo comienzo. Seguir leyendo