Aniversario del histórico discurso del dominico contra los abusos de la conquista

Bartolomé de las Casas y Antón Montesinos: los frailes defensores de los indios

El discurso de Montesinos (1511) sobre la injusta situación de los indígenas americanos resulta actual
El discurso de Montesinos (1511) sobre la injusta situación de los indígenas americanos resulta actual

«¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? Esto no entendéis, esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad, de sueño tan letárgico, dormidos? Tened por cierto, que en el estado que estáis, no os podéis más salvar, que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe en Jesucristo»

«Aquel sermón no cayó en saco roto. Marcó el comienzo del cristianismo liberador, del reconocimiento de la dignidad de los indios y del respeto al pluriverso cultural y religiosa en Amerindia. Fue, asimismo, el germen de la teología de la liberación»

Por Juan José Tamayo

En 2017 visité la República Dominicana para impartir un curso sobre El giro descolonizador de las Teologías de Sur-Teologías de la Liberación a los Misioneros del Sagrado Corazón y un ciclo de conferencias en el Centro de Teología de Santo Domingo en el Convento de los Padres Dominicos, donde vivió fray Antón Montesino y yo residí durante unos días en la habitación de nombre “San Alberto Magno”.

Visité el majestuoso monumento dedicado al fraile dominico erigido en el Malecón de la ciudad de Santo Domingo, donde están inscritas las palabras centrales del sermón. En lugar tan emblemático reescribí el artículo publicado en el diario EL PAÍS el 11 de diciembre de 2011, coincidiendo con el quinto centenario del Sermón que pronunciara fray Antón Montesino.

Hoy, día en que la liturgia católica celebra el cuarto domingo de Adviento, lo ofrezco reelaborado a cuantas personas estén interesadas en conocer la otra página de la conquista menos conocida: la de los frailes y obispos defensores de los indios, entre ellos fray Bartolomé de Las Casas y fray Antón Montesino. Bartolomé de las Casas, al principio rechazó el discurso de Montesinos, luego se convirtió al ver que era real

El 21 de diciembre de 1511, el cuarto domingo de Adviento, subía al púlpito del convento de los dominicos en La Española (Santo Domingo) fray Antón Montesino para pronunciar un memorable sermón, que se convertiría en una de las primeras y más radicales denuncias de los abusos de la conquista española en Abya-Yala y en un antecedente del pensamiento latinoamericano liberador, una de cuyas manifestaciones más importantes es la Teología de la Liberación, cuyo nacimiento tuvo lugar en 1971 con la publicación del libro de Gustavo Gutiérrez Teología de la Liberación. Perspectivas publicado en Lima en 1971 (en 1972 se publicó en España en la editorial Sígueme).Una parte del sermón ha llegado hasta nosotros gracias ala profética e incisiva plumade frayBartolomé de Las Casas, que recoge lo sustancial de la prédica y las reacciones a la misma en el tercer libro de su Historia de las Indias (Tomo II, M. Aguilar Editor, Madrid, s/f, pp. 385-395).

El sermón fue preparado por todos los miembros de la comunidad dominica, quienes lo firmaron de su puño y letra para dejar constancia de la autoría colectiva y de la relevancia de tan decisiva pieza oratoria. Los dominicos lo habían preparado a conciencia a partir de sus propias averiguaciones sobre el “crudelísimo y aspérrimo cautiverio” al que los encomenderos españoles sometían a los indios en las minas de oro y otras granjerías, y tras escuchar numerosos testimonios sobre la “tiránica injusticia” y las “execrables crueldades” contra los nativos, tratados como animales “sin compasión ni blandura”, y “sin piedad ni misericordia”, según la descripción de Las Casas. Tras tan concienzudo análisis de la realidad acordaron denunciar desde el púlpito el régimen de la encomienda por considerarlo contrario “a la ley divina, natural y humana”.

El Prior de la Comunidad, Pedro de Córdoba, encargó pronunciar el sermón a fray Antón Montesino, uno de los primeros dominicos en llegar a la isla, afamado predicador, hombre de letras, muy animoso, “aspérrimo en reprender vicios”, “muy colérico en sus palabras” y “eficacísimo en sus frutos”. El templo estaba a rebosar. Ocupaban los primeros puestos las principales autoridades coloniales, entre ellas el almirante Diego de Colón, hijo del conquistador. También estaba presente el clérigo Bartolomé de Las Casas, en su calidad de encomendero. Ante un público tan cualificado el predicador no tuvo pelos en la lengua y, recurriendo al género literario interrogativo, todavía más incisivo en la denuncia, habló a las personas presentes de esta guisa:

“Voz del que clama en el desierto. Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine y conozcan a su Dios y creador, sean baptizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos? ¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? Esto no entendéis, esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad, de sueño tan letárgico, dormidos? Tened por cierto, que en el estado que estáis, no os podéis más salvar, que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe en Jesucristo”.

Terminada la misa, Diego de Colón y los oficiales reales se dirigieron al convento de los dominicos para reprender al predicador por el escándalo sembrado en la ciudad, acusarlo de “deservicio” al Rey y exigirle que se retractara en público el domingo siguiente. Siete días después fray Antón Montesino volvió a subir al púlpito y, lejos de des-decirse, se ratificó en las denuncias y afirmó que los encomenderos no podían salvarse si no dejaban libres a los indios y que irían todos al infierno si persistían en su actitud explotadora. El sermón provocó todavía mayor alboroto que el del domingo anterior, y los oficiales reales enviaron al rey cartas de protesta contra los frailes.

Fray Antón Montesino fue enviado a España para dar cuenta y razón de su sermón al rey. Tras muchos impedimentos, logró entrevistarse con el anciano monarca, a quien expuso un largo memorial de los agravios de los conquistadores contra los indios: hacer la guerra a gente pacífica y mansa, entrar en sus casas y tomar a sus mujeres, hijas, hijos y haciendas, cortarles por medio, hacer apuestas sobre quién les cortaba la cabeza de un tajo, quemarlos vivos, imponerles trabajos forzados en las minas, etc.

Aquel sermón no cayó en saco roto. Marcó el comienzo del cristianismo liberador, del reconocimiento de la dignidad de los indios y del respeto al pluriverso cultural y religiosa en Amerindia. Fue, asimismo, el germen de la teología de la liberación. El sermón es un ejemplo de teología interrogativa no dogmática y anticipa la metodología seguida hoy por la teología liberadora: análisis de la realidad, juicio ético-evangélico, denuncia profética, interpretación liberadora de los textos bíblicos y llamada a la transformación personal y estructural y cultiva la teología interrogativa no dogmática.

Bartolomé de las Casas
Bartolomé de las Casas

Tres años después, Bartolomé de Las Casas renunciaba a su oficio de encomendero, se convertía en el defensor de los derechos de los indios, el precursor del diálogo interreligioso e intercultural y el iniciador de la variante latina de la filosofía europea de la alteridad y de la tolerancia, como demuestran Francisco Fernández Buey en su libro La gran perturbación. Discurso del indio latinoamericano (El Viejo Topo, Barcelona) y Gustavo Gutiérrez en En busca de los pobres de Jesucristo. El pensamiento de Bartolomé de Las Casas (Sígueme, Salamanca).

La Buena Noticia del Dgo 15ºA

La semilla siempre da fruto si la tierra es buena

4.2.7

Mt 13, 1, 23

Jesús  habla en parábolas para explicar a la gente sencilla los misterios del Reino de Dios. La Palabra de Dios es como las semillas que lanza el sembrador en el campo, que unas caen en el camino, otras entre espinas o en terreno pedregoso, pero la mayoría cae en tierra buena, donde da mucho fruto.

La Palabra de Dios siempre es eficaz si hay tierra buena que la acoge y no le pone dificultades. Por tanto es una llamada a la confianza en ese Sembrador generoso que quiere la vida y la salvación para todos; y también es una llamada a la responsabilidad de la tierra, que somos nosotros, donde Dios quiere sembrar su Palabra para que de los frutos del Reino, que es vida, fraternidad y justicia para todos.

Testigos de la Palabra

Bartolomé de Las Casas
Bartolomé de Las Casas

El 17 de julio de 1566 muere Bartolomé de las Casas, dominico español y obispo de Chiapas, México, profeta y defensor de la Causa de los Indios.
Escribió la “Brevísima relación de la destrucción de las Indias” combatiendo activamente la esclavitud y el abuso colonial violento de los pueblos indígenas, especialmente al tratar de convencer a la corte española a adoptar una política más humana.
Y aunque él no pudo salvar a los pueblos indígenas de las Indias occidentales, sus esfuerzos resultaron en una serie de mejoras en la situación jurídica de los indígenas, y en un mayor enfoque sobre la ética del colonialismo. Las Casas se ve a menudo como uno de los primeros defensores de los derechos humanos universales