Bautizarse en la edad adulta

El Espíritu no tiene reloj: bautizarse en la edad adulta

“A veces Dios viene a buscarnos a los lugares más insospechados”, dice Vanesa Prieto, que abandonó los Testigos de Jehová

“Lo que más me fascina del catolicismo es que, al abrir mi alma, tengo muchas más preguntas que respuestas”

La historia de búsqueda y prueba de Vanesa Prieto comienza mucho antes de su nacimiento hace cerca de 40 años. Evoca a sus raíces más íntimas, cuando las familias de los que serían sus padres cambiaron por completo su vida: “Siendo ambos adolescentes en Barcelona, los abuelos y padres de ambos se convirtieron en bloque del catolicismo, que vivían más como algo tradicional y no tan vivencial, a una nueva fe, la de los Testigos de Jehová. Desde entonces, toda nuestra familia pertenece a lo que yo hoy no dudo en calificar de secta”.

Y es que la primera parte de su vida, la infancia y la adolescencia, “estuvo marcada por abusos de todo tipo, tanto emocionales como físicos. Crecí en un ambiente en el que, desde muy temprano, supe que Dios no podía estar ahí… Notaba que algo esencial no funcionaba, no estaba bien. Eran demasiadas las contradicciones entre el mensaje que se predicaba y las acciones que lo llevaban a la práctica”.

Años muy dolorosos

Fueron años muy dolorosos en los que sentía “la presión de ser muy buena a ojos de los demás para que mi entorno estuviera orgulloso de mí”. Y todo mientras sufría desgarros muy profundos, como saber de la existencia de dos hermanos suyos que fallecieron antes de nacer ella “casi por casualidad… Cuando preguntaba por ellos, apenas tenía respuestas. Mis padres no hablaban de ellos, era un tabú grandísimo. Lo que conozco es porque mis otros hermanos o abuelos en algún momento decían cosas sobre ese tema. Los dos nacieron con una enfermedad cardiaca congénita. Más allá de las circunstancias, lo que me entristece mucho es que no se hable de ellos, que no se les rememore, como si no hubieran existido”.

Además, ella misma fue víctima de abusos de distinto tipo por parte de quienes debían ser sus principales protectores. Una mirada retrospectiva de esa época lleva a Vanesa a lamentar con mucha tristeza el papel de su madre: “Era una mujer que siempre miró exclusivamente por mi padre, quien muchas veces actuaba con gran dureza contra sus hijos. No sé si fue por miedo o por sumisión, pero nunca nos protegió”.

Algo que se puso de manifiesto en el momento más complicado de esos años: “Cuando naces Testigo de Jehová, lo habitual es recibir el bautismo en la adolescencia. Cuando uno decide aceptarlo, lo hace con todas sus consecuencias y sabe que ya no hay salida posible de esa vida, salvo que se acepte romper radicalmente con todo. Es lo que me ocurrió… Yo me había bautizado por responsabilidad hacia la familia, pero atravesaba un período de cierta rebeldía. Tenía mis amigos fuera de ese ambiente y quería vivir mi vida, lo que generaba una gran tensión en mi casa. Hasta que todo se rompió”.

La expulsión

De pronto, un día su madre descubrió algo que la golpeó: “Supo que estaba con un chico y habíamos tenido relaciones. Sin dudarlo, me denunció ante la asamblea de ancianos y me sometieron a juicio. Yo reconocí que, a sus ojos, lo que había hecho era un pecado, pero no me podía engañar a mí misma y aclaré que, no solo no me arrepentía de nada, sino que no quería seguir formando parte de los Testigos de Jehová. El juicio acabó con mi condena y mi expulsión de la comunidad”.

“Cuando me echaron de la secta –continúa–, me fui de casa de mis padres y me independicé. Unos años después, cuando tenía 22, me casé con un chico. Después, nos divorciamos y, con 24, empecé a formarme y a trabajar como actriz. Me vine a París con 30 años. Durante los primeros años después de la ruptura familiar intenté seguir teniendo un contacto razonable con ellos. Les llamaba y acudía a verlos muy de vez en cuando. Hace unos años me di cuenta de que el movimiento solo iba de mí hacia ellos. Les llamaba, pero, si no lo hacía yo, ellos nunca me contactaban. Fui consciente de que podía estar viva o muerta y para ellos no tenía ninguna importancia, así que dejé de llamarlos. Desde entonces, el contacto es prácticamente nulo. Como mucho, un mensaje de texto alguna vez”.

Con todo, pese a que “salí de esa experiencia hecha polvo”, de algún modo “no me alejé de Dios por completo. Siempre he sido una persona espiritual y creo en un Dios que da sentido a todo. Tal vez por eso, ahí empezó para mí una etapa de mucha búsqueda. Me interesaba por el hinduismo, frecuentaba ciertas terapias o quería conocer el New Age. Me movía con mucha libertad e inquietud en distintos ambientes, pero nunca quería comprometerme con nada. El solo concepto de jerarquía o la presencia de sacerdotes me echaba para atrás, me repelía en lo más profundo. No quería formar parte de nada y, según empezaba a conocer algo, en seguida veía en ello el eco de una secta”.

Camino de sanación

Fue un “camino de sanación que tenía que hacer en solitario, fiel a mí misma”. En este sentido, “el catolicismo no entraba para nada en mis planes. Veía demasiados puntos en común con los Testigos de Jehová y lo rechazaba. Y eso que, en el tiempo en el que aún pertenecía a la secta, en parte por rebeldía y en otra porque me sentía bien, me gustaba entrar a las iglesias vacías y sentarme un rato en sus bancos. Era una sensación extraña, pues era algo que no me estaba permitido y, sin embargo, me daba una gran sensación de paz”.

Entonces, hace cuatro años, sucedió algo que lo volvió a cambiar todo: “Conocí a Olivier, quien al poco se convirtió en mi pareja. Era católico y estaba haciendo los ejercicios espirituales ignacianos. Cuando me hablaba de estas cosas, yo era muy reacia y lo veía carca. Se abría y me explicaba cómo era su fe, ¡y hasta me invitaba a ir a misa con él! Me daba algo de miedo todo eso, pero, al mismo tiempo, me sorprendía porque con él todo era distinto. Veía coherencia entre lo que decía y hacía. Sin ser un camino ni mucho menos perfecto, le veía feliz, demostraba que era algo natural a él y que le hacía mejor. Además, en un ambiente de mucha libertad, participamos juntos en iniciativas ecuménicas, conocimos varios carismas y valoré la diversidad del mundo católico”.

Fue así como consiguió romper con sus prejuicios y se decidió a dar un paso muy importante: “Poco a poco noté cómo el catolicismo empezaba a resonar en mi interior y sabía que, de algún modo, era un encuentro natural con la fe de mis ancestros, antes de abandonar su religión. No le dije nada a casi nadie, pues quería que fuera algo propio e íntimo, pero decidí inscribirme en una catequesis para conocer profundamente la fe católica. En ese momento lo hice por probar, por darle una oportunidad a esa experiencia, pero sin saber si la completaría hasta el final o no”.

Bautismo, comunión y confirmación

Ese tiempo de formación en un ambiente parroquial, acompañada por un matrimonio “cuyo testimonio personal de coherencia también fue clave”, desembocó en un día inolvidable para ella: “En la vigilia pascual de 2019, el 20 de abril, recibí en la misma ceremonia el bautismo, la comunión y la confirmación. El pasado año recibí otro sacramento, el del matrimonio, al casarme con Olivier”.

Una nueva vida en la que Vanesa continúa caminando en la fe: “He completado dos años de formación en Teología. Lo he hecho por conocer más cosas cada día y porque lo que más me fascina del catolicismo es que, al abrir mi alma, tengo muchas más preguntas que respuestas. Y eso es apasionante”.

Además, esta joven actriz está encarnando esa espiritualidad en su último proyecto: “Es un taller de lectura, fe y arte sobre santa Teresa de Lisieux con el que estamos recorriendo las parroquias de París. Es una puesta en escena muy sencilla, pero muy bonita y a mí me permite estrechar aún más en mi vida la relación con la fe”.

Dinamismo espiritual

Con todo, si se tiene que quedar con unos instantes que simbolicen este complejo camino, el primero es el que se dio hace tres años, al principio de esta nueva etapa: “Fue una ceremonia en Notre Dame poco antes del incendio. Fue un momento de gran belleza, reflejo del dinamismo espiritual que se percibe en ciertos ambientes de la ciudad. Aquí la llaman la ‘llamada decisiva’. Éramos unas 800 personas y para mí tuvo un significado muy emotivo, pues era la ceremonia previa al bautismo”.

El recorrido vital de Vanesa ha estado marcado por el dolor tanto como por la aspiración a la belleza y el deseo de jamás dejar de ser ella misma. Y siempre con un gran mar de fondo: la búsqueda espiritual. Porque, como concluye, “a veces Dios viene a buscarnos a los lugares más insospechados”.

Valorar el bautismo

por Cristóbal López Romero, SDB 

“Mi querida mamá muy amada, yo te doy gracias
1) Por haber dado permiso a tu pequeña hija Clara para jugar en la nieve (precio: 10 besos).
2) Por darme comida y vestidos (20 besos).
3) Por hacerme mil caricias por la mañana al despertarme y por la noche al acostarme (50 besos).
4) Por haberme hecho cristiana e hija de Dios por el bautismo (lo de mayor precio: 1.000 besos).
Total: 1.080 besos + 9.999 caricias = 11.079 ternuras”.


Cualquiera pensaría que este texto es fruto de la imaginación de un novelista que lo ha puesto en boca de un niño. Pero no es así; es la traducción del francés de una carta dirigida a su mamá por la niña Clara de Castelbajac, el 30 de enero de 1963, cuando tenía apenas 9 años. Clara murió el 22 de enero de 1975, a los 21 años, y su causa de beatificación fue culminada a nivel diocesano en 2008, enviada a Roma y aprobada en 2009.

Más allá de la inocencia y candidez de Clara, lo que es admirable es la gradación que hace en los motivos de gratitud: desde lo menos (permiso de jugar) a lo más (el afecto), pasando en medio por lo material (comida y vestido). Y ahí se produce un salto casi al infinito, porque pasa de 50 a 1.000 besos para agradecer el bautismo.

¿Cómo y qué habrá hecho esa familia para despertar en una niña de 9 años la conciencia clara y explícita de que el mayor bien que recibimos es la fe en un Dios Padre que a todos nos hace sus hijos?

Ser hijos de Dios

Me impresionó leer este testimonio en la biografía de Clara. Porque creo que nos hace falta redescubrir el bautismo y sus consecuencias. Debemos valorar muchísimo más la raíz de nuestra más alta dignidad: ser hijos de Dios. ¡No se puede ser más que esto! Y esta dignidad es igual para todos, hombres y mujeres, laicos y clérigos; incluso creyentes y no creyentes, porque el que seamos hijos de Dios no depende de nuestra consciencia del hecho ni de nuestra aceptación, sino de la libre voluntad de Dios, que ha querido que seamos todos miembros de su familia, en la persona de Cristo.

Para combatir el clericalismo, para resituar la discusión en torno al sacerdocio, ¿no será bueno redescubrir y valorar nuestro bautismo? Yo también envío 1.000 besos y ternuras hacia quienes me bautizaron e hicieron cristiano

Bautismo y Misión: dos claves de Praedicate Evangelium

El Papa Francisco saluda a fieles durante una audiencia general

Bautismo y misión, las dos claves conciliares de Praedicate Evangelium

El vínculo entre la nueva constitución sobre la Curia Romana y el Concilio Vaticano II sobre la prioridad de la evangelización y el papel de los laicos

Por Andrea Tornielli

La constitución apostólica Praedicate Evangelium sobre la Curia Romana, publicada el sábado 19 de marzo, sistematiza un camino de reformas originadas en la discusión del pre-cónclave de 2013 y ya aplicadas en gran medida en los últimos nueve años. Es un texto que profundiza y hace efectivas las orientaciones del Concilio Ecuménico Vaticano II, que tuvo como finalidad original precisamente la respuesta a la gran pregunta de cómo anunciar el Evangelio en un tiempo de cambio que luego resultaría ser -como subraya a menudo Francisco- un cambio de época. La unificación en un solo dicasterio dirigido directamente por el Papa de la antigua y estructurada congregación de Propaganda Fide y del jovencísimo Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, indica la prioridad dada a la evangelización expresada en el documento ya desde el título. ¿Cómo dar testimonio de la belleza de la fe cristiana a las nuevas generaciones que no hablan ni comprenden los viejos lenguajes? ¿Cómo conseguir que la levadura del Evangelio vuelva a fermentar tanto la masa de las sociedades que un día fueron cristianas como la de las sociedades que aún no conocen a Jesucristo? La Iglesia que se hace diálogo para evangelizar ha sido el leitmotiv de los últimos pontificados y ahora este aspecto es ulteriormente remarcado también en la estructura de la Curia Romana. Curia que no es un organismo en sí mismo, un «poder» de gobierno sobre las Iglesias locales, sino una estructura al servicio del ministerio del Obispo de Roma, que actúa en su nombre, bajo sus indicaciones, ejerciendo un potestada «vicaria» de aquella del Vicario de Cristo.

Un segundo elemento significativo de la nueva constitución es el desarrollo de un deseo presente en los textos conciliares sobre el papel de los laicos. Francisco recuerda en el Preámbulo que «El Papa, los obispos y los demás ministros ordenados no son los únicos evangelizadores en la Iglesia… Todo cristiano, en virtud del Bautismo, es un discípulo misionero en la medida en que se ha encontrado el amor de Dios en Cristo Jesús». De esto deriva la participación de los laicos y laicas en las funciones de gobierno y responsabilidad. Si «cualquier fiel» puede presidir un dicasterio o un organismo curial, «dada su peculiar competencia, potestad de gobierno y función de estos últimos», es porque toda institución de la Curia actúa en virtud de la potestad que le ha sido confiada por el Papa. Este pasaje, que ya está en marcha, forma parte de la teología del Concilio sobre el laicado. La afirmación contenida en la nueva constitución apostólica aclara que un prefecto o un secretario de dicasterio que sean obispos no tienen autoridad como tales, sino sólo en la medida en que ejercen la autoridad que les confiere el Obispo de Roma. Y esta potestad, en el ámbito de la Curia Romana, es la misma si la recibe un obispo, un sacerdote, un religioso, un laico o una laica. Se suprime así la especificación contenida en el número 7 de la constitución apostólica Pastor Bonus, la última reforma estructural de la Curia Romana llevada a cabo durante el pontificado de San Juan Pablo II, en la que se establecía que «los asuntos, los cuales requieren el ejercicio de la potestad de gobierno deben reservarse a los que han sido conferidos con el Orden Sagrado».

Se realiza así, plenamente, lo establecido por el Concilio y ha sido ya incorporado en las leyes canónicas, donde se reconoce que en virtud del bautismo entre todos los fieles «existe una verdadera igualdad en la dignidad y en la acción».

¿Cómo hacer realidad la sinodalidad?

José San José Prisco: “Somos unos ingenuos si pensamos que en un año la Iglesia va a ser sinodal”

upsa

El decano de la Facultad de Derecho Canónico de la UPSA ha participado en la ponencia ‘¿Cómo hacer realidad la sinodalidad’, organizada por la Comisión Episcopal para los Laicos, Familia y Vida de la CEE

“Estamos empezando. Si pensamos que el año que viene la Iglesia va a ser sinodal, somos unos ingenuos. Llevamos un milenio sin pensar en esto y las cabezas tardan en cambiar”. Así lo apuntaba el decano de la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad Pontificia de Salamanca (UPSA), José San José Prisco, durante su intervención en la ponencia ‘¿Cómo hacer realidad la sinodalidad’, organizada por la Comisión Episcopal para los Laicos, Familia y Vida de la CEE


Asimismo, explicaba que la sinodalidad “no es una ocurrencia del papa Francisco”, sino que “tiene una base anterior”. “A raíz del Concilio Vaticano II se da un giro eclesiológico porque se da el paso de comprender la Iglesia como algo jerárquico a entender la Iglesia como pueblo de Dios”, señaló, apuntando, asimismo, que esta “es una forma bíblica de hablar de la Iglesia y está desde el origen en las escrituras”. Por ello, “la siguiente evolución natural de la eclesiología del pueblo de Dios es hacia la Iglesia sinodal”.

Iguales por el bautismo

Sin embargo, el catedrático reconocía que “buscar el equilibrio en el centro tiene cierta complicación”. Además, aseveró que la sinodalidad “sí que tiene que tomar referencias importantes de la realidad política de la democracia, pero la Iglesia no es parlamentaria”. Por eso la autoridad en la Iglesia “es una encomienda de Dios”. Del mismo modo, “la sinodalidad tampoco es sinónimo del triunfo de la opinión. Tenemos que recoger la información y discernir con las realidades”.

Por otro lado, San José Priesco añadía que “por el bautismo todos somos incorporados a la Iglesia, todos somos hechos hijos de Dios, todos somos agentes activos de las única misión eclesial en igualdad de condiciones” y, por este motivo, “la hora de trabajar lo que tenemos que subrayar es lo que nos identifica como común y no lo que nos distingue”

Domingo del Bautismo.

Nacer de Dios, ser en Dios. Crisis de bautismo en la iglesia

Este es mi Hijo amado - Alfa y Omega

La navidad (Nacimiento de Jesús: 25.12.2021) y la epifanía (su manifestación a las naciones:6.1.22) culmina este Domingo del Bautismo (9.1.22), cuando Dios dice a Jesús “tú eres mi hijo” (Lc 3, 21-22).

El nacimiento de Jesús sólo es Navidad si desemboca en su Bautismo (Dios le llama «Hijo»y le confía la tarea de «crear» una Iglesia o comunidad de renacidos).

Nuestro «nacimiento»culmina también en el Bautismo, con Jesús, cuando Dios nos reconoce «hijos» suyos, de forma que en Él nos movemos y somos. Esto es lo que importa, esto es lo que define a los cristianos, como «renacidos», vivientes recreados en amor, en comunión de vida con todos los hombres y mujeres, porque la Navidad no es sólo nuestra (de los cristianos), sino de todos, aunque muchos no lo sepan.

Pues bien, en este contexto, esta mañana (8.1.22) me han impactado especialmente tres noticias de la página inicial de RD (Religión digital), que son importantes,pero no son de Navidad, no son de Batismo:

1.El Gobierno de España ha propuesto un obispo especial para las fuerzas militares, y él se ha defendido diciendo que eso no es “necesariamente negativo”. No entiendo la expresión, quizá se trata de una “excusatio non petita”, pero pienso que lo importante no son las fuerzas armadas y su obispo (por importante que sea), sino el hecho de que todos podamos renacer a la vida en amor (y no sé si las fuerzas armadas de todas las naciones están al servicio de eso).

2.Otro obispo ha tomado “posesión” de una Diócesis cercana, y algunos me han dicho que con eso se ilumina el futuro del cristianismo… porque es un buen obispo. No tengo duda de que lo sea (fue además alumno mío). Pero lo que de verdad me importa es que  mucha gente de nuestras tierras (casi un 50%), gente por otra parte muy buena, está dejando de bautizar a sus hijos, como si eso no importara, como si la Iglesia no les ofreciera ni les diera nada. ¿A qué se debe? ¿A los nuevos padres? ¿A la Iglesia? Éste es el tema clave. Debemos preocuparnos, con esperanza, pero también seriamente. 

3.Otro obispo, nombrado igualmente para una diócesis en discusión, por la «salida» del obispo anterior ha dicho que “la manera en que ha salido es lamentable». No sé en  qué sentido lo afirma. Como dicen en 1º de sociología, el problema de ciertas instituciones  no es entrar, sino salir… y actualmente, en algunos lugares de Iglesia, estamos más de salidas que de entradas.

   Desde ese fondo, ésta víspera del bautismo de Jesús que es el culmen de la Navidad, nacimiento de la Iglesia, he querido reflexionar sobre el bautismo, en una iglesia está dejando de bautizar, quizá porque no vienen, quizá porque ella no busca,ni invita de verdad, ni ofrece con transparencia de amor y verdad.

El panorama parece triste, pero creo que en el fondo puede ser esperanzador, si volvemos todos al evangelio de la Navidad. Puede nacer con nosotros (desde Jesús) una nueva iglesia. De eso quieren tratar las reflexiones que siguen. Buen día de bautismo a todos.

Por | X Pikaza Ibarrondo

1.El bautismo se ha vuelto un problema en países de “arraigo” cristiano, como España

Hace unos años bautizaba a todos, prácticamente a todos los nacidos. Hoy está bautizando a poco más que a la mitad. Se podrían “buscar” culpas:

-El bautismo era un “hecho social”, no un acontecimiento espiritual, de comunidad creyente, una experiencia de renacimiento. Ahora que ese hecho ha perdido relevancia social la gente-gente está dejando de bautizar a sus hijos.

Por otra parte, la Iglesia había relegado en parte el bautismo al trastero de los edificios parroquiales, como celebración privada, de unos pocos familiares, con “padrinos” traídos a lazo… De un modo  lógico, ahora que la pertenencia eclesial ha perdido el sentido que antes tenía (y nadie-nadie cree que los no bautizados van al limbo o al infierno, o están en pecado) mucha gente está dejando de bautizar a los hijos y de educarles en cristiano (¡ellos verán cuando se hagan mayores! Y evidentemente la mayoría no ven). La vida es corta, los garbanzos caros, los temas urgentes son otros ¿para qué bautizarse?

     Por eso, mientras sigue habiendo cristianos, nos vamos entreteniendo con obispos castrenses, sí o no, con el poder social de los obispos… y con los posibles escándalos de obispos  que dejan el episcopado por crisis de otro tipo y de obispos que acceden al episcopado con declaraciones que a la gente-gente no le suenan

     En ese contexto me he animado a retomar y re-escribir para este blog un par de paginitas tomadas en parte de mi teología de la Biblia (la Palabra hace carne). Mañana es el día del bautismo. Para mí es un día grande, uno de los mayores días de la Iglesia. Quizá sería bueno empezar por el bautismo, no por los obispos.

   Yo me atrevería a decir: “Si uno quiere ser obispo” (animador de una comunidad de seguidores de Jesús) empiece haciendo cristianos. ¿Cómo hacerlo hoy, año 2022, cuando muchos cristianos están dejando de ofrecer el bautismo a sus hijos? ¿Habrá que empezar casi de cero? Buen día a todos.

 2.Comunidad de renacidos. Nacer por bautismo

La Iglesia no es una comunidad de nacimiento físico o raza, como otras religiones, ni un estado político‒militar, fundado en el poder de algunas, o en la riqueza de otros, sino una comunión de “renacidos”, es decir, de personas “re-nacidas”, que tienen la experiencia de “haber nacido de “ y de vivir en él.   Éste es el tema: La iglesia es una comunidad de bautizados, que tienen la experiencia de “haber nacido” de Dios, a ejemplo de Jesús, y de vivir en una comunidad de “renacidos” a la vida en Dios.

No tomo por tanto el bautismo como rito de una iglesia particular, sino como signo del “nacimiento superior” de todos los cristianos, que no se vinculan por biología o raza, ni por presión político‒económica (o militar), sino por asociación voluntaria de fidelidad (de fe en el Dios de Jesús, que es fe de unos en otros) … En ese sentido, los creyentes‒bautizados de la Iglesia se integran entre sí como iniciados, renacidos en un grupo que les acoge y sella como “hijos de Dios”, en la línea del bautismo de Jesús (Mc 1, 9‒11) o del mandato pascual de Mt 28, 16‒20 (bautismo en la trinidad).

El arquetipo inicial de la Iglesia cristiana como tal es el bautismo, como expresión de un nacimiento superior, universal, de hombres y mujeres, de pueblos y razas, como iniciación mesiánica universal, que tiene un precedente en el judaísmo, pero que lo desborda. Los judíos “nacían” biológicamente por pertenencia a un pueblo (judío es el hijo de una judía) y ratificaban ese nacimiento por la circuncisión realizada en familia y por unas leyes de tipo alimenticio, sexual y social. Por el contrario, los cristianos no nacen, sino que se hacen por re-nacimiento, por integración personal, ratificada por el bautismo, que no se realiza en pequeña familia, sino en la comunidad de los cristianos, sin más exigencia o compromiso que la fidelidad mutua de todos los hermanos, dentro de un espacio de vida entendida como regalo y experiencia de comunicación humana, en línea de Jesús.

 3.Prehistoria judía.Bautismo en el Jordán

Las casas de los judíos puros (ricos) teníanpiscinas purificatorias (miqvot), para «limpiarse» a través de bautismos rituales. Los esenios de Qumrán se bautizaban al menos una vez al día, para la comida pura (cf. 1Q 5, 11-14). Había también hemero-bautistas, como Bano, que se purificaban cada día (incluso varias veces), para estar limpios ante Dios, compartiendo la pureza del principio de la creación. En aquel tiempo había surgido además la figura y mensaje de Juan Bautista, que anunciaba e impartir un bautismo, para purificación de los pecados (cf. cap 13‒14)[1].

Pues bien, en un momento dado, Jesús fue a bautizarse, haciéndose discípulo de Juan. Abandonó la familia, dejó el trabajo como tekton y se integró en una intensa “escuela bautismal”, asentada en el río Jordán, que era límite de la tierra prometida. Superando así la cultura social del entorno, en unión con Juan Bautista, Jesús pensó que el orden socio‒sacral de este mundo acaba, y que todo termina con un juicio de Dios, que hará posible la nueva entrada de los verdaderos israelitas, que cruzarán el Jordán, como en tiempos de Josué (cf. Jos 1-6) y podrán vivir en la Tierra Prometida. En ese contexto se inscribe su bautismo, con su gran novedad:

 Y sucedió entonces que llegó Jesús, de Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio los cielos rasgados y al Espíritu descendiendo sobre él como paloma. Se oyó entonces una voz desde los cielos: Tú eres mi Hijo Querido, en ti me he complacido (Mc 1, 9-11).

El bautismo fue expresión de su “estado naciente”, es decir, de su nuevo nacimiento mesiánico, para el Reino de Dios, que trazó una ruptura respecto a lo anterior, definiendo su nueva opción mesiánico‒profética al servicio de la presencia creadora de Dios:

Iniciación y promesa mesiánica. Así lo ha destacado la tradición cuando afirma que vio los cielos abiertos y escuchó la voz de Dios Padre diciéndole ¡tú eres mi Hijo! y confiándole su tarea creadora y/o salvadora (¡por medio del Espíritu Santo!). Ciertamente, esa escena (cf. Mc 1, 9-11 par.), ha sido recreada por la Iglesia, pero en su fondo hay un gesto histórico firme, que anticipa la acción posterior de Jesús, vinculada a la promesa del Hijo de David: “Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo” (2 Sam 7, 14), tal como ha sido proclamada por Sal 2, 7: “Tú eres mi hijo, yo hoy te he engendrado”.

‒ Inversión, cumplimiento profético y revelación mesiánica. El bautismo es la visualización y celebración comunitaria de esa experiencia de inversión, en la que viene a revelarse un Dios que actúa a contrapelo de un tipo de egoísmo humanoPrecisamente allí donde, habiendo llegado al fin de su mensaje apocalíptico, Juan se había colocado ante una meta de juicio y destrucción de la humanidad anterior, Jesús experimentó y descubrió su vocación davídica, como impulso y llamada mesiánica de Reino, como si aquello que Juan anunciaba se hubiera cumplido, de tal forma que allí donde todo había terminado (ha llegado el juicio) vino a comenzar de otra manera todo, en línea de vida y no de muerte[2].

‒ Nacimiento de Dios, para su Reino. No fue un proceso racionalista en plano objetivo, algo que se puede demostrar por argumentos, sino una “intuición” vital, un acontecimiento que recompuso las coordenadas de su imaginación y de su voluntad, su forma de estar en el mundo y su decisión de transformarlo. En ese sentido decimos que el bautismo de Jesús fue un signo de su “vocación”, una llamada que Jesús ha “recibido” y acogido en lo más profundo de su ser. En un momento crucial de su vida, él escuchó la voz de Dios que le llamaba Hijo y sintió la experiencia del Espíritu, confiándole su tarea de Reino.

Es difícil trazar suposiciones de tipo psicológico sobre lo que Jesús sintió en el bautismo, pero es evidente que, al recibirlo, él se vinculó con los “pecadores” de su pueblo, con su carga de trabajo y/o falta de trabajo, como tekton, artesano galileo (Mc 6,1‒5), en una sociedad que se desintegraba. Venía a bautizarse para asumir el camino de Juan, quizá para “despedirse” del Dios de las promesas fracasadas, como Elías sobre el Horeb (1 Rey 19). Pero el Dios de su fe más profunda, vinculada a su tradición familiar mesiánica, el Dios de sus deseos más hondos, le salió al encuentro tras (en) el agua, en la brisa del Espíritu, y escuchó una voz que decía: ¡Tú eres mi Hijo Querido, en ti me he complacido!

La primera voz del Cielo (de Dios) no es ya Soy el que soy, Yahvé(cf. Ex 3, 14 9), sino la afirmación engendradora del Dios Padre, que sale de sí y suscita al otro (a su Hijo), diciéndole ¡Tú eres! Un tipo de judaísmo había partido del Yo Soy de Dios como misterio incognoscible. El evangelio en cambio se fundamenta y expresa en el descubrimiento del Dios que es en sí mismo diciendo Tú EresDios no empieza asegurando su dominio, sino dando ser al otro; no es un Yo soy en mí, sino un Yo soy para y contigo, diciendoTú eres mi Hijo. En el origen de la vida no está un Yo-Soy, planeando por encima de las cosas, ni la voz del hombre angustiado pidiendo la ayuda de Dios o de los dioses, sino la Palabra (Dios) que dice ¡Tú eres mi hijoquerido! (jhjd, agapêtos), y la respuesta del Hijo (Jesús), como Oyente original de esa Palabra[3].

4.Bautismo cristiano. Nacimiento personal y eclesial

                      Al asumir como propio el bautismo (signo fundante) de Jesús, reinterpretado desde la experiencia de su muerte, la iglesia ha ratificado su opción fundacional, definiéndose a sí misma como nuevo pueblo, por gracia de Dios, por inmersión creyente de sus miembros. No sabemos quién fue el primero en impartirlo, quizá Pedro (cf. Hech 3, 38). Tampoco sabemos si al principio entraban todos en el agua o bastaba el «bautismo en el Espíritu», como renovación interior. Sea como fuere, el bautismo vino a convertirse en paradigma de iniciación y pertenencia cristiana: la primera institución o sacramento visible y escondido, público y privado, paradigma) de los seguidores de Jesús, como signo de renacimiento personal y eclesial, como nueva creación (en cada bautizado se actualiza la misma experiencia de Jesús), para todos los pueblos.

 ‒ Bautismo escatológico y pascual. Por un lado, el bautismo mantiene a los creyentes en continuidad con Juan Bautista y su judaísmo. Pero, al mismo tiempo, expresa y expande la experiencia de la vida, muerte y pascua de Jesús, en cuyo nombre se bautizan sus seguidores, identificándose con él, ya en este mundo, sin esperar la llegada del Reino futuro, pues el Reino ha comenzado aquí, es la vida de Cristo en los creyentes.

‒ Iniciación y demarcación. Quienes lo reciben renacen, insertándose en la vida, muerte y resurrección de Jesús, por obra de Dios Padre en el Espíritu (cf. Rom 6). De esa forma se distinguen y definen los creyentes, como indicará la fórmula trinitaria de Mt 28, 16-20 (en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu: cf. cap. 20), que les introduce creyentes en el espacio total del Dios de Cristo.

Entendido así, el bautismo supera la división de naciones, estados sociales y sexos, como sabe Gal 3, 28, retomando un pasaje clave de la liturgia: «ya no hay judío ni gentil, esclavo ni libre, macho ni hembra…». La circuncisión discriminaba, como signo en la carne del sexo masculino, a judíos de los no judíos, a varones de las mujeres… Por el contrario, el bautismo es el mismo para varones y mujeres, libres y esclavo, judíos y gentiles, como sacramento de nuevo nacimiento personal en la comunidad de los creyentes.

                      Ciertamente, el hombre o mujer que se bautiza de adulto ha tenido un primer nacimiento humanidad”, en un plano social y cultural, con padre y madre, en una familia que le define en sentido muy preciso como “ser natal”, como alguien que re‒nace de un modo personal, por encima del engendramiento puramente biológico. Pues bien, en la línea de ese “primer nacimiento”, la iglesia cristiana insiste en otro más alto, vinculado a lo que pudiéramos llamar la nueva individuación en “Cristo”, esto es, al surgimiento personal, desde Dios, como experiencia radical del creyente, con sus tres elementos:

‒ El neófito (nuevamente implantado, neonato) se descubre nacido de Diossegún Cristo, en libertad de amor, en perdón, en apertura infinita a la Vida (es decir, al Selbst divino). Esta experiencia de “nacer de Dios” constituye el signo de identidad radical de los cristianos que, siendo seres de este mundo, se descuben nacidos y arraigados en el Dios de Cristo (el Dios universal), en cuyo Espíritu viven, se mueven y existen, es decir, son ellos mismos (seres individuados), siendo presencia de Dios (de su Selbst o arquetipo originario).

‒ El neófito se descubre nacido de sí mismo (desde su interior divino), desplegando sus posibilidades, como persona que crece y se despliega desde el mimo “dios”, superando así la “condena” de la muerte o, mejor dicho, descubriendo y potenciando su destino para la vida. Este Dios del que nace el cristiano (Dios Padre, en Cristo, por el Espíritu Santo: cf. Mt 28, 19) no es alguien extraño, de fuera, sino que es su propia identidad más honda (su Selbst) del que nace cada uno, surgiendo de su propia hondura divina, en comunión con otros, en diálogo de amor.

‒ En tercer lugar, el neófito nace de (en) una comunidad o iglesia, entendida como familia, que le acoge, le potencia y acompaña, integrándole en su cuerpo mesiánico. Sin Iglesia (es decir, sin comunidad de creyentes) no puede haber bautismo, pues la vida cristiana no se reduce a una relación individual con Dios, sino que es comunidad‒familia de bautizados, que comparten su experiencia y la comunican. Ciertamente, podría haber un renacimiento personal en (desde) Dios, sin una comunidad‒familia de creyentes, pero no sería un renacimiento cristiano, que es inseparable de una comunidad de bautizados.

                      El bautismo enmarca y ratifica la institución cristiana, que es universal y concreta, en un plano de fe y vida, en un nivel de experiencia interior de renacimiento y de experiencia compartida, pues de/con otros nacemos, y a otros hemos de legar nuestra vida por la muerte/resurrección. El bautismo es para “perdón de los pecados”, esto es, para superar un plano de vida en el pecado, pero se expresa como más hondo nacimiento en amor con y para todos. Entendido como unión con Cristo y aceptación de su misterio, el bautismo ratifica y expresa la apertura personal y universal de Dios, por encima de otros ritos parciales, incluida la circuncisión judía (cf. Jn 3,1-21 y Gal 3,27- 28; 6, 15; 2 Cor 5,17; Rom 6, 1-14; Ef 4,29):

‒ El bautizado confiesa que ha muerto con Jesús (que se inserta/injerta en su entrega hasta la muerte como principio de reconciliación universal), y de esa forma supera un tipo de lucha de todos contra todos, propia de un mundo que camina hacia la muerte, recordando que en el fondo de la vida del hombre sigue habiendo una “concupiscencia” de ruptura y finitud, que ha de ser superada a través un cambio interno y comunitario, de una “meta-noia”, superando así una vida dominada por la muerte (cf. Mc 1, 14-15).

‒ El bautismo es la expresión simbólica (sacramental) de una experiencia de muerte y de renacimiento, no por castigo del pecado (cf. Gen 2‒3), sino por descubrimiento y aceptación de un don más alto de vida,por gracia de Dios en Cristo, en fe y perdón, es decir, en comunión de vida de creyentes. En nombre de Cristo (o de la Trinidad: Mt 28, 16-20), en total desnudez, como recién nacido, el bautizado sale del agua y se reviste de una nueva vestidura, en gesto (experiencia) que troquela radicalmente su vida.

‒ De esa forma, renaciendo en la Iglesia de Jesús, el creyente supera una vida anterior en división, como lucha entre varón-mujer, judío-griego, esclavo-libre, como ratifica la palabra bautismal de Gal 3,28: “No hay hombre ni mujer, judío ni griego, libre y esclavo, pues todos sois uno en Cristo”. Por eso, el bautismo en Cristo es un renacimiento mesiánico, en una iglesia o comunidad donde hombres y mujeres, judíos y gentiles, se vinculan desde y por Dios en comunión personal de amor[4].

Según eso, los cristianos, en cuanto tales, no nacen (no surgen) por origen biológico, sino que surgen, nacen de Dios, y en el viven (se hacen), por un renacimiento personal, expresado en su propia opción y en el gesto de la comunidad que les acoge, en la “pila” natal del bautismo. Eso significa que su pertenencia eclesial constituye una experiencia públicamente ratificada de nuevo nacimiento, no en una pequeña familia, sino en la comunidad de creyentes, como paradigma de inmersión en el Dios de Cristo y de opción mesiánica a favor de Cristo (o del Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo).

Estas palabras (bautismo en el nombre del Padre, Hijo y espíritu Santo) constituyen la mayor audacia teológica (experiencial) de la Iglesia cristiana que aparece así como “institución creyente” de iniciados, que quieren abrir y compartir con todos los hombres y mujeres su experiencia de iniciación y “renacimiento” en un Dios concebido como Padre universal del que nacemos, como Hijo Jesús con quien compartimos el camino y como Espíritu de vida en el vivimos[5].  

 Notas

[1] Muchos judíos destacaban el carácter lustral (purificador) y legal de los bautismos, que limpian las manchas de sacerdotes y fieles, capacitándoles para realizar legalmente los ritos. De todas formas, el rito básico de la identidad de los israelitas (varones) era la circuncisión, y el perdón oficial no se lograba con agua, sino con sacrificios, como diceLev 17, 11: «Os he dado la sangre para expiar por vuestras vidas» (cf. Lev 17,11; cf. Ex 12, 13.23; 24, 3-8; Lev 14, 4-7; 16, 16-19), aunque la misma Ley pedía lavatorios y bautismos, para sacerdotes (cf. 2 Cron 4, 2-6; Lev 16, 24-26) y no sacerdotes que habían contraído alguna mancha ritual…

[2] Ciertamente, las cosas no pasaron externamente como dice el texto, pero los hilos posteriores de su vida sólo pueden entenderse desde aquí, en una línea que lleva del antiguo Elías, profeta del juicio (como Juan Bautista), al nuevo Elías, mensajero de la brisa suave y del nuevo comienzo. Sólo en ese contexto, allí donde descubre que todo lo anterior se ha cumplido (ha muerto), puede iniciar Jesús su nueva trayectoria, desde la voz del Padre, que le dice “tú eres mi hijo”, y con la brisa del Espíritu (que le envía a realizar su obra).

[3] Esa expresión (tú eres) identifica a Dios como Bien que es diffusivum sui, esto es, expansivo, pero también como Persona/Padre creadora de alteridad, haciendo que surja Alguien (Jesús) que escuche esa Palabra, se identifique con ella y responda llamando a Dios Padre. En ese contexto, decir es hacer, pero no “fabricar una cosa”, sino engendrar una persona que puede situarse ante su padre/creador y responderle en libertad.

[4] Toda la Biblia aparece así como preparación para el bautismo, es decir, para el nacimiento de una humanidad nueva, fundada en Cristo, como sabe Ef 4, 5‒7: “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; un solo Dios y Padre de todos, que está sobre (epi) todos y por medio (dia) de todos y en todos”.

[5] El bautismo no es “un” sacramento entre otros (confirmación, penitencia, matrimonio, ordenación sacerdotal…), sino más bien “el” sacramento, la gran audacia de la iglesia que se atreve a ofrecer a unos hombres y/o mujeres un signo y lugar (camino) de renacimiento superior, y también la audacia de los bautizados que se atreven a descubrirse renacidos, desde el Dios de Cristo, recibiendo y cultivando su identidad como resucitados en el Cristo. Al impartir más tarde el bautismo a los niños y al presentarlo de hecho como un rito de pertenencia a la Iglesia como institución sacral, cierto cristianismo ha mutilado las posibilidades recreadoras del bautismo.

Ciertamente, como rito de limpieza, el bautismo había recibido en Israel gran importancia, y así lo supo Jesús, bautizado por Juan (cf. 3 13-17). Pero la Iglesia vinculó su bautismo a la experiencia del mismo Jesús (Mc 1, 9‒11) y a su muerte pascual, entendiéndolo así como inmersión en su muerte y resurrección. (cf. 1 Cor 1, 13; 6, 3; Gal 3, 27; Hch 2, 36-8; 10, 48; 19, 5), desde una perspectiva trinitaria: en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu (Mt 28, 16‒20). Ese final del evangelio de Mateo recoge y transmite la experiencia de una iglesia posterior, que ya no bautiza sólo en nombre de Jesús, como las comunidades antiguas. Mateo, el más judío de los evangelistas, vinculado a la confesión del único Dios (cf. Mt 22, 34-40), ha tenido el atrevimiento de formular, como culmen y compendio de su catequesis cristiana, esta palabra de bautismo, que reinterpreta el monoteísmo israelita desde el despliegue del conjunto de la Biblia, culminado en el Dios Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo).

La Buena Noticia del Bautismo del Señor

Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto

El os bautizará con Espíritu Santo y fuego

Lc 3, 15-16.21-22

En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.»

En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espiritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.»

Comentario a la lectura

¿PARA QUÉ CREER?

Son bastantes los hombres y mujeres que un día fueron bautizados por sus padres y hoy no sabrían definir exactamente cuál es su postura ante la fe. Quizá la primera pregunta que surge en su interior es muy sencilla: ¿para qué creer? ¿Cambia algo la vida por creer o no creer? ¿Sirve la fe realmente para algo?

Estas preguntas nacen de su propia experiencia. Son personas que poco a poco han arrinconado a Dios de su vida. Hoy Dios no cuenta en absoluto para ellas a la hora de orientar y dar sentido a su existencia.

Casi sin darse cuenta, un ateísmo práctico se ha ido instalando en el fondo de su ser. No les preocupa que Dios exista o deje de existir. Todo eso les parece un problema extraño que es mejor dejar de lado para asentar la vida sobre bases más realistas.

Dios no les dice nada. Se han acostumbrado a vivir sin él. No experimentan nostalgia o vacío alguno por su ausencia. Han abandonado la fe y todo marcha en su vida tan bien o mejor que antes. ¿Para qué creer?

Esta pregunta solo es posible cuando uno «ha sido bautizado con agua», pero no ha descubierto qué significa «ser bautizado con el Espíritu de Jesucristo». Cuando uno sigue pensando erróneamente que tener fe es creer una serie de cosas enormemente extrañas que nada tienen que ver con la vida, y no conoce todavía la experiencia viva de Dios.

Encontrarse con Dios significa sabernos acogidos por él en medio de la soledad; sentirnos consolados en el dolor y la depresión; reconocernos perdonados del pecado y la mediocridad; sentirnos fortalecidos en la impotencia y caducidad; vernos impulsados a amar y crear vida en medio de la fragilidad.

¿Para qué creer? Para vivir la vida con más plenitud; para situarlo todo en su verdadera perspectiva y dimensión; para vivir incluso los acontecimientos más triviales e insignificantes con más profundidad.

¿Para qué creer? Para atrevernos a ser humanos hasta el final; para no ahogar nuestro deseo de vida hasta el infinito; para defender nuestra libertad sin rendir nuestro ser a cualquier ídolo; para permanecer abiertos a todo el amor, la verdad, la ternura que hay en nosotros. Para no perder nunca la esperanza en el ser humano ni en la vida.

José Antonio Pagola

También hoy recibimos “bautismos de agua”

Por Rufo González

Comentario: “Os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,15-16.21-22)

Jesús tiene unos treinta años, “una persona mayor” en aquella época (R. Aguirre). Su bautismo implica capacidad de decidir por sí mismo. Ante la vida de Juan, decide unirse a su movimiento. Antes su familia y paisanos no habían advertido nada extraordinario (Mt 13, 53-56; Mc 6, 2-3; Lc 4, 22). La experiencia bautismal de Juan le “convierte”. Hay también “conversión” cuando, al sentir la fuerza del Espíritu bueno, la vida se ilumina, se llena de sentido y nos vemos movidos a una acción generosa en favor de los demás, y más aún, si los demás son los más débiles. Es Amor gratuito, es Dios (1Jn 4,8).

En su primera parte (vv. 15-16), el texto contrapone el bautismo de Juan al de Jesús. Se hace eco del ambiente de espera mesiánica en el pueblo judío. Pretensiones que se verán frustradas con el levantamiento popular y derrota por parte de Roma a partir del año 66. Sólo los que siguieron a Jesús creerán realizada dicha pretensión en el hecho “Jesús”: “Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él…” (He 10, 37ss). Serán testigos de su resurrección y encargados de anunciar que “de él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados” (He 10,43).

Juan marca la gran diferencia entre su bautismo y el de Jesús. “Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. Es un segundo nacimiento (Jn 3,5). “Recibimos el Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: `¡Abba, Padre!¨. Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo…” (Rm 8,15-17). Somos bautizados por el Espíritu divino. Quien libremente recibe la Palabra de Dios (a Jesús), “le da poder para ser hijos de Dios” (Jn 1,12). He aquí la misteriosa interacción entre la libertad humana y la acción divina. En el bautismo, Dios nos entrega, al aceptar a Jesús como Hijo suyo, el mismo Espíritu que alentó su vida y le llevó a amar como Dios ama. El “fuego” es un símbolo del Espíritu, como el “viento” y el “agua”. Dan a entender el significado del Espíritu de Dios: fuerza transformadora que quema, aventa y arrastra lo que perjudica al ser humano; y aquilata, dinamiza y fecunda todo lo que perfecciona y realiza.

En la segunda parte (vv. 21-22) leemos el bautismo de Jesús, fruto de su decisión libre. En un bautismo general fue bautizado. No dice quién le bautizó. Parece, como subrayan muchos comentaristas, que Lucas no quiere destacar la conexión, históricamente muy probable, entre Juan y Jesús, de maestro y discípulo. Con ello destaca a Jesús como “centro del tiempo” nuevo, difuminando a Juan como colofón del tiempo pasado.

Mientras oraba, se abrieron los cielos”. Teofanía mítica de contenido cristológico. Es un modo de explicar la fe en la divinidad de Jesús. En la oración se oye en lo profundo de la conciencia la voz de Dios. Ahí en lo profundo, Jesús experimenta la convicción íntima de ser “el Hijo amado” de Dios, “viendo al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma” (Mc 1,10). Recuerda el descenso del mismo Espíritu sobre los Apóstoles en Pentecostés para iniciar el ministerio (He 2,1-4). “Vino una voz del cielo: `Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me complazco´”. Alusión al salmo: “Tú eres mi Hijo…” (Sal 2,7), y a Isaac, “el hijo único, al que amas” (Gn 22,2), y lo entrega como Abrahán.

Oración: “os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,15-16.21-22)

Jesús resucitado, “convertido en espíritu vivificante” (1 Cor 15,45):

“por tu Espíritu ofreces luz y fuerzas para responder a nuestra vocación” (GS 10);

“derramas el Espíritu de caridad en los corazones humanos” (GS 78);

“con el don de tu Espíritu creas una nueva comunidad fraterna” (GS 32);

“actúas en los corazones humanos por la fuerza de tu Espíritu, 

suscitando el deseo del siglo futuro,

animando, purificando y robusteciendo propósitos generosos 

de humanizar más la vida y plegar la tierra a este fin (GS 38). 

También hoy recibimos “bautismos de agua”:

“bautismos” como el de Juan, que ayudan mucho:

consejos de salud que intentan sanear nuestra vida;

lecciones de economía para controlar nuestros bienes;

ofertas de divertimiento limpio que nos armonizan;

mejoras educativas y profesionales para acertar en el trabajo;

lecciones de honradez para evitar conductas indeseables; 

compromisos a favor de la justicia y la dignidad de todos…

Pero seguimos en expectación de un bien mayor:

nuestra conciencia siente en lo profundo el deseo

de liberarnos de todo mal,

de realizarnos plenamente;

buscamos un amor que no se canse de nosotros;

que sea manantial de vida, más fuerte que el dolor y la muerte;

que nos dinamice activamente en tareas necesarias y urgentes.

San Juan de la Cruz, experto en vida interior, dice:

necesitamos “otra inflamación mayor de otro amor mejor”;

sólo el amor mueve y llena humanamente.

Este es el regalo de tu bautismo, Jesús:

Amor que responde al Amor” del Padre (Jn 1,16).

Recibimos el Espíritu de hijos de adopción,

en el que clamamos: `¡Abba, Padre!¨.

Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu

de que somos hijos de Dios” (R(Rm 8,15s).

Necesitamos, Jesús, tu bautismo de Espíritu y fuego:

bautismo que nos revista de tus entrañas amorosas;

bautismo que nos distinga por “hacer el bien” (He 10,38);

bautismo que nos capacite para amar como nos ama el Padre;

bautismo que nos reúna en comunidad de hermanos;

bautismo que nos impulse a la acción, sobre todo por los más débiles…

Renueva, Señor, la Iglesia con tu Espíritu:

de pobreza que nos desnude de añadidos no evangélicos;

de consuelo eficaz que libere de cadenas prescindibles;

de respeto a los derechos humanos en nuestras relaciones;

de diálogo sincero, abierto a la verdad y a la libertad;

de fortaleza ante la persecución de tiranos y envidiosos;

de amor desinteresado “que hace salir el sol sobre malos y buenos,

ymanda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45).

Preces de los Fieles (Bautismo del Señor (10.01.2016)

Hoy es una fiesta adecuada para renovar nuestro bautismo. Si estamos de acuerdo con la causa de Jesús, el Reino de Dios, manifestemos nuestra conversión bautismal diciendo: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Por la Iglesia:

– que el Evangelio del Reino sea su causa, su trabajo;

– que siga humildemente al Espíritu de Jesús.

Roguemos al Señor: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Por las intenciones del Papa (enero 2022):

– por “todas las personas que sufren discriminación y persecución religiosa”;

– que “encuentren en las sociedades en las que viven el reconocimiento

de sus derechos y la dignidad que proviene de ser hermanos y hermanas”.

Roguemos al Señor: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Por la pastoral del bautismo:

– que sea fruto del amor a la verdad y a la vida, como la pastoral de Jesús;

– que el bautismo sea signo de la conversión al Espíritu de Jesús.

Roguemos al Señor: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Por los padres y padrinos:

– que cuiden y ofrezcan su propia fe a sus hijos y ahijados;

– que sean testigos y educadores de la vida cristiana.

Roguemos al Señor: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Por la catequesis de niños y adultos:

– que el Espíritu anime a todos a crecer en la fe cristiana;

– que suscite vocaciones de catequistas para todos.

Roguemos al Señor: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Por esta celebración:

– que nos ayude a contactar con Jesús que está en medio de nosotros;

– que sintamos su Espíritu de amor que nos habita.

Roguemos al Señor: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Queremos escuchar al Espíritu Santo que nos habita, que nos asegura que somos hijos de Dios,  que nos hace a todos hermanos de Jesús y coherederos de vida eterna por los siglos de los siglos.

Amén.

Leganés (Madrid), 9 de enero de 2022

No hay que solicitar la apostasía, sino exigir la nulidad del bautismo

 
A raíz de la reciente aparición de unos artículos sobre la “Apostasía”, quiero aportar mi pizca de paja a la común reflexión, reeditando una sugerencia que publiqué en marzo de 2008, en el blog “Humanismo sin Credos”. Espero que esta “segunda edición” llegue a lectores que no “enredaban” por aquellas fechas. Ahí queda eso. Recientemente han aparecido dos noticias que se me antojan muy relacionadas entre sí. Una, la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía que ha reconocido el derecho de unos padres a objetar de conciencia la asignatura de Educación para la Ciudadanía. La otra, la iniciativa del Ayuntamiento de Rivas Vaciamadrid que pone en marcha un servicio municipal que tramitará gratuitamente solicitudes de apostasía “a los vecinos que vean vulnerados sus derechos fundamentales”. Me apoyo en la primera para comentar la segunda. 

No cabe duda de que la sentencia del Tribunal de Justicia ha sido bien recibida por ciertos sectores de la sociedad, llamémosles “filoeclesiales”, que desde el principio han rechazado la EpC. No entro en la polémica de si la sentencia de marras contradice o no la doctrina del Tribunal Constitucional. Doctores tienen la santa madre Judicatura. Sí constato que, según fuentes, los padres del niño en cuestión, que forman parte de las Comunidades de los Kikos, contactaron con el “Foro de la Familia” que sirvió de intermediario y les facilitó un abogado gratuito. Dos datos, pues. Uno, el reconocimiento del derecho a la objeción de conciencia. Dos, un organismo representativo que les apoya. 

Paralelamente se produce el mismo contexto en el caso de las solicitudes de apostasía. Una institución, en este caso “municipal”, favorece y agiliza los trámites para hacer valer el mismo derecho a la objeción de conciencia con respecto al bautismo. Ocurre que, en el primer caso, los “valores” para la objeción son “morales” (“mi religión no me lo permite”); en el segundo caso son “constitucionales” (derecho inexcusable a la libertad religiosa). 

Apostatar de la religión es un derecho personal, inalienable y libre. El bautismo, en la inmensa mayoría de los sacramentados, ha supuesto una obligación para la persona sin haber contado con su consentimiento y adhesión. Sin embargo, la Iglesia viene prolongando cuando no entorpeciendo los trámites para llevar a cabo esta opción libre y responsable de renuncia. A decir verdad, el conflicto no es tanto de actitudes como burocrático. Quien no quiera ser cristiano, con dejar de practicar y desentenderse de la religión ya ha “apostatado” de hecho. Otra cosa es desear que no quede constancia de su bautismo, por derecho. 

Yo estoy bautizado, y espero estarlo por toda mi eternidad. “Oficialmente” no he renegado (aunque en varias ocasiones sí me han “bautizado” con ese apodo), ni pienso hacerlo. Al fin y a la postre me considero acechado, controlado y fichado informáticamente por todos los intersticios de la sociedad, con toda clase de sistemas “microsof-isticados”; y hasta me noto espiado en mis correrías por invisibles “gepeeses”. Y ciertamente la que menos me “fiscaliza” es la Iglesia. Por tanto, mi proceder, como mucho, supondría un gesto testimonial. 

Pero mi gran problema no es burocrático. Es ontológico, existencial. Porque, vamos a ver. Nací con el “estigma satánico” del pecado original (infundido, según algunos escolásticos, en el momento de la fecundación. (¡Qué paradoja: un acto de amor se convierte en diabólico! Mira que somos los humanos: por un momento de placer, entregamos al demonio el alma de nuestros hijos…). A los pocos días, me “lavaron” con el agua sagrada del bautismo, y esa “huella diabólica originaria” desapareció ipso facto. Pero, como contrapartida, en el mismo rito, me “signaron” con otra marca, ésta “indeleble”, como un sacrosanto tatuaje espiritual. ¿En razón de qué, si yo no solicité tal etiqueta? 

Según la teología paulina, el bautismo viene a ser el sello, la rúbrica de “propiedad particular” de Dios. Algo así como la “marca” que Yahvé estampó en la frente de Caín para que nadie más que El pudiera vengar la muerte de Abel; y si alguien lo hiciera, Yahvé lo vengaría “siete veces”. O como la identificación de los esclavos marcados a fuego con el “hierro” de su señor. Y aquí radica mi ontológica duda. ¿Ese estigma no se puede “eliminar”? Porque ¿y si yo, en la actualidad ya adulto, consciente, libre y responsable de mis opciones, quiero “des-marcarme” de Dios y de la Iglesia? ¿Quién y cómo hará desaparecer de mí esta “marca bautismal” ya suturada y cicatrizada? No se trata de una retractación o arrepentimiento, no; sino de actualizar por derecho una “elección personal” no ejercida anteriormente. 

De nada me aprovecharía ir a la parroquia a que me “tachen” y tiren mi partida de bautismo a la papelera de reciclaje, porque, aunque lo hicieran, el estigma, el sello, la marca de Dios, como la de Caín, no quedaría erradicada en mí. (Y digo yo, si Dios eximió de esta “original marca satánica” a María, madre de Jesús, ¿no podría haberlo hecho con todos los humanos? Es de entender, era su hijo; y nosotros éramos esclavos.) 

Produce extrañeza, cuando no desconcierto, que la Iglesia reconozca y ratifique con tanta facilidad las “anulaciones matrimoniales” y no considere la legitimación de las “anulaciones bautismales”. Los dos son sacramentos. Excepto “rato y no consumado”, todas las demás alegaciones que se aducen para la invalidez del sacramento del matrimonio son adecuadas para la anulación del sacramento del bautismo: Inconsciencia, inmadurez e irresponsabilidad, incapacidad para tomar decisiones de por vida, carencia de autonomía, imposición, coacción, presión religiosa y social… 

¿Por qué no reivindicar y promover esta moción? 

Llamados a caminar con Cristo hacia una vida y un mundo nuevo

Bruno-Marie Duffé: “Esta Cuaresma estamos llamados a caminar con Cristo hacia una vida nueva”
El secretario del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral ha presentado el mensaje de Cuaresma 2021 del papa Francisco junto al cardenal Peter Turkson
“Hoy estamos llamados a caminar con Cristo hacia una vida y un mundo nuevos, hacia una nueva confianza en Dios y en el futuro, en un contexto marcado por la ansiedad, la duda y a veces incluso la desesperación”, ha señalado el secretario del Dicasterio para el Servicio al Desarrollo Humano Integral, Bruno-Marie Duffé, durante la presentación del mensaje de Cuaresma 2021 del papa Francisco, titulado ‘Mirad, estamos subiendo a Jerusalén… (Mt 20,18). Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad’.
Al mismo tiempo, ha continuado: “Sabemos que la crisis sanitaria del Covid-19 está provocando una crisis social en la que muchos están pasando por un momento de pasión y muerte”. Seguir leyendo

¿Por qué muchos cristianos de origen dejan de bautizarse?

Por X.Pikaza
El tema del cristianismo (en el año 2021), no es la jerarquía vaticana, ni los dogmas antiguos, ni el escándalo del clero, sino que es el bautismo. ¿Cómo debería bautizar hoy la Iglesia para ser fiel a Jesús? ¿Por qué muchos cristianos de origen dejan hoy de bautizarse?
Algunos echan la culpa a la “gente” (padres menos fieles, comunidades desengañadas…), pero el tema no es la “gente”, sino si la Iglesia es “útero de nueva vida”, lugar y camino atrayente de nacimiento y comunión humana para todos los hombres.
El problema de fondo es si la Iglesia ofrece ofrece y representa actualmente el bautismo de Jesús, ei ella es de verdad “baptisterio”: Lugar donde la Vida de Dios germina, espacio de amor para crecer en perdón, comunión y fraternidad. ¿Se puede hoy decir que la “casa” principal de la iglesia es el baptisterio?
Cada cristiano (hombre o mujer) es ministro oficial del bautismo en la Iglesia. Ante este misterio de vida que nace no existen jerarquías, como las que la iglesia ha trazado más tarde para la Eucaristía y el Sacramento del Perdón o del Orden. Pero esa jerarquización resulta aberrante: Si el bautismo es lo primero y mas grande (y es de todos) no tiene sentido crear luego jerarquías especiales y exclusivas para otros sacramentos.
Esta “recuperación” de la jerarquía bautismal de todos los cristianos resultó esencial al comienzo de la Iglesia (siglo I-II) y será esencial en el siglo XXI. Si la Iglesia no aprende a bautizar de nuevo desde el Cristo de la Navidad y de la Pascua, en gesto universal de vida, ella está condenada a desaparecer en menos de un siglo.
La iglesia no es un grupo más entre los grupos de poder económico y cultural, social y religiosa, sino hogar de inmersión y renacimiento personal y social, como lo muestra el signo del bautismo. Por eso, los relatos y fiestas de Navidad culminan en el bautismo de Jesús, signo y principio del renacimiento cristiano. Seguir leyendo

Sobre la urgencia de recrear la Iglesia

“Sobre la urgencia de recrear la iglesia: Cristianos somos, no conejos”
Galgos o podencos
De la cruz y la cara de la iglesia he tratado en dos postales anteriores: El poema de Trakl (cruz de la iglesia muerta) y el testimonio del cura don Jesús (cara de la Iglesia viva, en una “villa miseria” de Castilla, en Salamanca). Y con eso vuelvo al tema de “bautismo” o renacimiento de la Iglesia, iniciado el pasado día 7, tomando como motivo de fondo unos pobres animales amenazados.
Me inspiro para ello en la fábula de dos “conejos de iglesia” (¡perdón conejos, perdón gente de madriguera en la Iglesia!) que discuten sobre la identidad de sus enemigos (galgos o podencos ¿qué más da?), en vez de buscar la manera de avanzar (y no ser devorados como en el cuento ilustrado de de Iriarte, 1750-1791).
Ha pasado el tiempo de aquella Ilustración (siglo XVIII), pero muchos cristianos seguimos escondidos en “madrigueras” de las que salimos para discutir temas marginales (rituales muertos, apariencias, condecoraciones), mientras acaba el tiempo y llegan los galgos/podencos, sin haber trazado nuestra vocación y tarea de vida (resurrección).
¿Cuántos años nos quedan en un tipo de iglesia como ésta, cien, quizá ciento cincuenta? El tema lo conoce bien el Papa Francisco (Lodato si, Fratelli Tutti), igual que el evangelio del Bautismo (10.1.21), con el que ha terminado Navidad, como indicaré partiendo de la fábula de Iriarte, para insistir en la necesidad de un nuevo nacimiento, pasando de conejos de madriguera a cristianos de aire libre, como dice Marcos 1, 9-31.
13.01.2021 Xabier Pikaza Seguir leyendo